Reggio’s Weblog

Carcajadas desde Londres, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Internacional, Medios, Política by reggio on 20 noviembre, 2008

Cada año visitan Catalunya numerosos periodistas extranjeros con el objeto de hacer un reportaje para los medios de comunicación en los que trabajan: diarios, semanarios, revistas generales, emisoras de radio y de televisión. Suelen entrevistarse con gente diversa, más o menos relevante, recogen sus opiniones, las confrontan con las de los demás, se pasean por las calles, conversan con quien pueden, leen periódicos y revistas locales.

Al poco tiempo publican su reportaje, en el que mezclan informaciones y opiniones, y que podrá ser más o menos brillante y acertado, según el juicio, por supuesto subjetivo, de quien lo lea. En fin, todo ello es algo normal, ha sucedido en el pasado y seguirá sucediendo en el futuro.

Hace unas semanas viajó por España Mike Reid, periodista de The Economist,prestigioso semanario liberal británico, una de las más influyentes publicaciones del mundo. Reid permaneció tres semanas en España, con una estancia en Barcelona de cuatro días. Habla perfectamente el castellano, es especialista en Latinoamérica. Como de costumbre, a los pocos días publicó su reportaje. No se puede decir que España saliera bien parada del mismo, el periodista describió con bastante exactitud el difícil momento de la economía española y la mirada del británico no fue muy complaciente, como es natural si se quiere ser veraz.

Nadie, en el resto de España, ha prestado más atención de la que es normal al reportaje, uno más de los muchos que se escriben cada año y que pueden gustar más o menos, es la grandeza y el riesgo de la libertad de expresión. En cambio, el Govern de la Generalitat, haciendo el más espantoso de los ridículos, saltó enseguida indignado y trató a The Economist como en la Catalunya oficial se suele tratar a Jiménez Losantos y a la Cope: el semanario británico ya ha pasado a engrosar la cada vez más numerosa lista de “enemigos de Catalunya”. Las carcajadas que tal reacción provocó en Londres se pudieron oír desde la plaza Catalunya.

El asunto sería de tono menor si no pusiera claramente de relieve, una vez más, dos graves cuestiones: la escasa calidad de los miembros del Govern y sus débiles convicciones democráticas. Del primero al último, porque ahí todos se han mojado.

En efecto, la primera reacción fue de la consellera Montserrat Tura, a la salida de la habitual reunión del Consell Executiu de los martes, hablando como portavoz del Govern. Tura se expresó de una manera insólita. Habló de que en el reportaje “se hacían afirmaciones difamatorias e insultantes respecto a la lengua propia y a los presidentes escogidos democráticamente” y que le preocupaba “el grado de desconocimiento que se tiene de nuestra nación”.

Vamos a ver, consellera. Lo que se dice en el reportaje respecto al catalán, entre otras cuestiones menores, es que se ha convertido en una “obsesión para los nacionalistas” – cosa que es una obviedad y supongo que para los nacionalistas un elogio- y que en la escuela primaria y secundaria sólo se enseña en catalán, siendo tratado el castellano como una lengua extranjera, lo cual no sé si se cumple del todo – creo que en el colegio alemán, por ejemplo, también se enseña en alemán- pero es lo que dice la ley. ¿Se enfada, consellera, porque un periodista dice lo que la ley establece? ¿Es que le da miedo contemplarse en el espejo? En cuanto a las críticas al presidente escogido democráticamente, ¿es que en su concepción de la democracia no se puede criticar a un presidente escogido democráticamente? ¿Esta es, consellera, su íntima concepción de la libertad de expresión?

Además, la consellera Tura exigió al semanario británico “una rectificación”, la cual, como queja formal, se haría efectiva a través del “pseudoembajador” de la Generalitat en Londres, un tal señor Solano. Y aquí viene una segunda parte que también tiene un gran interés. Primero porque la carta de Solano, que se filtró enseguida a la prensa, era todo un poema: “Catalunya es una nación pequeña, pero con una larga historia. En los últimos mil años, los catalanes han mostrado una clara voluntad de autogobierno (…)”. En fin, dejemos estar al pobre Solano, porque la nota de mayor interés nos la dio el vicepresidente Carod-Rovira en su blog. Por si no lo sabían, aquí, en este pequeño país de mil años exactos de historia, los vicepresidentes tienen tiempo de tener hasta un blog.

Pues bien, en su blog, nuestro flamante vicepresidente pudo al fin justificar la necesidad de existencia de nuestras embajadas: son necesarias para defendernos de nuestros enemigos, por ejemplo, del periodista del The Economist: “A la hora de la verdad el Govern es quien defiende internacionalmente los intereses de los catalanes” y sólo a través de las embajadas “nos podremos dar a conocer y nos conocerán tal como somos, sin manipulaciones interesadas”.

¡Fantástico! Ya lo saben, pues. Los periodistas que escriban un reportaje no deben hablar con gentes diversas, pasear por la calle, consultar datos, entrevistar a políticos, a escritores, a economistas. No, los periodistas ni siquiera tienen que venir a Catalunya, basta con entrevistarse con nuestros embajadores, allí les dirán la verdad, toda la verdad. ¡Fantástico! ¡Esto es tener mentalidad democrática! Me recuerda otros tiempos, las mentalidades de otros tiempos, los tiempos de un cacique de Galicia.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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Pedir cuentas a los políticos, de Lluís Foix en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 20 noviembre, 2008

La política no es resignarse a lo inevitable sino la voluntad de cambiar las cosas con entusiasmo. La victoria de Obama en Estados Unidos ha puesto en primer plano la política como principal motor para superar situaciones de crisis y angustia colectiva. Decía el otro día Miquel Roca en una mesa redonda para debatir los límites entre lo público y lo privado en estos momentos convulsos que había llegado nuevamente la hora de la política en mayúsculas.

Estoy de acuerdo a pesar de que buena parte de la responsabilidad de cuanto ocurre hay que cargarla en la cuenta de los políticos y de la política en general. Pero es desde la política como instrumento para armonizar los intereses contrapuestos de los ciudadanos como se van a encontrar soluciones. Sin frivolidades y sin precipitaciones para no caer en la reacción de Woody Allen en uno de sus ingeniosos diálogos absurdos: la respuesta es sí, pero, por favor, recuérdeme la pregunta.

La pregunta es cómo se va a recuperar la confianza en la política si es la política la que ha permitido que no se limitaran los excesos que tenían que haberse cortado a tiempo. Habrá que reintroducir un viejo concepto del derecho político que es la accountability, el dar y pedir cuentas a los dirigentes que tienen que velar y garantizar el interés general.

Las democracias modernas funcionan con las maquinarias de los partidos que inciden excesivamente en los poderes ejecutivo, judicial y legislativo. Hasta tal punto que en muchas ocasiones las ideas y estrategias de los partidos tienen más en cuenta lo que decide un núcleo muy reducido de personas sin reparar en que la sociedad es plural, multiforme y compuesta de muchas y diversas minorías que han de ser protegidas y sentirse más o menos cómodas con la marcha general del conjunto.

Thomas Mann pone en boca de Goethe, en su espléndida novela Carlota en Weimar,que “un partido no tiene nunca toda la razón, por eso es un partido”. Veremos muy pronto cómo el presidente electo Obama tendrá más problemas en un Congreso de mayoría demócrata porque corre el riesgo de ser arrastrado a tomar decisiones que benefician a los sectores menos transaccionales de su partido sin tener en cuenta el interés general.

Fueron muy estimulantes las reacciones de McCain y del propio Obama en la noche electoral. También me ha parecido interesante la conversación distendida entre el vencedor y el vencido esta misma semana. La política no consiste sólo en imponer leyes o programas sino en convencer para ganarse la confianza de todos para salir de situaciones tan complejas y difíciles como la actual.

Obama tendrá muchos meses de gracia. Pero pronto se le pedirá cuentas olvidando la brillante campaña que le ha llevado a la Casa Blanca.

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El escritor y el poder, de Carmen Iglesias en El Mundo

Posted in Cultura, Literatura by reggio on 20 noviembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

A continuación reproducimos el discurso pronunciado ayer por Carmen Iglesias, presidenta de Unidad Editorial, en el acto de entrega de la VII Edición de los Premios Internacionales de Periodismo de EL MUNDO.

Es de nuevo un placer y un honor intervenir hoy, como presidenta del Grupo, en la entrega de estos premios internacionales. Premios que, al cumplir su VII Edición, entran de lleno en la que durante siglos se consideraba el comienzo de la edad de la razón: los siete años, momento en el que los niños pasaban a ser considerados adultos y eran tratados como tales, aunque lo que representaba esa barrera de los siete años era que habían superado la terrible mortalidad infantil de la época y que se podía contar con ellos.

Podemos contar con los Premios de EL MUNDO desde el principio porque nacieron firmes y poderosos, basados en el recuerdo emotivo y consciente de unos magníficos periodistas: José Luis López de Lacalle, asesinado por ETA; Julio Anguita Parrado y Julio Fuentes, muertos en plena actividad, cuando intentaban transmitirnos con sus imágenes y sus textos el horror y la tragedia de la guerra. Premios otorgados, año tras año, a importantes periodistas y reporteros, auténticos escritores e historiadores de nuestro conflictivo presente. Estos siete años atestiguan la consolidación y brillantez de todos ellos y la voluntad vocacional de EL MUNDO de estar siempre en la vanguardia de la noticia y de la investigación.

