Reggio’s Weblog

El Vaticano: cautela ante ZP, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política, Religión by reggio on 2 marzo, 2008

ELECCIONES 9M

LA CRÓNICA

La campaña electoral despegó con un fuerte encontronazo entre el PSOE y el episcopado español. Saltaron Tres semanas después, puede vaticinarse que la carrera electoral vaya a acabar bajo palio. La tensión se mantiene, pese al tono apaciguador del nuncio de la Santa Sede en España, el arzobispo portugués Manuel Monteiro de Castro, que ha seguido instrucciones muy precisas al respecto de la secretaría de Estado del Vaticano.

La tensión se mantiene. En la entrevista de José Antich, director de La Vanguardia,a José Luis Rodríguez Zapatero, el candidato del PSOE y presidente del Gobierno en funciones anuncia hoy su intención de parar los pies a los obispos que se “extralimiten” políticamente con el Gobierno. Hay que poner los puntos sobre las íes, dice Zapatero, que vuelve a amagar con una revisión de los acuerdos del Estado español con la Santa Sede. Son unas declaraciones de tono duro. Quizá las más duras realizadas jamás por el actual presidente del Gobierno en relación con la Iglesia católica.

El momento vuelve a ser delicado. Esta misma semana, la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) procederá a la renovación de sus órganos directivos, con la posible defenestración del moderado Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, como presidente. La candidatura alternativa del cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, puede considerarse más que probable. Rouco ya fue presidente de los obispos españoles entre 1999 y el 2005 (dos mandatos). No pudo obtener un tercer mandato al faltarle un voto de los dos tercios exigidos.

Liberado ahora de la obligación de los dos tercios, Rouco Varela podría ganar con relativa facilidad, según las fuentes eclesiásticas consultadas. La elección del presidente de la CEE está prevista para el próximo jueves día 6 en Madrid, tres días antes de los comicios legislativos. Y las declaraciones de Rodríguez Zapatero a La Vanguardia parecen expresamente dirigidas al cardenal Rouco, conspicuo representante del ala dura del episcopado.

El Vaticano, según las fuentes consultadas, no ha dado instrucciones, ni ha efectuado gestos específicos para favorecer a Blázquez o a Rouco Varela. Sobre el papel, las conferencias episcopales nacionales tienen plena autonomía en todo aquello que no se refiere a la doctrina de la Iglesia.

La secretaría de Estado, sin embargo, ha recomendado cautela ante el amago del Gobierno socialista de proceder a una revisión de los acuerdos entre el Estado y la Iglesia. Para el Vaticano, España vuelve a ser fuente de gran preocupación: en sí misma, y en relación con Latinoamérica. En concreto, se teme que una crisis institucional con el Gobierno de Madrid acabe provocando un contagio en el continente americano, especialmente en la Venezuela de Hugo Chávez.

Un contagio que sería muy incómodo en un momento en que la Iglesia católica intenta influir en el proceso de transición que se adivina en Cuba. El secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Tarsicio Bertone, ha viajado recientemente a la isla. A su regreso de La Habana, el cardenal Bertone hizo escala en Madrid, donde despachó con el nuncio Monteiro de Castro e intercambió información sobre Cuba con el Ministerio de Asuntos Exteriores español, concretamente con la subsecretaria María Jesús Figa. España es hoy el país europeo con más claves de acceso al laberinto cubano, que tanto interesa al Vaticano desde el viaje de Juan Pablo II a la isla en 1998.

El nuncio informó al cardenal Bertone de la cena mantenida días atrás con Rodríguez Zapatero en la legación diplomática, interpretada como un gesto claramente apaciguador. Invitación que fue muy criticada por el sector más duro del episcopado. En la Cope, emisora de propiedad episcopal, el locutor Federico Jiménez Losantos calificó al nuncio Monteiro de Castro de “hermano masón”. Inaudito episodio, digno de la pluma de Valle-Inclán en La corte de los milagros.

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Tipología del elector, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

EL ESPECTADOR

Apesar de todo, hay una buena noticia: tan sólo faltan siete días para que pase este estado de excepción comunicativo en que nos sumerge cualquier periodo electoral.

Pronto volveremos, si Dios quiere, a la calma y a la rutina, podremos hablar con los demás de otras cosas, ver televisión, leer prensa y escuchar radio sobre temas variados, sin sentir el malestar creciente de estas últimas semanas y meses, esta sensación, esta evidencia, de que entre unos y otros se nos está desinformando y tensionando, dramatizando y asustando. Unas elecciones, ciertamente, sin apenas pedagogía democrática, con un exceso de marketing y de manipulación.

En tal situación, tras observar a amigos y conocidos, he llegado a la conclusión de que existen cuatro tipos de elector: los que no votarán a ningún partido, los escépticos, los conservadores y los libres.

Los primeros, en constante aumento, por lo menos en Catalunya, se dividen en dos: los que votan en blanco y los abstencionistas. Se suele decir que los del primer grupo son personas políticamente activas que al depositar el voto en blanco muestran su rechazo a todos los partidos pero no a la democracia misma; y que los segundos, simplemente, no creen en la democracia. No sé si esto es hoy exacto: muchos demócratas convencidos creen que la mejor manera de expresar su protesta es aumentar el nivel de abstención y que votar en blanco es tirar el voto. Es sintomático que en estas elecciones Pasqual Maragall y Heribert Barrera hayan decidido hacer pública su intención de no votar a ningún partido.

Entre los que irán a votar a un partido, encontramos primero al votante escéptico, el que, quizás a última hora, decide inclinarse por la que, a su parecer, es la opción menos mala. Se trata de un criterio muy utilizado por los votantes informados, inteligentes y nada sectarios.

En segundo lugar, está el votante claramente partidista, el que lo tiene decidido de antemano sin pensar mucho: una persona, o bien con intereses en un partido determinado, o bien con una mentalidad poco reflexiva y un talante conservador y poco crítico. Probablemente es el votante que más abunda. Por último está el votante libre, el que analiza en cada caso la situación concreta sin prejuicios ni ataduras sentimentales y decide de una forma consciente y racional.

Es probable, querido lector, que no se sienta identificado con ninguno de estos tipos de elector. Es natural, quizás yo tampoco: son tipos puros, aquel invento de Max Weber tan utilizado en ciencias sociales que nunca se corresponde exactamente con la realidad.

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Ideas, claras o no, de Xavier Batalla en La Vaguardia

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

Todo repaso de la historia subraya el extraordinario progreso técnico de la humanidad. La crónica histórica nos habla también del auge y desplome de las grandes potencias. Pero si el estudio de la historia no tiene en cuenta las ideas, nos dejaremos en el zurrón aquello por lo que los hombres han querido vivir o han estado dispuestos a morir. John Maynard Keynes dejó escrito: “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son acertadas como cuando son equivocadas, son mucho más poderosas de lo que normalmente se acepta. De hecho, el mundo está gobernado por muy poco más. El poder de los intereses creados ha sido exagerado en comparación con la gradual invasión de las ideas”.

George W. Bush puede haber sido un desastre para la economía estadounidense, pero ha resultado ser un revulsivo para la industria de las ideas, sobre todo en lo que respecta a las relaciones internacionales. Lo que explica la cantidad de dólares que ahora reciben los laboratorios de ideas es muy fácil de entender: el terrorismo apocalíptico y la desastrosa política exterior de la Administración Bush.

