Reggio’s Weblog

El socialismo liberal / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Mayo 10th, 2008

En el siglo XX la lucha contra los totalitarismos nazifascistas y el desafío que representan el marxismo y el comunismo polarizan la vitalidad ideológica derivada del antagonismo político que habían mantenido el liberalismo y el socialismo durante el XIX, atenuando considerablemente el perfil diferencial de ambos y su capacidad creadora. A ello se agregan por una parte el parlamentarismo en el que los socialistas concentran su acción y, por otra, el primado de la economía en todos los planteamientos liberales que confieren a lo económico tratamiento preferente cuando no exclusivo, lo que al evacuar, de alguna manera, la confrontación directamente política, contribuye a su convergencia ideológica. Queda sólo en pie el diverso tratamiento de la cuestión religiosa, en particular en su versión integrista, cuya causa hacen suya de manera paradójica los liberales, lo que nos lleva al esperpento romano del alcalde Alemanno, que con su suegro Rauti han mantenido en Italia durante años el referente fascista, asociado hoy al gran capital de Forza Italia y fervorosamente bendecido por el Vaticano. Este pragmatismo politiquero en las alianzas está facilitado por el acercamiento de las posiciones doctrinales y por la atenuación del debate ideológico que, al coincidir con la atonía ciudadana, reduce la política a las luchas por el poder en los partidos. Todo lo cual genera una interpenetración y desleimiento simultáneos que conllevan un proceso de hibridación que recorre la segunda mitad del siglo XX e inaugura procesos de los que los principales son el liberalismo social entre los liberales y el socialismo liberal en el ámbito socialista.

Sobre ambos el centrismo político y su oportunismo maniobrero han operado una apropiación ilegítima que sólo ha servido para aumentar la confusión, cuyo ejemplo más revelador es el New Labor de Tony Blair y la propuesta de la Tercera Vía de Anthony Giddens que le sirve de corpus doctrinal. Su propósito es adecuar la socialdemocracia al capitalismo de las multinacionales mediante algunos ajustes y retoques que permitan la convivencia de ambos, después que el laborismo haya enterrado sus ideales de igualdad y justicia social. Pero esa interpretación de lo que pueda ser el socialismo liberal contradice el planteamiento y las propuestas de quienes han abordado con más rigor y radicalidad su problemática. Reduciéndonos a lo esencial, de lo que se trata es de hacer convivir libertad e igualdad, que son los grandes polos, los referentes centrales a la par que modelos que nos proponen ambas corrientes.

En los años 20/30 del siglo pasado, Carlo Rosselli, militante antifascista formado en los ideales del Risorgimento, voluntario en la guerra civil española y asesinado en París con su hermano Nello por la siniestra banda fascista La Cagoule, en sus dos libros de 1924 y 1930 sobre Socialismo liberal, hace la primera y más acabada presentación de esta nueva corriente. Para él, el liberalismo político, que nada tiene que ver con el económico al que califica de “liberismo”, sólo es inteligible como una filosofía de la libertad que hace de la autonomía del individuo al mismo tiempo su arma de combate y su objetivo final. Frente al mercado que es un simple instrumento técnico y al Estado cuya función se limita a ser un órgano de policía y de defensa, el actor principal del socialismo liberal es el mundo del trabajo al que corresponde hacer efectiva la libertad de todos y no sólo de los ricos. Para Giustizia e Libertà, el movimiento que funda durante su exilio parisino, hay que acabar con los monopolios de hecho y con la concentración de la riqueza en unas pocas manos no recurriendo a la nacionalización operada por un poder público centralizado y burocrático, sino mediante la socialización realizada por organismos autónomos gestionados por trabajadores, técnicos y consumidores. Como insistirá 15 años después Guido Calogero, sólo una socialización de este tipo permitirá democratizar las empresas, tanto públicas como privadas, poniéndolas en manos de quienes tienen que ver con ellas e impidiendo que se conviertan, sobre todo en su versión última de grandes multinacionales, en patronos-dictadores de nuestras vidas. La dimensión federalista, propuesta en especial a nivel europeo, que recoge y empuja Altiero Spinelli, cierra su cuadro programático. Tres pensadores mayores de lo social, Bobbio, Lefort y Habermas, retomarán este intento de interfundir libertad e igualdad y de pensar el cumplimiento del individuo en y por su realización social.

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La perversión de los ideales / 4, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Mayo 3rd, 2008

Éstos son tiempos de confusión, de voracidad, de desvergüenza. En todos los ámbitos, muy en primer lugar en el político y en el económico. Sólo existe el que gana. De ahí que el casi siempre indecente emparejamiento de los más ricos con quien manda no perdona país. Los tenéis en Francia todos apiñados en torno de Sarkozy: Bolloré, Arnault, Lagardère, Pinault, Bouyghes. No falta nadie de los que cuentan en esta ceremonia del glamour y del dinero que a todos nos engorda, en esta celebración de esos microfascismos supervivientes que son la especulación y el beneficio. Un poco a trasmano quedan las desigualdades que matan: la falta de trabajo, la miseria, la cárcel, pero sobre todo, el hambre. Pero es inútil, nos dicen, plantearse problemas en política que no se pueden resolver, especialmente en democracia que es un régimen definitivamente modesto, pragmático, para el que lo bueno coincide siempre con lo posible. Este primado de la sola racionalidad de lo practicable, contrafigura heredada de los desperfectos causados por la radicalidad de los grandes planteamientos totalitarios de cualquier signo -fascismos y comunismos en particular- tenía que traducirse en un rechazo de las ideologías mayores que les sirvieron durante los últimos dos siglos de antecedente. Y lo han hecho por el procedimiento más indoloro: la dilución. Que ha producido ese pensamiento único en el que todos estamos y en el que nadie se reconoce. Un producto blando, informe, absolutamente maleable, que puede justificar cualquier cosa y borra las fronteras entre lo público y lo privado, el gobierno y los negocios. Entre los que se establece una rentable circulación, alimentada en España sobre todo por personalidades del PP como Rodrigo Rato, Manuel Pizarro, Eduardo Zaplana, sin olvidar a su fundador José María Aznar, hoy homme à tout faire del primer tycoon mundial de la información, Robert Murdoch.

En paralelo a esta popularización divulgadora discurren dos procesos de mucho mayor calado, uno desde la posición liberal y otro desde la socialista que intentan reforzar sus respectivas opciones incorporando los elementos más valiosos de la otra que consideran compatibles con su propia identidad. Comenzando con el liberalismo social que tiene su gran arranque en John Stuart Mill que con su propuesta de un New Liberalism no sólo libró a la corriente liberal de los excesos de un individualismo extremo y estéril, sino que dotó de nuevas bases a la economía política y con su obstinada insistencia en asociar la libertad a la igualdad, abrió el camino a una nueva práctica de la democracia. Pionero en muchas cosas, en lo político postuló la extensión del sufragio en todos los ámbitos e impulsó las libertades locales promoviendo el mayor autogobierno posible. Luego acompañado por su mujer, Harriet Taylor, pionera militante feminista, luchó por la igualdad política y civil de los dos sexos y se movilizó en favor del movimiento obrero defendiendo la autoeducación de los trabajadores y la sustitución de la empresa capitalista por la organización cooperativa. Distinguiendo entre producción de riquezas y su distribución proponía introducir la asociación de trabajadores libres en la segunda para, mediante las cooperativas de distribución, reducir las injusticias sociales iniciales derivadas de la producción.