Mis felicitaciones efusivas a los tres premiados: a Manu Leguineche, toda una leyenda de nuestra historia periodística y viajera, por el Premio Reporteros del Mundo; a Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, valientes y brillantes reporteros italianos, autores del libro La Casta -que ha batido récord de ventas- por el de Columnistas del Mundo. Y también mi enhorabuena al jurado, que ha sabido elegir entre profesionales de excelencia. Por mi parte, sólo voy a pronunciar unas palabras introductorias a un acto que supone para este Grupo un timbre de honor y un acto de memoria de la historia de tres compañeros que seguirán presentes en nuestro recuerdo hondo y constante.

«Dios creó al hombre -dice la tradición hasídica hebrea- para que le contara historias». Y ahí estamos todos los que escribimos en alguno de los territorios de la actividad intelectual: periodismo, historia, ensayo, ficción. Aunque el tipo de historias que podemos contar pueden ser, como bien sabemos, muy diferentes. Diferentes, pero no incompatibles; mas bien -diría yo- complementarias en sus relaciones y en sus contenidos, como es el caso del periodismo, la historia o la literatura. A veces, sin embargo, me temo que no se llevan tan bien con el ejercicio y la relación con el poder político.

Octavio Paz escribió en alguna ocasión, al reflexionar sobre La literatura y el Estado, que todo escritor -y creo que todo periodista, por tanto- tiene que elegir entre la escritura y el poder, no puede gobernar y escribir al mismo tiempo. Parafraseando a Paz, «el escritor -el periodista que escribe- (Paz enumera con ironía las cosas que no puede ser) tampoco puede ser funcionario, redentor social, fundador de hospitales o de casas de refugio para desamparados, apóstol de pecadores arrepentidos, hierofante del culto a Júpiter Amón o jefe de banda», pero sí debe ser -como decía y como actuó el gran Albert Camus- periodista crítico, defensor del ciudadano frente al poder, al iluminar las zonas oscuras y ocultadoras de una realidad y de una clase política que con frecuencia cree poco en los ciudadanos y que, en los casos más extremos, se constituyen en castas, como han denunciado nuestros amigos italianos, o en caciques que subvierten el principio del mérito de los individuos -base de nuestra sociedad abierta y democrática- por el criterio clientelar e ideológico.

«Frente a las fuerzas desordenadas de la historia -escribía Camus en El periodista crítico-, de las que las informaciones son el reflejo», el comentario político y moral de la actualidad puede ser positivo al señalar día a día las reflexiones que activan la conciencia ciudadana y, más o menos indirectamente, suponen unos límites al poder. «Desde luego -proseguía- el amor por la verdad no impide tomar partido… pero, en esto como en lo demás, hay que encontrar un cierto tono sin el cual todo se desvaloriza».

Búsqueda de la verdad, tono y estilo, rigor en la investigación… condiciones que hoy reconocemos en la labor excelente de nuestros premiados. Pero también valentía y honestidad intelectual y personal para enfrentarse a los poderes establecidos. Y valor para pagar el precio alto de la independencia. (Son historias paralelas a las de esta casa, con las cuales sin duda hay un sentimiento de identificación.)

Si se ha dicho que el periodismo es «historia instantánea» o «historia del presente», y la historia es «periodismo del pasado» -aun cuando ambos territorios difieran en cuanto al tiempo corto, efímero, actual, del primero y el tiempo largo de la historia-, ambos desde luego convergen al menos en un punto ineludible entre lo fugaz y lo duradero: el rigor de la investigación y la relación entre la verdad, la libertad y el lenguaje, tal como querría Camus. En definitiva, toda actividad intelectual -señalaba el historiador y periodista Timothy Garton Ash («Soy un historiador del presente», 2007)- acaba siendo incompatible con la política, pues -decía literalmente- el intelectual está comprometido con la búsqueda de la verdad y el político con la búsqueda del poder». «El papel de los intelectuales -de los periodistas, en este caso- es decir la verdad, el de los políticos decir medias verdades. Esto no lo digo despectivamente -aclaraba-, no hay nada malo en utilizar medias verdades: la política y la disciplina de partido te obligan a ello». Pero -acababa- para quien escribe es importante que el veneno del ejercicio de la política, del ejercicio de ese poder (que no se parece a ningún otro, recordémoslo bien, porque es el único al que se le ha otorgado la legitimidad del monopolio de la fuerza), que ese tipo de poder no invada su metabolismo, porque en ese caso quedará destruido como periodista, como escritor y, desde luego, como persona independiente.

«Nuestra patria es el texto», diría Steiner. El texto o la palabra como arma (o «como milagro» -pensaba el rumano Norman Manea-), dentro de ese optimismo cognoscitivo occidental que tanto debe a los griegos y a la potente tradición judeocristiana de la palabra, a la confianza de que el tiempo resaltará el esplendor de la verdad. Y, aunque la realidad desmienta muchas veces esa confianza, el escritor -el periodista- vocacional quiere seguir creyendo en esa misión testimonial, en el sentido camusiano del término, en la necesidad de revelar los hechos, de contar las historias que está viviendo o sufriendo, de luchar por la persuasión y lo justo frente al miedo o a la mentira política.

Por eso, los dictadores temen tanto a los escritores, y por eso, incluso en las democracias, el poder político tiende a desconfiar o sospechar del periodismo y de la escritura independiente, y por eso es tan importante siempre la defensa de la libertad de expresión, el pivote histórico de todas las libertades. Cuando sufrimos como ciudadanos algún recorte a esa libertad, cuando las arbitrariedades que atentan a libertades individuales se ven de forma rutinaria o se aceptan con resignación como si fueran fuerzas de la naturaleza que no podemos combatir, estamos olvidando lo mucho que ha costado llegar a una sociedad abierta; los sacrificios que han hecho generaciones anteriores para que pudiéramos disfrutar de una libertad en democracia que hay que mantener siempre en alerta, pues la combinación de ambición de poder de unos con la pasividad de la inercia y pereza de los otros, puede deshacer el sutil tejido de una sociedad civil y de unas instituciones políticas y sociales que respetan mutuamente los límites y mantienen siempre un equilibrio inestable pero real.

Uno de los más recientes y potentes alegatos a favor de la libertad, y muy concretamente de la libertad de expresión en todas sus facetas, se encuentra, en mi opinión, en las páginas del libro de Coetzee, traducido hace apenas un año: Contra la censura es su título, al que añade el significativo subtítulo Ensayos sobre la pasión de silenciar. Pasión de silenciar que es pasión de dominación. Es, como decía, un fuerte alegato contra la censura política y especialmente la censura que une la política con la estética y la moral en su afán represivo, abarcando lo políticamente indeseable (según el régimen del que se trate), lo políticamente correcto de nuestra época y lo moralmente indeseable (aquello que no está permitido ni desear). Pues lo que le preocupa al autor -y a nosotros con él- es precisamente lo que llama el peligro de contagio que tiene toda censura, la pendiente resbaladiza por la que se extiende cada vez más la prohibición, esa «policía de las pequeñas distracciones» a la que no se le da mayor importancia -o se mira para otro lado- porque no nos afecta directamente o nos sentimos impotentes ante el poder… o ante la opinión pública. Pues un asunto fundamental para Coetzee es que no hay que confundir la opinión pública con las cuestiones de justicia y legalidad.

No se puede cambiar la historia por decreto, ni se puede resolver la «injusticia ética del mundo» (Weber), como nos ha demostrado la Historia del siglo XX, con buenas intenciones y acciones que limitan la autonomía moral de los ciudadanos. Al escritor, al periodista, al intelectual, reserva Coetzee el papel fundamental de no dejarse arrastrar por ninguna «pendiente resbaladiza», de evitar que los hechos sean transmutados y ocultados bajo las opiniones, una característica de toda tendencia totalitaria o de abuso de poder. Desconfiad -viene a decir- de los que dicen que «todo es relativo» y que, por tanto, -aunque no lo digan- que «todo es permitido». Cuando se dice que «la historia no existe y es puramente interpretativa», generalmente nos quieren imponer su «recuerdo amañado», en frase de Amelia Valcárcel. Cuando se afirma tajantemente que «no hay hechos, sólo interpretaciones», nos encontramos ante una posición nihilista muy rentable para quienes la sustentan, pero absurda y peligrosa para los demás.

Impresiona leer por ejemplo a un Norman Manea, antes citado, escritor rumano que sufrió el totalitarismo comunista, cuando intenta reconstruir el «comienzo de la quiebra moral de su país» en la encrucijada de los años 30, cuando precisamente el país había alcanzado un esplendor cultural y material que nunca más volvió a darse, y desbroza ese comienzo de quiebra moral desde el momento en que se empiezan a vivir situaciones «incompatibles», que aniquilan todas las certidumbres morales, como si fueran normales; cuando la escalada nacionalista va contagiando sectores políticos, sociales y culturales que acaban obnubilando las conciencias y dando por natural la violación de derechos individuales de los ciudadanos no acordes con la ideología nacionalista -en su caso, antisemita-, en la búsqueda del correspondiente chivo expiatorio. Algo parecido a la viejecita que no se podía sentar en el banco público por ser judía, que cuenta Stefan Zweig, pero de lo que casi nadie quería darse por enterado; tampoco era tan importante, en realidad, sólo afectaba a un sector ínfimo de la población. Cuando empezó a afectar a todos, ya era demasiado tarde. El contagio era definitivo.

