Reggio’s Weblog

De tensiones y conflictos. Política e historia, de Carmen Iglesias en El Mundo

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

TRIBUNA LIBRE

El liberalismo es aburrido», declaraba en 1932 Carl Schmitt y al año siguiente, nos recuerda Susan Sontag, se unió al partido nazi. «Una política conducida de acuerdo con los políticos liberales carece de drama, de conflicto, de sabor -continúa escribiendo la escritora norteamericana en un excelente ensayo publicado en Letras Libres en febrero de 2003- mientras que las políticas fuertes y autocráticas -como la guerra- son interesantes». Y en el párrafo anterior, refiriéndose a los conceptos de belleza y de lo bueno, nuestra autora ha descrito lo que en nuestro mundo consumista, relativista y superficial, puede entenderse como interesante: «En la mayoría de los casos, algo que no se había visto antes como bello (o bueno). Entraña, pues, un tabú. Los enfermos son interesantes, como nos hace ver Nietzsche. Los perversos también. Lo que se admira a través del despliegue de este término es la ingenuidad, no la verdad; la tosquedad o insolencia o transgresividad, no el respeto. Como criterio de valor, lo interesante patrocina una afición por los enfrentamientos, no la armonía; su antónimo es lo aburrido». Y remata: «Lo interesante es un concepto consumista, propenso a ampliar sus dominios (…) Aburrido denota una ausencia, un vacío, que encierra en sí mismo un antídoto: las afirmaciones promiscuas y vacías de lo interesante. Es un modo peculiarmente no conclusivo de experimentar la realidad».

En el contexto de los años 30, las palabras de Carl Schmitt -como la de muchos intelectuales de la época, a derecha e izquierda- se referían a la poca estima y credibilidad que daban entonces a las democracias liberales y a las libertades burguesas (fue necesaria una guerra mundial y la experiencia de los totalitarismos para corregir tal actitud), pero todavía en nuestras democracias actuales la valoración del conflicto o de lo dramático sigue teniendo una gran ambivalencia. ¿Los políticos, en su lucha por el poder, nos prefieren a los ciudadanos en tensión, en conflicto dramático, con miedos, a fin de arrastrar a sus partidarios? Parece evidente, según las experiencias electorales últimas. ¿La ciudadanía -o una parte significativa de ella- prefiere de vez en cuando rechazar lo aburrido y experimentar lo interesante: la pasión de la ira y el rechazo y demonización del supuesto enemigo, la ruptura de tabúes o de reglas compartidas de igualdad ante la ley, para caer en un maniqueísmo que regocijaría a Schmitt por la extrema derecha y a Lenin y Stalin por la izquierda? Esto es quizás menos evidente, pero sería lo más peligroso para el futuro de una convivencia.

Hay desde luego dos extremos en un Estado: el de la ausencia aparente de conflictos, que suele ser propia de las dictaduras o regímenes autocráticos que eliminan todo lo que se les opone («la paz de los cementerios», que denunciaba -cómo no- el barón de La Brède, a quien la ausencia o acallamiento de divisiones y de conflictos en una sociedad era el síntoma del despotismo y de la falta de libertad). Y, en el otro extremo, el de una conflictividad creciente al activar procesos de radicalización acumulativa que favorecen la sobrepresencia de la política y de los políticos en la vida ciudadana y -paradójicamente de forma simétrica, pero en la punta opuesta del mismo péndulo dictatorial anterior-, obligan a los ciudadanos a tomar partido y a hablar -en el sentido que Benjamin Constant denunciaba como propiamente despótico- ya que hasta el silencio puede ser percibido como peligroso; obligan, para decirlo de otra manera, a un cuerpo a cuerpo que traspasa el enfrentamiento ideológico-político. Quizás, felizmente, en nuestras sociedades abiertas, en nuestra sociedad española, no es fácil llegar a generalizar tales extremos, pero sí hay énfasis hacia uno u otro que merece la pena reconocer, por aquello de la pendiente deslizante que acaba haciendo real lo que al principio era solamente un juego más o menos interesado pero que no pretendía llegar al final de la pendiente.

La interrelación entre el poder político estricto -gobernantes- y la sociedad civil -gobernados-, en los regímenes liberales y democráticos modernos, es como se sabe factor fundamental para hacer posible los espacios de libertad de los ciudadanos. La política debe ser siempre un medio -salvaguardar las libertades de los individuos, proteger las reglas del juego y respetar al máximo un equilibrio de poderes- y no un fin en sí misma -la perduración de unos gobernantes que invadan el espacio de la sociedad civil e incluso el espacio privado de los ciudadanos, con el fin de perpetuarse-. Esa fue la gran diferenciación entre súbdito y ciudadano, cuando quedó abolido el Antiguo Régimen (revolución americana de 1776, revolución francesa de 1789); el poder político -en el que los ciudadanos delegan el monopolio de la fuerza- ocupa un lugar principal en el diseño general, pero nunca total. Como demostró la historia de los totalitarismos y de los autoritarismos del siglo XX, cuando la política y los políticos invaden los espacios de los ciudadanos se producen esos extremos antes mencionados entre la aparente -y falsa- ausencia de conflictos (que se ocultan), o la conflictividad extrema que se crea en una sociedad maniquea, obligada a elegir entre el conmigo o contra mí, obligados los ciudadanos a ser meros jugadores de sumas a cero. Obligados a tomar partido, a dar testimonio. La política llega a estar en todas partes. Un régimen autoritario, como sabemos los españoles, tiende a politizar todas las esferas de la vida, implícita o explícitamente, en uno u otro extremo; sólo permite tener enemigos y no simplemente adversarios, como propugnaba deliberadamente Carl Schmitt.

Ocurre en la condición humana que, como también advirtiera el Montesquieu que muchos quisieran enterrar definitivamente, el poder tiende siempre a perpetuarse, tiende siempre al abuso («hasta la propia virtud necesita límites») y por ello los regímenes democrático-liberales se protegen a sí mismos de los posibles excesos de poder de sus gobernantes a través de una arquitectura institucional de contrapesos y de equilibrios, que tiene que ser suficientemente sólida y flexible para soportar la estabilidad y los cambios necesarios sobrevenidos en el tiempo, e incorporados siempre a través de procedimientos y reglas estrictas. Hace mucho que los ciudadanos de la modernidad damos por olvidados los principios de los inventores de la democracia -bien que muy distinta de la nuestra-, que creían que las ciudades democráticas debían exigir de sus gobernantes tanto como se exigía de un sirviente: «Que proporcionen en abundancia todo lo que necesito y que no tomen nada» (Jenofonte); o que el gobernante no sólo está sometido a la crítica del pueblo cuando no acierta, sino que en general «es más lógico que sea criticado que aplaudido, pues no fue elegido para hacer el mal, sino para favorecer a los ciudadanos» y que, «de la misma manera que se critica al que no devuelve un depósito y no se elogia al que lo devuelve», el gobernante que lo hace bien no hace más que cumplir con su deber y para aquello que fue elegido (Platón).