Por lo demás sólo recurriendo a la instrucción universal, a una aceptada limitación de los nacimientos y a una creciente participación de todos en los beneficios, podemos acercarnos al autogobierno económico. Pero quizá la aportación más importante y actual de Mill es su impugnación del productivismo y de los desastres medioambientales que produce con la autolimitación que propone, en la tercera edición de sus Principios de Economía Política (1871), en su cuadro “del estado estacionario” y en la estabilización del capital y la riqueza. Propuesta que le enfrenta totalmente a Hayek y a los neoliberales al uso y lo acerca a las teorías del decrecimiento de Georgescu-Roegen y a las tesis del estacionarismo de Daly. Thomas Hill Green y Leonard T. Hobhouse son los dos grandes compañeros de viaje de Mill en su ruptura con el liberalismo clásico y su justificación de una limitada pero imprescindible intervención del Estado. Green desde su cátedra en Oxford, apoyado en el neohegelianismo lanzó el nuevo credo con el sujeto como una noción abierta y comunitaria y con la libertad positiva como aquella que nos permite hacer algo útil para y con los demás. Hobhouse primer catedrático de Sociología de Londres y editorialista de The Guardian nos ofrece un repertorio de las libertades esenciales -libertad civil, personal, familiar, política, local, internacional, etcétera- todas encardinadas en torno de la libertad social que no es la de un individuo frente a la de los demás sino la que se realiza con y a través de ellos. La libertad de uno, sólo se cumple con la de todos los otros. Estamos en el cogollo del liberalismo social.

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La perversión de los ideales / 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Abril 26th, 2008

La política se muere, los partidos exultan, la ideología se ahoga en la confusión, el poder es el objetivo único y sus aspirantes se multiplican e impacientan. Esa turbamulta de ambiciones y de urgencias cuyos objetivos colectivos son precarios e intercambiables tiene un solo polo de agregación: el éxito personal. Los principios y valores que son su razón de ser han perdido sus perfiles diferenciales y funcionan como pretextos, en algunos casos con voluntad de legitimación, de sus opciones y prácticas. Público y privado son espacios de interpenetración y convergencia igualmente aptos para la práctica del mando, en particular dentro de los partidos. De aquí que a sus puertas se agolpen todos aquellos que se sienten particularmente concernidos por esa actividad y que los partidos se hayan convertido en campos privilegiados de las luchas por la conquista del poder en la sociedad en su conjunto y dentro de los colectivos que cada uno de ellos forma.

Ciñéndonos a la inmediata actualidad, el Partido Popular español y la pugna entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy y sus contornos militantes más inmediatos, por no hablar de las rivalidades dentro de los nacionalismos catalán y vasco; o la desaforada carrera en pelo en el socialismo francés en el que la porfía Ségolène Royal / Bertrand Delanoë sigue estando acompañada por un nutrido escuadrón de barones de los que ninguno se quiere bajar del tren. Entre ellos destacan Dominique Strauss-Kahn, Laurent Fabius, Pierre Moscovici, Martine Aubry, Julien Dray, Vincent Peillon, sin olvidar la función de hermano mayor que sigue cumpliendo Lionel Jospin y los últimos reclutados Arnaud Montebourg y el catalán francés Manuel Valls. Brega que deja necesariamente cicatrices y que no puede abreviarse mediante una clarificación ideológica que ayude al posicionamiento y por ende a la agrupación de unos y de otros. Aunque tanto en el campo liberal como en el socialista se reclame un esclarecimiento programático que precise y redefina cuál es su marco doctrinal y cuáles sus fundamentos políticos básicos.

En el caso del Partido Popular español convendría confirmar si la decisión de José Maria Aznar de alinearlo frontalmente en el espacio de los neocons norteamericanos sigue vigente tanto respecto de la política internacional como en los temas de política social y de tratamiento de la naturaleza, o por el contrario las matizaciones en favor del liberalismo clásico de Rajoy, Camps, Arenas, etcétera, son hoy los dominantes. En cualquier caso, la existencia de una plataforma doctrinal tan potente como FAES debería ayudar a su partido a situarse con claridad en el nuevo liberalismo o en el integrismo neocon. El Partido Socialista francés se dotó el martes pasado de una nueva Declaración de Principios, que se someterá a debate y votación en la Convención Nacional del próximo 14 de junio y sustituirá a la que se aprobó en el año 1990. La declaración que revindica una economía social y ecológica de mercado; que se declara favorable a un modelo de desarrollo sostenible y se manifiesta comprometida con la salvaguardia del planeta; insiste en la obligación de promover un sector privado dinámico. Parece claro que la nueva opción del socialismo francés, como veremos después, se sitúa en la línea de lo que se ha calificado de socialismo liberal.

Clarificación especialmente importante en este momento en el que las dos grandes opciones político-ideológicas, el liberalismo y el socialismo que durante los siglos XIX y XX han señoreado la vida publica del mundo occidental, han perdido bastantes de sus características antagónicas y han ido acercando sus posiciones hasta constituir un continuum en diversos ámbitos.

Este proceso de aproximación doctrinal y de homogeneización en los planteamientos y soluciones es lo que ha generado el resultado que hoy se designa como pensamiento único. Pero más allá de la vaguedad y de la indefinición básica propia de esta designación, la interrelación entre liberalismo y socialismo puede ser objeto, tanto en su decurso histórico como en su aprehensión teórica, de una doble consideración, que parte en ambos casos del descrédito de las experiencias comunistas, en especial de la soviética. Sus dos grandes referentes, que constituyen los ejes centrales de la democracia radical, son la libertad y la igualdad. El tratamiento de su interacción y la secuencia de sus prioridades se traducen en las dos grandes variantes: el liberalismo social desde J. S. Mill pasando por Calogero hasta Monique Canto-Sperber, y el socialismo liberal con Rosselli, Bobbio, Lefort y Habermas.

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La perversión de los ideales: Italia, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Internacional, Política by reggio on Abril 19th, 2008

Las últimas elecciones italianas y sus resultados ofrecen una ilustración paradigmática de la corrupción de la política democrática que he comenzado a comentar en esta columna. Corrupción que se delata en la malversación de los principios y en su pandemónium ideológico; en la mediocridad, a la par que en el envilecimiento de muchos de sus actores individuales (los políticos) y colectivos (los partidos); en el descrédito de la mayoría de sus prácticas; en la falsificación del lenguaje y de los signos; en la producción de una devastadora desigualdad entre personas y países.

El sábado, al presentar los ideales del liberalismo democrático, se insistió en que, más allá del mercado, su referente principal es el individuo y el marco jurídico que hace posible el pleno ejercicio de su libertad. Ese propósito encuentra su mejor cumplimiento en el ámbito de la sociedad civil, siempre amenazada por el Estado y las políticas gubernamentales, cuyo espacio hay que reducir a la mínima expresión.

Pues bien, Silvio Berlusconi, jefe de Gobierno en dos ocasiones anteriores, ganador absoluto de estos comicios y uno de los hombres más ricos de Italia, así como su coalición de fuerzas autodenominada Pueblo de la Libertad, al mismo tiempo que se proclaman liberales y demócratas se comportan como sus más acerbos antagonistas. Por de pronto, integran en su coalición la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, heredera del fascismo italiano, que se honra con una nieta del duce y confía a una militante como la abogada Giulia Bongiorno, defensora de Giulio Andreotti en los dos juicios que se le hicieron por asociación mafiosa, la cartera de ministro de Justicia. Reservan después el Ministerio del Interior a Roberto Maroni, que es el número dos de la Liga del Norte, cuyo ultranacionalismo regional tiene en su presidente, Umberto Bossi, su portavoz más eficaz, que no se recata en decir que la medida más eficaz contra la inmigración ilegal son las ametralladoras, que Roma es una ladrona y que “la limpieza étnica debe comenzar por los maricones”. Gianni Letta, el brazo derecho de Berlusconi, vigilará desde la vicepresidencia, o una posición central análoga, que este imparable dispositivo no sólo controla la política, sino que ocupa todo el espacio de la sociedad. O, para decirlo con palabras de Franco Rositi, uno de los más agudos científicos sociales italianos, estas elecciones han servido para desmontar el Estado de derecho en Italia, condición necesaria para someterlo todo a la voluntad política del Gobierno, que es precisamente el antiideal liberal.

