Reggio’s Weblog

El socialismo liberal / y 5, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Junio 7th, 2008

http://reggio.wordpress.com/2008/05/10/el-socialismo-liberal-1-de-jose-vidal-beneyto-en-el-pais/

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Todos somos, de alguna manera, víctimas de nuestros propósitos y eso es lo que les está sucediendo a estas columnas sobre el “socialismo liberal”. Mi intención era dar razón, como creo que cumple al tratamiento periodístico, de una de las modas ideológicas actuales más celebradas en la esfera política moderada: la conciliación complementaria entre socialismo y liberalismo como vía de penetración / recusación, en definitiva tiro de gracia a la tan anémica fundamentación teórica del socialismo último. Anemia que quizá tenga como causa principal la extraordinaria pérdida de presencia y de prestigio del marxismo. Pero al entrar en el tema redescubrí la notable consistencia intelectual de las reflexiones pioneras producidas al amparo de la denominación socialismo liberal, que, tomando pie en el pensamiento de Proudhon, encontraron en el siglo XX poderosos resonadores en las grandes democracias europeas. En Alemania con Eduard Bernstein, Friedrich Nauman y sobre todo el economista Franz Oppenheimer, con unos ramalazos finales que alcanzan a Habermas. En el Reino Unido, la corriente social liberal, como era esperable, abunda en nombres desde los iniciales de Stuart Mill, Green y Hobhouse hasta las más recientes de Cole, Tawney, Titmuss, Crosland, etcétera, cuyo objetivo principal es asociar crecimiento económico y justicia social, olvidando a Giddens. Italia es la tierra de elección de la corriente socialista-liberal, con su primer y principal promotor Carlo Rosselli, al que me he referido ya, y su culminación en el gran Norberto Bobbio, para quien libertad e igualdad son una realidad vivida cuando los excluidos son efectivamente libres, es decir, pueden salir de su exclusión.

Francia es el país donde el socialismo liberal se vive más conflictivamente y no por falta de representantes. Pues más allá de la inspiración proudhoniana, y ya en el siglo XIX, cuenta con las personalidades del filósofo Charles Renouvier, de Charles Andler, del belga Henri De Man, y sobre todo del más influyente pensador socialista francés Jean Jaurès, fundador de la SFIO, primera apelación del Partido Socialista francés; a los que en el siglo XX, se añaden Léon Blum y André Philip, enarbolando la bandera de la emancipación del pueblo obrero y apuntándose, en cierta manera, al socialismo liberal. El último fue un soporte incondicional de los antifranquistas españoles en Francia y por ello Enric Adroher Gironella y yo mismo le somos tan grandes deudores.

El reader Le Socialisme libéral. Une anthologie: Europe, Etats-Unis, Ed Esprit 2003, de Monique Canto-Sperber, seguramente la más pugnaz promotora del proyecto de arrinconar al socialismo histórico de inspiración marxista, y de sustituirlo por un liberalismo social, presenta en su libro Les règles de la liberté, Plon, 2003, que acaba de republicar con el título de Le libéralisme et la gauche, Hachette-Littératures, 2008, los pretendidos argumentos de la total inadecuación del socialismo, incluso en su versión social democrática, con el mundo actual. Bajo el epígrafe de “una falsa buena idea”, la autora procede a su desahucio definitivo, pues la “evolución de la realidad económica con la financiarización de la economía, la autonomización de los mercados financieros, la transformación del capitalismo industrial en capitalismo patrimonial, la agudización de la competencia mundial y la hegemonía de la economía de la información y del conocimiento condenan a la impotencia a los poderes públicos”. Por lo demás, los instrumentos keynesianos típicos: la política monetaria basada en las devaluaciones y las políticas presupuestarias con el juego de los déficits son hoy inutilizables por las reglas de la Unión Monetaria Europea. A lo que según los liberales deben agregarse las mutaciones operadas en el mundo del trabajo: generalización de la precariedad laboral, dominación de la economía de servicios y de su capacidad desestabilizadora, y en especial la agravación del paro, el insostenible crecimiento del costo de los programas sociales y los recursos cada vez más exiguos generados por las políticas fiscales. ¿Qué sentido tiene en esta situación hablar de social democracia? Aunque pueda coincidirse en buena medida con este dramático diagnóstico, lo que no es de recibo, por mucho optimismo liberal que se le eche, es querer superarlo a golpe de “autonomía de la sociedad civil” y de “gobernación mundial” como sostienen los liberales. ¿Qué cabe pues hacer?

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El socialismo liberal / 4, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Mayo 31st, 2008

Los textos son casi siempre generadores de ambigüedad y con frecuencia de confusión. En especial los periodísticos. Esto es lo que está sucediendo con mi contribución al tema al que vuelve este artículo. Conviene pues que diga que yo no defiendo, no he querido defender la corriente ideológica-política que cubre la designación socialismo liberal sino que habiendo vuelto a encontrar, 30 años después, los fecundos e ignorados textos de Carlo Rosselli, Guido Calogero, Jean Matouk, Rainer Eisfeld y Aldo Capitini he comprobado que la problemática que les era común conservaba toda su centralidad. Pues la necesidad de instalar la libertad en el corazón mismo de la igualdad y de establecer entre ambas una indisociabilidad radical tiene hoy mayor vigencia, si cabe, que cuando Bobbio la postulaba en Quale Socialismo? -Einaudi 1976-.

Los escapismos individualistas y las exquisiteces hedonistas del pensamiento postmoderno han dejado intacta la estructura de la dominación: los ricos cada vez más poderosos y los poderosos cada vez más ricos. Los promotores de la libertad perdidos en su burbuja personal, los defensores de la justicia social dispuestos a sacrificarlo todo en el altar de lo colectivo. Frente a esta doble renuncia, el sincretismo de las conciliaciones blandas de la Tercera Vía a que nos invita Giddens es un más de lo mismo, absolutamente condenable porque confirma, querido colega Antonio González, el primado de lo híbrido, que acompaña el vivir contemporáneo y subraya lo incongruente de un antagonismo que funciona como desencadenante de múltiples reacciones casi inútiles en la misma dirección.

