Defensa y el comercio de ‘armas pacíficas’, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA: POLITICA INTERNACIONAL
Al autor le parece disparatado que la Audiencia Nacional juzgue al Estado israelí por crímenes de guerra. Crítica la demagogia del Gobierno, que se jacta de ‘pacifismo’ mientras aumenta la exportación de armamento
Parece que algunos jueces españoles han decidido perseguir al Estado de Israel por crímenes de guerra. Desde hace años, uno o dos magistrados se han hecho famosos por prestar más atención a los crímenes de otras naciones, como Argentina y Chile, que a los de España. ¿Buscan fama, dinero o ambas cosas? Uno se queda perplejo ante las posibles implicaciones legales que tendría el que los jueces de todo el mundo empezaran a perseguir a personas de otras naciones por crímenes reales o presuntos.
Pero la arrogancia moral no se limita sólo a los jueces. La ministra de Defensa española, Carme Chacón, declaraba recientemente en un periódico francés: «Soy una mujer pacifista y el Ejército también es pacifista». A diferencia, por supuesto, del Ejército israelí, del estadounidense o del francés, por citar tres ejemplos.Claro, estos ejércitos sí son capaces de cometer crímenes de guerra. Es por ello que algunos jueces en España se hallan tan ocupados persiguiendo crímenes en otras naciones.
¿Estarían también interesados en perseguir naciones que facilitan la venta de armas a Israel? Después de todo, estas armas posibilitan que éste cometa supuestos crímenes de guerra. ¿Y qué ocurre si el proveedor de armas resulta ser de su propio país: España? Hace sólo unos días, en el programa de TVE Tengo una pregunta para usted, un miembro del público le preguntó al presidente del Gobierno por las armas que España está vendiendo a Israel.Zapatero replicó, con semblante irritado, que «no se ha matado a ningún palestino con armas españolas». Es una respuesta que invita a una intensa reflexión.
¿Significa esto que si los israelíes compradores de las armas sabían que eran españolas, nunca las usarían para hacer daño a nadie? ¿O significa que las armas eran de tan pobre calidad que los israelíes preferirían no utilizarlas para luchar contra Hamas? ¿O significa que, ante lo inesperado de la pregunta, Zapatero no supo contestar con tino? La última respuesta parece la más razonable. Desconcertado por la pregunta, el presidente no sólo olvidó decir que los fusiles, pistolas, ametralladoras y silenciadores estaban entre las armas pacíficas vendidas a Israel, sino que también cifró equivocadamente el volumen de armas que se comercian con este país, que resulta ser cuatro veces lo que dijo en televisión.
El supuesto pacifismo de la ministra de Defensa, y la declaración del presidente del Gobierno de que las armas españolas son estrictamente pacíficas y no pueden causar daño, le animan a uno a observar con atención la cuestión de la venta de armas por España. Pocas veces nos damos cuenta de que éste es uno de los mayores proveedores de armas del mundo. Según el prestigioso Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), España es el octavo suministrador mundial de armas convencionales, tras EE UU, Rusia, Alemania, Francia, Holanda, Reino Unido e Italia. El Gobierno permite estas exportaciones, negando (en 2007) sólo el 2% de licencias para exportar este tipo de material. La ministra, por supuesto, puede alegar que las ventas se realizan en pro de la paz. Tendría derecho a defender el aumento del comercio.
Según un informe que el Gobierno presentó en el Congreso en septiembre de 2008, la venta de armas creció por encima del 130% durante la primera legislatura de Zapatero, pasando de un valor de 400 millones de euros en 2004 a 933 millones de euros en 2007. Como otros países proveedores de armamento, los vendedores españoles buscan beneficios y no piensan en la inevitable pérdida de vidas.No se trata sólo de una cuestión de si las armas españolas matan palestinos, o incluso israelíes, sino de que se han vendido sin distinción a países que por supuesto las usan para matar.
En el pasado, Amnistía Internacional denunció al Gobierno español por vender armas a Sudán -pese a la prohibición de la Unión Europa de suministrar armamento a este país-. Según AI, alrededor del 40% de la exportación española se dirige a países implicados en conflictos regionales o que no respetan los derechos humanos, como China, Cuba e Irán. Se puede añadir que España ha vendido armas a algunos de los países más pobres del mundo, como Angola, o a países que destinan más recursos al gasto militar que al desarrollo humano, como Ecuador, Pakistán y Turquía.
Hace algún tiempo, EEUU criticó con fuerza el apoyo de Zapatero al régimen venezolano y la venta a Chávez de 12 aviones y ocho fragatas militares por valor de 1.700 millones de euros. Zapatero hizo una de sus frecuentes declaraciones surrealistas, aduciendo que la venta era una «operación comercial con armas pacíficas».Es de suponer que aviones de guerra y buques de guerra son materiales típicamente pacíficos y jamás se usarían para matar a personas.
La facilidad con que se mueven las armas en el mercado español, con el apoyo activo del Gobierno pacifista, ha permitido que personas como Monzer al-Kasar puedan actuar libremente. Al-Kasar, un sirio que ha residido durante largos periodos en España, fue arrestado aquí en 2007 y extraditado a Nueva York para ser procesado.Dedicó su carrera a exportar armas que pagaba con drogas. Por suerte, la Administración estadounidense se interesó en sus actividades.A la red de crimen y corrupción en España, hay que añadirle una creciente dedicación al comercio de armas. El pasado verano, un importante periódico pro socialista admitía que «las exportaciones españolas de material de Defensa no han cesado de crecer desde 2001, hasta multiplicarse por cuatro en sólo seis años y acercarse a la barrera psicológica de los mil millones de euros».
Cuando los políticos empiezan a distorsionar el lenguaje, al estilo de la novela 1984 de Orwell, diciendo que su Ejército nacional es pacifista y no intenta dañar a nadie, o que sus armas son pacíficas y no pueden matar a personas, conviene tener muchísimo cuidado. Alguien está tratando de engañar al público. El engaño deliberado empeora cuando el Gobierno se esfuerza en aprobar una ley con el argumento de que el comercio de armas es perfectamente inofensivo, porque se realiza de una manera que no perjudica a nadie. El Congreso de los Diputados aprobó a finales de 2007 la Ley de Comercio de Armas, por la que se prohíbe la comercialización de material de defensa o de doble uso cuando existen indicios de que «puedan ser empleados en acciones que perturben la paz, la estabilidad o la seguridad, puedan exacerbar tensiones, o puedan ser utilizados de manera contraria al respeto debido y la dignidad inherente al ser humano». Gracias a esta preciosa ley, el comercio de armas ya no es una amenaza para nadie. Todos podemos participar en él sin preocupación alguna. La realidad, por supuesto, es que la ley no tiene fuerza legal en los países receptores de las armas españolas. El Gobierno sigue dando licencia para exportar armas, sabiendo que se usarán en conflictos y en la represión de los derechos humanos.