Pero, sin llegar a ser tan estrictos, cabría un término medio en nuestra sociedad actual, y especialmente en la española, tan acostumbrada a depender del poder político después de 40 años de dictadura, y ahora tan cautiva de los clientelismos creados por autonomías y nacionalismos que vuelven, como en el Antiguo Régimen, a primar el criterio de nacimiento (factor que no depende de nosotros, no elegimos ni territorio ni padres en los que nacer) por encima del criterio del mérito personal, individual (el gran ariete de la explosión moderna, el que depende de nuestra razón y voluntad, al menos en parte), el que cree en el individuo y no en la partida de nacimiento y, por ello, el que defiende la igualdad ante la ley por el simple hecho de ser ciudadano y no por haber nacido -o considerarse nacido por conversión- en tal o cual territorio.

Ese término medio para que la política y los políticos, y la creación de conflictos a veces buscados artificialmente -pero que acaban creando realidad-, no sacudan de forma maniquea a la sociedad civil y no la dividan en bandos enfrentados en un cuerpo a cuerpo, funciona en las sociedades occidentales mal que bien y sobre ello hay amplia literatura. Se trataría de preservar siempre la función de unos políticos representativos de una ciudadanía plural, absolutamente imprescindibles en democracia liberal pues, de acuerdo con Fernando Savater, el descrédito global de la política atentaría contra la propia democracia, pero evitar al tiempo que nos invadan por partida doble: a través de procesos de intimidación creciente (el dolor tiene límites, pero el temor no, repetía el clásico) y a través de la extensión autoritaria en espacios ciudadanos (por ejemplo, la inmersión lingüística en determinadas comunidades; los disparates de normas obligatorias de paridad en los juegos infantiles o en el lenguaje; la asignación de recursos de forma sectaria según se trate de amigos -clientelares- o de enemigos, etcétera).

Quizás intentar evitar que el ruido y la confusión nos impidan fijar la atención en lo que importa, tal como el abogado de la película Chicago lograba para su cliente asesina al crear un espectáculo en su circo de tres pistas simultáneas, de forma que el aturdimiento y la banalidad ocultaba -como declaraba en su papel Richard Gere- toda posibilidad de preocupación o descubrimiento de lo que verdaderamente estaba ocurriendo o había ocurrido; apenas se fija la atención en un punto, en un problema, surge otro que lo oscurece en una rueda interminable.

Evitar lo que Kolakowski definía como una «posición nihilista ante la Historia», algo banal y peligroso porque intenta negar los hechos para aceptar sólo «interpretaciones». En fin, desconfiar del vértigo totalitario que invade de vez en cuando a ciertos políticos en algunos momentos, cuya pérdida de sentido de realidad -lo que verdaderamente corrompe- les hace creer que pueden empezar la historia desde cero o crear una nueva ingeniería social, acostumbrados a considerar solamente la Historia como ruptura y desconociendo que es también continuidad. Entre lo aburrido -que tendría que ver con las limitaciones de poder- y lo interesante, en el sentido de Sontag, elijamos nuestra libertad.

Carmen Iglesias es catedrática de Historia de las Ideas, miembro de la Real Academia y presidenta de Unidad Editorial.

© Mundinteractivos, S.A.

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El círculo del poder, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

«Yo tengo muchos años y trienios, me lo estoy pensando». Así habló Rubalcaba al final de la campaña. Sus palabras me intrigan, y como esta mañana me siento Ivan Sanchin, aquel judío que fue proyeccionista privado de Stalin, me dirijo al palacio cerca de donde esperan ser cobayas las vacas tísicas de la Facultad de Veterinaria. Observo ese palacio donde las flores tienen la lengua sucia, el altar del canibalismo, allí de donde nadie sale lúcido. Como dijo un cortesano cojo, en la Corte no hay alma honrada; Camus redondeó la idea al pensar que muchos hombres sueñan con ser gángsteres y, como eso no es tan fácil, recurren a la política.

Yo soy el Ivan Sanchin de El círculo del poder. Durante muchos años he visto cómo los que besan a los niños y abrazan a los moribundos en la campaña electoral se transfiguran al pisar el mármol de palacio; poco a poco se van deleitando con la adulación; acaban aceptando el culto a la personalidad. Cuando Sanchin llegaba a la garita mostraba el carné. Yo hago lo mismo; luego me suben a un coche con número grande. Ferraz no es la Lubianka, ni Moncloa el Kremlin, pero en todas partes la política es una permanente conspiración. Como palacio, Moncloa no se pude comparar con el Kremlin; ni siquiera tiene envenenador, y un palacio sin envenenador es como un casino sin cuarto de suicidas. Cuentan, sin embargo, que ZP habla por la noche con los búhos de roja pupila, más sabios que los visitadores.

En la cábala zapaterista había unos maitines visibles que protagonizaban el Partido, el Gobierno, el Parlamento y la Información. Póngales caras: Blanco, ZP-Vice, Rubalcaba, Serrano y Moraleda. Pero el círculo del poder, los tres que mandaban, eran ZP, Rubalcaba y Blanco, la Santísima Trinidad, la Tríada, tres personas y un sólo poder verdadero.

¿Ahora ha desplazado el gallo de oro al tercer león de las cortes? Según se cuenta en Julio César, el león del Capitolio rugía, pero Alfredo calla. ¿Le ha quitado Alonso el gorro de conejo? Reconocen mis fuentes que Alonso es un hombre de ZP y sólo ha perdido poder en apariencia. «Un portavoz del Grupo Socialista es un hombre muy cercano al Presidente del Gobierno, está en todas las negociaciones y alianzas, puede echar abajo una propuesta de ley de un ministro como ocurrió con el catastrazo de Solchaga». Les pregunto: ¿Rubalcaba se va? Contestan: «No creemos que el líder prescinda de un político con tanta experiencia y tanta capacidad política».

Como Ivan Sanchin, me alejo de la ominosa atmósfera, atravieso la telaraña de intrigas dudando si ZP va a liquidar a los últimos residuos de la vieja guardia. Felipe González le advirtió al comienzo de la primera legislatura: «No vayas a cometer la tontería de prescindir de Rubalcaba». Ahora ZP ve a Felipe cada 6 meses. ZP, como el Padrecito, empieza a rodearse de sus georgianos.

© Mundinteractivos, S.A.

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Crisis y nacionalismo, de Miguel Trias Sagnier en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

TRIBUNA

Que las crisis económicas espolean el nacionalismo no es cosa nueva. Achacar al otro los males propios y cerrar filas en torno a la propia identidad es receta de sociedades débiles, como es recurso del débil alzar la voz y perder la compostura. Y en Europa llevamos camino de perderla. Por fortuna el terreno de batalla del nacionalismo europeo del siglo XXI ha dejado de ser el de Marte para situarse en los entornos de Mercurio, que como recordarán patrocina el comercio y el intercambio. Ese ha sido el gran logro de la Unión Europea, que no es poco. Pero no debemos bajar la guardia, pues la mezquindad humana es inagotable y se reedita donde encuentra una fisura. Las naciones de Europa continental han vivido en clave patria las aventuras de sus campeones nacionales. Francia ve con horror la posibilidad de que Société Générale caiga en manos extranjeras y nosotros nos desvivimos para evitar que EDF se haga con Iberdrola.

