Reggio’s Weblog

El arte de la cosmética necrológica, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Cultura, Historia, Memoria, Sociedad by reggio on Mayo 10th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

En España los muertos, si son ilustres, alcanzan casi la beatitud. Nosotros no hacemos obituarios, nosotros canonizamos. Nuestro respeto a los muertos, en contraste con el desprecio con el que frecuentamos a los vivos, es tan atávico y religioso que no nos importa mentir, con tal que la figura quede entronizada en nuestro paraíso histórico. Por supuesto es un ritual que apenas dura unos meses y sólo limitado al qué dirán. ¿Quién tiene la mala entraña de hablar mal de un difunto en público? De poco vale que usted ose decir que no se trata de hablar mal ni bien sino tan sólo de respetar la biografía del difunto y explicar su legado a quienes no le conocieron, o le conocieron poco. Zarandajas. Un muerto ilustre es un bien colectivo que se reparten sus coetáneos en forma de loas. Confieso que no me agrada escribir sobre fallecidos que no estimé en vida, pero a veces sucede que uno se queda paralizado ante la desproporción del elogio. Les parecerá una exageración, pero en lo que respecta a los muertos y las necrológicas no creo que hayamos cambiado mucho desde la época de los Austrias. Aún recuerdo el fallecimiento de Jesús Polanco, conocido empresario de los medios de comunicación, del que sabía un poco. Esa obligatoriedad de que todos y cada uno de los empleados aporten su óbolo de agradecimiento en forma de artículo me parece una desmesura, amén de cierto desdén a los lectores. Bastaría decir que si fuera estrictamente cierto todo lo que se ha escrito sobre él, en vez de rico hombre de negocios hubiera tenido que optar por el priorato de un cenobio, cosa que, con muy buen criterio hacia sus habilidades, él no escogió.

Está pasando algo entre nosotros que o corregimos o nos metemos en una charca que liquidará el periodismo. ¿Cuánto dura la autenticidad de lo que escribimos? ¿Hacemos artículos para que no se crean y otros para que sí? ¿Ponemos alguna señal para que el lector descubra cuándo vamos en serio y cuándo se trata de una obligación social? ¿Y a qué llamamos obligación social en periodismo? Reconozco que me crispa las meninges cuando leo que cualquier personaje de sinuosa historia se convierte, la noche misma de su muerte, en un dechado de virtudes, modelo generacional. Me ocurrió ya en algunas ocasiones concretas. Llevo trabajando desde hace tiempo en la biografía completa de Adolfo Suárez -Ambición y destino-, sobre el que ya escribí un libro cuando era presidente del Gobierno en el que abarcaba su trayectoria sólo hasta la primavera de 1979. Y en estas estaba cuando se muere Leopoldo Calvo-Sotelo. Puedo decir con conocimiento de causa que es necesario hacer un esfuerzo para descubrir algo que tenga que ver con su personalidad y su trayectoria política entre las páginas necrológicas que he leído hasta ahora. Nadie le puede discutir a Leopoldo Calvo-Sotelo una cierta discreción en situaciones que a cualquier otro político le hubieran significado el ludibrio de por vida. Entró en la política como una posibilidad y salió de ella tras un fracaso espectacular que hubo de asumir casi en solitario, cuando la verdad es que repartiendo culpas y responsabilidades, la suya no era la mayor. No estoy inventando nada ni diciendo algo nuevo, él mismo lo escribió en un libro -Memoria viva de la transición- al que en su día dediqué un artículo en La Vanguardia -junio de 1990- que titulé “Retratos de familia tras la quiebra”.

Huérfano desde los siete años, sobrino del protomártir don José, activo militante de las Juventudes Monárquicas, nacionalcatólico medular con el aditamento de casarse con una hija del inventor del nacionalcatolicismo, el inolvidable ministro de Educación Nacional Ibáñez Martín. Padre de ocho hijos, se dedicó más que a su carrera de ingeniero de caminos al mundo de la empresa y la finanza, hasta su incorporación, casi cincuentón, al gobierno de Arias Navarro dentro del paquete de promociones sugeridas por el Rey para preparar la transición y encontrar al hombre que la facilitara: Alfonso Osorio, Marcelino Oreja, Adolfo Suárez y Leopoldo, ministro de Comercio, todos casados con hijas de ministros de Franco, menos Suárez, que era de Ávila. Su papel entre las familias que formaron aquel eficaz engendro que se llamó la Unión de Centro Democrático fue importante pero secundario. Fiel gregario entre los democristianos conservadores (su querencia natural) y la atención al mando único que representaba el presidente Adolfo Suárez. Tan es así que cuando las cosas se pusieron imposibles para Suárez y hubo de dimitir, no encontró sucesor mejor que Leopoldo; hubiera preferido a Rodríguez Sahagún, pero lo adoptó el propio presidente recién dimitido en la creencia de que, como suele decirse, le calentara la silla mientras volvía.

