Reggio’s Weblog

Crisis (3): neointervencionismo, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 noviembre, 2008

Parece que se ven luces al final del túnel de la crisis. Lamentablemente, se trata de los faros de un camión que viene de cara. Un camión conducido por Sarkozy y un grupo de políticos neointervencionistas, con Rodríguez Zapatero de polizonte, que dicen querer refundar el capitalismo.

Dejando de lado el hecho de que el capitalismo ni lo fundan ni lo refundan los políticos sino los millones de ciudadanos que tomamos decisiones libres diariamente (esa es la gran diferencia con respecto a aquellos sistemas económicos fracasados que fueron creados desde el Estado), los neointervencionistas operan bajo dos premisas falsas: la primera es que la crisis financiera ha sido causada por la falta de regulación. En el artículo “Crisis (1): qué ha pasado” (La Vanguardia,13 de octubre), expliqué que las causas deben ser buscadas en la política monetaria de bajos tipos de interés de Greenspan en el 2001, en la intromisión del Congreso norteamericano que indujo a entidades semipúblicas como Freddie Mac y Fannie Mae a asegurar créditos a familias subprime y a una regulación financiera, basada en la convención de Basilea, que permitía a los bancos crear entidades paralelas, los conduits,con balances separados (cosa que permitió a los bancos multiplicar los créditos concedidos de manera ilimitada) y que obligaba a los bancos a sacarse los créditos de encima cuando el valor de sus garantías bajaba, cosa que provocó la espiral negativa de ventas y caídas en bolsa. La crisis, pues, no fue causada por falta de regulación. La regulación existía y existe, pero no sólo no ha evitado la crisis sino que además ha contribuido a generarla y agravarla.

La pregunta clave es: ¿por qué ha fallado la regulación existente? La respuesta es que los políticos que escriben las reglas son incapaces de prever por dónde vienen las crisis. Es muy fácil criticar al entrenador el lunes por la mañana. Y es muy fácil ahora reescribir las normas de Basilea, obligar a que las contabilidades de los bancos y los conduits se hagan de manera conjunta, forzar a que la valoración de capital no se haga a valor de mercado para no obligar a vender cuando la cotización baja. El problema es que todo eso llegará demasiado tarde para solucionar la crisis del presente… y no resolverá las del futuro. Porque las próximas crisis ni van estar causadas por familias subprime,ni van a tener que ver con conduits o credit default swaps.¿Por dónde van a venir? Pues no lo sé. Nadie lo sabe. ¡Ese es el problema!

La segunda premisa es que los neointervencionistas piensan que se puede evaluar la bondad de un sistema económico analizando sólo las crisis e ignorando sus aspectos positivos. El sistema económico que se quiere reformar ha dado lugar al crecimiento económico mundial más espectacular de la historia. Desde Estados Unidos hasta China, pasando por India, América Latina e incluso África, ese progreso económico sin precedentes ha permitido reducir las tasas de pobreza como nunca antes había sucedido en toda la historia de la humanidad.

Si no se tiene en cuenta la parte positiva, corremos el riesgo de que los neointervencionistas refunden el capitalismo para evitar crisis pasadas, que no lo consigan y que, en el proceso, se carguen algunos los motores del progreso. Y es que la razón principal que explica el fuerte crecimiento de los últimos años es la innovación llevada a cabo por miles de pequeños emprendedores cuyas ideas debían parecer locuras antes de hacerse realidad: desde Microsoft hasta Intel, pasando por Google,Starbucks, docenas de empresas de telefonía móvil o YouTube, las ideas de todos esos emprendedores debían parecer tan excéntricas que ningún banco tradicional hubiera querido financiarlas. Gracias a Dios, además de bancos tradicionales, el sistema había creado instrumentos que permitían financiar empresas de alto riesgo, y eso posibilitó el progreso tecnológico.

Un microcosmos que refleja las ventajas y los inconvenientes de la regulación lo tenemos en España, cuyo sistema financiero ha sido alabado por su rigidez reguladora. Sí. Es cierto que el Banco de España impidió a los bancos comprar activos tóxicos, cosa que evitó el contagio procedente de Estados Unidos. Pero también es cierto que no previó que la crisis en España llegaría por otro lado y permitió que los bancos se expusieran exageradamente al sector inmobiliario…, y ahora eso lo van a pagar. Es más, la extrema prudencia impuesta al sistema financiero contribuyó a que la tasa de innovación en España fuera preocupantemente baja al no poder asumir los riesgos necesarios para financiar nuevas y arriesgadas tecnologías. Dicho de otro modo: si Sergey Brinn y Larry Page hubieran sido españoles, Google nunca hubiera sido una realidad porque ningún banco español hubiera financiado una idea tan aventurada. España ha podido disfrutar de progreso tecnológico única y exclusivamente porque ese progreso tuvo lugar en el extranjero. Si no fuera por ello, España estaría anclada en 1970. Y, si como algunos proponen ahora, todo el mundo tuviera el sistema financiero español, quizá hubiéramos evitado la crisis de las subprime,pero el mundo entero estaría anclado en 1970. Y eso hubiera sido muy malo.

La crisis financiera será pasajera, pero sus secuelas pueden ser catastróficas y permanentes si dejamos que la batalla intelectual sea ganada por los políticos que conducen ese camión que nos viene de cara y que aprovecharán la ocasión para imponernos sus fobias antiliberales sin tener en cuenta los peligros del neointervencionismo.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, UPF i Fundació Umbele.

www.sala-i-martin.com

para ver: Crisis (2): 1929

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Un presidente increíble, de Josep Miró i Ardèvol en La Vanguardia

Posted in Derechos, Economía by reggio on 17 noviembre, 2008

Increíble, esto es, que no puede ser creído porque falta a la verdad, a la mesura, o ignora la realidad. Increíble es todo lo que rodea la asistencia del presidente del Gobierno español a la reunión, ahora de los 20+ 1 países, en Washington, el pasado fin de semana. Es increíble declarar que se ha reconocido el peso de España, cuando ha viajado realquilado en una de las sillas de Sarkozy. Esto no es un reconocimiento, sino un favor del vecino francés que tendrá su coste.

Es increíble reiterar que se viaja con propuestas para afrontar la crisis mundial cuando esta capacidad debería mostrarla aquí con políticas eficaces. Carece de mesura quien tiene la pretensión de aleccionar al mundo pero es incapaz de frenar el desempleo más elevado de Europa. Italia, comparación favorita de Zapatero, llegará a fin de año con poco más de la mitad de parados que España.

Es increíble aducir la experiencia en la regulación del sistema financiero “alabada internacionalmente”, al tiempo que se le ayuda con una cifra inconmensurable, 250.000 millones de euros. ¿Tan magnífico es el sistema que hay que socorrerlo con tanto dinero? Un país no son sólo bancos y cajas. Estamos hartos de ver cómo las empresas cierran por falta de liquidez y los hogares se llenan de parados.

Es increíble afirmar que acudía a la reunión para seguir luchando contra el cambio climático cuando España está actuando a favor de él a causa del incumplimiento clamoroso de los acuerdos de Kioto.

Es increíble la pretensión de tratar de la pobreza en aquel foro mundial cuando casi el 20% de los españoles vive en ella y Zapatero no les ha dedicado nunca ni tan siquiera una mención. ¿A qué nos debería incitar que uno de cada cinco españoles y uno de cada seis catalanes vivan en la pobreza después de década y media de prosperidad? El salario medio en términos reales ha bajado, mientras los beneficios de bancos y constructoras se multiplicaban, trajinando con una necesidad, la vivienda. Parte de quienes veían esquilmado su magro salario por la inflación engrosarán el ejército de reserva de los parados, mientras que los grandes beneficiarios son los receptores de las ayudas del Gobierno, inimaginables para otros sectores.

¡Todo esto es demagogia!, exclamará alguno. Cierto, pero no mía, sino de los tozudos hechos y datos.

josepmiro@e-cristians.net

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Liderazgo, nación y principios en tiempos de crisis, de Juan Costa en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

El 2009 será un año muy difícil. La economía española se contraerá y la cifra de desempleados puede alcanzar los cuatro millones de personas. Además, nos enfrentamos a los mismos retos que afectan al resto del mundo: la crisis financiera internacional y las fuertes tensiones que provoca una economía cada vez más global en áreas como la energía, el agua y la agricultura y la pesca. España y el mundo necesitan una nueva economía basada en la cooperación entre los estados, que garantice la protección y la sostenibilidad de nuestro planeta. Y necesitan también una renovada confianza que dé respuesta a la pregunta de si podemos superar la crisis.

