Reggio’s Weblog

Zapatero y el diablo en la pared, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 17 agosto, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Aunque haya sido para anunciar por quinta o sexta vez la supresión del impuesto sobre el Patrimonio y suministrar unas triviales «aspirinas» a una economía aquejada de una infección masiva y galopante, al menos Zapatero ha dado la cara en agosto. Sus ministros, secretarios de Estado y subsecretarios, le han encontrado esta semana en plena forma y con hambre de balón, pero un amigo mío que estuvo con él pocos días antes vio a Zapatero muy cansado y con ojeras macroeconómicas. El resumen que me hizo de algunos pasajes de su conversación constituye el testimonio más actualizado de lo que el presidente piensa de verdad en relación a esta crisis que se ha abatido sobre las familias y empresas españolas, y del ánimo con que la afronta.

«Me hace gracia que seáis los que os definís como liberales los que ahora más pedís que el Gobierno intervenga», le comentó el presidente. «Como ves, yo he decidido adoptar una actitud de serenidad y cierta distancia respecto a los detalles. Quiero transmitir un mensaje de tranquilidad, de que no reaccionamos alocadamente. Que la gente vea que mi respuesta no es la de una persona fría o impasible, o mucho menos irresponsable, como demagógicamente se dice a veces, sino la de una persona… no sabría cómo decirlo…».

«¿Flemática?».

«Sí, tal vez ésa sea la palabra».

Zapatero piensa que la situación es grave, pero no dramática. Que los españoles la encaran después de unos años en los que la renta per cápita ha superado a la de Italia, acercándose a la de Francia. Que además seguimos creciendo algo, cosa que ya no hace Alemania. Sostiene que se trata de una crisis importada, fruto de la falta de control de las hipotecas basura en los Estados Unidos y de la evolución especulativa del precio del petróleo. Está convencido de que la gran capacidad de reacción de la economía norteamericana le permitirá recuperarse pronto y de que «España superará la crisis en 2010».

Entre tanto el presidente descarta acudir en ayuda del sector inmobiliario o inyectar liquidez en el sistema financiero a través del ICO -más allá de estos testimoniales 20.000 millones para Vivienda de Protección Oficial y pymes-, al modo en que amagó hacerlo el Banco de Inglaterra, pues ello rebajaría nuestra solvencia internacional «y además no serviría para nada». Zapatero piensa que los barones del ladrillo deben pagar por sus errores al asumir riesgos sin tasa ni prudencia. Confía, en cambio, en la solidez de nuestra banca, fruto del «espléndido trabajo del Banco de España», que ha impedido la heterodoxia de las subprime con sus inquietantes vehículos de inversión encaminados a situar activos dudosos fuera del balance y ha obligado a realizar importantes provisiones genéricas que hoy sirven de providencial colchón ante el aumento de la morosidad.

Obviamente The Wall Street Journal -cuyo director, Robert Thompson, acaba de tener la oportunidad de comprobar in situ la realidad en tres comunidades españolas- aún no había dado la voz de alarma sobre la situación de las Cajas de Ahorros, estrechamente abrazadas a la burbuja inmobiliaria, pero el propio Zapatero ya reconocía hace un par de semanas que alguna podría tener problemas, «y en ese caso lo lógico sería recurrir a las fusiones».

Zapatero comprende que la escalada de la inflación está suponiendo un empobrecimiento real de las familias, que ven cómo sube la cesta de la compra, cómo se encarecen las hipotecas mientras baja el valor de las viviendas, y cómo cada día cuesta más llenar el depósito de la gasolina. Recuerda con nostalgia que cuando él llegó al Gobierno el barril de crudo estaba a 30 dólares, y ahora ha llegado a bordear los 150. Cruza los dedos para que la tendencia bajista de las últimas semanas se confirme, porque cree que la economía española puede absorber un precio de hasta 100 ó 105 dólares, y es a partir de ese techo donde empiezan los problemas y el IPC se desboca.

Al presidente le obsesiona reducir nuestra dependencia energética y considera que su apuesta por las energías renovables -sobre todo solar y eólica- va a ser un modelo a imitar en todo el mundo. Incluso justifica su resistencia a reabrir el debate sobre las centrales nucleares -después de decir que son «carísimas» y que, además, ningún coche utiliza esa energía-, alegando que eso distraería la atención de la opinión pública y de los sectores industriales ahora implicados en impulsar las renovables.

Vincula, pues, la suficiencia energética al conservacionismo ambiental, y es un entusiasta defensor de los planes de ahorro de su ministro y amigo Miguel Sebastián. Frente a quienes objetamos que en una sociedad abierta no se pueden variar los hábitos individuales de millones de ciudadanos más que en situaciones verdaderamente límite y de forma coyuntural, él exhibe con orgullo la reducción de la siniestralidad en las carreteras, que no sólo está suponiendo salvar muchas vidas, sino también importantes ahorros en sanidad o seguros. «Mi visión es kennediana, en el sentido de pedirle a la gente que se dé cuenta de lo mucho que puede hacer por su país».

Z apatero relativiza la trascendencia de lo que está pasando en el sector de la construcción, subrayando que su aportación al empleo sólo es la octava parte que la de los servicios. Ahora ve muy claro que era imposible continuar construyendo 750.000 casas al año, pero habría que reprocharle que no lo dijera a tiempo de contribuir a evitar la irresponsable huida hacia delante de los ayuntamientos recalificando alocadamente suelo, las promotoras y constructoras comprándolo y urbanizándolo -corrupción incluida- a costa de lo que fuera, las empresas de tasación valorándolo por las nubes, los bancos y cajas financiándolo alegremente para ganar cuota de mercado y sobre todo las familias cayendo en la trampa de endeudarse de por vida y en el espejismo de que la vivienda no se devaluaría nunca.

El presidente cree, en suma, que «España vive una crisis de crecimiento», que después de unos años de auge económico fortísimo «ahora estamos en un valle», pero que nuestras grandes cifras indican que saldremos «pronto y bien» de esta etapa tan negativa. Concretamente invoca que en la España de 2008 hay más de 20 millones de personas trabajando, ocho millones de pensionistas con unas prestaciones revalorizadas y cerca de dos millones de parados que en el sector de la construcción reciben una media de 1.200 euros por desempleo. Estos «treinta millones de personas con un sueldo» y el saneamiento del sector público -tras una legislatura de equilibrio presupuestario o superávit, el Reino de España como tal tiene un nivel de deuda muy inferior al de otros países desarrollados- son los pilares en los que se asienta la convicción de Zapatero de que en ningún caso viviremos situaciones como las de mediados de los 90.

El ve, en definitiva, una crisis en forma de U, y nos sitúa ya cerca de la mitad de la tripa de la letra. ¿Pero qué pasará si resulta que nuestra trayectoria tiene forma de L y además la base, ese fondo del pozo en el que aún no hemos terminado de caer, se prolonga durante toda una década de recesión o crecimiento raquítico al modo de lo que han vivido Japón o Portugal? Según mi amigo, el presidente no tiene respuestas para esta pregunta porque descarta tal escenario.

Utilizando una expresión muy centroeuropea, el periódico más importante de Stuttgart resumía el pasado lunes esa actitud diciendo que «Zapatero y Solbes no han querido ver el diablo pintado en la pared». O sea, que los síntomas de que la situación española no es grave sino gravísima están ahí y nuestras máximas autoridades se empeñan en ignorarlos. Y puesto que no reconocen los grandes -enormes- males que nos acechan, tampoco porfían en procurar los grandes -excepcionales- remedios que permitirían curarlos.

Nuestros dos principales problemas son el altísimo endeudamiento de familias y empresas vinculado a activos inmobiliarios en caída libre y el altísimo endeudamiento exterior en que han incurrido nuestros bancos y cajas para financiarlo. En España hay ahora cerca de un 1.200.000 viviendas en el mercado, y su caída de precio -será muy difícil venderlas por encima del 75% de su valor actual- devalúa también el suelo acumulado por las promotoras y desincentiva las operaciones de rescate de los bancos, a menos que tengan músculo suficiente como para aparcar esos activos durante un mínimo de tres o cuatro años en los que se vaya digiriendo el exceso de oferta.

El drama es que, a falta de ahorro nacional, la mayor parte de esa aparentemente interminable oferta monetaria de crédito barato ha procedido del extranjero. Nuestras entidades financieras deben en la actualidad más de medio billón de euros -se dice pronto, pero es la mitad del PIB- a sus colegas de todo el mundo. La súbita contracción del crédito y el bloqueo del mercado interbancario en un sistema envenenado por la desconfianza les han colocado, pues, entre la espada de unos acreedores nada propicios a ayudarles a seguir empujando el balón hacia delante y la pared de unos deudores asfixiados por su imprevisión o su codicia.

