Reggio’s Weblog

Rossana Rossanda, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Internacional, Política by reggio on Mayo 12th, 2008

“¡Usted ha sido un mito!”, le han dicho muchas veces. “Ahora bien, ¿quién quiere ser un mito? Yo no. Los mitos son una proyección ajena, con la que no tengo nada que ver. Me desazona. No estoy honrosamente clavada en una lápida, fuera del mundo y del tiempo. Sigo metida tanto en el uno como en el otro”, contesta con firmeza y algo inquieta la compañera Rossana Rossanda. Siente que a través de ella se interpela a los que fueron revolucionarios europeos. A los que ya no lo son, la mayoría, y a los que, como ella, no renuncian ni a su pasado ni a su deseo ardiente de un mundo distinto.

Rossana ha estado esta semana en Barcelona. Los medios de comunicación le han prestado atención pero quizás no tanta como el personaje “mítico” se merece. En TV-3, en una de sus últimas apariciones en televisión antes de ser nombrada directora, Mònica Terribas le hizo una sensible entrevista. El Instituto Italiano de Cultura, una vez más, ha sido el lugar en el que durante unas horas ha brillado la inteligencia apasionada procedente de Italia. Mientras allá soportan el estilo chabacano, las declaraciones fascistas y la exaltación de la ignorancia de Berlusconi y sus bandas, aquí en Barcelona tuvimos el privilegio de escuchar y conversar con uno de los grandes personajes del siglo.

El motivo ha sido la presentación de su libro, La muchacha del siglo pasado, editado por Foca-Akal. Hace un año y medio publiqué un artículo en este periódico, El fantasma desaparecido, en el que llamaba la atención sobre las memorias de “la Rossanda” y de Ingrao (Quería la luna), probablemente los dos dirigentes del comunismo italiano más brillantes intelectualmente. Sugerí a algunas editoriales su traducción pero encontré bastante escepticismo sobre su posible valor comercial. Me debí contagiar de este espíritu puesto que a pesar de que desde la dirección de EL PAÍS me sugirieron que escribiera más sobre estos personajes, no lo hice. Afortunadamente, la interesante editorial madrileña lo ha hecho y además ha propiciado que primero se presente en Barcelona.

Rossana quiso no sólo presentar sus memorias y aceptar todas las demandas de los medios. También se ofreció para participar en encuentros de debate, en igualdad de condiciones que sus compañeros de mesa. En tres días, de lunes a miércoles de la semana pasada, además de los encuentros con los medios y con amigos de la época de sus viajes clandestinos, y otros más jóvenes, y de la presentación de su libro, estuvo en la universidad y en dos largas sesiones de debate organizadas por la Universitat Nòmada, el lunes en Terrassa, en el estupendo centro cultural Candela, y el martes en Barcelona, organizado por Exit, en su local de la calle de Santa Anna. En ningún momento nos hizo sentir ni que era mito o no, un gran personaje histórico, ni tampoco una señora de 84 años. Discutía del presente con pasión y se refería al pasado sin acritud. Escuchaba con atención a jóvenes que acababa de conocer y con complicidad a viejos compañeros de militancia. Ante un café en el Zurich recordamos una mañana el viaje en el que nos conocimos, en los años 70 en pleno crepúsculo de la dictadura, por medio de Fernando Claudín. Entonces ella ya no era del PCI sino dirigente de Il Manifesto, la corriente de izquierdas que en el fragor del 1968 fue expulsada del Partido.

En el prefacio de las memorias, otro intelectual histórico de la izquierda europea, su amigo Mario Tronti, nos dice que el libro es “el relato de un gran amor malogrado… el amor entre Rossanda y el PCI”. Un amor nacido en la resistencia: ingresa en el PCI en 1943, a los 19 años. Para combatir el fascismo, a los nazis que ocupan el país. Pero hay algo más. Descubre en el comunismo un principio al que no renunciará nunca: no transigir con lo inaceptable. “¿Cómo soportar que la mayoría de las personas que nacen no tengan ni siquiera la posibilidad de pensar quiénes son, qué harán con sus vidas, que hayan perdido la aventura humana antes de emprender el viaje…? Los comunistas eran los únicos que negaban la inevitabilidad de lo no humano”. Asume la militancia en “el partido duro… una red fatigosa pero viva que estructuró el pueblo de izquierda… una inmensa aculturación de masas… la ignorancia es el arma de los ricos contra los pobres”, escribe Rossanda. Y añade más adelante: “Mientras la URSS continuó siendo un signo de contradicción pensé que era preciso aguantar y esperar… mientras el PCI organizó y expresó a los que carecen de medio de producción, sus límites, tosquedades, sectarismo o prudencias fueron soportables”. Pero llegó un momento que ya no fue soportable. El menosprecio del PCI a las movilizaciones estudiantiles de 1968 y a las obreras de 1969 y a la invasión de Checoeslovaquia por parte de la URSS que acabó con el “socialismo democrático” de la primavera de Praga provocaron su oposición radical a la dirección y su posterior expulsión.

Rossanda se interroga, con una lucidez que interpela a toda la izquierda, sobre cuándo el PCI, o su dirección, renunció a la revolución e hizo desaparecer de su horizonte la posibilidad de acabar con el capitalismo.

“Tuvo que haber un momento en que el grupo dirigente comunista decidió que a fin de cuentas había que asumir lo mejor de la burguesía… acompañado de la democracia parlamentaria, garantizando esta última sin aventurarse más allá. Las cautelas de los comunistas en las Constituyentes se tornaron estables. Pudo ser que Togliatti y los suyos se convencieran de que todo intento de terminar con la propiedad y el mercado habría conducido al régimen de la URSS… ¿La hipótesis de una revolución, la más moderna o la menos parecida al asalto al Palacio de Invierno, la más madura en sus fines y en sus medios había desaparecido hacía ya mucho tiempo? ¿Había sido solamente un símbolo y nada más?”.

En resumen: ¿asumir como valor intangible la democracia es compatible con mantener el ideal revolucionario? Aunque el marxismo maneja la dialéctica de las contradicciones, no es fácil resolver esta síntesis.

Agua, azucarillos y aguardiente, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Economía, Política by reggio on Abril 28th, 2008

En Cataluña hay medio millón de personas que viven en el territorio correspondiente a la cuenca del Ebro (unos 200.000 en las comarcas del entorno del delta) y 6,5 millones en el resto, que incluye las regiones metropolitanas de Barcelona, Girona y Tarragona. El 60% de los recursos hídricos corresponden a la cuenca del Ebro y se destinan en un 95% a usos agrícolas. El resto del territorio dispone del 40% del agua, que se consume en un 65% en las áreas urbanas. Parece, pues, lógico que deba producirse una transferencia de “agua de tierras con pocas personas a tierras con muchas personas y poca agua”. La cuestión no es tan sencilla.

Las tierras del sur y de poniente han sido históricamente las más pobres, secas y abandonadas. El río (los ríos: Ebro, Segre, Francolí, etcétera) ha sido a la vez fuente de trabajo y de identidad. En las tierras del Ebro ha dominado el caciquismo y el latifundio que han controlado las comunidades de regantes. Sus gentes han vivido del agua sin poseerla: hasta el año 1980 algunos pueblos del delta no dispusieron de agua corriente. No ha habido una ciudad potente, emblema y motor del territorio. El soberano protector ha sido el río. Ha arraigado la adhesión popular y el sentimiento apropiatorio de las gentes del Ebro a su río. El trasvase no es una cuestión técnica, es su ser el que está en cuestión. No pueden sentirse solidarios de la metrópoli, que representa para ellos el poder y el despilfarro, ni aceptan de entrada los argumentos políticos y económicos procedentes de los gobiernos que consideran responsables de una colonización perversa del territorio mediante la acumulación de industria petroquímica y centrales nucleares.

