Reggio’s Weblog

Bajo el bosque de abedules, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

Posted in Cultura, Educación, Literatura, Política by reggio on 6 agosto, 2008

TIEMPO RECOBRADO

Alexander Solzhenitsin, condecorado por su valor como oficial del Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial, fue condenado a 11 años de prisión y destierro por un comentario jocoso en una carta sobre el «bigotudo» Stalin. Osip Mandelstam había muerto en un campo de concentración en Siberia por un poema en el que comparaba al dictador con un oso mugriento.

Solzhenitsin tuvo más suerte y sobrevivió para transmitirnos cerca de 250 testimonios de la represión estalinista que él había recopilado durante la guerra, sus ocho años de estancia en la cárcel y su posterior confinamiento en Kazajistán. Son casos con nombres propios, que surgen de la tumba para contarnos con la voz del escritor ruso la tragedia de una época de infamia y horror.

Puedo imaginarme a Solzhenitsin en su cabaña de Rodzhdetsvona, una casita de madera sin calefacción y luz eléctrica, situada en medio de un bosque de abedules, contando con su letra menuda y apretada tanto sufrimiento. Los folios que salían de su pluma eran cuidadosamente ocultados en un arcón bajo tierra para evitar que el KGB se los incautara, como así sucedió tras torturar a una de sus amigas y colaboradoras, que posteriormente se ahorcó.

Lo que no sabían los servicios secretos soviéticos es que una copia de Archipiélago Gulag estaba ya en París, a punto de salir a la luz. Igual le había sucedido a Boris Pasternak con su inmortal Doctor Zhivago -tal vez la mejor novela del siglo XX-, rescatada por Feltrinelli y publicada en Italia a finales de los años 50, a partir de una versión en francés.

Solzhenitsin, como Pasternak, Mandelstam, Bulgakov, Ajmatova, Platonov, Babel, Tsvetayeva y una larga lista de escritores, representa el triunfo de la voluntad individual frente a un sistema concebido para aniquilar cualquier atisbo de crítica o creación. Todos ellos fueron aplastados por la maquinaria soviética: sufrieron cárcel, persecución y la mayoría acabó sus días en Siberia, en el suicidio o ambas cosas, como la citada Tsvetayeva, la gran poetisa del amor y uno de los valores literarios que la posteridad pondrá en su lugar.

Ninguna de las citas que aparece en este artículo es superficial o retórica porque todos y cada uno de esos escritores apostaron su vida y la perdieron para transmitirnos ese infinito horror que hoy nos parece tan distante pero que sigue tan cercano en el tiempo. Su espíritu pervive en ese bosque de abedules en el que se inspiraba Solzhenitsin y que simboliza lo mejor de todos nosotros.

© Mundinteractivos, S.A.

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