Reggio’s Weblog

Los humores de Bélgica (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Derechos, Historia, Internacional, Libertades, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

No creo que exista en este momento un laboratorio social europeo más interesante que Bélgica. En todo. Desde la cultura a la política, pasando por la vida en sociedad, los mestizajes, la conflictividad lingüística y hasta la gastronomía. ¿Cómo fue barrida la gran cocina belga -valona y flamenca- que aún podemos contemplar en los museos? Comer bien en Bélgica es un milagro, y como suele suceder con esas cosas milagreras, resultan insólitas y costosísimas. ¿Qué sería de estos Países Bajos, hoy con una espantosa gastronomía popular, sin los remansos de civilización que suponen las cocinas de la emigración asiática? Visitar Bélgica es adentrarse en un país donde las ideas de futuro y de pasado han cambiado tanto que no queda sino atenerse al presente cotidiano. Un presente complejo y abrumador, en ocasiones angustiante, que se vive sin violencia, como en esas familias de ricos que empiezan a detectar que lo mejor de su vida ha pasado, y con casi absoluta seguridad, para siempre. Pocas veces en mi vida he tenido la sensación de un país que vive al día, con la convicción de que todo lo que venga será peor. No aspiro a describir la Bélgica actual, ni siquiera hacer una crónica turístico-artística, sino narrar sensaciones, probablemente torpes, y con absoluta seguridad, parciales ante un país enclaustrado que siempre me inspiró un respeto sombrío.

La Bélgica que yo conocí hace ahora casi treinta años era otro mundo -¡imagínense si alguien hiciera la misma experiencia con España!-, donde lo primero que llamaba la atención consistía en la presencia omnímoda de la clase obrera -por más que empezara su crepúsculo, aún tenía sentido referirse a la vieja terminología-. Con unos sindicatos potentes, cuya sombra aún se mantiene (aunque aquí no nos hayamos enterado, el pasado 6 de octubre los tres sindicatos belgas -cristiano, socialista y liberal- bordearon con éxito la huelga general en protesta por la carestía de la vida). Una clase obrera entonces con una componente de emigración llamativa y una minería que pronto devino obsoleta. Me acuerdo de un barrio español, donde vivían centenares de asturianos y donde los carteles estaban en un castellano a menudo tan defectuoso que resultaba divertido. (Años más tarde en Berlín conocí barrios donde todas las tiendas estaban rotuladas exclusivamente en turco, y aún es el día que no acabo de entender por qué unos comerciantes no pueden poner sus carteles en yidish, en arameo o en chino, si pagan sus impuestos y consideran que esa es su clientela. ¿Por qué voy a obligarles a que lo pongan de tal modo que los entienda yo? A menos que yo tenga de mí mismo tan altísimo concepto que deba visitar al psiquiatra o hacerme nacionalista). Entonces Bélgica estaba dominada por la economía de la Valonia francófona, igual que ahora el dinamismo económico corresponde al Flandes de lengua flamenca. Tampoco existía entonces una curiosísima especialidad belga aplicada en los hoteles, según la cual tú no puedes acceder a la habitación hasta las 3 de la tarde, pero debes desalojarla a las 11 de la mañana. La razón por la que los hoteles belgas te roban, con descaro y alevosía, 4 horas se me escapa, y no he conseguido hasta la fecha que alguien me explique este expolio al visitante, consagrado por el silencio.

Estoy convencido de que la única razón por la que los medios de comunicación españoles tienen corresponsales en Bruselas no es por Bélgica y los belgas, y menos aún por la vecina Holanda y sus industriosos habitantes, sino por la importancia que se otorga a las instituciones europeas. Y pienso que hoy día es un error, porque Bélgica, desde hace muchos años, es una fuente de reflexión política, cultural y sociológica de primer orden. En Bélgica se tiene la oportunidad de ver el desarrollo de tres mundos diferentes, conectados pero distantes. De un lado la Valonia francófona, minoritaria hoy en habitantes (3,5 millones) y en la economía; siempre mirando a Francia, de tal modo que si contabilizáramos el peso de la Bélgica francófona en la asimiladora cultura francesa nos sorprenderíamos. De otro, el Flandes de lengua flamenca, similar al holandés y con el que apenas tiene contacto; los chistes holandeses utilizan a los flamencos como en España hacemos con los de Lepe.

La diferencia entre valones y flamencos se ha convertido en los últimos años en abismal. No obstante viene de antiguo y bastaría la lectura de la monumental novela de Hugo Claus, La pena de Bélgica, para descubrir el peculiar nacionalismo flamenco; muy católico, muy conservador, colaboracionista con los nazis en su momento, y hoy dividido en seis partidos parlamentarios para una población de seis millones y pico, que casi dobla a la valona. Pero con ser complicada la diferencia lingüística entre dos sociedades que no se parecen en casi nada, en Bélgica hay un tercer país, autónomo, complejo, multiétnico y multirracial, inmenso en su población flotante. Bruselas, que por si le faltara algo para complicarlo, además de capital de los belgas, es francófona aunque situada en territorio flamenco, y cuenta con dos capitalidades añadidas que la convierten en un emblema del mundo occidental salido de la segunda gran guerra; capital de la Unión Europea y sede de la OTAN. No le falta nada y eso hace a Bruselas un país en sí mismo.

Si alguien considera que exagero sobre la excepcionalidad de Bélgica bastaría decirle que es el único país, que yo sepa, que ha sobrevivido, con cierta comodidad y sentido de la responsabilidad, a diez meses sin gobierno. Una experiencia única, la de un país que sigue su funcionamiento burocrático en completa ausencia de las máximas autoridades gubernamentales. Estamos ante la plasmación de todos los sueños anarquistas y surrealistas, pero donde actualmente rige un gobierno presidido por un democristiano flamenco, cuyo único objetivo consiste en llegar a las elecciones regionales del próximo junio. Este país triple y fantasmagórico, pero vivo, se asemeja al Espíritu Santo, no sólo porque tiene como único elemento en común el catolicismo, sino por lo de las tres personas-países diferentes en un solo dios-país verdadero. Por eso hay que valorar el gesto que la Filmoteca de Catalunya ha hecho al proyectar en dos sesiones una magnífica aportación a nuestra cultura televisiva y a nuestro conocimiento de Bélgica: la exhibición la pasada semana del impresionante documental Bye, bye, Belgium.

Nosotros que vivimos en el reino privilegiado del jijijijajaja para patriotas con minusvalías cerebrales, jamás en la vida podríamos acercarnos a lo que fue la emisión del documental Bye, bye, Belgium. Sucedió avanzada la tarde del 13 de diciembre del 2006. El presentador del informativo de la RTBF (Radiotelevisión Belga Francesa) interrumpía la programación para dar una información de última hora. El Parlamento flamenco acababa de declarar Flandes territorio independiente, por lo que Bélgica dejaba de existir. Conviene señalar que de los 150 diputados del Parlamento belga, salido de las últimas elecciones de junio del año pasado, 88 son flamencos y 62 valones, y que en Bélgica no hay ningún partido estatal flamenco-valón; todos son nacionalistas pero regionales. A partir de ahí se desarrolla un magnífico documental, dirigido por Philippe Dutilleul, sobre el momento histórico y las consecuencias de esta decisión unilateral de la clase política flamenca de declararse independiente. Es evidente que la eficacia del documental descansa sobre dos factores, el humor y la complicidad, tanto de valones como de flamencos. Durante casi dos horas se va pasando revista a un caleidoscopio de reacciones que provocan cuando no la hilaridad sí la reflexión sobre las fronteras lingüísticas entendidas como muros fronterizos.

¡Éramos tan pocos, ay, en la Filmoteca de Catalunya el pasado domingo! Cabría sugerir una reposición en TV3, en la nostra, con la única finalidad de abrir un doble debate: sobre cómo se hace un documental vivo, para emitir durante las horas de máxima audiencia, y la constatación de que la inteligencia no está vedada al sentido del humor, sino al contrario.

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Lo que debe hacer Obama por la economía, de Jeffrey Sachs en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

Cumbre en Washington: Análisis

La elección de Barack Obama ha alumbrado una fabulosa esperanza de recuperación económica, una esperanza de proporciones históricas para Estados Unidos y para todo el mundo. Sí, podemos cambiar, siempre que escapemos de la mentalidad estrecha y al simple retoque de la política pública.

No bastarán los simples apaños que algunos proponen, como los cheques de reembolso fiscal o los tipos de interés cero por parte de la Reserva Federal. El gobierno necesita una estrategia a medio plazo clara que revitalice el gasto en inversión privada, y tendrá que recurrir en los próximos años a mayores ingresos presupuestarios para dedicarlos a inversiones públicas urgentes y una reestructuración a largo plazo. La recuperación a corto plazo se verá potenciada por la claridad en la orientación a largo plazo del cambio económico.

La crisis económica estadounidense exige una nueva macroeconomía y esta es la tarea más urgente a la que se enfrenta el presidente electo Barack Obama. El Humpty Dumpty de las burbujas inmobiliaria y del consumo se ha caído del muro y no podrá recomponerse otra vez, por muchos rescates de Wall Street, inyecciones de liquidez y reembolsos fiscales que se apliquen.

El final del auge del consumo marca el derrumbe de una época que empezó con Ronald Reagan. A algunos expertos y políticos les gustaría volver a las políticas de los años de Clinton, pero esas políticas eran compromisos con el reaganismo que ya no bastarán. La economía estadounidense se encuentra en una espiral descendente de recesión y de déficit presupuestarios descomunales. La Reserva Federal infló durante años la economía y fomentó prácticas irresponsables de préstamo y endeudamiento en el crédito inmobiliario y del consumo, todo ello para mantener la economía en crecimiento.

Un país que respalda durante años unos niveles cero o negativos de ahorro familiar y se endeuda intensamente en el exterior está condenado a pagar un elevado precio por esas prácticas, y a Estados Unidos le ha llegado el momento de pagar. Peor aún, mientras crecían las burbujas inmobiliaria y del consumo, la guerra de Iraq proseguía con su sangría de vidas y dinero y se hacía caso omiso de una serie de problemas cruciales, como el medio ambiente, la energía, las infraestructuras o la pobreza mundial. Ahora se han desencadenado de forma simultánea las crisis macroeconómica y estructural.

A continuación presentamos un breve repaso de nuestras penurias macroeconómicas. La década de 1970 marcó el final de dos épocas: la del sistema monetario respaldado por el oro (que finalizó entre 1971 y 1973) y la del petróleo barato (que finalizó en 1973). Esta doble crisis condujo a unos dolorosos años de estanflación en los cuales la escasez energética se asoció con la ineficacia de la política monetaria para desencadenar una inflación elevada y una contracción económica. Jimmy Carter tenía toda la razón del mundo en lo referente al problema energético a largo plazo, pero sus esfuerzos fueron objeto de burla y se abandonaron en cuanto dejó la presidencia.

Ronald Reagan hizo un mal diagnóstico de la estanflación y colocó a Estados Unidos en un rumbo desastroso a largo plazo. El presidente Reagan y sus partidarios sostuvieron erróneamente que los problemas residían en la regulación estatal, los impuestos excesivos y las dádivas asistenciales, más que en la necesidad de un rediseño de la política monetaria y una política energética responsable a largo plazo. En consecuencia, procedieron a desmantelar buena parte de la red de protección social, con lo que crearon en Estados Unidos una clase marginada que resulta escandalosa de acuerdo con los parámetros de cualquier otra economía avanzada: dejaron el país en el puesto vigésimo cuarto del mundo por lo que respecta a la esperanza de vida y en el vigésimo quinto en cuanto a mortalidad infantil.

El gran mito en Estados Unidos es que el capitalismo exige ese brutal desprecio hacia los pobres, algo que queda en entredicho todos los días por los elevados ingresos, el bajo nivel de pobreza y por la cohesión social de otras economías avanzadas. Las reducciones de impuestos de Reagan condujeron a una generación durante la cual hemos sido incapaces de invertir en infraestructuras básicas. Y la época de Reagan inició la enorme desregulación financiera que ha provocado nuestras actuales calamidades.

La época de Clinton invirtió algunos de los excesos, pero supuso en esencia un compromiso con la época de Reagan. Durante la década de 1990, los ingresos fiscales en tanto que parte del producto interior bruto se mantuvieron bajos, y Washington siguió deshaciendo la red de protección social y acelerando la desregulación del mercado financiero. La ayuda exterior cayó en picado durante aquella década, lo que permitió la propagación de la pandemia del sida y la hambruna africana. Tanto entonces como ahora, los estadounidenses no han conseguido entender que no hacer nada para combatir el hambre, la enfermedad y la pobreza es, precisamente, abonar el terreno para el extremismo y el conflicto.

El gran dinero siguió infectando el sistema político. Tanto demócratas como republicanos hicieron las paces con la inmensa riqueza y se vincularon a los prometedores e innovadores de Wall Street. Y la súplica al mercado de bonos se interpretó como el fin de las ambiciones de resolver los grandes desafíos de la energía, el clima, la pobreza o las infraestructuras.

Según la famosa frase de Karl Marx, la historia ocurre una vez como tragedia y se repite luego como farsa. Sin embargo, con Bush hemos tenido tragedia y farsa. El Gobierno de Bush convirtió las compras y los recortes fiscales en la política macroeconómica oficial de Estados Unidos. Las familias tenían que pedir préstamos sobre su riqueza inmobiliaria para mantener en funcionamiento la máquina del consumo. La desregulación financiera iba a mantener la salud del mercado inmobiliario.

Como consecuencia de todos estos cambios, tenemos hoy una economía al borde del desastre. El gasto del consumo está en caída libre y en ella se ven arrastrados la vivienda, el automóvil y otros sectores del consumo. El desempleo crecerá varios puntos porcentuales. El déficit presupuestario no deja de crecer.

