Valle-Inclán en la conselleria, de Pilar Rahola en La Vanguardia
El hijo más insigne de la tradición quevediana de lo grotesco fue, sin duda, Valle-Inclán. No sólo elevó ese gusto por la deformación de la realidad a la categoría de arte, sino que redefinió para siempre el esperpento. Recuerdo que en mis años de filología, ese concepto me fascinó considerablemente, y durante un tiempo mis dos libros de cabecera fueron Martes de carnaval y Luces de bohemia. Con los años, la seducción por las luces de la bohemia se ha atemperado, pero el libro que Valle-Inclán dedicó al honor en el ejército, y que tituló con malvado sarcasmo -Martes, por el Dios de la guerra, y carnaval, por lo evidente-, se ha mantenido como una lectura querida, a la que acudo furtivamente, cuando los hados del tiempo lo permiten. Pero más allá de sus grandes obras literarias, Valle-Inclán legó al mundo una manera de mirarlo, una forma de distorsionar la realidad para encontrar su esencia real. Cito de memoria la definición que el mismo escritor hizo del esperpento, y lo hago de memoria para no traicionar mi propia referencia. “Un esperpento es el resultado de mirar un héroe griego, a través de un espejo cóncavo”. La deformación de lo aparente, para encontrar lo substancial.
Mirado de cerca, nuestro conseller Francesc Baltasar no llega a la categoría estética de un héroe griego, aunque permítanme la osadía de considerarlo un señor interesante. Pero, en la medida que estamos ante un conseller que detenta un área de gestión importante para los ciudadanos, resulta necesario aplicar el espejo cóncavo, para no dejarse seducir por la erótica del poder.
Y el resultado de la mirada cóncava es un esperpento valleinclanesco, quizás merecedor de reconocimiento literario. Todo lo ocurrido estas últimas semanas con el conflicto del agua podría parecer, paso a paso, un conjunto de iniciativas fallidas, pero sumadas todas, el resultado es un colosal despropósito. ¿Cómo se pueden concatenar tantos errores y, a la vez, persistir en ellos con alegre empecinamiento? Y, sobre todo, ¿cómo se puede perpetrar esa incapacidad de enmienda, cuando el error dispara al corazón mismo de un grave problema social? Si no fuera porque a Cesc Baltasar le conocemos un exitoso pasado de gestión política, pensaríamos que estamos ante un aprendiz de brujo, incapaz de diferenciar las hierbas de la abuela de las pócimas venenosas. A modo de pequeño resumen, estos son algunos de los errores que, desde mi punto de vista, han moteado feamente todo el debate sobre la sequía en Catalunya.
El primer error, de previsión. Sonoro, impertinente, evidente error. Es cierto que esa falta de previsión sería también imputable a los gobiernos del pujolismo, aunque con matiz: estos paliaron parte del problema con el minitrasvase, y siempre apostaron por el agua del Ródano, para acometer las necesidades del futuro, apuesta que falló por falta de interés del Estado. Pero incluso aceptando que Pujol no hiciera todos los deberes, y que durante años hayamos vivido -y bebido- de los pantanos del franquismo, lo cierto es que cinco años de tripartito son, en este aspecto, cinco años tirados a la basura. Para colofón, la decisión, reconocida por todos, de rebajar la dimensión del problema durante meses para “no interferir en la larga precampaña electoral”. Es decir, fue preferible mentir sobre la gravedad del problema, para poder vender la Catalunya optimista -que, por supuesto, no podía sufrir sed-, que no actuar con responsabilidad y no perder ni un solo día. Después de las elecciones, pasamos del “no pasa nada”, a la “emergencia nacional”, concepto nacido al albur de la presión que el periodista Josep Cuní hizo al conseller, en una atribulada entrevista. Así pues, al error de minimizar el problema, y dejar pasar los días sin solución aparente, sumamos el error de crear una alarma nacional con la frivolidad propia de la necesidad de un titular. Si estamos, pues, en emergencia nacional, ¿por qué el presidente Montilla aún no ha reunido a las partes y ha creado una mesa de urgencia? Ni parecía tan poco, ni parece tanto.
En este punto, sumamos el error de crear un debate infantil sobre el diccionario, y así nos vimos todos discutiendo si un trasvase era un trasvase, o era una tortilla. Después, el conseller anunció un encuentro de urgencia del president con Artur Mas, encuentro que se cargó Montilla con la rapidez de un rayo, y en un día histórico nos anunció a bombo y platillo un conjunto de encuentros para resolver el problema, que fracasaron todos. Sumado al error en mayúsculas: el de anunciar un trasvase que es competencia del Estado, sin que el Estado estuviera de acuerdo. Y más errores: ocupar fincas para hacer mediciones, a hurtadillas y mintiendo por los descosidos; no consensuar con los afectados; o pasarse la vida luchando contra los trasvases, para decir ahora que no todos son malos. En suma, ni un solo proyecto estructural serio sobre la mesa, falta rotunda de acuerdo con el único proyecto inmediatista planteado, e imposibilidad de llevarlo a cabo, porque no es competencia de la Generalitat. Se hace mejor, y nos pare la abuela. Lo dicho, pues: esto es puro Valle-Inclán, en versión ecosostenible.