Es evidente que las suspensiones de pagos de los promotores inmobiliarios y la morosidad de empresas y particulares se van a disparar en los próximos meses. Muy pronto habrá que acuñar el concepto de hipotecas basura a la española: aquellas concedidas a personas que podían pagarlas porque su sueldo les permitía afrontar un tipo de interés bajo mientras el inmueble se revalorizaba, pero ya no van a cumplir sus compromisos porque no pueden o no quieren pagar más por algo que vale menos cuando han perdido su puesto de trabajo o corren el riesgo de hacerlo. Tratándose en muchos casos de hipotecas a 30 años, los prestamistas habrán recuperado una parte mínima del principal y tendrán que quedarse con inmuebles devaluados y de muy difícil venta a corto plazo. Primero quemarán sus provisiones y después empezarán a consumir su propio capital.

En el documentado y sólido análisis de estas variables que viene divulgando a través de Libertad Digital, Alberto Recarte advierte que la actual crisis de liquidez de los bancos y cajas será pronto «una crisis de solvencia», toda vez que las entidades de menor proyección internacional y tamaño tendrán que arrastrar pérdidas durante unos cuantos años. Su pronóstico es que eso «afectará a la economía real de forma indiscriminada» y llegaremos no a los tres sino a los «cuatro millones de parados». Volveríamos pues, mal que le pese a Zapatero, a la pesadilla felipista del 20% de desempleo con el agravante de que el colectivo más castigado serían esta vez los cinco millones de inmigrantes poco menos que recién llegados, cuya falta de arraigo les impediría contar con los tradicionales amortiguadores del entorno familiar o el repliegue en el ámbito rural.

Hace 10 años, cuando todas las campanas se lanzaban al vuelo de la moneda única, yo planteé la que entonces era «la pregunta de los 910.994 euros», pues un millón de dólares seguía siendo un millón de dólares: «¿Contribuirá la implantación del euro a que los países europeos introduzcan los cambios estructurales que les hagan ser más competitivos frente a Estados Unidos, Japón o los otros dragones asiáticos?». A mi modo de ver sólo una contundente respuesta afirmativa hubiera servido para paliar los obvios inconvenientes que implicaba la cesión de la política monetaria a una autoridad supranacional -el Banco Central Europeo- cuando llegara la hora de hacer frente a los llamados «shocks asimétricos», es decir, a esas situaciones en las que un país entra en recesión por su cuenta, crece mucho menos que los demás o tiene mucho más paro o inflación.

Aferrándose a los últimos datos de Eurostat que avalan sus tesis, Zapatero niega, por supuesto, que esa «asimetría» vaya a producirse en perjuicio de España durante los próximos meses y años. Lo veremos pronto porque el resto de Europa tampoco crece, pero ningún país padece el endeudamiento exterior y el crack inmobiliario con la intensidad del nuestro. En cualquier caso es indiscutible que todo sería más sencillo si ahora pudiéramos devaluar la peseta, reconociendo el empobrecimiento real que acabamos de sufrir, en vez de tener que hacer todo el ajuste a través de la pérdida de empleo. Y, sobre todo, es obvio que ya ha habido una «asimetría» respecto al resto de la zona euro, la del desaforado crecimiento de la oferta crediticia, a la que un regulador monetario nacional hubiera sin duda puesto coto a tiempo.

Conste que no reivindico ahora un euroescepticismo retrospectivo, sino que más bien lamento la interrupción del proceso de construcción política de Europa que vuelve impotentes tanto a una UE que sólo controla el valor de la moneda como a unos estados miembros a los que les falta esta decisiva palanca que tanto condiciona el manejo de los demás resortes. Ojalá toda la «caja de cambios» estuviera en Bruselas tras la constitución democrática -por quimeras que no quede- de los Estados Unidos de Europa.

Durante las dos legislaturas de Aznar, España hizo bien sus deberes introduciendo reformas estructurales en sintonía con la llamada «agenda de Lisboa» que liberalizaron la economía y aumentaron la productividad. Pero Zapatero estuvo luego demasiado ocupado negociando con ETA y promoviendo «el Estatuto que venga de Cataluña» como para profundizar en la jugada -aunque, justo es decirlo, tampoco desanduvo el camino- y ahora se siente desbordado por los acontecimientos, cuando le ha tocado vivir el primer gran cortocircuito sin el fusible de la peseta.

Para colmo su margen de actuación no sólo ha quedado recortado por arriba como consecuencia del desarrollo del Tratado de Maastricht, sino que también está menguando por abajo como fruto de sus garrafales errores en la relación con los nacionalistas. Que con la que está cayendo Montilla encabece en estos momentos una fronda estatutaria, con amenaza de bloqueo presupuestario incorporada, ratifica su enanismo político, pues es obvio que Cataluña se juega mucho más en la marcha general de la economía española que en la impracticable negociación bilateral de su financiación.

Cuando Zapatero tuvo que aguantar que Montilla le dijera a la cara que le quería mucho pero que aún quería más a Cataluña, estuvo a punto de responderle lo que el otro día le comentó a mi amigo: «Lo importante es saber cuánto le quieren los catalanes a él». El presidente tiene una confianza ciega en su propia capacidad de conectar con la sensatez de la mayoría de los catalanes, pero al cabo de tanto irredentismo, tanto agravio comparativo y tanto cuento chino, esa sociedad tiene ya los empresarios, los medios de comunicación y la clase política que se merece. Y escuchen, si no, algún día, la logorrea de la atolondrada Alicia Sánchez-Camacho.

¿Qué hacer? The New York Times se preguntaba el jueves si la economía española será capaz de sustituir en el próximo año y medio el colapsado boom inmobiliario por la ortodoxia de la producción de bienes y servicios que por su relación precio-calidad puedan venderse en el resto del mundo en cantidad suficiente para equilibrar nuestra balanza exterior; y la respuesta era demoledora: «Probablemente, no».

Sólo un miembro del Gobierno, Miguel Sebastián, se ha desmarcado del conformismo y mediocridad imperantes en el entorno político de Zapatero para proponer unos nuevos pactos de la Moncloa como instrumento para estimular ese imprescindible cambio de planteamiento, mediante políticas de austeridad, ahorro y mejora de la competitividad que comprometan tanto a los agentes sociales como al conjunto de las administraciones públicas. Comparto al cien por cien tanto su diagnóstico como su terapia y voy más allá, desde el convencimiento de que no habrá una ventana de oportunidad como ésta -sin elecciones ni procesos congresuales en el horizonte y el 300 aniversario de la Constitución como escenario-, para que PSOE y PP afronten también la reforma de la Carta Magna y pactos de Estado imprescindibles como los que servirían para mejorar la Educación o la Justicia.

Ese sería el único camino razonable: admitir de una vez ante la sociedad española que no estamos ante una simple «crisis de crecimiento» al modo de la enfermedad infantil diagnosticada por Botín, sino -el matiz es decisivo- ante una «crisis de modelo de crecimiento», para a continuación apelar a la responsabilidad de las principales fuerzas políticas y sociales y tratar de ponerle remedio entre todos. Sabemos cuales son las recetas: a corto plazo, insuflar el oxígeno de la liquidez en el sistema financiero sin obsesionarse con unos ratings que se deteriorarán en todo caso; a medio plazo, repartir equitativamente los sacrificios, vigilando el grifo del gasto público, marcando de cerca a autonomías y ayuntamientos…; y a largo plazo, aprovechar las ventajas de un modelo mucho más eficiente. Expansión publicó el jueves un catálogo con una veintena de medidas a adoptar y Manolo Lagares, cocinero de los primeros Pactos de la Moncloa, detalló anteayer en EL MUNDO, la hoja de ruta que permitiría llegar a unos segundos.

Desgraciadamente no parece que las cosas vayan a ir por ahí porque el presidente considera que una vez restablecida la colaboración antiterrorista, «a Rajoy sólo le queda la economía para hacer oposición y es lógico que así sea». A mi modo de ver, ésta fue la frase más inquietante que salió de sus labios durante toda la conversación con su interlocutor.