Entre ellas, en estos días, aquí en Francia, dos en forma de libros-entrevista. Uno de un joven cuarentón franco-catalán, hijo de un gran pintor barcelonés, Xavier Valls, que proclama al mismo tiempo su moderación y su impaciencia de poder, exigiendo una renovación total pero sin romper nada, sin agravios ni sangre. Manuel Valls en las casi 200 páginas de su diálogo con Claude Askolovitch, proclama una y otra vez su pragmatismo, que con los resultados de su acción como alcalde de la ciudad de Evry, son su única credencial política. Un pragmático que quiere cambiarlo todo, hasta el nombre de su partido que dejaría de llamarse socialista. Lo mejor de Manuel Valls, con sus prisas y su simpática ingenuidad, es que no engaña, comenzando por el título de su libro Para acabar con el viejo socialismo… y ser por fin de izquierdas. El autor, de un extremo posibilismo, reivindica, con las debidas precauciones, los OGM y la energía nuclear así como su convencimiento de que “no se puede ser progresista, si no se es liberal”. No tiene sentido, porque no es su propósito, buscar en el libro de Valls una profundización de estos términos y de la posible fecundidad de su conjunción. A él le basta con proclamarse renovador.

La otra reacción también de un alcalde, pero esta vez de París, es la de Bertrand Delanoë, al que el actual director del diario Libération, Laurent Joffrin, somete a una larga entrevista, que acaba de ser publicada en forma de libro con el título de De l’audace! Después de siete años al frente de la alcaldía parisina y de un balance que se considera, en términos generales, positivo, Delanoë es un serio candidato a la jefatura del Partido Socialista francés, y más allá a la presidencia de la república de su país, ya en competencia abierta con Ségolène Royal y la larga lista de rivales potenciales: François Hollande, Lionel Jospin, Strauss-Kahn, etc., razón que aconseja dejar su tratamiento en detalle para mejor ocasión.

Hoy y aquí sólo insistir en su vocación y capacidades de gestión desde la izquierda que profesa y ejerce. Delanoë el antigauchista militante, totalmente alérgico al comunismo, para quien la economía de mercado no es una opción ni un debate sino un hecho, sólo se interesa por los proyectos que conducen a la acción como es propio de quien se considera parte de la izquierda de gobierno. Lo que quiere decir, según él, aceptar las exigencias de la gestión e introducir los métodos del management privado en la administración pública, o sea, conocer y adoptar la cultura de la empresa. Todo esto lo dice y hace el alcalde de París con la serenidad y autoridad con la que se declaró públicamente homosexual. Delanoë se manifiesta como liberal porque considera la libertad como algo irrenunciable en un demócrata socialista. Pero sin ahondar tampoco en esta necesaria coexistencia.

Por lo demás, la implacable redundancia mediática vuelve al tema, una y otra vez. En Le Monde de ayer dos referencias: una de Thomas Ferenczi en su crónica Las socialdemocracias en busca de renovación y otra de Christian Salmon en su columna de la última página.

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El socialismo liberal / 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Economía, Política by reggio en Mayo 24th, 2008

No hay programa más movilizador que el de una buena utopía, sobre todo si es necesaria

El pensador y analista social Jürgen Habermas, considerado la figura más relevante de la segunda hornada de la Escuela Crítica, no puede calificarse como un miembro de pleno derecho del grupo promotor del socialismo liberal, pero su obsesión por la urgencia en refundar la democracia y su insistencia en la necesidad de repensar el socialismo lo sitúan en el cogollo mismo de las preocupaciones de quienes defienden que la libertad que aparece como quintaesencia del liberalismo y la igualdad que se presenta como el propósito fundamental de los socialistas sólo pueden existir de manera efectiva si logran realizarse conjunta y simultáneamente.

Habermas, que comparte este supuesto, parte en su análisis del descalabro de la experiencia comunista, sobre la que tiene una opinión matizada, por cuanto, si por una parte condena severamente el totalitarismo, por otra teme y lamenta que con el fin del comunismo desaparezcan las exigencias sociales introducidas para equilibrar el dogma productivista, el primado absoluto de la economía y el reino de la desigualdad, características del capitalismo contemporáneo que el socialismo ha aceptado tal cual y con las que ha declarado que es necesario convivir.

Por otra parte, los socialistas al recibir de su propia tradición y de los comunistas una herencia en la que el trabajo es el único valor capaz de organizar la sociedad y el pueblo es el referente central y el portador capital de la soberanía popular, confirman y radicalizan las servidumbres a que conducen las características descritas. Por eso frente a ellas, al igual que frente al mitificado colectivo de trabajadores asociados, de lo que se trata es de establecer una comunidad pública de ciudadanos capaz de dar respuesta cabal al mayor número de demandas de cada uno de ellos. Frente a los macrosujetos, como el pueblo y la clase social, cuya sola virtualidad hermenéutica reside en su abstracción y generalidad y cuya exclusiva utilidad es como arma del combate político, se trata de volver, escribe Habermas como nos predicaba Husserl, a las cosas mismas, de encontrar en la intersubjetividad asumida de los actores y de sus prácticas el cimiento real de nuestra vida en común, lo que equivale en el ámbito político a apoyarse en el conjunto de interacciones, sobre todo comunicativas, que pueblan el espacio de la deliberación pública y constituyen la trama última de la democracia. Más allá de los imperativos de la sociedad del trabajo y de la ética puritana que le confiere validez máxima, Habermas nos invita a privilegiar el mundo de la comunicación humana y de la interacción ciudadana, a sustituir el ethos del trabajo por la ética del diálogo como ya había adelantado Guido Calogero.

La temática del tiempo cobra así relieve especial como no-trabajo o tiempo libre, como el espacio por excelencia de la realización personal que a su vez exige que todos los individuos dispongan de una renta mínima garantizada que se les concede no en cuanto trabajadores sino en cuanto ciudadanos. Habermas no ha desarrollado especialmente esta problemática pero sí lo han hecho los habermasianos, y en particular J.M. Ferry, quien ha propuesto una asignación dineraria anual, universal y permanente, que libere de la obligación de ser convencionalmente rentables y permita ayudar a los demás en campos específicos de la solidaridad como la enseñanza, la salud, la infancia, los ancianos, etc., actividades que Ferry califica con André Gorz como contribución social.

Este último evaluaba en 20.000 horas el volumen de la prestación que cada individuo deberá proveer como contrapartida de la citada asignación. Dado que la complejidad económica de la sociedad contemporánea y nuestra escasa capacidad inventiva nos obligan a continuar con el mercado es fundamental, por una parte, vedarle la sociedad y confinarlo en la economía y por otra hacer del Estado social y ecológico de derecho su imperativo acompañante. Un Estado que encarne y realice un nuevo Welfare State y que más allá de la burocratización y de los corporatismos restablezca la igualdad entre los que tienen un trabajo y los que sin él sólo tienen la exclusión como destino. Un Estado que alumbre una socialdemocracia en la que se ponga fin a la práctica del privilegio y se universalicen los intereses mediante el diálogo y el consenso. Lo que producirá una verdadera democracia en la que el ejercicio de la libertad de cada cual contribuirá a que todos vean satisfechas el mayor numero posible de sus necesidades y preferencias; es decir, su efectiva igualdad.

