Reggio’s Weblog

Memoria histórica, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 17 octubre, 2007

La todavía nonata ley, llamada de la memoria histórica, está teniendo dentro de la sociedad que opina (la mayoría de la sociedad no opina) una amplia oposición. Entre los múltiples motivos de crítica aducidos sobresale su carácter de innecesaria y su capacidad para abrir antiguas heridas. Su necesidad se hace evidente precisamente por el alboroto que ha suscitado, y en cuanto a lo de abrir viejas heridas, parece que no eran tan viejas ni estaban cerradas cuando una norma como ésta provoca tal antagonismo.España constituye quizás un caso único. El tránsito de la dictadura a la democracia se realizó sin reclamar cuentas pendientes a los que durante cuarenta años habían usurpado el poder y establecido un régimen dictatorial en el que se coartaban y violentaban todos los derechos y libertades. Aquí sí que se dio una ley de punto final. Aquí no hubo un Nuremberg, ni siquiera algunos conatos de juicio como en Argentina o Chile. Se renunció a exigir responsabilidades, tanto personales como patrimoniales, a los protagonistas y colaboradores de un régimen despótico y criminal. ¿Generosidad? Más bien exigencia de la manera en que se llevó a cabo la Transición, vigilada y aceptada de muy mala gana por el ejército.

En cualquier caso, la magnanimidad y “el borrón y cuenta nueva” hubieran podido ser incluso positivos de no haber sido porque se ha confundido la renuncia a juzgar a las personas y a inquirir cuál había sido su comportamiento y cuáles los beneficios obtenidos en esos cuarenta años con la absolución del régimen. Poco a poco se ha ido introduciendo el mensaje de que el franquismo tenía cosas buenas y cosas malas. Aún hoy el primer partido de la oposición se ha negado a condenarlo con la cantinela de que se abren viejas heridas. En estos días, determinados medios de comunicación han llegado a la osadía de justificar el golpe de Estado por los abusos, según ellos, de la Segunda República, estableciendo una equivalencia entre los dos bandos.

Sin duda que en la zona republicana se cometieron también crímenes y desmanes, tanto más cuanto que ante la amenaza que representaban los golpistas el Gobierno fue claramente sobrepasado por facciones más radicales; pero ello nunca puede llevar a equiparar la legitimidad de un gobierno democráticamente constituido con la iniquidad de un ejército (o al menos parte de él) que emplea las armas y el poder que les ha dado el Estado para su defensa en contra del pueblo y del propio Estado.

Pero es que, además, la perversidad del franquismo no se encuentra sólo en el golpe de Estado o en los crímenes cometidos durante la guerra (en esto sí quizás fueron equiparables los dos bandos), sino en la represión después de la contienda y en los cuarenta años de dictadura; en un régimen que, pocos días antes de morir el dictador, cometía varios asesinatos que estremecían a todas las sociedades occidentales, y en las que surgían continuas manifestaciones de protesta. El muy católico caudillo hizo oídos sordos a las palabras del propio Papa que le exigían clemencia.

Está bien que corramos un tupido velo sobre las responsabilidades personales y familiares. A estas alturas no importa dónde estuvo cada uno y mucho menos en qué bando lucharon nuestros padres y nuestros abuelos, siempre que todos condenemos sin paliativos aquel régimen, los antivalores en que se fundamentó, y que nadie se sienta aludido por tal condena.

¿Podemos imaginar que en Alemania perdurasen calles con el nombre del Führer o el de Goering?, ¿que alguna plaza se denominase del III Reich?, ¿que la estatua del Duce se mantuviese aún hoy frente a la Basílica de San Pedro? Fueron muchos los que colaboraron de una u otra forma con el nazismo. Cada uno ha disimulado como ha podido su participación y se ha integrado en la vida civil (decían que el Bundesbank estaba lleno de antiguos nazis). A nadie se le ocurre, sin embargo, decir que la condena del nazismo abre viejas heridas ni los partidos de derechas se sienten aludidos por dicha condena. Más bien, todos, puesto que son partidos democráticos, reconocen la monstruosidad que representó aquel régimen, incluso se ha tipificado como delito su apología, y se le da el carácter de ilegal a cualquier fuerza política que adopte su pensamiento.

