Reggio’s Weblog

Laicos, no, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Historia, Política, Religión by reggio en Julio 16th, 2008

El ojo del tigre

Los liberales del siglo XIX sabían diferenciar la Iglesia Católica como estamento, del clero interpretado como clase social diversa. Consideraban que la Iglesia estamental era monolítica; en cambio, el clero no. Es decir, no todos los curas son iguales. Ni en lo económico, ni en lo ideológico. Las grandes prerrogativas personales dependen del “status” jerárquico de cada uno. En lo ideológico hay también diferencias muy notables. Tomemos un ejemplo contemporáneo: entre lo que piensa y dice el cardenal Rouco Varela -presidente de la Conferencia Episcopal- y lo que pensaba y decía el cardenal Enrique y Tarancón -su antecesor en la Conferencia-, hay una enorme distancia ideológica. Con el primero, la Iglesia Católica deja bastante que desear con respecto a las circunstancias políticas actuales. Con el segundo, esa misma Iglesia supo estar a la altura de las circunstancias durante el delicado proceso de la Transición. Lo mismo que en el siglo XIX algunos clérigos de la época lo habían estado en las Cortes de Cádiz a propósito de las reformas que planteaban los liberales.

El esquema católico de la relación entre la Iglesia y el Estado es, ahora mismo, idéntico al que utilizaba la jerarquía eclesiástica en el siglo XIX: el poder político está íntimamente ligado a la potestad divina, teniendo, por lo tanto, su origen en la voluntad de Dios, no en la de la ciudadanía. Los liberales de Cádiz rechazaban esta teoría considerándola “un error grave, funesto y el origen de grandes males”. Pero, al mismo tiempo, estaban convencidos de que era un mal inevitable. Y tenían razón.

Casi un siglo después -noventa y seis años-, la Iglesia Católica sigue aferrada a su lógica del XIX (el poder proviene de Dios) y, evidentemente, a su papel tutelar del mismo. Con lo cual, le resulta más fácil inducir a la confusión de la “espiritualidad” con la “temporalidad”. Es decir, a mezclar la doctrina católica con los asuntos meramente temporales. Pero aquellos ilustrados tribunos de Cádiz se equivocaron cuando confiaron en que con el paso del tiempo, el “progreso de las luces”, las reformas y los debates ilustrados evitarían aquella pertinaz cerrazón eclesiástica. Decía Agustín Argüelles que “para sostener la doctrina contraria hubiera sido necesario luchar frente a frente con toda la violencia y furia teológica del clero…”. (Examen histórico de la reforma constitucional. 1835). Le cedieron al tiempo el delicado privilegio de vencer aquella “violencia y furia teológica” de la Iglesia Católica. Y se equivocaron de nuevo.

El estamento eclesial aún sigue atrincherado en su vieja tesis. Lo mismo que su “franquicia” ideológica en la actual sociedad española -me refiero a la derecha apostólica-, la cual interpreta ladinamente el reconocimiento que la Constitución Española de 1978 hace de la “aconfesionalidad del estado” como si estuviera leyendo el artículo 12 de la Constitución de 1812, que dice: “La religión de la nación es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera”.

Conviene anotar que, después de la Reforma -que le provocó a la Iglesia Católica una grave crisis de identidad ideológica-, la tendencia de su jerarquía derivó hacía una alianza con el naciente capitalismo. (Este mérito le pertenece a Ignacio de Loyola, en el siglo XVII). O sea, de la defensa cerrada del feudalismo, el catolicismo saltó hacia la nueva forma de dominio social que le ofrecía el emergente capitalismo, en donde encontró rápidamente su buen acomodo. Y en él continúa erre que erre…

Si las tesis del Concilio Vaticano II se hubieran mantenido, es probable que el actual debate -con sordina, claro- sobre la necesidad de recuperar la condición laica de la sociedad española no se habría ni tan siquiera planteado. Es decir, Rodríguez Zapatero no habría tenido la necesidad de dar la gran zancada hacia atrás, como la que dió cuando comprobó que la Iglesia Católica estaba dispuesta de nuevo a hacer uso de la violencia y la furia teológica… Con la ayuda de la eterna derecha apostólica de este país.

De manera que si el Gobierno de Zapatero le urgiera tomar nuevas medidas rectificadoras de su proyecto laicista, por favor que no repita lo que dijeron aquellos memorables e ilustrados liberales “doceañistas” para excusarse por rehuir el choque frontal con el clero estamental de esa época. Porque ni el transcurso del tiempo, ni las reformas posibles, ni los debates ilustrados servirán para que la Iglesia Católica le ceda el paso a un Estado laico de verdad.

Lorenzo Cordero. Periodista

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Sobredosis españolista, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Julio 9th, 2008

El ojo del tigre

La extrapolación de las emociones suscitadas por el fútbol español con su intervención (triunfal) en la Eurocopa 2008, a la vida cotidiana del país ha resucitado el apabullante discurso españolista “de toda la vida”; con lo cual, han sido rescatados los viejos principios y dogmas nacionalistas que parecían olvidados. Fundamentalmente, los siguientes: a), el convencimiento de que una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo, es la de ser español. (J. A. Primo de Rivera); b), el despertar de la conciencia que nos exige no conformarnos con vivir de las cosas heredadas. (Franco); c), la necesidad de reafirmarnos en nuestra voluntad de ser, tal como le ocurre a esa eterna juventud virtuosa y heroica, que se siente con fuerzas para regenerar toda la Historia. (Idem).

Había que impedir que España se nos deshiciera entre los dedos como si fuera polvo de siglos… Afortunadamente, la moderna Galaxia Marconi (radio y televisión), más la tradicional Galaxia Gutemberg, perfectamente sincronizadas, han logrado que ese discurso, revitalizado ideológicamente se difundiera hasta el último rincón de España, arrancando las más sensibles notas de nuestro particular lira españolista; con tan ágil inmediatez, que apenas nos han permitido masticar bien las ideas, los principios y las consignas emitidos para poder asimilarlos convenientemente. Pero lo más asombroso de este renacimiento españolista es que todo eso se ha conseguido tan solo con un balón entre las piernas y, en lo alto, las estrellas. Aquí, siempre se tuvo confianza en “ese viento juvenil que sacude a nuestra Patria en los momentos de crisis”. (Franco, también).

España ha vuelto al puesto que tenía allí, en el fascismo sociológico. Gracias al fútbol se han recuperado los viejos principios líricos de la ideología que por su uso, en un momento de la Historia -con mayúscula, por favor- la convivencia social de los europeos occidentales -incluidos los españoles- fue profunda y alborotadamente alterada. Tal como sucedió en los años 30 del siglo XX, se vuelven a confundir (¡otra vez!) el culo con las témporas: el fútbol de competición con la españolidad ultraconservadora: la Plaza (¿roja?) de Colón con la Plaza (azul) de Oriente. El soberbio gol de Torres a los alemanes, con el ingreso de España en la Comunidad Europea. El tiempo le ha dado la razón a Mussolini; el fútbol, como espectáculo de masas, es el instrumento ideal para manipular la conciencia de los pueblos.

Si todo este barullo orquestado gracias al triunfo de la selección española en Viena no nos está metiendo a empujones en el fascismo sociológico, será porque nunca hemos salido de él. Estamos asistiendo a la resurrección de aquella idea canónica con la que nos educaron para que viviéramos armónicamente como españoles convencidos de que España es grande cuando los españoles sacralizan sus triunfos y, luego, los asimilan como si fueran las dogmas esenciales de su propia identidad nacional.

Cuando llegó el momento de sacralizar la épica hazaña del joven equipo español de fútbol, una muchedumbre compuesta por filósofos, historiadores especializados en la Historia Sagrada de España, columnistas gutembergianos y charlistas y comentaristas catódicos y radiofónicos -gozosamente identificados entre sí- pusieron todo su empeño en convertir el triunfo español en la Eurocopa 2008 en un factor de propaganda política, adecuándolo al show españolista actual, cuyo libreto ha sido obra de la Faes: Parece ser que el fútbol español, como el Cid, representa en estos momentos el más genuino espíritu de la España Imperial. Qué se ha conseguido con este enorme esfuerzo propagandístico del resurgimiento españolista.