Una rendija de luz se cuela en esta oscuridad. La opinión pública, en forma de las continuas protestas de las ONG en España en contra de la política armamentística de Zapatero, ha conseguido por fin algo. Después de años repitiendo que él está en contra de las bombas de racimo, mientras al mismo tiempo condonaba su producción en España y su exportación, el presidente se ha rendido a la presión moral. Las bombas de racimo, admite, no son pacíficas.Es oportuno felicitar a la pacifista ministra de Defensa sobre el discurso quizá mas positivo que ha hecho desde que tomó el cargo, el que pronunció en diciembre de 2008 anunciando que a partir de junio de 2009 España dejaría de fabricar bombas de racimo y comprometiéndose a que la destrucción de las alrededor de 6.000 bombas de racimo y granadas existentes en los arsenales militares se complete antes de junio de este año.
Es el mayor avance que el actual Gobierno ha tomado en esta materia, después de años de vacilar. Sin embargo, como siempre, hay maneras de darle la vuelta al proceso. La semana pasada una agencia de noticias española pudo imprimir este titular: «Una empresa española oferta bombas racimo por internet». Pero ¿quién sabe?, tal vez haya bombas pacíficas.
Henry Kamen es historiador. Su último libro es Imagining Spain: Historical Myth & National Identity (Yale University Press, 2008).
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El momento histórico de Barack Obama, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Aquí en Estados Unidos, donde resido y desde donde escribo este artículo, no es exagerado decir cuán consternados han quedado aquéllos que jamás pensaron que vivirían para verlo. Cuando mi esposa y yo acudimos la semana pasada, al día siguiente de la jornada electoral del 4 de noviembre, al centro de salud para ponernos nuestra vacuna anual de la gripe, la señora de la limpieza -una mujer blanca- nos saludó diciéndonos: «¡Este es un día histórico!». Y ciertamente así fue. La prensa en Estados Unidos encuentra difícil expresar con palabras una situación sin precedentes como ésta. Un comentarista del Atlanta Journal escribía: «Lo esperaba, ¡pero no tan pronto!». Parece como si todo Estados Unidos estuviera patas arriba. Una columna en The Washington Post afirmaba: «Corrían lágrimas, no sólo por el logro histórico de Obama, sino porque muchos estaban felizmente descubriendo que tal vez habían subestimado la posibilidad de un cambio en América».
Sin embargo, desde el primer momento es esencial dejar algunas cosas claras. Con Hillary Clinton como candidata, los demócratas también habrían ganado las elecciones. Eso se debe a que el primer gran factor a su favor, el primer gran enemigo del partido republicano, era George W. Bush. Es difícil entender cuán desastroso ha sido el todavía presidente para su propio partido (y, por supuesto, para la nación). En televisión, la noche de las elecciones, ni un solo representante republicano defendió al gobernante saliente. Estaban dispuestos a hablar de John McCain y de Sarah Palin, pero ni una sola voz se alzó a favor de Bush. McCain y Palin sabían que, aunque lo hubiesen intentado, no podían evadir el peso negativo del legado de George Bush.
En un momento en el que a un historiador le tienta ofrecer muchos comentarios, me limitaré a dos temas principales: la cuestión del racismo y la falta de experiencia del nuevo presidente.
Muchos han dicho, y continúan diciendo, que el racismo no ha desempeñado ningún papel en estas elecciones. Eso no es del todo cierto. En algún rincón del voto en contra de Obama estaba el hecho de que es negro. En el lugar de Estados Unidos donde mi esposa y yo residimos, nuestros vecinos aseguran que nunca votarían a un candidato negro. Sin embargo, a lo ancho de Estados Unidos, el sentimiento antinegro no está tan profundamente arraigado. De hecho, han votado más blancos por Obama que por cualquier otro candidato demócrata en las cuatro últimas elecciones presidenciales. Es significativo que en el Estado de Iowa -con una población blanca superior al 90%-, todos los votos electorales fueron a Obama. Ahora bien, a pesar de estos factores, la realidad del racismo se ve en un detalle fundamental. En estas elecciones, más del 95% de la población afroamericana de Estados Unidos votó sólidamente por Obama. Es algo que jamás antes habían hecho, y ha cambiado el rostro de la política americana. Por primera vez, los votantes negros se sienten claramente identificados con una causa. Eso es un suceso históricamente revolucionario. Al mismo tiempo, dos tercios del voto de la población hispana han ido a Obama. Eso también es revolucionario. En esta situación, sería absurdo mantener que el racismo no ha jugado ningún papel. Ciertamente, no ha habido evidencias de antagonismo racial, pero el racismo ha sido un factor central en los modelos de votación.
Esto no significa que el resultado de las elecciones sea un triunfo para el movimiento en favor de los derechos civiles. Algunos periódicos en España han sugerido eso, pero se equivocan. No hay nada en común entre el legado de Martin Luther King y lo que ha pasado este 4 de noviembre. Efectivamente, muchos líderes del movimiento por los derechos civiles estaban profundamente recelosos de Obama. Eso era porque éste presentaba una opción que iba más allá de la tradicional lucha por los derechos. La campaña de Obama se basaba siempre en una alianza blanca-negra que miraba hacia el futuro y no hacia el pasado. En eso, irónicamente, le ha ayudado su predecesor republicano, que situó a personas negras como Colin Powell y Condoleeza Rice en los puestos más altos de la autoridad en la nación. En ese sentido, Obama es el heredero de un camino que ya le ha venido marcado por George W. Bush. Era un camino que no pertenecía a ningún partido en particular, demócratas o republicanos, pero era una aspiración común de todos los americanos, sin tener en cuenta la raza. El triunfo de Obama con suerte probará que el movimiento en favor de los derechos civiles ya no es relevante en una sociedad moderna y madura.
