Reggio’s Weblog

Crisis, crisis, crisis, de Germán Yanke en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 10 julio, 2008

Bajan los precios de la vivienda pero el mercado inmobiliario sigue estancado. El descenso del consumo, en algunos sectores alarmantes, hace que muchos comercios rocen el peligro, algunos se cierran. En el consumo básico, la alimentación por ejemplo, estamos en la fase en la que se eligen los productos más baratos con el correspondiente detrimento de la facturación y las expectativas. Suben las hipotecas. El aumento de los tipos de interés nos afecta más que a otros. No crecemos. Sencillamente no crecemos y vislumbramos la recesión en el horizonte próximo. En estas circunstancias, cuyos detalles podrían ampliarse, resulta de todo punto ridículo el debate sobre si se acierta con la palabra “crisis” o si hay que evitarla, ya sea porque se pretende con ello tranquilizar a los ciudadanos o deteriorar menos al Gobierno. Lo que se está viendo es que tan absurda pretensión no consigue generar confianza, que se desploma, y sume a los gobernantes en la comicidad: ahora el presidente Rodríguez Zapatero dice ¡crisis!, ahora se le escapa al vicesecretario del PSOE y se lamenta de haber sido contagiado por el lenguaje de otros, etc.

Los eufemismos no ayudan, desde luego, al diagnóstico adecuado y, sin él, es complicado poner en marcha la medicina adecuada. Lo sería en todo caso, pero más si no reparamos en que la economía española, además de las medidas urgentes y las restricciones presupuestarias precisas, necesita reformas estructurales. El sinsentido se formula claramente cuando el Gobierno parece hacernos creer que la política económica debe ser la misma en periodos de fuerte crecimiento que en los de crisis, como ahora. La única necesidad común, porque es estructural, es mejorar las instituciones económicas para lograr mayor competitividad y menores restricciones intervencionistas y lo que hace la situación presente es acelerar y subrayar la urgencia.

El recurso retórico a que nada va a ser limitado (que afecta a las prestaciones sociales, pero no sólo a ello) y que tenemos una suerte de “reserva” del pasado reciente lleva con frecuencia, como estamos viendo últimamente, a apelar al déficit como solución para todos los males. Debe tenerse en cuenta que el uso del Presupuesto (es decir, del gasto) para paliar la crisis no es una pomada mágica, sino que supone un impuesto adicional para todos los contribuyentes sin distinción. Si se añade a que la política asistencial de la última fase de la anterior legislatura, quizá por su carácter electoralista o por las prisas, ha adolecido de la tópica arbitrariedad que termina por no tener realmente presentes a los realmente necesitados, sino también a los más ricos, el efecto perverso es, más que un cierto peligro, un peligro cierto.

Mientras el Banco de España piensa que la crisis va a ser incluso más larga de lo esperado, el Gobierno parece confiar en el verano como distracción general, en las buenas palabras y en ese punto infantil con el que el presidente se presenta ante la opinión pública diciendo que dedica muchas horas al asunto. Ya dijo lo mismo, por cierto, en pleno “proceso” y lo de ETA terminó como terminó. Ni se logra generar confianza así, ni se resuelven las incógnitas, ni se afrontan las necesarias reformas. Si el Gobierno no da los precisos pasos por no reconocer el tiempo perdido o por temer la mala imagen del reconocimiento, debería pensar al menos cómo se desangra el apoyo popular que tiene por su escasa iniciativa.

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