Esta politización total de la acción pública, extendida a todos los espacios societarios, coincide además con el máximo desprestigio de la política, como prueban el éxito de El Caimán, parodia burlesca que Nanni Moretti ha dedicado a Berlusconi, y la extraordinaria notoriedad e influencia del humorista político Beppe Grillo, cuyo blog, centrado en la crítica de la política, es uno de los más visitados del mundo y cuya convocatoria del V-Day, día de la vergüenza, movilizó a más de 20 millones de personas en 20 ciudades de Italia.

Cuando este extraordinario empresario reiteradamente procesado y en alguna ocasión condenado, cuya compatibilidad con la Mafia puso de relieve la sentencia a nueve años de su íntimo colaborador Cesare Previti y la de Dell’Utri, cofundador de Forza Italia, alcance su meta de conquistar la presidencia de la República se habrá quedado con el Estado italiano como antes se quedó con la televisión y habrá cerrado gloriosamente el ciclo de la absoluta privatización de la política, mediante la absoluta politización de lo privado.

Lo que es posible porque, como sostiene Guido Martinotti, a quien tanto debe la institucionalización de la sociología en Italia y en el mundo, la República (como Res Publica) ya no existe en su país. Con lo que sin el marco global republicano; sin la presencia parlamentaria de los partidos de la izquierda real, con el Arco Iris reducido a poco más del 3% desde el 10% anterior y con los socialistas de Boselli apenas llegando al 1%; con una estructura judicial frágil y politizada que la señora Bongiorno se encargará de tener a raya; con un empresariado dócil y ganado a la causa del capitalismo puro, al que, por boca de Giulio Tremonti, recién nombrado ministro de Economía, todos los males le vienen de la globalización y de mayo del 68; y con una esfera de la comunicación que sólo se mueve de su mano es evidente que toda oposición será casi imposible. Sólo quedarán por liquidar algunos núcleos intelectuales, pero la limpieza de personas y doctrinas ya está servida. Se anuncia en efecto la revisión en los textos escolares de la presentación de la lucha antifascista con el fin de acomodar su memoria histórica a los designios del poder político. Queridos Franco, Eva, Guido, Marino, ¿qué ha sucedido con nuestras esperanzas italianas?

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La perversión de los ideales / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Abril 12th, 2008

A los efectos de esta reflexión el ideal es un conjunto de principios, valores y propuestas a cuya realización aspiran los seres humanos en un ámbito determinado o en la totalidad de sus existencias. Las grandes formaciones políticas, los cuerpos doctrinales que las sustentan y los marcos referenciales que las enmarcan sufren transformaciones con el paso del tiempo, y, en ocasiones, desembocan en contrafiguras que pervierten sus valores iniciales y son una dramática caricatura de su versión inicial.

Ese ha sido el destino de los principales movimientos políticos -liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, conservadurismo y fascismo- a la par que de las fuerzas que los han apoyado, que durante los últimos dos siglos han ocupado, sin solución de continuidad, el espacio político.

De entre ellos, hoy, en la perspectiva democrática del mundo occidental, los más en pie son el liberalismo y las versiones atenuadas del socialismo, a las que conocemos como social-democráticas y, más conservadoramente, social-liberales.

En su surgimiento, el liberalismo aparece como un movimiento de andadura rupturista, en claro antagonismo con el Antiguo Régimen, en su doble dimensión política y religiosa, a las que se opone y que quiere sustituir. Su impugnación del absolutismo religioso y la batalla por la secularización, que entronca con el planteamiento básico de la ideología de la Ilustración, supone un enfrentamiento frontal con las posiciones de la Iglesia católica alineada con las opciones de la Monarquía y estrechamente asociada a las prácticas absolutistas del poder real.

La conjunción de estos dos absolutismos hace de la lucha liberal contra ellos uno de los primeros movimientos de liberación política en Europa occidental. El impulso hacia la democracia que lo subtiende, constituye, como señala Pierre Manent, en Histoire intellectuelle du libéralisme, Calmann-Levy 1987, una determinación democrática permanente que volveremos a encontrar en su acción contra los poderosos por herencia, la descalificación del Estado y su oposición a la dominación de las masas.

Esa pulsión inagotable acabará produciendo la convergencia de liberalismo y democracia en una de las figuras dominantes de la contemporaneidad política: el liberalismo democrático o demoliberalismo. Sus pilares fundamentales son los intereses y los individuos, o más precisamente los intereses individuales únicos capaces de organizar una comunidad libre y autónoma, susceptibles de cubrir sus necesidades naturales, sin que las opiniones ni las pasiones vengan a interferir en esa satisfacción, lo que es su primer derecho natural básico, al que nadie puede oponerse.

Matriz que se declina en tres grandes bloques: derecho a la vida y a la integridad física; derecho a la propiedad y al trabajo, que es el que nos asegura nuestra subsistencia, y derecho a la libertad y a la crítica, que son los que nos garantizan el poder elegir lo que más nos conviene. La organización y el poder político no tienen más razón de ser que la de afianzar y proteger esos derechos.

La conjunción entre fines del individuo y cumplimiento social se realiza en el intercambio de bienes y servicios cuya eficacia igualitaria reposa en la eliminación de grupos y clases dominantes hereditarias que falsean el intercambio y perpetúan la injusticia. El intercambio se opera en un espacio privilegiado de la sociedad, el mercado, que no necesita de ningún poder ni reglas ajenas a él, porque dispone de disposiciones reguladoras propias, las leyes del mercado que además están presididas por “una mano invisible” que opera por sí sola desde dentro, afianzando y preservando su articulación.

Los padres fundadores, John Locke, Adam Smith, Edmund Burke, Thomas Paine, François Guizot y Jean-Baptiste Say, y nuestros más próximos, Tocqueville, Stuart Mill, Von Mises, Von Hayek, Jouvenel y Aron han construido un impresionante corpus doctrinal que representa una muy digna propuesta filosófica y político-económica, que yo inevitablemente he trivializado y que el lamentable quehacer de los políticos y la voracidad del beneficio han transformado en un mundo de horrores.

Dany-Robert Dufour acaba de publicar -en Le divin marché. La révolution culturelle libérale- un inventario de los mismos en forma de mandamientos: “Sólo te dejarás guiar por tu egoísmo”, “Los otros sólo serán instrumentos para lograr tus objetivos”, “Combatirás todos los Estados y todos los gobiernos”, “Violarás las leyes sin que te condenen”, y así hasta diez.

Ilustrando la máxima de Mandeville, “los vicios privados son los que producen la riqueza pública” que reduce el ideal liberal a una abominable caricatura.

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Una dramática perversión, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Derechos, Política by reggio on Abril 5th, 2008

Estados Unidos es el primer país del mundo por su potencia política, económica, científica y tecnológica, y el referente privilegiado de la democracia mundial. Sin olvidar que todos los que hemos vivido y trabajado allí podemos dar fe de la práctica ejemplar de su democracia cotidiana. Por todo ello resulta preocupante e inaceptable la regresión que se ha producido en diversos ámbitos durante la presidencia de George Bush, en particular después del atentado del 11-S y con ocasión de la guerra de Irak, en materia democráticamente tan decisiva como el reconocimiento y respeto de los derechos humanos. Los sucesos de Abu Ghraib, de los que existen abundantes documentos escritos y fotográficos; los testimonios de los detenidos en Guantánamo; las revelaciones sobre las prisiones de la CIA localizadas en Europa; el escándalo que representa Bragam, un súper Guantánamo, y, por último, el veto del presidente Bush a la ley votada por el Congreso prohibiendo los actos de tortura y en particular el waterboarding. Ese veto corona los intentos de la Administración norteamericana para legitimar la tortura, cuyo acomodo jurídico se inició cuanto Alberto Gonzales fue nombrado fiscal general por el presidente Bush.