Aparte del tema del racismo, el resultado de las elecciones es único porque da poder a un hombre completamente desconocido. Cuando Hillary Clinton disputaba la candidatura demócrata con Obama, daba mucha importancia al hecho de que ella tenía experiencia y su oponente, ninguna. Sin embargo, los votantes eligieron a un hombre que no tenía experiencia, y ahora la nación también lo ha hecho.
En realidad, EEUU ha dado un salto al vacío, llevado más por el profundo deseo del cambio que por la urgencia de elegir al mejor candidato. Bajo criterios normales, Obama era el candidato equivocado. Entonces, ¿por qué le votaron? En la noche de las elecciones, los periodistas enmudecían al ser preguntados por los posibles cambios que la nueva Administración hará en la política exterior. No había nada que decir, simplemente porque el presidente electo nunca ha hecho ninguna declaración sobre política exterior.
En un sentido, al elegir a Obama, los estadounidenses han reafirmado una de sus más profundas convicciones: la creencia en las posibilidades del hombre corriente. Han elegido a alguien de origen humilde, un hombre que ha salido no de la riqueza (como los Kennedy, Clinton y Bush) sino de la pobreza, un hombre que tiene muy poca experiencia en política y confía sólo en su propia inteligencia, un hombre que nunca ha servido en el ejército, un hombre con poco conocimiento del mundo exterior y sin conocimiento de lenguas extranjeras.
Para el país más poderoso del mundo, seleccionar a tal hombre para que dirija sus ejércitos y su política exterior no deja de ser asombroso. Como preguntaba The Washington Post: «¿Cuántos cambios más aceptará America?». Mi respuesta es un tanto comedida. Hay poco espacio para el cambio, porque los problemas que ha dejado Bush son enormes. La profunda crisis financiera, la creciente tensión de la inmigración, la amenaza constante del terrorismo, el daño humano y económico de la Guerra de Irak, son problemas que cualquier Gobierno debe atender antes de pensar en cambiar la sociedad estadounidense. Obama pronto decepcionará a sus votantes, pero será culpa de ellos si esperan demasiado.
Pensándolo bien, sin embargo, América no ha decepcionado al mundo. Al igual que yo, muchos han creído que esta nación -a pesar de su gran genio- estaba demasiado hundida en su propio barro para poder salvarse. Me alegra haberme equivocado. Sólo queda repetir las palabras del candidato victorioso en la noche de su triunfo: «Si hay alguien allí fuera que todavía duda de que América es un lugar donde todas las cosas son posibles, quién todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores está vivo en nuestro tiempos, quien todavía cuestiona el poder de la democracia, esta noche es vuestra respuesta».
Henry Kamen es historiador y su último libro publicado es Imagining Spain: Historical Myth & National Identity (Yale University Press, 2008).
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¿Crisis? ¿Qué crisis?, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Debemos considerarnos afortunados por vivir en un país donde no hay crisis. A medida que los políticos de todos los países vuelven de sus vacaciones, empiezan a ver la realidad bajo una nueva luz. Hace tres días, el ministro responsable de la política económica del Reino Unido, Mr. Darling, manifestaba públicamente que «el Reino Unido se enfrenta a la peor crisis económica en 60 años». Un miembro de la oposición aceptó el reconocimiento de Darling de los hechos y comentó que «hemos caído dentro de Apocalypse Now». El Reino Unido, anunciaban los titulares de los periódicos, ha alcanzado un crecimiento económico cero. Parece que las vacaciones han refrescado y alertado las mentes de los políticos británicos. En España, sin embargo, mientras los políticos vuelven esta semana a sus puestos, el Gobierno parece que sigue proclamando que no hay necesidad de alarmarse. La economía española, un ministro aseguraba a la prensa hace un mes, «crecerá el 2%», mucho mejor que el cero del Reino Unido.
La actitud del Gobierno español ante la situación económica ha sido especialmente extraña. En una entrevista en televisión, el presidente del Ejecutivo declaraba que otros países quizá tuvieran problemas, pero España estaba especialmente situada para recuperarse de lo que pudiera ocurrir. Todo lo que estaba pasando, nos aseguraba Zapatero, era una deceleración. No fue hasta el 9 de julio que finalmente empleó públicamente la palabra «C», pero entonces aseguró que no significaba nada. Fue respaldado por el ministro de Economía, Solbes, quien explicó que España ni siquiera sufría una recesión. El ministro del Interior, Rubalcaba, fue aún más lejos, afirmando que si el término crisis significa recesión, entonces España no estaba en crisis. Esta semana Zapatero sostiene en una entrevista en EL MUNDO: «Estoy tranquilo y optimista porque tenemos un país fuerte». Un país sin crisis. Un país de políticos tranquilos.
¿Ha sido esta historia sobre la crisis inventada por lenguas maliciosas? ¿Podemos creer las noticias que la prensa británica publicó sobre España durante las dos últimas semanas? Un comentarista financiero en The Daily Telegraph afirma que «España se está acelerando hacia la peor crisis desde la dictadura de Franco». El mismo comentarista cita al Deutsche Bank diciendo que la crisis inmobiliaria en España es más seria que el colapso de comienzos de los años 90. El Banco prevé para el año 2011 una caída del 35% en el precio real de la vivienda, a medida que el mercado lentamente aclare la vasta acumulación de propiedad, estimada ahora en casi 700.000 viviendas. Otro informe afirma que en la provincia de Castilla-La Mancha, aproximadamente un 69% de las viviendas construidas en los últimos tres años están todavía sin vender.
Y la imagen pesimista parece extenderse a cada sector de la economía española. ¿Hablamos de la inflación que golpea los bolsillos de cada ciudadano europeo? En el Reino Unido, está en un elevado récord, casi el 4%. En otros países europeos está también alrededor del 4%. En el caso de España, el nivel de inflación esta semana era del 5,3%, la más alta de Europa. Inevitablemente, Solbes nos aseguraba que mejorará rápidamente.