Fanatizar de nuevo a la masa popular y frivolizar la realidad histórica actual. Todo esto, bien agitado y mezclado en la alquimia de la eterna España -una, grande y libre- da, como resultado, esta espectacular sobredosis de españolismo letal para la razón democrática, que algunos creyeron que había sido inmunizada, contra el patrioterismo, con el galvanizado proporcionado por la Transición. Otro gol memorable.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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El bable en las catacumbas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Asturias, Cultura, Derechos, Educación, Política by reggio en Julio 2nd, 2008

El ojo del tigre

La sociedad asturiana está perfectamente blindada para defenderse de cualquier intento de provocar una invasión del bable en el espacio orgánico ocupado por el Gobierno del Principado de Asturias. Incluso, contra el riesgo que supondría para la seguridad del burocratismo, que tan bien lo hace funcionar en castellano. No está solo el Gobierno del Principado en esta gran batalla para la defensa de la lengua de todos los españoles, sino que a su lado se alinean otras instituciones fundamentales, como es el caso de la Universidad de Oviedo. Al bable acaban de amordazarlo en la Facultad de Filología.

No cabe duda alguna acerca de la profunda vocación vanguardista que Asturias siempre tuvo frente al bable, y en defensa del castellano. Se puede decir que esta región se anticipó en el tiempo a ese heroico grupo de intelectuales orgánicos del españolismo sin fronteras, que acaba de irrumpir ruidosamente en la vida cotidiana del país agitando un Manifiesto por la Lengua Común -es decir, por la defensa de la Lengua del Imperio…-, amenazada, según dicen, por ciertas lenguas periféricas que ponen en peligro no solo el derecho a expresarse libremente en castellano, sino también a utilizarlo como la herramienta ideal -que lo es, incuestionablemente- para la educación y la culturización de las jóvenes generaciones de españoles.

(Como viene siendo habitual en estos casos, desde que ocurrió la terrible tragedia del 11-M en Madrid, la ya famosísima Legión Mediática les proporciona a los autores del citado manifiesto un formidable apoyo logístico, incluso doctrinal; probablemente, con la santa finalidad de convertir esa épica iniciativa españolista en una especie de Frente Nacional de Liberación del Castellano (FNLC). Gracias a esas dos banderas de la citada Legión -una, de papel; la otra, radiofónica- España ha resistido, hasta ahora, todos los ataques contra su sacrosanta unidad…).

Silenciar una lengua, quizá sea el primer paso para su posterior exterminio. A muchos de los defensores de la lengua común se les ve el plumero desde lejos. Sin embargo, no siempre ocurre así. Conviene saber que el silencio acaba siendo siempre el lenguaje de la resistencia; pero, sobre todo, es el motor que hace fluir la fraternidad que genera la comunión de ideas. Los españoles -aunque, unos más que otros- tenemos una larga experiencia en este sentido, que yace depositada en la memoria colectiva. Desconozco si ésto lo habrán tenido en cuenta los antibablistas -los políticos y los científicos…-; como los que decidieron expulsar al bable de las aulas universitarias, evitando, al menos de momento, que pueda ser ahora mismo objeto de un aprendizaje específico, reglado y universal.

Para el poder político asturiano, el bable es una simple reliquia histórica que merece ser tenido en cuenta sólo si se usa modosamente. Con prudencia y respeto para la divina lengua común. En el caso contrario podría ocurrir que quienes lo usen, como si fuera la lengua principal, caigan en la tentación de ocultar detrás de sus palabras propósitos independentistas… El peligro que encierra el bable está, por lo visto, en que su uso facilita la expansión del radicalismo asturianista. No sé cómo habrán llegado algunos a esta delirante y obstinada conclusión. Ni conozco los estudios previos en que apoyan tan osada afirmación. Pero lo repiten constantemente, hasta el punto de procurar que en ese limbo del alma asturiana , al que llaman asturianía, se hable únicamente el castellano; porque, según los entendidos, es como mejor se entienden.

Sólo así se puede comprender -entre otras inhibiciones- el silencio interesado del Gobierno del Principado ante la exclusión del bable en los planes académicos para los estudios de Filología en la Universidad ovetense. Para los responsables de la vida regional, basta con que el asunto fuera sometido a una votación democrática -como no podía ser menos- y haya ganado el grupo excluyente. No sé de donde sacan, en este país, tanta agua de la democracia para lavarse las manos.

Al Gobirno asturiano lo que le preocupa de verdad es que las grandes e históricas empresas asturianas no pierdan su asturianía cuando llega el momento de cambiar de dueño. Hay dos ejemplos incuestionables: la ejemplar enajenación del Banco Herrero y de Hidrocantábrico. El primero, vendido a los catalanes. La segunda, a los portugueses. Ese alambicado concepto, llamado asturianía (¿es ideológico, folclórico o, simplemente, costumbrista…?) fue utilizado por primera vez durante la segunda mitad de la década de los años 50 del siglo pasado. Lo puso de moda el periodista Juan de Neguri (José Antonio Cepeda) con sus famosas Crónicas de Asturias. Transcurridos treinta y cuatro años, el Gobierno de la Preautonomía asturiana, presidido por don Rafael Fernández, dictó una Ley de Reconocimiento de la Asturianía (2-mayo-1984), entre cuyas finalidades había dos principales: a), defender la identidad regional; b), colaborar en la defensa de los intereses asturianos.

Transcurridos otros venticuatro años, desde aquella ley, quienes saben de estas cosas -oligarquías políticas, grupos de presión académicos, etc…- acuerdan que el bable ni sirve para defender la identidad asturiana, ni contribuye a la defensa de intereses asturianos. Al bable, lo único que se le permite es que discurra subterráneamente por la sociedad regional. Y aun así, sólo en casos muy concretos. Con lo cual, el destino del bable es el de ser la lengua de las catacumbas. Me deja perplejo tanto cinismo.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Discurso en Bruselas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Junio 25th, 2008

El ojo del tigre

(Un alegato contra el pesimismo inorgánico de los asturianos.-)

Hace casi setenta y cinco años que don Benito Mussolini inventó el fútbol competición entendido como una eficaz herramienta para el trabajo político en su época: seducir a las masas. El fútbol, desde entonces, es algo más que un atroz desahogo colectivo: es una sonora arenga política. Aquel fabuloso descubrimiento -o invento…- mussoliniano, le abrió los ojos al Gengis Khan del siglo XX (Adolf Hitler), quien lo aprovechó para excitar a sus súbditos con motivo de celebrarse en Berlín las Olimpiadas de 1938. Un poco más tarde, como no podía ser menos, ese invento -o descubrimiento- del César romano enganchó al pragmático general(ísimo) Franco, el cual supo aprovechar también los benéficos efectos colaterales que provocaba la explosión emocional del fútbol español. Durante la tremenda depresión colectiva, que los desastres de la Guerra Civil habían causado en el ánimo del pueblo, se produjeron dos extraordinarios momentos de euforia españolista que, para asombro del mundo occidental, rasgaron las tinieblas de la posguerra y el unánime grito de victoria que se escapó del pecho de los españoles acabó por inundar de admiración superlativa al pasmado mundo cultural de Occidente…

El primero de esos momentos estelares fue el provocado por el prodigioso gol que Zarra (apócope de Zarraonaindía) les encasquetó a los ingleses en Brasil. Los ideólogos del régimen consideraron que gracias al gol, tan magistralmente trabajado por el futbolista vasco, España había conseguido -¡siglos después…!- rehabilitar su honor mancillado y roto por el desastre de la Invencible. El gol de Zarra hizo historia, pero, además, la hizo bien: humillando a la Pérfida Albión

El segundo momento cumbre se consiguió cuando Marcelino le metió su gol de oro a la URSS. Otra formidable ocasión para repicar las campanas convocando a la celebración de la derrota del comunismo soviético, que cayó tendido a los pies de España (una, grande, libre) por enésima vez. ¡Honor y gloria eternos al fútbol español…! Amén.

