Reggio’s Weblog

Adivina quién viene esta noche, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 9 noviembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Tanto han insistido algunos colegas, tratando de aminorar la trascendencia histórica de lo que acabamos de vivir, en que Obama no es negro sino mulato -«joven, guapo y bronceado», según el inefable Berlusconi-, que he terminado por acordarme de lo que el historiador Michael Beschloss cuenta que sucedió el 12 de febrero de 1963 en la Casa Blanca con motivo de la onomástica de Lincoln.

Como tenían mala conciencia de que, superado ya el ecuador de su presidencia, no habían cumplido ninguna de sus promesas en materia de derechos civiles y el malestar de los líderes negros no cesaba de crecer por el trato vejatorio e inhumano que seguían recibiendo en los estados del sur, los Kennedy decidieron organizar una especie de open house para la comunidad afroamericana. Tanto el presidente como su hermano el Fiscal General alardearían de que con los 800 invitados de esa noche se duplicaba el número de negros que habían pisado la mansión de la Avenida de Pensilvania desde que John y Abigail Adams se instalaran en el año 1800.

El evento fue en líneas generales un éxito, pero lo que de verdad da la medida de cuál era en el fondo la actitud entre oportunista y displicente con que todavía a esas alturas afrontaban Jack y Bobby el problema de la segregación racial es que, casi a la misma hora, el presidente había montado una cena en sus habitaciones privadas con media docena de amigos personales entre los que se encontraban los periodistas Teddy White y Ben Bradlee. White -brillante e innovador cronista de las campañas electorales con su serie de libros The making of the president- comentaría en sus memorias que en el piso de arriba ni siquiera estaban al tanto de lo que simultáneamente sucedía en el de abajo y que sólo se dieron cuenta de que «se escuchaban murmullos procedentes de algún sitio».

De lo que tampoco da la sensación de haberse enterado White es de que cuando Kennedy subió a reunirse con sus verdaderos invitados, tras dedicar algún tiempo a sonreír de corrillo en corrillo, estaba de muy mala leche por algo que acababa de sucederle. Resulta que justo al lado del bufé en el que se servían gambas a la criolla casi se había tropezado con Sammy Davis Jr. acompañado de su esposa, la despampanante sueca Mai Britte. En el rostro del presidente se pintó una mueca de contrariedad. Tal y como ya había hecho con motivo de su ceremonia inaugural, él personalmente se había ocupado de tachar al cantante de la lista de invitados. El showman de tupido mostacho, enormes gafas rectangulares y pícaro rostro de color café con leche -Sammy Davis Jr. era hijo de un afroamericano y una cubana- le había apoyado en su campaña y era íntimo amigo de su cuñado, Peter Lawford. No había pues nada personal en ello, pero Kennedy creía que exhibir a un matrimonio mixto en la Casa Blanca era traspasar la raya del nivel de ultraje que los demócratas sureños -de los que dependía en parte su reelección- estaban dispuestos a tolerar.

«¡Que los echen de aquí!», dijo abruptamente a uno de sus ayudantes, girando sobre sus talones sin esperar a ver si tan embarazosa orden era obedecida o no.

Los Kennedy no necesitaban demasiados estímulos para buscarle a todo una interpretación sexual, pero ninguno de los dos hermanos echó en saco roto la advertencia del implacable gobernador de Alabama George Wallace cuando les dijo que lo único que buscaban Luther King y otros líderes del movimiento negro era tirarse al mayor número posible de mujeres blancas. Después de una áspera velada en un lugar discreto en la que el novelista James Baldwin y otros intelectuales afroamericanos le habían cubierto de reproches -uno de ellos llegó a advertir que estar en la misma habitación que un Kennedy le producía «vómitos»-, Bobby le comentó a Jack que algunos de ellos, tan modernos y vanguardistas, necesitaban «expiar el pecado de estar liados con mujeres blancas».

Aunque el campus de la Universidad de Hawai era ya uno de los lugares más tolerantes de los Estados Unidos, cuando los padres de Obama se conocieron allí en 1959 la idea de formar una pareja interracial era, pues, una provocadora transgresión sólo al alcance de las élites. De hecho tendría que pasar casi una década para que tal opción fuera tan siquiera planteada ante el gran público a través de una impactante película que golpeó como un aldabonazo los resortes más íntimos del americano medio. Su sonoro y apelativo título en inglés, Guess who’s coming to dinner, fue resumido en español como Adivina quién viene esta noche, de forma que, al suprimir que se trataba de una cena, se ganaba en misterio lo que se perdía en familiaridad.

En todo caso, quien tocaba el timbre de la acomodada residencia de un progresista editor de periódico y su esposa, una no menos avanzada marchante de arte, era Sydney Poitier, el más atractivo y elegante actor negro en varias generaciones. Su personaje era un joven e idealista doctor empeñado en luchar contra las enfermedades tropicales que acababa de ligarse a la hija de la pareja; y ella quería presentárselo a sus padres para obtener su aprobación para casarse.

Cambiando su graduación en Yale por la de Harvard, de ese doctor John Prentice podía decirse casi lo mismo que ahora de Obama. «Es tan equilibrado, está tan seguro de todo, nunca está tenso», explicaba su novia. Total, el yerno perfecto… si no fuera negro. Los guionistas tendieron así a la sociedad norteamericana la misma trampa en la que ahora les han hecho caer los avispados estrategas electorales de Obama. ¿Serán ustedes capaces de darle con la puerta en las narices a alguien con todas esas cualidades, sólo porque la pigmentación de su piel sea distinta a la de la suya?

Ahora no ha habido color, pero hace 40 años, cuando ya se habían aprobado las principales leyes contra la segregación de las administraciones Kennedy y Johnson, fue necesario recurrir a la capacidad de generar empatía jamás igualada de Spencer Tracy y Katherine Hepburn para conseguir inclinar la balanza emocional de los espectadores del lado de la tolerancia.

Los productores contaron además con la tragedia personal de ambos actores, pareja en la vida real, como aliada. Cuando se rodó la película, Spencer Tracy ya estaba gravemente enfermo y cuando se estrenó, ya había muerto, de forma que aquel conflicto compartido era la última prueba y el último punto de encuentro de su legendario amor.

Pues bien, el momento de mayor intensidad dramática de la película llega cuando el comprensivo padre que ya se ha mostrado dispuesto a transigir con los deseos de su hija y aceptar al médico negro en la familia, plantea, sombrío y cariacontecido, una objeción final: «¿Habéis pensado en la vida que les espera a vuestros hijos?». Es entonces cuando el guionista pone en boca de Sydney Poitier una respuesta tan ingenua como absurda que le convierte sin saberlo, y con cuatro décadas de adelanto, en el Juan Bautista que anuncia el advenimiento del actual Mesías de Illinois: «Serán presidentes de los Estados Unidos y todos ellos tendrán unos gobiernos llenos de color».

Nada de esto trascendería los límites del mero anecdotario de la historia del cine si no fuera porque en ese 1967 en que se rodó Guess who’s coming to dinner todavía había 17 estados en los que los matrimonios interraciales eran simplemente ilegales. Si no fuera porque al año siguiente el mismísimo Secretario de Estado Dean Rusk se sintió en la obligación de presentar la dimisión -Johnson no se la aceptó- cuando trascendió que su hija iba a casarse con un negro. Y, sobre todo, si no fuera porque en la versión inicial de la película la pregunta planteada en el título tenía una contestación admirativa y burlona que pronto hubo que suprimir; pues cuando a la cocinera negra le planteaban la adivinanza de quién iba a venir a cenar, sólo se le ocurría contestar algo realmente inverosímil: «¡El reverendo Martin Luther King!»; y resultaba que entre el momento del rodaje y el del estreno, también la vida del Gandhi norteamericano se había extinguido, aunque por motivos menos naturales que la de Spencer Tracy.

Se lo he dicho a quien me ha querido oír esta semana: que la tintura de la piel de Obama se asemeje más a la de Ronaldo que a la de Diarra no le habría permitido sentarse en el zona delantera del autobús de Montgomery en la que no le dejaron sentarse a Rosa Parks; que su abuela fuera una blanca acomodada no le habría ayudado a ingresar en la escuela de Little Rock en la que sólo los agentes federales lograron introducir a la tímida niñita Elizabeth Eckford mientras apretaba su carpeta contra su vestido inmaculadamente plisado como si quisiera protegerse de las imprecaciones soeces que la acompañaban; que su currículo fuera suficientemente brillante como para entrar en Harvard no le habría abierto las puertas de las académicamente mucho menos exigentes aulas de Ole Miss cuando se cerraban para James Meredith. La esencia del racismo consistía en que cuando la apariencia de alguien era la de Obama, todas las preguntas sobraban; y, si por la razón que fuera, se hubiera llegado a formular alguna, todas esas circunstancias personales que ahora parecen haberle favorecido tanto, habrían sido consideradas como agravantes y no como atenuantes.

En ese sur profundo lo único peor que ser negro era ser hijo de un negro y una blanca. Gran parte de los linchamientos tenían como detonante y excusa el supuesto acercamiento sexual de los ahorcados a mujeres blancas. Recuérdese la trama de To kill a mockingbird (Matar un ruiseñor). Al considerar las relaciones físicas interraciales como la mayor y más punible aberración se levantaba una especie de barrera psicológica colectiva que bloqueaba preventivamente todo examen de conciencia en una sociedad construida sobre la contradicción de la proclama de la libertad y la pervivencia del esclavismo.

Si, además, resultaba que el más genuino y conspicuo de los padres fundadores, Santo Thomas Jefferson, señor de Monticello, no sólo había sobrellevado tal paradoja sino que la había apurado hasta el extremo de formar una familia paralela a la oficial, basada en el amor que profesaba hacia alguien que no gozaba del estatus de una persona sino del de una propiedad semoviente, es obvio que allí había una especie de pecado original encerrado en el armario. Algo tan obsesivo e inquietante como el incesto que sobrevuela sobre los personajes atormentados de Scott Fitzgerald en Tender is the night (Suave es la noche).