Yo no tengo ninguna duda: se puede superar. Aunque ciertamente será difícil y exigirá un gran esfuerzo colectivo. ¿Qué necesitamos? En primer lugar, reparar aquello que es esencial para un país. Aquello que resulta básico para superar con éxito las situaciones adversas y complejas. Necesitamos un Gobierno con visión, capaz de actuar como un puente entre los problemas y sufrimientos de los españoles, y sus anhelos y esperanzas futuras. Necesitamos un líder en quien se pueda confiar, que sea ese puente entre problemas y esperanzas, que mire a la cara a los ciudadanos y les diga la verdad: la situación es difícil, exigirá un gran esfuerzo de todos, siento vuestros problemas, pero sé cómo resolverlos, cómo sacar adelante el país. Necesitamos un presidente del Gobierno capaz de integrar y unir a toda la sociedad española.

En segundo lugar, debemos recuperar el sentido de nación. En una situación como la actual, sólo podemos superar las dificultades si estamos unidos, si trabajamos juntos y le plantamos cara a las adversidades como una gran nación. En caso contrario, volveremos a caer, y entonces resultará muy difícil volver a levantarnos.

España ha triunfado cuando ha estado unida. Hemos conseguido grandes logros cuando hemos trabajado juntos. No nos han dado miedo las dificultades y nos hemos superado ante las mayores adversidades demostrando que somos una gran nación. Cuando se nos dice la verdad, cuando se comparten los retos, los españoles unidos somos el mejor motor del cambio, progreso y superación de la adversidad.

En tercer lugar, tenemos que defender más que nunca los principios y valores que nos han hecho avanzar. La capacidad de alcanzar compromisos y consensos, el valor del trabajo, la responsabilidad social y, sin ninguna duda, la libertad. Cuando España ha apostado por la libertad y se ha abierto al mundo ha disfrutado de los mayores niveles de bienestar y progreso. Los principios que han hecho posible la globalización de la economía han permitido también que el mundo disfrutara de la mayor y más amplia expansión económica de los últimos 50 años. Tenemos que reafirmar, más que nunca, nuestro compromiso con la libertad económica y recuperar los valores del libre mercado, esos valores que garantizan que el mercado beneficia a todos de manera colectiva, empresas e individuos, esos valores que evitan que el intervencionismo y los fallos en la regulación beneficien a unos pocos perjudicando a la inmensa mayoría. En estos casos, lo que falla es la vigilancia y la supervisión del Estado.

Por tanto, si repetimos la pregunta, ¿cómo podemos superar los problemas de la economía española y los retos a que se enfrenta el mundo?, la respuesta está clara: con liderazgo, unidad y principios. Tanto dentro de España como haciendo de estos tres objetivos nuestra bandera en todos los foros internacionales. La posición de nuestro país debe ser firme: tiene que contribuir a liderar la construcción de un nuevo orden económico mundial basado en la libertad, la democracia, la colaboración y la defensa del planeta.

Y en este marco -con la reunión del G-20 celebrada en Washington este fin de semana como telón de fondo-, España debe abogar por una agenda global que garantice un diálogo y cooperación permanente entre los estados. Tenemos grandes problemas en el mundo: la crisis financiera, el cambio climático, la pobreza, la reducción de las disponibilidades de agua y la crisis alimentaria, entre otros. Los problemas globales necesitan soluciones globales. La crisis financiera debe convertirse en una oportunidad para construir una globalización mejor, más democrática y más justa.

Creo que hay que felicitar al presidente del Gobierno por haber sido invitado a participar en la Cumbre del G-20. Y creo también que Zapatero debe defender durante los próximos meses en todos los foros internacionales una agenda que incluya, entre otras propuestas:

– La ampliación del G-7 para incorporar a España y a las principales economías emergentes.

– La reforma del FMI. El Fondo y otras instituciones internacionales carecen ahora mismo de legitimidad, porque el mundo no está representado en ellas en función de la importancia económica de los países. Su funcionamiento debe ser, además, más democrático.

– Un compromiso para desbloquear la ronda de Doha.

– La convocatoria futura de una conferencia de Naciones Unidas.

Pero, y en España, ¿qué podemos hacer? ¿qué medidas prácticas se pueden aplicar para preparar a la economía española a que lidere el futuro?

Nos enfrentamos a una crisis sin precedentes y necesitamos un Gobierno con capacidad de liderazgo, que movilice el esfuerzo colectivo de todos para superar las dificultades de hoy. Además de proteger y garantizar el adecuado funcionamiento del sistema financiero, que debe ser una gran prioridad, España necesita un gran acuerdo nacional en política económica. Un acuerdo que tenga como objetivo recuperar la confianza, aumentar la competitividad de nuestra economía y construir un nuevo modelo de crecimiento basado en la tecnología y la protección del medioambiente.

Y para ese gran objetivo, Zapatero ha demostrado que no sirve. Hasta ahora ha preferido negar la realidad. En las últimas semanas sólo ha hablado del G-20 y ha convertido la crisis financiera global en una gran cortina de humo. Zapatero sólo sabe dividir. No ha sabido ilusionar e integrar.

Por tanto, ¿qué políticas debe promover ese gran acuerdo nacional tan necesario? Las que defiende el programa del Partido Popular.

Primero: fortalecer el marco institucional de España, reformando los órganos reguladores y garantizando la unidad del mercado.

Segundo: un pacto entre las Administraciones Públicas. Si los españoles tienen que reducir su tren de vida, los políticos y las administraciones también. El pacto debe contener un compromiso claro para limitar el gasto, evitar duplicidades, reducir el intervencionismo, limitar el crecimiento de la deuda y desarrollar mecanismos que garanticen que se invierte de forma eficaz. Para empezar se podrían reducir algunas de las embajadas de las comunidades autónomas en el exterior.

Tercero: reducir los impuestos de los trabajadores y de las empresas. Esta medida es necesaria para reducir los costes del empleo y aumentar la competitividad y el atractivo de la economía española. Hacer frente a nuestra fuerte necesidad de financiación exterior exige que todos los agentes económicos gasten de forma responsable y que se apliquen políticas de competitividad que reduzcan los costes de la economía.

Cuarto: revisar el conjunto del sistema fiscal. Los impuestos deben apoyar una política de eficiencia energética y de apuesta por las energías limpias. La contaminación debe penalizarse, la reducción de las emisiones de CO2 apoyarse.

Quinto: reformar nuestro sistema de trabajo y adaptarlo a las necesidades del siglo XXI. Ello exige aumentar significativamente el esfuerzo en formación y desarrollar una política que apueste por la protección del trabajador, no sólo por la protección de su puesto de trabajo. Libertad, flexibilidad, seguridad, empleabilidad… todos son principios clave.

Sexto: recuperar la política industrial. Si España quiere liderar la nueva economía sostenible debe desarrollar marcos regulatorios que promuevan una fuerte inversión y despliegue en áreas como telecomunicaciones, tecnologías de la información y las comunicaciones y energías renovables. España tiene que hacer un gran esfuerzo para construir una economía más eficiente y menos dependiente del petróleo. Este es un reto por el que merece la pena luchar.

La política de agua debe ser otra de las prioridades de la política nacional. El agua es uno de los recursos escasos más preciados que tenemos que compartir todos los españoles.

Séptimo: mejorar la competitividad de nuestra economía exige, finalmente, desarrollar una agenda ambiciosa de reformas estructurales y un mayor compromiso de la empresa con la responsabilidad social. Sólo así garantizaremos que el mercado funcione en beneficio de todos y no de unos pocos.

El reto es enorme, pero somos capaces. España puede conseguirlo. Sólo hay que recuperar el liderazgo, la unidad y los principios. Recogiendo la idea de Martir Luther King: «The ultimate measure of a man is not where stands in moments of comfort, but where he stands at times of challenge». Lo importante es crecernos ante la dificultad.

Juan Costa es diputado del Partido Popular y ex ministro de Ciencia y Tecnología.

© Mundinteractivos, S.A.

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El dilema de Zapatero tras la Cumbre, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

A FONDO

Las cumbres internacionales son como esas prometedoras corridas de feria donde se agrupan en un solo cartel las figuras del momento: casi siempre decepcionan.

La de Washington no podía ser menos. La conclusión de la reunión, bajo el pomposo epígrafe Declaración de la cumbre sobre mercados financieros y economía mundial, no deja de ser una retahíla de generalidades y buenas intenciones.

Los que esperaban de la cita el inicio de una nueva era embadurnada de tintes socialistas o los que pretendían un logro menos revolucionario, como la «refundación del capitalismo», no pueden sentirse satisfechos. Un decepcionado Sarkozy, que quería rentabilizar políticamente el evento aprovechándose de que Bush consume sus minutos de la basura y los Obama aún no han cambiado las cortinas de la Casa Blanca, exclamó, al ver cómo se estaba desarrollando la sesión, que él «no había viajado a Washington sencillamente por el placer de viajar».