Pero lo más sorprendente y novedoso son los signos que nos llegan del Reino Unido, tradicional adalid del liberalismo económico. Allí la apuesta por la privatización y la competencia fue plena y la legislación de opas es un modelo de transparencia. Bien podrían los británicos sentirse orgullosos de los resultados obtenidos. Pero tampoco Gran Bretaña se libra de la mezquindad y no puede soportar la tentación de exportar sus miserias, véase Northern Rock. En concreto las miradas de la prensa británica se han dirigido a nuestro sistema bancario. No puedo evitar asociar esos ataques poco justificados a una pesada digestión del desembarco de la Armada española que, esta vez sí, pudo tomar tierra en suelo inglés de la mano de Telefónica, el Santander y Ferrovial, entre otras. Y podrán decirme que al aplicar este análisis no hago sino incurrir en el mismo mal que al tiempo denuncio. Posiblemente tengan razón. Pues he de confesarles que sentí un íntimo orgullo cuando proliferaron las compras de compañías españolas en el exterior y, por qué no reconocerlo también, una sentida decepción cuando se frustró la posibilidad de crear un campeón nacional de la energía radicado en Barcelona.

El sentimiento es generalizado y pudiera incluso ser sano, como sana es la competición deportiva y el sentir de los colores propios. Pero para ello las reglas deben ser claras y los arbitrajes limpios. El deporte ha avanzado mucho en esa dirección y tal vez sea ese el camino que le queda por recorrer a la legislación económica europea. No creo que las entidades financieras españolas estén librando la presente partida con ventaja, pero como los estados europeos vienen jugando en los últimos años con las cartas marcadas, la prensa británica se siente legitimada para sembrar la duda. No hay otro antídoto contra los actuales males que la decidida apuesta por la liberalización, las leyes claras y la defensa de la libre competencia.

Miguel Trias Sagnier. Catedrático de Derecho Mercantil de Esade (URL).

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In memóriam, Benet, de Pilar Rahola en La Vanguardia

Posted in Historia, Política by reggio on 26 marzo, 2008

Lo siento, pero, como decía Salvat-Papasseït, hoy tinto mi escrito en el tintero del corazón. La distancia necesaria para razonar más allá de las emociones, se quiebra cuando el motivo de reflexión es alguien querido, cercano a las pieles interiores de la propia vida. En esos casos, lucho entre mi deseo de dejar hablar a los sentimientos y el lógico pudor de controlarlos, porque un artículo es una ventana al mundo, y el mundo no tiene por qué compartir los sentimientos de esta escribiente. Intentaré, pues, dominar el escrito y, con él, la rabia por la pérdida, el desconcierto ante la muerte, el dolor por la ausencia. Me duele la muerte de Josep Benet como si fuera una herida honda, un puñal despiadado. Y aunque sé que muchos sienten lo que yo siento, no deja de ser, el nuestro, un sentimiento íntimo, necesitado de pudor y de silencio. Controlarlo, pues, es una necesidad casi litúrgica y, quizás, una exigencia profesional. Veremos si se consigue el intento.

Ha muerto Josep Benet. Jordi Pujol, receptor ineludible de la moción de censura que le presentó Benet, ha dicho que hoy era un día de duelo, y la práctica totalidad de los líderes políticos han loado su figura y su entrega cívica. A pesar de sus muchas heterodoxias ideológicas, Benet consiguió ser un referente para todos y para muchos, un auténtico maestro. El elogio, pues, aparte de unánime, parece sentido, alejado de los parabienes educados que la muerte siempre concilia. No creo que sean elogios falsos, ni tan sólo corteses, porque Josep Benet consiguió algo raro, raro, raro, en este país de monas: consiguió que su prestigio fuera reconocido. Tanto en su faceta de historiador exigente y minucioso, como en su propio papel histórico, Benet mantuvo alto el rigor e inquebrantable la honradez. Perdonen el recuerdo personal, pero en mis tiempos de universidad inquieta e inquietante, Josep Benet me dio uno de los consejos más serios de mi vida. “¿Qué podemos hacer para ayudar a consolidar las libertades de Catalunya?”, le pregunté con excesiva arrogancia, desde mi evidente pequeñez. Y Benet respondió: “Te daré tres consejos. Primero estudia, después estudia, y, finalmente, estudia”. Prepararse para el país libre que llegaría, dotarlo de cuadros, alumbrar líderes, pensadores, científicos, profesionales, es decir, edificar, sobre las ruinas, un país sólido. Él creyó profundamente en esa Catalunya fénix que renacería de las cenizas y se reconstruiría con rigor y solvencia.

Creyó en ello… hasta que dejó de creer. Su carta a Josep Antoni Duran Lleida, quizás su último acto político, donde hacía público el voto para CiU, es un nítido testimonio del pesimismo que sentía por la situación del país. Para él, Catalunya está viviendo uno de los momentos más críticos desde la recuperación de la democracia. Probablemente, sus memorias permitirán ahondar en las causas de su lúcido pesimismo, y quizás conocer algunas claves para combatirlas. De momento, sabemos, por ejemplo, que consideraba “un escándalo” el concepto de memoria histórica impulsado por este gobierno de la mano de Joan Saura. Dice del Memorial de Saura, en las memorias que están a punto de salir: “Es una suerte de organismo orwelliano, totalitario, pero de estar por casa, como no hay ningún otro en los países democráticos”. Activista cultural, luchador democrático, historiador de prestigio y hombre cívico en el sentido noucentista del término, Benet fue una voz comprometida con Catalunya y, a la vez, libre de sus servilismos, casi única en los tiempos que corren. Una luz, en las horas del desconcierto.

Escribí, en mi primer artículo en La Vanguardia – “El perro flaco”-, que el fracaso actual de Catalunya era, fundamentalmente, un fracaso de proyecto colectivo, embarcados en una nave a la deriva que, sin otro rumbo que sobrevivir, hace tiempo que perdió el interés por soñar horizontes lejanos. Vivimos un presente mediocre, con una sociedad civil amaestrada, servil y generalmente más preocupada por la cacerola diaria que por construir un futuro solvente. Y en política, gozamos, salvo alguna notable excepción, de líderes de bolsillo, cuyas propias limitaciones marcan los límites de los limitados proyectos que presentan. Benet era consciente de la mediocridad del momento, y del hundimiento de su larvado sueño de una Catalunya de categoría, y su voz, escasa en los últimos tiempos, resultó ser siempre una serena y necesaria voz de alarma. Más allá de la profunda pena por la persona que conocí, admiré y aprendí a querer, me parece necesario subrayar la desaparición del referente cívico, uno de los pocos que nos quedaban. No hace mucho murió Palau i Fabre y luego nos dejó Cassià Maria Just. Ahora lo hace Benet, y las tres desapariciones marcan un punto de inflexión en la caída libre catalana. En lo cultural, en lo religioso y ahora en lo político-cívico, hemos perdido tres personas que llenaban el vacío moral de nuestra sociedad, y no parece que los relevos estén prestos. De ahí que la muerte de Josep Benet produzca, en algunos de nosotros, un sentimiento de doble orfandad. La sentimental, íntima y dolorosa. Y la nacional, hiriente y rabiosa.

