Las lágrimas de Rajoy en la noche triste de Génova, de Jesús Cacho en El Confidencial
Me cuenta un testigo presencial que a Mariano Rajoy se le saltaron las lágrimas, literalmente lloró la noche del domingo electoral, cuando se hizo evidente que el Partido Popular había perdido las elecciones. El último cartucho que guardaba la escopeta política del líder popular había errado el tiro, había explotado cual carga hueca ante la incredulidad de un hombre convencido de que podía ganar, de que iba a ganar, hasta el punto de que fue su mujer, Elvira Fernández, una señora ejemplar en su discreción la que, crecida, mantuvo el tono vital del candidato derrotado.
Ayer por la mañana, ese ambiente depresivo seguía dejándose sentir en la sede de Génova, reflejo de la frustración causada por la sorpresa de un resultado que se creyó favorable en votos, en escaños o en ambas cosas a la vez, lo cual obliga, como primera providencia, a despedir al encargado de las encuestas del partido. Por el balcón de la calle Génova no aparecieron la noche triste del 9 ni Ruiz Gallardón ni Esperanza Aguirre, protagonistas de uno de los rifirrafes más notables del final de la legislatura, que tan fácil resulta subirse al carro del vencedor como difícil sostener el paso vacilante del vencido.
Ambos quedaron retratados de cuerpo entero en ese conflicto. La una impidiendo la presencia en las listas de un hombre que, sobre todo fuera de Madrid, habría aportado al PP la vitola de partido centrado. El otro protagonizando un berrinche fuera de lo común cuando le negaron el juguete, pésimo espectáculo que le hizo perder las razones que avalaban su causa ante el electorado más solvente. Ambos, sin embargo, van a volver de nuevo a las portadas, y no para bien, como consecuencia de los movimientos sísmicos provocados por la derrota dulce del 9-M.
Apenas unas horas después de conocidos los resultados finales, en los ambientes sociales que apoyan al PP la unanimidad era casi total en torno a la necesidad de que Mariano Rajoy encabece la comitiva –Acebes, Zaplanas, Astarloas, Arenas, Mayores- que desde la calle Génova y camino a la diáspora debe dejar el camino expedito al surgimiento, vía Congreso ordinario o extraordinario, de nuevas caras y mensajes capaces de abrir un tiempo nuevo en la dirección de un partido de derecha liberal no conservadora. Rajoy lo tiene relativamente fácil, teniendo en cuenta que los resultados del 9-M arrojan la imagen de un partido unido, casi rocoso en lo que a fidelidad de voto se refiere, capaz de abordar esos cambios sin mayores traumas.
Hará falta, sí, altura de miras, grandeza para entender la importancia del momento histórico que reclama ese cambio y obrar en consecuencia. El problema es de nombres, de figuras de talla moral, intelectual y política suficiente para liderar ese cambio. Como alguien dijo poco después de las elecciones generales de 2004, “ya sabemos quién es el Almunia del PP; falta saber quién será su Rodríguez Zapatero”. Desde esa frase han pasado ya más de tres años de tiempo perdido, y en el horizonte del PP no se divisa la figura de ese/a joven de treinta y tantos años, titulado superior, con algún master a cuestas, con idiomas, talento y formación bastante para tomar el relevo de esa nueva derecha, un hombre/mujer dispuesto a rodarse en 2012, para poder protagonizar de nuevo el asalto al poder en las generales de 2016.
Porque, nadie se engañe, tal es el calendario que, salvo milagro de mayor cuantía, le espera al PP en su travesía del desierto. El aznarismo dejó al partido convertido en un páramo y aquí están las consecuencias. “Con mano firme y verbo encendido, nuestro pequeño Napo ha conducido la nave de la derecha contra las rocas. Lo peor no es que el PP haya abandonado el Gobierno cuando, a cuenta de la gestión económica, parecía tener asegurado un nuevo mandato; lo peor es que la derecha democrática ha perdido una oportunidad de oro para haber integrado, en lugar de separado, para haber fortalecido, en lugar de debilitado, los lazos de la unidad del Estado (…) España es hoy, gracias a Aznar, un problema de grandes dimensiones. Algunos de los daños causados pueden tener rápido arreglo. Otros, como nacionalismos y separatismos, con inconcebibles cuotas de poder en Cataluña para partidos que vivían en la marginalidad, tienen solución mucho mas difícil, porque se han envenenado por culpa de la agresión política sistemática”.
Lo anterior fue escrito por un servidor de ustedes en abril de 2004 en el diario El Mundo. El brillante equipo dirigente que en 1996 tomó el relevo de la gobernación de España al felipismo exhausto está hoy en liquidación por derribo, con algunos de sus más notorios personajes, caso del propio Aznar o de Rato, dedicados a hacer dinero a espuertas, que es tarea que proporciona menos sinsabores que la política a palo seco. El resultado ha sido un PP sin banquillo, en el que no se adivina un sucesor de garantía. Y ello con un Zapatero gregario de los votos de la izquierda y del nacionalismo más radical, y en un horizonte económico más que preocupante. Malos tiempos para la lírica nos deja por herencia el lance del 9-M.
Los rumores apuntaban ayer a un Gallardón dispuesto a salir a la palestra en apoyo de la continuidad de Rajoy, movimiento que hay que entender en clave Aguirre, doña Esperanza, a quien muchos en el PP anuncian ya preparando los movimientos orquestales necesarios para el asalto a la fortaleza de Génova, dispuesta ella a jugar la baza populista que tan bien conoce. Pero si el ala más conservadora del PP cree que la solución a los males del partido pasa por Esperanza Aguirre, creo que están muy equivocados y no han entendido nada. O mucho me equivoco, o los vientos que hoy llenan las velas de la sociedad española no soplan de ese cuadrante.
NOTA. Algunos lectores del ‘Con Lupa’ de ayer se han dirigido a mi para manifestar su malestar, cuando no su protesta, por aludir a “la mugre socialista” en el contexto de las aspiraciones de las nuevas generaciones de españoles que desean una derecha distinta. Desde aquí quiero pedirles sinceras disculpas, manifestándoles al tiempo que la idea al calificar de “mugre” al socialismo tenía que ver con la doctrina, con el socialismo como ideología superada por el tiempo, dicho sea desde un punto de vista liberal no economicista. En modo alguno quise referirme a los votantes o militantes socialistas, que cuentan con todos mis respetos, como no podía ser de otro modo.
El vendedor de crecepelo nos promete un jamón, de Jesús Cacho en El Confidencial
En los ambientes peperos se había producido este domingo un curioso fenómeno de índole psicológica, tal vez consecuencia de las encuestas aparecidas en los últimos días: de pronto se evaporó la euforia, y la batalla se dio por perdida. Desfondamiento. La suerte está echada, repetían a media voz, o al menos tal era el espíritu con el que los fieles de Rajoy encaraban el debate de anoche.
Seguramente el bajón tenía que ver con la última de las ocurrencias del líder del PP, que ese mismo domingo había sacado a pasear a José María Aznar, un tipo que se ha convertido en una caricatura de sí mismo, una especie de teleñeco del propio Aznar, el jersey pijorosa de cashmere, la melenita al viento y esos indescriptibles gestos de histrión satisfecho de su dandismo. Lo sube al estrado y lo expone en plaza pública, se supone que para animar a los indecisos, a ese tropel de gentes que, tras darle la mayoría en 2000, le negaron el voto en 2004 hastiados de la prepotencia de franquito, y todo pareció ese domingo tan obtuso y tan necio que muchos no sabían si compadecerse del Rajoy incapaz de negarle al gran líder su minuto de gloria en plena campaña, porque no le puede negárselo, o cabrearse con el Rajoy huevón que no es capaz de plantarse ante tamaña insensatez.
De modo que, entre Aznar y las encuestas, esta historia parecía vista para sentencia, hasta el punto de que en algunos círculos de la derecha la importancia del debate quedaba circunscrita a la necesidad de alcanzar una derrota honrosa el domingo 9, aminorar los daños, reduciendo en lo posible el abismo en diputados de la victoria socialista. Pero está visto que para Mariano Rajoy no hay mejor complejo vitamínico que enfrentarse a un insolvente de la astronómica proporción de José Luis Rodríguez Zapatero, que anoche quedó retratado cual pocas veces lo ha sido como el vendedor de crecepelo capaz de prometer frondosas melenas allí donde lucen relucientes cráneos.
