Reggio’s Weblog

Leopoldo Alas, de Ruth Toledano en El País de Madrid

Posted in General by reggio on 8 agosto, 2008

El 8 de junio de 2003, en una tarde asfixiante que preludiaba otro de los veranos que él odiaba, viví con Leopoldo Alas nuestra experiencia más dura y de más extraña intimidad: escribir juntos la necrológica de un amigo. Sentados frente a frente, sobrecogidos como dos traviesos escolares a quienes la desgracia devuelve a sus pupitres, intentábamos preparar (él, para El Mundo; yo, para EL PAÍS) el imposible resumen de quien había sido Joe Borsani, su hermano del alma, asesinado en Madrid pocas horas antes. Nos habíamos refugiado en casa de Pedro Lacalle, el amigo médico que el día 1 de agosto de 2008 marcó mi teléfono para confirmar que uno de esos pupitres, el de mi hermano del alma, se había quedado vacío para siempre. Yo no hubiera podido escribir, mi querido Leopoldo, tu necrológica, porque los ritmos del oficio no son los mismos que los del corazón y porque ya no estabas tú para escribirla conmigo. Habría necesitado que tú me devolvieras a títulos y fechas desde ese ensueño de mediodías en mi terraza de Chueca en el que entablábamos conversación con una paloma posada en el tejado de enfrente, a la que llamamos María Eugenia, o celebrábamos la vuelta de Rodolfo, un abejorro negro, gordo y peludo con el que trabamos amistad. ¿Un abejorro? No es serio. ¿A quién puede importar semejante excentricidad? Y sin embargo, Polo, posiblemente en ese encuentro con Rodolfo, el abejorro negro que comenzó a dar vueltas alrededor de nuestras cabezas y venció nuestra aversión mientras tú y yo reíamos a carcajadas, en éxtasis, abrazados, brillantes de sol de primavera, posiblemente, digo, estuviéramos entonces más cerca que nunca de la felicidad, la plenitud.

Leopoldo Alas ha sido un escritor prolífico, un profesional de los medios y, sobre todo, un gran poeta, así que todas las necrológicas que han empapado de tristeza las páginas de los periódicos hicieron, con mayor o menor acierto, justicia a su carrera. Ha sido también un destacado activista gay. Pero yo lo que quiero contar es que Polo y yo nos conocimos siendo dos adolescentes zangolotinos y letraheridos y que en la primera imagen que conservo estamos los dos escondidos en un baño de chicos de la Facultad de Filología de la Complutense, tapándonos la boca para ahogar no sé qué risa, y que no hemos dejado de hacer el gamberro desde entonces y que éramos pareja de bolos maricas y que la última vez que salimos juntos cantamos a dúo Yo soy rebelde, de Janette, en el karaoke de la plaza de los Mostenses, y juramos de nuevo preparar nuestro repertorio de versiones, en el que también estarían Azzurro, de Adriano Celentano, y Aline, de Christophe. ¿Un karaoke? No es serio. ¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo cante y que yo tenga roto el corazón? Y, sin embargo, Polo, en aquella noche loca, nos dábamos sobre el escenario, exultantes por nuestro debut, un beso que ya estaba, sin saberlo, herido de muerte.

Ahora quiere triunfar el vacío que Leopoldo Alas registró en sus poemas y esa muerte nos mira desde un palco. Puta. Esa muerte imponiendo que ésta es la condición y éste es el tiempo. Asquerosa. Esa muerte que nos posee a través de este miedo. Hija de Satanás. Esa muerte que nos obliga a asistir a este concierto de desorden. Odiosa como nunca. Mala. Imbécil: es una muerte que no sabe que Leopoldo Alas era tantos que a todos no se los ha podido llevar y que seguirá siendo, según quien lo guarda consigo, Leopoldo o Polo o Leo e incluso Poldo y Polanski y hasta Furiase. Que su mayor legado, el envidiable, el que determina el verdadero triunfo de una vida, sigue presente de forma inusual: una cadena de afectos asombrosamente numerosa e interactiva que ha llenado de amigos su vida y la de los demás y que sigue afianzando, y hasta creando, lazos póstumos.

Leopoldo Alas no era un santo, como parece que son todos los muertos. Era un poeta. Un ángel fieramente humano, que representó como nadie nuestra paradójica naturaleza: el más amargo y el más dulce, el más brutal y el más tierno. Era nuestro espejo oscuro y el que nos enseñaba también la mejor cara: la que nunca envejece, la que se vuelve desde la luz con su flequillo adolescente y nos sonríe, cómplice (“Ruti, Ruti, que nos fusilan”). Tu ausencia, Polo, como a ti antes las de Joe y Julito Romero, es una ráfaga continua que me ametralla de dolor. Y sólo puedo entenderla pensando que te has ido, adelantado, a descubrir el gran misterio para poder contárnoslo.

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