Reggio’s Weblog

Bomberos pirómanos (1) y (2), de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 4 octubre, 2008

Como los bomberos que no pueden superar su adicción al fuego y se pasan la vida provocando incendios, con la esperanza de poder apagarlos luego, los financieros del neoliberalismo, legitimados por una ideología que ha estragado los principios que la inspiraron, no pueden resistir a su incontrolable codicia, convertida en pasión y cargan tanto el barco con sus botines que acaban hundiéndolo siempre. Esta historia la hemos vivido y nos la han contado muchas veces y para su versión actual bastan los breves libros de Marie Paule Virard y Patrick Artus Le capitalisme est en train de s’autodétruire (2007) y La finance mène-t-elle le monde?, parvos en la información anecdótica que tanto nos prodigan los medios de comunicación, pero insistentes en lo esencial, la falta de liquidez y la falta de solvencia del sistema financiero.

Comparando este diagnóstico con lo que sucedió hace 69 años en el crack del 29, vemos que las causas y los mecanismos son los mismos y que la pulsión hacia la especulación bolsística, como fuente inagotable de riqueza, es irresistible. Pulsión encarnada de forma paradigmática por los call loans o préstamos al día -Bernard Gazier: La crise de 1929– en los que el comprador sólo paga una parte muy reducida del valor de las acciones adquiridas, en torno del 10%, y el resto lo proporciona un corredor, gracias al crédito bancario. Esta práctica abrió la bolsa a las clases populares y provocó un aflujo extraordinario de compradores modestos que generaron una demanda efervescente que evidentemente no podía durar. Pero con todo, no fueron ellos, sino la política de altos rendimientos impuesta por los directivos, la que sumada a la desregulación general instaló una estrategia de continuos y muy elevados rendimientos que produjo el colapso de 1929 y es la responsable de la debacle actual.

En efecto, la practica privilegiada en la última década del ROE (return on equity, o rendimiento de los fondos propios) fijada en cifras superiores al 15%, se ha traducido en un aumento de los dividendos entre 2000 y 2007 del 255% y, por consiguiente, en una mejora de más del doble de los beneficios. Ahora bien, este extremado optimismo voluntarista y los riesgos que suponía estaba también motivado por el aliciente de las retribuciones a los directivos, sin olvidar el volumen del bonus a percibir en caso de finalización del contrato. Y así, en 2007 las 15 empresas que registraron mayores pérdidas por sus estropicios financieros abonaron a sus ejecutivos 317 millones de dólares, es decir, el 30% más que el año anterior. Los nombres los conocemos todos. Claro que para conseguir tan exorbitados rendimientos se ha tenido que proceder a una serie de artimañas, con el fin de reducir su capital mediante la autocompra de sus acciones y aumentar su endeudamiento, lo que se tradujo en una disminución de su inversión, de casi el 25% y en una progresión de su deuda del 55%. Descapitalización, endeudamiento, liquidez e insolvencia han producido un desbarajuste en el mundo de las finanzas que, además de haber destruido la seguridad del tráfico bancario, ha echado a la calle a más de 120.000 empleados, comenzando por Lehman Brothers, que ha suprimido casi 19.000 puestos de trabajo, City Group algo más de 14.000, y hasta el Bank of America, con 11.150.

La solución de Paulson, consistente en la compra de créditos tóxicos, aparte de la inmoralidad que supone premiar al tramposo, no puede funcionar por su carácter parcial y por la falta de medidas de regulación efectiva en el futuro. Cuando el Gobierno sueco quiso hacer frente a la crisis que atenazaba su país a principios de los años noventa, asumió la casi totalidad de su sistema financiero, manteniendo un estricto control público hasta que las aguas volvieron a su cauce. Esta intervención reguladora supuso, inicialmente, para las finanzas suecas una carga de algo más del 4% de su PIB, pero el costo final para los contribuyentes fue mucho menor porque las autoridades consiguieron liquidar los activos intervenidos en buenas condiciones.

Pero, sobre todo, el carácter total de la regulación pública sueca hizo imposible la aparición de mecanismos sustitutivos de los que habían causado el desastre e introdujo otros modos y prácticas incompatibles con un sistema económico favorable a los chanchullos y trampas. Pues como Stiglitz lo ha dicho con frase lapidaria: “Los mecanismos inventados por los financieros para gestionar el riesgo no lo controlan sino que lo producen”. Y como a rey muerto, rey puesto, los especuladores a quienes las subprimes y las agresivas maniobras con las materias primas habían puesto en entredicho se han retirado a sus cuarteles de invierno y están preparando su nueva ofensiva en la que los Credit Default Swaps (CDS, en castellano, seguros de impago), que superan ya los 62.000 millardos de dólares, serán una de sus armas principales.