Y conste que el candidato socialista, un perfecto amoral en el más amplio sentido del término, es un enemigo formidable en el uso de la demagogia política, fundamentalmente porque, si se trata de prometer, es capaz de prometer un jamón con chorreras a todos y cada uno de los 45 millones de españoles, todos y cada uno de los 1.460 días que componen una legislatura. En la insolvencia de que hace gala, a Zapatero le da lo mismo ocho que ochenta, le importa un pimiento prometer cifras, e inversiones, y mejoras, y gastos y empleos (en la primera parte del debate anuncia la creación de 2 millones, “la mitad para mujeres”, y 20 minutos después repite lo de los dos millones, pero esta vez 1,2 para mujeres) y Observatorios y conferencias de Presidentes (sic), porque todo es etéreo, todo es gratis, todo un luminoso brindis al sol. En su liviandad, a ZP le suena que liberalizar el suelo es sinónimo de encarecerlo, y se espanta cuando Rajoy alude a esa cuestión, y así sucesivamente.
Y conste que el leonés se había preparado esta vez el examen a conciencia, hasta el punto de que las clases particulares de Miguel Barroso –la tarde del domingo entera oficiando de trainer- se dejaron notar enseguida. Polemista brillante en el uso de la demagogia –dispuesto, además a interrumpir al popular de forma constante, ante la pasividad de la señora Viza- Zapatero fue capaz de poner a Rajoy contra las cuerdas justamente en el tema, la política antiterrorista, en el que éste más se había lucido hace ocho días. Y lo hizo echando mano de la guerra de Irak y de los asesinatos del 11-M, es decir, retratándose de cuerpo entero. La respuesta de Rajoy no pudo, por eso, ser más oportuna: “usted quiere volver a ganar unas elecciones con Irak y el 11-M”.
Pero fue en la segunda mitad del debate cuando, al contrario también de lo que ocurriera el lunes 25, Rajoy remontó el vuelo para sacar de sitio a Zapatero y situarlo en su real dimensión de aventurero de la política, sin una idea concreta de España, sin ninguna idea de España más allá del chalaneo coyuntural y constante. Anoche, algunos amigos cercanos al PP me llamaron desilusionados porque no habían visto a Rajoy suficientemente duro y contundente. “Tenía que haber arrasado”, decía uno, y yo creo que estaban, están, en un gran error. El líder del PP, sempiternamente amenazado por la espada de Damocles de una izquierda sectaria que ve normal en ella lo que en la derecha es intolerable autoritarismo, estuvo donde tenía que estar, moderado en la forma y contundente en el fondo, como corresponde a una persona que aspira a ocupar el Gobierno de la nación.
Creo que, más allá de trucos verbales y argucias de trilero, a José Luis Rodríguez Zapatero le fue mal el debate de ayer, muy mal desde el punto de vista de la necesidad que tienen millones de españoles cultos, a derecha e izquierda, de saberse gobernados por un político solvente y fiable, un presidente que inspire al menos cierto grado de confort intelectual. Lo cual quiere decir muy poco en la España de nuestros días. Zapatero ha sabido captar a la perfección el perfume que hoy exhala la España anestesiada, enemiga del compromiso, reñida con el esfuerzo, huérfana de valores morales, entregada al hedonismo consumista, y eso le sobra para volver a ganar las elecciones del 9 de marzo. Le basta con lucir de nuevo su mejor cara de Bambi apaleado, como hizo anoche en su alegato final, para seguir en el machito. Ni dos ni doce debates que ganara Rajoy le servirían para llegar a La Moncloa. Es el signo de los tiempos.
Una campaña sin grandes cuestiones, un país sin calidad democrática, de Jesús Cacho en El Confidencial
Testigos del debate electoral celebrado el lunes 25 de febrero cuentan que no habían visto nunca tanto odio acumulado en dos personas como el que José Luis Rodríguez y Mariano Rajoy exhibieron en el corto descanso de aquel primer cara a cara, moderado por Campo Vidal. Seis minutos en los que no sólo no se hablaron, sino que ni siquiera se dirigieron la mirada, ofuscados, tensos, como si no existieran el uno para el otro, dispuestos a ignorarse hasta el fin de los tiempos. El uno, porque subido en la ola de adulación al Presidente de turno, aún no se había repuesto de la sorpresa de un Rajoy que le había robado la cartera en aquella primera mitad. El otro, porque es tal el desdén intelectual que le merece la liviandad del leonés que no puede dejar de manifestarlo en todo momento.Odio y desprecio mutuo porque se trata de una pelea por el poder. Pura y descarnada pelea por el Poder. Vanidad de vanidades, egolatría al por mayor, pedestal desde el que infundir respeto y temor, capacidad para influir en la vida de los demás. Puro viento, verdura de las eras. Pero nada que tenga que ver con los cambios de fondo que necesita, pide a gritos, la democracia española, cambios resumidos en esa genérica apelación a la regeneración de la vida democrática o, si quieren, a la mejora sustancial de la paupérrima calidad de la democracia española. Las grandes cuestiones de fondo se están hurtando a los electores, que parecen conformarse con la baratijas de curso legal que se expenden en todo mitin que se precie. Timo del gato por liebre.
El candidato Zapatero, el aventurero impaciente que en 2004 abrió el melón de la reforma constitucional para cerrarla precipitadamente después de que el Consejo de Estado, a pedido del propio ZP, emitiera un dictamen recordándole algunas verdades elementales, se embarcó a continuación –en secreto y de espaldas al pueblo soberano- en una reforma del Estatuto catalán de tono abiertamente Confederal, que abrió la caja de los truenos autonómica, y detrás del cual vieron otros. Hasta el más lego sabe que ese nuevo Estatuto, sea o no sancionado por el Constitucional (TC), no es la estación término de nada, sino un simple apeadero en el largo viaje de las elites nacionalistas hacia la secesión, en un proceso imparable –a cuenta de la clase política que padecemos- de debilitamiento del Estado y desvertebración de la nación, como el referéndum planteado en el País Vasco por el camarada Ibarretxe para este mismo año se encarga de recordarnos.
Como dice el profesor Sosa Wagner (El Estado Fragmentado - Editorial Trotta) “nunca debió iniciarse el banquete estatutario sin un acuerdo previo de todos los comensales, y menos hacerlo movido por exigencias coyunturales de apoyos políticos y parlamentarios (…) Que un extremo geográfico de España quiera arreglarse su “asunto” de forma individual y de la manera que le resulte más rentable, forma parte de las humanas ambiciones y del cabildeo político local, pero que esa actitud se respalde por quienes representan al Estado en su conjunto es una manifestación de ligereza cuyo exacto alcance el futuro irá desvelando poco a poco”. Pues bien, ese especie de bombero pirómano que a partir de marzo de 2004 se puso al frente del batallón de derribos del Sistema salido de la Transición, este genio que ahora se ha propuesto él solito –recuerden que ya se comprometió a acabar con la sequía- arreglar el problema del cambio climático, no ha dicho una palabra durante toda esta campaña sobre tan esenciales cuestiones de futuro.
A cambio de un debate a fondo sobre las grandes cuestiones nacionales, empezando por esa reforma en profundidad de la Constitución del 78 que enderece la deriva de una nave colectiva que navega con rumbo de colisión a plazo fijo, que frene las ansias nacionalistas, cohesione a la nación y devuelva al Estado competencias que nunca debió perder –amén de volver del revés la actual Ley Electoral-, Zapatero nos propone, y el vulgo mansamente asume, el gato por liebre de la reinterpretación de nuestra Historia reciente (“memoria histórica”, lo llaman), la igualdad entre sexos, los derechos de los homosexuales, la alianza de civilizaciones, el cierre de la capa de ozono y otras baratijas de una época sin ideología.