Y, por supuesto, no deberíamos mencionar el problema del desempleo. En su entrevista con EL MUNDO, Zapatero no dijo una sola palabra sobre el desempleado, que, es de suponer, no existe. Pero el hecho es que un total de 457.000 trabajadores han perdido sus empleos durante los últimos 12 meses. El número de personas solicitando el seguro de desempleo ha aumentado a 2,43 millones de personas. Una encuesta oficial difundida esta semana muestra que el desempleo en España subió al 11,73% en el primer cuarto de este año, la tasa más alta de entre los 15 países de la Comunidad Europea. La media europea se sitúa en el 7,9% de la población económicamente activa. Una vez más, los ministros del Gobierno nos dirán que esto no es prueba de ninguna crisis. Siempre hay pequeños ajustes en una economía tan poderosa como la de España. Pero el 11% sólo es el principio. El banco BBVA predice que el desempleo podría llegar hasta el 14% hacia finales del 2009. Deberíamos añadirle a este hecho un detalle altamente relevante. Un tercio de todos los contratos laborales en España son temporales, la proporción más alta de cualquier país europeo. Inseguridad laboral, desempleo elevado, tal vez todos existan, pero -a los ojos del gobierno- no constituyen una crisis. Ni debería preocuparnos el detalle de que el desempleo femenino en la España socialista es más alto que en cualquier otro país europeo. La tasa de desempleo en el sector femenino en España ha crecido casi el doble que la media del resto de países de la Unión Europea, según la UGT. El hecho de que, según la última encuesta sociológica, los españoles creen que el desempleo es el problema social más grande, tampoco debería tomarse en serio. El Gobierno nos asegura, sin embargo, que tiene los asuntos bajo control.
La alta inmigración ayudó a impulsar la productividad en años anteriores. Inmigrantes -especialmente venidos de Latinoamérica- ayudaron a salvar la economía española. Si no hay recesión, ¿por qué están los inmigrantes regresando a casa? España tiene unos cinco millones de inmigrantes, cerca de un 11% de la población, y el desempleo está subiendo tres veces más rápido entre los inmigrantes que entre el resto de la fuerza laboral, aumentando el 69% en el pasado año hasta 266.458 desempleados registrados, según datos del Gobierno. La prensa británica informa de que el número de inmigrantes -especialmente bolivianos, argentinos y colombianos- buscando ayuda gubernamental para dejar España se ha doblado en 2008.
Y no hablemos sobre la crisis de la vivienda, o la de las hipotecas. Que sólo existe en Estados Unidos y en Inglaterra, no en España. Es verdad que el Financial Times ha apuntado que hay un colapso, y que es «un recordatorio, si fuera necesario, de la escala masiva del crash inmobiliario español. Serios problemas económicos y financieros son casi inevitables». El Financial Times (nos dirán los ministros) es parcial, quiere distorsionar el enorme éxito del programa de construcción en España. Pero las últimas estadísticas muestran una caída de más del 78% en ventas de viviendas y una caída del 87% en los beneficios de las compañías. Un ejecutivo de una compañía de finanzas ha advertido que unas 120.000 familias podrían pronto incumplir el pago de la hipoteca de sus viviendas. La agencia de negocios Standard & Poor’s ha estimado este mes que en España hay actualmente un millón de viviendas en espera de comprador, 500.000 de ellas de nueva construcción.
Mucha gente, incluso el Gobierno probablemente lo admitirá, se enfrenta a serios problemas de endeudamiento. La gente deja de comprar, porque tienen crisis financieras. Las ventas han caído drásticamente. Un portavoz del grupo financiero Merrill Lynch afirmaba que en España «las ventas al publico están lanzándose por un precipicio; como mucho, la economía española está estancada». Está claro que no ha hablado con el ministro Solbes, quien le habría asegurado que no hay estancamiento, a diferencia del Reino Unido, donde la situación es terrible. Uno podría, por supuesto, preguntar por qué entonces la prestigiosa marca Burberry ha comunicado a sus accionistas que España se ha convertido en un «mercado muy complicado». Mientras, Coca-Cola ha informado una aguda caída de las ventas en España. La confianza del público en el futuro, según Standard & Poor’s, ha caído en el nivel más bajo de los últimos 15 años.
Lo más triste es que ante esta situación el presidente del Gobierno puede asegurar, en su entrevista a EL MUNDO, que «tenemos un estado de bienestar, un nivel de fortaleza de país como octava potencia económica del mundo». ¿Se habrá dado cuenta de que la descripción de «octava» (basándose exclusivamente en el PIB) no se refiere al actual Gobierno, sino que le fue otorgada a la España de José María Aznar en 2004? En estos cuatro años, España ha caído en picado, todo ha cambiado. Un análisis del Fondo Monetario Internacional lo dice todo. En términos no del PIB, sino del crecimiento económico real, el análisis del FMI muestra que España no supera el número 19 (el número uno es China), convirtiéndola en «la decimonovena economía del mundo». El pronóstico económico para España hecho por la Comisión Europea -tengo el texto delante de mí- es igualmente desastroso. Sin embargo, mientras millones de españoles sufren pobreza, desempleo y bancarrota, el presidente Zapatero pide «que haya entendimiento, que siempre es positivo». El entendimiento tiene que ser, por supuesto, que no hay crisis.
Henry Kamen es historiador. Su último libro es Imagining Spain: Historical Myth & National Identity (Yale University Press, 2008).
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¿Es Karadzic un criminal de guerra?, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
A propósito de la detención y entrega a La Haya del ex líder serbobosnio, el autor reflexiona sobre el concepto de ‘crímenes de guerra’, analizando su origen y evolución a lo largo del siglo XX
El concepto de crímenes de guerra es una novedad del siglo XX. No había crímenes de guerra antes de la victoria de los Aliados sobre Alemania y Japón en 1945. Al acabar la II Guerra Mundial, los vencedores decidieron usar métodos judiciales para castigar a los asesinos y revisar las reglas de la guerra. En los Juicios de Núremberg de 1945 y 1946, se colgó a 11 dirigentes criminales de guerra alemanes. No es muy conocido que tribunales semejantes en Asia, especialmente uno en Tokio (1946-48), también condenaron a muerte a unos 900 políticos y generales japoneses. ¡Dios sabe que los vencedores tenían motivos suficientes para estar indignados! Eran totalmente conscientes de las masacres perpetradas por los agresores. En 1937, en la ciudad china de Nanking, los japoneses masacraron sistemáticamente a 300.000 personas y violaron a 20.000 mujeres. Se estima que 20 millones de soldados y 40 millones de civiles murieron como resultado de la agresión germano-japonesa que condujo a la II Guerra Mundial.