Según mi amigo no lo dijo con pesar, ni siquiera con resignación, sino desde la satisfacción -o más bien la fantasía- de que su forma de afrontar la crisis demostrará la superioridad de las políticas socialdemócratas sobre las liberales y, al final, los ciudadanos se darán cuenta de quién fue capaz de mantener e incluso incrementar la protección social contra el viento de la inflación y la marea del estancamiento. Ese es Zapatero en estado puro. Si alguien empieza a preguntarse cómo es posible que quien alardea, no sin motivo, de ser el presidente más dialogante y deliberativo de la democracia española, lleve camino de convertirse en el que menos pactos o acuerdos de cierta envergadura haya alcanzado con sus adversarios, ahí tiene la respuesta. Si malo es que el presidente ignore las amenazadoras cabriolas del diablo en la pared, mucho peor es aún que le mantenga hospedado en los mullidos nidos de sectarismo ideológico todavía enquistados en su conciencia.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Mentiras y negocios, de Pablo Rodríguez Suanzes en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 17 agosto, 2008

CRITICA DE IDEAS

Decía el escritor Jules Renard que de vez en cuando hay que decir la verdad para que nos crean cuando mentimos. La máxima se ajusta como un guante al mundo de los negocios, donde una mentira en el momento adecuado puede tapar las verdades más incómodas. Esta semana se ha sabido que la constructora Martinsa presentó datos desactualizados sobre sus activos ante la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), por lo que la verdadera situación de la compañía debe ser revisada (www.www.elmundo.es/mundodinero/index.html).No es el primer caso ni el más grave. Diversas irregularidades contables, tapadas por Arthur Andersen, permitieron al gigante Enron aparecer como la séptima empresa del país pocos días antes de anunciar su bancarrota: www.chron.com/news/specials/enro

Información asimétrica

En 2001, poco antes de que Enron se derrumbase, George Akerlof, Michael Spence y Joseph Stiglitz ganaron el premio Nobel de Economía por sus «análisis de los mercados con información asimétrica» (www.nobelprize.org/nobel_prizes/economics/laureates/2001). La asimetría se da cuando el comprador o el vendedor poseen más o mejor información acerca de un producto, lo que genera desconfianza (http://macherone.uai.cl/OI2000-3.pdf). No en vano, Gordon Gekko, el famoso personaje interpretado por Michael Douglas en Wall Street afirmaba que «la commodity más valiosa de todas es la información» (www.calicocat.com/donald_trump.htm). Y la más importante para muchos americanos según Harvard: http://hprsite.squarespace.com

¿Sería positivo eliminar la Reserva Federal?

Milton Friedman, uno de los economistas más beligerantes de la segunda mitad del siglo XX sostuvo durante mucho tiempo que sería conveniente sustituir la Reserva Federal de EEUU por un ordenador que se dedicase a «imprimir dólares» (www.cato.org). Según Friedman, la Fed lejos de ser «una fuente de estabilidad» había sido un lastre. Si ella, decía, no hubiese tenido lugar la Gran Depresión.No sólo por sus acciones, sino por su falta de transparencia.Por ello pedía que las deliberaciones del organismo se hiciesen públicas inmediatamente, y no tras semanas, como ahora.

© Mundinteractivos, S.A.

Cuando las cosas iban bien, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 agosto, 2008

Por fin el gobierno de España ha aprobado un paquete de medidas económicas contra esa crisis económica que, según el presidente Rodríguez, no existe.

Ahora bien: si no hay crisis, ¿a qué vienen las medidas? Supongo que a los ministros les debe entrar un sudor frío cuando piensan en lo que pasará el 31 de Agosto, cuando el último turista vuelva a su casa y lo comparan con lo que pasó el día que el último turista abandonó Barcelona después del glorioso verano olímpico de 1992. Esa comparación les ha hecho tan poca gracia que han adoptado 24 medidas preventivas. La pregunta es: ¿solucionarán el problema esas medidas? Claro que una pregunta previa es: ¿cuál es el problema que se intenta solucionar?

En mi opinión, la economía española ha arrastrado no uno sino dos grandes problemas durante los últimos años: el excesivo peso de la construcción y la falta de productividad. Los continuos aumentos de precios de la vivienda hicieron que millones de familias compraran inmuebles a modo de inversión Recuerden lo que decían convencidos: “a diferencia de la bolsa, el tocho no baja”. Para satisfacer toda esa vorágine de familias disfrazadas de maligno especulador, las constructoras construyeron y construyeron hasta convertirse en principal motor de la economía del país. El 19% del empleo creado durante la última década era de la construcción (en Estados Unidos, la cifra sólo era del 4%) cosa que comportó una peligrosa concentración económica en un negocio que sabíamos que se paralizaría en cuanto los precios dejaran de subir. Y la burbuja se desinfló. Y el motor se paralizó.

El segundo y quizá más preocupante problema es el gargantuesco déficit exterior: España compra 100.000 millones de euros más de lo que vende y eso representa el 9,4% del PIB. Ese déficit exterior es, junto con el griego, el más grande de Europa y casi dobla el tan criticado déficit exterior de los Estados Unidos que sólo llega al 4,8% del PIB.

Para entender por qué el déficit exterior es preocupante permítanme una pequeña lección de economía: el déficit exterior es la diferencia entre la demanda y la oferta. Cuando una economía consume (o demanda) mas recursos de los que produce (u ofrece), la diferencia tiene que ser comprada en el exterior. A eso se le llama déficit. Si, por el contrario, la economía produce más de lo que la gente del país compra, la diferencia debe ser vendida en el exterior y eso se llama superávit. El hecho de que la economía española tenga uno de los déficits exteriores más grandes del planeta tierra (y seguramente uno de los más grandes del sistema solar) quiere decir que o bien España compra demasiado o bien vende demasiado poco.

¡Y no! No vale decir que no es que España compre demasiado sino que, al tener que importar todo su petróleo, la factura de importaciones se ha disparado con el aumento del precio del crudo. Eso puede ser verdad… pero no explica por qué España tiene un déficit galáctico y no lo tienen otros países que también importan su petróleo como Alemania, Austria, Finlandia, Holanda, Suecia o Suiza, que no tienen déficits sino superávits de 6,4%, 2,9%, 4,5%, 5,9%, 7,9% y 13,9% del PIB respectivamente.

Si el déficit es la diferencia entre demanda y oferta, es obvio que sólo hay dos maneras de eliminarlo: reducir la demanda o aumentar la oferta. De cajón. Reducir la demanda en un 9,4% del PIB quiere decir que familias, empresas o gobierno tendrán que gastar menos. Eso implica una recesión económica catastrófica. No es lo que persigue el gobierno. Supongo. Ahora bien, si no quieren reducir la demanda, la única alternativa es aumentar la oferta haciendo que las empresas produzcan más con los mismos recursos. Es decir, “aumentando la productividad”.

Problema diagnosticado y aquí es donde quería llegar. La pregunta clave es: ¿contribuyen las medidas adoptadas por el consejo de ministros a aumentar la productividad? Pues algunas, claramente, no. Destinar 10.000 millones a impulsar la vivienda protegida no sólo no aumenta la productividad sino que es un intento burdo de salvar a empresas constructoras en un momento en el que España debería reducir el peso de la construcción en el global de su economía. En el mismo sentido, las regulaciones medioambientales sobre energías renovables y lucha contra el cambio climático tampoco aumentan la productividad sino más bien al contrario.

Por otro lado, las propuestas de reducción de la fiscalidad –como la supresión del impuesto sobre el patrimonio-, el fomento de la competencia en transporte de mercancías por ferrocarril, el reforzamiento de la independencia de los reguladores, la flexibilización de la ley de arrendamientos y, sobre todo, la agilización de trámites para la creación de empresas, son medidas que, a medio plazo, sí contribuirán a la productividad.

El problema de esas medidas es que se quedan cortas. Para aumentar de verdad la competividad empresarial es urgente incrementar la calidad del capital humano a través profundas reformas educativas, introducir más meritocracia en el empleo, fomentar la innovación sin confundirla con gasto en I+D, flexibilizar las mentes de los jóvenes para que sean más movibles sectorial y geográficamente y sean menos burócratas y más emprendedores, y seguir reduciendo los enervantes obstáculos burocráticos. Todas esas medidas son importantes. Pero claro, son tan importantes, que no deberían haberse tomado en un urgente consejo de ministros del mes de Agosto. Deberían haberse tomado antes. Mucho antes. Cuando las cosas iban bien.

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Xavier Sala-i-Martín és Catedràtic de Columbia University i Professor Visitant de la Universitat Pompeu Fabra

© Xavier Sala-i-Martín, 2008

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Paz y libertad, de Miquel Roca i Junyent en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Todos los analistas coinciden en que la reacción de Rusia ha sido desproporcionada. Y que Georgia no ha sabido medir el alcance de sus movimientos ni valorar debidamente cuál sería el apoyo real de Estados Unidos y de la Unión Europea. Pero pocos hablan de Osetia; muy pocos quieren recordar que desde hace muchos años este territorio viene reclamando su independencia de Georgia. Al deseo de independencia no se ha correspondido con ningún gesto a favor de la autonomía de Osetia. Al final, lo único que los osetios han recibido desde Tiflis ha sido un ejército dispuesto a poner punto final a su ambición.

Rusia ha aprovechado el error de Georgia para mostrar ante el mundo cómo piensa resolver sus conflictos con los antiguos territorios de la URSS. Georgia ha querido hacer oídos sordos a la ambiciones de Osetia y, al final, el drama de la guerra ha asomado en ambos países. Ha sido necesario – una vez más- el drama de la guerra para que el alto el fuego abra la vía del diálogo para el futuro de Osetia.