www.pilarrahola.com

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Maestro de historiadores, de Hilari Raguer en El País de Cataluña

Posted in Historia, Política by reggio on 26 marzo, 2008

Me comunican la dolorosa pero no del todo inesperada noticia del fallecimiento de mi maestro y amigo Josep Benet Morell, y mientras me aplico a pergeñar estas líneas en su memoria me viene el gran interrogante que en estos últimos tiempos me había planteado: ¿cómo pudo manifestarse con tanta vehemencia contra el Memorial Democrático, afirmando que destruye la transición pacífica, cuando fue él quien a tantos de nosotros, personalmente o desde el Centre dHistòria Contemporània de Catalunya que había creado y presidido, nos ayudó a investigar la verdad histórica y a destruir la mentira franquista?

Al calor del Concilio Vaticano II impartió en el Centre d’Estudis Pastorals de Barcelona unos cursos sobre nuestra historia contemporánea que entusiasmaban a los sacerdotes, religiosos y también seglares que en gran número los frecuentaban. Pero tuvo que dedicarse más intensamente a su bufete de abogado, y entonces me pidieron que le sustituyera. Cuando le pedí consejo sobre el mejor modo de dar aquellas clases, nunca olvidaré que me dijo: “Si llegas a hacerles entender que las cosas no fueron simples, ya habrás logrado algo muy importante”.

Siempre me he considerado discípulo suyo, no por haber asistido a sus clases, sino por haber seguido las pautas historiográficas que él me marcaba. Déjenme evocar algunas. Él fue quien me dio un argumento incontrovertible contra la llamada cruzada: el alzamiento no se hizo en defensa de la Iglesia, porque había examinado todos los bandos de declaración de estado de guerra y no había ni uno solo que mencionara como motivo la religión. Otra cosa es que, por varias razones, en poco tiempo el pronunciamiento se convirtiera a posteriori en guerra de religión. De ahí otra frase suya: “Los extremistas asesinos e incendiarios le sirvieron en bandeja a Franco el título de cruzada, que le sería muy útil”. Y puesto a citar sentencias luminosas de Benet, me viene ésta a la memoria: “Del otro lado no salió ningún barco”. Se refería a que la Generalitat salvó de las garras de la FAI a todos cuantos curas, religiosas, burgueses y gente de derechas pudo, dándoles pasaportes si era preciso falsos y embarcándoles a miles en buques italianos y franceses, mientras que en el otro bando sólo pudieron salir a unos pocos.

Exhortaba siempre a ir a las fuentes. De la famosa La guerra civil española 1936-1939 de Hugh Thomas, sin dejar de valorar su esfuerzo de imparcialidad, que superaba el partidismo entonces imperante, y que por eso a mí me deslumbraba, me comentó que aquel autor británico había leído y confrontado muchas obras de una y otra tendencia, pero había acudido poco a las fuentes, y que por eso daba por bueno aquello en que rojos y blancos coincidían, lo cual no era siempre criterio seguro; por ejemplo, a propósito de Cataluña, Franco y Negrín coincidían en preferir una España roja (o azul) a una España rota; y en cuanto al papel del Vaticano, a ambos bandos convenía, aunque por razones opuestas, sostener que el Papa había estado desde el principio plenamente implicado en el alzamiento.

Una característica de Josep Benet ha sido la multiplicidad de campos en que se movió. He hablado de él como historiador, pero fue también agitador, escritor, promotor de ediciones legales y también clandestinas, organizador de campañas de resistencia cultural, político notable y competente abogado, particularmente como defensor ante el Tribunal de Orden Público (TOP). Terminaré con una anécdota de este último aspecto. En 1994 se celebró en Madrid un simposio sobre Pablo VI y España. Quería ser un desagravio a aquel Papa, acusado en el tardofranquismo de “no amar a España”, cuando simplemente había procurado que la Iglesia no se identificara con la dictadura. A lo largo de todo el simposio se aludía una y otra vez al telegrama que monseñor Montini, siendo arzobispo de Milán, había enviado a Franco pidiendo clemencia para el estudiante Jordi Conill, condenado a muerte. El Gobierno, para desacreditar al prelado, dijo entonces que no se le había dictado pena de muerte. Los ponentes del simposio y los que intervenían en el coloquio salían una y otra vez en defensa de la recta intención de Montini, pero criticaban a los que le habían informado mal y así lo habían dejado en una posición desairada. Josep Benet, siempre discreto, asistía en silencio a los debates, pero el último día pidió la palabra, alegando que él había sido el abogado defensor de Conill. En el juicio sumarísimo celebrado en Barcelona se le había impuesto la pena de 30 años de reclusión, pero el capitán general disintió de la sentencia y el caso pasó al Consejo Supremo de Justicia Militar, que había elevado la pena de prisión a la de muerte. Esto le constaba -siguió explicando Benet- porque en la justicia militar si la pena era de muerte no se hacía pública hasta que fuera firme, es decir, hasta que se hubieran agotado todos los recursos y peticiones de indulto, y sólo entonces se comunicaba al reo y a su defensor, unas horas antes de la ejecución. En aquel proceso se habían notificado a algunos de los acusados varias penas de prisión, pero nada se había dicho a Conill, por lo que tenía la certeza de que la pena era capital, de modo que cuando él, Benet, hizo enviar aquel telegrama a Montini no le engañó, y el telegrama del arzobispo de Milán a Franco había salvado la vida al acusado. Se hizo un gran silencio en el simposio madrileño.

Benet había estado en la Escolanía de Montserrat y luego en los jesuitas de Sarriá. El mítico inspector Vicente Juan Creix, en uno de los muchos interrogatorios a que le sometió, le dijo un día: “Formado en los benedictinos de Montserrat y en los jesuitas, así nos ha salido usted”.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

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Paz y violencia, de Íñigo Bullain en El País del País Vasco

Posted in Derechos, Política by reggio on 26 marzo, 2008

La reflexión sobre la violencia también resulta ineludible para quienes buscan la paz. En esta parte de Europa, se procura mantener una amenaza física, psíquica o económica sobre los ciudadanos para condicionar su comportamiento y minorizarlos. El mensaje que se propaga es que un comportamiento inadecuado puede acarrear el terror cotidiano de tener que vivir protegido por gente armada o tener que adoptar precauciones características de vivir en regímenes no-democráticos (como el que, a través de la violencia, se trata de imponer). Así, para la población vasca, manifestar en público determinadas opiniones, ejercer algunas actividades o frecuentar ciertos lugares se convierten en un riesgo. Semejante persecución ideológica característica de regímenes totalitarios impide el libre intercambio de opiniones y limita enormemente la vida democrática. En cierta medida, el déficit democrático con el que se convive en Euskadi, a pesar de formar parte de la Unión Europea, nos aproxima al altermundismo de Bielorrusia o Pakistán.

