Reggio’s Weblog

El discurso de la victoria (en el Grant Park de Chicago), de Barack Obama en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

Texto completo del discurso del próximo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pronunciado ante más de 100.000 personas en el Grant Park de Chicago

¡Hola, Chicago!

Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.

Es la respuesta dada por las colas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.

Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.

Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.

Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor.

Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos.

Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain.

El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado.

Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.

Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.

Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.

Sasha y Malia, os quiero a las dos más de lo que podéis imaginar. Y os habéis ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca. Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Los echo en falta esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable

A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me habéis aportado. Estoy agradecido a todos vosotros. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.

A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino. Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Vosotros hicisteis realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que habéis sacrificado para lograrlo.

Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros. Os pertenece a vosotros.

Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares y diez dólares y veinte dólares

Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron atrás sus casas y sus familiares para hacer trabajos que les procuraron poco dinero y menos sueño.

Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.

Esta es vuestra victoria.

Y sé que no lo hicisteis sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicisteis por mí. Lo hicisteis porque entendéis la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas -dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo-.

Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros.

Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.

Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar.

El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos.

Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.

Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas.

Pero siempre seré sincero con vosotros sobre los retos que nos afrontan. Os escucharé, sobre todo cuando discrepamos. Y sobre todo, os pediré que participéis en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.

Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal. Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.

Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.

Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren.

En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo.

Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional.

Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con cierta humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso.

Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto.

Y a aquellos estadounidenses cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido vuestro voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito vuestra ayuda. Y seré vuestro presidente, también.

Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.

A aquellos, a aquellos que derrumbarían al mundo: os vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: os apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.

Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana.

Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que guardaron cola para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.

Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones -porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos- la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos.

En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos. Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes.

Sí podemos

Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada.

Sí podemos.

Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: “Lo superaremos”.

Sí podemos.

Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación.

Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar.

Sí podemos.

Estados Unidos, hemos avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos -si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?

Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento. Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza.

Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos.

Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

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Algunas cosas que el mundo espera de Obama, de Peter Singer en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

La asombrosa historia de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos ha ayudado ya enormemente a restablecer la imagen mundial de ese país. En vez de un presidente cuya única cualificación para el cargo era llamarse como su padre, ahora tenemos a otro cuya inteligencia y capacidad de visión han superado el formidable obstáculo de tener un nombre exótico y ser hijo de un musulmán africano. ¿Quién habría podido pensar, tras las dos elecciones de 2000 y 2004, que los estadounidenses eran capaces de elegir a un candidato así?

Obama hizo campaña subrayando que es distinto a otros políticos y que va a efectuar un verdadero cambio. El llamamiento llevó a las urnas a multitudes entusiastas. Estamos, pues, ante una oportunidad histórica de acabar con el cinismo que inunda la política estadounidense desde hace decenios.

Muchos estadounidenses juzgarán al nuevo Gobierno en función de lo que haga en su país. Entre otras cosas, subir los impuestos para los que ganan más de 250.000 dólares al año y emplear el dinero para ampliar el seguro de salud a las decenas de millones de ciudadanos que -caso único entre los países industrializados- no disponen de él. También se ha comprometido a reducir los impuestos para los trabajadores con salarios medios y bajos y a mejorar el sistema educativo de Estados Unidos. Cumplir esas promesas con el sombrío panorama económico actual no será fácil.

Sin embargo, donde más impacto puede ejercer Obama es fuera de las fronteras de Estados Unidos. El año pasado, cuando habló ante el Consejo de Asuntos Mundiales de Chicago, proclamó la necesidad de un presidente norteamericano que sea capaz de hablar directamente con todos los que, en el mundo, anhelan la dignidad y la seguridad, y les diga: “Vosotros sois importantes para nosotros. Vuestro futuro es nuestro futuro”.

Para ser un presidente así, Obama debe comenzar por cumplir sus promesas de cerrar el campo de prisioneros de la bahía de Guantánamo, en Cuba, y acabar con la costumbre del Gobierno de Bush de encerrar a la gente sin decirle nunca por qué ni de qué se le acusa. Asimismo, debe iniciar el proceso para retirar las tropas de combate de Irak, una tarea que dijo que completaría en 16 meses. Materializar esas promesas contribuiría enormemente a restaurar la imagen de Estados Unidos en el mundo.

También es fundamental que desempeñe un papel constructivo en la reforma de Naciones Unidas. La estructura del Consejo de Seguridad tiene 60 años de antigüedad. Todavía da a los vencedores de la II Guerra Mundial el derecho a ser miembros permanentes y a vetar sus decisiones. Cambiar eso significaría inevitablemente diluir los privilegios de esos países, entre ellos Estados Unidos. Pero si hay un presidente estadounidense que puede vencer esa sombra histórica que pende sobre la ONU es Obama.

Obama tiene un padre keniano y ha pasado tiempo en las aldeas africanas en las que todavía viven sus familiares; por eso no es extraño que comprenda la necesidad de que los países ricos ayuden a los países en vías de desarrollo. El año pasado se comprometió a duplicar la ayuda exterior de Estados Unidos de aquí a 2012, hasta alcanzar 50.000 millones de dólares al año (una cifra con la que Estados Unidos todavía estaría por detrás de muchos países europeos en cuanto al porcentaje de su renta nacional destinado a la ayuda).

También hay que redirigir mejor esta ayuda para destinarla a quienes viven en extrema pobreza. Por desgracia, cuando preguntaron al hoy vicepresidente electo, Joe Biden, qué gastos podría reducir un Gobierno de Obama debido a la crisis financiera, mencionó la promesa de incrementar la ayuda exterior. No obstante, para duplicar la ayuda exterior haría falta una cantidad pequeña de dinero, en comparación con lo que se ahorraría con la retirada de Irak.

Tal vez el aspecto más difícil de la tarea de convertir a Estados Unidos en un buen ciudadano mundial sea la reducción de sus desmesuradas emisiones de gases de efecto invernadero, aproximadamente cinco veces más que la media per cápita mundial. El Gobierno de Bush ha malgastado ocho años preciosos durante los que nos hemos acercado peligrosamente al punto en el que podría suceder una cadena irreversible de acontecimientos que desemboque en catástrofe. El año pasado, el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, acusó a los países industrializados de agredir a África con el calentamiento global. Puede parecer una exageración, pero aumentar la temperatura y disminuir el volumen de lluvia de un país predominantemente agrario puede resultar tan destructor para sus habitantes como que les bombardeen.

