Un Estado laico, de Javier Ortiz en Público
Para organizar un Estado laico, lo primero que se precisa es tener la firme voluntad de organizar un Estado laico.
Dicho así, parece una redundancia, o una boutade, pero qué va. Es dudoso que quien se viste de gala para acudir al Vaticano a concelebrar la beatificación o santificación de éste o del otro supuesto mártir hispano, y besa la mano de todos los papas o cardenales que se le ponen por delante, tenga claro que lo que desea es que el Estado que representa sea escrupulosamente laico.
Si bien se mira, es sencillísimo lograr que el Estado español se convierta en laico con todas las de la ley. Basta con tratar a la Iglesia Católica igual que a las demás confesiones religiosas. Se trata de denunciar, por absurdos e improcedentes, el acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Asuntos Jurídicos, el acuerdo sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, el acuerdo sobre Asuntos Económicos y, en fin, el acuerdo sobre Asistencia Religiosa a las Fuerzas Armadas y el Servicio militar de los clérigos y religiosos, todos ellos suscritos por última vez el 3 de enero de 1979, si mi información es correcta. Y poner fin al atávico pago de las amortizaciones que recibe la clerecía para compensarla por las muy moderadas y más que sensatas medidas que tomaron Mendizábal y Madoz allá por los inicios y los medios del siglo IXX, con la comprensible intención de que España se convirtiera en un Estado moderno.
Se trata, por poner un ejemplo, de que el Estado no pregunte a los contribuyentes si queremos que una parte de los impuestos que pagamos vayan a parar a la Iglesia vaticana, por la misma razón que no nos pregunta si deseamos que recalen en la Iglesia taoísta o en el Frente Zapatista de Liberación Nacional.
¿Que una mayoría de la población española es católica? Tengo mis dudas. Pero, de ser así (que no niego que pueda serlo), mucho mejor que se le pone. Que los fieles de esa Iglesia, de la que son devotos, contribuyan por su cuenta al mantenimiento de su estructura y aseguren el sostén de sus actividades. Son libres de hacerlo. ¿Quién se lo impide? Pero que no reclamen que la organización del Estado se ponga a su servicio.
Primarias a lo loco, de Javier Ortiz en Público
Las gentes del PP saben muy bien lo difícil que resulta contrariar a quien comanda la cúpula dirigente de su partido, que tiene una estructura fuertemente presidencialista. Es complicado hacerlo en todo caso, pero lo es todavía más cuando se trata de asuntos tan claves como la designación del cabeza de cartel en unas elecciones generales.
Es ésa, sin duda, la razón que ha movido a algunos militantes –muy probablemente azuzados por algún líder (o lideresa) deseoso de desbancar a Rajoy– a promover la idea de que el PP celebre unas elecciones primarias que sirvan para seleccionar a quien haya de ser su principal candidato en los siguientes comicios generales.
¿Una iniciativa desesperada? En todo caso, absurda. Y no sólo porque se produzca a destiempo.
El modelo estadounidense de elecciones primarias no encaja en España, como tuvo oportunidad de comprobar el PSOE cuando intentó imitarlo. En EEUU votan los electores que previamente se han inscrito como votantes de tal o cual partido. Aquí eso no existe, de modo que el PP habría de optar entre que sólo votaran los afiliados del partido o abrir la votación al público en general. En el primer caso, se toparían con una segunda versión (rara, pero versión) de los congresos locales, con las mismas presiones del aparato de por medio. O sea, con más de lo mismo. En el segundo, con una situación que podría fácilmente degenerar en cachondeo: nada impediría a los partidarios del PSOE, de IU o de quien sea presentarse a votar, así fuera sólo para chinchar.
Pero es que, además, las mitificadas elecciones primarias estadounidenses no tienen nada de modélicas. Son cualquier cosa menos garantía de democracia. Requieren un enorme esfuerzo financiero de los candidatos (publicidad, costosos mítines, viajes con equipos de especialistas, etc.) que sólo pueden materializar con el respaldo de grandes empresas y fortunas, que luego, en caso de éxito, pasan la lógica factura. Y así les suele ir.
Para mí que los que reclaman elecciones primarias en el PP lo único que quieren es enredar.
De ser así, lo están consiguiendo. Entre los unos y los otros, tienen montado un lío de mil pares.