En su intervención, Zapatero, como ya avisamos, hizo una encendida defensa de la economía de mercado y se alineó con las peticiones de reforma del sistema financiero que ya formaban parte del consenso previo de la mayoría de los países convocados: más transparencia y mejor regulación de la banca y sus productos. A pesar de los esfuerzos de Blanco y del think tank capitaneado por Caldera, la Cumbre de Washington no ha servido para enterrar al liberalismo. ¡Lástima!

Pero tampoco hay por qué suicidarse. Sólo se deprimen los que generan infundadas expectativas. Un alto funcionario del Banco de España decía justo 24 horas antes de la Cumbre del G-20 (+2): «Lo esencial es que los presidentes y primeros ministros de los países más importantes del mundo se han dado cuenta de la gravedad de la situación y han decidido hacer de la solución a la crisis el tema prioritario de su gestión. Ya no se trata de algo que deban abordar en exclusiva los ministros de Economía o los banqueros centrales. Es un asunto político de primera magnitud».

Desde esa óptica, lo que se ha hecho en Washington ha sido fijar una hoja de ruta para tratar de salir de la crisis más profunda que ha vivido el mundo desarrollado desde la Gran Depresión de 1929. Y eso no es poco.

El documento aprobado el pasado sábado establece tres planos claramente definidos:

Primero.- Los planes de rescate aprobados por diversos países para salvar a sus bancos aún no han dado resultado, pero son la base para que, poco a poco, se vaya recuperando la liquidez de los mercados y, sobre todo, para que se restablezca la confianza.

Segundo.- La salvación del sistema bancario es condición necesaria, pero no suficiente, para salir de la recesión económica. Todos los países deben hacer un esfuerzo fiscal coordinado para reanimar la demanda interna y recuperar la senda del crecimiento.

Tercero.- La regulación del sistema financiero tiene que hacerse precisamente para fomentar, no para coartar, la economía de mercado. La alternativa más eficaz para salir de la crisis es aumentar el comercio mundial y desterrar las fórmulas proteccionistas.

Esas van a ser las directrices que marcarán los trabajos de los ministros de Economía y Hacienda de los países que han acudido a la Cumbre de cara a establecer las propuestas concretas en los próximos meses.

Lo que sí ha certificado la Cumbre de Washington es la defunción del modelo que ha regido en Wall Street en la última década. Los bancos centrales van a exigir a la banca que haga explícitas sus operaciones fuera de balance; se van a establecer controles específicos sobre los derivados; las agencias de rating tendrán que asumir las consecuencias de sus errores en la valoración de riesgos; la remuneración de los ejecutivos se cuidará de no favorecer la excesiva asunción de riesgos.

En resumidas cuentas: lo que ha hecho la Cumbre del G-20 ha sido diagnosticar la primera gran enfermedad del capitalismo global y acordar las bases para una terapia efectiva.

Ahora bien, aunque se llegue a acuerdos de regulación y transparencia e incluso aunque se aborden las reformas del FMI y el Banco Mundial, que deben jugar un papel esencial como prestamistas de los países en vía de desarrollo, la solución final a la crisis debe darla cada país en particular.

¿Quiénes van a salir antes e incluso más reforzados de esta recesión? Los países que eliminen las rigideces de sus economías y mejoren la competitividad de sus empresas.

El gran error ahora sería pensar que debe ser el Estado y sólo el Estado quien nos saque del atolladero. Y ahí es donde se va a producir una batalla política de primera magnitud.

El déficit público que se va a generar tendría que servir para mejorar la productividad de la economía, no para subsidiar la ineficiencia. El mayor gasto en algunas partidas (como la investigación o las infraestructuras) debe compaginarse con la congelación de los salarios públicos y el freno a la contratación de más funcionarios.

La política fiscal debe ir orientada a rebajar los costes de las empresas, a fomentar la creación de empleo y a recortar los impuestos de las clases medias y bajas.

En economía no hay milagros. La vía del crecimiento sostenido sólo se logrará si las empresas sobreviven, aumentan sus ventas y exportan sus productos. Sólo así se puede generar empleo estable a medio y largo plazo.

Habría que hacer de la necesidad virtud y afrontar las grandes reformas que, hasta ahora, se han venido aplazando por comodidad política. Ese esfuerzo exige valentía por parte del Gobierno y compromiso por parte de la oposición.

Está bien que Zapatero haya anunciado la puesta en marcha de un nuevo plan de choque (que desvelará el próximo 27 de noviembre en el Congreso) para hacer frente a una recesión que seguramente se prolongará durante todo el año 2009.

Si sus propuestas van encaminadas a engordar el gasto público sin otro objetivo que impulsar artificialmente la demanda interna, tendremos pan para hoy y mucho hambre para mañana.

La economía española se encuentra una vez más (como ocurrió a mediados de los años 70) ante una gran encrucijada. El paro va a superar el 15% el año que viene y el déficit público, sin tener en cuenta las nuevas medidas que anuncie Zapatero, se va a situar por encima del 3%. Habrá tensión social y la izquierda del PSOE no desaprovechará la ocasión para defender las viejas y gastadas fórmulas que en su día llevaron a este país al borde del abismo.

Ese es el gran dilema de Zapatero. Hasta ahora ha podido navegar en la indefinición porque la buena marcha de la economía le ha permitido decir vaguedades y cosas tan inconsistentes como que «bajar los impuestos es de izquierdas». Eso ya se ha acabado. Ahora ha llegado el momento de tomar decisiones difíciles que van a suponer sacrificios. ¿Va a darles la razón el presidente a los que reivindican el papel del Estado como salvador?

Los dogmas son los peores consejeros en los momentos complicados. Recordemos lo que dijo hace 50 años un hombre nada sospechoso de neoliberalismo como Helmut Schmidt: «Tanto mercado como se pueda. Tanto Estado como sea necesario».

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Al borde del precipicio y deuda pública, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía, Internacional by reggio on 17 noviembre, 2008

Ha tenido que estar al borde del precipicio la economía planetaria para que los responsables de la misma no hayan tenido más remedio que ponerse de acuerdo en lo fundamental y empezar a hacer Política, con mayúsculas. Definitivamente, los Estados, con el dinero público, han decidido acudir en ayuda de los agónicos mercados. Estar al borde del precipicio significa ver de cerca la depresión, que es una forma más aguda y duradera de la recesión global.

Los organismos multilaterales preanunciaban esta situación. El último informe del FMI, que corregía los pronósticos de sólo un mes antes, comenzaba del siguiente modo: “En las economías avanzadas, el PIB interanual se contraerá en 2009. Es la primera vez que ocurre tal reducción desde la postguerra. En las economías emergentes, el crecimiento sufrirá una disminución apreciable”.

El éxito o fracaso de la cumbre del G-20 no se podrá certificar hasta que se vea la voluntad política para aplicar aquello que se ha acordado y, en segundo lugar, la eficacia a la hora de ponerlo en marcha. Casi todo el mundo consideró acertado el plan Paulson cuando fue aprobado por el Congreso de EEUU, pero de entonces a hoy, los mismos que lo alabaron lo estiman fracasado: de los primeros 160.000 millones de dólares aportados por el Tesoro, más de la mitad ha ido al pago de dividendos de los bancos auxiliados. Además, ha cambiado de naturaleza: ya no se trata de comprar los activos tóxicos de la banca (dinero por basura), sino de recapitalizar las entidades financieras dando entrada al capital público (nacionalizaciones).

En la reunión del G-20 se han producido dos desplazamientos muy significativos. Los mandatarios entraron en la Casa Blanca con la prioridad de reformar el sistema financiero internacional y han salido de la misma con la urgencia de instrumentar una nueva oleada de incentivos públicos para poner en marcha una economía varada, lo que se traducirá, en primer lugar, en programas de inversiones públicas masivas y, segundo, en una reducción selectiva de impuestos.

Aunque esos programas dependerán de la situación fiscal de cada país, nótese que prácticamente nadie ha mencionado de modo explícito los límites del déficit y la deuda pública. Lo que hasta ayer era prioritario (unas herramientas ortodoxas) ha sido superado por los fines que se quieren obtener: una economía que vuelva a su fase de expansión en forma de consumo y creación de empleo.

El segundo desplazamiento ha sido el geopolítico. El G-7 (o el G-8) queda como un club de rancias familias que tuvieron posibles en el pasado. Recuerda a esos clubes ingleses de la nobleza en los que se reserva el derecho de admisión. Las naciones emergentes, sobre todo los países BRIC (Brasil, con un cada vez más influyente Lula, Rusia, India y, sobre todo, China) demandan un lugar hegemónico en cualquiera de las instituciones que se pretenden modificar: FMI, Banco Mundial, Foro de Estabilidad Financiera, etcétera. En la OMC ya rige el principio de un país, un voto.