Sólo es posible entender la trascendencia cultural de la elección de Obama si la vemos como la culminación de un exorcismo coral, practicado durante dos siglos por los elementos más vivos de una nación empeñada en sacarse el demonio del cuerpo. Al final lo ha conseguido, pero a costa de ir dejando un dramático reguero de sangre, sudor y lágrimas por el camino. No es casualidad que la propia encrucijada de la Proclamación de la Emancipación de los esclavos que abre la vía al sueño de Luther King ahora materializado sea la etapa en la que se va cincelando esa imagen de melancolía que históricamente ha acompañado siempre, como una segunda piel, a la figura de Lincoln.

«Soy un fatalista», reconocía él mismo al ponderar las consecuencias que podría tener la transformación de una guerra encaminada a mantener la «sagrada» Unión de los Estados «escrita en el cielo» en una guerra orientada a romper las cadenas de los negros. Le bastaba leer el influyente New York Tribune de Horace Greely para darse cuenta de que ni siquiera quienes más le apoyaban querían acompañarle tan lejos y, cuando se negó a aceptar las propuestas de buscar una paz negociada que retrotrajera todo a la situación anterior a la guerra, creyó que había sacrificado la reelección a los principios: «Soy consciente de que voy a ser derrotado y, a menos que tenga lugar algún cambio importante, malamente derrotado».

Ese «cambio importante» llegó en la madrugada del 2 de septiembre de 1864 a través de un telegrama del general Sherman: «Atlanta es nuestra». Dos meses después Lincoln obtendría una gran victoria en las urnas que no sería en realidad sino la antesala de la palma del martirio. «El contrato de Abe está a punto de terminarse», había advertido mientras jugaba al billar el actor racista que se convertiría en su asesino.

Pero quien vea a Lincoln como una figura paternal linealmente volcada en la defensa de los derechos de los negros se equivoca. Su propio camino hasta la firma de la Emancipación fue dubitativo y zigzagueante. Todavía en agosto de 1862 planteó a un grupo de dirigentes de origen africano su vieja idea de organizar un éxodo masivo de cientos de miles de negros, tal vez millones, a algún lugar de Sudamérica, convirtiendo su expulsión del país en el precio de su libertad. Vino a decirles que la esclavitud suponía ciertamente una injusticia, pero que la realidad era que «a los blancos les molesta vuestra presencia» y, por lo tanto, «lo mejor para ambas partes» sería separarse y acabar con una guerra civil que nunca se habría producido «si no fuera por la presencia de vuestra raza entre nosotros».

Igualmente elocuente resulta el hecho de que, más de un siglo después de la publicación de La cabaña del tío Tom, el único negro con el que el presidente Kennedy hubiera tenido un trato personal digno de tal nombre fuera su criado George Thomas, al que siempre reprochaba que no fuera capaz de hacerle bien el lazo de la pajarita del esmoquin.

Como he tratado de explicar al principio, los Kennedy llegaron a la causa de los derechos civiles arrastrando los pies. De todo su equipo sólo Sargent Shriver, el marido de su hermana Eunice, planteaba la lucha contra la segregación como «una cuestión moral»; pero Sargent Shriver era lo que luego se llamaría un católico con compromiso social y Jack y Bobby estaban empeñados en demostrar que su religión no interfería en su forma de gobernar.

No moldearon los acontecimientos, pero los acontecimientos les fueron moldeando a ellos. Aunque se sintieron obligados a exigir a los gobernadores de los estados del sur que protegieran a los viajeros de la libertad que predicaban el fin de la segregación metiéndose en la boca del lobo, con esto ya creyeron que era suficiente. Cuando Luther King le llamó para quejarse de la lluvia de piedras y cócteles molotov que le había acogido en Montgomery, Bobby replicó: «No me diga eso, Reverendo, porque usted sabe que si no fuera por los marshalls de los Estados Unidos usted estaría ahora tan muerto como las pelotas de Kelso». Tan fino y educado como siempre, el Fiscal General se refería a un famoso caballo de carreras que, tras haber sido castrado, era tan admirado por sus victorias dentro de la pista como compadecido por sus derrotas fuera de ella.

Preguntado por los ataques a los viajeros de la libertad, el propio presidente Kennedy se limitó a contestar que «cualquiera que se desplace debe poder moverse libremente en el comercio interestatal». The New York Times le contestó con un buen golpe en el hígado, aludiendo al libro -Profiles in Courage- que le había hecho ganar el Premio Pulitzer siendo aún senador: «Esto no suena para nada a un perfil con coraje».

La forma en que obligaron al gobernador de Misisipí a aceptar a James Meredith en la universidad lo dice todo de su pragmatismo maniobrero. El fulano cometió el error de proponerles escenificar una confrontación en la que un agente federal llegara a apuntarle con un arma para ayudarle a salvar la cara, y los Kennedy le grabaron la conversación y le amenazaron con divulgarla si no cooperaba. Después fue la foto en la que los perros del sheriff de Birmingham Bull Connor se abalanzaban sobre pacíficos manifestantes negros la que les hizo ver que tenían que aprobar una Ley de Derechos Civiles, pero la principal preocupación del presidente era el uso propagandístico que los rusos pudieran hacer de esa imagen.

Incluso cuando se redactaba ya el que terminaría siendo un texto casi tan histórico y decisivo como el Acta de Emancipación, Bobby se resistía a que incluyera el derecho de los negros a sentarse en los restaurantes segregados y menos aun a utilizar sus urinarios. «Pueden comprar la comida de pie y mear antes de entrar en el establecimiento», le dijo a uno de sus asesores.

Pero en contra de todo pesimismo kantiano, de ese «fuste torcido de la Humanidad» terminó surgiendo un impulso consistente para la causa de la justicia y la libertad. Haciendo honor, al fin, a la tesis clave de Profiles in Courage -«Llega un momento en que un hombre tiene que adoptar una posición»-, John Kennedy anunció a la nación el 11 de junio de 1963 que presentaba su Civil Rights Bill para hacer frente «a un problema moral tan viejo como las Escrituras, tan claro como nuestra Constitución».

Cuando cinco meses después aterrizaban en Dallas para tratar de contrarrestar su pérdida de popularidad en el sur, el presidente le dio una palmada en la espalda a su criado: «George, me parece que este pueblo es un poco mayor que el tuyo…». Al pie de la escalinata estaba esperándole el gobernador John Connolly, demócrata y segregacionista, quien, a la vista del mal ambiente que reinaba en la ciudad, tenía previsto empezar su discurso del día siguiente en Austin con un chiste: «¡Señor Presidente, nos congratulamos de que haya podido salir vivo de Dallas!».

Ese discurso nunca llegó a pronunciarse, y la trayectoria del hombre que juró el cargo de presidente en el Air Force One junto al féretro de Kennedy no auguraba nada bueno en cuanto a la preservación de lo que ya era lo mejor de su legado. Pero Lyndon B. Johnson, además de haber ejercido durante 20 años en el Senado de guardián en el centeno de los intereses del racismo sureño, era un político extraordinariamente hábil e inteligente y un hombre de gran corazón. Cuando no sólo logró que las dos cámaras aprobaran la Ley de Derechos Civiles de Kennedy sino que presentó otra -aún más determinante de cara a lo que sucedió el martes- garantizando que los negros pudieran inscribirse como votantes, uno de los hijos de inmigrantes mexicanos a los que había dado clase cuando en su juventud era maestro de escuela en un paupérrimo pueblo de la frontera texana recordaba la «historia del bebé en la cuna», tal y como él se la contaba: «Nos decía que un día ese bebé podría llegar a ser un profesor, que quizás podría llegar a ser un médico o que tal vez ese bebé, cualquier bebé, podría llegar a ser presidente de los Estados Unidos».

Treinta años después del final de los días de vino y rosas de nuestra propia transición democrática, el cinismo de la inmovilidad se ha convertido en un elemento tan intrínseco de la vida pública española que corremos el riesgo de haber perdido incluso el olfato para captar cualquier aroma subyugante que llegue desde fuera. Sin embargo yo no pude por menos que dar un respingo cuando el historiador Simon Schama anunció, en medio de las burlas de algunos colegas celosos de su megalomanía y su talento, que «a las 7.15 p.m. del 3 de enero de 2008 la democracia americana volvió de entre los muertos en el precinto 53 de la zona Theodore Roosevelt High en Des Moines, Iowa». Acababa de asistir a uno de los mítines que condujeron a Obama a ganar ese primer caucus con el que se abrieron las primarias en un estado abrumadoramente blanco.

Yo quería que quien llegara a la Casa Blanca fuera Hillary, pero desde el momento en que se planteó esa feroz y deslumbrante carrera por la nominación demócrata entre una mujer y un negro me di cuenta de que al cabo de 144 años volvía a adquirir plena vigencia el diagnóstico con el que Ralph Waldo Emerson definió en 1864 la batalla por la presidencia entre Lincoln y ese generalito McClellan, involuntariamente evocado durante la campaña por la gobernadora Palin: «Nunca en la Historia de los hombres ha dependido tanto de un voto popular».

Por eso, ahora que he escuchado la apelación a la unidad y la grandeza de la República que el presidente electo Barack Hussein Obama ha formulado en un lugar bautizado no por casualidad como Parque Grant, releo con emoción y envidia los versos de Longfellow que hicieron llorar a Lincoln cuando a los pocos días de su reelección, como quien dice camino ya del Gólgota, un muchacho los recitó en la Casa Blanca:

Sail on, O Ship of State!
Sail on, O Union strong and great!
Humanity with all its fears,
With all the hopes of future years,
Is hanging breathless on thy fate!… (*)

¿Hace falta traducirlo para darse cuenta de que todos estamos embarcados a bordo de esa nave?

