Reggio’s Weblog

Una vuelta de página, de Jorge Edwards en El País

Posted in Cultura, Literatura, Política by reggio on 23 agosto, 2008

Las imágenes del entierro solemne de Alexandr Solzhenitsin, con su ataúd descubierto, desbordante de flores, rodeado por el jefe de Estado de mano en el corazón, los grandes dignatarios eclesiásticos de la Rusia de hoy, la familia, los guardias militares uniformados, las banderas y los emblemas, son impresionantes para cualquiera, pero sobre todo para una persona de mi generación.

Yo me encontraba en Francia de recién estrenado tercer secretario de la Embajada chilena cuando se publicó en Occidente Un día en la vida de Iván Denisovitch. Esa novela, en aquellos días de comienzos de la década de los sesenta, fue una sorpresa extraordinaria: una indicación clara, cierta, de que detrás de la Cortina de Hierro, debajo de las capas de hielo del estalinismo en retroceso, había una vida que palpitaba, una humanidad que trataba de manifestarse. Ahora parece probable que sin la denuncia de los crímenes de Stalin, iniciada por Nikita Jruschov en 1957, y sin la primera apertura del propio Jruschov, sin lo que se llamó entonces el deshielo, esa obra de Solzhenitsin no habría podido salir nunca a la luz y leerse en todos los idiomas. Ese texto demostraba, con su veracidad, con su fuerza interna, con su honestidad indudable, que la gran tradición de la novela rusa del siglo XIX, la de Dostoievski y León Tolstói, la de Turgueniev y Antón Chéjov, no había desaparecido del todo.

Nadie creyó en el mundo literario europeo que Solzhenitsin alcanzara los niveles de Guerra y paz o de Crimen y castigo, es decir, los niveles más altos de la literatura de todos los tiempos, pero había un aire, una atmósfera, un clima emocional que eran reconocibles. Aunque fuera un personaje más modesto, más limitado, menos arrebatado, Iván Denisovitch pertenecía a la misma especie humana de un Raskolnikov, de un príncipe Mishkin, de un Pierre Bezujov. Las décadas del estalinismo, en buenas cuentas, no habían conseguido destruir las raíces de la espiritualidad rusa. De alguna manera, este fenómeno, esta comprobación esencial, anunciaban el inevitable cambio futuro. Se producía una situación mental paradójica: la vuelta del pasado, al menos en los terrenos del arte, anunciaba la aparición de tiempos enteramente nuevos.

Porque solíamos escuchar la voz de algunos poetas que habían conseguido sobrevivir o que habían aparecido de repente, no se sabía cómo, en las generaciones jóvenes -los Vozneziensky, los Evtuchenko-, pero daba la impresión de que la censura oficial, la represión generalizada, el imperio de las consignas, habían terminado con el género de la novela, género incorrecto, impertinente, provocativo por definición, para siempre. Y el insospechado relato de Alexandr Solzhenitsin, que llegaba desde el fondo de la vida cotidiana rusa, era una prueba impresionante, contundente, de lo contrario.

Me tocó asistir en Salzburgo, en la primavera de 1964, invitado por el editor y poeta Carlos Barral, a una encendida discusión acerca de los valores comparados de Nathalie Sarraute, de Jorge Luis Borges y del autor de Un día en la vida de Iván Denisovitch y de Pabellón de cancerosos, novela que ahora no sé si ya se anunciaba o si acababa de aparecer en las librerías occidentales.

Borges, el conservador, surgía en esos días como el gran renovador literario: la expresión más refinada, más original y a la vez más insólita de la nueva literatura latinoamericana. La francesa Nathalie Sarraute, a la cabeza del llamado nouveau roman, era la experimentación literaria encarnada, una etapa diferente de la gran vanguardia estética del siglo pasado. Solzhenitsin, en cambio, resultaba muy difícil de clasificar. Nadie podía negar su evidente interés político y hasta moral, pero su primera novela, en el ambiente crítico de aquellos días, parecía demasiado lineal, anacrónica, decimonónica.

No sé si los críticos de la reunión de Salzburgo, la gente como Roger Caillois o como Gabriel Ferrater, se equivocaban en sus juicios más bien severos acerca del novelista ruso. Quizá no erraban en las dimensiones narrativas, estéticas, puramente formales, pero creo que no prestaban la debida atención al aspecto más impuro, menos abstracto, menos exclusivamente verbal, que tiene y que siempre ha tenido la novela en comparación con la poesía. Alexandr Solzhenitsin, en efecto, era un novelista del siglo XIX extraviado en lo mejor del siglo XX.

Pero había otro aspecto digno de ser considerado: Sarraute era una delicada tejedora de lenguaje, una maestra indiscutible; Borges, un asombroso contador de historias, un filósofo desconcertante, un humorista, un bromista superior. Solzhenitsin, en cambio, admirado y vapuleado, aunque no fuera un novelista de la categoría de Dostoievski, era un auténtico personaje dostoievskiano, un Mishkin, un miembro de la familia Karamazov, una especie de pope iluminado y extraviado en las estepas y en las provincias de la vida soviética.

Desde una perspectiva exclusivamente formal, el formidable Archipiélago Gulag que vino más tarde es una aberración: mezcla de novela, investigación histórica, alegato, confesión, testimonio personal. Fue un libro excesivo, sin duda, pero a la vez absolutamente necesario en un siglo de excesos, de violencia desatada, de crueldades interminables. Muchos creen que su autor al final se equivocó y que terminó convertido en un santón, un integrista ruso más o menos sospechoso y hasta incómodo. El caso es que había propinado un mazazo feroz a algunos de los pilares ideológicos de su siglo, y el remezón, en definitiva, había sido saludable, redentor, incluso.

Recuerdo, ahora, a propósito de Solzhenitsin, una historia interesante de Pablo Neruda cuando era embajador en París durante el Gobierno de la Unidad Popular chilena. En su calidad de gran abanderado de la causa comunista en Occidente, el poeta sostenía que los golpes soviéticos en contra de sus disidentes se traducían en golpes equivalentes contra los intelectuales comunistas occidentales. Era un argumento equívoco, desequilibrado, por la sencilla razón de que los ataques occidentales no conducían al gulag o a la destrucción física.

Sea como sea, Leonid Bréznev, entonces jefe del Estado soviético, hizo un viaje oficial a Francia y le concedió una entrevista al poeta y embajador del Chile de Allende. “Pienso hablarle de Solzhenitsin y nosotros”, me aseguró Neruda. Lo acompañé en el automóvil nuestro y lo esperé en la antesala de la Embajada soviética en París. Poco después, cuando regresábamos a la Embajada chilena, situada al otro lado del edificio de los Inválidos, le pregunté si le había hablado a Bréznev, como había anunciado, del autor del Archipiélago Gulag. “Sí”, dijo Neruda, “le hablé”. ¿Y qué te respondió? “Absolutamente nada”, me dijo Neruda, “sin inmutarse: me escuchó con expresión de paciencia, y cuando terminé mi argumentación, cambió completamente de tema”.

Era imposible imaginar un silencio más elocuente, más terminante. En los años de Bréznev, Solzhenitsin, el sucesor de Dostoievski, había dejado de existir, y hasta fue privado de su nacionalidad y expulsado de su tierra. Nosotros también supimos de esas cosas, de esos destierros y esos silencios, en el tiempo que siguió. Y ahora me pregunto qué habría sucedido si Leonid Bréznev, el oscuro, el coleccionista de automóviles de lujo, el último de los secretarios generales a la antigua, hubiera sobrevivido y hubiera muerto en estos días. ¿Habría tenido los funerales de Estado, las banderas y las guardias militares del por él silenciado, ignorado, humillado Solzhenitsin? Supongo que no, y esto me lleva a reflexionar una vez más sobre el poder secreto, nunca entendido a tiempo, pero dominante en última instancia, de la literatura.