En la asamblea de Washington ha habido dos grandes ausentes, cada uno en un extremo del arco del poder: en el ángulo superior, el presidente electo de EEUU, Barack Obama; en el inferior, el continente africano, tan sólo representado por Suráfrica. Además de sus representantes en la reunión, Obama marcó el territorio al conceder una entrevista de radio al tiempo que se celebraba el G-20, en la que definió la prioridad de las prioridades: la inmediatez de los planes de estímulo para las economías de los ciudadanos y las empresas.

Obama resolvió así un debate académico en el interior de EEUU: si este segundo paquete de estímulo, que complementará el del pasado mes de febrero (por valor de 160.000 millones de dólares) debe ser adoptado en el periodo de transición hasta que asuma la presidencia el 20 de enero, o habrá de esperar a ser una de las medidas iniciales de los primeros cien días de mandato demócrata. Obama quiere estímulos y los quiere ya. La situación es equivalente en la mayor parte de los países.

Otro mensaje fuerte del G-20 es su renuencia al proteccionismo. Con ello no sólo se lanza un aviso ejecutivo a los negociadores de la Ronda de Doha, encallada por enésima vez desde que se puso en marcha con la propia creación de la OMC, sino que conecta con el espíritu pionero de Bretton Woods, en el año 1944.

Aquella Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, convocada cuando aún no había terminado la II Guerra Mundial, tenía como finalidad última que unos países no se volvieran a enfrentar a los otros mediante aranceles, prohibiciones e impedimentos al comercio, que muchas veces son la primera parte de un conflicto violento.

Las resoluciones sobre los tipos de cambio o el dólar, la creación de organismos como el FMI y el BM (EEUU se opuso a la OMC) eran instrumentos con un solo objetivo: un mundo en paz, después de la experiencia de la Gran Guerra, su conflictiva postguerra, la Gran Depresión de 1929 y el estallido de la última Guerra Mundial.

Paradójicamente, lo más difusamente perfilado en Washington es aquella materia para la que se convocó la reunión: la reforma del sistema financiero internacional. De su comunicado final es difícil desprender las prioridades. Allí está una mezcla gelatinosa de todo lo que se había hablado previamente: la capitalización bancaria; la transparencia para evitar las operaciones fuera de balance, inentendibles para los clientes; una regulación más fuerte y global de todas las entidades del sector; los insultantes sueldos astronómicos de los ejecutivos, causantes del desastre; nuevas reglas contables de modo que los activos tengan valor de mercado; el conflicto de intereses, los abusos y la ausencia de regulación de las agencias de calificación de riesgos; la supervisión bancaria anticíclica; el papel de los paraísos fiscales, etcétera. Y tan sólo un calendario indicativo para su aprobación.

Los sherpas deberán acotar y poner orden y rigor a tal avalancha de ideas, para que en la próxima reunión, convocada por Gordon Brown como presidente del G-20, se comience a ejecutar la reforma global de las finanzas. Ello es muy urgente. Ya se sabe que el mundo de hoy es distinto, pero ¿no hubiera sido más útil que, como ocurrió en 1944, los técnicos no se levantasen de la mesa, hasta concretar esos principios y esas prioridades?

Por último, el paradigma económico que emerge de la reunión: un nuevo equilibrio entre el Estado y el mercado, sin que ninguna de las dos partes del binomio trate de ahogar a la otra, como ha sucedido en los últimos 25 años de hegemonía de la revolución conservadora. Lo más patético de lo acontecido esta última semana ha sido el discurso de George Bush apelando a la economía de mercado mientras nacionalizaba bancos y ponía en la cola de las ayudas estatales a las aseguradoras, empresas de tarjetas de crédito, financieras, y quizá hasta a las grandes empresas de construcción automovilística.

Que sea patético no significa que no sea real: los neoliberales de ayer se han hecho hoy socialistas por conveniencia, pero volverán a decir que el Estado es el problema y el mercado la solución en cuanto solucionen sus dificultades particulares, confundiéndolas con intereses generales. Como siempre han tratado de hacer.

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Nostalgia de la épica, de José María Ridao en El País

Posted in Política by reggio on 17 noviembre, 2008

No deja de resultar una extraña paradoja el que, al mismo tiempo que cualquier acontecimiento contemporáneo recibe la consideración de histórico, se experimente una acuciante necesidad de recuperar la memoria sobre los hechos más dramáticos del pasado, a los que se convierte en materia política e, incluso, judicial. Puede que la explicación de esta repentina y asfixiante omnipresencia de la historia se encuentre, simplemente, en que han coincidido en el tiempo las ínfulas con las que algunos dirigentes enjuician su tarea, convencidos de que hasta sus más intrascendentes decisiones quedarán inscritas en mármol para la posteridad, y la dificultad de los ciudadanos de los sistemas democráticos, y en particular los intelectuales, para identificar causas inatacables a las que servir. Sobre todo, después de que tantas causas que se creyeron dignas en el siglo XX se revelaran como trágicos errores, como fines tal vez nobles, aunque perseguidos a través de medios execrables.

Pero puede que la explicación sea distinta y tenga que ver con un sentimiento diferente, con una inconfesada nostalgia de la épica. Una nostalgia que, por un lado, lleva a convertir las rutinas del poder democrático en gestas sin parangón y, por otro, a establecer una continuidad literal, inextinguible, entre luchas pasadas y presentes, como si, una vez abiertas, nunca se pudieran abandonar las trincheras. En ambos casos lo único que se estimula es la quimera de creer que se hace historia cuando, en realidad, se está interpretando; lo único que se favorece es la utilización de la historia como instrumento para reclamar algún tipo de mérito político, o de legitimidad añadida, que no tiene cabida en las instituciones democráticas y que, por esta razón, acaba siempre desafiándolas. La nostalgia de la épica, desde esta perspectiva, tiene puntos en común con el vivere pericolosamente, aquella vieja consigna desde la que, no por casualidad, se lanzaron algunos de los más furibundos ataques contra los sistemas de libertades. Pero, además, guarda un estrecho parentesco con las doctrinas que exigen el sacrificio del presente a abstracciones que se nutren de deudas pendientes con el pasado o que convierten en dogmas de fe sus especulaciones sobre el futuro.

Pocos antídotos más eficaces contra la nostalgia de la épica, contra este deseo de convertir las rutinas del poder democrático en historia y, al mismo tiempo, de introducir la historia en el debate político o los tribunales, que un reciente ensayo de Jean Daniel, Camus, a contracorriente (Galaxia Gutenberg, 2008). A medio camino entre la autobiografía y la reflexión sobre el periodismo, el director de Le Nouvel Observateur traza el retrato de una amistad fraguada en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y más tarde sacudida por las opciones políticas que, a fin de expresarse ante sus respectivos lectores, adoptó cada protagonista. La guerra de Argelia les llevó al borde de la ruptura, sólo evitada por la admiración que Jean Daniel profesaba hacia Albert Camus y por el afecto con que éste le correspondía. Poco antes de su muerte, y en respuesta a una carta en la que Jean Daniel lamentaba su alejamiento a raíz de la cuestión argelina, Camus le respondió escuetamente: “Lo importante es que estemos desgarrados, tanto usted como yo”.

El libro de Jean Daniel no invita a sentir nostalgia por no haber asistido a los acontecimientos que compartió con Camus, a los hechos épicos que les deparó la historia, sino que provoca admiración por los argumentos que defendieron, y por cómo los defendieron, desde sus respectivas tribunas, haciendo del periodismo una expresión de la literatura y del pensamiento. Ni uno ni otro tomaba la palabra para saldar deudas pendientes con el pasado ni para convertir en dogma de fe ninguna especulación sobre el futuro. Tampoco se pronunciaban sólo para apoyar o para zaherir una posición política: si ése hubiera sido su propósito, habrían optado sencillamente por la militancia. Su preocupación esencial tenía que ver con el deseo de afrontar los acuciantes problemas que les planteaba su tiempo, sólo los problemas que les planteaba su tiempo; y, además, de afrontarlos sin preocuparse por agradar, porque, “para agradar”, ya fuera a sus propios lectores, ya fuera a uno u otro partido, decía Camus, “hay que doblegarse”.

Es difícil encontrar el más mínimo rastro de la nostalgia de la épica en estas páginas de Jean Daniel: ni califica de históricas unas decisiones políticas que en muchos casos lo acabaron siendo ni, menos aún, convierte la historia en materia política o judicial. Antes por el contrario, su propósito, como también el del Camus periodista que va materializándose en este retrato a la vez profundo y conmovedor, es desactivar la épica por la que se despeñó su tiempo, contribuyendo a reconducirlo en la medida de sus posibilidades a las aguas tranquilas en las que sólo impera la razón.