Y Mariano Rajoy acepta el engaño, entra a ese trapo porque, en el fondo, lo que de verdad le interesa es el Poder, hasta el punto de pretender recuperarlo en 2008 con el mismo equipo que lo perdió en 2004. Del pecado de escamotear a los españoles los problemas de fondo es también culpable, en mi opinión, Rajoy. Si el próximo domingo pierde las elecciones, como parecen indicar las encuestas, habrá perdido por partida doble: perdido ese Poder que ansía en el corto plazo, y perdido una gran oportunidad para haber recorrido pueblos y ciudades hablando a los ciudadanos de la deriva de España hacia la balcanización, de la jibarización del Estado a cuenta del apetito insaciable de los nacionalismos, de la ausencia de libertades básicas en buena parte del territorio, del estado comatoso de la Justicia, de la corrupción galopante que se ha adueñado de la España del boom inmobiliario, de la postración de unos medios de comunicación cada vez más sectarios, y de tantas cosas más que tienen que ver con la calidad de vida democrática, que es, al fin y a la postre, lo determinantes en la vida de los ciudadanos.
Es un escándalo que ninguno de los dos grandes partidos haya dicho todavía nada de lo ocurrido con la Sala Segunda del TC en relación al caso Albertos, salvo la cínica y oportunista salida del FGE, Conde Pumpido, dispuesto a rasgarse las vestiduras ahora después de haber maniatado a la Fiscalía en el caso de las cesiones de crédito de Emilio Botín, por ejemplo. Lo asombroso del panorama español es que la cúpula del Partido Popular, única fuerza que sostiene un discurso nacional consistente, todavía no haya interiorizado primero y traducido a sus mensajes públicos después, la proximidad del abismo al que nos conduce la mezcla de relativismo moral, improvisación frívola y sectarismo del que hace gala Rodríguez Zapatero, y las haya traducido en un discurso de altura orientado hacia ese gran pacto entre PP y PSOE capaz de abordar una reforma en profundidad de la Constitución del 78.
Dice Paul Johnson en Tiempos Modernos que “la tragedia principal de la historia del mundo en el siglo XX es que la república, en Rusia como en Alemania, halló sucesivamente en Lenin y Hitler adversarios de un calibre excepcional, que expresaron su férrea voluntad de poder con una intensidad única en la época contemporánea”. Mutatis mutandis, la tragedia de España es que, cuando el tironeo de los nacionalismos ha conseguido colocar al Estado salido de la Constitución del 78, que mal que bien ha garantizado estos 30 años de libertad y progreso, al borde del precipicio, nos hemos topado con líderes como Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. La derrota de éste el día 9 augura –a menos que un cataclismo económico nos lleve a una legislatura abreviada- ración doble de Zapatero, Zapatero para cuatro años más, al final de los cuales, dando la razón a la famosa cita de Alfonso Guerra, a España no la conocerá ni la madre que la parió.
“Saludo a los emigrantes que me estarán escuchando”, de Jesús Cacho en El Confidencial
¿Dice algo la imagen? ¿Es cierto que el traje hace al monje? Rajoy apareció en pantalla con cierto aspecto acalorado y la chaqueta conscientemente abierta, sonriendo en exceso, como dispuesto a competir en galanura impostada con su oponente. Traje azul y corbata roja. Favorecido. ZP, está de más decirlo, llegó regalando sonrisas por doquier, su especialidad, la chaqueta cerrada y cierto aire de intranquilidad también. Traje azul marino y corbata sin contraste, aunque con perfecto nudo. En medio de ambos, un hombrecito llamado Campo Vidal. Capas de maquillaje desfigurando los años en una jornada de gloria reverdecida, reina por un día, tras mucho tiempo en el desván del recuerdo. Un horrible traje gris, corbata azul marino y nudo indescriptible. Y un afán de protagonismo que rozó lo patético.
Al grano. Reconozco que mi entusiasmo por Mariano Rajoy es perfectamente descriptible, ergo manifiestamente mejorable, pero anoche me llevé una sorpresa, no sé si grata o no, porque todavía no he decidido mi voto. Lo que está bastante claro, al menos para mí, es que ayer literalmente sacó del cuadrilátero al candidato socialista, que quedó retratado como pocas veces lo ha sido a lo largo de su vida política. Es ahora cuando alcanza toda su dimensión el error que cometió el PP en la campaña electoral de marzo de 2004, al negarse a celebrar debates televisados con el aspirante del PSOE, porque si ahora, tras cuatro años de la mejor coyuntura económica que ha conocido el país, con el viento a favor de todas las estadísticas, se ha mostrado romo a la hora de formular un discurso de convivencia convincente, entonces hubiera quedado meridianamente clara su condición de aventurero de la política, capaz de abrir todos los melones sin la menor idea de cómo cerrarlos.
Recuerdo un texto que un estrecho colaborador suyo en la Moncloa, el periodista de El País Javier Valenzuela, escribió en un libro al final de su aventura al lado de ZP. “A Zapatero le cuesta trabajar con equipos bien definidos, de modo que, en algunas ocasiones, se embarca en grandes proyectos sin elaborar un plan detallado de acción, sin formar un equipo que asuma claramente la gestión del asunto, sin atribuir responsabilidades bien definidas a unos y otros, sin jerarquizar esas responsabilidades, sin preparar respuestas a los obstáculos previsibles” (…) “Esto fue patente en su gestión de la reforma del Estatuto de Cataluña” (…) “Que si el asunto lo llevaban Maragall y los socialistas catalanes, que si lo llevaba Rubalcaba, que si lo llevaba él mismo. Que si se aceptaba el texto como saliera de Cataluña, que si se retocaba en Madrid hasta dejarlo limpio como una patena. Al final, Zapatero se sacó un conejo de la chistera, su pacto personal con Artur Mas”. (…) “lo mismo ocurrió con el proceso para terminar con el terrorismo de ETA”.
Son unos párrafos que describen la categoría política de Rodríguez Zapatero. Ayer, Mariano Rajoy le dio un repaso echando mano sencillamente de eso que la gente del común pide a quienes le gobiernan: cierto amor a la verdad, bastante sentido de la responsabilidad, algo de patriotismo, nada de aventuras, y mucho sentido común. Y el candidato quedó desplazado, sin encontrar jamás el sitio, refugiándose constantemente en las tablas del recurso al pasado, lo mal que lo hizo el Gobierno Aznar, lo pésimamente que se manejó Rajoy durante su paso por los distintos ministerios que ocupó. Pero ocurre que, precisamente porque lo hizo mal, el Partido Popular perdió el Gobierno, de modo, señor mío, que esa ya es materia juzgada, y no puede usted, ni sus asesores, escamotear a los españoles el juicio crítico que merece todo Gobierno al final de su mandato con el truco del “y tú más”, porque esa es ofensa intolerable al talento de los electores.
Algunas frases textuales pronunciadas por el candidato socialista evidencian la arquitectura intelectual del personaje, por no mencionar otras categorías de orden moral: “Hemos reducido lo que representan impuestos…” (sic) “Desde hace 30 años no han movido ustedes un dedo a favor de…” -¿Pero hubo alguna vez un Gobierno, varios, presidido por Felipe González?- “Cataluña está más unida porque hay alta velocidad…” (sic) “saludo a los emigrantes que me estarán escuchando” y así sucesivamente en una sucesión de boutades que provocarían el sonrojo del más pintado. Pero el torito estaba herido, y al final del debate tiró de navaja barbera –ahora hablamos de su dimensión moral- para afear a Rajoy no sé qué comentario crítico sobre los artistas que, en uso de su derecho, han pedido el voto para la opción socialista.