Obama debe hacer que Estados Unidos encabece los esfuerzos para reducir las emisiones. Luego, después de dejar clara su buena fe, debería ser capaz de elaborar un acuerdo con los líderes europeos para incluir a China e India en cualquier tratado que sustituya al Protocolo de Kioto cuando éste expire, en 2012. Quizá sea éste el mayor desafío ético de la presidencia de Obama. Su respuesta será decisiva a la hora de juzgar su mandato.

Peter Singer es catedrático de Bioética en la Universidad de Princeton.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

© Project Syndicate, 2008. www.project-syndicate.org

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Obama y la nueva política, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

Barack Obama no ha ganado las elecciones de anteayer por ser el líder de un partido. Tras muchos meses de recorrer su país y dar a conocer su personalidad y su mensaje, lo que ha generado es un gran movimiento, ha arrastrado a sectores desengañados y sin esperanzas. Obama ha ganado porque se ha convertido en el líder de este gran movimiento. Un dato esencial lo revela bien a las claras: la participación ha sido del 66% cuando lo habitual era que apenas alcanzaba el 50%.

A veces tendemos a confundir los países con sus dirigentes. Por ejemplo, a Estados Unidos con Bush. La realidad es, afortunadamente, otra: las sociedades son plurales, no homogéneas, compuestas por individuos, cada uno de ellos con sus ideas, intereses e identidad. Ciertamente hay una Norteamérica conservadora, demasiado orgullosa de sí misma e intolerante con los demás, con los que no son como ellos. Es natural, en todos los países existen conservadores, personas asustadas por los cambios. Pero es evidente que también existe el otro sector, el que está descontento con muchos aspectos de la realidad que le rodea, el que es crítico con el poder establecido, el que quiere cambiar las cosas. A este sector se ha dirigido Obama en su larga campaña y con este sector ha conectado con su porte audaz y tranquilo, sus propuestas moderadas y razonables, su intransigencia frente a la injusticia. Así ha podido proclamar, en el extraordinario discurso pronunciado tras su victoria, que “el cambio ha llegado a Estados Unidos”.

Los críticos demócratas con Obama, aquellos que hubieran preferido a Hillary Clinton como candidata, le reprochan la vaguedad de sus planteamientos y de sus propuestas. ¿En qué consistirá el cambio?, se preguntan. Quizás esperan un programa, un conjunto de medidas concretas claramente expresadas. Creo que no han entendido su mensaje. El cambio es, precisamente, él mismo, el cambio es Obama, con su curiosa personalidad, su peculiar estilo, su nueva manera de hacer política. ¿Una mezcla de John F. Kennedy y Martin Luther King? Quizás. Pero toda mezcla da lugar a un producto nuevo y Obama lo es. Veamos.

El origen familiar de Obama es sumamente curioso, y el resto de su vida, apasionante. En 1961 nace en Honolulu (Hawái) de padre keniano y madre nacida en Kansas. Entonces, ambos estudiantes, el padre llegaría a ser doctor en Economía por Harvard y la madre doctora en Antropología. Ambos se separan cuando su hijo tiene dos años, la madre se casa de nuevo, esta vez con un indonesio, y se van a vivir a Yakarta, donde Barack cursa sus primeros estudios. A los diez años vuelve a Honolulu, donde es educado en casa de su abuela materna. Tras una estancia en Los Ángeles, estudia Ciencias Políticas en la Columbia de Nueva York, años después trabaja en los barrios pobres de Chicago como organizador comunitario, a los treinta años cursa Derecho en Harvard y obtiene el doctorado, vuelve a Chicago y pasa a ser profesor en la universidad y abogado. En 1996 es elegido senador del estado de Illinois y reelegido en dos ocasiones más hasta que en el 2004 gana las elecciones al Senado de Estados Unidos.

He resumido muy apretadamente su biografía, pero a la vista está que se trata de una vida intensa y peculiar, en la que destacan su capacidad para hacer frente a las dificultades familiares, su voluntad para abrirse camino en la vida y su continuado interés por implicarse en los problemas de la comunidad en que vive. Por tanto, nos encontramos ante una personalidad compleja, cruce de orígenes muy diversos – tiene, además, hermanos africanos e indonesios-, preocupado por encontrar su propia personalidad – en 1995 publicó un libro sobre sus orígenes familiares-, estudiante con inmejorables calificaciones en dos de las mejores universidades del mundo, trabajador social y abogado, con una notable labor legislativa como senador de signo antirracista y a favor de las libertades, buen escritor y extraordinario orador. Una biografía realmente asombrosa.

Creo que por ello ha ganado: él es su biografía. El triunfo es el reconocimiento a su talento natural, a una trayectoria coherente y honrada, a su esfuerzo por hacerse a sí mismo, a su probada sinceridad – no ha tenido reparo en confesar haber sido durante un tiempo consumidor de marihuana y cocaína-, a su competencia profesional. Más que por ideología, aunque también, se le ha votado por empatía, porque suscita confianza, porque aparece como una persona limpia y sin nada que esconder. Un estilo de político nuevo que promete actuar de manera distinta a los demás. Lo ha demostrado hasta ahora – la financiación por internet de su campaña electoral es una prueba- y esperemos que no defraude. Toda una advertencia a la clase política, acomodada tranquilamente en hábitos que cada vez parecen más desfasados. Si las cosas se hacen bien, la audacia y la autenticidad de Obama es un modelo que seguir.

Por ello el triunfo de Obama puede ser un gran acontecimiento fuera de Estados Unidos, el comienzo en política de algo distinto. “Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos, es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si dejamos las cosas como estaban antes”, ha dicho al celebrar el triunfo. Efectivamente, también en Europa, frente a la esclerosis de los partidos, habría que encontrar otras formas de hacer política, lograr que los escépticos y desengañados vuelvan a recuperar la esperanza, vuelvan a ser protagonistas.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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Los retos del presidente Obama, de William R. Polk en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

ELECCIONES EE.UU.