Estos dos épicos episodios hispánicos -cuyos ecos aún resuenan en la memoria colectiva de nuestro país-, constituyen sendos admirables antecedentes para iniciar aquí, en Asturias -patria querida, como es bien sabido- una batalla psicológica contra el funesto complejo de inferioridad que parece haber atrapado a la sociedad asturiana; excepto, a esa selecta minoría que ha sabido evitar los efectos dañinos, que provoca esa ola de pesimismo (inorgánico) que la invade. Y lo ha conseguido gracias a su enorme capacidad intelectual para descifrar los jeroglíficos de las estadísticas que elaboran los neoegiptólogos de la novísima economía global.

La gloriosa ascensión del Sporting de Gijón a los cielos de la Primera División es una oportunísima ocasión para iniciar la reconquista del optimismo orgánico, que la mayoría de los asturianos hemos perdido durante este largo período de pertinaz sequía futbolísticas; tanto en Atenas (Oviedo) como en Esparta (Gijón). Entre la crisis balompédica y la mal explicada reconversión industrial -la cual ha hundido más, si cabe, a los asturianos en la oscura depresión colectiva que los envuelve-, Asturias no es capaz de despegar. Salvo las honrosas excepciones citadas, los asturianos siguen pensando que en su región no hubo reconversión , sino desmantelamiento. Hasta ahora, han sido inútiles los esfuerzos realizados por los neoegiptólogos de la economía asturiana para explicarlo convincentemente.

Ha sido un equipo de fútbol quien, recientemente, hizo el milagro: los goles del Sporting -y su ascenso a la División de Honor- han conseguido romper esa larguísima mala racha encadenada al pesimismo inorgánico de los asturianos; quienes, por fin, han visto la luz al final del túnel. Repitamos solemnemente: ¡honor y gloria eternos al fútbol!

Conviene tener presente que, en esta vida, el éxito sólo está reservado para quienes son capaces de meter más goles que nadie… La inmaculada ascensión del Sporting es, en estos momentos, una divina fuente de inspiración política, económica y social. Probablemente, hasta sindical… A partir de esa irresistible ascensión de los goleadores de Gijón, se entienden muchísimo mejor los diagnósticos económicos y sociales que hacen los dirigentes públicos de esta singular Ínsula. El fenómeno adquiere carácter de milagro cuando nos damos cuenta de que Asturias y los asturianos -incluidos los neoegiptólogos- pertenecen a un mundo que está tambaleándose en medio de una profunda crisis económica.

Pues, aún así, los asturianos pertenecemos a un mundo diferente: porque Asturias crece, crea empleo y está dispuesta a convertirse en una ejemplar referencia para el resto de los países de la (supuesta) Unión Europea. El secreto de este milagro es muy sencillo: consulte las tablas de clasificación de los equipos de fútbol y no pierda el tiempo con las estadísticas económicas. Vale más un gol épicamente conseguido, que un euríbor en pleno crecimiento acelerado. O que un PIB en caída vertical… Gracias a esa fe en los goles, los asturianos se han convencido, por primera vez en muchos años de depresión, de que el señor presidente del Principado ha estado acertadísimo en su discurso en Bruselas. ¿Por qué? Porque sus palabras están empapadas en la torrencial euforia provocada por el triunfo del Sporting; el cual, viene a ser una modernísima versión del gol de Zarra y de gol de Marcelino. Por lo tanto, pongámonos de acuerdo y gritemos todos a una: ¡¡¡Gol…!!!

-Qué alivio.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Los arbitristas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Derechos, Economía, Política by reggio en Junio 18th, 2008

El ojo del tigre

La propuesta hecha por la ministra de Igualdad para la feminización del sustantivo masculino miembro ha provocado un tremendo trueno inquisitorial en el que están implicados, por un lado, los puristas de la lengua española; por el otro, los santurrones de la esencialidad españolista. Aquellos, porque con la doctrina de la Real Academia de la Lengua no se juega (a ser revolucionario ); estos, porque no toleran -ni en broma- que la más joven de las miembras del Gobierno de Rodríguez Zapatero pretenda audazmente feminizarles su divina masculinidad. Evidentemente, la ministra no tuvo en cuenta que, en este país, la derecha superlativa tiene muy sensible su entrepierna.

Lo más llamativo de este asunto -que es más político que lexicográfico- es que en esta estruendosa y virulenta reacción han coincidido solidariamente unos cuantos demócratas ilustrados con muchos demócratas neocatólicos. Es realmente llamativa esa coincidencia en atizar la hoguera inquisitorial con la que se quiere chamuscar a la joven hereje de la lengua sacralizada por los teólogos de la RAE. Sin embargo, no sorprende. Desde hace mucho tiempo -unas tres décadas- se suceden demasiadas coincidencias entre lo que piensan algunos demócratas de cuño clásico y los (seudo) demócratas de nueva impronta, a la hora de pronunciarse en voz alta -a veces, a grito pelado- sobre determinados aspectos de la política nacional.

Tantas coincidencias aceleran el recelo que tienen algunos sobre la calidad del actual lenguaje democrático. Y, más que nada, de su pureza ideológica. Esta rara unanimidad inquisitorial contrasta con los silencios -e indiferencia- ante la cada vez menos disimulada operación ultramontana para lograr la recuperación del viejo pensamiento fascista. O fascistoide, según los casos…

A nadie que tenga bien puestas las clavijas de la ideología democrática se le ocurre encender una hoguera para asar a herejes imaginados o reales. Más bien se pronunciaría abiertamente contra el peligro que entraña, para la convivencia nacional civilizada, la resurrección del apocalípsis de la democracia según Mussolini. O, probablemente, Hitler… Ya teníamos suficiente con la sutil mixtificación de lenguaje democrático (y las ideas) provocada por los neologismos supuestamente democráticos que introdujo la revolucionaria Transición, para que vengan ahora a adulterarnos -con sus tropos neofascistas- la pasable limpieza de la democracia que, según la constitución de 1978, propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político (Art. 1.1).

Por lo que se ve, nadie en este país se siente preocupado -mucho menos ofendido- por la cada vez más evidente ultraderechización de Europa; como lo demuestra, por ejemplo, el intento reduccionista de los derechos sociales conseguidos en el siglo XX, no sin grandes fatigas y graves riesgos para quienes lucharon hasta conseguirlos. Especialmente, la clase más débil: la obrera. Nadie alza su voz para defender la jornada laboral de ocho horas cuando se pretende aumentarla hasta alcanzar, por lo menos, las 65 horas semanales de trabajo. Nadie se atreve a rechazar contundentemente ese eufemismo capitalista (flexibilizar ) que propone revisar las actuales relaciones entre el capital y el trabajo.

Ni el Gobierno socialista obrero español -según afirman algunos-, ni los sindicatos obreros de clase (¿haylos…?), expertos, como el Gobierno, en emitir ambigüedades sociales y políticas; tanto filológica como ideológicamente. Si en este país -subalterno de USA y de Europa…- la izquierda ideológica fuera algo más que una simple hipótesis sociológica (o un barbarismo provocador, para mantener a la derecha atentamente vigilante) es posible que, entre entretener el ocio del proletariado español con teatrales flagelaciones a quienes osan avanzar hacia la igualdad social proponiendo incluso revisiones del lenguaje -tan del pueblo como de la RAE-, o luchar sin solapamientos por el derecho a disfrutar de ese derecho (ociar honestamente, después del trabajo racionalmente reglamentado), otra democracia nos cantaría al oído…

Hace mucho tiempo que esas graves ocurrencias del capitalismo global debieron declararse incompatibles con la cultura democrática, con el principio de igualdad de derechos, con los derechos y las libertades institucionalizadas mucho antes de que fuera democratizado el régimen -es decir, el Imperio- de aquel general que admiraba más a Hitler que a Mussolini.

Pero lo peor de todo no es que la neoprogresía -quiero decir, los antiguos progres reciclados por la Transición- enmudezca ante las barbaridades sociales que acuñan apresuradamente los filólogos del nuevo poder político-económico (o viceversa), sino que detrás de ellos avanzan a paso de carga las falanges que limpian, abrillantan, fijan y les dan esplendor a los viejos conceptos del fascismo europeo, que ahora quieren poner de moda otra vez. Gracias, sin duda, entre otros factores, a esa peculiar y talentosa pareja de líderes que componen los señores Sarkozy y Berlusconi. Pareja de arbitristas…

Lorenzo Cordero. Periodista.

