Reggio’s Weblog

El laboratorio de la regresión, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Mayo 6th, 2008

La derecha italiana se ha soltado el brazo. Berlusconi, fiel a sus bravuconadas, ha hablado del retorno de las falanges a Roma, como si el fascismo fuera un episodio divertido de la historia de Italia. Alcaldes de la nueva mayoría -el de Treviso, en una entrevista en este mismo periódico- alardean de que su política sigue los valores del fascismo y del catolicismo. El saludo fascista irrumpe en las celebraciones de los vencedores. El desprecio a la libertad de expresión y a la separación de poderes es el pegamento que une a los diversos grupos de la mayoría berlusconiana. El odio a los perdedores -sea la gente del Sur, sean los inmigrantes- es el alpiste espiritual con el que la Liga y los posfascistas motivan a sus ciudadanos. Con todo este repertorio no hay ninguna duda de que el culto al dinero y la insolencia se han adueñado de Italia. Lo más grave, sin embargo, es la impunidad. Años atrás estos políticos gritones que creen que el mundo es una pelea de machos no habrían osado dejar rienda suelta a sus ocurrencias racistas, xenófobas y fascistas. Sabían que la opinión pública lo hubiera rechazado: la memoria del fascismo y del nazismo estaba viva. El antifascismo era el lugar común contra el que se habían construido los regímenes de posguerra. El fascismo sólo tenía sitio al margen del sistema. Ahora, en una Europa en la que la globalización toma, entre otras, la forma de inmigración masiva, el racismo, la xenofobia y el fascismo son los materiales con los que se teje el discurso populista. La izquierda y la derecha liberal tienen buena parte de culpa, por tener demasiado miedo a los miedos de la gente. Y por encogerse a la hora de defender los valores básicos de respeto igual a todos y de reconocimiento al otro.

Sarkozy no tuvo reparo en la campaña electoral francesa en pisar todas las líneas rojas del fascismo y la xenofobia. La coartada era el lepenismo: se trataba de dejarle sin discurso. Mal negocio si para liquidar al lepenismo se tiene que asumir su miserable cultura del odio al extranjero. En España, la derecha enseñó los dientes al hablar de inmigración en la campaña electoral, con exigencias no por ridículas menos preocupantes sobre las costumbres de los inmigrantes. Su rechazo a la ley de memoria histórica no podía disimular un intento de blanquear el franquismo e igualar la legalidad fascista y la legalidad republicana. Algunos dirán que en una sociedad democrática no hay espacio para los tabúes. Y que es bueno que la gente diga lo que piensa. Al fin y al cabo, el racista sólo se perjudica a sí mismo, porque, como decía Aimé Césaire, al querer reducir a la animalidad a una parte de la especie humana no hace más que animalizarse a sí mismo. Pero una sociedad democrática requiere un mínimo de valores compartidos y entre estos no caben el racismo ni la xenofobia, que son contrarios al reconocimiento mutuo en que se funda una sociedad en la que todos deberíamos tener iguales derechos.

Más bien a lo que estamos asistiendo es a una perversión de la democracia, que sitúa las opiniones de los ciudadanos por encima de los valores que la hacen posible. La derecha y parte de la izquierda justifican sus desvaríos populistas con el argumento de que es lo que la gente piensa. ¿Cuál es la función de un líder o un partido democrático: difundir los valores democráticos a asumir las bajas pasiones de la ciudadanía? Según una encuesta de las Cajas de Ahorros, en 1990 sólo el 8% de los españoles sentía rechazo por los extranjeros, hoy lo siente el 32%. Naturalmente, es el contacto con el otro el que despierta las pulsiones racistas. ¿Cuál es la función de los gobernantes: dar gusto a este 32% o demostrar que los problemas de convivencia pueden resolverse sin detrimento de los valores democráticos básicos?

¿Por qué una parte de la ciudadanía reacciona así? Por miedo y por la legitimación del etnicismo (con la correspondiente exaltación del multiculturalismo), que ha sido aceptado por la comunidad internacional como vía de resolución de conflictos, por ejemplo, en la ex Yugoslavia. Hace tiempo que el miedo viene siendo alimentado desde muchos ámbitos de poder. La inmigración y el terrorismo islamista han sido utilizados sistemáticamente -y a veces entrelazadamente- para sembrar inseguridad en la ciudadanía. Los ciudadanos temerosos son más fáciles de dominar. El etnicismo es la fantasía arcaica de la sociedad homogénea como estado natural del hombre, un sueño imposible en sociedades que ya siempre serán heterogéneas, que sólo pretende excluir del poder a unos muchos. Resultado: la calidad de la democracia está en juego. El estallido de la desvergüenza neofascista en Italia coincide con las noticias sobre un plan de la Unión Europea para deportar a ocho millones de ilegales. El presidente José Luis Rodríguez Zapatero, recién llegado al poder, hizo una regulación masiva de los muchos inmigrantes irregulares que había en España. Era a la vez un acto de realismo -mejor un inmigrante legal que uno ilegal, es decir, con derechos y obligaciones- y de reconocimiento. Desde entonces la presión de las derechas europeas ha convertido las regularizaciones en tabú. Y Zapatero se ha puesto a la defensiva. Ocho millones de personas devueltas a su país es el sacrificio que los gobernantes europeos han decidido celebrar en el altar de los miedos de los ciudadanos europeos. Tiene algo de segunda vuelta de tuerca del colonialismo. Los ciudadanos de las antiguas colonias han alcanzado el corazón de las viejas metrópolis. La respuesta son muros y expulsiones; ¿eso es todo lo que Europa tiene que ofrecer? ¿No hay nadie ni a derecha ni a izquierda capaz de defender la razón democrática?

Siempre me he manifestado contrario al multiculturalismo. Ciertamente, la ley no la hace el último que llega, sino el conjunto de los que estamos aquí. Y a ella tenemos, todos, la obligación de someternos. Las barreras que impiden la entrada son muchas y algunas de ellas ignominiosas -como las vallas de Ceuta y Melilla. Expulsar masivamente a los que consiguen entrar y hacer de ello bandera sólo puede entenderse desde una idea equivocada de la democracia que da carta de naturaleza a la demagogia, desde el recurso innoble al populismo, desde la miserable especulación con el miedo de la gente, que disimula mal la incapacidad de dar soluciones concretas a problemas concretos. El panorama es desolador: con la Unión Europea dispuesta a hacer un ejercicio de expulsión masiva propio de un sistema totalitario, lo que ocurre en Italia no es ninguna anomalía: ¿será el laboratorio de la nueva regresión europea?

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¿Qué hacer con los partidos?, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Publicado en Política by reggio on Abril 27th, 2008

La pelea entre Clinton y Obama por la nominación demócrata está a punto de provocar el suicidio político del partido. El PP vive la clásica crisis poselectoral del que ve cómo la estancia en la oposición se prolonga sin perspectivas claras de volver al Gobierno. Las peleas entre sus líderes sobre cuál es el camino a seguir y quién es la persona adecuada han hecho que la labor de oposición quede suspendida por mudanza interna. El presidente Rodríguez Zapatero forma un Gobierno con más independientes que militantes: ¿los partidos políticos han dejado de ser el instrumento adecuado para la selección de los cuadros de Gobierno? La desconfianza de la opinión pública hacia los partidos es más alta que nunca. La ciudadanía les ve como responsables de que la clase política se haya convertido en una casta cerrada, cargada de intereses, sin otro objetivo que el poder a toda costa. ¿Está agotada la forma partido? Me temo que lo que podríamos inventar para sustituirlos se parecería mucho a lo que son hoy, a fin de cuentas, la codicia y la ambición son cosas muy humanas. Lo sensato sería pensar en unas reglas del juego más transparentes que limiten el poder destructivo de las bajas pasiones.