(*) «¡Navega, oh Barco del Estado!/ ¡Navega, oh Unión fuerte y grande!/ La Humanidad con todos sus miedos,/ con todas las esperanzas de los años futuros,/ contiene la respiración pendiente de tu suerte».

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Sí, nosotros también podemos, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

LUCES LARGAS

Si EEUU ha elegido de manera festiva al primer presidente negro de su historia y si los gobiernos occidentales están nacionalizando bancos, es verdad que todo es posible. Incluso que también nosotros, en España, podamos abordar la peor crisis económica de nuestra historia, juntos y en buenas condiciones. Un año atrás, todavía se discutía sobre el nombre de la cosa. Hace tres meses, se criticaba a quien hablaba de recesión.

Hoy debemos reconocer que nunca antes habíamos vivido tantas dificultades económicas juntas y tan complejas cada una de ellas.Es la primera vez que nos enfrentamos a una crisis tan profunda y duradera, pero que se presenta como a cámara lenta.

Sabemos lo que va a venir, pero tarda en hacerlo. Esto es así, en parte, por la propia naturaleza de una crisis cuyo detonante han sido los llamados activos tóxicos financieros que, por decirlo de manera coloquial, no nacen, sino que se hacen. Es decir, muchas entidades tenían activos considerados solventes que se han convertido en tóxicos de la noche a la mañana porque han perdido súbitamente el valor de mercado. Así, la incertidumbre no ha sido causada sólo por desconocer quién tenía activos tóxicos y por cuanta cantidad, sino por ignorar qué activos podían intoxicarse y cuándo.Esto es lo que ha transformado el problema inicial de liquidez en otro de solvencia, cuyas soluciones son distintas.

Es la primera vez que se produce una sequía crediticia tan severa en el conjunto del sistema financiero internacional, hasta el punto de que los problemas en la economía real no se desatan por falta de demanda de los productos o por pérdida de competitividad de las empresas, sino por parálisis crediticia, incluso para renovar pólizas de circulante. En el caso de España el problema se agudiza porque hemos basado una parte importante del éxito de los últimos años en un elevado nivel de endeudamiento, nacional y exterior, puesto en cuestión de repente.

Es la primera vez que tenemos que hacer frente a una crisis de modelo de crecimiento desde las reconversiones industriales de los años 80 del siglo pasado. Entonces fueron el sector naval o la siderúrgica, ahora es la construcción o el automóvil. Sectores que en cada momento representan una parte importante y muy dinámica de nuestro crecimiento, pero que, por razones distintas, ya no pueden seguir haciéndolo, arrastrando con su crisis al conjunto.

Es la primera vez que tenemos que hacer frente a todo esto desde el euro. Es decir, con las ventajas de pertenecer a una zona monetaria fuerte, pero sin instrumentos de ajuste como el tipo de cambio o el de interés. Por último, es la primera vez que afrontamos una dificultad grave como ésta siendo más ricos como sociedad, con más gente trabajando que nunca y con un Estado solvente con bajo endeudamiento.

Hasta ahora, el Gobierno ha acabado por hacer las cosas adecuadas, aunque lo haya hecho siguiendo un camino, a veces, innecesariamente tortuoso. De aquí en adelante, con los pésimos datos de paro ya conocidos y con las previsiones ciertas de recesión, deberá seguir haciéndolo bien, pero, además, tendrá que esmerarse en que lo parezca. Sólo así la confianza de los ciudadanos en la economía se fortalecerá, ayudando con ello a la recuperación.

Hacerlo bien ahora exige dos cosas simultáneas: la elaboración de un plan de estímulo a la economía que sea mucho más que un goteo semanal de medidas unilaterales, y la necesidad de que dicho plan surja de acuerdos y consensos con los sindicatos, empresarios, oposición y comunidades autónomas.

Debemos ser, al menos, igual de eficientes a la hora de definir medidas de ayuda a la economía real de lo que fuimos con las de respaldo a la banca y, eso sí, un poco más rápidos en su aplicación práctica. Entre las medidas a acordar se debe incluir, junto a lo ya anunciado esta semana por el presidente, un elenco de actuaciones orientadas a mantener el empleo, garantizar derechos sociales e incentivar la actividad económica:

Un conjunto de iniciativas fiscales, presupuestarias y laborales para facilitar la reconversión y la reactivación selectiva de dos sectores claves como son la construcción de viviendas y el automóvil.

El descenso de un punto en las cotizaciones sociales para las empresas que mantengan su plantilla neta y de punto y medio para aquéllas que la incrementen. Su financiación sería ahora con cargo a deuda pública para sustituirla por una subida del IVA en cuanto la economía inicie la recuperación.

Autorizar a los ayuntamientos a endeudarse, como piden, hasta un máximo conjunto del 0,5% del PIB, siempre que estos fondos adicionales se dediquen a planes locales de empleo.

Aplazar un año la entrada en vigor de la supresión del impuesto de patrimonio, para ayudar a reducir el déficit público derivado de la crisis.

Incrementar las Ofertas Públicas de Empleo hasta el nivel medio de los últimos cinco años.

Comprometer planes específicos de apoyo a autónomos y a la economía social, modificando la actual ley de sociedades laborales.

Flexibilizar el uso excepcional del trabajo a tiempo parcial para evitar despidos en empresas con dificultades.

Posponer la liberalización de precios energéticos, pactando una congelación, por un año, de las tarifas eléctricas.

Elaborar, entre las tres administraciones, un programa urgente de inversiones públicas adicionales para recuperación del medio ambiente y lucha contra el cambio climático.

Un Plan así, sólo será plenamente eficaz si se consigue articular en torno al mismo a una mayoría social y política. Nunca como ahora es necesario el diálogo social, el consenso parlamentario y la cooperación entre administraciones, ante uno de los mayores desafíos de nuestro país.

Porque los gobiernos son más fuertes, no cuando vencen, sino cuando convencen. De eso va el liderazgo en democracia. De movilizarnos con el «juntos podemos» de Obama, frente al paternalismo del «solo ante el peligro» de Bush. Ese es el cambio que todos necesitamos.Porque sí, nosotros también podemos.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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Bernanke y la deflación, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

ECONOMIA Y EMPRESAS: APUNTES ECONOMICOS

La Reserva Federal ha vuelto a bajar tipos hasta el 1%. Se trata de un nivel que nos devuelve a 2003, cuando se alcanzó un mínimo histórico. Además, en su comunicado, la Reserva Federal (Fed) resalta que está dispuesta a continuar relajando la política monetaria, aunque lógicamente el margen de maniobra disponible es ya muy reducido. En el mismo sentido, y tras la acción coordinada de reducción de medio punto de hace un mes, el resto de los bancos centrales ha continuado la senda de la Fed. La diferencia es que tanto el Banco Central Europeo como el Banco de Inglaterra cuentan con mayores posibilidades de bajada que la Fed o el Banco de Japón.

En contraste con las reducciones llevadas a cabo por la Reserva Federal después del inicio de la crisis del crédito y que llevaron los tipos hasta el 2%, los dos últimos recortes parecen obedecer a un motivo distinto. Mientras que los primeros respondían al intento de la Reserva Federal de ayudar a los bancos afectados por la crisis financiera, los dos últimos van dirigidos a intentar evitar la recesión que se ha convertido en una amenaza real después del verano. Y es que los indicadores adelantados señalan cada vez con más claridad que la economía mundial entrará en una recesión global el año próximo. Sin embargo, el mayor temor en este momento no es tanto la llegada de la recesión, que se da por bastante descontada, como la posibilidad de que la misma acabe desembocando en una situación deflacionista.

El proceso deflacionista más conocido fue el que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Existen dos grandes errores de política económica en el último siglo; el primero es la Gran Depresión de los años 30 y el segundo la gran inflación de los 70. Y estos dos grandes errores han marcado el pensamiento económico y la investigación académica del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke.Las consecuencias de la Gran Depresión fueron terribles en EEUU: la renta de los americanos cayó casi en un tercio, el desempleo se elevó hasta el 25%, la producción industrial se redujo a la mitad y el nivel de precios cayó en un cuarto. Bernanke es seguramente uno de los más conspicuos investigadores de la Gran Depresión y, sin duda, este conocimiento ha marcado y marcará su actuación en la crisis actual.

Para el presidente de la Reserva Federal la Gran Depresión es la consecuencia de un error triple de política económica; primero, el endurecimiento de la política monetaria de la primavera de 1928 para acabar con la especulación de Wall Street; segundo, la adhesión al patrón oro que obligó a la Fed a drenar liquidez para evitar las salidas de oro, y, por último, la tesis del secretario del Tesoro, Andrew Mellon, de que era imprescindible limpiar el sistema bancario de sus partes podridas. Esto generalizó la desconfianza en las entidades bancarias y llevó a una contracción adicional del crédito. A ello se unió la rigidez de los salarios ante la deflación, lo que elevó los salarios reales en un momento de debilidad extrema de la demanda, disparando el desempleo hasta niveles insospechados. En definitiva, y en línea con el pensamiento friedmanita, para Bernanke la inflación es siempre un fenómeno monetario y la deflación, por tanto, es consecuencia de un desplome de la demanda agregada derivada de una contracción monetaria que se produce por una reducción de la oferta monetaria o por una caída de la velocidad de circulación del dinero.

Pero el riesgo de deflación es para el jefe de la Reserva Federal algo más que un asunto académico. Bernanke ha analizado también con atención la década perdida por la economía japonesa en los 90, y su conclusión es que las autoridades japonesas cometieron errores similares de política económica a los de la Gran Depresión.Y ello, a pesar de que el Banco de Japón redujo los tipos a cero en 1995. La razón de estos errores deriva de ignorar los costes e implicaciones de la deflación. En primer lugar, en una situación deflacionista el coste del endeudamiento, incluso con tipos al cero por ciento, se hace muy elevado, lo que dificulta el consumo y la inversión. Además, dicho coste resulta especialmente punitivo para aquéllos que se endeudaron antes del inicio de la deflación.Por último, cuando los tipos de interés son próximos a cero el banco central carece de margen de maniobra, lo que golpea la confianza de los agentes económicos que ven como la autoridad monetaria se vuelve inútil.