Éste es hoy el único contenido deseable del único socialismo posible, el liberal. ¿Utópico? No hay programa más movilizador que el de una buena utopía. Sobre todo si es necesaria.

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El socialismo liberal /2, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Mayo 17th, 2008

Norberto Bobbio, figura mayor de la sociología italiana del siglo XX y referente principal de la vida intelectual de su país, fue un militante indefectible de la democracia y de la lucha antifascista en Italia. Primero en los grupos social-liberales de Guido Calogero, después desde las filas del Partido de la Acción, y finalmente en su denuncia última del berlusconismo corrompido y faccioso. Reivindicando el conflicto como eje articulador de la vida política, insiste en la diferencia entre derecha e izquierda, cuya negación, nos dice en Destra e Sinistra (Donzelli, 1994), es siempre represiva y funciona como coartada de la injusticia. Por lo demás, la complejidad de las sociedades actuales y su exigencia de competencias técnicas se traduce necesariamente en una jerarquización social que conlleva estratificaciones insalvables y oligarquías férreas. Frente a ello, Bobbio, en Il futuro della democrazia (Einaudi, 1984-1995), no impugna las élites, sino que aboga por su democratización mediante su apertura a la sociedad y la práctica de nuevas incorporaciones que la doten de mayor capacidad innovadora.

Porque la profundización de la democracia, según él, no puede consistir en condenar a los comunistas sino que tiene que esforzarse por integrarlos en las filas de la democracia y asociarlos en el combate para la emancipación de los trabajadores y de los oprimidos. Su voluntad de diálogo llega hasta el gauchismo, puesto que la igualdad es también para ellos el criterio fundamental entre quienes apuestan por el progreso y quienes se han apuntado a la obscena acumulación capitalista constituyendo una especie humana aparte: los superricos. Por eso, sin confundir la igualdad con el igualitarismo de Baboeuf, el gran filósofo social que fue Bobbio, sostiene que la libertad no es como pretende la derecha el soporte del enriquecimiento y que la desigualdad no es el motor del progreso histórico, sino que libertad e igualdad son indisociables y su realización conjunta es la mejor prueba de su autenticidad. De aquí su afirmación, compartida tanto por expertos europeos como extraeuropeos, y entre ellos de forma principal por Amartya Sen en La Economía es una ciencia moral, que la libertad es una responsabilidad social, y que el “ethos de la igualdad” es la esencia de la democracia representativa.

Tres pensadores mayores de lo social se enrolarán en Francia en ese difícil combate: Edgar Morin, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort. Tuve el privilegio de coincidir con el último, a finales de los años cincuenta, en algunos de esos extraordinarios ejercicios de pensar que eran las clases de Merleau-Ponty en el Collège de France. El autor de Las Aventuras de la Dialéctica, curado de su ruptura con Sartre y pacificado su espíritu, proponía un liberalismo progresista de pura libertad, un liberalismo unitivo tan alejado del conservadurismo como de las radicalidades comunistas. Claude Lefort recoge el envite y, centrándolo en los derechos humanos, los declara irreductibles al individualismo liberal, porque más allá de consagrar un espacio individual totalmente independiente del Estado, inaugura un ámbito publico de opinión y de comunicación que es la base de la democracia. Marx, dice Lefort, se equivoca al calificar a los derechos humanos de artilugios de la dominación burguesa y deja escapar con ello la capacidad emancipadora de la democracia moderna. Pues toda lucha de clases que logra salirse de la cárcava del dogma marxista desemboca en una ampliación de la libertad de todos. Desde ahí, situándose en la perspectiva del socialismo liberal, exige el reforzamiento de los derechos sociales, susceptibles de asegurar el bienestar económico y social, condición imperativa de cualquier libertad política efectiva. Sin olvidar los derechos societarios de los grupos de base (mujeres, minorías étnicas y sexuales, defensores del medio ambiente, etcétera) que al igual que sucede con los derechos sociales y contrariamente a la práctica de los derechos de opinión, de asociación o reunión, no se encierran en un estatus jurídico negativo sino que tienen condición positiva, lo que obliga al Estado a eliminar los obstáculos que los dificulten y aun más los hagan imposibles. Lefort no formula propuestas concretas, pero lo hacen quienes en su línea participan en la crítica del productivismo de la sociedad salarial de André Gorz, y prevén pasarelas, como los subsidios universales o las rentas de ciudadanía, que hagan posible la supervivencia económica de los individuos, compatible con su desarrollo personal y el cumplimiento de todos.

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El socialismo liberal / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Mayo 10th, 2008

En el siglo XX la lucha contra los totalitarismos nazifascistas y el desafío que representan el marxismo y el comunismo polarizan la vitalidad ideológica derivada del antagonismo político que habían mantenido el liberalismo y el socialismo durante el XIX, atenuando considerablemente el perfil diferencial de ambos y su capacidad creadora. A ello se agregan por una parte el parlamentarismo en el que los socialistas concentran su acción y, por otra, el primado de la economía en todos los planteamientos liberales que confieren a lo económico tratamiento preferente cuando no exclusivo, lo que al evacuar, de alguna manera, la confrontación directamente política, contribuye a su convergencia ideológica. Queda sólo en pie el diverso tratamiento de la cuestión religiosa, en particular en su versión integrista, cuya causa hacen suya de manera paradójica los liberales, lo que nos lleva al esperpento romano del alcalde Alemanno, que con su suegro Rauti han mantenido en Italia durante años el referente fascista, asociado hoy al gran capital de Forza Italia y fervorosamente bendecido por el Vaticano. Este pragmatismo politiquero en las alianzas está facilitado por el acercamiento de las posiciones doctrinales y por la atenuación del debate ideológico que, al coincidir con la atonía ciudadana, reduce la política a las luchas por el poder en los partidos. Todo lo cual genera una interpenetración y desleimiento simultáneos que conllevan un proceso de hibridación que recorre la segunda mitad del siglo XX e inaugura procesos de los que los principales son el liberalismo social entre los liberales y el socialismo liberal en el ámbito socialista.