Alemania hizo su propia catarsis; España, a juzgar por los hechos, no. Sólo así se puede entender que el director de uno de los principales periódicos se atreva a decir que el franquismo no debió de ser tan malo cuando los españoles han aceptado como jefe del Estado a quien había designado el dictador.

www.telefonica.net/web2/martin-seco

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Preguntas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 17 octubre, 2007

El ojo del tigre

Si es verdad que la Monarquía pende peligrosamente de un fino hilo, apenas tres décadas después de haber sido refrendada por los españoles –según dicen los mitólogos de la Transición- mediante un referéndum para legitimar la Constitución Española de 1978, ¿qué fue lo que falló en ese tránsito jurídico-político de la dictadura a la democracia liberal y parlamentaria; un paso que fue definitivo (otra vez me hago eco de los mitólogos) para dejar zanjado el tremendo déficit de libertades cívicas e ideológicas que padecían los españoles sojuzgados por una dictadura cívico-militar …? ¿Qué se hizo mal…? Porque el simple hecho de que unos grupos de jóvenes alterados, que se declaran antimonárquicos, quemen públicamente fotografías de los Reyes no es lo suficientemente grave para justificar esa siembra del miedo, que dicen sentir algunos, a que la institución angular del sistema se derrumbe.

Lo que sí socava a la Monarquía es la insidia lanzada bajo el disfraz de la libertad de expresión. Por ejemplo, la maliciosa recomendación que le hacen al Rey para que abdique en favor de su heredero. Esto es mucho más grave; sobre todo, si la envenenada sugerencia se hace desde una tribuna mediática que es el gran púlpito de la derecha apostólica, en donde los teólogos conversos empuñan el hisopo, con que rocían sus insidias sobre la feligresía, utilizándolo con la contundencia con que los jugadores de béisbol lo hacen con sus bates…

¿Por qué se magnifican mediáticamente las episódicas parodias de fallas reales, que organizan unos pirómanos ocasionales, y, en cambio, se silencia la trampa saducea –como diría don Torcuato– de la abdicación; precisamente, cuando el talón de Aquiles de esta Monarquía es su débil seguridad sucesoria?. El carisma individual con el que se apuntaló la Corona, para hacerla más cercana al pueblo, no se hereda. Se gana a pulso, solo o con ayudas como es el caso que nos ocupa.

No es tan sencillo, como algunos quieren hacer creer, que desde la emocional fascinación popular que despierta el juancarlismo (confesado incluso por algunos que se dicen republicanos) este país pueda pasar de la noche a la mañana a un fervoroso felipismo sin que salten las alarmas que protegen al sistema.

¿Por qué les asusta tanto la Ley de la Memoria Histórica a quienes de la Transición hicieron su particular y segunda época triunfal sobre la aún maltrecha izquierda…?. Especialmente por los que, una vez superado el canguis –inevitable en los comienzos del proceso reformista- se aprovecharon de ella para blindarse políticamente frente a posibles peticiones de cuentas atrasadas; convirtiendo la reforma en una indecente ley de punto final…

¿Por qué esa ley de la memoria, que será debatida en el Congreso de los Diputados como trámite previo a su entrada en vigor –la cual, además, ha sido redactada con excesiva prudencia política- les causa tanto pavor, que pretende disimularlo entre la espesa verborrea de su tradicional teoría sobre el eterno resentimiento de la izquierda, que perdió la guerra, frente a la ultraderecha, que la ganó?

¿Cómo se les ocurre decir que esa ley excita el revisionismo histórico para reabrir viejas heridas?. Cuando se trata de facilitar una reparación moral para los miles de españoles que no sólo perdieron la guerra sino también la vida, y, luego, fueron recluidos en un indecente silencio durante casi setenta años; probablemente, para que sus verdugos pudieran vivir sin miedo a los fantasmas que ellos mismos habían creado a impulsos de su furia represora.

De dónde sacan que en ningún país, que pueda equipararse al nuestro, se plantean estos absurdos problemas; “ni siquiera aquellos para los que la Segunda Guerra Mundial fue también un conflicto civil y pudiera (…) tener motivo para seguir hablando de heridas o cuentas pendientes”. (ABC. 13–10-2007). Esos países adoptaron las medidas oportunas y pertinentes para reparar, inmediatamente después del final del conflicto, los daños morales y físicos causados por el nazismo y el fascismo, y para restituirles a sus respectivos pueblos la dignidad que habían perdido.

La Ley de la Memoria Histórica no pretende reabrir las viejas heridas causadas por la Guerra Civil y por la dictadura que se impuso a continuación; porque aquellas heridas nunca fueron cerradas por quienes, después de su triunfo apostólico, no tuvieron ni decencia moral para hacerlo, ni espíritu cristiano para reconocerlo. Entiendo que el franquismo honrara a sus muertos. Pero, ¿por qué la izquierda, setenta años después y en plena euforia democrática inorgánica, no puede devolverles a quienes murieron defendiendo sus ideales un sitio digno en la historia?.

De dónde sacan que eso es volver al 36… ¿Por qué no son mártires también los sacerdotes y creyentes católicos asesinados por los llamados nacionales?.

Última pregunta: ¿a qué ilustre estratega se le ocurrió atizar esta hoguera cainita en vísperas de unas elecciones generales …?.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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