Estados Unidos es la tierra de promisión de los think tanks o laboratorios de ideas, unas veces independientes y otras con muchos intereses ideológicos, cuyos principales objetivos son dos: influir en el poder y en la opinión pública. El negocio de los think tanks es promover ideas y sus beneficios no se miden por los resultados económicos, sino por la influencia que ejercen. Y ahora, en año de elecciones, estos laboratorios están haciendo su agosto.

Los primeros laboratorios estadounidenses se remontan a principios del siglo XX, cuando, entre otros, se fundó el Council on Foreign Relations, que desde 1921 ha pasado de ser una cena mensual sobre temas de actualidad a convertirse en una institución sobre las relaciones internacionales. Y después surgieron, entre otros, el Institute for Government Research, del que nació la Brookings Institution (1927), y el American Enterprise Institute (1943).

Barack Obama es aconsejado ahora por asesores de la Brookings, de tendencia liberal (en el sentido estadounidense), y del Center for Strategic and International Studies, que en el 2003 publicó una carta para pedir a Bush que moderara su actitud hacia la Unión Europea. Hillary Clinton recibe ideas de la Brookings; del Council on Foreign Relations, al que la ultraderecha acusa de conspirar contra la soberanía estadounidense, y del Center for a New American Security, que se dice independiente y pragmático, es decir, realista. Y el republicano John McCain confía en el American Enterprise Institute, el primer fabricante de ideas neoconservadoras y abogado de la guerra de Iraq, y en el Council on Foreign Relations. No todo el mundo es tan simplista como para decir que siempre tiene las ideas claras.

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La pregunta por Irak, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

Con ánimo de despertar a sus electores más remolones, Zapatero le recordó a Rajoy que todo empezó con la guerra de Irak. Su promesa de retirar las tropas fue factor determinante de su victoria en 2004. Por eso resulta sorprendente que no preguntara a Rajoy qué haría si el presidente de Estados Unidos le pidiera que los soldados españoles volvieran a la guerra. Si, como ha argumentado el PP, la retirada hizo que España bajara varios peldaños en el escalafón internacional y si, como Aznar predicaba, aquella guerra es determinante para la lucha contra el terrorismo y para el futuro de Occidente, lo coherente sería que Rajoy se comprometiera a ponerse a las órdenes de la Casa Blanca para lo que haga falta. Pero Zapatero no se lo preguntó.

¿Por qué no se lo preguntó? Quizá porque no le apetecía meterse en los vericuetos de la política internacional. Es la gran ausente de la campaña. Los estrategas de campaña están siempre convencidos de que la política internacional pilla muy lejos a la gente y que no merece la pena gastar energías en esta materia. Quizá por eso se dan situaciones grotescas, como en los debates entre Obama y Clinton, en que se ha hablado más de la pequeña Cuba que de China, cuando todo el mundo sabe que las relaciones EE UU-China determinarán lo que ocurra en el futuro próximo. Pero los cubanos del exilio han tenido el acierto de convertir la cuestión cubana en un tema de política interior. Por eso se habla de Cuba.

España está en Europa. Y los temas europeos son difíciles de separar de la política interior. Nuestras vidas están reguladas en muchísimas materias por reglamentos que vienen de Bruselas, la suerte de nuestra economía y de nuestra moneda e incluso de nuestra seguridad está ligada a Europa. O sea, Europa somos nosotros. A Europa le debemos una buena parte de nuestro crecimiento económico, y, precisamente porque somos más ricos, la Unión Europea nos va quitando las muletas con las que nos ayudó a prosperar. Después de haber hecho una inútil demostración de europeísmo en un referéndum que no ha servido para nada, parece como si los líderes políticos españoles estuvieran atacados por un europesimismo paralizante. ¿Será que se sienten incapaces de convencer a los ciudadanos de que, pese a frustraciones como el referéndum, sólo en Europa está nuestra salvación? Ni la cuestión turca, ni las relaciones con el Magreb, decisivas por tantas cosas, ni la amenazante política rusa, ni este peligroso invento de Sarkozy llamado Unión Mediterránea, parecen ser del interés de nuestros candidatos.

Alfredo Pastor ha traído a España un debate muy en boga entre los economistas del mundo anglosajón: las grandes desigualdades como amenaza a la sostenibilidad de la economía global. Tampoco interesa. Y, sin embargo, tiene muchas conexiones con la vida cotidiana de cada elector. Todo lo que sea una mirada más allá de nuestras fronteras parece quedar fuera del campo de visión de nuestros candidatos. Lo único que sabemos es que titular y aspirante están de acuerdo en no reconocer a Kosovo. Como si Kosovo fuera el culpable del desastroso proceso de limpieza étnica que empezó hace 20 años en Yugoslavia, con la lamentable aquiescencia de la comunidad internacional.

En Estados Unidos habrá cambio de presidente. Los dos anteriores presidentes españoles eran atlantistas confesos, aunque el atlantismo de Felipe González fuera con reparos y el de José María Aznar de puro servilismo. Entramos en tiempos en que la emergencia de nuevas potencias augura una deriva hacia un sistema internacional más multipolar. ¿Qué relación quieren tener los dos candidatos con el Imperio? Ni Zapatero, por temor de Dios, tiene interés en precisar su política atlántica, ni Rajoy se atreve a proclamar un atlantismo incondicional por miedo a perder votos.

En un gesto típicamente aznarista, cuando Manuel Campo anunció el apartado de política internacional, Mariano Rajoy habló de terrorismo. Es un reduccionismo que metió a España en una guerra absurda y que sólo genera miedo y confusión. Un miedo desproporcionado, porque no es ésta ni la mayor ni la principal amenaza que tiene el mundo. Y una confusión, deliberada por supuesto, porque evita afrontar seriamente las grandes fracturas del mundo contemporáneo. Sobre esta confusión se ha construido todo el discurso de la seguridad, bajo liderazgo de la Administración Bush, que está dañando seriamente las libertades en el primer mundo. La pregunta por las tropas españolas hubiese permitido profundizar en estas cuestiones. Pero Zapatero no la hizo.

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Miedos subyacentes, de Joaquín Estefanía en Domingo de El País

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

Lo más importante del debate entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, el pasado lunes en la televisión, no fue el resultado en términos boxísticos. Ello es lo más urgente y lo que afecta al objetivo primero de ambos contendientes políticos: movilizar al electorado indeciso o incómodo para que les vote. Recuérdese que en 2004 al PSOE le votaron más de tres millones de personas que no lo habían hecho cuatro años antes; que el PP tan sólo redujo medio millón de votos, y que, con la conjunción de ambas circunstancias, los socialistas ganaron las elecciones por apenas 1,7 millones de votos. Bastaría con que se quedase en casa la mitad de estos últimos para que el escenario cambiase de tercio. Queda una semana -y otro debate televisado- para saber si obtuvieron ese objetivo movilizador.