Para no llegar nunca a esa «pendiente resbaladiza», las relaciones entre el poder político y el periodismo, ambos hoy aquí excelentemente representados, deben seguir siendo en una sociedad abierta tan complejas y tensas, tan acordes en ocasiones y tan discordantes en otras, como la breve historia de nuestra democracia nos ha ido enseñando en estos 30 años, como ha sido siempre en sociedades libres. Recuerden la anécdota tan expresiva del general De Gaulle, irritado por los comentarios de Raymond Aron, a quien describió despectivamente como «ese profesor de Le Monde, ese periodista de la Sorbona», algo no muy alejado en su sentido del exabrupto de un panfleto de 1812, contra los periodistas que cubrían el nacimiento de nuestra primera Constitución -la que convertía a todos los españoles por primera vez en iguales ante la ley, en ciudadanos de pleno derecho por encima de los criterios de nacimiento-, un panfleto que calificaba a los periodistas como esa «gente desalmada que gasta pantalón», algo revolucionario para la época.

Hoy la «gente desalmada» y los representantes políticos, imprescindibles ambos en una sociedad libre, luchamos en el mismo campo. Por la libertad y la democracia. La pasión y la mesura que Max Weber o Hanna Arendt exigían a la política en su sentido más noble y existencial deben ser contagiosas para todos.

Que así sea.

© Mundinteractivos, S.A.

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Vuelta a la normalidad, de Felipe Sahagún en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 noviembre, 2008

NUEVA RELACION BILATERAL

Los elogios de José Luis Rodríguez Zapatero a Estados Unidos en la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo de EL MUNDO, más que un cambio o una ruptura, confirman el giro dado, sobre todo en el discurso -a nivel institucional nunca han dejado de reforzarse-, a las relaciones bilaterales por el Gobierno socialista español.

Este cambio se plasmó, tras las elecciones de marzo, en un discurso pronunciado por el presidente el 16 de junio en el Museo del Prado. En él se adelantó a la previsible y deseada victoria de Barack Obama y, tras enumerar los principales retos de la gobernabilidad internacionalidad -lucha contra la pobreza, promoción de la paz frente a la inseguridad y el terrorismo, gestión ordenada de las migraciones y respuesta eficaz al cambio climático y a la dependencia energética-, se comprometió a «impulsar el multilateralismo eficaz en el que Washington tenga un papel central, y estoy convencido de que lo va a tener, tanto en la lucha contra las causas y los efectos del cambio climático como en el nuevo derecho internacional».

La crisis financiera global, las difíciles gestiones para conseguir un sitio en la cumbre del G-20 y la confirmación de la victoria de Obama han intensificado la decisión previa de Moncloa de convertir la mejora de las relaciones trasatlánticas en «la tarea prioritaria de la Presidencia española de la UE» en el primer semestre de 2010.

«Hay demasiadas cosas en común», reconocía ya entonces el presidente, «como para renunciar a ellas: desde las inversiones y el comercio recíprocos hasta la lengua española, pues los EEUU se están convirtiendo rápidamente en el primer país de habla hispana».

En los primeros contactos del secretario de Estado para Europa, Diego López Garrido, con el equipo de Obama, se concretó el deseo del Gobierno español de aprovechar la Presidencia de la UE para impulsar las relaciones trasatlánticas, de la misma forma que se hizo al final de los gobiernos de Felipe González, en la cumbre celebrada en Madrid en diciembre de 1995.

El 4 de noviembre, antes de conocerse los resultados oficiales de las elecciones estadounidenses, el secretario de Estado de Exteriores, Angel Lossada, adelantaba que «la relación con EEUU será más intensa, gane Obama o McCain».

Lossada hizo estas declaraciones en la fiesta de la embajada estadounidense en la Casa de América la noche electoral. No fue casual que a ella asistieran también López Garrido y el secretario general de Presidencia, ex secretario de Estado de Exteriores y responsable de internacional en Moncloa en esta nueva etapa, Bernardino León.

El presidente Zapatero fue uno de los primeros dirigentes extranjeros que felicitó al presidente electo el pasado día 5. Obama le devolvía la llamada telefónica al día siguiente. En la conversación, ambos se comprometieron a estrechar los lazos bilaterales, que se remontan a la firma de los primeros pactos de Franco con los EEUU, en 1953.

A quienes tengan alguna duda -según palabras de Angel Viñas en su magnífico estudio de la relación hispano-estadounidense En las garras del águila- de que «no existe en la Historia de España contemporánea una conexión exterior con repercusiones tan intensas y multidimensionales como las que se derivan de aquellos pactos», el secretario de Estado de Defensa, Constantino Méndez, les recordó el pasado sábado en Valencia que, «en los últimos años, se han registrado 180.000 operaciones militares norteamericanas (aéreas) en territorio español, lo que supone más de una por hora, más de 12.000 escalas de buques estadounidenses en puertos españoles (cuatro por semana) y la firma de 6.000 contratos por valor de 10.000 millones de dólares».

Con la victoria de Obama, como ha reconocido el investigador del Real Instituto Elcano Paul Isbell tras hablar con los asesores de Obama, «España puede ser un socio tan relevante como soñó el ex presidente Aznar, aunque el contenido del sueño sea diferente».

El cierre, ya anunciado, de Guantánamo, el retorno al multilateralismo y al Derecho Internacional por la Administración estadounidense y, sobre todo, los intereses comunes en América Latina, en la estabilización en el norte de Africa, Oriente Medio y Afganistán, la lucha contra el terrorismo y el interés mutuo en las energías renovables, facilitan el final de lo que Isbell denomina «una anomalía» en las relaciones bilaterales: el desencuentro personal de los dirigentes máximos de ambos países desde la retirada unilateral de las tropas españolas en Irak.

© Mundinteractivos, S.A.

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¿Un mundo fuera de control?, de Daniel Innerarity en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 20 noviembre, 2008

La idea de un mundo interconectado, que nos ha servido como lugar común para designar la realidad de la globalización, implica, en principio, un mundo de responsabilidad limitada, cuando no difusa o abiertamente irresponsable, sobre el que no puede establecerse ningún control y del que nadie se hace cargo. La interconexión significa, por una parte, equilibrio y contención mutua, pero también alude al contagio, los efectos de cascada y la amplificación de los desastres, como es el caso de la reciente crisis financiera. El mundo interconectado es también ese “mundo desbocado” del que hablaba Giddens a la hora de calificar los aspectos menos gratos de la globalización.

En el caso concreto de la reciente crisis financiera la irresponsabilidad ha comenzado por la imprevisión. Han funcionado muy mal los sistemas de advertencia y prevención de riesgos. Las autoridades correspondientes han tenido una mala percepción de la gravedad de la crisis. Esta falta de anticipación revela no tanto un problema moral o político cuanto una grave deficiencia cognoscitiva, pues es difícil entender por qué no se sacan las conclusiones lógicas de una historia saturada de burbujas especulativas con consecuencias desastrosas. Tenemos muy reciente la crisis de la nueva economía y no hemos aprendido la lección: entonces se nos anunciaba una nueva era económica muy prometedora. Cuando domina la euforia financiera la hipótesis de una crisis parece lejana y por tanto incapaz de provocar las reacciones que aconsejaría la prudencia. La primera explicación antropológica de esta inadvertencia es que los profetas de las malas noticias no son nunca bienvenidos. Pero hay también una explicación ideológica y es que los defensores de la teoría de la eficiencia financiera llevan mucho tiempo diciendo que el mercado no se equivoca nunca y celebrando “la sabiduría de las masas” (Surowiecki). Y eso desincentiva la creación de instrumentos de regulación.

No sé si es una falta de memoria financiera, como ha dicho alguno, o una ceguera ante el desastre. En cualquier caso, está claro que prevenimos muy mal los desarrollos catastróficos y eso que no andamos faltos de cálculos matemáticos sofisticados. No disponíamos de una cartografía precisa de los riesgos que permitiera anticipar su encadenamiento irracional. Una parte de los riesgos había sido dispersada en el mercado, de manera que las instituciones financieras apenas podían medirlos y estimar su impacto futuro. Cuando el horizonte temporal se estrecha y sólo es tenido en cuenta el interés más inmediato es muy difícil evitar que las cosas evolucionen catastróficamente. Tanto desde el punto de vista informativo como de control, los mecanismos de autorregulación se han revelado como insuficientes. Lo que todo esto pone de manifiesto es que no sabemos todavía detectar, gestionar y comunicar los riesgos globales.

La crisis financiera es, en última instancia, una crisis de responsabilidad y el procedimiento que mejor lo ha representado ha sido la extensión de productos financieros como la titulización, que traducían la voluntad de desplazar los riesgos hacia el infinito, es decir, aceptar riesgos sin querer asumir las consecuencias. Se trataría de algo que podríamos denominar como “riesgos sin riesgos”. La titulación ha actuado como un mecanismo global de irresponsabilización, que diseminaba y disimulaba a la vez los riesgos, haciendo opacos los mercados. Éste y otros productos financieros permitían evacuar o neutralizar los riesgos de las operaciones de préstamo transfiriendo la carga hacia los mercados de naturaleza especulativa. La opacidad de los mercados impedía el control y toleraba riesgos excesivos, títulos opacos cuyos riesgos nadie era capaz de evaluar. De este modo se ha constituido un mercado financiero global en el que los accionistas minoritarios de las empresas han presionado para obtener unas tasas de rentabilidad cada vez más elevadas. La irrealidad de los intercambios económicos ha revelado que la globalización financiera es mucho más frágil que la globalización comercial.

Todo ello no hubiera sucedido si, al mismo tiempo, no hubiera habido una dejación de responsabilidad por parte de los Estados, de los bancos centrales y las instituciones financieras mundiales. Los dirigentes económicos y financieros han cometido el error de confiar absolutamente en la capacidad autorreguladora de los mercados financieros y han aceptado esta irresponsabilidad de los mercados de crédito, sometidos al mismo modelo de comportamiento que el que funciona en las Bolsas. A esto se han añadido unas operaciones de rescate que serán inevitables pero que no van a servir para promover las conductas responsables. Se han beneficiado de esas medidas aquellos actores económicos que pueden asumir riesgos excesivos sin tener que sufrir las consecuencias en virtud de las catástrofes en serie que su quiebra podría producir en el resto de la economía.