Jorge Edwards es escritor chileno.

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El guante de Dios, de Pedro Ugarte en El País del País Vasco

Posted in Derechos by reggio on 23 agosto, 2008

La migración es anual, y nadie la dirige. Su fin no es inteligente ni inteligible

En la prensa del verano siempre asoman articulistas que ejercen de divinos y nos hablan, con la autoridad que dan el trato y la frecuencia, de cierto encantador café de un barrio lisboeta, de las vistas que ofrece aquel hotel de cinco estrellas de Estambul o de los inigualables dry martinis que se sirven en un exclusivo enclave de Bengasi, a salvo de la sharia, frecuentado por especuladores del petróleo, agentes de la CIA y estetas como aquel que nos lo explica. Pero el verano exquisito apenas discurre, para el común de los mortales, por las entrañas de la prensa. Nosotros, los mortales, tomamos el sol al margen de las recomendaciones que difunden los diletantes. Los trabajadores del paisito (incluso los descreídos, que no tenemos fe ninguna en el Estado benefactor) descansamos en las abigarradas playas de Levante, entre tarteras llenas de merluza frita y niños que orinan allá donde mueren las olas.

El descanso adquiere formas multitudinarias. En verano, el cuerpo social se convierte en una colonia de anónimos insectos (hormigas, termitas o alguna otra de esas terribles especies comunistas) que emprende una masiva migración, una colonia sin dirección inteligente, una colonia que se mueve al dictado de leyes biológicas, una mano aún más invisible que el invisible guante del que habló Adam Smith. Se trata, quizás, del secreto guante de Dios.

El contraste supone un perfecto ejemplo de la horrenda distancia que separa la existencia humana (real, materialista) de sus fantásticas ensoñaciones. Los articulistas estivales salpican la prensa de selectas pinceladas: láminas de salmón de Alaska en su garganta, o ese cóctel que prepara como nadie cierto barman de Bristol o Nairobi, lo cual nada tiene que ver con las apreturas del gentío que se amontona en un aeropuerto canario o las agotadoras colas de la Expo zaragozana, última sala de tortura que ha ideado el ocio postindustrial.

Eso sí, el verano permite al personal hacer un alto en el camino y dejar a un lado sus trabajos. En eso los turistas de la costa, los clientes del masivo chiringuito, sí que nos parecemos a los selectos diletantes de la prensa: por algunas semanas podemos hacer un alto y descansar, o hacer como que descansamos, en un simulacro parecido, sospecho, al de esos articulistas que dicen deambular por los hoteles de Abu Dhabi como Pedro por su casa. Somos parecidos los turistas de tercera y los exquisitos de la prensa agosteña: todos embarcados en la lucha por sacar del verano lo mejor, por exprimirlo, por hacer del ocio un lenitivo. Somos así de previsibles, de paradójicamente infelices. Somos seres indefensos que huyen en busca de algún lugar distinto, aunque al final la oferta de destinos es tan inabarcable que la ansiedad y la frustración se multiplican. Hablamos en serio o en broma de la isla de Rodas, de los cafés de Praga o de Cracovia, de las terrazas nocturnas de Dubrovnik. Quizás hemos estado allí, o quizás no. Todo puede ser verdad o mentira, pero sentimos la obligación de referir algún lugar donde hallar una muesca de paz sea posible.

Hasta la crisis económica ha quedado relegada para septiembre. Y es que las vacaciones son bien de primera necesidad, como el aire o el agua. Otros gastos podrán ser eliminados. Las vacaciones, no. Por eso todos nos movemos en la misma dirección. Nadie nos conduce, pero todos atendemos a la llamada, el imperativo de encontrar algún lugar. La migración es anual, y nadie la dirige. Su fin no es inteligente ni inteligible. La ordena una mano invisible. O el mero guante de Dios, donde acaso nunca ha habido mano alguna.

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¿Adelanto electoral?, de Santiago Lago Peñas en El País de Galicia

Posted in Política by reggio on 23 agosto, 2008

Desde la perspectiva del Gobierno de la Xunta, la decisión de adelantar a octubre las elecciones autonómicas no es fácil porque hay que tener presente varias cuestiones. Las relaciones intra e inter partidos son relevantes. En mayor o menor grado, la posición del PSOE estatal es importante para el PSdeG. José Luis Gómez firmaba un buen análisis de esta cuestión hace unos días en las páginas de EL PAÍS. Por otro lado, y aunque la fecha de los comicios la decide el presidente gallego, la opinión de sus socios de gobierno es algo a tener presente.

Las claves de la decisión no se detienen aquí. Sin ánimo de exhaustividad, me voy a referir a cinco de ellas. Al menos hasta el verano de 2009, los indicadores de actividad económica y empleo van a empeorar progresivamente. Desde esta perspectiva, parecería aconsejable adelantar todo lo posible las elecciones. Es verdad que desde hace tres años la economía gallega crece más que la española, que este resultado es desconocido en perspectiva histórica, y que la crisis está incluso ampliando el diferencial positivo a favor de Galicia, lo que debería interpretarse positivamente por los votantes. No obstante, puede ser difícil trasladar el mensaje de que las cosas se están haciendo mejor en el resto de España, cuando en Galicia nos situemos en crecimientos interanuales del PIB por debajo del 1%, que llegarán antes del verano pero probablemente después de octubre, y con una tasa de paro que remontará también antes del verano de 2009.

En segundo lugar, la negociación sobre la financiación autonómica, que se cerrará entre noviembre y diciembre de 2008, va a ser muy dura y puede desgastar a los gobiernos autonómicos: ninguno de ellos va a lograr que se aprueben todas sus demandas y la oposición en los respectivos territorios podrá jugar electoralmente con ello. Unas elecciones en octubre dejarían la cuestión de la financiación autonómica en un segundo plano.

En tercer lugar, la negociación de los Presupuestos tiende a ser más compleja en el caso de los gobiernos de coalición. Es verdad que el bipartito y, en particular, el conselleiro de Economía han mostrado una gran capacidad en este sentido, al aprobar ya tres presupuestos en plazo; el primero de ellos en tiempo récord y el tercero incorporando novedades acertadas. Sin embargo, los Presupuestos para 2009 pueden ser especialmente difíciles de cuadrar justo antes de las elecciones. Porque probablemente la crisis económica no va a permitir que el gasto aumente mucho más allá del 4%, convirtiendo en sudoku el encaje presupuestario entre consellerías. Nuevamente, el anticipo puede deslindar presupuestación y elecciones; con un coste asumible en términos de gestión pública si las cuentas se aprueban en el inicio de 2009.

En cuarto lugar, no hay que perder de vista que un adelanto de ocho meses puede imposibilitar el cumplimiento de algunas propuestas electorales y, con ello, afectar negativamente al balance de legislatura. En los últimos meses se han acumulado borradores de nuevas políticas y proyectos de ley que necesitan tiempo para poder pasar correcciones y trámites. Sin duda, el Gobierno va a hacer un balance de situación para determinar si con lo que se pueda cerrar hasta octubre es suficiente para presentarse ante los electores o, por el contrario, sería prudente aguardar a completar la lista.

