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De Pablo Iglesias a Lerroux (25 años después de una irrepetible victoria política), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 28 octubre, 2007

«¡Veinticinco años! (…) ¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente! El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos»

(Amiel, «Diario íntimo»)

«Felipe González Márquez era entonces, como casi todos nosotros, los de entonces que ya no somos los mismos, un joven con ambiciones, feliz consigo mismo y, como casi todos, indocumentado, lleno de lagunas que se suplían con vehemencia y fe en el futuro. …Era, en suma, «un estilo ético». Y en esas tres palabras se reconciliaba toda una memoria histórica que hasta ese momento no era más que nostalgia y melancolía, desde los tiempos de la Ilustración hasta la II República, desde la tristeza del 98 a la muerte del general Franco».

(Armas Marcelo. «Los años que fuimos Marilyn»)

«Con el comienzo de la década de los ochenta, los socialistas estrenaron un nuevo lenguaje político, cuyos conceptos claves no eran ya la clase obrera como sujeto histórico, el socialismo como nueva sociedad ni la República federal como forma de Estado».

(Santos Juliá. «Los socialistas en la política española». 1879-1982)

Por el cambio

Por el cambio. Por un cambio pacífico y civilizado que dejase definitivamente atrás la dictadura. Que profundizase en las libertades y que no renunciase a una sociedad más justa. Por un cambio en el que la honestidad presidiese la forma de hacer política. Que mitigase el desencanto del que ya había empezado a hablarse. El artífice de aquel milagro le había servido de inspiración al periodista Víctor Márquez Reviriego para escribir un libro que -¡pásmense ustedes- tenía este título: «Felipe González. Un estilo ético». ¡Bendita inocencia la de los de entonces, que muy pronto dejaron y dejamos de ser los mismos!

Vale la pena detenerse en esto que escribió Subirats: «Como todos los eslóganes políticos, la palabra “cambio” concentró muchas emociones en la misma medida en que sus contenidos sociales y culturales se diluían propagandísticamente en el ruido mediático. Pero el deseo de un cambio en la sociedad española se definía, a pesar de eso, con la nitidez apreciable que contrastaba su inmediato pasado y los significados más banales de la permanente confrontación social que encerraba: el autoritarismo político, el carácter primitivo de las relaciones sociales, la mediocridad intelectual y una relativa pobreza económica».

Aquel partido que hablaba de cien años de honradez, lema al que se había añadido la maldad de las cuatro décadas de vacaciones. Aquel partido fundado por Pablo Iglesias en pro de una España más justa. Aquel partido que, según había apreciado Juan Marichal, recogía mejor que ningún otro el legado del republicanismo español, estaba liderado entonces por el «icono mayor» del sesentayochismo español. Generación falsamente revolucionaria al decir de Octavio Paz: «Su gran mérito fue atreverse, con ejemplar osadía, a proclamar y tratar de llevar a la práctica las ideas libertarias de los poetas y escritores de la primera mitad del siglo. Sartre y otros intelectuales participaron en los mítines y los desfiles, pero no fueron actores, sino coro; aplaudieron, no inspiraron. 1968 no fue una revolución: fue la representación de la fiesta de la revolución. La ceremonia era ideal; la deidad invocada, un fantasma».

De Azaña a Lerroux

Dejemos, no obstante, París y centrémonos en aquel Madrid del 82. Lo primero que la bibliografía atestigua es el miedo de González a parecerse a Azaña. Pilar Cernuda en su libro sobre González escribió: «A los pocos días de ganar las elecciones, Felipe González descolgó el teléfono para llamar a Barrionuevo… En esa primera entrevista se refirió varias veces a Manuel Azaña, que pudo haber sido un gran presidente de la República y quizás evitar la guerra civil si hubiera sido capaz de mantener y garantizar el orden público…. Azaña, en esas semanas en las que Felipe González había ganado ya las elecciones, pero todavía no era presidente del Gobierno, fue un punto constante de referencia en sus conversaciones, como ejemplo que no había que seguir, a pesar de su admiración por el político republicano».

Estremece leer ahora las magníficas crónicas electorales que escribió Martín Prieto en la campaña de 1982: «Busca su inspiración (González) en los «Discursos en campo abierto» de don Manuel Azaña. No tanto en sus contenidos -intransferible- como en el pulso moral y en las reclamaciones éticas. Y acaso también en ese punto de indignación contenida en el que el candidato encuentra sus mejores recursos oratorios».

Le horrorizaba seguir políticas que concitasen las iras de la derecha. Lo malo es que -¡ay!- se marchó como Lerroux, que hizo del socialismo lerrouxismo. Promesas incumplidas en el asunto de la OTAN, así como en aquel reclamo de los 800.000 puestos de trabajo, timo de la estampita con la expropiación de Rumasa, que podía parecer indicar que la política del PSOE iba en serio. Desprestigio de la política y de los políticos. Y se desemboca en lo que el propio Nicolás Redondo llamó «el abrazo aristocrático» del que se pasó a la llamada transición económica, que, a su vez, derivó en la famosa huelga del 14-D. De ahí a los fastos del 92, con la guerra mediática por el medio. Al final de los fastos, vino el último mandato felipista, al que denominé en un libro «el trienio del griterío».

Cuando arribó Monipodio

Como si de un castillo de naipes se tratase, del 82 al 86, los políticos entran en irreversible desprestigio. Llega la transición económica. La vida pública la protagonizan entonces banqueros engominados y aupados y, por otro lado, los líderes sindicales, que convocan la huelga general con mayor respuesta desde la democracia a esta parte. Del 89 al 93, los medios de comunicación protagonizan la vida pública. Es la eclosión de las cadenas televisivas privadas. Es la desaparición de Antena 3 Radio. Es la salida de Pedro J. Ramírez de «Diario 16» y la aparición del diario «El Mundo». Es la fugaz vida de algunos periódicos: «El Independiente», «El Sol» y el diario sensacionalista «Claro». Es la guerra mediática. Llega el 93. Un juez estrella, Garzón, se presenta en la lista del PSOE por Madrid. Ahora les toca a los jueces protagonizar la vida pública. Pero el magistrado regresa a su trabajo tras una experiencia que no debió ser satisfactoria y reabre el «caso GAL». El jefe de los guardias se fuga, aún no se sabe en verdad adónde fue. Un ex gobernador del Banco de España ingresa en prisión.

Del cambio del 82 a la conversión de la vida pública en un patio de Monipodio. Luego, llegaría Aznar, con unas promesas de regeneración que estuvieron muy lejos de cumplirse en sus ocho años de mandato. Por cierto, también Aznar reivindicó a Azaña en vísperas de su victoria electoral. Eso, sí, pírrica y raquítica, como su política. Pero ésta sería otra historia.

¿Alguna vez habrán meditado González y Aznar sobre aquella sentencia de Azaña que decía que «lo más difícil de administrar es una victoria política»? ¡Ay!

Luis Arias Argüelles-Meres, profesor y escritor, es autor del ensayo «La España descabezada». Alba Editorial. Barcelona, 1999. El libro se ocupa del período que va entre 1982 y 1999.

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