Reggio’s Weblog

¿Qué hacemos con Rodolfo Walsh?, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Literatura by reggio on 8 noviembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Aunque pueda resultar sorprendente a cualquier ciudadano de Latinoamérica medianamente culto, en España un artículo sobre Rodolfo Walsh tiene que empezar diciendo que se trata de un escritor argentino que nació en 1927, al que mataron cincuenta años más tarde en desigual combate, empuñando una 22 frente a unos milicos que lo emboscaron con armas largas; hay quien asegura que no sobrevivió a la balacera y quien sostiene que, herido y todo, fue chupado y hecho desaparecer por la dictadura militar argentina al cumplirse el año del golpe militar de 1976. Rodolfo Walsh acababa de buzonear a las agencias de prensa y embajadas extranjeras en Buenos Aires con un impresionante alegato titulado Carta abierta de un escritor a la Junta Militar.No llegaron a leerla cuando ya lo habían matado.

Hay que proponérselo para conseguir que en España fuera desconocida la obra de Rodolfo Walsh. Y hay que proponérselo porque basta decir que aquí vivían entonces escritores latinoamericanos que lo sabían todo de él. Sin ir más lejos, Gabriel García Márquez, fundador con Walsh de Prensa Latina en 1959, y Vargas Llosa, que aún ejercía de radical y había trabajado para esa misma Prensa Latina montada por Fidel y el Che en vísperas de la toma del poder.

Ahora resulta que en un seminario con jóvenes periodistas latinoamericanos, celebrado en Monterrey (México), y puesto terne y melancólico el maestro al evocar junto a Rogelio García Lupo, allí presente, la fundación conjunta de Prensa Latina, recordó al antiguo compadre Rodolfo Walsh, y añadió, para perplejidad de los bisoños, que no tenían ni idea de tal cosa, que el relato literario en forma de crónica periodística, o la crónica periodística convertida en novela, o alguna otra genialidad al uso, no había nacido como se cree con A sangre fría de Truman Capote, sino con Operación Masacre de Rodolfo Walsh. Lo cual, dicho sea sin ningún respeto por el genio, es una boludez de volumen porteño, porque los dos libros no tienen nada que ver ni en concepción ni en estilo. El de Capote es de 1966 y marca el punto culminante de su efímera carrera como escritor -el resto será fiesta y decadencia-, y el de Walsh es de 1957, y son crónicas periodísticas luego convertidas en libro, en las que apenas apunta lo que será luego su carrera como prosista.

Posiblemente debamos al aliento de esa ingeniosa frivolidad de García Márquez que al fin se atienda en España la figura de Rodolfo Walsh con la publicación de Operación Masacre, en una hermosa edición de 451 Editores. Lo digo no sin cierto retintín, porque cuando el año pasado apareció en la barcelonesa El Aleph un volumen titulado Los irlandeses, con un viejo prólogo-entrevista de Ricardo Piglia al autor, casi se puede decir que salió en clandestinidad, y eso que en mi opinión ahí están dos cuentos que considero la mejor literatura de Rodolfo Walsh: Los oficios terrestres e Irlandeses detrás de un gato. Excuso decir que el apellido Walsh constituye una herencia irlandesa, quizá una más tratándose de un hombre que siempre fue fiel a dos rasgos que se consideran típicos del emigrante irlandés: un carácter fuerte y unas convicciones asumidas sin subterfugios.

Pero si traigo hoy a colación a Rodolfo Walsh no es sólo por una cuestión literaria ligada a la aparición en España de uno de sus libros emblemáticos, Operación Masacre, sino porque la figura de Walsh trasciende la literatura, la enriquece y la desfigura al mismo tiempo, obligándonos a plantearnos cuestiones muy vivas que están mucho más allá de una disputa pedante sobre si Walsh fue el anti-Borges, como refiere Osvaldo Bayer, o fue el más auténtico y actual de los escritores argentinos del siglo XX, cosa difícil de admitir tratándose de una época y una literatura quizá sin parangón en la lengua castellana. Entre otras cosas porque la segunda mitad del siglo XX produce una traslación hacia Latinoamérica del castellano como lengua literaria, que podría resumirse de manera concisa y radical: de allí sale mejor literatura y allí se habla mejor castellano. La literatura española (made in Spain) de la segunda mitad del siglo XX me parece un monótono desierto con jaimas.

Cuando Walsh escribe Operación Masacre es un periodista con ambiciones literarias y ninguna pretensión política. Lo escribirá él mismo en el epílogo de la primera edición argentina. “Como periodista, no me interesa demasiado la política… No soy peronista, no lo he sido nunca ni tengo intención de serlo”. Y añade una frase reveladora: “Bajo el peronismo no habría podido publicar un libro como este”. Pero no tarda en hacerse peronista y cuando escriba su segundo libro de investigación periodística, ¿Quién mató a Rosendo? (1969), no sólo es un militante cualificado que reconstruye el asesinato de un sindicalista por el dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, sino que organiza el operativo que acabó con la vida de este mafioso del sindicalismo argentino. Y eso el mismo año que apareció su ¿Quién mató a Rosendo?, lo cual nos hace dudar si se trataba de un libro, de una lápida o de las dos cosas en una.

Los españoles de mi generación tenemos una dificultad biológica -mejor sería decir biográfica- para entender el peronismo. Para nosotros Juan Domingo Perón era un sátrapa corrupto que vivía en una mansión de la madrileña Puerta de Hierro bajo el manto protector del Generalísimo Franco. Y por más esfuerzos que hicimos, aún es el día que estamos imposibilitados para valorar sin sarcasmo a Evita como Rosa Luxemburgo porteña, y menos aún a Perón como Karl Liebknecht. Padecemos eso que algunos argentinos llamaban “aristocrática visión europeísta de la historia”. Rodolfo Walsh escribió un breve y brillante cuento titulado Esa mujer (1964), en referencia a Evita Perón, que merece figurar en cualquier antología de los cuentos más bellos que se hayan escrito. También trató de escribir Ese hombre, en el que narra un singular encuentro con Perón en Puerta de Hierro, que no acertó a terminar, lo que dicho sea de paso, honra su buen hacer literario. Estaba ya en 1972 y la figura de Perón se resquebrajaba.

Los comentaristas recientes de Operación Masacre -libro que yo jamás recomendaría para conocer la literatura de Walsh, por más que tenga un comienzo narrativo espectacular, que luego decae, porque está pensado para papel periódico y no para hoja de libro- señalan con pompa y circunstancia que en 1973 Rodolfo Walsh fue ascendido a oficial 2. º del ejército montonero. Y la verdad es que si no hubiera corrido tanta sangre y hubiera muerto tanta buena gente asesinada en aquella sucísima masacre que fue la dictadura militar argentina, si no fuera por eso, digo, sería para esbozar una sonrisa cruel de conmiseración. Vendría de lejos, porque su hija Vicky se suicidó de un disparo antes que entregarse viva a los milicos un 29 de septiembre de 1976 y también era oficial 2. ª del ejército montonero. Unos meses después lo matarán a él en una calle de Buenos Aires, cuando lo de oficial 2. º tenía el mismo valor militar que haber pertenecido a la Armata Brancaleone o al ejército de Pancho Villa. Si hay algo que distingue a la literatura de la política es que la literatura se lleva mal con la ortodoxia, exactamente lo contrario del hacer político. Otra cosa es la resistencia frente a la iniquidad.

Cambiemos el chip de la nostalgia, no sólo porque ampara nuestros errores e incluso nuestros crímenes. Rodolfo Walsh es un escritor excepcional de narraciones breves, que por ser fiel a sus convicciones postergó su carrera literaria a la espera de poder hacerla en un mundo más justo. Como no alcanzó a lograrlo, hoy se le puede recordar como narrador brillante, en busca de esa novela que no acaba de ver y que persigue en sus dietarios. También como luchador en un grupo, de aberrante heroicidad, que le desmerecía.

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Tiempo de unir, de Manuel Castells en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

OBSERVATORIO GLOBAL

La histórica elección de Barack Obama tiene un profundo significado que va más allá de su color de piel o de su programa. Recordemos el tema central del discurso de Obama en la convención demócrata del 2004, el discurso que lanzó su carrera política: la unidad del país por encima de ideologías y partidos. Su afirmación de que no había división entre estados azules (demócratas) o estados rojos (republicanos), sino los Estados Unidos de América, caló profundamente en la conciencia de la gente. El proyecto unificador de Obama es la clave de su éxito. Intenta trascender las divisiones étnicas, de clase, de género, de edad, ideológicas y políticas sin por ello ignorarlas. Obama se formó en política con las ideas del sociólogo y activista comunitario Saul Alinsky, cuyo principio operativo era buscar la convergencia de intereses entre la gente para enfrentar los problemas comunes.