Mayorías y minorías, de Javier Ortiz en Público
La vicepresidenta Fernández de la Vega insistió el miércoles, hablando del encuentro Zapatero-Ibarretxe, en un argumento que Josu Jon Imaz, ex presidente del PNV, formuló de manera más argumentada y pormenorizada la pasada semana desde su retiro norteamericano. Ambos –me baso en la más elaborada formulación de Imaz– insisten en que la toma de decisiones importantes para la sociedad vasca por una mayoría no abrumadora podría ser “una aventura” y, en todo caso, sólo “un ejercicio aparentemente democrático”, porque un “proyecto de futuro” requiere inexcusablemente del respaldo de “mayorías amplias y cualificadas”.
Es un argumento que me parece no sólo discutible, sino incluso eventualmente peligroso.
Vayamos por partes.
Lo primero que conviene precisar es que las decisiones tomadas por el voto de la mitad más uno no son “aparentemente democráticas”, sino realmente democráticas. La exigencia de amplias mayorías cualificadas es una práctica parlamentaria limitada a ciertos casos tasados, que no se extiende a las consultas populares. Recuérdese el caso del referéndum de autodeterminación que se celebró en 1995 en Quebec: los anti independentistas vencieron por sólo cinco décimas. Nadie dijo que ésa fuera una victoria inaceptable, ni había intentado descalificar de antemano el propio referéndum arguyendo que no estaba claro el resultado. En España se han tomado en referéndum (así sucedió en 1986) decisiones cruciales que contaron con el apoyo de sólo el 53,09 de los votantes. ¡Y con una abstención del 40,58%!
Hay otro punto crucial: si se impide una votación argumentando que sus partidarios no cuentan con una mayoría amplia y cualificada, el resultado no es que se elude lo nuevo: es que se perpetúa lo viejo. No es que no gane nadie; es que ganan los partidarios del “no”, y sin necesidad de acudir a las urnas.
Desde luego que es mejor que las cosas se hagan con un amplio consenso. Pero, si no hay un gran consenso para un cambio, ¿qué? ¿Se sigue hasta el infinito con lo mismo?
Y que conste que no estoy presuponiendo quién es mayoría y quién es minoría en la Euskadi actual. Eso también debería comprobarse en las urnas.
Catástrofes revolucionarias, de Javier Ortiz en Público
La dictadura militar que gobierna con mano de hierro en Myanmar (Birmania) no se apoya sólo en sus propias fuerzas. Se beneficia del apoyo cómplice –a veces discreto, otras descarado– de los miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que son un buen puñado (Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Tailandia, Brunei, Vietnam, Laos, Camboya, además de la propia Birmania), a los que en ocasiones se unen China, Japón y Corea del Sur (ASEAN + 3). A ese respaldo hay que añadir las inyecciones subterráneas de capital que le prestan algunas grandes firmas occidentales, que pasan olímpicamente de todos los boicots oficiales con tal de beneficiarse de las materias primas del país. Y luego está el detalle, nada anecdótico, de que Birmania es la segunda productora mundial de adormidera. O sea, de opio. O sea, llegado el caso, de heroína.
Myanmar es un país potencialmente próspero, pero se halla entre los más pobres del mundo. Y lo peor para sus dictadores es que su población es cada vez más consciente de ello. Lo evidenciaron las grandes manifestaciones de 2007, cuya cara más visible y publicitada fue la resistencia de los monjes budistas. Buena parte del pueblo de Myanmar es consciente de que la oligarquía armada se ha hecho de oro a costa de la miseria de la gran mayoría.
Ahora, la Junta Militar está poniéndose aún más en evidencia. Bloquea los envíos internacionales que tratan de socorrer a los damnificados por el ciclón del pasado domingo y se reserva su control. Es inevitable que la población deduzca que las va utilizar para enriquecerse todavía más. Además, sabe que el Gobierno fue avisado de la cercanía del ciclón y que se quedó cruzado de brazos.
Birmania es un secarral social que cualquier chispa puede incendiar. No sería la primera vez que una revolución se inicia tras un desastre natural que exacerba las contradicciones sociales. El terremoto de Nicaragua (1972) fue decisivo para la caída de la dictadura de los Somoza. Lo mismo sucedió en Irán en 1979: al seísmo natural le siguió el cataclismo político.
Ojalá sucediera lo mismo en Birmania. Que no haya mal que por bien no venga.
Entre Stalin y Suárez, de Javier Ortiz en Público
En los años en los que el comunismo internacional estuvo controlado por Stalin, había una frase que sus devotos esparcidos por todo el mundo repetían machaconamente cada vez que su tinglado particular sufría una crisis interna que lo dejaba con los huesos a la intemperie: “El partido se fortalece depurándose”, decían.