La realidad tiene otra cara. El sentimiento anticiudad y especialmente contra una Barcelona “cuya voracidad no tiene límites a la que dar agua es como dar cocaína a un drogadicto”, según palabras de una concejal es prejuicioso. Barcelona consume relativamente poca agua (110 / 130 litros por persona y día). En la segunda y tercera coronas de la región metropolitana el consumo por habitante es dos o tres veces mayor, pero es similar al de los núcleos urbanos de las tierras del Ebro. La realidad hoy es que vivimos en una sociedad urbana y, a menos que se aplicará un “programa camboyano” al estilo de Pol Pot y se deportara a cinco millones de personas a las zonas poco pobladas del país, es preciso garantizar el agua para todos. El modelo de crecimiento se puede discutir, pero el despilfarro de suelo, agua, energía y aire no es el producto de la gran ciudad compacta, sino de la urbanización difusa que ha prevalecido en las últimas décadas. En el último cuarto de siglo XX la población de la región metropolitana prácticamente no aumentó, pero la superficie urbanizada se duplicó.

Hay que poner azucarillos, es decir, endulzar nuestros discursos sobre el agua, para que nos podamos entender y evitar el peligroso y emocional enfrentamiento de territorios. Hay que asumir que las gentes del Ebro deben ser escuchadas y tener en cuenta sus agravios y sus sentimientos y, por otra parte, comprender que los cinco millones de personas que viven y trabajan en la región metropolitana barcelonesa crean riqueza y necesitan agua. En plan político: en una situación excepcional hay que dar prioridad al agua para las personas. O en plan técnico: la conexión de cuencas y los posibles trasvases sólo se justifican para estos momentos excepcionales.

Pero para que la excepción no se convierta en regla hay que animarse a pensar, si es necesario con la ayuda del aguardiente, sin temor a constatar responsabilidades y proponer soluciones no siempre de entrada populares. El documento de la Agencia Catalana del Aigua (Bases per a un model de gestió de l’aigua, 15-4-2008) ofrece un diagnóstico riguroso y propone soluciones que parecen razonables, lo mismo que la mayoría de los expertos que se han pronunciado públicamente (por cierto, fueron contrarios al Plan Hidrológico del PP). La falta de previsión viene de lejos. Se sabe que cada cuatro o cinco años hay una sequía y que en algunos casos, como ahora, puede ser especialmente fuerte. La capacidad de los embalses debe renovarse cada año, pues casi equivale al consumo anual, es decir, no hay colchón de seguridad. Desde el trasvase del Ter (1966) y la posterior conexión Ter-Llobregat prácticamente no se ha invertido en obras para abastecer de agua la región metropolitana. En el largo periodo autonómico, entre 1980 y 2003, no sólo ha habido un aumento de la población, sino también del consumo diario por habitante. Y se ha vivido al límite en disponibilidad de agua sin otra idea que la peor de todas las soluciones posibles: traer agua del Ródano. La conexión de las cuencas sirve como solución de excepción. Para el equilibrio del territorio y el uso responsable de un bien escaso la regla es la recuperación y el reciclaje del agua (pueden reducir a casi la mitad el consumo urbano y el uso agrícola), la recuperación de los acuíferos contaminados (importante en el caso de Barcelona) y la desalinización (se han reducido los costes, aunque supone un importante consumo de energía: ¿nuclear?). Los trasvases pueden servir para momentos críticos, pero el último que se debe considerar es el Ródano, la opción más costosa de todas (el doble que la desalinización). Discutirlo ahora ha sido un nuevo anuncio televisivo de José Luis Rodríguez Zapatero con Josep Antoni Duran, como lo fue la foto del presidente del Gobierno con Mas.

Si se completan las actuaciones iniciadas en los últimos cuatro años, una situación como la actual no debiera reproducirse a corto plazo, siempre y cuando se inicien nuevos proyectos destinados tanto a la demanda (un uso más responsable del agua) como a la oferta (desalinizadoras, acuíferos, reciclaje, etcétera). La tendencia actual es a un aumento de la población y de los consumos y también a una mayor frecuencia e intensidad de los periodos de sequía. La nueva cultura del agua es tan necesaria como el agua.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

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¿Qué hacer con los votos?, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Marzo 31st, 2008

Tan importante como ganar o no ganar unas elecciones es saber qué hacer con los votos obtenidos. Es un capital que se debe invertir bien. Los partidos, sus electos, son los gestores de los votos, pero no sus propietarios. Los propietarios, los votantes, pasarán cuentas en las siguientes elecciones.

¿Podemos intentar descubrir los motivos o lo que quieren los votantes del PSC? No dudamos de que una parte del electorado ha votado al PSOE y a Rodríguez Zapatero por tradición o por algunas de sus iniciativas (Irak, políticas sociales, etcétera). Otros han votado al PSC por representar un catalanismo no nacionalista y de izquierda, por gobernar en la Generalitat, por su fuerza municipal. Pero muchos han votado sobre todo útil, contra el PP, especialmente por su actitud agresiva en todo y por su irresponsable anticatalanismo.

Ahora los votantes están callados, pero no indiferentes. Muchos estarán atentos a ver qué se hace con sus votos. Y es probable que los aires que nos llegan desde la capital del Estado no les gusten demasiado. Parece que los gobernantes del PSOE consideran que el éxito en Cataluña es exclusivamente suyo y que ahora deben recuperar votos en el resto del país debido a la excesiva atención que nos han prestado. No parecen muy dispuestos a atender las demandas pendientes sobre desarrollo estatutario, financiamiento, gestión de las infraestructuras, etcétera. Creen que podrán gobernar cómodamente con sus 169 diputados, 15 más que el PP, a 7 solamente de la mayoría absoluta, y con una veintena de diputados flotando en el centro o en los bordes del escenario mucho más proclives a entenderse con un gobierno que puede hacer concesiones que con un partido opositor que no ofrece nada. Un panorama que muchos votantes catalanes del PSC pueden considerar todo menos bonito.

Los socialistas catalanes dicen que van a influir mucho en el Grupo Socialista del Congreso. No es un argumento serio. El grupo funciona jerárquicamente, por la regla de la mayoría, e impone la disciplina de voto. Los diputados del PSOE no van a apoyar a los socialistas catalanes en sus dificultosas relaciones con el Gobierno. La defensa que el presidente del PSOE ha hecho de la ministra de Fomento se lee como una advertencia al PSC, aunque se dice que el señor Chaves lo que pretende es tener a la señora Álvarez lejos de Andalucía. Más sintomática es la reciente expresada posición del PSOE de oponerse a cualquier acuerdo bilateral respecto al financiamiento, contradiciendo así el contenido mismo del actual Estatuto.

En política cuentan los intereses y las fuerzas de cada uno. Los intereses no coinciden y las fuerzas no están equilibradas. Pero el PSC tiene una carta que los votantes conocen y que si no la utiliza se lo tendrán en cuenta: formar grupo parlamentario, como ya tuvo. Los 25 diputados del PSC son indispensables al PSOE. Son más que la suma de todos los grupos o diputados que no son ni del PSOE ni del PP. Si el PSC renuncia a ser fuerte lo pagará en las próximas elecciones, lo pagará de rebote el PSOE y sobre todo lo pagará Cataluña.

El universo nacionalista anda revuelto y si las contradicciones existentes en los partidos que lo representan (CiU y ERC) estallan ello supondrá no sólo el debilitamiento del frente catalán en su relación con el Estado, sino una pérdida de apoyo social en Cataluña. Los ciudadanos huyen de los partidos que se fraccionan y cuyos dirigentes se enfrentan públicamente. Creo que muchos votantes convergentes o republicanos pueden entender que uno esté en el Gobierno y otro en la oposición en Cataluña, pero le será muy difícil aceptar que en la conflictiva relación con el Gobierno de España no estén del mismo lado.

Iniciativa con verdes, izquierdas unidas (¿unidas?) y alternativas, etcétera, acumula más siglas que diputados. El sistema electoral pervierte la democracia representativa y perjudica a IC. Sus potenciales votantes de Lleida, Girona o Tarragona saben que su voto se perderá, no hay lugar para más de tres listas. Incluso en Barcelona el sistema penaliza a IC: recibe un tercio de los votos que obtiene el PP, pero éste elige seis diputados por uno IC. Sus casi 200.000 votos son votos resistentes puesto que la atracción del voto útil ha afectado especialmente a esta izquierda bien educada. Su problema no es sólo de legislación electoral. IC ya no es un partido arraigado en las clases populares. Por ejemplo, en Nou Barris, distrito trabajador emblemático, en donde el PSUC reinó en los años setenta, ¡el PSC ha obtenido 10 veces más votos que IC, CiU el doble y el PP cuatro veces más! IC no ha conseguido una identidad definida, es difícil saber cuál es su ser izquierda y su conversión al ecologismo le proporciona más militantes que votos. Con un buen candidato y una buena campaña ha tenido un mal resultado. No le recomendaría hacer introspección, algo que en un partido político puede resultar tan nefasto como en una pareja. Pero sus votos pueden ser la base para promover iniciativas radicales movilizadoras y llegar así al conjunto de la opinión pública.