Una frase pronunciada por el candidato popular definió a la perfección la personalidad de ZP: “Usted dice una cosa y luego hace exactamente la contraria”. No se puede resumir de manera más acertada lo que han sido estos cuatro años de Gobierno Zapatero. Las vergüenzas de “la sonrisa como máscara y el talante como excusa” quedaron ayer puestas en evidencia en plaza pública. Detrás del populismo rampante del personaje se esconde lo que ya sabíamos: un demagogo de altos vuelos, capaz de asegurar varias veces que durante su mandato “el precio de la vivienda se ha desplomado”. Decía Pío Baroja que “los españoles hemos tenido desgracia con nuestros políticos”, y es más que probable que lo ocurrido anoche no tenga ningún impacto el 9-M, cuando los españoles sean llamados a las urnas, pero, con la vista puesta en 2012, nadie podrá decir después de lo visto anoche que no estaba advertido
¿Una campaña electoral o un concurso de chistes malos?, de Jesús Cacho en El Confidencial
Sabido es que el género cómico atraviesa horas muy bajas en nuestro país. Me refiero al cómico profesional, aquel que en la dictadura era capaz de sacarle punta a la actualidad más roma. Aquella fue la época dorada del humorista, obligados como estaban en escena a pertrecharse de talento y valor, a partes iguales, si no querían ir a parar al final de la función al cuartelillo de la Guardia Civil. Hoy no hay cómicos. Todo lo más, hay titiriteros, casi todos ubicados en la izquierda, que es territorio más proclive a la dádiva con dinero público. Los cómicos de antaño han sido sustituidos por los artistas en nómina al servicio del partido político de turno, en general, y de su líder respectivo, en particular, de modo que la tarea de hacer mofa y escarnio de la dura realidad ha sido asumida por esos mismos líderes políticos, ¡prodigio español donde los haya! que hoy se dedican a dar funciones en plazas de toros y pabellones deportivos acogidos todos al más vulgar y ramplón de los chascarrillos.Y no es que Mariano Rajoy esté libre de tan grosero pecado, ni hablar, pero la palma, el oscar a la mejor interpretación masculina en la materia se la lleva sin duda José Luis Rodríguez Zapatero. El tipo que durante los últimos cuatro años ha metido a España en una revolución de difícil vuelta atrás, se dedica ahora a escamotear las razones y explicaciones que debe a sus votantes subido en la ola del tópico garbancero, la gracieta boba, la mueca ñoña, la rima inane, la exégesis del pensamiento débil. Daniel Forcada, el joven periodista del Confi que sigue la campaña del Presidente, lo explicaba ayer con detalle: ZP sube al estrado sin papeles y ocupa 45 minutos de mitin a base de un revoltijo “en positivo” de sus tópicos más queridos, ya saben, la colaboración, el talante, el respeto, la tolerancia y las befas a costa del PP, que si el obrero de Rajoy, que si el camarero de Cañete. La profundidad del Pensamiento Alicia de ZP quedó ayer reflejada en Dos Hermanas, Sevilla: “Lo que les gusta es cómo trataban ellos a los camareros antes. Lo que añoran es el ordeno y mando (…) Yo no sé si hay camareros como los de antes, pero lo que sí hay es señoritos como los de antes”. Esa es toda su filosofía.
Y ese parece ser todo su programa para la próxima legislatura, si los Dioses no lo remedian. Hacer chirigotas a costa del Partido Popular está muy bien y sale gratis, pero, díganos, señor presidente, ¿tiene alguna idea, algún proyecto más o menos perfilado, para sacar a España del atolladero territorial en el que usted la ha metido con el nuevo Estatuto de Cataluña? ¿Alguna clave en torno a la futura estructura del Estado? ¿Sabe usted hacia dónde nos lleva? ¿Qué pasaría si el Tribunal Constitucional dentro de unos meses, interpretando fielmente espíritu y letra de la Constitución, declarara inconstitucional alguno de los artículos de dicho Estatuto? ¿Cómo afrontaría usted el conflicto institucional, conflicto de poderes, que tendría de inmediato sobre la mesa? ¿Tiene usted alguna estrategia para oponerse a las aspiraciones secesionistas de las elites políticas nacionalistas? ¿Ha reflexionado usted mínimamente sobre lo que está ocurriendo en Kosovo, o su estrategia va a seguir centrada -más de lo mismo- en abrir de par en par a los enemigos de España las puertas de lo que, hace justamente dos siglos, ya fue definido como “una sola nación, España, un solo Estado, el Estado español y una sola monarquía”, de acuerdo con los constitucionalistas de las Cortes de Cádiz.
La cuestión etarra, el gran escándalo
Las preguntas podrían continuar ad infinitum en cuestiones varias que, sin embargo, tienen todas que ver con el futuro de ese proyecto colectivo llamado España. Por ejemplo, ¿va a obligar usted a los alcaldes socialistas, al menos a los socialistas, a izar la bandera española en el balcón de los Ayuntamientos que gobiernan? ¿Va a ser posible que cualquier padre pueda escolarizar a su hijo en español, si así lo desea, en cualquier colegio público de Cataluña? ¿Va usted a aplicarle paños calientes de última hora a la derrota de ETA? La cuestión etarra, que no la economía, es el gran escándalo de este final de legislatura. En efecto, en cuanto policía y guardia civil han podido empezar a trabajar sin una mano atada a la espalda y con la plena colaboración de Francia, la banda se ha venido literalmente abajo. Con datos abrumadores sobre la mesa, resulta que usted ha estado más que dispuesto a negociar políticamente con una banda terrorista que estaba en las últimas, y si no ha negociado debemos agradecérselo a la estulta soberbia de los de las pistolas, pero solo a ellos. Y bien, ¿está usted dispuesto, si saliera reelegido, a perseguirlos hasta el final, sin ninguna clase de concesión política?
Pues bien, todas estas cuestiones, y muchas más, son las que Zapatero está escamoteando de forma vergonzante en la campaña electoral. Campaña sin mensaje, donde lo importante es el continente y no el contenido; campaña convertida en farsa, en comedia bufa, en un insulto a la inteligencia de millones de españoles que no van a los mítines. Campaña cargada de mensajes guerracivilistas subliminales, de izquierda contra derecha, de rojos contra azules, de miles de tópicos volando todos los días por el páramo español, manta gigante bajo la que se esconde la incapacidad más absoluta para gestionar con algo de talento y cierto sentido común los graves problemas de España. En una cosa estoy de acuerdo con Zapatero y es en que “España necesita una nueva derecha”. Se le olvida decir que también, y con la misma urgencia, una nueva izquierda. Quien en marzo de 2004 fuera elegido presidente sin que los españoles supieran muy bien qué iba a hacer con esa Presidencia, nos amenaza ahora con ser reelegido sin que sepamos qué planes tiene, si alguno, para los resolver de una vez el problema de fondo de la convivencia entre españoles. Pobre país.
En el país de los ciegos, ganó el tuerto, de Jesús Cacho en El Confidencial
Solbes apareció en pantalla con un ojo cerrado, como si en la sala de maquillaje la especialista en la cosa le hubiera metido el dedo en el ídem, como si ya le hubiera caído encima la primera de las hostias dialécticas que los hooligans de Pizarro pensaban iba a soltarle al ministro en la noche de Antena 3, de modo que el de Teruel debutaba ante un John Silver ojo de gato, fondón y entrado en años, imagen pelín lastimosa, aquello prometía, que en la calle Génova seguían el debut en la arena política del diestro turolense Manolo Pizarro, Pizarrín, con la expectación de quien espera ver en el triunfo de su pupilo el augurio de días felices por llegar.Pero pronto se vio que en el ruedo que presidía Matías Prats había mucho toro y poco torero. Un bicho con muchos años y no menos kilos encima, muy resabiado, armado de considerable cornamenta, que se sabía la asignatura de arriba abajo, que se había preparado a conciencia el examen, hasta el punto de que muchos telespectadores pensaron la noche del jueves que Pedro Solbes había hincado los codos por primera vez en la legislatura. Ya era hora.
Entiéndanme, Solbes se sabe las generales de la ley, maneja las cifras estadísticas con soltura, ¡qué menos!, y es que un ministro de Economía tiene que ser muy romo, un necio sin recursos, como para no poner en aprietos, cuando de manejar cifras y porcentajes se trata, al economista más pintado, contando como cuenta con el respaldo del aparato estadístico oficial detrás. Si a ese oficio se le añade el mar de demagogia en el que nuestra izquierda suele tomar baños de sol todos los días, el escenario está completo.