Me he acordado de ello a la vista de la situación del PP. Fuera Zaplana, fuera Acebes, fuera casi toda la vieja guardia aznarista… ¿Pensará Rajoy que su partido se fortalece depurándose? Y, en el caso de que lo piense, ¿tendrá razón?
Excuso decir que me produce una notable satisfacción que personajes como los dos citados dejen de estar en el proscenio político. Me resultaban insufribles, cada uno en su especialidad: el uno con su cínico desparpajo sin principios, el otro en su papel de fundamentalista roucovareliano. Pero yo, como más de uno se habrá maliciado, no simpatizo con el PP, ni le deseo lo mejor, de modo que mis sentimientos bien podrían servir de ilustración para la fábula que advertía de los peligros que tiene seguir “del enemigo el consejo”.
Desde la Transición, la derecha española ha sido un castillo de naipes, a veces en construcción, a veces en destrucción, a veces en puro derribo. Agrupa muchas corrientes, cada una con sus peculiares querencias e intereses, ora personales, ora familiares, ora regionales, ora ideológicas, ora de secta que ora.
La experiencia de la UCD fue concluyente. Demostró que el triunfo (o la perspectiva de triunfo inminente) une a todas las familias de la derecha, pero que el fracaso las disgrega. Suárez lo comprobó muy bien en sus propias carnes.
El PP actual controla férreamente algunas taifas autonómicas, pero tiene el timón central a la deriva. ¡Una travesía del desierto de cuatro largos años, y sin agua! Se diría que la consigna más en boga en su sede central es “Sálvese quien pueda… y como pueda”.
Es lo que vamos a comprobar a no tardar: si Rajoy demuestra que “el partido se fortalece depurándose” o si está preparando en Valencia, muy a su pesar, un Congreso como el que vivió la UCD en Palma de Mallorca en 1981, del que salió hecha añicos, cadáver.
10 contra uno, uno contra 10, de Javier Ortiz en Público
Cité el otro día al general Vo Nguyen Giap, que comandó las fuerzas vietnamitas primero contra los franceses, derrotándolos en Dien Bien Phu, y luego contra los norteamericanos, con el resultado conocido.
De Giap hay un lado que me desagrada profundamente: planeaba batallas que implicaban una enorme pérdida de vidas de su propio bando. Utilizaba a sus propios soldados como carne de cañón. Pero hay un concepto militar suyo que siempre me ha interesado y que utilizó como médula para un librito que escribió por aquel entonces y que tituló (traducido al castellano) “Uno contra diez en el plano estratégico, diez contra uno en el plano táctico”.
La idea, aunque sea militar, refleja también toda una filosofía del combate, sea del tipo que sea. Claro que, para entenderla, es preciso distinguir entre la estrategia (el método general que se aplica para alcanzar el propósito último de una guerra) y la táctica (las opciones que se toman para salir airoso de cada batalla concreta). En la actualidad, supongo que por influencia del inglés, es mucha la gente de habla hispana que confunde las estrategias con las estratagemas.
Lo que Giap argumentaba es que cabe perfectamente desafiar a un enemigo muy superior en fuerzas, sin dejarse achicar y con la convicción de que es posible derrotarlo a la larga (“uno contra diez en el plano estratégico”), pero que, a la hora de cada choque concreto, en el decurso de la guerra, hay que asegurarse de que las propias huestes están en posición de superioridad, para lo cual hay que esconderse bien y elegir con cuidado cuándo y dónde se entra en combate (“diez contra uno en el plano táctico”).
Es el principio mismo de la lucha guerrillera, pero puede aplicarse a muchos otros órdenes de la vida, incluidos los empresariales: ser osado en los objetivos finales y cauto en los movimientos del día a día.
Lo curioso es que Giap no se atuvo a su propia doctrina, se lanzó uno contra diez en el plano táctico en la ofensiva del Tet … y ganó. No la batalla, pero sí la guerra.
Ésa es otra lección: la cantidad de tiempo que perdemos tratando de ser sabios, y luego para lo que nos sirve.
El timo de los economistas, de Javier Ortiz en Público
Resulta que algunos que sólo tenemos cuatro ideas sobre macroeconomía éramos quienes mejor entendíamos la macroeconomía.