Sobre ambos el centrismo político y su oportunismo maniobrero han operado una apropiación ilegítima que sólo ha servido para aumentar la confusión, cuyo ejemplo más revelador es el New Labor de Tony Blair y la propuesta de la Tercera Vía de Anthony Giddens que le sirve de corpus doctrinal. Su propósito es adecuar la socialdemocracia al capitalismo de las multinacionales mediante algunos ajustes y retoques que permitan la convivencia de ambos, después que el laborismo haya enterrado sus ideales de igualdad y justicia social. Pero esa interpretación de lo que pueda ser el socialismo liberal contradice el planteamiento y las propuestas de quienes han abordado con más rigor y radicalidad su problemática. Reduciéndonos a lo esencial, de lo que se trata es de hacer convivir libertad e igualdad, que son los grandes polos, los referentes centrales a la par que modelos que nos proponen ambas corrientes.

En los años 20/30 del siglo pasado, Carlo Rosselli, militante antifascista formado en los ideales del Risorgimento, voluntario en la guerra civil española y asesinado en París con su hermano Nello por la siniestra banda fascista La Cagoule, en sus dos libros de 1924 y 1930 sobre Socialismo liberal, hace la primera y más acabada presentación de esta nueva corriente. Para él, el liberalismo político, que nada tiene que ver con el económico al que califica de “liberismo”, sólo es inteligible como una filosofía de la libertad que hace de la autonomía del individuo al mismo tiempo su arma de combate y su objetivo final. Frente al mercado que es un simple instrumento técnico y al Estado cuya función se limita a ser un órgano de policía y de defensa, el actor principal del socialismo liberal es el mundo del trabajo al que corresponde hacer efectiva la libertad de todos y no sólo de los ricos. Para Giustizia e Libertà, el movimiento que funda durante su exilio parisino, hay que acabar con los monopolios de hecho y con la concentración de la riqueza en unas pocas manos no recurriendo a la nacionalización operada por un poder público centralizado y burocrático, sino mediante la socialización realizada por organismos autónomos gestionados por trabajadores, técnicos y consumidores. Como insistirá 15 años después Guido Calogero, sólo una socialización de este tipo permitirá democratizar las empresas, tanto públicas como privadas, poniéndolas en manos de quienes tienen que ver con ellas e impidiendo que se conviertan, sobre todo en su versión última de grandes multinacionales, en patronos-dictadores de nuestras vidas. La dimensión federalista, propuesta en especial a nivel europeo, que recoge y empuja Altiero Spinelli, cierra su cuadro programático. Tres pensadores mayores de lo social, Bobbio, Lefort y Habermas, retomarán este intento de interfundir libertad e igualdad y de pensar el cumplimiento del individuo en y por su realización social.

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La perversión de los ideales / 4, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Mayo 3rd, 2008

Éstos son tiempos de confusión, de voracidad, de desvergüenza. En todos los ámbitos, muy en primer lugar en el político y en el económico. Sólo existe el que gana. De ahí que el casi siempre indecente emparejamiento de los más ricos con quien manda no perdona país. Los tenéis en Francia todos apiñados en torno de Sarkozy: Bolloré, Arnault, Lagardère, Pinault, Bouyghes. No falta nadie de los que cuentan en esta ceremonia del glamour y del dinero que a todos nos engorda, en esta celebración de esos microfascismos supervivientes que son la especulación y el beneficio. Un poco a trasmano quedan las desigualdades que matan: la falta de trabajo, la miseria, la cárcel, pero sobre todo, el hambre. Pero es inútil, nos dicen, plantearse problemas en política que no se pueden resolver, especialmente en democracia que es un régimen definitivamente modesto, pragmático, para el que lo bueno coincide siempre con lo posible. Este primado de la sola racionalidad de lo practicable, contrafigura heredada de los desperfectos causados por la radicalidad de los grandes planteamientos totalitarios de cualquier signo -fascismos y comunismos en particular- tenía que traducirse en un rechazo de las ideologías mayores que les sirvieron durante los últimos dos siglos de antecedente. Y lo han hecho por el procedimiento más indoloro: la dilución. Que ha producido ese pensamiento único en el que todos estamos y en el que nadie se reconoce. Un producto blando, informe, absolutamente maleable, que puede justificar cualquier cosa y borra las fronteras entre lo público y lo privado, el gobierno y los negocios. Entre los que se establece una rentable circulación, alimentada en España sobre todo por personalidades del PP como Rodrigo Rato, Manuel Pizarro, Eduardo Zaplana, sin olvidar a su fundador José María Aznar, hoy homme à tout faire del primer tycoon mundial de la información, Robert Murdoch.

En paralelo a esta popularización divulgadora discurren dos procesos de mucho mayor calado, uno desde la posición liberal y otro desde la socialista que intentan reforzar sus respectivas opciones incorporando los elementos más valiosos de la otra que consideran compatibles con su propia identidad. Comenzando con el liberalismo social que tiene su gran arranque en John Stuart Mill que con su propuesta de un New Liberalism no sólo libró a la corriente liberal de los excesos de un individualismo extremo y estéril, sino que dotó de nuevas bases a la economía política y con su obstinada insistencia en asociar la libertad a la igualdad, abrió el camino a una nueva práctica de la democracia. Pionero en muchas cosas, en lo político postuló la extensión del sufragio en todos los ámbitos e impulsó las libertades locales promoviendo el mayor autogobierno posible. Luego acompañado por su mujer, Harriet Taylor, pionera militante feminista, luchó por la igualdad política y civil de los dos sexos y se movilizó en favor del movimiento obrero defendiendo la autoeducación de los trabajadores y la sustitución de la empresa capitalista por la organización cooperativa. Distinguiendo entre producción de riquezas y su distribución proponía introducir la asociación de trabajadores libres en la segunda para, mediante las cooperativas de distribución, reducir las injusticias sociales iniciales derivadas de la producción.

Por lo demás sólo recurriendo a la instrucción universal, a una aceptada limitación de los nacimientos y a una creciente participación de todos en los beneficios, podemos acercarnos al autogobierno económico. Pero quizá la aportación más importante y actual de Mill es su impugnación del productivismo y de los desastres medioambientales que produce con la autolimitación que propone, en la tercera edición de sus Principios de Economía Política (1871), en su cuadro “del estado estacionario” y en la estabilización del capital y la riqueza. Propuesta que le enfrenta totalmente a Hayek y a los neoliberales al uso y lo acerca a las teorías del decrecimiento de Georgescu-Roegen y a las tesis del estacionarismo de Daly. Thomas Hill Green y Leonard T. Hobhouse son los dos grandes compañeros de viaje de Mill en su ruptura con el liberalismo clásico y su justificación de una limitada pero imprescindible intervención del Estado. Green desde su cátedra en Oxford, apoyado en el neohegelianismo lanzó el nuevo credo con el sujeto como una noción abierta y comunitaria y con la libertad positiva como aquella que nos permite hacer algo útil para y con los demás. Hobhouse primer catedrático de Sociología de Londres y editorialista de The Guardian nos ofrece un repertorio de las libertades esenciales -libertad civil, personal, familiar, política, local, internacional, etcétera- todas encardinadas en torno de la libertad social que no es la de un individuo frente a la de los demás sino la que se realiza con y a través de ellos. La libertad de uno, sólo se cumple con la de todos los otros. Estamos en el cogollo del liberalismo social.