La crisis nos exige construir una nueva responsabilidad financiera, algo que se llevará a cabo más a través del control y la supervisión que mediante la regulación normativa. Nuestros dirigentes deberían comprender que les corresponde poner a los grandes actores económicos y financieros cara a sus responsabilidades: responsabilidad de los prestamistas, limitando la titulización, es decir, la opacidad de los riesgos en el mercado de los productos derivados, de manera que las deudas no sean instrumentos de especulación; responsabilidad de los accionistas, reservando el derecho de voto a quienes se comprometen establemente con la empresa para permitirle llevar una verdadera estrategia; responsabilidad de los Estados que se deben entender sobre un sistema de paridades estables, impidiendo así las oscilaciones violentas de divisas, desconcertantes para los agentes económicos; responsabilidad de los bancos centrales, que deben aceptar someter su gestión a la aprobación de los Estados democráticos, con la preocupación de tomar en cuenta todos los grandes parámetros decisivos para la marcha de las economías: producción, empleo, precios, endeudamiento, saldo presupuestario y saldo exterior.

Pero conviene no perder de vista que estos compromisos han de conseguirse en medio de una red cada vez más densa de dependencias, donde las obligaciones pierden visibilidad y nitidez. Al mismo tiempo, un mundo de crecientes interdependencias aumenta también el número de consecuencias de las acciones que no resultan fáciles de imputar. Este conjunto de circunstancias y otras similares justifican la denominación de “irresponsabilidad organizada” (Ulrich Beck) a la hora de calificar a nuestras sociedades, aunque también cabe preguntarse si no se trata más bien de una falta de organización, de que no hemos sido capaces de organizar socialmente la responsabilidad a la vista de que algunas de esas dinámicas contradicen claramente muchos de nuestros derechos y nuestros deberes. La debilitación del sentido de responsabilidad no es una cuestión que pueda achacarse únicamente a los políticos o a la desafección ciudadana, sino que resulta más bien de esa mezcla de debilidad institucional y fatalismo que caracteriza a nuestros compromisos democráticos. Se pueden organizar muchas cosas para identificar la responsabilidad y transformar dinámicas ciegas en procesos gobernables.

Han cambiado las condiciones en las que se pensaba y ejercía la responsabilidad política. El problema estriba en cómo representar esa responsabilidad en un momento en el que ha perdido evidencia la relación entre mi comportamiento individual (como prestamista, consumidor, accionista, votante o cliente) y los resultados globales. La ilustración de esta nueva articulación entre lo propio y lo común sólo se conseguirá si desarrollamos un concepto de responsabilidad que haga justicia a la actual complejidad social y corresponda a nuestras expectativas razonables de conseguir un mundo que pueda ser gobernado, del que nos hagamos cargo.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de El nuevo espacio público.

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Melancolía política, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 20 noviembre, 2008

Tras la tan comentada cumbre de Washington, la sensación de impotencia y de desconcierto que nos traslada la alta política institucional ante las encrucijadas del momento es espectacular. No han sido capaces de transmitir acuerdos significativos sobre los males del pasado, ni mucho menos alternativas creíbles que apuntasen a nuevas formas de relacionar política y economía, o que mostrasen algo más que buenos propósitos de enmienda con relación a errores pasados. Fue más bien una reunión de políticos sorprendidos por el nuevo y relumbrante papel que les ofrecía la coyuntura económica, cuando de hecho se habían ya acomodado en su papel de albaceas de las necesidades que manifestaban las élites económico-financieras globales. Aparentan mirar hacia el futuro, pero lo hacen usando las desgastadas claves del pasado. Pugnan por demostrar firmeza ante errores anteriores, cuando todos sabemos que el problema no es de disfunciones esporádicas y sólo atribuibles a la temeridad e irresponsabilidad de unos cuantos, sino que tiene sus raíces en lo más profundo de la razón de ser del sistema capitalista. Buscan soluciones a la crisis pasada, no tienen ni idea de cuáles van a ser las causas de la próxima y tampoco parecen conscientes de las oportunidades que atesora el desconcierto actual. Expresan melancolía, ese estado de ánimo en el que no sólo hay incertidumbre o vacilación en el momento en que se debe tomar una decisión, sino también rechazo a cualquier compromiso u opción concreta. Son conscientes de que tienen muchos vínculos, notables recursos y una potente oportunidad para expresar nuevas esperanzas y caminos, pero no se sienten ni con fuerzas ni con capacidad para apuntar a nada. Prefieren mirar al pasado y lamerse las heridas por los errores cometidos, aunque no saben muy bien en qué se equivocaron cuando unos meses atrás recibían sólo beneplácitos.

Se ha ido muy lejos en la pérdida de legitimidad y de funcionalidad del ejercicio de la política. En este sentido, es curioso observar que muchos periódicos colocaron las noticias relacionadas con la cumbre en la sección de economía y empresa. ¿Es natural que la reunión más importante de los últimos años entre jefes de Estado y de Gobierno de los países más influyentes del planeta no merezca situarse en la cabecera de la sección de política? Pero ¿hablaron de política? Si la respuesta es no, lo lógico es colocarlos en el apartado temático que corresponde. Se reunieron para tratar de mitigar, corregir y ayudar a superar la crisis económica. Se pusieron al servició del “mundo económico” para volver lo más rápidamente posible a la “normalidad”. Una vez más certificaron una de las claves de funcionamiento del sistema capitalista: la aparente disociación entre dominio en la esfera económica y dominio en la esfera política. En la esfera económica rige la ley de la competencia y prevalece quien más cuota de mercado consigue y más capital atesora; vales lo que vale tu capital. En la esfera política, rige la ley de la mayoría. En democracia todos seríamos iguales y la fuerza económica no se traduciría automáticamente en fuerza política. La legitimación del dominio político reside en buena parte en el principio de que ese dominio es aceptado y asumido, en tanto emana de la propia voluntad de cada ciudadano. Mientras que el dominio económico busca su legitimidad en la ley del que más tiene, del más capaz en la dura pugna de la competencia mercantil. En la práctica, la esfera económica ha ido siendo más y más capaz de trasladar su influencia y su capacidad de presión a la esfera política. La noticia de la cumbre en las páginas de economía no es sino una confirmación de la servidumbre de la política institucional actual a las necesidades prioritarias de las élites económico-financieras, disfrazadas una vez más de “intereses generales”.

Frente a la melancolía de la política institucional, se me ocurre reivindicar el romanticismo de la política alternativa. Aparentemente, Sarkozy no sufre melancolía. El presidente francés vive al minuto y no tiene un momento de respiro entre la hercúlea tarea de refundar el capitalismo y la labor de proteger la industria francesa, mientras trata de coronarse como el nuevo Napoleón III de Europa (Le Monde). Pero su agitación frenética esconde una total falta de criterio y de perspectiva estratégica, más allá de seguir siendo el centro de todas las miradas. Como diría Bauman, vive la política de forma “puntillista”, instante a instante, modificando su identidad en cada momento en que la coyuntura del momento lo exige. Pero esa hiperactividad esconde una profunda melancolía, una incapacidad de elegir quién quiere uno ser y qué camino escoger. En el otro extremo de la cadena tenemos a Solbes, quien trata de construir su fortaleza en la inmovilidad. Cada movimiento deviene un acontecimiento heroico. Es intrínsicamente melancólico. No escoge ni plantea alternativas, porque le parece inútil. Todo será lo que tenga que ser. Y hacer o no hacer, tampoco cambiará mucho las cosas. Reivindicar el romanticismo político es reivindicar la capacidad de ilusionarse ante nuevas perspectivas de futuro, desde la recuperación de viejas esperanzas, con la suficiente ironía como para saber que si bien buscando nuevas salidas podemos encontrarnos con nuevos fracasos, al menos habremos escogido qué fracasos tener. Al Gore, Joschka Fisher y Benjamin Barber, entre otros muchos, han levantado estos días sus voces para lanzar mensajes que no son para nada melancólicos, aunque puedan pecar de románticos. Nos hablan de la crisis como oportunidad, de un nuevo “clima de cambio” para enfrentarnos al cambio climático buscando y construyendo formas alternativas de producción y bienestar basadas en nueves fuentes energéticas, nuevas formas de movilidad, masivas inversiones en educación e investigación. Y manifiestan la importancia de recuperar la capacidad de liderazgo político. La crisis que nos sacude tiene sus raíces en la total falta de credibilidad de la actual política institucional, llena de melancolía, faltada de romanticismo.

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Cinco motivos por los que no hay que tocar la bolsa a día de hoy, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

Les voy a hacer una pequeña confesión. Llevo un buen rato sentado delante del ordenador incapaz de arrancar con el artículo de hoy. Suele pasarme en pocas ocasiones, gracias a Dios. Pero cuando ocurre, es absolutamente desesperante. Y más cuando, como es el caso, uno sabe perfectamente qué es lo que quiere decir. O sea que me voy a dejar de vainas y voy a ver, a las 21.30 horas del miércoles, si soy capaz de sacar algo del tirón, que estoy hasta el gorro. Miren ustedes, aunque los mercados de acciones están teniendo una caída que, para muchos, era completamente impredecible hace tan sólo unos meses no es momento de asomarse al balcón de su escote ni por asomo. No importa que casi todos sus indicadores estén dando señales extremas de sobre venta. No ha llegado la hora. Quien quiera hacer trading, que coja el análisis técnico, del que hoy llevamos un muy buen comentario en nuestra Información Privilegiada, se fije niveles de ganancia y tolerancia a la pérdida máximas y se lance a la piscina. Pero para el inversor fundamental sigue siendo hora de guardar la ropa: las aguas bajan demasiado revueltas como para atreverse a nadar en ellas. El criterio de oportunidad histórica no me vale porque, como he repetido hasta la saciedad, la dimensión de esta crisis supera cualquier perspectiva histórica tanto en cuantía como en importancia de los actores implicados.

