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La democracia en España, de Francisco Sosa Wagner en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 14 febrero, 2008

TRIBUNA LIBRE

Se acerca la fecha de la gran fiesta de la democracia, fiesta entreverada de lo profano y lo sagrado pues aúna palpitaciones religiosas con calambres bien terrenales. En estos días, el político, ectoplasma televisivo, se nos aparece en carne mortal por calles y mercados, expuesto al contagio de ese votante que ha sido para él durante toda la legislatura apenas un garabato de humo. Es el de las elecciones día de ilusión y en esa ilusión que genera radica su fuerza de seducción. Por eso, los dictadores, que fusilan las ilusiones antes que a los hombres, las prohíben.

En las elecciones creemos como en los Reyes Magos, hasta que nos damos cuenta de que los diputados que elegimos son los padres. Porque la democracia tiene mucho de gran trampantojo, de papel pintado de la voluntad popular. De esas calcomanías que repiten imágenes con desesperante rutina y falta de estro. Es así en todos los países europeos, pero uno lamenta que en el nuestro la democracia haya perdido con tantas prisas su lozanía. Porque todo parece indicar que hemos sido demasiado aplicados en el empeño de quitarle la careta y el resultado es que la tenemos, joven aún, pero ajada y deslucida.

Sin los polvos cosméticos de nuestra mirada piadosa la democracia española no enseña más que arrugas y una piel sin irrigar.

Ahora bien, justo porque no hay alternativa al sistema democrático, es por lo que resulta necesario cavilar sobre él y someter a nuestra mirada crítica cada uno de sus ingredientes porque nosotros no podemos vivir la ensoñación que vivieron nuestros abuelos cuando se dejaron arrullar por los cantos de la sirena totalitaria, comunista o fascista. Esas experiencias, terribles, han convertido a la tal sirena en un escualo, del que procede huir resueltamente.

A todo ciudadano consciente deberían preocuparle las patologías de la res pública aun sabiendo que extirparlas no es tarea fácil, pues se cuenta con obstáculos poderosos: de un lado, la animadversión de una clase política que, por ser muy conservadora, rechaza hablar de enfermedades y de medicinas; de otro, la indiferencia de una población que se limita a contemplar el tiovivo -entre carnavalesco y religioso- de los procesos electorales y a descalificar sin matices a sus protagonistas.

Pero si en el pasado Locke no se hubiera entregado a sus cogitaciones, Rousseau no hubiera ensayado con la voluntad general, o Tocqueville se hubiese limitado a estudiar los establecimientos carceleros en América, hoy todos seríamos bastante más pobres y padeceríamos instituciones angustiosamente más birriosas.

En esta campaña electoral estamos viviendo esos males de una manera bien elocuente. Decirlo no sé si contribuirá a algo; por lo menos, será hacer una señal expresiva de que estamos vivos.

El de mayor bulto es el de los partidos políticos mayoritarios y su comportamiento vulgar. En algún sitio he escrito que la democracia española es adúltera porque ha engañado al pueblo, su legítimo cónyuge, y se ha ido de picos pardos con los partidos, que encima la han dejado embarazada de tópicos y consignas.

La democracia de partidos, en los términos en que ha desembocado la nuestra, deja de ser democracia para convertirse en oligarquía de secretarios generales y secretarios de organización, los personajes que con más denuedo -y con mayor eficacia- adulteran el sistema. Hemos vivido esta legislatura acontecimientos de una gran magnitud, el más clamoroso es sin duda el de una revisión a fondo de la estructura del Estado, a partir de la aprobación de los nuevos estatutos de autonomía, y se quería llegar más lejos, con la modificación constitucional, la del Senado, la línea sucesoria en la Corona, etcétera. Esas fueron, al menos, las intenciones iniciales del Gobierno. Pues bien ¿alguien ha sabido de un debate en el seno del partido del Gobierno sobre estas cuestiones de tanto calado? ¿Se ha convocado un Congreso para que los militantes y sus delegados debatan, aclaren, propongan y resuelvan? ¿En el seno de los grupos parlamentarios de las Cortes se han oído voces razonadoras apoyando ésto, discrepando de aquéllo? El más espeso de los silencios ha sido un clamor. Y en el partido de la oposición las cosas han circulado de modo parejo. A la vista de esta decepcionante realidad, advertimos cómo las organizaciones partidarias se hallan presas de la voluntad de un puñado reducido de sus dirigentes máximos que, en el colmo de su autoritarismo, no se fían ni tan siquiera de quienes son sus parciales o incluso comparten con ellos la singladura en las instituciones del Estado.