¿Cuáles son las funciones de los partidos políticos? Fundamentalmente, tres: representar a los ciudadanos en las instituciones políticas; conquistar el poder y seleccionar el personal adecuado para ejercer las tareas en los diferentes ámbitos de Gobierno.

El malestar de los ciudadanos empieza por la difícil relación de representación. Por razones de eficiencia -de gobernabilidad, dice el eufemismo-, los sistemas democráticos han ido evolucionando hacia el bipartidismo. El bipartidismo ofrece unos trajes de una talla tan universal, que es difícil que cada ciudadano la sienta como la adecuada a sus medidas. Con lo cual, la relación de representación se fragiliza. A partir de ahí, el voto responde más a criterios de eliminación (que no gobierne fulano de tal) que a criterios de acción positiva. El ámbito de lo político aparece cada vez más como un coto cerrado que opera como un club con derecho de admisión reservado, al que es muy difícil que nuevos partidos puedan acceder.

La conquista del poder es el motor de la acción de los partidos. A veces, las propias dinámicas de partido le convierten en el principal obstáculo para alcanzar su principal objetivo. Es de buena práctica democrática que los militantes e incluso los electores puedan decidir quién deber ser el candidato del partido. Pero esta práctica -sobre todo cuando es efectiva y hay una disputa con varios candidatos- choca con la eficacia en la lucha por el poder. Un candidato mediocre pero incontestado es un valor más seguro para la victoria final que dos buenos candidatos enfrentados en una depredadora batalla. Otra vez se impone el mismo cliché: más democracia, menos eficiencia. Y los medios de comunicación, que amplifican la batalla, son los primeros que después critican la desunión.

La selección de cuadros dirigentes es especialmente importante en unas sociedades en las que por su complejidad no basta con la experiencia política para ser un buen gobernante. Un ciudadano que haya entrado de joven en un partido y que haya hecho toda la carrera en su interior, sabrá manejarse muy bien en los entresijos de la casta política, pero tendrá déficits importantes a la hora de pensar y diseñar estrategias de gobierno en un mundo tan exigente como el actual. Y entonces qué ocurre: que se busca fuera gente con mayor preparación técnica, aceptando que el criterio del jefe es más eficiente a la hora de seleccionar el personal que los procedimientos democráticos. Lo cual tampoco está exento de riesgos, como ponen de manifiesto dos fracasos solemnes, el de Manuel Pizarro, quemado en dos meses, o el del ahora repescado Miguel Sebastián, en la legislatura anterior.

De modo que, en la práctica, las ineficiencias de los partidos se resuelven sustituyendo el poder democrático por el poder carismático, entregándose ciegamente al líder de turno. Es el habitual recurso a los congresos a la búlgara y la exclusión de los críticos, en nombre de la sagrada unidad del partido. Los problemas llegan cuando el liderazgo flaquea. Y nadie tiene la autoridad absoluta para silenciar al resto. Zapatero demostró en el Congreso del PSOE del 2000 que se puede sacar beneficio de estos momentos de desconcierto. ¿Cómo garantizar la función de los partidos sin provocar el caos? Con más democracia interna, sobre reglas claras. Es un riesgo, pero un riesgo necesario si no se quiere que los partidos sean el cuarto oscuro de la democracia. Si se aplicara esta receta, quizás la opinión que los ciudadanos tienen de los partidos mejoraría.

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El agua y la política del tabú, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Publicado en Ecología, Economía, Medio ambiente, Política by reggio on Abril 22nd, 2008

De la crisis del agua, que lleva meses emborronando portadas, emergen algunas deficiencias profundas de la política catalana. Para empezar, la ineficiencia. ¿Por qué es tan difícil tomar una decisión que ahora todo el mundo parece reconocer que era la de sentido común: la más barata, la que menos alteraciones provocaba, la menos arriesgada, la más fácil de asumir por todas las partes? Me consta que ya a principios de año en Presidencia de la Generalitat se tenía claro que esta solución proveniente del minitrasvase del Ebro era la más razonable. Se mareó la perdiz hasta las elecciones para no molestar a Iniciativa per Catalunya (ICV), que actuaba en este caso como minoría de bloqueo. Se permitió que tomara cuerpo una solución que ahora todo el mundo considera imposible, que era la que venía del Segre. Se crearon situaciones ridículas como la de plantar de tapadillo unas estacas en la Cerdanya como si un Gobierno fuera un asociación clandestina que actúa a escondidas de la sociedad. Se produjeron intercambios dialécticos grotescos asegurando que no se haría lo que al final se ha hecho. Y todo ha acabado donde estaba previsto. ¿Para ese viaje era necesario tanto ruido? ¿Para llegar a una decisión que parece que era la única que cumplía los requisitos, una medida paliativa sin grandes efectos colaterales, era necesario gastar tantas energías que sólo redundan en desprestigio de la política?

Este episodio revela las enormes dificultades de los gobiernos de coalición. El Gobierno catalán ha chocado aquí con el tema estrella de uno de sus partidos: Iniciativa per Catalunya, que ha hecho de la ecología en general y del discurso de la nueva cultura del agua en particular su principal seña identitaria. Y ésta ha sido la principal causa de los enredos y de las dificultades. ICV, que se considera la depositaria de la política medioambiental del Gobierno, se empeñó en la vía de las soluciones imaginativas, que convirtió en posiciones intransigentes, y lo que tenía que ser una decisión urgente se iba aplazando indefinidamente, con el telón de fondo de la esperanza de que la lluvia llegara y se pudiera correr un tupido velo sobre las diferencias que separan a los tres partidos que gobiernan. El resultado ha sido que la decisión que ha llegado ha sido la más previsible de todas, pero ha venido en las peores condiciones: después de haber dejado literalmente pudrir el problema ante la opinión pública, con los costes que ello tiene para la ya de por sí desprestigiada clase política; dándole al Gobierno español la oportunidad de tomar la iniciativa, en vez de forzarle a asumir la decisión del Gobierno catalán, con lo cual aparece como la única voz capaz de deshacer los embrollos internos del tripartito, y habiendo permitido que el paso del tiempo diera pie a este recurrente y lamentable espectáculo de la avaricia territorial en el control del agua.

Los gobiernos de coalición tienen la ventaja de representar un espectro social amplio en su complejidad, pero son muy exigentes para quienes los practican, y la exigencia quiere decir acuerdo en los objetivos y solidaridad en la acción entre los partidos. En las dos exigencias el déficit del tripartito es grande. Estaría bien que los partidos de izquierda que gobiernan Cataluña miraran un minuto a Italia y vieran lo que puede ocurrir cuando se es incapaz de poner los intereses del Gobierno por encima de los intereses de los partidos. Así se hunden en 20 meses las expectativas de un Gobierno.

