Reggio’s Weblog

Belleza y muerte en el Liceu, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Literatura, Música by reggio on 17 mayo, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Un canon es el referente cultural elaborado por la clerecía intelectual para uso de la gente; antiguamente se decía de las masas, pero el término cayó en desuso desde el momento en que la democrática exigencia de un hombre un voto obligó a un trato lingüístico deferente. Ese peso del canon lo sentí en mí mismo ante el estreno en el Liceu de la ópera de Benjamin Britten, la última de su producción, cuyo título es ya una asunción absoluta del canon de la cultura europea del siglo XX. Ahí es nada. Decir Muerte en Venecia ya contiene una obligada referencia a Thomas Mann, probablemente el novelista más indiscutido de la modernidad hasta el día de hoy.

¿Quién sabe qué suerte correrá Mann el chico? ¿Hay alguien con la clarividencia de poder calcular si dentro de treinta años no se vengará de él Mann el grande, es decir, su hermano mayor, Heinrich, ahora tan olvidado y en otra época el más famoso de los Mann?

Tenemos, pues, a Thomas Mann y su novelita La muerte en Venecia; apenas ochenta páginas en la edición que tengo a mano. De ella saldrá la inspiración del músico Britten para su ópera. Pero en vísperas se produce un acontecimiento cinematográfico. Luchino Visconti adapta a su manera el texto de Mann el joven para un filme que ha quedado como uno de los cánones de la cultura occidental. Así quedó en el imaginario colectivo -el que suele ver, más que leer- una determinada imagen del protagonista Gustav Aschenbach, de su situación en el gran hotel veneciano, de la ciudad, de la aristocracia anterior a la Primera Guerra Mundial, con la que es evidente que uno entra en el siglo, corto en años y largo en crímenes, que fue el XX. Lo de menos, siendo importante, no es que Visconti transformara al escritor acabado en un músico melancólico y que además se pareciera a Gustav Mahler, adagietto incluido. (Me divierte la anécdota, con toda probabilidad inventada -como casi todas-, del ejecutivo de la Warner norteamericana que se acercó al gran Luchino para preguntarle si ese tal Mahler aceptaría un contrato para que pusiera música a más películas de la productora). Lo que convirtió su filme en el icono -y la significativa retirada del artículo la, con lo que se produce una equiparación entre las palabras muerte y Venecia, que serán utilizadas a partir de entonces con una reiteración abusiva, nada coincidente con lo que significó Venecia durante siglos, desde Casanova y Byron hasta el gran Fortuny, hijo, o Paul Morand o su opuesto Vittorio Vidali, senador comunista, conocido durante nuestra guerra incivil como comandante Carlos-, lo que más influyó, digo, fue la brillante y afectada interpretación de Dirk Bogarde en el papel de Aschenbach, y la ambientación, ese halo viscontiano que convierte su cine en un gran teatro, donde uno espera que de un momento a otro aparezca Sarah Bernard o Eleonora Duse, y que en este caso no es otra que una etérea Silvana Mangano, con ese frunce en el labio y ese porte que la convertía en actriz deseada e inalcanzable, ya fuera duquesa polaca o recolectora de Arroz amargo. Con el peso de tantos cánones, Mann, Visconti, Britten, Bogarde y la Mangano, ¿cómo puede uno afrontar el estreno en el Liceu de una ópera que se estrenó hace 35 años? A mí no me entusiasmó la obra de Britten, y el montaje me pareció torpe y absolutamente desacertado. Me gustaron los cantantes incluso en sus limitaciones, que le daban una verosimilitud mayor a una ópera de esas características. Mención aparte y sobresaliente la del contratenor Carlos Mena, cuyo timbre prodigioso merecería una reflexión sobre el espectacular tránsito de los castrati antiguos a los sesudos contratenores de hoy. Es una representación que nadie en su sano juicio cultural debería perderse, porque ahí, en los entresijos de esta obra, están las claves fundamentales de nuestra cultura del siglo XX. ¿Por qué Britten, un homosexual notorio con pareja estable en la permisiva sociedad londinense, osa hacer este testamento? Una reflexión sobre la belleza ligada a un adolescente, según el canon clásico, platónico, donde se cita el Fedro, al igual que hace Thomas Mann, pero no Visconti que convertirá a su músico en un pederasta emboscado; emulando quizá al Pasolini que él no se atrevió a imitar o a Foucault cuando por las tardes se ponía el traje de cuero, montaba en la moto y se iba de cacería adolescente. Eso es lo imperdonable del montaje en el Liceu, que todo lo que sugiere Mann, y que Britten hace más evidente, se convierte gracias a la escenografía, y a un vídeo cutre, en la consumación de un deseo. La imagen del beso, en vídeo de teléfono móvil, es una interpretación simple de las dificultades que representa para un escenógrafo plasmar la doble frustración de un escritor: la belleza que no puede atrapar y el agostamiento de la creatividad. ¿Alguien se imagina una representación de Dante haciéndose pajas por las esquinas de Florencia mientras escribe el último canto a Beatriz?