En respuesta a Tahar ben Jelloun, de Pilar Rahola en La Vanguardia
LA TORRE DE LAS HORAS
El problema de la convivencia en el mundo no es el miedo al islam, sino el miedo a la libertad
“Tras haber derrotado al fascismo, al nazismo y al estalinismo, el mundo afronta una nueva amenaza totalitaria a escala global: el islamismo”. “El islamismo es una ideología reaccionaria que acaba con la igualdad, con la libertad y con el secularismo. Su triunfo sólo puede conducir a un mundo de dominación”. “Nos negamos a renunciar a nuestro espíritu crítico por temor a ser acusados de islamofobia, un concepto desafortunado que confunde la crítica del islam en cuanto religión con la estigmatización de sus creyentes”. Y, finalmente: “En mi país, si se pega, tortura o mata a un hombre, se llama asesinato. Cuando se mata a una mujer, se llama tradición”. Ninguna de estas cuatro citas han salido de la famosa película Fitna (calvario) del diputado holandés Geet Wilders. Ni tan sólo son citas de escritores occidentales ignorantes o perversos respecto al islam. Las tres primeras citas responden al manifiesto que doce intelectuales firmaron a raíz de la polémica de las caricaturas de Mahoma, la mayoría de ellos musulmanes: Ayaan Hirsi Ali, Chahla Chafiq, Irshad Manji, Mehdi Mozaffari, Talisma Nasreen, Salman Rushdie, Ibn Warraq o Maryam Namazie. Y la cita sobre la opresión de las mujeres es uno de los muchos escritos comprometidos que la escritora de Bangladesh y premio Sajarov, Talisma Nasreen, ha hecho a modo de denuncia, y que le han valido una fetua condenándola a muerte. Si empiezo así mi respuesta crítica al artículo titulado “Miedo al islam” que Tahar ben Jelloun publicó el sábado en La Vanguardia, no es por falta de argumentos propios, sino para situar en su justo lugar las cosas. La denuncia contra el islam fundamentalista no emana del miedo patológico de Occidente hacia los musulmanes, sino de hechos, discursos y, desgraciadamente, tragedias reales que el propio islam está proyectando al mundo. Es una crítica, por tanto, que nace del compromiso con la libertad, y ese compromiso lo asumen, con alto riesgo para sus vidas, muchos intelectuales musulmanes que han dichodefinitivamente basta. A menudo sin otro apoyo que su innata valentía, abandonados a una soledad inmoral por parte de sus colegas escritores. No me vale, por tanto, el simplismo de considerar que los occidentales tenemos miedo al islam, como si fuera ello fruto de una ignorancia supina, una maldad endémica o, directamente, un prejuicio. Por supuesto, hay críticas que nacen del prejuicio, y no seré yo quien niegue la existencia de la islamofobia, como existe el racismo. Pero, estimado Tahar ben Jelloun, ¿no hay motivos para temer al islamismo? ¿Se inventa Geet Wilders las citas, las llamadas a la yihad de líderes islámicos, las imágenes de los sangrantes atentados que, en nombre del islam, se han perpetrado? No, y ese es el drama, que el material para el odio no se lo inventa un líder de extrema derecha, sino que emana del propio cuerpo social y político del mundo islámico. Por supuesto, el diputado lo utiliza perversamente, porque mezcla religión con ideología, en un tótum revolútum intrínsecamente malvado. Pero el problema es anterior incluso a sus malas intenciones. El problema del mundo, si me permite, no es Geet Wilders, sino el inequívoco acoso a la libertad que la ideología fundamentalista ejerce, con notable eficacia, en todos los lugares donde consigue influencia.
Perdone, pero mientras en Europa unos dibujantes hacen unas caricaturas críticas con Mahoma -en línea con la tradición libertaria contra las religiones que marcaron todo el siglo XX-, o aparecen iniciativas como la de Geet Wilders, rechazadas por todos, en decenas de países islámicos se inculca el odio a los judíos, se desprecia a las mujeres, se demoniza la Carta de los Derechos Humanos e incluso se financia a grupos terroristas que mezclan a Dios con la muerte. Me temo que el problema de la convivencia en el mundo no es el miedo al islam, sino el miedo a la libertad que, en nombre del islam, inculca la ideología fundamentalista. Y ese miedo mata.
In memóriam, Benet, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Lo siento, pero, como decía Salvat-Papasseït, hoy tinto mi escrito en el tintero del corazón. La distancia necesaria para razonar más allá de las emociones, se quiebra cuando el motivo de reflexión es alguien querido, cercano a las pieles interiores de la propia vida. En esos casos, lucho entre mi deseo de dejar hablar a los sentimientos y el lógico pudor de controlarlos, porque un artículo es una ventana al mundo, y el mundo no tiene por qué compartir los sentimientos de esta escribiente. Intentaré, pues, dominar el escrito y, con él, la rabia por la pérdida, el desconcierto ante la muerte, el dolor por la ausencia. Me duele la muerte de Josep Benet como si fuera una herida honda, un puñal despiadado. Y aunque sé que muchos sienten lo que yo siento, no deja de ser, el nuestro, un sentimiento íntimo, necesitado de pudor y de silencio. Controlarlo, pues, es una necesidad casi litúrgica y, quizás, una exigencia profesional. Veremos si se consigue el intento.
Ha muerto Josep Benet. Jordi Pujol, receptor ineludible de la moción de censura que le presentó Benet, ha dicho que hoy era un día de duelo, y la práctica totalidad de los líderes políticos han loado su figura y su entrega cívica. A pesar de sus muchas heterodoxias ideológicas, Benet consiguió ser un referente para todos y para muchos, un auténtico maestro. El elogio, pues, aparte de unánime, parece sentido, alejado de los parabienes educados que la muerte siempre concilia. No creo que sean elogios falsos, ni tan sólo corteses, porque Josep Benet consiguió algo raro, raro, raro, en este país de monas: consiguió que su prestigio fuera reconocido. Tanto en su faceta de historiador exigente y minucioso, como en su propio papel histórico, Benet mantuvo alto el rigor e inquebrantable la honradez. Perdonen el recuerdo personal, pero en mis tiempos de universidad inquieta e inquietante, Josep Benet me dio uno de los consejos más serios de mi vida. “¿Qué podemos hacer para ayudar a consolidar las libertades de Catalunya?”, le pregunté con excesiva arrogancia, desde mi evidente pequeñez. Y Benet respondió: “Te daré tres consejos. Primero estudia, después estudia, y, finalmente, estudia”. Prepararse para el país libre que llegaría, dotarlo de cuadros, alumbrar líderes, pensadores, científicos, profesionales, es decir, edificar, sobre las ruinas, un país sólido. Él creyó profundamente en esa Catalunya fénix que renacería de las cenizas y se reconstruiría con rigor y solvencia.