1. Economía real y aversión al riesgo. En una sociedad basada fundamentalmente en el crédito, la súbita desaparición del mismo sólo podía traer consigo consecuencias dramáticas, como así ha sido. No exagero si les digo que hemos vivido la quiebra del sistema financiero como vía de transmisión del ahorro a la inversión y viceversa. No pierdan de perspectiva las consecuencias que se derivan de la interiorización de dicha aseveración. Los bancos, acuciados por su propia necesidad de supervivencia, han dejado de cumplir el papel esencial que han de desempeñar en cualquier economía mientras que los estados, en sus desesperados intentos por salvaguardar los principios que sustentan la actividad cotidiana de sus respectivas naciones, han asumido una serie de riesgos que pueden poner en riesgo su propia solvencia futura. Se trata de una cuestión que no está en el día a día de lo que hacemos pero que es determinante a la hora de orientar hacia dónde se han de dirigir los grandes flujos de inversión. Cuando China, Rusia o los países del Golfo tienen que intervenir o ayudar a sus bancos, malo. En un entorno tan precario como el descrito, el papel garantista del estado expulsa al sector privado de la economía e impide cualquier concesión graciosa a la potencial rentabilidad de los activos de riesgo.


2. Inmobiliario y desapalancamiento. Se trata de los dos elementos de imprescindible estabilización para que los mercados empiecen a recuperar la confianza. El primero porque se encuentra en el origen de la crisis y por tanto es determinante para su solución, aparte de suponer una parte sustancial de la riqueza de la ciudadanía. El segundo porque es consecuencia del imprescindible proceso de ajuste de la economía financiera a la real. Pues bien, en ambos casos, su proceso de normalización está todavía muy verde. No hay más que ver los recientes datos sectoriales en los mercados inmobiliarios más afectados, como Estados Unidos, España o Reino Unido, o el efecto embudo que se ha producido en el acelerado proceso de liquidación de posiciones apalancadas, fenómeno que se ha llevado por delante la tradicional descorrelación entre los distintos activos financieros, ha provocado una terrible deflación en el precio de los mismos y que choca con el aumento de posiciones en derivados no regulados recogido por el último informe semestral del BIS.


3. Crédito. Otro de los indicadores que van a ser clave para identificar el momento en el que se puede producir un cambio en la percepción de los inversores sobre el mercado. Aquí tampoco hay buenas noticias. Por una parte la demanda de seguridad ha llevado de nuevo la rentabilidad de los instrumentos soberanos de más corto plazo a niveles irrisorios y, por el contrario, ha provocado un éxodo masivo y simultáneo de los activos de renta fija corporativos. Señalaba ayer Merrill Lynch que la rentabilidad media de la deuda basura en Estados Unidos había superado el 20% por primera vez en los últimos 20 años (y con unos tipos de interés de partida que no admiten comparación), mientras que la protección contra impago de la deuda empresarial tanto de mejor (iTraxx) como de peor calidad (Crossover) ha vuelto a situarse en niveles extremos. De hecho, el consenso generalizado del mercado es que es en el pasivo y no en el neto de las firmas donde hay verdaderos chollos en los que invertir. Entre bolsa y bonos, opción B.


4. Beneficios empresariales y valoración. Con independencia del mayor o menor valor que el análisis fundamental puede tener en un entorno como el actual en el que el mercado apenas discrimina entre lo bueno, lo malo y lo peor, creo que el problema, a día de hoy, es que el debate supera en muchos casos el ámbito de los beneficios, sobre los que volveremos en breve, para entrar en el de la supervivencia. No me estoy refiriendo al sector del automóvil que es un ejemplo palmario, en muchos casos, de mala gestión. Ni siquiera a aquellas compañías que no soportan el mínimo análisis cruzado entre su balance y su capacidad para generar flujos de caja. El círculo se ha expandido exponencialmente a aquellas firmas con enormes necesidades de circulante, que no existe, o a aquellas otras que, viviendo del comercio exterior, se ven afectadas por la falta de aceptación de las cartas de crédito, por poner sólo dos ejemplos. No es una exageración sino el día a día del empresario de hoy. Sobre esa base no es difícil darse cuenta que el énfasis no está en el numerador del PER sino en el denominador, es decir: en el impacto que sobre el conjunto de los resultados de las firmas cotizadas puede tener un deterioro acelerado como el actual. Con un factor adicional: en la medida en la que mi compañía es castigada indiscriminadamente por el mercado, la oportunidad la pintan calva para sacar toda la morralla que tanto daño me haría en otras circunstancias. Por factores endógenos y exógenos los beneficios van a estar muy presionados en los próximos seis a ocho meses y sólo cuando la comparativa anual comience a ser menos exigente, verán las empresas algo de luz.


5. Flujos. Concluyo casi como empecé. No hay dinero para la bolsa. Es un mercado que se ha quedado sin compradores. Ni el cliente minorista, que hasta antes de ayer como quien dice se quería llevar el dinero del banco, ni el cliente institucional, perseguido por la caída en el valor de su patrimonio y por los reembolsos, ni los hedges que están en pleno proceso de redefinición. Ni siquiera los fondos soberanos, que han aprendido que el tiempo corre a su favor, tienen la menor intención a día de hoy de meter los pies en esa caldera hirviente que son los títulos representativos del capital. El que quiera pensar lo contrario es libre de hacerlo, por supuesto. El proceso de recuperación de la confianza va a ser muy largo y se va a enfrentar a una realidad económica y financiera sustancialmente distinta a la que hemos vivido hasta ahora. El papel de las instituciones públicas incidirá aún más negativamente en la capacidad de financiación con recursos propios o ajenos del sector privado de la economía. Vamos a un proceso de estatalización cuyo horizonte futuro y reversión no soy capaz de intuir. Pero de lo que estoy seguro es que no se va a corregir de la noche a la mañana. Se trata de una larga travesía en el desierto y, ¿saben lo que les digo?, apenas hemos comenzado a caminar. Desgraciadamente. Les espero el sábado.

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Posibles causas de la crisis financiera, de Fernando Martín en El Cofidencial

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

Los comentarios y opiniones que se vienen oyendo y leyendo sobre la crisis financiera, tanto por parte de los políticos como de periodistas y de otros personajes relevantes, parecen disquisiciones sobre algún fallo profundo del sistema financiero que no alcanzamos a entender, y sobre el que se efectúan diversos análisis y se dan variadas, y en algunos casos disparatadas, soluciones.

Casi toda la estructura educativa española, sin duda mejorable, tiende a entrenar a niños y menos niños en la resolución de problemas cuando en la vida real, la mayor parte de las veces, lo verdaderamente difícil es saber cuál es el problema. En esta línea, lo primero sería saber qué es lo que ha ocasionado que algunos bancos caigan y que otros se tambaleen.

La causa, en mi opinión, y que me perdonen los que de esto saben algo, es que algunos gestores bancarios han concedido préstamos, o comprado algún tipo de activo, que no van a poder cobrar. No hay que buscar más profundidades. La pregunta, por lo tanto, es: ¿cómo han podido estos gestores inteligentes conceder préstamos o comprar activos que no iban a poder cobrar? Esa es la pregunta y ese es el problema.

Tenemos por tanto un problema de gestión de las entidades de crédito. Nadie ha obligado a las entidades financieras a comprar nada ni a dar créditos a nadie. Por lo tanto, felicitemos a los gestores de las entidades de crédito que no tienen malos activos y hagamos responsables a aquellos gestores que han podido llevar a sus entidades a situaciones críticas que han podido suponer incluso la desaparición de la propia entidad.

Si buscamos la razón por la cual esas personas inteligentes conceden créditos para no cobrarlos, y con independencia de las responsabilidades que debieran asumir, yo diría que es por el empuje comercial que cualquier organización con ánimo de lucro tiene, y del que, obviamente, los bancos no se libran. Lo que llamo empuje comercial es necesario, es vender, pero debe ser equilibrado por otros empujes. En el caso de los bancos, cuando parece que todo es Jauja, es cuando los más altos directivos deben equilibrar ese empuje comercial de la organización con otros empujes más conservadores.

Si la razón está ahí, está claro que, dada la repetición de crisis financieras, el empuje comercial supera cada cierto tiempo al sentido común y que ni siquiera los auditores, agencias de calificación u organismo supervisor, si existe, son capaces de detectar.

No todos son iguales

Antes de continuar con la argumentación, debo decir que no todos los organismos supervisores son iguales. Hay organismos supervisores que requieren a las entidades financieras poca información y prácticamente no revisan esa información. Voy a defender en este artículo la supervisión como una de las soluciones que planteo para evitar las crisis financieras pero no cualquier tipo de supervisión.