Esta estrategia politico-militar se desarrolla mientras el nacionalismo vasco, salvo excepciones, se resiste a reconocer que el MLNV está en guerra contra la población vasca, interpretando su violencia como la consecuencia inevitable de un conflicto político. Por el contrario, parece mantener como símbolo de cohesión el defender a aquellas organizaciones que buscan precisamente combatir la democracia y la autonomía parlamentaria (en las que el MLNV reiteradamente ha manifestado no creer). Así, los apoyos dialécticos que se prestan a los distintos aparatos organizativos y propagandísticos del MLNV por parte de Ibarretxe y sus aliados contrasta con la sistemática labor de destrucción y desestabilización que tales organizaciones llevan a cabo desde hace decadas. Aunque el daño que están causando a la convivencia en Euskadi es colosal, y el apoyo que procuran al nacionalismo español es enorme, siguen contando con la comprensión de la familia nacionalista, que ideológicamente, sobre todo sus juventudes, está ya parcialmente batasunizada. Aunque es evidente que sin ese aval al terror nunca se hubiera podido llegar hasta donde se ha llegado, resulta difícil de interpretar qué cálculos políticos, o quizás electorales, manejan algunos. Sin embargo, a mi juicio, pensar que en semejante compañía totalitaria una mayoría de vascos van a estar dispuestos a cruzar el Rubicón soberanista es vivir -políticamente- orbitando alrededor de Andrómeda.

Aún no se ha reconocido que en la praxis del MLNV y sus propuestas de enfrentamiento (guerra civil) late un pensamiento totalitario (leninista). También resulta una ingenuidad confiar en que quien alimenta sistemáticamente la violencia mientras habla de paz, a pesar de su evidente legado de dolor y de vidas destruidas, tanto “entre enemigos como entre amigos”, se desenmascare en público. Pero resulta desconcertante el amparo y comprensión que encuentra entre quienes ejercen responsabilidades públicas un poder que se gestiona en secreto. La reciente reclamación de libertad para la Mesa Nacional de Batasuna apoyada por la representación abertzale en el Parlamento vasco o en las Juntas Generales de Guipúzcoa contrasta con la posición que la Mesa Nacional ha mantenido en relación con los electos que, representando a cientos de miles de ciudadanos vascos, tienen que ejercer dicha representación protegidos por guardaespaldas. Una demanda que, además, soslaya su papel en una estructura politico-militar como el MLNV. También las criticas al cierre de los diarios del Movimiento mantenidas desde el Gobierno vasco, si bien justificadas por el procedimiento empleado y la escandalosa dilación judicial, contrastan con el silencio que se mantiene sobre la función propagandística que tienen al servicio de una estrategia de guerra.

Para poder legítimamente plantear alternativas políticas debe garantizarse antes el desarrollo de un diálogo libre, algo que sistemáticamente se trata de impedir desde el MLNV, dando así continuidad a los distintos periodos represivos del nacionalismo español. Si el nacionalismo vasco aspira al respaldo de una mayoría de la población en favor del autogobierno dentro de Europa, debe entender que tiene que priorizar la lucha contra el terror -del que le diferencian tanto los medios como los fines- y transmitir al conjunto de la población en sus diversas orientaciones nacionales, especialmente a aquella de orientación españolista o no nacionalista, que el ejercicio de sus derechos civiles básicos de expresión, reunión y manifestación resultan imprescindibles para el presente y futuro de Euskadi.

No hay una posición equidistante entre quienes defienden la barbarie (el ejercicio del poder no sometido a la ley) y quienes defienden su orientación nacional española (aun en nombre de la ley española). Aunque la democracia española, en su particular versión del capitalismo parlamentario, adolece sin duda de graves defectos (torturas, partitocracia, corrupción, intolerancia…), son quienes defienden la barbarie y tratan de imponer su política de la violencia quienes en especial atentan gravemente contra la población vasca y su futuro. De ahí que la paz será una quimera mientras la comunidad nacionalista siga en connivencia con quienes promueven la guerra. Si no se entienden los fundamentos de la violencia, es inútil reclamar la paz.

Iñigo Bullain es profesor de Derecho Constitucional y Europeo de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU).
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Desde el bajo Narcea (carta abierta a Jesús Arango), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Asturias, Economía, Política by reggio on 26 marzo, 2008

Es que de ordinario el presente nos lastima… Examine cada cual sus pensamientos y los encontrará completamente ocupados en el pasado y en el porvenir… El presente jamás es nuestro fin: el pasado y el presente son nuestros medios, sólo el porvenir es nuestro fin. Así, jamás viviremos, sino esperamos vivir.

Pascal

Te llaman porvenir / porque no vienes nunca. / Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso / a comer en su mano. / Pero tú permaneces/ más allá de las horas,/ agazapado no se sabe dónde. / …Mañana! / Y mañana será otro día tranquilo / un día como hoy, jueves o martes, / cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre.

Ángel González

Desde el bajo Narcea, don Jesús. En tardes como ésta, grises y lluviosas, el paisaje primaveral se comporta como una mujer que, sabiéndose poseedora de un cuerpo de ensueño, de repente y, por motivos que jamás se nos alcanzan, decide soterrar sus encantos. Los muchos árboles que ya están en flor se diluyen en esta exangüe luz que atempera su belleza. Las distintas tonalidades de verde se resguardan bajo una niebla envolvente. El río atenúa su tono azul, que siempre ambiciona profundidad, y, de lejos, cuando establece acuerdos con el viento, se deja oír con fiereza. Acaso Dios no juegue a los dados, pero estos rincones de Asturias se regodean con sus consuetudinarios enredos al escondite embozados en lo gris.

En su artículo sobre el occidente asturiano, que vuelve a publicar en este periódico 20 años después, hace un excelente recorrido por esta geografía y me atrevería a invitarle a que lo continuase con un trayecto no menos sugestivo por su historia. Como bien sabe usted, por estas vegas pasó Jovellanos. Como bien sabe usted, el occidente asturiano fue uno de los principales viveros del republicanismo español. Figuras como Augusto Barcia, Álvaro de Albornoz, Jaime Menéndez, José Maldonado, etcétera, forman parte de nuestros principales orgullos.

Situémonos, con su permiso, señor Arango, en este presente. Me pregunto si a usted le parece acertado que las crestas de casi todas nuestras montañas se inunden de parques eólicos. Me pregunto también qué opinión le merece a usted que haya tantas y tantas canteras no sólo en explotación, sino también en proyecto. No hace mucho, un lector alertaba en este periódico acerca de los peligros que se ciernen sobre sierra Sollera, a resultas del pertinente permiso que la Consejería de la Cosa concedió al respecto.