El presidente electo Barack Obama  afronta desafíos sin precedentes. Si quiere introducir la más ligera modificación respecto de las políticas de la Administración Bush, ya puede darse prisa, porque la enorme burocracia del Gobierno estadounidense sólo concede al nuevo mandatario un escaso margen de flexibilidad antes de recuperar su habitual modo de proceder.

Obama dispondrá de poco dinero. Los ingresos son bajos, la deuda nacional alcanza niveles sin precedentes y la capacidad de endeudamiento en el exterior está agotada. Obama no puede reducir significativamente el rescate financiero del sistema bancario por valor de miles de millones de dólares. La industria de la automoción pide también ayudas similares. Cientos de miles de trabajadores pierden sus puestos de trabajo y muchos más hogares sus viviendas. ¿Qué puede hacer el presidente?

En primer lugar, debe dirigirse a donde está el dinero. Si pretende aplicar cualquiera de las promesas que hizo para resultar elegido, debe empezar imponiendo disciplina en el Departamento de Defensa, que dispone del 58% de todos los ingresos gubernamentales federales discrecionales y pide más en la actualidad.

En teoría, tal cosa debería ser viable, dado que el presupuesto militar supera el de todos los departamentos de Defensa combinados del planeta y, además, varios programas de misiles aéreos y navales que son enormemente costosos fueron concebidos para luchar contra un enemigo que ya no existe, la Unión Soviética.

Sin embargo, en la práctica, será imposible proceder a recortes significativos en el presupuesto del Departamento de Defensa, pues nutre lo que el presidente Dwight Eisenhower denominó el “complejo industrial militar”. Prácticamente todas las empresas estadounidenses obtienen parte de sus ingresos de este complejo, del que dependen cientos de miles de trabajadores. La tríada formada por trabajadores sindicados, empresarios y soldados conforma un poderoso conglomerado de presión en el Congreso estadounidense. Los congresistas ansían gastar en seguridad porque estos programas son muy populares entre los electores del país. En consecuencia, el presidente entrante puede confiar en poder introducir cambios importantes sólo de forma lenta y gradual y reemplazando programas militares por civiles.

Por suerte para él, se abren dos posibles vías a las nuevas iniciativas: el medio ambiente y las destartaladas infraestructuras estadounidenses. En este momento, la única forma seria de salvar el marco ambiental no puede ser de carácter federal, sino que ha de apoyarse en ciudades y estados que promuevan iniciativas y programas susceptibles de crear nuevos puestos de trabajo. Obama no dispondrá de grandes sumas de dinero para asignar a los proyectos, pero puede ofrecer incentivos fiscales.

Más palpable resulta la apremiante necesidad de invertir tras años de desidia y abandono de las carreteras, puentes, aeropuertos y obra pública en general en Estados Unidos. La Asociación Estadounidense de Ingenieros Civiles ha informado de que la infraestructura del país “está deteriorada”. “Se precisará una inversión de 16.000 millones de dólares para que las cosas vuelvan a funcionar como es debido”, sostiene. Según los estudios efectuados, casi 200.000 puentes de los 590.000 que hay en el país presentan “deficiencias estructurales u obsolescencia funcional”. Además, envejecidas plantas depuradoras vierten miles de millones de litros de aguas residuales sin tratar en los cursos de agua de todo el país.

Reparar el daño causado exigirá la puesta en marcha de un vasto programa en prácticamente todas las zonas urbanas del país que puede representar la creación de cientos de miles de puestos de trabajo y dar mayor fuelle a empresas y sectores actualmente dedicados al sector de la defensa.

¿De dónde vendrá el dinero? El presidente entrante debe recortar las costosas, impopulares y contraproducentes guerras que la Administración Bush libra en Iraq, Afganistán y Somalia.

Piénsese, por ejemplo, en Iraq: Iraq ha costado a los contribuyentes estadounidenses casi un billón de dólares en asignaciones aprobadas por el Congreso y de tres a seis billones de dólares en total a la economía.

Algunas cifras al azar concretan estas enormes sumas. Mantener en Iraq a cada uno de los 160.000 soldados y 180.000 mercenarios cuesta medio millón de dólares al año. Los mercenarios ya han costado 89.000 millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses. El coste de los tratamientos de por vida a medio millón de soldados heridos costará alrededor de un billón de dólares. Cada nuevo soldado herido sumará un coste de 2 millones de dólares al total. El combustible de las operaciones en Iraq asciende a un promedio de 78 litros por soldado y cuesta alrededor de 11 dólares transportar cada litro a Iraq sin incluir el coste del propio combustible.

Es evidente que el presidente entrante habrá de salir de Iraq tan pronto como sea posible. Si demora su estancia allí o compromete mayores tropas en Afganistán, poco podrá hacer a favor del sistema de salud, cuya mejora ha sido uno de los temas de mayor gancho de su campaña. El ahorro de un billón de dólares en Iraq permitiría proporcionar atención sanitaria a los 47 millones de estadounidenses sin seguro, aparte de financiar programas de vacunación infantil que salvarían millones de vidas cada año. Desembarazarse de lo que la Administración Bush ha llamado “la guerra larga” podría aportar los fondos necesarios para financiar el programa electoral del presidente electo, pero si, como aconsejan los asesores neoconservadores de Bush, Estados Unidos ataca a Irán antes de que Obama tome posesión, este heredará un país en bancarrota.

WILLIAM R. POLK, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy. Autor del libro ´Políticas violentas´ (Ed. Libros de Vanguardia)Traducción: José María Puig de la Bellacasa
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El ‘hombre 10’, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

ASUNTOS INTERNOS

A los que nos gustan las películas de Frank Capra, el Ala Oeste de la Casa Blanca y todavía creemos en la capacidad de la política para transformar la realidad, la aparición de Barack Obama nos disparó todos los sensores. En el principio fue su fotogenia, su elegancia -hay que ver lo bien que le sientan los trajes-, su voz de locutor, su perfecta dicción, sus discursos. Fuera sentado, de pie, haciendo surfing, bajando unas escaleras, solo o con su familia, Obama quedaba de miedo en todas las fotos. Y hablaba mejor que cualquier actor de cine. Sus vídeos eran tan bonitos y tan perfectos que no parecía fruto de la casualidad ni de la improvisación. Entonces fue cuando los listos empezaron a decir que era un producto de marketing sin nada debajo de su increíble capacidad para seducir y enamorar a las cámaras y a los periodistas que había detrás de las cámaras.