Entre los espectáculos grotescos de este episodio ocupa un lugar destacado el tabú de la palabra trasvase. Se ha acudido a los más ridículos eufemismos para evitar que se dijera que se trasvasaría agua del Ebro a Barcelona, apelando incluso a argumentos jurídicos como si de pronto el valor de las palabras dependiera de los textos legales. El hecho en sí es relevante porque no deja de expresar cierta mentalidad dogmática. Como si, cuando se define una política, fuera necesario crear todo un cordón de sanidad ideológica en torno a ella. Se puede estar contra del Plan Hidrológico Nacional que en su día puso en marcha a Aznar y de los trasvases que en aquel plan se proponían sin necesidad de convertir la palabra trasvase en un tabú. Se puede estar en contra de unos trasvases determinados en unos contextos concretos, sin perjuicio de que en otras circunstancias aquellos trasvases u otros puedan ser aconsejables. Y desde luego, ningún trasvase justifica que se invite a los ciudadanos a creer que cualquier idea que suena a trasvase es un disparate digno de las penas eternas de los infiernos. La acción política no se puede ideologizar de esta manera tan infantil. A estas alturas de la historia, a los ciudadanos hay que darles información, no dogmas para catecúmenos. En un mundo interconectado como este en el que vivimos, ¿a alguien le puede sorprender que los problemas del agua se acaben resolviendo por mecanismos de interconexión y trama? Pues bien, lo más probable es que en el futuro haya trasvases. ¿Qué se habrá ganado convirtiendo esta palabra en un absurdo tabú?

El miedo a ofender al socio de coalición y la práctica de esta ridícula cultura del tabú lleva a convertir en problema un hipotético trasvase del Ródano. Convergència i Unió ya tiene suficiente responsabilidad acumulada, con la herencia que ha dejado -los barros que arrastran nuestros ríos ahora tienen que ver con aquellos lodos-, como para que el tripartito convierta en tabú el juguete favorito de los nacionalistas moderados. La razón principal por la que CiU exhibe este juguete es autoexculpatoria: no pudimos resolver este problema cuando gobernábamos porque no nos dejaron aplicar la solución que proponíamos. Importa poco ahora. Aznar se negó en redondo al trasvase por una razón absolutamente peregrina: España no puede seguir dependiendo energéticamente de Francia. Aznar también estaría contra la MAT. Otro que no se ha enterado de que el mundo cambia. Es muy probable que la solución del Ródano sea faraónica, carísima, lejana en el tiempo, todo lo que se quiera, pero ¿qué cuesta mirarlo? ¿Qué cuesta encargar que se estudie: que se hable con Francia, que se vean las posibilidades reales y los costos posibles? Es probable que bastara un informe serio para que el proyecto cayera por sí solo. En cualquier caso, es mejor que caiga porque se vea que es absurdo, que por el tabú del trasvase. Al fin y al cabo, ni todo se acaba con este parche, ínfimo parche que viene del Ebro, que parece haber vuelto las aguas políticas a su cauce, ni las desaladoras son el paraíso ecológico. Por tanto, habrá que seguir buscando soluciones estructurales para que no tengamos que pedir por caridad un trasvasito cada dos años. Porque el peligro principal ahora es que el miedo a pisar los tabúes que marcan las líneas fronterizas internas al tripartito induzca a extender la idea de que, pasada la emergencia, se acabó el problema. Y el problema sólo acaba de empezar.

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El capricho y la osadía, de Josep Ramoneda en El País

Publicado en Política by reggio on Abril 17th, 2008

La esencia del poder es la arbitrariedad. ¿Quién temería a un gobernante que promocionara siempre a los mejores, que actuara con tal racionalidad que sus pasos fueran perfectamente previsibles, que se guardara los sentimientos y los caprichos para la alcoba, sin que trascendieran nunca a la escena pública, que fuera tan escrupuloso y recto en la aplicación de las leyes que no hubiera espacio siquiera para contestar sus decisiones? Nadie. Desde el Libro de Job —probablemente el mejor tratado sobre el poder que se ha escrito nunca— sabemos a qué atenernos. El poderoso funda su poder en la arbitrariedad. Toda formación de gobierno es un ejercicio de poder. Y, por tanto, viene repleta de caprichos. También de osadía. La confluencia de su ya proverbial optimismo —o confianza en que el destino está de su parte (siempre hay algo de fatalismo en la cultura del poder)— y su percepción de que ha alcanzado una posición de dominio mayor que nunca sobre el país y sobre su partido, le han llevado a tomar riesgos muy interesantes.

Una de las expresiones más comunes de la arbitrariedad del gobernante es colocar a dos personas con opiniones divergentes al frente de competencias fronterizas. Es un clásico, que se atribuye a la paranoia que genera el poder: el temor a que un ministro acumule demasiado poder o adquiera excesiva protagonismo. Sin poner en duda la capacidad de Miguel Sebastián, su nombramiento es un capricho del presidente por varias razones. Porque supone un cierto desprecio a la opinión ciudadana: le nombró después de haber sufrido una derrota electoral estrepitosa, de la que todo hay que decirlo el presidente es el primer responsable. Porque emite una idea peligrosa: que hay un responsable de la economía para la crisis presente y otro para el futuro, con lo cual debilita al vicepresidente Solbes, cuya intervención en la campaña electoral en el debate con Pizarro —por mucho que le moleste a Zapatero compartir el estrellato— fue decisiva.

También forma parte de la arbitrariedad del poder el mantenimiento en su puesto de Magdalena Álvarez, aún dando por descontadas las presiones del Gobierno andaluz. Mantener a una ministra reprobada parlamentariamente es una sobreactuación innecesaria del presidente: aquí mando yo. Y es también un olvido de una dimensión importante de la función del Gobierno, que no por atávica, sigue siendo útil para los equilibrios sociales: el chivo expiatorio. Más allá de la responsabilidad concreta que un ministro tenga, cuando ocurre un desatino como el de las cercanías de Barcelona —que es éste el problema y no el AVE y que puede volver a estallar en cualquier momento— es a veces necesario entregar una renuncia como compensación simbólica a la sociedad que ha sufrido el desastre.

De la arbitrariedad a la osadía. La doble osadía de Zapatero en la formación de este Gabinete me parece elogiable: nombrar a Carme Chacón, ministra de Defensa, y configurar un Gobierno renovado con más independientes que militantes socialistas, muchas mujeres y una media de edad baja. No sé si era un efecto buscado por Zapatero, pero el nombramiento de Chacón ha dado la oportunidad a que un sector de la derecha mediática y política se retratara, exhibiendo descaradamente lo reaccionaria que llega a ser. Convertir el nombramiento de una mujer embarazada y catalana en una ofensa al Ejército y en motivo de mil chascarrillos demuestra que en la derecha hay mucha ideología obsoleta por reciclar.

