Reggio’s Weblog

Ni salvajes ni inocentes, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Cultura, Medios by reggio en Agosto 23rd, 2008

En un delirante diálogo de una comedia de Enrique Jardiel Poncela, alguien acusa a una señora peripuesta y enjoyada de ser una salvaje. A lo cual ella responde: “¿Yo salvaje? ¡Pero si soy de Mallorca!”. El hijo de la dama, que asiste desolado a la escena, dice a su progenitora con gesto abatido: “¡Mamá! ¡Que te han llamado salvaje, no indígena!”.

El pasado miércoles la prensa informó de que se había producido en Argelia “un atentado salvaje”. Recordando a Jardiel, me pregunté: “¿Salvaje? ¿No querrán decir indígena?”

Todos los atentados son brutales: no hay atentados salvajes y otros que no. Si no son salvajes, ¿de qué tipo son? ¿Civilizados? ¿Cultos? ¿Corteses, tal vez?

Recordarán ustedes los tiempos en los que los medios de comunicación pusieron de moda hablar de las “víctimas inocentes” de los atentados. Otro tópico irritante. ¿”Víctimas inocentes”? ¿Y por qué calificarlas así? ¿Para distinguirlas de las víctimas culpables? ¿Y qué es una víctima culpable?

No estoy haciendo ninguna reducción al absurdo. Con más o menos claridad, con mayor o menor conciencia de ello, hay gente que considera que algunas víctimas de acciones armadas ilegales o clandestinas son realmente culpables; que han sido tiroteadas o les han puesto una bomba porque “se lo estaban buscado”. He oído expresiones de ese tenor procedentes de los más diversos bandos y en las más variadas latitudes. Ha habido incluso gobernantes que no han tenido empacho en justificar esas barbaridades, defendiendo que hay causas que merecen ser defendidas “hasta en las alcantarillas”. ¡En las alcantarillas! Es inevitable pensar en El tercer hombre y en la penicilina adulterada de Harry Lime.

En situaciones de guerra declarada (aunque ya nadie declara la guerra, al viejo estilo), los militares se tirotean, se bombardean y se apiolan entre sí sin mayores miramientos. Es una cosa que tienen acordada entre ellos. Pero, fuera de esas situaciones especiales, se supone que nadie está autorizado a cargarse a otro, y menos sin juicio previo.

De modo que ni “atentados salvajes” ni “víctimas inocentes”. Atentados. Víctimas. Sin adjetivos. Con lo sustantivo basta y sobra.

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Mejor por la brava, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Economía, Política by reggio en Agosto 22nd, 2008

Para mí que una de las razones fundamentales de la actual crisis económica es que la clase empresarial ha perdido el orgullo de serlo, no sólo en Manchester, en Sabadell y en la margen izquierda del Nervión, sino en general, urbi et orbi.

Antes, en aplicación de los peculiares principios morales de la Reforma, los empresarios se dedicaban a explotar el trabajo ajeno, sí, pero con la cabeza bien alta: decían que eso contribuía a impulsar la riqueza de las naciones, porque así lo había demostrado en 1776 un docto escocés que se hacía llamar Adam Smith. Los empresarios perseguían ganar más y más, pero no se avergonzaban de ello, porque estaban convencidos de que Dios, con la ayuda de Lutero y Calvino, les había traído al mundo para realizar esa trascendental misión social.

Ya no es el caso. A buena parte de los empresarios de ahora, sobre todo a los más adinerados, les avergüenza reconocer que siguen promoviendo sus negocios para forrarse, aunque el dinero se les salga escandalosamente por las orejas. Basta con oír sus declaraciones o, mejor todavía, contemplar sus reclamos publicitarios: según ellos, su única preocupación es nuestra felicidad. De creerles, habría que suponer que están obsesionados por lograr que todo nos salga casi gratis, por servirnos desinteresadamente (¡y con qué sonrisas!), por no contaminar ni de coña y por facilitarnos tanto la vida que es que no nos lo merecemos.