Su currículum era igual o más imponente que su fotogenia. Supimos que había dedicado años de su vida a los más pobres de los barrios de Chicago, que descendía de una familia desestructurada y que rendía culto a su abuela y a su madre. Demasiado. Y que, siendo negro, no guardaba ni pizca de rencor a los blancos por lo que les hicieron a sus antepasados. O sea, que además de guapo, resulta que también era bueno. Demasiado perfecto. Algún cadáver tendría en el armario. Nadie del pueblo llano puede convertirse en una estrella de la política de la noche a la mañana así por las buenas.

Ya se lo advirtió el mismísimo Bush el primer día en el que un acojonado senador de Illinois fue invitado junto a otros muchos a la Casa Blanca. «¡Obama!», le dijo Bush, «cuando llamas mucho la atención, como la has llamado tú, la gente empieza a ponerte en su punto de mira y espera a que tropieces, ándate con cuidado». Dice el ya presidente electo en su libro La audacia de la esperanza que un asistente le echaba desinfectante en las manos al presidente mientras saludaba a sus invitados. Obama se quedó impresionado por ésta y otras costumbres elitistas de Washington.

Su autobiografía es igual de imponente que su fotogenia. La audacia de la esperanza es el manual del hombre 10. Perfecto como hijo, como nieto, como marido, como amigo, como abogado, como padre, como líder y como jefe. Reconoce sus defectos y sus miedos, al tiempo que se presenta como un hombre de su tiempo, con complejo de culpa por no ayudar demasiado a Michelle en casa, pero con un sentimiento familiar más profundo del que tenían los Kennedy o los Clinton.

¿Será posible que haya un tío tan perfecto en el mundo y que además sea el presidente de Estados Unidos? Parece una película de Frank Capra, de esas que tanto nos gustan. Seguiremos buscándole el defecto, a ver dónde lo tiene.

© Mundinteractivos, S.A.

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El antílope, de Carmen Rigalt en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

ZOOM

La larga noche de Obama (que finalmente fue corta) se celebró en España como la noche de los Oscar o de la Fórmula 1. Aquí somos expertos en experiencias trasnochadas porque algunos eventos sociales o deportivos tienen lugar cuando estamos en pleno sueño. No vale que te levantes pronto o que te acuestes tarde. Lo cojas por donde lo cojas, pilla fatal. Se impone pues la noche en blanco. Para sobrellevarla mejor nació la costumbre de reunirse con amigos. Siempre hay una alma cándida que se presta a poner la casa y las bebidas, también los ceniceros. Precisamente en noches así es cuando algunos ex fumadores vuelven a fumar. Los ceniceros se llenan de colillas como antaño, y nadie abre las ventanas ni te expulsa a la terraza.

Aparte está la comida. Si el anfitrión es considerado, saca tortilla de patatas o virutas de jamón ibérico, y si no, vas que chutas con unos panchitos. No estoy insinuando que los amigos sean tacaños, pero la naturaleza pandillista de este tipo de reuniones permite abusar de la confianza. Con todo, lo peor viene al final. Aunque bastantes invitados sucumben al sueño antes de lo previsto, siempre queda uno dispuesto a recoger las cenizas. Uno que quiere desayunar y se ofrece a salir a la calle en busca de croissanes. El anfitrión reniega: o lo echo, o me lo meto en la cama, dice.

Viví la noche de Obama a trozos: un ratito despierta y otro dormida. No había amigos en casa, así que nadie se prestó a desvelarme. Alterné la radio con internet y el sofá con la cama. Cuando quise darme cuenta, eran las seis de la mañana y el panorama ya se había despejado. Estaba contenta por la victoria de Obama, pero me conmovía el discurso de McCain y sentí lástima por él. Estas cosas sólo me pasan con el fútbol. La gente fanática quiere que gane su equipo, caiga quien caiga, pero yo sólo soy del Barça cuando juega con equipos de su nivel. Si el contrincante es el Numancia, cambio de preferencia. Mal comparado, lo de McCain también fue un poco así, aunque en ningún momento llegué a desear su victoria. Por sentimentalismo, me gustaría que Obama fuera indulgente con él y lo hiciera jefe de Gabinete.

Nunca había vivido unas elecciones americanas tan intensas. Recuerdo, de niña, el duelo Kennedy-Nixon, que también se las trajo. En aquella época yo no estaba asistida por la radio ni la tele, así que me ceñí a la versión de las monjitas, que planteaban la contienda como un enfrentamiendo entre líderes religiosos. Uno de los contendientes era católico y el otro, protestante. Ganó el católico (Kennedy) y yo creí que había ganado el Niño Jesús.

Muchos años más tarde, el triunfo de Obama me devuelve aquella ilusión infantil. Adoro a Obama, tiene manos de pianista y orgullo de antílope, palabra limpia, sonrisa alta, buena presencia escénica. Para empezar, deja a Bush a la altura de un mercachifle.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lecciones de republicanismo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 6 noviembre, 2008

A propósito de lo que dijo el alcalde de Puerto Real y las manifestaciones de la Reina en el libro de Pilar Urbano

Hay quienes, erigiéndose en abanderados del republicanismo, tan pronto sacan su lengua a pacer por los pastizales mediáticos, logran el efecto contrario a sus pretensiones. Así, el alcalde de Puerto Real no se defiende tal discurso incurriendo en vulgaridades que pueden hacer las delicias del amarillismo periodístico y de la llamada telebasura «realmente existente». Se trata, de muy distinta cosa.

Hay quienes, escandalizándose por las supuestas opiniones de la actual consorte del Monarca expresadas en un libro, están dando a entender que, por el mero hecho «de ser vos quien sois», tales puntos de vista tienen una trascendencia que va mucho más allá de la esfera de lo privado.

El hecho es que, para mayor deleite de quienes gustan de escandaleras de vuelos muy poco altos, estamos más que entretenidos con la gazmoñería de un Alcalde que busca la notoriedad más facilona, y, de otro lado, el libro de la periodista Pilar Urbano sale de la mejor forma posible para su éxito comercial, es decir, con polémicas que están más cerca de los cotilleos que de debates mínimamente interesantes.