Creyó en ello… hasta que dejó de creer. Su carta a Josep Antoni Duran Lleida, quizás su último acto político, donde hacía público el voto para CiU, es un nítido testimonio del pesimismo que sentía por la situación del país. Para él, Catalunya está viviendo uno de los momentos más críticos desde la recuperación de la democracia. Probablemente, sus memorias permitirán ahondar en las causas de su lúcido pesimismo, y quizás conocer algunas claves para combatirlas. De momento, sabemos, por ejemplo, que consideraba “un escándalo” el concepto de memoria histórica impulsado por este gobierno de la mano de Joan Saura. Dice del Memorial de Saura, en las memorias que están a punto de salir: “Es una suerte de organismo orwelliano, totalitario, pero de estar por casa, como no hay ningún otro en los países democráticos”. Activista cultural, luchador democrático, historiador de prestigio y hombre cívico en el sentido noucentista del término, Benet fue una voz comprometida con Catalunya y, a la vez, libre de sus servilismos, casi única en los tiempos que corren. Una luz, en las horas del desconcierto.
Escribí, en mi primer artículo en La Vanguardia - “El perro flaco”-, que el fracaso actual de Catalunya era, fundamentalmente, un fracaso de proyecto colectivo, embarcados en una nave a la deriva que, sin otro rumbo que sobrevivir, hace tiempo que perdió el interés por soñar horizontes lejanos. Vivimos un presente mediocre, con una sociedad civil amaestrada, servil y generalmente más preocupada por la cacerola diaria que por construir un futuro solvente. Y en política, gozamos, salvo alguna notable excepción, de líderes de bolsillo, cuyas propias limitaciones marcan los límites de los limitados proyectos que presentan. Benet era consciente de la mediocridad del momento, y del hundimiento de su larvado sueño de una Catalunya de categoría, y su voz, escasa en los últimos tiempos, resultó ser siempre una serena y necesaria voz de alarma. Más allá de la profunda pena por la persona que conocí, admiré y aprendí a querer, me parece necesario subrayar la desaparición del referente cívico, uno de los pocos que nos quedaban. No hace mucho murió Palau i Fabre y luego nos dejó Cassià Maria Just. Ahora lo hace Benet, y las tres desapariciones marcan un punto de inflexión en la caída libre catalana. En lo cultural, en lo religioso y ahora en lo político-cívico, hemos perdido tres personas que llenaban el vacío moral de nuestra sociedad, y no parece que los relevos estén prestos. De ahí que la muerte de Josep Benet produzca, en algunos de nosotros, un sentimiento de doble orfandad. La sentimental, íntima y dolorosa. Y la nacional, hiriente y rabiosa.
El harakiri de ERC, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Le di ocho o diez años. Recuerdo perfectamente la extraña conversación que marcaría, a la vez, nuestra despedida personal. Él aún no lo sabía, pero yo era consciente de tener mi último diálogo con Carod-Rovira como compañeros de partido. Le dije: “Ahora irá a por ti. La próxima cabeza que Puigcercós servirá en el plato será la tuya”. No lo relato como mérito visionario, sino por la utilidad que tiene para entender los acontecimientos actuales. Nada de lo que ocurre en ERC es nuevo, ni sorprendente, como si fuera una especie de maldición atávica, como si la vocación saturnina estuviera en el ADN del viejo partido. Cada diez años, más o menos, ERC ejerce de Saturno y devora a sus hijos, y lo hace con la misma convicción y sonoridad con la que proclama la República Catalana. De crisis en crisis, si algo define históricamente a Esquerra es su gusto por mostrar públicamente las tripas, y muy especialmente las sangrantes batallas de poder que en ellas se dirimen. ERC es un partido con tendencias suicidas y con una incontrolable vocación exhibicionista. Es decir, no sólo se hace el harakiri cada cierto tiempo, sino que necesita luz y taquígrafos en su proceso autodestructivo. Algunos dirán que es su vocación asamblearia, grandeza pero también debilidad del partido. Otros, que hay estrategias confrontadas. Todos tendrán razón, y sin embargo, si me permiten la osadía, todos se equivocarán de diagnóstico. Porque ERC no llora por la herida asamblearia, ni ha tenido, a lo largo de la historia, ninguna crisis ideológica seria. Su mal es más profundo y más terrenal: imán de todos los visionarios del nacionalismo, algunos con vocación mesiánica, también concentra la dosis de ambición de poder más descontrolada del arco parlamentario. Es cierto que en todos los partidos hay luchas por el poder, pero en ninguno hay un descarnamiento tan público y una vocación tan genuina por convertir la autodestrucción en una seña identitaria.
Pero, como todas las crisis son la misma y, a la vez, todas son distintas, intentaré dar algunos elementos de reflexión para entender la crisis actual, cuya dimensión y voracidad prometen serios descalabros. Ayer, día de la dimisión de Puigcercós del Govern -total, tampoco era necesario dimitir, porque nadie le conoce ni un solo proyecto en todo su mandato-, Carod-Rovira se plantó en Can Cuní y al hombre se le entendió todo lo que dijo. No sabía nada de la dimisión de Puigcercós, la lucha interna no era ideológica, estaba harto de la adolescencia permanente de ERC, creía que había que recuperar a Carretero y al resto de los disidentes y no quería dirigir un partido con vocación de oposición. Los dardos que Carod envió a Puigcercós fueron directos y, desde mi perspectiva, certeros. Es cierto que Carod-Rovira ha protagonizado algunos de los errores más evidentes de los gobiernos de ERC, desde Perpiñán hasta Tierra Santa, pasando por los Juegos Olímpicos de Madrid. Pero también lo es que, a diferencia de su colega y contrincante, Carod actúa políticamente, asume retos y, por lógica, comete errores. Puigcercós, en cambio, nunca ha actuado políticamente, y ha usado todos sus cargos para organizar y consolidar su poder interno. Diría que mientras Carod es un político que milita en un partido, Puigcercós es un militante que vampiriza la política para poder dominar a su partido. Este método, que lleva usando desde que Àngel Colom lo convirtió en secretario general de las juventudes, le ha dado notables beneficios.