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El vacío, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Junio 11th, 2008

El ojo del tigre

Si dijera que la Transición no es una gran obra ideológica, sino que se trata más bien de un simple fragmento político, ¿cuántos podrían sentirse ofendidos o, por lo menos, molestos…? Probablemente, muchos. Quizás, casi todos los que asistieron a su alumbramiento. Unos, como parteros. Otros, como simples observadores expectantes; puesto que la Transición -según se ha dicho y se repite con reiteración- es el gran mito ideológico parido por una sociedad (la española, evidentemente…) que temía que la caída de la dictadura franquista provocara un vacío metafísico que impidiera el tránsito de España hacia un futuro luminoso en el que la hedónica democracia (de mercado) iluminara la conciencia nacional y sirviera, al mismo tiempo, de sólido soporte para izar la bandera de la libertad.

Ya sé que esto es pura retórica política; pero es que, desde hace poco más de tres décadas, todo lo que nos rodea -ideas, discursos, soflamas, promesas…- es mera retórica de urgencia. Prácticamente, la misma retórica que sostuvo en pie aquella dictadura disfrazada de movimiento nacional durante cuarenta años.

La Transición es el fragmento más nuevo -por poco cometo la gran pifia: adjetivarlo moderno- de la clásica obra mitológica con la que se llenó el gran vacío que acababa de dejar aquella mezcla explosiva, que se llamó científicamente Franquismo, y que era una macedonia ideológica de catolicismo, militarismo, totalitarismo y patriotismo. Más de uno de los intelectuales orgánicos de aquella mezcolanza, que protagonizaba un monarca sin corona pero con gorra de plato, continuaron aportando claves para el análisis lingüístico y para la interpretación de la hermenéutica del nuevo sistema que pretendía llenar el vacío ideológico, político e, incluso, filosófico de aquel país que acababa de experimentar el tremendo hecho biológico, que lo dejaba sin líder, sin referencia espiritual y patriótica.

Ese fenómeno se lo explicó García Carres al coronel Tejero, hablando por teléfono, en un momento en el que el guardia civil parecía flojear después de haber asaltado el Congreso de los Diputados a punta de pistola. Le decía aquel orondo sindicalista: ¡¡Es España, coñoooo…!!

Si usted ha sido capaz de seguir leyéndome hasta llegar aquí, debo advertirle de que la Transición hay que aceptarla como lo que es: una realidad metafórica -digo metafórica, metafísica- que manó a borbotones milagrosamente de aquel enorme meteorito (que aplastó a la izquierda burguesa y a la obrera) cuando empezó a agrietarse con el paso del tiempo. No sólo conviene aceptarla, sino que además hay que hacer un esfuerzo personal para comprenderla con toda su enorme carga de contradicciones. Por ejemplo, que se hable de ella como si se tratara de un fenómeno ideológico moderno, cuando en realidad, no es más que una reinterpretación de la prehistoria españolista… El señor Zapatero va camino de graduarse como uno de sus más experimentados hermenéutas. Los otros dos, ya graduados, y honoris causa de la democracia, son el señor González Márquez y el señor Aznar López.

Para llegar hasta aquí, ha sido necesario primero experimentar la miseria de esa realidad institucionalizada; después, descubrir lo tremendamente aburrido que es autocomplacerse con tanta contradicción. Sobre todo, cuando te ves obligado a decir , cuando estás seguro de que lo más correcto -mejor dicho, lo ético- es decir No. El dilema que plantea esa gran metáfora llamada Transición es el siguiente: si dices lo que éticamente piensas, -o sea, No-, inmediatamente te excluyen como ciudadano fiable; aunque ellos corran la voz de que eres tú quien se autoexcluye del sistema que ha sido pensado para desarrollar intelectualmente al genero humano que dice ; porque le conviene, no porque crea honestamente que debe decirlo.

Siempre son más los que prefieren aborregarse con el rebaño, que los que se arriesgan a quedarse aislados de la manada.

El bipartidismo, entendido como método mecanicista que permite la alternancia entre los dos únicos partidos mayoritarios para gobernar el país, deja la democracia -que se prometía, cínicamente, pluralista- reducida a dos simples opciones políticas que sólo se diferencian entre sí en lo circunstancial, pero que son idénticas en lo sustancial. El bipartidismo ha marginado al pluralismo de la práctica democrática. Entre otras cosas, porque al sistema le interesa más evitar la participación ciudadana, con carácter universal, y afianzar la democracia de adhesión. No fue difícil conseguirlo: no olvidemos que veníamos de una larga y rigurosa adhesión inquebrantable… Dicho de otra manera: procedíamos de una tiranía.

Hegel (perdón por el atrevimiento…) pensaba que la tiranía es necesaria sólo cuando se produce el cambio de un sistema social a otro diferente. Incluidas las tiranías blancas o blandas. Teniendo en cuenta que la Transición fue un rocambolesco cambio de un sistema tiránico a otro distinto, no será un disparate reconocer que este sistema que nos controla y nos manipula ha sido posible gracias a un impulso tiránico, blanco o blando.

Tres décadas después de producirse aquel insólito fenómeno metafórico llamado Transición, que parecía que iba a liquidar aquel mundo uniformado y unificado políticamente, seguimos prácticamente igual que cuando aquel monarca absoluto sólo aceptaba que le dijeran . Es posible que ahora vuelva a ocurrir lo mismo porque, después de treinta años y pico de Transición, se hayan agotado los intelectuales orgánicos del bipartidismo y el sistema se ha cansado de funcionar debidamente. Con lo cual, un nuevo vacío metafísico podría amenazar el futuro de país, desestabilizar la legitimidad democrática y adocenar la utópica reconciliación. Me gustaría equivocarme; pero si ocurriera así ciertamente, y ya no hubiera nadie que estuviera dispuesto a llamar por teléfono para gritarle: ¡¡Es España, coñooo…!!, ¿con qué se llenaría ese vacío metafísico provocado por el desgaste metafórico de la Transición?

-Con la República.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Revisar ¿para que?, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Historia, Política by reggio en Junio 4th, 2008

El ojo del tigre

El segundo centenario de la invasión de España en 1808 por las tropas de Napoleón Bonaparte ha abierto un proceso revisionista de su historiografía, que inunda los ánimos populares de nuevas euforias épicas; a la vez que, en los espíritus cultos que protagonizan esa función revisionista se les desbordan también las emociones personales, hasta el punto de que -en algunos casos- se mezclan las intuiciones con los saberes académicos, y los prejuicios (religiosos y patrióticos) con las convicciones ideológicas que, en este momento, dinamizan el engorroso debate político que tienen abierto los dos partidos que monopolizan la hipotética democracia que nos vigila…

Se parte de un principio, que no es tal principio sino un mero indicio, que nos empuja hacia una conclusión que, en el mejor de los casos, es precipitada; quizás, emotiva, pero no es la regla fija a partir de la cual se debe entender definitivamente lo que ocurrió después de que el último soldado francés abandonara este país. Ese principio o indicio es el que sostiene que gracias a la lucha popular, que mantuvo a raya al poderoso ejército napoleónico, se implantó en España el liberalismo que habían teorizado tanto los ilustrados oradores de las Cortes de Cádiz.

Sin embargo, si leemos atentamente la historia que relata aquella peripecia, nos daremos cuenta de que, después de la francesada, lo que se impuso en España fue el despotismo -no el ilustrado, precisamente- con un rey que quiso ser como Napoleón

Lo que no se debe ignorar es que Fernando VII, cuando asienta sus posaderas reales en el trono (1814), lo primero que hace es abolir las instituciones liberales que se habían ido tejiendo durante la lucha; luego, perseguir a los personajes más distinguidos de aquella gloriosa etapa. Entre ellos, a mi paisano don Agustín Argüelles, a quien Fernando VII mandó recluir en el presidio de El Fijo, en Ceuta. ¿Su delito…? Haberse destacado como uno de los políticos más brillantes de aquella época -por su seriedad, su cultura y su patriotismo-, empeñado en corregir los vicios de aquel tiempo revuelto, en abolir la esclavitud, proclamar la libertad de imprenta… (Ribadesella tiene una deuda histórica y sentimental con este singular personaje, tímido y austero).

