Reggio’s Weblog

¿El final de la cordura?, de Fernando Savater en El País

Posted in Derechos, Historia, Justicia, Libertades, Memoria, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Hace poco más de 20 años me encantaba leer a los inusuales psicólogos de la escuela californiana de Palo Alto y sobre todo a Paul Watzlawick. Los libritos de éste (que en España publicó la editorial Herder) son muy breves, desenfadados y casi humorísticos, pero siempre plantean ideas-iceberg, o sea que tienen mucho más cuerpo de lo que aparece en la superficie… a diferencia de las obras de tantos pomposos gurús aquejadas de la deficiencia opuesta.

Me gusta en particular uno de ellos, titulado Lo malo de lo bueno. En él denuncia la tendencia a dar a los problemas y los conflictos lo que llama “soluciones clarifinantes”, es decir, soluciones que no sólo eliminan el problema sino también todo lo que está relacionado con él: “Algo así como dice el chiste conocido: la operación ha sido un éxito, el paciente ha muerto”. El mecanismo de las soluciones clarifinantes suele consistir en aplicar doble dosis de un remedio para duplicar su eficacia, desconociendo que medir la dosis forma parte también del remedio mismo: una aspirina puede aliviar nuestra jaqueca, pero kilo y medio de aspirinas no nos librará para siempre de los dolores de cabeza, sino que nos producirá úlcera de estómago…

No diré que el libro de Watzlawick influyó en la transición española (al modo que los de Pettit inspiran hoy a nuestro primer mandatario) porque fue publicado más tarde, pero se diría que su prudente advertencia iluminó retroactivamente a los políticos y ciudadanos en aquel trance. Porque el comentado éxito de la transición estribó precisamente en renunciar a la aplicación contra viento y marea de una solución clarifinante a la dictadura: los remedios que tácita o explícitamente se convinieron tuvieron cuenta de la dosis y no se excedieron en ella, en contra de lo que algunos (entre los que, ay, debo incluirme) pedían con perentoriedad maximalista. Se procuró dar cauce a la ética de las consecuencias más que a la de los principios y se intentó alcanzar una forma institucional de justicia que renunciase a los ajusticiamientos. En líneas generales, fue toda una lección de cordura colectiva, algo inesperada desde luego en un pueblo que tiene como emblema literario la figura de un simpático orate. Hoy no faltan sabios sobrevenidos que nos recuerdan lo obvio, es decir, que pesó en aquella opción el miedo a poderes fácticos militares y civiles todavía vigentes. Cierto, sin duda, pero vamos a ver: esos grupos influyentes y temibles no venían del espacio exterior sino de la entraña misma de un país complejo y difícil de reconciliar. ¿Hubiera sido aconsejable azuzarlos en un sentido u otro hasta que pudieran desbocarse por instinto de conservación? Se optó prudentemente por cambiar el país, no por cambiar fieramente de país… y creo que se hizo bien.

A este criterio respondieron, con sus aciertos y errores, las medidas que se tomaron en los terrenos políticamente más escabrosos, como las nacionalidades, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el Ejército y las fuerzas de seguridad, la pluralidad sin restricciones de partidos o la condonación de responsabilidades por los desafueros cometidos durante la dictadura (incluidos los actos de subversión terrorista). Salieron de la cárcel los presos, volvieron los exiliados que así lo desearon, se repuso en sus cátedras a profesores represaliados, se modificó la legislación en cuestiones de buenas costumbres y orden público, etcétera. En cierta medida -probablemente insuficiente- se trataron de remediar los más señeros atropellos sociales y personales cometidos en el pasado inmediato. Por lo general, se actuó con cautela (aunque a muchos les pareció loca precipitación) pero es patente que se derrochó buena voluntad conciliadora: basta para comprobarlo releer hoy serenamente el texto constitucional, cuyos aspectos menos satisfactoriosse deben precisamente al esfuerzo por calmar resabios y dar cauce moderador al radicalismo, a fin de recabar complicidad con la democracia incluso de aquellos que -partidarios del antiguo régimen o antifranquistas- mayor rechazo mostraban ante ella.

Con todos los altibajos que se quiera y bajo la amenaza persistente del terrorismo y del golpismo (que funcionaron en más de una ocasión mancomunados), esta lección práctica de cordura institucional dio notables frutos de prosperidad y regeneración de nuestra vida en común. Sin embargo, en los últimos años (¿cuántos? ¿15, 10, 5?) parece haber llegado a una fase de agotamiento e involución. Por lo visto, la sensatez se ha vuelto ya decididamente aburrida y muchos vuelven a reclamar las soluciones clarifinantes que prudentemente se dejaron de lado en el periodo transicional.

Volvemos por donde solíamos. En el terreno de la política lingüística, por ejemplo, ya no basta con que se puedan utilizar todas las lenguas oficiales en el terreno educativo y social: en algunas autonomías es preciso excluir y obstaculizar cuanto se pueda a la lengua común del Estado, negando como ilusorio el derecho a ser educado en ella o utilizarla para relacionarse con la Administración autonómica. Quienes protestan ante esta malversación de una legalidad pluralista son considerados fascistas y xenófobos, herederos de la peor reacción o al menos crispadores con afán de sembrar la discordia. Por otra parte, ya no basta que las creencias y prácticas religiosas sean respetadas en su ámbito propio igual que también en sus manifestaciones públicas, aunque siempre a título privado. Ahora se nos exige como necesario que la Iglesia mantenga intactos todos sus privilegios teocráticos de la época pasada y que incluso pueda decidir qué tipo de valores cívicos deben ser enseñados en la escuela, so pena de sublevar a la feligresía clamando contra la persecución religiosa. Un retroceso, dos retrocesos, varios retrocesos…

El último y por el momento más notable, la apertura de un proceso penal por las fechorías del franquismo, elevadas en la requisitoria de Garzón a la categoría de crímenes contra la humanidad. Lo que en un comienzo fue el razonable intento de satisfacer a quienes buscan los restos de sus seres queridos ejecutados para darles digna sepultura, pasó luego a una especie de revival de la vieja discordia fratricida para imponer a posteriori la salomónica justicia que no se hizo en su día: no ya desenterrar los muertos de la Guerra Civil, sino desenterrar a la propia Guerra Civil para que ahora por fin ganen los buenos. ¡Por fin va a quedar claro, judicialmente claro, que lo de Franco fue una dictadura y por tanto un rosario de abusos, arbitrariedades y crímenes! Ya me parecía a mí…

Tengo el mayor respeto por Baltasar Garzón: seguro que se ha equivocado a veces, pero como se equivocan los que hacen algo más allá de la rutina frente a los que sólo se atienen a ella, que aciertan siempre. El balance de sus iniciativas a lo largo de los años creo que es fundamentalmente favorable a la democracia y a la justicia. En este caso, en mi opinión desbarra por completo. Desde luego, ignoro si la razón jurídica está de su lado o la tiene el fiscal Zaragoza: la triste experiencia de los últimos años me ha demostrado que hay iniciativas que carecen de sentido común pero tienen sentido legal. Lo que me asombra es que bastantes, pese a dudar mucho de la viabilidad jurídica del asunto (¿qué responsabilidades penales van a pedirse, y a quién, si el franquismo es declarado culpable? ¿guillotinaremos al Rey, establecido en el trono por el dictador?) y secretamente convencidos de que todo se quedará en agua de borrajas, traten de vendernos el encanto simbólico de todo este asunto. Pues no: precisamente en el plano simbólico es donde resulta más clara la majadería. No tiene pies ni cabeza tratar de zanjar un debate histórico con sentencias judiciales ni combatir a los historiadores falsarios desde un tribunal. Nos dicen que la derecha no reconoce sus vínculos genealógicos con el franquismo; bueno, ¿y la izquierda? ¿Aireamos de nuevo la lista de líderes políticos, catedráticos, periodistas, etcétera, con un pasado azul que tú bordaste en rojo ayer? Todos ellos fueron franquistas (o combatieron el franquismo “desde dentro”, es decir, con cargos franquistas) en la época más dura del régimen: se fueron curando luego, qué cosas. Por no hablar de quienes heredan sus modos en la imposición lingüística (nuevas versiones autonómicas del “hable usted en cristiano” imperial) o sencillamente en el mangoneo de favores o de ostracismos desde cargos públicos, de tanta raigambre dictatorial.

Ahora veo derribar la cárcel de Carabanchel, en la que hace 40 años pasé una breve y no diré que feliz temporada. La despido sin tanta nostalgia como muestran por ella los que no la conocieron por dentro. Y así me gustaría ver irse también al olvido a los hunos y los otros, como diría don Miguel, a quienes no olvidan porque su memoria viene de la ideología y no de la experiencia. Son el peor cáncer de la España actual, la de la crisis, el paro y la hostilidad centrífuga.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.

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Transición y recesión USA, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Una vez que se conozca el nuevo presidente y la composición de las dos cámaras del Congreso, se iniciará la siguiente fase de la historia de Estados Unidos: una etapa corta de apenas unas semanas, el interregno entre que el presidente electo deje de serlo y devenga en presidente ejerciente. Pocas veces en un periodo tan corto ha sido imprescindible la presencia en la Casa Blanca de alguien con capacidad de liderazgo e ideas claras, que dé carta de naturaleza a una política económica anticíclica y no errática para sacar al país de una recesión que amenaza con no ser corta ni ligera.

El deterioro de las variables económicas fundamentales en Estados Unidos es tan rápido como en el resto del planeta. Una de las características centrales de esta crisis económica es que muta de sus características con gran velocidad. Apenas anteayer adquiría la fisonomía de una estanflación (alta inflación con crecimiento cero o decrecimiento del producto interior bruto) y hoy se parece más a una depresión con deflación debido a la caída del precio del petróleo y el resto de materias primas, incluyendo las alimenticias. Las últimas cifras macroeconómicas de Estados Unidos, correspondientes al tercer trimestre del año (que todavía no son definitivas por lo que, con mala suerte, podrían ser peores) indican el principio de una recesión: el PIB se redujo en términos interanuales un 0,3%, lo que contrasta con lo que sucedía un trimestre antes: el PIB crecía al 2,8%. Desmenuzando este porcentaje se encuentra una fuerte caída del consumo (la primera desde el año 1991), de la vivienda y de los ingresos personales (un 8,7%, el peor dato desde que se comenzó a utilizar este indicador, en el año 1947).

El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, manifestó hace unos días la urgencia de un plan de estímulo para las familias, ciudadanos y empresas estadounidenses. Sería el segundo en menos de un año: en febrero pasado se aprobó una inyección de 168.000 millones de dólares (132.000 millones de euros), en forma de devolución de impuestos a los ciudadanos a través de un cheque de 600 dólares y ventajas fiscales a las empresas que invirtiesen.

Febrero parece la prehistoria. De entonces a hoy se han instrumentado las medidas de salvamento a los bancos en dificultades por valor de 700.000 millones de dólares (520.000 millones de euros). Conforme avanzan los días, más sectores productivos se añaden a la cola de las ayudas: después de los bancos, las aseguradoras, luego la industria de Detroit cuyo colapso podría terminar con alguna de las grandes compañías de automóviles de EE UU, etcétera. La pregunta es cuándo llega el turno de los ciudadanos afectados por el pago de una hipoteca, muchos de los cuales están siendo desahuciados de sus casas por no poder pagarla.