A ese proceso legitimador, el veto presidencial aporta su confirmación política y las series televisivas Lost, 24 horas chrono, Alias, Law and order le añaden la consagración mediática. En un estudio realizado por la organización Human Rights First se cuentan hasta 624 escenas de tortura emitidas en la televisión norteamericana, entre 2002 y 2005, en horarios de máxima audiencia. Su gran héroe es Jack Bauer, protagonista de 24 horas chrono, que para Joel Surnow, su creador, lejos de ser un torturador es el gran luchador por la libertad y la democracia. Bill Kristol y Lawrence Kaplan, dos neocons y promotores de la guerra total de George Bush, califican los desastres de Afganistán e Irak, con ya cerca de 300.000 muertos, como las dos primeras grandes victorias de la democracia en Oriente Medio. Christian Salmon, en su espléndida crónica sobre este tema en el diario Le Monde del 15 de marzo pasado, nos recuerda la justificación de la tortura por parte de Antonin Scalia, juez en la Corte Suprema de Estados Unidos, quien alaba el ejemplo del citado Jack Bauer, pues habría salvado gracias a las prácticas torturadoras, al menos en la pantalla, centenares de miles de vidas. Finalmente, en el ámbito universitario, el profesor Alan Dershowitz, de la Universidad de Harvard, alegando la inseguridad en que nos sitúa la amenaza terrorista, recurre al argumento del estado de necesidad (necesitamos imperativamente la seguridad para poder seguir viviendo en comunidad) que convierte a la tortura en un mal menor.

Esta democratización finalista de la tortura, que supone una malversación de los derechos humanos y, por tanto, una perversión absoluta de los principios y valores democráticos, obliga a los demócratas de todo el mundo y en particular a los comprometidos en su defensa a pedir su rectificación. Obligación que la Convención Internacional contra la Tortura, de alcance universal, permite hacer efectiva en cualquier lugar y que, por tanto, nos concierne e interpela directamente a todos, sea cual sea nuestra nacionalidad, allí donde nos encontremos. A los españoles también.

Este artículo está respaldado por otros 47 firmantes, entre ellos, Fernando Álvarez de Miranda, Óscar Alzaga, Rafael Calvo Ortega, Manuela Carmena, Rafael Fernández Montalvo, Enrique Gimbernat, Luis González Seara, Carlos Jiménez Villarejo, José Antonio Martín Pallín, Federico Mayor, Alberto Oliart, Salvador Pániker, Gregorio Peces-Barba, Javier Pérez Royo, Antonio Remiro Brotóns y Miguel Satrústegui.

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La democracia bajo sospecha, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 29th, 2008

A la democracia la ha contaminado de desconfianza nuestra sociedad. Una sociedad en la que lo único que cuenta es ganar dinero, tener poder, ser famoso, a cualquier precio, a golpe de lo que sea, engaños, timos, trampas. Una sociedad del chanchullo generalizado en la que nadie se fía de nadie, en la que nada se da por bueno. Y así cuando nos presentan una hazaña -en estos días, en los campeonatos europeos de natación de Amsterdam, Alain Bernard pulverizando los récords de los 50 y lo 100 metros libres- sólo nos preguntamos a qué treta se debe, qué producto potenciador se ha añadido al submutamol que toma para su asma, para lograr hacer el milagro.

Pierre Rosanvallon ha apostillado su libro La contrademocracia, con el subtítulo de La política en tiempos de desconfianza, cuyo propósito es proponer las medidas que puedan combatirla. Al resultado le llama una democracia de vigilancia, que articula en torno de tres funciones: vigilar, denunciar y anotar.

Atrincherado en su posición de profesor del Collège de France, sostiene que, contrariamente a la interpretación dominante, los nuevos movimientos sociales y las modalidades de su militantismo no son comportamientos de ruptura y transformación, sino práctica de vigilancia y estabilización al igual que las intervenciones espontáneas en Internet no son espacios de libertad total sino que han dado lugar a lo que ya se llama la e-democracia de control.

Este clima general de recelo y suspicacia en lo social y cotidiano se agrava sobremanera en lo político. En los dos libros de denuncia puntual de la realidad norteamericana -Suzanne Garment Scandals, The Crisis of Mistrust in American Politics, Times Books; y Mertha C. Nussbaum, Hiding from Humanity: Disgust, Shame and the Law, Princeton University Press- y en las dos formulaciones globales más brillantes de este fenómeno -Mark E. Warren, Democracy and Trust, Cambridge University Press, y Mattei Dogan, Political Mistrust and the Discrediting of Politicians, Leyde and Boston Brill- abundan los ejemplos, los análisis y las conclusiones, que no cabe resumir. Sólo una procedente del último texto citado. Para el profesor Dogan, lo que mejor ilustra la situación actual es la absoluta falta de ejemplaridad de la inmensa mayoría de los líderes políticos, que acompañan su mediocridad con una bien retribuida y visible circulación entre el poder político y el poder económico. Nombres tantos, en la España de hoy, que dan cuerpo cotidiano a la sospecha y fragilizan el régimen democrático. Los analistas, al encarar este malestar múltiple de la democracia, la califican de crisis y con esa designación y desde esa perspectiva, pasan del centenar los libros que en los últimos 25 años lo han abordado.

Uno de los últimos y además de los más penetrantes es el breve texto La démocratie d’une crise à l’autre, de Marcel Gauchet, Edit. C. Deffaut, 2007, en que nos describe el proceso de circularidad crísica que a partir de finales del siglo XIX zarandea la democracia desde el individuo a la sociedad y desde ésta de nuevo a la soberanía individual.

En ese decurso, gracias al sufragio accede a la condición de liberalismo democrático y aprovechando el triunfo de éste frente a los totalitarismos fascista y estalinista, así como la consagración de los derechos sociales en el Estado providencia instala a la democracia en un horizonte sin más allá. Pero a partir de la década de los años ochenta la pujanza del individualismo y el primado de las iniciativas individuales sobre la creatividad de la sociedad civil, la impotencia parlamentaria y la economización de la gran mayoría de los procesos sociales acaban con la vigencia de las clases sociales, arrinconan al mundo del trabajo, reducen la importancia de los grupos y reinstituyen al derecho individual en motor de la historia. Lo que equivale a un adelgazamiento considerable del contenido democrático, que prescinde de todo lo no referido directamente a los individuos.

La soberanía del pueblo desaparece engullida por la soberanía del individuo y la comunidad en su doble dimensión de pública y de lo público es sustituida por la sociedad política del mercado y por la sociedad del mercado político. Al régimen resultante se le ha calificado de democracia mínima, en la que la sustancia decisiva son los derechos humanos, de aquí su apelación de Democracia de los Derechos Humanos. Por lo que la política contra ellos del presidente George Bush -Guantánamo, Bagram y, sobre todo, el veto a la ley del Congreso que prohíbe la tortura- deja a la democracia absolutamente vacía y sin sentido.

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Implosión democrática / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 15th, 2008

El título podría haber sido decadencia de la democracia, corrupción de la democracia, destrucción de la democracia o cualquier otra designación que apuntase a la descripción del proceso y de los resultados del fenómeno que, a lo largo de los últimos 30 años y desde una perspectiva más cauta y académica, se ha calificado como crisis de la democracia. La primera pregunta que se nos impone es la del porqué. ¿Cuáles son las razones de esa crisis, qué es lo que la ha motivado? Y la primera respuesta, obvia y genérica, es la de que todos los poderes, más allá de ciertos límites, se autocorrompen y degradan. También los que conciernen las ideas y formas políticas. Y esos límites se revelan en el carácter relativo de su urgencia, en el hecho de que sus propuestas tienen siempre alternativas.

El totalitarismo que en el mundo contemporáneo, a caballo de los nazifascismos y de los absolutismos comunistas a la defensiva, ha hecho pagar tan elevado precio a individuos y pueblos, ha consagrado la excelencia del régimen democrático por la condición antagonista de sus principios con los de los integrismos totalitarios a la que se ha agregado la nula creatividad política de nuestras sociedades que lo han dejado sólo, sin rivales ni competidores en el horizonte único e irrenunciable, eso sí, de la soberanía del individuo, de su espacio de libertades y de la imperativa igualdad para todos. La consecuencia es que nuestra sola elección política es la democracia. Extra democratiam nulla salus.