Nos hemos pasado años denunciando por irracional el modelo de transporte de los países ricos, que da prioridad a la automoción, porque el petróleo escasea, porque contamina demasiado y porque la circulación por carretera produce una cifra aberrante de víctimas, tragedia que podría atemperarse si se potenciara más y mejor el transporte público. Nos hemos opuesto también al uso masivo de los biocarburantes, argumentando que es una arrogante alternativa que reduce de manera cruel las posibilidades de alimentación en los países pobres. Y ahora vienen los grandes expertos y dicen que algo de eso sí que hay. O que hay mucho de eso. Y la Agencia Internacional de la Energía reconoce que el consumo de carburantes lleva trazas de dispararse hasta alcanzar en un par de décadas cotas que serán lisa y llanamente insostenibles. Y el relator de la ONU culpa al FMI y a la Organización Mundial de Comercio de defender opciones políticas aberrantes, y califica alguna de ellas –la de los biocarburantes, para empezar– de “crimen contra la Humanidad”.
Va a ser que los tontos, ingenuos y utópicos teníamos razón, y que los superlistos y archienterados de todos esos organismos, que nos miraban displicentemente por encima del hombro, la pifiaban. En este momento siguen parloteando de sus cosas, haciendo previsiones que mañana mismo revisarán, como si la economía fuera un arcano y ellos los selectos intérpretes de sus misterios.
Nada es casual. Los tecnicismos se terminan allí donde empiezan los intereses económicos. Y, del mismo modo que cabe estar de acuerdo con el viejo Ulianov en que “la política es la expresión concentrada de la economía”, también puede afirmarse con fundamento que el análisis de la política aporta muchísimas claves para entender la economía.
Cuando los supuestos expertos en economía dictaminan, casi siempre lo hacen con la mano puesta en la cartera; no en la frente. Y los que los miramos desde fuera, sabiendo de qué van, nos damos cuenta: son políticos de derechas que se presentan como técnicos.
Contra éstos y los otros, de Javier Ortiz en Público
No me parece mal que se exija a las representaciones municipales de ANV que se pronuncien sobre los atentados de ETA. Su silencio es perverso, por más que el silencio, por definición, no diga nada. Lo que me irrita es que esa demanda, presentada en varios ayuntamientos de Euskal Herria, sea bautizada como “moción ética” y que se asegure a continuación que se esgrime porque no cabe tener relaciones “con quienes no condenan la violencia”.
Ya lo he explicado en anteriores ocasiones, pero lo volveré a hacer, porque no pierdo la esperanza de que alguna gente se dé cuenta de que están manipulándola, ya sea desde los telediarios o desde la Presidencia de Izquierda Unida, que se ha sumado a ese rollo con gran entusiasmo.
En primer término: ¿Qué es eso de “condenar la violencia”? Ni siquiera lo hace el Código Penal, que es la expresión regulada de la violencia que ejerce el Estado contra las conductas que él mismo tipifica como inaceptables. El Estado es la estructura organizada y más acabada de la imposición. Él decide qué instrumentos de violencia no sólo son aceptables, sino incluso estupendos: las Fuerzas Armadas, las policías, los tribunales, las cárceles. En consecuencia, pedir a alguien que condene “la violencia”, ¿qué quiere decir? ¿Que se le reclama que esté en contra de cualquier actitud coercitiva? ¿Se nos han vuelto todos bakuninistas, o qué?
En segundo lugar, ¿de qué ética se está hablando, cuando se presentan las mociones yendo de la mano de gente que no condenó y sigue sin soltar prenda, tantos años después sobre otras muchas manifestaciones de violencia ilegítima, desde el Batallón Vasco-Español hasta los GAL, pasando por Intxaurrondo (dicho sea ciñéndonos a los asuntos internos y sin salir al extranjero)? Torturas, secuestros, asesinatos… Francamente, elaborar una “moción ética” con los mismos que pagaban a Amedo y Domínguez recuerda al título de Alberti: “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho ser dos tontos”.
Tengo claro por qué estoy también en contra del abstencionismo ético de ANV. Pero resalto y subrayo en qué términos: he escrito “también”. No me gustan ni los unos ni los otros.
El 2 de mayo, de Javier Ortiz en Público
Un antepasado mío (¿tatarabuelo?) logró fama y fortuna en la Guerra de la Independencia. Las logró porque dirigió una partida armada que se enfrentó a las tropas francesas, pero sobre todo porque respaldó el regreso de Fernando VII, que lo convirtió en marqués para premiar su servilismo.