La dependencia estadounidense del préstamo extranjero también ha adquirido proporciones gigantescas e insostenibles, más de 700.000 millones de dólares al año (más de medio billón de euros). Los bancos centrales extranjeros, en especial los asiáticos, han acumulado billones de dólares en títulos estadounidenses. Y, por supuesto, los bancos siguen en un estado de profunda descapitalización y no pueden o no quieren conceder créditos.

El sector de la energía es un caos. No existe una estrategia nacional para encarar el triple problema de la seguridad energética, la disponibilidad energética y el cambio climático. En realidad, lo único para lo que el Gobierno de Bush encontró dinero fue para invasiones y ocupaciones militares, seguramente la única inversión que nos está proporcionando un rendimiento negativo continuo de casi el 100%.

La estrategia económica que Obama hizo pública durante la campaña posee los elementos adecuados, pero el nuevo presidente tendrá que ser valiente para lograr el verdadero cambio. Está en lo cierto al afirmar que debemos gastar muchísimo más en investigación, desarrollo y utilización de una energía limpia y sostenible. Su propuesta de investigación y desarrollo de 15.000 millones de dólares al año supone un gran avance, pero es probable que necesitemos el doble de esta cantidad.

Tiene toda la razón al afirmar que Estados Unidos sería un país mucho más seguro si invirtiéramos en desarrollo exterior más que en guerras exteriores. Ha propuesto aumentar la ayuda al desarrollo hasta 50.000 millones de dólares en el 2012; se trata de un paso importante en la dirección correcta, pero eso sólo supondrá un 0,3 % del producto interior bruto, un porcentaje demasiado bajo aún para afrontar las crisis múltiples del agua, el hambre, la enfermedad, la población y el clima en África, Oriente Medio y Asia Central, que alimentan gran parte del malestar mundial…, y muy por debajo del objetivo del 0,7% del PIB acordado internacionalmente.

Estados Unidos tendrá que superar su alergia extrema a los impuestos en un momento en que el Estado se desangra a causa de los déficits y siguen sin satisfacerse unas urgentes necesidades públicas. Los asesores económicos de Obama han subrayado que el paquete impositivo propuesto dejará los ingresos fiscales federales en torno al 18% del producto interior bruto y que ese porcentaje es la media de los años de Ronald Reagan. El reaganismo permanecerá vivo, como ocurrió durante los años de presidencia de Clinton, si Estados Unidos se mantiene en la senda del pequeño gobierno, convencido de que no debe resolver los problemas de la energía, las infraestructuras y la pobreza, tanto en el ámbito nacional como en el exterior.

La cuestión básica debería quedar bien clara: nuestros problemas necesitarán un vigoroso programa fiscal, con un incremento gradual de los ingresos impositivos en tanto que parte del producto interior bruto durante la próxima década, o no se resolverán. No debemos aumentar los impuestos a la clase media en medio de una intensa desaceleración, pero tampoco debemos encerrarnos durante años en unos ingresos impositivos crónicamente insuficientes. Nuestros problemas macroeconómicos requieren grandes inversiones públicas en nuevas tecnologías, infraestructuras, educación pública y reducción de la pobreza. En algún momento no muy lejano, los estadounidenses tendrán que empezar a pagar esas inversiones en lugar de recurrir al elevado endeudamiento exterior.

Estamos experimentando un cambio estructural desde una economía dependiente del dinero fácil y unos préstamos internacionales aparentemente sin fin hasta una economía que poco a poco se da cuenta de que en última instancia tenemos que pagar nuestros gastos. Existen apremiantes necesidades de inversión nacional y mundial y el dinero tiene que venir de algún sitio. Y el único sitio del que puede venir es de una mayor base impositiva, lo cual exige el abandono de la mitología Reagan-Bush.

En resumen, las recetas aplicadas desde 1981 de escasa intervención estatal y soluciones de bajo calibre están anticuadas y son peligrosas para nuestra propia supervivencia. Reagan fue burdamente ideológico, Clinton ligeramente reformista y Bush sencillamente burdo en la aplicación de esas doctrinas del pequeño gobierno,pero no nos servirá ninguno de esos enfoques recientes. Ha llegado el momento de dejar de hablar de quién puede devolver más impuestos a los ciudadanos y empezar a hablar de invertir en el futuro de un modo que salve a los pobres, sostenga al resto y construya un mundo aceptable para nuestros hijos. Esos son los verdaderos valores familiares.

JEFFREY SACHS, economista y autor de ´El fin de la pobreza´ y ´Economía para un planeta abarrotado´, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki Mun.

Distribuido por The New York Syndicate

Traducción: Juan Gabriel López Guix

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Ideas para una reforma del sistema financiero, de Manuel Lagares en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

Desde ayer están reunidos conjuntamente en Washington dos grupos de países que representan a los económicamente más avanzados del mundo y a un núcleo muy importante de naciones en vías de desarrollo. Las reuniones tienen como finalidad encontrar alguna solución a la actual crisis económica y poner las bases para una reforma del sistema financiero internacional. En ese contexto se han elaborado las líneas que siguen para presentar algunas ideas sobre cómo afrontar una crisis que, sin duda, es la más importante que hemos padecido desde 1929.

Las causas son muy diversas, pero tres de ellas emergen con fuerza sobre las demás. La primera, la concesión masiva de créditos para la adquisición de activos inmobiliarios a personas incapaces de devolverlos, al amparo de garantías hipotecarias insuficientes sin una continuada subida de los precios de esos activos. A ello hay que añadir el uso masivo de instrumentos financieros escasamente regulados y que permitían traspasar a otros y difundir internacionalmente los riesgos de esos créditos. Es evidente que la responsabilidad directa de la selección errónea de los riesgos y del uso de tales instrumentos corresponde a los banqueros que desarrollaron y aplicaron tales prácticas.

La segunda se encuentra en el grave error de las autoridades, que no fueron capaces de poner coto a la utilización abusiva de unos instrumentos financieros altamente tóxicos y de sus derivados, lo que permitió que se multiplicaran sus efectos y se difundieran por toda la economía mundial. Ese error, unido a políticas fuertemente expansivas en el ámbito monetario y fiscal, ha constituido el segundo y no menos importante origen de la crisis actual.

Finalmente, la tercera causa se relaciona con la inexistencia de reglas estrictas de capitalización de las entidades financieras, lo que les ha conducido a un alto nivel de apalancamiento que multiplicaba artificialmente sus beneficios y generaba un ambiente de despreocupación por el riesgo latente en activos y operaciones. La responsabilidad en este caso es compartida por las autoridades -que han facilitado fórmulas suaves y acomodaticias de cálculo de los capitales mínimos necesarios- y los banqueros, que se han olvidado de las más elementales reglas de seguridad de su propia profesión.

La coincidencia de esos tres factores con el inevitable y previsible final del proceso especulativo, ha producido la hecatombe que hemos vivido en las últimas semanas, con sus gravísimas consecuencias sobre la economía real, que ha visto cómo todas sus fuentes de financiación se cerraban de golpe y por plazo indefinido. Porque el problema básico que plantea la estabilidad del sistema financiero -corazón de cualquier economía moderna- es que, si las entidades que lo integran se derrumban, la economía real se colapsa totalmente y de modo quizá irreversible. De ahí que, pese a la manifiesta responsabilidad de las entidades financieras en su propia crisis, no quede más remedio que sostenerlas para evitar males aún mayores a los ciudadanos y a las restantes empresas, es decir, a la economía real.

Por eso habrán de articularse medidas excepcionales para enfrentar coordinadamente la dura realidad económica actual mediante reformas profundas del sistema financiero y fuertes apoyos a la demanda global, sobre todo en el ámbito de las familias y de las empresas. Esas medidas podrían concretarse en las ideas siguientes, seguramente incompletas y parciales, pero que sólo tratan de presentar un primer y muy provisional catálogo de las mismas:

1. Las reuniones de Washington deberían dar por resultado un Tratado o Acuerdo internacional, abierto a todos los países que cumplan o se comprometan a cumplir, en plazo breve, unos determinados requisitos en cuanto a liberalización de mercados y a política monetaria y fiscal. El objetivo más inmediato del Tratado o Acuerdo debería ser el de proteger a los ciudadanos, a las familias y a las empresas contra las más graves consecuencias de la crisis, especialmente a los de menores niveles de renta y a las pequeñas y medianas empresas, que serían los más perjudicados si persistiese o se agravase la misma. Esa protección se debería articular tanto a través de una política monetaria y crediticia encaminada al saneamiento del sistema financiero y a evitar las malas prácticas que han originado la situación actual, como mediante una política fiscal orientada a las rentas más reducidas y a los beneficios empresariales.

2. A largo plazo, el objetivo del Tratado o Acuerdo debería ser el establecimiento de un orden económico internacional equilibrado, que impulsara el rápido desarrollo de los países más atrasados y que permitiese una eficaz actuación contra las crisis económicas, difundiendo prosperidad y estabilidad entre todos los países.

3. Su principio esencial debería consistir en un firme compromiso respecto a la aplicación de las normas de la economía de mercado, de la globalización y de las reglas de la libre competencia en el ámbito nacional e internacional.

4. El contenido de este Acuerdo debería contemplar también normas respecto a la política de mercados y de liberalización económica, debiendo aplicar la mayor libertad en cuanto a establecimiento, contratación de factores productivos y condiciones de funcionamiento de las empresas, dentro de un marco general de respeto a la dignidad de las personas, de mejora de sus condiciones económicas y de preservación cuidadosa de los recursos naturales. Igualmente debería fomentar la libre circulación de mercancías y servicios, aunque acomodándola a las posibilidades y niveles de desarrollo de cada país. Además, debería estimular que los países más desarrollados promoviesen el crecimiento de los más atrasados, restando presión a las desordenadas corrientes migratorias entre unos y otros. Finalmente, debería impulsar la globalización y homogeneización de los mercados, suprimiendo los obstáculos que la impiden o dificultan, para lo que debería fomentar la mejora de las comunicaciones entre países y regiones y la normalización de sus legislaciones civiles, mercantiles y laborales.

5. En cuanto a política monetaria y crediticia, las autoridades monetarias deberían actuar con total autonomía frente a sus respectivos gobiernos nacionales, conforme a criterios objetivos derivados de referencias concretas de mercado. Esas referencias para la fijación de los tipos de interés de intervención deberían considerar no sólo la evolución de los precios al consumo sino, además, los precios de los activos más significativos -inmuebles y valores cotizados-, las necesidades exteriores de financiación y las tasas reales de crecimiento de la producción. En todo caso, el coste del capital no debería resultar nunca negativo, para evitar despilfarros en el uso de este escaso factor de la producción. Deberían establecerse también límites concretos para los déficits exteriores, que deberían ser mucho más reducidos para los países desarrollados. Los que superasen tales límites tendrían que instrumentar de inmediato políticas económicas restrictivas.

6. Por otra parte, los países que suscribiesen el Tratado o Acuerdo deberían garantizar la estabilidad de sus sistemas financieros y la sanidad y el adecuado funcionamiento de las entidades que los integren. Para ello se debería establecer una definición amplia de lo que se entiende por sistema financiero, que incluyera tanto a las entidades habituales como a las que actúan en los mercados de valores y en los de seguros y similares, para evitar la elusión de las normas regulatorias y de la supervisión. Excepcionalmente se debería regular también, bajo normas comunes, la cuantía y forma de las ayudas para dotar de liquidez a las entidades con dificultades temporales mientras persistan las circunstancias actuales en los mercados y siempre bajo estrictos criterios de transparencia en el uso de los fondos públicos. También excepcionalmente, se debería regular bajo normas comunes el salvamento de las entidades financieras en situación de insolvencia mediante inyecciones temporales de capital público, sin inmiscuirse en su gestión diaria pero supervisando sus estrategias y comportamientos y exigiendo a sus gestores y accionistas las responsabilidades en que hubiesen incurrido.

Se deberían regular también los criterios para la supervisión y vigilancia efectiva de las entidades financieras y de sus circuitos de selección y asunción de riesgos, así como sus productos, servicios y actividades, y elevarse los niveles mínimos actuales de capitales exigibles a todas las entidades financieras. Las normas de evaluación de riesgos y de ponderación de los mismos deberían ser comunes y excluir cualquier sistema basado en la experiencia interna de las propias entidades.

Del mismo modo se deberían establecer retenciones obligatorias, por parte de los emisores de títulos y de sus negociadores, de los riesgos que se titularicen. Un criterio similar debería establecerse para la emisión y negociación de instrumentos derivados que, en todo caso, deberían ser objeto de una adecuada tipificación de sus aspectos esenciales y de sus normas de contratación. También se deberían crear fondos anticíclicos de reservas adicionales y genéricas para compensar la morosidad. Y se deberían establecer normas estrictas para el buen gobierno de las entidades financieras, en especial las referentes a transparencia, adecuación y control de las retribuciones de sus gestores y de sus decisiones empresariales.

7. La supervisión de las entidades integrantes del sistema financiero debería estar encomendada al Banco Central de cada país o a un solo organismo público de supervisión, que aplicaría las normas y directivas generales emanadas del organismo multilateral de coordinación. Este supervisaría, a su vez, a los supervisores nacionales para vigilar el cumplimiento de sus directrices y evaluar la calidad de la supervisión.

8. Las entidades financieras y el Tesoro público de cada país contribuirían a la formación de fondos de garantía que gradualmente se hiciesen cargo de responder frente a los clientes hasta límites únicos y tipificados para todos los países. Del mismo modo, las entidades financieras, el Tesoro Público y las demás entidades interesadas constituirían fondos conjuntos con los que satisfacer los honorarios de las Agencias de calificación y tasación, que serían sometidas a una vigilancia rigurosa y periódica por parte de los supervisores.

