Reggio’s Weblog

Solzhenitsin y la «intelligentsia» hispana, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Cultura, Educación, Literatura, Política by reggio on 6 agosto, 2008

Fue un 20 de marzo de 1976, justo cuatro meses después de la muerte del dictador. Presidía el Gobierno Arias Navarro. Fraga hacía de gran estrella mediática en la prensa europea. Areilza intentaba convencer al mundo de que el cambio en España iba en serio. Los conflictos sociales estaban a la orden del día. Los clamores en las calles se sucedían. El llamado búnker no dejaba de rugir sus recordatorios y avisos. España convulsa y confusa. España agitada, llena de esperanzas y no exenta de miedos. No sólo se asomaba el destape en el cine y en determinadas revistas, también en política. ¡Tantas y tantas eclosiones de quienes se declaraban demócratas con pedigrí y, sin embargo, habían guardado silencio, cuando no incurrido en complicidades, durante la dictadura! Las siglas, de partidos y sindicatos, eran una especie de diluvio. La política, con mayor o menor información y claridad, lo acaparaba todo. Un país adicto a la conversación política, tras cuatro décadas de silencios obligados y de fracasos conspirativos contra el régimen.

Y entonces llegó Solzhenitsin. Aquel escritor ruso, con aspecto decimonónico, comparecía en el programa «Directísimo» que conducía José María Iñigo. No pudo ser más claro al decir que la España de entonces gozaba de unas libertades impensables en Rusia, empezando por la presencia en los quioscos de los principales diarios europeos. No pudo ser más contundente al hablar del estalinismo en particular y del sistema soviético en general.

La memoria no puede traicionarme. El literato ruso nacido en 1918 no pudo no recordar lo que para él y para la juventud del mundo de entonces significó aquella República española amenazada tras el estallido de la Guerra Civil. Sin embargo, al mirar hacia el futuro, aquel hombre parecía temer que aquellos primeros balbuceos de democracia en España no acabasen bien. Parecía la más elocuente imagen del título de uno de los más conocidos libros de Erich Fromm, es decir, de «El miedo a la libertad».

Pero lo más inolvidable de aquella entrevista fueron las reacciones ulteriores que hubo por parte de algunos de los más conspicuos representantes de la «intelligentsia» hispana. Se escribieron auténticas atrocidades contra el escritor ruso y no hubo ni una sola crítica al sistema soviético, ni siquiera al estalinismo.

No perdamos de vista que en 1976, cuando el eurocomunismo estaba ya en el discurso político, la flor y nata de la intelectualidad española no parecía haberse enterado de los horrores del estalinismo. Iban y estaban por detrás de los líderes políticos. ¡Caramba con la intelectualidad, caramba con su lucidez, con su capacidad de adelantarse, con análisis claros, a los hechos! Y lo más curioso de todo era que los que arremetieron con mayor virulencia contra el Nobel ruso se las habían apañado para vivir en España durante el franquismo. ¡Con qué maestría habían sabido ocultarse algunos prosoviéticos del llamado exilio interior, cuando se daba el caso de que anticomunistas viscerales como Madariaga no regresaron a España hasta después de la muerte de Franco! ¡Qué extraño era aquello!

¿Cómo era, Dios mío, cómo era posible tamaña ceguera? Primero, no haberse enterado del estalinismo y sus crímenes, luego de lo acontecido en Hungría y Checoslovaquia, y, sin embargo, haber sobrevivido en la España de Franco. Lo que Orwell había denunciado antes acerca del totalitarismo soviético no llegó a nuestros intelectuales más preclaros.

Aquello no era lógico para nadie y menos aún para un adolescente que no podía ser ajeno a la pasión política que se vivía entonces. No hubo más remedio que esperar, no muchos años para comprobar la asombrosa capacidad de adaptación de algunos de aquellos al primer felipismo, porque, si los datos no me engañan, entre los más furibundos detractores de Solzhenitsin estuvo alguien que, andando el tiempo, se adhirió al sí a la OTAN preconizado por González. ¡Admirable coherencia, vive el cielo! Solzhenitsin y la «intelligentsia» hispana. La reacción a las declaraciones televisivas de aquel hombre hacían presagiar que las anheladas libertades que tanto se insinuaban no significarían, al menos de inmediato, la recuperación de una intelectualidad lúcida e independiente.

¿Sería inapropiado pensar que el llamado desencanto se asomó por vez primera al ver una intelectualidad cuyo discurso no sólo iba por detrás de la clase política, sino que además era ciego, sordo y maniqueo?

Pues, mire usted, puede que sí, puede que aquello fuese ya un atisbo.

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