¿Cuál es la receta de Bernanke contra la deflación? Primero, reducir los tipos de interés hasta cero. Segundo, comprar bonos del Tesoro para mantener los tipos a largo en niveles reducidos.Tercero, hacer lo mismo con los títulos de renta fija privada.Cuarto depreciar el tipo de cambio de la divisa. Y por último, si fuera necesario, llevar a cabo un recorte de impuestos a las familias y las empresas financiado con la creación de dinero.Además, para que el mecanismo de transmisión monetaria no quiebre, resulta imprescindible garantizar la confianza en el funcionamiento del sistema bancario, asegurando que no se va a dejar caer a ninguna institución relevante evitando así un potencial riesgo sistémico.

Todavía no ha hecho falta poner en marcha todas las recetas anteriores.Sin embargo, si la coyuntura se desliza hacia la deflación, seguramente veremos cómo se acaban ejecutando. El temor de la deflación, no obstante, no debe inducirnos a pensar en Ben Bernanke como una especie de pichón ante la inflación. En su análisis del origen de la deflación, tal como ocurrió en el caso japonés, juega un papel importante el pinchazo de la burbuja inmobiliaria cuya causa fue una política monetaria previa muy laxa. Por ello, recomienda que los bancos centrales tengan un objetivo explícito de control de la inflación con un rango entre el uno y el dos por ciento. Independientemente de que actualmente el riesgo de deflación sea todavía remoto, el contar con un responsable de la Fed que es un conocedor privilegiado del origen y costes de la misma y de cómo luchar contra ella, constituye un elemento de tranquilidad para todos.

luisdeguindos@hotmail.com

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Una cultura política femenina, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Posted in Política by reggio on 9 noviembre, 2008

“La fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza, sino del poder duradero de nuestros ideales: la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme”. La ciudadanía acababa de demostrarlo con un voto de respuesta política a estos años de insolencia y de odio. Han sido las mujeres (56% de las votantes lo hizo por Obama), las minorías (95% de los negros y 65% de los hispanos) y los jóvenes (66%) los que han liderado esta reacción, que ha provocado que hoy EE UU sea visto de otra manera.

Durante toda la campaña, Obama ha asumido la posición del que, surgido de un sector social marginado y discriminado, sabe que nada está ganado de antemano. Y que es necesario aunar muchas voluntades para romper las defensas de unas élites endogámicas convencidas de que EE UU les pertenece. Con su victoria sobre Hillary Clinton, consiguió dos cosas muy importantes: borrar para siempre las acusaciones de falta de madurez y de empaque intelectual y político; y cortocircuitar otro nuevo ejercicio de sucesión monárquica en las élites de una democracia republicana. La mejor victoria es la que se consigue frente a un gran adversario: Obama ha tenido dos de primer nivel, Hillary Clinton y John McCain. A McCain le ha tocado cargar con una derrota que no era la suya. Pero es un hombre decente que demostró su capacidad de empatía al compartir el orgullo de los afroamericanos en la noche electoral.

Obama ha conducido a la ciudadanía americana a recuperar los sueños arruinados por los fabricantes de muerte y miedo, organizados en torno a Bush. No se le podrá perdonar nunca al presidente saliente haber manchado la historia de la democracia americana legitimando la tortura. Este gesto es el icono de la quiebra moral de las élites republicanas.

“Los cínicos decían que este día nunca llegaría”, dijo Obama cuando consiguió la nominación demócrata. También decían que no llegaría a la Presidencia y ha llegado. Esta vieja Europa resabiada, que hasta el último momento ha mantenido la sospecha de racismo sobre el pueblo americano, tendrá que reflexionar. Y preguntarse: ¿tendría posibilidades un Obama de ser elegido en algún país europeo?

Los mismos cínicos dicen ahora que Obama no cambiará nada. Forma parte del guión ideológico de los cínicos arruinar las esperanzas de la gente. Y, sin embargo, con su elección ya han empezado a cambiar las cosas: las élites de Washington han recibido un batacazo. Ante el desastre de una crisis construida sobre la impunidad de aquellos que creían que todo les estaba permitido, la ciudadanía ha contestado dando el poder a Obama. Todos sabemos que las grandes ilusiones políticas acostumbran a acabar en frustraciones. Obama ha reunido una mayoría muy amplia -con una significativa incorporación de voto blanco de las clases medias y de voto hispano que había sido reacio a los demócratas- y le será imposible dar satisfacción a todo el mundo. El propio Obama lo ha advertido. Pero lo que es seguro es que la revolución conservadora ha terminado y que es hora de vencer a la cultura del miedo. Con Obama “ha llegado el momento, para nosotros también, de la movilización con resultados concretos”, ha dicho la secretaria de Estado de Asuntos Exteriores francesa, Rama Yade. La ciudadanía americana ha optado por la política cuando parecía imponerse el totalitarismo de la indiferencia: la política está de regreso. Que Europa siga el ejemplo.

Obama incorpora una cultura política femenina, en contraposición a la idea masculina del poder tan bien representada por la dama del rifle, Sarah Palin, que ha acompañado su derrota con una descarga de resentimientos. Obama, en su discurso, advirtió sobre las dificultades, “los percances” y “los pasos en falso”; prometió escuchar, e invitó a “un nuevo espíritu patriótico responsable”, con una naturalidad y una ausencia de grandilocuencia muy propia de la manera de hacer de las mujeres, que priman la comprensión y el entendimiento sobre la autoridad. Al dirigirse al resto del mundo, no amenazó a nadie: al contrario, dijo que “nuestras historias son diferentes, pero nuestro destino es el mismo”. Ni pueblo escogido, ni potencia marciana que quiere dominar el mundo: simplemente, una parte importante de la humanidad. Desde esta voluntad de compartir, anunció el compromiso de vencer a quienes “quieren derrumbar el mundo”. No desde el exhibicionismo militar o desde la insolencia del dinero, sino desde “la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme”. Algo se mueve en EE UU, algo se mueve en el mundo.

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Las prioridades de Obama, de Paul Krugman en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

El martes, 4 de noviembre de 2008, es una fecha que vivirá en la fama (lo opuesto a la infamia) para siempre. Si a quien lee estas líneas la elección de nuestro primer presidente afroamericano no le emocionó, si no le llenó los ojos de lágrimas y le hizo sentirse orgulloso de su país, es que le pasa algo.

Ahora bien, ¿marcará también esta elección un punto de inflexión en la política propiamente dicha? ¿Puede Barack Obama emprender verdaderamente una nueva era de políticas progresistas? Sí, puede.

En estos momentos, muchos comentaristas recomiendan a Obama que tenga cuidado. Algunos usan argumentos políticos: EE UU, dicen, sigue siendo un país conservador, y los votantes castigarán a los demócratas si se inclinan hacia la izquierda. Otros dicen que la crisis financiera y económica no deja margen de maniobra para actuar, por ejemplo, en la reforma de los seguros médicos. Confiemos en que Obama tenga suficiente sentido común para ignorar esos consejos.

Por lo que respecta al argumento político, cualquiera que dude que hemos vivido un gran realineamiento político no tiene más que ver lo que ha sucedido en el Congreso. Tras las elecciones de 2004, hubo muchos que declararon que habíamos entrado en una era prolongada, quizá permanente, de dominio republicano. Desde entonces, los demócratas han obtenido dos victorias consecutivas y han ganado al menos 12 escaños en el Senado y más de 50 en la Cámara de Representantes. Ahora disponen de unas mayorías en las dos cámaras más amplias de las que tuvo el Partido Republicano en ningún momento de sus 12 años de reinado.

Hay que tener en cuenta, además, que la elección presidencial de este año era un claro referéndum sobre filosofías políticas, y venció la filosofía progresista.

Tal vez la mejor forma de subrayar la importancia de este dato es comparar esta campaña con la de hace cuatro años. En 2004, el presidente Bush ocultó su verdadera agenda. Se presentó, para decirlo claro, como el defensor de la nación contra terroristas unidos en matrimonios homosexuales, y dejó atónitos a sus propios partidarios cuando, poco después de vencer, anunció que su primera prioridad iba a ser la privatización de la Seguridad Social. Aquello no era por lo que la gente había pensado que votaba, y el plan de privatización pasó rápidamente de ser una empresa gigantesca a convertirse en una farsa.

Este año, en cambio, Obama presentó un programa que incluía el seguro médico garantizado y los recortes fiscales para la clase media, pagados con unos impuestos más altos para los ricos. John McCain dijo que su rival era un socialista y un “redistribuidor”, pero EE UU votó por él. Eso sí que es tener un mandato.

¿Y qué ocurre con el argumento de que la crisis económica va a impedir poner en marcha un programa progresista?

No cabe duda de que la lucha contra la crisis costará mucho dinero. Rescatar el sistema financiero exigirá seguramente grandes sumas de dinero, además de los fondos ya desembolsados. Y también necesitamos con urgencia un programa de aumento del gasto público para fomentar la producción y el empleo. ¿Es posible que el déficit del presupuesto federal ascienda a un billón de dólares el año que viene? Sí.

Pero los manuales clásicos de economía nos dicen que está bien, que es apropiado incurrir en déficits temporales ante una economía deprimida. Y uno o dos años en números rojos, si bien contribuirían modestamente a los futuros gastos financieros federales, no deberían ser un obstáculo para un plan de salud que, por muy rápidamente que se convirtiera en ley, seguramente no entraría en vigor hasta 2011.

Aparte de eso, la propia respuesta a la crisis económica es, en sí, una oportunidad de impulsar un programa progresista. No obstante, Obama no debe imitar la costumbre del de Bush de convertir cualquier cosa en un argumento a favor de sus políticas preferidas. (¿Recesión? La economía necesita ayuda; ¡vamos a bajar los impuestos a los ricos! ¿Recuperación? Los recortes fiscales para los ricos funcionan; ¡vamos a aplicar unos cuantos más!).