Parques eólicos, canteras, proyectos de polígonos industriales a orillas de los ríos. Sueños de esa gran industria que fije población y genere gran cantidad de empleos. Planes para la costa que, esperemos, sean sostenibles y respetuosos. ¿Cree usted que todo esto se está haciendo con tino y racionalidad?

Pocas personas habrá en Asturias que conozcan mejor que usted, aparte de los que lo vienen sufriendo en sus propias carnes, la tremenda reconversión que se ha hecho en el campo, es decir, en todas estas comarcas. ¿No es posible, don Jesús, dada la impresionante fertilidad de muchas de estas vegas, que se arbitren y se sigan políticas encaminadas a una producción agrícola que sea rentable y que sostenga, al menos, población?

Aquí, donde se cultivó tabaco con éxito, donde las fabas que se vinieron llamando «chichos» son de extraordinaria calidad, donde el regadío es posible, ¿nada se puede hacer desde las instancias oficiales para que esto no termine siendo, primero un pastizal de caballos y ovejas y, más tarde, bardos y maleza?

¿Tiene sentido soñar con un futuro idílico sin pronunciarse sobre un presente que no parece encaminarse hacia esa desiderata compartida?

Don Jesús, sitúese usted, por favor, en las ruinas de la vieja azucarera praviana que se creó, como sabe, para paliar las consecuencias de la pérdida de Cuba. No muy lejos me encuentro yo, a pocos metros de uno de los secaderos de tabaco de Lanio, cuyo cultivo fue muy rentable para estas tierras. Así, ubicados ambos más allá del recuerdo de lo que cada cosa significó, ¿qué podemos pensar del futuro cuando el presente es la ruina por dejadez de políticas para el campo? O si lo prefiere, desde la misma ubicación, teniendo en cuenta que sobre la Azucarera se asentará una especie de aula del salmón, ¿qué podemos pensar del futuro de ambos ríos, del Nalón y del Narcea, este último con el saneamiento pendiente en muchos de sus pueblos ribereños?

Veinte años ha de su artículo. Como el tango, don Jesús, como el tango. ¿Cómo fue ese baile en el campo asturiano del Occidente a lo largo de estas dos décadas? ¿Cómo está siendo ahora? ¿Es la vuelta a su artículo una especie de último tango que se baila sobre comarcas en las que se asientan algunas de las mejores vegas de Asturias?

¿Consideraría usted que sería un exceso por mi parte pedirle que se pronuncie, si no sobre lo que se está haciendo, sí al menos sobre lo que debería llevarse a cabo para que el futuro de estas comarcas sea algo más que una quimera, que un desgarrador fin de fiesta?

¿O se puede colegir que, al publicar el mismo artículo veinte años después, en estas dos décadas no se ha hecho nada por el occidente asturiano, al margen de las infraestructuras que están en marcha?

¿Así de críptico es usted?

Turismo y religión, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política, Religión by reggio on 26 marzo, 2008

El ojo del tigre

Al espíritu intemporal del sentimiento religioso que produce, por ejemplo, la fe católica -una de las variables espirituales determinadas por el cristianismo-, lo han incluido entre los planes económicos que configuran ese atractivo fenómeno mercantil contemporáneo llamado turismo; el cual, es precisamente una manera de rentabilizar (económicamente) el ocio socializado como si se tratara de una mercancía más. Es decir, una cosa. Sin temor a pecar de extravagante, cualquiera podría inferir que a la religión católica la han cosificado para poder incluirla en el negocio turístico.

La socialización del ocio, y su previsible masificación, fue iniciada entre nosotros hace relativamente pocos años. Menos de cincuenta. Probablemente, coincidiendo con el final del autarquismo que señaló el inicio de los planes tecnocráticos para el desarrollo social y económico de este santo país. Su promoción es un aspecto más de la revolución consumista (no confundirla con la comunista …) española. Representa una fase de esa operación global que se llama estado del bienestar; al que curiosamente hemos llegado mucho antes que al estado de derecho; cuyo larguísimo y tortuoso camino lo recorrimos paso a paso, entretenidos con las cosas materiales que íbamos adquiriendo gracias al (supuesto) poder adquisitivo que la nueva economía ponía a nuestro alcance: el coche, el piso, los fines de semana para cenar fuera de casa, los viajes… etcétera, etcétera.

(Todavía no nos hemos dado cuenta de lo que significó para los españoles de a pie la solidaria contribución de la Banca, con sus generosas hipotecas, al bienestar de la clase obrera…).

En medio de este eufórico sistema, que sustenta el bienestar social, solo faltaba la contribución de la Iglesia católica para culminar la felicidad total (es decir, global…) de los españoles. Pero sin apenas darnos cuenta, la Iglesia fue introduciéndose en el actual sistema lúdico del turismo, hasta convertirse en uno de los principales factores de ese fenómeno consumista. Probablemente, porque quienes la dirigen son plenamente conscientes -a pesar de que su reino no es de este mundo- de que sin ponerse a la misma altura de ese mundo que los rodea, su mística misión no trascendería.

Lo que pudiera perder la fe religiosa como fenómeno personal endógeno, lo ganaría probablemente como espectáculo público para masas. En esto han desembocado los actos penitenciales de la Semana Santa: en un gran espectáculo alrededor del cual materializa toda una política dedicada a mantener el ocio activo en la sociedad del consumo permanente.

En esos espectáculos religiosos públicos, la devoción íntima desaparece para dejarle sitio a la curiosidad (¿laica?) de la gente que contempla las procesiones como quien mira, por primera vez, un cuadro de Picasso: entre la emoción por el mito, y la ignorancia ante el arte.

Está claro que la religión católica entró en el ámbito de la política turística con una fuerza mayúscula. De tal manera, que sin ella -sin sus representaciones dramáticas, sin sus solemnes ceremonias litúrgicas, sin su peculiar simbolismo- esa política (a la que se le supone laica en su concepto) perdería uno de sus principales soportes para redondear el negocio turístico. Aquí, en Asturias -cuyo fundamento histórico es inequívocamente religioso- el turismo místico ya está enraizado no solo en el sentimiento popular, sino también en cuantos realizan los proyectos mercantiles por encargo del Gobierno del Principado, para desarrollar después las estrategias que vertebran la política de planificación turística.

Recientemente, aprovechando la oportunidad que les brinda la celebración del Año Santo en la Archidiócesis de Oviedo, un organismo oficial mancomunado por los municipios del Oriente de Asturias y representantes del Principado, acordó con las autoridades eclesiásticas darle a Covadonga un protagonismo estelar en el turismo de esa amplia y compleja (geofísicamente) comarca asturiana. Covadonga es el símbolo que representa un proyecto turístico común para el ala oriental. Además de ser lugar secular de peregrinaciones religiosas, es también el sitio emblemático de una operación laica: rentabilizar el negocio que supone la industrialización del turismo.