Pero además, de la opción democrática forman parte un conjunto de principios, valores, pautas que constituyen un corpus con vocación de referente permanente y una serie de concreciones modales de condición institucional y técnico jurídico, claramente modulables en función de determinaciones contextuales, de exigencias funcionales y de propósitos inmediatos. Evidentemente las formas políticas democráticas históricas, es decir, las democracias concretas encuadrables en el segundo grupo son las que están en crisis, no los principios democráticos, que nunca han gozado de una apreciación tan unánime. Un solo ejemplo: la celebración continua de los derechos humanos. La distancia, que hoy parece insalvable, entre unas (las democracias) y otros (su universo axiológico) ha llevado a afirmar que hoy el destino de la democracia es servir de coartada a la inefectivización de los derechos humanos. Querer hacer más democrática la democracia conduciría a su explosión, como radicalizar el cumplimiento de los derechos humanos se traduciría en su rechazo.

En cualquier caso, en este último año hemos asistido a una avalancha de libros sobre los avatares crísicos de la democracia. Entre ellos hay que leer a autores que con la sola excepción de Jacques Rancière y de su Haine de la démocratie, pertenecen a la onda académica y/o social liberal como Pierre Rosanvallon (La contredémocratie). Diana Mutz (Hearing the other side. Deliberative versus Participatory Democracy); Guy Hermet (L’Hiver de la Démocratie), y Marcel Gauchet (La Démocratie d’une crise à l’autre), y así hasta 14.

En su gran mayoría coinciden en que la inseguridad dominante, tanto política como social y laboral, llevan a privilegiar la estabilidad, la firmeza y la eficacia como objetivos de gobierno y, por tanto, a sobrevalorar la gobernabilidad en el marco del funcionamiento global de los países, lo que en la práctica electoral se traduce en una prima a los partidos más votados, que normalmente son también los más grandes. Los resultados de las pasadas elecciones generales españolas y lo que previsiblemente sucederá en las italianas de abril así lo atestiguan. Es por tanto ridículo indignarse porque Rosa Díez o los dos diputados comunistas hayan necesitado casi diez veces más de votos que los de los grandes partidos cuando el régimen electoral lo hace inevitable. Como lo es, y quizás sea más grave, que lo único que le cabe al elector es votar o no votar a los candidatos que le proponen los partidos -es decir sus cúpulas- y olvidarse luego. Lo que reduce la participación ciudadana a la función de electores, de votantes de las propuestas del poder partidista, que pueden aceptar o rechazar pero no modificar.

Juan Luis Cebrián no es el primer periodista español muy concernido por la vida política. Desde su participación en los años 85/87 en el intento de fletar un grupo político de andadura y contenido radical al aire de la iniciativa de Marco Panella en Italia, que a los demócratas irredentos y por libre nos pareció, cuanto menos, útil; siguiendo con su agudo ensayo sobre El Fundamentalismo democrático y su denuncia de la malversación de la democracia a fin de proteger los intereses de las clases dominantes.

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Los ‘think tanks’, miseria de ideas / 2, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Medios, Política by reggio on Marzo 1st, 2008

Sólo hay la retórica habitual, el mercadeo publicitario y una patética miseria de ideas

El Project for the New American Century es el instrumento privilegiado por Cheney y Wolfowitz para condicionar la acción exterior de EE UU, aunque más de 1.500 organizaciones distribuidas entre conservadoras, centristas y progresistas le acompañen en ese intento. Entre las primeras, identificadas con los neocons, las más influyentes son la American Enterprise Institute que con el Hudson Institute, el Center por Security Policy, la Heritage Foundation, con sus portavoces políticos, Newt Gingrich, antiguo representante republicano del Congreso, y Don Quayle, ex vicepresidente de Reagan, y el Leadership Institute constituyen un frente belicista, ligado a la industria del armamento, que se proponen reforzar el arsenal nuclear y quieren programar su utilización.

La radicalidad de este integrismo se atenúa en parte en la doctrina y la acción de la Brookings Institution, creada en 1927 y dotada con 40 millones de dólares, lo que la sitúa en cabeza de los think tanks de EE UU, a la que se han incorporado bastantes colaboradores de Clinton. Forman bloque con ella el Carnegie Endowment for International Peace, que desde principios del siglo pasado se ha centrado en el estudio y promoción de la política exterior norteamericana, así como el Center for Strategic and International Studies, en el que colaboran grandes personalidades de todas las opciones como Kissinger, Schlesinger, Brzezinski, etcétera, y también el Institute for International Economics.

Todas ellas se sitúan en la frontera de la contrarrevolución conservadora sin abrazar sus principios y políticas, pero sin oponerse frontalmente a ella. Algo más escorados hacia el centro-izquierda, en términos políticos norteamericanos, nos encontramos, como señala Andrew Rich, Think tanks, public politics and the politics of expertise, Cambridge Univ. Press, 2004, con el Center for American Progress que John Podesta, secretario general de la Casa Blanca en tiempos de Clinton, promueve en 2003 con Robert Boorstin y preside desde entonces. La incorporación de George Soros permite que, a pesar de sus modestos orígenes -sólo ocho personas y apenas un millón de dólares-, en menos de dos años se conviertan en una pieza importante para proponer un nuevo planteamiento de la guerra de Irak.

Asociado con el Progresive Policy Institute, al que vienen a sumarse el Institute for Policy Studies y el Council of Foreign Relations, quieren superar todos los radicalismos y poner fin a lo que consideran el obsoleto antagonismo entre los viejos conservadurismos y la socialdemocracia clásica. El lanzamiento de la Tercera Vía en la conferencia sobre La gobernanza en el siglo XXI, que reúne a Bill Clinton, Tony Blair, Massimo d’Alema, Gerhard Schröder y Wim Kok, a finales de 1999, responde a ese planteamiento. Sus dos grandes referentes, Democracia y Mercado, pronto se funden en el sintagma Democracia de mercado, que confirma ese consenso blando que sólo impugnan los integristas Robert Kagan, en su libro El poder y la debilidad, y William Kristol, quien fustiga a los que siguen los resultados de los sondeos. “No se trata de obedecer a la opinión pública sino de crearla”. La combatividad de la derecha dura, antecedente de los neocons, que aparece a finales de los 60 en lo que se llamó la guerra cultural, como reacción frente a la revuelta estudiantil y a la ola de reivindicaciones sociales, tanto laborales como de vida cotidiana, se tradujo en el amortiguamiento de la voluntad de cambio que existía en todos los países, anticipó la renuncia de la izquierda real y propició el entreguismo en que acabaría desembocando.

En el Reino Unido, ni el Institute of Economic Affairs y el Adam Smith Institute en el bando conservador, ni el Policy Network, Demos, el Foreign Policy Center o el Institute for Public Policy Research en el laborista, lograron suscitar una confrontación al mismo tiempo rigurosa y radical de sus antagónicas opciones y de las propuestas que de ellas podían derivarse. En Francia, tampoco las iniciativas más ambiciosas, como el Institut Français des Relations Internationales, el Institut de Développement Durable, el Institut Montaigne, l’Institut des Relations Internationales et Stratégiques, la Fondation pour l’Innovation Politique, Notre Europe, La République des Idées, al igual que las fundaciones vinculadas a partidos políticos -Jean Jaurès al socialista, Gabriel Péri al comunista, Robert Schuman a los centristas, Copernic a la izquierda radical-, han conseguido crear un espacio, exigente de reflexión y debate político.

Lo más desconsolador de este censo de organizaciones y de sus operaciones es que ni siquiera cabe hablar de guerra de ideas. Pues, con excepción de los exabruptos y anatemas de la derecha ultrarreaccionaria, no hay guerra; y, en cualquier caso, no hay ideas. Sólo hay la retórica habitual, el carrerismo, el mercadeo publicitario y una patética miseria de ideas. Las elecciones en todas partes, nos lo están confirmando.