Finalmente, resulta necesario referirse a los posibles costes que el anticipo electoral puede suponer en términos de reputación y credibilidad del Gobierno. Los resultados de un trabajo de José María Maravall sobre las estrategias de adelanto electoral (The strategy of electoral timing) son oportunos aquí. Tras analizar 332 elecciones en 22 democracias parlamentarias entre 1945 y 2003 descubre que, en promedio, la anticipación voluntaria de la fecha de las elecciones es de 6,3 meses, y que el anticipo de elecciones no es interpretado por los electores como señal de un futuro sombrío, que resulte en menor apoyo al Gobierno. La popularidad de los gobiernos no cae con la convocatoria de elecciones antes de plazo. Lo dicho, la decisión no es fácil.

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Eutanasia, ¿un debate trucado?, de Manuel Aznar López en La Vanguardia

Posted in Derechos by reggio on 23 agosto, 2008

Es esta, en lo atinente a la palabra, una desdichada época, en la que una copia de políticos en general y de legisladores en particular, en vez de acomodarse a las pautas gramaticales y a los cánones lingüísticos, la emprenden a golpes, un día sí y otro también, contra gramática y diccionario, pariendo leyes de lectura insufrible o proponiendo, sin el menor recato verbal, descabelladas modificaciones lexicales. Por ello, a la hora de afrontar cualquier debate, es menester, como ineludible introito, tomarse la molestia de delimitar con cuidado el terreno de juego, no vaya a ser que, pensando en dialogar sobre tal o cual objeto, se acabe discutiendo acerca de un asunto inopinado. No en vano decía Confucio que las palabras del hombre honrado deben adecuarse a las cosas y corresponder a ellas con exactitud.

Viene lo anterior a cuento por las declaraciones, realizadas semanas atrás por un notorio político, en torno a la intención del partido gobernante de abrir un debate sobre la eutanasia, a cuyo efecto aludía a la conmoción que produjo el largometraje Mar adentro.Pues bien, mal empezamos tal debate cuando se coloca al filme de marras como mascarón de proa de la nave eutanásica, pues no parece que aquel refleje la historia de un caso de eutanasia.

Según el diccionario de la Real Academia Española, eutanasia es “la acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. Y, en una segunda acepción, significa “muerte sin sufrimiento físico”. Pues bien, el propósito del protagonista de Mar adentro no cuadra con el segundo significado, pues su pretensión no era morir sin sufrimiento, sino hacerlo para dejar de sufrir, que no es lo mismo. En cuanto a la primera acepción, por paciente desahuciado se entiende, conforme al diccionario, el que no tiene posibilidad de curación, lo que incluiría enfermedades irreversibles, pero no mortales. Ahora bien, debe repararse en que también se habla de acelerar la muerte, lo que remite a dolencias que, además de ser incurables, estén en fase terminal.

Y resulta que dicho protagonista estaba afectado de una tetraplejia y esta no es, ni por asomo, una enfermedad terminal.

No quisiera incurrir en la osadía de contradecir a quienes piensan que el filme ganador de un Oscar relata un supuesto de eutanasia, pues es archisabido que, en estos tiempos relativistas, realidad y fábula se rigen por el principio democrático y la mayoría parece haber dictado sentencia inapelable: lo de Mar adentro es un caso de eutanasia y vale ya. Pero la verdad es la verdad, aunque la diga un porquero frente a cien Agamenones, y yo no veo en fase terminal a los parapléjicos que conozco.

Antes bien, los encuentro dispuestos a afrontar cotidianamente, con sus penas a cuestas y con sus alegrías en bandolera, la tarea de existir, habiéndoselas con sus problemas de movilidad, que procuran paliar mediante ayudas técnicas. Así le ocurría, por ejemplo, a mi buen amigo, recientemente fallecido, el ingeniero Francisco García Aznárez, a quien su tetraplejia no impidió tener una vida familiar feliz y desarrollar una actividad profesional fecunda. Sin embargo, acaso por estar en el polo positivo de la discapacidad, las historias de Paco y de otros como él nunca inspirarán – o tempora, o mores!-ni un cortometraje.

No siendo la tetraplejia una enfermedad terminal, se me antoja, por ello, que urge esclarecer los límites de la cancha dialogal, para saber con certeza a qué atenerse, máxime cuando el asunto no es precisamente baladí. Confieso, empero, que no abrigo ninguna esperanza de que, antes de abrirse el debate, se definan con claridad las aguas en las que se quiere botar la fúnebre barca de Caronte. Lasciate ogni speranza voi che abitate en este país, donde, cuando es menester, se enmienda la plana al diccionario o se fuerza a conveniencia el significado secular de instituciones jurídicas inmemoriales. Es más, si a los guardianes de lo políticamente correcto se les ha metido en el colodrillo, a lo que parece, llamar eutanasia al suicidio asistido, pues a san joderse tocan, como dicen en algunos lugares. Si el diccionario se opone, peor para el diccionario.

No obstante, resulta de todo punto necesario que se patentice el objeto de la reflexión propuesta -eutanasia, cooperación al suicidio, ambas cosas, o ninguna de ellas-, de modo que no se acabe desembocando en un debate trucado, a través de una suerte de tocomocho conceptual. Y es que tengo para mí que, para evitar el confusionismo, debería seguirse el consejo del confucionismo.

MANUEL AZNAR LÓPEZ, miembro correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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Fracaso duradero, de Alfredo Abián en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 23 agosto, 2008

Hemos soportado un mes con el foco internacional tratando de deslumbrar a Rusia. Un aprendiz georgiano era el jefe de iluminación de la obra. Pero se le fundieron los reflectores y el sorprendido actor invitado rompió el guión. A punto estuvo de destrozar todo el escenario. Directores ocultos tras las bambalinas formularon exigencias al intérprete moscovita y le amenazaron con extraños escudos si no regresaba a su casa. Pero hete aquí que la teatralidad se interrumpió de forma súbita. Había irrumpido de nuevo en escena el verdadero enemigo, el que ante los ojos de Occidente fue presentado como la encarnación de Lucifer: el talibán. Mientras media humanidad rebuscaba en indescifrables mapas caucásicos la localización de Tiflis, la guerrilla integrista afgana mataba a diez soldados franceses en una emboscada, perpetraba ataques suicidas contra una base estadounidense y, de propina, nos obsequiaba con varias masacres en Pakistán. ¿Se acuerdan de la operación Libertad Duradera? Pronto hará siete años que se inició la invasión de Afganistán, en réplica a los atentados del 11-S en Nueva York y Washington. Había que capturar, vivo o muerto, a Bin Laden. Y en tal empresa se embarcó la OTAN, España incluida. Los más optimistas confiesan que la mitad del país ha vuelto bajo el control talibán, que los 60.000 soldados aliados no dan abasto y que al presidente Karzai lo llaman irónicamente alcalde de Kabul, ya que a duras penas controla la capital. Pero para seguir afrontando este fracaso duradero, Estados Unidos necesita conservar el apoyo que Rusia le prestó desde el primer momento. Ironías geoestratégicas. Quienes se jactaron de hundir a la Unión Soviética armando a los yihadistas para que la derrotaran en Afganistán necesitan ahora el respaldo de sus herederos.