Lo más importante, sin embargo, fueron algunos de los mensajes que en ese primer debate se manifestaron. El inicial fue la constatación de que allí se desgranaron dos discursos, dos modelos diferentes, que viven de espaldas sin apenas lugares de encuentro. En este sentido, el debate fue francamente desestimulante: no se entrevé posibilidad alguna de colaboración inmediata. Las declaraciones de Rajoy de que, en caso de que gane el próximo domingo, llamará a los socialistas para establecer una serie de pactos de Estado resulta una ensoñación a la luz de lo observado en la televisión. Más realista es la postura incrédula de Zapatero, que considera casi imposible cualquier acuerdo, visto lo visto a lo largo de la legislatura y en el propio debate por parte del PP. La política de consenso entre los dos grandes partidos parecería casi imposible de recomponer, incluso partiendo del hecho de que el 9 de marzo se reparten cartas nuevas y empieza un nuevo juego.

Hubo en el debate otra novedad de especial significación en cuanto al discurso sobre la inmigración del PP, mucho más explícito que en otras ocasiones. Rajoy sacó a pasear los miedos subyacentes y los prejuicios populares de una parte de las clases medias y bajas ante el fenómeno migratorio. Hizo lo mismo que meses antes practicó Sarkozy para arrancar a Le Pen el voto de mucha gente en los barrios de los alrededores de las grandes ciudades francesas, temerosa de la competencia de los inmigrantes en lo referente a sus puestos de trabajo o a la utilización de los servicios públicos que forman el corazón del Estado del bienestar. El candidato de la derecha habló de “avalancha”, de una delincuencia que identificó mucho más por el lugar de origen de los que caen en ella que por su extracción social, de falta de integración, etcétera.

Con esas advertencias no se dirigía el líder del PP al corazón del racismo, sino a aquellos que en una coyuntura de desaceración económica como la que estamos sufriendo se sienten atemorizados por la presencia de los inmigrantes que les perjudican en su vida cotidiana. Pero así es como se llega a la xenofobia. –

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Un debate periférico, de Miquel Caminal en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

El debate en TV-3 entre los cabezas de lista de los partidos catalanes me pareció provinciano. Quizá Cataluña ya no es motor de ninguna España. No se trataron los temas clave en unas elecciones legislativas que decidirán el rumbo de la política general en los próximos cuatro años. ¿Cuáles serán las líneas fundamentales de la política económica? ¿Qué idea de Europa proponen? ¿Cuál debe ser la política exterior? ¿Qué modelo territorial del Estado se pretende desarrollar cuando se cumplirá el 30º aniversario de la aprobación de la Constitución en este año? ¿Qué medidas se adoptarán para corregir de raíz la política educativa y universitaria? ¿Qué se propone con relación a la inmigración sin caer en la demagogia y la provocación?

Al terminar el debate me quedé igual. Nadie contestó a estas preguntas. Nos marearon con gráficos y cifras al gusto de quien las utilizaba. Fue un debate ordenado en el planteamiento y fallido en su realización, con interrupciones excesivas, rígido en el orden de palabras, sin soltura ni fluidez en su desarrollo. En una palabra, aburrido. En algún momento me pregunté: ¿qué está fallando o faltando? Los candidatos presidenciales. En unas elecciones legislativas, enfocadas por todos los partidos como presidenciales, los debates son de segunda división si no están los únicos candidatos que tienen la posibilidad de acceder a La Moncloa. No es lo mismo Zapatero que Chacón, o Rajoy que Nadal. Así que el debate estaba devaluado antes de empezar.

Me sorprendió el bajo nivel de Duran Lleida y Joan Ridao, dos excelentes oradores. Incluso compitieron poco entre ellos para ganar el voto nacionalista catalán. A lo mejor les traicionaron las ganas de estar en un debate imposible con Zapatero y Rajoy. Chacón estuvo correcta sin destacar, más allá del golpe de efecto de mostrarle unos cuantos periódicos a Duran Lleida, como prueba del baile de la confusión en CiU, que no sabe ni adónde va, ni de dónde viene, ni dónde está. Dolors Nadal tiene cara de no morder hasta que habla. ¡Qué cosas dice! La verdad es que consiguió atraer con su discurso demagógico y racista los cortes y respuestas contundentes de Joan Herrera. El diputado de ICV-EUiA fue el único candidato que presentó un perfil ideológico claro frente a la confusión de todos los demás, que compitieron en ofertas clientelares.

Fue un debate periférico, como si se tratara de discutir solamente de Cataluña, de su financiación, de las infraestructuras, de la vivienda, del despliegue del Estatuto. No digo que todo esto no sea importante, pero las elecciones son legislativas y no autonómicas. Las minorías catalanas serán decisivas en unas elecciones que se prevén equilibradas. Para Cataluña sería un desastre la victoria del PP, pero tampoco sería una buena noticia un resultado abultado de los socialistas.

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Acertó Jovellanos, erró Cabarrús, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

El dilema de los votantes progresistas que aún permanecen indecisos

Puesto que ya nunca seré autor teatral -en la información hay más tragedia, comedia y drama que en el teatro-, brindo a quien quiera recoger el guante un argumento para una función que permitiría pulverizar los records de taquilla que consiguieron Flotats y Carmelo Gómez interpretando a Tayllerand y Fouché en La Cena de Jean Claude Brisville. Debería llamarse La Comida y se basaría también en la reconstrucción de un encuentro real entre dos grandes personajes cargados de pasado, en una encrucijada aún más decisiva para su nación -en este caso la nuestra- que la que implicó para Francia la derrota de Napoleón en Waterloo y la subsiguiente disyuntiva entre república o restauración monárquica.

Basta atrasar siete años más el reloj de la Historia y trasladarnos desde aquel 5 de julio de 1815 en el que dos de los más conspicuos supervivientes de la Revolución y directos colaboradores de Bonaparte se pusieron de acuerdo en París para volver a entronizar a Luis XVIII, hasta aquel 27 de mayo de 1808 en el que tuvo lugar en Zaragoza el reencuentro, después de muchos años de penalidades y cautiverios, de dos amigos cuyos nombres eran ya santo y seña de la Ilustración española: Gaspar Melchor de Jovellanos y Francisco de Cabarrús.

El diario del primero acredita el episodio, lo sitúa en el domicilio de un tal Hermida, fija su duración desde media mañana «hasta mucho después de mediodía cuando comimos» y sobre todo describe su fuerte carga emocional: «La llegada se señaló con abrazos y lágrimas y lamentaciones sobre la triste suerte de la patria». Como en el caso de la cita entre Talleyrand y Fouché, quedaría por recrear el contenido de su conversación, pero disponemos de suficientes elementos como para poder hacerlo de forma absolutamente verosímil.

La trayectoria de ambos estaba hondamente arraigada en los años más fructíferos del siglo anterior, cuando, codo con codo, el jurista asturiano y el banquero nacido en Bayona aprovecharon las oportunidades del reinado de Carlos III, contribuyendo decisivamente a introducir en España una versión moderada del Espíritu de las Luces. Si el nombre de Jovellanos quedó unido a su Informe sobre la Reforma Agraria, el de Cabarrús lo está a la fundación del Banco de San Carlos. Cuando, tras la muerte de su regio protector, los sucesos revolucionarios de París convirtieron en sospechoso al financiero francés y sus enemigos, siempre próximos a la Inquisición, aprovecharon las dificultades del banco para acusarle de estafa y encerrarle en el madrileño castillo de Batres, Jovellanos movió en vano todas sus influencias para intentar ayudarle.

