Reggio’s Weblog

Continuidad de un sueño, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 31 marzo, 2008

Algunos amables lectores me han comentado que a mi artículo sobre “La crisis catalanista” (ver a continuación), publicado el pasado lunes, le faltaba una segunda parte que, más allá del diagnóstico propuesto, se atreviera con un pronóstico. Los que escribimos en los periódicos no debemos abusar de la futurología, pues bastante trabajo tenemos ya con el presente y sus ruidos. No obstante, la reciente desaparición de una figura tan importante como el político, historiador y abogado Josep Benet me ha dado la clave para otear, modestamente, esos perfiles más difusos que preocupan a muchos. Comentando la pérdida de un referente como Benet, siempre abierto a enseñar a las nuevas generaciones, el profesor y amigo Agustí Colomines acertó a definir en pocas palabras lo fundamental de aquellos que, con desprecio de la mediocridad que les rodeaba, se arriesgaron a combatir a la dictadura: “Su gran fuerza es que tenían todo el país en la cabeza y, además, supieron imaginar un futuro mejor cuando todos los hechos desmentían su sueño”.

Los hombres que cogieron la bandera de la resistencia catalanista contra el franquismo tuvieron que sostener, en medio del naufragio, un sueño que había madurado, a principios del siglo XX, de la mano de Prat de la Riba y que supuso un verdadero revulsivo en una sociedad atenazada por la decadencia general. Con el advenimiento de la Segunda República, ese sueño vivió un instante de magia, pero, rápidamente, fue fulminado por la peor pesadilla, en la que, junto a figuras de talla, pesaron mucho los políticos incompetentes, irresponsables y destructivos, entre los cuales no faltaron quienes exhibían la senyera. Tras la victoria militar de Franco, los catalanes más entusiastas con el orden nuevo proclamaron que el catalanismo o nacionalismo catalán – todo él, sin distinciones ni matices- había constituido “una falsa ruta” que había conducido a Catalunya a la ruina. A pesar de considerar que el catalanismo ya era “un cadáver”, estas voces advertían de la necesidad de sepultarlo para siempre “para el bien de Cataluña y de España entera”. No lo consiguieron, a pesar de usar todos los métodos represivos al alcance del régimen.

En ese mismo momento, en cambio, otros catalanes, dentro y fuera del país, pensaron que el catalanismo era precisamente un consistente hilo de continuidad que, por encima de los avatares y los errores, enlazaba varias generaciones comprometidas con ese sueño que era, en realidad, un proyecto de modernidad, democracia y bienestar para toda una sociedad, inclusivamente. Y pensaron también que ese hilo de Ariadna era necesario, insustituible, para escapar del laberinto de una historia malhadada y abocada a supurar en los márgenes de Europa. Hombres de ideologías distintas, a veces enfrentados duramente entre sí, remaron en la misma dirección, unidos por el catalanismo y por la lucha contra un enemigo común. Pienso en el mencionado Benet y en figuras como Josep Solé Barberà, Josep Pallach, Raimon Galí o aquellos que, siendo más jóvenes, cogieron el testigo, caso de Jordi Pujol y Joan Reventós, entre otros. Contrariamente a lo que sostienen quienes no conocen bien el nacionalismo catalán o catalanismo, su fuerza – en 1901 y en 1950- no residía en la nostalgia romántica por las piedras medievales, sino en el convencimiento de que era posible construir un futuro que rompiera con unas estructuras caducas, que vinculaba la defensa de una identidad concreta a Europa y al progreso político, económico y social. Lejos de espejismos foralistas, el catalanismo extrajo su conexión con una mayoría social de su acierto para sintonizar adecuadamente con los cambios a gran escala.

Hoy, a comienzos del siglo XXI, en un contexto marcado por la globalización económica y cultural, por la emergencia de nuevas potencias mundiales, por el desafío de las nuevas migraciones, por el reto de los últimos avances en biomedicina y comunicaciones, el catalanismo no puede dedicar todas sus fuerzas a vigilar las maniobras del Madrid oficial; mantener la diferencia frente a las inercias centralistas y el poder de unas autonomías con derecho a veto no puede hacernos perder de vista lo demás. Siendo todo ello importantísimo, la continuidad del catalanismo está vinculada, a largo plazo, a la actualización inteligente de ese sueño que no tenía miedo del porvenir. Y actualizar significa mirar afuera y hacer nuevas preguntas, dejando a un lado el contestador automático y el temor reverencial a poner en crisis determinados axiomas y léxicos. Ello no implica renunciar al sueño, sino orientarlo hacia los vientos de cambio, para que el catalanismo no acabe constituyendo una minoría menguante de la sociedad catalana, sino ese hilo capaz de distribuir energías colectivas, incluso entre aquellos que nunca se definirían como catalanistas. En esta tarea, la política tiene un lugar central, pero de nada servirá si no va acompañada de una intervención real, no retórica, de las fuerzas sociales, económicas y culturales que mueven el día a día.