Los vencedores se sintieron con el derecho de castigar a los vencidos, y eligieron el criterio de crímenes de guerra. Sin embargo, el problema era cómo definir tal crimen. No existía una definición judicial del delito antes de Núremberg, de modo que a los nazis condenados se les ejecutó por acciones que no eran crímenes en el momento en que se cometieron. Los expertos legales que guiaron a los jueces durante los Juicios de Núremberg se hallaron ante una tarea enormemente difícil; aún hoy existen profundas diferencias de opinión entre los abogados. Un abogado estadounidense, hermano del presidente Eisenhower, informaba: «Los Juicios de Núremberg son una página negra en la Historia del mundo… He discutido la legalidad de estos juicios con algunos abogados y con algunos de los jueces que participaron. No intentaron justificar sus acciones sobre ningún fundamento legal».
¿Qué es un crimen de guerra? Las acciones que se toman en contra de los soldados no se consideran normalmente crímenes de guerra. El concepto de crimen se refiere principalmente a acciones que se dirigen contra civiles. Estas acciones incluyen la exterminación en masa de civiles por su raza (genocidio), destrucción incontrolada de la propiedad civil, uso indiscriminado de terror contra civiles, y así sucesivamente. Más sencillamente, el Tribunal Penal Internacional, constituido en La Haya en 2002, define crímenes contra la humanidad como crímenes cometidos en un conflicto armado pero dirigido contra la población civil. Los delitos considerados criminales se revisan constantemente. Entre los últimos actos definidos como crímenes, por ejemplo, se encuentra el de violación en masa.
Sin embargo, se ha cuestionando tanto la naturaleza del crimen de guerra como la validez del Tribunal Penal Internacional como tribunal para enjuiciar a los involucrados en la guerra serbo-bosniana. Hasta ahora el Tribunal ha recibido la adhesión de 107 países. Pero algunos de los más grandes, como Rusia, China, Estados Unidos e India, han declinado dar su apoyo formal. Esto indica que la definición de crimen de guerra, y la validez de los tribunales, sigue estando en serias dudas. La crítica principal -hecha, por ejemplo, durante el juicio de Slobodan Milosevic entre 2002 y 2006- es que los juicios por crímenes de guerra son siempre políticos y, por tanto, motivados por intereses propios e injustos. Esta fue en su momento la crítica fundamental en contra del Tribunal de Núremberg, que fue visto por algunos como un tribunal partidista constituido por los victoriosos, con un propósito específico de venganza. El senador estadounidense Robert Taft hizo una famosa declaración por entonces sobre Núremberg: «Todo el juicio está marcado por el espíritu de venganza, y la venganza rara vez es justicia. La ejecución en la horca de 11 hombres será una mancha en la Historia Americana que lamentaremos durante largo tiempo».
Estas críticas también se pueden hacer al Tribunal Penal Internacional en su intento actual de juzgar a Radovan Karadzic. Ha habido crímenes contra la humanidad en todas partes del globo, sobre todo en Africa Occidental, en Camboya, en Timor Oriental y en Darfur, pero los factores políticos siempre han complicado el proceso. En el corazón del concepto de crímenes de guerra existe la idea de que unos pocos individuos son los responsables de las acciones de un país o de sus soldados. ¿Pero son realmente ellos los únicos culpables? ¿En qué fase la responsabilidad criminal de un pueblo, una cultura, un régimen y un gobierno debe reducirse a una sola persona? ¿O debería ser la misma guerra la que tendría que cargar con la culpa? Me encontraba la semana pasada esperando en el metro de Londres, cuando vi un anuncio para el Museo Imperial de la Guerra de esa ciudad. El anuncio afirmaba inequívocamente que toda guerra es criminal. Si es verdad, entonces todos los actos de guerra pueden considerarse criminales. Todas las naciones tienen las manos manchadas de sangre.
Por ejemplo, los mismos fiscales rusos que ayudaron a condenar a los nazis en Núremberg, encubrieron el hecho de que sus propias tropas habían, unos años antes, masacrado a 22.000 oficiales del Ejército polaco en el bosque de Katyn. El Gobierno ruso no admitió el crimen hasta 1990. Las guerras más inhumanas son aquellas dirigidas contra países indefensos. Muchos estadounidenses han argüido, con buenas razones, que la invasión de Irak por parte de George W. Bush fue criminal. La guerra de Bush ha sido responsable de más muertes estadounidenses que Al Qaeda en Nueva York hace siete años. Además, hay que añadir que decenas de miles de iraquíes han muerto también desde que empezó la invasión. Un abogado estadounidense que participó como fiscal en Núremberg ha declarado recientemente que «se puede presentar a Estados Unidos como culpable del supremo crimen contra la humanidad, por constituir una guerra ilegal de agresiones contra una nación soberana (Irak)». Y, por supuesto, lo mismo se puede decir de todas las acciones militares a lo largo de la Historia. Siguiendo la misma definición, si retrocedemos hasta el siglo XVI, el ataque que Hernán Cortés y sus aliados indios dirigieron contra el pueblo azteca en 1520, que provocó la masacre de más de 200.000 personas inocentes, la mayoría civiles, fue un crimen de guerra masivo. ¿Se atreven los libros de Historia a declarar la verdad sobre esto?
En la publicidad que hoy rodea el arresto de Karadzic, hay un sentimiento palpable de pública satisfacción. No hay duda alguna de los sanguinarios excesos que deliberadamente cometieron las fuerzas militares dirigidas por Radovan Karadzic y su general Ratko Mladic. Sólo hay que observar la impresionante evidencia que contiene el acta de acusación inicial que redactó Richard Goldstone contra los dos hombres en 1995, con respecto a sus actividades en Bosnia (especialmente las acciones en Sarajevo, Srebrenica y Banja Luka), para darse cuenta que los serbios se habían convertido en bárbaros. La condena de Karadzic, considerado culpable de la muerte de 20.000 personas, sería un gesto simbólico importante. ¿Pero resolverá las causas reales del sangriento conflicto en Bosnia? ¿Favorecerá que se eviten tales conflictos en el futuro?