Pero sí sería justo que la nueva Administración deje claro que la ideología conservadora, con su convicción de que la codicia siempre es buena, ha ayudado a crear esta crisis. Lo que dijo Franklin Delano Roosevelt en su segunda toma de posesión -“siempre hemos sabido que el interés egoísta e irresponsable era malo desde el punto de vista moral; ahora sabemos que es malo desde el punto de vista económico”- no ha sido nunca tan cierto como hoy.

Y hoy parece ser uno de esos momentos en los que también es verdad que, por el contrario, lo que es bueno desde el punto de vista moral es bueno desde el punto de vista económico. Ayudar a los más necesitados, aumentando las prestaciones de salud y desempleo, es lo que se debe hacer desde una perspectiva ética; es una forma mucho más eficaz de estímulo económico que rebajar el impuesto sobre las plusvalías. Ofrecer ayuda a gobiernos locales en situación difícil para que puedan mantener los servicios públicos esenciales es importante para quienes dependen de dichos servicios, pero es también una forma de evitar pérdidas de puestos de trabajo e impedir que la economía caiga en una depresión aún más profunda. Es decir, abordar un programa de prioridades progresista -llamémoslo un nuevo New Deal- no es sólo posible desde el punto de vista económico, es exactamente lo que necesita la economía.

Lo importante es que Barack Obama no debe escuchar a quienes tratan de asustarlo para que sea un presidente inactivo. Ha recibido un mandato político; tiene de su parte el sentido común económico. Podríamos decir que lo único a lo que debe tener miedo es al propio miedo.

El Premio Nobel 2008 Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton.

© New York Times Service, 2008.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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Las bienintencionadas previsiones de Bruselas, de Ángel Laborda en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

A comienzos de la semana pasada, la Comisión Europea publicó sus previsiones de otoño. Unas semanas antes lo había hecho el FMI, por lo que estábamos esperando las novedades. En condiciones normales, unas pocas semanas no es tiempo relevante para que dos ejercicios de previsión difieran significativamente, a menos que los autores tengan visiones suficientemente diferenciadas sobre la coyuntura mundial y de cada país, lo cual no suele ocurrir cuando se trata de organismos internacionales (pensamiento único o consenso). Pero en esta ocasión, unas semanas sí son relevantes, pues los acontecimientos se están precipitando día a día con una rapidez nunca vista. El desplome del precio del petróleo, desde 150 dólares por barril en julio hasta 60 dólares en la actualidad, es un ejemplo de ello. Mucho más importantes son los acontecimientos que hemos vivido en el ámbito de las instituciones financieras, que, entre otros efectos, han causado un profundo y adicional deterioro de la confianza y expectativas de todos los agentes económicos.

Bien, pues a pesar de todo ello, las previsiones de la Comisión nos ofrecieron unas perspectivas similares a las del FMI, pudiendo calificarse ambas, como mínimo, de candorosas y edulcoradas. No sé si con ellas se pretende no alarmar demasiado al amedrentado ciudadano, pero desde luego, al quedarse pronto tan desfasadas de la dura realidad, lo que consiguen es que este ciudadano confíe cada vez menos en ellas y, ante la incertidumbre (piensa mal y acertarás), se retraiga más en sus decisiones de gasto. Qué decir de las previsiones de nuestro Gobierno, que aún mantiene un crecimiento del PIB del 1% para el próximo año.

Es verdad que tanto el FMI como la Comisión dibujaron un escenario de estancamiento para el conjunto de países avanzados y suavemente recesivo para España durante los próximos trimestres, al dar las dos instituciones una caída del PIB del 0,2% para 2009, pero estas previsiones salieron ya de la imprenta con un optimismo forzado y sólo días después los fríos datos nos dicen que no sólo son optimistas, sino que han quedado totalmente obsoletas. Tanto es así que el FMI, de forma inusual, ha tenido que enmendar lo dicho hace unas pocas semanas y el jueves pasado sacaba una nota revisando notablemente a la baja los crecimientos para 2009. Ahora da una caída para el PIB español del 0,7%, medio punto menos. Las revisiones son aún superiores para el resto de países avanzados y para los emergentes, destacando los recortes en torno a tres cuartos de punto porcentual para EE UU, Alemania y Japón.

¿Sacará la Comisión Europea en los próximos días una nota similar a la del FMI? Seguramente no lo hará, pero si lo hiciera, yo le apuntaría que de nuevo el FMI se ha quedado corto por lo que respecta a la caída que puede registrar el PIB español el próximo año. Los datos de los últimos meses pintan un tercer trimestre del año actual peor de lo estimado por el Banco de España (0,9% interanual) y un cuarto mucho peor aún. En los gráficos adjuntos se pueden ver algunos de estos datos. De entre todos ellos, cabe destacar el que probablemente sea el mejor indicador mensual de la coyuntura española, los afiliados a la Seguridad Social. En el tercer trimestre, la caída interanual alcanzó ya un 0,9%, y en octubre se desplomó hasta el -2,3%. Las previsiones apuntan a que esta tasa aún irá más abajo en noviembre y diciembre, pudiéndose situar la media del cuarto trimestre en el -2,8%. Aunque aceptemos que la productividad por ocupado sigue acelerándose y llegue al 2%, nos queda una caída interanual del PIB del 0,8%. Ésta es la herencia que 2008 dejará a 2009, herencia que aún se irá haciendo más negativa al menos durante el primer semestre. Los fríos datos y las tendencias apuntan, por tanto, a que el PIB podría contraerse el próximo año más de un 1%. No quisiera hurgar más en la herida, pero ¿se imaginan adónde puede irse la tasa de paro y las empresas que pueden quedarse por el camino? Sin duda hacen falta medidas de choque. ¿Más déficit público? El FMI, tradicionalmente el sanctasanctórum de la ortodoxia, lo recomienda. Habría que pensarlo. Y desde luego, que el BCE se deje de paños calientes y baje los tipos de una vez hasta donde los ha bajado la Reserva Federal.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).

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“A mí no me montan una huelga general”, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 9 noviembre, 2008

CUADERNO DE MADRID

¿Ha visto usted lo que me han hecho en el ´Economist´?

– Le han dejado sin fiesta. Nos han dejado sin fiesta. The party´s over. Catorce páginas de dossier español y una severa conclusión: “La fiesta se ha acabado”.

– ¡Me han quebrado un cuerno! En portada han dibujado la silueta del toro español con un cuerno roto. ¡Pérfidos ingleses! ¡Pérfida Albión!

– Me sorprende ese orgullo herido. Usted no es un toro Osborne, un cartelón de carretera. Usted es Segador,el toro parlante del bar La Torre del Oro; oráculo de Zaratustra en el rincón más umbrío de la plaza Mayor de Madrid.

– No hace falta haber estudiado en la London School of Economics para concluir que la fiesta ha terminado. Se ha terminado en todo el mundo, amigo mío. También en esta casa.

– ¿Baja el consumo de gazpacho?

– El gazpacho lo servimos en verano. En otoño, caldo con unas gotas de manzanilla. Beba, beba, que ilumina la mente. Alcanzado el trance, he visto a gente conferenciar con el espíritu de don José Ortega y Gasset. Una tarde nos instruyó sobre la redención de las provincias.

– Ortega intuyó el Estado de las Autonomías al escribir en 1931, La redención de las provincias y la decadencia nacional. La revista The Economist afirma, sin embargo, que España puede que haya ido demasiado lejos en la descentralización. Sostiene que nuestra devolution es babélica, costosa e ineficaz ante la crisis, en la medida que dispersa esfuerzos y desdibuja la marca España en los mercados internacionales.

– Eso también lo creía Aznar.

– Ellos apuntan como remedio una simplificación federal. No sé si esta era la idea de Aznar. Es una reflexión interesante. ¿Realmente necesita España diecisiete parlamentos autonómicos a pleno rendimiento ?

– Mi augurio, Juliana, es el siguiente. Tome nota: una ola de antiautonomismo se irá apoderando de la opinión pública. En tiempos de crisis, hacen falta chivos expiatorios. Y el fantasma de los ´reinos de taifas´es muy español. Se cumplen mil años de los reinos de taifas.

– La campaña ya está en marcha.

– Si los catalanes fuesen tan listos como creen, encabezarían la manifestación contra las taifas manirrotas.

– ¡¿Cómo?! Si dicen que somos la taifa principal y más peligrosa.

– La racionalización del Estado de las Autonomías debería ser una bandera catalana. ¿No llevan ustedes no sé cuántos años quejándose del ´café para todos´de la Transición? ¿No dicen que se les exige demasiado esfuerzo fiscal? Pues enarbolen la bandera de la austeridad y de la simplificación territorial. Sin miedo. La mejor defensa siempre es un buen ataque.

– ¿Para llegar a dónde?

– Para poner todas las cartas sobre la mesa, puesto que vienen tiempos muy crudos. En el Gobierno hay en estos momentos una división de mil demonios. Sé cosas. Oigo cosas.

– Cuente.

– Hay dos corrientes. Pedro Solbes, apoyado por el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, y Joaquín Almunia, comisario europeo de Economía, bendecido por Felipe González, y algo protegido por María Teresa Fernández de la Vega. Y todos los demás, encabezados por el presidente Rodríguez Zapatero y su valido, Miguel Sebastián. Séniors contra júniors. Sebastián ya no despacha con la vicepresidenta.

– ¿Qué proponen los séniors?

– Cura de caballo. Creen que la crisis será larga y abogan por una amortiguación que no dispare más de la cuenta el déficit y el endeudamiento. Y creen bastante inevitable una reforma laboral que abarate salarios y despidos, ya que existe el riesgo de que el paro se dispare por encima del 20%.

– Eso podría tener un altísimo coste electoral para los socialistas.