Sería imperdonable que nosotros, que ya hemos crecido rodeados de todas las oportunidades, interiorizáramos hoy un desánimo y un fatalismo que, en cambio, nunca lograron derrotar a Josep Benet y a los que surcaron la larga noche.

La crisis catalanista, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia (Lunes, 24 de Marzo de 2008)
Desde que tengo uso de razón, escucho y leo que el nacionalismo catalán o catalanismo está en profunda crisis. Todos estos tópicos regresan ahora con más fuerza, tras las elecciones del 9 de marzo.

¿Está en crisis el catalanismo? Si hablamos de los partidos políticos, el asunto se puede medir fácilmente observando los votos, pero hay disparidad de criterios a la hora de usar este material. ¿Contamos sólo las elecciones generales o también los comicios catalanes, tan distintos unos de otros? ¿Qué siglas sumamos para establecer que el catalanismo avanza o retrocede? Según la conclusión a la que se quiera llegar. Por ejemplo, el mismo diario que ahora certifica que “el nacionalismo se achica” (poniendo a CiU y ERC en la misma bolsa) proclamó, el día después de las últimas elecciones al Parlament, que las izquierdas seguían sumando y, por tanto, salvaban el mal resultado de Montilla. En ciertos medios, los republicanos computan como parte del nacionalismo o de las izquierdas en función del relato elegido.

No nos perdamos en los espejismos. Lo objetivo es que CiU pierde votos desde 1995, lo cual es más acusado en las generales que en las autonómicas, donde sigue siendo la opción preferida; del mismo modo, CiU demuestra tener un suelo electoral sólido, pero insuficiente para romper el bloque tripartito. ERC, que creció de manera espectacular entre 1999 y el 2004, se ha demostrado incapaz de consolidar los nuevos sufragios recibidos, incluso en el mundo local, y acusa una altísima volatilidad, lo cual beneficia al PSC últimamente. Electoralmente, el nacionalismo o catalanismo se ha estancado, lo cual interpela a CiU sobre su capacidad para atraer a nuevos votantes y repescar a los insatisfechos. Ello se ve magnificado al contar el PSC con la presidencia de la Generalitat.

Catalunya es percibida como algo distinto políticamente por un hecho irrefutable: el mapa de partidos catalán es único y no tiene nada que ver con el de la mayoría de las provincias. Y este mapa tiene, automáticamente, una traducción en las Cortes españolas, donde CiU es, casi siempre, la tercera fuerza y eventual bisagra. De ahí que desde el PCE hasta el PP y desde los guerristas hasta Juan Luis Cebrián se propugne una reforma de la ley electoral. Pero no es previsible que las próximas elecciones al Parlament supongan el fin del mapa político catalán. El esquema gallego, que sería ideal para el PSC, queda lejos. Por ello, Montilla necesita que Zapatero se muestre generoso con la financiación. ¿De qué sirve tener un president de la Generalitat socialista si no le hacen caso en Madrid?

¿Está en crisis el catalanismo? Si hablamos de las premisas políticas, no. La prueba de ello es la necesidad imperiosa que tiene el PSC de concretar un mejor marco financiero. Salvo el PP y Ciutadans, el resto de los partidos asume el legado del catalanismo político que nace a primeros del siglo XX y que se basa en tres supuestos: la defensa de una identidad catalana abierta basada en la cultura y la historia, la defensa de un autogobierno con instituciones modernas y la defensa del progreso y el bienestar para los catalanes. Otra cosa muy distinta es lo que ha ocurrido con la antigua misión modernizadora del catalanismo en España, una dimensión hoy completamente agotada. La capitalidad de Madrid como escaparate de un Estado fuerte y el papel de las nuevas elites en las regiones que gobiernan PSOE y PP con acendrado clientelismo señalan que nunca más desde Catalunya se podrá proponer “otra forma de hacer España”. Las quimeras federalistas del PSC son un simple pasatiempo.

¿Está en crisis el catalanismo? Si hablamos de ideas de fondo y de estrategias, sí. Porque el eterno empate entre una España que no logró ser Francia y una Catalunya que no supo imitar a Portugal va camino de resolverse, finalmente, en favor de la primera. Pero no vayamos a confundir lo probable con lo inmutable. La última batalla del Estatut, hoy pendiente en el Tribunal Constitucional, nos enseñó que, para seguir siendo fieles al legado de 1901, debemos soltar lastre y levantar nuevos mapas del terreno, empezando por analizar los valores y los intereses de los catalanes de ahora. El lenguaje de la vieja partida ya no sirve, como tampoco la pedagogía unilateral o el psicologismo que reduce el catalanismo a pulsión futbolística. Zapatero ha dejado claro que no quiere que Catalunya sea un estorbo en esta nueva legislatura. No podíamos esperar una señal más diáfana para dar con nuevos caminos.

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