9. En cuanto a política fiscal, la estabilidad presupuestaria debería ser un objetivo irrenunciable de esa política. Ello implicaría el mantenimiento de unas cuentas de las Administraciones públicas anualmente equilibradas, admitiéndose sólo excepcionalmente situaciones temporales de déficit en periodos de recesión o de crecimiento notablemente inferior al potencial, pero con el compromiso de alcanzar superávits razonables en las etapas de expansión. El organismo multilateral de coordinación supervisaría los saldos presupuestarios y la confección de las correspondientes cuentas públicas. La cuantía del déficit público anticíclico no debería superar el 3% del PIB de cada país.

Además, los déficits anticíclicos deberían originarse por la reducción selectiva de ingresos antes que por el aumento de los gastos públicos, al objeto de evitar un crecimiento del sector público que dificultase el eficiente funcionamiento de la economía privada y la recuperación del equilibrio presupuestario al superarse la crisis. Por ello, los países que tuviesen que incurrir en déficits coyunturales deberían evitar el crecimiento real de los gastos públicos consuntivos a tasas sensiblemente superiores a las del crecimiento de la población, para de esta forma mantener el nivel real de servicios públicos por persona o aumentarlo sólo ligeramente. Esta norma podría ser flexibilizada para los países en vías de desarrollo, cuando fuesen evidentes sus carencias de servicios públicos esenciales. En todo caso, deberían excluirse del criterio limitativo anterior los gastos públicos en educación y, muy especialmente, los orientados a la formación para el trabajo. Además, para ahorrar gastos corrientes, las familias e individuos de rentas más elevadas deberían colaborar a la financiación parcial de algunos de los servicios públicos que utilizasen, mediante tarifas para el copago.

Se deberían impulsar fuertemente los gastos públicos de formación de capital en tanto no implicasen otros gastos recurrentes significativos y fuesen necesarios para la inversión privada. A tales efectos deberían impulsarse especialmente los gastos en infraestructuras y los relativos a redes de distribución de productos esenciales, tales como agua y energía. Para evitar un excesivo peso de estos gastos, debería recurrirse a financiarlos total o parcialmente mediante concesiones temporales de su explotación al sector privado en cuanto resultase económicamente viable.

A su vez, para aplicar el criterio de reducción de impuestos y coadyuvar a la protección de la renta disponible de familias e individuos, los impuestos directos que recayesen sobre ellos deberían responder de forma clara y bien definida al criterio de capacidad de pago conforme a las propias circunstancias personales y familiares de los obligados, y deberían tratar más favorablemente a los rendimientos procedentes del trabajo, por la inevitable limitación temporal de los mismos; impulsar el ahorro a largo plazo de las familias, como medio de fortalecer su capacidad financiera y de reducir las necesidades de financiación externa del país; establecer tarifas impositivas que favoreciesen a las personas y familias de rentas más reducidas y simplificar la regulación y exacción de estos impuestos.

Los impuestos sobre los beneficios de las sociedades deberían reducirse sustancialmente como medio de mejorar la rentabilidad neta de las inversiones empresariales. También debería evitarse o disminuirse la doble imposición de los dividendos para no discriminar contra la financiación mediante capitales propios y reducir el apalancamiento por motivos fiscales.

Los impuestos indirectos deberían gravar exclusivamente el consumo final de las familias e individuos, evitando la reiteración de gravámenes sobre productos y servicios en etapas intermedias de producción o distribución, para ahorrar así costes de transacción y cumplimiento y hacer más eficiente el funcionamiento de los mercados y la formación de los precios.

Finalmente, el endeudamiento acumulado del sector público no debería superar la cuantía del PIB en los países en vías de desarrollo y no elevarse por encima de los dos tercios de esta magnitud en los países más desarrollados.

10. Consecuentemente con todo lo anterior, debería crearse en el FMI un organismo multilateral de coordinación, con la participación de todos los países que suscribiesen el Tratado o Acuerdo y que estaría abierto a la incorporación de nuevos países a medida que fuesen cumpliendo los requisitos básicos para su incorporación y admitiesen sus objetivos y compromisos. Ese organismo multilateral se encargaría de la elaboración de las propuestas de medidas para garantizar la estabilidad económica, el adecuado funcionamiento del sistema financiero internacional, la supervisión de los supervisores nacionales y las directrices para las políticas monetarias y fiscales de los gobiernos implicados. La representación y los derechos de voto en el citado organismo multilateral deberían estar en función de la cuantía del PIB de cada país que lo integre, medido en paridades de poder de compra y en términos cuatrienales, y ningún miembro tendría derecho de veto, aunque podrían exigirse mayorías cualificadas para determinadas decisiones.

Como puede suponerse, es ilusorio pensar que ideas tan duras de aplicar y que suponen la cesión de una parte considerable de la soberanía nacional de cada país a un organismo multinacional, van a encontrar eco con facilidad entre los dirigentes políticos actuales. Pero si algunas de ellas no se materializasen en los próximos tiempos, poco podría esperarse respecto a una solución adecuada para la actual crisis. Y, sobre todo, poco podría confiarse en que episodios semejantes no se repitiesen periódicamente en un sistema financiero que, hoy por hoy, parece realmente incontrolado e incontrolable.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

© Mundinteractivos, S.A.

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La socialdemocracia se deja para el consumo interno, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

CUMBRE DEL G-20: A FONDO

¿Se presentará hoy Zapatero como un recalcitrante socialdemócrata ante la Cumbre de Washington? Esa era, al menos, la intención de José Blanco cuando remitió el pasado miércoles a los miembros de la Ejecutiva socialista un documento en el que explicaba la crisis como el resultado del fracaso de las políticas neoliberales iniciadas por Reagan y Thatcher y coronadas por Bush y Aznar.

Sin embargo, el documento de trabajo del presidente español no incluye ningún alegato en defensa de las recetas clásicas del socialismo o de los modelos intervencionistas a los que tan aficionado es Sarkozy.

Es más, según fuentes solventes, Zapatero defenderá explícitamente en la sesión de hoy la economía de libre mercado y el impulso del comercio mundial como ejes para salir de la recesión económica.

Sus propuestas para reformar el sistema financiero serán bastante concretas:

– Mayor supervisión sobre los sistemas bancarios y elevación del listón de solvencia de las entidades financieras.

– Que el Fondo de Estabilización Financiera coordine la supervisión de bancos centrales.

– Reforma del FMI para que asuma el papel de prestatario de última instancia y pueda dar liquidez a los mercados cuando sea necesario.

– Exigencia de responsabilidades a las agencias internacionales de raiting.

– Controles para limitar la utilización de paraísos fiscales.

– Límites a la remuneración de los altos directivos.

Probablemente, a algunos de sus compañeros de partido les hubiera gustado que el presidente hubiera ido más lejos en sus pretensiones reformadoras. Subidos a la ola puesta en marcha por Sarkozy, que aspira nada menos que a «refundar el capitalismo», al ala izquierda del PSOE le hubiera gustado ir un poco más lejos en el ideario antiliberal.

La verdad es que, en el pulso entre socialdemócratas y liberales, estos últimos parecen haberse llevado el gato al agua.

No es de extrañar si tenemos en cuenta la lista de participantes en la aportación de ideas para la elaboración del documento final que se ha llevado el presidente bajo el brazo a la Cumbre del G-20 ampliada y que ni siquiera quiso comentar en el último Consejo de Ministros.

Los trabajos han sido coordinados por Javier Vallés, director de la Oficina Económica de Moncloa. El equipo de Solbes ha hecho el trabajo fundamental, aunque Miguel Sebastián ha tenido un papel relevante y ha defendido las tesis más favorables a la economía de mercado. Desde el Banco de España, el subgobernador, José Viñals, ha sido el encargado de transmitir las recetas que han hecho del organismo supervisor español uno de los más respetados de Europa.

Lo novedoso en la preparación de esta Cumbre, que De la Vega situó ayer, utilizando las mismas palabras que Aznar pronunció en los días previos a la denostada reunión de las Azores, como la «salida de España del rincón de la Historia», es que, además de a su equipo económico, Zapatero ha escuchado a asesores externos.

Por supuesto, Jesús Caldera, director de la Fundación Ideas, ha elaborado un documento que incide en la línea ideológica marcada por Blanco.

Pero, además, un reducido grupo de economistas ha hecho llegar de manera discreta sus papeles a Moncloa. Entre ellos, destacan Emilio Ontiveros (consejero delegado de Analistas Financieros Internacionales); José Pérez (miembro del Grupo de Alto Nivel para la supervisión de las finanzas europeas); José Carlos Díez (economista jefe de Intermoney) e, incluso, algún asesor de fuste e inequívocamente liberal que trabaja para la CEOE.

Zapatero tiene hoy un gran reto, al margen de la grandilocuencia y la parafernalia para consumo interno. Sarkozy hará valer sus gestiones ante Bush para que España estuviera presente en la Cumbre para lograr apoyos a sus tesis y situarse como referente frente a EEUU. Por su parte, Gordon Brown va a presentar una lista de propuestas similar a las que defenderá Zapatero. ¿Con quién se alineará finalmente? Como se ve, más que un pulso ideológico izquierda-derecha, lo que se vislumbra en la Cumbre es una pugna de redefinición del poder global en un momento de debilidad de EEUU. Zapatero debería jugar la baza de Brown. ¿Podrá hacerlo?

© Mundinteractivos, S.A.

La cultura de la crisis, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

Hemos llegado aquí porque la globalización abolió los límites éticos y culturales. El mismo Estados Unidos proclamó que todo le estaba permitido, legalizó la tortura y dio barra libre a la insaciable quimera del oro

1. Decía Fernand Braudel que el capitalismo, “privilegio de unos pocos”, “es impensable sin la complicidad de la sociedad”. Y añadía: “De algún modo la sociedad entera debe aceptar sus valores”. Si la actual crisis tiene algo de quiebra moral de las élites capitalistas es porque han llevado los valores del capitalismo a unos límites en que es casi imposible que sean aceptados. La historia viene de lejos. Empieza en la transición liberal que abrieron las revoluciones del 68. Aquel momento fue el inicio del proceso de desmontaje de unos sistemas sociales muy comunitaristas, montados sobre un orden rígido y unas sociedades jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en que cada ciudadano tenía un puesto asignado casi de por vida. La crisis actual es, en cierto modo, el estallido final de un proceso de individualización que acabó por quebrar las bases del mínimo consenso social necesario. La revolución conservadora promovida desde la Administración Bush fue el último intento de controlar este proceso. La explosiva mezcla de simplismo liberal en lo económico y rigidez conservadora en lo moral y cultural sólo sirvió para acelerar el estallido.

En el mundo soviético, la transición liberal empezó a finales de los ochenta, con la caída del muro de Berlín. Una sociedad civil arrasada por el totalitarismo fue pasto de la delincuencia económica y de las ideologías de lo identitario, ya fuera religioso o étnico. La globalización juntó los dos procesos que ahora viven una crisis que debería cambiar profundamente las pautas socioculturales.

2. La actual crisis económica es la primera en el marco de la globalización. Nuevo marco, nueva cultura. El proyecto moderno se deshizo en la fragmentación posmoderna. Fue una reacción al agotamiento de los grandes relatos que habían armado la modernidad, que condujo inevitablemente al relativismo y a la pérdida de jerarquía. El horizonte emancipatorio desapareció paulatinamente de la cultura. El futuro se desdibujó y el pasado se puso al servicio de la diversidad cultural, como fundamento de las apuestas endogámicas de corte étnico que crecieron bajo el amparo del discurso multiculturalista. La cultura fue a menudo factor de segregación y de separación. Empujados por la globalización entramos en la era del presente continuo. Las nuevas tecnologías han provocado una contracción del espacio -el mundo es más pequeño- y una aceleración del tiempo. El dinero, las mercancías y las ideas van de una punta a otra del planeta con rapidez y a bajo coste. Probablemente sin Internet esta crisis no sería la misma. El dinero se ha convertido en un mensaje en e-mail.

3. Los discursos sobre la insostenibilidad del planeta y sobre el calentamiento global, con no poca parafernalia ideológica de acompañamiento, han contribuido a dibujar un horizonte sórdido y oscuro. En este mundo sin futuro impera el principio del rendimiento rápido. No hay proyecto, sólo resultado. Es el principio cultural de las empresas de capital riesgo, dispuestas a sacar todo el jugo posible de un negocio en el menor tiempo aun a riesgo de agotarlo para siempre. Pero también es el principio cultural del consumismo, en que la pulsión por comprar no se detiene nunca: el deseo de un nuevo producto impide el goce del producto recién conseguido, dentro de una serie interminable de frustraciones. Y es el principio cultural que rige las conductas de empresarios y gobernantes, bajo el signo de la competitividad. Siempre más: la insaciabilidad como modo de estar en el mundo.

4. En este contexto, el principio moral que rige es que “todo es posible”. La idea de límite ha desaparecido del horizonte mental de los que hoy tienen más capacidad normativa: la gente del dinero, empresarios, ejecutivos y financieros. Pero todo sistema tiene un límite. El capitalismo financiero también. Y cuando se rebasa el límite, saltan los fusibles, y si se tarda en reponerlos empieza un proceso de autodestrucción. Todo sistema tiene su punto catastrófico. A este punto hemos llegado, por la incapacidad de entender que no todo es posible. Por supuesto hay cierto discurso naturalista que tratará de convencernos de que alcanzar la catástrofe es inevitable. Y que el mundo funciona por el sistema de ciclos de destrucción y construcción. Los que proclaman las virtudes de las sociedades meritocráticas, aunque a menudo confundan la habilidad para moverse en las fronteras de lo ilegal con el mérito; los que denuncian permanentemente la incompetencia de los que trabajan, bajo el eufemismo de la competitividad; los que ven por todas partes intromisiones de la política, hasta que la necesitan y apelan a su ayuda; éstos nunca se sienten concernidos por responsabilidad alguna. Cuando las cosas van mal, el problema es sistémico, como si de una catástrofe natural se tratara.