Para apreciar el carácter transformador de este proyecto hay que recordar que Estados Unidos y el mundo han vivido en la última década un periodo de extrema polarización ideológica y política, que ha transformado los conflictos, situación normal de toda sociedad, en batallas de exterminio del oponente. Esa fue la estrategia republicana para llegar al poder y sobre esa polarización se construyó la dominación de Bush, Cheney y los neoconservadores. El ataque terrorista del 11 de septiembre creó las condiciones para que esta visión de un mundo dividido entre incondicionales y enemigos se extendiera a la geopolítica mundial. Choque de civilizaciones, intolerancia moral y religiosa, unilateralismo internacional apoyado en la fuerza militar, descalificación de la oposición política como traidores a la patria, violación de los derechos humanos y desprecio de la opinión pública so pretexto de la seguridad nacional son rasgos relacionados de una misma forma de concebir la política.

Atrás quedaron las ilusiones de un mundo reconciliado que se albergaron por un tiempo tras el fin de la guerra fría, los ideales de una paz duradera, el proyecto de un destino común de la humanidad en la conservación del planeta y el respeto universal de los derechos humanos. Un viento de violencia, destrucción, cinismo y desesperanza se desató en EE. UU., so pretexto del terrorismo, y asoló el conjunto del mundo, dando alas a demagogos políticos y predicadores del viejo orden que aprovecharon la coyuntura para dar rienda suelta a los peores instintos que todos llevamos dentro cuando nos dejan. En ese contexto, en España vivimos una de las mayores metamorfosis políticas que se recuerdan, con un Aznar que, tras su reelección en el 2000, se olvidó del talante negociador y democrático que había caracterizado su primera legislatura, para poner en primer plano de su gobierno a legionarios y cruzados, jaleados desde las tribunas doctrinarias de algunos medios de comunicación. No fue casualidad, sino, como en EE. UU., una táctica política: polariza y vencerás. Y como en EE. UU., fue precisamente esa táctica lo que llevó al PP al fracaso a pesar de la buena marcha de la economía durante su gestión.

La elección de Obama parece anunciar la posibilidad de un nuevo estilo de política.

No solamente participativa, sino tolerante, respetuosa del adversario, renunciando a la descalificación y al escándalo como forma de acción. Tuvo la suerte de que enfrente tuvo uno de los políticos más limpios del panorama estadounidense, John McCain, que precisamente ganó la nominación por su predicamento entre los sectores republicanos moderados, hastiados de un Bush intransigente en la defensa de su incapacidad. McCain, por ejemplo, no usó en la campaña los vídeos del reverendo Wright, aunque sí lo hizo el Partido Republicano. Sarah Palin en cambio intentó en un principio denigrar y vituperar a Obama, pero la llamaron al orden porque en realidad su comportamiento dañó a su campaña. El discurso de concesión por parte de McCain fue un modelo de llamamiento democrático a la reconciliación, y recibió, por cierto, el abucheo de muchos seguidores. Y Obama respondió en el mismo tono. Esa regeneración de la política, esa superación de los antagonismos, no será retórica. Obama se prepara a nombrar a republicanos e independientes en su gabinete y practicar una política de mano tendida, tanto en política interna como externa.

En parte porque esa es su filosofía personal y política, pero sobre todo porque sabe que los enormes problemas con los que se enfrenta, en la economía, en la geopolítica, en la ecología, sólo pueden abordarse con un país unido y un mundo capaz de cooperar. Teniendo en cuenta el papel decisivo de EE. UU. en el mundo, ese cambio de rumbo ideológico, esa renuncia a la política de confrontación y exterminio, es tal vez el cambio más importante que representa la presidencia de Obama. No será una política débil. Que se prepare Bin Laden, porque Obama, a diferencia de Bush, no necesita su existencia para justificar una polarización que aborrece. Y por tanto lo encontrará y lo eliminará. Los distintos focos de tensión en el mundo pueden ir siendo desactivados mediante una negociación firme, buscando el compromiso. El fin del unilateralismo estadounidense debilita los intentos de unilateralismo, al que se apuntaron otros países. Y abre las vías a una cooperación internacional sin la cual la crisis actual, en la que viviremos durante años, podría convertirse en catástrofe mundial. Sería ingenuo pensar que Obama puede arreglar a corto plazo el caos en que nos encontramos.

Pero su elección crea las condiciones para poder tratar las raíces del problema. Lo que pide a su pueblo es confianza, trabajo y sacrificio. Tal vez podríamos seguirle en esa actitud en el resto del mundo. La desunión nos llevó al borde del abismo, mientras que la unión hace la fuerza. Y vamos a necesitar toda la fuerza de la humanidad para salir del atolladero en que nos metió un hatajo de políticos que la historia recordará por su incompetencia y su fanatismo. Obama ha desbrozado el camino de una nueva andadura donde nos podamos ir reencontrando sin odiarnos los unos a los otros.

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Bretton Woods y Washington: de ayer a hoy, de Gabriel Tortella en El País

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

Es difícil que la próxima cumbre internacional que se celebrará en Estados Unidos llegue muy lejos. Ni Bush, presidente saliente, ni Obama, recién elegido, tienen la autoridad para impulsar grandes decisiones

Se habla con frecuencia estos días de los paralelos entre la conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) y la inminente reunión de Washington el próximo día 15. En efecto, algo tienen en común ambas conferencias en suelo norteamericano; pero las diferencias son quizá mayores. El mayor paralelismo radica en que las dos tratan de recomponer o reconstruir un sistema crediticio hecho añicos por una serie de catástrofes económicas: las de la Gran Depresión de los años 30 y la Guerra Mundial en el caso de Bretton Woods; y la derivada de la crisis de las hipotecas y las burbujas inmobiliarias, que estalló en Estados Unidos en junio de 2007, en el caso de la reunión de Washington.

La primera gran diferencia entre ambas radica en las circunstancias: la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar en plena Guerra Mundial. Parecía ya clara la victoria de los Aliados, pero aún quedaba un año largo de lucha cruenta en Europa y en el Pacífico; hacía apenas un mes que las tropas aliadas habían desembarcado en Normandía e iniciado una lenta y trabajosa reconquista de Francia. Por graves que sean hoy los enfrentamientos internacionales y las guerras locales, la escala de tensión y violencia mundial es mucho menor.

Otra considerable diferencia estriba en que la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar unos 15 años después del inicio de la crisis económica en 1929. Transcurrieron una larga década de depresión y cinco años de guerra antes del histórico acuerdo que sentó las bases del sistema monetario internacional de la segunda mitad del siglo XX. La conferencia de Washington, por el contrario, está convocada a poco más de un año de estallar la crisis, cuando el calado y la extensión de ésta se han hecho indudables y temibles. La celeridad con la que se ha organizado la conferencia de Washington es un acierto, pero hay que recordar que también durante la Depresión se convocaron varias conferencias, como la de Londres en 1933, que al cabo concluyeron en fracaso.

También es bastante diferente el tipo de problema a resolver. En Bretton Woods se trató de encontrar solución a los problemas monetarios de un lado, y de reconstrucción física tras la guerra de otro. El problema más acuciante para los reunidos en Washington es el de la reconstrucción del sistema de crédito internacional. El sistema monetario internacional actual, aunque muy diferente del que surgió de Bretton Woods, no plantea graves problemas inmediatos que requieran una reunión internacional de la envergadura de la que se prepara en Washington. Tampoco son comparables los integrantes de ambas reuniones. En Bretton Woods se reunieron los países fundadores de la Organización de Naciones Unidas. En Washington se van a reunir las naciones más desarrolladas (el G-8) con una representación de las naciones emergentes (el G-12). En principio, las Naciones Unidas no tienen ningún papel en Washington, aunque sí lo tenga el Fondo Monetario Internacional que es, al menos de iure, una agencia de la ONU. Examinemos con un poco más de detalle cuáles eran los problemas que se planteaban en 1944 y qué solución se les dio, para luego referirnos a las cuestiones de la crisis actual.

En 1944, ante el previsible final de la Guerra Mundial con la victoria aliada, se trataba de poner las bases económicas de lo que se anunciaba como una difícil postguerra. Economistas y políticos coincidían en que los orígenes de la guerra radicaban en la Gran Depresión, que favoreció el ascenso de Hitler al poder en Alemania y que dio alas a los movimientos totalitarios en todo el mundo, desde Japón hasta Argentina pasando por España. Una de las causas de la depresión fue el derrumbamiento del sistema monetario internacional al quebrar el patrón oro, que había facilitado los pagos internacionales desde mediados del siglo XIX. El problema del patrón oro era que imponía una rígida política monetaria que impedía llevar a cabo una expansión anticíclica en épocas de depresión. Ante la magnitud de la que tuvo lugar en los años 30, el patrón oro fue abandonado gradualmente, pero eso causó una crisis de confianza de escala mundial que hizo que el comercio internacional cayera en picado y con ello la producción se contrajera y el paro aumentara de modo aterrador. El aumento del paro trajo consigo el caos político que favoreció el totalitarismo. Lo primero que se trataba de resolver en Bretton Woods, por tanto, fue el problema de los pagos internacionales, algo que sustituyera al patrón oro y permitiera la expansión comercial que la reconstrucción tras la guerra requería. Por eso allí una de las estrellas fue Keynes, el economista que mejor había entendido los problemas monetarios del periodo de entreguerras.