Hay que decirlo todo porque si no engañamos a la gente, cada vez más crédula y desinformada. Leopoldo Calvo-Sotelo fue presidente tras una elección en la cúpula de UCD en la que participaron diez personas y teniendo como urna un cenicero donde cada cual depositó su papelito. Seis le votaron a él y así fue como este hombre inició su accidentada carrera a la presidencia. La selectiva memoria de Jordi Pujol en el artículo necrológico que le dedica -”Referente de la transición”- afirma que en un ejercicio de responsabilidad le votó el grupo de CiU en el Parlamento. Sí, pero con un pequeño detalle, lo hizo inmediatamente después del golpe de Estado, que nada casualmente se acometió el lunes, 23 de febrero, durante la segunda votación, porque la primera, la del viernes 20 de febrero, no obtuvo ningún apoyo, y menos de CiU, que igual que todos los otros grupos lo consideraban un candidato impresentable. Y así fue como empezó la efímera presidencia de Calvo-Sotelo, que a pesar de su frágil legitimidad tuvo intención de terminar la legislatura y llegar hasta marzo de 1983, de no ser porque los tres tenores del gobierno -Pío Cabanillas, Martín Villa y J. J. Rosón- le convencieron de que la cosa no daba más de sí. Eso sin contar las deserciones en su partido, la UCD, hacia la derecha -Herrero de Miñón y Ricardo de la Cierva-, y hacia la izquierda, Fernández Ordóñez, su ministro de Justicia, que sacó a pedazos la ley de Divorcio que él no aprobaba. La única decisión que sí adoptó, y tengo serias dudas tanto de su oportunidad como de su derecho a comprometernos entonces en tal opción estratégica, fue el ingreso de España en la OTAN. Respecto al juicio a los golpistas militares y civiles del 23-F, corramos por ahora un tupido velo.

Acabó su carrera política barrido por las urnas en octubre de 1982, junto al inefable Landelino Lavilla y otros referentes de la transición -por utilizar la plástica imagen pujoliana-, en uno de los fracasos políticos más singulares de nuestra historia; siendo presidente del Gobierno y número dos de la lista por Madrid no salió ni siquiera diputado. Había leído y disponía de una cultura, hablaba idiomas, estaba viajado y tenía ese inconveniente de las personas con conocimientos en un mundo de improvisadores, como es la clase política española en general, y es que daba en pedante. Y el halo de presidente, por más que lo hubiera sido de rebote y con cenicero, subió el alto concepto que tenía de sí mismo hasta alcanzar cotas cómicas. Una de las cosas más divertidas que se han escrito en los delirantes artículos necrológicos es que con él murió “un virtuoso” del teclado. Todo nació por una foto de campaña en la que Calvo-Sotelo posaba ante el piano blanco de su casa. Él mismo confesó que no lo tocaba desde hacía tropecientos años y que nunca se había distinguido por hacerlo bien, lo cual no obsta para que fuera el único presidente melómano de la historia de España, repúblicas incluidas. No creo que nunca en nuestra historia hubo nadie en el poder que gustara de la música desde el siglo XVI -no me refiero a esposas de reyes y gobernantes-, fuera de la inclinación atribuida a Carlos V por la hermosa pieza Mille regrets; referencia que a lo mejor se inventó algún afanoso historiador. A Leopoldo, en los últimos años, le dio por querer ser académico de la lengua y no lo consiguió. Hombre lento de reflejos no percibió que la Real Academia de hoy está destinada a los nuevos referentes de la transición. Descanse en paz, porque estoy seguro de que no era un mal hombre pese a que fue un mediocre gobernante.

Addenda. Ayer apareció en La Vanguardia una desaforada carta al director con insultantes referencias mías a Baroja, Benedetti y otros. Basta leer el libro sobre Rafael Barrett -Asombro y búsqueda de Rafael Barrett- para saber qué es lo que escribí yo y quién es Francisco Corral.
Gregorio Morán

FRANCISCO CORRAL - Río de Janeiro

Gregorio Morán me cita con nombre y apellidos en las páginas de La Vanguardia del 3/ V/ 2008 diciendo que le insulto. Es lamentable que un periodista abuse de su espacio para dirimir sus cuestiones personales. Y da pena que quien descalifica e insulta constantemente en sus escritos se sienta ahora tan sensible a la crítica ajena.