De modo que, en un país donde las expectativas empresariales se han venido abajo de forma estrepitosa a cuenta del miedo a una crisis, que no mero ajuste, que se intuye profunda, el señor Solbes dibujó un panorama económico absolutamente idílico, no pasa nada y vivimos en el mejor de los mundos, hasta el punto de que, ante la indigencia teórica de Pizarro, llegó a afirmar cachazudo, sin que le temblara el ojo bueno, que España no tiene ningún problema de competitividad cuando somos el país que arrastra el mayor déficit exterior del mundo. ¡Con un par! Y así unas cuantas.
Pero es que en frente no había torero. Ni siquiera novillero. Enfrente había un aficionado que ha confundido su papel. Manuel Pizarro no es economista. No domina la materia y se nota demasiado, y el bagaje que puede resultar suficiente para sostener una charla con amiguetes en la barra de un bar, no lo es en absoluto cuando de mantener una confrontación ante un profesional de la materia se trata. Como decía Marx, Groucho, “más vale quedarte callado y que crean que eres un tonto, que hablar y que lo confirmen”. Pedro Solbes lo hubiera pasado mal ante un Montoro, por ejemplo, a pesar de que don Cristóbal no es precisamente familia de Castelar.
Y ese es el problema: que el problema no es de Pizarro, sino de Mariano Rajoy. La responsabilidad de lo ocurrido es de un Rajoy que, tras haber pasado cuatro años tocando la gaita gallega, en el último minuto presenta a Manuel Pizarro ante el distinguido público como el gran conejo salido de la chistera del PP. Y no es eso, no es eso, don Mariano. Al final, el de Teruel parecía un estudiante examinándose ante su profesor. Un opositor enfrentado al tribunal, que trae los temas prendidos con alfileres, atiborrado de notas, que balbucea y vuela nervioso de flor en flor, sin una línea argumental coherente. Un opositor desordenado, que no ha trabajado lo suficiente el temario y lo expone con chascarrillos, sin orden ni concierto. Un pequeño desastre. Solo le faltó echarse a llorar.
Un opositor que, cuando escuchaba la disertación del cátedro, lo miraba con cara entre arrobada y asustada, porque, para su desgracia, al de Teruel tampoco le habían explicado las cuatro reglas para manejarse con cierta soltura en la pequeña pantalla, tampoco le habían enseñado alguno de esos trucos del medio televisivo que, por ejemplo, le hubieran evitado mirar al contrario con aquel gesto de patética indigencia. Una cosa está clara: en caso de que por algún fenómeno natural de origen milagroso el PP lograra vencer en 9-M, Manuel Pizarro no sería el ministro de Economía de Mariano Rajoy. Eso sí quedó claro el jueves por la noche. Algo es algo.
Zapatero y la generación de Bandung, de Jesús Cacho en El Confidencial
Pronto hará 53 años que en Bandung (Indonesia) tuvo lugar la célebre Conferencia Afroasiática que marcó el devenir político de la segunda mitad de un siglo XX lastrado por las mayores matanzas de seres humanos que ha conocido la Historia. La Conferencia de Bandung marcó el nacimiento del bloque de los “países no alineados”, esencia destilada de un tiers monde –así fue bautizado por periodistas franceses ‘progres’, que ya por entonces los había- que a rebufo del proceso de descolonización creyó descubrir la posibilidad de “movilizar lo que hemos denominado la violencia moral de las naciones a favor de la paz”, en palabra de uno de sus más notables charlatanes, el presidente indonesio Sukarno.La idea de esa tercera vía, alternativa a la guerra fría que tras la derrota de la Alemania nazi libraban un primer mundo representado por el capitalismo rapaz de Occidente y el socialismo totalitario de la URSS, se basaba, en palabras Paul Johnson y sus “Tiempos Modernos”, “en la prestidigitación verbal y el supuesto de que mediante la invención de palabras y frases nuevas se podía modificar y mejorar la realidad de unos hechos insufribles” como los que el mundo acababa de vivir. Estrellas de la generación de Bandung fueron el ya citado Sukarno, el indio Nehru y el egipcio Nasser. Todos pertenecían a una nueva generación de políticos, generalmente abogados, sin la menor experiencia en la Administración pública, la empresa privada o la creación de riqueza, nacidos al calor de los imperios coloniales en retirada.
Analfabetos adoctrinados
Todos tenían el don de la palabra. Cuando afrontaba un problema, Sukarno lo resolvía con una frase, frase que después convertía en un acrónimo, que a continuación entonaba a coro una multitud de analfabetos adoctrinados por el partido único. Sukarno gobernaba a través de konsepsi, conceptos que cubrían las paredes de los edificios públicos. Una de sus frases se hizo mundialmente famosa: “El presidente Sukarno ha pedido al ciudadano Sukarno que forme Gobierno”. Gamal Abdul Nasser fue otro maestro de la retórica hueca, en cuyo ideario se mezclaban lemas marxistas, postulados liberales y dogmas islámicos en un revoltijo espumoso y superficial. Aficionado a las palabras, solo era brillante cuando se trataba de idear lemas o proclamas. Negado para la creación de riqueza, todas sus ideas tendían al consumo de riqueza.
Una auténtica celebridad de aquella generación fue Jawaharlal Nehru, un discípulo de Gandhi convertido, según Jonson, “en una figura de Bloomsbury, un Lytton Strachey politizado, transplantado desde el elegante Cambridge a la exótica India” cuya gobernación la retirada británica le puso en bandeja. Era, en palabras de Leonard Wolf, “la última palabra del refinamiento y la cultura aristocráticos consagrados a la salvación de los oprimidos”. Provisto de toda la farmacopea de la izquierda europea y enamorado de la España republicana, aceptó sin rechistar los falsos procesos de Stalin y fue un ardiente defensor del appeasement y el desarme unilateral. Nada sabía, en cambio, del proceso de creación y administración de riqueza que permitiera alimentar y gobernar a 400 millones de personas.
Zapatero y el mejor Sukarno
A estas alturas del Con Lupa, obligado por razones de espacio a obviar los matices, los lectores habrán caído en la cuenta del extraordinario paralelismo existente entre la generación de Bandung y nuestro Presidente Zapatero, y la réplica casi idéntica de sus sistema de valores basado en el uso y abuso de la retórica hueca. Ayer mismo en Vista Alegre nos obsequio con otro de sus eslóganes: “hay que movilizarse para llevar la amplía mayoría el 9M que derrote el cinismo del pesimismo que quieren sembrar en España”. Una frase digna del mejor Sukarno. Nada con gaseosa. El cinismo del pesimismo frente al optimismo del mentiroso compulsivo. Hasta Solbes, en un gesto de dignidad intelectual que le honra, ha terminado por entonar el mea culpa: “no preví una evolución tan negativa de la situación económica”, ha dicho la semana pasada en La Coruña.
ZP, que como la generación de Bandung no sabe nada que tenga que ver con la creación de riqueza, sigue, sin embargo, negando la mayor. No hay crisis ni atisbo de ella, seguimos instalados en el mejor de los mundos, y aquellos que dicen lo contrario son alarmistas y antipatriotas, cuando no miembros de esa “turba mentirosa, humillante e imbécil”, en palabras del director de cine José Luis Cuerda. Convertido en un patético remedo de aquel radicalismo tercermundista -ya sabemos que el patriotismo es el último refugio de los granujas- que enseñoreo el mundo en la segunda mitad del XX, Zapatero se ha convertido en un problema para millones de españoles que detestan las aventuras de una izquierda cada día más extrema y sin parangón en Europa, millones de españoles que aprecian en lo que vale el sentido común y la capacidad de gobernar sin sobresaltos, cualidades ambas que aseguran la continuidad del modo de vida, en paz, libertad y prosperidad, al que se han acostumbrado en las últimas décadas.
Si las masas de analfabetos que la descolonización británica y holandesa dejó tras sí en la India, Egipto e Indonesia no merecieron el respeto de Nerhu, Nasser y Sukarno, los 45 millones de españoles que hoy conforman una sociedad desarrollada como la nuestra no se merecen, esta vez de verdad, un Gobierno que mienta. Es hora de pasar factura a tanta farsa. Estamos a tiempo de rectificar el rumbo y trabajar por una España en la que todas las ideologías puedan vivir y de la que todos podamos sentirnos razonablemente orgullosos.