Esa circunstancia, que mi abuela contaba con mucha ironía y buenas dosis de mala uva, me llevó a interesarme por la confrontación que se inició el 2 de mayo de 1808, de cuyo estudio saqué la conclusión de que el factor decisivo en aquella contienda bélica no fue ni el alcalde de Móstoles, ni el tan aclamado heroísmo del pueblo español, ni la guerra de guerrillas, ni mi antepasado, ni el copón de la baraja, sino las tropas británicas, comandadas por Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, que fue capaz de plantar cara y vencer a Napoleón Bonaparte con sus propias armas de estratega, desde Vitoria a Waterloo, aprovechándose de que el corso, en su desmedida ambición, tenía tendencia a luchar en demasiados frentes a la vez.
En mis estudios de aquel episodio histórico –que tampoco pretendo exagerar–, me topé con las reflexiones que escribió un hispanista ocasional llamado Karl Marx. Y reparé en una frase con la que el de Tréveris, siempre brillante, retrató la Guerra de la Independencia española: “En Cádiz estaban las ideas sin acción; en el resto de España, la acción sin ideas”.
Fue aquel un tiempo ambiguo, como suelen serlo todos. Fue una época en la que las mentes españolas más lúcidas eran afrancesadas. Pero resultaba absurdo tratar de que un pueblo se hiciera amante de la libertad a bayonetazos. A Napoleón le pasó lo mismo en media Europa: la libertad, por definición, no se impone.
Lo curioso, trágico o cómico, es que el resultado de aquella tremenda guerra contra los franceses, que resultó ser la ruina de los Bonaparte, fuera que en España acabara afianzándose una monarquía de raíz francesa, la de los Bourbon (Borbones, que se hicieron llamar), que ahí sigue tan campante, con algún pequeño sobresalto intermedio, dos siglos después. Y venerada por la mayoría de los herederos de los revoltosos del 2 de mayo de 1808. Tiene narices.
Todos somos austríacos, de Javier Ortiz en Público
La sorpresa es general: ¿cómo puede ser que un tipo haya podido mantener en cautiverio en el sótano de su propia casa a varias personas durante tantos años sin que nadie de su entorno, familiar o vecinal, se apercibiera de que allí pasaba algo muy raro?
Hay teorías diversas, algunas de las cuales apuntan a los traumas colectivos de los austríacos, heredados de su pasado pro-nazi. No sé qué parte de verdad habrá en ello, si es que la hay. Lo que doy por hecho es que habrá tenido bastante que ver la tendencia general, propia de nuestras sociedades actuales, a no querer saber.
Nos hemos vuelto la representación masiva y unificada de los tres monos místicos, ésos que se exhiben en el santuario de Nikko, en Japón, esculpidos en madera: el que se tapa los ojos, el que se tapa los oídos, el que se tapa la boca. Constituimos sociedades de individuos aislados –agrupados por familias, como mucho– que se protegen del conocimiento, movidos por la intuición subconsciente de que enterarse de lo que sucede alrededor sólo puede acarrear inconvenientes y disgustos.
Hacerse preguntas es un peligro. Imaginémonos que, en un rasgo de imprudencia, empezamos a pensar desde que nos levantamos. ¿Cómo se ha producido el café que vamos a tomarnos? ¿Cuántas horas de trabajo mal pagado nos vamos a beber? ¿Cómo se habrán fabricado las zapatillas que nos ponemos? ¿Y si son producto de la explotación del trabajo infantil, o de la miseria de inmigrantes chinas, encerradas (ellas también) en un sótano que nadie ve? ¿Quién y en qué condiciones ha fabricado en Taiwán o en Filipinas el transistor que encendemos para que nos cuente lo que va a ganar Zaplana en Telefónica?
Las preguntas pueden ir aún más lejos. O mucho más cerca. Junto a mi casa hay varias pensiones en las que se hacina gente, inmigrante o aborigen, de escasísimos recursos. No sé quiénes son, ni a qué se dedican, ni cómo se las arreglan, si es que se las arreglan.
Hace algunos meses se descubrió que había en uno de esos pisos, que veo desde mi ventana, una guardería clandestina. Se supo porque murió un niño.
Me enteré por los periódicos. Como si fuera Austria.
La jaula de grillos vasca, de Javier Ortiz en Público
El panorama político vasco está demasiado confuso. Son confusas las relaciones entre los diversos partidos y es confusa la situación interna de cada uno de ellos.
La Comunidad Autónoma Vasca es, en este momento y por decirlo abreviadamente, una jaula de grillos.