De la conferencia surgieron dos agencias económicas de la entonces incipiente ONU, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El primero estaba destinado a resolver los problemas monetarios internacionales, el segundo a contribuir a financiar la reconstrucción física tras la guerra. El FMI trataba de mantener una de las características del patrón oro, los tipos de cambio fijos, cuya ventaja era eliminar el “riesgo país”, la desconfianza que genera la inestabilidad de los tipos de cambio, que es uno de los mayores obstáculos al comercio internacional. Para mantener la estabilidad de los tipos de cambio el FMI prestaría dinero a los países con problemas de balanza de pagos y, en casos extremos, les permitiría devaluar con la condición de llevar a cabo reformas estructurales que mejoraran su competitividad. Un caso paradigmático fue el Plan de Estabilización español de 1959, que favoreció una profunda reforma de la economía española y permitió las altas tasas de crecimiento de la era del “desarrollismo” en los 60. En general puede decirse que el sistema de Bretton Woods fue un éxito y que si quebró en 1971 fue por la inflación y déficit estadounidenses debidos a la Guerra de Vietnam. Se volvió a los cambios flotantes, pero la cooperación era mayor, y los bloques monetarios (dólar, euro, libra, yen y yuan) reducen la incertidumbre.

La crisis actual, a la que la inminente conferencia de Washington pretende poner remedio, no es el fracaso del sistema capitalista, como muchos afirman. En primer lugar, porque las economías crecen cíclicamente, es decir, con crisis periódicas, desde tiempos bíblicos; en segundo lugar, porque los culpables de la presente crisis están más en el sector público que en el privado. El que algunos banqueros y financieros cometan excesos en su deseo de abultar sus cuentas de resultados es casi inevitable. La responsabilidad última, sin embargo, recae sobre el estamento político, que no ha ejercido adecuadamente su misión supervisora y sancionadora, y sobre los bancos centrales que no han restringido a tiempo la burbuja crediticia.

Por otra parte, la crisis no es exclusivamente estadounidense, porque muchos otros países, como España, tenían sus propias burbujas, que estallaron como ecos de la de allí. Por tanto, lo que cuerdamente se propone a petición del presidente Sarkozy en la reunión de Washington es reformar el sistema financiero internacional, probablemente dando mayores poderes y medios al FMI para regular e inspeccionar el sistema crediticio mundial, actuando como prestamista de última instancia. Se trata, a su vez, de impedir que la crisis se extienda demasiado, tratando de que los principales países adopten medidas coyunturales concertadas. En Bretton Woods lo que se sometió a los reunidos fue un documento anglo-estadounidense largamente preparado, y redactado en una reunión previa en Atlantic City. No hay indicios de que una tal preparación se haya llevado a cabo ahora. Por otra parte, la iniciativa de la reunión de Washington es europea, y siendo los presidentes Bush saliente y desprestigiado y Obama recién electo, es poco probable que ninguno de ellos tenga autoridad bastante ahora para tomar grandes iniciativas. Sin la plena cooperación de EE UU poco se puede hacer. Todo ello hace temer que, a pesar de las declaraciones rimbombantes que sin duda se producirán al terminar el encuentro, lo de Washington sea un nuevo parto de los montes. Ya se habla se una nueva reunión tras la toma de posesión de Obama, signo indudable de lo poco que se espera de esta cita.

Gabriel Tortella es catedrático emérito en la Universidad de Alcalá.

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Obama nos convoca a cambiar el mundo, de Nicolás Sartorius en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

No es fácil, presidente Obama, pero se pueden cambiar muchas cosas; primero en casa y luego en el mundo, con los demás. La primera crisis global que estamos viviendo no es sólo financiera sino económica, con la recesión, social, con el aumento del paro y de la miseria, alimentaria, con las hambrunas, de supervivencia, con el cambio climático y, también, de la “política” que se ha practicado. Es la crisis completa de un capitalismo descontrolado y de las ideas que lo han sustentado.

El estatalismo saturado condujo a la ruina del llamado “socialismo real”, el de la Unión Soviética. El mercado omnipotente ha conducido ahora a la quiebra de un modelo de capitalismo existente. La gestión de la globalización en manos de operadores financieros, en vez de bajo la dirección de la política democrática, arrasa con todo. Las débiles defensas que opone una izquierda política y sindical desarbolada, cuando no imitadora de lo hegemónico, caen una tras otra, aunque resistan algunos baluartes, como las conquistas del modelo social europeo o ciertos avances en Latinoamérica.

¿Refundar el capitalismo? Los sistemas sociales ni se fundan ni se refundan porque son procesos; eso sí, se pueden transformar en una u otra dirección. En mi opinión, la dirección del futuro dependerá de cómo salgamos de las crisis presentes. Y lo primero es librar y ganar la batalla de las ideas, es decir, devolver a la política, a la democracia, la dirección del gobierno de la globalización, lo que no significa acabar con el mercado.

Supone, de entrada, regular con eficacia los sectores sistémicos de la economía, aquellos que no se pueden hundir porque se viene todo abajo: el financiero, el energético, los transportes, los servicios esenciales… Es demencial que estos sectores campen a sus anchas y que cuando quiebran les tenga que salvar el dinero de los contribuyentes. Y significa un verdadero robo que ese dinero público se utilice para tapar agujeros o para retribuir a los accionistas.

Porque el mayor riesgo de este momento es que los próximos días 14 y 15 en Washington, y en sucesivas reuniones, se dé una salida “lampedusiana” a la situación: cambiar algo para que todo siga igual. Ésa es la gran batalla de ideas que hay que ganar y no va a ser fácil. De ahí la importancia de que acuda España, junto con otros actores progresistas: para impulsar un cambio real en la arquitectura del gobierno de lo global, no sólo en el financiero.

Sería engañarse pensar que después de este terremoto las cosas serán iguales. Ya hay una relación de fuerzas distinta. En las ideas -es el momento de una ofensiva social y democrática-; en la economía -ya no hay solución sin los países emergentes-; en lo militar -la hegemonía unilateral se ha terminado-.

España debería apostar por algunas cosas básicas. Para empezar, un nuevo diseño de los organismos internacionales que contemple las nuevas realidades. ¿Por qué no un banco central global que cuide de la salud financiera y el desarrollo, junto con instituciones regionales? ¿Por qué no una nueva visión del libre comercio que incluya instrumentos de cohesión social, como en la Unión Europea?

Pero no es realista plantear un gobierno global de las finanzas y/o de la economía cuando la propia UE no lo tiene. Un mercado, una moneda, un banco central, exigen un gobierno económico. ¿Por qué no un Tesoro europeo? Si queremos participar en el gobierno de lo global, menos globos y convirtámonos en un actor político mundial. Con Obama, Estados Unidos ha dado una lección y ha empezado a hacer los deberes. Hagamos nosotros, los europeos, los nuestros.

Necesitamos una nueva relación transatlántica. Menos militar y defensiva y más económico-social y medioambiental. La alianza entre EE UU y la UE es vital para resolver los problemas de la humanidad y no tanto para atacar o defenderse de la humanidad. La UE debería de contribuir a crear un espacio de seguridad paneuropeo, incluyendo a Rusia, EE UU y Canadá.

La prioridad latinoamericana habría que reforzarla en su contenido. Habría que intentar un auténtico espacio euroamericano -Norte y Sur- de democracias, libertad de comercio y cohesión social, capaz de crear una alianza estratégica con Asia. Por cierto, ¿para cuándo liquidar Guantánamo y levantar el embargo a Cuba?

Tendríamos, además, que conseguir que la Unión por el Mediterráneo -con su capital en Barcelona- sea un éxito concreto, en desarrollo económico, mejoras sociales, avances medioambientales y en seguridad.

Y si apostamos por el África subsahariana -como debemos hacer-, hagámoslo con nuevos instrumentos para el desarrollo, en coordinación con Europa y otros actores.

¿Acabaremos algún día con el cáncer de la injusta situación de Palestina? ¿Seremos capaces de acabar con la guerra de Irak y luchar contra el terrorismo reconstruyendo Afganistán?

En una palabra, hay que pasar a la ofensiva con las ideas que reflejen una nueva visión del gobierno de lo global, con un fuerte contenido social, medioambiental y democrático. El mundo no está para parches ni para bromas, sino para soluciones en profundidad. La actual situación es una vergüenza y un escándalo.