¿Qué trascendencia puede tener, más allá del colorido y del runrún mediático, lo que diga el alcalde de Puerto Real contra la persona del Rey, si este buen señor no es capaz de esgrimir argumentos mínimamente sostenibles a favor del republicanismo como forma de Gobierno? Le pudo servir, y le sirvió, para ser -¡oh, paradoja!- «reina por un día» del entramado mediático. Raquítica cosecha la suya.

¿Por qué tiene que pronunciarse casi todo el mundo acerca de las opiniones de la Reina sobre una serie de asuntos que tanta atención siguen concitando? ¿Acaso hay algún Mediterráneo descubierto en todo ello? ¿Tienen, en verdad, algo de asombroso?

Lecciones de republicanismo. Si en el mundo académico, que no está pasando por su mejor momento, las fuentes de cualquier tesis que pretenda defenderse tienen, para bien o para mal, una relevancia indiscutible, el numerito del primer edil de Puerto Real no sólo no es una lección de republicanismo, sino que se vuelve en contra de ello, entre otras razones, por su chabacanería apestosa.

Lecciones de republicanismo. Si determinados colectivos que se sintieron ofendidos por las opiniones de la reina, se tomasen la molestia de meditar acerca de la forma en que reaccionaron, no les costaría mucho esfuerzo caer en la cuenta de que el mero hecho de conceder tamaña importancia a tales planteamientos supone incurrir, quiero creer que de forma contradictoria, en actitudes cortesanas que no parecen ser muy compatibles con lo que representan y defienden.

Lecciones de republicanismo. La forma en que los dos grandes partidos reaccionaron ante la polémica desatada por las declaraciones de la reina, rindiéndole una pleitesía propia de quienes gustan de genuflexiones aunque, en el caso del PSOE, se titulen de izquierdas, pone de relieve que el discurso público de una sociedad del siglo XXI se sitúa de lleno en lo cortesano.

Lecciones de republicanismo. Ni la ordinariez del regidor andaluz, ni tampoco la indignación de los colectivos que se sienten agraviados coadyuvan a sustentar un discurso que abogue por la racionalidad en la vida pública.

El republicanismo exige altos vuelos que abominan de los comadreos y que no buscan amparo en discursos regios, sino en asuntos de mucho mayor calado.

El tan cacareado «todo vale» no estriba en que la Monarquía haya dejado de ser tabú, sino en que no se repara en el valor intrínseco de las opiniones; lo que se hace es, de un lado, usar como argumento de autoridad la escoria informativa, y, del otro, considerar que el tronío es garantía de opinión importante.

Y, como supuesto balsámico de la tensión dramática, las televisiones públicas y privadas siguen cultivando el No-Do como subgénero periodístico cuando se trata de abordar las vidas y milagros de las personas pertenecientes a la Casa Real en sus aniversarios.

Lecciones de republicanismo: aquéllas que están abismalmente alejadas de la zafiedad y de las parafernalias cortesanas. También aquéllas otras que tienen el suficiente tino para distinguir con claridad meridiana lo que debe ser tenido en cuenta y lo que es merecedor de ser obviado.

Por qué nadie habla de lo que hay que hablar, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Derechos, Economía by reggio on 6 noviembre, 2008

Hoy vengo de prestado. espero que me sepan disculpar. Cuando uno no sabe de una materia, o sabe poco, que suele ser lo habitual, lo mejor es acudir a quien puede cubrir sus carencias de forma efectiva. Ya sé, lo debería hacer más a menudo. Pero, entonces, les privaría a ustedes del placer de tirarme de las orejas con la frecuencia que lo hacen. Que no pueden estar más estiradas, oigan. Bien. Leo en el WSJ del pasado 28 de octubre un muy interesante artículo de Karel Lannoo del CEPS acerca de la necesidad de establecer un marco supervisor común que evite que se reproduzcan en el futuro situaciones como las que actualmente padece la banca europea. En el cuarto párrafo hace un alegato demoledor contra los ratios de solvencia establecidos en Basilea II, incapaces de dar una indicación clara del nivel de riesgo de las entidades financieras“. Su argumento parte de un ejemplo palmario: la belga Dexia. A 30 de junio de 2008 reclamaba tener un ratio Tier 1 del 11,4%, medido a través del valor atribuido a sus activos en función de su riesgo ponderado. Pero si en el denominador se sustituía esta cifra por el importe total del activo del balance, el porcentaje caía al 1,6% “por debajo del 2% exigido por los supervisores estadounidenses para cerrar una institución“.

Perplejo acudo a un profesional de mercado, especializado en estos temas, para que me ilustre sobre la cuestión. Y no contento con informarme, me remite esta filípica que, tal cual, poco en manos de los sufridos lectores diarios de este Valor Añadido. Va por ustedes.

“En las últimas semanas, gobernadores de bancos centrales, señalados dirigentes políticos, distinguidos profesores de universidad, y reputados consultores y hombres de empresa, nos están, por fin, explicando a las personas sencillas, los motivos que han originado la casi quiebra del sistema económico occidental. Es un placer oírles: las causas, identificadas; el diagnostico, unánime; y el tratamiento también: más regulación y más supervisión. Más funcionarios que controlen la discrecionalidad de esos locos banqueros. A mí han estado a punto de convencerme, hasta casi hacerme olvidar que ninguno de ellos, a pesar de su sabiduría, previó lo que se estaba larvando, y las devastadoras consecuencias que iba a tener para los ciudadanos de a pie, sometidos en estos momentos al dilema de perder todos los ahorros de nuestra vida pasada, o pagar impuestos durante el resto de esa misma vida para financiar el rescate del sistema.

Pero en todo este discurso, y dado que éste es un foro docto en temas financieros, quisiera preguntarles: ¿No están ustedes echando nada de menos? ¿Por qué nadie se acuerda ahora, cita, o nos explica, que era aquello de “Basilea II”? La misma comunidad financiera que ahora propone coartar el libre albedrío de los banqueros, lleva desde el año 2001 embarcándonos a todos en la migración de Basilea I a Basilea II. Se trataba (o al menos eso nos decían) de un nuevo paradigma en la gestión bancaria, un mundo mejor para todos, y tenía previsto su debut precisamente para este año.