A ello se une el hecho de que los partidos políticos se han acostumbrado a ocupar todo aquel espacio que a su alrededor carezca de los pertinentes anticuerpos. Es lo que podríamos llamar la tentación tentacular del partido, la irrefrenable vocación que se le despierta por meter baza y enredar en todo achaque o negocio humano: da igual que se trate de una operación empresarial relevante o de conceder un premio literario (son clamorosos los galardones importantes que se dan sin escrúpulos desde las más altas instancias políticas). Ocurre, además, que los actuales dirigentes de los partidos, al carecer la mayoría de ellos de una vida profesional fuera de sus organizaciones partidarias, tienden a ver la vida toda sub specie del enfrentamiento con ese adversario que da sentido a su pobre existencia.

Por su parte, el acto-estrella de esta campaña, a saber, los mítines, se convierten en la suma de todas sus letras y de todos sus argumentos. Pero el mitin es la bazofia de la democracia y los ciudadanos deberíamos rechazarlos como un acto de mínima indisciplina y de higiene intelectual. Los debates o no existen o son debates ortopédicos donde se discute antes la forma que el fondo, antes el color de la corbata del presentador que el asunto del meollo o sustancia. ¿Por qué no están ya debatiendo los cabezas de lista en las provincias al amparo de actos que siempre están dispuestos a propiciar los periódicos e instituciones locales? ¿Qué les impide el torneo dialéctico y, de paso, enterarse de por dónde circulan los intereses de los ciudadanos? Cabezas de lista algunos de los cuales llevan años de cabezas sin que haya sido posible advertir qué albergan en ellas.

Y, para colmo, los actuales partidos nacionales, como una empresa que no confiara excesivamente en la bondad de sus productos, son expertos en falsear la competencia. Ahí están los esfuerzos que desarrollan en Cataluña los Ciudadanos y, en el resto de España, el partido Unión, Progreso y Democracia de Rosa Díez y Fernando Savater para empinarse y conseguir alzarse con esos trofeos de la representación nacional que rompan un duopolio exasperante. Muy pocos periódicos -éste entre ellos- acogen sus movimientos y las declaraciones de sus portavoces en sus páginas.

Es preciso quebrar esta inercia. ¿Cómo? Desde el seno mismo de las organizaciones partidarias, reivindicando sus militantes y los representantes elegidos en sus listas -diputados, concejales, etcétera- espacios de libertad y de discusión de los grandes asuntos. Lo que he dicho respecto de la arquitectura del Estado se puede trasladar a grandes problemas como el urbanismo, la vivienda, la sanidad y otros que han estado en la agenda de las instituciones políticas sometidos todos ellos sin excepción al envaramiento de la consigna y la frase hecha. Consigna y frase hechas que procede casi siempre de un indocumentado que, desde lo alto de un artificial organigrama, rellena con tópicos sus clamorosas carencias de lecturas y de reflexión.

En fin, desde la ciudadanía que ha de emitir un grito de rebeldía contra tanta farsa. Un grito, seco, hiriente y bravo.

Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo en la Facultad de Derecho de la Universidad de León y autor (junto a Igor Sosa) de El Estado fragmentado, Trotta, 2007.

© Mundinteractivos, S.A.

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