Tres efectos letales del affaire Gallardón para el PP, de Jesús Cacho en El Confidencial
Al presidente del Gobierno se le ha visto muy suelto este fin de semana en Braga. Es natural, a Zapatero le había caído encima una de esas desgracias que ocurren en política sin previo aviso: la Economía, prevista como un activo del que tirar a la hora del autobombo, se había torcido de repente, enseñando su peor cara, la que amenaza el bolsillo de los ciudadanos cuando van a la compra o les priva del sueño ante el miedo a una eventual pérdida del puesto de trabajo. Un Zapatero a la defensiva, perdido en el error de negar la crisis, se había visto obligado a cambiar de registro e improvisar un discurso nuevo. Apurado andaba el hombre, con las encuestas en un puño, cuando el PP ha venido, generoso, a servirle el triunfo en bandeja.Anécdota real como la vida misma, ocurrida la semana pasada: Un antiguo dirigente de la UCD, hoy profesional liberal de éxito y votante del PP, remite un sms a un buen amigo suyo, militante del PSOE, a propósito de los recientes acontecimientos: “Con el agua al cuello andabais tras el anuncio de la incorporación de Pizarro, pero lo de Gallardón os ha devuelto a la vida”. Respuesta, cargada de ironía, del sagaz socialista: “Contábamos con vosotros; nunca perdimos la fe en vuestros propios errores…”
A mucha gente de la grey popular enemistada con Alberto Ruiz Gallardón le exaspera el argumento de que sin el alcalde de Madrid en las listas, el PP va a perder las elecciones. Es obvio que el proyecto del PP, como todo propósito de alcance y dimensión humana, no depende ni puede depender de un solo tipo, por muy inteligente que éste sea o se crea, pero también lo es que vistas las dificultades que ha tenido siempre la derecha para ganar unas elecciones en España –con excepción de la mayoría absoluta del año 2000-, se trataba de sumar votos, que no de restar, y es casi una obviedad que Ruiz Gallardón podía haber aportado al partido una cesta de votos que le hubieran venido muy bien a la hora del recuento final.
Lo ocurrido en Génova la tarde noche del martes 16 de enero de 2008, el martes negro del PP, ha dañado gravemente la imagen del partido, poniendo en serio riesgo las aspiraciones electorales de la derecha para el próximo 9 de marzo. Aparte de la buena gestión realizada por el Gobierno Aznar durante su primera legislatura, es algo comúnmente aceptado que a la mencionada mayoría absoluta del año 2000 contribuyó decisivamente la imagen de división interna que exhibía el PSOE por aquel entonces. Pues bien, en una sola tarde, un PP que en las últimas semanas parecía haber conectado con las preocupaciones de la gente, ha retrocedido varios meses, si no años: ha propalado la imagen de un partido ensimismado, ocupados sus dirigentes en el manejo de la navaja barbera con la que asesinar al rival más cercano; partido, por tanto, dividido por las querellas y luchas intestinas; imagen, en fin, de partido alejado de las preocupaciones del común. Partido dividido, ocupado en peleas de poder internas, y alejado de la calle.
Preocupante horizonte a mes y medio de unas elecciones generales. Dos de sus pesos pesados, caso de Aguirre y Gallardón, han hecho evidente su disposición a dimitir de sus actuales responsabilidades para dar el salto a la política nacional, con total desprecio a los votos municipales y autonómicos que les auparon a sus respectivos cargos hace menos de un año. En realidad, los cuatro de Génova, protagonistas de la tenida del martes negro, han hecho gala de una notable irresponsabilidad, al poner sus intereses personales por encima de los del partido, entendido éste no como un fin en sí mismo, sino como un medio para recuperar el pulso de una España necesitada más que nunca de coherencia y generosidad.
Las consecuencias de ese martes negro se harán sentir de largo en el inmediato futuro. De esa triste jornada para el PP ha salido más de un perdedor, más de un “derrotado”, por utilizar la terminología empleada por el patético Ruiz Gallardón del miércoles 16 de enero. El berrinche que ha evidenciado tras la torpe decisión de Rajoy ha sido de vergüenza ajena. Su imagen de prima donna ofendida porque las flores han llegado marchitas al camerino ha resultado casi obscena, y se ha llevado como un viento frío gran parte de sus razones de ofendido.
Otra derrotada, que nadie se engañe, es Esperanza Aguirre. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha demostrado ser tan ambiciosa como Ruiz Gallardón. Agazapada, ha terminado por enseñar sus cartas en el peor momento. Incluso en el mejor de los supuestos -que se haya ofrecido como coartada para Rajoy, endosando en primera persona el trabajo sucio que ha permitido al gallego superar el trance-, parece evidente que Aguirre se ha inmolado en la pira de una feria de las vanidades que le pasará factura con el paso de los meses. Al tiempo.
Con todo, el gran perdedor, en mi opinión, de ese martes negro se llama Mariano Rajoy Brey. El 9 de mayo de 2004 escribí en El Mundo que su futuro político pasaba por “hacer realidad la vieja tesis freudiana de matar al padre. En efecto, Rajoy está obligado a matar a Aznar, cortar el cordón umbilical que le une a Aznar, derribar la estatua del líder, desaznarizar el PP y hacer autocrítica para sentar las bases de un partido nuevo. Envite muy complicado para un hombre del que, falto de apoyos, nadie sabe si realmente dispone de la fibra moral y política suficiente para librar esa batalla. Descartada, al menos de momento, la solución Guiliani (el señor alcalde no es diputado, ni cuenta con la simpatía de las bases ni con respaldo dentro del apparátchik), el horizonte del PP sin un Rajoy dispuesto a encabezar la revolución no puede ser más incierto: frente a la solución renovadora se yergue la alternativa gris de un partido escorado a la derecha, instalado en la doctrina Aznar, clavado en el abanico de los 130/140 diputados, y dispuesto a pasar muchos años en la oposición”.
O mucho me equivoco, o ahí estamos. Ni se atrevió a sentar los pilares de un partido nuevo tras el 14-M, ni se ha atrevido a poner en su sitio a Ruiz Gallardón en el momento oportuno. Todas las explicaciones posibles que se han dado sobre lo ocurrido en la encerrona de Génova son malas. La peor, con todo, es la que ayer apuntaba Juan Carlos Escudier en este mismo diario: “Y no es descartable pensar que (…) haya tratado de quitarse de en medio a dos posibles competidores, porque su deseo es mantenerse al frente del PP si vuelve a perder las elecciones”. El candidato popular ha dicho estos días que solo debe explicaciones al pueblo español. Las estamos esperando. El martes 16 regaló de golpe media, si no entera, campaña electoral a Zapatero. No sería mala cosa que empezara a pensar que, más que ganar las elecciones, su responsabilidad apunta ya a dejar el partido en las mejores condiciones para iniciar una renovación que él no ha sido capaz de poner en marcha.
¿Elogio o epitafio? Prisa reivindica su papel de defensor del Rey, de Jesús Cacho en El Confidencial
“Ah, queridos amigos -exclamó de repente Madiárov-, ¿os imagináis lo que es la libertad de prensa? Una hermosa mañana después de la guerra abrís el periódico y en lugar de encontrar un editorial exultante, o la habitual carta de los trabajadores al gran Stalin, o un artículo acerca de la brigada de fundidores que ha trabajado un día extra en honor de las elecciones del Sóviet Supremo, o las historias sobre la desesperación con que los trabajadores de Estados Unidos han recibido el nuevo año a cuenta del paro creciente y la miseria, imaginad que os encontráis… ¡Información! ¿Os imagináis un periódico así? ¡Un periódico que ofrece información!”El párrafo anterior corresponde a la novela Vida y Destino (página 348), del periodista soviético Vasili Grossman, testigo del infierno que fue la batalla de Stalingrado, y sin duda una obra maestra para quienes han leído casi todo sobre los horrores del stalinismo, y viene a cuento para parodiar la situación de la prensa española, víctima ella de la creciente desafección de los lectores por culpa precisamente de la falta de información. Con muy pocas excepciones, todo en la prensa escrita es hoy ideología, todo manipulación interesada. Y como no hay información sobre las entrañas de lo que realmente ocurre en las sentinas del poder, acudir cada mañana al quiosco se ha convertido en una divertida aventura o casi, porque nadie sabe, particularmente los domingos, qué se va a encontrar uno en las portadas de los dominicales.