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Cuénteme un cuento / 1, 2, y 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Literatura, Política by reggio on Febrero 9th, 2008

Esta columna podría subtitularse Los milagros del story-telling, pues trata de los múltiples usos del relato en los más diversos campos y de sus prodigiosos efectos. La práctica de contar historias es una nueva modalidad de comunicación que actualiza las estrategias de la persuasión y desarrolla y profundiza las técnicas de la propaganda, utilizando los recursos del universo narrativo para crear una estructura receptiva y un clima emocional favorables al logro de los objetivos de quien lo utiliza. Surgido en las universidades americanas a finales de los noventa, comienza a producir frutos bibliográficos con el siglo XXI. Las obras de Stephen Denning, Nash Christopher, Francesca Poletta, David Snowden y Marie Laure Ryan, y, entre los franceses, Eddie Soulier, Le story telling. Concepts, outils et applications (2006), y Christian Salmon, Story telling (2007), son una excelente iniciación. ¿Cuándo va a decidirse una editorial española a ofrecer alguno de ellos a nuestros estudiantes?

Pronto hará seis lustros que Roland Barthes, con la agudeza y la pertinencia analítica que le eran propios, presentó (Introducción al análisis estructural del relato, Seuil, 1981) la narración como uno de los más eficaces instrumentos de conocimiento. Las virtualidades que atribuye al relato -”los cuentos del mundo son innumerables”, escribe- se agregan al hecho de que haya acompañado a la humanidad desde sus mismos orígenes y de que no quepa imaginar, según él, ni comunidad ni pueblo sin una narración que les haga simbólicamente existir. Cuentos, fábulas, relatos, crónicas, reseñas, memorias, historias, baladas, hablillas, epopeyas, confesiones… son los soportes y ejecutores de la narración, como responsable de la institución emblemática de la realidad.

La narratología que Tzvetan Todorov (Grammaire du Décaméron) y Gérard Genette (Discours du récit) desarrollaron en las décadas de los sesenta y setenta quiso ser una verificación de las propuestas de Barthes y Greimas y ha funcionado como banco de pruebas de la efectividad del relato. Sin entrar en la descripción de un periplo que desborda las posibilidades de esta modesta columna, y renunciado a explorar las complejas diferencias entre la narratología clásica de condición puramente estructuralista y la posclásica que incorpora el contexto al análisis textual, es importante señalar con Gerald Prince (A Grammar of Stories) que, después de la fase clásica dominada por el tratamiento lingüístico narrativo, la narratología se abre a todo tipo de objetos, acontecimientos y procesos convirtiéndose en el antecedente directo de los practicantes del story-telling. Cuando éstos la utilizan en ámbitos tan diversos como la economía, el deporte, el ejercicio militar, la teología, el derecho, la medicina, el marketing, la psicología, la empresa, la política, las ciencias sociales están sirviéndose del saber narratológico de los padres fundadores europeos. Esta voracidad del uso narrativo, esta multiplicidad vocacional del relato no debe hacernos olvidar que en estos tiempos de mesianismo capitalista, consecuencia del imperio del capitalismo de cruzada, los dos grandes referentes son la mercancía y sus consumidores. Movilizado por ese mecanismo que llamamos marketing, en cuyo centro están la gestión y las marcas, el logo, que ya había fagocitado los productos (Naomi Klein, No Logo: lo que se venden no son las mercancías, sino las marcas) se transmuta en su relato, en la historia que lo hace marca. Salmon, apoyado en las reflexiones de Laurence Vincent (Legendary Brands, 2002) y de Sergio Zyman (The End of Advertising as we know it, 2002) entre otros, concluye que la publicidad basada en la imagen de la marca ha sido sustituida por su historia (de la brand image a la brand story) y los consumidores efectivos de la narración han ocupado las posiciones de los consumidores potenciales del producto. De la mercancía a la marca y de ésta a su mito.

Este enaltecimiento del relato y de sus capacidades suasorias interviene en un momento en el que la ideología antiprogreso de los posmodernos, incluso en sus más eminentes representantes (Jean François Lyotard) han intentado y en parte conseguido abolir los valores y símbolos de la Ilustración y de las obras -los Grandes Relatos- que los expresaban. En esta situación la impetuosa emergencia de las prácticas narrativas nos reenvía a la perspectiva cognitiva de Jérôme Bruner (Por qué nos contamos historias, 2002) donde se insiste en la predisposición de los seres humanos para asumir los cuentos y, por tanto, en la necesidad de contárselos. El imperialismo narrativo que ello conlleva ha producido una absoluta literaturización de cualquier conjunto de textos, sean libros o publicaciones periódicas. En inevitable detrimento de los análisis de andadura científica y más aún de las obras de pensamiento, con lo que nuestros grandes pensadores son los literatos de éxito, confirmados por una información mediática, hecha de historietas y estampitas.

La narración, eje de este análisis, no tiene como única modalidad expresiva la manifestación lingüística y textual, sino que en esta civilización digital la forma privilegiada de su existencia es la virtual y los dispositivos y mecanismos que le dan vida, entre los que sobresalen por su generalización los videojuegos. Pero el triunfo del storytelling en los contextos educativos norteamericanos, en particular universidades y escuelas de comercio, ha sido tan extraordinario que hoy abundan los festivales en torno de esta temática y que en más de 500 grandes empresas y organizaciones sociales se les dedica una atención especial. Narrar, simular, persuadir, movilizar. Las agencias de marketing y de relaciones públicas no sólo han contribuido a multiplicar sus usos, sino que han sido decisivos en la mundialización ideológica de su núcleo creencial, que es el de que estoy llamando capitalismo de cruzada. En él, la interacción de religión, economía y política es tan profunda que nos instala en un incendio fusional, una especie de non sancta comunión de los santos. Este capitalismo emocional, como lo llama Eva Illouz (Les sentiments du capitalisme, Seuil, 2006), corresponde a la era de la ficción en que vivimos, en la que la desrealización que han operado los medios y el imperio digital ha alcanzado a todos los ámbitos de la realidad. Me limitaré por mor de la columna a dos decisivos: la economía y la guerra.

El ejemplo más paradigmático de la economía-ficción, que coincide plenamente con la financiarización total de las actividades económicas, el capitalismo casino, es el caso Enron. Creada por Ken Lay, de familia pobre e hijo de pastor evangélico, estudia economía y se establece en Washington a principios de los años ochenta. Es la época de Reagan, para quien “el Gobierno no puede resolver ningún problema, sino más bien crearlos, porque él es el problema. Hay que liberar al empresario de cualquier clase de trabas, hay que comulgar en la magia del mercado”. En 1985, la total desregulación del mercado del gas lleva a Ken Lay a crear Enron y, con Jeff Skilling, a servirse del comercio de partidas de gas como si fueran acciones. Enron se convierte en una bolsa de valores de gas natural. Skilling ha convencido a Arthur Andersen para que en la contabilidad figuren como beneficios no las ganancias reales sino potenciales. Esta contabilidad ficticia hace posible que en 16 años los activos pasen de 10.000 a 65.000 millones de dólares y que luego, en menos de un mes, pierdan el empleo más de 20.000 empleados y que más de 2.000 millones de sus pensiones se vayan al garete.