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La perversión de los ideales / 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Abril 26th, 2008

La política se muere, los partidos exultan, la ideología se ahoga en la confusión, el poder es el objetivo único y sus aspirantes se multiplican e impacientan. Esa turbamulta de ambiciones y de urgencias cuyos objetivos colectivos son precarios e intercambiables tiene un solo polo de agregación: el éxito personal. Los principios y valores que son su razón de ser han perdido sus perfiles diferenciales y funcionan como pretextos, en algunos casos con voluntad de legitimación, de sus opciones y prácticas. Público y privado son espacios de interpenetración y convergencia igualmente aptos para la práctica del mando, en particular dentro de los partidos. De aquí que a sus puertas se agolpen todos aquellos que se sienten particularmente concernidos por esa actividad y que los partidos se hayan convertido en campos privilegiados de las luchas por la conquista del poder en la sociedad en su conjunto y dentro de los colectivos que cada uno de ellos forma.

Ciñéndonos a la inmediata actualidad, el Partido Popular español y la pugna entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy y sus contornos militantes más inmediatos, por no hablar de las rivalidades dentro de los nacionalismos catalán y vasco; o la desaforada carrera en pelo en el socialismo francés en el que la porfía Ségolène Royal / Bertrand Delanoë sigue estando acompañada por un nutrido escuadrón de barones de los que ninguno se quiere bajar del tren. Entre ellos destacan Dominique Strauss-Kahn, Laurent Fabius, Pierre Moscovici, Martine Aubry, Julien Dray, Vincent Peillon, sin olvidar la función de hermano mayor que sigue cumpliendo Lionel Jospin y los últimos reclutados Arnaud Montebourg y el catalán francés Manuel Valls. Brega que deja necesariamente cicatrices y que no puede abreviarse mediante una clarificación ideológica que ayude al posicionamiento y por ende a la agrupación de unos y de otros. Aunque tanto en el campo liberal como en el socialista se reclame un esclarecimiento programático que precise y redefina cuál es su marco doctrinal y cuáles sus fundamentos políticos básicos.

En el caso del Partido Popular español convendría confirmar si la decisión de José Maria Aznar de alinearlo frontalmente en el espacio de los neocons norteamericanos sigue vigente tanto respecto de la política internacional como en los temas de política social y de tratamiento de la naturaleza, o por el contrario las matizaciones en favor del liberalismo clásico de Rajoy, Camps, Arenas, etcétera, son hoy los dominantes. En cualquier caso, la existencia de una plataforma doctrinal tan potente como FAES debería ayudar a su partido a situarse con claridad en el nuevo liberalismo o en el integrismo neocon. El Partido Socialista francés se dotó el martes pasado de una nueva Declaración de Principios, que se someterá a debate y votación en la Convención Nacional del próximo 14 de junio y sustituirá a la que se aprobó en el año 1990. La declaración que revindica una economía social y ecológica de mercado; que se declara favorable a un modelo de desarrollo sostenible y se manifiesta comprometida con la salvaguardia del planeta; insiste en la obligación de promover un sector privado dinámico. Parece claro que la nueva opción del socialismo francés, como veremos después, se sitúa en la línea de lo que se ha calificado de socialismo liberal.

Clarificación especialmente importante en este momento en el que las dos grandes opciones político-ideológicas, el liberalismo y el socialismo que durante los siglos XIX y XX han señoreado la vida publica del mundo occidental, han perdido bastantes de sus características antagónicas y han ido acercando sus posiciones hasta constituir un continuum en diversos ámbitos.

Este proceso de aproximación doctrinal y de homogeneización en los planteamientos y soluciones es lo que ha generado el resultado que hoy se designa como pensamiento único. Pero más allá de la vaguedad y de la indefinición básica propia de esta designación, la interrelación entre liberalismo y socialismo puede ser objeto, tanto en su decurso histórico como en su aprehensión teórica, de una doble consideración, que parte en ambos casos del descrédito de las experiencias comunistas, en especial de la soviética. Sus dos grandes referentes, que constituyen los ejes centrales de la democracia radical, son la libertad y la igualdad. El tratamiento de su interacción y la secuencia de sus prioridades se traducen en las dos grandes variantes: el liberalismo social desde J. S. Mill pasando por Calogero hasta Monique Canto-Sperber, y el socialismo liberal con Rosselli, Bobbio, Lefort y Habermas.

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La perversión de los ideales: Italia, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Internacional, Política by reggio en Abril 19th, 2008

Las últimas elecciones italianas y sus resultados ofrecen una ilustración paradigmática de la corrupción de la política democrática que he comenzado a comentar en esta columna. Corrupción que se delata en la malversación de los principios y en su pandemónium ideológico; en la mediocridad, a la par que en el envilecimiento de muchos de sus actores individuales (los políticos) y colectivos (los partidos); en el descrédito de la mayoría de sus prácticas; en la falsificación del lenguaje y de los signos; en la producción de una devastadora desigualdad entre personas y países.

El sábado, al presentar los ideales del liberalismo democrático, se insistió en que, más allá del mercado, su referente principal es el individuo y el marco jurídico que hace posible el pleno ejercicio de su libertad. Ese propósito encuentra su mejor cumplimiento en el ámbito de la sociedad civil, siempre amenazada por el Estado y las políticas gubernamentales, cuyo espacio hay que reducir a la mínima expresión.

Pues bien, Silvio Berlusconi, jefe de Gobierno en dos ocasiones anteriores, ganador absoluto de estos comicios y uno de los hombres más ricos de Italia, así como su coalición de fuerzas autodenominada Pueblo de la Libertad, al mismo tiempo que se proclaman liberales y demócratas se comportan como sus más acerbos antagonistas. Por de pronto, integran en su coalición la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, heredera del fascismo italiano, que se honra con una nieta del duce y confía a una militante como la abogada Giulia Bongiorno, defensora de Giulio Andreotti en los dos juicios que se le hicieron por asociación mafiosa, la cartera de ministro de Justicia. Reservan después el Ministerio del Interior a Roberto Maroni, que es el número dos de la Liga del Norte, cuyo ultranacionalismo regional tiene en su presidente, Umberto Bossi, su portavoz más eficaz, que no se recata en decir que la medida más eficaz contra la inmigración ilegal son las ametralladoras, que Roma es una ladrona y que “la limpieza étnica debe comenzar por los maricones”. Gianni Letta, el brazo derecho de Berlusconi, vigilará desde la vicepresidencia, o una posición central análoga, que este imparable dispositivo no sólo controla la política, sino que ocupa todo el espacio de la sociedad. O, para decirlo con palabras de Franco Rositi, uno de los más agudos científicos sociales italianos, estas elecciones han servido para desmontar el Estado de derecho en Italia, condición necesaria para someterlo todo a la voluntad política del Gobierno, que es precisamente el antiideal liberal.