Nicolás Sartorius es director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.

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Se acabó. Ganó el deseado. ¿Y qué más da?, de Felipe Fernández-Armesto en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

TRIBUNA LIBRE

Al cabo de unos días, la elección supuestamente histórica ha pasado a ser historia -parte de ese pasado que pierde relevancia con el transcurso del tiempo-. En Estados Unidos, donde escribo estas líneas desde mi apartamento en el campus de la Universidad, la euforia de la noche del martes ya se ha marchitado, como las hojas otoñales. Los porteros y los inmigrantes empleados como trabajadores de la limpieza retiraban los carteles en los que los estudiantes proclamaban su entusiasmo por Obama. Han recogido los vasos de plástico con los que celebraron hasta bien entrada la madrugada la victoria. Y han pasado la fregona por los charcos de vómito, vestigios de los excesos del momento.

Hemos vuelto a nuestro típico horario norteamericano, duro y muy madrugador. En la luz pálida de un otoño que rápidamente se transformará en invierno, nos esforzamos, sin lograrlo, en distinguir signos de ese cambio tan prometido por nuestro candidato preferido. Con la sobriedad del día después de la fiesta, contemplamos nuestros problemas. Y nos damos cuenta de que son insuperables.

El mismo Obama, que envuelto en las emociones del martes, era el mesías de unos y el anticristo de otros, ya se ha convertido en otro presidente más. Y el motivo principal para calificar su elección de «histórica» es sencillamente el hecho de que es un hombre negro. Por supuesto, esto tiene cierto valor simbólico. Pero su negritud es de un tinte distinto al de la gran mayoría de la gente negra de EEUU. Barack Obama no es descendiente de esclavos, sino un hijo de inmigrantes. Su pérfil histórico tiene poco en común con las memorias colectivas de conciudadanos negros, que soportaban la opresión, el menosprecio y toda clase de agravios como víctimas del racismo blanco durante tantas generaciones. Obama se asemeja más a presidentes como Kennedy y Reagan, descendientes de pobres inmigrantes irlandeses, quienes desafiaban la tradición anglosajona que ha prevalecido en el proceso de formación de EEUU y que sigue siendo la base de la ideología e identidad estadounidenses.

Así que la elección de Obama no es tan novedosa como dicen. A lo largo de su campaña electoral, me he acordado mucho de Michael Dukakis, el candidato demócrata que en 1988 saludaba a sus partidarios mientras de fondo sonaba la canción They Come to América. Efectivamente, entre quienes votaron masivamente a Obama estaban los inmigrantes -que lo hicieron por abrumadora mayoría y sin excepción de ninguna comunidad minoritaria-. Hasta cierto punto, hay más importancia simbólica en el hecho de que su mujer ocupará la Casa Blanca que en la elección del mismo Obama. Porque Michelle es una afroamericana auténtica, por sus venas corre la sangre de los antiguos esclavos, y su ascenso a primera dama de la nación supone una especie de ajuste de las desigualdades heredadas de la Historia.

Pero aun si se admite la importancia simbólica del triunfo de la pareja, las consecuencias prácticas de la futura Presidencia de Obama no prometen ser demasiado grandes. La nefasta herencia de los años de mandato de George Bush deja maniatado al nuevo presidente. Es por ello que las promesas de cambio lanzadas por Obama en los últimos meses no han dejado de ser bastante vagas. E incluso la retirada de las tropas de Irak, que encabeza la lista de promesas consideradas como profundamente importantes, resulta poco o nada creíble para la mayoría de los ciudadanos. Porque esa guerra es como una honda trinchera que nos tiene aún enlodados en un fondo viscoso de barro y sangre.

La segunda gran meta de Obama es la reforma del sistema de salud pública. Es una vergüenza que el país más rico del mundo, donde el presupuesto nacional para la salud es superior al de cualquier otra nación, carece de un sistema civilizado de atender a los ciudadanos, incluidos naturalmente los pobres. Pero cuando el presidente Clinton intentó acabar con esa injusticia, fracasó por completo, en circunstancias económicamente mucho más favorables que las actuales, y con una mayoría parlamentaria tan abultada como la que tendrán los democrátas en la próxima legislatura. Las compañías de seguros y la profesión médica prefieren mantener un sistema que les permite cobrar mucho a sus clientes ricos. Con la economía del país hundida, y la obligación de hacer frente a los costes de las guerras y de las ayudas de rescate a los bancos colapsados, no habrá dinero suficiente en el Tesoro público para satisfacer a las sanguijuelas de la industria médica que chupan la sangre a los enfermos del país.

Y mientras tanto, el pueblo sigue obsesionado por su miedo irracional al terrorismo y por la guerra que se libra contra un enemigo fantasma. Probablemente, Obama se mostrará menos obesesionado por este asunto que su predecesor, y los abusos y las torturas disminuirán. Algunas de las víctimas de Guantánamo conseguirán, por fin, su libertad, y no se seguirán sacrificando, con tanto entusiasmo, las libertades civiles. Pero no hay que olvidar que la opinión pública exige un nivel de seguridad aplastante. Y respecto a las otras grandes ofensas que EEUU dirige contra la moralidad -la pena de muerte y la matanza diaria de un número escandalosamente elevado de embriones humanos- Obama ya se ha comprometido a no hacer nada.

Tampoco, si no me equivoco, hay grandes probabilidades de que se mejore el sistema de financiación pública -o de «rellenar el barril de carne salada», como dicen los estadounidenses-, lo cual significa que los congresistas seguirán pagando su elección con costosísimas inversiones en obras públicas en sus respectivas circunscripciones, muchas veces sin necesidad objetiva. Es así que se levantan los notorios «puentes hacia ninguna parte», que son los grandes monumentos a la corrupción de la vida política.

Hasta la reciente Ley de salvación económica, por la que han sido autorizados ingentes préstamos públicos a las empresas bancarias y a las compañías de seguros arruinadas por su propia avaricia, no pudo ser aprobada en la Cámara de Representantes sin la contrapartida de esos enormes suministros de carne salada. Basta recordar que el borrador de la ley ocupó tres páginas, nada más. Sin embargo, la versión final sumó más de 400, gran parte de ellas llenas de proyectos de construcción propuestos por congresistas para sus propios distritos.

Mientras tanto, las infraestructuras básicas y verdaderamente necesarias del país se caen a pedazos: puentes semiderruidos, aeropuertos anticuados, carreteras sin mantenimiento, suministro de energía poco fiable, y medidas de control sanitario de la alimentación tan deficientes que se han producido escándalos espantosos. Nueva Orleáns, medio destrozado por los efectos del huracán de 2005, no se ha reedificado aún ni hay visos de que se vaya a hacer. Lo mismo se puede decir de la ciudad texana de Galveston -que debe su nombre a Bernardo Galvez, uno de los grandes héroes españoles de la Guerra de Independencia estadounidense-, que resultó arrasada por otro huracán el año pasado. Y en la próxima legislatura no se cumplirá tampoco la promesa de modificar el Tratado de Libre Comercio para proteger así el empleo autóctono. Eso es algo que dicen los demócratas en todas las campañas electorales para animar a sus votantes sindicalistas. Pero luego olvidan la promesa y el ritmo que marca la mundialización económica vuelve a imponerse.

Sobre el sistema educativo, que también requiere reformas urgentes, hemos oído muy poca cosa por parte del senador Obama. Y hay dos grandes retos que resultan sencillamente escandalosos. El primero es la elevadacuantía a la que deben hacer frente los universitarios, incluso si estudian en instituciones estatales. Tan es así, que el acceso a la universidad no es un derecho en Estados Unidos, sino una posibilidad más de las que ofrece el mercado. Y el segundo es la situación de la educación primaria y secundaria, ya que los barrios pobres tienen escuelas pobres, lo que contribuye a que las injusticias históricas sigan sin ser reparadas. Pero incluso si Obama estuviera dispuesto a hacer algo para intentar cambiar el sistema, se lo impediría el gran problema con el que se enfrenta: la herencia de Bush, es decir, la falta de dinero.

Así las cosas, es casi seguro que vamos a experimentar cuatro años de desengaño. Pese al cambio tan esperado y tantas veces prometido, la vida seguirá siendo la de siempre. Las guerras continuarán. Las injusticias no se arreglarán. La decadencia del país seguirá. Los que vivimos en Estados Unidos seguiremos presenciando el auge de nuevas superpotencias que nos llevarán la ventaja.