Manuel Tuñón de Lara lo dice en pocas palabras y contundentemente: con Fernando VII, “las innovaciones legislativas de las Cortes de Cádiz son rayadas de un plumazo”. (La España del siglo XIX . Barcelona, 1961). A este peculiar rey le cabe el dudoso honor de haber sido el primer bonapartista de España. El bonapartismo nace de la necesidad de mantenerse en el poder y consolidar sus principios, que son los que le dan contenido ideológico al régimen opresor. El hijo (díscolo…) de Carlos IV fue el precursor de un segundo bonapartismo en este país, con el que un general sedicioso dominó durante casi cuarenta años a los españoles. Entre Fernando VII -en el siglo XIX- y el general superlativo Franco -en el XX- hay un paralelismo personal y político que no deja de ser sorprendente. Los dos fueron actores estelares de dos etapas históricas distantes pero no muy distintas, en las que el despotismo y la arbitrariedad prevalecieron sobre todas las demás cosas. Si bonapartista radical fue el primero, bonapartista (y de las JONS) fue el segundo. Aquél surge de la lucha popular contra el invasor (1808-1814); éste, aparece con la Guerra Civil (otra lucha popular maltratada por la historiografía del 18 de julio). Ambos son dos déspotas que confirman la idea de que el bonapartismo es un peligro que amenaza a toda revolución.

Lo dice Robert Haveman, quien sostiene además que la revolución, que lucha por la libertad, experimenta siempre una transformación una vez conquistado el poder. Su finalidad principal es en aquel momento consolidar el contenido de la revolución (…) De aquí nace el peligro del bonapartismo. (Berlín. Universidad de Humbolt. 1963).

Es un interesante trabajo realizado por los sociólogos Benjamín Oltra y Amando de Miguel (antes de que cayese del caballo…), a propósito del bonapartismo y el catolicismo -entre los cuales sitúan al franquismo- incluyen una cita tomada de un trabajo de August Thalmeimer que dice: Fascismo y bonapartismo permitieron a la sociedad burguesa paz y seguridad, pero para demostrar que ellos son los indispensables como salvadores permanentes de la sociedad tenían que hacer creer que la sociedad se halla continuamente amenazada, en un estado permanente de desorden e inseguridad.

Así, Fernando VII persiguió sañudamente a los liberales. Franco también. Aunque éste acostumbraba a mezclar liberales, masones y comunistas para que su condición de centinela de Occidente fuera totalizador: aquí no se mueve ni el aire sin que yo se lo permita…

Hay dos maneras de revisar la historia: una, atendiendo a la mitología (Covadonga…); otra, sometiendo los hechos a un riguroso análisis científico. La primera es la más fácil, la que permite echar a volar la imaginación sin trabas. Y la más ortodoxa… La segunda, es la más arriesgada -en ciertas circunstancias, imposible de llevar a cabo- y la peor mirada: la marxista. De ahí se deduce el tremendo éxito que tienen algunos historiadores aficionados al revisionismo épico de la historia contemporánea. Como por ejemplo, el señor Moa y compañía.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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La confusa libertad (y 2), de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Medios, Política by reggio en Mayo 28th, 2008

El ojo del tigre

El texto orgánico de la Ley de Prensa de 1966 ocultaba una peligrosa trampa saducea: su ambiguo artículo segundo, en el que se decía que la libertad de expresión y el derecho a la difusión de informaciones reconocidas en el artículo primero, no tendrán más limitaciones que las impuestas por las leyes…. Esta perversa generalización fue complementada, pocos meses después de haber entrado en vigor la citada ley, con la reforma del Código Penal -al que le añadieron dos nuevos capítulos sancionadores-, y con la novedad del Estatuto del Periodista (1967). Así fue como aquella ley, que había sido interpretada como la ley de la liberalización de la profesión, se convirtió en una implacable máquina para triturar periodistas; los cuales, empezaron a experimentar las desagradables consecuencias del triple riesgo jurídico que les suponía el ejercicio de su oficio: el administrativo, el civil y el penal.

Dos años después del inicio de la aplicación de la ley Fraga, los expedientes administrativos, las sanciones (multas de hasta 50.000 pesetas), los procesos judiciales incoados por aquel surrealista Tribunal de Orden Público (TOP), y los secuestros de publicaciones se sucedieron ininterrumpidamente; prácticamente, hasta el año que se produjo el hecho biológico que significó el final de la dictadura (1975).

Uno de los casos más obscenos de aquella orgía de sanciones, secuestros y ceses fue el del diario de la noche Madrid, cuyo cierre y cancelación de su inscripción en el Registro de Publicaciones -por orden del Ministerio de Información y Turismo del 25 de septiembre de 1971- fue culminado con la posterior voladura del edificio en donde radicaba el domicilio social del periódico, cuyo accionista mayoritario era Rafael Calvo Serer.

Este insólito suceso provocó la perplejidad del mundo civilizado políticamente; entre otras razones, porque Madrid era un periódico abiertamente europeista. Su violenta desaparición del mercado de la opinión pública supuso la pérdida de una prestigiosa tribuna ideológica. El ministro que decidió aquel desatino orgánico, se llamaba Alfredo Sánchez Bella.

Cuando llegó el momento de enfrentarse a la realidad social y política que planteaba el final inexorable de la dictadura, en Asturias se experimentó el mismo fenómeno sociológico que atenazaba al país: el miedo a lo que llamaban el vértigo del punto cero. Volver a empezar. Eso era, en realidad, lo que significaba el tránsito desde la uniformidad totalizadora hasta la pluralidad ideológica y política de la libertad de imprenta. El miedo a experimentar un repentino vacío institucional antes de volver a sentir, bajo sus pies, la seguridad de las nuevas leyes, animó a muchos a practicar ciertas artes defensivas. Entre otras, el arte de parapetarse detrás de la ambigüedad ideológica; tanto desde el punto de vista teórico como desde la práctica simultánea de una indefinición (provisional, claro) política.

Aquellos instantes de graves dudas existenciales, y de serias vacilaciones públicas -por parte de aquellos que estaban obligados a contribuir a poner las cosas en su sitio- fueron aprovechados por los oportunistas de siempre para blindar sus intereses personales y los de su grupo, situándose en los lugares que presentían como los más seguros para materializar sus intenciones.

Este curioso fenómeno, que tenía un antecedente histórico -el ocurrido al final de la Guerra Civil…- posiblemente ayude a comprender cómo algunas piezas de aquella delicada colección de medios agrupados bajo el denominador común de Cadena de Prensa y Radio del Movimiento, que había sido utilizada con fines propagandísticos y pedagógicos, acabaron sumiéndose discretamente entre los nuevos instrumentos (de propaganda y cultura…) del sistema que sucedía al que, durante casi cuarenta años, había conseguido hacer, a su imagen y semejanza a, España y a los españoles. Algunos -los más- desaparecieron sin ruido: otros -los menos- consiguieron metamorfosear su imagen original para reinstalarse en el nuevo paisaje político.

El PSOE fue uno de los actores principales de ese auto sacramental que se representaba. Pero cuando le llegó el momento de tomar decisiones sanitarias, para evitar contagios con la gripe ideológica que acaba de sufrir el país, se cogió su responsabilidad con papel de fumar. Por ejemplo, en el asunto de la liquidación de los medios del antiguo Movimiento. Facilitó, en algunos casos, el tránsito de los mismos desde su cuna totalitaria -en la que habían nacido y medrado- hasta alcanzar la ancha y luminosa plaza de las libertades sin fronteras ideológicas…

Los nuevos partidos democráticos fueron, en muchos casos, los más entusiasmados defensores de la metamorfosis de aquella prensa de partido, en castos medios democráticos. En Oviedo, cuando llegó el momento de decidir qué hacer con la antigua prensa del Movimiento, la UCD optó por apostar por el periódico local del anterior régimen porque - decían- que su rentabilidad y difusión (entonces, en crisis evidente e inevitable ante un proceso de cambio) le hacían indispensables como vehículo de ideas -¿ideas o consignas…?-, fundamental en el ámbito del nuevo régimen autonómico. Por su parte, el PSOE argumentaba que la regionalización de estos periódicos sería la mejor fórmula para que no estuvieran al servicio del partido en el poder. Los primeros, ignoraban -o, quizá, no- que su rentabilidad y difusión habían sido consecuencia los privilegios políticos y económicos que les habían adjudicado los mandarines de la dictadura. Los segundos no se creían ni ellos mismos su hipótesis acerca de la independencia con respecto al poder.