Ayer, El País, que pasa por ser lo mejorcito del lugar, nos sorprendió con su habitual separata dominical dedicada a loar a Su Majestad el Rey Juan Carlos I, acertadamente elegido “Personaje del año” por el diario. “El Rey se defiende”, rezaba el titular de portada en una de esas grandilocuentes puestas en escena que, por no venir a cuento, obligan al lector avisado a preguntarse qué hay detrás de semejante operación de imagen. Y lo que hay, o así me lo parece, es un intento de El País, o mejor dicho, del Grupo Prisa, de reivindicar su papel de defensor en exclusiva del Monarca, papel puesto en cuestión últimamente por la briosa irrupción en el escenario cortesano de un personaje tan imaginativo como Pedro José Ramírez, de la mano de la prestigiosa Carmen Iglesias, miembro de la RAE, recientemente nombrada presidenta de Unidad Editorial y preceptora en su día del Príncipe Felipe.
De modo que a los mentores de El País les traicionó el subconsciente, porque, en lugar de ese “El Rey se defiende”, el verdadero titular tendría que haber sido otro más realista del tipo “Prisa defiende su papel de defensor del Rey”. Y en cierto modo no les falta razón a la hora de reivindicar tal condición, aunque, en el río de tinta dedicado al Monarca se eche en falta, eso también, alguna que otra verdad, ¡Ay, de nuevo la Información!, referida a la condición del Grupo Prisa como factotum del Régimen en las últimas décadas, las idas y venidas de Jesús Polanco, que en gloria esté, como recadero entre el Monarca y Felipe González, su entronización como auténtico poder fáctico en Palacio durante los ocho años de Gobierno Aznar -¡cuántas bromas en Zarzuela a costa del bigotudo!-, y así sucesivamente.
En realidad la separata de ayer de El País es un documento para conservar, siquiera unos meses, dada la cantidad de disparates contenidos en la muestra, el menor de los cuales, imposible descifrar si casual o intencionado, era colocar junto al Monarca una entrevista a doble página con ese fino pensador murciano que responde al nombre de Luis del Rivero, prototipo de arrivista que ha hecho fortuna en la Legislatura, un tipo que preside una empresa valorada en Bolsa en 7.500 millones de euros y que arrastra una deuda de casi 20.000, metáfora perfecta de los riesgos que hoy acechan a la economía española. Del Rivero, presidente de una empresa que en puridad se halla en quiebra técnica, enseña a los lectores de El País su colección de coches deportivos arracimados en Hoz de Anero, Santander, como quien enseña una colección de sellos. Perfecto trasunto de la jerarquía de valores que hoy gobierna la sociedad española.
Por desgracia para el Monarca, el despliegue de El País en defensa de la institución -¿o era solo de la persona?-, apenas un magro adelanto de la avalancha de incienso que nos espera en los próximos días con motivo del 70 cumpleaños regio, no podía haber sido elegido en peor momento. En efecto, la portada del resto de los grandes diarios estaba ayer dedicada a un acontecimiento de tan innegable importancia como el aquelarre separatista montado el sábado en Bilbao por el nacionalismo. Como ya adelantó este diario el jueves 27, los nacionalistas catalanes y vascos de derecha e izquierda aprovecharon la excusa de un partido de fútbol para montar una jornada de exaltación de la independencia de España.
Con el PSOE mirando hacia otro lado, cuando no participando activamente en el festín nacionalista –caso del PSC y del PSE-, solo el Partido Popular se presenta hoy como primer y quizá único aval de esa unidad de España consagrada en la Constitución del 78 que es la ultima ratio de la pervivencia de la Institución monárquica, de modo que haría bien el Monarca en elegir mejor a sus amigos, cosa que, justo es reconocerlo, nunca ha sido una habilidad del Palacio de la Zarzuela. Con todo, lo peor, Señor, es que, con PP o sin PP mediante, ya no hay forma de parar la marea separatista que nos inunda. Con las elites políticas nacionalistas echadas definitivamente al monte de la ruptura de España, el exceso de ayer de El País más que un elogio podría interpretarse como un epitafio.
Conceptualmente pobre y políticamente miope, de Jesús Cacho en El Confidencial
CON LUPA
Sobre el discurso del Rey
Flor de un día. El espíritu del discurso navideño pronunciado por Su Majestad el Rey Juan Carlos el año pasado ha resultado ser flor de un día. Los lectores de este diario recordarán la confidencia que el 26 de diciembre de 2006 hicimos en esta misma columna , relativa a Alberto Aza. Resulta que, en días previos al 24 de diciembre, el jefe de la Casa del Rey se permitió aconsejar a algunos amigos muy particulares seguir con atención el discurso del Monarca porque “esta vez no te va a defraudar”.
Y ciertamente no defraudó porque, comparado con años anteriores, el mensaje leído por el Rey hace justamente un año se convirtió en algo parecido a un hito, una piedra en un camino que el Monarca nunca debió haber abandonado, entre otras cosas porque, dijimos entonces, “si el Rey de todos los españoles no defiende la esencia y existencia misma de España, es decir, la unidad de España, que es su principal obligación constitucional, entonces sobra el Rey y sobra la Monarquía”.
El dardo real del año pasado debió, por obvias razones, gustar muy poco en La Moncloa. En realidad, debió gustar tan poco que da la impresión de que Presidencia del Gobierno ha entrado esta vez en el texto real como burro en cacharrería, ha metido la mano hasta el corvejón para dar a luz una cosa plúmbea, salida del magín de un contable poco leído, con una sintaxis impropia de alguien capaz de expresarse con elegancia y soltura en español. Un discurso conceptualmente pobre y políticamente miope, tan torpemente redactado que no me extrañaría nada que su autor haya sido el mismísimo Moratinos o alguien de su talla.
Por no acompañar, ni la propia vestimenta del Monarca –chaqueta de un indefinible color oscuro y corbata naranja- era la adecuada para la ocasión. La verdad es que da un poco de pena que, en su momento estelar del año, el Jefe del Estado no sea capaz, en casi 200 líneas largas de discurso, de elevarse sobre los tópicos y los lugares comunes para embarcar a los españoles de buena voluntad en un mensaje ilusionante cargado de futuro, sobre la base de un adecuado análisis del presente, un análisis realista, tan duro como la ocasión lo requiera, pleno de esas verdades del barquero capaces, a veces, de causar dolor pero cuya relación, en figura tan prominente, termina por reconfortar a cualquier cabeza justamente amueblada.
En su lugar, el juego del escondite, el gato y el ratón con unos españoles a quienes se presupone menores de edad o cortos mentales sin remedio, con alusiones mojigatas a un futuro deslumbrante que nadie acierta a entrever. “Me parece de especial importancia reclamar de nuevo a nuestros partidos políticos mayores esfuerzos, para alcanzar el necesario consenso en los grandes temas de Estado”. ¿A qué temas de Espado se refiere, Majestad? ¿Nos está hablando de la reforma de la Constitución del 78? ¿En qué dirección? ¿Qué hacemos con la Nación Española y sus tironeros, cada día más envalentonados? ¿Qué piensa usted de ese Estado Federal o Confederal con el que viene tonteando el señor Zapatero desde hace cuatro años? ¿Es un tema de Estado, por ejemplo, conseguir que en todas las CC.AA se enseñe una cierta, por mínima que sea, idea de España común a todos los niños españoles? Y así hasta el infinito.