Para un observador exigente con su creencia religiosa, esta promoción turística de las cosas de la Iglesia, utilizando la fe para afianzar las campañas publicitarias, podría plantearle algunas severas dudas. Por ejemplo, en dónde se establece la frontera que separa la devoción religiosa del lúdico disfrute con el espectáculo turístico. Saber si quienes asisten a las procesiones de Semana Santa están influidos por sus creencias religiosas o movidos solo por la curiosidad de quien viaja para descubrir nuevas sensaciones. Si quienes van a Covadonga lo hacen simplemente porque les pilla de paso para ir a Los Lagos, o porque sienten la irresistible necesidad de orar ante la Virgen en su Cueva… Tan sutil es la línea fronteriza que separa lo que es de Dios de lo que le pertenece al César.

No es este mi caso. Pero sí lo es para muchos fieles católicos a los que esa mezcla de piedad religiosa y diversión profana los confunde e incluso, en casos extremos, los irrita. Llama la atención el hecho de que una Iglesia tan ordenancista como es la que se gobierna desde la Conferencia Episcopal Española, no parezca sentir preocupación por el qué dirán sus más ortodoxos feligreses; sobre todo, los que han sido educados en la más estricta doctrina, como la que alienta el riguroso Syllabus . Porque no creo que, para conseguir que las muchedumbres les acompañen en sus tradicionales ceremonias litúrgicas, la cúpula eclesial haya cambiado de casulla -tal como un seglar oportunista cambia de chaqueta cuantas veces le convenga- para demostrarle a la actual sociedad española que la Iglesia, tan integrada en sí misma, ha sustituido el Syllabus por Le Sillon, demostrando de esta manera que, sin dejar de ser esencial e íntegramente católica, cuando le conviene es democrática en su presencia pública.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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No nos hagáis caso, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

Una persona bastante enterada de los entresijos de la política vasca –me da que a veces bastante más enterada de lo que ella misma quisiera– me hacía no hace mucho, con la sonrisa en los labios, una confidencia sobre Txeroki, al que los expertos de la prensa madrileña consideran el máximo cabecilla del terrorismo vasco. “Gente de ETA me ha asegurado que el seudónimo de Txeroki no corresponde a nadie, personalmente”, me dijo.

“¿Como Artapalo?”, le pregunté.

“Exacto”, respondió.

Artapalo fue un nombre de guerra colectivo del que la dirección de ETA se sirvió durante un tiempo. Artapalo eran todos ellos y ninguno de ellos en concreto.

Yo comprendo que hay gente que tiene que escribir y hablar sobre el nacionalismo vasco, sobre Euskadi y sobre ETA casi todos los días, porque ejerce en los medios capitalinos de vascóloga y etóloga profesional y ha de ganarse el sustento, pero la verdad es que, como se trata de comentaristas que lo poco que saben está tan contaminado que debería ser más competencia de Medio Ambiente que de Interior, sueltan lo que sea, incluyendo los absurdos mayores. Más responsabilidad que ellos tienen los jetas que los jalean sabiendo que no saben nada, aunque traten de ocultarlo.

Hacedme caso: no nos hagáis caso. Los menos perversos, si es que queda de eso en los medios de comunicación, somos los vascos socráticos –curiosa mezcla– que reconocemos modestamente que en realidad no sabemos casi nada, porque todo es demasiado fluido, demasiado improvisado, demasiado casual, demasiado impredecible.

Bueno: todo no. Nos consta que muchas de las cosas que se dan por hechas en los medios capitalinos son mentira. He mentado lo de Txeroki y Artapalo a modo de ejemplo, pero podría proporcionar muchas más muestras. ¿Sabíais que Arzalluz nunca presumió del RH negativo de la sangre de los vascos? Entre otras cosas porque él tiene el RH positivo y nunca lo ha ocultado.

No como yo, que lo tengo negativo porque mis antepasados fueron, dicho sea en orden disperso, del Roselló, de Haro, de Ourense y de Graná.

Se cuentan tantas mentiras que da pena.

No por quienes las dicen, sino por quienes se las toman en serio.

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Reacciones postelectorales, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

Resulta interesante analizar las diversas reacciones que se producen después de cada consulta electoral. Suele haber una constante: casi todos los partidos proclaman su triunfo. Todos ellos buscan algún dato al que aferrarse, que les haya sido favorable. Estas elecciones, sin embargo, han sido atípicas y las reacciones se han encaminado por otros derroteros.

Por ejemplo, es curioso observar cómo en el PP han sido precisamente los que más han contribuido a la derrota de Rajoy los primeros en pedir su dimisión. Unos, los de dentro del partido, a media voz; y los otros, los de la prensa, con altavoces. Todos se han apresurado a proponer la necesidad de cambiar de líder. Más que curioso, en realidad, es patético, porque indica cómo es la naturaleza humana y lo voluble de algunas adhesiones. Sobre todo, cuesta reconocer los propios errores. Ciertos prohombres del periodismo juegan siempre con ventaja. Se sitúan más allá del bien y del mal. Pontifican sobre lo que deben hacer determinadas formaciones políticas. Si éstas triunfan, se ponen las medallas; pero si fracasan, se quitan de en medio y son los primeros en tirar la piedra contra sus antiguos patrocinados.

Resulta curioso, también, contemplar los análisis que acerca de los resultados electorales hacen los barones provinciales o regionales de los distintos partidos. Cuando han obtenido un buen resultado en sus respectivos feudos, corren a apuntarse el triunfo y a pasar factura dentro de su formación política, haciendo valer los votos y diputados aportados. Olvidan que, dado el sistema electoral actual, en la mayoría de las ocasiones acaba siendo indiferente quiénes sean los candidatos, incluso poco tiene que ver el trabajo de las distintas agrupaciones a la hora de obtener más o menos votos. En todo caso, serían factores a tener en cuenta entre otras muchas variables. Con frecuencia, el mérito es del partido contrario. La gente no vota a favor, sino en contra de una determinada fuerza política.

Esperanza Aguirre, dentro del PP, no ha tardado en reivindicar los buenos resultados obtenidos por su partido en Madrid. Habría que preguntarse si tal hecho ha sucedido por ella o a pesar de ella. Es difícil saber si su presencia ha desanimado a potenciales votantes, pero lo que parece bastante seguro es que cualquier otro candidato habría obtenido un número de votos parecido. Presiento que las ganancias del PP en la Corte se deben más a Zapatero que a cualquier otra persona. Muchos habrán votado no a favor de Rajoy, ni mucho menos a causa de los méritos de Esperanza Aguirre, sino en contra de la política territorial de Zapatero.

De igual manera, el PSC se apunta el triunfo cosechado por el PSOE en Cataluña como propio y está dispuesto a exigir mayor cuota de poder y más privilegios. Reclaman una vicepresidencia en la Mesa del Congreso, y una fuerte representación en el futuro Gobierno y entre los altos cargos de la Administración, al tiempo que preparan las armas de cara al desarrollo del Estatuto y de la financiación autonómica. Sin embargo, la realidad es que los buenos resultados del PSOE en Cataluña se han cosechado a costa de sacrificar votos y diputados en otras partes de España, tales como Madrid, Andalucía o Castilla-La Mancha.