Y, Europa sin enterarse. Hemos seguido con alarma los movimientos bélicos y las imágenes de la desolación del conflicto, pero hemos sido incapaces de evitarlo cuando lo que iba a ocurrir estaba cantado. Si Kosovo había conseguido su libertad, todo facilitaba que Rusia ayudara a Osetia a conseguir la suya. Y el antídoto no era negarle a Kosovo su independencia, sino aprender que nada ni nadie puede evitar el camino de la libertad de los países en nuestro mundo europeo y occidental.

En Kosovo, reconociendo y amparando la libertad de los kosovares hay tensión, pero no hay guerra; en Osetia, negando su libertad, la guerra ha asomado aun cuando sea con los ribetes imperialistas de la intervención de Rusia. No hay mejor garantía para la paz que el reconocimiento de la libertad.

Ahora, Georgia se siente invadida y, seguramente, Osetia tiene la sensación de verse liberada. No era este el mejor camino; posiblemente en el futuro Osetia vivirá dramáticamente el peso de una tutela anestesiante de Rusia.

Tampoco así habrá alcanzado la libertad deseada. Pero Europa no podrá escudarse en la desproporcionada intervención rusa para justificar su largo silencio ante las reivindicaciones de Osetia.

Ni Kosovo era un peón en las relaciones Unión Europea-Rusia ni Osetia era una excusa para satisfacer a un potencial socio georgiano. Kosovo y Osetia eran y son más; mucho más. Son, por derecho, por historia y por voluntad unos países a la búsqueda de su espacio de libertad en el mundo. Al no verlo así, la Unión Europea comparte con Rusia una buena dosis de responsabilidad en una guerra que no habría de haberse iniciado jamás.

La paz no es que callen los cañones; la paz es la libertad.

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Sobre el racismo en las aulas, de Juan Goytisolo en El País

Posted in Cultura, Derechos, Educación, Justicia, Libertades, Política, Religión by reggio on 17 agosto, 2008

Imaginemos un plató de televisión -no hace falta mucha imaginación para ello, lo podemos ver a diario-, en el que, con el tirón del título ¿Qué piensas de tus vecinos?, la persona invitada, consciente de su visibilidad mediática, responde a las preguntas del presentador:

“¿Te llevas bien con ellos?”.

“En general, sí”.

“¡Ah! y ¿sólo en general? ¿Alguno te fastidia en particular?”.

“Tanto como fastidiar… a veces, sí”.

“Cuenta, cuenta”.

“Bueno, con esa gente ya se sabe”.

“¿Vienen de afuera?”.

“Sí”.

“¿Qué les reprochas? ¿El ruido, la promiscuidad?”.

“El griterío que arman, no te dejan ni dormir”.

“Claro, sus fiestas”.

“Se lían a gritos hasta en la escalera”.

“Tienen muchos críos, ¿verdad?”.

“Más de la cuenta”.

Etcétera.

Trasladémonos ahora a un centro escolar en el que los alumnos de secundaria son invitados a marcar una crucecita indicativa de su apreciación positiva o negativa en una decena de casillas en las que se lee: Gitanos, Marroquíes, Judíos, Europeos del Este, Africanos, Asiáticos, Latinoamericanos, Estadounidenses…, y pongámonos en la piel de una muchacha o de un joven que, en el brete de valorar a una comunidad que tal vez desconocen, darán una respuesta basada, no ya en la experiencia propia de las aulas, sino en los prejuicios de la opinión ajena: “Esa gente no es como nosotros”, “Tiene costumbres extrañas”, “Viene de forma ilegal”… Cuanto han oído en casa, en la calle o en el metro se concreta de golpe ante la casilla en blanco.

Escribo esto a propósito del reciente estudio llevado a cabo, con las mejores intenciones del mundo, por el Observatorio de Convivencia Escolar, organismo dependiente del Ministerio de Educación, sobre el racismo y los prejuicios étnicos existentes en las aulas de toda España, y cuyas conclusiones han sido para muchos, mas no para mí, “un jarro de agua fría”.

Dejando de lado la conveniencia de tales encuestas -asunto sobre el que vuelvo luego-, sus resultados no constituyen ninguna novedad, ya que repiten los que figuraban en la realizada en la pasada década en el ámbito de la Comunidad de Madrid.

Muy poco glorioso palmarés de los prejuicios del estudiantado coincidía casi con el actual. En el primer puesto de la clasificación discriminatoria se hallaban los gitanos. En el segundo, los magrebíes; en el cuarto (¡frótense los ojos de asombro!), los judíos. Venían a continuación los iberoamericanos y africanos… El tercer lugar -cuya casilla fue borrada en la actual encuesta- correspondía (¡frotémonos de nuevo los ojos!) a los catalanes: ¡una singular manifestación de convivencia interpeninsular que nada tenía que ver por aquellas fechas con el Estatut ni con las competencias económicas reclamadas por la Generalitat!

Entendemos muy bien, por razones de elemental corrección política, que los encuestadores del Foro de Convivencia Escolar se abstuvieran de incluir la casilla correspondiente a los catalanes.

Pero entendemos menos bien algunos puntos de la encuesta y, sobre todo, su divulgación. Pues, ¿es útil escarbar en los sentimientos y pulsiones más bajos del ser humano respecto a las diferencias raciales, éticas, religiosas o sociales? La denuncia de los acosadores, tanto en las aulas como fuera de ellas, y la defensa de los acosados son un deber primordial: nos concierne a todos.

Pero preguntas de la índole “¿Te gustaría trabajar o compartir estudios con un gitano, un magrebí o un judío?” ¿ayudan a combatir la discriminación? No estoy convencido de ello. Ya que si la convivencia en las aulas con algunas de las comunidades gitanas en la encuesta puede plantear problemas que la política educativa del Estado debe resolver con la energía y serenidad que se imponen, ¿cuántos alumnos frecuentan a compañeros judíos y se inquietan ante la idea de trabajar codo a codo con ellos? Su número es insignificante: se trata de judíos mentales.

Y, sin embargo, el 56,5% del alumnado se muestra reacio a convivir con quienes sólo conoce de oídas. ¿No será entonces, me pregunto, la propia encuesta y la casilla vacía, las que activan dicho rechazo? Las estadísticas pueden ser útiles a condición de que se manejen con prudencia.

Si la bestia del racismo anida potencialmente en el ser humano, no contribuyamos a despertarla con el noble propósito de combatirla con los instrumentos que nos procuran las ciencias de la información.

El contenido de muchos espectáculos televisivos volcados en la exposición nauseabunda de lo privado en la esfera pública es un elocuente indicativo del peligro que acecha al planteamiento y la difusión de algunas encuestas que, al interpretar la realidad, consciente o inconscientemente, la deforman o alteran.

Juan Goytisolo es escritor.

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El final del triunfalismo financiero, de Kenneth Rogoff en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 17 agosto, 2008

¿Señalará la cada vez más desbocada crisis financiera de hoy el final de la era de triunfalismo financiero? Pidan a cualquier lego que enumere las 10 grandes innovaciones que rigen nuestro mundo actual y probablemente no haya muchos que mencionen la fórmula Black-Scholes para el cálculo de precios futuros. Pero para la comunidad financiera, a las fórmulas pioneras que abrieron el camino a las modernas estrategias de cobertura les corresponde el mismo crédito por el momentáneo periodo de crecimiento mundial que a los teléfonos móviles, los ordenadores o Internet.

Hasta los últimos 12 meses, los defensores de las finanzas parecían tener una causa sólida. Al ayudar a repartir el riesgo, las finanzas de alta tecnología podían ayudar a las economías a crecer con más rapidez. Los macroeconomistas celebraban la “gran moderación” del ciclo económico mundial, con unas recesiones que parecían más suaves y menos frecuentes. Y, por supuesto, la comunidad financiera ganaba dinero a espuertas, creando cientos de millonarios e incluso multimillonarios en todo el mundo.

Los gobiernos también animaban. En los países anglohablantes, presidentes y primeros ministros, por no mencionar algunos de los principales directivos de los bancos centrales, se jactaban de tener sistemas financieros superiores, que eran la envidia del mundo. Cuando los dirigentes franceses y alemanes se quejaban de que los tentáculos extendidos e incontrolados de las nuevas finanzas suponían un enorme riesgo para la economía mundial, se los tachaba de perdedores amargados. Pequeños países como Islandia decidieron unirse a la movida, privatizando sus bancos y estableciendo sus propios centros financieros. Si uno no puede ser Silicon Valley, ¿por qué no crear un mini Wall Street?