5. Lo diré con una expresión del filósofo francés Bernard Stiegler: estamos ante la prueba de “la modernización sin modernidad”. Podría parecer que esta expresión está dedicada a China. También Occidente ha abandonado, a su manera, los presupuestos de la modernidad. La época del capitalismo financiero es una modernización sin los límites de la cultura moderna: la dignidad del ciudadano y la primacía de cierto interés general. Marx se quedó corto: la potencia revolucionaria de la burguesía está acabando con todo, incluso con la propia cultura burguesa. La mercantilización general de la sociedad -en que todo, desde los sentimientos y las pasiones hasta las mercancías es susceptible de ser producido y vendido- ha acabado con el proyecto moderno.

La revolución conservadora americana, en sus dos fases: la reaganiana y la bushiana han configurado una cultura en que las sociedades no existen, sólo existen los individuos (fase thatcheriana-reaganiana), y las libertades y los derechos son sustituidos por la creencia, por los mitos nacionales y por la seguridad convertida en supremo horizonte ideológico (fase bushiana). La lucha a muerte por el mercado de las almas, en un mundo globalizado en que las religiones clásicas han perdido los monopolios territoriales y el dinero es la medida de todas las cosas, es una de las grandes novedades de la globalización. La cultura de la crisis es la del individualismo salvaje, en que la competencia a muerte es la única regla, con la religión como consuelo y el miedo como instrumento paralizador. La política y la libertad han sido despedidas, camino del totalitarismo de la indiferencia.

6. La capacidad normativa que el poder económico ejerce se constata con la universalización del lenguaje del management. De un tiempo a esta parte, todo se gestiona: se gestionan las personas, se gestionan las parejas, se gestionan los hijos, se gestionan los conflictos personales, se gestionan los amores y los odios. Es decir, todo es simplificable y todo es manipulable. La negación de la complejidad de la economía del deseo conduce a convertir cada acción humana en algo cuantificable en términos monetarios. El hombre “como empresario de su propia vida”, como dice Michela Marzano. Las librerías están llenas de manuales que a partir de los criterios de gestión económica pretenden enseñarnos a gobernar nuestras vidas.

El héroe de este momento es el líder. El discurso del liderazgo ocupa a las escuelas de negocios y a los ideólogos de la competitividad y del mercado. El líder es el que está más capacitado para sacar rendimiento de las personas en beneficio propio. Su riesgo casi siempre es limitado: no juega con recursos propios sino con recursos de los demás. Y acostumbra a estar protegido por la red de los bonos y las indemnizaciones. El discurso del liderazgo es la pseudoideología necesaria para justificar la disparatada cotización de los altos ejecutivos.

7. Pero, como he dicho antes, la esencia de la cultura de la crisis es la desaparición de la idea de límites. En agosto de 2002, el Gobierno de Estados Unidos dio el visto bueno a un memorándum que legitimaba determinadas formas de tortura. Es decir, rompía el tabú de la degradación del adversario. Bajo el mandato de George Bush la Administración norteamericana dio carta de naturaleza legal a la tortura. Es decir, transmitió al mundo la idea de que todo estaba permitido. Si un Gobierno puede someter a un enemigo a la más terrible de las pruebas físicas y morales, ¿cuáles son los límites de lo posible en la sociedad? Ninguno. Hay vía libre para saltarse todas las barreras éticas y culturales. ¿Qué tiene de extraño, en estas circunstancias, que los que viven la quimera insaciable del oro entiendan que todo está permitido y que no hay reglas ni principios ante la tentación del dinero?

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¿Un nuevo Bretton Woods?, de Sami Naïr en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

La gran negociación que se abre entre los miembros del G-20 sobre la reforma del sistema financiero mundial y los medios para detener los efectos de la crisis económica mundial ya no afecta tan sólo a las medidas económicas: se ha convertido, como era de prever, en una inmensa apuesta geopolítica en la cual las relaciones de poder entre las naciones determinarán las futuras soluciones. Desde que empezó la crisis, el Gobierno francés, que preside actualmente el Consejo Europeo, hizo saber claramente que quería una estrategia que estuviese a la altura de lo que está en juego. Ha propuesto que se funde de nuevo el sistema internacional dejado de la mano de Dios desde los acuerdos de Jamaica en 1975. Se trataría aparentemente de volver al espíritu de los acuerdos de Bretton Woods, adoptados en 1944, y más concretamente a la necesidad de una reglamentación del sistema financiero.

Francia propone que se organice “una respuesta coordinada a nivel internacional”, pero sin precisar realmente cuáles serían los objetivos y los instrumentos de esta coordinación. Las respuestas de Reino Unido y Alemania han sido más bien discretas. A la Gran Bretaña de los tories nunca le ha gustado la regulación, y los laboristas se han convertido desde hace tiempo a la economía del librecambismo mundial. Alemania comparte más o menos la misma postura, aunque a partir de ahora quiere un control más estricto de los fondos soberanos en su territorio. Pero Francia cuenta en Washington con la ventaja de recibir el apoyo de la mayoría de países europeos.

En el actual estado de cosas, los países del G-20 quieren ponerse de acuerdo sobre una aproximación de mínimos a las reformas. Entre europeos existe el consenso alrededor de algunas medidas de urgencia: hacer del FMI un órgano de vigilancia de la estabilidad financiera mundial que conduciría a partir de ahora el Foro de Estabilidad Financiera, trabajaría directamente con el Banco de Regulaciones Internacionales y el Comité de Basilea y, situado en el centro de un sistema de información permanente de los órganos de vigilancia, se encargaría de dar la alarma en caso de amenaza de crisis. Podría también hacer recomendaciones a los Estados e incluso realizar programas de evaluación de los sectores financieros de los Estados miembros, cosa que tenía terminantemente prohibida hasta ahora. Por último, a los europeos también les gustaría que la cumbre pudiera fijar orientaciones inmediatas sobre la gobernabilidad mundial, en concreto instaurando un control mucho más estricto sobre las agencias de notación, imponiendo normas contables y prudenciales, y vigilando la remuneración de los actores financieros.

Estas medidas son sin duda necesarias, pero quedan lejos de estar a la altura de la crisis. Y es por ello que una nueva reunión está prevista en París en febrero de 2009. ¿Para qué? Éste es el verdadero problema.

En realidad, no hay actualmente un acuerdo de fondo a nivel internacional sobre los objetivos de un nuevo orden económico mundial. La razón es que Bretton Woods se fundaba ante todo sobre dos bases esenciales: el control de la circulación de los capitales y la creación de un mecanismo mundial de paridad, vinculando el dólar, reconocida moneda de intercambio mundial, con el patrón oro. Ahora bien, controlar la circulación de capitales va mucho más allá de la sencilla puesta en práctica de estabilizadores anticíclicos, como proponen algunos Estados (Reino Unido, China). Incluso es muy probable que hoy sea irrealizable, a menos que se llegue a un acuerdo para utilizar masivamente, en el seno del FMI, los derechos especiales de giro como incentivo para un relanzamiento de la economía mundial. Pero EE UU, que detenta el 17% de los derechos de voto en el seno de este organismo, es decir, una minoría de bloqueo, se ha opuesto siempre (menos una vez) a utilizarlos. Luego, crear un nuevo mecanismo de paridad ante la fluctuación del dólar implica que se saneen las relaciones monetarias con EE UU, sobre todo si compartimos la profecía de Peter Steinbrück, el ministro alemán de Finanzas, que declaraba en septiembre de 2008 ante el Bundestag: “Esta crisis significa el fin de la hegemonía financiera americana en los próximos 10 años”.

A la espera, el objetivo real de la reunión de Washington como las que la seguirán es determinar las condiciones en las que se producirá la ayuda mundial, concretamente de China, de Japón, de los países del Golfo y de Alemania, en el restablecimiento de la economía norteamericana, condición sine qua non para salir de la crisis. El problema es saber el precio de esta ayuda. La batalla del nuevo orden monetario y económico mundial no ha hecho más que empezar.

Traducción de M. Sampons.

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La Cumbre, Zapatero, el torito y la flamenca, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 15 noviembre, 2008

Me van a perdonar ustedes el que, pese a lo anunciado el pasado jueves, hoy no escriba de la bolsa. La actualidad manda y es día de hacer Cumbre en Washington pese a tener la más absoluta convicción de que la Historia mirará con desdén el intento de Bush de salir de ella con el pie derecho, la desesperación del arrogante Sarkozy por hacer justamente lo contrario y el absurdo empeño de España por participar en una farsa que, tal y como está planteada, les digo yo que va a servir para poco, seguro, en el horizonte inmediato y, salvo que tenga de un modo u otro continuidad en sus postulados, en un futuro algo más lejano en el tiempo.

Si es cualidad positiva de un buen estratega elegir bien sus batallas, no podemos decir que nuestro gobierno haya estado muy lúcido, la verdad. Cosa que, por cierto, a estas alturas de la película sorprenderá a pocos. Qué candidez McCoy. El combate no se libraba en nuestro nombre sino en el del partido socialista. ¿Cómo? Sí, sí. La ardorosa defensa del orgullo patrio no ha sido sino un nuevo ejercicio de distracción mediática en la que lo esencial ha vuelto a ser encubierto por el perentorio manto de lo accidental. Nuevo ejemplo de su capacidad de alejar la información del núcleo a la periferia, fuerza centrífuga del malabarismo informativo. Y mientras los nubarrones macro continúan soltando granizo del tamaño de bolas de tenis, la ciudadanía -particulares-empresas-administración local y regional- a cubierto y Zapatero, sacando pecho en Estados Unidos para gozo contemplativo de su coro de palmeros. Qué crack.

Vayamos a lo sustancial, que es sábado, majete.

Primero. La Cumbre en sí nace fracasada. El ostentoso objetivo de refundar el capitalismo es, en sí, una auténtica chorrada, ustedes me perdonarán. Por mucho que se empeñen algunos, no existe una uniformidad legislativa global que permita aplicar recetas comunes a diestro y siniestro. Ni voluntad de que exista, para qué nos vamos a engañar. Todo lo más nos encontraremos con, como se dice ahora, unos lugares de encuentro colectivos que, frase manida hasta la arcada, sentarán las bases comunes para, sigo, sigo, un nuevo modelo de acción entre la economía financiera y la real. Bla, bla, bla.

Sería para mi milagroso que gobernantes más adictos al corto plazo de la siguiente votación que los banqueros a sus bonos fueran capaces de pergeñar un marco estable de actuación que pudiera penalizar, llegado el caso, el rédito electoral que se deriva de las falsas bonanzas económicas que permiten las burbujas financieras. Ojalá me equivoque pero, a fuer de ser sincero, me extrañaría. Quienes pretender decidir su futuro y el mío, que ya es pretensión, son los mismos, en sus siglas y casi en sus nombres, que fueron incapaces de advertir lo que estaba ocurriendo, actuar de forma preventiva para corregirlo y sacrificar ese crecimiento ficticio con el que engalanaban sus pecheras como los antiguos coroneles soviéticos con medidas contracíclicas y de protección de la economía real. Parece que en política el concepto doblez no se estila.

Segundo. La equiparación con Bretton Woods da risa. Es de una pretenciosidad absurda, sinceramente. Entre otras cosas porque en 1944 la preocupación era la economía real, ahora la principal causa de consternación es la economía financiera. Una diferencia que no es manca, la verdad. Si la materia de objeto no es la misma, difícil será que las conclusiones puedan ser equiparables, digo yo. Alguno podrá argumentar que probablemente gran parte de los problemas que se pusieron entonces encima de la mesa, eran consecuencia de la inadecuada solución de una crisis financiera anterior que había traído consigo una serie de conflictos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Desde ese punto de vista, por tanto, sería mejor que los errores no se reprodujeran y atajar la coyuntura actual cuanto antes.

Bueno, entonces la Cumbre debería desempeñar un papel ejecutivo y no meramente regulatorio o supervisor que, en este caso concreto, el orden de los factores sí que altera sustancialmente el producto. Y no es el caso. Poner nuevas normas de funcionamiento a algo que no funciona no sólo es una extraordinaria pérdida de tiempo sino que lleva consigo un enorme coste de oportunidad. Porque, en esencia, lo que pasa hoy día es que no hay sistema financiero, entendido como el instrumento que sirve para canalizar el ahorro a la inversión. Prueba de ello es el último requiebro del Secretario del Tesoro, Paulson, que, consciente de esta brutal realidad, ha decidido pasar por encima de la banca comercial para acudir directamente en ayuda de empresas y particulares. Un salto cualitativo de enorme importancia cuyas implicaciones se han perdido entre el marasmo diario de información.

Tercero, el caso español. La paradoja que supone el hecho de que mientras estalla una crisis los gobernantes de todo el planeta se dediquen no a su corrección sino a la prevención de la siguiente, probablemente porque nadie se atreve a chistarle a China sobre su divisa o decirle las verdades del barquero a un Estados Unidos en esencia quebrado y dependiente desesperadamente de la financiación extranjera, cobra especial dramatismo en nuestro país. Oyendo ayer a la omnipresente María Teresa Fernández de la Vega -y viendo su fondo de armario que ríase usted de los 150.000 dólares en atrezzo de Sarah Palin que fueron objeto de escándalo en el bando republicano durante la campaña electoral norteamericana- tras el Consejo de Ministros, uno puede llegar a la conclusión de que hemos ido, como a los Festivales de Cine, a exportar las bondades de nuestro modelo del que se han hecho eco esa misma prensa extranjera que tanto nos zahiere. Se podía haber llevado ZP el torito y la flamenca para plantarlos encima de la mesa negociadora si de hacer patria y mirar al pasado se trataba. Y regalárselos a ese primer ministro checo, futuro presidente de turno de la Unión, que ha dicho en numerosas entrevistas que, básicamente, todo esto como que le importa un comino y al que generosamente hemos cedido uno de nuestros asientos, de nuevo instruidos por ese tercero que si nos dice ven, dejamos todo. Hasta a Sonsoles, si hace falta.