Una década después se invirtieron las tornas. Cabarrús había sido rehabilitado por Godoy y destinado a misiones diplomáticas gracias sobre todo a la enorme influencia de su hija Teresa -casada con Tallien y amante de Barras- en el París del Directorio. En cambio Jovellanos había llegado efímeramente al poder como ministro de Justicia, para caer en desgracia y ser encerrado en el mallorquín castillo de Bellver durante siete años. Tampoco Cabarrús tuvo fuerza suficiente para evitarlo.

Cuando en los primeros meses de 1808 los acontecimientos se precipitan y ya con las tropas francesas extendidas por buena parte de España, el motín de Aranjuez desencadena la caída de Godoy, la abdicación de Carlos IV en Fernando VII y la abducción de ambos por Napoleón, parece llegada la hora de la verdad para quienes afrontan ya el último tramo de sus vidas. Jovellanos es liberado por uno de los primeros decretos de Fernando VII, vuelve a la Península por Barcelona y, en medio de la ebullición subsiguiente a los sucesos del 2 de mayo, es aclamado por doquier como víctima del despotismo y referente moral de la incipiente burguesía liberal. El prestigio de Cabarrús como hacendista y experto en cuestiones internacionales alcanza también por entonces su apogeo.

Es imposible saber si aquel 27 de mayo, con Zaragoza ya levantada caóticamente en armas contra la invasión francesa, uno u otro eran conscientes de que el nuevo rey José Bonaparte pretendía contar con ellos como pilares de un programa de reformas destinado a sacar a España de su secular atraso. Pero es evidente que en aquellas horas de conversación no pudieron dejar de hablar del dilema que como próceres de la causa progresista se presentaba ante ellos. Varios autores aseguran que en ese momento Cabarrús estaba identificado con el «bando patriótico» y que sólo fue al cabo de un mes, y después de ser víctima de un episodio de bandolerismo en Tudela, cuando se decantó por el lado josefino. Otros sostienen la tesis de que ya había aceptado un cargo en la administración provisional de Murat.

La apuesta de Jovellanos también la observamos a posteriori, pues empieza a quedar reflejada en su diario cuando explica la turbación que le producen las cartas de algunos de sus mejores amigos, afrancesados de la primera hora, instándole a ocupar el lugar que le corresponde en la nueva situación. El caso es que el 7 de julio José I nombra a Cabarrús y a Jovellanos, respectivamente, ministros de Hacienda y del Interior y que el uno acepta el cargo y el otro no sólo lo rechaza, sino que se incorpora primero a la Junta de Asturias y luego a la Junta Central, decidido a participar en el movimiento de resistencia contra el invasor.

¿Cómo no imaginarles en aquella sobremesa zaragozana, sopesando con pasión bien argumentada los pros y los contras que implicaba tomar un sentido u otro en aquella bifurcación del camino? Los motivos para unirse a la nueva dinastía parecían en principio consistentes. Era la ocasión anhelada durante décadas de acometer la modernización de España desde la cúspide del Estado, aplicando el programa reformista con la suficiente energía como para acabar con el Santo Oficio y vencer la resistencia de la plebe inculta, grosera, cruel y casi antropófaga que acababa de volver a mostrar su verdadera naturaleza en los terribles actos de violencia -«la crueldad irreflexiva del loco entusiasmo», descrita por Alcalá Galiano- contra las autoridades que se negaban a secundar la rebelión frente al francés. El diagnóstico de Artola es rotundo: «El ilustrado de tiempos de Carlos III fue el afrancesado de 1808». Si los Urquijo, Meléndez Valdés, Moratín, Llorente, Marchena, Azanza, Lista o el propio Cabarrús lo vieron claro, ¿por qué Jovellanos no?

El mismo se lo explicó poco después por carta a su amigo: «España no lidia por los Borbones ni los Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra por su libertad…».

Respondía así a la argumentación racionalista de Cabarrús que se había creído en la obligación de justificarse al aceptar el ministerio: «Me hallo embarcado… en este sistema que he creído y creo aún la única tabla de la nación». Tocando incluso la tecla que más podía impactar en los antiguos anhelos de Jovellanos, alegaba en esa misiva, fechada a finales de julio, que aquella era una oportunidad inmejorable para combatir «la multiplicidad de los males de la Administración pública».

Pese a que la réplica de Jovellanos incluyó una especie de maldición de resonancias bíblicas -«Será usted un hombre execrable y execrado de su patria… usted vagará errante sin familia, sin patria, sin amigos»-, Cabarrús nunca perdió la esperanza de convencerle de sus razones y su buena fe e incluso le dedicó sus célebres Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública, escritas durante su cautiverio y editadas aquel septiembre de 1808 en Vitoria cuando la derrota de Bailén había obligado al Gobierno de José a evacuar por primera vez Madrid.

Mutatis mutandis, ese dilema de hace 200 años ha adquirido nueva virtualidad en la España actual. Entonces había que elegir entre modernidad y tradición, entre afrancesamiento y continuidad histórica. ¿Merecía la pena sacrificar la independencia nacional para implantar las tantas veces bloqueadas reformas ilustradas y salvar a España de sí misma? Cabarrús pensaba que sí, Jovellanos que no.

Hoy en día, tras la pugna entre el PSOE y el PP, tenemos por un lado a la izquierda, o para ser más exactos a un sedicente progresismo antinaturalmente aliado con el nacionalismo tribal y reaccionario, y por el otro a una coalición de conservadores y liberales que trata de aferrarse a los valores de la Transición. ¿Merece la pena sacrificar la cohesión constitucional a través del Estatuto catalán, el derecho a decidir de los vascos y lo que te rondaré morena a cambio del matrimonio homosexual, la paridad por decreto, la Alianza de Civilizaciones, el nuevo contrato del hombre con el Planeta y demás golosinas del republicanismo cívico? Al igual que Cabarrús la gran mayoría de los dirigentes del PSOE -incluidos aquellos a los que más se les llena la boca hablando de España- piensan que sí, que Madrid bien vale una misa en euskara, gallego y catalán. Igual que Jovellanos, Rosa Díez y, por supuesto, los dirigentes del PP piensan que no.

Aunque el único gran error de Rajoy durante el primer debate, al margen de la metáfora de la niña, fue el poco énfasis que puso en la cuestión nacional, el hecho de que -según nuestro posterior sondeo- casi un 8% de quienes optaron por el PSOE en 2004 digan ahora que están dispuestos a cambiar su voto y sólo un 1,5% de los que se inclinaron por el PP declaren lo mismo, prueba que es en el seno de la izquierda sociológica donde ese dilema está en plena ebullición. ¿Qué puede hacer alguien que no trague ni con la policía lingüística del renegado Montilla ni con los compadreos con ETA de Patxi López y Eguiguren, pero tema la involución de las sotanas o vea atisbos de xenofobia en el PP? Lo más obvio sería votar por Ciutadans en Cataluña y por Rosa Díez en Madrid y el resto de España. Sería un voto sincero, idealista, valiente, pero puede que no fuera un voto útil.

¿De dónde sacar entonces la pértiga para dar el enorme salto mental y sociológico que requeriría pasar de votar al PSOE a votar al PP? Si Rajoy hubiera tenido el acierto de ofrecer a Rosa Díez el número dos de la lista del PP por Madrid y ella los reflejos de aceptarlo, sería más fácil argumentar que estamos en un escenario en el que los grandes males requieren grandes y excepcionales remedios. Pero incluso si esa convergencia transideológica de defensores de la Constitución del 78 no se ha producido aún, en lugar de mariposear con la abstención al modo de Elorriaga en el Financial Times, merece la pena apelar a la esclarecedora enseñanza de lo que ocurrió hace dos siglos en España.