¿Qué le ocurre a ERC? ¿Está repitiendo, con tozudo empecinamiento, los errores de la última crisis, la que comportó la escisión de unos cuantos centenares de militantes, varios diputados y concejales y dos de sus cabezas más visibles? Probablemente en muchos aspectos, y no por falta de aprendizaje histórico, sino porque los activos de la crisis mantienen su estructura de poder intacta. No olvidemos algo sustancial. Gracias al proceso de disolución de Terra Lliure, que consiguieron Colom y Carod, y que fue un hito histórico para Catalunya, ERC engrosó sus filas con muchos militantes que venían de la cultura antisistema. Estos sectores, con alguna excepción notable, se organizaron como un partido dentro del partido, ejercieron su dominio de forma implacable bajo la tutela de Xavier Vendrell y dieron a Joan Puigcercós un poder específico, más allá del poder natural de los líderes de ERC. Ese mismo ejército ha actuado como un solo hombre cada vez que se ha abierto una lucha interna. Carod no se enfrenta sólo a un líder. Se enfrenta a un partido dentro de su propio partido. Si añadimos a esa guerra de poder los errores políticos cometidos, la imagen domesticada con los socialistas, que ha cansado a muchos de sus votantes, las corrientes internas críticas y la tendencia natural a la autodestrucción, ciertamente es un momento delicado, la lógica llevaría a pensar que no es bueno pescar cuando las aguas están tan revueltas, y que sería inteligente remar juntos en una misma dirección. Pero también está en el ADN de ERC: los que quieren el poder nunca atacan cuando el mar está en calma, sino en plena tormenta. Puigcercós lo sabe bien. Es un pescador avezado.
Miseria y grandeza de un debate, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Confieso que me gustó. Quizás porque llegué al debate sin demasiadas expectativas, convencida de la poca naturalidad de una confrontación que, previamente, había sido trapicheada, masticada y deglutida, por el aprendiz de inquisidor que todo asesor de campaña lleva en sus entrañas. Sin embargo, a pesar de las cortapisas, las reuniones maratonianas para decidir la temperatura de la sala y el papel de váter, y a pesar de la sobreactuación del evento, disfruté del choque dialéctico de dos líderes que fueron mucho más correosos de lo que era previsible. Hubo momentos de brillantez dialéctica, y tanto en los envites, como en las réplicas, los dos sacaron a relucir una saludable mala leche. No comparto la crítica de algunos colegas, indignados por el tono agresivo de Rajoy o Zapatero, tanto monta, en función de los momentos. Esto no era una exhibición de juegos florales, ni un concurso de belleza. Esto era el primer gran debate entre dos tipos que quieren gobernar un país. Salvaguardada la buena educación, ¿nos caerán los anillos por un poco de incisivo en la yugular? Ni creo que Rajoy fuera un bulldog al estilo del guerrismo, ni creo que Zapatero gastara la retranca de los Acebes más desatados, pero los dos se permitieron algunos trazos gruesos, y fue en esos momentos de dura confrontación cuando ambos parecieron más presidentes.Ya sé. Hay muchos motivos para denostar el debate. Que no estaban todos los candidatos, y especialmente no estaba Catalunya. Por cierto, la afirmación de Zapatero de que no ha leído nunca el pacto del Tinell es una sonora bofetada a los firmantes de tal pacto. Un desprecio en bonito prime time. Pero siendo cierto, también lo es que los dos posibles presidentes tenían que verse las caras, que ello era informativamente relevante y, socialmente, saludable. Si Catalunya tiene poco peso en ese esquema político, es problema de la política, pero no del periodismo. Profesionalmente hablando, y a las pruebas de una audiencia histórica me remito, este debate era exigible, deseable y esperado. También es cierto que tuvieron mirada de retrovisor, y que el pasado chapoteó en el presente, pero no olvidemos que estamos en la primera parte de la confrontación. Si ese mismo balance lo hiciéramos en el segundo debate, sería una crítica certera. Pero los dos candidatos saben que tienen segundo asalto, y parece una estrategia inteligente dejar, para ese segundo tiempo, los proyectos de futuro. ¿Quién quemaría una buena propuesta, antes de hora? Además, tampoco entiendo este rasgado de vestiduras de algunos analistas. Al fin y al cabo, el pasado reciente de la vida política, ¿no marca a fuego su futuro? Creo que estuvieron mucho mejor de lo pensable, que los dos crecieron como líderes, que se mostraron seguros en las explicaciones y directos en los ataques, y en la suma, nos ofrecieron un espectáculo político muy notable. La idea, machaconamente repetida por los partidos, de que hubo un claro vencedor, no tiene otra credibilidad que la propia de la propaganda. Personalmente, creo que el empate es un resultado justo, y si no fuera anatema, y no me cayeran encima todos los jinetes del Apocalipsis, me atrevería a decir que Rajoy dominó en más ocasiones. En cualquier caso, la partida acabó en unas buenas tablas.