Para los no iniciados, les diré en qué consiste básicamente Basilea II. En su versión simple, pretende que los requerimientos mínimos de solvencia de una entidad bancaria, la fortaleza de su capital para aguantar crisis como la que estamos viviendo, se establezca en función de las calificaciones de las… ¡agencias de rating!. No es broma. Y en su enfoque más avanzado, Basilea II establece que esos umbrales mínimos de solvencia sean determinados por… ¡los propios banqueros!. ¿Cómo lo ven?

Desde Basilea I (1985) la medición de los riesgos que asumía un banco (o caja) se asignaba en función de unas ponderaciones muy simples, establecidas por el supervisor financiero. Era pues un sistema tutelado por los poderes públicos, sencillo, e igualitario, pues se aplicaba a todas las entidades, con independencia de en qué jurisdicción operasen, o de su tipo de negocio. Sin embargo los banqueros propusieron cambiar el modelo, con una justificación: ellos eran capaces de medir sus propios riesgos mucho mejor que el supervisor, por que habían desarrollado unos modelos estadísticos “muy avanzados”, que les permitían estimar a la perfección los riesgos a los que estaban expuestos. De modo que desde el año 2005, los mismos bancos que acaban de ser comprados, rescatados, nacionalizados o “inyectados”, han “homologado” con sus reguladores sus propios modelos de medición de riesgos. Por cierto que la conclusión de esos sesudos cálculos estadísticos ha sido infalible en todos los casos: las entidades de crédito tenían una solvencia a prueba de bomba, y recursos propios más que suficientes para afrontar sobradamente los riesgos de su actividad. Basilea II iba a ser el futuro de la gestión bancaria durante los próximos 20 años, como lo había sido Basilea I desde 1985. Si no me creen y quieren pasar un buen rato, relean los párrafos dedicados a Basilea II en las memorias de los bancos rescatados.

Pero déjenme decirles algo más preocupante: durante el reinado de Basilea I, el 100% de los inspectores del Banco de España era capaz de verificar el ratio de solvencia de una entidad en 8 horas con la ayuda de un balance y una hoja Excel. Desde la entrada en vigor de Basilea II, ese porcentaje se reduce a, quizás, un 5%, y hacen falta meses de trabajo y costosos recursos técnicos e informáticos. Y mucho peor aún es la situación de los miembros de los Consejos de Administración de nuestros bancos y cajas: ninguno está capacitado para hacer un juicio crítico acerca de la metodología, las hipótesis y los cálculos que determinarán en el futuro su grado de exposición a los distintos tipos de riesgos. El Consejo debe confiar ciegamente en el trabajo de un reducido grupo de “super-sabios”, empleados pata-negra que tras meses de encierro en un laboratorio, manipulando complejísimos modelos econométricos y bases de datos, saldrán gritando frenéticamente la frase… “ya lo tengo”

Pero desafortunadamente la realidad es mucho más compleja. Esos modelos, apadrinados por los banqueros, homologados por decenas en todos los países europeos con la bendición de supervisores y consultores, técnicamente impecables, teóricamente infalibles, calibrados hasta la extenuación, y sometidos a pruebas de stress y back test, han resultado un completo fiasco. Basilea II ha descarrilado antes de arrancar.

Creo que merecía la pena reproducirlo en su literalidad. No sé que opinarán ustedes. Concluyo como empecé. Karel Lannoo, en el párrafo siguiente del artículo al que he hecho referencia, busca la solución a la dudosa foto de la verdadera fortaleza de balance que, a su juicio, se deriva de Basilea II exigiendo que la solidez bancaria se fundamente en cuatro puntos. Ratios puros de apalancamiento (capital entre activos); ratios de liquidez, que obliguen a mantener un nivel mínimo de activos de disponibilidad inmediata; ratios de diversificación de los mismos (para evitar, por ejemplo, la concentración inmobiliaria que se ha dado en España) y, por último, un indicador consensuado de buen gobierno que permita calibrar la solidez del equipo gestor (como toda variante subjetiva, de menor aplicabilidad práctica). No me enredo más. El sábado más y mejor.

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Guantánamo, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

Cuando escribo estas líneas los colegios electorales todavía continuarán abiertos durante algunas horas más. Solo bien entrada la madrugada surgirán los primeros datos sobre el que será el próximo presidente de los Estados Unidos. En el caso altamente indeseable de que llegara a triunfar el general McCain, lo que estoy escribiendo parecerá obra de alguien cuyas ideas sobre el mundo en que vive pecan de total irrealidad, de un desconocimiento absoluto de los hilos con que se tejen los hechos políticos y los diversos objetivos estratégicos del planeta. Nunca el general McCain, siendo él, para colmo, como la propaganda no deja de considerar y un mísero paisano como yo nunca se atrevería a contradecir, un héroe de la guerra contra Vietnam, nunca osaría liquidar el campo de concentración y de tortura instalado en la base militar de Guantánamo y desmontar la propia base hasta el último tornillo, dejando el espacio que ocupa entregado a quien es su legítimo dueño, el pueblo cubano. Porque, se quiera o no se quiera, si es cierto que no siempre el hábito hace al monje, el uniforme, ése, hace siempre al general. ¿Derribar, desmontar? ¿Quién es el ingenuo que ha tenido semejante idea?

Y, pese a todo, es de eso precisamente de lo que se trata. Hace pocos minutos una cadena de radio portuguesa ha querido saber cuál sería la primera medida de gobierno que le propondría a Barack Obama en el supuesto de que sea él, como tantos andamos soñando desde hace un año y medio, el nuevo presidente de Estados Unidos. Fui rápido en la respuesta: desmontar la base militar de Guantánamo, mandar de vuelta a los marines, derribar esa vergüenza que ese campo de concentración (y de tortura, no lo olvidemos) representa, volver la página y pedir disculpas a Cuba. Y, de camino, acabar con el bloqueo, ese garrote con el que, inútilmente, se pretendió doblegar la voluntad del pueblo cubano. Puede suceder, y ojalá que así sea, que el resultado final de estas elecciones acabe invistiendo a la población norte-americana de una nueva dignidad y de un nuevo respeto por los demás, pero me permito recordarles a los falsos distraídos que, lecciones de la más autentica de las dignidades, de las que Washington podría haber aprendido, las ha estado dando cotidianamente el pueblo cubano en casi cincuenta años de patriótica resistencia.