Yo defiendo lo que se denomina inspección, o supervisión, in situ, que es el desplazamiento físico de los inspectores a las entidades y la revisión de sus activos, recursos propios, etcétera, de una manera exhaustiva y con opinión sobre la valoración de sus activos. Muchos países calificados como muy desarrollados no disponen de personal que vaya a las entidades y que ponga en duda la valoración de sus activos. Deben ser los auditores los que cumplan esa función. Los auditores, grandes profesionales en general, son, a la vez, proveedores y críticos. Deben mantener un equilibrio entre mantener la facturación y mantener su prestigio: si hay algo grave en las cuentas deben decírselo a su cliente, es decir, al que le paga y el que le pagará en ejercicios sucesivos si queda satisfecho. A veces el problema es medio grave y los auditores transigen y al año siguiente el problema es más grave y se convierten en esclavos de sus opiniones anteriores. Aquí hay un conflicto de intereses claro que también debería resolverse y del que escribiré otro día.

Dicho lo anterior, en mi opinión hay dos líneas de actuación para intentar evitar las crisis financieras y sus consecuencias: la supervisión in situ y los recursos propios. La primera intenta evitar que los activos malos alcancen volúmenes que puedan poner en peligro a la entidad financiera y los segundos cubrirían las posibles pérdidas que se hubieran alcanzado sin que se llegue a situaciones patrimoniales irreversibles. Más importante la primera que la segunda, puesto que lo que se pretendería es evitar las crisis.

Los activos malos

Otra cosa que se tiene que tener en cuenta al analizar las crisis, y sabiendo que al final son malos activos comprados o concedidos por los gestores, es que no se compran ni se producen de golpe. Un banco no cae de hoy para mañana. Esos activos malos han estado durmiendo muchos días en la entidad y han sido pequeños. Después han sido medianos, después grandes, después muy grandes y después han tenido un tamaño tal que la perdida de ajustar su valoración ha puesto en duda la viabilidad de la entidad. Por esto defiendo como una de las soluciones la inspección in situ que pueda conocer los activos de las entidades y opinar sobre la adecuada valoración de los mismos cuando la pérdida sea asumible por la cuenta de resultados de la entidad.

Lo anterior no significa que defienda la intervención pública en las entidades financieras. Al contrario. Defiendo la gestión privada que además, en general, ha sido muy buena en los últimos años en las entidades españolas poniendo a nuestro sistema financiero entre los mejores del mundo, ayudado también por una normativa bastante conservadora. Defiendo solo el mecanismo externo de control, no de gestión.

En cuanto a los recursos propios, debo decir que creo que las nuevas normas, Basilea II, no mejoran a las antiguas. En mi opinión, no solo no mejoran la prevención de las crisis financieras, sino que dificultan dicha prevención. Esta afirmación se basa en el hecho de que la aplicación de las nuevas normas absorbe muchísimos recursos y dificultan la obtención de conclusiones a corto plazo.

Se ha pretendido establecer normas más modernas que midan mejor el riesgo y los recursos propios que ese riesgo requiera y se ha dificultado la consecución del objetivo final de los organismos supervisores: vigilar por la sanidad y la solvencia de las entidades financieras, evitando crisis financieras y defendiendo, en último término, los depósitos de los ciudadanos.

En esta línea, que las entidades tengan modelos de medición de riesgo avanzadísimos no es un dato a tener en cuenta a la hora de establecer la normativa financiera si esta resulta tan complicada que no se pueden sacar conclusiones a corto plazo sobre la situación de una entidad y si ello supone dedicar un porcentaje muy alto de los efectivos supervisores a revisar modelos teóricos en vez de activos en el balance de las entidades. A efectos supervisores cuanto más capital mejor. Si tienen unos modelos de gestión del riesgo de su cartera avanzadísimos y son certeros ya se verá en su cuenta de resultados. A efectos supervisores, en mi opinión, debe haber una normativa fácil de verificar y con unos recursos propios lo más grandes posibles.

*Fernando Martín es inspector del Banco de España.

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Las naciones y el bipartidismo, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 20 noviembre, 2008

La institucionalización del bipartidismo supone la sistemática negación del hecho revolucionario. Aplicando este axioma al ámbito de Euskal Herria, el autor advierte contra la amenaza de desaparición del multipartidismo en Euskal Herria y apuesta por «crear marcos en que la actividad ideológica del abertzalismo sea suficientemente dinámica para mantener viva la esperanza».

Habitualmente, los partidos políticos que están muy institucionalizados son incapaces de protagonizar hechos revolucionarios, como es el de la independencia de un país o la socialización de la economía. Es más, sus votantes suelen vagar por un espeso reformismo que contribuye a la pervivencia del modelo establecido. Este tipo de partidos se apoyan en una sensación que es experimentada en la calle de modo muy concreto: el vértigo o temor agudo que atenaza a los seres humanos sumergidos en la abulia ante la invitación revolucionaria. La historia está plagada de épocas de muerte lenta preferida a la vivificante acción revolucionaria, que sufre en su gestación y aún implantación, caso de triunfo, el feroz y continuado ataque del lenguaje instalado, preñado de descalificaciones burdas del proceso innovador.

Lo habitual en la vida política es que los partidos profundamente institucionalizados pierdan o debiliten gravemente su ideología inicial y consagren la mayor parte de sus energías a perpetuarse como aparato de poder, llegando en algunos casos, como sucede a los dos grandes partidos españoles, a urdir una legislación que impida el acceso a los centros de decisión a aquellas organizaciones que pongan en riesgo su liderazgo.

Los partidos poderosos se apoyan en un tupido entramado de intereses que, contrariamente a lo que dicta la razón, son admitidos como los únicos posibles e incluso como base sólida de una vida en paz. Estos intereses son elevados a ideología. Para respaldar esta imagen de inevitabilidad del modelo los partidos preferidos en las urnas suelen atribuirse logros que dimanan no de su acción política y administrativa, sino del natural proceso vital que es propio de la acción mecánica de la ciudadanía. Son partidos que únicamente naufragan cuando esa misma mecánica que constituye el sistema llega al agotamiento de su potencia y produce el desbarajuste social. Es entonces cuando los partidos que han acampado extramuros del sistema han de estar debidamente preparados para abrir el camino al cambio radical de modelo. No hay revolución posible sin que previamente sea asumida por las masas. Precisamente la amenaza potencial que para el sistema suponen las organizaciones minoritarias que encarnan las ideologías alternativas lleva a los partidos institucionalizados a combatirlas con todo tipo de armas, incluidas aquellas que repugnan a cualquier conciencia honesta.

Así, la manipulación ideológica de la violencia de respuesta a la indigna coacción institucional convierte esa violencia tantas veces defensiva en una forma de crimen que debe erradicarse con toda suerte de herramientas, incluyendo en muy primer lugar el control de los medios de comunicación. También es arma preferente e insidiosa el diseño de un cierto número de conceptos que conmueven profundamente al ciudadano común, como es el concepto del peligro inmediato y amenazador protagonizado por núcleos armados que son proclamados a todos los vientos como bandas puramente criminales desnudas de objetivos políticos y sin otra pretensión que la muerte y la delincuencia común. Frente a esas organizaciones suele el poder diseñar una imagen de protección ciudadana contra las mismas que concita la adhesión temerosa de la ciudadanía ya desconcienciada y evita al tiempo toda vía de negociación razonable.

Obviamente, esta manipulación de la realidad restringe el partidismo a unos pocos partidos que protagonizan de modo igual la política represiva y que, con ello, reducen la libertad al marco que ellos ocupan. Por lo general, estas maniobras descalificadoras de toda ideología alternativa suelen acabar en un bipartidismo que enclaustra a la sociedad en un proceso faccioso que cierra el horizonte para cualquier porvenir que no pertenezca al diseño de los partidos institucionalizados. En el seno de ese bipartidismo todo queda condicionado a cuatro o cinco elementos esenciales compartidos por las dos grandes organizaciones turnantes que terminan secuestrando la democracia y reduciendo la política a pura administración, escuálido terreno sobre el cual los dos partidos tratan de manifestar sus diferencias epidérmicas como prueba de una libertad ordenada y aceptable. Esta situación se ha producido de modo históricamente constatable. El bipartidismo ha acabado con la misma democracia liberal, que requiere otra amplitud, o la ha impedido ya de principio, como es el caso de España mediante la llamada Restauración. España vive una política de restauración constante, ejemplo de la cual ha sido la transición, que ha resultado un canovismo carente, además, de toda calidad. La circulación política española es como un paseo en el patio de una cárcel, con sus correspondientes horas de recreo: el aire circula sempiternamente entre cuatro muros. Es la democracia de once a once y media de la mañana.

Ahora, el bipartidismo, que se quiere hacer extensivo a Euskadi, persigue el mantenimiento del status quo mediante el que los vascos seguirán siendo ciudadanos españoles de segunda clase con cierto y restrictivo adobo de medidas autonómicas que actúen como el tan consabido opio del pueblo. Todas las medidas judiciales y policiales que maneja el Gobierno de Madrid están encaminadas a lograr un pacto entre los nacionalistas llamados moderados -no sé realmente en qué puede consistir un nacionalismo moderado, a no ser que adopte un elevado contenido de actividad lúdica- y los socialistas, que han reducido su mísero y engañoso jacobinismo social al ejercicio territorial del nacionalismo españolista. Un jacobinismo repleto de un férreo sentido de la propiedad del terreno de juego político, que ha convertido la Constitución en un soporte ante el que ha de practicarse la obediencia debida e incondicionada y no la obediencia obsequiada, que sería lo adecuado para lustrar la importancia de un documento de tal importancia.

El reduccionismo institucional a dos partidos supone por sí mismo la expulsión de miles de ciudadanos del ejercicio político; dividir la masa social en ciudadanos aceptables y en agotes. Es más, el bipartidismo va fabricando una ciudadanía cansina, alejada de toda creación pública y refugiada en ámbitos personales siempre esterilizantes. El vigor popular desaparece y sobre la vida social se extiende un velo tupido y agostador; precisamente lo que buscan para perpetuarse sin riesgo alguno los partidos que protagonizan la farsa democrática de unas elecciones con resultados conocidos, al menos respecto a las cuestiones fundamentales.