Ni Cabarrús, súbitamente fallecido en Sevilla en abril de 1810 en el apogeo de la engañosa pleamar josefina, vivió para asistir a la derrota de su causa; ni Jovellanos, muerto a finales del año siguiente, pudo presenciar el triunfo de la suya. Pero fueron las Cortes de Cádiz, y no la Asamblea de Bayona o ninguna otra institución otorgada a los atrasados españoles por su magnánimo emperador francés, las que culminaron el sueño ilustrado de alumbrar un régimen constitucional que, con todos sus avatares, aún hoy sirve de referencia a nuestra democracia.

Ahí está encriptada la clave que demuestra cuán falsa es la parte del dilema que identifica a Zapatero con el progreso y la modernidad y a Rajoy con el inmovilismo y la carcunda. Al final no hay peor política que la basada en intentar dar gato por liebre. Ni hace 200 años podía haber una genuina modernización que apartara a España del surco de la continuidad histórica en el que, periodo tras periodo, se había sembrado su verdadero ser, ni hoy es posible ampliar la democracia de espaldas a los valores constitucionales que convierten a las personas y no a las tribus, pueblos o nacionalidades en titulares de los derechos.

Charles Esdaile, catedrático de la Universidad de Liverpool y autor de la mejor historia contemporánea de la para nosotros «Guerra de la Independencia» y para él y sus compatriotas «Peninsular War», no niega que el rey José y sus bienintencionados ministros tuvieran voluntad reformista. Subraya, sin embargo, que su política se caracterizó por una actitud mucho más ordenancista que modernizadora. Lo suyo fue promulgar normas, normas por doquier -seguro que les suena-, invadiendo cada espacio de la actividad pública y privada de los españoles. Y eso desembocó, claro está, en un cambio mucho más cosmético que real. Al final todo quedó, según este autor, en algo tan simbólico y postizo como la sustitución «de la soga por el hierro», es decir, de la horca por el supuestamente más humanitario garrote vil.

De igual manera que, anticipándose 125 años al «No es esto, no es esto» de Ortega, Jovellanos tendría tiempo de diagnosticar antes de morir que «el problema no es que la reforma francesa fuera extranjera, sino que no era reformista», hoy toca advertir a esos últimos indecisos que el tiempo está demostrando que lo peor de la ética indolora que nos viene vendiendo Zapatero no es que esté basada en múltiples falacias, sino que cada día que pasa nos hace más daño a todos.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Las cartas boca arriba de Luis María Anson en El Mundo

Posted in Cultura, Política by reggio on 2 marzo, 2008

LAS CARTAS BOCA ARRIBA

La primera carta es una crítica a dos bandas. Dirigida tanto al presidente del Gobierno como al líder de la oposición, les insta a bajar de la nube en la que se hallan y a que averigüen por qué los partidos políticos ocupan el último lugar de credibilidad en la opinión pública. En la segunda carta elogia el siempre excelente trabajo, en todos los campos, de la actriz Emma Suárez.

JOSE LUIS RODRIGUEZ ZAPATERO

MARIANO RAJOY

La mayor parte de la juventud desprecia a la clase política

Mi querido presidente del Gobierno, mi querido presidente del Partido Popular…

Seguro que ambos estaréis encantados de vuestro éxito, flotando entre las nubes de los mítines entusiastas, radiantes rediles de ovejas amaestradas, mientras os acosa la caravana de reporteros y cámaras pendientes de vuestros gestos y ademanes, para esponjarse después la nación entera en los debates de la televisión. Seguro que ni por un momento os habéis preguntado, en medio de la parafernalia que nubla vuestro entendimiento, por qué los partidos políticos ocupan el último lugar de credibilidad en la opinión pública, por qué la juventud se muestra cada vez más lejos de la clase política.

En 1976, señores presidentes del Gobierno y del Partido Popular, había en España, números redondos, 600.000 funcionarios entre las tres Administraciones. Hoy esa cifra se ha multiplicado por cinco. Se eleva a los 3.000.000. En treinta años, los partidos políticos habéis colocado en las Administraciones públicas a 2.400.000 enchufados, amiguetes, parientes y simpatizantes, aparte alguna gente seria, pagados todos ellos con los impuestos casi confiscatorios con que sangráis al ciudadano medio que trabaja y produce. Además de los sueldos, de la seguridad social, de las prestaciones y jubilaciones, pagamos también entre todos las oficinas donde laboran los paniaguados, la calefacción, el aire acondicionado, la luz, el teléfono, la limpieza, el mantenimiento, las dietas, los gastos generales… ¿Y todo ello para recibir un servicio público mejor? Por el contrario, los funcionarios innecesarios, con el fin de justificar sus puestos de trabajo, se inventan una burocracia que es cada vez más asfixiante y opresiva y que lo paraliza todo.

¿Seríais capaces, queridos José Luis y Mariano, de informar a la opinión pública lo que nos cuesta el despilfarro de esos 2.400.000 funcionarios innecesarios que habéis instalado durante los últimos treinta años en las Administraciones públicas? ¿Os atreveréis algún día a dar la cifra de metros cuadrados que en propiedad o alquiler ocupan esas Administraciones? En Madrid, un número abrumador de edificios singulares o de calidad son ya públicos. Hasta las sedes de algunos bancos han sido adquiridas con el dinero del presupuesto, mientras el Congreso de los Diputados se va extendiendo como una mancha de aceite a su entorno. Todos esos edificios y el lujo que en ocasiones en ellos se derrocha, está pagado con los impuestos del ciudadano, que apenas puede mantener su piso de unas decenas de metros cuadrados.

Recuerdo que en una visita a Brasil en los tiempos en que presidía yo la agencia Efe me invitó a almorzar el ministro titular de un ministerio creado para reducir la burocracia galopante. El exceso de funcionarios se comía materialmente al gran país iberoamericano. Y bien. El Gobierno, las Autonomías, los Ayuntamientos, le cuestan al ciudadano español un ojo de la cara y el iris del otro. Cada presidente autonómico se ha organizado un protocolo superior al del Rey, dispone de más secretarias, secretarios, asesores, consejeros, ayudantes, automóviles y gastos de representación que el Monarca; habita en ocasiones palacios más suntuosos que el chalé de la Zarzuela. Y gastan, gastan como fieras. Todo es poco para colocar a sobrinos y amiguetes, para viajes de Estado, para despachos suntuosos, para fiestas y recepciones, para emisoras de televisión abrumadoramente deficitarias, para servicios de escoltas y seguridad, para banquetes y regalos oficiales, para publicaciones innecesarias y exposiciones sin sentido. El despilfarro llega en ocasiones a cotas difíciles de calibrar. La deuda, además, excede en Cataluña los 10.000 millones de euros; en Andalucía, los 7.500; en Madrid, los 7.000; en Valencia, los 7.000; en Galicia, los 3.000…

Las burocracias central, autonómica y municipal no tienden a amortizar puestos de trabajo sino a duplicarlos o triplicarlos. Andalucía tiene ya, números redondos, 200.000 empleados públicos, más que la suma de las comunidades madrileña, catalana y vasca, cuando los andaluces que viven en esa región son poco más de siete millones y los habitantes de Madrid, Cataluña y País Vasco se acercan a los 14 millones.