El lehendakari Ibarretxe se plantea la posibilidad de adelantar las elecciones autonómicas si el Gobierno central bloquea su propuesta de consulta popular. La condición es retórica: por supuesto que Zapatero se la va a bloquear. Ya puede ir preparando el decreto de convocatoria a las urnas.
La celebración de elecciones en la CAV permitiría determinar cuál es la relación de fuerzas entre el PNV y el PSOE. Las últimas elecciones generales dieron ventaja a los socialistas, pero bastantes observadores locales piensan que muchos votos se orientaron de manera coyuntural, considerando que lo que se trataba de elegir era quién iba a gobernar en Madrid, no en Vitoria.
Es algo que está por ver (y convendría verlo), pero que, aunque se vea, no aclarará todo, ni mucho menos. Porque los votos que recolecte el PNV, ¿a qué PNV irán? ¿A la parte que es favorable a un entendimiento con el PSOE o a la que respalda la línea de Ibarretxe, que sigue defendiendo el entendimiento con Eusko Alkartasuna y Ezker Batua?
Y los votos que vayan a parar al PSE-PSOE, ¿por qué socialistas apostarán? ¿Por los que se entendían con el PP en todo y para todo, con el objetivo central de poner coto a los nacionalistas, o por los que quisieran aliarse de nuevo con ellos, como ya hicieron hasta la ruptura protagonizada por Redondo Terreros y Rosa Díez?
Hay lío en el PNV. Hay lío en el PSE. Hay lío en EA. Hay lío en Ezker Batua. En Batasuna-ANV- EHAK también hay líos, aunque de otro género: a ellos las ilegalizaciones no les permitirán ni siquiera medir su fuerza electoral. Incluso en el PP vasco hay líos, porque forcejean quienes apoyan a Rajoy, al que se le supone más dúctil (curiosa presunción), y los que cierran filas tras el ultramontanismo de Mayor Oreja.
La olla bulle. Pero está por ver si acaba cociéndose en ella algo comestible o si se queda en bazofia, cosa bastante probable.
Degradación de los medios, de Javier Ortiz en Apuntes del Natural
Noto un creciente desaliño en la confección de los más importantes periódicos españoles y, de manera especialmente llamativa, en El País, en el que puede que el deterioro resalte más porque antes tenía un control de calidad relativamente alto.
No estoy refiriéndome a los contenidos ni a la línea editorial (ése es otro asunto), sino al rigor técnico, profesional. La redacción de los textos es ramplona y descuidada; la mezcla de información y opinión, constante; el montaje, efectista pero confuso; la elección de las fotos, hecha al buen tuntún, como para rellenar… Podría poner ejemplos a mansalva, pero hay algunas pifias de los últimos días que me han dejado estupefacto. ¿Cómo es posible meter una noticia destacada en la que se insiste en afirmar que una procesada que se llama Dolores tiene como nombre de guerra “Lola”? ¿Qué clase de nombre de guerra es ése? Los nombres de guerra se eligen para disimular la verdadera identidad y, que yo sepa, las Lolas siempre han sido Dolores. ¿Tienen previsto decir, la próxima vez que se refieran al último ex premier británico, que se trata de «Anthony Blair, alias Tony»?
No ya el cuerpo de las noticias; incluso los títulos y subtítulos están con frecuencia mal redactados, con llamativo desprecio del diccionario, la gramática y los libros de estilo. Es penoso.
El fenómeno puede tener dos explicaciones, en nada excluyentes.
La primera es la degradación del rigor del lenguaje mediático, político y literario, cada vez más apabullante en España. Se habla y escribe de manera abúlica, echando mano de constantes frases hechas y tópicos, que nadie se toma el trabajo de pensar dos veces. Y como el resultado tampoco parece que incomode a quienes escuchan o leen, todos tan felices.
La segunda explicación, acumulable a la primera, es que los responsables de los medios de comunicación españoles están tan ocupados en sus batallas empresariales, viendo qué compran y qué venden (o quién los compra y quién los vende), que no tienen tiempo para ejercer de periodistas rigurosos, en el hipotético caso de que supieran hacerlo.
Esto último me tiene especialmente fascinado en las últimas semanas. O mareado, más que fascinado. Es tal la cantidad de informaciones y rumores que corren sobre cambios de propiedad en los grandes medios de comunicación que ya no tengo ni idea de cómo están en este mismo momento las cosas, y mucho menos aún de por dónde van a ir.
Además, tampoco es que me importe demasiado. Doy por hecho que, cambie como cambie la titularidad de las acciones de este, el otro o aquel, el rollo de fondo que soltarán seguirá siendo el mismo.