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Cumbre inane, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

Mirada desde el punto de vista de la recesión de la economía mundial, la reunión del G-20+3 ha carecido de trascendencia. No ha tomado acuerdo alguno, de aplicación inmediata, para reactivar las fuentes generadoras de las economías de producción y consumo. Dado el motivo financiero de su convocatoria y la ausencia de Obama, único factor de poder que no tiene responsabilidad en la crisis financiera, era iluso creer que los gobernantes responsables de las catástrofes inmobiliaria y bancaria, sin reconocerse culpables de ellas y en éxtasis de adicción al poder vanidoso, tuvieran la voluntad de acción inmediata ante la perentoriedad de la crisis industrial y de consumo. La asamblea washingtoniana ha tenido lugar cuando la crisis por falta de liquidez en el circuito financiero ha sido resuelta por los bancos centrales, aunque aún no se haya materializado en la fluidez crediticia de la banca, a causa de la desconfianza entre banqueros.

El mayor fracaso en la cumbre lo ha tenido la idea francesa de transformar el FMI en una gobernanza mundial de las finanzas. El triunfo lo obtiene la idea de los emergentes de incorporarse a su dirección y dotarlo de mayores medios para atender a las necesidades de desarrollo de los pueblos pobres. Así lo prueba tanto la composición del grupo coordinador (Reino Unido-Brasil-Corea del Sur) de las normas nacionales que se adopten antes del próximo 31 de marzo, como también el consenso preliminar de que algunos países emergentes se incorporen a la supervisión de las finanzas mundiales, excluida del FMI y confiada al Foro de Estabilidad Financiara del G-7, del que tal vez formen parte India y China. El comunismo chino, tenedor de la mayor liquidez invertida en deuda pública occidental y primer acreedor de EEUU, quiere garantizar la estabilidad de las finanzas capitalistas para así asegurarse el porvenir de sus exportaciones.

Mientras los washingtonianos discutían el sexo de los ángeles financieros que debían regular las finanzas mundiales, la voz del realismo decía: “Al tiempo que actuamos con otras naciones, debemos actuar inmediatamente en nuestra economía. No podemos permitirnos retrasar la ayuda a millones de estadounidenses que habrán agotado su seguro de desempleo a finales de año o perdido su empleo en el sector automovilístico. Si el Congreso de la próxima semana no aprueba un plan inmediato que aporte a la economía el impulso que necesita, ese será mi primer objetivo como Presidente”.

florilegio

“Una crisis global requiere una respuesta global si, y solo si, la causa de la crisis también es global. Lo que no es el caso de las crisis financieras.”

La cumbre aplaza la solución, de Primo González en Estrella Digital

Posted in Economía, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

La primera lectura de la declaración final del G20 no contiene grandes sorpresas ni se sale de las expectativas. Se ha limitado a enumerar algunos principios sobre los que deben arreglarse los problemas surgidos, en especial una mayor transparencia y mejor regulación de los agentes de los mercados, en especial los financieros; más integración de las políticas de supervisión para reforzar su alcance global y reafirmación de la idea del libre mercado, ya que no se trata de sustituirlo sino de encauzarlo debidamente pero con un sistema de disciplina más eficiente. Se deja un margen de tiempo razonable para que el presidente electo Obama tome posesión de la Casa Blanca, de forma que la reunión “decisoria” se ha fijado para el último día de abril, aunque antes del último día de marzo los países tomarán las decisiones necesarias en línea con lo acordado en esta cumbre. Y, por último, se recomiendan acciones fiscales más enérgicas, a ser posible coordinadas, para superar la recesión de las economías.

Los reunidos tenían, en efecto, que abordar dos cuestiones al mismo tiempo, una inmediata, el derrumbamiento de las economías, que ya están en plena recesión o con un pie dentro y, en segundo término, cambiar las bases del sistema económico y financiero que habían presentado profundas averías de funcionamiento, fruto de las cuales ha sido el acelerado desmoronamiento de las economías en estos últimos meses, en especial del verano para acá. Respecto a la lucha contra la recesión, los compromisos de los asistentes a la cumbre no son de una gran concreción, de modo que serán previsiblemente los mercados los que a partir del lunes respondan a algunas de las cuestiones claves relativas a la utilidad de esta reunión.

¿Ha infundido realmente esta cumbre y sus resoluciones finales la necesaria confianza entre los agentes económicos, la suficiente como para poner poco a poco en pie la actividad económica y el ciclo alcista en la actividad económica? La verdad es que hay que hacer un cierto acto de fe para saltar de alegría. Queda, sin embargo, la reacción de los gobiernos tras la cumbre, ya que se han comprometido a adoptar nuevas medidas adicionales de apoyo a la economía y a la restauración de la confianza de los agentes económicos. Por tanto, es probable que la respuesta no sea tanto inmediata como diferida en el tiempo. En los cuatro meses próximos tendremos ocasión si verdaderamente se han adoptado compromisos firmes de coordinación de las políticas económicas, un aspecto que posiblemente aportará importantes dosis de confianza a los mercados y a los agentes económicos.

En cuanto a los aspectos más de fondo de la reunión, la reforma del sistema económico y financiero global, poco parece haberse avanzado más allá de la enumeración de algunos principios, felizmente decantados en contra del intervencionismo feroz y a favor de reforzar la vigencia del mercado y de la libertad como sustentos básicos del funcionamiento de las economías de los países democráticos, tanto los avanzados como los emergentes, ampliamente representados en la reunión (estaba hasta Argentina, cuya presidenta probablemente habrá tomado buena nota de las declaraciones de sus compañeros de reunión). El compromiso de los reunidos ha puesto fecha, el 30 de abril del 2009. Desde hoy y hasta entonces, los técnicos tendrán que poner manos a la obra para diseñar las funciones y composición de los organismos internacionales que deberán asumir las funciones que reclaman los nuevos compromisos que ha enumerado la declaración final de la cumbre. Un Fondo Monetario Internacional más representativo, con más capacidad financiera, con más capacidad ejecutiva de coordinación de los organismos nacionales, se perfila como la pieza básica del nuevo orden, una especie de germen de gobierno económico mundial, acorde con la globalización económica en la que estamos embarcados. Sus responsabilidades ejecutivas serán más de coordinación que de decisión, pero eso ya será un paso trascendental si verdaderamente cuenta con medios para ello.

La cumbre ha dejado un tanto en la orilla algunas declaraciones altisonantes de estos días. La de Sarkozy no parece haber tenido mucho éxito, ya que ni se va a refundar el capitalismo (esas cosas no suelen hacerse desde arriba) ni se va a extender la regulación a todas las esferas de la economía, una idea posiblemente muy anclada en la conciencia napoleónica pero poco práctica en un sistema económico competitivo y que intente preservar la capacidad de iniciativa de los agentes, sin la cual no hay economía que prospere. Otra cosa es que sus agentes principales, los bancos, sean sometidos a una regulación y supervisión especial y, sobre todo, eficiente. Algo que, salvo en algunos contados casos (España y Francia, por ejemplo) ha brillado por su ausencia. El fallo más clamoroso es el del sistema financiero de Estados Unidos, cuya corrección resulta urgente y apremiante.

Como detalle quizás significativo de esta cumbre, es de lamentar que no se haya visto una Europa con una influencia suficiente y de voz única.

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Paradojas de la trampa de liquidez en una época de depresión, de Paul Krugman en SinPermiso

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

“Las políticas macro, atrapadas en una trampa de liquidez”: tal es el título de un nuevo informe redactado por Jan Hatzius et al., de Goldman Sachs (no disponible online) Los chicos de Goldman, como yo, traen a colación cifras espeluznantes sobre las dimensiones del hiato de demanda que es preciso cubrir: cifras que sugieren la necesidad de un estímulo fiscal enorme, si lo comparamos con antecedentes históricos. Su enfoque es distinto del mío, y probablemente mejor; luego me referiré a eso. Pero antes quiero entrar en un asunto conceptual.

Es curioso que, precisamente ahora que nos hallamos en una trampa de liquidez, tengamos a un montón de economistas dispuestos a negar que tal cosa sea siquiera posible. El argumento parece discurrir así: crear inflación es fácil: los pájaros lo hacen, las abejas lo hacen, Zimbawe lo hace; de modo que eso no puede constituir un problema para países competentes como Japón o los EEUU.

Esa forma de argüir pasa por alto un problema sobre el que algunos tratamos de llamar la atención en los 90 a propósito de Japón y sobre el que volvemos a insistir ahora: crear inflación es fácil, si eres un país irresponsable. Puede no ser fácil, si no lo eres.