Mire usted, querida vicepresidenta. Para ese viaje no hacían falta estas alforjas, ¿no cree? Pero bueno, admitamos pulpo como animal de compañía. ¿Qué importamos a cambio? Absolutamente nada. El Presidente, ya se lo anticipo, no traerá ni una receta contra el paro, ni para mejorar la educación, la innovación o la competitividad, ni para minorar la dependencia energética, o abrir el mercado doméstico. No sigo por no aburrirles. No se va a hablar en Washington de tipo de cambio, ni del precio del dinero, ni de globalización versus proteccionismo ni de nada parecido. Lo políticamente correcto contra lo universalmente necesario, una vez más. Zapatero volverá con la misma sonrisa con la que salió de España en la convicción de que nuestros problemas sólo encuentran su causa y su justificación allende nuestras fronteras. Este hombre, desde luego, no pierde la fe en su baraka o buena suerte personal. Y ya se sabe, mientras todo coincida en el tiempo, a tirar balones fuera.

Concluyo. A usted, que hace un ejercicio admirable de ascetismo mental leyendo mis Valores Añadidos cuando le viene en gana, y a McCoy, que con tan poca gana hoy lo escribe, esta Cumbre de Washington ni nos va ni nos viene. Aunque la propaganda gubernamental se empeñe en hacernos creer lo contrario. Su impacto sobre nuestras vidas será absolutamente nimio, insignificante, residual a corto plazo. Una vez concluida, tendremos los mismos problemas de cada día que escapan de la grandilocuencia política y aterrizan en el pago de la hipoteca, el cole de los niños, la cesta de la compra. Muchos de nuestros compatriotas, y de esos otros que llegaron a España para ayudar a construir la ilusión de riqueza con la que nos despertábamos cada día, se verán en la calle como consecuencia de una crisis que para ellos no se apellida Lehman, Bear o Fannie Mae. Será día 17 y habrá pasado la mitad del mes y empezarán los cambalaches para apurar los días hasta la siguiente paga. Otro lunes al Sol. Y cuando lo acordado este fin de semana quiera llegar a nuestras vidas con la importancia que ahora le quieren asignar, habrán transcurrido tantos meses, e incluso años, que será un mero destello fugaz en el recuerdo colectivo. Desgraciadamente.

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El 95% del dinero es creado por bancos privados, de Enric Duran en Crisis

Posted in Economía by reggio on 15 noviembre, 2008

El 95% del dinero es creado por bancos privados

Los crean de la nada a través de los créditos pero nos los hacen devolver con intereses.

Enric Duran

Hace ya más de un año que la crisis financiera es noticia, desde que estalló en Estados Unidos con el nombre de crisis subprime, se ha publicado mucho, explicando con más o menos precisión y acierto, como se ha producido esta crisis en los aspectos más concretos. Lo que no se ha explicado tanto, y en ningún caso en los medios de comunicación masivos, es cómo la necesidad de crecimiento exponencial que tiene el actual sistema financiero es la causa de fondo de la burbuja especulativa, y por tanto de la propia crisis, además de tener una relación directa con las crisis energética y alimentaria. Así pues, aprovecharemos esta oportunidad de llegar al público, para explicar no ya la crisis crediticia sino el transfondo que hace que el sistema financiero actual sea una gran estafa para la gente trabajadora, así como un peligro para la sostenibilidad de la vida en nuestro planeta. Entenderemos de este modo el papel que juegan los bancos, como los principales responsables de todo en definitiva.

Historia de la creación del dinero

El origen del negocio bancario se remonta a cuando el oro era el dinero real y, como tal, lo guardaba el orfebre en su almacén. Como que el oro era muy pesado e incómodo de mover, el dinero en circulación eran participaciones de este dinero metálico. Un día, el orfebre pensó que podía cobrar interés por el préstamo de estas participaciones y para compensar empezó a pagar un interés menor a los depositarios de este oro; así se inició en Europa el negocio bancario.

Este sistema tenía el problema de que la posibilidad de prestar dinero estaba claramente limitada por la cantidad de oro en circulación; entonces los orfebres, ya convertidos en banqueros, inventaron el sistema de reserva fraccionaria, que consiste en qué sólo hay en reserva una parte de lo que realmente se presta. O dicho de otra manera, a partir de un dinero real se crea dinero de la nada en una proporción que, teniendo en cuenta que no todo el mundo retirará su dinero a la vez, nunca pone en dificultades a los banqueros a la hora de devolver depósitos. Esta proporción acostumbraba a ser del 10%, es decir, 10 unidades en circulación por cada unidad real de oro existente en la reserva.
Este aumento del dinero en circulación favoreció la expansión comercial en el mundo y, una vez conocida por los estados, en vez de prohibirse se reguló. Para controlar el riesgo que eso significaba si se sabía que no había dinero para devolver a todo el mundo, se creó el sistema de bancos centrales, los cuales dispondrían de reservas de oro adicionales para poder prestar a los bancos en momentos de crisis.

La creación del dinero en la actualidad

Con el tiempo, el sistema de bancos centrales y reserva fraccionaria se ha convertido en el dominante en el mundo; el oro que garantizaba el dinero en circulación fue menguando hasta que en el 1971 se hizo desaparecer el patrón oro, es decir que se dejó de usar el oro como base real del dinero.

Aún cambiando este aspecto fundamental del sistema monetario, los bancos centrales y el sistema de reserva fraccionaria continuó, pero con unas reservas que consisten tan solo en anotaciones bancarias creadas en algún momento por los bancos centrales; reservas que significan dinero pero que no están garantizadas por ningún dinero que tenga una base material. Eso cambia completamente la naturaleza del dinero porqué todo lo que tenemos actualmente en circulación sale de la nada y por tanto es un puro contrato, que sólo tiene valor porqué todo el mundo se lo da.

El dinero que se crea hoy en día, se crea básicamente a partir de préstamos, es decir en forma de deuda, ya sea pública, comercial, externa o de particulares. I no sólo eso, sino que cuando se devuelven las deudas, este dinero desaparece, de manera que así el sistema financiero dispone de una herramienta para ampliar o reducir el dinero en circulación.

El dinero, lo crean los bancos centrales y los bancos privados. Sólo entre el 3 i el 5% del dinero en circulación ha sido creado por los bancos centrales, el resto lo crean los bancos privados a través de los créditos así como (y cada vez más) a través de complejos sistemas de especulación financiera.

Hoy en día, la creación de dinero sólo está limitada por un reglamento que indica en qué condiciones pueden prestar dinero los bancos y como tienen que hacer cuadrar las anotaciones en su balance para hacerlo.

En el caso de la Unión Europea, el reglamento que obliga a los bancos con el BCE (Banco Central Europeo), dice que tienen que tener como reserva como mínimo el 2% del total del dinero; el otro 98% lo pueden prestar e invertir. El dinero depositado a un plazo igual o superior a 2 años no está afectado por esta norma, y se puede invertir al 100%. Todo esto se puede comprobar en el artículo 4 del Reglamento (CE) nº 1745/2003 (BCE/2003/9).

Los estados ante la creación privada del dinero

¿Si el dinero ya no es oro (que era la justificación con qué se creó el sistema de banca comercial y los bancos centrales, como responsables de guardar el oro y convertirlo en dinero en circulación), cómo es que siguen siendo sólo los bancos los únicos que pueden crear dinero? ¿I por qué únicamente lo hacen en forma de deuda que hay que devolver-les con intereses?
Dicho de otro modo: ¿Por qué los Estados tienen que pagar intereses a su banco central para así poder financiar el gasto público, cuando es dinero que podrían crear directamente los Estados en el momento de realizar estos gastos?
Quizás la única respuesta lógica que se nos puede acudir es que la banca es quién controla a los gobiernos y no al revés, ¿verdad?

A Mayer Rothschild, miembro de la dinastía europea de banqueros más poderosa, se le recuerda por una cita que rezaba: “Dejarme emitir y controlar la creación del dinero de una nación y me dará igual quién haga las leyes”

Los intereses y la necesidad del crecimiento exponencial

Cuando un banco concede un crédito está creando el dinero del principal del crédito, pero no el dinero correspondiente a los intereses que el banco hará pagar al deudor durante la vida del préstamo. Dado que todo el dinero en circulación se crea en forma de deuda con intereses, podemos concluir que el dinero para devolver todos los intereses de la deuda simplemente no existe.
Entonces, ¿cómo es que el sistema financiero ha sobrevivido tanto tiempo? Fundamentalmente por dos razones.

1. Porqué se financia con el endeudamiento creciente, es decir que el dinero en circulación tiene que ir aumentando constantemente por tal que se puedan pagar los intereses de las deudas y el sistema no colapse. Eso tiene que ver con como el sistema incita cada vez más a todo el mundo para que se endeude, empezando por las personas con hipotecas, préstamos personales fáciles y rápidos, tarjetas de crédito; pero también las empresas y los estados. Hablamos pues de crecimiento exponencial, de la economía y del espolio de los recursos naturales del planeta.

2. Porqué hay quién no devuelve el dinero principal de las deudas y sólo paga el interés. Éste es el caso de las deudas públicas de los estados más poderosos, o de diversas empresas e instituciones poderosas que tienen unas condiciones privilegiadas; o probablemente también por todas las figuras topo pólizas y tarjetas de crédito, en las cuales tampoco se devuelve el dinero principal y el contrato se acostumbra a renovar año tras año de manera indefinida.

En todo caso, esto nos da a entender hasta que punto el sistema financiero necesita una deuda en aumento, y como puede llegar a estar de relacionado el aumento de las hipotecas y de los créditos al consumo con el mantenimiento del sistema financiero actual.

Por lo tanto, dentro del contexto global todo el mundo está endeudado, y la diferencia sólo se encuentra entre los que tienen que devolver las deudas y los que no.

La banca y la burbuja inmobiliaria

Si hace 15 años era impensable que se concediera una hipoteca a más de 15 o 20 años, esta posibilidad se ha doblado expresamente, desde los bancos y cajas, hasta los 35 y 40 años de hipoteca actuales. Con esta acción tan simple y a la vez perversa, la banca ha facilitado y provocado el encarecimiento de la vivienda, ya que aumentando la capacidad de endeudamiento de las personas ha hecho crecer los precios que tenemos capacidad de pagar.

Eso ha beneficiado a la banca porqué, con las hipotecas, ha podido crear dinero y cobrar intereses en una cantidad muy alta y con un índice de morosidad mínimo, gracias a la característica de necesidad básica de vivienda. Con el aumento de precios, ha provocado el crecimiento desorbitado de los beneficios de las principales constructoras e inmobiliarias del Estado y así de sus propios beneficios, ya que los principales accionistas de la mayoría de estas empresas son bancos y sobretodo cajas.

La inflación como robo silencioso de nuestro poder adquisitivo

En crear dinero y cobrar intereses sobre éste, los bancos están creando inflación, es decir, están aumentando la cantidad de dinero disponible sin aumentar al mismo tiempo la oferta de bienes y servicios. Si aumentásemos la cantidad de moneda en circulación al doble sin aumentar la cantidad de productores en un modo equivalente, no nos convertiríamos en el doble de ricos, ya que, como que habría los mismos bienes, los precios también se doblarían.

Esta sobrecreación de un dinero que estamos obligados a utilizar nos afecta a todas las personas (seamos o no clientes de los bancos), y cuando este privilegio se mantiene en exclusiva por un grupo de instituciones privadas, podemos concluir que se trata de un robo legal por el cual el dinero pierde valor en cada porción de tiempo en qué lo tenemos. Todo esto significa una inmensa cantidad robada.

Además, la inflación también sirve para cerrar el círculo, ya que hace que el dinero sólo tenga un lugar fácil dónde refugiarse de la pérdida de valor y este lugar es un banco. Así las personas, y especialmente las que ahorran, estamos forzadas a protegernos de la devaluación buscando refugio en un banco, el cual con este nuevo ingreso podrá crear más dinero y producir más inflación haciendo que la rueda no se pare. La inflación atrapa nuestro dinero en el sistema bancario y es el mejor incentivo que tiene para captar depositarios.

Una de las consecuencias de este proceso es la desposesión que sufren los jubilados. Las trabajadoras retiradas ven como aun habiendo tenido una vida entera dedicada al trabajo, al final de su vida productiva se encuentran con qué su renta de jubilación les da un poder adquisitivo cada vez más bajo. Precisamente a la edad en qué tendrían que poder gozar de todo el esfuerzo realizado, resulta que es cuando menos tienen.

El robo financiero en el ámbito internacional.

El financiamiento también interviene dentro del contexto de los intercambios económicos internacionales, es decir de las importaciones y de las exportaciones de materias primeras y productos manufacturados. Si un país tiene una balanza de pagos negativa, es decir que paga más por lo que importa que lo que cobra por lo que exporta, no podría comprar todo lo que querría si no se endeudara.
La deuda externa por lo tanto es consecuencia del déficit comercial de las empresas y el gobierno de un país en su balanza de pagos internacionales.

Desde después de la Segunda Guerra Mundial este comercio internacional se hace básicamente en dólares y desde el 1971, cuando eliminan el patrón oro, la Reserva Federal Americana (FED), tiene total libertad para poner o dejar de poner en circulación los dólares que quiera, ya que no tiene que dar explicaciones a nadie ni demostrar ninguna garantía; tres cuartos de los mismo la banca privada de Estados Unidos, con el único límite de la fracción de reserva que ha de mantener. De este modo, controlando la creación de dólares, una minoría financiera (recordamos que la FED es una entidad privada) controla los valores de las relaciones económicas internacionales. De esta manera EEUU puede comprar todo lo que quiera fuera, mientra que los otros países contraen deudas que tienen que pagar. Los poderes internacionales aprovechan esta deuda para obligar a los países endeudados a asumir determinadas políticas de apertura de fronteras para las mercaderías y la especulación financiera, forzando así que los poderosos se apropien de sus producciones y recursos naturales a precios irrisorios.