La formación de un Gabinete tan independiente del partido ha sido posible por el control que Zapatero tiene sobre el PSOE. Si Zapatero no tuviese el partido en un puño no se podría haber permitido formar un Gobierno tan poco respetuoso con las cuotas de la familia socialista. De hecho, Felipe González, que no controlaba el partido, no tuvo este margen de autonomía. Las dos veces que intentó salirse del guión —con Garzón y con Semprún— el conflicto le estalló en las manos. Pero no es sólo una exhibición de poder, es una manera de entender el papel de los partidos. Zapatero piensa que el régimen español es muy presidencialista y que los ministros sólo están para dar gusto al presidente, con lo cual busca gente de su estricta confianza y no de la del partido. Y Zapatero ve, en la sociedad mediática, la conveniencia de distanciar el Gobierno de una institución, el partido, que los ciudadanos ven obsoleta y a la que atribuyen casi todos los males de la política. Al mismo tiempo, el presidente pone en duda que, en la sociedad actual, el partido sea la mejor vía para la selección de los cuadros dirigentes del país. De tapadillo, Zapatero ha emprendido una reforma de la forma partido. ¿Hasta dónde la llevará?

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Más proyecto, menos votos, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Publicado en Economía, Política by reggio on Abril 13th, 2008

En su segunda investidura, Zapatero ha necesitado acudir a una segunda votación para ser elegido presidente por mayoría simple. El PSOE lo advirtió con antelación para convertir una disminución objetiva del apoyo parlamentario en un éxito del presidente. Aplegar menos votos que en su anterior elección tendría para Blanco y los suyos el valor de demostrar que Zapatero no se debe a nadie. Lo cual no deja de ser un reconocimiento explícito de que en la legislatura anterior estuvo demasiado condicionado por los compromisos. Desde el mismo día de las elecciones, el PSOE ha cargado sobre estos compromisos el desencanto por no haber alcanzado la mayoría absoluta. Al mismo tiempo, sus aliados de la pasada legislatura -tanto los estables como los ocasionales- han visto cómo parte de sus votos se convertían en voto útil socialista, con lo cual han emergido a la superficie de las crisis larvadas que venían incubando. Zapatero espera que IU, CiU, ERC y PNV se redefinan antes de ponerse a pactar.

En los últimos años, la soledad del PP se había convertido en un hábito parlamentario. Sería precipitado interpretar que la soledad ha cambiado de orilla. Acompañaron al PP en el voto negativo ERC y Rosa Díez. La coincidencia con los independentistas sólo puede ser en contra de algo -de Zapatero, en este caso-, nunca a favor de nada. Otra cosa distinta es Díez, que en el debate de investidura hizo, en materia de terrorismo y de educación, el trabajo de desgaste que Rajoy se ahorró. En medio hay un amplio abanico de abstencionistas dispuestos a escuchar las ofertas del presidente.

En la decisión de no negociar apoyos de investidura puede haber una fantasía peligrosa: la mayoría absoluta. Zapatero podría tener la tentación de actuar como si la tuviera, sin tenerla. Pero probablemente todo sea más simple. Al demostrar que no le crea ninguna preocupación ser elegido por mayoría simple, Zapatero quiere mandar un doble mensaje de autoridad. El PSOE tiene una gran ventaja sobre el PP: está por encima del 30% de votos en todas las provincias, es decir, por mucho que digan los que juran que España está en almoneda, es el único que vertebra mínimamente España. En esta elección, por encima del Ebro ha obtenido sus mejores resultados; por debajo, sus principales retrocesos. A ambos lados, una misma señal: el tono de la idea de España lo doy yo. A los que querían sacar ventaja del prurito de ser elegido en primera votación les dice que no le importa, que no está dispuesto a pagar sobreprecios. A los que temían su entreguismo les dice que va a ajustar el precio de los pagos políticos. O sea, trabajo para José Antonio Alonso.

Zapatero hizo un discurso de investidura que contenía lo que siempre se le ha echado en falta: un proyecto político de izquierdas. Puede sorprender que cuando tiene proyecto es cuando consigue menos apoyos. Desgraciadamente, en política parlamentaria no se vota tanto por los contenidos como por el pago político. Tres piezas articulan su proyecto: una idea de España, el principio de decencia y el equilibrio social-liberal entre igualdad y ampliación de derechos y libertades.

La idea de España de Zapatero asustaba en las periferias por lo que puede tener de restauradora -por la cota del 50% de gasto público mínimo en manos del Gobierno central se le colocó música pepera-, pero el presidente no quiere que el PP vuelva a robarle esta bandera. Se equivocaría Zapatero si, por sus buenos resultados, diera a los nacionalismos por derrotados o creyera que determinadas reivindicaciones periféricas son simples caprichos de los líderes nacionalistas.

El principio de decencia le obliga mucho. Si el presidente baja a los lugares en que la Administración entra en contacto con los ciudadanos, verá que no sólo hay ciudadanos que humillan a otros, también el Estado humilla muy a menudo a los ciudadanos. La lucha contra el abuso de poder en todos los ámbitos es, ciertamente, una posible vía de renovación ideológica de la izquierda. Pero hay que predicar con el ejemplo.

La apuesta por incidir en la política de igualdad frente a la crisis económica refuerza su mejor línea, la que le dio mayor reconocimiento en la izquierda europea en su gestión anterior: la igualdad convertida en derechos y libertades.

Sigue, sin embargo, la ausencia en su discurso de una política internacional activa y comprometida. En su primera decisión como presidente tuvo el coraje de desafiar a Estados Unidos y retirar las tropas de Irak. Desde entonces se quedó mudo. Y, sin embargo, no hay proyecto moderno de país sin ubicarlo en el mundo.

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Aires de provisionalidad, de Josep Ramoneda en El País

Publicado en Política by reggio on Abril 3rd, 2008

El ciclo de la generación Aznar ha terminado en el PP. La renovación es inevitable. Ya sólo es cuestión de ritmos y de tiempos. Es un grupo de políticos que empezó joven y que tienen ahora edades a las que en muchos países se empiezan a alcanzar los altos cargos políticos. Pero es una peculiaridad del sistema español, consecuencia probablemente de ser un régimen con dos cabezas, la aristocrática y permanente (el Rey) y la democrática y cambiante (el presidente del Gobierno), que se llega temprano y se sale pronto de la cúspide del poder.

La generación Aznar se quemó en dos legislaturas de Gobierno. Le perdió la insolencia, la guerra de Irak y algunas mentiras. Aznar se fue y les dejó una herencia complicada. Su obstinación con la guerra le había radicalizado mucho y no era fácil recuperar los acentos liberales y centristas de la primera legislatura. Para hacerlo más difícil todavía, a algunas figuras de aquel momento les faltó la grandeza de marcharse a tiempo. Especialmente, Acebes, el ministro del Interior del 11-M, que no tuvo la dignidad de irse a casa. Conscientes de que era difícil recuperar la imagen de un partido moderado, optaron por jugar una legislatura brutal, a la desesperada, convencidos de que era su última oportunidad. La han perdido, es hora de dejar paso a la renovación. Eduardo Zaplana ha sido el primero en hacerlo. Otros, tanto o más abrasados que él, se resisten todavía.