El más de medio millón de votos del PP expresa su arraigo en Cataluña. Es el tercer partido y sus votos superan la suma de los obtenidos por ERC y por IC. Todo ello a pesar de la política y de la mala imagen acá de sus dirigentes, de la dimisión del líder destinado a llevar al partido hacia un centro moderado y del fuerte rechazo por parte de amplios sectores de la sociedad catalana. El PP se ha visto favorecido por la bipolarización, dispone de una base suficiente para garantizar su existencia, pero sin un cambio de política no puede progresar mucho más. Su base militante más radicalizada puede ser un obstáculo para su desarrollo en Cataluña. Su problema no es qué hacer con los votos, sino cómo llegar a otras fuentes de votantes.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

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Elecciones y fraudes a la democracia, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Marzo 17th, 2008

Eléctions, piège à cons (Elecciones, trampa para idiotas) titulaba Jean Paul Sartre el editorial de su revista, Les Temps Modernes, cuando se cumplían cinco años del mayo del 68 y se convocaban nuevas elecciones. Oponía el movimiento de calle a las anteriores elecciones convocadas por De Gaulle y que fue el golpe de gracia al extraordinario movimiento social iniciado hace ahora cuatro décadas, el 22 de marzo exactamente. Su tesis era simple. La participación en un movimiento colectivo hace fuerte, el acto electoral en cambio sitúa al individuo, aislado, “serializado” (un átomo de una serie supuestamente uniforme) frente al poder, débil ante el mismo, conservador a fin de cuentas. No es un análisis teórico equivocado, excepto que no hay otro modo mejor que el sufragio universal para legitimar la representatividad de los gobiernos y parlamentos. Razón de más para que el sistema electoral garantice una representación justa, sin privilegios ni exclusiones.

En las recientes elecciones ha habido un factor relativamente excepcional que ha motivado una alta movilización ciudadana a pesar de la distancia existente entre instituciones y ciudadanos. El Partido Popular, con su estilo agresivo, su negatividad permanente y su discurso en muchos aspectos más propio de la extrema derecha que del centrismo democrático, ha excitado hasta la irracionalidad en algunos temas a su electorado estable y ha sido también un estímulo decisivo para movilizar a importantes sectores de la ciudadanía decepcionados por la política pero de convicciones democráticas. Sería absurdo pensar que el PP vaya a repetir en el futuro el error y la irresponsabilidad que supone practicar una oposición y hacer una campaña electoral que promueve el miedo, la intolerancia, el patrioterismo y la xenofobia, en vez de orientarse a la conquista de nuevos espacios moderados, en un país cuya mayoría está más cerca del centro izquierda que de la derecha. Esperemos que así sea y que no haya que votar “contra el PP”, sino a favor de la propuesta democrática más convincente para cada uno. Al PP le corresponde hacer su cambio y no conformarse con la cuota de voto importante pero sin futuro que ahora posee. Su anomalía no hace olvidar las grandes deficiencias de nuestro sistema electoral y del funcionamiento de los partidos.

En vez de abundar en la crítica, nos permitiremos apuntar algunas propuestas reformadoras de un sistema electoral que favorece a los grandes partidos y penaliza a las zonas más urbanizadas. Es decir, que es un fraude relativo a la democracia. En la provincia de Barcelona se necesitan de promedio 130.000 votos para elegir un diputado; en Lleida, 75.000; en Murcia, 95.000; en Ávila o en Zamora, 33.000, y en Soria, 25.000. El corrector que se aplica a la proporcionalidad favorable a las candidaturas con más votos aumenta la perversión del sistema. En la provincia de Barcelona socialistas y populares han necesitado 80.000 votos por diputado, e ICV-EUiA, 155.000. La circunscripción provincial en gran parte del territorio supone reducir la elección a dos candidaturas. Izquierda Unida ha obtenido un mal resultado, obviamente; pero su casi millón de votos sólo le ha proporcionado dos diputados. El PSOE y el PP tuvieron 11 y 10 veces más votos y 85 y 75 veces más diputados. En Cataluña el PSC ha obtenido nueve veces más votos que Iniciativa, pero la relación de diputados es de 25 a 1. Sería suficiente para restablecer la proporcionalidad reducir el número de diputados elegibles por las actuales circunscripciones o incluso más pequeñas y que cada opción presentara una segunda lista para todo el territorio (España o comunidad autónoma). Esta segunda lista compensaría el actual déficit de proporcionalidad. Si se eligen 350 diputados y la candidatura A ha obtenido el 10% de los votos y le corresponden 35 diputados pero sólo ha obtenido cinco elegidos por provincia, elegiría los 30 restantes en la lista general.

Todos los sistemas electorales tienen virtudes y defectos, por lo cual sería interesante que se pudiera innovar y experimentar. La legislación estatal debe regular las elecciones estatales y establecer unas bases derivadas exclusivamente de los principios constitucionales para el resto de las elecciones. Comunidades autónomas y ayuntamientos podrían entonces innovar teniendo en cuenta las características de sus territorios y la imaginación política. En unos casos la provincia puede servir como circunscripción electoral y en otros no. Incluso el ámbito municipal merece algo más que el actual y rígido uniformismo. ¿Por qué no podrían las comunidades autónomas decidir que en cierto tipo de municipios se eligieran los alcaldes directamente o que los ayuntamientos de grandes ciudades eligieran a los concejales por distritos?

Actualmente el voto es un cheque en blanco a los partidos políticos. Sugerimos que el voto sea programático, obligatorio y universal. El programático vincula a los elegidos con sus compromisos. Si no existen razones de fuerza mayor, como una imposibilidad legal o la falta de mayoría suficiente, deben ser de obligado cumplimiento, para lo cual bastaría un procedimiento de advertencia primero y luego de cese para los que los incumplieran. El voto es un deber ciudadano y es obligatorio en otros países democráticos. Ya existe el voto nulo o en blanco para los que no desean apoyar a ninguna de las opciones existentes. Y aumentaría la calidad de la democracia que todos los ciudadanos que tuvieran residencia legal en el país pudieran votar y ser elegidos. La universalidad del voto supone distinguir la nacionalidad de la ciudadanía, lo cual es coherente con la globalización.

Como ven, propuestas bastante simples no faltan. También hay que mejorar las relaciones entre instituciones, partidos y ciudadanía. Continuaremos en un próximo artículo.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

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Votar en tiempos transitorios, de Jordi Borja en El País

Publicado en Política by reggio on Marzo 7th, 2008

Muchos ciudadanos de las democracias europeas razonan al estilo irónico de Churchill: la democracia es un mal sistema, pero los otros son peores. No se sienten identificados con ninguno de los grandes partidos y les tienta la abstención. Me lo decían amigos franceses cansados de las batallas internas y las ambigüedades del Partido Socialista. Y me lo repiten compañeros italianos, que fueron militantes del gran PCI y que difícilmente pueden sentirse representados por el “vaticanista” Rutelli y el postmoderno Veltroni. Pero todos añaden: Sarkozy y Berlusconi son mucho peores.

En España el sistema electoral parece inducir a la abstención, tiende a excluir a las minorías y a favorecer un bipartidismo conservador. Opciones que podrían ser hoy una alternativa a la abstención como Izquierda Unida, o en el pasado el CDS, o en teoría los ecologistas, sufren la exclusión de una falsa proporcionalidad. Y ahora se nos amenaza con modificar el sistema para dejar fuera a los partidos nacionalistas no españolistas.

El voto no vale igual según sea la provincia: el del ciudadano de las grandes ciudades vale menos, y el de las provincias menos pobladas, la mayoría, sabe que si no vota a uno de los dos partidos mayoritarios su voto probablemente se perderá.