Por el mismo motivo, es absurdo culpar al PSOE de Madrid de la derrota sufrida en esta Autonomía. Es cierto que los líderes del socialismo madrileño no han constituido ni mucho menos un plantel airoso del que vanagloriarse, pero hasta eso es imputable a la dirección federal, que ha manejado a la federación madrileña y ha puesto y ha quitado candidatos a su antojo. Es también verdad que no es fácil que te reconozcan como partido de izquierdas si el recién nombrado secretario general lo primero que propugna es la supresión del Impuesto de Patrimonio. Pero con todo y con eso, el origen de los malos resultados obtenidos en Madrid, al igual que en Castilla-La Mancha o en Andalucía, hay que buscarlo en gran medida fuera de la correspondiente Autonomía, la causa se encuentra en la política territorial seguida por el Gobierno de Zapatero.

El mayor número de votos conseguido por el PSOE en Cataluña o en el País Vasco y el descenso producido en Comunidades Autónomas como Madrid, Valencia, Castilla-La Mancha o Andalucía son la cara y la cruz de la misma moneda, tienen el mismo origen y, desde luego, no parecen imputables a las respectivas agrupaciones.

Chaves no puede por menos que mirar con cierta suspicacia las jactancias y reivindicaciones del socialismo catalán. Es lógico que se sienta el pagano de esta fiesta y tema, además, que se continúe por la senda de la legislatura pasada, con lo que se mantendría la sangría de votos en Andalucía. El PSC apuesta por la bilateralidad, negociaciones directas con el Gobierno de Madrid, dejando clara su condición singular y distinta de las otras Autonomías. El PSC prometió en campaña el concierto económico y las balanzas fiscales, premisas de una financiación basada en lo que los distintos territorios reciben y aportan del Estado central. Estos planteamientos difícilmente pueden ser aceptados por los andaluces y tampoco por el resto de los españoles. El PSOE andaluz y en general el de las otras agrupaciones de los territorios de menor renta tienen que defender la multilateralidad y que la contribución y las prestaciones sean personales, de manera que un andaluz y un catalán en las mismas circunstancias paguen y reciban lo mismo.

Más allá del discurso triunfalista de cara a la galería y de la lógica euforia por haber ganado las elecciones, la dirección federal del PSOE seguro que tiene muy presente la distinta composición del voto conseguido, las limitaciones de obtener más votos de los nacionalistas y el peligro de perder aún más apoyos en el resto de España si en la nueva legislatura continúa ahondando la discriminación practicada en los cuatro últimos años a favor de ciertas Autonomías.

www.telefonica.net/web2/martin-seco

El voto “confesional” de los españoles, de José Luis González Quirós en El Confidencial

Posted in Política by reggio on 26 marzo, 2008

Desde 1977 se han celebrado en España 10 elecciones generales; en seis ocasiones ganó el PSOE y en cuatro perdió: dos veces contra UCD (1977 y 1979) y dos veces contra el PP (1996 y 2000). Incluyendo la legislatura que acaba de comenzar, el PSOE ha mantenido el poder durante 22 años, y solo ha estado 13 en la oposición. Esta tendencia podría obviamente alterarse, pero debería dar que pensar tanto a los políticos de la derecha como a sus electores. AP no ganó nunca unas generales, pese a presentarse en cinco ocasiones sucesivas (desde 1977 a 1989). La primera victoria de los populares se produjo tras un enorme desgaste de Felipe González y tras la refundación del PP, en un proceso de hibridación entre los restos de la desaparecida UCD (y del CDS) y el sector más joven de AP.

La democracia española se basa en una estructura sociológica que no resulta homologable con la del resto de naciones europeas, ni, por supuesto, con Norteamérica. Tanto por la presencia de los nacionalistas como por la cultura política dominante, la derecha parte siempre desde una posición de inferioridad. Entre nosotros no es corriente que el elector escoja en función de méritos de gestión, de oportunidades o de intereses. Nuestro voto es mayoritariamente confesional: la gente no se limita a votar al PSOE o al PP si no que es del PSOE o del PP. Esta peculiaridad del caso español -la inmunidad de la izquierda ante su fracaso de fondo y/o la capacidad de supervivencia de su imagen idílica- es un dato político de primera magnitud que se traduce en un alto nivel de rechazo hacia el PP, un obstáculo que los populares no siempre saben neutralizar. Solamente un dato: mientras los españoles que nunca votarían al PP se acercan al 50%, los que nunca optarían por el socialismo apenas llegan al 20%.

Ante estas circunstancias, enteramente vigentes a fecha de hoy, la derecha tiene, forzosamente, que hacer dos cosas, una de fondo y otra de forma. En cuanto al fondo, tiene que empeñarse en cambiar la cultura política dominante, aspecto en el que han mejorado algo las cosas. Todo cuanto se haga en este terreno es poco. En el plano de las formas, el PP tiene un gran trabajo por delante. Aunque se preste a malentendidos, su actitud tiene que modularse de tal manera que tienda a desalentar ese abundante rechazo de fondo. Se puede hacer: por dos veces, han ganado las elecciones. Pero siempre que el PP se presente de modo altisonante y con la convicción de tener no se qué clase de superioridad, ideológica, intelectual, moral, o del tipo que sea, estará labrando su desgracia electoral.

La derecha no puede volver a caer en el error estratégico de confiar en lo que se llamó la mayoría natural, una suposición que terminaba siempre en batacazo electoral, fiándose exclusivamente en la extensión de las fórmulas de éxito en Madrid o en Valencia. Tras esos resultados hay, evidentemente, un buen trabajo, adaptado a las peculiaridades del electorado y unos avances de fondo muy importantes en la cultura política de esas comunidades. Pero sería un error confiar exclusivamente en el trabajo, necesario en cualquier caso, sin prestar atención a los errores de principio que deben evitarse.

El desequilibrio en la distribución de votos del PP tiene que ser una preocupación determinante de su línea estratégica. Nadie puede pedir a los populares que renuncien a sus convicciones o a defender con todo el ardor del mundo sus ideas; lo que hay que pedir es habilidad para saber defenderlas y para hacer que los electores más reticentes a un posible Gobierno de la derecha pierdan el miedo a que eso suceda. Por supuesto que es pueril pensar que el PSOE vaya a desistir de golpear por ese flanco, lo que hará más complicado el trabajo del PP, pero los de Génova se equivocarán de nuevo si no afrontan la legislatura con una conciencia muy viva de cuáles son sus debilidades y cómo deben tratarse.

Rajoy tiene que hacer más cosas y hacerlas mejor. Naturalmente, tiene que hacer también cosas bastante distintas a las que ha hecho hasta ahora. Tiene un espejo en que mirarse y es el largo camino recorrido por el PP del joven Aznar hasta llegar, tras una quincena de años, a la mayoría absoluta del 2000. Y tiene también un abundante repertorio de errores conocidos para evitar caer de nuevo en ellos. Del éxito de su nueva singladura, que quizá no sea larga, dependerá en buena medida la estabilidad democrática de la España que conocemos.

José Luis González Quirós es analista político y escritor.