De momento, Rajoy sigue porque las fuerzas vivas de los partidos cuando suenan aires de cambio sienten vértigo. Especialmente en España, donde hay baronías y poderes territoriales muy instalados al margen de los vaivenes de la organización. Pero la permanencia de Rajoy da inevitablemente provisionalidad a los cambios que se puedan producir tanto ahora como en el Congreso de junio. Y algunas de las incorporaciones que se hicieron pensando en ganar son ahora más una carga que una solución de futuro: Pizarro, por ejemplo. Los barones buscan ritmos diferentes. Esperanza Aguirre, que sabe que fuera de Madrid carece de buen cartel, tiene prisa. Conoce perfectamente que si los barones periféricos se coordinan, ella no tiene nada que hacer. España está evolucionando hacia una estructura en que el conflicto periferia-centro irá dejando de ser patrimonio de los nacionalistas periféricos. Los barones del arco mediterráneo prefieren ver cómo evoluciona la legislatura, convencidos de que hay tiempo para dar el golpe necesario. Por su lado, algunos jóvenes, que aprendieron a hacer política en el sector liberal del entorno de Aznar, están tanteando la posibilidad de empezar a hacer el asalto al poder del PP al modo como Zapatero lo hizo en el PSOE.

La continuidad de Rajoy plantea demasiadas preguntas como para que pueda ser vista como definitiva. ¿Puede un hombre de Aznar liderar el cambio sin que parezca tutelado? Una persona como Rajoy, que siempre ha dejado a medias las iniciativas de cambio que ha emprendido, ¿tiene la fuerza y la autoridad para darle la vuelta al partido o, simplemente, está trabajando en beneficio de otros que le han pedido tiempo? La parsimonia de Mariano Rajoy es la expresión de la provisionalidad de la hoja de ruta emprendida.

Tampoco Zapatero, el ganador, parece haber disipado todas las dudas. Sospecho que Zapatero, que el verano pasado estaba convencido de alcanzar la mayoría absoluta, se ha preguntado: ¿cómo es posible que después de una legislatura con tanta bonanza económica y con una oposición tan descentrada no la haya conseguido? Del acierto en la respuesta puede depender su futuro. De momento, filtrando la idea de que va a formar un Gobierno para un par de años, es decir, hasta después de que España ocupe la presidencia europea, está dando a entender que el destino político de la legislatura está en suspenso, a la espera de ver cómo se traduce en España la crisis económica mundial.

Curiosamente, la victoria del PSOE, con nota alta por encima del Ebro, ha generado celos y recelos entre algunos barones territoriales socialistas. España es así. En un partido de tan amplio espectro como el socialista, que reproduce en su interior la complejidad del país, nunca se podrá tener a todo el mundo contento por igual. Si Zapatero no aprovechó la legislatura anterior, con la economía de cara, para avanzar hacia un federalismo real, menos va a hacerlo cuando la crisis acecha. Pero sería un disparate que se llegara a la conclusión de que hay que penalizar a quienes más les votaron.

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Derecha e izquierda, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 30th, 2008

Las últimas elecciones españolas han acentuado el carácter bipartidista del sistema político. Con Izquierda Unida en vía muerta, sólo la realidad plurinacional ha evitado que la representatividad del Congreso de los Diputados quedara reducida a dos grupos parlamentarios. En tiempos en que está de moda decir que la distinción entre derecha e izquierda está superada, la política se simplifica en dos bloques, que acostumbran a recibir precisamente estas denominaciones: derecha e izquierda.

Ciertamente, no hay en el horizonte alternativa alguna al sistema capitalista. Los regímenes comunistas que han sobrevivido al descalabro de los sistemas de tipo soviético lo han hecho sobre la base de su plena incorporación al sistema capitalista internacional. La fascinación que buena parte del empresariado manifiesta ante China y la condescendencia con que se responde a sus excesos en comparación con la Unión Soviética incitan a pensar que los regímenes de tipo soviético no eran detestados tanto por comunistas como por ineficientes en la explotación de los trabajadores. Pero la tendencia a la unificación de la economía en un sistema global no quita la diversidad de modalidades que toma en los diferentes lugares, en función de una suma de factores históricos y culturales.

La oposición derecha e izquierda que dio vitalidad y legitimidad a la democracia representativa se formó en momentos de gran intensidad de la lucha de clases. Cuando el conflicto era relativamente simple (burguesía y proletariado eran la fórmula tradicional), la oposición derecha-izquierda resultaba indiscutida. La estructura de clases se ha hecho sumamente compleja y el conflicto -por la falta de alternativa y por la evolución del propio capitalismo- se ha hecho más difícil de simplificar.

Siendo el panorama tan distinto, ¿por qué sigue funcionando la oposición derecha-izquierda? Se podría hacer una interpretación estrictamente funcionalista: la agrupación en dos bloques es necesaria para la dinámica de la democracia y para la realización efectiva de la alternancia. Es insuficiente. Derecha e izquierda aglutinan diversas culturas políticas. La derecha, las tradiciones conservadoras, autoritarias y liberales; la izquierda, las socialdemócratas, comunistas y libertarias. Ambas se mezclan en proporciones distintas según los países. Por ejemplo, en la derecha española, la tradición autoritaria y conservadora es mucho más importante que la liberal.

Cuando se dice que la división derecha-izquierda está superada, lo que se está queriendo decir es que el conflicto de clases no existe y que lo único que importa es un ente abstracto llamado interés general. Y aquí las diferencias se clarifican. Unidad, autoridad, crecimiento y competitividad configuran el horizonte ideológico de la derecha. En muchos países, y no sólo en España, la derecha está regalando a la izquierda, por la presión de lo religioso, la liberalización de las costumbres y la ampliación de los derechos civiles, dos elementos muy propios del patrimonio liberal. Cazar este botín ha sido la principal aportación de Zapatero a la renovación de la izquierda.

La izquierda ha vivido demasiado tiempo colgada en una idea irreal de alternativa al sistema. Por eso, los partidos que se alimentaban de este mito están condenados a la marginalidad. Los herederos de la socialdemocracia tienen dificultades en definir su identidad. La izquierda siempre ha pretendido ser el sujeto del cambio social y del progreso. En tiempos de globalización capitalista, le resulta complicado encontrar su lugar como motor de cambio. El principio rawliano que considera justa aquella decisión que favorece a un mayor número de personas, y especialmente a los que están en peor posición, no siempre es coherentemente interpretado desde la izquierda. Al mismo tiempo, la imposibilidad de inventar un nuevo internacionalismo ha debilitado enormemente la capacidad de dar respuestas políticas a un poder económico que ha sabido globalizarse. La tentación de mimetizar el programa de la derecha -el papanatismo de la izquierda en las promesas de reducción de impuestos es antológico- da argumentos a los que piensan que todo es lo mismo.

Si todo es lo mismo, ya sólo queda la tribu. La patria y la fe que tanta violencia han generado. Negar la oposición derecha-izquierda equivale a decir que todo es lucha descarnada por el poder entre dos grupos de intereses, con una agresividad directamente proporcional a la pobreza de sus propuestas. A menudo, derecha e izquierda parecen confirmar esta impresión.

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La fisura, de Josep Ramoneda en El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 20th, 2008

El éxito electoral de los socialistas en Cataluña podría acrecentar la fisura abierta entre PSC y PSOE a raíz de las negociaciones del Estatut y de la elección de Montilla como presidente de la Generalitat, contra el pacto establecido entre Zapatero y Mas. Los delegados catalanes que asistieron al Comité Federal del PSOE, el pasado fin de semana, salieron preocupados de la reunión. Ni por parte del presidente, ni por parte de los portavoces de las distintas delegaciones territoriales hubo un solo gesto de agradecimiento o de reconocimiento por el magnífico resultado obtenido por el PSC. La frialdad más absoluta, como si más que un éxito compartido el resultado de Cataluña fuera mérito de Zapatero a pesar de los socialistas catalanes. “Esta legislatura será menos catalana”, ha dicho el presidente. Y un escalofrío ha recorrido el espinazo del PSC.