Hace una década, cuando traté de explicar los apuros del Japón, me serví de un modelo sencillo e irrealista para resumir lo que realmente sabemos sobre la relación entre la oferta monetaria y el nivel de precios. Normalmente, lo que decimos es que un incremento de la oferta monetaria, manteniéndose iguales las demás cosas, trae consigo un incremento proporcional igual del nivel de precios: dobla M, y doblarás el IPC. Pero eso no realmente así. Lo que un modelo con todos los puntos sobre la íes dice es que el IPC se doblará, si doblas la actual oferta monetaria y todas las ofertas monetarias futuras esperadas.

¿Y cómo se hace eso? Cualquiera que sea el incremento presente de la oferta monetaria en el Japón, las expectativas de futuras ofertas monetarias no se alterarán, si la gente cree que el Banco del Japón tomará medidas para estabilizar el nivel de precios en cuanto la economía se recupere. Y una vez te percatas de que posiblemente los bancos centrales no son capaces de alterar las expectativas de la gente sobre las ofertas monetarias futuras, tienes que admitir también la posibilidad de que la economía se halle en una trampa de liquidez: si las tasas de interés se acercan a cero, el dinero impreso ahora será simplemente guardado, y la política monetaria quedará sin fuerza de tracción sobre la economía real.

Zimbawe no tendría este problema: la gente cree que todo el dinero que se imprima entrará en circulación. Pero los países como Japón o los Estados Unidos imprimen dinero con propósitos políticos, no para pagar sus facturas. Y eso, perversamente, es lo que los hace vulnerables a la trampa de liquidez. En 1998, yo sostuve que el Banco del Japón tenía que encontrar un camino que le permitiera “prometer creíblemente que iba a ser irresponsable”. La cosa no fue demasiado bien, pero es lo que prescribía un análisis económico sobrio y escrupuloso.

Todo el asunto de la trampa de liquidez tiene un cariz del tipo de Alicia-a-través-del-espejo. Virtudes como el ahorro, o como la convicción de que el banco central está firmemente comprometido con la estabilidad de precios, transmutan en vicios; para salir de la trampa, un país tiene que aflojarse el cinturón, persuadir a sus ciudadanos para que se olviden del futuro y convencer  al sector privado de que el gobierno y el banco central no son tan serios y austeros como parecen.

Muy bien; volvamos al informe de Hatzius et al. En ese informe se destaca el papel desempeñado por la alteración de los mercados crediticos en precipitarnos a una trampa de liquidez. Luego pasa a estimar la probabilidad de cambios parecidos en el “los balances del sector privado” –la diferencia entre el ahorro del sector privado y la inversión del sector privado—. Y el resultado es asombroso:

El pronóstico del informe de Goldman Sachs sobre el precio de la vivienda, combinado con las actuales cotizaciones bursátiles y la actual difusión del crédito, implica un incremento del balance del sector privado, el cual pasaría de representar un +1% del PIB en el segundo trimestre de 2008 a representar un +10% en el cuarto trimestre de 2009: un incremento de 9 puntos porcentuales, o 6 puntos a una tasa anual.

¿Cuál es la respuesta? Un estímulo fiscal gigantesco, a fin de colmar el agujero. Una actividad prestamista más agresiva por parte de las empresas patrocinadas públicamente. Tal vez un “precompromiso” firme por parte de la Reserva Federal para mantener bajos los tipos por un largo período (un versión educada de mi “promesa creíble de ser irresponsable”). Y, acaso, compras a gran escala de activos de alto riesgo.

Lo más importante es entender que, en el momentos presente, nos hallamos en un universo alternativo en el que nada resultaría tan peligroso como la decisión de los políticos de proceder con cautela.

Paul Krugman ganó el premio Nobel de economía de 2008

Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març

krugman.blogs.nytimes.com, 15 noviembre 2008

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Alabanza de la transición brusca, de Naomi Klein en SinPermiso

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

“Cuando de lo que se trata es de transferir un poder procedente de un régimen funcional y fiable, todo el mundo prefiere una transición suave. Cuando se sale de una era marcada por su criminalidad y su ideología en bancarrota, aunque sólo fuera un adarme de dureza y brusquedad sería una excelente señal de partida”

Cuantos más detalles se conocen, más claro resulta que Washington está lidiando con el rescate de Wall Street no ya con incompetencia, sino bordeando el delito.

En un momento de crecido pánico a finales de septiembre, el Tesoro estadounidense se aventuró a un cambio radical en el trato fiscal de las fusiones bancarias, un cambio deseado desde hacía tiempo por el sector. A pesar de que esa medida privará al gobierno de cerca de140 mil millones de ingresos fiscales, los legisladores sólo reaccionaron tras el fait accompli. De acuerdo con el Washington Post, más de una docena de especialistas en derecho fiscal coinciden en que “el Tesoro no tenía autoridad para introducir el cambio fiscal”.

De legalidad igualmente dudosa son los acuerdos que el Tesoro ha negociado con muchos de los bancos del país. De acuerdo con el congresista Barney Frank, uno de los arquitectos de la legislación que permitió esos acuerdos, “cualquier uso de esos fondos con propósitos distintos al préstamo –para obligaciones, para pagos de vencimientos, para adquisiciones de oras instituciones, etc.— es una violación de la ley”. Pero así es como se usan precisamente los fondos.

Luego están los cerca de 2 billones de dólares lanzados por la Reserva Federal como préstamos de emergencia. Increíblemente, la Fed no revelará qué corporaciones han recibido esos préstamos o qué acepta como colateral de los mismos. Bloomberg News cree que ese secreto viola la ley, y ha interpuesto una demanda exigiendo total transparencia.

A pesar de toda esta carga de potencial ilegalidad, los demócratas, cuando no defienden abiertamente a la administración, se mantienen pasivos sin intervenir. “Sólo hay un presidente en cada momento”, le oímos decir a Obama. Es verdad. Pero cada resolución tomada por la administración del pato cojo que es un Bush a fines de mandato amenaza a un Obama que, renqueante, no será capaz de honrar sus promesas de cambio. Para mencionar un solo ejemplo: 140 mil millones de dólares menos en ingresos fiscales equivale prácticamente al monto del programa para energías renovables de Obama. Obama le debe al pueblo que le votó llamar a las cosas por su nombre: eso es un intento de socavar con latrocinio el proceso electoral.

Es verdad: sólo hay un presidente en cada momento; pero ese presidente necesita el sostén de los mayoritarios demócratas, incluido Obama, para que los legisladores aprueben el rescate. Ahora que es claro que la administración Bush está violando los términos del acuerdo alcanzado por ambos partidos, los demócratas no es que tengan el derecho, es que tienen el deber y la responsabilidad de intervenir con contundencia.

Yo sospecho que la verdadera razón de que los demócratas se inhiban a tal punto tiene menos que ver con el protocolo presidencial que con el miedo: miedo de que el mercado de valores, que tiene el temperamento de un niño malcriado de 2 años, reaccione con alguna de esas rabietas que estremecen al mundo. Se nos dice que revelar la verdad sobre los destinatarios de los préstamos federales podría traer la desagradable consecuencia de que los mercados gruñones comenzaran a apostar contra esos bancos. Pon en cuestión la legalidad de los acuerdos de 360º, y ocurrirá lo mismo. Oponte al recorte fiscal de 140 mil millones de dólares, y las fusiones empresariales caerán. “Ninguno de nosotros quiere cargar con la responsabilidad de arruinar esas fusiones y crear una nueva Gran Depresión”, explicó un anónimo ayudante del Congreso.

Más aún: los demócratas, incluido Obama, parecen creer que la necesidad de aliviar al mercado debería presidir todas las decisiones económicas clave en el período de transición. Razón por la cual, a los pocos días de la eufórica victoria del “cambio”, el mantra cambió abruptamente, y comenzó a hablarse de “transición suave” y “continuidad”.

Tomemos la selección de su equipo a que está procediendo Obama. A pesar del ruido que hacen los republicanos sobre su partidismo, Rahm Emmanuel, el congresista demócrata que mayores donaciones ha recibido del sector financiero, lanza un mensaje inconfundiblemente tranquilizador para Wall Street. Cuando en el programa This Week With George Stephanopoulos se le preguntó si Obama reaccionaría rápido para aumentar los impuestos a los ricos, como había prometido, Emmanuel se zafó de la respuesta con una mordacidad.

La misma lógica de mimos al mercado, se nos dice, debería orientar el nombramiento por Obama del Secretario del Tesoro. Stuart Varney, de la cadena Fox News, explicó que Larry Summers, que tuvo el cargo bajo Clinton, o el antiguo jefe de la Fed Paul Volcker “comunicarían la mayor confianza al mercado”. Y Joe Scarborough, de la MSNBC, nos aclaró que Summers es el hombre “que más le gustaría a Wall Street”.