Euskadi ha mantenido su vigor nacional y su posibilidad de un anhelado futuro soberano merced a su práctica de un multipartidismo que durante años ha mantenido a la sociedad vasca atenta y vigilante en la calle. De momento ese multipartidismo no es posible en el ámbito institucional, pero puede vivir ideológicamente en múltiples ámbitos de la existencia colectiva euskaldun. Todo consistirá en crear marcos en que la actividad ideológica del abertzalismo sea suficientemente dinámica para mantener viva la esperanza e ir convirtiéndola en hechos. Los sindicatos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sectoriales, la universidad, los entes de cultura pueden protagonizar la batalla política que siga sosteniendo de hecho un multipartidismo que evite la congelación de la sociedad vasca. Mientras ese multipartidismo exista en la realidad de la calle y se produzca con eficacia puede velar y empujar la actividad institucional -en la cual pueden existir aliados convenientes-, convoyándola críticamente hacia horizontes esperanzadores. Si es así pienso que la nación vasca tendrá el futuro que le corresponde.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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En torno a la crisis económica, de Ramón Tamames en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

II. Opinan los gurúes

Veíamos la semana pasada en esta columna de ESTRELLA DIGITAL el punto de vista sobre la crisis económica de una serie de Premios Nobel. Hoy en la segunda entrega de la miniserie, nos ocuparemos de la perspectiva de algunos gurúes o similares sobre el mismo tema.

Empezaremos por Alan Greenspan, quien en el nuevo epílogo a la edición de bolsillo de sus Memorias, manifiesta estar convencido de que la intervención en la actual crisis de la Reserva Federal y el Tesoro es el mal menor. Aunque tal vez guiado por un espíritu de excelencia, propone que de cara al futuro un grupo de alto nivel de funcionarios financieros de EEUU pasen a tener amplias facultades para confiscar (sic) cualquier institución financiera cuyos fallos puedan poner en peligro la economía; con la obligación de sacar de inmediato de apuros a consumidores y acreedores: “Necesitamos leyes que especifiquen y limiten las excesivas potestades de la banca, con avales a favor de los clientes que lo garanticen todo. Las suyas tienen que ser entidades transparentes, para que se respete el dinero de los depositantes”.

Para justificar su propuesta -algo así se le podría haber ocurrido cuando mandaba- , Greenspan sostiene la tesis de que el Gobierno tiene la obligación de vadear el río de turbulencias: “En nuestro país, EEUU, hace mucho que se abandonó la idea de que las salidas de las crisis han de resolverlas siempre el mercado. Por el contrario, estamos obligados a soluciones del día a día, como en el caso Bear Stearns” [comprado por el JP Morgan-Chase con el apoyo de la Reserva Federal y el Tesoro]. Pero siendo más útil prevenir que curar, lo que Greenspan sostiene es que “ha de garantizarse que, en el futuro, la ayuda financiera del Gobierno a las instituciones de crédito no incida como lastre en el balance general y la política monetaria de la Reserva Federal”. ¿Es que hay temor a que también pueda quebrar…?

Por su parte, el financiero George Soros recomienda que en EEUU y por doquier se adopte el sistema danés de créditos hipotecarios, cuyo funcionamiento se regula por el banco central, y que por eso y otras circunstancias disfruta de gran solidez. Así, las hipotecas de los bancos privados se titulizan en bonos negociables, garantizados por el valor del subyacente de las hipotecas (las propias viviendas), y la solidez de las instituciones financieras que los emiten. Por lo demás, las hipotecas permanecen en el balance de los emisores, en el pasivo, como encaje del activo de los créditos concedidos y con una valoración realista en cada momento en función del mercado. De esa manera no hay hiperexpansión del crédito, y se elimina el riesgo que se padece en el sistema estadounidense; que radica en la cesión de tales hipotecas al mercado de capitales, vía titulación en CDOs, para así darle varias vueltas a todo el circuito, llegando al credit bang.

En definitiva, el sistema danés favorece la transparencia y la liquidez: los propietarios de una vivienda van amortizando sus hipotecas mediante la compra de bonos emitidos por los bancos hipotecarios, precisamente con la garantía de las hipotecas concedidas. Y dado que el valor de la vivienda y el de los bonos tienden a cambiar de forma simultánea, se reducen al mínimo las posibilidades de pérdida de valor por parte de los propietarios.

Después del gran incendio de Copenhague de 1795, fue cuando se creó el sistema, Soros argumenta que él mismo fue pionero de su introducción en México; respaldado por Paul O’Neill, que por entonces era Secretario del Tesoro en EEUU. “Con sólo algunos cambios -concluye su propuesta-, sería una solución a largo plazo para el sector hipotecario de Estados Unidos”.

En cualquier caso, las recetas tipo Greenspan o Soros llevará tiempo para que sean consideradas. Y además, tendrán que vencer muchos escepticismos. Y en cuanto a lo que es un gurú escéptico, me resulta difícil no reproducir una entrevista hecha en el diario La Vanguardia sobre “Dudas profundas en torno a predicciones”, que figura en el recuadro. Léase, simplemente, porque no necesita de comentarios. Ya que es una muestra palpitante de mucho escepticismo que hoy existe sobre los economistas.

Y como queda bastante tela que cortar, en vez de dejar la miniserie en dos artículos, la extenderemos a tres: seguiremos la semana próxima.

DUDAS PROFUNDAS SOBRE PREDICCIONES *

¿Arte o fraude?. – “Es mejor hacer arte que fraude”, espetó en enero Nassim Taleb (matemático financiero, cuestiona los métodos de predicción: “el cisne negro”) a 200 agentes de la Bolsa de Chicago después de haber desmontado uno por uno todos sus mecanismos de predicción basados en la lógica lineal. Taleb, devoto de Mandelbrot, sostiene que la Bolsa no es un sistema predecible, aunque muchos encorbatados asesores vivan de predecirla. Es más bien un río de excepciones, cuyo curso lo enmarcan los cisnes negros, esto es, sucesos insólitos e inesperados. Nadie sabe cuándo llega una crisis económica ni cuándo se va a acabar, pero miles de autocalificados expertos aseguran saberlo. Y suelen llevar corbata… ¡No se fíe de ellos!

Hay expertos que sí aciertan.- El panadero, el zapatero, incluso un buen peluquero, saben de su trabajo, pero un economista o un político, aunque rara vez admiten que no saben qué pasará, sólo aciertan una predicción por casualidad -que ellos pensaran es sabiduría-; una ignorancia de su ignorancia los convierte en seres peligrosos en la medida en que les hagamos caso.

¿Pero cómo suceden esas cosas?.- Porque la economía, no la sociedad: es un dominio tan complejo, que desafía los límites de nuestro entendimiento. Nuestras mentes son fruto de la bioevolución: están hechas para huir de los leones, no para desentrañar relaciones inextricables de causa-efecto.

Un experto distingue la razón del instinto.- Los expertos son como usted y como yo: ven un tiburón en la tele y no se bañan; cuando lo cierto es que existen menos probabilidades de ser mordido por un tiburón que envenenado por la suegra. Pero la imagen del tiburón es mucho más poderosa que la estadística -que yo he consultado- de envenenamientos perpetrados por suegras malignas.

Somos así.- Ben Laden, por ejemplo, mató a más gente después del 11-S que el propio 11-S, pues por miedo a Ben Laden murió mucha más gente por coger el coche -mucho más peligroso que el avión- en vez de tomar el vuelo que tenían previsto… murieron en la carretera. Compruebe las estadísticas y verá que es auténtico.

Desde el FMI hasta el Ayuntamiento de Algete hacen previsiones económicas.- Y las revisan cada dos por tres, porque se equivocan. Hemos cogido a niños de un parvulario y les hemos hecho poner una cruz entre tres predicciones de crecimiento del PIB… ¡Y aciertan más que el FMI!

* Entrevista de Lluis Amiguet a Nassim Taleb (matemático financiero, cuestiona los métodos de predicción: ‘El cisne negro’), “No calcule probabilidades, prevenga consecuencias”, La Vanguardia, 19.8.08.

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¿Dónde está la autocrítica de los economistas neoliberales de nuestro país?, de Vicenç Navarro en Rebelión

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

Sistema Digital

Por treinta años los economistas neoliberales han gozado de grandes cajas de resonancia mediáticas que les han facilitado la promoción de su ideología basada en una idealización de la “mano invisible” de los mercados que, según ellos, debía regir el orden económico sin ningún tipo de frenos, cortapisas o regulaciones.

La enorme crisis financiera y económica que el desarrollo de tal ideología ha creado explica que algunos de estos economistas hayan comenzado a aceptar su error. El más conocido hasta ahora ha sido el que fue gobernador durante 18 años del Banco Central de EE.UU. (el Federal Reserva Board), el Sr. Alan Greenspan, que había sido canonizado por la sabiduría convencional neoliberal como la mente económica más brillante procedente de Wall Street, el centro financiero de aquel país, el cual se había referido a él como El Maestro.

En su testimonio frente al Congreso de EE.UU., el Presidente del Comité que está investigando las causas de la crisis financiera, el Congresista Henry Waxman, le preguntó al Sr. Alan Greenspan si a la luz de lo ocurrido su fe en los mercados había quedado afectada, a lo cual el Sr. Greenspan respondió afirmativamente, admitiendo que tenía que haber regulado el capital financiero más de lo que lo hizo.