(2)

Las múltiples intervenciones estatales para apuntalar a los bancos más averiados y envilecidos y a los sistemas bancarios que los albergan, pueden considerarse como premios a la trampa y al chanchullo. Pero además esas intervenciones no conseguirán detener la desbandada, si no van acompañadas de un conjunto de medidas rigurosas y radicales que impidan, más allá de la mano salvífica de los mercados que evidentemente no funciona, primero, el mantenimiento de las prácticas actuales y luego, una transformación total del orden capitalista actual.

Y digo transformar y no sustituir, porque los que como yo estamos frontalmente contra la explotación capitalista y defendemos la igualdad en y desde la libertad, sabemos que, hoy por hoy, no tenemos una propuesta cabal, ni siquiera una hipótesis válida que poner en su lugar. Esa incapacidad es nuestra mayor frustración, nuestra más lacerante impotencia, que no nos obliga, sin embargo, a aceptar las prácticas generales de latrocinio en que ha derivado hoy. ¿Cómo ha sucedido esto?

Decir capitalismo es constituir al capital en piedra angular del edificio económico, cuyo propósito esencial es obviamente generar beneficios, pero respetando una serie de reglas y cumpliendo la función social de satisfacer las necesidades, expresadas técnicamente en demandas, de los miembros de la comunidad. Satisfacción que comporta la producción de las mercancías y servicios que estas necesitan para su subsistencia y desarrollo y que se inscriben en la esfera que se califica como economía real. Esta a su vez reclama la cooperación auxiliar de una estructura que la dote de los mecanismos de financiación que reclama su ejercicio. Ahora bien, esta economía financiera, en posición subordinada ha abandonado su función instrumental y se ha erigido en matriz privilegiada de la riqueza, autonomizándose de los riesgos y servidumbres de los procesos de producción y consumo y suplantando, mediante la manipulación de las cifras y las finanzas, la rigidez fáctica de lo real por la flexibilidad de lo virtual y abstracto.

Entre los obreros y las máquinas por un lado y los apuntes contables por otro, no cabe duda de que la búsqueda del beneficio se inclinará siempre por lo segundo. Pero el triunfo de lo financiero ha sido tan total, que ha perdido el sentido de los límites y ha provocado, por sus excesos y abusos, su propia hecatombe. Intentar salir de ella mediante una apelación al sentido de responsabilidad de los actores económicos, en una situación de desmoralización tan completa de nuestras sociedades, no tiene sentido alguno, cuando han desaparecido principios y valores y hoy sólo priman el enriquecimiento y el éxito, el disfrute. De ahí que el remedio que se ha puesto en marcha, que pretende apagar la hoguera echándole más leña al fuego, digo, inyectando más dinero en el circuito que lo ha malversado y entregándolo además a los propios malversadores confiando en su súbita conversión a la decencia, es un desatino. Más cuando cabría venir directamente en ayuda de los depositarios y cuentacorrentistas a quienes se priva de sus ahorros, mediante un dispositivo general de garantías personalizadas.

De igual manera es insensato pretender que, sin un marco rígido de disposiciones compulsivas, el mundo de las finanzas renunciara a sus tan rentables prácticas. Pues como apuntaba el sábado pasado si los mecanismos de titrización, mercados a término, técnicas del LBD se ponen difíciles, pronto surgirán otras. O mejor ya han surgido, dado que las Credit-Default Swap o seguros de impago, mediante los cuales uno se asegura por los riesgos de un tercero, permiten una desmultiplicación casi ilimitada de dichos riesgos y de su operatividad, y representan ya un volumen de 62. 000 millardos de dólares.

Si los Estados quieren de verdad adecentar el mundo financiero en vez de recapitalizar a las entidades fulleras, ¿por qué no crean un Servicio financiero público y se dejan de nacionalizaciones parciales e interesadas? ¿Por qué no acaban con las cuentas número y ponen fin definitivamente al secreto bancario que cubre tantas ignominias y hace posibles tantas impunidades? ¿Por qué no se establece una Autoridad Mundial de Control que asegure el cumplimiento de las normas y, entre otras cosas, designe unos expertos públicos responsables del rating de los mercados financieros? Y sobre todo ¿por qué no se clausuran los 37 paraísos fiscales más conocidos, lugares para el confortable acomodo del botín de la criminalidad organizada sin los cuales las mafias de la droga y las armas y las bandas especializadas en la evasión fiscal y el blanqueo tendrían la vida mucho más difícil? Esa clausura sólo depende de los Estados. ¿Por qué no lo hacen? Y para terminar, ¿por qué no volvemos a la propuesta del Premio Nobel de Economía James Tobin en 1983, de crear una tasa del 0,5% sobre todas las transacciones financieras para limitar la atractividad de lo financiero y con su producto alimentamos un Fondo para el logro de los Objetivos del Milenio?

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