El miedo al pluralismo es un fraude a la democracia. La abstención parece una opción lógica.

Afortunadamente, aparecieron en estas elecciones el PP y sus personajes: Rajoy, Aznar, Esperanza Aguirre, Pizarro y, aunque los tienen algo escondidos, Acebes y Zaplana de vez en cuando. Acompañados de los obispos del nacionalcatolicismo, cruzados contra las libertades más elementales. Es una banda capaz de estimular el voto del más reacio a las urnas con su comportamiento tan agresivo como absurdo, basado en la intolerancia, la mentira y el desprecio a la ciudadanía. Con un resultado tan previsible como paradójico: la campaña se supone que sirve para movilizar a los indecisos, pero ésta del PP se dirige a su electorado más radical, que ya lo está. Su efecto es movilizar en contra… y a menos abstención, más votos favorables al actual Gobierno o a sus aliados.

Esta anomalía, la de una derecha que quiere presentarse como centrista y que actúa de extrema derecha y provoca una reacción democrática en contra, no debe esconder el hecho de que vivimos una crisis de representación política. Los partidos tienen en general poco crédito. Pero, más que abundar en las críticas más o menos justificadas que se les hacen, conviene preguntarse si no les pedimos más de lo que pueden dar.

En este país se han alcanzado niveles de bienestar y libertades muy superiores a los de un pasado reciente. Pero se mantienen desigualdades del pasado y otras nuevas aparecen. Las estructuras integradoras o protectoras son débiles frente a unos procesos de cambio que fragilizan seguridades de antaño. Las sociedades urbanas se caracterizan por la individualización y por relaciones sociales más extensas pero más débiles que antes. El trabajo se ha precarizado, la educación no conduce automáticamente al ascenso social, el estatuto del hombre adulto ya no es aceptado como autoridad indiscutida. La globalización homogeneizadora genera reacciones identitarias, particularismos culturales, movimientos secesionistas. El desempleo, las migraciones y la falta de horizontes de esperanza exacerban los miedos y las exclusiones. Las incertidumbres sobre el futuro facilitan el éxito de las respuestas de base emotiva o poco racional.

La fragmentación social, la diversidad y complejidad de los intereses económicos, la no correspondencia entre estos intereses y los valores culturales, las contradicciones internas a cada grupo e incluso a cada individuo (por ejemplo: más protección social y menos impuestos) hacen muy difícil la representación política por medio de partidos herederos de la vieja sociedad industrial. Se había construido un entramado en el que el poder económico del capital se compensaba en parte con la representación política, las organizaciones sociales de los sectores populares y las instituciones propias del Estado de bienestar (educación pública, seguridad social, etcétera). Este entramado es hoy insuficiente para integrar en un corpus único a una sociedad muy fragmentada.

Los partidos, ante la dificultad de agregar y representar la complejidad del mundo actual y la urgencia de dar respuestas simples, especialmente en periodo electoral, tienden a la retórica genérica y a las propuestas contradictorias. Aparecen entonces las formas de pensamiento débil, mayoritarias en la izquierda, y el populismo reaccionario que caracteriza hoy a la derecha. Unas alternativas diferenciadas, que garantizan la alternancia, pero que no son suficientes para progresar en racionalidad, libertad y justicia.

Las respuestas reaccionarias son las que pretenden construir una base social y electoral a partir de excitar las emociones más irracionales, las nacionalistas excluyentes, incluso las xenófobas, los miedos e incertidumbres de gran parte de la ciudadanía, el lado malo, egoísta de cada uno. Lo que les permite también lucrarse mediante los procedimientos más depredadores, especulativos y corruptos de hacer negocio, y más que una economía de mercado pretenden hacer una sociedad de mercado. Refuerzan las dinámicas sociales que sustituyen los lazos basados en solidaridades colectivas y autonomías personales por los de tipo clientelar o de sumisión.

A su manera, liderazgos como los de Sarkozy y Berlusconi expresan esta política que representa la mayor regresión de la democracia europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El conservadurismo del actual PP y de la cúpula de la Iglesia Católica es el que denunciaba el álter ego de Machado, Juan de Mairena: “Nuestros conservadores me recuerdan al sarnoso que lo que quería conservar es la sarna”.

La izquierda moderada, por su parte, ha perdido su proyecto histórico de un mundo distinto y reacciona a la defensiva ante una derecha agresiva. Pretende conservar los avances democráticos del siglo XX (libertades personales, elementos del Estado de bienestar), pero retrocede fácilmente ante la demagogia política, en nuestro caso del PP y de la Iglesia. No es tanto la incapacidad de esta izquierda centrista para proponer transformaciones sociales profundas lo que nos irrita hasta provocar el deseo de no votarla, sino su miedo y sus concesiones a la derecha reaccionaria incluso en materias propias del liberalismo progresista (la memoria democrática, federalismo en vez de patrioterismo, supresión de los privilegios de la Iglesia, aborto, derechos de los inmigrantes, etcétera).

El extremismo de obispos y PP facilita últimamente que la izquierda gobernante reaccione con un cierto coraje, veremos lo que dura. En todo caso sería estar ciego suponer que unos y otros son lo mismo.

Mientras no se produce una reinvención del sistema de partidos, debemos encontrar fórmulas electorales que permitan dar una salida al “imposible político” actual: no quisiera votar a ninguna de las grandes opciones presentes, tampoco quiero abstenerme o votar en blanco y no quiero que se pierda mi voto.

Se me ocurre el “voto negativo”. Voto “no a A” y por lo tanto anulo un voto A positivo. O “no a B” y el efecto es equivalente. Ganaría aquel que a similitud de votos positivos tuviera menos votos negativos. Ya lo decía el pesimista Popper: en una democracia lo más importante no es siempre tener mucha gente a favor, sino no tener a demasiados en contra.

Jordi Borja es profesor en la Universitat Oberta de Catalunya.

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El miedo como política, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Febrero 18th, 2008

La dictadura dejó como herencia la desconfianza y, sobre todo, el miedo a la política. Es propio de cualquier tiranía no sólo provocar el temor al dictador, al Estado. También instalar el miedo en la cotidianidad, de los unos a los otros. Como decía Tocqueville, a los gobernantes autoritarios no les importa no ser queridos, lo que se proponen es que unos no se quieran a los otros, que desconfíen todos de todos y se teman. Hoy, en democracia ésto no debiera ser así. Sin embargo, asistimos a unos usos perversos del miedo por parte de algunos responsables políticos, de medios de comunicación y de la sociedad civil que degradan la democracia y la convivencia entre los ciudadanos.

En el reciente acto de recuerdo a Gregorio López Raimundo el rememorar a la persona se mezclaba con el retorno de las vivencias pasadas durante la dictadura, la preocupación absorbente por la seguridad, la ansiedad incorporada en la vida clandestina y también la imposibilidad para muchos de soportar esta tensión. Diana Garrigosa, en una honesta y bella intervención, recordó a su padre, detenido a finales de los años 40 y condenado a muerte. En aquellos tiempos, Gregorio pasaba las mañanas en su casa, que le servía de despacho, pero la detención se produjo durante su ausencia y no estaba relacionada con él. La sentencia fue conmutada y cuando el padre regresó su esposa le pidió que nunca más la política entrara en la casa. A nadie se le puede exigir que conviva con la muerte. El rechazo de la política en este caso fue un acto de afirmación de la vida.

En el mismo acto otras mujeres, de edades cercanas a los 90 años o más, como María Salvo, Trinidad Gallego, Carme Casas, dones del 36, explicaron momentos de su vida. A los 20 años ya habían convivido con la guerra y con la muerte. Su discreto y tenaz heroísmo posterior fue su modo de enfrentar la muerte que se había incorporado a sus vidas. Solamente manteniendo sus creencias y luchando contra la dictadura portadora de la muerte podían ellas afirmar su amor a la vida. En ambos casos, el rechazo de la política para vivir en un caso, y el hacer de la militancia política la razón de ser de su vida en los otros, se explica por la no aceptación del miedo como política. Para la esposa del ingeniero Garrigosa la proximidad de la política era la amenaza permanente de la muerte, el miedo para siempre y para cada día. Las mujeres del 36, que se habían hecho adultas antes de cumplir los 20 años, como Las Trece Rosas, luchando en la Guerra Civil y en la aterradora posguerra, afirmaban su voluntad de vivir resistiendo a la dictadura portadora del miedo.