Ahora los bancos de Islandia, endeudados en una proporción que supera varias veces el PIB nacional, se encuentran en una situación desesperada, con deudas muy superiores a lo que los contribuyentes pueden absorber. Hasta la conservadora Suiza cedió a las tentaciones de las finanzas de alta tecnología y las riquezas que éstas prometían. Hoy, los dos mayores bancos suizos están hundidos en deudas siete veces superiores a la renta del país helvético.

Por supuesto, la madre de todas las ayudas estatales es el absurdo cheque en blanco que el Gobierno estadounidense está concediendo a los gigantes del préstamo hipotecario, Fannie Mae y Freddie Mae, los cuales conservan o garantizan 3,2 billones de euros en hipotecas que parecen cada vez más dudosas. Es verdaderamente irónico que el secretario del Tesoro estadounidense, Hank Paulson, ex presidente de Goldman Sachs, una empresa que ejemplifica el triunfalismo financiero, esté liderando el esfuerzo para salvar a estos mastodontes avalados por el Estado que tan claramente han sobrevivido a su utilidad.

Los avances en el campo de las finanzas posiblemente han contribuido a aumentar y suavizar el crecimiento mundial. Pero hay también un elemento cíclico en el florecimiento de las finanzas. Cuando los precios inmobiliarios se dispararon, los genios de las finanzas hipotecarias parecían infalibles. Ahora que los precios caen, las estrategias de los genios no parecen tan brillantes.

Es una vieja historia. A comienzos de la década de 1980, los ingenieros financieros inventaron un “seguro de cartera”, una elaborada estrategia de cobertura activa para controlar el riesgo de pérdida de valor de las acciones. Ganaron montones de dinero. Por desgracia, cuando los mercados bursátiles se hundieron, en octubre de 1987, el seguro resultó inútil, principalmente porque los mercados de cobertura se hundieron.

A finales de la década de 1990, el fondo de cobertura estadounidense Long-Term Capital Management (LTCM) convenció al mundo de que sus socios eran los amos del universo. Durante un tiempo, obtuvo beneficios siempre superiores a la media, supuestamente debido a que tenía unos asesores financieros que habían ganado el Premio Nobel. En 1998, cuando LTCM quebró finalmente, quedó muy claro que lo que la empresa estaba haciendo básicamente eran enormes cantidades de simples operaciones de bonos, con un enorme endeudamiento y un enorme riesgo.

En lo que respecta a los gobiernos, la clave del éxito para regular los mercados financieros radica en mantener unas restricciones razonables durante los momentos de auge para evitar someter a un riesgo excesivo a los fondos de los contribuyentes. Por desgracia, esto es difícil, porque en tiempos de auge quienes advierten de los riesgos parecen pájaros de mal agüero. Por eso es importante que de vez en cuando el Estado permita a las empresas financieras quebrar. Es el único modo de imponer verdadera disciplina a accionistas, propietarios de bonos y directivos empresariales.

¿Ha terminado la actual era dorada del triunfalismo financiero? En muchos países, entre ellos Estados Unidos, se habla de que ha llegado el momento de garantizar que todo el sistema financiero, incluso los fondos de cobertura y los bancos de inversión, sean sometidos a una reglamentación mucho más estricta.

Las empresas financieras han puesto el grito en el cielo, pero no es tan evidente que una reglamentación financiera más amplia y mejor sea algo malo. En nuestra investigación sobre la historia de las crisis financieras internacionales, la profesora Carmen Reinhart y yo llegamos a la conclusión de que las épocas de fuerte reglamentación financiera tienden significativamente a experimentar menos crisis financieras que las épocas de libertad poco reglamentadas, como las relacionadas con el reciente periodo de triunfalismo financiero.

Nadie está insinuando que volvamos a la “represión financiera” de la década de 1950, pero la crisis más reciente ha dejado pocas dudas de que todo el sistema de reglamentación financiera mundial necesita urgentemente una puesta al día. Debería permitirse que florezca la innovación financiera, pero no sin mejorar los frenos y equilibrios. De lo contrario, nos veremos atrapados para siempre en un marco en el que se obliga a los contribuyentes a rescatar a los bancos en épocas de vacas flojas, mientras que los accionistas ricos cosechan enormes beneficios en las épocas de vacas gordas. Es hora de imponer al triunfalismo financiero cierta humildad y sentido común.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional. © Project Syndicate, 2008.

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Los que organizaron la actual confrontación entre españoles, mal pueden apaciguarla, de Juan Vega en su Blog

Posted in Asturias, Economía, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Siempre me llamó mucho la atención la extraña idea, asentada en la izquierda española, que consiste en sostener el principio de que la fragmentación de las administraciones, para crear aparatos administrativos autonómicos, es una tendencia “progresista”, mientras que la centralización administrativa de los grandes servicios públicos, sólo puede responder a una corriente “conservadora”, cuando en mi opinión, y creo que sobran razones que alegar al respecto, las cosas son exactamente al revés, lo que ocurre es que esto sólo se visualiza adecuadamente en los tiempos de crisis, porque mientras hubo excedentes que repartir, como ocurrió en los últimos años, en los que los ingresos públicos derivados de la especulación inmobiliaria permitieron crear un espejismo económico, falsear la realidad fue fácil.

Ahora la fiesta se acabó, y como sabemos, la crisis inmobiliaria coincidió con el inicio de la negociación de un nuevo modelo de financiación autonómica, que arranca, no porque a nadie se le haya ocurrido abrir este melón así como así, sino porque de esa manera están establecidas las cosas en el Estatuto de Cataluña, ampliamente apoyado por la izquierda local en las instituciones autonómicas, y por la izquierda española en el Congreso de los Diputados.

La nueva situación es muy complicada para el presidente del Gobierno, que se presentó en Cataluña como gran adalid del nuevo Estatuto, pues ahora tiene que conseguir un equilibrio especialmente inestable, ya que al no haber dinero para todo, sólo queda frenar los efectos del Estatuto que él mismo impulsó en Cataluña y en Madrid, organizando una guerra entre políticos de las diferentes comunidades autónomas, con un horizonte en el que los dirigentes catalanes se conformen, por esta vez, con ver reconocido definitivamente el Estatuto, sin llegar a su aplicación, única salida a una situación en la que no hay fondos para todo.

Ahora se trata de que cuele la reforma estatutaria en el Tribunal Constitucional, a cambio de que no se aplique su letra, y así meter una vez más la porquería debajo de la alfombra por un quinquenio. En el camino, José Luis Rodríguez Zapatero cree que la cosa catalana se puede conformar con un paso más hacia la oficialización del estado confederal que hemos construído en vía de hecho, y a cambio, que renuncie al incremento de los fondos que corresponden a aquella comunidad, por el incremento demográfico, de acuerdo con la letra del propio Estatuto.

Si patética es la situación en la que se ha colocado el presidente Zapatero, al frente del socialismo español, apoyándose ahora en el PP para conseguir un acuerdo que dé cobertura social al TC para que se respalde el Estatuto catalán, a cambio de que no se aplique, qué decir del superviviente Gaspar Llamazares, que tras destrozar electoralmente a Izquierda Unida, sigue ahí agarrado a la máxima responsabilidad de IU, como a un clavo ardiendo, para continuar cobrando otra temporada más, y mientras se aguanta colgado de tan doloroso punto de apoyo, sigue soltando bobadas de creciente calibre, como las que acaba de largar este sábado.

El mismo Llamazares, que en la última campaña electoral, se comprometía en Barcelona a “cumplir” el Estatuto, es decir, a apoyar lo que éste dice, y por lo tanto, a aplicar una reducción de los fondos de las comunidades pobres, va a su tierra, a Asturias, donde con razón se espera un recorte de los servicios públicos por falta de fondos, y afirma que el debate sobre la financiación autonómica, abierto por lo que al respecto dice el Estatuto que Llamazares se comprometía a “cumplir”, es un debate “distorsionado”, que se presenta como una “confrontación entre territorios”.

Los recursos son escasos, y los territorios están fragmentados, en comunidades autónomas confederalmente desvertebradas, que se están pegando, a brazo partido, por unos recursos que no llegan para mantener a la vez diecesiete microestados, con sus diecisiete gobiernos, parlamentos, tribunales de cuentas, administraciones de justicia, servicios de salud, universidades, centros de enseñanza media, escuelas, y servicios de empleo descentralizados, a los que se acompañan las televisiones autonómicas, los centros culturales de fantasía y un enorme gasto en propaganda institucional de cada cacicato, para asegurarse la aquiescencia de los medios locales, que son los que crean opinión en cada territorio.

La confrontación la organizaron quienes cómo Llamazares, y tantos otros, han impulsado la especulación inmobiliaria como modelo de desarrollo, frente a una política industrial nacional que no ha existido, un campo que se ha desertizado y un modelo de fomento de las nuevas tecnologías por el que nadie apostó, y un modelo de administración pública imposible de mantener por mucho tiempo. Ahora no hay dinero para financiar las instituciones de la confederación española, y las clase políticas locales luchan desesperadamente por su supervivencia como grupo social.

