Reggio’s Weblog

Un minuto nada más, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 31 octubre, 2007

El ojo del tigre

Hay quien dice que Oviedo, desde hace poco más de un cuarto de siglo, se convierte, durante unos días de cada otoño, en una ciudad tan singular culturalmente como es la de Estocolmo (Suecia) con sus premios Nobel. A mí me parece que para resaltar la importancia de esta sagrada ciudad del antiguo y mítico Reino de Asturias, como sede -histórica, ya- de los Premios Príncipe de Asturias, no se necesita ir tan lejos geofísicamente para encontrar su propia identidad política y cultural. Sería un error intentar establecer una especie de competitividad académica entre los premios que se entregan en Estocolmo y los que se conceden en Oviedo. Mucho menos para intentar demostrar que los que entrega la Fundación son más importantes que los que concede la Academia sueca; ni para convertir a los Príncipe de Asturias en la antesala de los Nobel.

Bastaría con tomarlos en serio; sobre todo, en esta sociedad periférica en donde tanto abunda el escepticismo crónico, que, a veces, se desahoga con sarcasmos y coñas marineras, que, en vez de aliviarle del peso de las dudas, se las acumula y las sedimenta.

Desde sus inicios, los Premios constituyen uno de los acontecimientos -muy pocos- específicamente culturales y políticos que permiten -si se les observa limpia y atentamente durante el desarrollo de su ya consolidada liturgia- sacar algunas conclusiones sobre el estado de la cuestión nacional en las sucesivas épocas que, desde 1981 -con la democracia constitucional en plena marcha- han tenido -y continúan teniendo- en el escenario del teatro Campoamor, uno de los más claros exponentes de los intereses dinásticos en el plano nacional, y en el internacional principalmente.

Pienso -si pensar por cuenta propia no es delinquir…- que hay dos etapas claramente diferenciadas de cada una de las épocas sociológicas de los Premios: en sus orígenes, se volcaron entusiasmadamente hacia Iberoamérica. Especialmente, para contribuir a lo que entonces se consideraba como la irrenunciable reconciliación de los españoles entre sí; rescatando de un ominoso olvido intencionado a tantos talentos que este país había perdido hacía más de cuarenta años, con el exilio americano de la inteligencia de la República, o los que subsistían, a duras penas, bajo el espeso y opresivo silencio del no menos injusto exilio interior…

Después, la Fundación decidió universalizar sus premios. Preferentemente, atendiendo a Europa y a la América anglosajona. Probablemente, de ahí procedan los pujos, que algunos fomentan absurdamente, para competir en fama, importancia e interés cultural con los Nobel. Esta es una manía que si algo consigue es dejar al descubierto la enorme capacidad intelectual, que algunos tienen, para cultivar un personal entusiasmo por el ensimismamiento en un chovinismo eminentemente rural…

La liturgia con la que se oficia la solemne ceremonia de la entrega de los Premios está determinada por los siguientes aspectos de la misma: a) el glamur social, que -como es bien notorio- protagonizan los distinguidos personajes que han sido invitados a presenciar directamente el ceremonial; b) el indudable academicismo que le prestan al acto los brillantes talentos premiados, y c) el habitual -desde hace pocos años- discurso político-cultural con el que cierra tan solemne acontecimiento el heredero de la Corona. El apoteosis final tiene lugar en la multitudinaria recepción que se celebra en los salones del Reconquista, en donde el glamur, el academicismo y la política componen un totum revolutum; en el cual, se confunden inteligencia, intereses sociopolíticos y frivolidad social de tal manera, que no sería exagerado sugerir el temor de que la auténtica naturaleza de los Premios -que es la de su academicismo- acabe siendo superada por el glamur social que ya empieza a desbordarlos.

Del ceremonial de este año, al que asistí sentado frente a mí televisor, quisiera destacar dos momentos: uno, el emotivo silencio que, durante un minuto, con todo el personal puesto en pie, se dedicó a la memoria de las víctimas del cruel genocidio cometido por los nazis contra el pueblo judío; dos, una larga frase del posterior discurso del príncipe. La siguiente: “…es un llamamiento a la libertad y dignidad humanas, y una firme apuesta por la concordia y por la tolerancia, como parámetros irrenunciables de convivencia entre quienes nos decimos y proclamamos humanos“.

Escuchar estas palabras después de aquel impresionante minuto de silencio, a cualquiera que haya cultivado su inteligencia con la semilla del humanismo cristiano -al cual, pertenece esencialmente la cultura española; tan lejos de los fanatismos políticos que la pervierten como del cinismo religioso que la manipula- se le habría encendido una lucecita en su interior que le iluminaría la perplejidad de esta inevitable pregunta:¿cómo serían hoy los demócratas españoles, si durante la gestación de la (hipotética) Transición, este país -puesto en pie- hubiera guardado un minuto de silencio -¡solo un minuto!- en recuerdo y desagravio de las víctimas del genocidio cometido, a lo largo de casi cuarenta años, por quienes ganaron la Guerra Civil?

Lorenzo Cordero. Periodista.

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