Añoro los años en los que España contaba con un Ministerio que se llamaba, directamente y sin cortarse ni un pelo, “de la Guerra”. ¡Ah, aquellos tiempos en los que te maltrataban de lo lindo, como ahora, pero por lo menos no te llamaban imbécil; en los que los poderosos admitían que los ejércitos no están para emprender misiones de paz armados hasta los dientes; en los que los capitalistas reconocían que ellos se dedican a promover la explotación capitalista, porque es lo suyo! ¡Qué tiempos “de bárbara, de brusco y bruto”, que escribió mi hermano Carlos, en los que los capitalistas ejercían de tales, sin complejos, y los socialistas aún luchaban contra los capitalistas, como si fueran partidarios de otro sistema, y no del mismo!

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¿Solución? ¡La reacción!, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Economía by reggio en Agosto 19th, 2008

Existen diversos modos de hacerse pasar por experto economista.

Uno, bastante socorrido, consiste en guardar silencio contemplando con una sonrisa condescendiente a los que hablan. El silencio altivo es un arma demoledora. Mucha gente lo interpreta automáticamente como muestra evidente de superioridad. Piensa que el experto en asuntos económicos ha decidido que el debate (el que sea) no está a su altura y que polemizar con ignorantes es una lastimosa pérdida de tiempo. Que los oye, más que los escucha, porque es una persona educada, pero que renuncia a echar margaritas a los cerdos.

Otro método que cabe utilizar para que la opinión pública tome a alguien por muy sabio y experto en los arcanos de la economía es que el postulante (siempre sin alterarse y hablando en voz baja, como si pusiera un especial empeño en no apabullar a los demás con el peso abrumador de su sapiencia) desconsidere por sistema los argumentos de sus oponentes y no responda jamás a ninguna objeción. Ésta es una variedad retorcida de la táctica del silencio, que suele ser utilizada combinadamente con otra de mero atrezzo: el aspirante a experto va mal peinado, lleva la corbata floja y viste con desaliño, para que todo el mundo comprenda que a él las cosas materiales le dan igual, enfrascado como está en resolver los problemas clave de la Humanidad.

Tengo catalogado otro sistema más de dar el pego, al que se adhieren como lapas los líderes empresariales y políticos de derechas. Consiste en responder siempre lo mismo, sean tiempos de bonanza o de crisis, llueva o escampe, suba o baje el petróleo: la solución es siempre abaratar el despido, recortar los derechos de la gente trabajadora, dulcificar los impuestos de las rentas más altas, moderar los salarios, favorecer la expulsión de la población inmigrante, aminorar el gasto social y la inversión pública…

Son el negativo cutre de los rebeldes de los 60, a los que daba igual qué problema se planteara, porque su receta era siempre la misma: “¡La solución, la revolución!”. Éstos llevan décadas clamando siempre lo mismo: “¡La solución, la reacción!” Admitámosles un mérito: son más constantes.

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La prensa «amarilla», de Javier Ortiz en Público

Publicado en Medios, Política by reggio en Agosto 18th, 2008

La mayoría no sabe en qué consiste el amarillismo periodístico. Habla de “prensa amarilla” a ojo. Ha oído campanas y no sabe dónde.

Muchos creen que lo distintivo de la prensa amarilla es que utiliza titulares efectistas (y muy gordos), que mete muchas fotos (y muy grandes) y que emplea textos que son como las comidas infantiles, con todos sus componentes muy troceados y fáciles de digerir. Bobadas. Con esas mismas técnicas cabe hacer un periodismo certero y honrado –aunque sencillote, destinado a gente que tiene poco tiempo o pocas ganas de leer–, al igual que con presentaciones sobrias, plomizas y sesudas cabe hacer amarillismo camuflado de la peor especie.