Pero no. El Rey pone el huevo del “consenso” y se larga con la música a otra parte, en concreto a la lucha contra el terrorismo, a saber: “La lucha contra el terrorismo reclama, sin duda, unidad” (…) “Necesitamos cuanto antes una cultura de unidad que haga efectivo el compromiso de todos los demócratas para acabar definitivamente con el terrorismo”. La monserga de la unidad de siempre, en una Legislatura donde la inmensa mayoría de los españoles hemos vivido ignorantes, de espaldas a la estrategia urdida por el señor Zapatero con los embajadores del separatismo vasco en la trastienda del Poder, el famoso “proceso”, todo de espaldas a un pueblo dizque soberano aunque en realidad más pastueño rebaño que nunca.
El hombre que llegó al Poder como abanderado de la democratización del mismo, del cambio de usos y costumbres, del acercamiento de las instituciones al pueblo, ha protagonizado a lo largo de la Legislatura un absolutamente hermético ejercicio de poder en asunto tan trascendental para el futuro colectivo como el final del terrorismo vasco. El proceso ha fracaso, obviamente, y ahora es el propio bombero pirómano leonés quien reclama unidad, unidad que a su vez replica el Monarca en su discurso navideño.
Y se acabó lo que se daba. Se acabó el mensaje del Rey. Porque el resto fue un pot-pourri, una olla podrida en la que se mezcló el crecimiento económico –naturalmente en plan reparto de excedentes-, la alta calidad de nuestra educación -¿Ha oído el Rey hablar del informe Pisa?-, los contenidos televisivos e infancia –¿por qué no sienta un día a su mesa, Señor, a un tal Paolo Vasile y le lee la cartilla?-, las drogas, los malos tratos, los accidentes de tráfico y el medio ambiente… Un discurso propio de las rebajas de enero, muy del gusto de la progresía local.
Del resto, de las relaciones de amistad con los países mediterráneos –a Franco le gustaba más hablar del Magreb-, y del cariño que debemos profesar a nuestros hermanos –¿o eran hijos?- iberoamericanos, prefiero correr un tupido velo, porque toda esa parte despedía un inconfundible aroma a mercancía rancia, cuando se han cumplido ya 32 años de la muerte del en su tiempo llamado Generalísimo. Discurso, en suma, pobre, propio de final de Régimen.
¿Es pecado pedir la abdicación del Rey?, de Jesús Cacho en El Confidencial
Pues, al paso que vamos, parece que sí. Parece que se va a convertir en un pecado y, lo que es peor para quienes nos sentimos agnósticos, podría convertirse incluso en un delito, tal es la imparable y degradante deriva que ha emprendido nuestra mal llamada democracia. Como habrán advertido enseguida los lectores, la pregunta está relacionada con el gran asunto -el otro tenía que ver con la desoladora imagen de un Mario Conde que, incapaz de respetar lo que antes se llamaba “el duelo”, el silencio del duelo, aparecía en la portada de El Mundo impetrando la piedad ajena, patético Conde, enésima equivocación, otra vez manipulado por quien tantas veces le usó para vender más periódicos- que la prensa dominical sacaba ayer a colación: la riña entre Esperanza Aguirre y el Rey de España a propósito de Federico Jiménez Losantos (FJL).Huelga decir que lo último que pretendo es salir a defender al locutor de radio, en cuyo programa participo en las mañanas de los miércoles y con quien suelo discrepar a menudo, entre otras cosas porque Jiménez Losantos ya es mayor y sabe defenderse muy bien solito, asomado como está todas las mañanas a unos micrófonos que escuchan cientos de miles de españoles. Porque ahí le duele, esa es, en mi opinión, la clave del problema: que la polémica sobre la Monarquía, hasta ahora confinada en el gueto apacible de la charla de café o en la esperanza añeja de algunos grupitos de republicanos irredentos, está empezando a llegar a la gente, esa lluvia fina comienza a calar, Juan Español empieza a hacerse preguntas y a cuestionar las bases mismas sobre las que se asienta una democracia enferma, de la que sigue sacando tajada un establishment –en cuya cúspide vive instalado el Monarca- totalmente refractario a cualquier amago de regeneración democrática.
Que se sepa, pedir la abdicación del Monarca en su hijo no está tipificado como delito en nuestra Constitución ni en el Código Penal, porque, si así fuera, ¿qué haríamos con quienes se declaran abiertamente republicanos? ¿qué, con los millones de españoles que pasan de abdicación y reclaman directamente una reforma constitucional que, entre otras cuestiones no menores, se cuestione la forma de Estado y pida opinión a los españoles al respecto? ¿Va a ser delito disentir de la doctrina oficial que propaga y defiende el Sistema desde la muerte de Franco? Lo cual nos lleva por derecho al nudo gordiano de la cuestión: estamos ante un problema de libertad de expresión. Un problema como una catedral. Hasta aquí llegan las aguas de la riada de una democracia podrida, víctima de la corrupción galopante, que lleva años pidiendo a gritos un movimiento regenerador.
Hacerse el haraquiri
¿Es que debe FJL pedir perdón o hacerse el haraquiri por haber hablado de la abdicación del Monarca? ¡Faltaría más! El Rey es el titular de la primera institución del Estado, institución que, como todas las demás, está al servicio de los españoles. Salvo error u omisión, desde las Cortes de Cádiz a esta parte la soberanía reside en la nación, es decir, en el pueblo español, conjunto de ciudadanos libres con plena capacidad para opinar y juzgar la conducta de quienes ocupan el vértice del Sistema. De modo que no es FJL quien debe dar explicaciones. Son otros quienes, por ejemplo, deberían explicar cómo es posible hacer una gran fortuna sin llamarse Amancio Ortega y partiendo de la nada.
Ya sabemos, pues, que al Monarca no le gusta la crítica. Nos lo temíamos. Hasta ahora, sin embargo, jamás habíamos asistido al espectáculo de un almuerzo donde el Jefe del Estado, en presencia del presidente del Gobierno y de una serie de comensales más o menos ilustres, realiza una serie de manifestaciones lesivas para la libertad de expresión de un ciudadano, ante el silencio cómplice de los presentes, singularmente del jefe del Gobierno, un personaje tan en la onda de la degradación democrática que padecemos que, por primera vez desde 1975, acaba de enviar los tanques de la Abogacía del Estado para tomar al asalto un Tribunal Constitucional cuya mayoría no controla.
La excepción en aquel almuerzo fue la presidenta de la Comunidad de Madrid. Monárquica reconocida pero también liberal, Esperanza Aguirre antepuso su condición de tal para defender la libertad de expresión de un ciudadano y dejar en entredicho a quienes constantemente apelan a las libertades y al republicanismo de guardarropía. ¡Vivir para ver!, habrá que rendir homenaje a la señora Aguirre, que ha sabido estar en su lugar. En cualquier país democrático, las manifestaciones del Rey –no digamos ya esa velada amenaza a que “si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”- y la complicidad del jefe del Gobierno, constituiría un auténtico escándalo político. En la España de nuestros días, lo ocurrido se toma como normal, síntoma evidente de la escasa calidad de nuestra democracia.
Metido en el tobogán del “¿pero esto qué es?”, el Monarca se permitió incluso dar lecciones a la Conferencia Episcopal, para indirectamente decir a los obispos lo que tienen que hacer con FJL. ¿Y qué es lo que han hecho los señores obispos desde el 75 a esta parte? Pues tutelar y amparar -cuando no encubrir determinados comportamientos- a la Institución Monárquica y al propio Monarca desde los tiempos del cardenal Tarancón. Este es el pago que reciben.
Y toda la escena, repito, ante el silencio complaciente del resto de comensales –con la excepción referida-, gente principal que cuando toca poder o habita en sus aledaños abdica de su dignidad para comportarse como auténticos siervos, algo que explica el por qué en este país no existe una sociedad civil digna de tal nombre. Falta fibra moral, faltan hombres dispuestos a ejercer plenamente su condición de tales; sobran hombrecitos dispuestos a caminar a cuatro patas y a bailar al son que toca el amo del tambor. Este es el país que tenemos, y esta es la razón de fondo que explica la mayoría de los problemas que nos abruman: la carencia de material humano de calidad. Cosas de “la mala suerte colectiva de España” que decía Caro Baroja.