Esta politización total de la acción pública, extendida a todos los espacios societarios, coincide además con el máximo desprestigio de la política, como prueban el éxito de El Caimán, parodia burlesca que Nanni Moretti ha dedicado a Berlusconi, y la extraordinaria notoriedad e influencia del humorista político Beppe Grillo, cuyo blog, centrado en la crítica de la política, es uno de los más visitados del mundo y cuya convocatoria del V-Day, día de la vergüenza, movilizó a más de 20 millones de personas en 20 ciudades de Italia.

Cuando este extraordinario empresario reiteradamente procesado y en alguna ocasión condenado, cuya compatibilidad con la Mafia puso de relieve la sentencia a nueve años de su íntimo colaborador Cesare Previti y la de Dell’Utri, cofundador de Forza Italia, alcance su meta de conquistar la presidencia de la República se habrá quedado con el Estado italiano como antes se quedó con la televisión y habrá cerrado gloriosamente el ciclo de la absoluta privatización de la política, mediante la absoluta politización de lo privado.

Lo que es posible porque, como sostiene Guido Martinotti, a quien tanto debe la institucionalización de la sociología en Italia y en el mundo, la República (como Res Publica) ya no existe en su país. Con lo que sin el marco global republicano; sin la presencia parlamentaria de los partidos de la izquierda real, con el Arco Iris reducido a poco más del 3% desde el 10% anterior y con los socialistas de Boselli apenas llegando al 1%; con una estructura judicial frágil y politizada que la señora Bongiorno se encargará de tener a raya; con un empresariado dócil y ganado a la causa del capitalismo puro, al que, por boca de Giulio Tremonti, recién nombrado ministro de Economía, todos los males le vienen de la globalización y de mayo del 68; y con una esfera de la comunicación que sólo se mueve de su mano es evidente que toda oposición será casi imposible. Sólo quedarán por liquidar algunos núcleos intelectuales, pero la limpieza de personas y doctrinas ya está servida. Se anuncia en efecto la revisión en los textos escolares de la presentación de la lucha antifascista con el fin de acomodar su memoria histórica a los designios del poder político. Queridos Franco, Eva, Guido, Marino, ¿qué ha sucedido con nuestras esperanzas italianas?

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La perversión de los ideales / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Abril 12th, 2008

A los efectos de esta reflexión el ideal es un conjunto de principios, valores y propuestas a cuya realización aspiran los seres humanos en un ámbito determinado o en la totalidad de sus existencias. Las grandes formaciones políticas, los cuerpos doctrinales que las sustentan y los marcos referenciales que las enmarcan sufren transformaciones con el paso del tiempo, y, en ocasiones, desembocan en contrafiguras que pervierten sus valores iniciales y son una dramática caricatura de su versión inicial.

Ese ha sido el destino de los principales movimientos políticos -liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, conservadurismo y fascismo- a la par que de las fuerzas que los han apoyado, que durante los últimos dos siglos han ocupado, sin solución de continuidad, el espacio político.

De entre ellos, hoy, en la perspectiva democrática del mundo occidental, los más en pie son el liberalismo y las versiones atenuadas del socialismo, a las que conocemos como social-democráticas y, más conservadoramente, social-liberales.

En su surgimiento, el liberalismo aparece como un movimiento de andadura rupturista, en claro antagonismo con el Antiguo Régimen, en su doble dimensión política y religiosa, a las que se opone y que quiere sustituir. Su impugnación del absolutismo religioso y la batalla por la secularización, que entronca con el planteamiento básico de la ideología de la Ilustración, supone un enfrentamiento frontal con las posiciones de la Iglesia católica alineada con las opciones de la Monarquía y estrechamente asociada a las prácticas absolutistas del poder real.

La conjunción de estos dos absolutismos hace de la lucha liberal contra ellos uno de los primeros movimientos de liberación política en Europa occidental. El impulso hacia la democracia que lo subtiende, constituye, como señala Pierre Manent, en Histoire intellectuelle du libéralisme, Calmann-Levy 1987, una determinación democrática permanente que volveremos a encontrar en su acción contra los poderosos por herencia, la descalificación del Estado y su oposición a la dominación de las masas.

Esa pulsión inagotable acabará produciendo la convergencia de liberalismo y democracia en una de las figuras dominantes de la contemporaneidad política: el liberalismo democrático o demoliberalismo. Sus pilares fundamentales son los intereses y los individuos, o más precisamente los intereses individuales únicos capaces de organizar una comunidad libre y autónoma, susceptibles de cubrir sus necesidades naturales, sin que las opiniones ni las pasiones vengan a interferir en esa satisfacción, lo que es su primer derecho natural básico, al que nadie puede oponerse.

Matriz que se declina en tres grandes bloques: derecho a la vida y a la integridad física; derecho a la propiedad y al trabajo, que es el que nos asegura nuestra subsistencia, y derecho a la libertad y a la crítica, que son los que nos garantizan el poder elegir lo que más nos conviene. La organización y el poder político no tienen más razón de ser que la de afianzar y proteger esos derechos.

La conjunción entre fines del individuo y cumplimiento social se realiza en el intercambio de bienes y servicios cuya eficacia igualitaria reposa en la eliminación de grupos y clases dominantes hereditarias que falsean el intercambio y perpetúan la injusticia. El intercambio se opera en un espacio privilegiado de la sociedad, el mercado, que no necesita de ningún poder ni reglas ajenas a él, porque dispone de disposiciones reguladoras propias, las leyes del mercado que además están presididas por “una mano invisible” que opera por sí sola desde dentro, afianzando y preservando su articulación.

Los padres fundadores, John Locke, Adam Smith, Edmund Burke, Thomas Paine, François Guizot y Jean-Baptiste Say, y nuestros más próximos, Tocqueville, Stuart Mill, Von Mises, Von Hayek, Jouvenel y Aron han construido un impresionante corpus doctrinal que representa una muy digna propuesta filosófica y político-económica, que yo inevitablemente he trivializado y que el lamentable quehacer de los políticos y la voracidad del beneficio han transformado en un mundo de horrores.