¿Que no se pode hacer todo, así, de una sentada? Sí, tal vez no se pueda, pero, por favor, señor presidente, por lo menos haga algún gesto. Al contrario de lo que quizá le hayan dicho en los corredores del senado, esa isla es más que un dibujo en el mapa. Espero, señor presidente, que algún día quiera ir a Cuba para conocer a quien allí vive. Finalmente. Le prometo que nadie le hará daño.

Esta entrada fué posteada el Noviembre 5, 2008 a las 12:52 am

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Trascendental, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

Muchos acontecimientos cambiaron los modos de vida de generaciones que, no viviéndolos ni viéndolos suceder, fueron afectadas por sus efectos benéficos o maléficos. Estos son acontecimientos trascendentes en la historia política o social de los pueblos. Pero muy pocos pueden ser considerados trascendentales para la historia de la humanidad. Pues éstos no sólo cambian las esperanzas colectivas en el futuro, sino que alteran incluso la concepción del mundo, dando nuevo sentido humanista al pasado en que se funda la previsión del porvenir. La victoria naval de Octavio sobre Marco Antonio, por ejemplo, decidió la supremacía de occidente sobre oriente, en la historia de las civilizaciones, pero no cambió un ápice la visión natural y universal de la esclavitud. Lo decidido en Actium fue trascendente en la historia política, pero no trascendental para la historia de la humanidad.

Aparte de los descubrimientos que han permitido conocer la identidad de naturaleza intelectual y moral en todos los seres humanos, sólo pueden llamarse, con propiedad, acontecimientos trascendentales aquellos que realizan, o hacen realizables, alguno de los dos valores eternos de la humanidad: la libertad colectiva de todo el pueblo y su igualdad social. Las generaciones que creyeron lograr uno de esos valores, en las revoluciones de la libertad o la igualdad, no estando a la altura de la historia conocida, pudieron por eso sobrepasarla, aventurándose arriesgadamente en lo desconocido, para dar un sentido superior o una proyección sublime a la historia de la humanidad, y no sólo a la de un determinado país. Pero la experiencia del siglo XX hizo utópico el ideal de igualdad sin estar realizado el de libertad.

Todavía estamos demasiado cercanos a lo que está aconteciendo en EEUU para calibrar si lo encarnado por Obama es un fenómeno de trascendencia histórica para el mundo político, como casi todos creen, o si él está en el epicentro de un movimiento trascendental respecto de la posibilidad real de igualdad en el trato social entre la especie humana. Más que los padres fundadores de la democracia representativa, aún más que la emancipación de los esclavos en la teoría legal, la elección presidencial de Obama, sea cual sea su ejecutoría, debe ser enjuiciada, como hará este Diario, con el criterio que sirvió a Kant para ver en la Revolución, no algo trascendente, por su concreta causa francesa, sino algo trascendental por sus efectos de incitación universal a la libertad política colectiva, con independencia del resultado que tuviera lo que había comenzado a moverse en un solo país.

florilegio

“Si la potencia supera al acto que la expresa, éste la obedece o perece.”

Obama al gobierno, no al poder, de Atilio A. Boron en Página 12

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

El anunciado triunfo de Barack Obama desencadenó el rutinario aluvión de noticias y conjeturas periodísticas acerca de los grandes cambios que podrían producirse como resultado de la llegada de un nuevo ocupante a la Casa Blanca. Más allá de la significación que encierra el hecho de que un afrodescendiente llegue a la presidencia de Estados Unidos, lo cierto es que la importancia atribuida al resultado de la elección de ayer ha sido grandemente exagerada, y esto por dos razones. Primero porque se ignora –¿o se oculta?– que los cambios ya se produjeron y que, lejos de ser producto de las elecciones, fueron consecuencia del brutal estallido de la más grave crisis general del capitalismo de los últimos ochenta años. Esta caída del “otro muro” precipitó el fugaz funeral del neoliberalismo en el que Alan Greenspan confesó “que ya nada será como hasta ahora”. En otras palabras, independientemente de quien hubiera sido electo presidente, los cambios en una dirección de menos mercado y más regulación estatal o menos liberalismo y más intervencionismo gubernamental se habrían producido de todos modos. Pero es muy poco probable que esos cambios se traduzcan en una desmilitarización de la escena internacional; y esto por una segunda razón, que es la siguiente: el presidente de Estados Unidos es una figura mucho más débil de lo que aparenta. En realidad, sus poderes se encuentran cada vez más acotados por el incesante fortalecimiento de lo que Dwight Eisenhower llamara “el complejo militar-industrial”, cuya influencia económica, política e inclusive espiritual se extendía por doquier hasta alcanzar, según ese presidente, a las agencias del propio gobierno federal. El potencial para un crecimiento desastroso de ese poder fundado en la alianza entre un inmenso aparato militar y una no menos significativa industria armamentística era una amenaza para las libertades y la democracia en los Estados Unidos. En la época en que acuñó esa frase, enero de 1961, esos poderes “de facto” eran apenas incipientes: el presupuesto militar de Estados Unidos equivalía al de un puñado de otras naciones desarrolladas. En la actualidad creció desorbitadamente y equivale al gasto en armamentos de todo el resto del planeta. Ese complejo se ha entrelazado con otros sectores de la economía al grado tal que su gravitación de conjunto, unida al fenomenal costo de las campañas políticas, hace de los ocupantes de la Casa Blanca fáciles presas de sus intereses. Siguiendo los estudios pioneros de C. Wright Mills, el politólogo mexicano John Saxe-Fernández comprobó que quien realmente manda en Estados Unidos es un “triángulo del poder” compuesto por: (a) la Casa Blanca y, especialmente, los departamentos de Defensa, Energía, Tesoro, Estado, la NASA y el enjambre de aparatos de inteligencia, integrados en el gigantesco Departamento de Seguridad Nacional; (b) las grandes corporaciones, sobre todo las vinculadas a la producción para la defensa, la aeroespacial, el petróleo y el gas, incluyendo los grandes laboratorios, instituciones de investigación, las cámaras empresariales y algunos sindicatos; (c) los comités clave del Congreso, y especialmente por los de la Cámara de Representantes y del Senado en Energía y Recursos Naturales, fuerzas armadas y los diversos subcomités dedicados a los principales sectores de la vida económica. En Estados Unidos como en América latina sigue siendo válida esa distinción entre llegar al gobierno y tomar el poder. Obama llegó al gobierno, pero está a años luz de haber conquistado el poder (en el caso de que se lo hubiera propuesto). Es socio menor de una coalición en donde se aglutinan fuerzas abrumadoramente superiores a las suyas y para las cuales las guerras y el saqueo imperialista son las fuentes de sus fabulosas ganancias. Ningún presidente logró doblegar a esas fuerzas, y nada hace pensar que el resultado esta vez podría ser diferente.