La sensación de algunos contribuyentes de ser los grandes olvidados del maná que desciende de la Administración Bush se agranda conforme se conocen algunos detalles del plan Paulson. Hace escasos días, las nueve principales entidades financieras de Wall Street y una decena de bancos regionales llegaron a un acuerdo para ser nacionalizadas en parte, voluntariamente, mediante la inyección en su capital de 125.000 millones de dólares (98.000 millones de euros) de dinero público. El secretario del Tesoro ya ha anunciado que quiere dedicar al menos el doble de esa cantidad (de los 700.000 millones aprobados por el Congreso) a esta nacionalización. Pues bien, el 52% de la cantidad inicial va a ser gastada por los bancos en el pago del dividendo a sus accionistas. Con el dinero de millones de contribuyentes se va a pagar a centenares de miles de accionistas bancarios. Extraordinaria redistribución de las rentas.

El segundo plan de estímulo dependerá del nuevo presidente y de su poder en la Cámara de Representantes y en el Senado. Sea quien sea, habrá de incluir avales públicos y ayudas para mejorar el acceso al crédito de los consumidores, los propietarios de viviendas, las empresas. Entre ellas, más fondos para que Freddie Mac y Fannie Mae (ahora agencias estatales, tras su nacionalización) faciliten las hipotecas a los hogares con menos recursos.

La herencia económica que recibe el nuevo presidente es catastrófica. Y algunas de las herramientas para salir de ella, como la política monetaria, con escaso margen de maniobra. En este contexto habrá de olvidar su programa económico máximo para centrarse en sacar al país de la recesión.

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Estar en crisis, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Uno duda a veces de si en la crisis se puede residir, o de si es una crisis porque en ella no hay modo de alojarse. Pero en otras ocasiones más bien parecería que en el único espacio en el que suele estarse es precisamente en crisis. Para quien está habituado a desenvolverse en esta situación no es fácil atemorizarse por lo que se avecina. Antes bien se extrañaría que pudiera hacerse algo diferente que ir de crisis en crisis. En cierto modo reconocer que una crisis es definitiva o estable hace que ya no sea propiamente una crisis, sino un desenlace, y ya sabemos a qué suena eso. Por ello, en esto de la crisis conviene también mudar de vez en cuando. Siquiera para llegar a otra. Aunque no necesariamente, espero.

Tal planteamiento no excluye pensar seriamente el alcance de todas y cada una de las crisis, pero que se diga crisis económica no significa que no responda al carácter constante que tiene toda crisis y que puede precisarse: aquello en lo que nos desenvolvíamos ya no está o no es adecuado y lo que presumiblemente habría de reemplazarlo aún no parece ni venir ni vislumbrase. Entonces nos encontramos en una cierta intemperie, en la sensación de que el suelo se desfonda, la tierra se quiebra a nuestros pies, no hay asideros a la vista. En todo caso, semejante crisis suele ser más desconcertante y menos llevadera si es individual, si sólo afecta a uno mismo.

No es que consuele que sea general pero ciertamente es menos difícil perderse y echarse a perder si nos alcanza globalmente.

Al menos estamos juntos. Pero no por ello deja de ser sorprendente. Ahora bien, incluso en tal caso, no nos afecta a todos por igual. Es aquí donde es menos complicado hacer declaraciones sobre la crisis si no se es una de sus víctimas preferentes. Si a uno le alcanza el rayo y le afecta directamente en la línea matriz, en el corazón de su existencia, llega a correr el riesgo de perder el juicio. Y no hablamos de locura alguna, sino de una situación crítica, que es literalmente un modo concreto de juzgar. Tal vez entonces cambia la escala de valores, algo que podría ocurrir, por ejemplo, cuando un hecho determinante, fulminante, un fallecimiento, una enfermedad, reescriben las posiciones. De ahí que la verdadera crisis siempre sea una crisis de valores, donde zozobran las convicciones o tal vez se confirman. Nos preguntamos si en definitiva no nos ocurre en esta ocasión algo de eso.

Sería mirar corto estimar que la crisis en la que nos encontramos es algo técnico o coyuntural. No digo que no ocurra eso. Espero que en cierto modo así sea, lo que nos alienta la confianza de que algo cabe inmediatamente ejecutar y con resultados efectivos. Hacemos bien en buscarlos. Todo se puebla de explicaciones, pronósticos, comentarios, como si por fin tuviéramos ya algo común de que hablar. Y, en concreto, debatimos si será dilatada. Pero la cuestión no es sólo la duración de la crisis, sino su alcance, intensidad y dimensión globales. Tal vez convendría no dejar de ignorar que en su raíz se vislumbra que también la ambición puede toparse con sus propios límites si se ve acompañada de la falta de escrúpulos, si se trata de lograr algo de cualquier modo, a cualquier precio social o personal, si no hay más beneficio ni otro que la mera ganancia.

Es aconsejable, por tanto, que llevemos la crisis a ese rincón de los espejos en el que puede mirarse a sí misma y apurar el alcance no sólo de sus efectos sino incluso de sus causas y razones. No sería suficiente con argumentar económicamente. Los motivos son más consistentes y sólidos que la crisis. Son ellos los que insisten, los que persisten, los que inciden, los que conducen, los que mueven. Tal vez entonces estamos ante una crisis de valores y de motivaciones. Nos faltan alicientes, o, quizá, no nos valen esas supuestas razones, no son valiosas para nosotros.

Parecería que hay quienes se desenvuelven cómodos en las crisis, y no porque crean que la vida es errancia y exilio permanentes, sino porque navegan sobre el naufragio de los demás y sólo lloran con lágrimas de los otros. Van de crisis en crisis triunfando sin cesar. Muestran un desconcierto pero no se inquietan, y sabrán sobreponerse alzados en hombros ajenos. Es tiempo de pensar en quienes no es que estén en crisis, es que habitan la pobreza, que no es sólo la ausencia de recursos, sino de posibilidades. Ellos nunca entendieron de crisis, ni atravesaron esa incertidumbre. Siempre supieron que otros apagaban sus sueños. Conviene, por tanto, cuando uno no se encuentra en el mejor de los momentos, recordar que hay muchos modos de pasarlo mal, incluso peor. Y sobre todo no olvidar a quienes siempre les corresponde ese lugar.

La avaricia, el uso y abuso de los demás para el provecho propio, el afán desmedido de lucro, la depredación de la tierra, la falta de reconocimiento para quienes no están ya o no están todavía, la desconsideración para con el esfuerzo y la vida de hombres y mujeres que con su trabajo y su lucha hacen mundo, es ya otra crisis, no ya la crisis en la que estamos, sino la crisis en que, cuando carecemos de valores de libertad y de justicia, consistimos. Perdida esta dignidad, no es que haya crisis, es que no hay derecho.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Elecciones históricas, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Desde que la televisión entró en la política  con los famosos debates Kennedy-Nixon las elecciones presidenciales norteamericanas se han convertido en un gran espectáculo que el mundo entero sigue con interesada expectación, ya que, de un modo u otro, a todos afecta el resultado. He seguido algunas de esas elecciones a pie de obra y muchas otras a través de los medios, pero no recuerdo ninguna que haya despertado mayor interés y apasionamiento dentro y fuera de EE. UU. Sin duda, si los europeos pudiéramos votar mañana la participación sería mucho mayor que en las elecciones europeas. En esta ocasión también los norteamericanos acudirán a votar en mucha mayor medida que en elecciones anteriores. Se han registrado más que nunca, se han movilizado más jóvenes, han contribuido masivamente con sus aportaciones a los candidatos y quienes han votado ya lo han hecho en mayor medida que otras veces.

En todas las consultas electorales está en juego la continuidad o el cambio. La posibilidad del cambio estimula la participación cuando los ciudadanos perciben que se juegan mucho. Y este es el caso. Casi tres cuartas partes de los votantes registrados atribuye mucha importancia al resultado. No se trata tan sólo de un cambio de gobierno o de partido, sino de un giro importante en la orientación de la política interior y exterior en medio de una crisis económica de proporciones desconocidas. El hecho de que los dos aspirantes demócratas a la nominación fueran una mujer y un negro y los republicanos designasen al aspirante más alejado de la filosofía neocon que inspiró a la Administración Bush muestra por sí solo la fuerza con que soplan esta vez los vientos de cambio, la amplitud que este podría revestir y, lo que es más, la percepción de que es necesario y posible.

De hecho en esta larga y costosísima campaña los principales candidatos han coincidido, desde el principio, en la necesidad de imprimir un nuevo giro a los planteamientos sociales, económicos e internacionales de la política estadounidense y poner fin a la polarización que la ha caracterizado en los últimos años. Lo que han discutido los tres aspirantes principales no ha sido eso, sino quién estaba en mejores condiciones para ganar y acometer los cambios, de qué cambios se trataba y quién gozaba de mayor credibilidad para liderarlos. Con todo, fue Obama quien supo vislumbrar desde el principio esa atmósfera de frustración con la política y los políticos que reclama una inyección de esperanza y unidad, quien supo avivar ese sentimiento colectivo a favor de un gran viraje y persuadir a millones de ciudadanos de que se trataba de un objetivo alcanzable.

David Broder, que ha cubierto para The Washington Post todas las campañas presidenciales desde 1960, proclama con satisfacción que esta ha sido la mejor de todas, tanto por las dificultades que han debido superar los candidatos como por la respuesta entusiasta de sus seguidores desde el inicio de las primarias. Pero esta campaña pasará a la historia probablemente también por el uso masivo de las nuevas tecnologías, en especial internet y el móvil, para motivar y movilizar al electorado. Es obvio que no es la primera vez que se utilizan, pero sí que se hace de esta forma y en estos términos. El volumen de la información difundida por esa vía sobrepasa con mucho al de la publicada por todos los demás medios, posibilitando la selección de grupos y mensajes difíciles de alcanzar o de hacer llegar de otro modo.

Por supuesto, en vísperas de las elecciones lo que preocupa es quién ganará. Los sondeos dan a Obama una ventaja de siete puntos, difícil de superar en tres días, teniendo en cuenta que desde mediados de septiembre McCain ha ido siempre por detrás. El voto temprano apunta aún más en esa dirección. Unos 24 millones de estadounidenses han votado ya en los 30 estados que abren las urnas antes de la jornada electoral. No se sabe lo qué han votado, pero sí que el 57% estaban registrados como demócratas y sólo el 42% como republicanos. Que sean o no representativos del conjunto es más que dudoso, pero aun así constituye un indicador en línea con los pronósticos de los sondeos. Estos plantean serios problemas, porque las muestras son muy pequeñas, los datos varían y es difícil saber si esas variaciones traducen cambios de tendencia o expresan las diferencias de estimación entre distintos institutos.

Con todo, la coincidencia es bastante notable. Pero, como se sabe, no es el voto popular el que decide, sino el de los delegados elegidos en cada estado en número igual al de sus senadores y representantes. Hoy por hoy los sondeos no sólo pronostican la ventaja de Obama en el voto popular sino que le conceden un total de votos en los colegios estatales superior a los 270 necesarios para ganar. En circunstancias normales no habría duda alguna acerca del desenlace. La incógnita que ocupa a expertos y observadores es la del peso que puedan tener los prejuicios raciales entre algunos segmentos del electorado. El problema racial no ha estado presente en la campaña, pero pocos descartan su posible influencia.

En Europa nos preguntábamos hace unos meses si la sociedad estadounidense estaría preparada para elegir presidente a una mujer o a un negro, y en EE. UU. se recuerda que en varias ocasiones los candidatos negros a otros cargos, pese a ser favoritos en los sondeos, perdieron en las urnas. Eso ha dado lugar a un amplio debate acerca de las razones que podrían explicar el fenómeno que también se reprodujo este año en las primarias, en las que en general la ventaja de Obama en las encuestas se vio reducida al contar los votos. Es un asunto complejo. ¿Tiene que ver con el color de la piel? Le ocurrió a Clinton en las presidenciales de 1996 y otro tanto le pasó a Aznar ese mismo año. Los sondeos concedían a ambos un margen muy superior al que obtuvieron en las urnas.