La actual supervivencia de ciertas cabeceras de antiguos periódicos de la cadena gubernamental franquista, es uno de los misterios (gozosos) de la Santa Transición. Como también es otro misterio (doloroso) esa sensación que se tiene a veces, en esta autonomía, de haber regresado al régimen del partido único con el periódico igualmente único. Incluso, hay momentos en los que parece como si hubiéramos vuelto al sistema de los fondos de reptiles para premiar fidelidades y servicios mediáticos… Conviene aclarar que, en este momento, los fondos de reptiles se llaman -desde hace más de cincuenta años- publicidad institucional.

Lorenzo Cordero.Periodista.

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La confusa libertad (1), de Lorenzo Cordero en La Voz de Aturias

Publicado en Derechos, Medios, Política by reggio en Mayo 21st, 2008

El ojo del tigre

Mezclar la información y la opinión con el show mediático que se monta a diario en las televisiones es una barbarización del periodismo. Igual que celebrar, como si fuera el triunfo definitivo de la libertad de expresión sobre la censura en este país, la denegación de protección jurídica que ha dictado la jueza que intervino en la resolución de la demanda que había planteado, en este sentido, la hermana de la Princesa de Asturias es un juzgado de Toledo, es una barbaridad que anula el sentido común del análisis político de la situación real de los medios en la democracia actual.

La democratización de la función pública de los medios de comunicación en este país, aún está pendiente de una resolución política que nos permita distinguir, con nitidez, los contornos jurídico-políticos que la concretan, para poder complementar las generalidades que, sobre el derecho a la libertad de expresión, contiene el artículo 20 de la Constitución Española de 1978.

La transición procuró esquivar los debates más comprometidos para los estrategas de la reforma de la dictadura. Uno de ellos fue la exigencia de pedir responsabilidades políticas por los abusos cometidos durante el franquismo. Otro, establecer con claridad la defensa de la libertad de expresión en los medios.

Se optó por lo más fácil: dejar que fluyeran libremente las aguas cuya corriente arrastraba los residuos antidemocráticos que aún quedaban en pie del anterior régimen; hasta dejarlos que se perdieran en el horizonte del océano pacífico de la nueva democracia que acabábamos de descubrir. Lo que no se pensó entonces fue que aquellos residuos fueran devueltos a la playa durante la pleamar…

Plantearse esa necesidad cuando han transcurrido algo más de treinta años, desde que fueran reconocidos los derechos públicos, que, hasta ese momento, se les habían negado a los españoles, es demasiado tarde. Sobre todo, porque los vacíos que se produjeron en aquel momento se llenaron inmediatamente con los intereses creados desde el primer momento en que se produjo el cambio ambiguo del sistema.

Para intentar entender algo, conviene contemplar el paisaje mediático en toda su amplia dimensión histórica: primero, desde la ley totalitaria de 1938; luego, a partir de la Ley de Prensa de 1966, para concluir en la ambigua actualidad orgánica en que se mueven esos medios. La primera ley duró veintiséis años. La segunda, concluiría en 1978; es decir, en el momento en que la Constitución reconoce y protege el derecho a la libre difusión de los pensamientos. Pero, por la experiencia adquirida durante este tiempo, la realidad demuestra que la ley de Fraga sigue estando latente…

De acuerdo con esos tres períodos, que abarcan los tres estadios históricos más recientes del periodismo español, hoy la nueva ola profesional está protagonizada mayoritariamente por profesionales que se formaron durante la Transición y sus ecos. Es decir, sin censura ni control previos, pero con respeto a la justicia y rectitud de intención. (Estatuto del Periodista. 1967).

En este país, los periodistas fueron hasta ayer por la tarde funcionarios públicos. Unicamente, a partir de la entrada en vigor del Estatuto, su dependencia del Ministerio correspondiente era solapada bajo la supuesta libertad que sugería la Ley de Prensa. Hoy, esa condición de funcionario público no existe realmente, pero cabe la posibilidad de suponérsela a una buena parte de los profesionales. Sobre todo, cuando se quiere sobrevivir en medio de la espesura de la actual selva mediática.

Cuando se produjo la entrada en vigor de la llamada Ley de Fraga se pudo constatar un curiosísimo fenómeno político: la citada Ley de Prensa se interpretaba como si fuera una auténtica ley de libertad de expresión. Es decir, se establecía una identidad falsa entre ambas. Hasta ese punto se había deformado el concepto de libertad.

Sí, existía, en cambio, un parentesco orgánico entre la Ley de Fraga (1966) y la de Serrano Suñer (1938): las dos establecían castigos gubernativos para cuando la autoridad competente entendiera que lo publicado entorpecía la labor del Estado o sembraba ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles (1938). Esa puerta nunca ha sido definitivamente cerrada… Probablemente, porque todavía no haya la suficiente confianza en la ciudadanía, por si acaso ésta aún no ha tenido tiempo para facilitar el robustecimiento de la inteligencia de los débiles.

Hace cincuenta años, en el ambiente del periodismo de vanguardia flotaba un halo de optimismo frente al futuro. En las redacciones de los periódicos llamados independientes surgió una cierta confianza en que las cosas iban por buen camino: había una nueva mentalidad profesional; se creía que la libertad de empresa mediática materializaría la libertad de expresión real en las redacciones; que los periódicos eran posibles también sin el control de las instituciones del Estado. Se entendía que la libertad de prensa estaba íntimamente ligada con la libertad de empresa periodística. Aquellos años fueron el tiempo de una inocencia que hacía más llevadera la larga espera de la llegada de la hora en que la libertad de pensamiento estaría por encima de los intereses del Gobierno.

Pero, cuando nos despertamos, nos encontramos con la realidad que aún nos agobia: la libertad de prensa -,de pensamiento, de expresión…- es una utopía.

Hoy, quizás sea más fácil lograr que un tribunal acepte tutelar la vida pública de los famosos de la tele que conseguir liberar a los profesionales del periodismo de la peligrosa ambigüedad orgánica en que desarrollan su trabajo.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Instinto politico, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Asturias, Economía, Política by reggio en Mayo 14th, 2008

El ojo del tigre

El céntimo sanitario con el que se grava el consumo de carburantes en Asturias, con el pretexto de financiar a la sanidad pública, no es un invento del Gobierno socialdemócrata del Principado de Asturias, sino una ocurrencia que tuvo el PP aznarista cuando controlaba con mano firme el timón de la nueva España imperial. Entonces, quienes protestaban por ese impuesto eran los dirigentes del PSOE asturiano por considerarlo injustificado o, por lo menos, vagamente definida su funcionalidad específica. Mas, una vez caducado aquel Gobierno ultraespañolista, el céntimo sanitario continuó disfrutando de una impetuosa vitalidad fiscal. A pesar de las protestas de sus antiguos inventores…

Visto este impuesto desde la actual perspectiva orgánica del Principado de Asturias, el dichoso céntimo se considera que es legal y necesario. Sin embargo, los clientes del mercado de combustibles -no necesariamente militantes del PP- lo ven como si se tratara de un incómodo obstáculo para poder frenar a tiempo la imparable velocidad, con que se les ha disparado el gasto personal. Son, evidentemente, dos puntos de vista irreconciliables. Para intentar comprenderlo se debe tener en cuenta que quienes gobiernan, independientemente de la religión política que profesen, son adictos a la fiscalidad universal sea cual fuere su cualidad abrasiva. Los impuestos, en la vida cotidiana de esta moderna democracia de consumo, son algo más que una medida de disciplina social: son una costumbre. Y la costumbre, por lo visto, hace ley. En este sentido, nuestros gobernantes son ortodoxamente costumbristas…

Esa ópera del céntimo representada en Asturias desde hace varios años con un éxito arrollador, es sólo una parte del grandioso y complejo espectáculo que se desarrolla ininterrumpidamente en el escenario político de este país, desde que se alzó por primera vez el telón para que los partidos canten -sólo a dos voces- el himno de la divina comedia de la democracia. Precisamente, en este mismo momento aparece en escena -sola, desolada y abandonada frente a las candilejas- la Generalitat de Catalunya interpretando a Tántalo, sediento de recursos económicos; mientras, entre bambalinas, se oye al coro de barones autonómicos del PSOE clamando también por las fuentes de financiación del Gobierno, acuciados igualmente por la misma sed e indénticas prisas para saciarla.