Todo ese desencanto, por supuesto, se experimentará dentro del país. En el extranjero sí cambiarán algunas cosas tras el éxito electoral de Barack Obama. La imagen de Estados Unidos en el mundo se transformará. El rechazo a los republicanos demuestra que Lincoln tuvo razón al decir que «aunque se puede engañar al pueblo estadounidense, no se puede engañar a todos, todo el rato». Pero la realidad es la que es, y la política exterior no puede cambiarse mucho. Por ejemplo, el apoyo de EEUU a Israel es un rasgo hondamente inscrito en el sistema. Asimismo, la esperanza que tiene mucha gente de que Obama logre establecer relaciones razonables con Irán se acabará esfumando, con probabilidad, por la extraordinaria dificultad del reto.

Pese a todo, el mundo entero contemplará a Estados Unidos con una nueva simpatía y con cierta admiración por el hecho de que el sueño norteamericano sigue siendo alcanzable para un hijo de inmigrantes menos privilegiados. Y se producirá, por lo menos, un cambio más: se pondrán cortinas más bonitas en la Casa Blanca. La señora Bush mostró el mismo gusto a la hora de decorar la residencia presidencial, por lo visto, que el que le llevó a casarse con su marido: cursi y desastroso. En cambio, la señora Obama parece ser una mujer elegante y sagaz. Del eslógan de la campaña electoral de su marido -podemos- se hizo eco hasta la selección española en la pasada Copa de Europa de fútbol. Así que, parafraseándolo una vez más, el nuevo presidente no podrá cambiar EEUU, pero al menos en lo que se refiere a las cortinas de la Casa Blanca, sí, podemos.

Felipe Fernández-Armesto es catedrático de Historia en la Universidad de Tufts (Boston). Su última obra publicada es Américo. El hombre que dio su nombre a un continente (Tusquets).

© Mundinteractivos, S.A.

Obama y Zapatero, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 8 noviembre, 2008

ASUNTOS INTERNOS

Zapatero y Obama nacieron el mismo día: 4 de agosto, aunque con un año de diferencia. El presidente americano es del 61 y el jefe del Gobierno español nació en el 60. Inexplicablemente, tan feliz coincidencia no ha sido destacada ni por el Palacio de la Moncloa ni por el principal publicista del presidente, José Blanco. Y mira que lo tenían fácil. Los dirigentes socialistas se han contenido en público a la hora de equiparar a su líder con el nuevo y victorioso icono del mundo occidental. La más explícita ha sido la responsable de Relaciones Internacionales, Elena Valenciano: «Obama y Zapatero representan el liderazgo útil del siglo XXI, el liderazgo basado en el diálogo y no en la fuerza». Hace menos de un año, los intelectuales de la derecha española señalaban las similitudes que había entre los dos líderes para concluir que Obama era un azucarillo sin sustancia, un fuego de artificio que se apagaría a las primeras de cambio. Ahora, sin embargo, aseguran que Zapatero no se parece en nada a Obama.

En realidad, sí se parecen en algunas cosas. Los dos han tenido mucha suerte en su carrera política. En 2004, Obama fue elegido por los medios como el político más afortunado de los Estados Unidos, cuando -contra todo pronóstico y en el último minuto- logró ganar a los republicanos el escaño del Senado por Illinois. La suerte que ha tenido Zapatero en la vida está suficientemente documentada.

Los dos van de modernos, pertenecen a la misma generación, tienen atractivo personal, simpatía, fotogenia y telegenia. Ambos se expresan con idéntico arrobo al hablar de sus mujeres y de sus hijas. «Mi roca», dice Obama de Michelle. «Lo mejor de mi vida», dice Zapatero de Sonsoles. A Obama le han votado mayoritariamente las mujeres, los jóvenes, los desfavorecidos y las minorías raciales. También en España estos colectivos votan mayoritariamente a Zapatero. Incluso podríamos decir que -a una escala infinitamente menor- el español despertó cierta ilusión en la izquierda cuando fue elegido líder del PSOE.

Ya no existen más semejanzas y sí muchas diferencias. Por ejemplo, Obama no quiere vengarse de veteranos y respetados líderes de la comunidad que fueron miembros del Ku Klux Klan y apalearon a los negros. Zapatero, por el contrario, desempolvó la Guerra Civil abriendo la caja de los truenos de vencedores y vencidos. Después ha corregido el tiro, pero los fantasmas ya habían salido de sus tumbas y eran incontrolables. Obama soportó con templanza y nervios de acero las brutales campañas de descrédito personal lanzadas primero por los Clinton y después por el equipo de McCain. Zapatero entró en la espiral acción-reacción cuando el PP deslegitimó su victoria en las elecciones de 2004. Obama llega dispuesto a combatir la división del país entre republicanos y demócratas. Mientras que, después de cuatro años en La Moncloa, muchos españoles consideran que Zapatero no ha sido el presidente de todos.

© Mundinteractivos, S.A.

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Paro y crisis, de José Barea en Cinco Días

Posted in Economía by reggio on 8 noviembre, 2008

En la encuesta de población activa (EPA) publicada por el Instituto Nacional de Estadística correspondiente al tercer trimestre del año, el paro asciende a 2,6 millones de personas, el 11,33% de la población activa. En cuatro meses consecutivos el paro ha pasado de 1,76 millones (8%) a 2,6 millones (11,3%). Somos el país de la Unión Monetaria con mayor tasa de paro, con más de tres puntos sobre la media de dicha zona. La economía española no sólo no absorbe las nuevas incorporaciones al mercado de trabajo, sino que incluso ha destruido empleo en el último trimestre, 78.800. Y no sólo esto, sino que además su calidad empeora.

En el tercer trimestre casi 100.000 empleos fijos menos y sólo 7.700 temporales menos, y los hogares con todos sus miembros activos en paro han aumentado en 84.300. Todos los sectores de la economía han generado parados en el tercer trimestre: 57.600 en la construcción, 47.700 en los servicios, 27.200 en la industria y 26.900 en la agricultura.

En los dos últimos trimestre de este año se prevén crecimientos intertrimestrales negativos del PIB: -0,2% y -0,4%, lo que quiere decir que la economía española entrará en recesión. El paro se situará en cerca de tres millones, el 12% de la población activa.

Para el próximo año el Fondo Monetario Internacional prevé para España un crecimiento negativo del -2,2% del PIB, situando la tasa de paro en el 15% de la población activa, más de cuatro millones de personas. La causa principal de haber llegado a esta situación se encuentra en el modelo de desarrollo que ha adoptado nuestra economía, basado en la demanda interna: construcción, gran generadora de empleo y consumo. En 2007 la construcción de viviendas supuso una aportación al PIB del 18%. En el corriente año se estima que la caída de la construcción residencial será del -9,3% y ésta continuará.

El Gobierno ha previsto en el Informe Económico y Financiero de los Presupuestos Generales del Estado para 2009 un crecimiento del PIB del 1% (tres puntos más que el FMI) y una tasa de paro del 12,5% de la población activa (2,5 puntos menos que el FMI). Como consecuencia de una estimación de dicha tasa tan alejada de lo que va a suceder, las dotaciones consignadas en el crédito presupuestario para atender la prestación de desempleo tendrá que ser suplementada en el transcurso del ejercicio de manera significativa, aumentando el déficit público. El principio de estabilidad presupuestaria, que es básico en el Tratado de la Unión, queda roto, ya que sin contar la Seguridad Social, el déficit público de la Administración central, autonómica y local se estima para el próximo año en el citado informe de los Presupuestos Generales del Estado en el 2,7% del PIB, cercano al límite máximo del 3% fijado en el Tratado de la Unión.

En cuanto al superávit de la Seguridad Social, hemos de decir, por un lado, que no depende de decisiones del Gobierno, sino principalmente de la demografía (envejecimiento de la población), y por otro, que es exagerada la estimación del superávit de la Seguridad Social para 2009 (0,8% del PIB), cuando las afiliaciones a la Seguridad Social están cayendo, el paro aumentando y el número de pensionistas y la pensión media subiendo.

Para atenuar la fuerte subida del paro hubiera sido necesario un aumento significativo de las dotaciones en capital humano, físico y tecnológico, y lo que se desprende del Presupuesto consolidado para 2009 es lo contrario: los gastos corrientes aumentan a una tasa doble que los gastos de capital.

Dado que existen más de 600.000 viviendas terminadas sin vender, el esfuerzo presupuestario para absorber paro tendría que haberse dirigido a los que emplean bastante mano de obra, caso de las infraestructuras, aunque no tanto como la construcción de viviendas. Sin embargo, la dotación para dicha política se reduce en el 10,4% en el Presupuesto 2009.

El paro seguirá creciendo, pues la crisis continuará, ya que según el FMI España no recuperará hasta 2012 su tasa potencial de crecimiento del 3%. Aunque el Estatuto de los Trabajadores Autónomos contempla la extensión de la prestación de desempleo a dicho colectivo, como todavía no se han dictado las normas de desarrollo del mismo, se encuentran totalmente desamparados de la citada prestación los trabajadores autónomos que entran en paro. Si a la pérdida del puesto de trabajo se le une que quedan sin el recurso procedente de la prestación de desempleo, la situación se convierte en pavorosa. Urge el desarrollo del mencionado estatuto, para que los trabajadores autónomos no caigan en la pobreza absoluta.