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Tensión en el Govern por la prórroga en la financiación, de Francesc Bracero en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 23 agosto, 2008

Carod se queja de que ICV ignorara a ERC en el pacto con el Gobierno

Aparecen los primeros síntomas de debilitamiento de la unidad del tripartito. El pacto que ICV hizo con el Gobierno para retirar su petición de comparecencia del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en el Congreso a cambio de un compromiso de que habrá acuerdo de financiación en un plazo de tres meses ha agriado las relaciones en el seno del Govern. Un claro indicio de la desconfianza entre los socios se refleja en que ni PSC ni ICV informaron a ERC de las conversaciones que el líder de los ecosocialistas y conseller de Interior, Joan Saura, mantuvo desde el pasado domingo y hasta el pasado martes con la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega.

Carod se quejaba ayer en voz alta, ante los micrófonos de Catalunya Ràdio, al recordar que era el presidente de la Generalitat en funciones mientras Saura pactaba en secreto con De la Vega en Vilanova i la Geltrú que habrá acuerdo de financiación para el mes de noviembre, a cambio de que Zapatero no tenga que comparecer en el Congreso y de que sea el vicepresidente Pedro Solbes quien se explique en la Cámara la semana que viene.

En Iniciativa han captado que sus socios de Esquerra están entre perplejos y enojados por el pacto con la Moncloa. Ya lo captaron el martes con las invectivas que su portavoz en el Congreso, Joan Ridao, dirigió a su homólogo de ICV, Joan Herrera, al que acusó de practicar una política de “calientabraguetas”.

El vicepresidente de ICV, Jordi Guillot, admitió ayer en TV3 que “quizás fue un error” no informar a Carod de las conversaciones con el Gobierno.

Pero además de ese pacto hay otra circunstancia clave que puede llegar a agravar las relaciones entre los socios del tripartito. El pacto De la Vega-Saura establece que el acuerdo entre el Gobierno y la Generalitat se cerrará en tres meses. Es decir, en noviembre, antes de la votación de los presupuestos generales del Estado.

El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, uno de los barones del PSC, adelantó que los socialistas catalanes seguirán la disciplina del grupo parlamentario socialista del Congreso.

Tiempo ha faltado a ERC y a ICV para expresar sus temores de que la unidad de los partidos catalanes por la financiación pueda romperse. Por ello, han emplazado al PSC a que aclare su posición. Carod, diplomático, consideró que las palabras de Corbacho no hacen sino confirmar que en noviembre habrá un buen acuerdo de financiación que hará que los socialistas catalanes voten con gusto los presupuestos. Pero el conseller de la Vicepresidència es consciente de que no era ese el mensaje de Corbacho.

Las incógnitas aparecen justo cuando el tripartito catalán se dispone a cerrar una propuesta propia de financiación, a consensuar con Convergència i Unió, como modelo de referencia que le sirva para negociar con el Gobierno central un nuevo sistema.

Falta conocer el papel del president José Montilla, que vuelve el lunes, cuando está previsto que se reúna la ejecutiva del PSC. La solución debe saberse en 90 días.

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De la (in)seguridad en los aviones, de Santiago Areal y Raúl Hernández en El Mundo

Posted in Derechos, Medios, Política by reggio on 23 agosto, 2008

TRIBUNA LIBRE

Los autores desgranan el procedimiento de investigación que, de acuerdo con la legislación española, se sigue en caso de accidentes catastróficos como el de Barajas

El elemento seguridad, materia de ineludible atención en cualquier actividad emprendida por el hombre, posee en la aviación civil un cariz distintivo, ocasionado por la ingente cantidad de pérdidas humanas y la proporcionalidad de los daños materiales que puede llegar a ocasionar un accidente aéreo.

La seguridad operativa es aquella cualidad mediante la cual los acontecimientos relacionados con el aerotransporte aparecen exentos de todo peligro, daño o riesgo. En consecuencia, el alcance de esta seguridad comprenderá todas las medidas aplicables a los tres ámbitos implicados en el vuelo: la aeronave; las infraestructuras de servicios en tierra; y el factor humano.

El pasado 20 de agosto un avión de la compañía Spanair sufrió un accidente en el aeropuerto de Madrid-Barajas, con el fatal desenlace por todos conocido. Desgraciadamente, no es la primera ocasión en la que sucede algo parecido. Sabemos, porque así lo reflejan las estadísticas, que el transporte aéreo es con diferencia el medio de locomoción más seguro. Sin embargo -y más en este caso porque los hechos han golpeado a familias españolas-, algo nos dice que nunca podremos acostumbrarnos ni superar nuestros miedos. Rara vez los accidentes automovilísticos muestran la intensidad que estos días palpamos tras el siniestro de la T4. La dinámica en casos así, a su vez, es la misma de siempre. Parece que todos, familiares de víctimas, sociedad y medios de comunicación, queremos saber más, queremos conocer el porqué. Los tiempos para las respuestas ya están marcados, y éstas vendrán determinadas por lo que establezca la Comisión de Investigación. Este es momento para el apoyo y la ayuda encaminada a superar el tan difícil trance, para que las familias rindan honores a los fallecidos.

También es el momento de exigir a todas las personas y autoridades implicadas en el esclarecimiento de los hechos el máximo rigor en su trabajo, que no es otro que la búsqueda de la verdad, de lo que realmente allí sucedió. Dejemos por tanto que realicen su función de la forma más diligente; y no sólo porque se lo deben a los fallecidos, sino también a su memoria y a sus parientes. Tiempo habrá, más adelante, para hablar de indemnizaciones, tribunales competentes o seguros.

No se pueden eludir las reacciones naturales de impacto, frustración e incertidumbre ante un accidente de esta naturaleza. La aviación ha experimentado en las últimas décadas un sensacional avance tecnológico, gracias a la labor continuada de las autoridades y organismos internacionales, las compañías aéreas, el personal aeronáutico y de gestión de control de tráfico aéreo, los fabricantes de aeronaves, y todas las entidades relacionadas con el ya centenario aerotransporte civil de pasajeros. Sin embargo, dadas las circunstancias catastróficas del evento, resulta complicado tratar de explicar que el transporte por vía aérea, al igual que cualquier otro medio de locomoción -e incluso que cualquier otra actividad realizada por el hombre- no es infalible.

A pesar de que la seguridad sea la prioridad número uno del sector, hablamos de una actividad socio-técnica compleja y no exenta de riesgos. Estadísticamente, el lapso comprendido en las maniobras tanto de despegue como de aterrizaje suele ser la etapa más crítica, pues requiere de una interacción precisa entre el elemento humano y la nave -que está expuesta a su vez a las circunstancias climáticas que rodean la maniobra-. Es una fase en donde las comunicaciones con las infraestructuras de gestión y control de vuelo resultan vitales. A nivel mundial, en los tres años anteriores, 18 accidentes con víctimas mortales sucedieron en la fase de aterrizaje: 10 durante maniobras de descenso para el mismo y nueve durante las operaciones de despegue.

Dentro del despegue pueden suscitarse problemas técnicos o humanos, como la deficiencia en la transmisión de comunicaciones torre de control-aeronave. Este fue uno de los fallos en el impacto entre los vuelos KLM4805 y PANAM1736, del 27 de marzo de 1977, en el aeropuerto de los Rodeos (Tenerife). También pueden encontrarse elementos extraños en pista que dañen funcional o estructuralmente la nave, causa del incendio y posterior impacto del Concorde, el 25 de julio de 2000.