Lo que distingue al periodismo amarillo es su afán constante por conectar con las pulsiones mas primitivas, viscerales e irreflexivas de la opinión pública; por no contrariarlas ni aunque lo aspen. El amarillismo hace un doble ejercicio constante: ora azuza a la fiera, ora la adula. ¿Que para ello suelen ser más útiles los instrumentos del sensacionalismo que los propios de la prensa sobria? Sí, por lo general, pero no como dogma: a veces un envoltorio elegante es preferible si se trata de hacer engullir la bazofia como si se tratara de un manjar exquisito.

El caso más llamativo de atribución falsaria de amarillismo que me ha tocado vivir fue el que padecimos quienes denunciamos en su día las tropelías de los GAL: medio centenar de crímenes de Estado, entre asesinatos, torturas, desapariciones, secuestros y expolio de las arcas públicas para beneficio personal. Nos decían: “¡Hacéis amarillismo!”. Todo lo contrario: la mayor parte de la opinión pública española estaba en contra de que sacáramos a relucir aquella apestosa inmundicia. Prefería taparse la nariz y mirar para otro lado.

El periodismo que va contra corriente nunca es amarillo. El periodismo amarillo persigue el éxito fácil, el aplauso cómplice, la adoración simplona de los acríticos y los genuflexos vocacionales.

Poner en solfa aquello que la gran mayoría ha sido inducida a considerar inexcusable es –lo certifico– incomodísimo. Aunque tampoco falten los que pretendan sacar tajada incluso de eso.

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Hablando de Osetia, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Política by reggio en Agosto 12th, 2008

Todavía me acuerdo del día, hace casi veinte años, en el que una amiga donostiarra me dijo en medio de una apetitosa comida: “¡Jo, Javier, pero es que todo eso que me cuentas de los Balcanes es un lío!”. Traté de explicarle que ya venía siendo un lío desde mucho antes de que ella y yo hubiéramos nacido, pero pronto me di cuenta de que hablarle de Macedonia, Kósovo, Bosnia, Croacia y Serbia (que por entonces aún escribíamos con uve, y con razón) no servía para nada.

Ella me lo dejó claro en seguida: “Llevo toda la vida orientándome en política internacional sin ningún problema. Doy por hecho que EEUU nunca tiene razón, o sea, que quien se enfrente a EEUU es el que merece mi apoyo”.

Sentenciado lo cual, engulló una gamba roja con sonrisa beatífica y se quedó mirando con gesto de amable displicencia el mapa de los Balcanes que yo había ido trazando en una servilleta de papel.

Como para hablarle de los jemeres rojos. O de Jomeini. O de Gadafi. O de Corea del Norte. O de Karadjic. O de estos gobernantes chinos de ahora, que organizan ceremonias inaugurales olímpicas de una perfección tan pétrea, tan 1984, que dan pavor, aunque en seguida demuestren que son tan falibles como cualquier otro mortal (“General, tu tanque es poderoso, pero tiene un defecto: necesita un conductor”, les advirtió hace muchos decenios el comunista Bertolt Brecht).

Como para hablarle a mi amiga donostiarra de Osetia. Iparralde o Egoalde.

El error de mi amiga no fue reducir todos los conflictos internacionales a un esquema, sino reducirlos a un esquema erróneo. Si hubiera mirado el mapa del Cáucaso y me hubiera dicho: “Ya veo que todo es muy complejo, y que si patatín y que si patatán,  y que Tbilisi fue conocido por Tiflis, y que Stalin, al que llamaban Koba, anduvo por allí organizando huelgas y atracos… pero ¿cuál es la clave del follón que se está produciendo ahora mismo?”.

A lo cual habría podido responderle con un esquema tan simple como el suyo, si es que no más: “¡La economía, estúpida, la economía! Sigue el rastro de los oleoductos. Eso es todo.”

Petróleo. Gas.

Hay más historias, claro. Pero humanas. Perfectamente prescindibles.

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La españolidad en sí y para sí, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Política by reggio en Agosto 11th, 2008

Prosigo mis indagaciones veraniegas sobre el ser de España, como concepto ontológico. El camino está erizado de dificultades –todavía más con este calor–, pero algo voy avanzando.