El dinero tal y como está concebido es una herramienta a partir de la cual determinados poderes financieros se apropian de todos los recursos naturales y humanos del planeta.

Crecimiento infinito vs. Planeta finito

Este sistema financiero depende de la concesión de cada vez más cantidad de dinero en préstamos. Los préstamos se traducen finalmente en un impacto ambiental dado que la gente los pide para comprarse un coche, para viajar, para ampliar una industria o para construir casas, entre otros ejemplos. Podemos ver entonces, que este sistema de crecimiento de la economía mediante el préstamo depende de la conversión constante y creciente de recursos naturales en CO2 y residuos. Y por tanto, en un momento en qué estamos llegando a los límites del crecimiento de la producción de energía a causa del declivio del petróleo y cuando también se acercan los límites de muchas explotaciones mineras, podemos concluir que este sistema creado hace más de 300 años en base al crédito creciente no puede continuar tal y como ahora los conocemos.
Esta reflexión coincide con una gran crisis financiera global, así que nos atrevemos a preguntarnos: ¿Significa la crisis actual el fin del sistema financiero basado en el crecimiento?

Guerras y finanzas

Quizás no os sorprenderá oír que detrás de todas las guerras hay intereses de la industria de armamento para vender más armas y embolsarse mucho dinero. La generación de necesidades de dónde no las había es común en todas las prácticas del capitalismo actual, ya sean armas, nuevos televisores, sistemas de vídeovigilancia o aparatos eléctricos domésticos, siempre nos encontramos con importantes intereses comerciales detrás.
Más desconocido por el gran público, es la utilización de las guerras por el mundo de las finanzas. La banca utiliza las guerras al menos de dos maneras fundamentales. Por un lado los astronómicos gastos económicos que genera una guerra permiten al poder financiero hacerse con el dominio de los países en lucha; éstos tendrán que estarse muchos y muchos años haciendo frente a la deuda externa contraída como ha sido el caso históricamente de Nicaragua, Filipinas, Nigeria, Camerún, Costa de Marfil y Zaire.
Por otro lado las guerras en qué intervienen principales potencias, como es el caso de EEUU, permiten crear una gran cantidad de dinero, en forma de deuda pública de los cuales sólo se pagan intereses y de esta manera se da al sistema la liquidez que necesita. La guerra de Irak ha permitido a los bancos de EEUU crear 3 billones de dólares desde su inicio. Éste ha sido el coste de la guerra por EEUU y a la vez es la cantidad que ha aumentado su deuda nacional en el mismo periodo, que actualmente es de cerca de 10 billones de dólares. Es un dinero que no pagan los ciudadanos norteamericanos sino los de todo el mundo a través de la inflación.

Referencias para ampliar la información:

  • Capitalismo (financiero) global y guerra permanente. El dólar, wall street y la guerra contra Irak. Ramón Fdez Duran, Virus Editorial
  • El dinero es deuda; vídeo animado sobre el funcionamiento del sistema monetario, puedes encontrarlo en buscadores, doblado al castellano: http://www.moneyasdebt.com
  • Documentos, libros y artículos en relación a cómo funciona el sistema monetario: http://www.altruists.org/375
  • Un noticiario digital; otra manera de pensar en los hechos económicos: http://www.altereconomia.org
  • Foros de debate y aprendizaje sobre la burbuja financiera e inmobiliaria: http://www.burbuja.info
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Breve historia del éxito que explicaremos en Washington, de Ana R. Cañil en Soitu.es

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

Nos admiran en Washington, nos reconocen ingleses y franceses. La regulación bancaria que debe tomarse como referencia para afrontar la gravísima crisis financiera es la que aplica el Banco de España. Lo dicen los protagonistas del crack mundial. Pero esa legislación costó salud, sudor y lágrimas. Desde 1977 hasta bien entrados los años 80, en este país desaparecieron 51 bancos —el 50% de los que había—, 14 cajas de ahorro y 20 cooperativas de crédito. En los despachos del Banco de España y de la Corporación Bancaria, un grupo de hombres desconocidos para el público, tan brillantes de cerebro como grises de aspecto, fueron acuñando sobre la marcha el nombre de las píldoras que, poco a poco, pararon la sangría.

Este sábado 15 de noviembre, España acudirá a la reunión del G-20, gracias a la generosidad de Nicolás Sarkozy y al aval del ‘sistema de regulación aplicado a la banca española’, esas leyes que han evitado —hasta ahora— que la banca española siguiera el desagradable camino que sus colegas norteamericanos o europeos.

Ha habido que esperar a que el primer ministro británico, Gordon Brown, confesara hace semanas su admiración por la legislación reguladora de España y apoyara la legitimidad de nuestro país para acudir a la Cumbre de este sábado, y, después, que el venerable Wall Street Journal llevara a su portada que el modelo español era el que había que seguir para paliar la debacle, para que, de pronto, los más escépticos, esos que militan en el papanatismo —”lo de dentro siempre es lo peor”— se pusieran al frente de la manifestación. Unos cuantos políticos, otros cuantos economistas y varios listillos se apuntan ahora al éxito.

Quizá sea éste el momento para recordar que ese modelo se forjó a golpe de sustos y de la pericia de unas docenas de hombres, la mayoría de ellos situados alrededor del Servicio de Estudios del Banco de España. Unos tipos tan brillantes de cerebro como grises de aspecto, y algunos de cuyos nombres no merecen quedar en la segunda fila.

Contexto

Cuando el 25 de octubre de 1977 se firmaron los pactos de La Moncloa —la clave de la Transición para afrontar una situación económica gravísima—, a la reforma del sistema financiero se la despachó con nueve puntos, el primero de los cuales establecía que, antes del 31 de marzo de 1978, el Gobierno remitiría a las Cortes un proyecto de ley para la “nueva regulación de órganos rectores del Banco de España y del crédito oficial”.

Falta hacía esa nueva regulación, y con todo, no llegó a tiempo. Entre 1978 y 1983, en plena Transición y unida las tensiones políticas de aquellos tiempos, de los 110 bancos que había en 1977, 51 entraron en crisis, ya fuera por problemas de solvencia, mala gestión, decadencia de varias de las familias de la antigua oligarquía del régimen o todo a la vez.

Apellidos aristocráticos

Quizá sea más fácil de comprender lo que significó si ponemos nombre a algunos de aquellos bancos que o se fueron al garete, o bien fueron comprados por otros más grandes. Banca Catalana, Banco Urquijo, Banco de Levante, Banco Occidental encabezaban los agujeros más grandes, y bastaba bucear en sus consejos de administración para encontrar todo tipo de apellidos rimbombantes de la aristocracia de toda la vida, pero también de muchos nuevos ricos que literalmente se habían ‘forrado’ en la década de los 60, con el despegue económico español.

Toda esta tormenta tenía lugar en plena Transición, con una crisis económica de caballo, atentados terroristas día sí y día también, y la amenaza de los espadones (el 23-F el más sonado) en los periódicos.

Por seguir con los apellidos sonoros (algunos de cuyos herederos hoy se encuentran fácilmente en las páginas del papel couché), se puede mencionar también la quiebra o los problemas de entidades como la Banca Mas Sardá, la Banca López Quesada, los bancos de los Coca, de los Masaveu y de los Fierro.

Esos 51 bancos gestionaban unos 9.500 millones de euros (de los de entonces) y empleaban a 35.660 personas.

Pero no sólo la mitad del sistema bancario se fue al garete. Catorce cajas de ahorro y 20 cooperativas de crédito dieron también con sus huesos en el suelo. Y toda esta tormenta tenía lugar en plena Transición, con una crisis económica de caballo, atentados terroristas día sí y día también, y la amenaza de los espadones (el 23-F el más sonado) en las primeras páginas de los periódicos.

Los que daban la cara

Cuando esta tormenta también perfecta estalló, el Banco de España se encontró con que no tenía, ni de cerca, las armas, los instrumentos necesarios para hacer frente a la hecatombe. Y trabajaron sobre la marcha, a veces improvisando, a veces “con mucho ingenio y siempre metiendo muchas horas”, reconoce quien fuera primer director del Fondo de Garantía de Depósitos, Aristóbulo de Juan, luego director general del Banco de España.

En 1977, aunque el gobernador del Banco de España era José María López de Letona, aparece un subgobernador, alguien que durante décadas puso la cara adusta a la crisis bancaria y se convirtió en el terror de los malos gestores. Se llamaba Mariano Rubio, y a su sombra se forjó el equipo que gestionó la debacle de 75 entidades que se hundieron.

Nadie entonces podía prever que con los años, Rubio pasaría de ser el hombre del poder absoluto al ‘apestado absoluto’. El escándalo Ibercorp, que le convirtió en cómplice de todo contra lo que había luchado durante su etapa de subgobernador, puso un triste broche final a su vida. En 1999, el día de su entierro, víctima de un cáncer de colon, pocos de sus amigos de la época gloriosa acompañaron a Carmen Posadas, su segunda esposa, al cementerio de La Almudena.

El becerro de oro arruina una etapa

Dicen sus viejos amigos que a ‘Simplemente Mariano’ (como tituló un famoso artículo el entonces redactor jefe de El País, Martínez Soler) se lo llevó por delante un empacho de poder absoluto, las grandes fusiones bancarias y el lujo, el glamour y los delitos de cuello blanco de los 80. Los Mario Conde, De la Rosa, la foto de la Chávarri sin bragas, las Klopowitz, los Albertos. Eran los años locos del becerro de oro, que arrastraban la suciedad que engendraron asuntos como Banesto e Ibercorp, el negocio de su amigo, Manolo de la Concha, ex síndico de la Bolsa, que le llevó a los tribunales y al oprobio.

Pero hasta llegar aquellos postreros días de locura que tan mal acabaron, Rubio fue un subgobernador de mano de hierro, que gestionó la transición del sistema financiero rodeado por un grupo de personajes únicos y aburridos de puertas afuera, que diseñaron la legislación hoy tan admirada.

A la cabeza de uno de esos grupos estuvo un tipo de nombre Ángel Madroñero , un director general calvo, redondo, denso en la expresión y afable en el trato, que tenía a sus ordenes a otros personajes algo más jóvenes, como José Luis Núñez, un subdirector del Banco de España, trabajador inagotable, el ideólogo de un documento del que hoy muy pocos se acuerdan (si acaso, en alguna cátedra de Economía) y que se llamó ‘la Pastoral’, el embrión que daría lugar a la legislación que en 1980 permitió la creación del Fondo de Garantía de Depósitos.

Aunque ‘la Pastoral’ estructurada por Núñez en su esqueleto no era de obligatorio cumplimiento, “nos las arreglábamos para implantarla”, recuerda Aristóbulo de Juan, primer director del Fondo de Garantía de Depósitos. Así se acuñaron conceptos como clasificación de riesgos, provisiones, mínimos de capital y concentración de riesgos.

A medida que se van saneando los bancos, los responsables de la Corporación Bancaria y del Banco de España “vamos aprendiendo “latín”, recuerda De Juan con una sonrisa algo nostálgica. Luego, en 1982 , desde la Dirección General de Supervisión, dio un empujón, gracias a todo lo aprendido en la gestión de los bancos en crisis.

El ‘cocinero de circulares’

Un día de abril de 1982, cuando la tormenta iba amainando, José Luis Núñez se quedó seco de un infarto en su despacho. La muerte del padre de Soledad Núñez, la actual directora general del Tesoro, y Susana Núñez, uno de los cerebros ocultos en el edifico de la Plaza de Cibeles (sede del Banco Central), impactó profundamente en los solemnes pasillos y columnas neoclásicas del Banco de España, tan poco dados al sentimentalismo.

Las circulares de Poveda eran unos folios que hacían temblar a los gestores más chapuzas de la banca, temiendo la nueva ocurrencia de los “chicos de la élite de Ángel Rojo” para jorobarles los resultados.

Pero para entonces ya estaba en primera fila Raimundo Poveda, un hombre de Madroñero y Rojo, a cuyas manos pasó toda la regulación, cuando ya tenía experiencia en la inspección de instituciones financieras. Con la regulación en manos de Poveda, cerebro sólido y brillante desde el punto de vista jurídico y financiero pero con fama de aburrido y gris para la época, la regulación que hoy causa admiración se fue cocinando a golpe de circular. Las circulares eran unos folios que, cada vez que se anunciaba su nacimiento desde el Banco de España a las entidades, hacían temblar a los gestores más chapuzas de la banca, temiendo qué nueva ocurrencia habrían tenido los “chicos de la élite de Ángel Rojo, los del Banco de España” para jorobarles los resultados, tal y como recuerda otro bancario jubilado de uno de los dos grandes grupos que hoy han sobrevivido.

Porque a ese ‘cocinero de circulares’, de nombre Raimundo Poveda, poco amigo de periodistas, pero estimado por sus jefes, desde el propio Rubio, pasando por el economista de referencia del keynesianismo español, el que fuera gobernador, Luis Ángel Rojo; desde el gobernador Jaime Caruana a los últimos subgobernadores, como Miguel Martín o Gonzalo Gil, nadie se ha atrevido a discutirle el grueso de los méritos de esos conceptos ahora tan respetados. Todos ellos tienen su base en el ‘coco’ de Poveda.

Un tipo tan serio, sesudo y formal a quien de nada le sirvió su discreción en los tiempos de los locos años 80, cuando personajes como Javier de la Rosa pagaban para hacerle seguir, y le fotografiaban en los paseos del Retiro, hablando con algún periodista a quién De la Rosa consideraba su enemigo.