Tras un accidente aéreo, aparece un escenario que demanda acciones inmediatas y concretas, orientadas a la atención y reparación de los daños a las víctimas y sus familiares, así como a la realización exhaustiva de la investigación técnica del accidente. Tal investigación observa un procedimiento cuyas pautas recoge el protocolo del Anexo 13 al Convenio de Aviación Civil Internacional, inspirado en el fortalecimiento del nivel de seguridad operativa de la aeronave, para evitar en el futuro eventos similares.

De esta guisa, será la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes de Aviación Civil la entidad responsable de elaborar el informe que determine las causas y circunstancias que acompañaron al infortunio aéreo del pasado miércoles. Y pese a la más que justificada inquietud por conocer las causas, debemos ser conscientes de que la propia naturaleza del hecho requiere un plazo amplio de investigación, pues las labores que realiza el personal cualificado de la Comisión irán desde la recopilación de toda la información relativa al accidente y el análisis de los hechos, hasta la reconstrucción de un escenario que pueda plantear la causa o concausas fundamentadas de forma racional.

Desde hace cinco años, España cuenta en este ámbito con un orden jurídico especial, que pivota en torno a la Ley de Seguridad Aérea (Ley 21/2003, de 7 de julio). Mediante esta ley se estructuró una plataforma de organización, determinando las competencias de los órganos de la Administración General del Estado en materia de aviación civil, regulando la investigación técnica de los accidentes e incidentes aéreos civiles y estableciendo un régimen jurídico de inspección aeronáutica.

En lo tocante a la investigación técnica de accidentes e incidentes de Aviación Civil (prevista anteriormente por el Real Decreto 389/1998, de 13 de marzo), la Ley de Seguridad Aérea plantea la consecución de tres objetivos esenciales: en primer lugar, el refuerzo de la independencia de la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes de Aviación Civil, limitando las facultades del Ministerio de Fomento para nombrar y cesar a sus miembros. En segundo término, se contempla la obligación de comunicación y colaboración con dicha comisión por parte de autoridades, operadores, titulares de instalaciones y servicios y demás personal aeronáutico. Igualmente, ha de procederse a la clasificación de datos e informes enviados a la comisión, reservando su cesión en aquellos casos en que sea requerida por los órganos judiciales penales o por el Ministerio Fiscal (o por otros organismos de investigación técnica de accidentes e incidentes, cuando tal comunicación constituya una medida para prevenir un accidente o incidente grave en el futuro).

Es tiempo de solidaridad y desconsuelo, pero también resulta un momento oportuno para la confianza en las instituciones y la responsabilidad de las autoridades en el esclarecimiento de este infortunado hecho.

Santiago Areal es profesor de Derecho Internacional Privado en la Universidad Carlos III de Madrid. Raúl Hernández es doctor en Derecho y especialista en Derecho Aeronáutico.

© Mundinteractivos, S.A.

Algunas verdades y mentiras, de Alberto García Pérez en El Mundo

Posted in Derechos, Medios, Política by reggio on 23 agosto, 2008

TRAGEDIA EN BARAJAS: EL ANALISIS

En los últimos días algunos ‘expertos’ han ofrecido explicaciones sobre las posibles causas del accidente del avión de Spanair que no se ajustan a las realidades técnicas. El autor aclara todas las dudas posibles con la limitación de datos que existe

Mucho se ha especulado en torno al accidente del avión de Spanair. Realmente, no sorprende la cantidad de expertos que opinan sobre el tema, pero sí las imprecisiones, por ser benevolente, que dichos expertos vierten y que acaban confundiendo y encrespando a la población. En las próximas líneas, intentaremos aclarar algunos de los comentarios realizados.

1. El avión siniestrado, un McDonnell-Douglas MD-82, es uno de los aviones más fiables que existen. Su tasa de fallo es de 0.52 accidentes cada millón de horas voladas. La media de toda la aviación comercial está en el entorno del 0.68. Obviamente, el avión está por encima de la media en términos de seguridad, si bien hay que aclarar que en la tasa de accidentes no sólo intervienen las cualidades técnicas del aparato sino, más frecuentemente, el factor humano, lo cual es casi independiente del aparato.

2. El avión no era un modelo viejo. Tenía 15 años y estaba, por tanto, en la mitad de su vida operativa. Los aviones actuales tienen una vigencia de 25 a 30 años, gracias a su diseño y a la labor de mantenimiento que se realiza periódicamente. Las revisiones no se realizan cada 500 kilómetros, como indicaba algún medio, sino cuando así lo establezca el manual del aparato en función de los ciclos y/u horas de vuelo acumuladas. Si se iba a jubilar a partir de septiembre se debía únicamente a su excesivo consumo de combustible frente a aviones y motores más modernos. Los comunicados de Spanair aseguran que se han seguido todas las revisiones de mantenimiento, como es obligatorio, y que se habían superado los controles aleatorios de Aviación Civil sobre su sistema de calidad. Esto, en principio, no debe levantar ninguna sospecha sobre la situación del avión.

3. Tras la incidencia del encendido de la luz roja en el cockpit, el piloto optó por ir a una zona de estacionamiento de la T-4. La norma determina la obligatoriedad de desembarcar a todos los viajeros si se vuelve a una puerta de embarque. Para evitarlo, es habitual acudir a una zona de estacionamiento y esperar a que los técnicos decidan.

4. El incidente de la luz roja antes del despegue no tiene por qué estar relacionado con el accidente. Un avión es un vehículo muy complejo con cientos de sistemas incorporados y, por tanto, muchos posibles fallos. Sin embargo, no todos estos fallos afectan a la seguridad en vuelo. Existe una lista que determina el equipo mínimo que se debe llevar para poder volar de forma segura. Por ejemplo, si no funcionan las pantallas de vídeo, el avión tiene un fallo técnico, pero puede despegar. Sin embargo, si falla algún indicador crítico del motor, será necesario cambiar de aparato o repararlo. Cada fallo del avión y del motor tiene asignada una categoría GO (puede volar) o NO GO (no puede volar) y la obligación de la compañía aérea es seguirla a rajatabla.

5. Las reparaciones se realizan siempre de acuerdo a un manual y con procedimientos definidos por el fabricante de la pieza o equipo. En aviación, no existen las tradicionales chapuzas de algunos garajes mecánicos de coches. Existen fallos que se pueden reparar en la propia pista en media hora y otros fallos que exigen que el avión sea llevado a un hangar e incluso que se le extraiga la pieza y se mande al fabricante para su reparación. Ningún mecánico reparará un componente fuera de sus especificaciones.

6. En caso de avería, el personal de mantenimiento puede optar por repararlo en el instante o aislar el problema para arreglarlo más tarde. Por ejemplo: si un grifo gotea, usted puede optar con arreglarlo al instante cerrándolo un poco más o cortar la lleve general y arreglarla más tarde. Spanair optó por la segunda opción. Si el vuelo fue autorizado por el departamento de operaciones de la compañía es que esta decisión estaba de acuerdo con los manuales de reparación y no afectaba a la seguridad en vuelo. Otro asunto distinto es si se ha interpretado bien el fallo. En cualquier caso, si el piloto sospecha de algo extraño, tiene la autoridad para abortar el vuelo, aunque tendrá que justificar adecuadamente esta decisión.

7. Los pilotos no están capacitados para realizar acciones de mantenimiento, pese a que en algunos medios se ha indicado que era práctica habitual en Spanair. Entre sus labores está realizar la inspección visual prevuelo, que consiste en dar una vuelta alrededor del avión para comprobar que no existe nada extraño como una rueda desinflada o alguna abolladura producida por un pájaro que pueda haber dañado el avión. Esta labor se suele delegar en ocasiones a personal de tierra.