Un salto tan grande -más del doble de votos de los que obtuvo Montilla en las autonómicas- tiene sin duda una explicación principal: en unas elecciones en que se trataba de escoger a Zapatero o a Rajoy como presidente del Gobierno, la ciudadanía catalana tiene muy claro lo que quiere. Y en esta ocasión, ante el riesgo de retorno del PP, que el PSC supo explotar mejor que nadie, optó por lo seguro: el voto directo. Ésta es la razón principal del resultado sin desmerecer todo lo demás: la consolidación de Montilla como presidente, la erosión del nacionalismo catalán provocada, paradójicamente, por su desplazamiento hacia el soberanismo, la buena campaña del PSC, e incluso la valoración positiva que un sector del electorado ha hecho de la política de Zapatero hacia Cataluña a pesar de cercanías y otros desastres.

Los socialistas catalanes saben de la volatilidad del voto extra que han recibido. Y recuerdan perfectamente que Montilla perdió en las autonómicas 700.000 votos respecto a los que dos años antes había conseguido en las generales. Con lo cual necesitan convertir este éxito en proyecto para Cataluña antes de las próximas autonómicas. Para ello necesitan demostrar el poder real de sus 25 diputados en el Parlamento español. Necesitan convencer a una ciudadanía escéptica -que vota en cada elección a quien cree que sirve mejor sus intereses, y en caso duda, se envuelve en la bandera- que nadie está en mejor posición que ellos para que Cataluña obtenga los recursos imprescindibles para su relanzamiento. Para conseguirlo necesitan, obviamente, la complicidad del PSOE y del Gobierno de Zapatero. De momento, no la sienten.

Con 25 diputados, el PSC no tiene coartada. La ciudadanía le valorará por resultados contantes y sonantes. El PSOE responde con indiferencia. La indiferencia viene de tres factores: La sensación de que el resultado de Cataluña ha tenido un precio -un exceso de atención a los catalanes- que ha hecho perder votos en otros sitios. La convicción de que Zapatero se basta solo para que Cataluña le vuelva a sacar las castañas del fuego cuando sea necesario. Y el eterno agravio comparativo que siempre se da por supuesto cuando se habla de los catalanes. Si el PSC no cumple, lo pagará en las autonómicas, pero tarde o temprano lo pagará Zapatero. Hay sectores del nacionalismo moderado que por poco que el PP se tome en serio a Cataluña se dejarán atraer por la derecha porque es su espacio ideológico. Se vio perfectamente en el 96.

La fisura no será fácil de cerrar. Porque el PSOE está muy preocupado por sus pérdidas al sur del Ebro. Porque las cuestiones personales juegan y Zapatero no perdona a Montilla que no aceptara su pacto con Mas. Y porque siempre es aporético compaginar los intereses de Cataluña y los de otras partes de España. El PSC, tan prudente, ni siquiera ha planteado lo que para él sería solución óptima: grupo parlamentario propio y Gobierno de coalición PSC-PSOE. Pero una buena financiación y un buen desarrollo estatutario son indispensables a corto plazo para el PSC y a medio plazo para el PSOE.

Estos días ha habido un acontecimiento que explica la difícil comprensión de lo que ocurre en Cataluña. Murió Cassia Just, el abad de Montserrat que jugó un papel importante en la transición y que representó siempre un cristianismo abierto, nada que ver con el de la Conferencia Episcopal. En su funeral estaban todos los partidos catalanes excepto el PP. Y ni un solo representante de los partidos españoles, ni siquiera los veteranos de la transición, excepto Rodolfo Martín Villa. ¿Es posible que desde el puesto de gobernador civil de Barcelona durante el franquismo fuera más fácil entender Cataluña que desde las sedes de los partidos democráticos españoles?

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La fractura, de Josep Ramoneda en El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 11th, 2008

Los fanáticos de las dos Españas, los que gozan con el morbo de un imaginario que ha hecho de la fractura una forma de identidad, estarán encantados con el resultado de las elecciones. Dos bloques frente a frente, un poco más altos de lo que eran hasta ahora, como resultado de una legislatura cargada de dureza.

Las elecciones han sido un fiel reflejo de lo ocurrido durante cuatro años. Una pelea a muerte que ha beneficiado al PSOE por el absoluto aislamiento del PP. La estrategia de la tensión ha servido a Rajoy para que los suyos le votaran como un solo hombre, pero no ha arrancado un voto fuera del espacio propio. Zapatero ha ganado porque, además de movilizar a los suyos, ha conseguido llevarse a su pugna con la derecha a otros votos de izquierda y de los nacionalismos periféricos. O sea, que el PP empieza la nueva legislatura tan solo como terminó la anterior.

El balance de la doctrina de la tensión establecida por Arriola a principios de los 90 es tan negativo que el PP deberá pensar en cambiar de ideólogo. La doctrina decía que en España la izquierda es mayoritaria y que la derecha sólo puede ganar creando un gran clima de tensión que desmoralice y desmovilice a un sector de la izquierda. Con este procedimiento han ganado una elección de cuatro (la del 96). Y la única vez que han ganado por mayoría absoluta (2000) fue, precisamente, su única en campaña en positivo.

2. Cataluña ha sido decisiva. Aunque bien es cierto que el resultado se puede leer también al revés: ¿cuántos votos le ha costado al PSOE en Madrid o en Andalucía el magnífico resultado de Cataluña? Después del caótico proceso de aprobación del nuevo Estatut, después de un referéndum bajo mínimos, después del derrumbe del Carmel, después de que Barcelona haya conocido un apagón monumental, después de que los trenes de cercanías hayan sido un lamentable circo, puede parecer incomprensible que el PSC haya arrasado en Cataluña, igualando el mejor resultado de su historia y sacando 18 escaños al PP y 15 a CiU. Se puede pensar que los ciudadanos discriminan y que saben que muchos de estos déficit venían de gobiernos anteriores tanto catalanes como españoles. Pero no es suficiente.

La aplastante victoria socialista en Cataluña sólo puede explicarse en el campo de lo que podríamos llamar lo ideológico-sentimental. Es indudablemente una victoria contra el PP. Y de ello no se ha recatado el PSC que ha montado dos tercios de su campaña sobre esta idea. El otro tercio era Zapatero. Y no me parece desdeñable el papel de Carme Chacón, su tono calmado y nada dramático puede haber calado entre muchos electores hartos de que los políticos creen más problemas de los que resuelven.

El PP representa en Cataluña la cara agresiva del nacionalismo español. Todos los problemas en los servicios que han sufrido los catalanes estos meses, quedan minimizados ante la sensación de que el PP utiliza a Cataluña para sacar votos en el resto de España y que con el PP en el Gobierno Cataluña sería arrinconada. El PSC, en cambio, ha conseguido que buena parte de la ciudadanía catalanista le reconozca como uno de los suyos. Dicho de otro modo, es el único partido que puede conseguir un número importante de votos tanto del 44 o 45% de catalanes que dicen sentirse sólo catalanes o más catalanes que españoles como del 41% que dice sentirse tan catalanes como españoles, e incluso del 13 o 14% que sólo se consideran españoles o más españoles que catalanes.