Uno tiene la sospecha de que el juicio en La Haya será poco más que un circo romano, en el que los perseguidores intentarán aislar y destruir a la presa indefensa. Los jueces que le condenen demostrarán que han defendido a la civilización contra la barbarie. Podremos dormir mejor, esperando al próximo líder provincial, en quien sabe qué rincón del mundo, para soltarnos otra Banja Luka, otra Srebrenica. Una vez más otra gran potencia, dirigida tal vez por Obama, empezará una nueva invasión en algún lugar. Y, cuando todo haya acabado, sólo el líder provincial aparecerá ante el Tribunal Penal Internacional, y una vez más dormiremos tranquilos sabiendo que otro criminal de guerra ha sido capturado.
Henry Kamen es historiador; su último libro publicado es Imagining Spain: Historical Myth & National Identity (Yale University Press, 2008).
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La lengua: el desafío de la democracia española, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Casi todos los que participan en el actual debate sobre el idioma español -tanto los que apoyan el Manifiesto como sus críticos-, no parecen darse cuenta del hecho de que el papel social de esta lengua es un asunto que concierne no sólo a España, sino también de manera urgente al resto del mundo. Recordemos que este 2008 ha sido declarado por la Unesco Año Internacional de las Lenguas. Y según un informe de esta organización, 10 lenguas mueren cada año, y de las 6.000 que se hablan en el planeta, la mitad está ahora amenazada.
En todo el mundo, la preocupación radica en la situación de las lenguas minoritarias. Sin embargo, en España -bien conocida por ser diferente- la preocupación de muchos parece ser la lengua mayoritaria. Esto es, para expresarlo en pocas palabras, extremadamente extraño. Si estos días echamos una ojeada a los periódicos de cualquier país (yo he mirado los de India y Estados Unidos) uno no encuentra ningún manifiesto apasionado a favor de la lengua nacional dominante. Y la amenaza, si la hay, se percibe de modo distinto.
Empecemos con el caso de Francia. El mes pasado, la Academia Francesa fue noticia por protestar en contra de una propuesta de enmienda a la Constitución que pretendía conceder el debido reconocimiento a las lenguas regionales, amenazando así (según la Academia) la lengua mayoritaria. Los políticos de momento han aparcado la protesta. Y creo que hicieron bien. Porque desde el principio hasta el fin, la declaración de la Academia Francesa está llena de errores. Empieza: «Desde hace más de cinco siglos, el idioma francés ha forjado Francia». Esto es tan falso que uno se sonroja ante la enormidad de la mentira. Tan tarde como 1863 -es decir, hace sólo un siglo y medio-, un informe del Gobierno galo declaraba que un cuarto de la población no hablaba francés en absoluto, y que para la mitad de todos los escolares el francés era una lengua extranjera.
En 1870, el Estado francés no pudo reclutar soldados porque muchos de ellos no podían hablar o entender francés. En 1846, Gustave Flaubert escribía en su Diario sobre una visita a la Bretaña: «Perdemos nuestro camino; nadie habla francés». Incluso dos siglos antes, pocos franceses hablaban francés. En 1660, Luis XIV se quejaba de que en el campo fuera de París, la gente no hablaba francés. En 1500, un famoso humanista parisino se lamentaba de que «nadie hoy escribe en francés». A Francia, más allá de toda duda, no la creó el idioma francés.
El ejemplo de la Academia Francesa muestra que no podemos siempre aceptar lo que la gente inteligente dice sobre un tema emotivo como el idioma. Aparecen ficciones sobre el papel del idioma, por ejemplo, en el reciente Manifiesto divulgado en Madrid. El documento apela a favor de una única «lengua común (…), de tanto arraigo histórico en todo el país», pero omite mencionar que el «arraigo» no es «histórico» sino bastante reciente (razón por la cual la controversia sobre el tema es todavía posible) y que en los siglos de grandeza de España, durante los 300 años que van de 1500 a 1800, cerca de un cuarto de la población de España nunca empleaba el castellano como lengua propia.
Es pertinente señalar que, según el informe de la Unesco que tengo ante mí, los únicos idiomas no amenazados en España son el castellano y el catalán, ambas por lo tanto lenguas comunes de los españoles (como lo fue en tiempos también el árabe).
La historicidad de las lenguas principales de España es, naturalmente, una cosa distinta de otros dos temas, que son igualmente importantes. Algunos defensores del documento nos han asegurado que el Manifiesto «no es realmente sobre el idioma, es sobre derechos», es decir, los derechos de los españoles a elegir el idioma con el que pueden conversar o trabajar o educar a sus hijos.
Un reciente editorial en EL MUNDO ha declarado que «la imposición del catalán y otras lenguas cooficiales como vehiculares en la enseñanza es una violación de los derechos de las personas». Esta es una declaración importante y es verdad, dentro de ciertos contextos. Sin embargo, mi interés en este artículo no es de política educacional, sino sobre el otro tema, más amplio, con el cual el Manifiesto está principalmente interesado: el estatus público de las lenguas.
Por todo lo que he leído sobre él hasta ahora, la principal petición del Manifiesto es que una ley proclame el castellano como único idioma oficial de España. Vamos a reflexionar sobre este punto. Un Estado tiene excelentes motivos para tener un único idioma, como es el caso de Francia y de Estados Unidos. Personalmente, soy un inequívoco partidario de un solo idioma en un Estado. ¿Se puede imponer esta regla en España? Por supuesto que se puede. La razón de que tantas personas estén hoy confundidas, sin embargo, no es culpa de la derecha chauvinista o de la izquierda nacionalista, aunque no cabe duda alguna de que ambos grupos han contribuido a la lamentable confrontación sobre el tema. La culpa es exclusivamente de los creadores de la Constitución democrática de 1978. En las palabras de Luis Alberto de Cuenca, «las cosas se han hecho mal». La cuestión de la lengua nunca fue abordada con valentía por los que ayudaron a conducir a España fuera de la era de la dictadura. Y han permitido que la situación evolucione hasta un punto donde el idioma se ha convertido ahora en un tema conflictivo cuando no necesariamente lo es.