8. Los accidentes de avión muy raramente se producen por un hecho aislado, ya que se diseñan para que sean capaces de compensar estos fallos. Normalmente, los accidentes se producen por un cúmulo de circunstancias. Así pues, el fallo de un motor durante el despegue no constituye por sí mismo un motivo de accidente. Los pilotos se entrenan cada 6 meses en un simulador para reaccionar con rapidez. Si ha habido un accidente es porque se ha producido un segundo fallo que, unido a la baja altura, ha contribuido a agravar el problema.

9. Finalmente, la investigación exhaustiva que ha prometido Zapatero constituye una promesa superflua ya que en cualquier accidente aéreo se activan automáticamente los protocolos de investigación cuya misión es establecer, hasta el más mínimo detalle, las causas. En estas investigaciones intervienen especialistas del país donde ha tenido lugar el accidente, del país donde se ha diseñado el avión y los motores, así como especialistas de las empresas fabricantes.

Varias posibilidades

¿Qué ha podido fallar? Es difícil de aventurar en ausencia de datos fiables. Lo único casi seguro es que el accidente no se ha debido producir por un fallo simple, sino por una secuencia de fallos.

Si el motor ha explotado, por ejemplo por la rotura de algún disco de turbina, la metralla generada ha podido afectar a la cola del avión o al otro motor. En el primer caso, el piloto se habría visto incapaz de controlar el avión. En el segundo, la pérdida de empuje habrá hecho que el avión caiga al suelo sin tiempo para reaccionar.

¿Está relacionada la explosión del motor con el incidente de la luz roja? En principio, es difícil encontrar una conexión. Si luz roja corresponde a sobretemperatura de la góndola del motor, entonces una rotura en alguna tubería de aire, como el sistema antihielo, ha podido sobrecalentarla y reducir las propiedades mecánicas de las piezas que componen el motor. Pero, de nuevo, exigiría que otro componente tuviera ya algún tipo de daño severo que habría sido agravado por la sobretemperatura.

Otros motivos para el apagado del motor pueden ser el reventón de una rueda cuyos fragmentos hayan sido ingeridos por éste, como sucedió en el Concorde, o la simple absorción de un pájaro. Estas dos hipótesis difícilmente justifican lo ocurrido ya que son fallos simples, no una cadena de eventos. Por ejemplo, en el caso del Concorde, una pieza sobre el asfalto provocó el reventón de un neumático que acabó penetrando en los tanques de combustible, incendiando el avión y haciendo que los motores se apagaran uno a uno por la ingestión de gases calientes. El avión, en ausencia de potencia, acabó estrellándose. Todo el proceso duró algunos minutos, no fue tan súbito.

El piloto de un avión que estaba aterrizando en el momento del accidente ha indicado que el MD-82 parecía falto de empuje y que estaba consumiendo buena parte de la pista de despegue. Con tan pocas evidencias es difícil aventurar una razón para el accidente. El calor, por ejemplo, causa que los motores proporcionen menos empuje. Entre las compañías aéreas también es habitual emplear despegues flexibles (Flex Take-off), que tienen como efecto reducir la potencia de los motores con el fin de economizar vida en las turbinas pero a costa de recorrer más pista de despegue. Son factores de sobra conocidos y ya se tienen en cuenta para calcular la distancia de despegue. Es difícil pensar que el piloto haya intentado despegar sin velocidad suficiente por miedo a salirse de la pista.

A día de hoy, aparte de algunas de las hipótesis, no hay más remedio que esperar a que la comisión investigadora dé una primera versión preliminar basándose en los datos de la caja negra y los testimonios recogidos.

Alberto García Pérez es periodista de aviación, ingeniero aeronáutico y consultor. Ha obtenido el premio de Aena en 2008 al mejor periodista de aviación.

© Mundinteractivos, S.A.

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Humo, desinformación, de Antonio Lucas en El Mundo

Posted in Derechos, Medios, Política by reggio on 23 agosto, 2008

CABO SUELTO

Se ha jodido agosto entre el algodón del cielo, como escribió Montale. Ya no es tiempo de rimar palabras. Chorrean cadáveres en Madrid, tan lejos. Lo de Barajas es el resultado de la desidia que también encierra el negocio de las compañías aéreas. Volar es más barato porque nos hace más fugaces. Sabemos que algunos aviones se reciclan con una mano de pintura sobre la chapa podrida. A eso lo hemos llamado tecnología punta.

Pero el boquete que ha dejado el cacharro de Spanair en la cuneta de la T4 no sólo enciende un llanto blando de madres. Encierra, además, un renovado ejercicio de desinformación en este mundo ferozmente informado, falsamente documentado con retales de datos. Los pilotos advirtieron del posible aquelarre hace meses en una carta a la empresa, como dijo ayer este periódico. Pero aquí manda la pasta y no convienen los carteros. La verdad no es rentable. Por eso, el silencio y el engaño cotizan en Bolsa. El dinero siempre regresa al hombro de los mercaderes sin dar cuenta del viaje y con una pieza cobrada, como intuyó Karl Marx. Ahora han sido 153.

Lo que alarma de esta tragedia opaca, más allá de los difuntos, es la forma que tiene la agónica Spanair de bloquear la realidad congelando la información, poniéndole bozal a las palabras. Es una manera de impedir que se piense en lo posible; o en lo imposible, que diría Foucault. Las empresas hacen política con el desarreglo agresivo del dolor, con la sinrazón del miedo. La incertidumbre es la nueva anfeta ideológica del milenio. Alcanzó su máximo rendimiento cuando el 11-S, porque la realidad que no se ve no existe.

La otra tarde, Madrid era un tráfico de catafalcos, hileras de muertos, una hoguera de gente anónima y heridos con la sangre tiznada de carbonilla. Lo supimos por la televisión, nos lo dijeron después los diarios. Y de ver, y de leer, y de escuchar quedó dentro este satanismo de las preguntas. Se ha jodido agosto bajo el algodón del cielo, pero alguien tiene que explicar cómo cayó el pájaro, por quién, por qué.

© Mundinteractivos, S.A.

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Ni salvajes ni inocentes, de Javier Ortiz en Público

Posted in Cultura, Medios by reggio on 23 agosto, 2008

En un delirante diálogo de una comedia de Enrique Jardiel Poncela, alguien acusa a una señora peripuesta y enjoyada de ser una salvaje. A lo cual ella responde: “¿Yo salvaje? ¡Pero si soy de Mallorca!”. El hijo de la dama, que asiste desolado a la escena, dice a su progenitora con gesto abatido: “¡Mamá! ¡Que te han llamado salvaje, no indígena!”.

El pasado miércoles la prensa informó de que se había producido en Argelia “un atentado salvaje”. Recordando a Jardiel, me pregunté: “¿Salvaje? ¿No querrán decir indígena?”

Todos los atentados son brutales: no hay atentados salvajes y otros que no. Si no son salvajes, ¿de qué tipo son? ¿Civilizados? ¿Cultos? ¿Corteses, tal vez?

Recordarán ustedes los tiempos en los que los medios de comunicación pusieron de moda hablar de las “víctimas inocentes” de los atentados. Otro tópico irritante. ¿”Víctimas inocentes”? ¿Y por qué calificarlas así? ¿Para distinguirlas de las víctimas culpables? ¿Y qué es una víctima culpable?