La inclinación del discurso nacionalista hacia el soberanismo, por la presión de Esquerra Republicana sobre CiU, ha beneficiado al PSC y ha hundido a los independentistas. El discurso de la independencia es de consumo interno. En la medida en que una mayoría independentista es imposible a medio plazo, su significación en unas elecciones españolas es mínima. Queda ahora por ver cómo afronta el tripartito la previsible crisis de Esquerra Republicana y la presión del PSOE y de CiU.

3. Los resultados de las elecciones, sin embargo, pueden inducir fácilmente a equívocos. Zapatero tiene una mayoría que le debería permitir gobernar más cómodamente que en la anterior legislatura. Creo que tiene una oportunidad de leer su victoria en Cataluña y en el País Vasco como una oferta de pacto de Estado por parte de los electores de estas dos comunidades. En una jornada en que el abrazo del sábado entre Maite Pagaza y Josu Jon Imaz adquiere un valor icónico, creo que a Zapatero se le abre la posibilidad de avanzar en acuerdos de calado con los nacionalismos periféricos. Y, concretamente, con el PNV, que después de los resultados de ayer debe inevitablemente contemplar de manera distinta los planes de Ibarretxe. Desde Cataluña y desde el País Vasco los electores piden soluciones, no enfrentamientos. ¿Se puede hacer esto sin costes en el resto de España? Este es el freno que Zapatero lleva puesto inevitablemente.

4. A medida que pasen los días, como es lógico, la sensación de victoria del PSOE aumentará y la de derrota del PP también. El ala dura, la que ha mandado a Rajoy a la pelea durante toda la legislatura anterior, se siente reforzada. Y la primera conclusión que sacan de sus resultados es que la estrategia era buena y que lo único que ha fallado ha sido el candidato. En cualquier caso, es indudable que perder dos veces consecutivas, viniendo de una mayoría absoluta, es demasiado. Y que con toda probabilidad Rajoy no será el próximo candidato del PP. Lo que ha conseguido Rajoy con el resultado es que la crisis sea más lenta. O sea, que el PP estará en transición durante bastante tiempo. Con el PP de mudanza, Zapatero, con una mayoría confortable, se enfrenta a una legislatura sensiblemente distinta de la anterior. Con una dificultad nueva: la situación económica. O sea, que llega para él la prueba de la verdad: gobernar con viento en contra. La economía condicionará la continuación del programa de reformas de Zapatero. El resultado deja en el alero cuestiones institucionales pendientes de gran importancia. ¿Seguirá el PP obstruyendo la renovación de las altas instancias judiciales, por ejemplo? Zapatero debe aprovechar la carrerilla de la victoria para afrontar estos temas pendientes. Y plantear propuestas razonables de pacto. Tendríamos así una primera pista de las intenciones del PP: seguir con la bronca permanente o hacer oposición responsable.

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La pregunta por Irak, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 2nd, 2008

Con ánimo de despertar a sus electores más remolones, Zapatero le recordó a Rajoy que todo empezó con la guerra de Irak. Su promesa de retirar las tropas fue factor determinante de su victoria en 2004. Por eso resulta sorprendente que no preguntara a Rajoy qué haría si el presidente de Estados Unidos le pidiera que los soldados españoles volvieran a la guerra. Si, como ha argumentado el PP, la retirada hizo que España bajara varios peldaños en el escalafón internacional y si, como Aznar predicaba, aquella guerra es determinante para la lucha contra el terrorismo y para el futuro de Occidente, lo coherente sería que Rajoy se comprometiera a ponerse a las órdenes de la Casa Blanca para lo que haga falta. Pero Zapatero no se lo preguntó.

¿Por qué no se lo preguntó? Quizá porque no le apetecía meterse en los vericuetos de la política internacional. Es la gran ausente de la campaña. Los estrategas de campaña están siempre convencidos de que la política internacional pilla muy lejos a la gente y que no merece la pena gastar energías en esta materia. Quizá por eso se dan situaciones grotescas, como en los debates entre Obama y Clinton, en que se ha hablado más de la pequeña Cuba que de China, cuando todo el mundo sabe que las relaciones EE UU-China determinarán lo que ocurra en el futuro próximo. Pero los cubanos del exilio han tenido el acierto de convertir la cuestión cubana en un tema de política interior. Por eso se habla de Cuba.

España está en Europa. Y los temas europeos son difíciles de separar de la política interior. Nuestras vidas están reguladas en muchísimas materias por reglamentos que vienen de Bruselas, la suerte de nuestra economía y de nuestra moneda e incluso de nuestra seguridad está ligada a Europa. O sea, Europa somos nosotros. A Europa le debemos una buena parte de nuestro crecimiento económico, y, precisamente porque somos más ricos, la Unión Europea nos va quitando las muletas con las que nos ayudó a prosperar. Después de haber hecho una inútil demostración de europeísmo en un referéndum que no ha servido para nada, parece como si los líderes políticos españoles estuvieran atacados por un europesimismo paralizante. ¿Será que se sienten incapaces de convencer a los ciudadanos de que, pese a frustraciones como el referéndum, sólo en Europa está nuestra salvación? Ni la cuestión turca, ni las relaciones con el Magreb, decisivas por tantas cosas, ni la amenazante política rusa, ni este peligroso invento de Sarkozy llamado Unión Mediterránea, parecen ser del interés de nuestros candidatos.

Alfredo Pastor ha traído a España un debate muy en boga entre los economistas del mundo anglosajón: las grandes desigualdades como amenaza a la sostenibilidad de la economía global. Tampoco interesa. Y, sin embargo, tiene muchas conexiones con la vida cotidiana de cada elector. Todo lo que sea una mirada más allá de nuestras fronteras parece quedar fuera del campo de visión de nuestros candidatos. Lo único que sabemos es que titular y aspirante están de acuerdo en no reconocer a Kosovo. Como si Kosovo fuera el culpable del desastroso proceso de limpieza étnica que empezó hace 20 años en Yugoslavia, con la lamentable aquiescencia de la comunidad internacional.

En Estados Unidos habrá cambio de presidente. Los dos anteriores presidentes españoles eran atlantistas confesos, aunque el atlantismo de Felipe González fuera con reparos y el de José María Aznar de puro servilismo. Entramos en tiempos en que la emergencia de nuevas potencias augura una deriva hacia un sistema internacional más multipolar. ¿Qué relación quieren tener los dos candidatos con el Imperio? Ni Zapatero, por temor de Dios, tiene interés en precisar su política atlántica, ni Rajoy se atreve a proclamar un atlantismo incondicional por miedo a perder votos.

En un gesto típicamente aznarista, cuando Manuel Campo anunció el apartado de política internacional, Mariano Rajoy habló de terrorismo. Es un reduccionismo que metió a España en una guerra absurda y que sólo genera miedo y confusión. Un miedo desproporcionado, porque no es ésta ni la mayor ni la principal amenaza que tiene el mundo. Y una confusión, deliberada por supuesto, porque evita afrontar seriamente las grandes fracturas del mundo contemporáneo. Sobre esta confusión se ha construido todo el discurso de la seguridad, bajo liderazgo de la Administración Bush, que está dañando seriamente las libertades en el primer mundo. La pregunta por las tropas españolas hubiese permitido profundizar en estas cuestiones. Pero Zapatero no la hizo.