Dany-Robert Dufour acaba de publicar -en Le divin marché. La révolution culturelle libérale- un inventario de los mismos en forma de mandamientos: “Sólo te dejarás guiar por tu egoísmo”, “Los otros sólo serán instrumentos para lograr tus objetivos”, “Combatirás todos los Estados y todos los gobiernos”, “Violarás las leyes sin que te condenen”, y así hasta diez.

Ilustrando la máxima de Mandeville, “los vicios privados son los que producen la riqueza pública” que reduce el ideal liberal a una abominable caricatura.

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Una dramática perversión, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Derechos, Política by reggio en Abril 5th, 2008

Estados Unidos es el primer país del mundo por su potencia política, económica, científica y tecnológica, y el referente privilegiado de la democracia mundial. Sin olvidar que todos los que hemos vivido y trabajado allí podemos dar fe de la práctica ejemplar de su democracia cotidiana. Por todo ello resulta preocupante e inaceptable la regresión que se ha producido en diversos ámbitos durante la presidencia de George Bush, en particular después del atentado del 11-S y con ocasión de la guerra de Irak, en materia democráticamente tan decisiva como el reconocimiento y respeto de los derechos humanos. Los sucesos de Abu Ghraib, de los que existen abundantes documentos escritos y fotográficos; los testimonios de los detenidos en Guantánamo; las revelaciones sobre las prisiones de la CIA localizadas en Europa; el escándalo que representa Bragam, un súper Guantánamo, y, por último, el veto del presidente Bush a la ley votada por el Congreso prohibiendo los actos de tortura y en particular el waterboarding. Ese veto corona los intentos de la Administración norteamericana para legitimar la tortura, cuyo acomodo jurídico se inició cuanto Alberto Gonzales fue nombrado fiscal general por el presidente Bush.

A ese proceso legitimador, el veto presidencial aporta su confirmación política y las series televisivas Lost, 24 horas chrono, Alias, Law and order le añaden la consagración mediática. En un estudio realizado por la organización Human Rights First se cuentan hasta 624 escenas de tortura emitidas en la televisión norteamericana, entre 2002 y 2005, en horarios de máxima audiencia. Su gran héroe es Jack Bauer, protagonista de 24 horas chrono, que para Joel Surnow, su creador, lejos de ser un torturador es el gran luchador por la libertad y la democracia. Bill Kristol y Lawrence Kaplan, dos neocons y promotores de la guerra total de George Bush, califican los desastres de Afganistán e Irak, con ya cerca de 300.000 muertos, como las dos primeras grandes victorias de la democracia en Oriente Medio. Christian Salmon, en su espléndida crónica sobre este tema en el diario Le Monde del 15 de marzo pasado, nos recuerda la justificación de la tortura por parte de Antonin Scalia, juez en la Corte Suprema de Estados Unidos, quien alaba el ejemplo del citado Jack Bauer, pues habría salvado gracias a las prácticas torturadoras, al menos en la pantalla, centenares de miles de vidas. Finalmente, en el ámbito universitario, el profesor Alan Dershowitz, de la Universidad de Harvard, alegando la inseguridad en que nos sitúa la amenaza terrorista, recurre al argumento del estado de necesidad (necesitamos imperativamente la seguridad para poder seguir viviendo en comunidad) que convierte a la tortura en un mal menor.

Esta democratización finalista de la tortura, que supone una malversación de los derechos humanos y, por tanto, una perversión absoluta de los principios y valores democráticos, obliga a los demócratas de todo el mundo y en particular a los comprometidos en su defensa a pedir su rectificación. Obligación que la Convención Internacional contra la Tortura, de alcance universal, permite hacer efectiva en cualquier lugar y que, por tanto, nos concierne e interpela directamente a todos, sea cual sea nuestra nacionalidad, allí donde nos encontremos. A los españoles también.

Este artículo está respaldado por otros 47 firmantes, entre ellos, Fernando Álvarez de Miranda, Óscar Alzaga, Rafael Calvo Ortega, Manuela Carmena, Rafael Fernández Montalvo, Enrique Gimbernat, Luis González Seara, Carlos Jiménez Villarejo, José Antonio Martín Pallín, Federico Mayor, Alberto Oliart, Salvador Pániker, Gregorio Peces-Barba, Javier Pérez Royo, Antonio Remiro Brotóns y Miguel Satrústegui.

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La democracia bajo sospecha, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Marzo 29th, 2008

A la democracia la ha contaminado de desconfianza nuestra sociedad. Una sociedad en la que lo único que cuenta es ganar dinero, tener poder, ser famoso, a cualquier precio, a golpe de lo que sea, engaños, timos, trampas. Una sociedad del chanchullo generalizado en la que nadie se fía de nadie, en la que nada se da por bueno. Y así cuando nos presentan una hazaña -en estos días, en los campeonatos europeos de natación de Amsterdam, Alain Bernard pulverizando los récords de los 50 y lo 100 metros libres- sólo nos preguntamos a qué treta se debe, qué producto potenciador se ha añadido al submutamol que toma para su asma, para lograr hacer el milagro.

Pierre Rosanvallon ha apostillado su libro La contrademocracia, con el subtítulo de La política en tiempos de desconfianza, cuyo propósito es proponer las medidas que puedan combatirla. Al resultado le llama una democracia de vigilancia, que articula en torno de tres funciones: vigilar, denunciar y anotar.

Atrincherado en su posición de profesor del Collège de France, sostiene que, contrariamente a la interpretación dominante, los nuevos movimientos sociales y las modalidades de su militantismo no son comportamientos de ruptura y transformación, sino práctica de vigilancia y estabilización al igual que las intervenciones espontáneas en Internet no son espacios de libertad total sino que han dado lugar a lo que ya se llama la e-democracia de control.

Este clima general de recelo y suspicacia en lo social y cotidiano se agrava sobremanera en lo político. En los dos libros de denuncia puntual de la realidad norteamericana -Suzanne Garment Scandals, The Crisis of Mistrust in American Politics, Times Books; y Mertha C. Nussbaum, Hiding from Humanity: Disgust, Shame and the Law, Princeton University Press- y en las dos formulaciones globales más brillantes de este fenómeno -Mark E. Warren, Democracy and Trust, Cambridge University Press, y Mattei Dogan, Political Mistrust and the Discrediting of Politicians, Leyde and Boston Brill- abundan los ejemplos, los análisis y las conclusiones, que no cabe resumir. Sólo una procedente del último texto citado. Para el profesor Dogan, lo que mejor ilustra la situación actual es la absoluta falta de ejemplaridad de la inmensa mayoría de los líderes políticos, que acompañan su mediocridad con una bien retribuida y visible circulación entre el poder político y el poder económico. Nombres tantos, en la España de hoy, que dan cuerpo cotidiano a la sospecha y fragilizan el régimen democrático. Los analistas, al encarar este malestar múltiple de la democracia, la califican de crisis y con esa designación y desde esa perspectiva, pasan del centenar los libros que en los últimos 25 años lo han abordado.