No estoy haciendo ninguna reducción al absurdo. Con más o menos claridad, con mayor o menor conciencia de ello, hay gente que considera que algunas víctimas de acciones armadas ilegales o clandestinas son realmente culpables; que han sido tiroteadas o les han puesto una bomba porque “se lo estaban buscado”. He oído expresiones de ese tenor procedentes de los más diversos bandos y en las más variadas latitudes. Ha habido incluso gobernantes que no han tenido empacho en justificar esas barbaridades, defendiendo que hay causas que merecen ser defendidas “hasta en las alcantarillas”. ¡En las alcantarillas! Es inevitable pensar en El tercer hombre y en la penicilina adulterada de Harry Lime.

En situaciones de guerra declarada (aunque ya nadie declara la guerra, al viejo estilo), los militares se tirotean, se bombardean y se apiolan entre sí sin mayores miramientos. Es una cosa que tienen acordada entre ellos. Pero, fuera de esas situaciones especiales, se supone que nadie está autorizado a cargarse a otro, y menos sin juicio previo.

De modo que ni “atentados salvajes” ni “víctimas inocentes”. Atentados. Víctimas. Sin adjetivos. Con lo sustantivo basta y sobra.

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La destrucción de las cosas, de Antonio Alvarez Solís en Gara

Posted in Economía, Política by reggio on 23 agosto, 2008

Uno de los rasgos de esta época es la degradación programada de las cosas. También la aceptación sumisa por parte de la gente de que las cosas están hechas para no durar más de lo comercialmente necesario. Un sistema demencial que abarca los diferentes ámbitos de la actividad humana, desde la economía hasta la política, tal y como denuncia brillantemente en este artículo Antonio Alvarez-Solís.

Hay algo que me parece evidente en la confusa época en que vivimos: la devastación de la calidad de las cosas, lo que equivale a una destrucción creciente de esas cosas. Es un fenómeno que parece evidente. No sólo todo dura menos sino que está hecho para durar menos. Constituye la gran estafa de la época. Se escatima en fineza de fabricación y en el nulo cuidado posterior de lo que se fabrica. Muchas tragedias e infinitos disgustos menores que sufren los consumidores tienen su origen en la degradación de las cosas y de los servicios. Pensaba en ello mientras seguía las repetitivas informaciones sobre el accidente aéreo de Madrid, del que aún no sabemos el origen cierto, pero sí que el mismo avión abortó un despegue anterior por avería, sufrió una reparación in situ y terminó estrellándose. No quiero suponer precozmente responsabilidades, pero es habitual que muchas cosas sean puestas en circulación sin una precisa garantía de calidad. Veremos en este caso lo que acaban contándonos, aunque varios pilotos experimentados ya han declarado, al menos lo he leído en los periódicos, que quienes manejan las aeronaves están entrenados para despegar con un motor averiado e incluso en llamas. Esperemos, pues, en que acaba este terrible suceso, aunque entre las cosas deterioradas actualmente está la verdad, en primer término. Acerca de este extremo uno se sorprende una vez y otra por el descaro con que los dirigentes mienten, como ocurre de una manera visible e indignante en la política y en el tratamiento de cuestiones tan delicadas como la libertad y la democracia, que son los productos básicos para una convivencia digna de tal nombre.

Al hablar de estos asuntos resulta evidente que la ciencia ha degrado en tecnología y, por tanto, la ciencia misma ha perdido dignidad. Las ideas científicas, que solían partir de una alta y sólida moral aún no hace mucho tiempo, son entregadas hoy, sin resguardo ni control alguno, en manos de quienes no buscan realizar las finalidades presuntamente elevadas de los hombres entregados al menester científico sino que persiguen un sospechoso y urgente horizonte dinerario. A veces reflexiono sobre estos extremos y me agobia la realidad de esta mecánica de compra de almas, tanto en lo que se refiere al alma del hombre de ciencia que sienta los cimientos de la cosa como al alma del consumidor de esa cosa; almas, en estos dos casos, que son confiadas por sus portadores, tantas veces triunfalmente, a quienes las envilecen. Todo este horizonte de miseria moral actúa tanto en el ámbito del mercado de productos elementales como en el distinguido marco de la medicina o de la ley. El ser humano depende hoy de máquinas que pregonan su eficacia para elevar la calidad de vida en un bucle perfecto que finaliza convirtiendo a los ciudadanos en máquinas también; máquinas al servicio de la máquina. Bien mirado nos engañan como a chinos, aunque la manida frase no tenga hoy validez alguna como significante de una radical inocencia de los chinos.

He sentido un pasmo muy profundo cuando me he enterado, y de esto hace ya años, que una inmensa cifra de productos son calculados para durar un tiempo cada vez menor a fin de facilitar su reposición. El propósito es tan claro que los mismos técnicos de reparaciones, que en muchos casos son simples maniobras de sustitución de piezas, lo primero que preguntan cuando acudimos a ellos es la edad que tienen los aparatos u otros artículos que sometemos esperanzados a su competencia. Según la respuesta esos técnicos instrumentan un discurso funeral muy parecido al que protagonizan los amigos cuando les decimos que nuestra centenaria tía Carolina ha muerto. El «¡claro!» con que suelen acompañar la noticia resume perfectamente la situación. Ni la tía Carolina podía pasar de cien años, ya que sobraba en el presupuesto nacional, ni el frigorífico que tiene cuatro era capaz de remontar ese tiempo sin la avería correspondiente.

Dígase lo que se diga en defensa del maravilloso mundo que habitamos lo cierto es que la situación que describimos, y que los lectores conocen obviamente, decanta una lamentable estructura ideológica que empuja a una resignación que nos aleja de la auténtica vida propia de un ser más o menos elevado. La misma democracia, como bien fundamental, no tiene solidez alguna y parece «made in China», aunque digan otra cosa los dirigentes occidentales, entregados a una conspiración escandalosa para hundirnos en lodazal de la ignorancia y en la aceptación de sus irrisorias ideas.

La prueba de la pobreza intelectual de nuestra época está en que este mundo de artimaña y fraude lo vivimos a medias entre la admiración y una resignación final cuando hacen su siniestro efecto las tropelías. En la misma política, sin necesidad de acudir a la fragilidad de las batidoras, es muy normal que aceptemos como dirigentes a individuos que visiblemente están mal fabricados y que hemos adquirido por el folleto fotográfico que nos remiten los partidos llegada la semana de oro de las elecciones. Lo peor es que cuando a estos políticos se les funde el correspondiente chip moral o intelectual y quedan inútiles esperamos que nos remitan otro desplegable con un nuevo individuo que tenga mejor fotografía. La miseria actual de la política es más profunda y destructiva intelectualmente que la miseria bancaria, pongamos por caso, o la miseria de la propuesta militar. Al menos en lo financiero ya sabemos que es absurdo pensar en cualquier rasgo moral. Y lo militar lo revestimos con toda suerte de proclamas heroicas y de músicas celestiales. Pero en lo que hace a la política solemos aceptar su adulteración como una inevitable catástrofe propia de la naturaleza. Incluso admiramos a los que detentan el poder como se admira un volcán cuando entra en erupción. Las chispas, llamaradas y demás expresiones eruptivas se convierten en un espectáculo que nos arrincona contra nuestra pequeñez y nos convierte en individuos tan temerosos como subyugados. Hablando de catástrofes estimo que si el SAMUR funcionase correctamente debería acudir a las sesiones plenarias de los parlamentos actuales. Creo que controlado el daño inicial que en ellos se registra se evitaría la extensión del siniestro a la sociedad civil.