Esta parte del espectáculo político es, probablemente, uno de los momentos más dramáticos de la heroica democracia española; la cual, como se sabe, es un producto elaborado exclusivamente para satisfacer a los clientes del mercado del consumo político nacional. Por lo tanto, una producción sujeta a las leyes -legales y necesarias, también- del libre mercado neoliberal.

En cuestiones económicas, todas las autonomías quieren ser catalanas. Incluso, una región tan difuminada en el norte atlántico de la Península Ibérica, llamada Asturias, quiere ser catalana en términos económicos. Aunque sea por decreto-ley, que es la vía más rápida, más fácil y más segura para serlo. Realmente, la actual tragedia política de Catalunya no lo es tanto por el viejo anticatalanismo españolista, como por la oposición que le hacen a la Generalitat las cuñas de la misma madera autonómica que la catalana. Para aliviar la presión interna que los barones autonómicos del PSOE (a propósito: un PSOE con barones pero sin obreros, ¿qué clase de PSOE es?) ejercen sobre el Gobierno de Zapatero, para que éste no negocie bilateralmente con Catalunya, se ha prestado a atajar la posible crisis interna en el partido el expresidente Felipe González. Plantea la necesidad de posponer el delicado asunto de financiación autonómica hasta que se resuelva el problema de la desaceleración económica.

La FSA, como no podía ser de otra manera, asume la tesis de González, lo cual, quiere decir que apoya la idea de frenar una posible disputa familiar por culpa de la insistencia catalana para abrir negociaciones (tú y yo) como quiere abrirlas José Montilla.

El instinto político del sabio F.G. alertó al instinto de Zapatero, y este puso en marcha el de la FSA; o sea, el del Gobierno del Principado. ¿Para qué discutir por dinero si, de momento, nos estamos quedando sin blanca? (El inciso es imprescindible: en Asturias, el Gobierno es dual. Por un lado, está el Ejecutivo propiamente dicho. Por el otro, tenemos a la FSA. Es decir, al partido. Son dos entes jurídicamente complementarios, que responden a una histórica necesidad política que se puso de moda en la Europa de los años 30 del siglo pasado. En España, esa moda alcanzó el cénit de su función pública a partir de 1939; prolongándose luego a lo largo de las tres décadas y media siguientes; hasta que, en 1977, después de un brevísimo momento electoral democráticamente puro, volvió a retomarse la vieja costumbre de complementar el gobierno con la acción del partido… O viceversa. En cualquier caso, ésto es mera Historia Sagrada de España).

Pienso que es justo -o sea, legal- y necesario felicitar a la FSA por su hábil, rápida e instintiva estrategia orgánica. Supongo que, sin darse cuenta, acaba de darle la razón a un clásico de la táctica política española en el siglo XIX; posiblemente, maestra de la democracia actual. El conde de Romanones dejó escrita esta aguda sentencia: El instinto político sirve, sobre todo, para aprovecharse de lo imprevisto. En este caso, lo imprevisto es esa inoportuna desaceleración económica que anuncia la proximidad de una posible crisis de efectos letales para la superestructura del mercado nacional y, por carambola, para la superestructura política. La proposición filipina, que hace el señor González, sirve para enmascarar lo que más les preocupa a los estrategas del actual poder político: la posibilidad de una crisis de la fraternidad en el seno del PSOE actualmente reinante.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Una historia interminable, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Mayo 7th, 2008

El ojo del tigre

La oportunidad de ese suave e intenso diluvio de elogios dedicados a la figura política del expresidente Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, con motivo de su repentino fallecimiento, se aprovecha para refrescarle a la Transición su ya ajado jardín mitológico. Precisamente, en un momento en el que esa historia interminable, en la que se relata el prodigioso trasvase ideológico del histórico esencialismo españolista -desde los viejos cauces legales de la dictadura franquista, hasta el sistema de riego democrático por aspersión de las nuevas libertades condicionadas-, parecía haber perdido la frescura de sus principios políticos… Estamos llegando al final de la historia del cambio psicológico, no ideológico, que proponía el PSOE (r) durante su campaña electoral del 28-O de 1982, e iniciando los comienzos de otro proceso de recambio: el de la derechización sin rodeos de la Monarquía inventada por un superlativo general que gobernó en España con el mismo genio con el que reinó Fernando VII.

La historia del breve período presidencial de Calvo-Sotelo (duró desde febrero de 1981 hasta noviembre de 1982) es la de su biografía pública personal. Es decir: la de un hombre que quiso ser, para los españoles, un presidente distinto y distante; de acuerdo con esa broma semántica que él mismo hizo famosa con uno de sus discursos que eran, además de cultos, una mezcla de ingenio intelectual y de divertido juego de palabras.

Elegido para suceder a un Adolfo Suárez naufragando en medio de las procelosas aguas de la UCD y a merced de los voraces cocodrilos de su propio partido, el tecnócrata Calvo-Sotelo emprendió su ascensión hasta la cúpula del poder político rodeado por todos los fantasmas del tradicional golpismo decimonónico, tras la conjura de militares y civiles obsesionados con neutralizar una débil y tierna institución democrática parlamentaria, porque estaban dispuestos a darle la vuelta a la tortilla que habían preparado los cocineros de la Transición durante el Pacto de la Moncloa.

Ee en ese momento cuando se concreta el mérito principal de este personaje; su imperturbable actitud de perseverar en la fórmula democrática que su antecesor había determinado aplicar para culminar la reforma de la dictadura. La primera necesidad que Calvo-Sotelo tuvo que resolver consistía en demostrarles a los golpistas del esperpéntico 23-F que la hora del militarismo iracundo había pasado a la historia, y que en su lugar se había instalado la voluntad democrática de la sociedad civil. La segunda, era harina de otro costal. Y la tenía en la despensa de su propio partido.

La conspiración gótica que protagonizaba el grupo más derechizado de la UCD, constituía la segunda papeleta que debía resolver el nuevo presidente. No se lo permitieron los cocodrilos que ya habían invadido las aguas del partido. Pero tampoco acabó devorado por ellos de puro milagro intuitivo.Para diferenciarse de Suárez, intentó evitar su enclaustramiento en La Moncloa -algo que no pudo lograr su antecesor-, y prodigó sus visitas a las antiguas provincias que, entonces, estaban en vísperas de estrenar una ilusionada autonomía.Al mismo tiempo, pretendió derechizar al complejo partido centrista que había heredado; pero no se lo aceptaron ni los suaristas ni los socialdemócratas. Eran enemigos de convertir a la UCD en una nueva CEDA.

Agobiado por los problemas, Calvo-Sotelo disuelve las Cortes Generales y anuncia nuevas elecciones legislativas para el 28 de octubre de 1982. Sin saberlo, acababa de elegir el momento en que debía ser devorado por otros cocodrilos: los del PSOE (r), que lideraba Felipe González.

El período presidencialista de Calvo-Sotelo coincidió con los primeros síntomas de un fenómeno sociológico, que se llamó desencanto. Uno de los primeros síntomas de esa patología democrática lo propició la crisis orgánica de la UCD. El segundo llegaría con el estilo de gobierno que caracterizó al PSOE (r): después de unos eufóricos momentos iniciales -tras el triunfo electoral del 28-O de 1982-, se produce la gran decepción de la izquierda más inteligente de este país, cuando descubre que los socialistas gobiernan igual que lo hacía la derecha.

En este aspecto, Calvo-Sotelo demostró ser mucho más coherente que aquel bisoño socialista (¿ improvisado?) que le había sucedido en la Presidencia del Gobierno. Quizá ocurrió así porque en la biografía política del primero había más densidad ideológica que en la historia personal del segundo. Calvo-Sotelo se había integrado en las Juventudes Monárquicas, que presidía Joaquín Satrústegui, a los dieciséis años de edad, en 1942. Católico absoluto, militó también en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP). En 1957, contribuyó a la fundación de un partido que se llamó Unión Patriótica, que fracasó cuando pretendió intervenir en la política de aquel momento. Más tarde, en 1975, participó en la creación de Fedisa, junto con Fraga, Pío Cavanillas, Areilza y otros, con la intención de vertebrar un partido de ideología conservadora que liderara el traspaso de la dictadura a la monarquía.