Más difícil me resulta aprobar a los protagonistas periodísticos del evento. Primero, porque no sé cómo puntuar un cronómetro, ya que fue un cronómetro el que moderó el debate. De ahí que tuvieran más importancia los árbitros de basket que controlaban el reloj -hacia el cual se iba, nerviosamente, el ojo izquierdo de Rajoy-, que el señor Campo Vidal. Y de ese dolor cuelgan todos los males de un debate político que, ni en la gestación, ni en el proceso, ni en el resultado, respetó la credibilidad periodística. Lamento que una Academia de Televisión -que tendría que tutelar el prestigio de los profesionales-, se prestara a un formato donde dichos profesionales ni pinchaban, ni cortaban nada. Lamento que el presidente de dicha academia no se inhibiera del protagonismo, como sería lógico de quien ha estado negociando con los partidos. Lamento que se aceptara la idea de los bloques temáticos, convirtiendo al periodista en patético convidado de piedra. Lamento que la clase periodística asista, encantada, a esta especie de dictadura de los partidos que intentan moldear el periodismo político, y que se comportan como niños mimados cuando se les exige el bien público de la información. Lamento que la Academia haya aprovechado el Pisuerga para hacerse publicidad, sin haber conseguido aún hacerse un hueco en la profesión. Seriamente, ¿sabe alguien qué es esta academia, aparte de saber que la dirigen unos muy progres, muy simpáticos, y todos felices miembros de la pomada?
Finalmente, lamento que se considere normal ningunear a la profesión periodística, cuando se trata de preservar los intereses del poder político. Y por lamentar, lamento lo feo que era el plató. ¿Tanto seso devanado para tanto horror estético? En fin, lo dicho. Lo mejor fueron esos dos tipos que quieren ser presidentes y que, por un día, estuvieron mejor que sus propias caricaturas.
Carta incómoda a Boris Izaguirre, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Estimado Boris. Sobra decir lo mucho que te respeto. Creo que eres un pensador sutil, un comunicador brillante y uno de los histriónicos más divertidos del teatro de la vida. Muchas son las ideas compartidas, ideas luchadas, algunas finalmente conseguidas… Con los años y la confianza (que siempre da asco), me atrevo a decir algo de ti en voz alta: a pesar de los excesos del espectáculo, eres un tipo de una gran elegancia. Nunca te oí perpetrar ningún ataque soez, y tu vehemencia en los argumentos siempre fue amiga de las buenas formas. Por esto mismo, por la estima que te tengo, por la complicidad que te reconozco, por tanto, permíteme esta carta incómoda, nacida de una cierta perplejidad. La verdad, no me gustó nada lo del otro día. Esa foto couché con todos los progres del artisteo, donde no faltaba ninguno de los previsibles, y sumaba alguno de los incomprensibles (¿a qué disciplina artística se dedica el doctor Montes?), me pareció un forzado ejercicio de exhibicionismo elitista, un algo desmelenado y un mucho impertinente. Por supuesto, estoy a favor de los lobbies de presión, y no tengo ningún apuro porque un grupo de amigos de toda la vida se reúnan y digan ¡viva Zapata!, o ¡viva Zapatero!Si, además, quieren convertir un bello poema de Mario Benedetti en una insufrible canción dominguera, allá cada cual con su sentido del ridículo. Puestos a pedir, hubiera preferido el estilo rompedor del vídeo de Obama, que es de palabras mayores, pero lo vuestro quedó en paños menores y enseñó algunas vergüenzas. No sé. Un poco cutre, querido. Con todo, todo habría quedado en los límites de lo elegante. Pero en esas, llegó José Luis Cuerda y habló de la “turba mentirosa”, los llamó imbéciles, clamó al cielo contra la “teocracia humillante y estúpida” y de milagro no chilló “a las barricadas”. El tipo se quedó a gusto, como si hubiera evacuado después de una larga temporada de estreñimiento, y el resto de acompañantes hicisteis bueno el principio del buen figurante. Reír, aplaudir, callar. Ji, ji, ja, ja. Ya hemos hecho el progre. Ya hemos insultado un poco a los peperos, hemos puesto cara de elite artística enrollada, riquísimos todos pero del pueblo, y le hemos dicho al mundanal ruido que somos de ZP hasta la muerte. Bien. ¿Y?
Si me permites, querido Boris, intentaré razonar algunos de los motivos de mi perpleja disidencia. Primero, el numerito me pareció más propio de la transición política que de una democracia estable. Todo rezumaba una estética muy antigua, con Víctor Manuel, Ana Belén, Serrat y el resto de sospechosos habituales de estas contiendas, todos muy divinos, todos queridos por todos nosotros, y todos más antiguos que las maracas de Machín. Por supuesto, soy una loca de las canciones de Sabina, y Serrat me emociona hasta los tuétanos, pero su trabajo artístico, perenne e intenso, no es precisamente lo más moderno del panorama. Por decirlo de forma precisa, se reunieron los de siempre y dijeron más de lo mismo. La capillita conocida, con el discurso conocido. Además, y quizás es lo que me resulta más molesto, lejos de una plataforma de apoyo a un candidato, el grupo se estructuró como una plataforma a la contra, como si el cielo estuviera a punto de caernos sobre la cabeza, como si llegara la marabunta, y los concienciados artistas tuvieran que dar su paso adelante. A vueltas con la mentalidad de la transición…
Querido Boris. El PP no me gusta nada de nada. Casi tan nada como a ti, pero estoy en contra de crear estos discursos demonizadores, que excluyen a millones de votantes de la cordura y el sentido común, que desprecian a los otros, que se elevan como si tuvieran la verdad universal y que respiran un cierto tufillo de despotismo ilustrado. Las palabras de Cuerda son propias de un pequeño déspota, y lo siento, porque me gusta Cuerda. Pero ¿es necesario despreciar hasta ese nivel a los votantes de otro partido para ganar la razón? ¿Qué pensamiento libre, crítico, razonable, existe detrás de una pendejada como esa? Yo no veo más que consigna, propaganda y servil compostura. Nada me suena a crítico. Ergo, nada me suena a libre. Por supuesto, los ataques posteriores de Rajoy, hablando de estómagos agradecidos y cánones varios, eran pura demagogia, pero ¿qué os esperabais? ¡Si se lo pusisteis a tiro! Uno no puede subir a las altas tribunas de su fama, vociferar contra millones de votantes, y esperar que no le caigan chuzos. Estratégicamente, creo que es un error de bulto. Pero, además, democráticamente es una inmoralidad. Tenemos que empezar a entender que la democracia juega a muchas cartas, que todas son lícitas y que si gana la que no nos gusta, tenemos que volver a ganarnos la razón. La razón, que no el desprecio.