El problema está, pues, en nuestra propia calidad de consumidores. Me parece evidente que estamos asimismo mal fabricados. En mi juventud cuando se adquiría un traje se tactaba la tela y se buscaba el orillo, que era la declaración de calidad del fabricante. Ahora se mira la talla y el precio, pues nadie espera que un abrigo aguante con solidez más de dos años ni unos zapatos soporten la primera lluvia. El caso es comprar lo que sea, quizá porque es la única libertad que nos dejan, no sé si para ponernos el ronzal y las orejeras o para convertirnos en un cheque al portador. Realmente las dos cosas pueden coincidir, como explican algunos sociólogos honrados. El comercio se ha convertido en el opio de los pueblos.

Queda una duda por aclarar ¿Por qué no nos sublevamos contra las gentes que gobiernan hoy el mundo? Pues no lo sé, ya que la gente es consciente de estas desgracias que sufre, mas cuando llega el escándalo muchos ciudadanos deciden parecerse a los embaucadores e imitarlos en apariencias e ideas. Quizá no quieran parecer subversivos. A eso llamaban antes pérdida de la conciencia de clase, que es el equivalente a la pérdida de calidad en los productos que consumimos. Hasta la música hace hoy tan colosal ruido que no podemos oírla.

Antonio Alvarez Solís, periodista.

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Afganistán, el nuevo pantano, de Eduardo Febbro en Pagina 12

Posted in Internacional, Política by reggio on 23 agosto, 2008

EXPERTOS DICEN QUE SE LLEGO AL PUNTO DE UNA “GUERRA SIN FIN”

Un informe de los servicios secretos franceses estima que en ese país del Golfo, la OTAN está en un camino sin salida. Los talibán se volvieron a organizar y ganaron eficacia gracias a la crisis en que está sumido Pakistán.

Desde París

De los dos conflictos desencadenados por las sucesivas administraciones de George W. Bush, el de Afganistán en 2001 y el de Irak en 2003, la Casa Blanca está perdiendo el que, para la opinión pública internacional, es el más legítimo de los dos: el de Afganistán. Esta guerra y la posterior ocupación de ese país por una fuerza internacional es una descendiente directa de los atentados del 11 de septiembre. Fue la purga con que la Casa Blanca castigó a quienes habían protegido a Osama bin Laden y desarrollado las bases de Al Qaida en su territorio. La emboscada tendida el martes pasado por un comando talibán y en la que murieron 10 soldados franceses no sólo constituye el ataque más severo sufrido por la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) desde su despliegue en 2003, sino también la prueba de que los “estudiantes de teología” que tan amigos fueron de los Estados Unidos hasta que Washington los arrancó del poder en 2001 se han vuelto a reorganizar y son capaces de operar en regiones muy cercanas a la capital, Kabul.

Expertos, analistas y los mismos protagonistas reconocen que las opciones son como cartas sin alternativas que conducen a un mismo callejón: la guerra sin fin. El ministro francés de Defensa, Hervé Morin, hizo a la vez un breve e ilustrativo resumen del contexto militar: “Los combates son cada vez más difíciles porque los talibán son capaces de poner en práctica tácticas mucho más aguerridas que antes”. Un informe de los servicios secretos franceses estima que, en Afganistán, la OTAN (Alianza Atlántica) “está en un camino sin salida total y duradero”. Sin embargo, el discurso oficial en las capitales occidentales es el mismo que Bush viene emitiendo desde hace años: la guerra contra el terrorismo, el compromiso con la democracia en esas regiones del mundo, etc. Pero los 70 mil hombres de la fuerza internacional desplegados en territorio afgano desde hace varios años no consiguieron, como en Irak, ni detener la guerra ni regular los hábitos democráticos a la occidental.

Los estudiantes de teología han vuelto al primer plano y su objetivo es Kabul. Habibullah Rafi, un historiador y analista político afgano, argumenta que la resurrección de los talibán se debe en gran medida a la torpeza de los ocupantes: “Cuando los norteamericanos derrocaron el régimen, los talibán se esfumaron. Pero a raíz de los bombardeos, que la mayor parte de las veces causaron pérdidas civiles, los talibán volvieron a conquistar a la población. La gente no los ayuda, pero cierra los ojos”.

En una entrevista publicada por el matutino Liberation, Olivier Roy, uno de los expertos internacionales más sólidos en Asia central y autor de varios libros sobre Afganistán, describió el muro ante el cual se encuentran los ocupantes, con Estados Unidos a la cabeza: “No es posible ganar militarmente esta guerra, pero tampoco es posible irse y dejar a Afganistán en el caos”. Estados Unidos y los aliados que integran la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad afrontan problemas políticos, militares, étnicos y religiosos. A este respecto, Olivier Roy destaca que uno de los mayores errores que cometió la Administración Bush fue negarse a negociar con los sectores más duros del movimiento talibán. “La Administración Bush –explica Olivier Roy– considera a los talibán como un movimiento exclusivamente terrorista. Aquí se ve el obstáculo creado por la Administración Bush con la ideologización de la guerra contra el terrorismo. Sin embargo, esa negociación con un sector de los talibán representa la única salida.”

La OTAN está a tal punto empantanada que, una vez más, parece haber sido incapaz de gestionar con eficacia la respuesta a la emboscada donde murieron los 10 soldados franceses. Los militares franceses que sobrevivieron al ataque narraron escenas dignas de una mala película: largas horas en combate sin apoyo, coordinación errónea, lentitud escandalosa del comando central para enviar los refuerzos adecuados. Uno de los heridos confesó: “Ya no teníamos más municiones”. El relato oficial de la emboscada contrasta hasta el absurdo con los testimonios de los soldados que intervinieron en los combates. Uno de los sobrevivientes contó al vespertino Le Monde que el elevado número de víctimas se explica también porque los militares fueron blanco de disparos de las mismas fuerzas de la OTAN que tenían que salvarlos. Nada expone mejor el pantano en el que está la OTAN como la descripción técnica de la emboscada. No se preparó el terreno antes de la llegada del cuerpo de militares franceses, tampoco se activó una fuerza de reacción rápida para prevenir cualquier problema, ni se realizó, antes, un trabajo de inteligencia. Los soldados cayeron en la trampa de la ineficacia y la falta de coordinación.

De manera compacta, los analistas reconocen que los talibán ganaron eficacia gracias a la crisis en que está sumido Pakistán, país vecino desde el cual operan con toda impunidad protegidos en las zonas tribales (FATA, Federally Administered Tribal Areas), donde viven los pashtunes (la misma etnia que los talibán). El vacío de poder en Pakistán derivado de años de parálisis y tensiones políticas creó condiciones similares a las que existían antes de la caída del régimen talibán: Pakistán es un territorio de tránsito y entrenamiento. A este respecto, Ahmed Rashid, un ensayista exhaustivo que se hizo célebre con el libro La sombra de los Talibán, explicó a Le Monde que “la estrategia de los talibán consiste en crear una crisis tan grande en el seno de la OTAN como para que un país anuncie su retiro de la coalición militar presente en Afganistán”. Rashid revela que hay “cientos de combatientes que vienen de Irak. Hay también árabes y paquistaníes, islamistas que provienen de Cachemira y Asia central”. Ahmed Rashid adelanta también una información que revela el fracaso completo de las operaciones militares llevadas a cabo hasta ahora: “Desde 2001, la reorganización de los talibán lleva la firma de Al Qaida”.

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