Digamos claramente por qué. Wall Street celebraría el nombramiento de Summers exactamente por la misma razón que el resto de nosotros lo temería: porque los actores del mercad de valores presumirían que Summers, campeón de la desregulación financiera bajo Clinton, ofrecería una transición tan suave a partir del legado de Paulson, que apenas nos enteraríamos. Por otra parte, alguien como la presidenta de la FDIC (Corporación federal de aseguramiento de depósitos, por sus siglas en ingles), Sheila Blair, desataría el miedo en Wall Street (y por buenas razones).

Una cosa sabemos de cierto, y es que el mercado reaccionará violentamente ante cualquier señal de que hay un nuevo sheriff en la aldea dispuesto a imponer una regulación seria, a invertir en el pueblo y a cortar el chorro de dinero libre que fluye hacia las corporaciones empresariales. En suma: podemos estar seguros de que los mercados votarán exactamente en el sentido opuesto al sentido en que acaban de votar los norteamericanos. (Una reciente encuesta de USA Today/Gallup mostró que el 60% de los estadounidenses están muy a favor de “estrictas regulaciones de las instituciones financieras”, mientras que sólo el 21% apoyan la ayuda a las empresas financieras.)

No hay forma de reconciliar el sufragio público por el cambio con el pataleo del mercado en favor de más de lo mismo. Todos y cada uno de los pasos encaminados a cambiar el curso de las cosas se encontrarán con vigorosas reacciones contrarias de los mercados a corto plazo. Lo bueno es que, una vez quede claro que las nuevas reglas se aplicarán con equidad y afectando a todos los valores y a todas las acciones por igual, el mercado se ajustará y se estabilizará. Además, no podía ser mejor el momento en que las presentes turbulencias han llegado. En los pasados tres meses nos hemos acostumbrado a la inestabilidad de los mercados. Eso le da a Obama un margen para hacer oídos sordos a los llamamientos a una transición tranquila, y comenzar tomando por los cuernos los asuntos más espinosos. Pocos tendrán la avilantez de culparle deuna crisis que, evidentemente, no ha generado él, o de echarle en cara que honre los compromisos de campaña y satisfaga los deseos de su electorado. En cambio, cuanto más se retrase, tanto más se desvanecerán las memorias.

Cuando de lo que se trata es de transferir un poder procedente de un régimen funcional y fiable, todo el mundo prefiere una transición suave. Cuando se sale de una era marcada por su criminalidad y su ideología en bancarrota, aunque sólo fuera un adarme de dureza y brusquedad sería una excelente señal de partida.

Naomi Klein es autora de numerosos libros, incluido el más reciente The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism.

Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro

The Nation, 15 noviembre 2008

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La victoria de Obama: temor y esperanza, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

La totalidad de Estados Unidos y, de hecho, del mundo observó y casi toda ésta vitoreó la elección de Barack Obama como próximo presidente de Estados Unidos. Y aunque durante la campaña electoral casi todos disminuyeron la central importancia del aspecto racial, el 4 de noviembre pareció que nadie podía hablar de nada más. Hay tres cuestiones centrales de esto que casi todos los comentaristas llaman un “evento histórico”. ¿Qué tan importante es? ¿Qué es lo que explica la victoria? ¿Qué es lo más probable que pase ahora?

La noche del 4 de noviembre una inmensa multitud se reunió en el parque Grant, en Chicago, para escuchar el discurso de aceptación de Obama. Todos aquellos que observaron la televisión estadunidense vieron que la cámara hizo zoom sobre Jesse Jackson y que él estaba llorando. Esas lágrimas reflejan el punto de vista virtualmente unánime de todos los afroestadunidenses, que consideran la elección de Obama como el momento de su integración definitiva al proceso electoral estadunidense. No creen que el racismo haya desaparecido. Pero se cruzó una barrera simbólica, primero que nada para ellos, y luego para el resto de nosotros.

Este sentimiento es bastante paralelo al de los africanos en Sudáfrica el 27 de abril de 1994, cuando votaron para elegir a Nelson Mandela presidente de su país. No ha importado que Mandela, como presidente, no haya cumplido con todas las promesas de su partido. No importará que Obama no cumpla todas las promesas de su campaña. En Estados Unidos, como en Sudáfrica, ocurrió el amanecer de un nuevo día. Aun cuando sea un día imperfecto, es un mejor día que antes. Los afroestadunidenses, pero también los hispanos y la gente joven en general, votó por Obama en aras de la esperanza –esperanza difusa, pero real.

¿Cómo fue que ganó Obama? Como cualquiera que triunfa en una situación política compleja: reuniendo una enorme coalición de fuerzas políticas diferentes. En este caso, el espectro abarcó desde muy a la izquierda hasta la derecha del centro. No habría podido sin ese enorme rango de respaldo. Y, por supuesto, ahora que ya ganó, los diferentes grupos quieren que gobierne como cada uno de ellos prefiere, lo cual, por supuesto, es imposible.

¿Quiénes son esos diferentes elementos y por qué lo respaldan? En la izquierda, aun muy a la izquierda, votaron por Obama debido al profundo enojo por el daño que el régimen de Bush infligió a Estados Unidos y al mundo, y por el temor genuino a que McCain no fuera mejor, tal vez fuera peor. En el centro-derecha los independientes y muchos republicanos sufragaron por él, sobre todo porque se han horrorizado de la siempre creciente dominación de la derecha cristiana en la política del Partido Republicano, sensación que quedó subrayada por la elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia. Esa gente votó por Obama, porque tuvo miedo a la fórmula McCain/Palin y porque Obama los convenció de que era un sólido y sensato pragmatista.

Y entre esos dos grupos están los llamados demócratas reaganitas, en gran medida obreros industriales –muchos católicos, muchos racistas– que han tendido a desertar de las bases del partido demócrata en las elecciones recientes porque consideran que el partido se había movido muy hacia la izquierda y desaprueban sus posiciones en cuestiones sociales. Estos votantes se regresaron al partido demócrata no porque su postura haya cambiado, sino por miedo. Les asustó mucho la depresión económica hacia la que se ha movido Estados Unidos y piensan que su única esperanza es un renovado Nuevo Trato. Votaron por los demócratas, pese a que Obama es afroestadunidense. El temor pudo más que el racismo.

¿Y qué va a hacer Obama ahora? ¿Qué puede hacer ahora? Es muy pronto todavía para estar seguros. Parece claro que se moverá con prontitud para sacar ventaja de la situación de crisis, como lo puso su nuevo jefe del gabinete, Rahm Emanuel. Yo sospecho que veremos una dramática serie de iniciativas en los tradicionales 100 primeros días. Y mucho de lo que Obama haga puede ser sorprendente.

Sin embargo, las dos situaciones más importantes se encuentran más allá de su control –la transformada geopolítica del sistema-mundo y la catastrófica situación económica mundial. Sí, el planeta recibió la victoria de Obama con júbilo, pero también con prudencia. Es notable que dos centros de poder importantes emitieran declaraciones muy expresas y directas acerca del escenario geopolítico. Tanto la Unión Europea, en una declaración unánime, como el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil, dijeron estar dispuestos a renovar su colaboración con Estados Unidos, pero esta vez como iguales, no como socios menores.

Obama se saldrá de Irak más o menos en los términos prometidos, aunque no sea sino por el hecho de que el gobierno iraquí insistirá en ello. Intentará una graciosa salida de Afganistán, lo cual no será fácil. Pero que vaya a hacer algo significativo en relación con el empantanado conflicto entre Israel y Palestina o que pueda avanzar hacia un Pakistán más estable, eso es más incierto. Y tendrá menos qué decir de lo que él piensa. ¿Podrá Obama aceptar el hecho de que Estados Unidos ya no es el líder mundial, sino únicamente un socio con otros centros de poder? Y si puede hacerlo, ¿podrá hacer que el pueblo estadunidense acepte esta nueva realidad?

En cuanto a la depresión, sin duda tendrá que buscar una salida. Obama, al igual que los otros líderes importantes del mundo, es un capitán en un mar tormentoso, y puede hacer relativamente un poquito más que sólo evitar que su barco se hunda por completo.

Donde Obama tiene margen de maniobra es en la situación interna. Hay tres cosas donde se espera que actúe y pueda actuar, si es que está listo para ser audaz. Una es la creación de empleos. Esto sólo puede hacerse eficazmente en el corto plazo mediante acciones gubernamentales. Y se realizará mejor si se invierte en la reconstrucción de la degradada infraestructura de Estados Unidos y en medidas que reviertan el deterioro ambiental.