Hoy, la vida política y nuestra vida cotidiana son otra cosa. Por ello resulta inaceptable que la política del miedo, por otros medios, pretenda llevarnos de nuevo al miedo a la política. No nos referimos ahora al invento malvado de George W. Bush y sus amigos como José María Aznar a un hipotético, poderoso e invisible eje del mal. El discurso del miedo también se utiliza cada vez más en múltiples aspectos de la cotidianidad política y económica.

Hay indicios de recesión económica, probablemente no catastrófica, pero parece como si hubiera interés en provocar un miedo irracional en vez de una prudencia razonable. Se nos dice que la “crisis” nos acecha, sabiendo que en economía este tipo de amenazas actúan como la predicción de autocumplimiento, se reduce la inversión y el consumo, se retraen bienes y capitales del mercado, la recesión se multiplica. Mejor sería analizar y explicar que el capitalismo especulativo, como el que ha seguido España, haciendo del negocio inmobiliario el motor del desarrollo, lleva necesariamente a un final similar al del juego de la pirámide. ¿Por qué razón se difunde el miedo de esta forma? Es lógico suponer que reporta ventajas a algunos. Ventajas políticas a una oposición irresponsable. Y ventajas económicas a los interesados en atemorizar a los asalariados para que acepten reducciones en sus ingresos y a los inmigrados para que se adapten a condiciones de trabajo cada vez más duras.

En el ámbito local ya hemos criticado en anteriores artículos el uso perverso del miedo, por ejemplo en relación con la inmigración. O mediante las mal llamadas “ordenanzas de civismo”, que criminalizan a colectivos sociales y agravan el problema. Hoy corresponde referirnos a una cuestión de especial actualidad: el AVE y su llegada a Barcelona. El AVE llegará, pero esto no es lo más importante. Es una buena noticia saber que podremos ir a Madrid sin depender del puente aéreo, pero siempre se ha dicho que lo que importa no es que llegue el AVE a una ciudad sino que pase por ella. Lo cual significa, en nuestro caso, que atraviese la ciudad y conecte con la red europea. Por cierto, echamos en falta una política más activa de los poderes públicos y económicos catalanes respecto a la conexión con Francia, pues si bien el túnel de los Pirineos avanza y podremos llegar hasta Perpiñán, el tramo hasta Montpellier está muy verde.

Pero para que esta conexión sea posible falta un detalle: resolver el pase por Barcelona. Nos parece irresponsable la campaña tan poco fundamentada como la supuesta amenaza que gravita sobre las viviendas del Ensanche y la Sagrada Familia. En un artículo anterior ya expusimos que, a nuestro parecer, fue un error optar por Sants como primera estación de llegada, atravesando una zona de suelo incierto y mal estudiado, en lugar de dar prioridad a la entrada por la Sagrera, sin perjuicio de una conexión posterior. Ahora hay que denunciar la irracional campaña del miedo, cuando se trata de un suelo conocido y se han tomado el doble de protecciones de las necesarias. Que haya habido una pésima gestión política del asunto y una ministra empeñada en que los catalanes no voten al actual Gobierno del PSOE no justifica una campaña demagógica digna de la España provinciana de otros tiempos. Se crea artificialmente alarma social basada en la desconfianza atávica respecto de la política y el temor ignorante a lo desconocido, como si se tratara de un túnel satánico que hará temblar las paredes del templo. Si la Sagrada Familia ha resistido a la fechoría arquitectónica perpetrada por los continuadores de la obra hasta desnaturalizar la idea y el espíritu de Gaudí mucho más puede resistir a un túnel que probablemente será no el mejor, pero sí el más estudiado que se haya hecho nunca.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

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Votar o no, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Febrero 4th, 2008

Votar o no votar, he aquí el dilema. ¿Votaré al que puede evitar que gane el peor, aunque sea un voto a favor de un partido o candidato que no quiero y que con mi voto se sentirá reforzado y hará más difícil que emerja una alternativa mejor? ¿No votaré para que se enteren de que ninguno me gusta y si mucha gente hace lo mismo podremos esperar que en el futuro surjan opciones mejores? ¿Pero con mi abstención no contribuyo a que ahora gane el peor de todos, lo cual seguramente aleja aún más las posibilidades futuras de que aparezca algo nuevo? ¿Votaré a una candidatura muy minoritaria, pero con la que me siento más próximo aunque quizá no obtenga ningún electo, y que si lo tiene es muy posible que no pueda evitar que el peor alcance el poder, puesto que votos como el mío habrán debilitado a la opción que podría impedirlo?

No son especulaciones, son reflexiones que nos hacemos muchos, en España y en Europa también. ¿Votar a Ségolène que me irrita o al PS lastrado por su interminable batalla interna? ¿Votar al irritante vaticanista Rutelli o al posmoderno Veltroni que no cambiarán casi nada? ¿Y si no lo hago facilitaré que ganen los Sarkozy o Berlusconi?

Ninguna de las respuestas posibles nos gusta. Ni votar a unos o a otros, ni no votar. En los encuentros que he tenido con amigos de muchos años, la mayoría de ellos que estuvieron o están incluso hoy muy implicados en la vida política, este ha sido el tema de conversación. ¿Cómo puede ser que gente como nosotros, que hemos deseado siempre que hubieran elecciones libres, que hemos trabajado para hacerlo posible, ahora no sepamos a quiénes votar y estemos tentados por la abstención? Intentaré aportar alguna explicación que no se limite a expresar el desagrado que nos producen los modos de la política hoy vigente, como ya hice en mi artículo anterior al comentar el proceso de designación del Consejo de la Radio y Televisión de Cataluña.

Es lógico que se produzca un desfase entre las dinámicas contradictorias que se manifiestan en la vida social, de frustraciones y miedos colectivos y de demandas y esperanzas individuales, y las ofertas de los partidos políticos, los cuales deben encontrar respuestas simples a situaciones complejas, para lo cual no están preparados, por su cultura, por su modo de organización y por sus intereses electorales a corto plazo. Y llegamos al quid de la cuestión: los principales partidos buscan salir del atolladero priorizando el corto plazo, las elecciones y los mensajes más simplistas, situados entre la banalidad y la magia.

Las respuestas partidarias en Cataluña, simplificando, son de tres tipos. Los muy reaccionarios mensajes de la derecha política y religiosa, que parecen salidos del túnel del tiempo. Los horizontes más o menos míticos de los nacionalistas que en nombre del esencialismo nos dicen que con más autonomía o independencia los problemas se resolverían. Y las posiciones estructuralmente ambiguas de una izquierda que no puede ser ni centralista como su partido estatal ni nacionalista como sus necesarios aliados presentes o futuros, ni tan conservadora como el Gobierno de España al que apoya ni tan progresista como sería necesario para liderar un proyecto de izquierda en Cataluña.

Las respuestas reaccionarias son las que pretenden construir una base social y, sobre todo, electoral a partir de excitar las emociones más irracionales, españolistas, incluso xenófobas, y juegan con los miedos e incertidumbres de gran parte de la ciudadanía. Afortunadamente, tienen poco peso en Cataluña, pero no en el conjunto de España. Son equivalentes a las de Sarkozy y Berlusconi, máximos representantes de una política que representa la mayor regresión de la democracia europea desde el final de la II Guerra Mundial. En España, el actual PP y la cúpula de la Iglesia católica son hoy por hoy la principal amenaza al progreso democrático y pacífico del país.

La equidistancia, o casi, del centro derecha catalán entre el PP y el PSOE es una muestra de las ambigüedades del nacionalismo y, lo que es peor, su proximidad con unas políticas que en muchos aspectos parecen más próximas al franquismo o al viejo autoritarismo españolista. La extremada moderación del PSOE hace difícilmente justificable la equidistancia convergente. Y la comprensión que los líderes democristianos manifiestan ante las posturas de la retrógrada cúpula eclesial creo que no permite hacerse muchas ilusiones sobre su disponibilidad para un proyecto “democrático”.