Con los impuestos de los ciudadanos se paga en España a más de 2 millones de funcionarios innecesarios que, como decía antes, no mejoran las Administraciones sino que, por el contrario, las emperezan. Para justificar tanto puesto de trabajo inútil se inventan mil escollos burocráticos y un millón de pejigueras y engorros, que termina padeciendo el españolito medio, el cual, en definitiva, paga no para que le ayuden sino para que le fastidien y enlerden. El contribuyente, además de cornudo, apaleado y encima con airosas pintas.

Hay no pocos políticos en España que están bien preparados, que son capaces y admirables. Pero la inmensa mayoría es de una mediocridad enervante. En la vida común de competencia no tendrían dónde caerse muertos. Se dedican a la política porque no sirven para otra cosa, porque no serían capaces de ganar una oposición, de competir en un puesto de trabajo, de poner en marcha una empresa, de sacar a sus familias adelante. El ciudadano medio considera a la clase política española deleznable. Exagera porque, insisto, no son pocos los políticos que merecen respeto y admiración. Pero, ciertamente, la indocumentación, la idiocia, la simpleza, la estulticia, la falta de preparación o la torpeza de muchos dirigentes emanados de los partidos y encumbrados a veces en puestos de responsabilidad, producen escalofríos. Yo he tratado a algunos ministros y ministras a las que no hubiera aceptado ni como auxiliares de redacción en los periódicos o emisoras que he dirigido.

Dicen que la campaña electoral le costará a cada uno de vuestros partidos alrededor de los 20 millones de euros. ¿De dónde sale ese dinero? ¿De los afiliados del PSOE y el PP? No. Sale también del bolsillo del ciudadano medio al que asáis a impuestos. Vuestros partidos políticos viven sustancialmente pagados por el Estado. A la Iglesia Católica se le ha retirado la asignación que percibía, reduciéndola a lo que los ciudadanos señalen en la casilla correspondiente. ¿Por qué no hacéis lo mismo con los partidos y los sindicatos? Que sean los ciudadanos los que, como se hace con la Iglesia, marquen en su declaración de la renta el partido al que deseen se dedique un 0’7 por ciento. Y lo que tendría más lógica: ¿por qué los partidos políticos y los sindicatos no se limitan a gastar lo que perciben de las cuotas de sus afiliados?

Señor presidente del Gobierno, señor presidente del Partido Popular, si no detenéis el despilfarro del dinero público, la ciudadanía se sentirá cada vez más lejos de la clase política que la esquilma. ¿O es que esa vergonzosa subasta de promesas económicas a la que os habéis entregado durante la campaña electoral se va a pagar con los recursos propios de vuestros partidos o seremos otra vez todos los ciudadanos los que sufriremos nuevas subidas de impuestos para atender vuestros compromisos?

En 1976, en fin, el presupuesto general del Estado ascendió, números redondos, a 6.000 millones de euros, no llegó al billón de pesetas. En 2008, el presupuesto consolidado de gastos asciende a 350.000 millones de euros (349.215,24 para ser exactos), es decir casi 60 veces más que en 1976. Aunque en pesetas o euros constantes los porcentajes se reducirían, las cifras, señores presidentes del Gobierno y del Partido Popular, son, en todo caso, de escándalo.

Los grandes partidos nacionales, en fin, tienen la obligación de enfrentarse con la multiplicación del empleo y del gasto público y racionalizarlos, además de frenar la voracidad insaciable de Autonomías y Ayuntamientos, a los que es necesario poner coto y, en algunos aspectos, dar marcha atrás. Menos Estado y más sociedad, ahí reside una de las claves para la prosperidad nacional. Los españoles no pueden seguir trabajando para que, con sus impuestos, la clase política se dedique a la vida suntuosa y al despilfarro.

EMMA SUAREZ

Triunfarás en ‘Tío Vania’

Querida Emma…

Juan Balansó, tristemente desaparecido en plena juventud, me trajo un día a mi despacho del ABC verdadero a Marisa Ares, que era, en 1974, una mujer bellísima, de ojos rubios, pelo claro, piernas como columnas robadas al Cantar de los Cantares. Fue durante unos años una reportera sagaz y provocadora. Se disfrazó un día de monja, se fue al Palmar de Troya y le hizo una entrevista al delirante Papa Clemente. Después siguió durante un año a Miguel Bosé y escribió un buen libro titulado El. Más tarde, creo recordar, se casó con un hijo de Martín Artajo y desde hace muchos años, y bien que lo siento, la perdí la pista.

Pues bien. Marisa Ares escribió también una comedia erizante titulada Negro seco, en la que hizo una interpretación memorable Laura Cepeda y en la que debutaba en el teatro una actriz jovencísima que había triunfado en el cine con Memorias de Leticia Valle, adaptación de la novela de mi querida Rosa Chacel. Esa actriz se llamaba Emma Suárez y desde entonces te he seguido en tu copiosa peripecia teatral, también, claro es, en el cine y la televisión.

Deslumbraste, querida Emma, a tu generación. Eras la intensidad de la mirada, la fuerza de la sinceridad, el brillo fatigado de lo auténtico. Sigues en primera línea. Tu reciente interpretación de Las criadas resultó insuperable. Y no lo tuviste fácil, con Aitana Sánchez-Gijón al lado.

Así es que me fui a verte en Tío Vania, con el recuerdo de la última vez que asistí a la comedia de Chéjov, Ana Belén que estás en los cielos. A través de la imponente escenografía de Max Glaenzel y Estel Cristià pasas la batería y sales airosa en tu interpretación, aunque un maquillaje poco acertado te ha sustraído la intensidad de la mirada, la del verso del poeta: ojos oscuros, labios de grana, a quién esperas con esos ojos y esas ojeras, enjauladita como las fieras tras de los hierros de tu ventana.

Ahí estaba, en todo caso, sobre el escenario del María Guerrero, la Emma Suárez que ha trabajado con los mejores actores y actrices; con los más prestigiosos directores de cine y teatro; con los grandes cantantes; la Emma Suárez, que ha ganado a pulso los más importantes premios; la Emma Suárez de La Chunga, de Vargas Llosa, de Bajarse al moro y El perro del hortelano; la Emma Suárez de Tu nombre envenena mis sueños y Vacas, de La ardilla roja y Una casa en las afueras; la Emma Suárez, a la que tanto, tanto quiero.

Luis María Anson, de la Real Academia Española.

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La economía y las coaliciones onerosas, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

ELECCIONES 9M: XV ASALTOS

¿Cómo es posible que las acciones de algunas empresas y bancos españoles con sólidos beneficios y ratios de eficiencia mejores que los de sus competidores internacionales estén castigadas en Bolsa?

La respuesta a esta pregunta, según un importante banquero, es que, en estos momentos, la imagen de España en el exterior es un factor que resta credibilidad. Al igual que hace algunos años la marca España era sinónimo de solvencia, ahora despierta dudas entre los inversores internacionales. Se piensa que estamos a punto de sufrir un estallido de la burbuja inmobiliaria que afectará al conjunto de la economía.

Los bancos son un privilegiado observatorio de la economía real.Nuestra fuente aporta un valioso dato, correspondiente a su entidad, sobre lo que está ocurriendo: «Las hipotecas han caído un 30%.Las empresas, por ahora, siguen yendo bien».

