Reggio’s Weblog

El agua, que todo lo enturbia, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 16 abril, 2008

Aun siendo muy crítico con el actual estilo de gobierno y de oposición en Catalunya, no comparto los análisis que atribuyen todos los males a la estricta incompetencia personal de unos u otros. Ni siquiera en el caso actual de la gestión de una amenaza grave de sequía. Precisamente, el hecho de que en momentos se haya llegado al surrealismo, más bien sugiere que la explicación del desbarajuste no puede estar en la simple incapacidad personal de los responsables, y menos entre personas de gran sentido común y probada experiencia política.

Creo que es un error de funestas consecuencias el menosprecio de los adversarios políticos. Confundir el desacuerdo con la incompetencia, la discrepancia de intereses con la sospecha de corrupción, la diferencia política con la descalificación moral o la divergencia de proyectos con la falta de patriotismo, sólo sirve para provocar una mayor desconfianza generalizada entre el ciudadano y la gestión de lo público. Además, a quien perjudica de manera más clara esta actitud es al que menosprecia, porque le impide hacer un juicio correcto de la realidad y actuar de manera eficaz sobre ella. Las últimas elecciones han sido, para quien la quiera aprender, una gran lección sobre las malas consecuencias de las lecturas fáciles y cómodas – es decir, partidistas- de la realidad política. Pero, lo que es peor, a menudo la lógica del menosprecio delata la incapacidad, o la poca legitimidad, para el ejercicio de una rigurosa e implacable crítica política. El moralismo es la muleta del impotente.

Tampoco creo que la actual falta de liderazgos fuertes se deba a la escasez de líderes. Haberlos, haylos, pero estos sólo aparecen cuando se dan las condiciones de posibilidad. Ahora mismo, un fuerte liderazgo populista quizá sería la peor salida de todas las imaginables. Sería preferible la existencia de buenos equipos humanos, bien cohesionados y bien liderados, pero resistentes a la tentación populista que algunos añoran. Pero si no tenemos tales equipos, si da la impresión de que en política no están los mejores o, peor, que los mejores dejan de serlo y se pierden justo cuando entran en política, si los líderes se queman rápidamente o hacen mutis por el foro, es que el problema no está principalmente en los individuos, sino en las reglas de juego.

El caso de la crisis del agua, que ya tiene un alcance mayor que el de la solución urgente de los problemas que pueda producir la sequía, en cuanto se calme un poco, debería ser estudiado para poner en claro los determinantes de la permanente inestabilidad de la política catalana y la sensación de desastre en la que se ha instalado en los últimos años. Porque lo que es indiscutible es que, se trate de los trenes, de la luz eléctrica, del agua o de cualquier otro desafío, ni gobierno ni oposición dan la talla ni ofrecen la imagen de país serio ni de políticos responsables. Incluso si se tratara de un gobierno que hace el ridículo ante una oposición exigente, podría pensarse que sólo hay que esperar que lleguen mejores tiempos. Pero no es así. El oportunismo de CiU sacando el tema del Ródano aprovechando la sequía, la estúpida provocación no censurada por CDC del ex alcalde de Tarragona avisando que él rezaba a la Virgen para que no lloviera para no facilitar las cosas al gobierno o la exigencia de imposible cumplimiento pidiendo que sea el gobierno catalán quien resuelva algo sobre lo que no tiene competencias, sólo es equiparable a la tontería del gobierno de no querer llamar a los trasvases por su nombre, a la insensatez de desafiar al Estado con empezar unas obras sin permiso como hizo el secretario de organización del PSC o al ridículo de reaccionar irritadamente por la cortesía parlamentaria de Zapatero hacia Duran. Y hasta ahora, la política catalana ha hecho el ridículo ante imponderables accidentales y meteorológicos. Asusta pensar qué pasará cuando se trate de reaccionar a la sentencia del Constitucional o de acordar la nueva financiación a la que obliga el Estatut.

La gran cuestión está en saber por qué gente, cuya seriedad personal no me parece razonable que pueda ponerse en duda, actúa de manera tan disparatada y, según los indicios, sin darse cuenta de ello. Y sólo tengo dos líneas de razonamiento para explicarlo. O es una crisis de las formas políticas, o es un mal estructural de la política catalana, una especie de aluminosis que habría maltrecho las vigas sobre las que se aguantaba todo el escenario catalán. La hipótesis de la crisis de las formas arrancaría de las consecuencias del debate estatutario en Catalunya, donde se cruzaron todos los límites del respeto básico. Unos a otros, los partidos se acusaron de lo peor. Y, una vez perdido el respeto, reconstruir las bases de una relación constructiva es casi imposible. Ahora estaríamos en tiempos de zancadillas permanentes, ajustando cuentas pasadas, impidiendo cualquier avance.

La hipótesis del mal estructural aun sería más grave. El problema estaría en las reglas de juego, en la disonancia entre lo que se pretende ser y lo que el sistema político permite. Por volver al agua: si el Govern no tenía en sus manos la posible solución a la sequía, ¿por qué meterse en tal berenjenal? Y si CiU vivió en propia piel la irresponsabilidad de los que atizaron el conflicto territorial por el agua, ¿por qué siente ahora la tentación de una revancha que sólo puede acabar mal? ¿Qué reglas arrastran a unos y otros a las aguas turbias del propio desprestigio? ¿En qué espiral perversa se ha metido la política catalana? ¿Habrá que esperar la aparición de nuevos actores políticos no atrapados en el actual laberinto?

salvador.cardus@uab.cat

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