En fin, querido. Perdona el atrevimiento. Pero te vi ahí en medio, al ladito del bellezón de Judith Mascó - otra peculiar disciplina artística, la suya-, con cara de chico bueno, y pensé que Sarkozy y Ségolène me daban mucha envidia. Mientras ellos juegan a seducir a grandes intelectuales y se pelean por un Glucksmann, aquí sacamos a gritar a José Luis Cuerda. No, si quedar, queda bien. Pero ¿es lo mismo?
Canto para un niño muerto, de Pilar Rahola en La Vanguardia
“A la nanita nana nanita ella / Mi niño tiene sueño, bendito sea”. ¿Cuándo fue la última vez que una nana meció sus miedos y sus noches? Quizás nunca hubo una primera vez; quizás, tuvo sus nanas y sus caricias, pero los golpes fueron quebrando sus días de paz, hasta que quebraron su cuerpo. Quizás la melodía de una madre fue un bálsamo entre heridas, o quizás nunca gozó de ese dulce lenguaje. Quizás solo fue un pequeño superviviente, en los tiempos de la cólera y la ira, pero la ira y la cólera le ganaron la partida. Quizás, sólo quizás, algún día lo amaron, pero sus cuencas ahora vacías ya no tienen lágrimas para llorar los días que lo odiaron.Quizás fue un niño que nunca tuvo una oportunidad. Pero, con todo, su muerte es una llaga en el corazón de la conciencia, una vergüenza en nuestra cara, un agujero negro en nuestra responsabilidad.
Otro niño. Otro maltrato. Otro grito desgarrador en la nada. Y otro fracaso. Sonoro, indecente, cruel, trágico fracaso. Cuando un niño de nueve meses muere a golpes, se apagan las luces de las ciudades, se oscurecen las calles y las plazas, se tiñen de negro las almas, desaparece el mundo. Y, sin embargo, nada se inmuta en el mundo. Ni que sea por ello, por poner palabras al grito, por poner llanto al vacío, escribo este artículo con dolor y con rabia, sin objetividad, ni neutralidad analítica, tomando partido, como diría el poeta, partido hasta mancharme. Tomando partido por un niño roto.
¿Qué ha fallado? Otra vez, por enésima vez, la pregunta. Con el caso de la pequeña Alba - atada para siempre a las máquinas que le permitirán respirar, aunque nunca podrá hablar, ni jugar-, nos interrogamos hasta el detalle, recorrimos todos los fallos, nos indignamos con todas las imprevisiones, y finalmente llegamos a conclusiones sesudas. Los servicios sociales habían alertado del riesgo, la Generalitat sabía, la policía sabía, el juzgado sabía, y todos durmieron el sueño de los irresponsables. Pero no volvería a pasar. Y aunque algunos alzamos la voz para reclamar una ley integral del Menor, único instrumento serio para combatir integralmente el maltrato infantil, nos aseguraron que no hacía falta, que habían perpetrado un magnífico protocolo y que nunca más se equivocarían. Si se producía alerta de riesgo, habría actuación rápida. Pero llegó Claudia, con su coma en presente, y sus fracturas de fémur en pasado, y otra vez no supimos dónde habíamos fallado. Sólo los médicos habían cumplido adecuadamente, alertando, avisando. Y después una niña nigeriana de cinco años, cuyo nombre nunca supimos, apareció en el hospital Vall d´Hebron con penetración vaginal y anal. No era la primera vez, y nos aseguraron que el protocolo había funcionado. Que habían investigado, que no encontraron culpables, que podía volver con la familia, que…, y llegó la segunda vez.
Ahora, tenemos un bebé de nueve meses cosido a golpes, y en las pantallas de los televisores se agolpan vecinos que hablan de su extrema suciedad, de los moratones conocidos, de lo previsible. Como si fuera la crónica de una muerte anunciada, ahora sabemos que todo el mundo lo sabía…
Y para aumentar la indignación, aparece la abuela paterna asegurando que avisó a los servicios sociales de la muy noble ciudad de Vilanova i la Geltrú, y los muy nobles servicios de la muy noble ciudad ni tan sólo se personaron para conocer la situación en que vivía el niño. Dice la abuela que nunca fue atendida su llamada de auxilio. Si es así, el comunicado que ha enviado el Ayuntamiento de Vilanova no tiene pérdida. No tiene pérdida lo vergonzante que es. Dice el muy noble Ayuntamiento de la muy noble ciudad en su noble comunicado: “El Ayuntamiento de Vilanova i la Geltrú lamenta profundamente la trágica muerte del bebé de nueve meses… Con la voluntad de no interferir en el trabajo policial, no hará ninguna declaración, ya que los hechos están en proceso de investigación. Asimismo, el Ayuntamiento quiere poner de manifiesto la conmoción que este hecho supone para la ciudad”.
Pero ¿qué se han creído que es un Ayuntamiento? Nadie les pide que se conmuevan o lamenten, ese es patrimonio de cada uno. Lo que se les exige es que cumplan con su responsabilidad social y que, si tienen denuncias de posibles malos tratos a menores, las atiendan con celeridad. Tenemos el derecho democrático a saber si este ayuntamiento tuvo alertas que no atendió y si funcionaron mal sus servicios sociales, y negar esta información, en aras de la investigación, es escurrir soezmente el bulto. Como tantas veces en casos de esta sensible naturaleza. De escándalo.