Lo asombroso es que a personajes como éste todavía se les deje decir estas majaderías, sin recordarles sus palabras, con las que dieron pábulo a una situación que ahora tiene muy difícil arreglo. Quienes crearon el problema, no sólo no pueden resolverlo, sino que con su desvergüenza, lo incrementan.

Pero nunca se irán a su casa por su propio pié, si la sociedad española no los manda para casa a patadas, como se merecen, por seguir dedicados a intentar engañar a la gente de manera tan descarnada.

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Rusia ejerce de potencia mundial mientras EEUU no reconoce su imagen en el espejo, del Editorial en Gara

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Paradójicamente, la imagen de las muñecas rusas que se sobreponen las unas a las otras es una de las que mejor reflejan la situación que se ha abierto tras la guerra desatada por Georgia en Osetia, a la que Moscú no dudó en responder con todo su arsenal político y militar. La muñeca más pequeña, que a pesar de ser negada sistemáticamente por las macroestructuras políticas se halla en el corazón de la mayoría de los conflictos abiertos en la actualidad, representa la lucha de las naciones por el derecho a decidir su futuro -independientemente de que ese futuro sea del particular agrado de unos y otros-. La segunda muñeca, al menos desde nuestra posición geográfica y política, se refiere a la posición regional de Europa en el mundo. La tercera, la última y la mayor de todas, tiene relación con el mundo como sistema y la relación de poder entre las potencias que disputan la hegemonía mundial en esta fase histórica. Montar y desmontar esas muñecas puede ayudarnos a comprender mejor el escenario que deja la victoria rusa.

Osetia o la dimensión nacional

Osetia del Sur es, como su nombre indica, parte de una nación dividida en dos estados. Es científicamente imposible defender que si dos territorios contiguos pero separados por una frontera tienen un mismo nombre, un mismo idioma y elementos sociales y culturales comunes, en algún momento de la historia esos territorios y sus habitantes no hayan conformado una entidad política común. Ahora bien, no por ser científicamente imposible deja de ser humanamente posible, como bien saben los navarros de uno y otro lado del Pirineo.

Pero, de nuevo, Osetia y Abjasia se han convertido en una excepción. En sentido inverso al de Kosovo, pero una excepción, cuando el derecho de autodeterminación debería ser la norma, no la excepción.

Europa como región o periferia

Si se coloca un compás sobre el mapa de Europa, tomando como centro Bruselas, se lanza la otra punta hasta Tbilissi y se proyecta un círculo, veremos que la guerra desatada en el Cáucaso es, ante todo, una guerra en Europa. En ese círculo entran por poco las islas Canarias o las Azores, pero también el Magreb, Turquía y Moscú. Ésa es, en términos históricos, el área política europea. Pero, en la actualidad, la UE es una entidad subalterna de EEUU y la OTAN. La guerra de esta semana ha evidenciado hasta que punto esa concepción es anti-natura y amenaza los intereses europeos.

Pero no sólo es que la UE sea considerada periferia de EEUU sino que, si atendemos al círculo marcado anteriormente y con las excepción de los países nórdicos, toda su periferia obedece órdenes de Washington con una diligencia con la que las pobres consignas de los mandatarios europeos no pueden competir. Sin ir más lejos, las negociaciones de EEUU con Polonia, miembro de la UE, sobre el escudo antimisiles se han dado en términos que para sí hubieran querido quienes negociaron con ese mismo país el Tratado de Lisboa. Sin olvidar que, como ha señalado Medvedev, ese proyecto afecta a toda Europa y no sólo a los países limítrofes con Rusia.

¿Retorno a un mundo bipolar?

Desde la perspectiva atlántica, Georgia era a Eurasia lo que Israel es a Oriente Medio, Colombia a Latinoamérica o Japón y Corea a Asia. Y eso es lo que Moscú ha abortado en esta guerra en el Cáucaso.

Habrá quien afirme que detrás de este conflicto no hay sino espurios intereses económicos. Pero en esta lucha geopolítica el elemento central es el poder en su sentido más político, siendo la economía una más de las armas empleadas por los diferentes contendientes.

Por otro lado, quienes se consuelan pensando que el resurgir ruso tiene que ver con una especie de revival soviético, harían mejor en considerar que, precisamente, el declive del proyecto socialista tiene mucho que ver con las características centrales del enfrentamiento actual y con los parámetros políticos en los que se ha situado Rusia históricamente en los dos últimos siglos.

Ni Europa ni el resto del mundo parecen comprender en su justa medida el juego político de Rusia. Un juego duro, fuerte y autónomo del sistema que pueda regir en cada momento el espacio político ruso. Básicamente, da igual que Rusia esté comandada por un zar, por un politburó o por un presidente plenipotenciario. Con la excepción del lapsus que va desde la revolución de 1917 a los años treinta de ese siglo, la gasolina que ha movido la maquinaria política, económica y militar rusa ha sido la idea de una Madre Rusia destinada a gobernar el mundo. Una imagen de sí misma instalada en parámetros imperialistas, en clave de alternancia a la hegemonía mundial mucho más que en términos de alternativa. Y eso es lo que tanto los dirigentes como la mayoría de la población rusa creen haber perdido en la última década del siglo pasado: su condición de potencia, su candidatura a gobernar el mundo, y no la posibilidad de crear un sistema mundial más justo y democrático para los pueblos y los habitantes de la Tierra.

Por eso, cuando la gente que ansía otro mundo se pregunta con quién está en esta guerra, quizás debería concluir que, a pesar de ser una guerra europea en el sentido expuesto, ésta definitivamente no es su guerra.

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Carne de cañón para el mercado, de Fidel Castro Ruz en el Diario Granma

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Reflexiones del compañero Fidel

Tomado de Cubadebate

Tal vez algunos gobiernos desconocen los datos concretos, por eso nos pareció muy oportuno el mensaje de Raúl fijando la posición de Cuba. Abundaré en aspectos que no pueden abordarse en una declaración oficial precisa y breve.

El gobierno de Georgia no habría lanzado jamás sus fuerzas armadas contra la capital de la República Autónoma de Osetia del Sur al amanecer del 8 de agosto, para lo que denominó el restablecimiento del orden constitucional, sin la concertación previa con Bush, quien el pasado mes de abril en Bucarest comprometió su apoyo al presidente Saakashvili para el ingreso de Georgia en la OTAN, lo que equivale a un puñal afilado que se intenta clavar en el corazón de Rusia. Muchos Estados europeos que pertenecen a esa organización militar se preocupan seriamente por la manipulación irresponsable del tema de las nacionalidades, preñado de conflictos potenciales, que en la propia Gran Bretaña puede dar lugar a la desintegración del Reino Unido. Yugoslavia fue disuelta por esa vía; los esfuerzos de Tito por evitarlo fueron inútiles después de su muerte.

¿Qué necesidad había de encender el polvorín del Cáucaso? ¿Cuántas veces irá el cántaro al agua antes de romperse? Rusia sigue siendo una poderosa potencia nuclear. Posee miles de armas de ese tipo. Debo recordar que, por otro lado, la economía de Occidente extrajo ilegalmente de ese país más de 500 mil millones de dólares. Si Rusia no significa hoy el fantasma del comunismo; si ya no apuntan directamente hacia los objetivos militares y estratégicos de Europa más de 400 plataformas nucleares que fueron desmanteladas al desaparecer la URSS, ¿por qué el empeño en cercarla con un escudo nuclear? El viejo continente también necesita paz.

Las tropas rusas que se encontraban en Osetia del Sur estaban desplegadas en una misión de paz reconocida internacionalmente; no disparaban contra nadie.

¿Por qué Georgia escogió el 8 de agosto, cuando se inauguraban los Juegos Olímpicos de Beijing, para ocupar Tsjinvali, la capital de la república autónoma? Ese día cuatro mil millones de personas en todo el planeta presenciaron por televisión el maravilloso espectáculo con el que China inauguró esos juegos. Sólo el pueblo de Estados Unidos no pudo disfrutar ese día la transmisión directa y en vivo de la estimulante fiesta de amistad entre todos los pueblos del mundo que allí se escenificó. El monopolio sobre los derechos de transmisión había sido adquirido por un canal televisivo mediante el pago de 900 millones de dólares y deseaba obtener el máximo de beneficio comercial por minuto de transmisión. Las empresas competidoras tomaron desquite divulgando a esa hora las noticias de la guerra en el Cáucaso, que no eran exclusivas de nadie. Los riesgos de un conflicto serio amenazaban al mundo.