Los pioneros

Hace ocho años que Poveda se jubiló. En las últimas semanas, los medios económicos con memoria histórica le han buscado otra vez. En una reciente entrevista en Cinco Días, el ideólogo que impuso términos como ‘provisiones contracíclicas’, que irritaban tanto a los bancos, que les costaron críticas nacionales e internacionales, reconoció que “hemos sido pioneros en muchas cosas”. No en vano se chupó 25 años en el área de Regulación Financiera del Banco de España, viendo marchar a muchos de sus mentores, como el propio Mariano Rubio o Luis Ángel Rojo.

En 1993, cuando el gobernador Rojo, el subgobernador Miguel Martín y el propio Poveda pensaban que ya lo habían visto todo —ellos mismos desde diferentes atalayas de la Administración habían seguido la intervención de la Rumasa de Ruiz Mateos el 23 de febrero de 1982— pusieron desenlace a lo que había comenzado en 1978.

El 28 de diciembre de 1993, día de Los Santos Inocentes, se anunció la intervención de Banesto, el banco ‘pata negra’ durante décadas del sistema financiero español. El de Aguirre Gonzalo y los Garnica, para entonces en manos de otro personaje que haría historia económica y política del dorado al negro, resultado directo de la etapa del ‘becerro de oro’: Mario Conde. Fue la última vez en que la estructura reguladora, la previsión y las provisiones previstas, el trabajo de prudencia llevado a cabo durante dos décadas, se puso a prueba. Y resistió más allá de la política, de la corrupción, de una fea etapa que condujo a la decadencia al último Gobierno de Felipe González.

Fin de la historia. Por ahora

Esta breve historia —muy larga para muchos de nuestros lectores— en la que nos habremos dejado aparcados decenas de nombres que fueron claves en aquellos años, es la que hoy y mañana permitirá a un presidente de nombre José Luis Rodríguez Zapatero, socialista, que en 1978 tenía 18 años, presumir y defender en Washington lo que han asumido el primer ministro británico, Gordon Brown, y el periódico económico más influyente del mundo, The Wall Street Journal: que el modelo regulador español es el mejor. Hasta ahora. Hace años que los sesudos y grises señores del Banco de España lo predican por el mundo —incluido el gobernador Jaime Caruana cuando participaba en la elaboración de las normas insufribles para superexpertos de Basilea II—, pero ya se sabe que nadie es profeta en su tierra.

Por último, un ex consejero de la gran banca, humanista y jubilado —no prejubilado— bromeaba al asesorar para este artículo: “Sí, es verdad. Esta es la mayor crisis económica de la historia, puede que peor que la depresión del 29. Pero estamos en un país en donde hace 30 años quebraba un banco al mes, moría un guardia civil por día, había una amenaza velada de golpe de Estado cada día en los periódicos y una crisis económica de caballo. ¿Por qué me voy a llevar ahora las manos a la cabeza? Qué lo hagan estos jóvenes para los que escribís en internet. Ahora les toca a ellos. Veremos lo que dan de sí.”

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Su crisis y la nuestra, de Carlos Taibo en laRepublica.es

Posted in Economía, Política by reggio on 15 noviembre, 2008

1. La afirmación, muy extendida, que subraya que la crisis de estas horas recuerda poderosamente a la de 1929 se topa con un problema severo: la crisis contemporánea tiene un carácter múltiple que no exhibía la de ochenta años atrás. Y es que hoy se dan cita, en una combinación explosiva, la crisis del capitalismo global —y de su dimensión especulativo-financiera y desreguladora—, la derivada del cambio climático —un proceso de consecuencias inequívocamente negativas—, la surgida del encarecimiento inevitable de las principales materias primas energéticas que empleamos y, en fin, y si así se quiere, la nacida de un crecimiento demográfico de efectos muy delicados. En semejante escenario, si la crisis de 1929 sirvió de asiento a la consolidación de los fascismos en la Europa del decenio siguiente, con las consecuencias conocidas, la de hoy anuncia procesos tanto o más inquietantes.

2. La principal respuesta que, ante la crisis, han abrazado los principales centros de poder, en Estados Unidos como en la Unión Europea, es tan insuficiente como inmoral. Su propósito principal no es otro que sanear un puñado de instituciones financieras desde hace tiempo entregadas a prácticas lamentables. El objetivo, visible, es que cuanto antes puedan volver a las andadas. Al respecto se antoja muy llamativo, por cierto, que apenas se hayan abierto causas legales contra los directivos de esas instituciones. Tan llamativo como que los gobiernos, convidados de piedra mientras las empresas acumulaban, tiempo atrás, formidables beneficios, acudan ahora presurosos, con el dinero de todos, a su rescate en etapa de vacas flacas.

Bien es verdad que en el terreno formal se postula —véanse, si no, las reiteradas declaraciones del presidente francés Sarkozy— un capitalismo más regulado. Entiéndase bien lo que esto, en los hechos, significa: cuando se sugiere que hay que cancelar los abusos que han acompañado al despliegue del proyecto neoliberal se olvida que este último es, en sí mismo, un abuso. La parafernalia retórica empleada pretende hacernos olvidar que en realidad no hay ningún designio de abandonar ese proyecto, como lo demuestra, sin ir más lejos, el hecho de que nadie en los estamentos directores de la Unión Europea haya apuntado la conveniencia de prescindir, sin trampas, de un tratado, el de Lisboa, de clara vocación desreguladora.

3. Pero es urgente subrayar que, de nuevo a diferencia de lo que ocurrió con posterioridad a 1929, hoy las respuestas keynesianas se topan con problemas insorteables. El principal de ellos es, sin duda, el que nace de los límites medioambientales y de recursos que acosan al planeta. Quienes estiman, por ejemplo, que la obra pública en infraestructuras de transporte es una respuesta airosa frente a la crisis deberán explicarnos quién va a utilizar las maravillosas autovías que se aprestan a construir cuando el litro de gasolina, dentro de unos años, cueste seis, ocho o diez euros. ¿Qué es, por cierto, lo que tendrá a bien explicar el presidente Rodríguez Zapatero en una macrocumbre mundial: la racionalidad sin límites de una burbuja inmobiliaria que nada hizo por contrarrestar? ¿Su apoyo de siempre a la miseria que emana del Fondo Monetario, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio?

Si el keynesianismo fue una respuesta funcional para la operación de rescate del capitalismo en el decenio de 1930, hoy, con toda evidencia, ya no lo es. No deja de ser significativa, por lo demás, la ausencia de respuestas que remitan a algo que huela, y permítasenos el oxímoron, a un keynesianismo verde de franca vocación redistribuidora.

4. La condición material de las respuestas neoliberal y keynesiana obliga a poner el dedo en una llaga sangrante: hoy por hoy, e infelizmente, la distinción entre lo público y lo privado tiene un alcance limitado. Si la naturaleza de los intereses privados y de sus juegos macabros salta a la vista, conviene prestar atención a la interesada ambigüedad que impregna la conducta de tantos poderes públicos claramente volcados al servicio de esos intereses. No se olvide al respecto, y en singular, que la actitud del presidente norteamericano Bush ha sido y es plenamente consecuente: si en el pasado defendió con obscenidad los intereses de las transnacionales estadounidenses, hoy lo sigue haciendo con el concurso de la maquinaria y los recursos del Estado.

Así las cosas, la simple reivindicación de lo público no basta. A la vieja demanda de socialización de la propiedad se suma ahora la necesidad inexorable de evaluar la idoneidad, o la falta de ésta, de la acción de los gobiernos en un escenario en el que, con la anuencia de éstos, son formidables corporaciones económico-financieras que operan en la trastienda las que dictan la mayoría de las reglas del juego. El esquema correspondiente se ajusta puntillosamente a la bien conocida máxima que invita a privatizar los beneficios al tiempo que las pérdidas, en cambio, se socializan.

5. Es significativo que en estos días a gobernantes y medios de comunicación sólo les preocupe la primera, y la menos importante por ser la más fácilmente solventable, de las cuatro crisis que identificamos. Semejante conducta sólo puede explicarse en virtud, de nuevo, del propósito de salvar la cara al proyecto neoliberal y eludir, con ello, cualquier consideración seria de lo que se nos viene encima. Al respecto, y dicho sea de paso, la crisis se ha convertido en una formidable cortina de humo que permite mover pieza en terrenos delicados. En las últimas semanas se ha recurrido con frecuencia, en particular, a la aseveración de que la crisis financiera ha dado al traste con los Objetivos del Milenio o con la lucha contra el cambio climático, como si uno y otro proceso no estuviesen muertos antes de la propia crisis. En la misma línea, sobran las razones para concluir que son muchos los empresarios decididos a aprovechar la tesitura para, con gran contento, prescindir de muchos de sus trabajadores.

Nunca se subrayará lo suficiente, entre tanto, que los 700.000 dólares invertidos en el plan de rescate estadounidense permitirían resolver de una tajada los principales problemas planetarios en materia de sanidad, educación, alimentación y agua. Este dato, por sí solo, se convierte en un fiel retrato de las muchas miserias que tenemos entre manos.

6. Hay que dudar del buen sentido de una percepción que, desde mucho tiempo atrás, marca poderosamente nuestras reflexiones: la que sugiere que, en un imperturbable esquema cíclico, a una etapa de recesión seguirá, por necesidad, otra de bonanza, y a ésta una nueva de recesión… hasta el final de los tiempos. Si el problema de fondo al que nos enfrentamos en estas horas es la desaparición de la mayoría de los mecanismos de freno que históricamente el capitalismo ha sido capaz de desplegar, su manifestación más clara hoy es la más que razonable duda —fácilmente perceptible en el comportamiento de muchos agentes económicos— de que a la recesión de estas horas le vaya a seguir una etapa de bonanza. La futilidad de las respuestas neoliberal y keynesiana aconseja concluir que, aun cuando en el corto plazo el capitalismo global pueda abandonar la senda de la recesión, no estará haciendo otra cosa que aplazar unos años su agonía.

7. En la magra discusión mediática que ha cobrado cuerpo sobre la crisis faltan, visiblemente, dos elementos: una consideración crítica de la ratificada condición de permanente injusticia y desigualdad que caracteriza al capitalismo, por un lado, y una conciencia clara, por el otro, de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Al respecto de esta última hay que colocar en lugar central el concepto de huella ecológica, con el recordatorio paralelo de que hemos dejado muy atrás las posibilidades materiales que la Tierra nos ofrece, de tal suerte que en los hechos estamos consumiendo recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras. Hasta el momento presente —y seamos generosos en el argumento— hemos reducido un poco la velocidad del barco en el que nos movemos camino de un acantilado, pero en modo alguno hemos modificado el rumbo.

8. Sorprende sobremanera que en la discusión mencionada no haya espacio alguno, en los países ricos, para tomar en serio la imperiosa necesidad de acometer un proyecto claro de decrecimiento en la producción y en el consumo. Y, sin embargo, bien sabemos que el crecimiento económico, idolatrado, no propicia una mayor cohesión social, genera agresiones medioambientales a menudo irreversibles, se traduce en el agotamiento de recursos con los que no van a poder contar nuestros hijos y nietos, y, por si poco fuere, facilita el asentamiento de un modo de vida esclavo que, al calor de la publicidad, del crédito y de la caducidad, nos invita a concluir que seremos más felices cuantos más bienes acertemos a consumir.

Frente a toda esa sinrazón hay que defender la solidaridad y el altruismo, el reparto del trabajo, el ocio creativo, la reducción en el tamaño de un sinfín de infraestructuras, la primacía de lo local y, en suma, la sobriedad y la simplicidad voluntarias. Si el decrecimiento y la redistribución de los recursos ganan terreno se podrían reflotar sectores económicos que guardan relación con la satisfacción de las necesidades, y no con el sobreconsumo y el despilfarro, con la preservación del medio ambiente, con los derechos de las generaciones venideras, con la salud de los consumidores y con la mejora de las condiciones de trabajo. Nada de esto forma parte, sin embargo, del horizonte mental que manejan nuestros gobernantes, en el mejor de los casos interesados por lo que pueda ocurrir, en un par de años, al calor de las próximas elecciones. Sorprende que estas gentes se presenten a los ojos de muchos de sus conciudadanos como personas sensatas y diligentes que tienen solución para todos nuestros problemas.

9. La crisis en curso, que tantos habíamos previsto, anuncia una edad de oro para los movimientos de contestación, que pronto podrán observar cómo, pese al miedo y la sumisión que las autoridades desean crear, muchas gentes están dispuestas a escuchar y asumir mensajes radicales que hace bien poco quedaban rápidamente en el olvido. Para salir airosos en este nuevo escenario, esos movimientos tienen que combinar la contestación activa del trabajo asalariado y de la mercancía —del capitalismo, para entendernos— con una consideración cabal de las exigencias que se derivan de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Un viejo lema, ’socialismo o barbarie’, se halla hoy de mayor actualidad que en cualquier otro momento de la historia. En su trastienda resuenan las palabras de Walter Benjamin: “La revolución no es un tren que se escapa. Es tirar del freno de emergencia”.

10. La consolidación de esos movimientos de contestación/emancipación es tanto más urgente cuanto que por momentos se adivina un renacimiento de muchas de las políticas que abrazaron, ocho decenios atrás, los nazis alemanes, defendidas ahora, no por ultramarginales grupos neonazis, sino por algunos de los principales centros de poder político y económico. Estos últimos, claramente conscientes de la escasez que se avecina, parecen decididos a aplicar radicales formas de darwinismo social militarizado encaminadas a preservar para una escueta minoría los recursos que todavía se hallan a nuestra disposición. Muchas de las políticas que abrazan los gobernantes norteamericanos del momento, y muchas de las que se adivinan en una Unión Europea cada vez más firmemente decidida a deshacerse de los inmigrantes que no interesan, se mueven por esa peligrosa avenida.