En las presidenciales del 2000 y el 2004 los sondeos reflejaban una pequeña ventaja para Gore y Kerry, y en ambos casos ganó Bush. Las diferencias entre los sondeos y los resultados fueron mínimas y en situaciones de tal igualdad cualquier cosa puede inclinar la balanza de un lado o del otro. En esta ocasión los sondeos señalan diferencias más claras que entonces a favor de Obama. Sin embargo, no lo son tanto en algunos estados. Pequeños cambios de última hora en algunos de ellos podrían convertir una amplia victoria de Obama en una victoria ajustada o una amplia derrota de McCain en una ajustada victoria. Me cuesta creer esto último y me parece más probable que la fuerza con que millones de norteamericanos han respaldado la necesidad de un cambio profundo se imponga a los prejuicios raciales.

Todos los sondeos pronostican también un avance considerable de los demócratas en la Cámara y en el Senado. Sería poco comprensible que eso ocurriera sin que la candidatura de Obama se viera igualmente impulsada. La frustración del electorado estadounidense tiene que ver con el desprestigio de EE. UU. en el mundo y las dimensiones de la crisis económica y financiera. Sea quien sea el nuevo presidente, se enfrentará a una situación tan compleja que le llevará a decepcionar a muchos de sus seguidores. Pero es evidente que el triunfo de Obama contribuiría a fortalecer en EE. UU. el sueño americano y a restablecer en el resto del mundo el prestigio y la influencia que la Administración de ese gran país ha despilfarrado de forma tan irresponsable en los últimos años. Mañana sabremos si los norteamericanos han comprendido el alcance histórico de estas elecciones.

JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO, ex embajador en Estados Unidos, catedrático de Ciencia Política de la UCM y presidente del Instituto Noxa Consulting.

‘Boutique’ diseñada para ‘Muy Altas Rentas’, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Derechos, Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

A FONDO

Charlar con un banquero en estos días resulta casi edificante. La conversación pronto deviene en acto de contrición. «Muchos bancos han contribuido a inflar la burbuja del apalancamiento», confiesa nuestro hombre.

Mi interlocutor recurre a una metáfora religiosa para justificar por qué, en su opinión, la crisis actual es, en cierto sentido, más grave que la que arruinó al mundo desarrollado en 1929: «Entonces lo que ocurrió fue que los clientes sacaron su dinero de los bancos. Los feligreses dejaron de creer en los sacerdotes. Ahora es peor. Somos los bancos los que no nos fiamos del sistema. ¡Los sacerdotes hemos dejado de creer en la Iglesia!».

La información disponible demuestra que en las semanas de pánico las salidas de fondos de las entidades (sobre todo en España) han sido mínimas. Sin embargo, los bancos siguen sin prestarse dinero entre ellos. Por eso, el Euribor sigue muy alejado del tipo de intervención del Banco Central Europeo. «La financiación en el día a día está barata (3,25%), pero a medio plazo está por encima del 5%. Ningún banco quiere pillarse los dedos porque todavía no existe la seguridad de que no vaya a producirse otro susto como el de Lehman Brothers», reconoce nuestro autocrítico financiero.

Aún no somos conscientes de lo que ha ocurrido en apenas unos días. No sólo ha desaparecido la banca de inversión norteamericana, el motor de los mercados de valores. Han caído gigantes de la talla de AIG, la mayor, y, hasta hace poco, más sólida aseguradora del mundo.

El apalancamiento (la deuda) ha sido el veneno que ha terminado aniquilando a esos científicos de la riqueza, a esos chicos listos que diseñaban modelos matemáticos infalibles que se basaban siempre en la misma hipótesis: si el dinero está barato y la bolsa sube, cuanto mayor sea el endeudamiento, más dinero se podrá ganar. Lo malo es que con su caída han arrastrado a todo el sistema financiero mundial.

Dinero llama a dinero, suele decirse. Y aquí, en España, como en cualquier país capitalista que se precie, las boutiques financieras entraron de lleno en el mundo de los derivados porque eran la mejor forma de aumentar el volumen de negocio y sus beneficios…

En el caso de Banif, los bonos de Lehman Brothers no han sido más que la guinda de una alocada carrera por el crecimiento. Todo el mundo puede perder dinero si entra en renta variable. Los gestores de dicho banco no son culpables de la caída de la Bolsa.

No fue por Lehman, sino por una gestión poco profesional, por lo que se marchó Amancio Ortega (el multimillonario propietario de Zara) de Banif.

Hasta hace poco, el banco de gestión de fortunas controlado por el Santander gozaba de una reputación intachable, labrada a lo largo de casi cuatro décadas.

No es raro que entre los clientes de Banif se encuentren algunas de las familias más prósperas del país (clasificadas por la entidad como Muy Altas Rentas).

A los ya conocidos Fernando Fernández Tapias (que ya mantenía una relación intensa con el antiguo Banco Central), y Fernando Martín (cliente de activo y de pasivo, ahora en horas bajas), podemos añadir a Juan Abelló (que, a través de Torreal, ha llegado a tener fondos en Banif por más de 100 millones de euros).

La familia Hinojosa (vinculada también al Central y ex propietaria de Cortefiel) o la familia Reyzabal (dueña de múltiples negocios y del incendiado edificio Windsor) también figuran entre los clientes VIP de Banif.

Futbolistas como Carles Puyol, Sergio Ramos o Santiago Solari (experto en la evolución del dólar) tienen una parte de sus ahorros en este banco, recomendado por Garrigues Sports, el departamento del prestigioso despacho que gestiona las inversiones de muchos deportistas de élite.

Personajes del mundo de la copla y afines como Isabel Pantoja y Julián Muñoz (aconsejados por el también cliente Roberto Cuens, accionista de Avanzit, Española de Zinc, y experto jugador de pádel) entraron en ese selecto club. Aún se recuerda con cierta guasa la ocasión en la que el ex alcalde de Marbella entró en la oficina de Serrano pidiendo un crédito instantáneo de un millón de euros. Comenzaban ya a aflorar los problemas del edil. La vivienda que Pantoja posee en la exclusiva urbanización de La Moraleja (Madrid) tuvo que ser hipotecada por Banif.

Pero no, ése no era el perfil del inversor de esta exclusiva entidad, que ha tenido entre sus clientes al Rey de España, que llegó al banco de la mano de José Manuel Arburúa (amigo de Su Majestad y ex consejero del BCH y de Banif). Don Juan Carlos tenía una cuenta a su nombre, con escasos fondos y nada especulativa, por cierto, gestionada de manera muy confidencial por Teresa Zubizarreta Delclaux.

Hay también profesionales como Paula Vázquez o ex ministros como Rodolfo Martín Villa (con una cartera de blue chips, muy conservadora, naturalmente).

También hay financieros de renombre como Angel Corcóstegui (ex consejero delegado del BCH que en tiempos fuera mano derecha de Pedro Toledo en el Banco de Vizcaya) e incluso empresas tan conocidas como Winterthur.

Que en Banif se ganaba mucho dinero lo pone de relieve el hecho de que altos ejecutivos del propio Banco Santander, como Rodrigo Echenique o Matías Rodríguez Inciarte, le hayan confiado la gestión de una parte de sus ahorros.

Claro que hay también algún periodista (no el que han insinuado algunos confidenciales con tan mala intención como escasa información). Hay, por cierto, una familia de editores que ha depositado allí una parte de su saneado patrimonio. Los Polanco, a través de Rucandio Inversiones, tenían a principios de este año en Banif 22 millones de euros.

Todos, claro está, han perdido en estos últimos meses mucho dinero. El Ibex ha caído casi el 50% desde principios de año.

Sin embargo, lo que ha hecho de Banif un caso paradigmático de los males de esta crisis es que ha incitado al apalancamiento a sus pequeños clientes, como una forma de aumentar la rentabilidad. Apalancamiento y estructurados estaban íntimamente unidos por una razón fácil de entender. Para un agente, un cliente de 150.000 euros ponderaba con 0,75 en sus objetivos de crecimiento. Mientras que uno de 300.000 ponderaba como 1,25. Sobre esos porcentajes se establece su retribución variable, que, en el caso de un director de sucursal llegaba al 100% de su sueldo.

Me dice una profesora universitaria que invirtió 135.000 euros en estructurados y ahora, además de haberlo perdido todo, tiene que devolver 90.000 de préstamo.

En esa loca carrera por crecer, Banif presionó a su red para colocar chicharros como Meinl European Land, que ha perdido más del 60% de su valor, o Glan Euro Property Land, que ha caído un 40%, que se vendieron como valores seguros, cuando lo seguro era su alta comisión para el banco.

La gran banca española se ha dedicado básicamente al negocio tradicional y ha cumplido con los requisitos de solvencia impuestos por el Banco de España. Pero hay algunas entidades que han vivido alegremente al socaire de la especulación. Por ello, los mecanismos de rescate deben incluir el requisito de la transparencia.

Nuestro penitente banquero concluye: «El coste de la juerga no debe ser asumido por los que no fueron invitados a ella».

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Canastilla de chucherías, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 3 noviembre, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

Es muy duro ser Reina de España. En vida le esperan los cuernos, y en la muerte, el hábito franciscano para el pudridero de El Escorial, con sus sacros, altos y dorados capiteles que, según Góngora, al mayor mártir de los españoles, erigió el mayor rey de los fieles. Tampoco es envidiable la suerte de los últimos monarcas: Carlos IV haciendo el ménage à trois con María Luisa y con Godoy en el Palacio Borghese; Isabel II agarrada como a un cipote al pernil de Trévelez en el Palacio de Castilla en París; o Alfonso XIII blasfemando en la suite de un hotel de Roma.

Juan Carlos I lo pasó mal como la mayoría de los españoles; soportó a Franco, aguantó a su padre, hizo el ocho a los monárquicos, se trajinó a la izquierda siendo un rey casi republicano, sin las tentaciones golpistas de su cuñado Constantino. Se puso a favor de la Historia y ahora sólo es impugnado por niñatos de la extrema derecha o de la hidra separatista.

Uno de los agitadores del republicanismo es Antonio Romero, al que le va a publicar Pimentel un libro sobre galgos, perros más bien monárquicos que vinieron a Andalucía siguiendo a los musulmanes. El adalid del republicanismo bético ha dicho que la Reina ha resultado ser una canastilla de chucherías. Chucherías, es decir, golosinas, fruslerías, zorzales, garrapiñadas y garbanzos tostados que solían venderlas mujeres en canastillas durante las ferias. Las mojigaterías de la Reina denotan su aislamiento en el sepulcro de palacio, esperando inútilmente al tronko real; hasta ahora disimulaba siguiendo el consejo del cardenal Richelieu: el disimulo es la ciencia de los reyes.

Los reyes, en su oficio vitalicio y hereditario, viven en palacios rodeados de adulación y liturgia. Pero sobre todo en esta España «herbario de arcaísmos y un refranero» han de ser discretos, administrar bien su llaneza y estar más allá de las palabras, porque las palabras son pistolas cargadas. Han de prescindir de confidentes y de amigos; por eso llegó a decirse: reyes y gatos son bastante ingratos. Están fastuosos callados y no deben olvidar que son funcionarios interinos del Estado. Santiago Carrillo le dijo a Juan Carlos: le garantizo mil años de reinado si respeta la Constitución. Hasta ahora la han respetado.