Bush sí pudo disfrutar el espectáculo como invitado oficial. Todavía el domingo 10, dos días y medio después, se le veía agitando banderas, fingiendo ser adalid de la paz y preparado para deleitarse con las victorias de los magníficos atletas norteamericanos, a los que sus ojos, acostumbrados a mancillarlo todo, veían como símbolo del poder y la superioridad de su imperio. En sus ratos de ocio, mantenía largas conversaciones con los funcionarios subordinados en Washington, amenazaba a Rusia y alentaba los discursos, humillantes para ese país, del representante de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Algunos de los antiguos países que integraban el campo socialista o parte de la propia URSS, hoy actúan como protectorados de Estados Unidos. Sus gobiernos, impulsados por un odio irresponsable contra Rusia, como Polonia y la República Checa, se alinean en posiciones de apoyo total a Bush y al ataque sorpresivo contra Osetia del Sur por Saakashvili, un aventurero de extraña historia que, habiendo nacido bajo el socialismo en Tbilisi, capital de su país, se hizo abogado en una universidad de Kiev, realizó cursos de posgrado en Estrasburgo, Nueva York y Washington. Ejercía esa profesión en Nueva York. Se configura como un georgiano occidentalizado, ambicioso y oportunista. Regresó a su país apoyado por los yanquis y pescó en el río revuelto de la desintegración de la Unión Soviética. Es elegido Presidente de Georgia en enero de 2004.

Ese país, después de Estados Unidos y Gran Bretaña, es el que más soldados tiene en la aventura bélica de Iraq, y no lo hace precisamente por espíritu internacionalista. Cuando Cuba, a lo largo de casi dos decenios, envió cientos de miles de combatientes a luchar por la independencia y contra el colonialismo y el apartheid en África, no buscó nunca combustible, materias primas ni plusvalía; eran voluntarios. Así se forjó el acero de nuestros principios. ¿Qué hacen en Iraq los soldados georgianos sino apoyar una guerra que ha costado a ese pueblo centenares de miles de vidas y millones de damnificados? ¿Qué ideales fueron a defender allí? Es muy lógico que ciudadanos de Osetia del Sur no deseen ser enviados como soldados a combatir en Iraq u otros puntos del planeta al servicio del imperialismo.

Saakashvili por su propia cuenta jamás se habría lanzado a la aventura de enviar el ejército georgiano a Osetia del Sur, donde chocaría con las tropas rusas emplazadas allí como fuerza de paz. No se puede jugar con la guerra nuclear ni premiar el suministro de carne de cañón para el mercado.

Esta reflexión estaba elaborada, cuando Bush habló a las 5 y 30 p.m., hora de Cuba. Nada desdice lo que aquí se analiza; sólo que la guerra mediática del gobierno de Estados Unidos es hoy más intensa todavía. Es la misma maniobra prediseñada que no engaña a nadie.

Los rusos han declarado con absoluta claridad que la retirada de los invasores al punto de partida es la única solución decorosa posible. Ojalá los Juegos Olímpicos puedan continuar sin ser interrumpidos por una gravísima crisis. El partido de voleibol femenino contra un buen equipo de Estados Unidos fue fenomenal, y la pelota no ha comenzado todavía.

Fidel Castro Ruz

11 de agosto de 2008

6 y 21 p.m.

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Osetia del Sur: sin asideros, de Carlos Taibo en laRepública.es

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 agosto, 2008

El conflicto que acosa a Osetia del Sur, y en su caso a regiones colindantes, es de ésos que a duras penas ofrece algún asidero sólido del que agarrarse. Ni los agentes locales ni sus patrones internacionales merecen —formulemos la cuestión en estos términos— mayor adhesión. Y ello es así aunque, pese al silencio general al respecto, en los últimos días despunte, por encima de todo, la responsabilidad que EEUU tiene en la reconversión bélica del reñidero surosetio: resulta difícil imaginar que la inicial ofensiva militar georgiana —no ha sido Rusia, como parecen subrayar la mayoría de nuestros medios, la que ha roto un tan precario como prolongado alto el fuego— no contaba con el beneplácito, y en su caso con el franco apoyo logístico, de Washington. No se olvide que de un tiempo a esta parte la Casa Blanca se halla firmemente decidida a mover pieza en una región tan sensible como el Cáucaso con la vista puesta, claro, en mantener la presión sobre Rusia y en disputar a ésta, en paralelo, el negocio de la explotación y el transporte de las materias primas energéticas extraídas en la vecina cuenca del Caspio.

Al margen de lo anterior, lo ocurrido los últimos días es un ejemplo de libro del obsceno vigor contemporáneo de los dobles raseros. Los de Washington saltan a la vista: si hace unos meses la Casa Blanca contestó abiertamente la integridad territorial de Serbia, ahora, en cambio, se acoge el principio correspondiente cuando de por medio se halla la del ahijado georgiano. Mientras, las acusaciones vertidas contra Rusia por haber intervenido militarmente fuera de sus fronteras no pueden producir sino estupor habida cuenta del registro que Estados Unidos arrastra en ese terreno. Claro que Moscú no sale mejor parado: si se opuso con energía a la independencia de Kosovo, ahora parece coquetear con una secesión de Osetia del Sur, mientras, y como es sabido, niega drásticamente cualquier horizonte de este cariz en la casi vecina Chechenia. Si las opiniones de Putin sobre los genocidios ajenos tienen, claro, una credibilidad menor, por no faltar ni siquiera falta el empleo instrumental de los contingentes de pacificación: desde hace tres lustros es evidente que los soldados rusos desplegados en Osetia del Sur y en Abjazia están alineados con uno de los bandos enfrentados, sobre la base de un modelo que Washington tuvo a bien patentar, con lamentable éxito, en Haití. Así las cosas, la conclusión parece servida: la integridad territorial y el derecho de secesión se blanden, por tirios y por troyanos, conforme a los intereses respectivos.

Si nada particularmente sólido hay que aportar en provecho de las causas que blanden Estados Unidos y Rusia —no nos engañemos en lo que hace al sentido de la política de Moscú, imbuida, como la de la Casa Blanca, de espasmos imperiales y, pese a las apariencias, a duras penas interesada en el destino de surosetios o abjazios—, haríamos mal en olvidar que al conflicto que nos ocupa no le faltan raíces locales. Es inevitable al respecto invocar, una vez más, las secuelas de las fórmulas de ingeniería ética que cobraron cuerpo tanto al amparo del zarismo como en la etapa soviética. Entre sus efectos, palpables, en la región se cuenta la existencia de dos Osetias, una emplazada al norte, en Rusia, y la otra situada al sur, en Georgia. Si ello por sí solo aporta un caudal ingente de problemas, lo suyo es agregar que la conducta de los dirigentes georgianos y surosetios a lo largo de los últimos quince años, por propio impulso o de resultas de presiones ajenas, no ha hecho sino agregar leña al fuego. Si los primeros abrazaron con rotundidad, en los años inmediatamente posteriores a la desintegración de la URSS, políticas abrasivas en el terreno nacional, que generaron un inevitable descontento en Osetia del Sur —y en Abjazia—, los segundos, alentados en este caso por una Rusia que ha entregado tan generosa como interesadamente pasaportes a la población local, no han dudado en buscar una permanente vía de confrontación que le dé alas a un proyecto de secesión (tal y como lo hizo entre 1999 y 2007, si así quiere, y salvando todas las diferencias que procedan, el grueso de las fuerzas políticas albanokosovares). En semejante escenario, y dicho sea de paso, uno está obligado a coger con pinzas las informaciones que, de un lado como del otro, acusan al rival de violencias extremas y limpiezas étnicas.

Es verdad, aun así, que quienes creemos en el derecho de autodeterminación estamos medio invitados a dejar constancia de un hecho insorteable: aunque lo suyo es examinar con detalle lo ocurrido con los georgianos étnicos otrora residentes en Osetia del Sur, sobran los motivos para concluir que la mayoría de la población local no desea pertenecer al Estado georgiano. Si así se quiere, éste es el único dato que invita a mirar con ojos concesivos alguna de las causas que se revelan sobre el terreno. No faltará quien aduzca, bien es verdad, que si detrás de muchas de las políticas que abrazan hoy los gobernantes georgianos se aprecia el aliento pestilente de Estados Unidos, a manera de liviana compensación la mayoría de los pueblos del Cáucaso septentrional miran con recelo a los osetios, históricamente entregados, por su parte, a una franca colaboración con Moscú.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de LA REPÚBLICA.

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Conspiración en Georgia, de Carlos Taibo en laRepública.es

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Muchos analistas se preguntan estos días por las razones que han podido conducir al presidente georgiano, Saakashvili, a lanzar en Osetia del Sur una ofensiva militar que parecía inequívocamente condenada al fracaso. Si cualquier conocedor de lo que se dirime hoy en el Cáucaso hubiera dado inmediatamente por descontado que la ofensiva en cuestión estaba llamada a provocar una inmediata réplica rusa, el sentido común recuerda, por añadidura, que la acción armada georgiana ha tenido que gozar, por fuerza, del beneplácito, y en su caso del apoyo logístico, norteamericano.