Para los servicios de estudios más prestigiosos, la economía española crecerá este año en torno al 2,4%. Eso quiere decir que acabaremos 2008 con un crecimiento cercano al 2%.

Inasequible a la evidencia, el presidente del Gobierno sigue sacando pecho con la economía española. Dice que creceremos más que la media de la UE y tiene razón. Sin embargo, lo que para Francia o Alemania no es dramático, para España puede serlo.

Nuestro crecimiento está basado en sectores intensivos en mano de obra, como la construcción. Eso significa que creciendo al 2% no sólo no se crea empleo, sino que se destruye.

El presidente endulza la realidad echando mano de nuestro superávit presupuestario. El sabe, o debería saber, que la mayoría de ese colchón proviene de la Seguridad Social. Si en la coctelera económica metemos al mismo tiempo paro y aumento del gasto, el resultado es, como en los viejos tiempos, déficit público.

Solbes lo sabe mejor que nadie, pero tal vez confía en que, si ganara el PSOE, él podría meter la tijera en algunas de las promesas que alegremente su partido ha ido haciendo durante la campaña.

Para nuestra desgracia, la experiencia nos enseña que Zapatero, cuando le interesa, presta poca atención a los consejos de su ministro de Economía.

A este no demasiado esperanzador panorama hay que sumar las incertidumbres de un posible gobierno en minoría, obligado a pactar con unos partidos nacionalistas que ya están haciendo cuentas.

La sabiduría popular, recogida por la encuesta de EL MUNDO, aconseja cualquier fórmula menos las coaliciones onerosas.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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Las urnas episcopales apuestan por la continuidad, de José Manuel Vidal en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 2 marzo, 2008

ELECCIONES EN LA IGLESIA: El futuro de la Iglesia católica

Los obispos eligen a partir de mañana a su directiva y todo indica que Blázquez conseguirá su segundo mandato

Son 78, se sientan en escaños en un aula semicircular y van a elegir a los máximos responsables de sus órganos colegiales. Pero ahí terminan las semejanzas de las elecciones episcopales con las políticas. Sin partidos ni candidatos ni debates ni programas, los prelados españoles elegirán, a partir del próximo lunes, a su cúpula directiva. Sin luchas de poder y en clave de servicio y de continuidad. Todo indica que Blázquez conseguirá su segundo mandato al frente de la Conferencia Episcopal. Aunque un grupo importante de prelados apuesta por el regreso del cardenal Rouco Varela.

«En tiempo de turbación no hacer mudanza». La célebre frase de San Ignacio va a marcar estas elecciones episcopales. Porque ciertamente los tiempos son duros para una institución humano-divina, como se define a sí misma la Iglesia. Por humana, participa del enfebrecido clima electoral español y se encuentra en el ojo del huracán político desde hace varias semanas. Por divina, sus claves, sus tiempos, sus ritmos y sus programas son teológicos.

Como suele decir monseñor Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, «persecuciones como ésta ya las hemos vivido, las hemos superado y no nos dan miedo». De ahí que, con sabiduría bimilenaria acumulada, la Iglesia se plantee sus elecciones en clave de continuidad, de normalidad y casi de inercia.

«La paz de la Iglesia no se turba por el ruido exterior. A pesar del barullo político-mediático, estamos en una situación serena y tranquila, que no exige ni requiere un cambio de rumbo», dice un obispo del sector moderado. Porque entre los mitrados no hay partidos, pero sí diferentes talantes. «En el seno de la Conferencia hay distintas sensibilidades, que se expresan en el aula con total libertad, en un ambiente cordial de personas entrañables y cercanas, que no buscan el poder, sino el servicio», explica el arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo.

Dentro de la serenidad que proporciona el poder entendido como servicio, los obispos plantean sus elecciones sobre todo en clave interna, pero sin despreciar lo que pasa en el mundo. Hacia adentro, manda la comunión por encima de todo y la colegialidad. No hay nada que moleste más a los obispos que la división interna. La unidad, que teológicamente llaman comunión, prima por encima de cualquier otra consideración. Porque sin comunión de los pastores, la Iglesia se disgrega y no cumple su función.

La otra clave interna es la colegialidad. Porque la Conferencia Episcopal es un órgano colegial sin jurisdicción real en las 66 diócesis españolas. Cada obispo en su demarcación sigue siendo dueño, amo y señor. Y sólo está obligado canónicamente a responder ante el Papa. El presidente de la Conferencia Episcopal no es el presidente de los obispos, sino un simple primus inter pares.

Pero la realidad teológica de la CEE tiene que pasar por el tamiz de los medios. Y quieran o no los obispos, la dinámica mediática convierte a su presidente en el icono, líder, jefe y cara de la Iglesia española.

Ajeno a esta dinámica, Ricardo Blázquez cumplió su primer trienio al frente del episcopado con prudencia, moderación y poca visibilidad pública. De ahí que el sector más conservador apueste por un liderazgo más fuerte. Sobre todo frente a los ataques del «laicismo radical» del Gobierno. Un liderazgo que, en la práctica, viene encarnando desde hace tres años el cardenal Rouco Varela. Tanto que, en ocasiones, Madrid se convirtió en la encarnación externa de la Conferencia Episcopal. Por ejemplo, en el encuentro de la plaza de Colón del 30 de diciembre de 2007 o la manifestación contra los matrimonios gays, capitaneada por el purpurado madrileño y una veintena de prelados.

Sostienen, además, los partidarios del cardenal de Madrid que la Iglesia está viviendo en España un clima de emergencia ante el acoso socialista. Ante grandes males, grandes remedios, con un líder aguerrido, muy hábil políticamente, con mucha experiencia y con excelentes contactos en el PP.

¿Y si gana Zapatero? En este caso, la opción de Rouco se convertiría en obstáculo. Los socialistas no le tragan y le consideran el «gran manipulador en la sombra». Blázquez, con su talante dialogante, le permitiría a la Iglesia no romper del todo los puentes con los socialistas.

Numéricamente, a Rouco le sobran votos. Muchos obispos son de su cuerda o nombrados directamente por él. Pero, a veces, la aritmética no coincide con la gramática teológica. Porque teológicamente «no reelegir a Blázquez sería hacerle un feo tremendo, que tendría mala explicación pública», dice un obispo conservador. Sería el primer presidente al que sus hermanos no le permitiesen repetir en el cargo. Porque Quiroga Palacios, el primer presidente del episcopado, no quiso optar a un segundo mandato.

Elegir a Rouco expondría a la Iglesia a que se interpretasen sus elecciones en clave de poder: el cardenal que perdió las anteriores elecciones por un voto y que quiere sacarse la espina ahora que puede tener la Presidencia. Y puede conseguirlo, aunque lo más probable es que repita Blázquez. Por comunión, compasión y prudencia política.

Blázquez y Rouco: dos amigos conservadores, frente a frente

No hay nada más parecido a un obispo que otro obispo. A pesar de que el Gobierno intente contraponerlos, Ricardo Blázquez, el actual presidente del episcopado, y Antonio María Rouco Varela, el aspirante a sucederlo en el cargo, se parecen como dos gotas de agua. Ambos proceden y son hechura de la Universidad Pontificia de Salamanca, donde los dos consiguieron prestigio y puestos relevantes. Rouco fue vicedecano y Blázquez, decano, superando a su amigo, que no rival, por vez primera.