La principal dificultad para optar por la izquierda gobernante reside en un hecho estructural y otro coyuntural. La izquierda, y especialmente el partido socialista, no promueve un proyecto de cambio, ni en la teoría ni en la práctica. Nos ofrece una política conservadora y lo decimos reconociendo que pretende conservar también los progresos democráticos de las últimas tres décadas. Este conservadurismo básico no sería un obstáculo insalvable para movilizar el voto de izquierda si no fuera acompañado por la debilidad que ha demostrado ante la demagogia reaccionaria del PP, de la Iglesia e incluso la que se expresa en sus propias filas (véase el discurso del señor Bono). Esta debilidad ha llevado a múltiples concesiones en materias que son propias del liberalismo progresista: resistencia a la memoria democrática, nacionalismo españolista en vez de federalismo, aceptación de los privilegios de la Iglesia, limitaciones al aborto, etcétera. Haría falta una reacción muy dura ante las recientes provocaciones de la Iglesia para movilizar un voto de izquierda que probablemente tenderá a la abstención o irá a los partidos minoritarios.

Reconozco su imposibilidad material por ahora, pero me declaro partidario del voto negativo. Si para muchos lo más importante es que no ganen los aznares o los berlusconis, los de la Cope y los rajoys, pues implantemos el voto negativo. Un voto negativo anula un voto positivo. Sería la mejor manera de reducir la abstención.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

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Totalitarismo democrático, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Enero 21st, 2008

Excusas por el título. Contradictorio, poco comprensible y muy poco elegante. Cuentan que Felipe González le contestó a Maragall, cuando éste le propuso como modelo el “federalismo asimétrico”, que la cosa no colaba ya que “a los españoles es difícil hacerles entender un concepto abstracto, dos juntos ya es imposible”. Si además uno niega al otro, debo reconocer que el título puede sorprender, pero no gustar. No se me ha ocurrido uno mejor, pues en algunos casos la legitimidad democrática sirve de cobertura a un comportamiento totalitario, aunque no se sea consciente de ello.

La designación de los consejeros de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales ha sido el más reciente caso expresivo de una tendencia al monopolio oligárquico del poder político al que tiende nuestra inmadura democracia partidista. Totalitarismo democrático, de baja intensidad y relativamente benévolo si lo comparamos con los brutales totalitarismos del siglo pasado, pero que supone una perversión del ejercicio del poder en una democracia y contribuye a la exclusión de la ciudadanía, que expresa su rechazo de la manipulación mediante el desinterés por la política.

No es necesario recordar los hechos. Los aparatos de partido, todos, con la complicidad de sus grupos parlamentarios, escenificaron un lamentable mercadeo, cada uno colocando a sus peones en los medios de comunicación públicos de Cataluña. En vez de consensuar una lista amplia, basada en criterios de profesionalidad e independencia, nos ofrecieron la imagen de que su único interés era garantizarse una cuota de poder. Lo cual no sólo es un fraude al espíritu que se le supone a la ley, sino que también afecta a la credibilidad de las personas designadas, lo cual puede ser injusto, y de las instituciones y organismos que han intervenido en este proceso, a pesar de que han actuado en el marco de la ley. Porque aquí está el problema. Los grupos parlamentarios no sólo han actuado con mal estilo ahora: ya lo hicieron mal cuando aprobaron la ley, reservándose el derecho exclusivo de nombrar a los consejeros, sin otro requisito que una vaga “idoneidad profesional” de las personas. La propuesta de nombres debería haber seguido un camino inverso: un organismo independiente selecciona un número superior de personas idóneas, representativas de la pluralidad de la sociedad civil, y el Parlament, si tiene la competencia de nombrarlos, elige en esta lista a los consejeros.

El método que se está aplicando a este tipo de organismos reguladores o controladores de materias específicas de suma importancia para nuestra vida colectiva es tendencialmente totalitario, contribuye a la pérdida de confianza y de interés de los ciudadanos en las instituciones, y devalúa considerablemente la calidad y la eficacia de nuestra democracia. Y puede llevar a situaciones absurdas y peligrosas, como sucede ya con la crisis del Consejo del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional. Vivimos en sociedades complejas, los intereses y los valores son heterogéneos y deben ser tenidos en cuenta. Se ha ampliado mucho el campo de actuación de las instituciones y de los organismos que cumplen funciones de interés general. La separación tradicional de poderes que se equilibran y se complementan, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, no es suficiente. Existen los distintos niveles territoriales reforzados por los procesos modernizadores y democratizadores del Estado . Y las instituciones generadas por la sociedad industrial y el welfare state (o Estado de bienestar), como la justicia laboral, la contratación colectiva, la gestión de la seguridad social, los consejos económico-sociales, etcétera. Y existen otros organismos de naturaleza especial, de creación en muchos casos más reciente, como los que tratamos ahora, que son cada vez más necesarios.

Se trata de organismos que tienen atribuidas funciones de regulación, gestión o control sobre materias que por su especificidad son separables de la gestión política general y requieren una independencia relativa respecto de los gobiernos y los partidos. La principal razón que justifica esta independencia es que gobiernos y partidos son parte directamente interesada y no pueden ser también jueces, por ejemplo en la regulación y el control de los procesos electorales o, en el caso que nos interesa ahora, de los medios de comunicación (en este caso se añade la gestión de los de carácter público). Si son parte, y no todo, pero se atribuyen esta función reguladora o gestora, están expropiando a otros sectores o al conjunto de la sociedad de algo que también es suyo, sus votos, su opinión. En el caso de los medios públicos de comunicación, el suceso que nos ocupa se trata de una apropiación indebida que tiene un efecto perverso, contrario además a los intereses públicos y de la misma institución, el Parlament, responsable del acto. Se han deslegitimado los medios de comunicación de carácter público y se han reforzado las presiones privatistas en este sector. La imagen partitocrática que se ha dado tiene como consecuencia blanquear la imagen de los medios de propiedad privada, que para muchos aparecen como más “independientes y pluralistas”, aunque disten de serlo.

En nuestras democracias el espacio comunicacional es una parte fundamental del espacio público democrático, cumple funciones esenciales en la formación de los valores, de las opiniones y de los comportamientos colectivos, y debe ser tratado con un cuidado especial para garantizar que nuestras sociedades plurales se sientan representadas y tengan confianza en los organismos actuantes en este espacio. El comportamiento grosero de los aparatos de partido en este caso es una agresión a nuestra vida democrática. La democracia tiene dos dimensiones, tan indispensables la una como la otra. Una dimensión formal, procedimental, que se expresa en las reglas y los procesos de organización de las instituciones, y de las relaciones entre éstas y con la ciudadanía, y que tiene como finalidad garantizar los derechos y las libertades de los ciudadanos. Y una dimensión material, que se realiza mediante las políticas públicas destinadas a crear las condiciones para que estos derechos y estas libertades sean efectivos y especialmente contribuyan a reducir las desigualdades. En ambos casos se requiere la motivación activa y la confianza receptiva de la ciudadanía. Todo lo cual ha sido grave e innecesariamente cuestionado por unos aparatos políticos caracterizados por un afán de poder tan excesivo como ingenuo y por una indiferencia incomprensible respecto a cómo sus actos pueden afectar a la sensibilidad democrática de los ciudadanos.

