Reggio’s Weblog

El frío juego de política del poder, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

La Unión Soviética no es un país como los otros. Es casi un continente en que se encuentran Europa y Asia”. Con estas palabras comenzaba la gran especialista de temas rusos Hélène Carrère d´Encausse su libro L´empire éclaté, publicado en 1978 pero ahora absolutamente necesario si se quiere entender lo que ocurre en Georgia. Henry Kissinger, con el peso de su saber en política exterior, escribió en Diplomacia:”A lo largo de la historia, Rusia ha constituido un caso especial”. Y añade: “El imperio ruso, desgarrado entre la obsesiva inseguridad y su celo proselitista, entre las exigencias de Europa y las tentaciones de Asia, siempre desempeñó un papel en el equilibrio europeo pero emocionalmente nunca formó parte de este”.

Este situarse un poco a distancia de los hechos actuales es un ejercicio previo, diría que casi obligado, para pasar a su entendimiento. La realidad de que Rusia es, hoy, el único imperio europeo. La mayor potencia militar de nuestro continente y segunda del mundo. Con creciente potencialidad económica, de la que es expresión más vistosa la producción de petróleo y gas con que nutre mayoritariamente a casi dos tercios de las necesidades energéticas de los países de la UE. Y dotada de una extensión territorial inmensa entre Europa y Asia. Pensar que el tándem Putin-Medvedev decide y opera sin mentalidad de gran potencia, en definitiva imperial, aunque herida, da la impresión de acercarse a la ingenuidad.

En los años de la guerra fría hubo quien advertía que los dirigentes soviéticos pensaban casi tanto en términos de imperio como de expansión del comunismo internacionalista. Con Stalin se hizo evidente. Al fin de la Segunda Guerra Mundial colocó bajo dominio soviético a media Europa. Fue el momento álgido de Rusia como imperio. La culminación del zarismo. Todos lo imperios europeos, continentales o coloniales, acabaron. Quedó el ruso, la URSS.

Que otro poder -Estados Unidos- se le interpusiera en el camino, extendiendo a todo el mundo una forma de hegemonía y superpoder sobre el cual se ha prodigado el calificativo de imperialista no quita ni un ápice de veracidad a la calidad imperial de la Unión Soviética, heredera en esto de los zares. Ni siquiera lo desmiente la caída del comunismo y la desmembración parcial de lo que fue la URSS. Que, para ser más exactos, sufrió una amputación. Así pues, imperio amputado, no desintegrado.

La herencia imperial conllevaba el problema de su enorme heterogeneidad. De pueblos, razas, lenguas, religiones. Algo que dio quebraderos de cabeza a los Lenin y Stalin. Habían clamado contra el zarismo como “prisión de los pueblos”. Y, al llegar el momento de obrar en consecuencia, es decir, de liberarles, la opción consistió en crear una ficticia federación de nacionalidades. La realidad impuso que del “internacionalismo socialista” hubiera que pasar al nacionalismo ruso en forma de federación y de este al dominio imperial sobre una serie de naciones europeas sovietizadas, los conocidos como países satélites hasta media Alemania. Un proceso que al derrumbarse el régimen comunista soviético se vino abajo estrepitosamente. Y llegó la “época de las turbulencias” de Yeltsin, que Putin y Medvedev se han propuesto convertir en otra de recuperación de la grandeza de Rusia. El choque ideológico comunismo-capitalismo había terminado. No los intereses y pugnas nacionales.

Queda abierto el capítulo de los nacionalismos y su vertiente imperialista. ¿Volvemos atrás o seguimos donde siempre? Sencillamente estamos en lo que el citado Kissinger llama “frío juego de política del poder”. Los europeos comunitarios, para justificar nuestra escasa relevancia en este terreno, nos empeñamos en introducir elementos morales, de derecho, humanitarios. También lo hace Estados Unidos, desde siempre. Y por esto se habla de guerras humanitarias, de interposición, de tropas pacificadoras. En Moscú califican a los soldados rusos en Georgia de “fuerza de pacificación”. ¿Es la respuesta a los argumentos occidentales sobre la intervención en los Balcanes? ¿Osetia del Sur y Abjasia por Kosovo? ¿Tropas rusas como garantes de paz en Georgia por las de la SFOR y la KFOR en Bosnia, en Kosovo?

Entrar en este juego del “tú comenzaste” es por demás. Aunque ciertamente Bush abrió la caja de los truenos con su guerra “preventiva” en Iraq. Hay dos áreas en que Europa se trocea en un rompecabezas territorial, étnico, religioso. Nacionalismos minúsculos y grandes nacionalismos. Tendencias segregacionistas e integracionistas. Son la ex Yugoslavia y el Cáucaso. La UE sabe muy bien que al poner el pie en este terreno movedizo como miembro de la OTAN, es decir, siguiendo a Estados Unidos, comporta frecuentemente ir más allá de lo prudente. Consciente como es de que por ahí se encuentra con “el país que no es como los otros” de Hélène Carrère d´Encausse y con el “caso especial” de Kissinger: Rusia. La primera potencia europea. El imperio euroasiático, recortado pero no desintegrado ¿Acosado, sometido a presión? Todo imperio se ha creado y mantenido paradójicamente bajo la doble pulsión expansiva-defensiva. ¿No dice Bush que los soldados norteamericanos defienden en Iraq a sus familias, sus hogares? ¿Y Medvedev, que Rusia debe “defender a los ciudadanos rusos estén donde estén”, llámese Ucrania o Estonia, por ejemplo?

Frente a esta lógica de las relaciones de poder está el buen sentido de la canciller Merkel, quien, al decir que “no todos los pueblos que quieren abandonar un estado están en condiciones de hacerlo”, advierte: “Y esto en Rusia lo saben”, en alusión a la misma intrincada heterogeneidad del complejo estado federal ruso. Consideración que nos lleva a otra cara del conflicto de Georgia, merecedor de capítulo aparte.

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