Reggio’s Weblog

En el país de los ciegos, ganó el tuerto, de Jesús Cacho en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 23 febrero, 2008

Solbes apareció en pantalla con un ojo cerrado, como si en la sala de maquillaje la especialista en la cosa le hubiera metido el dedo en el ídem, como si ya le hubiera caído encima la primera de las hostias dialécticas que los hooligans de Pizarro pensaban iba a soltarle al ministro en la noche de Antena 3, de modo que el de Teruel debutaba ante un John Silver ojo de gato, fondón y entrado en años, imagen pelín lastimosa, aquello prometía, que en la calle Génova seguían el debut en la arena política del diestro turolense Manolo Pizarro, Pizarrín, con la expectación de quien espera ver en el triunfo de su pupilo el augurio de días felices por llegar.Pero pronto se vio que en el ruedo que presidía Matías Prats había mucho toro y poco torero. Un bicho con muchos años y no menos kilos encima, muy resabiado, armado de considerable cornamenta, que se sabía la asignatura de arriba abajo, que se había preparado a conciencia el examen, hasta el punto de que muchos telespectadores pensaron la noche del jueves que Pedro Solbes había hincado los codos por primera vez en la legislatura. Ya era hora.

Entiéndanme, Solbes se sabe las generales de la ley, maneja las cifras estadísticas con soltura, ¡qué menos!, y es que un ministro de Economía tiene que ser muy romo, un necio sin recursos, como para no poner en aprietos, cuando de manejar cifras y porcentajes se trata, al economista más pintado, contando como cuenta con el respaldo del aparato estadístico oficial detrás. Si a ese oficio se le añade el mar de demagogia en el que nuestra izquierda suele tomar baños de sol todos los días, el escenario está completo.

De modo que, en un país donde las expectativas empresariales se han venido abajo de forma estrepitosa a cuenta del miedo a una crisis, que no mero ajuste, que se intuye profunda, el señor Solbes dibujó un panorama económico absolutamente idílico, no pasa nada y vivimos en el mejor de los mundos, hasta el punto de que, ante la indigencia teórica de Pizarro, llegó a afirmar cachazudo, sin que le temblara el ojo bueno, que España no tiene ningún problema de competitividad cuando somos el país que arrastra el mayor déficit exterior del mundo. ¡Con un par! Y así unas cuantas.

Pero es que en frente no había torero. Ni siquiera novillero. Enfrente había un aficionado que ha confundido su papel. Manuel Pizarro no es economista. No domina la materia y se nota demasiado, y el bagaje que puede resultar suficiente para sostener una charla con amiguetes en la barra de un bar, no lo es en absoluto cuando de mantener una confrontación ante un profesional de la materia se trata. Como decía Marx, Groucho, “más vale quedarte callado y que crean que eres un tonto, que hablar y que lo confirmen”. Pedro Solbes lo hubiera pasado mal ante un Montoro, por ejemplo, a pesar de que don Cristóbal no es precisamente familia de Castelar.

Y ese es el problema: que el problema no es de Pizarro, sino de Mariano Rajoy. La responsabilidad de lo ocurrido es de un Rajoy que, tras haber pasado cuatro años tocando la gaita gallega, en el último minuto presenta a Manuel Pizarro ante el distinguido público como el gran conejo salido de la chistera del PP. Y no es eso, no es eso, don Mariano. Al final, el de Teruel parecía un estudiante examinándose ante su profesor. Un opositor enfrentado al tribunal, que trae los temas prendidos con alfileres, atiborrado de notas, que balbucea y vuela nervioso de flor en flor, sin una línea argumental coherente. Un opositor desordenado, que no ha trabajado lo suficiente el temario y lo expone con chascarrillos, sin orden ni concierto. Un pequeño desastre. Solo le faltó echarse a llorar.

Un opositor que, cuando escuchaba la disertación del cátedro, lo miraba con cara entre arrobada y asustada, porque, para su desgracia, al de Teruel tampoco le habían explicado las cuatro reglas para manejarse con cierta soltura en la pequeña pantalla, tampoco le habían enseñado alguno de esos trucos del medio televisivo que, por ejemplo, le hubieran evitado mirar al contrario con aquel gesto de patética indigencia. Una cosa está clara: en caso de que por algún fenómeno natural de origen milagroso el PP lograra vencer en 9-M, Manuel Pizarro no sería el ministro de Economía de Mariano Rajoy. Eso sí quedó claro el jueves por la noche. Algo es algo.

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