Debería señalarse que otros países con problemas mucho más complejos entraron en el siglo XX sin conflictos políticos sobre el idioma. Déjenme citarles el caso de India, donde crecí hablando las dos lenguas oficiales: hindi e inglés. Por razones históricas, la Constitución proclamó el hindi como el idioma estatal, pero, en la práctica, el Estado siempre ha funcionado con dos lenguas. Hay que decir que India también reconoce la oficialidad de otros 22 idiomas. Si este inmenso país puede hacerlo, ¿por qué no España?
El motivo es que la Constitución democrática pensó que había encontrado una solución en la así llamada política bilingüe, la cual toleraba (es decir, protegía) las lenguas regionales, pero les daba validez sólo dentro de cada comunidad. Esta es una política que el Manifiesto apoya. El hecho, sin embargo, es que el bilingüismo tolerado no protege las lenguas minoritarias. Déjenme citar un caso relevante. Sobre el año 1500, cuando Gales se unió a Inglaterra, casi todos los galeses hablaban galés. En 1900, después de cuatro siglos de bilingüismo, sólo el 50% hablaba galés. Y en 1990, sólo el 19%. El inglés se lo llevó todo por delante. Y lo mismo ha pasado en Cataluña. Hoy en esta comunidad uno es atendido en los juzgados, en las administraciones, en la policía, incluso en taxis, en muchas tiendas y restaurantes más en castellano que en catalán. El idioma más hablado en Cataluña, hoy, es el castellano. Eso representa más que nunca una amenaza a la supervivencia de la lengua común de los catalanes. Lógicamente, ello ha generado una política agresiva por parte de los nacionalistas catalanes, que apuntan que la suya es una «lengua común» internacional, con exactamente los mismos derechos que el castellano, y no es una simple «lengua de autonomía».
La política del bilingüismo regional, resumiendo, no funciona en ningún país. Merece la pena observar que la Unesco este año ha incluido el euskara entre las lenguas europeas amenazadas de extinción. Los expertos internacionales sugieren que sólo la discriminación positiva a favor de una lengua minoritaria puede ayudarle a sobrevivir. La actitud de protección y tolerancia que adoptó la Constitución de 1978 es a todas luces inadecuada. La cuestión, que el Manifiesto en mi opinión no trata adecuadamente, es cómo se pueden garantizar los derechos de las lenguas minoritarias en España sin que la lengua mayoritaria las haga desaparecer.
Por supuesto, hay muchos que piensan que las lenguas minoritarias se deberían eliminar. Esto te trae a la memoria a Unamuno, vasco de origen y conservador en su tendencia política, quien se mostraba como enemigo acérrimo de las amenazas al idioma de Cervantes. Recomendaba que se eliminara el idioma catalán y predecía la «muerte inevitable» del euskara como lengua. Es interesante que el signatario más destacado del Manifiesto, Mario Vargas Llosa, siga una línea muy parecida a aquélla de Unamuno. Hace algunos años sugirió que los indígenas de Perú deberían «renunciar a su cultura, a su lengua, a sus creencias, a sus tradiciones y usos, y adoptar la de sus viejos amos», los españoles. La explicación que dio por esta radical proposición fue que «el ideal de la preservación de las culturas primitivas de América es una utopía incompatible con otra meta más urgente: el establecimiento de sociedades modernas». No es sorprendente que el nombre de Vargas Llosa encabece el Manifiesto.
En suma, una de las grandes equivocaciones de la democracia española fue no solucionar el tema del idioma desde el principio. El problema todavía sigue, pero no se puede resolver proclamando que el idioma mayoritario es la única posible «lengua común». Como explicó Gregorio Mayans en su obra Orígenes de la lengua española (1737): «Por lengua española entiendo aquella lengua que solemos hablar todos los españoles cuando queremos ser entendidos perfectamente unos de otros». El castellano es «común» exclusivamente en este sentido, que es muy correcto y también muy histórico.
Henry Kamen es historiador. Su última obra publicada es Los Desheredados. España y la Huella del Exilio (Aguilar).
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El Dos de Mayo y el ‘descubrimiento de España’, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Gloriosos, gloriosos castellanos! ¡Que la victoria corone vuestros nobles esfuerzos!» Estas no son las palabras de un castellano nacionalista del siglo XIX sino las de una poetisa inglesa de 15 años del mismo periodo, Felicia Hermans, que nunca había visitado España pero que estaba inspirada por lo que había oído sobre los acontecimientos de mayo de 1808 en Madrid.
Su poema nos recuerda que en todas las actividades dedicadas estos días a celebrar los 200 años de los acontecimientos de aquel Dos de Mayo, algo muy importante podría quedar olvidado. Para muchos españoles, los sucesos de Madrid iniciaron algo históricamente significativo pero también en gran medida mítico, al que dieron el nombre de Guerra de la Independencia. Las celebraciones este año conmemoran un acontecimiento que parece ser exclusivamente español, pero no fue así; sabemos, por ejemplo, de la magnífica contribución de los ejércitos de Wellington, en cuyas fuerzas sirvieron como oficiales los hermanos de Felicia Hermans. El Dos de Mayo tuvo muy amplias implicaciones. Y ayudó a que Europa entendiera a España. Por esa razón podemos llegar a ver el Dos de Mayo como la fecha efectiva del descubrimiento de España. ¿Vale la pena celebrar ese hecho?
A los españoles les gustan las fiestas, pero no siempre son los primeros en inventar las conmemoraciones que les afectan. Deberíamos recordar que España no inventó la celebración del 12 de octubre como el Descubrimiento de América. Lo hicieron los estadounidenses. En 1910, el 12 de octubre ya se había convertido en un día festivo en EEUU ampliamente difundido, celebrado por los italianos para recordar al descubridor genovés Cristóbal Colón. Aun hoy esa fecha en Estados Unidos es exclusivamente italiana, no hispánica.
Sólo más tarde, en 1912, un grupo de españoles en la capital gaditana, durante las celebraciones por el centenario de las Cortes de Cádiz, propuso que el 12 de octubre fuera declarado un día festivo de alcance nacional. Casi en paralelo, la República Dominicana adoptó la versión estadounidense de la festividad y comenzó a celebrar el Día de Colón. España se quedó atrás en la celebración de un día que muchos españoles hoy creen (erróneamente) que es genuinamente español.