Lo primero y principal que he constatado, ciñéndome siempre al más estricto empirismo, es que la españolidad de las cosas y las personas no posee un carácter objetivo. En contra de una idea frívola muy extendida incluso por diccionarios y enciclopedias, nada ni nadie es español al 100% por el mero hecho de cumplir los requisitos establecidos por la ley. La españolidad no sólo admite grados, sino también calidades, como demuestran quienes distinguen a la perfección a los “buenos españoles” (también llamados “españoles de bien” o, alternativamente, “españoles bien nacidos”) de los “malos españoles” o españoles “mal nacidos”. Ser español no es como ser talabricense, que te viene de nacimiento y ahí te las apañes, sino que exige también un camino vital de perfección que no está al alcance de cualquiera.

La existencia de grados dentro de la españolidad viene demostrada igualmente por los destilados de pureza cultural en los que se manifiesta. Así, parece que hay general acuerdo en que la guitarra y las castañuelas son “españolísimas”, al igual que la mantilla, la eñe y el toro de Osborne (de los españolísimos Osborne, incluido el propio Bertín, que en realidad se apellida Ortiz, como casi todo el mundo hoy en día), pero a pocos se les ocurriría decir que son “españolísimos” el flabiol, la alboka o el picu montañés, por ejemplo. Como españoles, lo son a machamartillo, y que no rechisten, pero para ser “españolísimos” necesitarían un plus que jamás estará a su alcance.

Pasa lo mismo con las personas. ¿A quién se le ocurriría decir que Núria Espert es “españolísima”? A cambio, ¿quién le negaría ese título a Lola Flores, o a Rocío Jurado?

Todo conduce a pensar que España funciona como si se tratara de un club con dos tipos de socios, una parte de los cuales, aunque paga sus cuotas como el que más, apenas cuenta a la hora de conformar la identidad del conjunto.

Tal vez sean españoles, pero no españoles-españoles, como el café-café.

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La actualidad virtual, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Derechos, Política by reggio en Agosto 9th, 2008

Cualquiera que por culpa de su vida laboral o social se haya visto obligado a asistir a unas cuantas reuniones supuestamente solemnes y decisorias –a mí me ha tocado acudir a un buen puñado de ellas– sabe por tediosa experiencia que, salvo rarísimas excepciones, quien fija el orden del día acaba conduciendo el encuentro por donde más le conviene.

Establecido el cauce, las aguas (salvo que lleguen desbocadas) lo siguen mansamente.

La actualidad informativa funciona de modo similar. Quien consigue fijar el orden del día de los medios de comunicación, quien no sólo logra determinar qué es importante, sino también qué importancia relativa merece (o no merece) cada asunto, es quien al final pone a su servicio eso tan vaporoso pero tan decisivo que llamamos opinión pública. Porque es él quien condiciona de qué se habla no sólo en las tertulias de las emisoras de radio y televisión, sino también en las barras de los bares, en las peluquerías, en los puestos del mercado… y hasta en las colas del Inem. Es él quien cocina los caldos en los que se cuecen los votos.

Miro los principales titulares de los noticiarios de estos días: que si De Juana esto, que si De Juana lo otro… ¡Caramba con De Juana! A juzgar por la importancia y la extensión que se concede a todo lo relacionado con él, cualquier estornudo suyo, real o supuesto, tiene más trascendencia social que la carrera desbocada de los precios, el incremento del paro, la subida de las hipotecas y la brusca restricción de expectativas laborales y sociales de la gran mayoría.

Claro que De Juana no tiene la exclusiva: están también los Juegos Olímpicos de Pekín, las insolencias de Chávez (que hasta es capaz de declararse dispuesto a comprarle a Botín algo que Botín quiere vender), el acoso que sufre la lengua castellana ante los embates conjuntos del catalán, el euskara, el gallego, el aranés y la fabla… y, claro está, las impertinencias del tripartito catalán, al que le ha dado por reclamar que se cumpla el Estatut cuando le toca.