Cuando me dieron un premio y cené al lado de Doña Letizia, me comentó que ella se consideraba una funcionaria del Estado; reconoció que el papel de Princesa de Asturias sería difícil de soportar si no estuviera enamorada de su marido. Ella sabe que el oficio de Reina de España es despiadado. El pueblo siempre mirándoles la tripa, embozadas en los tapices de palacio, esperando inútilmente a reyes adúlteros y puteros que se van de juergas con coristas o señoritos de jabalí.

Doña Sofía, hasta ahora discreta y sufridora, ha salido de pronto a la feria como una canastilla de chucherías reaccionarias después de una vida de humillaciones.

Inexplicable.

© Mundinteractivos, S.A.

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De cómo expoliar a los pobres para ayudar a los ricos, de Roberto Centeno en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Uno de los hechos mas obscenos, mas inmoral y mas indignante que he visto jamás, ha sido la defensa cerrada por parte del Gobierno y sus terminales mediáticas, de que el gigantesco plan de rescate, un 15% del PIB frente al 5% en EEUU, puesto en marcha por el presidente Zapatero para ayudar a tapar los socavones de nuestro sistema financiero y de los reyes del ladrillo, sea realizado en condiciones de total opacidad, y decidido por cinco personas de confianza que no tienen la preparación específica para realizar la labor que se les encomienda, y ello en el supuesta de que tuvieran la posibilidad para decidir libremente.

Realmente, el grado de mendacidad y totalitarismo, al que se ha llegado en la vida política española no tiene parangón en una democracia. Dicen éstos lacayos que el dar nombres y cantidades “estigmatizaría” a las entidades que los recibieran, y los bancos “que tendría un efecto reputación negativo”. ¡ Pobrecitos, como se les va ha hacer eso si son tan solventes y tan buena gente! . ¿Y qué han hecho en el resto del mundo? En el resto del mundo, como ni son solventes ni son buena gente, han sacado en la primera página de los periódicos a las entidades que recibían ayudas, vamos que les ha importado un pimiento a Sarkozy, a Brown, a la Merkel y a todos los demás, el estigmatizar a sus banqueros. Realmente son unos irresponsables, no como Zapatero, y además, y esto ya es el colmo, no solo los han estigmatizado es que han eliminado por decreto los dividendos y los bonus de todos los ejecutivos de las entidades receptoras de ayudas. ¡Concebirían tamaña maldad en un patriota social, como nuestro Presidente!

Este año, las entidades financieras más sólidas del planeta como todo el mundo sabe, que necesitan para repagar su inmensa deuda exterior, la mayor del mundo desarrollado, el 90% del PIB, una ayuda de los contribuyentes de 150.000 millones de euros, repartirán unos 9.000 millones de euros en dividendos y similares (obra social), y en cuanto a bonus, cerca de 100 personas recibirán entre uno y cinco millones de euros, cerca de 2.000 entre 500.000 y un millón, unos 5.000 entre 100.000 y 500.000, y menos de 100.000 ni se sabe. Y no sólo los recibirán en 2008, sino que gracias a la generosidad de nuestro amado líder, como todo el proceso será opaco, también en 2009, aunque para ello tengan que esquilmar al conjunto de la clase media y de la clase trabajadora.

Pero veamos como se podría realizar el mayor expolio al pueblo español, desde la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX. Los activos de “máxima calidad” que van a ser adquiridos por el Fondo de Adquisición de Activos Financiero ( FAAF), “cinco personas alrededor de una mesa camilla” en símil afortunado de Rajoy, serán bonos de titulización hipotecaria, y cédulas, cuyo subyacente, y por eso he hablado antes de los reyes del ladrillo, son activos inmobiliarios o deuda de promotores, la subprime española, 315.000 millones de euros de los que no pueden devolver más que una mínima parte, pero que ahora pueden encontrar una vía de solución con el dinero del pueblo. Los bonos son lo típicos fondos de titulización de activos (FTA) que funcionan en este caso en la forma siguiente: el banco coge una parte de la deuda de promotores con la garantía que tenga, inmuebles o suelo, suficientes o insuficientes, hoy manifiestamente insuficientes para garantizar la deuda, la mezcla con activos (ladrillos) con los que no ha tenido más remedio que quedarse para evitar males mayores, tal vez añadan otra cosilla para darle sabor, se agita, se mezcla, se tituliza por el valor teórico de la mezcla -el valor al que el banco tiene contabilizado la deuda y los ladrillos, y que puede ser el doble o el triple del valor de mercado de la mezcla- y voilá, tenemos unos bonos de titulización hipotecaria.

¿Y qué hace el banco?, primero asume la “primera pérdida”, una cifra estadística en función de los impagados posibles, ¿De cuándo? ¿De hoy? ¿Del próximo futuro? No, del pasado, es decir, una tomadura de pelo. ¿Y después? Después coloca el producto en el mercado, y a partir de ahí y esto es esencial, el banco no responde de nada, los bonistas tendrían que ir contra subyacente. En esas condiciones, y a día de hoy, el precio de estos bonos que imaginamos responde al valor contable para el banco de los activos subyacentes, no los compraría nadie ni a mitad de precio, y probablemente a ningún precio, y entonces llega Zapatero al rescate, y los de la mesa de camilla, gracias a la total opacidad del procedimiento compran los bonos tan tranquilos, total ¡ cómo el dinero no es suyo!. ¡Pero si son triple o doble A! ¿Triple qué?, ¿Qué es lo que necesitan los de la mesa camilla para cubrirse las espaldas? Unos datos objetivos de que los activos valen lo que dice el banco, para empezar, tenemos unas cifras indiscutibles e imposibles de trucar, las cifras oficiales del precio de la vivienda nueva que no han parado de subir, y que como todo el mundo sabe son las verdaderas, y no el 30 o el 40% menos que dicen los subversivos y los antipatriotas -y esto no es una broma, ante un tribunal las cifras oficiales irían formalmente a misa- a esto se añada las cifras de tasación de una “entidad solvente”. No parece que estos nuevos paquetes de bonos vayan a ser analizados y calificados por agencias internacionales de rating, porque si la opacidad va a ser total, se afirma que los bonos son triple A y el que no lo crea, peor para él. De todas formas las agencias de rating han estado dando As hasta las doce menos cinco de la suspensión de pagos, y no han tenido por ello responsabilidad alguna.

En resumen, el que el FAAF pague el doble o el triple de su valor de mercado por los bonos de titulización en condiciones de total opacidad, está tirado, y demostrar lo contrario ante un tribunal sería harto difícil. Es decir, expresado en román paladino, al pueblo español le van a sacar 50.000 millones de euros -de momento, porque con 10.000 no tienen ni para empezar- para adquirir deuda incobrable de promotores, y ladrillos cuyo valor de mercado es muy inferior al valor de balance, y mientras tanto, los bancos repartirán dividendos, bonus y todo lo que se les pase por la mente, ¿Pues como vamos a estigmatizar a los pobres ejecutivos, quitándoles sus bonus multimillonarios? Dicen el gobierno y sus lacayos, que la mejor prueba de la fortaleza de nuestro sistema financiero es que ningún banco ni caja, vamos ni siquiera una pequeñita, ha tenido los problemas que aquejan a toda la gran banca mundial. Y ¿cúal es la estafa? La estafa es que no tenemos ni idea de cual es el valor real de los activos que soporta su supuesta solvencia. Si se vieran obligados como en la mayoría de otros países a contabilizar los activos y la deuda inmobiliaria por su valor real, y además tuvieran que hacer frente solitos a los gigantescos vencimientos de deuda, 20.000 millones de aquí a fin de año y 95.000 en 2009, una parte sustancial del sistema no sobreviviría los próximos 14 meses.

Y termino con los avales, 100.000 millones para empezar a hablar. Imaginemos que al banco X se le asignan 10.000 millones de avales, y con ésta garantía presta, por ejemplo, 1.000 millones en el interbancario a seis meses a la caja Y. A vencimiento, la caja Y, porque le coincide con un vencimiento de deuda o por lo que sea, no puede devolver, ¿Qué pasa entonces? El banco se dirige al Gobierno, y los ciudadanos le pagan los 1.000 millones al banco, que para eso son los avales. Es decir, el pueblo español garantiza con su dinero todos los fallos que se produzcan en el sistema financiero, que van a ser la tira, a pesar de que la Secretaría del Tesoro lo considera inimaginable, porque el hundimiento de la economía real no ha hecho más que empezar. Y todo ello en condiciones de opacidad total, porque si no los bancos no aceptaran nuestro dinero, y se lo irían a pedir al BCE o a su tía Anacleta, lo que sería tan humillante para nosotros que dudo de que fueramos capaces de sobreponernos.

Lo único claro y transparente en todo este proceso son tres cosas. La primera, que en condiciones de opacidad, todas las trampas, favores políticos y enjuagues varios, son perfectamente posibles, por no decir inevitables. La segunda, que ni un solo céntimo, ni uno sólo, ira a parar a familias y a PYMES, ésta condición ha desaparecido del Decreto, todo el dinero se dedicará a tapar socavones -diferencia entre los valores contables y la realidad- y a atender los vencimientos de deuda. Y la tercera, que esto nos aleja total y absolutamente del comportamiento obligado de todo Estado democrático, y nos acerca peligrosamente a los comportamientos político-económicos de la Italia fascista.

Roberto Centeno es Catedrático de Economía de la UPM.

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Instalados en la recesión, de Fernando González Urbaneja en Estrella Digital

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Que estamos en recesión, como los demás países del G7, es un hecho que las cifras están constatando. Los dos últimos trimestres fueron negativos para varios países europeos y el actual no va a ser mejor. El horizonte de la recuperación queda para más adelante, para el 2009 o el 2010. En el caso español la revisión de detalle de las cifras del segundo trimestre, con el impacto efectivo de la huelga de transportistas, puede restar alguna décima al PIB hasta dejarlo en negativo, lo cual significaría que ya van dos trimestres con signo menos que justifican definir la situación como de recesión.

Pero agua pasada no mueve molino, lo relevante es lo que viene, lo que queda. Este trimestre, último del año, se dirime en la llamada campaña de Navidad o de fin de año, que, de hecho, ya ha comenzado con una avalancha de rebajas y ofertas para estimular el consumo. La respuesta de las familias es ahorrar, y la de las empresas otro tanto, aplazar inversiones hasta que se despejen las brumas. Y el sector público anda atónito ante la brusca caída de ingresos, que induce a frenar gasto y aplazar inversiones.

Mañana conoceremos los datos de empleo que facilitan los registros de paro en las Oficinas de Empleo y los de cotizantes a la Seguridad Social. Los años precedentes registraron en octubre crecimientos de la afiliación entre 60.000/100.000, y también del paro en unos pocos miles. Los datos del mes pasados serán malos, caída de la afiliación y crecimiento apreciable del paro registrado y, consiguientemente, del gasto en desempleo.

Mientras el empleo no cambie de tendencia, mientras los empleadores no recuperen la senda del crecimiento de la contratación neta, no hay recuperación posible. Y para que eso ocurra lo primero es normalizar los mercados de crédito y superar la crisis financiera, y luego acertar con las políticas de reactivación para intentar acortar la fase recesiva.