Los partidos políticos, porque así lo permite la Constitución y así lo quieren ellos, monopolizan el poder legislativo y el ejecutivo tanto en las instituciones centrales del Estado como en las territoriales. ¿No es ya bastante? La existencia de unos contrapoderes específicos es un enriquecimiento democrático, aumenta las garantías de la ciudadanía y las posibilidades de participación plural en la vida pública de la sociedad civil. Algo que buena falta hace a nuestra joven democracia.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya
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Entre normas y privilegios, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Enero 7th, 2008

Creo que fue Ridruejo, ya convertido en un liberal progresista, el que dijo que de entrada se conformaba con una Constitución que estableciera que nadie tenía derecho a pretender salvarnos. La Constitución nos protege en nuestras libertades en bastantes aspectos, pero no de la vocación salvadora de las religiones y de las instituciones políticas. Regreso de una semana de estadía en París; el gran tema ya no es Sarkozy y sus amores sucesivos, sino la prohibición de fumar en cualquier local cerrado. No soy fumador, pero como le dijo Churchill a un opositor: “No estoy de acuerdo con sus ideas, pero lucharé siempre para que usted pueda defenderlas”. Los derechos de fumadores y no fumadores pueden ser compatibles sin que sea preciso aniquilar a los primeros. En París estuve en el encantador Cirque d’Hiver de la familia Buglione, pero en Barcelona la obsesión ordenancista del gobierno municipal le hizo prohibir los espectáculos con animales y los circos deben instalarse en la periferia. Pero el Zoo (municipal) ofrece espectáculos con animales y se olvidan que los de los circos viven de su trabajo y si se les quita no les queda otra salida que la reclusión o el sacrificio. En nuestra ciudad este afán redentor ha alcanzado cimas dignas de guinness: declaración de ciudad antitaurina sin ser competente en la materia o el examen de los músicos y las estatuas humanas de La Rambla para calibrar su “calidad” antes de autorizar su oferta callejera. Sin olvidar la lamentable ordenanza de “civismo” que pretende protegernos del “escenario visual no deseado”, como decía su primera exposición de motivos; es decir, el derecho a no ver lo que puede disgustarnos, y que es rigurosamente inaplicable.

Uno sospecha que esta voluntad ordenancista, que es retórica e inoperante en unos casos y abuso de poder sobre sujetos vulnerables en otros, y que en nombre de unos derechos infringe otros, puede ocultar la incapacidad de garantizar derechos superiores o que afectan a muchos más ciudadanos. Como no resolvemos bien el acceso de todos a un buen transporte público, aumentamos las medidas de control sobre los automovilistas, aunque la política de infraestructuras da prioridad al uso del vehículo privado. Como no podemos garantizar la vivienda para los jóvenes, multiplicamos las medidas reglamentistas sobre el espacio público o sobre la vida nocturna para conseguir apoyos en la tercera edad. Como hemos hecho la opción de la ciudad parque temático para turistas, tomamos medidas de un puritanismo provinciano en nombre de los derechos de los vecinos y lo llamamos “política de proximidad”.

Todo esto es peccata minuta, algo anecdótico, comparado con la brutalidad episcopal que uno encuentra al volver a casa. Esta vez sí que nos enfrentamos en serio con una agresión consciente a nuestras libertades fundamentales y a nuestros derechos constitucionalmente reconocidos. Los obispos promotores de un absurdo clima de guerra civil son unos fundamentalistas peligrosos. Fundamentalistas al considerar que el único modelo de familia es el que ellos denominan “cristiano”; es decir, el matrimonio religioso destinado a la procreación, que por cierto ellos no practican (y mejor no citar otras prácticas frecuentes a las que parece que son adictos). Es negar la realidad de la diversidad de familias, entendidas como núcleos de convivencia cotidiana basados en el afecto. Obsesionados por el sexo, ven pecado en cualquier manifestación que exprese el placer de los sentidos. Son fundamentalistas en la moral, consideran válida únicamente la suya, y demuestran una ignorancia sólo comparable con su intolerancia. Denuncian el divorcio, el aborto, la relaciones entre homosexuales, la investigación en células madres, etcétera, y pretenden dictar normas obligatorias para toda la sociedad sin aceptar la diversidad de valores sobre estas cuestiones, ni el derecho de los ciudadanos a ejercer unos derechos que les hace en unos casos iguales entre ellos o les permite evitar males mayores. Son fundamentalistas a la hora de determinar que sólo es política democrática la que sigue sus dictados; es decir, son teocráticos, no conciben una educación cívica que no se fundamente en sus anacrónicos catecismos, ni una enseñanza pública que no sea la pariente pobre de la privada y religiosa, que es un negocio subvencionado por el Estado.

Esperemos que este renacimiento de la Iglesia preconciliar, este nacionalcatolicismo antidemocrático que hoy se expresa en la Conferencia Episcopal, reoriente las prioridades higienistas de nuestros gobiernos hacia otras cuestiones y otros sujetos mucho más peligrosos que los fumadores, los circos o los jóvenes noctámbulos. Ahora aparecen los efectos perversos de la timidez del Gobierno a la hora de hacer efectivos los derechos reconocidos por las leyes (como ocurre con el aborto en el ámbito público) o de reducir los injustificables privilegios de la enseñaza privada subvencionada (que imponen la religión y excluyen a la población inmigrante). No sólo no ha servido para apaciguar las resistencias de la cúpula episcopal, que hace la campaña ultra al servicio del PP, sino que les ha envalentonado y ahora proclaman lo que hace 20 años no se atrevían ni a murmurar. Es hora ya de que se aplique lo que es propio de cualquier Estado democrático europeo, la separación de la Iglesia y del Estado, el fin de los privilegios de aquélla y el tratamiento por igual a las diversas creencias religiosas. El laicismo no va contra las religiones, sino contra la voluntad, en nuestro caso, de impedir que una religión en particular imponga sus preceptos y sus privilegios al conjunto de la ciudadanía.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya
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Solé Tura, la otra historia, de Jordi Borja en El Periódico

Publicado en Política by reggio on Diciembre 24th, 2007

El homenaje a un líder de la izquierda catalana

Una història optimista es el título del libro de memorias de Jordi Solé Tura. No es, a mi parecer, lo más acertado del libro, por otra parte excelente. Unos primeros capítulos maravillosos, los “años tristes” de la guerra civil y la larga posguerra de los 40 en Mollet, el trabajo de panadero, las dificultades de la cotidianidad. Pero también el fútbol, el afán por leer y escribir, la felicidad que proporcionaba el cine. Y comienza la aventura que hará que el joven panadero acabe de padre de la patria, uno de los autores decisivos de la Constitución y del Estatut, ministro, político e intelectual reconocido internacionalmente. Una historia bastante conocida. Pero hay otra, menos conocida y que nos permite conocer mejor a la persona, una historia que no siempre ha sido de color rosa, con momentos muy duros y muy injustos. Y sin un happy end garantizado.

A los 17 años decide estudiar y aprovechará el servicio militar para hacer el bachillerato, compaginándolo con el trabajo de panadero. A principios de los 50, inicia la carrera de Derecho, y obtiene el premio extraordinario. Ahora ya no es panadero, pero también tiene una doble vida, o triple: chico de pueblo en Mollet, profesor en la Universidad de Barcelona y militante clandestino del PSUC. Un centenar de páginas fantásticas.

LOS CAPÍTULOS que siguen están destinados a la clandestinidad y el exilio a partir de 1960, primero en París, después dos años en la Pirenaica, la radio del PCE que transmitía desde Bucarest, y retorno a París a finales de 1963 y víctima inocente de la dureza de la política clandestina. Es expulsado del partido al cual había dedicado 8 años decisivos de su vida cuando decide unos meses después volver a Catalunya. Los dirigentes del PCE y del PSUC, en plena batalla interna contra las ideas de Claudín y Semprún (ahora resulta difícil de entender, pues las posiciones eran mucho más cercanas de lo que entonces parecía) temen que Solé Tura apoye a los dirigentes condenados. Diez años después volverá al PSUC y sufrirá de nuevo la intransigencia, esta vez no de los dirigentes, convertidos en eurocomunistas (es decir, democráticos incluso en la vida interna), pero sí de los sectores llamados prosoviéticos. Hace pocos años Gregorio López Raimundo me comentaba el libro y me decía: “Me ha interesado mucho, y me ha sorprendido lo bien que nos deja a nosotros (la dirección del PSUC y del PCE), creo que demasiado bien”.

Mientras tanto, Jordi sobrevive pasando cada día muchas horas traduciendo, especialmente para Edicions 62, y volviendo progresivamente a la Universidad. Es la Barcelona de los felices 60, del avance de la actividad democrática y catalanista, de la lucha obrera y universitaria, del renacimiento cultural, de la emergencia de una nueva sociedad, joven, desinhibida, con afán de libertad en todas las dimensiones de la vida personal y colectiva. La realidad confirma las ideas que expuso con mucha prudencia a la dirección del PSUC antes de ser expulsado, y ahora, cuando en la práctica el PSUC ha entendido la nueva situación y se convierte en la fuerza política principal de la oposición a la dictadura, él se halla fuera del partido. Y hay que decir que Solé Tura, a lo largo de su vida, ha tenido siempre una fuerte vocación de militante de partido, leal y disciplinado.