El paro es la cara más dolorosa de la crisis que estamos teniendo, que se verá acentuada con la entrada en recesión de nuestra economía, a consecuencia del crecimiento negativo en los dos últimos trimestres del corriente año. Como ya hemos señalado, el FMI prevé que nuestro producto interior bruto experimentará en 2009 una reducción del -2,2% y que no se recobrará la tasa de crecimiento potencial hasta 2012. Es decir, que la recesión durará año y medio, y en los dos años siguientes tendremos una ligera reactivación.

Ante tal panorama, el Gobierno tiene que reaccionar realizando las reformas estructurales que desde hace años los analistas económicos venimos pidiendo. El problema que tiene nuestra economía es que es necesario sustituir la demanda interna derivada de nuestro modelo de desarrollo basado en la construcción y en el consumo de las familias por demanda exterior, aumentando nuestras exportaciones, y ello sólo se conseguirá aumentando la productividad, ya que nos hemos quedado en tal indicador a la cola de los países de la Unión Europea. Pero tal hecho no se consigue por decreto, sino efectuando las reformas estructurales que mejoren la gestión de los factores de la producción y de los procesos productivos, tanto del sector público como del privado. La reforma de la educación, de la investigación, del mercado de trabajo, del mercado energético, de la competencia, etcétera, podrá sacarnos de la crisis; en otro caso podremos estar con crecimiento plano, como Japón, 10 años.

José Barea. Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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2009-2010. La banca necesita ampliar su capital al menos un 20%, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 8 noviembre, 2008

¿Qué necesidades de capital tiene la banca española, el sistema financiero más solvente del mundo según la visión antropológicamente optimista de nuestra clase política dirigente, redentora del orbe económico mundial? En teoría, si nos atuviéramos a la premisa de partida, ninguna. Nada de nada, rien de rien. Sin embargo, como ya hemos comentado alguna vez desde este altavoz del sentido común que pretende ser Valor Añadido, la realidad es tozuda y siempre termina por imponerse. Y lo cierto es que los bancos y cajas españoles necesitan dinero. ¿Cuánto? Alrededor de un 20% de sus recursos propios actuales ó 35.000 millones de euros en los dos próximos años. Eso es un escenario central-optimista que no tiene en cuenta ni argucias contables varias ni ganancias extraordinarias por ventas de activos que, en un momento como el actual, son más un desideratum que una realidad con algo de probabilidad cierta. ¿Cómo llegamos a esa cifra?

El total de activos en el balance de las entidades financieras españolas es de alrededor de 1,84 billones de euros. Se puede categorizar en tres grandes apartados: crédito hipotecario a particulares, crédito promotor y crédito a otros sectores residentes u OSR que incluye el crédito a la construcción. Bien. Trataremos ahora de analizar la mora pico a finales de 2010 de forma aislada, es decir, sin ninguno de los cambalaches a los que hacíamos referencia al final del párrafo anterior, y tomando como referencia los máximos alcanzados en 1993 y las tasas de recuperación que históricamente se han dado para cada uno de los tres grandes bloques de financiación.

Sólo un apunte inicial: el riesgo ladrillo, si incluyéramos construcción, es el 60% del total y su importe equivale en cuantía a la totalidad del Producto Interior Bruto de España. Para que vayan abriendo boca, vamos, y sepamos todos de qué estamos hablando.

1. Crédito hipotecario a particulares. 640.000 millones de euros ó 60% del PIB nacional. Realmente el problema con este segmento se centra, por sobre valoración y capacidad de repago, en las hipotecas concedidas a partir de 2004 que son cerca del 50% del total. Históricamente el nivel de mora de este sector ha sido muy reducido ya que gran parte de los activos se los queda el banco en forma de ejecuciones hipotecarias y por el valor de la deuda. En este caso, lo que ocurre es que el banco sustituye exigible rentable en el balance por activo ilíquido no rentable lo que actuará a futuro negativamente sobre la cuenta de resultados pero que, a corto, impide que la mora se dispare. Al final del día la morosidad viene a tocar techo alrededor del 5% (4% en 1993) pero con una tasa de recuperación superior al 90%. Por tanto el impacto final puede ser del 1% de la cuantía total o unos 5.000 millones de euros, que no parece nada pero es un billón de las antiguas pesetas. Lo problemático hoy parece, de momento, lo menos problemático a largo.


2. Damos un salto y vamos directamente al tercer apartado: crédito a otros sectores residentes. Estamos hablando, en este caso, de unos 900.000 millones de euros, 90% del PIB, gran parte de los cuales carecen de garantía real. Si nos atenemos a las series históricas, la mora podría tocar un techo del 10%, como en 1993, o cerca de 90.000 millones de euros cuya tasa de recuperación, según esos mismos datos, se encontraría alrededor del 30%. Por tanto estamos hablando de unas pérdidas potenciales de 60.000 millones de euros, escenario, a mi juicio, conservador teniendo en cuenta el efecto arrastre de la crisis inmobiliaria sobre un montón de industrias auxiliares y el entorno recesivo económico general al que nos enfrentamos.


3. Crédito a promotor. 300.000 millones grosso modo ó 30% del PIB español. Aquí es donde está el quid de la cuestión para saber cuáles pueden ser las necesidades futuras de recapitalización del sector en España. ¿Hasta dónde llegará la mora de los promotores? En 1993 tocó techo en el 13%. No es descabellado pensar que, en la coyuntura actual, se podría ir hasta el 50% teniendo en cuenta la caída del valor de las garantías, la paralización del mercado y la multitud de empresas entre las que dicho riesgo se reparte, muchas de ellas pequeñas firmas con escaso músculo financiero. Pues bien, seamos aún así más prudentes y apliquémosle una mora del 30% ó 90.000 millones con una tasa de recuperación, siguiendo el optimismo del Banco de España, del 50% gracias a la ejecutabilidad teórica de las garantías. Total, 45.000 millones de pérdida que coinciden más o menos con las provisiones que actualmente aglutina el conjunto del sistema.

Este es un ejercicio basado en la Ley de las Grandes Cifras donde los análisis de sensibilidades cobran una importancia capital, nunca mejor dicho, especialmente por lo que se refiere al crédito promotor. Pero bueno, si hacemos la foto colectiva de todo lo dicho hasta ahora veremos que, los bancos y cajas necesitarán en los próximos años hasta 65.000 millones de euros, ex provisiones del sistema, para hacer frente a un escenario de morosidad creciente como el aquí reflejado que, insisto, desgraciadamente no es, ni mucho menos, el peor de los mundos posibles. De hecho seguro que parecerá el paraíso para más de una entidad. Gran parte de ese importe puede cubrirse de los beneficios generados y no repartidos de unas entidades que se compensarán por las pérdidas ciertas que vivirán otras. Supongamos un beneficio antes de provisiones e impuestos 2009-2010 para el conjunto de las entidades de más/menos 30.000 millones de euros (extrapolación lineal de los resultados del primer semestre de 2008. De nuevo, escenario más bien optimista). Quedarían 35.000 millones, o un 20% de su base actual de capital (170.000 millones), a recuperar mediante ampliaciones -intervenciones públicas aparte y siempre que todo el BAPI se aplicara a cubrir el agujero- que es mucho, mucho dinero y más en el difícil entorno actual de los mercados de acciones y crédito. Y eso anticipando la recuperación del crédito moroso que, normalmente, se prolonga durante periodos muy superiores a dos años. Yendo a un escenario más realista, las necesidades a corto bien podrían ser el doble de dicha cuantía, esto es: 70.000 millones de euros.

Hay una concepción errónea por parte tanto del ejecutivo como de los supervisores y la propia banca: la mora no es intrínsecamente mala. No es causa, sino consecuencia de unas prácticas anteriores excesivamente laxas que ahora vuelven a cobrar su peaje. Se trata, en definitiva de una purificación necesaria. El run, run del mercado pregona los denostados esfuerzos por unos y otros para que la morosidad no se dispare, con objeto de no castigar en exceso las cuentas de resultados y generar una “innecesaria” alarma social. Perdonen que les diga pero es sacrificio baldío, pan para hoy y hambre para mañana. Cualquier intento de hacer perdurar el problema, como ocurre en el caso de las refinanciaciones wishful-thinking tan en boga hoy en día, impide que la tan exigida transparencia sobre la realidad del balance aflore y, ante la incertidumbre sobre las propias cuentas anuales, se restrinja el crédito y se impida la adecuada recuperación de la economía. Suficientes ejemplos de ello ha dado la Historia. Sin embargo, aquí y ahora, unos lo piden, otros lo toleran y los terceros lo consienten. Pues sí que andamos buenos. Que disfruten de la familia que es hoy, y será siempre, la mejor inversión.