En España, la anterior recesión severa se produjo entre el otoño del 1992 y el invierno de 1993. Ésa y la crisis anterior, la de 1981, han sido las más profundas, tanto como apunta la actual. Los efectos de la crisis son evidentes, endosar las causas o instalarse en las excusas sólo contribuirá a alargar la recesión. Más que nunca las políticas fiscal y de rentas van a desempeñar un papel determinante en la gestión de esta crisis. Las sesiones entre sindicatos, patronales y Gobierno no pueden quedarse en pólvora mojada, defender el empleo y ganar productividad deberían ser los objetivos básicos, pero para eso hay que superar recelos y escaqueos.

Gobernanza mundial, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, propondrá al G-20, el 15N, “un plan de nueva gobernanza mundial”, que haga efectiva la propuesta de Gordon Brown de convertir al FMI en banco central de todos los Estados nacionales, con una arquitectura financiera que, aumentando su dotación y dando un nuevo préstamo a la liquidez, supervise la regulación elaborada por el Foro de Estabilidad Financiera de los grandes bancos centrales. La única novedad sería, pues, la supervisión por el Fondo de las decisiones del Foro. De este modo, “más allá de su papel de bombero y albañil, el FMI puede tener también un papel de arquitecto”. ¡Singular arquitecto que no planifica! A ese consenso institucional de los grandes bancos centrales, lo llama pomposamente “gobernanza mundial”, para gozo de los usuarios de voces cuyo significado ignoran. Ayer, sistémico. Hoy, gobernanza.

Es inútil consultar el Diccionario. Los esforzados académicos creen que gobernanza es arte o manera de gobernar, frente a gobernación, que sería acción y efecto de gobernar. ¡Como si la gobernanza no fuera efecto de gobernar algo, y la gobernación no fuera arte de gobernar! Su ignorancia lingüística es intolerable. ¡Definen la gobernanza con los fines propios de la gobernación! “El logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”. Qué caos de pensamiento. Si gobernanza es el logro, ¿sería gobernación el fracaso? ¿No es la economía de mercado una parte esencial de la sociedad civil? ¿No son ese desarrollo y ese equilibrio las finalidades de la gobernación? ¿No son la duración y la extensión las diferencias que separan la gobernación de la gobernanza?

La gobernanza mundial es, como anacoluto gramatical, una contradicción en los términos. Por eso, tendrá éxito periodístico y consagración política. La “gobernanza mundial financiera” hace más tolerable su indefinida y etérea noción que la de gobernación mundial. Los sustantivos terminados en “anza”, como danza, chanza, enseñanza, fianza, crianza, labranza, llevanza, holganza, andanza, ordenanza, indican situaciones locales de tránsito. Todos se refieren a estados pasajeros, circunscritos al escenario temporal y espacial que presuponen. Incluso sustantivos no verbales, como bonanza o pitanza, se refieren a tiempos o actos transitorios. El nombre de toda acción universal o abstracta acaba con los sufijos “ación” o “miento”.

florilegio

“La dominación política por medio del lenguaje idiotista de la mentira siempre ha sido más barata, más eficaz y más duradera que la obtenida con el miedo.”

El rescate, saqueo final de Bush, de Naomi Klein en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

En los días finales de la campaña presidencial, muchos republicanos parecen haberse dado por vencidos. Pero eso no significa que estén descansando. Si quieren ver verdadero trabajo duro republicano, vean la energía que le pusieron a sacar por la puerta grandes porciones del rescate de 700 mil millones de dólares. En una reciente sesión de la comisión bancaria del Senado, el republicano Bob Corker estaba obsesionado con esta tarea y con una clara fecha límite en mente: la toma de posesión presidencial. “¿Cuánto crees que pueda gastarse de aquí al 20 de enero o algo así?” Le preguntó Corker a Neel Kashkari, el ex banquero de 35 años encargado del rescate.

Cuando los colonizadores europeos se dieron cuenta de que no tenían de otra más que entregar el poder a la población originaria del lugar, muchas veces se enfocaron en despojar a la tesorería local de su oro y llevarse el valioso ganado. Si eran realmente desagradables, como los portugueses en Mozambique a mediados de los años 70, vertían concreto por los huecos de los elevadores. La pandilla de Bush prefiere instrumentos burocráticos: subastas de “activos en riesgo” y el “programa de adquisición de acciones”. Pero no se vayan con la finta: la meta es la misma que la de los derrotados portugueses: un último frenético saqueo de la riqueza pública antes de entregar las llaves de la caja fuerte.

¿De qué otra manera serían lógicas las bizarras decisiones que han dominado la asignación del dinero del rescate? Cuando la administración de Bush anunció que inyectaría 250 mil millones de dólares a los bancos estadunidenses a cambio de acciones, el plan fue descrito por muchos como “nacionalización parcial”: una medida radical que se necesitaba para que los bancos comenzaran de nuevo a prestar dinero. De hecho, no ha habido ninguna nacionalización, parcial o no. Los contribuyentes no han adquirido un control significativo, razón por la cual los bancos pueden gastarse su inesperada ganancia como quieran (en bonificaciones, fusiones, ahorros…) y el gobierno no puede hacer otra cosa que rogar que utilicen una parte en préstamos.

Entonces, ¿cuál es el verdadero propósito del rescate? Me temo que es algo mucho más ambicioso que un regalo que se da una sola vez a los grandes negocios: este rescate está diseñado para seguir saqueando al Departamento del Tesoro durante años. Recuerden, la preocupación principal entre los grandes jugadores en el mercado, en específico los bancos, no es la falta de crédito sino los maltrechos precios de sus acciones. Los inversionistas han perdido la confianza en la honestidad de los bancos, y con razón. Aquí es donde el capital del Departamento del Tesoro rinde frutos.

Al comprar acciones en estas instituciones, el Departamento del Tesoro lanza el mensaje al mercado de que son una apuesta segura. ¿Por qué segura? Porque el gobierno no puede darse el lujo de que fracase. Si estas compañías se meten en problemas, los inversionistas pueden suponer que el gobierno seguirá encontrando más dinero, ya que permitir que se derrumben significaría perder sus primeras inversiones de capital (nomás miren a AIG). Esa atadura del interés público a las compañías privadas es el verdadero propósito del plan de rescate: el secretario del Tesoro Henry Paulson le está entregando a todas las compañías que son admitidas en el programa –que podrían ser miles– una implícita garantía del Departamento de Tesoro. Para inversionistas asustadizos en busca de lugares seguros para meter su dinero, estos acuerdos de capital serán aún más reconfortantes que una calificación Triple A de Moody’s.

Un seguro como ese no tiene precio. Pero para los bancos, la mejor parte es que el gobierno les paga –en algunos casos miles de millones de dólares– por aceptar su aprobación. Para los contribuyentes, en cambio, todo el plan es muy riesgoso, y podría costarle significativamente más que la idea original de Paulson de comprar 700 mil millones de dólares en deuda tóxica. Ahora los contribuyentes no solamente están enganchados por las deudas sino, podría decirse, por el destino de cada empresa que les vende capital.

Resulta interesante que tanto Fannie Mae y Freddie Mac disfrutaron de este tipo de garantía tácita. Durante décadas el mercado comprendió que, debido a que estos jugadores privados estaban enredados con el gobierno, el Tío Sam siempre saldría al rescate. Era el peor de todos los mundos. No sólo se privatizaban las ganancias mientras los riesgos se socializaban, sino que además el respaldo gubernamental implícito creaba poderosos incentivos para hacer imprudentes inversiones.

Ahora, con el nuevo programa de adquisición de acciones, Paulson tomó el desacreditado modelo de Fannie y Freddie y lo aplicó a una enorme franja de la industria bancaria privada. Y una vez más, no hay razón alguna para rehuir de apuestas riesgosas: sobre todo ya que el Departamento del Tesoro no le ha exigido a los bancos que dejen los instrumentos financieros de alto riesgo a cambio de los dólares de los contribuyentes.

Para documentar nuestro optimismo, el gobierno federal también reveló ilimitadas garantías públicas para muchas cuentas de depósito bancarias. Ah, y por si esto no fuera suficiente, el Departamento del Tesoro promueve que los bancos se fusionen entre sí, asegurándose así de que las únicas instituciones que queden en pie sean “demasiado grandes como para fracasar”. Se le está diciendo, de tres maneras distintas, al mercado fuerte y claro que Washington no permitirá que las instituciones financieras del país se responsabilicen de las consecuencias de su comportamiento. Puede ser que ésta sea la innovación más creativa de Bush: el capitalismo sin riesgos.

Hay un atisbo de esperanza. En respuesta a la pregunta del senador Corker, al Departamento del Tesoro se le dificulta distribuir los fondos del rescate. Pidió cerca de 350 mil millones de los 700 mil millones de dólares, pero la mayor parte de éstos todavía no sale por la puerta. Mientras tanto, cada día queda más claro que el rescate fue promovido de manera fraudulenta. Nunca consistió en conseguir que los préstamos fluyeran. Siempre en convertir el Estado en una gigantesca compañía de seguros para Wall Street: una red de seguridad para la gente que menos lo necesita, subsidiado por la gente que más lo necesita.

Esta grotesca duplicidad es una oportunidad. Quien sea que gane la elección del 4 de noviembre tendrá una enorme autoridad moral. Puede ser utilizada para hacer un llamado a frenar la distribución de los fondos del rescate, no después de la toma de posesión sino ahora mismo. Todas las acuerdos deben ser renegociados inmediatamente, y que esta vez sea el pueblo el que obtenga las garantías.

Es riesgoso, claro, interrumpir el rescate. Al mercado no lo gustará. Nada podría ser más riesgoso, sin embargo, que permitir que la pandilla de Bush le dé este regalo de despedida a los grandes negocios, el regalo del que continuaría tomando.

Naomi Klein es autora de La doctrina del shock. www.naomiklein.org.

Copyright 2008 Naomi Klein. Este texto fue publicado en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

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Reino de España: la burbuja y sus cómplices, de José Manuel Naredo en SinPermiso

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

“ni los avisos esporádicos del Banco de España, ni los trabajos de algunos analistas aislados pudieron romper el coro de complacencia entonado por los profesionales, empresarios y políticos de un sector y de un país que acostumbran a premiar la obediencia servil y a despreciar la inteligencia (…) El gran error político del presidente Zapatero fue, en suma, no tomar conciencia, ni plantear con claridad el horizonte de crisis al que llevaba el auge inmobiliario e iniciar su controlada reconversión cuando ganó sus primeras elecciones, hace ya cinco años. Entonces sí que hubiera sido posible planificar con tiempo el añorado “aterrizaje suave” y la necesaria reconversión “del sector”. También entonces hubiera podido culpar a quienes le precedieron de la comprometida situación a la que se veía abocada la economía española. Habría podido esquivar, entonces, la burbuja que le acabó explotando en la cara. Con el agravante de que, al hacer suyo el “España va bien” de Aznar, dio pie a que ahora lo señalen como culpable.”

Que la presente crisis estalló sin previo aviso, inopinada e insospechadamente, es cosa que no se cansan de repetir los peritos en legitimación de lo existente y los intelectuales del establishement en sus distintas variantes. Lo contrario es lo cierto; muchos anticiparon, con argumentos bien fundados, la presente crisis financiera: basta repasar los artículos de Michael Krätke, Michael Hudson, Walden Bello y tantos otros publicados en SinPermiso en los dos últimos años. En lo tocante al estallido de la burbuja inmobiliaria en España, nadie lo predijo con tanta claridad y fundamento como el economista José Manuel Naredo.