Todo sea con tal de que nos amoldemos a una actualidad virtual, que suplanta a la que nos asalta en carne y hueso cada día.

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¿Olimpismo? Más de lo mismo, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Internacional, Política by reggio en Agosto 8th, 2008

Los Juegos Olímpicos (JJOO) están mucho más emparentados con las guerras, las rivalidades a muerte y los conflictos entre naciones que con el afán de paz, la noble competencia y el esfuerzo de superación en buena lid que pretenden sus exegetas. Lo estuvieron ya en la Grecia antigua, donde jamás pusieron fin a ninguna guerra (de hecho, su prueba estelar, la maratón, se estableció para conmemorar el anuncio de una victoria militar), y lo han estado en la Era Moderna, cuyas celebraciones han bailado una y otra vez al son marcado por la relación de fuerzas interestatales imperante en cada momento.

El repaso de los JJOO modernos refleja cómo sus responsables nunca se han situado del lado de la defensa de los Derechos Humanos, sino todo lo contrario. Durante años, el Comité Olímpico Internacional (COI) no sólo aceptó, sino que incluso recomendó que quedaran fuera de las delegaciones nacionales los atletas negros y judíos (y las mujeres, por supuesto). El COI se humilló ante Hitler en los JJOO de 1936 y, luego, con la misma devota sumisión, ante los vencedores de la II Guerra Mundial. Más tarde se adhirió a la persecución de los deportistas homosexuales y aplaudió la investigación del sexo de las mujeres tenidas por “ambiguas”.

Las autoridades olímpicas se retrataron a la perfección en 1968, tras la matanza de Tlatelolco, a pocos días de la inauguración de los JJOO de México, cuando las fuerzas represivas del Gobierno de Díaz Ordaz dispararon y mataron a cientos de estudiantes que se manifestaban pidiendo más justicia social y menos gastos suntuarios. El COI hizo como si el asunto no fuera con él. ¡Ni siquiera se declaró apenado por la masacre!

Pero tampoco nos sorprendamos. ¿A cuento de qué iba a actuar como paladín de la democracia un organismo oligárquico que selecciona a sus miembros por cooptación? Si el propio COI rechaza el control de los deportistas de base y huye de las elecciones libres, ¿en nombre de qué iba a exigir a otros –a los jerifaltes chinos, sin ir más lejos– que renuncien a lo mismo?

Los autócratas de todo signo acaban siempre entendiéndose entre sí. A fin de cuentas, les une lo esencial.

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Los rigores de De Juana, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Derechos, Justicia, Política by reggio en Agosto 5th, 2008

En estos últimos días los medios de comunicación han recogido acríticamente, cuando no jaleándolas, muchas afirmaciones demagógicas e infundadas relativas a la excarcelación de Iñaki de Juana Chaos.

Cuando una persona próxima a alguna de las víctimas de De Juana habla del caso, no tiene sentido exigirle ni rigor jurídico ni mesura. La ira le ciega, y es muy comprensible. Cabe reclamar algo distinto, en cambio, a los políticos, juristas y periodistas, la mayoría de los cuales no está haciendo nada para poner las cosas en su sitio, proporcionar datos veraces a la ciudadanía y aclarar conceptos básicos.

Un ejemplo: el pasado sábado oí afirmar a una de las dirigentes de nueva hornada del PP que resulta inaceptable que un asesino como De Juana pueda quedar en libertad. No dijo “…tan pronto”, sino “en libertad”, a secas. Se ve que es partidaria de que haya personas que permanezcan recluidas en prisión hasta su postrer suspiro. Pero, dado que esa propuesta choca con la Constitución, que excluye la cadena perpetua, ¿por qué no anunció que su partido pondrá en marcha una iniciativa parlamentaria para reformar la ley suprema? ¿O es que hablaba tan sólo para darse ínfulas ante la galería?