En aquellos años, se convierte en un referente del catalanismo de izquierdas y no siempre será entendido ni tratado con justicia. Su libro Catalanisme i revolució burgesa, que también es la tesis doctoral que le permitirá, con muchas dificultades y años de injustificada espera, la integración plena en la universidad, es atacado con una gran violencia verbal por parte de importantes sectores del catalanismo. No soportan un análisis riguroso que descubre el pluralismo y que critica, a través de la política de Prat de la Riba, la pretensión de los sectores políticos y culturales conservadores de considerarse los detentores del único catalanismo legítimo. Y otros, no necesariamente conservadores, participan en la operación por una visión idílica y esencialista del catalanismo.

Solé Tura serà después, a partir de 1968, un importante renovador del pensamiento y de la acción de la izquierda en Catalunya. Primero como uno de los líderes de Bandera Roja (BR) y después como uno de los constructores de la política eurocomunista. Estas experiencias han sido menospreciadas después en la medida que se consolidaba una democracia cada día menos innovadora, pero es imposible entender el proceso de avance democrático que se desarrolla de finales de los 60 a finales de los 70 sin tenerlas en cuenta. Jordi también fue atacado, como en otras ocasiones, por los que lógicamente deberían haberle apoyado. Dos ejemplos, anecdóticos pero sintomáticos. Y en este caso la crítica deviene violencia incomprensible.

EN PARÍS, cuando Jordi, junto con otros dirigentes de BR apenas había iniciado conversaciones con dirigentes del PCE para preparar el retorno al partido, fue agredido brutalmente (su espalda sufrió las consecuencias durante muchos años) y amenazado de muerte por un comando del FRAP (los marxistas-leninistas prochinos). Y unos años después, en los primeros 80, fueron militantes del PSUC contrarios al eurocomunismo los que agredieron a Solé Tura y a Teresa Eulàlia Calzada.

Una historia optimista. Quizá sí, el caso es que nos referimos a la decisión del protagonista de mantener la voluntad de acción integrado en colectivos y la libertad de pensamiento expresada siempre con la fuerza de la razón. Una historia difícil, con muchos momentos dramáticos que hacen todavía más meritoria una virtud que nunca nadie podrá negarle: la bondad.

En otra ocasión terminé un texto que me habían pedido sobre él con unos versos de Antonio Machado, como ahora: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina/ pero mi verso brota de manantial sereno/ y más que un hombre al uso que sabe su doctrina/soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Jordi Borja. Profesor de la UOC.

Memoria democrática y cansancio histórico, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Publicado en Política by reggio on Octubre 29th, 2007

Más de un cuarto de siglo después de la tentativa de golpe militar contra la naciente democracia recuerdo el estado de ánimo de aquellas horas de la tarde y noche de un 23 de febrero: un inmenso cansancio. No fue la rabia ni el miedo, ni la ansiedad por el resultado de aquella patética patochada, ni la resignación tampoco. Fue cansancio de tener que volver a empezar, reuniones ilegales y detenciones policíacas, censura para la cultura y abusos de poder, lenguajes crípticos para decir algo en público y probables estadías en la cárcel o el exilio. Cansancio de tener que volver a esconder papeles (ésta fue mi primera actividad aquella tarde: ir con el auto cargado de archivos del PSUC a una casa teóricamente segura de Santa Coloma). De organizarse para algo tan elemental como es ejercer derechos humanos básicos. Al día siguiente el golpe había fracasado y entonces más que nunca uno sentía que lo que fue el franquismo no podía volver a repetirse.Estos días se han aprobado leyes de memoria histórica en el Congreso y de memorial democrático en Cataluña. Los opositores a las mismas argumentan que es crear un clima recordatorio del enfrentamiento que dividió al país, de la Guerra Civil y de sus consecuencias, la larga dictadura. Lo cual, si fuera así, si éste fuera el objetivo o el resultado no querido, no importa, el peso de la memoria podría ser insoportable. Georges Steiner esta semana en su espléndida conferencia en el Instituto de Historia nos decía que en Europa la memoria pesa mucho; se preguntaba si a veces no había un exceso de memoria e, inmediatamente, añadía: pero el negacionismo es una blasfemia. El no recuerdo es una tentación ante un pasado trágico y es lícito que haya personas que no quieran rememorarlo. Pero la democracia, sus instituciones, sus medios de comunicación, su cultura y su opinión pública no pueden rechazar la memoria, pues la omisión es asumir la verdad oficial de la dictadura, es la mentira. Como dijo Magris, lo que se opone a la memoria no es el olvido, sino la verdad. Y la verdad es necesaria para evitar las confrontaciones violentas del pasado y garantizar el futuro democrático.

Con más o menos buena intención se pretende a veces establecer una equivalencia, o una simetría, entre República y alzamiento militar, entre dictadura y oposición democrática. Todos cometieron excesos, volvamos la página. Pero si equivalencia aplicamos, entonces la respuesta lógica sería: seamos simétricos, vamos a dar a todos los que fueron protagonistas y colaboradores de la dictadura el mismo trato que ellos dieron a los que defendieron la República y se opusieron al franquismo. Y les debería aplicar reglas similares a los bandos, decretos y leyes del régimen anterior.

Unas normas de nombres tan expresivos como ley de represión de la masonería y del comunismo, que contenía una curiosa definición de comunista: “son comunistas los comunistas, los socialistas, los anarquistas y los similares”. O las leyes depuratorias, de responsabilidades políticas, que establecían medidas que incluían la pena de muerte inconmutable para los que habían ejercido responsabilidades durante la República y que supuso una depuración masiva en la función pública, como expuso con rigor el fiscal Carlos Jiménez Villarejo en el reciente Coloquio sobre el Memorial Democrático. O el extraño tribunal de espionaje y otras actividades (así se llamaba el que me procesó en los años sesenta por sospecha de pertenencia a un partido político) y luego el famoso tribunal de orden público, que calificaba cualquier opinión o actividad opositora como propaganda ilegal y organización ilícita y condenaba a largos años de cárcel. La simetría podría conducir a una aberración por su imposibilidad material, por pretender corregir una injusticia con otra y por la perversidad moral que supone establecer equivalencias entre la dictadura y la democracia.

No encuentro nada en las leyes aprobadas que indique ninguna intención represiva hacia nadie. Pero lo que no puede permitirse un Estado democrático es que se mantenga la criminalización de los que se opusieron a la dictadura aceptando la legitimidad de la represión, es decir, los juicios de los demócratas. Ni tampoco que se exalten actos y personajes del franquismo en el espacio público, en el nombre de las calles o en los monumentos. Las víctimas tienen derecho a la reparación y los que se opusieron a la dictadura, al reconocimiento, pero como argumentaba en este mismo periódico hace unos meses Joaquim Sempere, más que una necesidad de ellos es un deber del Estado consigo mismo y con la sociedad. Es suprimiendo cualquier vestigio de legitimidad de la dictadura que se fortalece la democracia. Es volver página de verdad. Y tener que argumentarlo y defenderlo ante el alud demagógico que se ha iniciado es lo que produce un irremediable cansancio histórico. La derecha española es cansadora, terriblemente aburrida. Y el derecho a no aburrirse es un derecho humano.

Más estimulante sería discutir qué hará este Memorial Democrático que ahora existe porque lo dice una ley. Y, como dice el bolero, el “soy tuyo pero de nada te vale, soy tuyo porque lo dice un papel”. Y para que sea nuestro, es decir, sirva al progreso democrático, hace falta ahora una entidad, una sede, un programa de actividades, una oferta permanente de servicios, un presupuesto. Y una orientación hacia el futuro. El conocimiento de la verdad sobre el pasado nos puede hacer críticos hacia el presente. Y no está de más recordar que estilos y actos actuales recuerdan demasiado el mal pasado que arrastramos. Una historia que siempre terminaba mal, como decía Gil de Biedma. Que así no sea.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

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