La larga duración de la fase alcista del presente ciclo inmobiliario indujo a la población a habituarse a ella como si de algo normal y permanente se tratara. Los diez años de auge crearon hábitos de vida y de negocio muy arraigados. Se presuponía que la continuidad de las subidas de precios de los inmuebles haría siempre interesante su compra, aunque fuera a crédito, reforzando la presión compradora que hacía realidad las revalorizaciones previstas. Sobre estas bases se desarrolló a sus anchas la espiral de revalorizaciones y compras, cada vez más apalancadas con créditos, que caracteriza a las llamadas burbujas bursátiles o inmobiliarias.

Pero la experiencia demuestra que ni los árboles pueden crecer hasta el cielo, ni el auge puede ser permanente, porque genera desequilibrios que en algún momento lo hacen declinar, normalmente, por un estrangulamiento financiero que acaba cortando la mencionada espiral y haciendo que los promotores y compradores más endeudados sufran las consecuencias. Así, desde hace más de un lustro he venido advirtiendo que “cuanto más se prolongue la burbuja inmobiliario-constructiva actual, más inquietantes pueden ser sus resultados, habida cuenta del peso anormalmente alto que tienen los activos [y el endeudamiento] inmobiliarios en el patrimonio de los hogares”. Pues, a mi juicio, lo más fácil era prever el desenlace crítico al que conducía el auge inmobiliario; lo verdaderamente difícil era imaginar que el auge podía llegar hasta donde ha llegado, al disponer la economía española –amparada en el euro— de una financiación externa tan inusualmente copiosa y barata. Pero esa misma financiación externa que prolongó tanto el auge fue la que, a la postre, lo acabó estrangulando. Pues España, al erigirse en líder del auge inmobiliario, acabó erigiéndose también en líder del riesgo inmobiliario y desanimando dicha financiación.

Hace ya más de un año, tras constatar en un estudio que la exposición de la economía española al riesgo inmobiliario superaba en todos los aspectos al de los otros países de nuestro entorno, incluido EEUU, concluíamos diciendo que “la suerte ya estaba echada”: no cabía evitar la crisis, solo gestionarla lo mejor posible. Pero nada se hizo, y esta gestión resulta hoy más difícil cuando, como preveíamos, el superávit presupuestario se ha desinflado con una rapidez pasmosa sin que antes se hubiera orientado a promover un relevo de actividades que de momento no se vislumbra. Si a esto añadimos que la política económica, al no poder devaluar la moneda, no cuenta ya con este medio tradicional de hacer que la economía española recupere posiciones competitivas que faciliten el relanzamiento de su actividad exportadora, concluíamos que todo “hacía presagiar un estancamiento de larga duración”.

Debería ser responsabilidad de gobiernos y analistas evitar con medidas y advertencias que las burbujas alcancen dimensiones que se revelan social y económicamente amenazantes. Pero en España no han predominado la prudencia y la finura en las políticas ni en los pronósticos: los gobiernos han sido tan irresponsables, como raros los analistas que hemos venido advirtiendo desde hace tiempo sobre los peligros del evidente desenlace del ciclo. Como botón de muestra de ambas irresponsabilidades resulta a la vez sorprendente y penoso escuchar a todo un ministro de Economía confesar que la crisis le había pillado desprevenido, haciendo gala ya sea de un cinismo a prueba de bomba o –no se sabe qué es peor– de una incompetencia supina.

En mi opinión, los fallos no han venido tanto de errores de diagnóstico, como de la censura implícita que impedía comunicar que se creía que podía crear “alarma social”. Pues me resisto a creer que cualquier analista mínimamente experimentado no supiera que el pulso de la coyuntura económica acostumbra a ser cíclico y que la magnitud del auge y de los desequilibrios originados presagian la magnitud del declive. Y me consta que, entre los economistas más próximos al poder político y/o empresarial, estaba mal visto reconocer públicamente la propia existencia de la burbuja inmobiliaria como no fuera para afirmar, a modo de mantra o conjuro repetitivo, que el “aterrizaje sería suave” a fin de no desanimar a los compradores de inmuebles, ni siquiera en la fase final y más comprometida del ciclo. Así, ni los avisos esporádicos del Banco de España, ni los trabajos de algunos analistas aislados pudieron romper el coro de complacencia entonado por los profesionales, empresarios y políticos de un sector y de un país que acostumbran a premiar la obediencia servil y a despreciar la inteligencia.

Pero la coyuntura económica no se controla con campañas de imagen que nieguen la crisis, ensalcen la solidez de la economía española y refuercen la confianza de los inversores, cuando las cifras dicen todo lo contrario, pues estas mandan más que las campañas. Si la capacidad de financiación de los hogares ya está exhausta de tanto “invertir en ladrillos”, si la inversión extranjera en inmuebles ya empezó a decaer hace cuatro años y si ya no se puede obtener, como antes, en el exterior financiación barata y abundante, no hay campañas de imagen que valgan.

La gran irresponsabilidad de los gobiernos no solo estriba en haber negado o soslayado la burbuja inmobiliaria, sino en haberla seguido alimentando hasta el final con potentes desgravaciones fiscales y ocultaciones consentidas de plusvalías, que desembocaron en casos tan sonados como el de Marbella, forzando así el lamentable monocultivo inmobiliario de este país. Todo ello cuando deberían de haberla identificado y gestionado desde hace tiempo para evitar un desenlace tan poco recomendable como al que estamos asistiendo. Situación que además pide a gritos el cambio del actual modelo inmobiliario que, para colmo, nuestros “avanzados” políticos ni siquiera se han planteado.

El gran error político del presidente Zapatero fue, en suma, no tomar conciencia y ni plantear con claridad el horizonte de crisis al que llevaba el auge inmobiliario e iniciar su controlada reconversión cuando ganó sus primeras elecciones, hace ya cinco años. Entonces sí que hubiera sido posible planificar con tiempo el añorado “aterrizaje suave” y la necesaria reconversión “del sector”. También entonces hubiera podido culpar a quienes le precedieron de la comprometida situación a la que se veía abocada la economía española. Habría podido esquivar, entonces, la burbuja que le acabó explotando en la cara. Con el agravante de que, al hacer suyo el “España va bien” de Aznar, dio pie a que ahora lo señalen como culpable.

José Manuel Naredo se doctoró en economía en la Universidad Complutense de Madrid y se formó también en Estadística e Historia de la estadística, campo en el que desarrolló una labor considerable. Antes de jubilarse, fue director del programa Economía y naturaleza de la Fundación Argentaria. También dirigió el servicio de Análisis de Coyuntura del Instituto Nacional de Estadística y la sección de Estudios y publicaciones del Crédito Agrícola. Luego de su retiro, fue nombrado profesor honorario en el Departamento de Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid y la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense. En el año 2000 se le concedió el Premio Nacional de Economía y Medio Ambiente y, en enero del 2008, el Premio internacional Geocrítica por el conjunto de sus trabajos. Exiliado en Francia entre los años 1960-1970, había trabajado en la OCDE, al tiempo que colaboraba bajo diversos seudónimos con la revista Cuadernos de Ruedo Ibérico, que reunía diversas corrientes de la izquierda antifranquista no ligadas al Partido Comunista y, en particular, una corriente anarquista con tradición en España. En esta revista inició su colaboración con el economista catalán Joan Martínez Alier, profesor de economía en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los fundadores de la Economía ecológica.

Público, 31 octubre 2008

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Cataluña y su futuro, desde la izquierda, de Josep Fontana en SinPermiso

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

En esta conferencia –dictada el pasado julio en Barcelona, en el marco de la Universitat Progresista d’Estiu de Catalunya—, el historiador Josep Fontana habla, con la perspicacia,la solvencia intelectual y el buen sentido político que le caracterizan, de Cataluña, de España y de la izquierda política y social. Daniel Escribano tradujo el texto para SINPERMISO, de cuyo Consejo Editorial es miembro el reconocido historiador.

Hace algún tiempo los organizadores de estos cursos me propusieron participar en una mesa redonda. Después, sin previo aviso, la mesa redonda se convirtió en cuadrada y, de repente, me encontré, hace pocos días, con que se me encargaba nada menos que hablar de Cataluña y su futuro. Y desde la izquierda. Problema complejo. De entrada, y dejando de lado qué sea la izquierda, pues no todos la entendemos de la misma manera, resulta que un historiador, que es lo que yo soy, no habla nunca del futuro, porque la experiencia de su trabajo le enseña que no existe oficio más arriesgado ─o más tramposo, según los propósitos con que se ejerza─ que el de profeta. Y no hay mayor estupidez que creer en las profecías.

Dejadme poner dos ejemplos. En 1945, al acabar la Segunda Guerra Mundial, yo tenía 14 años y me creí las promesas que hicieron los ganadores que nos garantizaban que habría un mundo de libertad generalizada, donde la paz estaría asegurada por la Organización de las Naciones Unidas y la pobreza sería eliminada como consecuencia de los progresos tecnológicos, empezando por la contribución de la energía atómica. Han pasado más de sesenta años y ni la libertad es general ni ha habido paz, sino millones de muertos ─cuatro sólo en el Congo en los últimos diez años─, y la pobreza y el hambre, lejos de haber desaparecido, amenazan hoy con renovadas fuerzas.

Me lo parece, al menos, porque no todo el mundo comparte esta opinión. Leía esta semana en The Economist, que es algo así como L’Observatore Romano del capitalismo, que “a pesar de los últimos hundimientos de la Bolsa y de los problemas del crédito, el ingreso per cápita a escala mundial ha aumentado más en los últimos cinco años que durante cualquier otro período semejante de que hayan existido datos”. Y un poco más abajo, en el mismo sentido, unas previsiones de Coca-Cola decían que “el futuro de África es brillante; la compañía espera que sus ventas allí crezcan a un ritmo anual del 10% al 13% en los próximos años”, previsiones asociadas por considerar que las ventas de Coca-Cola en los países africanos son un signo de la marcha de sus economías (1). Cosas, todas éstas, que habría que explicarles los africanos que se juegan la vida intentando ganar las costas europeas por mar: vuelvan a casa, que el mundo va bien y no hay pobreza, que lo único que pasa es que están mal informados.

La siguiente vez que me engañaron con promesas de futuro fue en los años en que luchábamos contra el franquismo. Si os leyera lo que ofrecían los programas de los partidos de izquierda en aquellos años os quedaríais boquiabiertos. Todo lo que nos dieron fue un poco de democracia, más bien magra, pero no, ni de lejos, el tipo de futuro que nos prometían y por el que habíamos luchado.

Permitidme, por tanto, que no haga profecías. No sé cómo será el futuro, porque depende de lo que hagamos entre todos. No nos vendrá regalado por algún poder superior, ni será el resultado de no sé qué suerte de fuerzas invencibles del progreso, como pensaban aquellos ingenuos que, creyendo tener la historia de su, ya veis cómo terminaron.

Tampoco entiendo qué se espera que pueda añadir hoy a lo que os han dicho estos días personas mucho más autorizadas que yo. Si, al proponerme el tema del futuro de Cataluña, lo que queréis es que hable de la posible evolución de sus libertades nacionales y sociales, lo único que me atrevo a hacer es alguna observación sobre el punto en que nos encontramos hoy y algunas reflexiones complementarias, derivadas de mi conocimiento del pasado, sobre lo que pueda suceder.

En lo atinente al punto de partida, a la situación actual, la verdad es que no resulta nada esperanzadora. Antes bien, Yevgeni Primakov, que fuera jefe del gobierno ruso en la etapa de Yeltsin, ha escrito en sus memorias que “tomando en consideración que dos mil nacionalidades y pueblos viven en más de ciento cincuenta estados, puede concluirse que la política general debería ser asegurar los derechos de las minorías nacionales de los estados multinacionales” (2). Palabras cargadas de sensatez, pero id a explicarle esto a nuestros vecinos de este estado multinacional en que nos ha tocado vivir, ahora en plena efervescencia de nacionalismo intransigente.