La cuestión es tan de fondo, que marca la buena o mala salud de una sociedad. Y aunque se han hecho protocolos y se han mejorado actuaciones, el reguero de maltratos que podían haberse evitado sigue goteando trágicamente. Fallan los tiempos - un día de más, en un niño maltratado, puede significar la muerte-, falla la coordinación, falla la responsabilidad pública. Y auguro que, mientras no tengamos una ley integral del Menor, la improvisación seguirá produciendo tragedias.
“Dorm petit / la mare et bressa / cal que creixis ben depressa…”.
El perro flaco, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Mirada de cerca, La deessa reviste una serena grandeza. Es una escultura bella, dulcemente inserida en el ideal noucentista que inspiró la obra de Josep Clarà. Civilizada y armónica, esta humana diosa de mármol es algo más que un ideal soñado.Quizás representa el ideal fallido de este acomplejado país. El modernismo quería quebrar los límites de la realidad y soñó un arte de horizontes lejanos. Pero fue el noucentisme el que evocó un ideal cívico que trascendía al arte, para aterrizar en la vida colectiva, y plantear un auténtico proyecto nacional.
Si alguna vez Catalunya ha sido seriamente “pensada”, lo han hecho Eugeni d´Ors y Prat de la Riba. Y no sólo por el ideal estético, sino por la ambición política que dejaría, como herencia, las obras de gobierno más importantes de nuestra historia. Lo estético nos legó, en la capital de esa Catalunya-ciutat anhelada, los frescos de Joaquim Torres Garcia, o las esculturas de Gargallo y Clarà, o incluso las “rondas” de León Jaussely. Sometido el urbanismo al concepto de “belleza, cultura y valores cívicos”, la persecución de una capital “bella y culta” fue un auténtico proyecto administrativo que se concretaría en la creación de escuelas, bibliotecas, museos…
Pero fue en el plano político, de la mano de Prat de la Riba y Puig i Cadafalch, donde el legado llegó a la categoría de histórico: Biblioteca Nacional, Ferrocarrils de Catalunya, Escola Industrial, Institut d´Estudis Catalans, Servei Geogràfic, Escola Superior de Belles Arts, promoción de la magna obra de Pompeu Fabra y una importantísima labor de creación de infraestructuras, puertos, obras hidráulicas, teléfonos, red sanitaria, mejoras agrícolas, educación y obra social. Incluso se creó la Escola d´Administració Local, para consolidar un cuerpo moderno de funcionarios catalanes. En pocos años, pues, y fruto de un proyecto social y de una estrategia política brillante, Catalunya sentó las bases de un país moderno.
Casi cien años después, no hemos inventado nada nuevo. Peor aún, perdidos los ideales y desaparecida la ambición, la vida política catalana da vueltas alrededor de la misma tediosa mediocridad, mareada en debates estériles de grueso verbo y corto recorrido.
Desde que tenemos democracia, ¿recordamos alguna gran obra de gobierno, a excepción de la creación de TV3? Y, sobre todo, ¿recordamos alguna aspiración política que fuera más allá del cortoplacismo táctico, o del esencialismo banal? A riesgo de merecer el maldito epíteto de derrotista, en este país que ha hecho del cofoisme una identidad, me atrevo a afirmar que Catalunya está seriamente enferma. Y no sólo por el insostenible crac de las infraestructuras, o la pérdida de competitividad económica, sino por algo mucho más profundo. Veamos la derivada infernal que nos dan las noticias.
La misma Catalunya que había llegado a ser exportadora de pedagogía, y que cuenta con pedagogos de la categoría de un Francesc Ferrer i Guàrdia, un Alexandre Galí, una Rosa Sensat, un Joaquim Xirau o un Pere Vergés, es ahora tristemente célebre por encabezar el ranking del fracaso escolar. No sólo hemos perdido el liderazgo del pensamiento pedagógico, sino la ambición política para llevarlo a cabo.
Para muestra el botón: la Generalitat está a la cola en inversión pública en educación, y dedica casi 1.500 euros menos por niño de lo que dedica el País Vasco. Si de la educación pasamos a la seguridad, Catalunya encabeza el ranking de consumo de cocaína, es líder en prostitución callejera y han aumentado sensiblemente los delitos con arma de fuego. Peor aún: dicen los expertos que Catalunya es el centro más importante de toda Europa de captación de militantes yihadistas. Mientras tanto, el conseller del ramo se debate entre hacer de jefe de los Mossos o de miembro emérito de Amnistía Internacional.
No hablaré de la cultura, porque merece capítulo aparte, pero hace años que no somos el referente de nadie, en ninguna de las disciplinas creativas que tanto consolidaron el orgullo catalán de antaño. Y si hablamos de economía, ahí están las sonoras palabras de José Manuel Lara, alertando de la pérdida de dinamismo, la falta de estrategias inteligentes y la nula capacidad autocrítica. Nuestra máxima aspiración acaba siendo inaugurar, ministra en mano, alguna obra que no se hunda.
¿Qué hace la política en el accionar de la crisis? Primero, la niega, más cómoda en la retórica victimista que en el ejercicio de la autocrítica. Segundo, se instala en el tacticismo, el verbalismo efectista y la cultura de la subvención. Y finalmente, lejos de nutrir al país de grandes líderes, genera funcionarios de la política, inmunes a cualquier tentación estadista. En esta Catalunya enferma, lo único que nos venden es autodeterminaciones a largo plazo, derechos a decidir no se sabe qué, o más de lo mismo, por los caminos de ZP.
Ni altos ideales, ni brillantes estrategias, ni diagnóstico severo, sólo inmediatismo electoral. Es decir, el mismo país que soñó un ideal civilizado, hoy es un enfermo crónico que sólo aspira a gestionar, soberanamente, su sonoro fracaso. ¿Falta de ambición? Peor: la mediocridad convertida en un valor patrio.