– Los séniors recuerdan que en 1982 las cosas aún estaban peor y que la sociedad sabe reconocer y premiar el coraje de los gobernantes.

– Abaratar salarios y despidos es sinónimo de huelga general.

– González aguantó cinco huelgas generales. Y Aznar, una, que le dejó maltrecho. ¿Sabe lo que le ha dicho Zapatero a uno de sus más fieles colaboradores? “A mí no me van a montar una huelga general”. Retenga esa frase porque será la clave de los próximos meses. “A mí no me van a montar una huelga ganeral”.

– Está usted retratando a los júniors como unos frívolos.

– No. Los júniors creen que para salir de esta crisis atípica, hay que evitar que el país caiga en una psicosis depresiva, aunque para ello sea necesario sacrificar la buena salud del endeudamiento público. Si queremos que la locomotora arranque de nuevo deberemos echar más de una silla al fogón de la caldera, dicen. Y tachan a los séniors de derrotistas.

– Si los júniors aciertan, serán los héroes de la década. Si fallan, pueden situar al país en la fatídica senda italiana y condenar a las nuevas generaciones al pago de una deuda desorbitada. El debate parece dramático.

– Lo es.

– Trasciende poco, sin embargo.

– Tocado por las encuestas, Zapatero ha optado por la hiperactividad. No le interesan los debates descarnados. Quiere transmitir ritmo, sensación y emoción. Como Obama.

– Lo de la cumbre de Washington le ha salido bien. Hemos vendido toda la vajilla a Francia, pero le ha salido bien.

– Que nadie desprecie a Zapatero. Tiene instinto. Para él, la fiesta aún no ha terminado.

– Otro caldo, por favor. ¡A la salud de los hispanistas británicos!

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La octava potencia mundial, de Manel Pérez en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

LA VENTANA INDISCRETA

Ocasión habrá para conocer en detalle lo que realmente ha ocurrido estos días entre bambalinas a cuenta de la presencia española en la llamada cumbre del G-20 en Washington el próximo fin de semana. La diplomacia internacional no admite concesiones sin contrapartidas y no es propensa a reconocimientos morales ni estadísticos. La relación de fuerzas y el propio interés son las fuerzas dominantes. Ser la octava potencia mundial,como le gusta decir de modo empalagoso a las autoridades, parece condición necesaria para estar presente en la reunión del club, pero ni mucho menos suficiente, como los intensos y viajeros esfuerzos del presidente del Gobierno han puesto de manifiesto.

Sin duda, la concesión de la silla a Zapatero forma parte de un acuerdo más amplio, especialmente con el presidente francés, y habrá que esperar un cierto tiempo para ver cuál es la moneda de cambio que compense tan desprendida actitud. En el pacto, ZP logra parcialmente y de forma precaria un reconocimiento internacional que no alcanzaron ni Felipe ni Aznar, mientras que Nicolas Sarkozy eleva varios enteros su figura como hombre de Estado europeo.

Zapatero se ha concentrado sobre dos ejes para argumentar su presencia en la cumbre. El primero, el ya manido y genérico de que España es la octava…El segundo, mucho más concreto, es el de la fortaleza de su sistema financiero y la reputación de su sistema de regulación y supervisión, gracias a los cuales ha resistido sin heridas noticiables este año largo de crisis financiera internacional. Vayamos primero a por el último.

Y en realidad se trata de un argumento poderoso. La banca española lleva 150 años siendo el centro hegemónico del poder económico y su proyección sobre el ámbito político no necesita de exageración alguna por evidente.

El plan de estabilización de 1959 abrió las puertas de la economía española al capital exterior, especialmente estadounidense, en todos los sectores, de la industria ligera al consumo, pero no a la banca, que continuó completamente regulada y al amparo de los capitales nacionales.Continuó siendo un coto vedado para las familias tradicionales. La banca controlaba las finanzas y dominaba o compartía el control de las grandes empresas. El poder económico era de los banqueros, que cohabitaban cómodamente con las diferentes fracciones de la clase política de turno.

Después de la dictadura, la banca debió acomodarse y sufrió una aguda crisis que se prolongó hasta mediados de los años 80. Muchos bancos desaparecieron dejando enormes agujeros, que en buena medida debieron tapar los impuestos de los ciudadanos, y por el camino fueron abandonando su carácter industrial. La primera consecuencia de todo ello fue la recreación de un sistema de supervisión y control, el del Banco de España, que llegó a actuar como auténtico consejo de administración paralelo del sector e impulsó una rápida concentración bancaria. La última crisis, la del Banesto de Mario Conde, de principios de los 90, se resolvió sin que los españoles se dieran prácticamente cuenta (cosa distinta fue la política).

Y así llegamos a los años noventa y el arranque del boom inmobiliario, que no se entendería sin la financiarización extraordinaria de la economía española, y de la que dan buena fe las miles de oficinas bancarias, tan visibles como los bares, que adornan todas las ciudades y pueblos del país. Un país bancarizado era el complemento perfecto para la eclosión de la construcción.

España puede presumir de tener un sistema financiero dinámico, moderno y, lo que es importante en los tiempos que corren, solvente. Es muy probable que Emilio Botín y su Santander sean uno de los grandes triunfadores de esta época turbulenta. Y aún lo veremos crecer más… en España. Es lógico que Botín y sus colegas quieran que la definición de las nuevas reglas de juego del sistema se adopten teniendo en cuenta su opinión. Son un poder en España y quieren un papel equivalente en el mundo. Y Zapatero es consciente de ello.

Pero, y aquí llegamos al primer argumento de ZP, en otros sectores la economía española no ha producido nada comparable al bancario. Aunque hay ejemplos de empresas con presencia en el mundo, en las grandes áreas industriales y de servicios, la octava potencia sigue sin ser muy visible y se la sigue viendo como una sucursal de las sedes centrales de distantes multinacionales del resto del mundo.

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Crísis, regulación y mercado, de Joaquín Trigo Portela en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

APRENDER DE LOS ERRORES

Las crisis de origen monetario, como la actual, cuando se ramifican y tienen resultados explosivos provocan tal estupor en la opinión pública que una cierta sensación de fin del mundo se extiende. Hoy, cuando el género de la ciencia ficción está a baja, la forma de representar el Armagedón es hablar del fin del capitalismo o de su refundación.

No obstante, viejos maestros, como el premio Nobel de Economía Milton Friedman, una de las máximas autoridades sobre la Gran Depresión de 1929, nos enseñaron las precariedades que generan una mala regulación del dinero y sus tremendos corolarios.

Aplicando sus enseñanzas podríamos decir sobre la crisis de las subprime que el exceso de financiación abaratada artificialmente aumentó la oferta de créditos para acreditados buenos, regulares y malos.

A finales de los noventa, el Gobierno de Clinton impulsó la financiación a personas de baja renta para facilitarles la compra de viviendas. Problemas bursátiles con las empresas puntocom,el atentado a las torres gemelas y otros factores aportaron pretextos para persistir en el exceso de oferta monetaria. Las importaciones baratas procedentes de los nuevos países industrializados contuvieron el IPC y la entrada en vigor del euro lo reforzó. En cambio, la presión al alza que respetó el IPC, disparó la demanda de activos – bursátiles, inmobiliarios y otros- cuyo precio oscila en sentido opuesto al de los tipos de interés.

La oferta de dinero y la regulación financiera la hacen instancias políticas (una independencia como la del BCE es rara). Como la regulación es pesada y la competencia enérgica, los bancos trasladan los créditos a terceros y acaban por hacer de mediadores sin ni siquiera haberlos creado. Ganan una comisión módica pero aplicada a un volumen de ingente crédito. Para llegar a nuevos mercados se agrupan créditos de calidad desigual, se consigue un buen rating y eso, con el prestigio de los vendedores, permite vender esos títulos en medio planeta. Por medio hay un catalizador y vehículo inicial: Freddie Mac y Fannie Mae son las estrellas. Entre bastidores están Ofheo y el gobierno.

Freddie Mac y Fannie Mae son nombres artísticos. En realidad, el primero se llama Federal Home Loan Mortgage Corporation. Creado en 1970 para competir con Fannie Mae y con la misión de apoyar al mercado secundario de hipotecas sobre viviendas (en realidad mortgages,que es algo diferente) incluyendo actividades relacionadas con hipotecas sobre viviendas para familias con ingresos bajos y medios … a través del aumento de la liquidez de la inversión en mortgages y mejorando la distribución del capital de inversión disponible para financiar mortgages sobre vivienda. Freddie Mac era una sociedad privada con una misión pública y los compradores de sus títulos los veían como títulos de deuda pública. Fannie Mae es Federal National Mortgage Association Housing, creada en 1938. Al inicio de la crisis ambas eran Congressionally-chartered, publiclyowned corporations con acciones que cotizaban en la Bolsa de Nueva York. Las dos GSE (Government Sponsored Enterprises) estaban exentas de impuestos estatales y locales, así como de los requisitos de registro de la SEC. Ambas tenían una línea de crédito de soporte de la U. S. Treasury y canalizaban más del 50% del crédito vivienda.

Ofheo son las siglas de Office of Federal Housing Enterprise Oversight. Se creó en 1992 para asegurar la suficiencia del capital, la salud financiera y la solvencia de las dos GSEs mencionadas. La función de Ofheo era supervisarlas, prohibir pagos excesivos a los directivos y regular el volumen de capital y el cumplimiento de los requisitos fijados. Estaba autorizada a adoptar las acciones necesarias para su cumplimiento. Tenía un presupuesto de más de 60 millones de dólares anuales y una plantilla de 200 personas. Nunca vio nada raro en los criterios de actuación y en la conducta de los directivos pero, cuando sobrevino la crisis su informe creció hasta 300 páginas y … todo estaba mal… excepto ellos mismos que nunca antes vieron ni anticiparon nada.