Estamos ante un problema de sensibilidad, y eso es tan grave o más que un problema de comprensión de la obra, porque detrás de la sensibilidad se esconde el talento. Visconti lo tuvo al convertir a Aschenbach en lo que deseaba: un misántropo que no quería morir sin gozar. Ahí está ese Dirk Bogarde tiñéndose el pelo ante un barbero digno de Rossini. Pero Britten no es eso. Es un músico de verdad y no una parodia de Mahler, como hace Visconti en su importantísimo filme. Britten es consciente de su final como creador y como persona; él mismo dijo que en su Muerte en Venecia había lo mejor y lo peor de su música. Hay pasajes de una belleza y de una fuerza conmovedoras; incluso aquellos en que no sabe demasiado bien cómo expresar esa angustia de la vejez ante la hermosura adolescente. Esa evocación delicadísima a los discóbolos griegos… transformada por mor del director teatral en una pirámide de culitos desnudos. ¡Pobre Platón, pobre Mann, y pobre Britten, con estos arrieros! Se me ocurre la idea de iniciar Romeo y Julieta echando un casquete en el primer acto.

Siempre he pensado que La muerte en Venecia de Mann el joven, pensada hacia 1911, es la respuesta culturalmente aristocrática al gran éxito de su hermano, Mann el mayor, cuando publicó su Profesor Unrat unos años antes. Heinrich Mann, el mayor, había escrito la historia de la pasión de un profesor por una bella cabaretera, de donde saldría nada menos que El ángel azul (1930) que consagraría a Marlene Dietrich y a su director Von Sternberg. Thomas Mann hará lo más difícil, lo que también estaba en su tortuosa personalidad. Una pasión senil de un viejo escritor hacia un adolescente al que ni conoce, ni habla, ni toca. ¡Ni toca! ¡Esto es fundamental para Thomas Mann y para Britten! Y no porque no conocieran a los chaperos de la época, en forma de camareros para Mann y de admiradores para Britten.

Nosotros escribimos en los periódicos para plantear preguntas, no para resolver dilemas. Hay otros gremios dedicados a eso: los psiquiatras, las curas, los diseñadores, los tertulianos y los inversores financieros. Y el interrogante es sencillo: ¿por qué en la década de los setenta dos creadores de la fuerza de Visconti y Britten recuperan un texto menor de Thomas Mann, de 1911, para hacer dos enfoques paralelos, y por tanto nada coincidentes? Puede ser casual, pero en la vida nada es casual, y lo que parece así, con el tiempo, resulta explicable por más que ahora nos parezca incomprensible. La homosexualidad emboscada, y enfermiza, de Thomas Mann -tan diferente a la sexualidad de su rijoso hermano Heinrich-, oculta tras la figura de heredero de la impecable burguesía germana del Norte, empezó a divulgarse gracias a la publicación tardía de sus diarios. Quizá eso facilite una explicación, pero es muy limitada, no responde a la cuestión de fondo que va más allá de la homosexualidad de los diversos protagonistas Mann, Visconti, Britten. Y esa cuestión no es otra que la misma que plantearon en la pintura dos longevos pasionales como Tiziano y Rubens, o el Picasso último con su Minotauro follador. La de un creador, viejo y solo, ante la belleza, joven y gozosa.

Si pueden, apúntense al Liceu y escuchen y vean Muerte en Venecia de Britten. Merece la pena incluso cuando se hace irritante.

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Una respuesta

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  1. Poli said, on 20 mayo, 2008 at 2:11 pm

    Habría querido pasar de Morán, una vez puestos al descubierto los dislates de su penoso libro sobre Barrett. Pero… ¡esto es demasiado! ¡vaya despliegue de pedantería!
    Morán ahora pontifica de crítico músical (lo que le faltaba) y, por supuesto, deja a la altura del betún a cualquier experto.
    El artículo es un torpe pim-pam-pum de fuegos de artificio, para finalmente no decir nada. O más bien para decir una sóla cosa: lo mucho que sabe de todo, y para demostrar lo culto que es, queriendo así vencer el eterno complejo que le produce su carecencia de formación académica.
    Las columnas de Morán se han convertido en un “aquí hay tomate” en plan aparentemente “culto” (en realidad, en plan pedante): cuando no hay insultos, se vuelven soporíferos.
    Ni siquiera las referencias a las pajas y demás genialidades “vanguardistas” de Morán, logran desperezar al adormilado lector.


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