Uno de los últimos y además de los más penetrantes es el breve texto La démocratie d’une crise à l’autre, de Marcel Gauchet, Edit. C. Deffaut, 2007, en que nos describe el proceso de circularidad crísica que a partir de finales del siglo XIX zarandea la democracia desde el individuo a la sociedad y desde ésta de nuevo a la soberanía individual.

En ese decurso, gracias al sufragio accede a la condición de liberalismo democrático y aprovechando el triunfo de éste frente a los totalitarismos fascista y estalinista, así como la consagración de los derechos sociales en el Estado providencia instala a la democracia en un horizonte sin más allá. Pero a partir de la década de los años ochenta la pujanza del individualismo y el primado de las iniciativas individuales sobre la creatividad de la sociedad civil, la impotencia parlamentaria y la economización de la gran mayoría de los procesos sociales acaban con la vigencia de las clases sociales, arrinconan al mundo del trabajo, reducen la importancia de los grupos y reinstituyen al derecho individual en motor de la historia. Lo que equivale a un adelgazamiento considerable del contenido democrático, que prescinde de todo lo no referido directamente a los individuos.

La soberanía del pueblo desaparece engullida por la soberanía del individuo y la comunidad en su doble dimensión de pública y de lo público es sustituida por la sociedad política del mercado y por la sociedad del mercado político. Al régimen resultante se le ha calificado de democracia mínima, en la que la sustancia decisiva son los derechos humanos, de aquí su apelación de Democracia de los Derechos Humanos. Por lo que la política contra ellos del presidente George Bush -Guantánamo, Bagram y, sobre todo, el veto a la ley del Congreso que prohíbe la tortura- deja a la democracia absolutamente vacía y sin sentido.

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Implosión democrática / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio en Marzo 15th, 2008

El título podría haber sido decadencia de la democracia, corrupción de la democracia, destrucción de la democracia o cualquier otra designación que apuntase a la descripción del proceso y de los resultados del fenómeno que, a lo largo de los últimos 30 años y desde una perspectiva más cauta y académica, se ha calificado como crisis de la democracia. La primera pregunta que se nos impone es la del porqué. ¿Cuáles son las razones de esa crisis, qué es lo que la ha motivado? Y la primera respuesta, obvia y genérica, es la de que todos los poderes, más allá de ciertos límites, se autocorrompen y degradan. También los que conciernen las ideas y formas políticas. Y esos límites se revelan en el carácter relativo de su urgencia, en el hecho de que sus propuestas tienen siempre alternativas.

El totalitarismo que en el mundo contemporáneo, a caballo de los nazifascismos y de los absolutismos comunistas a la defensiva, ha hecho pagar tan elevado precio a individuos y pueblos, ha consagrado la excelencia del régimen democrático por la condición antagonista de sus principios con los de los integrismos totalitarios a la que se ha agregado la nula creatividad política de nuestras sociedades que lo han dejado sólo, sin rivales ni competidores en el horizonte único e irrenunciable, eso sí, de la soberanía del individuo, de su espacio de libertades y de la imperativa igualdad para todos. La consecuencia es que nuestra sola elección política es la democracia. Extra democratiam nulla salus.

Pero además, de la opción democrática forman parte un conjunto de principios, valores, pautas que constituyen un corpus con vocación de referente permanente y una serie de concreciones modales de condición institucional y técnico jurídico, claramente modulables en función de determinaciones contextuales, de exigencias funcionales y de propósitos inmediatos. Evidentemente las formas políticas democráticas históricas, es decir, las democracias concretas encuadrables en el segundo grupo son las que están en crisis, no los principios democráticos, que nunca han gozado de una apreciación tan unánime. Un solo ejemplo: la celebración continua de los derechos humanos. La distancia, que hoy parece insalvable, entre unas (las democracias) y otros (su universo axiológico) ha llevado a afirmar que hoy el destino de la democracia es servir de coartada a la inefectivización de los derechos humanos. Querer hacer más democrática la democracia conduciría a su explosión, como radicalizar el cumplimiento de los derechos humanos se traduciría en su rechazo.

En cualquier caso, en este último año hemos asistido a una avalancha de libros sobre los avatares crísicos de la democracia. Entre ellos hay que leer a autores que con la sola excepción de Jacques Rancière y de su Haine de la démocratie, pertenecen a la onda académica y/o social liberal como Pierre Rosanvallon (La contredémocratie). Diana Mutz (Hearing the other side. Deliberative versus Participatory Democracy); Guy Hermet (L’Hiver de la Démocratie), y Marcel Gauchet (La Démocratie d’une crise à l’autre), y así hasta 14.

En su gran mayoría coinciden en que la inseguridad dominante, tanto política como social y laboral, llevan a privilegiar la estabilidad, la firmeza y la eficacia como objetivos de gobierno y, por tanto, a sobrevalorar la gobernabilidad en el marco del funcionamiento global de los países, lo que en la práctica electoral se traduce en una prima a los partidos más votados, que normalmente son también los más grandes. Los resultados de las pasadas elecciones generales españolas y lo que previsiblemente sucederá en las italianas de abril así lo atestiguan. Es por tanto ridículo indignarse porque Rosa Díez o los dos diputados comunistas hayan necesitado casi diez veces más de votos que los de los grandes partidos cuando el régimen electoral lo hace inevitable. Como lo es, y quizás sea más grave, que lo único que le cabe al elector es votar o no votar a los candidatos que le proponen los partidos -es decir sus cúpulas- y olvidarse luego. Lo que reduce la participación ciudadana a la función de electores, de votantes de las propuestas del poder partidista, que pueden aceptar o rechazar pero no modificar.

Juan Luis Cebrián no es el primer periodista español muy concernido por la vida política. Desde su participación en los años 85/87 en el intento de fletar un grupo político de andadura y contenido radical al aire de la iniciativa de Marco Panella en Italia, que a los demócratas irredentos y por libre nos pareció, cuanto menos, útil; siguiendo con su agudo ensayo sobre El Fundamentalismo democrático y su denuncia de la malversación de la democracia a fin de proteger los intereses de las clases dominantes.

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