La Reserva Federal, como cualquier banco central, tiene atribuciones reguladoras, supervisoras, autorizadoras y asesoras, pero siempre en el ámbito que le es propio. Sabe, como cualquier Banco Central, que cada vez que emite una circular restrictiva de alguna actividad o producto financiero, surgen intentos de sortearla a través de innovaciones que escapen a la norma. También sabe (lema de Goodhart) que cuando detecta un agregado monetario con una buena correlación con el IPC, el intento de acotar su crecimiento para controlar mejor el IPC… destruye esa correlación. Por eso su capacidad de control es limitada y siempre sujeta a retos. En otras palabras, no puede poner puertas al campo. Esto no obsta para que deba regular por ejemplo dando libertad para crear nuevos productos, pero exigir autorización previa antes de cualquier anuncio.

Siempre que sobreviene una crisis se proclama el fin del capitalismo. Ahora se añade que hay que refundarlo,¡como si alguien lo hubiera fundado alguna vez!, pero sin ofrecer alternativa pues la planificación sólo da lugar a una crisis, que comienza con ella y no acaba nunca. En el caso actual no han faltado regulación ni intervención pública. En cambio, sobraron sinvergüenzas y listillos en el origen y críticos de salón cuando ya estaba desplegada.

Recientemente, se presentó en Barcelona el libro de Milton y Rose Friedman, Libertad de elegir escrito en colaboración con su hijo David, también economista y presente en el acto. Ahí se comentaron las críticas actuales al capitalismo. La crítica alude a fallos del mercado, que los hay, y olvida los fallos del Estado, cuando el mercado, aún siendo imperfecto, puede funcionar igual o mejor que el Estado imperfecto porque recoge las preferencias de todos. Ese todos sabe más que cualquier gobierno o salvador de la Humanidad. Y no sé si fue Friedman júnior o quién el que dijo que la intervención estatal y la de sus agencias han servido la complicidad necesaria para la gestación de la crisis actual.

Joaquín Trigo Portela. Director Ejecutivo de Fomento del Trabajo. Profesor Titular de Análisis Económico de la UB.

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Un ‘run run’ recorre Madrid ¿Y si el Gobierno vuelve al ‘ladrillo’ para esquivar la recesión?, de Carlos Sánchez en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 9 noviembre, 2008

‘Zapatero tiene que resistir las presiones. Tiene que evitar la tentación de recurrir de nuevo al ladrillo para esquivar la recesión. Sería un error garrafal volver a confiar en la construcción para salir de la crisis. Hay que poner en marcha un nuevo modelo productivo; eso es lo importante. No hay que volver a caer en los errores del pasado’ Esta apasionada reflexión la hizo hace unos días, en voz alta, un veterano dirigente político. Curtido en mil trincheras, y que conoce como pocos las bambalinas del poder.

Me refiero al poder socialista, no al menguante poder de la oposición, que no ha sabido capitalizar políticamente esa extraña operación de los 150.000 millones de euros que continúan siendo una ilusión óptica. Vamos a ver, si la operación no es un plan de recate de la banca, como sostiene en público David Vegara, ¿por qué el Gobierno no hace llegar ese dinero a los bancos al tipo de interés oficial para que éstos, a su vez, lo canalicen, lo distribuyan, entre sus clientes sin aguardar la noche de los tiempos? Es decir, sin esperar a que continúen cerrándose cada día cientos de empresas ahogadas por falta de crédito.

Nuestro interlocutor está perfectamente informado sobre todo lo que se cuece en el mundillo económico, y en especial de los movimientos que hay alrededor de Pedro Solbes para convencer al vicepresidente de que la única salida, el último salvavidas, que tiene la economía para evitar que a la vuelta del próximo verano haya cuatro millones de parados es volver al ‘ladrillo’, el gran creador de empleo. Solbes, a quien nunca le han gustado los ladrilleros -al contrario que a Miguel Sebastián y a su socio David Taguas– resiste por el momento con la ayuda del gobernador Fernández Ordóñez, convencidos ambos de que el sector tiene que purgar sus culpas.

Más allá del debate político entre dirigentes socialistas, el pulso es uno de los más interesantes de los últimos tiempos en términos de estrategia económica, toda vez que pone de manifiesto dos formas de entender la actuación del Gobierno. El corto plazo, representado por quines quieren volver a poner en marcha la maquinaria de la construcción, y el medio y largo plazo, simbolizado por quienes sostienen que aunque la crisis sea más dolorosa en términos de empleo, lo importante es poner las bases para regenerar el tejido industrial con la vista puesta en ganar productividad, el gran agujero negro de la economía española.

Falsas liberalizaciones

En este debate hay quien se acuerda de Miguel Boyer, que a mediados de los ochenta, en el primer Gobierno de Felipe González, puso las bases de la burbuja inmobiliaria con su agresiva política fiscal en materia de vivienda. No solamente liberalizó falsamente los alquileres, sino que calentó los precios permitiendo deducciones fiscales que ningún Gobierno se ha atrevido a eliminar por razones electorales.

Los resultados de aquellas medidas no han podido ser más pobres. En 1981, el porcentaje de viviendas en alquiler respecto del total, era del 20,8%, pero hoy apenas el 9,3% de los pisos son arrendados. Por el contrario, el porcentaje de viviendas en propiedad es ahora del 86,3%, mientras que hace 15 años era del 73,1%, lo que revela el fracaso de las medidas ‘liberalizadoras’ para abaratar precios. Sin embargo, todavía hay quien cree -y de ahí las presiones sobre el Gobierno socialista- que la única solución es estimular la construcción de viviendas mediante el aumento de las deducciones fiscales, lo que tendría efectos benéficos sobre el bolsillo de las familias, que así estarían en condiciones de absorber más rápidamente ese millón de pisos que hoy esperan inquilino. De paso, el Estado se beneficiaria vía ingresos por la mayor actividad económica y la consiguiente liberación de recursos que hoy se destinan a financiar el desempleo.

El debate está ahí, y no hay ninguna duda de que es útil ante la ausencia de ideas para salir de la crisis. Y es que sorprende ver a un Gobierno, y en particular a su presidente, volcado en tapar las vías de aguas que ha abierto el ciclón económico, pero ocurre que al capitán se le ha olvidado que alguien maneje el timón, lo que no es exactamente lo mismo que anunciar medidas cada dos o tres semanas de apenas recorrido. Manejar con soltura el timón es requisito imprescindible en un contexto como el actual, en el que a Zapatero se le está complicando el diálogo con los agentes económicos, su gran coartada para no tener que tomar ninguna decisión impopular. Esas que cuestan votos a corto plazo, pero que ayudan a un país a salir adelante.

Acierta Zapatero cuando se niega a hacer recortes sociales. Es, desde luego, mejor dejar funcionar los estabilizadores automáticos para mantener niveles mínimos de renta de los trabajadores que hacer los recortes que aprobaron los anteriores gobiernos de la democracia a las primeras de cambio. Pero yerra cuando se olvida de ensanchar la oferta económica y, en su lugar, se limita a gobernar la demanda con medidas que han dejado seco al erario público.

Lo cierto es que aunque en la CEOE de Díaz-Ferrán las cosas se han calmado algo, las heridas siguen sin cicatrizar del todo; pero es que en CCOO se ha abierto un melón que no va a ser fácil de cerrar. Es probable que Fidalgo gane a Toxo en el próximo Congreso, aunque sea por la mínima y tras una guerra civil en el sindicato que tiene mucho de leninista, toda vez que la candidatura del gallego tiene mucho que ver con una revuelta palaciega, pero hay fundadas razones para intuir una posición más dura de CCOO respecto de Moncloa, donde todavía se frotan los ojos al ver la hiperactividad de Zapatero. Al presidente le está sucediendo lo mismo que a los últimos inquilinos de la Moncloa durante su segundo mandato, España se le ha quedado tan pequeña que quiere dirigir el mundo, aunque sea en silla prestada o con los pies por delante fumándose un puro de manera ostentosa.

Zapatero, sin embargo, antes de que llegue su minuto de gloria, todavía tiene que encarar una crisis en ciernes que le puede dar algún quebradero de cabeza: la actitud de UGT ante el ministro Corbacho, cuyo peso político está cada vez más debilitado. Cándido Méndez, al parecer, le ha puesto la proa. Hay quien dice dentro del sindicato que no da la talla, que no ha cubierto las expectativas, pero no se oculta un hecho incuestionable. Los dos responsables de empleo que tuvo Jesús Caldera los puso UGT, Valeriano Gómez y Antonio González, pero en su lugar Corbacho optó por traerse de Cataluña a Maravillas Rojo, con lo que se ha producido un cortocircuito en la política social del Gobierno de indudable calado sindical. Como se ve, problemas domésticos para un líder galáctico.

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En la crisis: reservado el derecho de admisión, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 9 noviembre, 2008

Marx, al comenzar El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, con su ironía y estilo literario señaló que los grandes hechos, si se repiten, no tendrían el carácter de grandeza o tragedia, y lo harían en su modalidad de farsa o caricatura. La actual crisis no contradice su postulado. De forma grotesca, el ansia de acumulación de los capitales financieros especuladores que actúan en las bolsas del mundo es parte de esta caricatura. Si la tragedia se produjo con el crack del 29 y la crisis de entreguerras del siglo XX, la farsa está representada por el adoctrinamiento económico liberal desatado en los años 70 del mismo siglo.Tratando de hacer comulgar con ruedas de molino, se cayó en el mismo mal: se repitió el mismo error. Sólo que en esta ocasión se cumplió la profecía marxista. Ha sido una estampa única observar a los banqueros jugando contra la banca. Pareciera que no les importó declararse en quiebra. Su convencimiento altanero deviene de sentirse controlados por los gobiernos formales y ser parte del poder transversal. Estaban seguros de que el Estado saldría en su auxilio. Para ellos el mundo pasó a convertirse en un casino con una ruleta. Una gran ruleta en la cual se puede jugar y apostar hasta el infinito. No hay peligro. Si cae uno, ya vendrá otro. Juegan todos contra todos y en beneficio propio.