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Las cenizas de Rajoy, de Juan Carlos Escudier en El Confidencial

Posted in Política by reggio on 8 noviembre, 2008

La última encuesta del CIS sobre intención de voto en la que otorga un empate técnico al PSOE y al PP ha vuelto a agitar las aguas de la derecha hasta dejar a Rajoy calado hasta los huesos. Al parecer, haber recortado la distancia que separaba a los populares de los socialistas y obtener el mejor resultado en un sondeo de los últimos cuatro años no es suficiente con la que está cayendo en el país, a juicio, sobre todo, de quienes siguen pensando que el drama del partido es la insuficiencia del líder, que ahora se ha vuelto Bambi, como hizo Zapatero en tiempos, a ver si cuela.


Es cierto que los resultados del barómetro podían haber sido mejores, que el desgaste del Ejecutivo no es aprovechado íntegramente por los populares y que, a su vez, un pequeño partido como es la UpyD de Rosa Díez está sacando provecho de la moderación reinante en el PP. Pero también es lógico pensar que hay que dar tiempo al tiempo para que la transformación del ogro en príncipe sea apreciada por los electores. Con el mismo argumento que ahora utilizan los críticos con Rajoy cabría preguntarse por qué cuando España se rompía, Navarra se entregaba a Euskadi, Zapatero se arrodillaba ante ETA y la familia se disolvía ante el empuje homosexual, hechos todos muy dramáticos, el PP tampoco logró superar al PSOE en intención de voto ni su líder aumentar en valoración.


Lo que sí resulta cada vez más evidente es que el PP no cerró su crisis en el Congreso de Valencia y que desde dentro del partido pero, sobre todo, desde fuera, se pretende despachar a Rajoy por la vía rápida, porque el gallego, flojo y todo, representa un enorme obstáculo para sus intereses y, lo que es peor, un lastre para algunas cuentas de resultados.

En este sentido, los ataques constantes que El Mundo y la COPE han dirigido contra Rajoy han acabado por volverse como un boomerang contra ambos. Basta con echar un vistazo a las cifras de difusión de los diarios para comprobar que, frente al crecimiento experimentado por ABC y La Razón en el último año (13,81% y 11,57%, respectivamente), el periódico de Ramírez cayó en ese mismo período un 5,22%. O que la emisora de los obispos ha cedido a lo largo de ese período el segundo puesto en las audiencias a Onda Cero mientras Losantos, el látigo matutino de Rajoy, hacía lo propio ante Carlos Herrera. Parafraseando a Brecht, se puede insultar un día al político al que han votado quienes te escuchan y te leen y que no pase nada, pero no se le puede someter a una lapidación permanente, porque una parte del público experimenta el maltrato en su propia piel y huye en estampida hacia medios más proclives y educados.


De lo anterior se deduce que nada les haría más felices que quitarse a Rajoy de en medio lo antes posible o firmar la paz, algo a lo que no parecen dispuestos ni los tirios ni el troyano. Es evidente que al PP le perjudica la descalificación permanente de dos medios de la derecha rotunda, pero no lo es menos que a ellos les pasa factura en euros contantes y sonantes.


Las maniobras internas tampoco han cesado, toda vez que la presidencia de la Comunidad de Madrid debe de dejar mucho tiempo libre a Esperanza Aguirre para seguir conspirando. A la causa se unió hace algún tiempo el estadista de FAES, que últimamente se dedica a cuestionar el mensaje de su partido por catedrático interpuesto. Por cierto, ¿desde cuando no se ven juntos a Rajoy y a Aznar en un mismo acto?


Al gallego le esperan con el cuchillo entre los dientes y no hay vicisitud que no sea aprovechada para zaherirle. Si apoya al Gobierno en la lucha antiterrorista, es porque Zapatero ha vuelto a engañarle ya que sólo un ciego no vería que volverá a negociar; si manifiesta que es posible hablar con todo el mundo, incluidos los partidos nacionalistas, es porque tiene principios de quita y pon; si llega a un acuerdo sobre el plan de rescate financiero en un momento de urgencia nacional es porque ha renunciado a ser oposición; si trata de evitar la ruptura con UPN es que es un débil; si rompe es que no ha sido inteligente; y así.


Rajoy da mucho menos miedo y causa menos rechazo. La legislatura es larga, y salvo inesperada debacle en las citas electorales que tiene pendientes –europeas, gallegas y vascas-, tendrá una última oportunidad de llegar al Gobierno.

Tiene un buen equipo: la portavoz Soraya Sáenz de Santamaría lleva dando sopas con onda a la vicepresidenta desde que se constituyeron las Cámaras; la secretaría general, Dolores de Cospedal, cumple su papel y no es Acebes, lo cual representa un avance sideral; Esteban González Pons es un tipo brillante, que ha sido capaz de decir, a propósito de la metedura de pata regia, algo que tendríamos que haber oído en boca de algún socialista: que la Reina no puede ofender a sus ‘subditos’ homosexuales porque ellos también le pagan el yate, y que si piensa así es porque es muy católica y bastante antigua.

Es demasiado pronto para la rendición de cuentas. Si la crisis económica es larga el desgaste de Gobierno irá en aumento y Zapatero terminará carbonizado. Y Rajoy, sin las estridencias que han sido habituales y con un mensaje de este siglo, quizás pueda fumarse un puro en Moncloa y esparcir por el suelo sus propias cenizas.

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Palabras, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Derechos, Justicia, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

Afortunadamente hay palabras para todo. Afortunadamente existen algunas que no se olvidarán de recomendar que quien da, debe dar con las dos manos, para que ninguna de ellas se quede lo que a otros les pertenecería. Así como la bondad no tiene porqué avergonzarse de ser bondad, tampoco la justicia deberá olvidarse de que es, por encima de todo, restitución, restitución de derechos. Todos ellos, empezando por el derecho elemental de vivir dignamente. Si a mí me mandaran colocar por orden de precedencia la caridad, la justicia y la bondad, el primer lugar se lo daría a la bondad, el segundo a la justicia y el tercero a la caridad. Porque la bondad, por si sola, ya dispensa la justicia y la caridad, la justicia justa ya contiene en si caridad suficiente. La caridad es lo que resta cuando no hay ni bondad ni justicia.

Esta entrada fué posteada el Noviembre 6, 2008 a las 10:58 pm

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Exhumación de Riego, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Posted in Asturias, Historia, Libertades, Memoria, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

185º Aniversario del «injusticiamiento» del militar asturiano en la plaza de la Cebada

El día 7 de noviembre de 1823, viernes, como hoy, amaneció en Madrid sereno. En la plaza de la Cebada se había levantado una horca “más alta que de ordinario” para que la muchedumbre, “tan variable e insegura como las olas”, dice el Eclesiastés, pudiera contemplar el espectáculo-ejecución del general D. Rafael del Riego, que fue injusticiado por “el horroroso atentado” de haber votado en Cortes la traslación a la isla de Cádiz del rey Fernando VII y y la creación de una regencia (sic)».

Con él, de los asturianos, fueron condenados por igual delito D. Agustín Argüelles, D. José Canga Argüelles y el canónigo D. Rodrigo Valdés Busto, todos ellos refugiados del fiero Borbón en Inglaterra. Sólo Riego permaneció en España combatiendo al francés, hijo de S. Luis, hasta el último momento, tal como narró George Matthews, primer ayudante de campo del general Riego, texto prologado por el profesor Gil Novales y traducido por la profesora Sanz Testón, también del Ateneo.

Exhumar hoy su recuerdo, y, más que su recuerdo, su significado, no es ocioso, aunque 185 años sean cortina bien pesada de levantar. Y no es ocioso porque Riego, en su tiempo, sobre todo en su primer tiempo, durante todo el año 1820 concitó pasiones y sueños de cambio, como hoy lo hace en Norteamérica otro digno ciudadano: encarnó en España y ante el mundo civilizado la revolución urbana con la que la España pensante soñaba poner fin al milenario poderío de la España rumiante…

Como no podía ser de otra forma, por eso todavía estamos hoy como estamos, fracasó la «burguesada» que había nacido en las cabezas de unos cuantos iluminados, y Riego, como otros mil, pagó el alarde con la suya. Riego, según cuenta D. Vicente Blasco Ibáñez en su «Historia de la Revolución Española», tenía un corazón puro y generoso y era desinteresado cual jamás lo ha sido ningún hombre de su prestigio y popularidad. Si hubiera querido subir con su Ejército a Madrid, en lugar de llegar solo y en secreto, hubiera entrado entre vítores por las puertas de palacio y tomado el poder y la Corona, bendecido por el pueblo. En lugar de ello, negoció con el Ministerio para que la revolución emprendida no naufragara por salones y sacristías. Y ahí estuvo su perdición, ahí comenzó su fin.