Atilio A. Boron. Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Harvard y profesor titular de Teoría Política de la UBA.

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La piel de la serpiente, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

El próximo presidente de Estados Unidos deberá pugnar por que se cumplan los tres ideales que, según John Maynard Keynes, debe satisfacer todo sistema económico: eficiencia, justicia social y libertad personal. En los últimos decenios, Estados Unidos se ha ido alejando inexorablemente de estos ideales. Por sus reflejos anacrónicos y su ignorancia, McCain en la presidencia profundizaría el desastre en estas tres dimensiones. Obama podría ser, efectivamente, factor de cambio. Pero para ello, él mismo debe completar una transformación importante.

En Estados Unidos la eficiencia económica dejó de ser la llave del crecimiento hace mucho. Desde la década de 1970, la evolución de la productividad se convirtió en tema de preocupación. Industrias que habían sido la clave del desarrollo estadunidense (la siderúrgica, la automotriz, la de máquinas, herramientas y la química) comenzaron a atrasarse con respecto a sus competidores que inexorablemente fueron arrebatándole parcelas del mercado mundial. Décadas más tarde, la industria aeronáutica y la de semiconductores empezaron a experimentar los mismos síntomas del rezago frente a sus competidores en Europa y Asia.

El retraso en competitividad minó la posición del sector externo de Estados Unidos. En 1971 Washington abandonó el sistema Bretton Woods, reconfigurando el sistema financiero mundial. Eso precipitó el desmantelamiento de las restricciones a la libre circulación del capital, abriendo las puertas a la especulación y a la expansión del capital financiero que marcó el último tercio del siglo pasado.

En Estados Unidos, el sector manufacturero fue derrotado por el capital especulativo. Los empresarios estadunidenses se concentraron en los rendimientos de corto plazo y en cocinar estados financieros de importantes compañías y bancos. Como otras economías en su etapa crepuscular, los cuadros empresariales olvidaron las innovaciones industriales y se convirtieron en grandes inventores de productos financieros.

La crisis financiera es la muestra más clara de la profunda irracionalidad del capitalismo estadunidense. Si además consideramos los indicadores sobre consumo energético, de papel, aluminio, cemento, hidrocarburos, agua, y otros, observamos que Estados Unidos es efectivamente una colosal sociedad de desperdicio. Todavía no hay una política para revertir esto y encaminar esa economía en un sendero menos dañino para el medio ambiente.

¿Qué hay de la justicia social y la libertad personal? El próximo presidente enfrenta una estructura social altamente inequitativa que debe revertir porque constituye una amenaza para la viabilidad del capitalismo estadunidense. Pero la crisis acabó por comprometer el grado de libertad en política fiscal. El rescate del sistema financiero (que no está claro si funcionará) ha costado demasiado. La magnitud del saldo fiscal deficitario es una restricción que impide lanzar grandes iniciativas en el terreno social, educativo y científico-tecnológico.

En el ámbito de la libertad personal, Obama revertiría la tendencia a la destrucción de las libertades individuales, comenzando con la aceptación de la tortura como una práctica aceptable en la “lucha contra el terrorismo”. En este terreno Obama podría lograr avances espectaculares en poco tiempo. En contraste, McCain enseñó sus cartas con el nombramiento de la señora Pallin, personaje que muestra el lado más siniestro del proto-fascismo en Estados Unidos.

Regresando al terreno económico, la pelea por el programa de Obama comenzó hace meses. Robert Rubin, uno de los más influyentes representantes del mundo financiero, se le acercó cuando Hillary perdió la postulación. Rubin fue director de Goldman Sachs antes de ser secretario del Tesoro bajo Clinton. Desde ese puesto convenció al presidente para apoyar la ley Gramm-Leach y la Ley de modernización del mercado de commodities. Estas leyes perfeccionaron la desregulación financiera en Estados Unidos y catalizaron lo que hoy constituye la peor crisis del capitalismo estadunidense.

Si Keynes hubiera profundizado en su análisis del capitalismo contemporáneo habría anticipado que la mezcla de inestabilidad (inherente a los mercados capitalistas) e incertidumbre (sobre la composición de pasivos de los grandes agentes económicos) genera un coctel explosivo. Al incorporar en su Teoría General el impacto pleno del capitalismo financiero y especulativo, quizás habría concluido que ese sistema no puede llegar a la eficiencia.

Según la economista Joan Robinson, Keynes estaba mudando de piel mientras escribía su Teoría General, y nunca acabó de quitarse plenamente la antigua envoltura. Por eso no pudo hacer una crítica plena del capitalismo (y por eso fue recuperado por lo que la Robinson llamó el keynesianismo bastardo). Lástima. Pero eso nos deja una lección importante: en la ciencia y en la política, la crítica no puede ser a medias tintas.

Ésa es la lección que Obama debería aprender. La crítica incompleta se traduce en la recuperación por el enemigo. De llegar a la presidencia, Obama tendría que desechar la piel vieja cuanto antes. Deberá poner atención a la economía real, dentro de un esquema de responsabilidad social y buscar una mejor relación con el medio ambiente. Si no lo hace, la lógica financiera y los amigos de Rubin acabarán por comérselo a él y a las reformas que apenas ha comenzado a articular.

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