Resulta obsceno verificar cómo los gobiernos de la derecha y socialdemócratas salen en defensa de sus corruptas elites financieras. Desde Estados Unidos hasta Holanda, pasando por Alemania, Italia, Francia, España o Canadá. Miles de millones de euros y dólares son entregados a los bancos para mantener abierto el casino. Hay que seguir apostando a la ruleta. Se trata de mantener la fiabilidad en el sistema y dar rienda suelta a los ludópatas. Cualquier cosa antes que poner en entredicho el orden financiero y económico mundial. De no hacerlo estarían corroborando que el capitalismo está en crisis. Y semejante afirmación es una herejía. Hoy, las bolsas siguen siendo un gran negocio. Comprar en momentos de baja permite obtener pingües beneficios a medio plazo. Pero sólo quienes poseen grandes sumas de dinero pueden invertir. Mientras tanto, a cara descubierta o de manera soterrada se ejerce una fuerte presión sobre las clases explotadas y dominadas, aprovechando para flexibilizar aún más el mercado laboral, despedir a los trabajadores, a cientos y miles, acosar a los sindicatos, privatizar y conceder mayores prerrogativas a las trasnacionales en su afán por recortar los derechos sindicales y laborales, ya de por sí disminuidos en estas dos últimas décadas. En pocas palabras, aumentar el grado de explotación del capital sobre el trabajo. Empresas como Monsanto, Bayer, Repsol, Iberdrola, son un ejemplo del nuevo tipo de actuación en el orbe. Convirtiéndose en grandes latifundistas participan de procesos desestabilizadores. Sin escrúpulos contratan paramilitares en Colombia y desplazan a los campesinos de sus territorios para plantar soya y transgénicos. Otras apoyan a gobiernos corruptos en su ansia de mantener en el poder a sus aliados al ver afectados sus intereses. Inyectan fuertes sumas de capital a partidos políticos, caso de México, recibiendo a cambio la palabra de los gobernantes ilegítimos a la hora de hacerse más adelante con los sectores estratégicos, antes en propiedad del sector público.

Verificar la caricatura de refundación del capitalismo no es un consuelo. La muerte cada dos segundos de un niño en el mundo no es una farsa. El aumento de suicidios entre los campesinos en los países de América Latina, Asia y África se relaciona con la falta de créditos y la incapacidad para hacer frente a las deudas contraídas con los bancos. Desesperanza, frustración e impotencia. La lucha es parte de la estrategia de sobrevivencia, aunque también la muerte acaba transformándose en una mala salida cuando se reprime la organización política y popular. Así, los empresarios se frotan las manos. Se quedan con sus propiedades y, como si fuera poco, piden para ellos exenciones fiscales, límites al pago del IVA y anular las multas contraídas con Hacienda. Es el momento para optimizar su situación. Pero los trabajadores no gozan de los mismos privilegios. Para ellos, el discurso y la política es la de ajustarse el cinturón, pagar el IVA y ser buenos ciudadanos, es decir, pagar 100 por ciento de los impuestos, las hipotecas, los préstamos, los intereses bancarios y las deudas. No hay aplazamientos posibles. De no comportarse adecuadamente, el embargo, la pérdida de los bienes, el despido y la cárcel son el horizonte más probable.

Mientras tanto, George W. Bush, en un ataque de apoyo a las políticas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, ofrece a sus amigos miembros del G-8 y países emergentes una reunión para hablar de la recesión. Con un carácter entre nostálgico por la despedida de su mandato, ha reservado el derecho de admisión. Seguramente en medio de cenas opíparas, los asistentes darán un tirón de orejas a los desbocados especuladores por haber roto las leyes del mercado. Igualmente, estarán convencidos de que las aguas volverán a su cauce dentro de unos años y que es hora de capear el temporal. Así, apostarán por seguir apoyando el desmantelamiento del sector público, la privatización de la salud, la educación, la desregulación del mercado laboral, el despido libre, la apertura comercial y financiera. Ninguno de ellos pondrá en duda la viabilidad del capitalismo. Ahora recurrirán al viejo lord Keynes para salvar los muebles, cuestión que no es incompatible para evitar el colapso.

Como colofón de este esperpento, el presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, llora por no ser convocado. En un provincianismo propio del subdesarrollo cultural y social que caracteriza a la España del siglo XXI, al decir de Vicent Navarro, el reino moviliza todas las fuerzas para estar presente como uno de los invitados donde está reservado el derecho de admisión. Pobre bagaje para un gobierno que debería estar más preocupado por evitar que sus trasnacionales no cometan genocidio, etnocidio ni desestabilicen gobiernos democráticos en América Latina.

Primeros pasos de Obama, por la vía de la moderación, de Oscar Raúl Cardoso en Clarín

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 9 noviembre, 2008

Hay influyentes sectores en Estados Unidos que buscarán limitar los márgenes de acción del presidente electo, a pesar del fuerte mandato de cambio que éste recibió en las urnas.

Es imposible no pensar que hay influyentes sectores en Estados Unidos que están intentando darle a Barack Obama un temprano baño de impotencia política, a pesar del fuerte mandato institucional que recibió esta misma semana. Si se pudiera sintetizar en una consigna esta intención habría que apelar a la frase “el país no giró a la izquierda” que le reiteran una y otra vez al presidente electo.

Para explicarlo en la definición de un cientista social basta con citar a Andrew Kohut del Centro de Investigaciones Pew: “Esta fue una elección donde el centro se reafirmó a si mismo. No hay señal alguna de un movimiento hacia la izquierda”.

Algo de asidero tiene el enfoque porque en términos de proporciones del voto popular, los resultados del 2008 se parecen -invertidos- a los de cuatro años atrás, comicios que casi resulta redundante recordar fueron ganados por George W. Bush. Este dato no disminuye la reparación histórica que acaban de hacer los votantes -que arrastran una historia de esclavitud no tan lejana y de discriminación y olvido de minorías-, pero lo que allí suele aludirse con el eufemismo de “guerras culturales”, en verdad la puja entre derecha e izquierda en los más variados terrenos, parecen tener una vigencia que Obama debe haber deseado menor.

Pero conviene alejarse de lo ideológico. De lo que se trata es que Obama atempere al mínimo su agenda de “cambio” en temas muy específicos: aumentar los impuestos de los más ricos, eliminar los obsequios impositivos que le hizo al mismo sector, reducir la carga fiscal del 95% de los ciudadanos, evitar que más dinero vaya a lo social, que se adopte un plan energético que cambie mucho las cosas, políticas de preservación del medio ambiente que reduzcan los márgenes de beneficios y encare una universalización de la protección médica sacándola de las manos codiciosas de la industria privada de la salud.

Ah. sí. Lo que se busca es mantener la mayor cantidad de privilegios de quienes llevaron a Estados Unidos -y al mundo por extensión- al borde del actual precipicio económico.

Es bueno preguntarse si Obama va a dejar que este juego gatopardista le devore las expectativas que generó o, peor aún, llegar a ser visto como un Tío Tom del presente. Es un dilema porque es preciso recordar que Obama ha prometido -junto con el cambio- convertirse en el gran sanador y unificador de la sociedad. ¿Podrá hacerlo? es la pregunta del billón de dólares, como la deuda nacional.

La situación favorece a los gatopardistas. La crisis se profundiza; impensable antes de su colapso en 1991, la Unión Soviética se desvaneció mansamente. Hoy el colapso parece suceder del otro lado: Ford y General Motors aseguran que pueden quebrar sin un rescate de fondos estatales. No hay dinero para empleo, para obras públicas, para salud pública son los argumentos reiterados ahora hasta el cansancio.

La industria bélica -el complejo militar-industrial que tan adecuadamente definió Dwight Eisenhower- tuvo sus beneficios en los ocho años de Bush y no desea demasiada revisión de las guerras en Irak y Afganistán que mantienen el gasto militar de Estados Unidos superior al del resto del mundo combinado.

Que no vaya a creer Obama que podrá repetir las experiencias de F. D. Roosevelt en 1933 y de Lyndon Johnson en 1964, porque la confianza de la sociedad en el gobierno ya no es lo que entonces era y recitan encuestas que, como una realizada en octubre pasado, muestran que solo el 17% de los estadounidenses confía en que el gobierno hará lo correcto.

Hay mentira por omisión en esto. Roosevelt fue el hombre que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión de los años 30 y colocó al país en la cima del poder occidental después de la II Guerra Mundial. Todo esto con regulaciones económicas, control de precios, obra pública y finalmente, sí, con la industria militar que en estos últimos años no volvió a cumplir con aquel rol. Algo similar, aunque de menor dimensión, podría decirse de Johnson y sus programas conocidos genéricamente como “la Gran Sociedad”.

La tradición histórica muestra que un nuevo presidente por lo general elige mostrar primero en público a sus secretarios de Estado o de Defensa, pero Obama no podrá apegarse a esa tradición. No se trata solo de la designación de un secretario del Tesoro, sino la rápida designación de un legislador combativo, Rahm Emanuel como jefe de gabinete. Su primera reunión con asesores tuvo como foco la economía, en un día de noticias aciagas.

Estados Unidos sufrió en octubre la mayor pérdida de puestos de trabajo en 14 años (240.000).

La tasa de desempleo está en 6.5 por ciento (el 7.8 por ciento que festeja el gobierno argentino allí es un desastre) y, dicen los expertos, hay 400.000 ciudadanos que la estadística no registra porque sencillamente han dejado de buscar un trabajo que no encuentran.

Sus primeros anuncios ayer parecen haber sido cautos más que moderados. Por lo pronto recordó que Bush seguirá siendo presidente durante algo más de dos meses y de un modo calmo ratificó sus propuestas de campaña, incluyendo reforma impositiva, salud y asistencia social. Quizá es posible aun encontrar en Estados Unidos una dirigencia que devore el sistema capitalista con la codicia como hambre. Quizás.

Copyright Clarín, 2008.

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