No es Irak, querida Pilar Manjón, de Pilar Rahola en El País de Cataluña
Una cierta incomodidad. O, para ser más sincera, un cosquilleo en el ombligo de la conciencia, como si fuera una incorrección escribir este artículo. Como si una estuviera segura de lo que quiere expresar, pero deseara un notición de última hora para tener una excusa y cambiar de tema. Pero los hados del periodismo no me son favorables, en esta mañana de puente que aún arrastra ruidos gruesos de la baja política. Los días después de la sentencia del 11-M prometen continuar su ascensión a los infiernos, y soy consciente del oxímoron que acabo de escribir. Al fin y al cabo, la subida de tono debe aspirar a elevarse hasta los cielos electorales, pero sólo resuena en los avernos de la política tabernaria. No, lo siento. No creo que ni uno solo de los protagonistas políticos del 11-M esté, hoy por hoy, a la altura ética de las circunstancias, en un tanto monta, monta tanto José Blanco y Eduardo Zaplana, Alfredo Pérez Rubalcaba y Ángel Acebes. Se trata de decirla gorda, de mantener la estridencia verbal más allá de la sentencia, negados al silencio político que sería, finalmente, deseable. Llevamos cuatro años, tan pesados, de mentiras, conspiraciones y manipulaciones, que la paciencia ya no es una virtud bíblica, sino un pecado democrático. Basta. Basta de usar a ETA y a Irak, basta de tirarse una tragedia a la cabeza del adversario, con el único fin de ganar algunos votos. Es cierto que el PP ha sido el coartífice de una mentira histórica, y que tantos años de persistencia en la mentira han creado una situación delirante, donde un partido conservador ayudaba a desacreditar cuerpos policiales, ponía en duda pruebas judiciales y, al final del camino, se mostraba más obsesionado por su trasero político que por los asesinos de decenas de víctimas. Es cierto que no ha hecho autocrítica. Y es cierto que algunos de sus líderes padecen ahora ataques severos de amnesia. Pero no se puede hacer una crítica severa al PP si no se parte de una autocrítica, también severa, de la izquierda, que masivamente jugó a la confusión entre atentado y guerra de Irak, que insinuó responsabilidades políticas de José María Aznar, y que aún juega a ello sin exceso de escrúpulos. El repita conmigo “no fue ETA” de Pérez Rubalcaba, contraatacado con el “no fue Irak”, de Zaplana, resumen lo esperpéntico del enfrentamiento. Lo esperpéntico y lo infantil…No. No fue ETA. Pero tampoco fue un presidente que, legítimamente tomó decisiones en política exterior y cuyas responsabilidades sólo atañen al terreno de la política. Criticable y criticado, pero no culpable de 191 muertos. Primero, porque el fundamentalismo islámico tiene a España en su centro de interés desde los tiempos de las soflamas de Hasan Al Banna y el resto de teóricos del yihadismo, cuya obsesión con Al-Andalus los llevó a hablar de la reconquista española como el primer objetivo de todo buen musulmán. Desde los años treinta, cuando empezó el movimiento, hasta la eclosión actual, toda la retórica de la guerra santa habla de España como objetivo, y algunos de los atentados previos a la guerra de Irak, como el atentado del restaurante España en Casablanca, son de una claridad meridiana. ¿Hemos olvidado que en el primer vídeo de Bin Laden, justo después del 11-S, habló de Palestina y de Al-Andalus como las primeras tierras que cabía liberar? Intentar vincular el atentado -cuyas raíces teóricas son mucho más lejanas, cuya preparación, según todos los indicios, es muy anterior a la guerra de Irak, y cuyos primeros coletazos mortales fueron bien precisos- a la política exterior de Aznar es errar y, sobre todo, mentir. A Aznar se le puede culpar de no haber escuchado las evidentes amenazas -”cuando el enemigo dice que quiere matarte, hazle caso”, dice el Talmud-, de no tener las suficientes dotaciones presupuestarias para perseguir policialmente a los terroristas islámicos, de falta de previsión, pero no tiene ninguna culpa, ni tan sólo moral, de la mayor matanza que ha perpetrado el yihadismo en Europa. Sin embargo, y a pesar de la información ingente al respecto, cierto entorno de izquierdas continúa insinuando esta perversión. El PP tiene razón cuando se duele de ello. Como el PSOE tiene razón cuando critica severamente la teoría de la conspiración pepera. Pero ninguno de los dos tiene razón en continuar el juego de las ambigüedades, las mentiras solapadas y, finalmente, el uso retórico de un atentado con fines electorales. Lo siento, pero creo que no se salva nadie.
Ni siquiera se salva Pilar Manjón. Es cierto que Pilar ha sufrido ataques indecentes por parte de determinados periodistas cavernarios, y también es cierto que ha mantenido una dignidad extraordinaria en momentos muy críticos. Además, es la voz pública de decenas de víctimas, y ello la reviste de un respeto necesario. Cuando Pilar ha exigido, pedido, hablado en nombre de esas víctimas, e incluso ha cuadrado a los parlamentarios en propia sede, ha sido la voz de millones de nosotros, y así lo hemos agradecido. Pero hay momentos, desgraciadamente, en que Pilar parece confundir los papeles y, hablando desde su alta categoría moral, acaba bajando a la pura y dura arena política. Muchas han sido las veces en que parecía más una líder de izquierdas que la voz de los familiares, y en ese punto ha dejado de representarnos a muchos. El tema de Irak es el ejemplo más desagradable. Pilar ha llegado a decir que recurriría contra la sentencia si no se reconocía la guerra de Irak como causa del atentado. Esto, aparte de un error de bulto, es una rotunda confusión de su papel como víctima. Habrá que ver cómo elabora, a partir de ahora, su papel público. Pero, en el traspaso entre el antes y el después de la sentencia, no acaba de afinar el verbo. Parece que también ella confunda su ideología con su tragedia. Y mal vamos si todos queremos sacarle partido ideológico a una matanza siniestra.