¿Serán los españoles, de la misma manera, tardos para reconocer el importante significado internacional del Dos de Mayo? La descripción habitual que hoy se aplica a la guerra contra Napoleón, Guerra de la Independencia, no tiene sentido, ya que nada se hizo independiente en esos años, y España no llegó a ser una nación unificada. Escucharemos muchos discursos orgullosos este año, pero reflejarán un aspecto introspectivo que imagina que los españoles lo hicieron todo solos, que establecieron su propia identidad y que se convirtieron en gente libre. Todo eso es pura ficción, pero poco pueden hacer los historiadores para disuadir a los políticos de que celebren ficciones. Los españoles consiguieron mucho, pero también lo hicieron con la ayuda de otra gente. Reflexionemos por un momento sobre el hecho de que el Dos de Mayo puso en movimiento acontecimientos que permitieron que España recibiera la atención del mundo exterior y crearon un verdadero descubrimiento de lo que España podía significar.
Los sentimientos de la poetisa Felicia Hermans eran sólo el comienzo de una potente ola de interés que causó que los europeos entendieran de pronto que la España olvidada poseía recursos -históricos, culturales y humanos- dignos de atención.
El sin fin de exiliados que huyeron de España en aquellos años, huyendo de la ocupación francesa o de la violencia de su propia gente, ayudaron a llevar a otras partes de Europa el conocimiento de la cultura de la Península. Podemos elegir un ejemplo simbólico, el casi olvidado cantante Manuel García. Cuando los franceses ocuparon España, dando comienzo a una década de turbulencias, Manuel y su familia decidieron huir y fueron a parar a París, la capital mundial de la música, donde el artista empezó a adquirir fama europea cantando ópera italiana. Tres años después, la familia se trasladó a Nápoles, donde Manuel entabló una amistad íntima y duradera con el joven compositor Rossini, que escribió El barbero de Sevilla para la voz de Manuel.
Después, la familia García fue a Estados Unidos. En noviembre de 1825, pocos días después de su llegada a Nueva York, los García representaron El barbero de Sevilla de Rossini. Así que, por primera vez, un tema enraizado en la cultura española llegaba a EEUU. Y la ilustre audiencia contaba con la presencia de nadie menos que José Bonaparte, anterior rey de España (que se había trasladado a Nueva Jersey después de su abdicación).
Con las expulsiones de las décadas iniciales del siglo XIX se originó una tendencia de apertura de la Península a la mirada extranjera. Los británicos estaban fascinados con el pasado árabe de España. Estando en la Península, el artista inglés G. A. Wallis escribió en 1808 las siguientes líneas a un amigo en su país natal: «Si tuvieseis tiempo y capacidad para soportar los horrores de viajar por España, os merecería la pena visitar este país». Dijo que había descubierto a «Velázquez, Alonso Cano, el Greco, sin duda artistas de primera categoría, desconocidos fuera de España». Muchos otros sintieron la misma sorpresa al descubrir aspectos desconocidos del país. «Me siento a gusto en España», confesó en 1815 el ensayista Charles Lamb al laureado poeta Southey. Robert Southey, autor del poema Rodrigo, el último de los godos, ambientado en la España medieval, dominaba el español, había viajado por la Península y tradujo la novela de caballerías Amadís de Gaula. Aquella década, Scott, Byron y Wordsworth se interesaron por la España medieval. Lord Byron realizó una breve visita a Andalucía en 1809 y concedió a España un lugar prominente en su poema narrativo Childe Harold’s Pilgrimage (1811). La situación política española, así como la solidaridad con los exiliados por su condición de aliados contra la Francia napoleónica, favorecieron la valoración de la civilización peninsular y estimularon la creatividad inglesa.
Fueron aquellos años en que los extranjeros descubrieron la magnificencia de la arquitectura árabe y romana de España, descubrieron la desatendida Alhambra, reflexionaron sobre El Escorial, se deleitaron (como lo hizo Byron) con la belleza de las jóvenes españolas y descubrieron el folclore de las melodías de la Península. El país ibérico era una fuente inagotable de materiales imaginativos para la cultura británica, y también para la francesa y la alemana. Y la proyección de la música fue del mismo modo impresionante. Algunos compositores de la primera etapa de la música seria europea, como Boccherini y Scarlatti, y otros de periodos más tardíos como Glinka, Strauss, Rimsky-Korsakov (Capricho español), Debussy (Iberia) y Ravel (Bolero), se inspiraron en la música española. Además, nació en el género operístico una tradición curiosa, la de situar en España, y particularmente en Sevilla, el escenario de la acción: Carmen, de Bizet; El barbero de Sevilla, de Rossini; Don Giovanni, de Verdi; El trovador, de Verdi; Fidelio, de Beethoven; todos se ambientan en la ciudad andaluza.
Incluso los pequeños rincones de Europa se deleitaban con las maravillas de España. En Irlanda también hubo un Descubrimiento de España. La escritora Alicia Le Fanu produjo su novela Don Juan de las Sierras, en que combinaba ecos románticos de España con temas nacionalistas irlandeses. James Clarence Mangan, considerado como el poeta nacional de Irlanda, se inspiró en la lucha española por la libertad para reflexionar sobre sus conexiones con el espíritu irlandés. Unos pocos años después, otro escritor, Charles Duffy, se inspiró en la historia del Cid para hacer comparaciones con Irlanda sobre la lucha por la libertad.
La lucha contra los franceses, en otras palabras, animó a los europeos e incluso a los americanos a visitar un país que parecía dormido y estéril pero que ahora estaba desafiando la omnipotencia de Napoleón, el conquistador de Europa. Escritores, poetas, artistas, figuras políticas vinieron a la Península y descubrieron riquezas de las que nunca habían sospechado. Por primera vez desde el siglo XVI, figuras intelectuales de fama mundial se dedicaban a escribir la historia de España. Fue un auténtico descubrimiento. ¿Quedará todo ello sin reconocimiento? ¿Se limitarán las celebraciones a interpretar de una manera reducida y nacionalista los acontecimientos que tienen un carácter verdaderamente internacional? Necesitamos reconocer que el valor de la lucha por la libertad tuvo consecuencias que se extendieron más allá de las limitadas perspectivas de un nacionalismo yermo.
Henry Kamen es historiador británico, su último libro en español es Los desheredados. España y la huella del exilio (Aguilar).
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