La preparación a la guerra ha sido uno de los campos en los que con más éxito ha intervenido el storytelling montado sobre los videojuegos. El Pentágono, la Universidad de California y Hollywood, convocados por el Institute of Creative Technologies (ICT), que el STRICOM, Departamento de las Fuerzas Armadas de los EE UU, pone en marcha el año 1999 y dota con casi 50 millones de dólares anuales, elaboran un videojuego muy eficaz para la instrucción militar. El JFETS (Joint Fires and Effects Trainer System) se propone situar a los soldados en universos bélicos virtuales que reproduzcan las condiciones reales de las luchas sobre el terreno en Afganistán e Irán. Christian Salmon y sobre todo Steve Silbermann (The War Room, 2004), de quien recogemos la información, insisten en que al combinar la inmersión en un teatro virtual interactivo de estas características con un relato de una potencia simuladora extraordinaria, el efecto de persuasión es tan intenso que apenas una hora después de entrar en él han perdido toda conciencia exterior al juego. Pero además la reducción actual de los recursos humanos y financieros para la instrucción militar hace que, por ejemplo, el programa Reforjar en Alemania, que en 1988 movilizaba 175.000 soldados con un presupuesto de 54 millones de dólares, cuatro años después se limita a 6.500 hombres y algo menos de 20 millones de dólares. Sin olvidar que la utilización cada vez mayor de reservistas y su disponibilidad sólo en cortos weekends y a domicilio obliga a la formación digital; al igual que el entrenamiento en los combates de tipo guerrilla urbana en las guerras de los países del Sur. El departamento militar creado con este fin, el MOUT (Military Operation in Urban Terrains), considera que los videojuegos son el sistema más eficaz por su potencia de simulación y de arrastre. Con ocasión de la creación por parte del Pentágono del sistema DMT, cuyo propósito es que los participantes en el mismo puedan acceder en tiempo real a simuladores que los instalen en teatros bélicos en situación guerrera, se han enfrentado dos concepciones del realismo: el fotográfico y el emotivo. Este último, función de la credibilidad movilizadora de la historia que se ha vivido virtualmente gracias al videojuego. Su multiplicidad los ha convertido como dice Mike Zyde y retoma Maurice Ronai (Le Débat Stratégique, 1999) en instrumentos indispensables para el reclutamiento militar y su adoctrinamiento lúdico, lo que les lleva a calificarlos de armas de distracción masiva.

La sofisticación narratológica de los modos del storytelling y la multiplicidad de sus éxitos no deben ocultarnos que se trata de una técnica cuyo único propósito es reforzar la existencia de la realidad-ficción. De hecho, la imparable función desrealizadora que operan los medios de comunicación hoy tan reforzada por las prácticas digitales era ya patente hace 30 años. De hecho, a finales de los 70, en el marco del International Research Committee on Communication, Knowledge & Culture se lanzó una investigación sobre la producción de la realidad mediática y su voluntad sustitutoria de la realidad real. Su divisa era: los medios no informan sobre la realidad de lo que acontece, sino que la producen. Una investigación que duró tres años y en la que participaron 29 expertos de 16 países permitió desmontar algunos de los supuestos que dominaban la actividad informativa y generaban la desrealización, entre ellos el de la objetividad, a la vez que proponer nuevas categorías. La de mayor éxito fue la que propuso reemplazar la denominación de diarios de calidad y de prestigio por la de publicaciones de referencia. Después de varios seminarios y simposios, los principales resultados de nuestro análisis vieron la luz en dos libros: Producción de la realidad y diarios de referencia dominante y Telediarios y producción de lo real, publicados ambos en 1982, gracias al Instituto de Radio y Televisión y a su director, José Jiménez Blanco.

Más allá de la impugnación unánime del cuantitativismo y del cuestionamiento del paradigma del two step flow, se determinaron los dispositivos esenciales en la construcción mediático-digital de la realidad. Su comparación con el funcionamiento del storytelling pone de relieve su vecindad modal y sobre todo su parentesco teleológico.

Pero donde esta técnica se quita la careta es en su alineamiento con la versión más dura de la propaganda. No se trata sólo como escribe Christian Salmon de su contribución al triunfo del infotainment sino de la transformación de la práctica informativa en propaganda directa, en industria de la mentira, al servicio de los poderes económico-políticos. Fox News y el presidente Bush son su ejemplificación clamorosa. Lo cual tampoco es de hoy. Edward Bernays, sobrino de Freud emigrado a Estados Unidos y venerado como padre fundador de las relaciones públicas, aportó perfeccionamientos importantes a las técnicas publicitarias y es considerado como un antecedente capital de la que estamos comentando. Militante entusiasta de la propaganda, en su libro del mismo nombre -publicado en 1928 y reeditado en 2004- no sólo legitima su existencia sino que la presenta como la forma más eficaz de evitar el caos, de hacer posible que las sociedades modernas puedan vivir en paz y armonía.

Ahora bien, este optimismo hipócrita oculta las consecuencias de la utilización de la propaganda para usos económicos y políticos de los que Bernays es un protagonista excepcional. Sólo tres ejemplos de campañas inspiradas u organizadas por él. La promovida por General Motors, Firestone y Standard Oil para acabar con los tranvías en las ciudades americanas y sustituir su transporte por autobuses y coches particulares. Con un éxito total. La que tuvo como objetivo que las mujeres pudieran fumar en público, instada y pagada por American Tobacco, que en menos de 18 meses duplicó el uso del cigarrillo en EE UU; y la que puso en marcha la Oregonians Food & Shelter Association oponiéndose a la limitación de los productos químicos en agricultura, que supuso desde el primer año para las sociedades Chevron Chemical, Dupont y Western Agricultural Chemicals un aumento de más de 80 % de sus beneficios.

¿Cuántos cánceres hay que apuntarle en el debe al señor Bernays por tan brillantes éxitos? Finalmente, su vasta operación de relaciones públicas en favor de la política de United Fruit Company en Guatemala, que se oponía a que el Gobierno del presidente Arbenz expropiara, aunque fuese contra retribución, las tierras que poseía pero no cultivaba. El éxito de la campaña de Bernays en Estados Unidos provocó la intervención de la CIA, el derrocamiento de Arbenz y el nombramiento del General Castillo Armas con la eliminación de más de 100.000 personas.

¿Cómo es posible, se preguntan Noam Chomsky y Edward S. Herman en Manufacturing Consent, que un genocidio de tal magnitud haya quedado impune? Y, ¿cómo es posible, me pregunto yo, que su cómplice intelectual siga siendo honrado en tantas escuelas de relaciones públicas, comercio y publicidad. Porque el marketing y sus técnicas no autorizan el asesinato ni pueden justificar las matanzas.

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Capitalismo de cruzada, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Economía, Política, Religión by reggio on Enero 26th, 2008

El sábado pasado señalé la aparición en Europa -sobre todo España, Francia, Italia- de comportamientos propios de lo que ha comenzado a llamarse ya fundamentalismo capitalista, directamente importado de EE UU y de sus neocons, del que parece muy próximo el presidente Sarkozy. Resultado de la fusión del integrismo religioso, que caracteriza hoy la doctrina y las practicas de la mayoría de las iglesias, en particular y por lo que nos concierne de la católica, con las formulaciones más elaboradas de la ideología de la empresa y de su función en el mundo.

Ian Davis, gurú del management empresarial, apoyándose en el concepto de Responsabilidad Social Corporativa (CSR, en inglés) base de la nueva filosofía de los negocios, afirma que el cometido de las grandes empresas, de modo especial las multinacionales, no puede limitarse a producir beneficios y a enriquecer a sus accionistas, sino que tienen que asumir las consecuencias de su compromiso básico con la sociedad. Compromiso derivado de su condición de beneficiarios principales de la comunidad en la que intervienen, lo que nos obliga a completar el paradigma weberiano de la relación entre religión y economía, según el cual el éxito económico es consecuencia a la par que prueba de la predilección divina, para agregarle una voluntad política, un racionalismo mercantil y una fe en la creación de riqueza que son los que aseguran la obtención de beneficios y su capitalización.

Razón por la cual hay que situarlos en el centro de esta nueva formación social, que es quizá la ultima versión de la religión civil americana que nos presentó en los año 70 Robert Belloch ( Beyond Belief. Essays on Religion in a Post-Traditional Society, Harper & Row), en la que funcionan como desencadenantes y argamasa de una fusión entre política, religión y negocio.