La segunda cuestión es el establecimiento, por fin, de una estructura de atención a la salud en Estados Unidos que sea decente, en la cual todos, sin excepción, estén cubiertos y en la cual haya énfasis considerable en medicina preventiva.

Una tercera área es enmendar todo el daño que el gobierno de Bush hizo contra las libertades civiles básicas, pero que también hicieron gobiernos anteriores. Esto requiere una revisión fundamental del Departamento de Justicia y del aparato legal y paralegal que se ha construido en los últimos ocho (pero también en los últimos 30) años.

Si Obama actúa decididamente en estos tres ámbitos, entonces podremos decir que ésta fue en verdad una elección histórica, una en la que el cambio ocurrido fue algo más que simbólico. Si no lo logra, el desencanto será mayúsculo.

Muchos intentan distraer su atención hacia ámbitos en los que no puede hacer mucho y en los cuales su mejor postura es guardar un bajo perfil, aceptando la realidad de un mundo nuevo. Hay mucho que temer en torno a las acciones futuras de Obama, pero también mucho que ofrece esperanzas.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Clases sociales o castas impenetrables, de Fermín Gongeta en Gara

Posted in Derechos, Laboral, Libertades, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

La estructura y funcionamiento de la sociedad tiene demasiadas semejanzas con la estructura y actividad de una mediana o gran empresa. «Los de arriba», alejados de los talleres, y con frecuencia instalados sobre ellos, son quienes mandan, ganan más y en ocasiones también son dueños de la empresa. «Los de abajo», los de buzo, oficiales y peones «ordinarios», se hallan en la parte más baja de las escalas salariales y nunca se mezclan con «los de arriba». Entre unos y otros se sitúan los empleados y mandos intermedios, encargados y contramaestres; obedecen a los jefes y mandan a los obreros, sin integrarse en ninguno de los grupos.

Cuando en la empresa, y en la sociedad entera, una clase poderosa esclaviza, destruye y humilla al resto de la población, hacinándola en el hambre, la sola mención de los hechos es injuriosa y no se puede dejar de gritar y exigir justicia y equidad.

Según el Informe Anual de la Hacienda Vasca, en el año 2005, 10.000 contribuyentes afirmaron tener unos ingresos superiores a los 90.000 euros anuales; y más de 22.000 poseyeron unos ingresos superiores a los 66.000 euros anuales.

Frente a ellos, 444.542 contribuyentes, casi la mitad, declararon unos ingresos que apenas alcanzaban el umbral de pobreza, unas rentas por debajo de los 13.000 euros anuales. De ellos, 186.501 afirmaban tener unos ingresos inferiores a 6.000 euros, por debajo de los 500 euros mensuales.

El número de parados en Hego Euskal Herria alcanzó en octubre la cifra de 115.223 personas, cota que no se alcanzaba desde febrero de 2005. En un año han aumentado un 22,6% (GARA, 08-11-05).

Más de millón y medio de personas pasan hambre en el Estado español. («Consumer», 08-06). El 20% de la población del Estado español, unos 8,5 millones de personas, vive con ingresos inferiores al 50% de la renta media disponible, en una pobreza absoluta. La población parada se situaba en 2007 en 1,8 millones de personas (Informe 2007 de Caja Laboral).

Hablar de clases sociales y de lucha de clases durante la dictadura fascista en el Estado español fue algo que estuvo prohibido. Existían dos castas, las de los dominantes -Gobierno, Iglesia y Ejército- y la de los dominados, asesinados, huidos, encarcelados y explotados. Hablar de clases sociales era comunismo, anti-religión, pecado y delito. El Estado español existió en el mundo con cuarenta años de retraso ideológico y democrático. Lo más grave es que Europa, en marcha hacia atrás, lo está alcanzando.

Frente a lo que se pueda pensar, no fue Karl Marx quien acuñó el concepto de clase social. Él mismo reconocía haber tomado de sus predecesores tanto el término como el esquema de la lucha de clases. El hacendado David Ricardo se interesó en las leyes determinantes de la distribución de los ingresos entre las tres clases sociales, propietarios terratenientes, capitalistas y trabajadores. En su pensamiento no son los individuos, sino las clases sociales quienes se enfrentan, pues sus intereses son divergentes y antagónicos.

Las clases sociales se han construido en espacios nacionales-estatales delimitados, y las formas de identidad colectiva, la clase obrera, la aristocracia, la burguesía, son el resultado de las maquinaciones que el poder ha desarrollado en cada Estado.

La relación entre el poder del Estado y los hombres de negocios, el posicionamiento de la burguesía y la aristocracia, el contorno de la clase media pequeño burguesa, tiene en cada estado y en cada nación características peculiares y diferentes modos de oposición y coherencia. Pero las clases sociales siempre existen.

Cuando Marx y Engels escribieron el «Manifiesto Comunista», la vieja divisa de «todos los hombres son hermanos» la sustituyeron por el nuevo grito de lucha: «¡Proletarios de todos los países, uníos!». Muchos intelectuales, predispuestos a admirar al Marx que había escrito «El Capital», se sintieron molestos frente a las crudas páginas políticas del «Manifiesto». Porque una cosa es teorizar y otra distinta es incitar a la lucha por la subsistencia.

La globalización de la economía, la mundialización, no es un fenómeno nuevo. Sin remontarnos a Grecia y Roma con el afán expansionista de los imperios, en el siglo quince se desarrolló la ocupación colonial del mundo. Las grandes potencias invadieron territorios ajenos y se apropiaron de personas y bienes en nombre de patrias y religión. Las colonias de los países europeos no son sino la historia del despojo y empobrecimiento del mundo frente al enriquecimiento y despilfarro de los invasores.

A finales del siglo XIX, y hasta después de la II Guerra Mundial, los conceptos de clase se mantuvieron claros y nítidos en Occidente, y la clase trabajadora luchó por su presente y su porvenir. Después, durante los «treinta años gloriosos» de desarrollo en Occidente, hasta la crisis del 1974, la división internacional del trabajo tomó nuevos cauces. Las grandes empresas exportaron bienes manufacturados a las antiguas colonias al precio de un intercambio desigual de productos de la tierra. Instalaron empresas en el extranjero, amagando un anhelo humanitario, destruyendo trabajos en los países de origen y esclavizando una vez más a los aborígenes, apoyados por sus clases dirigentes, fieles imitadores de los desmanes de los industriales «civilizados», de culturas pretendidamente superiores.

Los estadistas, analistas y economistas lanzaron chorros de tinta para convencer al mundo de que el desarrollo era ilimitado, que cuanta más riqueza se creara, más se podía repartir entre la población hambrienta; que la división de trabajo entre manual e intelectual, entre obreros y organizadores, no significaba ni división ni oposición social. Que las clases sociales habían desaparecido, que el proletariado, los obreros, habían ascendido a cotas pequeño-burguesas. Occidente era el reino de la abundancia, y esa prosperidad sería llevada, entregada, al «tercer mundo», a los países subdesarrollados. El capitalismo absolutamente liberal había ganado la partida al comunismo y al socialismo. Ya en 1959, Robert Nisbet expuso todas las razones por las que en su opinión las clases sociales estaban llamadas a desaparecer. Decían que Marx había muerto.

La crisis desarrollista de la globalización-mundialización de la economía del año 2007 que ha irrumpido con violencia este año 2008 no es un hecho novedoso. Se presentó, con signos similares el año 1974 y, más tarde, en 1982.

La globalización, lejos de ser el cimiento que una las economías y los pueblos, es una formidable máquina de desigualdad que espolea a las clases dirigentes a desórdenes de todo tipo, financieros, económicos, sociales y medioambientales.

El inventario puede ser el siguiente: deslocalización de las empresas, que desestabiliza los viejos países industriales y los que están en la fase de desarrollo, ahondando en las desigualdades de empleo y del poder de compra. Todo se inicia con finanzas incontroladas y abusivas, con indecentes enriquecimientos, despilfarro de materias primas y degradación constante del entorno.

La globalización ha desencadenado las fuerzas financieras, dueños del dinero, que se manifiestan inmediatamente tanto más indomables cuanto que sus actos no están regulados, y se han convertido en el campo de todos los egoísmos.

Han favorecido una economía de endeudamiento, tanto a nivel privado como público, y han impulsado fraudulentamente al alza los precios de los activos y de las materias primas. La sociedad ha retrocedido más allá del punto de partida.

Pero lo peor está por venir. Y lo peor llegará si no rompemos las cadenas de parias a las que nos tienen sometidos. Porque «la historia de todas las sociedades hasta el día de hoy es historia de lucha de clases» («Manifiesto Comunista»).

Fermín Gongeta. Sociólogo.

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