Es decir, Calvo-Sotelo no sólo era, en teoría, un político nato y neto de la derecha conservadora; sino que, además, fue coherente, en la práctica, con sus ideas. Algo que, en estos tiempos que nos agobian, tiene un mérito personal incuestionable. Incluso asombroso. Reconocerlo es obligado.

Decía yo que, con el pretexto de reconocerle sus méritos personales al presidente más breve que hubo, hasta ahora, en esta espectacular democracia de consumo, la historia interminable de la Transición había refrescado su resaca mitológica después de treinta y tantos años de su uso y abuso. Esa frescura es, por lo visto, la moda que determina la permanente necesidad de renacer de las propias cenizas de nuestro actual sistema de cohabitación, no de convivencia. La audacia de algunos políticos los lleva a adentrarse más allá del mero umbral histórico de nuestra ajetreada democratización: llega hasta instrumentalizar cínicamente la no menos mitológica Guerra de la Independencia, en 1808, para enmascarar un discurso ideológicamente reaccionario con fines tan bastardos como, por ejemplo, intentar dirimir los conflictos que generan las actuales miserias políticas. A ver si esta democracia de mercado es capaz de sobrevivir al revisionismo interesado que plantean los partidos del esencialismo español .

Lorenzo Cordero. Periodista.

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La otra iglesia, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Asturias, Política by reggio en Abril 30th, 2008

El ojo del tigre

La inteligencia española se nutre con la leche de dos singulares amas de cría, las cuales están presentes en todos y cada uno de los momentos capitales de la vida nacional. La primera es la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana. La segunda, el Alma Mater, es decir, la no menos secular Universidad Española. Las dos son expertas en el arte de enseñar educando y en educar enseñando; a partir de cuya experiencia didáctica, ambas determinan la conciencia pública de la sociedad que constituye la esencia del país. Decir que los españoles en general son hijos reputados de dos iglesias deterministas es una perogrullada tan simple, que el sólo hecho de advertirla descalifica a quien osa denunciarla.

Entre la Santa Madre y el Alma Mater fluctúan, por un lado, el ser y el estar de los españoles; y el saber y el actuar de los mismos, por el otro. Durante muchos años, la Universidad española estuvo -y en gran medida, lo sigue estando- sometida a la autoridad moral de la Iglesia Católica. En el texto de aquel oneroso Concordato firmado entre el Estado franquista y la Santa Sede se decía: En todos los centros docentes de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustará a los principios del Dogma y de la Moral de la Iglesia católica… (Art. 26). Esto suena tan antiguo, que es posible que esa injerencia explícita de la Santa Madre en el Alma Mater pertenezca ya al capítulo de la arqueología ideológica española.

Pero, si no la letra, lo que suena todavía es la música. Lo que ni se oye ni se escucha es la letra y la música del Concilio Vaticano II, uno de cuyos decretos decía: La Iglesia no quiere mezclarse en modo alguno con el gobierno de la autoridad terrena. Aquel memorable Concilio de las Libertades -tan cínicamente menospreciado hoy- pretendía defender la libertad de vivir: para creer, para amar, para practicar la fe, para servir a Dios…

Vuelve a estar de moda la necesidad de reclamar la autonomía universitaria. Esta antigua reclamación fue matizada, hace más de treinta años, por un grupo de profesores universitarios en Madrid, en un Manifiesto de la Universidad en el que se decía, además de otras cosas, que era mucho mejor crear un par de universidades realmente autónomas, capaces de crear doctrina autonómica, de acertar, equivocarse y rectificar hasta conseguir un modelo practicable y respetable. No se hizo así, porque la experimentación y la novedad siguen asustando, y se dio de golpe una autonomía a quien no la quería ni estaba preparado para ella. Cualquiera que lea los tristes estatutos de casi todas las universidades ha de preguntarse para que c… (sic) querían la autonomía (1972).

Cuando se invoca la autonomía universitaria, lo que en realidad se está pidiendo es una absoluta seguridad en la financiación de sus funciones públicas. Quizás, también se esté reclamando una Universidad libre. ¿Quién arriesgaría su prestigio personal afirmando que, en la actualidad, la Universidad es libre? La respuesta es tan obvia que el simple hecho de formular la pregunta podría ser considerado una ocurrencia irrespetuosa con la realidad, o una descarada provocación. Es evidente que, a partir de 1939, la Universidad nunca ha sido libre. Mucho menos cuando en 1943, un grupo de intelectuales falangistas dictaron un texto preliminar para una Ley de Ordenación Universitaria con el pretexto de fijar los principios básicos para una Universidad pública y estatal: La Universidad es el ejército teológico para combatir la herejía y la creadora de la falange misionera que debe afirmar la unidad católica. En aquella ley, escrita al calor del fragor retórico de aquel tiempo histórico (el franquismo teologal) lo que importaba era garantizar la mística del grupo y no las tareas científicas que se le deben suponer a la institución universitaria.

Años después, uno de los redactores de la citada ley confesaría que su pretensión era defender el monopolio de las universidades por el Estado, pero que no fue posible salvar el obstáculo que representaban las cauciones que, previamente pactadas con la jerarquía eclesiástica, se habían establecido. (Antonio Tovar. Un comentario personal sobre la Universidad libre. Revista de Occidente. Madrid. 1.967).

Coincidiendo con las recientes elecciones para rector en la Universidad de Oviedo ha vuelto a especularse sobre su presente y su futuro. De este episodio llaman la atención dos cosas: una, que la Universidad de Oviedo parece confiar su futuro al mercado de los intereses de las empresas privadas; otra, la elevada abstención electoral que han protagonizado los estudiantes. La primera, provoca muchas filias; pero también algunas severas objeciones; la segunda, reclama una honda reflexión sobre el estado actual del movimiento universitario. Precisamente, al calor de las desatadas pasiones que, cuarenta años después, provocan los recuerdos de aquel mítico Mayo del 68 en París. Un suceso que no fue, en realidad, una revolución auténtica, sino una prolongada algarada protagonizada por los hijos de papá en aquella Europa de la nueva burguesía posbélica.

Adjudicarle a la institución universitaria española la responsabilidad de abastecerles a las empresas privadas profesionales idóneos para resolver sus necesidades y garantizar sus intereses, quizá suponga reconvertir a la Universidad en un mayúsculo Centro de Formación Profesional altamente cualificado. Para quienes no son partidarios de esa reconversión universitaria, porque consideran que ésa no es la función que le corresponde realizar a la institución académica, sería injusto aceptar que las necesidades empresariales privadas se financien con dinero público: Es una vuelta de tuerca más de lo que Galbraith llamó la revolución de los ricos contra los pobres, las empresas no se conforman con pagar cada vez menos impuestos: ahora quieren también el dinero de los contribuyentes. Y a esto se le ha llamado poner a la Universidad al servicio de la sociedad. (Golpe de Estado en la Academia. Carlos Fernández Liria. Público, pág. 6, lunes, 31-marzo-2008).

En cuanto a la inhibición demostrada por los estudiantes en las recientes elecciones, ¿qué decir? Que el sistema puede sentirse satisfecho de su minucioso trabajo de desactivación de los mecanismos de la rebeldía juvenil. Ya en mayo del año 1978, un grupo de profesores y estudiantes universitarios ovetenses, agrupados bajo el nombre de un colectivo llamado Once de Diciembre, planteaba en un análisis crítico del movimiento universitario bajo el franquismo (revista Alborá ) la necesidad de abrir un debate en profundidad sobre este asunto: Hay un abandono de las posiciones utopistas de la fase radical del movimiento universitario, generando corrientes antiutopistas a la búsqueda de paraísos de circunstancia (el pasota y el enrollado, en la jerga marginal)

Si sólo dos de cada diez universitarios han votado en las pasadas elecciones, ¿en dónde estaban los ocho restantes? Probablemente, enrollados en el paraíso de la actual sociedad de consumo.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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