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La extraña campaña socialista, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Febrero 22nd, 2008

Es un tópico del análisis político que las elecciones no las gana la oposición, sino que las gana o las pierde el gobierno. Como todos los tópicos tiene mucho de falso, pero también un punto de realidad. Es la constatación de que por lo general la gente cambia de gobierno cuando lo considera mal orientado, agotado y sin resuello, independientemente de quien esté delante. Una de las curiosidades de esta larguísima precampaña electoral es que los socialistas parecen dispuestos a invertir este argumento. La música de su precampaña estaba pensada no tanto para ganar las elecciones por sí mismos, sino para que las pierda la oposición.

Hay inercias difíciles de superar. La derecha española, cuando se pone borde -y lo hace a menudo-, es tan bestia que es muy fácil para sus adversarios asustar a la gente con el retorno del lobo. De hecho, en las zonas de sombra de la conciencia de los dirigentes socialistas siempre estará presente la campaña del dóberman que, en 1993, les permitió salvar unas elecciones que era casi imposible ganar por el enorme desgaste del Gobierno y su entorno. La tentación del dóberman, debidamente alimentada por el hacer cotidiano de la derecha, acude sin falta a todas las campañas.

Pero no sólo es esto. El Gobierno ha gastado muchas energías en justificarse, que es una actitud conservadora que siempre acecha al que está en el poder, pero que no es la mejor manera de motivar a los electores, que ya han hecho su criba de lo bueno y de lo malo. La autojustificación ha tomado a menudo una forma irritante: la modulación de los mensajes, rectificando cada vez más su estrategia hacia posiciones moderadas, como si la presión de la derecha hubiese hecho mella.

Zapatero llegó con la propuesta de hacer reformas de gran calado en nuestra democracia. Y efectivamente empezó con un gran impulso que él mismo después ha mitigado, frenando los procesos que había abierto. En cuatro años no se puede hacer todo. ¿Por qué, en vez de explicarnos la continuación del proceso reformador y los objetivos que conseguir, se apunta al principio conservador de las rebajas fiscales y del reparto del dividendo del superávit del Estado? La precampaña del PSOE -y no parece que la campaña vaya a ser diferente- se ha articulado sobre dos ejes: el miedo al retorno del PP, perfectamente fundado, desde luego, y la figura de Zapatero. Es arriesgado. Entre otras cosas, porque Zapatero ya no es el joven político que representaba un cambio de estilo y una ruptura generacional, sino que ha dejado varios jirones de su magia personal en el ejercicio del poder. ¿Dónde están las ideas políticas?

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Modelos de importación Josep Ramoneda en Domingo de El País

Publicado en Política by reggio on Febrero 17th, 2008

A medida que Barack Obama va marcando puntos en su largo combate con Hillary Clinton, la obamitis va extendiéndose por Europa. Veltroni fue el primero en intentar coger la estela del nuevo rostro de la política americana, de modo que la izquierda italiana ha pasado en poco tiempo del “viva Zapatero” al “lo podemos conseguir”. En realidad, lo de Obama, al fin y al cabo, es una cuestión de estilo, y tiene mucho en común con el talante que hizo victorioso al presidente español. En España sabemos cuán efímeras son estas formas de empatía mediática; esperemos que el estilo Obama no desaparezca, como el talante, en la primera curva del poder. En plena obamamanía, hasta Artur Mas se ha apuntado a la última figura que América ha lanzado al estrellato. Artur Mas siempre ha tenido una querencia por los demócratas americanos -hoy es Obama, ayer fue Gore-, como si buscara en ellos la manera de hacer compatible el liberalismo y el comunitarismo nacionalista.

La política europea es tierra muy gastada. El empeño en desmantelar el Estado de bienestar ha generado un malestar del que los políticos reciben las consecuencias. Hay una sensación de anquilosamiento que nadie sabe cómo romper, mientras el populismo de extrema derecha -que en España es la única derecha que tenemos- va ocupando el vacío que ha dejado tanto discurso de desprestigio de la política, tanta insistencia en la ineficiencia del Estado. Un año atrás irrumpió al galope Sarkozy, y la derecha se quedó sin manos de tanto aplaudir. Era un candidato sin complejos que se convirtió en un presidente omnipotente al que no debía resistirse nada, ni el corporativismo francés, ni las dificultades de los ciudadanos para llegar al final de mes, ni el malestar de las periferias urbanas. Parecía que, por el sólo hecho de llegar al Elíseo, la economía francesa se dispararía y las puertas del cielo se abrirían porque los franceses se pondrían a trabajar como no lo habían hecho nunca. La señora Merkel nunca perdió la compostura, pero las derecha sureñas, y en especial la española, la más ruda, aplaudían a rabiar, como si Sarkozy les tuviera que ganar las elecciones en España. Por fin, un fino espíritu francés diciendo las cosas por su nombre; es decir, por el nombre que la derecha le gusta que tengan: a los inmigrantes, ilegales y sospechosos,y a los marginados, maleantes, y dividiendo la sociedad entre los que quieren trabajar y los que no. Sarkozy ha sido abrasado por los códigos del lenguaje televisivo que creía dominar como nadie. Y súbitamente a la derecha española le ha entrado una extraña amnesia. ¿Sarkozy? ¿De quién están hablando?

Frustrado el espejismo sarkoziciano, la derecha ha vuelto a lo de siempre: a estimular las paranoias de los ciudadanos. A crear y magnificar problemas, en vez de resolverlos, con la esperanza de que el miedo eche a la gente en sus brazos. Y así se promete una ley especial para castigar a los niños que cometen delitos graves, cosa que se da rarísimas veces, o sancionar cosas que ya están sancionadas, como si la poligamia fuera en España una realidad cotidiana. Emigración y seguridad son los terrenos favoritos de una derecha que siempre me ha sorprendido por el desprecio que siente por la gente vulnerable.

En éstas, la izquierda europea descubre a Obama. Obama es la incorporación de la sensibilidad y la sentimentalidad en política, uno de los puntos débiles del pensamiento crítico. Obama es la empatía con los ciudadanos y sus dificultades después de tantos años de encanallamiento de la política, tanto a nivel español, por la furia del aznarismo, como a nivel internacional, por la revolución conservadora americana, dos maquinarias construidas sobre el principio de que la política es la lucha a muerte entre el amigo y el enemigo. Programa por programa, la izquierda europea debería sentirse más cercana al fracasado Edwards que a Obama. Pero éste ofrece optimismo y alegría contagiosa, dos cosas que parecían desterradas de la política de la vieja Europa. Y ofrece futuro en tiempos de presente continuo. Lo que suena muy bien en un momento en que la izquierda europea, que ha permitido que le emborronaran la bandera del Estado de bienestar, no sabe qué nueva enseña coger y se apunta al más socorrido de los recursos políticos: menos impuestos para todos. Obama es un alivio. Pero de nada servirá el alivio si luego no se transforma en políticas. El rápido hundimiento de la sarkomanía o lo pronto que se agotó el talante dan pistas muy precisas: el cambio de estilo es útil para llegar al poder, pero no basta para gobernar. Obama es el síntoma del agotamiento de un paradigma, pero para abrir uno nuevo habrá que dotarlo de contenido. Dichosos tiempos estos en que la ilusión viene de América.

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