A la vista de esta admisión, Waxman, del Partido Demócrata, insistió “En otras palabras, Vd. se ha dado cuenta de que su lectura del mundo, su ideología, era errónea, y no se correspondía a la realidad”. A lo cual, el Sr. Greenspan asintió, aunque negó tener plena responsabilidad por lo que el mismo definió como “un tsunami que pasa sólo una vez cada cien años… mi error fue creerme que los bancos de regularían ellos mismos, y que los mercados funcionarían en aquella situación…” Más adelante añadió que fue un error creer que los mercados se regularían a sí mismos, concluyendo que “todo el edificio intelectual que se apoyaba en tal supuesto ha colapsado”.

Estimulado por esta autocrítica del Sr. Greenspan, he estado leyendo la prensa, escuchando la radio y viendo la televisión (incluyendo la pública) para ver si aparecía tal autocrítica entre los muchos economistas neoliberales que existen en nuestro país y que gozan de una enorme visibilidad mediática. Pues bien, ni uno. Economistas que con el apoyo de grandes cajas de resonancia, han estado promoviendo tal ideología durante todos estos años y que continúan con su labor apostólica en los mismos medios (incluso públicos) en los que han gozado y continúan gozando de gran protagonismo. Ni un acento de autocrítica.

Uno de los más visibles escribía en su columna semanal en La Vanguardia que el Sr. Sitglitz estaba diciendo tonterías cuando afirmaba que la crisis financiera era para el neoliberalismo lo que la caída del muro de Berlín había significado para el comunismo. Y para avalar su descalificación, señalaba que la crisis actual era distinta a la Gran Depresión de los años treinta, argumento irrelevante para contestar a Sitglitz, pues éste no había hecho tal comparación (aun cuando hay elementos comunes, como la gran polarización de las rentas que caracterizó ambos periodos). Es más, en una entrevista que se le hizo en el principal canal televisivo público de Cataluña, tal economista, que entusiasma al establishment liberal del país, indicó que no hay que darle importancia a los vaivenes de la banca, porque los mercados financieros son “psicópatas”.

Frente a esta declaración sorprendente en un economista liberal que ha idealizado los mercados, parecería lógico que se le hubiera preguntado: “Y si son psicópatas, ¿por qué usted los ha estado sosteniendo por tantos años, negándose a su regulación?”. Por lo visto esta pregunta lógica, era demasiado crítica para el gusto del periodista que le hizo la entrevista. En realidad, tal respuesta encantó tanto que la han estado citando durante varios días en el programa donde se le entrevistó. Mientras, ninguno de los economistas críticos que predijeron la crisis actual ha sido invitado a dar su versión de los hechos en tales medios.

Algo semejante ocurre en el resto de Europa. He estado leyendo los editoriales de The Economist y del Financial Times, las mayores plataformas del pensamiento liberal del mundo anglosajón para ver si había alguna autocrítica. Pues nada, ni un asomo de ello. Y si en lugar del mundo anglosajón, miramos al sur de Europa, vemos que en el mundo latino existe una situación parecida. Ni un apunte de autocrítica en los periódicos de literatura económica o en las páginas de economía de los grandes rotativos que salvo contadísimas excepciones excluyen entre sus colaboradores a economistas españoles que dan una visión mucho más crítica del modus operandi de los mercados, de la que aparece en la ortodoxia oficial, que como toda ortodoxia se reproduce a base de fe y no de evidencia científica.

En realidad, era fácil ver durante estos años que las políticas liberales eran mucho menos exitosas que las políticas keynesianas que habían dominado el pensamiento y las prácticas económicas en el periodo 1945-1980. Indicador tras indicador mostraba que el periodo 1980-2005 era mucho menos exitoso que el periodo anterior (1945-1980). Esta evidencia queda recogida en mi libro Neoliberalism, globalization and inequalities. Consequences for Health and quality of life. 2007, Baywood. Pero estas políticas liberales no sólo fueron menos exitosas que las keynesianas sino que fueron las que condujeron el mundo a la recesión que estamos viviendo.

Como indicaba en otro artículo en este diario (de lo que no se habla en la crisis financiera, ver en mi blog:www.vnavarro.org), una de las mayores causas de tal crisis ha sido la enorme polarización de las rentas a nivel mundial, así como dentro de cada país como resultado del desarrollo de aquellas políticas liberales, que explica que exista por una parte, el enorme endeudamiento de las clases populares, resultado de la disminución de los salarios como porcentaje de la renta nacional y por otra parte el enorme incremento de los beneficios del capital financiero y del capital inmobiliario resultado de actividades especulativas que han llevado al desastre. Tal explicación, sin embargo, raramente ha aparecido en los medios de información y persuasión responsables de guardar la ortodoxia liberal.

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Detroit contra Wall Street, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

Los mercados financieros siguen cuesta abajo, mientras el paquete de rescate del Departamento del Tesoro es objeto de fuerte pelea. La rebatiña no es sólo entre los gigantes financieros. Un nuevo contendiente ha aparecido en escena: es el lobby automotriz. General Motors, Ford y Chrysler, los tres grandes (3G) en Detroit quieren una tajada del pastel.Henry Paulson, secretario del Tesoro, manifestó ayer su oposición a utilizar parte de los 700 mil millones de dólares del rescate financiero ya aprobado para sacar del bache a los tres grandes de la industria automotriz estadunidense. Paulson quiere guardar todo el paquete para sus colegas en Wall Street, argumentando que eso permitirá restaurar liquidez en los mercados y permitir a los corporativos no financieros remontar la crisis.

Los demócratas (incluyendo a Obama) presionan para que Washington comprometa por lo menos unos 25 mil millones de dólares para rescatar a Detroit. Argumentan que la precaria situación de los 3G amenaza cualquier intento de recuperación. Los tres gigantes han tenido fuertes pérdidas debido a los altos precios de la gasolina. Hoy que los combustibles han bajado de precio, se cayó la demanda de autos debido a la crisis. Más de 1.6 millones de empleos dependen del complejo industrial automotriz. Cientos de industrias proveedoras estarían en dificultades si alguno de los 3G solicita cobijo al amparo de la ley de quiebras. Demasiado grandes para dejarlos caer, pero Paulson responde que cualquier ayuda debe provenir del paquete aprobado por el Departamento de Energía destinado a la reconversión para producir automóviles más eficientes en consumo energético.

Otras voces se elevan contra el rescate, con el argumento de que Detroit es el único responsable de su difícil situación. Desde hace 40 años se durmió en sus laureles y dejó de ser líder en innovaciones (la última innovación importante introducida por Detroit fue la transmisión automática en 1952). Además, como casi toda la producción estadunidense es para consumo doméstico, los 3G siempre dieron la espalda a la producción de autos más eficientes en consumo energético. O sea, Detroit se lo buscó y ahora debe ajustarse a la disciplina del mercado. Ese razonamiento suena lógico, sólo que también se aplica al rescate de Wall Street.

El vínculo entre el lobby automotriz y la crisis financiera es anterior a la disputa por el paquete de rescate. El complejo industrial automotriz introdujo innovaciones básicas en el sentido de Schumpeter: como una fuerza capaz de organizar el sistema manufacturero alrededor de sus necesidades. Además, la tecnología de producción en masa permitió acceder a economías de escala inéditas y una espectacular reducción de costos unitarios.

Eso hizo posible la introducción de una norma salarial y niveles de consumo masivo en lo que Gramsci bautizó como fordismo. El autor de los Quaderni del carcere admiraba la capacidad productiva de la industria automotriz estadunidense y se preguntaba si sería precursora de una nueva época histórica. Lo cierto es que la producción en masa del fordismo implica una muy fuerte rigidez debido a los altos niveles de integración vertical. Y los competidores japoneses buscaron una trayectoria alternativa.

Desde los años setenta, Toyota y Nissan introdujeron nuevas máquinas herramienta para trabajar una mayor gama de líneas de producción, en lotes más pequeños y con costos unitarios inferiores a los del fordismo. Había nacido la manufactura flexible: mientras los 3G tardaban cuatro días en cambiar los troqueles y una matriz para imprimir los componentes de un nuevo modelo, Tokio hacía lo mismo en seis horas.

Detroit no pudo con la competencia. La pérdida de terreno en el mercado fue inexorable y se buscaron todo tipo de artimañas para sobrevivir. Chrysler casi entró en bancarrota bajo Reagan y sólo el sacrificio de los trabajadores sindicalizados le permitió salir adelante. Y cuando la manufactura flexible fue descubierta en Detroit, se le acompañó de un salvaje proceso de subcontratación (outsourcing) que sirvió para “disciplinar” al poderoso sindicato automotriz (UAW).

Detroit no tenía otras armas para competir con los tenaces fabricantes extranjeros y tuvo que recurrir al estancamiento del salario real. Las implicaciones macroeconómicas son evidentes: desde los años setenta, el endeudamiento de las familias en Estados Unidos fue el mecanismo utilizado para mantener un nivel de vida que de otro modo habría declinado de manera notable. Ese endeudamiento es precisamente uno de los componentes clave del desequilibrio macroeconómico estructural de la economía estadunidense y de la crisis financiera.

Estados Unidos parece haber abandonado las manufacturas a favor de las finanzas. Hoy que chillan los 3G, hay que recordar el dicho de Marx: para el capital, la producción es un mal necesario. Lo que el capitalista quiere son ganancias. Le gustaría evitar los riesgos de la producción (obreros, etc.). En la especulación puede encontrar a la gallina de los huevos de oro. Detroit descubrió esto y ahora reclama su pedazo del rescate. Obama se lo dará, pero con condiciones.

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