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Sobre la memoria histórica y la calavera de García Lorca (II), de Alfonso Sastre en Gara

Posted in Derechos, Historia, Justicia, Libertades, Memoria by reggio on 15 noviembre, 2008

Publicamos hoy la segunda entrega del análisis de Alfonso Sastre sobre la memoria histórica, que se corresponde con el texto ampliado del que fue leído en Cortes, Nafarroa, el 1 de noviembre de este año, en el Homenaje a los Fusilados por defender las ideas de Paz, Justicia y Libertad. En él, el autor diserta sobre la legitimidad compartida por quienes desean exhumar los restos de familiares muertos por la represión franquista y por aquéllos que abogan por lo contrario.

Continuamos, pues. Por parte del bando republicano, dice Eceolaza -a quien citamos en el artículo anterior por su escrito «Lo público de la memoria», aparecido en la revista «Página Abierta»- que se dio muerte a unas 70.000 personas , y que el franquismo «asesinó a unas 100.000». «Pero es que -sigue Eceolaza con muy buen sentido- tras la guerra civil, pudiendo aplicar la paz, el régimen franquista impuso su victoria. Más de 192.000 personas fueron fusiladas y cerca de 4.000 más murieron de enfermedad en los campos de trabajo o en las prisiones».

Según el autor de este artículo -y nosotros suscribimos sus palabras, sobre la base de nuestros propios recuerdos y otras lecturas-, se pueden diferenciar tres etapas en este horror franquista que hoy se trata de recordar: 1.- La guerra, desde Julio de 1936 hasta febrero de 1937. 2.- La de los «Consejos de Guerra Sumarísimos de Urgencia», desde marzo de 1937 hasta principios de 1945. 3.- La de la represión «contra los guerrilleros y sus colaboradores», que se prolongó «hasta mediados de los años 50».

Creo que está muy bien, en suma, todo lo que se haga a favor de una memoria histórica, y es cierto también que no podemos descansar cediendo esa responsabilidad a la existencia actual de más prótesis de la memoria que en otros tiempos, cuando la memoria se recogía sólo en los libros y, más tarde, en los periódicos. Me refiero a esas más recientes prótesis, pero algunas ya no tan recientes, como la fotografía y el cine, y dentro del cine el movimiento documentalista, hoy enriquecido, las grabaciones primitivas («archivos de la palabra») y hoy magnetofónicas, etc.

Ésas son herramientas y lo importante, a estos efectos, es el pensamiento que las anima y las correspondientes acciones sociales y políticas que se ponen en marcha; pues es preciso decidir el uso de esas herramientas en un sentido o en otro y para acordarse de unas u otras cosas y con tal o cual objetivo, definido, para que sea válido, por un pensamiento «a la altura de los tiempos», como decía Ortega y Gasset.

Este tema que hoy nos ocupa es, a poco que se analice, una triple cuestión: 1.- Una cuestión pública (política). 2.- Una cuestión privada (individual). 3.- Una cuestión filosófico-social (cultural, histórica). Visto así, puede entrar en la escena de nuestra reflexión, por fin, la calavera de Federico García Lorca, mencionada en el título. Ella nos refiere a las cuestiones que acabamos de enunciar, y especialmente a lo que de cuestión privada, individual, hay en esta inquietud. Concretamente me refiero ahora a la discusión a favor o en contra de las exhumaciones.

Yo me detengo respetuosamente ante esta dimensión del problema, en el que todas las personas implicadas tienen razón: tanto las partidarias de las exhumaciones como las que no las desean (así la familia de García Lorca, que no tiene interés alguno en ver la calavera del poeta). Dejemos a un lado el gran abolengo histórico y cultural de las inhumaciones rituales de los muertos, que dieron un carácter especial al fenómeno humano en relación con las otras especies animales, hasta el punto de que la palabra «humano» tendría su origen en el hecho de que los seres luego llamados humanos eran animales especiales y que se diferenciaban de los demás en que éstos enterraban (humus) a sus muertos.

Para para la familia de García Lorca, según he leído, no lleva a parte alguna remover y sacar de la tierra su cadáver; porque, además, su memoria como poeta está en todas partes. Ello es razonable. Pero también debemos pensar en las familias de aquel banderillero o de aquel maestro de escuela o de las otras personas anónimas que fueron asesinadas en aquella ocasión, y hacernos cargo de sus respectivas culturas, creencias y tradiciones. Es seguro que para algunos familiares o descendientes de aquellas personas asesinadas «falta algo».

Ellas fueron enterradas como perros callejeros y sus descendientes quieren, ¡al fin!, exaltar de algún modo su recuerdo rindiéndoles el homenaje ritual que suele dispensarse a los muertos cuando son enterrados. Este deseo no es algo desdeñable. Yo, que no creo en los rituales religiosos o civiles, ni los practico, estoy con ellos en su reclamación. Hoy el nieto de un asesinado en Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde los franquistas asesinaron a 110 hombres y a 2 mujeres, me cuenta en una carta que él reclama y reivindica la digna memoria de su abuelo. Su nieto se llama Víctor Criado y ha escrito un bello texto en su memoria. Hay muchos nietos de asesinados, que no llegaron a conocer a sus abuelos, y que hoy están en este movimiento. ¡Es un bello triunfo de la memoria contra el olvido!

Aquí, en Cortes, donde se celebra este encuentro al que no puedo asistir desgraciadamente, y para el que yo estoy escribiendo estas palabras, el crimen tiene su propia historia. Podría decirse que cada pueblo es una historia, y que es preciso establecer la magnitud de lo sucedido durante aquellos años. También podemos recordar que precisamente en Nafarroa se produjo, que yo sepa, el primer movimiento importante (Altafalla, José María Esparza) por la dilucidación de los crímenes del franquismo; un aspecto, éste de la aclaración de los hechos y no sólo del establecimiento de su cuantía, es muy importante y forma parte de la complejidad de este movimiento, al que nosotros auguramos felices resultados, que serán buenos sobre todo para el establecimiento de una verdadera paz.

De momento es muy de notar la enorme diferencia que hay entre estos grupos interesados por contribuir a la memoria histórica y las actuales «asociaciones de víctimas del terrorismo», convertidas en ocultos partidos políticos de ultraderecha que luchan, sobre todo, contra todo asomo de paz en estos sufridos territorios.

En una entrega posterior añadiremos una especie de apéndice que adquiere la forma de un tercer artículo y que no fue leído, porque está escrito después, en el Homenaje de Cortes que se citó al principio. En él trataremos de ampliar algo que hemos dicho aquí sobre lo que fue la «memoria» franquista de los hechos y que no es hora de replantear en los actuales movimientos, puesto que está planteada y replanteada durante el franquismo de las más diversas y muchas veces desaforadas formas en las que las ideas republicanas aparecen como la expresión propia de unos seres intrínsecamente malvados y sedientos de sangre.

Alfonso Sastre. Dramaturgo.

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Sobre la memoria histórica y la calavera de García Lorca (I), de Alfonso Sastre en Gara

Posted in Derechos, Historia, Justicia, Libertades, Memoria by reggio on 15 noviembre, 2008

Con este artículo, el escritor Alfonso Sastre inicia una serie que se corresponde con el texto ampliado del que fue leído en Cortes, Nafarroa, el 1 de noviembre, en el Homenaje a los Fusilados por defender las ideas de Paz, Justicia y Libertad. En él realiza una valiosa aportación personal al debate abierto en torno a la recuperación de la memoria histórica, y que este periódico irá publicando en fechas próximas.

En tiempos ya lejanos se decía que la memoria es el talento de los tontos. Hoy ya se sabe que esta frase es poco menos que una gran tontería, pues la memoria en general es la base del pensamiento y sin ella no hay pensamiento que valga. Un aforismo alemán dice así: «Ohne Phosphor kein Gedanke»: sin fósforo no hay pensamiento; pues bien, de la memoria se puede decir, como nosotros acabamos de hacerlo, otro tanto.

A veces, también este desdén de la memoria es algo mucho peor que una tontería: un refugio desde el que se ocultan las realidades del pasado, las cuales son la infraestructura sobre la que emergen las nuevas realidades, de manera que se evita la reproducción de realidades pasadas que condujeron la historia por muy malos caminos para el conjunto de la humanidad. Se sabe que si no recordamos nuestros errores, por ejemplo, estamos amenazados de repetirlos.

Leyes del olvido, amnistías bajo el rótulo de «punto final» u otros, ha habido muchas para que grandes crímenes sean no sólo olvidados sino magnificados como aceptables episodios de la vida histórica en, por ejemplo, «la lucha contra el comunismo» o por «la dignidad de la patria». Chile, Argentina, son ejemplos a recordar.

También, entre nosotros, el de la «transición española» desde el franquismo a la democracia, al principio de la cual la idea de una necesaria «ruptura» con el franquismo se abandonó, salvo en Euskadi y por algunos grupos en España. Entonces se discutió, más o menos, sobre qué hacer, con interrogantes como éstas: ¿olvidar?, ¿perdonar?, ¿no sólo el olvido sino también el perdón?, ¿o ni lo uno ni lo otro?; y ello bajo «un ruido de sables», más o menos real o imaginado por el miedo o por el interés de los devotos del dictador.

En resumen, fuimos conducidos a una perpetuación «democratizada» del franquismo en la forma de una monarquía ideada por Franco para atar y bien atar la situación que él había creado con la ayuda del nazismo y el fascismo europeos; y así nos vimos encima la España en que vivimos, o, mejor, bajo la que vivimos, y no tuvimos una democracia verdadera y, por ello, capaz de hacer valer sus postulados y de pedir cuentas a los responsables de los crímenes cometidos en los territorios ocupados por Franco durante la guerra y en todos los territorios del Estado español desde el fin de la guerra hasta la muerte del «caudillo».

Estoy proponiendo con estas palabras contra el olvido un rechazo de toda posible amnistía? Veamos esto, pues quien está escribiendo este artículo es partidario de una amnistía general y total de todos los presos políticos (de motivación política o ideológica) que hay actualmente en las cárceles españolas; y ello es así porque para mí, aunque ello pueda resultar aún hoy escandaloso, hay que distinguir entre amnistías buenas y malas; y éstas -las malas- son las que pretenden que sean olvidados los grandes crímenes de los poderosos (opresores) o cometidos bajo su inspiración, y buenas las que van a favor de los oprimidos, incluso cuando ellos han cometido excesos y, en el límite, hasta daños muy graves y homicidios. No es fácil decidirse a pensar así, y menos aún a decirlo; pero es preciso hacerlo cuando está en juego nada menos que la paz para el futuro de este pueblo, horizonte que se cerraría si no se realiza una amnistía general y total. Las cosas son así y no de otra manera, y hay que partir de ellas.

Este tema de la memoria, en lo que se refiere a los «crímenes del franquismo», ha sido tratado durante los últimos tiempos y muy especialmente durante las últimas semanas de varias formas, algunas muy notables, como ha sido en la revista «Pueblos», que ha publicado un dossier referido a varias áreas geográficas, culturales e históricas. Yo quiero destacar aquí, por lo que afecta a la nuestra, el artículo «Memoria de las víctimas: hacia una cultura de la memoria», de Marcelino Flórez Miguel, en el que trae a colación «el concepto de memoria que construye W. Benjamin y que Reyes Mate ha explicitado (…)». Para W. Benjamin, según esta referencia, «la historia nunca ha sido universal; ha sido, como mucho, una historia de los vencedores, y siempre ha estado ausente una parte de la verdad, la de los vencidos, la de los que desaparecieron y no dejaron rastro».

Esta idea es una base suficiente para legitimar los movimientos, hoy más o menos activos entre nosotros o en nuestras proximidades, a favor de «la memoria histórica», justamente para aportar aquella «parte de la verdad» que falta, es decir, que está oculta todavía por los aparatos del Estado; y ello aunque esta cuestión esté siendo ensuciada últimamente por las presuntas «ideas» y la real práctica judicial de una persona tan cuestionable desde varios puntos de vista y con variados argumentos como es el juez Baltasar Garzón.

En la misma revista, yo deseo destacar el artículo de Amparo Salvador Villanova «Mujeres en el franquismo», en cuya entradilla leemos con asentimiento por nuestra parte la mala ralea de «los pactos de la transición» entre la derecha y la «izquierda», tras la muerte de Franco. «En ellos -dice Amparo Salvador- se pactaba el silencio sobre los crímenes del genocidio franquista y la destrucción de sus pruebas, la impunidad para los responsables y colaboradores y el olvido de las víctimas. Era -añade- el año 1977 y se acababa de promulgar la Ley de Amnistía (así llamada, A.S.), que daba cuerpo legal a aquellos ignominiosos Pactos». Suscribo tan duras palabras, y la referencia que las acompaña: «¡Y si sabes quién mató a tus hijos, te has de callar! ¡Y si sabes quiénes te violaron, te has de callar! ¡Y si sabes quién te robó y vendió a tus hijos, te has de callar!». Todavía hace falta mucho valor para pronunciar estas palabras.

De la revista «Página Abierta» es destacable el artículo «Lo público de la memoria», de Joseba Eceolaza, aunque nada más sea para reproducir las cifras que en él constan de la matanza en ambos bandos, ampliamente recordado, sin embargo, en todo lo referente a «los crímenes de la `Horda Roja’» por los franquistas durante años y años, de manera que en ese sentido no hay otro problema de memoria pendiente que el de desmontar las muchas mentiras y exageraciones enfáticas circuladas siempre al respecto por la propaganda del Régimen y sus muchos colaboradores que un poco más y nos ahogan en la sangre derramada en Paracuellos del Jarama, por ejemplo. (Continuaremos).

Alfonso Sastre. Dramaturgo.

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