Otro ejemplo: se ha insistido hasta la saciedad en la falta de arrepentimiento de De Juana y de otros miembros de ETA que son excarcelados tras cumplir largas condenas. Tal como se presenta el asunto, se diría que están todos deseando quedar libres para volver a poner bombas. La estadística dista mucho de confirmar esa presunción. Prueba más bien lo contrario. Han sido contadísimos, casi anecdóticos, los casos de ex presos de ETA veteranos que han vuelto a las andadas. Es posible que no renieguen a voz en cuello de su pasado, por razones imaginables, pero en la práctica demuestran estar escarmentados. O anulados. O hartos del combate.

Quizá conviniera, ya que de eso se habla, que alguien informara a la ciudadanía de los efectos psicológicos devastadores que tiene pasar veinte años en la cárcel. Están muy estudiados. Equivalen, por entendernos, a media pena de muerte.

¿Que media les parece poco? Pues vale: exíjanla entera. Retrátense.

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Déjate de físicos, de Javier Ortiz en Público

Publicado en General by reggio en Agosto 4th, 2008

Cuentan que una señora muy peripuesta y pizpireta se acercó un mal día a Winston Churchill y le espetó, sin mucho miramiento: “Ay, sir Winston, ¡qué gordo se ha puesto usted!”, A lo que el premier británico respondió, con idéntica falta de tacto: “Es verdad, señora. Pero lo mío tiene remedio. Me temo que no pueda decirse lo mismo de su cara”.

La pata de banco me hizo gracia, y admito que la utilicé, aunque dulcificada, en cierta ocasión en la que una señora de ésas que creen que es gracioso ser sincera hasta lo desagradable aludió a los kilos de más que adornan mi cintura. Le dije: “Querida amiga: sé de sobra que he engordado. En mi casa hay varios espejos, y veo en ellos cada día mi triste figura. ¿No tiene usted ninguno que le ayude a hacerse cargo de la suya?”.

Debería haberme abstenido. Lo cierto es que odio que se hagan referencias insultantes al físico (la altura, el peso, la visión, el andar, la abundancia o carencia de pelo, etc.) de las personas a las que se critica por razones político-ideológicas. Franco y Hitler fueron bajitos, como lo son Jiménez Losantos y Aznar, pero a ninguno de ellos cabe achacarle culpa alguna por esa circunstancia: es algo que les vino dado. Además, ¿qué tiene de malo ser bajito? En el ranking de la maldad humana hay tantos bajos como altos. De la misma manera que ha habido gordos de armas tomar, como Nerón, pero también gordos divertidos y encantadores, como Charles Laughton. Y peludos y calvos. Y cegatos y ojos de halcón. Y corredores y cojitrancos.

Leo una columna en la que se señala que a algunos de los miembros de ETA detenidos últimamente se les ve metidos en carnes. Imagino que su autor no recuerda a Mario Onaindia, que ocupó un puesto en la cúpula de la organización terrorista, entre los sesenta y los setenta, con una buena ristra de kilos en su abundante seno. Es más: luego se pasó al PSOE, y cambió de ideología, pero no de peso.

Mi propuesta es sencilla: critiquemos a quien creamos criticable, pero prescindamos de su físico más o menos afortunado, más o menos a nuestro gusto, ciñéndonos a lo que dice o hace por su propia voluntad.

Con eso suele bastar y sobrar.

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Eufemismos con trastienda, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Cultura, Medios, Política by reggio en Agosto 2nd, 2008

El lenguaje político abunda en eufemismos, muestra de lo poco que gusta a nuestros dirigentes llamar al pan, pan y al vino, vino.

Hay dos tipos de eufemismos. El primero lo integran las expresiones que se limitan a maquillar los problemas y dulcificar su expresión pública, sin más. Por ejemplo: llamar “desempleo” al paro, o describir como “falta de liquidez” la ruina total.

Los eufemismos más peligrosos son los que no se conforman con disimular lo crudo de algunas realidades, sino que adulteran su naturaleza para facilitar que quienes las han provocado eludan su responsabilidad.