Aunque soy poco amigo de las explicaciones conspiratorias, por una vez me dejaré llevar por una de ellas. En algo recuerda —lo confesaré— a un argumento que se esgrimió con profusión cuando llegó el momento de explicar la anexión iraquí de Kuwait, en el verano de 1990. Entonces se sugirió que Estados Unidos le tendió una trampa a Saddam Hussein a través de eventuales garantías en el sentido de que una ocupación del emirato por Iraq no tendría mayor respuesta norteamericana. Conforme a la interpretación dominante, del lado de la Casa Blanca el propósito oculto habría sido, claro, disfrutar de una oportunidad de oro para deshacerse de un régimen molesto que disputaba a EEUU, con manifiesta osadía, la hegemonía en el Oriente Próximo.

El recordatorio de lo ocurrido en el golfo Pérsico casi cuatro lustros atrás viene a cuento porque —parece— bien pueden invocarse circunstancias parecidas en el escenario georgiano de estas horas. Reseñemos por lo pronto que merece poco crédito la explicación que apunta que el presidente Saakashvili se lanzó el viernes pasado a una dudosa operación militar en Osetia del Sur para acallar críticas internas y desviar la atención con respecto a los numerosos problemas que plantea su gestión política. Nuestro hombre ha pasado en los últimos tiempos por tesituras mucho más delicadas que la de este verano y nadie parece sostener en serio la apreciación anterior, tanto más cuanto que, por sí sola, conduce inequívocamente a un escenario más bien suicida.

La observación que se impone llama la atención, antes bien, sobre un eventual engaño estadounidense a Saakashvili. Según esta percepción, la diplomacia norteamericana habría garantizado al presidente georgiano que Rusia, consciente de lo delicado que es cruzar la frontera de un Estado soberano y recelosa de la perspectiva de una confrontación abierta con EEUU, en modo alguno respondería militarmente a una ofensiva en Osetia del Sur. Georgia recuperaría así en plenitud, y con gloria, el control sobre esa república y la credibilidad del Kremlin quedaría en entredicho. De la mano de este ardid, la Casa Blanca le habría puesto en bandeja a Saakashvili un triunfo que vendría a consolidar definitivamente su posición.

El lector razonable se preguntará inmediatamente, claro, qué es lo que Washington ganaría de la mano de una apuesta tan delicada, que —no lo olvidemos, y merced a una reacción rusa muy diferente de la anunciada— podría dar al traste con el poder del aliado Saakashvili y trastabillar muchos de los esquemas de presión norteamericanos en el Cáucaso. La única respuesta solvente a ese interrogante señala que, de resultas de la intervención militar rusa —el horizonte más probable—, y tanto más cuanto que ésta no parece se haya caracterizado por mesura alguna, los halcones de la Casa Blanca podrían insuflarle un aire nuevo a la alicaída confrontación con Moscú y reabrir de esta forma una tensión que vendría como anillo al dedo a sus intereses. La proximidad de las elecciones presidenciales estadounidenses le otorgaría valor añadido, en fin, a la jugada que nos ocupa, al amparo de argumentos interesantes para demonizar la aparente laxitud de las propuestas de Barack Obama.

No deseo ignorar que la hipótesis que expongo, como todas las que tienen un resuello conspiratorio, arrastra problemas no menores y obliga a acometer un notable ejercicio de imaginación. Quien se quede con esta legítima conclusión hará bien, eso sí, en proponer alguna explicación alternativa para la sorprendente conducta de la que han hecho gala en los últimos días los gobernantes georgianos.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de LA REPÚBLICA.

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Anticapitalismo dirigido, de Matteo Dean en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Al fracaso actual del neoliberalismo no responde un igual y contrario desarrollo del antagonismo de izquierda. La ilusión de ciertas luchas que se definen a sí mismas “anticapitalistas” choca con la realidad de grupos de intelectuales y militantes que en ciertos ambientes –los partidos políticos, ante que todo– han encontrado el lugar en donde estacionarse y sobrevivir a una forma de luchar y organizarse atropellada por el paso del tiempo.

Si es cierto que el neoliberalismo, tal cual lo hemos vivido y sufrido hasta hoy, está en una etapa de profunda crisis estructural, la razón no hay que buscarla del otro lado de la barricada, sino en el interior mismo del modelo político económico. Las causas residen en el tejido más profundo de este sistema que había ilusionado a los más –o al menos a la mayoría de los que gobiernan– con ofrecerles un sistema perfecto de equilibrio entre la producción, la ganancia y el bienestar colectivo. El sistema neoliberal, en cambio, se está derrumbando bajo el peso de sus propias ilusiones transformadas en pesadillas para los que lo promovieron y en miserias y muertes para la humanidad. No obstante, lo más probable es que asistiremos, una vez más, a la transformación de esta bestia feroz llamada capitalismo, transformación que le permitirá dejar de ser “neoliberal” para convertirla en algo más.

Pero, ¿qué hay del otro lado de la barricada?

Ciertamente hay una “izquierda anticapitalista”. Y, sin embargo, rechazamos la tesis según la cual ésta se encontraría entre las filas de los partidos políticos. El caso italiano, recientemente tomado por ejemplo en estas páginas, es paradigmático del vacío que representa cierta izquierda partidaria. El Partido de la Refundación Comunista (PRC) no es hoy la alternativa a este modelo. Ni lo ha sido en los últimos 15 años. Será, sin embargo, suficiente observar la trayectoria del PRC desde 2006, cuando la elección movimentista de la entonces dirección del partido se canjeó con una rebanada del poder político italiano. En las elecciones políticas de ese año, cuando la llamada “facción de centroizquierda” logró arrebatar el gobierno italiano al conservador Silvio Berlusconi, el PRC se presentó al electorado con pocas, pero claras consignas: no a la guerra, no a los centros de detención para migrantes, no a la precariedad laboral. Pero, como suele suceder, llegados al poder, alcanzados los escaños del palacio de gobierno, los del PRC parecieron olvidar repentinamente las consignas. Y, aún más grave, parecieron olvidar a los que hasta unos días antes eran los “compañeros de lucha”, es decir, al vasto movimiento que desde antes del G-8 de Génova y hasta por todo el ciclo de batallas en contra de la guerra, habían aceptado entablar un diálogo y una colaboración con la base inscrita en el PRC.

Un ejemplo sobre todos: el actual secretario nacional del partido, ese Paolo Ferrero que sorpresivamente arrebató el puesto al oficialista Nichi Vendola, en ese 2006 ganó el puesto de ministro de la Solidaridad Social. Si fuera poco, el neoministro logró conseguir las delegas por parte del gobierno al tema migratorio y a las políticas sociales. Bien, de solidaridad social se vio muy poco en el gobierno de centroizquierda italiano: la afamada ley migratoria italiana –amenazada de profundos cambios por los entonces candidatos de izquierda– sigue siendo la misma, sin alguna modificación sustancial; las tropas italianas siguen desplegadas en las mal llamadas “misiones de paz” en diferentes países, como por ejemplo Afganistán; la precariedad laboral –y contractual– continúa siendo el eje del sistema productivo italiano sin que los temidos neocomunistas hayan siquiera intentado cambiar los equilibrios de fuerzas entre el capital y la masa trabajadora.

Efecto “estómago”

Se podría ingenuamente esperar que todo lo anterior –más lo omitido que no alcanza para este espacio– haya sucedido a costa del PRC, sacrificado por una correlación de fuerzas internas a la mayoría de gobierno imposible de cambiar. Y sin embargo duele admitir que así no fue. Los votos a las misiones militares en el exterior, la inmovilidad que no permitió cambiar ciertos aspectos fundamentales de la convivencia colectiva, procedieron ambos de las filas del PRC. ¿Por qué? Por miedo a que el gobierno –en déficit de votos en el Parlamento– tuviera que renunciar, ofreciendo el espacio a la derecha que hoy ya gobierna Italia. ¿Cálculo para el bien de todos? ¿Un sacrificio de estos diputados y senadores y dirigentes neocomunistas, obligados a tragar lo indigestible de la política capitalista con tal de impedirnos el nefasto regreso de la derecha? Quizás. Y, sin embargo, hubo quienes ya no aguantaron y votaron en contra. Fue así que el senador del PRC Franco Turigliatto, quien se opuso a votar en favor de la política militarista del gobierno, tuvo que salir entre críticas y desprestigios del partido.

La esperanza es la última en morir y caminamos preguntando si esta vez el PRC será capaz de transformarse en algo distinto a lo que hasta hoy ha sido. Vistos los precedentes, el sentido común nos sugiere mantener cierto pesimismo, porque creemos difícil revertir lo que el subcomandante Marcos recientemente ha señalado, es decir, el efecto estómago del poder, que o te digiere o te hace mierda.

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