Esto tiene suficiente lógica en lo tocante a la derecha, que ha entendido siempre el nacionalismo como una estrategia deliberada para preservar su posición social dominante por la vía de movilizar el apoyo de las masas en nombre de la nación (3). Una tarea especialmente fácil cuando puede inventarse un enemigo colectivo, externo o interno, para suscitar unanimidades en nombre de la patria amenazada. Y es evidente que, faltos de enemigo externo, después de la pifia de la reconquista de la isla del “Perejil”, a los catalanes nos toca ahora la función de enemigo interno. Lo malo, empero, es que no sólo la derecha juega hoy a este juego.

Para conseguir una intoxicación nacionalista, todo vale. La deformación de la historia, por ejemplo, usada como elemento para generar convicción política, como hiciera desde sus orígenes el franquismo. Un personaje intelectual como Tovar, que más adelante acabaría rompiendo con el régimen, reconocía la importancia que tuvo para ellos una visión irracional de la historia que, según decía, “no se puede dirigir con la cabeza: la historia es sangre”, y cuyo papel en la guerra civil definía con estas palabras: “La sombra de Menéndez Pelayo estaba presente entre los sublevados del 18 de julio” (4).

Pocas cosas son tan temibles como este tipo de historia que rechaza que la dirijamos con la cabeza y que, nutrida con mitos y tópicos, con intransigencias viscerales, multiplica el uso de términos y símbolos sentimentales, al tiempo que margina el uso de una razón condenada como herejía o traición a los valores identitarios. En las 24 páginas de la versión inicial de la ponencia política del XVI Congreso del Partido Popular celebrado hace algunas semanas, aparecía 51 veces la palabra España y 60 veces las de nación y nacional (es decir, cerca de cinco referencias por página a las “esencias patrias”), y eso en un texto que contenía afirmaciones tan irresponsables como que “España es la nación más antigua de Europa” (5).

Y lo que es más grave es que había un prohombre del PP, el señor Vidal Quadras, que encontró demasiado tibia esta redacción e hizo introducir una serie de rectificaciones “históricas” reafirmantes de un patriotismo del estilo “Isabel y Fernando” que cantaban los del Frente de Juventudes. Lo cierto es que, a pesar de que los conocimientos históricos de este señor, que se supone que es profesionalmente un físico nuclear, son de la misma categoría intelectual que los de “Manolo el del Bombo”, la dirección del PP las mantuvo sin ningún tipo de inconveniente: eran armas de combate, y punto.

Detengámonos un momento, si queréis, en eso de “la nación más antigua de Europa”. Hablar de nación requiere una aclaración previa respecto a lo que se quiere designar con este término, el cual diversas definiciones. Porque acaso convenga recordar que, hasta 1836, en España el adjetivo nacional era considerado subversivo, lo que explica que en 1823, para combatir a los llamados milicianos nacionales, a quienes se encarcelaba, cuando no se los asesinaba por los caminos, se crearan los “voluntarios realistas”, cuyo nombre mismo expresaba una concepción distinta de la patria, la patria, esto es, integrada por los súbditos de un monarca que tenía el poder por derecho divino, no por legitimación de ciudadanos iguales en derechos, como corresponde a una nación. No en vano, y a propósito del Estatuto real, dijo Antonio Alcalá Galiano,en la sesión de las Cortes de 12 de marzo de 1835, que “uno de los objetos principales que debemos proponernos todos es hacer a la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora”. Y si queréis que añadamos otro dato histórico, acaso convenga recordar que la actual bandera del Estado, de la que se han consumido kilómetros en estas pasadas semanas con motivo del campeonato de Europa de fútbol ─un solo fabricante aseguraba a la prensa haber agotado los stocks y haber “hecho en dos días más de 45.000 metros de banderas españolas” ─,(6) no se convirtió en la oficial del Estado hasta 1841. No es precisamente la más antigua de Europa.

Estoy muy satisfecho de ver que los gobiernos de la Unión Europea hayan decidido no imponer a los inmigrantes aquel “contrato de integración”, que, según decía el proyecto inicial, tenía carácter obligatorio e incluiría el “imperativo de aprendizaje de la lengua nacional, de las identidades nacionales y de los valores europeos”. Me parece muy bien que no se imponga a los inmigrantes latinoamericanos, asiáticos o africanos. Pero el problema con que me encuentro es que ahora me lo quieren imponer a mí. Toda la nómina de los “intelectuales” castellanos ─por cierto, a mí me gustaría saber dónde se expenden los certificados del título de “intelectual”, que es una cosa que nunca he visto muy clara─ está ahora obstinada en asegurarse que sepa hablar suficientemente bien su lengua y en vigilar que no abuse del uso del catalán que, generosamente, me concedieron para que lo utilizara en las relaciones familiares e íntimas, como una de las grandes conquistas de la transición. Porque lo que les preocupa no es la decadencia del castellano ─si fuera eso lo que les inquietara, lo que harían es organizar cursos en casa para sus propios políticos, que tan mal lo hablan─, sino el abuso que cometemos nosotros de pretender usar el catalán en la educación, la ciencia o la cultura, en lugar de reservarlo, como es debido, para expresiones folclóricas, concursos sardanistas [danza tradicional catalana; T.], exhibiciones de castellers [competición tradicional catalana consistente en la formación de torres humanas; T.] o, como máximo, competiciones de tortillas, [salsa] romesco o [salsa] o xató .

Y no es sólo esto, sino que lo que más les angustia es que no hayamos cumplido como deberíamos nuestro “contrato de integración”, mediante la adecuada asimilación de los símbolos de la patria. Hay una serie de muestras de esta incapacidad de cumplir el contrato que provoca los indignados aspavientos de estos intelectuales, incluyendo a algunos que se dicen de izquierda (¿de qué izquierda serán? No de la divine, precisamente; más bien de la inquisitorial). Cuestiones como la decisión del Ayuntamiento de Barcelona de mostrarse contrario a las “corridas de toros” ─aunque las sigue tolerando─, o las muestras de rechazo al “toro” de Osborne, convertido en venerada insignia nacional incorporada a las banderas españolas. Por cierto, las banderas son sagradas ─como lo demuestra que su quema pueda llevaros a la cárcel─, pero nadie se escandaliza porque se las asocie a una marca comercial de alcohol. Ahora bien, intentad vosotros bromear incluyendo algún otro logotipo que os guste (no me hagáis provocaros con sugerencias, que el asunto podría acabar mal; imaginad las combinaciones por vuestra cuenta). Bien, después de haberlo imaginado, llevadlo a la práctica y veréis lo que os pasa.

Y si no fuera más que cosa de los intelectuales, todavía no me preocuparía demasiado. Lo malo es ver cómo la intransigencia hacia la diferencia se extiende más allá. Hace un par de semanas, buscando información en el Google, fui a parar a una web donde había una reivindicación que decía: “Raúl, a la selección nacional”. Lo cual habría sido una reivindicación deportiva discutible, pero legítima, si no fuera porque venía significativamente envuelta en cuatro grandes banderas españolas, una por cada lado. Que querían decir que la cosa no era deportiva, sino política, tal y como correspondía a lo que no hacía mucho había oído decir a un joven entusiasta: “Quien no quiera que Raúl vaya a la selección es un mal español”.

Me preocupa observar la marcha de las cosas. Por ejemplo: la ola de patriotismo visceral alimentada estas últimas semanas por una cadena de televisión que utilizó el campeonato europeo de selecciones de fútbol para fidelizar a un público al que, no consiguiendo atraerlo con una programación mediocre, drogó con exaltaciones patrióticas hasta lograr congregar a multitudes en una plaza de Madrid. Una afluencia que no tenía explicación racional, ya que es seguro que todos los que se congregaron tenían en casa un televisor con que poder ver más cómodamente lo mismo que allí se les ofrecía, ya que se trataba de una transmisión en programación abierta. Me da miedo el uso que se puede hacer de esta capacidad de movilización, de esta intoxicación de nacionalismo irracional, manejada con mala intención.

Nos habían dicho que formar parte de una España con régimen autonómico quería decir vivir en una casa común, en plena libertad. Pero parece que nos han engañado una vez más. Y que no nos dejarán vivir tranquilos, como no sea con “contrato de integración”, previa proclamación de nuestra renuncia al uso público de la lengua y nuestro entusiasmo por los toros, el logotipo de Osborne y el arte de la Pantoja. Nos habían dicho que el castellano era “un idioma para el diálogo”, y yo me empiezo a temer que algunos han hecho de él “un idioma para el interrogatorio”.

Me permitirési que os haga otra observación histórica. Cada vez que retroceden las libertades de Cataluña, lo hacen también las del conjunto de los españoles. Sucedió así en 1714, cuando los resistentes de Barcelona proclamaron combatir por la libertad de todos los españoles (y era verdad). En el siglo XX, cada vez que ha habido un retroceso de las libertades de España, se ha justificado con la necesidad de coartar las de Cataluña. Lo hizo en 1923 el general Primo de Rivera; el intento fracasado de Sanjurjo en 1932 estaba sobre todo movido por la oposición al Estatuto de Cataluña que se estaba discutiendo en las Cortes; el general Franco se rebeló en 1936 en nombre de la integridad de la España “una”, y el golpe frustrado del 23 de febrero de 1981 tenía como motivación principal la oposición de los militares a los estatutos de autonomía, problema que tuvo que resolverse finalmente con la LOAPA.

¿Qué puede hacerse en una situación como ésta? Lo que tengo claro es lo que no puede hacerse, que sería combatir en el mismo terreno, peleándose a banderazos y respondiendo con irracionalidad a su irracionalidad. La nuestra es una sociedad que ha conseguido mantener una identidad propia a lo largo de la historia en circunstancias harto difíciles. Desde principios del siglo XVI tuvo que acostumbrarse a organizarse por su cuenta, sin la figura de un rey o dirigente de referencia. Y lo hizo desarrollando, por un lado, unas instituciones representativas de gobierno que tenían en el fondo vocación republicana ─siempre hemos tenido fama de republicanos, y con toda justicia─, y, por otro, potenciando, desde abajo, las redes de organización de los intereses de grupo: es decir, desarrollando una sociedad civil. Lo que permitió sobrevivir a la sociedad catalana después del hundimiento de 1714, cuando las instituciones representativas fueron aniquiladas, fue justamente la fuerza de la sociedad civil que se manifestó desde entonces, y lo ha seguido haciendo hasta nuestro tiempo, en el florecimiento de los lazos del asociacionismo: gremios, sindicatos, cooperativas, centros políticos, deportivos y culturales de todo tipo. La base del republicanismo en casa no eran los partidos, sino los centros republicanos, que se adherían a uno u otro programa (yo aún he conocido el mundo de las grandes cooperativas de consumo, que eran centros de cultura popular, con biblioteca, grupos de teatro y cursos para los afiliados). Incluso entidades que aparentemente tienen una finalidad muy alejada de cualquier significado político, como el Centre Excursionista de Catalunya, fundado en 1876, o el propio Futbol Club Barcelona, a menudo han ejercido funciones de resistencia identitaria.

En momentos como los actuales, en que los partidos políticos tienen escasa capacidad de movilización ciudadana, han sido las organizaciones de la sociedad civil las que han encabezado algunos de los grandes momentos de expresión de la opinión pública catalana. No fueron los partidos ni los sindicatos, por ejemplo, los que fueron capaces de sacar a la calle la mayor manifestación ciudadana que jamás se haya realizado en este país, la de la protesta contra la invasión de Iraq.