Hay ahora mismo en circulación dos eufemismos de este género que resultan particularmente malévolos, porque ni siquiera tienen aspecto de serlo.

Uno es mileurista. En castellano, el sufijo –ista sirve, o bien para señalar preferencias e inclinaciones, o bien para designar determinadas profesiones u oficios. Pero quien cobra sólo mil euros al mes no lo hace ni por gusto ni porque esa sea su especialidad, sino porque no tiene más remedio. No es partidario, sino víctima. Lo correcto, de admitirse el término mileurismo, sería hablar no de mileuristas, sino de mileurizados, marcando entre ambos papeles las mismas distancias que fijamos entre los esclavizados y los esclavistas.

Parecido rechazo me produce que se hable de las lenguas “minoritarias” que existen en España. Y no sólo porque alguna de esas lenguas cuente con más practicantes que otras admitidas en la Unión Europea como oficiales, sino también porque resulta irritante la presunta asepsia de su propia catalogación. Descritos como “minoritarios”, se diría que se trata de idiomas que no han alcanzado mayor desarrollo porque se han mostrado históricamente poco aptos para comunicar pensamientos y sentimientos, cuando lo cierto es que son lenguas venidas a menos a bofetadas, por culpa de la represión que su uso ha acarreado, y no sólo durante el franquismo, sino desde siglos atrás.

No son lenguas minoritarias, sino minorizadas. Conviene llamarlas así, aunque sólo sea para forzar que se discuta sobre algo que muchos preferirían dejar en silencio. O convertirlo en lo contrario.

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La invisibilidad de lo evidente, de Javier Ortiz en Público

Publicado en Cultura, Historia by reggio en Julio 31st, 2008

El viernes pasado publiqué aquí mismo una columna en la que conmemoraba el 25º aniversario de la promulgación de la encíclica Humanæ Vitæ,  de Pablo VI. Todavía no era mediodía y ya había recibido un buen puñado de recados señalándome que mi información era inexacta: hace 25 años, para empezar –me decían–, Pablo VI ya ni siquiera vivía. Me quedé perplejo. Yo me había basado en una cronología de acontecimientos históricos bastante completa y rigurosa que suelo manejar y, además, había consultado un buen puñado de documentos para asegurarme de que el recuerdo que guardaba del escrito papal no traicionaba su contenido. ¿Cómo se me podía haber colado un error de tanta monta?

Empecé por reprocharme no haber contrastado la fecha en más fuentes. “Típico patinazo de periodista con exceso de aplomo”, reflexioné. “Como esa cronología te ha funcionado bien tantas veces, ya la das por infalible. Bajas la guardia y, si contiene un error, te lo cuela”.

Pero algo fallaba también en esa explicación, porque repasé las demás referencias que había manejado para escribir la columna y todas aportaban la misma fecha: la Humanæ Vitæ vio la luz el 25 de julio de 1968.

Tardé algo así como un cuarto de hora (¡creedme!) en comprender que mi error había sido, a la vez, de más bulto y más obvio. Tan gordo que, a fuerza de tenerlo todo el rato delante de las narices, no lo veía. Sencillamente, entre el 25 de julio de 1968 y el mismo día de 2008 no habían transcurrido 25 años, sino 40.

Mi cultura general presenta extensas y profundas lagunas, no lo niego, pero sumar, lo que se dice sumar, sé hacerlo.

Al final, la anécdota me pareció, amén de cómica, aleccionadora: vi cuán fácil resulta obcecarse en apreciaciones en las que no nos detenemos ni poco ni mucho, porque tomamos por evidentes y damos por descontadas. ¿No reside ahí el arte del ilusionismo y, en parte, también el de la política? Ambos consiguen que haya asuntos que, a fuerza de parecer de cajón, el público los asume sin examen previo.

Pero yo me quedo con la lección interna: más que de los demás, hemos de desconfiar de nosotros mismos. Nunca lo haremos lo suficiente.

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