En aquellos primeros días del mes de septiembre de 1820 en los que Riego pudo tomar y no tomó el poder absoluto, ni siquiera el relativo, comenzó a alzarse el elevado cadalso y a tejerse la hopa con la que fue puesto en el serón del que habría de tirar el jumento que le arrastraría hasta la plaza de la Cebada, tres años después.

En tal día como hoy, en 2002, en la misma plaza, el Ayuntamiento de Madrid, en solemne acto presidido por un todavía muchacho gijonés, hijo de Adolfo Menéndez y subsecretario en el Ministerio de Francisco Cascos, descubría una humilde placa de latón en la que se recordaba el significado del general Riego y su muerte, 179 años después. Y por primera vez desde que la República abandonara temporalmente el solar madrileño, resonó, «en el escenario mismo de su lejana ejecución», el Himno de Riego, magníficamente interpretado por la Banda de la Policía Local de Madrid, en uniforme de gran gala. Cuando llegue la Tercera, habremos de repetir el emocionante acto, con los vivas que se dieron.

Una música y una letra, un himno marcial para una gran ocasión frustrada.

El canónigo D. Miguel del Riego, hermano del general, alma de poeta y dotes de adivino, que falleció virgen, devoto y pobre, dejó escrito sobre la muerte de su hermano:

«Envidiosos y traidores / en esta horca me pusieron… / ¡Alerta, pues, españoles! / No os confiéis en ellos, / que quien fizo aquel dogal / si le dejan fará ciento». Y «ficieron» los ciento, y la «dogalera nacional», en silencio, otros ciento sigue «faciendo».

Exhumar el significado de Riego, aunque sea una vez al año, o recorrer la plaza como hace cada 7 de noviembre D. Ramón Villanueva, embajador de España, es propiciar que una bocanada de aire puro recorra la historia nacional.

Sin Riego, ciudadanos, no habrá cosecha.

Francisco Prendes Quirós. Abogado

La política santa, de Jorge Majfud en Página 12

Posted in Internacional, Política by reggio on 8 noviembre, 2008

No hace muchos días alguien hacía la siguiente reflexión por la radio pública de Estados Unidos: “Siempre hemos dicho que Dios estaba de nuestra parte. ¿No será tiempo de preguntarnos qué hacemos nosotros por estar de parte de Dios?” Una luz verde y el río de autos que retomaban la marcha me impidieron distinguir el nombre del autor de estas palabras. Unas horas más de camino y se oía la voz aguda de Sarah Palin, casi a los gritos ante una multitud de seguidores. La candidata a la vicepresidencia recordaba la teoría –o habrá que decir “el hecho”, porque muchos conservadores odian las teorías– de la excepcionalidad de este país elegido por Dios. La idea de que “Dios está de nuestra parte” implica siempre que el sujeto activo somos nosotros; luego Dios decide apoyarnos en nuestros planes. También en el refrán castellano, según el cual “el hombre propone y Dios dispone”, permanece implícita la idea de que es el hombre el que ejerce la imaginación creadora del mundo.

Sin embargo, estos lugares comunes de la narrativa social de la generación anterior ya no funcionan o han caído entre comillas. Lo significativo es que, siendo un fenómeno que se expresa desde un recambio generacional en Estados Unidos, se haya manifestado de forma tan abrupta, apenas en un año, como una cuerda que revienta ante el exceso de tensión acumulada.

Ken Mehlman, ex presidente del Comité Nacional Republicano, comentó en The New York Times que cuando George Bush ganó las elecciones en el 2004 el Partido Republicano se encontraba en la posición más fuerte desde la Gran Depresión de los treinta. Pero aun antes de la crisis financiera del 2008, el presidente Bush ya había cosechado el rechazo a su gestión de más del setenta por ciento de la población, uno de los más altos de la historia de este país. En el 2006, los demócratas habían recuperado la mayoría de las cámaras baja y alta, lo que significa que el punto de inflexión para el comienzo de la vertiginosa caída comenzó por lo menos en el 2005. Ese es el año de Katrina.

Cuando este huracán azotó Nueva Orleáns y la costa sur de Estados Unidos, varios líderes religiosos que habían apoyado al partido de gobierno manifestaron que Katrina había sido un soplo de Dios para castigar la ciudad del pecado. Pat Robertson, fundador del poderoso The 700 Club, de la Coalición Cristiana de América y ex candidato presidencial por el Partido Republicano, afirmó que el huracán había sido enviado por Dios para persuadir a algunos jueces para que votasen en contra del aborto. Para evitar el asesinato de los por-nacer, según los pro-vida, Dios había decidido ahogar en el Diluvio a miles de ya–nacidos. Según Hal Lindsey, en cambio, Katrina era la prueba de que el juicio de América había comenzado, lo que significaba que estábamos próximos al “renacimiento de un Imperio Romano en Europa para dominar el mundo”. Michael Marcavage, director de Repent America, afirmó que Dios había destruido esta ciudad viciosa por haber permitido la celebración de un festival gay durante cincuenta años. En cambio para Stan Goodenough, el fenómeno había sido el castigo de Dios al pueblo estadounidense por poner en peligro la tierra y el pueblo de Israel (“What America is about to experience is the lifting of God’s hand of protection […] the nation most responsible for endangering the land and people of Israel”). Charles Colson, ex consejero de Richard Nixon y actual comentador radial y colaborador de Christianity Today, dijo que Dios había permitido que ocurriese la tragedia de Katrina para recordar a la nación la importancia de ganar la guerra contra el terrorismo.

La idea de un dios bondadoso que no acomete el dolor, pero lo permite, es un clásico de la teología, tanto como vincular un fenómeno climático con la ira interior de algunos individuos es un clásico del romanticismo.

Quizás Katrina fue un error de interpretación teológica, lo que demuestra la falibilidad de la ira interpretativa de los más importantes arengadores políticos en cada sociedad. Si Dios tiene por política actuar de formas tan indirectas, los hechos a largo plazo demuestran que Katrina fue sólo el inicio del castigo divino a los administradores de su palabra, a sus ministros y voceros oficiales.

Uno de los pilares centrales del ascenso de los conservadores radicales en las últimas décadas fue el rechazo y la demonización del mundo exterior, especialmente del mundo socialista. El pilar central de los últimos años fue el rechazo y la demonización del mundo islámico, tanto como lo es para los islamistas más conservadores la demonización de Occidente. Aunque Obama no es socialista ni es musulmán sino cristiano y liberal, la estrategia republicana de las últimas semanas antes de las elecciones se centró en repetir que Barack Hussein Obama es socialista, teólogo de la liberación, musulmán o tolerante del Islam y amigo de terroristas. Cuatro años atrás esta estrategia habría demolido al más blanco de los cristianos capitalistas. Lo significativo es que, como resultado electoral, no haya provocado ningún efecto. O que el efecto haya sido el contrario del buscado.

Ya no sólo es una novedad y una rareza en el mapa político que un afrodescendiente sea el nominado por un partido tradicional sino que, además, llegue a la Casa Blanca. Es casi un misterio que ese hombre negro, o medio negro (lo que es peor, porque su madre era una antropóloga liberal y su padre un musulmán africano), sea un hombre de una cultura tradicional inaudita en un presidente y a ello sume el hecho de haber vivido hasta su adolescencia en un país musulmán, Indonesia, en un momento en que dominaba una dictadura militar apoyada por Estados Unidos. Y para peor, con ese nombre que el presidente Bush repitió tantas veces como el enemigo número uno de la nación. ¿Habría imaginado el presidente que metió a su país en Irak que al final de su segunda presidencia un Hussein lo sustituiría? Un Hussein que se opuso a la guerra desde el inicio y que ganó las elecciones repitiendo que, como el Nazareno, también es posible dialogar con los enemigos. Un Obama que fue votado con entusiasmo por millones de norteamericanos a los que tampoco les importa que su apellido suene similar al nombre del enemigo número uno, porque han visto algo más allá de las apariencias según las cuales estaban acostumbrado a pensar y a votar.

En una curva veo una estación de servicio con la gasolina muy barata y me desvío para recargar. A mi lado, un hombre de gorra de los NY espera de pie que se llene su tanque. Está pensativo y algo inclinado sobre el surtidor, como si rezara ante un altar. Lo que me recuerda la recomendación de la gobernadora Palin de rezar en las gasolineras para bajar el precio del combustible. Aparentemente ha dado resultado, pero de la forma más imprevista. La crisis económica, que ha traído deflación de los precios, también ha asegurado la derrota de los oradores.

Jorge Majfud. Lincoln University.

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