Dicha fusión los hace pronto indistinguibles en su funcionamiento conjunto y se traduce en la plena intercambiabilidad de las posiciones y funciones de sus actores mayores. De aquí que sea no solo legitimo sino inevitable que los grandes empresarios sean también los grandes protagonistas de la política, de igual manera que los líderes políticos acceden sin otras pruebas ni méritos a las posiciones cimeras del principal protagonismo económico. Y así hoy Schröder decide en el gigante ruso de la energía Gazprom; Aznar es consejero privilegiado con mando en plaza en el imperio Murdoch; Blair, que se ha revelado de una insaciable capacidad en el acaparamiento de posiciones de poder, es enviado especial para el Oriente Próximo de las cuatro grandes potencias mundiales, a la par que desempeña funciones dominantes, con honorarios millonarios, en el grupo bancario J. P. Morgan; Rato, que ha dejado el FMI para especializarse tal vez por determinaciones familiares en cúspides bancarias, se ha incorporado ya a las del Santander y Grupo Lazard; y, finalmente, en itinerario inverso, Manuel Pizarro, después de su impresionante y vertiginoso autoenriquecimiento en la empresa privada, se ha incorporado al PP y milita como gran adelantado en la falange de cruzados del capital que forman todos ellos.

Frente al frenesí del siempre más y a la voracidad de dinero y poder que les devora y que Sarkozy representa de forma máxima, la Política de Civilización de Edgar Morin, que el presidente francés invoca con obsceno cinismo, es su antónimo paradigmático. Sus principios y propuestas han sido objeto de una larga elaboración que se formula por primera vez en su Introducción a una política del Hombre (Seuil 1965), se desarrolla en Tierra-Patria (Seuil, 1993) y toma forma definitiva en el libro que le lleva por titulo (Arlea, 1997) y del que acaba de reeditarse, en una publicación separada, el primer capítulo (Arlea, 2008).

Donde los cruzados y Sarkozy dicen más y más, Morin retrueca menos y mejor; frente a la cantidad de los primeros, Morin reclama calidad; en lugar de pedir más bien-estar, que con frecuencia acaba en mal-estar, Morin contrapropone bien -vivir como el más seguro compañero de la felicidad. El pensador de la complejidad nos recuerda que en la realidad contemporánea los componentes del bien y del mal se interpenetran y forman una trama interrelacionada en bucle, en la que cada uno de ellos es causa y efecto, productor y producto y en el que la fuerza revolucionaria está ya en la potencia autotransformadora de las sociedades que queríamos cambiar, en forma de contracorrientes y contratendencias.

Opuesto a la hipertecnificación que descalifica a la mayoría y que nos atomiza y separa a todos, propone la creación de nuevos ecoempleos y de trabajos solidarios, de prácticas conviviales que se opongan a la exclusión y a la soledad. La Política de Civilización es una convocatoria general a la resistencia. Desde la alimentación industrializada y la hipermedicalización hasta la destrucción del medio natural, la degradación de ciudades y barrios, y la cretinización mediática. Frente al inventario de gadgets para dopar el crecimiento que Attali acaba de proponerle a Sarkozy, nuestro pensador convoca a la restauración ética de la esperanza.

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Sarkozy y Morin / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Publicado en Política by reggio on Enero 19th, 2008

La utilización que hace el presidente de Francia de la apelación Política de Civilización que Edgar Morin lanzó en 1997 es evidentemente torticera. No tanto porque su propósito sea escamotear la gran asignatura pendiente del poder adquisitivo, que fue el tema central de la campaña presidencial, cuanto por el antagonismo entre las tesis de Morin y las posiciones políticas tan identificadas con la ideología neoconservadora norteamericana que ha asumido el líder de la derecha francesa. Hasta el punto de que algunos han sostenido que esta última pirueta podría considerarse como una provocación más que como una sugerencia. Ahora bien, sin olvidar que el actual recurso a orientadores externos es cada vez más general y responde a la falta de ideas, a la miseria ideológica general de la política y de sus protagonistas. Morin ha cenado esta semana con Ségolène Royal, que quería recurrir también a él como proveedor de doctrina. Pero no busquemos tan lejos; el PSOE mismo suscitó de cara a las elecciones la creación de un think tank formado por 14 expertos, entre ellos tres premios Nobel, en su gran mayoría pertenecientes al área social-liberal, que no parecen haber presentado demasiadas iniciativas ni, sobre todo, ateniéndonos a los sondeos disponibles, haber atraído demasiados votantes. Con todo, el afanoso Sarkozy no cesa y amenaza con establecer una nueva comisión de propuestas de la que van a formar parte los con frecuencia hoy tan mal utilizados Stiglitz y Amartya Sen.

Pero más allá de estas anécdotas del marketing electoral, lo que cuenta son las afirmaciones de Sarkozy sobre la importancia de la religión en la política, que nos muestran que la influencia de los neocons ha tocado ya al núcleo doctrinal último de Francia, de la que su presidente es el más eminente representante. Su alocución en San Juan de Letrán en Roma tuvo como soporte básico las raíces religiosas de toda comunidad política y más específicamente de la europea y la función esencial que la moral cristiana tiene en su buen funcionamiento. Pero más revelador aún es su discurso en Riad, en el que identificado con el neoconservadurismo religioso norteamericano, insistió en que en el fondo de cada civilización encontramos siempre la huella de la religión. Lo que es difícilmente compatible con su compromiso institucional de defensor de la laicidad, por lo que ha producido muchas reacciones negativas en Francia. En su libro La República, las Religiones, la Esperanza, publicado en las Ediciones de Cerf, se declara profundamente católico, pero al mismo tiempo de práctica religiosa muy episódica, cargando el acento sobre los aspectos no particularmente religiosos, que el catolicismo comparte con otras opciones profanas como las basadas en la trascendencia, la búsqueda de sentido.

Ese decantamiento por la ideología en detrimento de los preceptos, este abandono de la devoción y de la piedad, esta fe estéril, que Sarkozy comparte con muchos políticos católicos, pensemos en los españoles, coincide, por lo demás, con la posición de nuestra jerarquía episcopal y, sobre todo, del Papa, al que todos conocimos como cardenal Ratzinger, Defensor de la Fe, Gran inquisidor, es decir, vigilante intransigente del cumplimiento de la integridad de la doctrina de la Iglesia y escrupuloso celador de la rectitud de las costumbres de sus fieles, cuyas intervenciones más sonadas, al igual que las de muchas de sus jerarquías nacionales, en particular la española, se referían mucho más al orden temporal que a las cuestiones espirituales. No deja de ser sorprendente el silencio actual de los poderes religiosos frente a los atentados a la ética pública que representan las formas más desvergonzadas y groseras de corrupción, con frecuencia vinculadas a ámbitos municipales concretos, como Marbella, Totana y, sobre todo, Castellón, donde el presidente de su Diputación, Carlos Fabra, sigue viéndose agraciado por los favores de la lotería y de la Iglesia local.

Sarkozy repite con frecuencia que uno de los cometidos principales de un dirigente político, sobre todo de un jefe del Estado, es dar sentido a su acción, inscribir su política en los grandes designios de su país, que identifica con el éxito del capitalismo y de la empresa. Coherente con este supuesto busca encuadrar la creación de riqueza, la lógica del beneficio, la actividad empresarial en el marco de las grandes contribuciones sociales.

En concordancia con Ian Davis, director general mundial de la gran empresa de management MacKinsey (The biggest business, The Economist, Mayo 2005) y rechazando la posición de Milton Friedman para quien el único objetivo del negocio es el negocio (the business of business is business) y declara que todas las otras cuestiones, sobre todo las sociales, son irrelevantes. Sarkozy, de acuerdo con Davis, y en su obsesión por cubrir todos los frentes, pretende que la función del big business no se agota en la creación de valor accionarial, es decir, en el beneficio, sino que tiene una Responsabilidad Social Empresarial, que tiene también que cumplir.

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