Los dos pertenecen desde siempre al sector conservador del episcopado. Rouco, como canonista de reconocido prestigio y Blázquez, como especialista en Teología fundamental. Aunque muchos hacen pasar por progresista al obispo de Bilbao, la verdad es que no se diferencia doctrinalmente en nada del cardenal de Madrid. Más aún, si Rouco mima a los kikos, Blázquez es el teólogo oficioso del Camino Neocatecumenal de Kiko Argüello.

Tras seguir caminos paralelos y regir sedes de alta responsabilidad, se van a enfrentar por primera vez. Porque las pasadas elecciones, Blázquez no le ganó a Rouco (que no salió elegido por un voto para un tercer trienio y tuvo que retirarse de la liza), sino a Antonio Cañizares. Rouco y Blázquez, dos amigos muy parecidos. Los dos son tímidos y retraídos. Quizás lo único que les diferencie es la estrategia a seguir en la dirección de la Iglesia española. Blázquez apuesta por el diálogo y el compromiso, mientras Rouco es partidario de que la Iglesia recupere influencia social. Incluso en la plaza pública. Sin imponer, pero sin dejarse arrinconar.

Ni uno ni el otro son grandes líderes carismáticos, pero ejercen como jefes de fila. En el episcopado español, hay dos bloques de obispos sedimentados. El bloque más conservador, dirigido por Rouco y Cañizares, y el moderado, sin líder definido, pero dirigido por Blázquez. Ambos bandos casi se equilibran en número. «Las elecciones van a depender de la mayoría silenciosa e innominada», dice un prelado andaluz. Se trata de obispos centrados en sus diócesis, que casi nunca salen en los medios de ámbito nacional. Obispos sencillos y evangélicos que tienen en su mano la continuidad de monseñor Blázquez. Y que probablemente se la concedan. Porque encaja con su estilo. El obispo de Bilbao se les parece mucho y les ofrece lo que ellos quieren: colegialidad, gusto por la unidad, gestión pública comedida, estilo dialogante, neutralidad política y humildad. Como dice el arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, «Blázquez no tiene ambiciones de poder y presenta un aspecto un poco indefenso, que lo hace cercano». Rouco, en cambio, a muchos obispos les da la sensación de acumular demasiado poder, es más presidencialista y menos neutral políticamente. Blázquez y Rouco, amigos y obispos muy parecidos, obligados a enfrentarse.

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Italia: la política y las elecciones, de Guillermo Almeyra en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 2 marzo, 2008

Entre la derecha empresarial de Silvio Berlusconi y el gobierno tecnocrático-burocrático de Romano Prodi, apoyado por todos los partidos de la izquierda, el centro y la derecha clientelista o moderada consiguieron dar un golpe casi mortal a la política, desprestigiarla al máximo y lograr el repudio general a sus representantes, que están tan separados de los intereses de las mayorías.

La supuesta contienda actual entre el llamado Partido Demócrata de Walter Veltroni, que declara inspirarse en su homólogo estadunidense, y la alianza derechista dirigida por el magnate Berlusconi, no es un real enfrentamiento. Sus concepciones políticas, sus programas (o, mejor dicho, la falta de los mismos) y su funcionamiento gerencial son idénticos y, para completar, Veltroni ha ofrecido un “gobierno de unidad nacional”, el “Veltrusconi”, que fusione la derecha tradicional y la nueva derecha con los restos degenerados del viejo Partido Comunista (los Massimo D’Alema, Piero Fassino, Walter Veltroni e compagnia bella).

Fuera de ese grupo, pero dentro de los marcos institucionalistas, gobiernistas, burocráticos-aparatistas, está la reciente alianza Arco Iris sin otro proyecto que no perder demasiadas curules y puestos de gobierno, carente de ideas generales y que, ahora, después de la caída del gobierno de Prodi, en el que sus integrantes se sometieron totalmente al capital, propone con fines electorales algunas medidas salariales y sociales que no aplicó cuando cogobernaba. Y al margen de esa “clase política”, oportunista y cínica, que se tutea ignorando las diferencias ideológicas que dicen tener sus componentes, quedan sólo dos pequeñas agrupaciones que agitan la bandera roja y proclaman aún un objetivo socialista: la Sinistra Crítica, representada por el senador Franco Turigliatto, expulsado de Rifondazione Comunista por no haber votado los fondos para la misión militar imperialista en Afganistán, y el grupo, también trotskista, también ex miembro de Rifondazione, dirigido por Ferrando, ya que el objetivo del primer agrupamiento –formar un frente de todos los anticapitalistas y revolucionarios– no ha podido superar los intereses particulares y el sectarismo.

Los italianos van así a las elecciones generales desmoralizados y sin perspectivas, repudiando la política y a los políticos y obligados a votar por gente en la que no creen y de la que no esperan (o por grupos fascistas o fascistoides), para elegir un gobierno que deberá enfrentar la tormenta económica que se avecina con la expansión de la crisis en Estados Unidos. Este es el fin miserable del desastre causado por la deseducación de los trabajadores y de la juventud de Italia por decenios de política pragmática y de colaboración con el capitalismo y el fin de la dirección centralizada y antidemocrática de las organizaciones obreras, todo lo cual es imputable a la escuela de Togliatti-Stalin que modeló al hoy inexistente Partido Comunista (que a mediados de los años 70 tenía un tercio de los votos).

Desde este punto más bajo de su historia moderna, los trabajadores, los jóvenes estudiantes o con empleos precarios, los intelectuales capaces de ir más allá del neoliberalismo que propone nuevamente el Veltrusconi rosa-negro, deberán recuperar credibilidad y eficacia a la política, recuperar inspiraciones éticas y morales, construir proyectos creíbles para un futuro y, al mismo tiempo, prepararse para los negros tiempos que están por venir.

Sin duda esta tarea requiere apoyarse, como Anteo, en un terreno sólido, el de la recuperación de la visión de clase mediante la lucha por el empleo seguro y digno, por salarios que superen la inflación y permitan recuperar el nivel de vida perdido, la lucha contra el racismo y por reconstruir los sentimientos solidarios e internacionalistas presentes desde el combate por la unidad de Italia en el siglo XIX. Pero la misma no puede quedar reducida al terreno sindical, por importante que ésta sea, ya que hay que reconstruir (o construir) una visión política y teórica sobre lo que es el capitalismo y lo que son el Estado y las instituciones estatales, incluidos en éstas la Iglesia y los partidos que tratan de perpetuar el sistema o no se oponen al mismo. Si el capitalismo está tratando de hacer volver a los trabajadores europeos al siglo XIX –con la destrucción de la solidaridad, con la difusión del individualismo y del egoísmo, con el fin de las conquistas sociales solidarias, como las ocho horas o las pensiones, con el trabajo desregulado– es necesario recomenzar lo que se hizo en aquel siglo, creando las condiciones teóricas para la lucha contra el capitalismo y las organizaciones anticapitalistas de masa, en la lucha contra los patrones y el Estado y con el objetivo de un nuevo orden social.

Eso no puede hacerse sin una superación de las viejas concepciones, tal como el marxismo debió superar entre los trabajadores al saintsimonismo o al fourierismo y derrotar el apoliticismo de los Bakunin. El balance del estalinismo está aún por hacer. No se puede construir ningún futuro si uno está empantanado y hundido en el pasado.

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