Por el propio hecho de que el predominio de la sociedad civil engendra un clima de convivencia y libertad, esta sociedad ha tenido, al menos hasta nuestros días, una extraordinaria capacidad de integración de los que venían de fuera. En los años del franquismo, cuando se registró una primera gran ola de inmigración, de origen peninsular, y muy especialmente, de Andalucía, el gran triunfo de la sociedad catalana fue conseguir que estos inmigrantes no se convirtieran en un cuerpo extraño, sino que asimilaran como positivas algunas de las diferencias que encontraban aquí ─recuerdo a un amigo andaluz que me decía que, a diferencia de lo que sucedía en su pueblo, aquí no tenía que ceder el paso por la calle cuando venía un señorito─ y que se decidieran a participar en una lucha conjunta contra un enemigo común, que era la dictadura, para lograr al tiempo los derechos nacionales y sociales. Tengo un recuerdo bastante vivo, porque los seguí muy de cerca, de aquellos Once de Septiembre de los últimos años del franquismo en que las mayores manifestaciones de reivindicación de autonomía eran encabezadas en gran medida por los trabajadores inmigrantes del extrarradio industrial de Barcelona. Fruto de aquel entendimiento ha sido el hecho de que la población inmigrante no haya servido de quinta columna para los enemigos de Cataluña; que no haya habido un lerrouxismo popular, y que hayamos llegado hoy a tener a un inmigrante andaluz como presidente de la Generalidad.

No es al PP a quien votan en Santa Coloma de Gramenet, en donde hace unos años se aseguraba que vivía más gente nacida en Andalucía que en Cataluña (hace unos años; ahora quizás haya que rehacer las cuentas para averiguar, por ejemplo, el número de nacidos en China). Esto nos explica que gran parte de los dirigentes del PP no procedan, como querría la lógica del integrismo españolista, de los inmigrantes que se defienden de la opresión nacionalista catalana, sino de la parte más degenerada de nuestra sociedad: fracasados que piensan que sus méritos no han sido valorados como merecían y que, poniéndose en almoneda, buscan una promoción segura; ambiciosos, sabedores de que no hallarán tantas oportunidades de hacer carrera política fueran de esta asociación de mediocridades, etc. No es raro que haya más inmigrantes entre los dirigentes de los partidos de izquierda que entre los de este degenerado callejón sin salida de la sociedad catalana.

He hablado de un pasado, el del franquismo. Pero el gran desafío que nos plantea el futuro es el de saber si seremos capaces de integrar igualmente a la nueva oleada de inmigración que nos ha venido de fuera de la Península, de procedencias culturales muy diversas. Y no me estoy refiriendo a una inmigración temporal, que acaso mengüe por los efectos de la crisis económica y de las medidas policíacas arbitradas por la Unión Europea y aceptadas por nuestra izquierda oficial, sino a las familias que se han establecido entre nosotros, que previsiblemente seguirán viviendo aquí y que, por otra parte, resultan necesarias en más de un sentido. Ahora mismo, según se ha publicado estos días, uno de cada cuatro de nosotros es hijo de inmigrantes. Y es absolutamente necesario que empecemos a pensar qué haremos para que éstos se integren como hicieron años atrás los hijos de los que venían de otras tierras del Estado.

Yo me temo que nuestros políticos, que viven obsesionados con el plazo cuatrianual que media entre elección y elección, distan por mucho de advertir que una de las misiones esenciales que tiene nuestra sociedad en estos momentos es la de resolver el problema de la educación de estas nuevas generaciones para facilitarles su integración. Que lo verdaderamente importante en el terreno de la enseñanza no son las universidades, sino los niveles de enseñanza primaria y secundaria. Eso lo saben suficientemente bien quienes estudian las consecuencias económicas de la educación. Universidades de primera fila forman a especialistas de calidad que acaban yéndose a los Estados Unidos, mientras que son los niveles medios de la educación, en su proyección masiva, los que aseguran el crecimiento económico de un país.

Es en estos niveles donde debe hacerse el gran esfuerzo de mejorar la enseñanza pública, rompiendo con la evolución que está produciendo de una enseñanza privada o “concertada” para los hijos de nuestra burguesía y una enseñanza pública a que se ven abocados, con la masa de inmigrantes, quienes no pueden costearse unas escuelas “concertadas” supuestamente gratuitas. Habría que hacer el esfuerzo necesario para proporcionar recursos a esta enseñanza pública, para conseguir que sea capaz de formar adecuadamente a todos los alumnos que recibe y que logre un nivel de calidad superior al de la enseñanza privada, cosa que no tendría que ser difícil si tenemos en cuenta que dispone de los profesores mejor formados, que han tenido que superar los trámites de concursos de acceso muy exigentes.

Pero es claro que si una educación mejor puede ser una herramienta de integración eficaz, también lo es que eso no basta. Que lo mismo que debe ofrecérseles una educación de primera, tan buena como la que destinamos a nuestros propios hijos, debe ofrecérseles también el marco de una sociedad en que valga la pena quedarse a vivir. Si los andaluces de los años cincuenta encontraban aquí una sociedad más abierta y más libre, los hijos de la nueva inmigración deberían encontrar entre nosotros un clima social que corresponda a las exigencias de nuestro tiempo. Un clima que sólo puede construir la izquierda, pero una izquierda de verdad, capaz de mostrar por las raíces culturales de los otros aquella sensibilidad que ni la derecha ni la izquierda españolas tienen respecto a las nuestras.

Defenderé tanto como haga falta la necesidad de luchar por la conservación y la potenciación de nuestra lengua. Pero la lengua no es el único elemento de identidad nacional. No lo era, por ejemplo, para los catalanes que luchaban en la Guerra de Sucesión ni para un hombre como [Antonio] Capmany ─a quien Pierre Vilar calificó con toda justicia como la figura más importante del pensamiento ilustrado de la Península─. Para éstos la identidad residía sobre todo en unas formas de organización política representativas, en contraste con la tiranía del absolutismo de los Borbones: eran las leyes y las libertades de la tierra las que se consideraba que definían una sociedad donde todos tenían derecho a participar en el régimen colectivo. Esto era lo realmente importante como signo de identidad.

Yo querría una Cataluña del siglo XXI que conserve, fomente, extienda y potencie la lengua, sin hacer de ella una condición obligatoria de un contrato de integración ─que la haga deseada, más que forzada─ y que entienda que su identidad debe basarse sobre todo en saber desarrollar unos valores que forman parte de su propia tradición: una tradición de progreso y libertad que nos ha de ayudar a construir una sociedad en que valga la pena vivir, donde los hijos de los inmigrantes se sientan atraídos por participar para construir su futuro juntamente con nosotros.

Los políticos tienen una parte de la responsabilidad en esta tarea, pero sólo una parte. Y acaso no la más importante. Es evidente que hace falta que vayamos a votar, aunque a menudo nos resulte harto difícil, en una democracia poco participativa, con sus reglas de juego de listas cerradas que nos obligan a elegir a los representantes preelegidos por los partidos, no por nosotros, para otorgarles cuatro años de impunidad irresponsable. Pero no todo debe acabarse votando y volviendo a casa a esperar cuatro años más, sino que debemos buscar otras formas de participación. Y estas formas son las que nos han de permitir expresarnos a través de los órganos de la sociedad civil, de las asociaciones de todo tipo. Recuerdo, por ejemplo, las de vecinos, nacidas desde abajo y arraigadas en el conjunto de la gente, capaces de expresar sus necesidades, intereses y aspiraciones. Es así como este país ha conseguido en el pasado no solamente sobrevivir, contra tantas dificultades, sino también progresar. Es de esta manera, también, como todos juntos podemos contribuir a que siga haciéndolo.

En 1714 perdimos la soberanía, pero no renunciamos a la nacionalidad. Y si no podemos acceder hoy a la soberanía, ya que las reglas de juego vigentes en Europa no lo ponen nada fácil ─no os dejéis engañar por el falso ejemplo de Kosovo, que no es una nación soberana, sino un protectorado norteamericano creado para sostener una gran base militar con las condiciones de extraterritorialidad que suelen exigir los Estados Unidos─, lo que debemos hacer es justamente seguir manteniendo, como los hemos mantenido durante cerca de trescientos años, esos valores nacionales en que consiste nuestra identidad. Unos valores que sólo puede desarrollar con eficacia la izquierda, siguiendo el ejemplo del viejo federalismo y del republicanismo popular, que tuvieron que superar una y otra vez los obstáculos que se les opusieron y consiguieron mantener viva nuestra identidad. Nuestra patriótica burguesía, en cambio, tan pronto como empezaron a caer chuzos de punta, en 1939, se afanó en hacer negocios con el franquismo, y comenzó a ponerse nerviosa cuando, en 1975, vio que las cosas iban a cambiar y no estaba segura de poder controlarlas. Fue entonces cuando uno de sus representantes más calificados, el señor Ortínez, se apresuró a escribir a Adolfo Suárez para recomendarle que hiciera venir a Tarradellas, a fin de reducir el problema de Cataluña a los límites de una sensata autonomía y, según las palabras de su carta a Suárez, “salir del impasse en el que nos encontramos, con Pujol y los comunistas defendiendo las ‘nacionalidades’, término en opinión de muchos catalanes absurdo y que complica innecesariamente la política nacional”.

El futuro de Cataluña está, hoy como siempre, en manos de la izquierda, de una izquierda que ha aprendido de su experiencia histórica que no debe rendirse, porque, como dijera Martí i Pol en un verso admirable, “todo está por hacer y todo es posible”.

NOTAS: (1) “Wrestling for influence”, The Economist, 5 de julio de 2008, pp. 35-38 (citación de p. 36). Y, en el mismo número, “Index of happiness?”, p. 50. (2) Yevgeni Primakov, Russian Crossroads, Toward the New Millenium, New Haven, Yale University Press, 2004, p. 201. (3) “La intensa cultura nacionalista en los países europeos antes de la Primera Guerra Mundial fue parcialmente producto de estrategias deliberadas de las elites europeas para combatir los movimientos socialistas y preservar sus posiciones dominantes mediante la movilización de las masas en nombre del nacionalismo”. Anatol Lieven, America Right or Wrong. An anatomy of American nationalism, Nueva York, Oxford University Press, 2004, p. 28. (4) Antonio Duplá, “Falange e historia antigua”, en F. Wulff y M. Álvarez, (ed.), Antigüedad y franquismo (1936-1975), Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2003, pp. 79-80. (5) G. Buster y Daniel Raventós, “Y a todo eso, ¿qué dicen las ponencias del Congreso del Partido Popular?”, Sin Permiso, 25 de mayo de 2008. (6) Borja de Lama Noriega y Javier Otero, “El negocio de la Eurocopa”, Tiempo, n.º 1367, julio de 2008, pp. 12-18.

Josep Fontana, miembro del Consejo Editorial  de SINPERMISO, es catedrático emérito de Historia y  dirige el Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Maestro indiscutible de varias generaciones de historiadores y científicos sociales españoles, investigador de prestigio internacional e introductor en el mundo editorial hispánico, entre muchas otras cosas, de la gran tradición historiográfica marxista británica contemporánea, Fontana fue una de las más emblemáticas figuras de la resistencia democrática al franquismo y es un historiador militante e incansablemente comprometido con la causa de la democracia republicana y del socialismo.

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Escribano

www.sinpermiso.info, 2 noviembre 2008

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