Como botón de muestra, cito un párrafo de Morán en el libro al que hace referencia: “La impunidad de la inteligencia académica española constituye una atrocidad cultural sin remedio; se podría decir que son los únicos criminales intelectuales a quienes corresponde el privilegio de decidir sobre la categoría de sus víctimas” (página 59). Resulta cómico que Morán tenga la desfachatez de insultar de “criminales intelectuales” a todo el mundo académico español, y luego pretenda adoptar una actitud victimista y llorona quejándose de que le insultan cuando le responden.

El libro está lleno de joyitas del mismo calibre: A Pío Baroja lo trata de “impostor”, “mediocre”, “cafre”, y de “maldad”. A Mario Benedetti lo tacha de “retórica mediocridad” y de haber hecho “más mal aún que los regímenes gorilas”, injurias que lanza también contra Daniel Viglietti. A Santiago Alba Rico lo acusa de “ignorancia imaginativa”, “farfolla”, “desgana”, “pedantería de la indolencia”, “vagancia”, “interpretación sesgada” y de “manipulador”. A Vladimiro Muñoz lo trata de “patético”, de “biógrafo asilvestrado” y de que “su cultura está en la franja que marca la voluntad de pasar del analfabetismo a manejar conceptos que no entiende”. A Enrique Marini lo llama “filisteo” y lo acusa de “desvergüenza”.

Pero lo peor no son los constantes insultos a personas, lo peor es que el propio libro es un insulto a la inteligencia, al rigor y a la honestidad intelectual; un compendio de disparates, errores e imposturas. Ahí va el enlace con mi crítica en detalle, que ha molestado a Morán: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=63063

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Paraguay, Barrett y las gallinas, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Literatura, Política by reggio on Mayo 3rd, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Admito que estoy del señor Obama y de la señora Clinton hasta la coronilla. Debemos ser uno de los países punteros en el seguimiento de la campaña electoral norteamericana y la verdad sea dicha que no encuentro razón alguna para hacerlo. No logro dar con la pasión electoral de los ciudadanos españoles en los caucus o las primarias, en Wisconsin o Pensilvania. Sé que habré de sufrir desgraciadamente las consecuencias de cualquiera que sea presidente de EE. UU. y que preferiría a un negro a esa señora frígida o al anciano reaccionario lleno de medallas, pero no entiendo muy bien ese furor paleto por algo que no depende de nosotros en ninguna medida y con el añadido de que la inmensa mayoría de lectores no tiene ni zorra idea ni de dónde cae el estado de Vermont, no digamos ya Wyoming.

Lo que son las cosas; aún estoy esperando el resultado de las elecciones en Paraguay una vez escrutado el cien por cien.

Y lo que es más llamativo, que alguien me explique algo sobre los siete partidos que al parecer forman la coalición Alianza Patriótica por el Cambio (APC) que ha llevado a la victoria a un tipo tan singular como el obispo católico Fernando Lugo, en un país donde hay minorías religiosas que controlan buena parte de su economía; la esposa del presidente saliente, el ultraconservador Duarte, pertenece a una de ellas.

No es que compare el humildísimo Paraguay con la primera potencia del mundo, pero desde que los diarios escritos han empezado a hacerse para gente con pretensiones me siento como parroquiano de un casino de provincias. No es grano de anís haber roto con siglos de corrupción y vasallaje político. No se trata sólo, que ya es mucho, con retirar del poder al Partido Colorado tras 61 años de monopolio, incluida la dictadura del generalísimo Alfredo Stroessner (1954-1989), sino que rebuscando en la historia de ese país, con escasa población pero casi tan grande como la España peninsular, no creo que haya posibilidad de encontrar un gobierno decente, simplemente decente, en toda su historia moderna. Al fin aparece uno, o el proyecto de uno, y no lo consideramos como el milagro democrático que es.

Encajonado entre dos grandes países, como Argentina y Brasil, que lo sablearon a modo desde que dejamos de hacerlo los españoles, ha pasado por todo. Y nada bueno. Siento hacia Paraguay una querencia, no sé si malsana, desde que un día me despedí de unos amigos en Buenos Aires que aún no daban crédito a qué se me había perdido a mí en Asunción. El desdén, por no decir el desprecio, de los argentinos en general y de los porteños en particular hacia Paraguay y los paraguayos es algo que quizá esté enraizado en la historia y la leyenda. No creo que existan países con suerte, porque las sociedades son lo que son y están formadas siempre por un puñado de afortunados y un montón de gente sin fortuna, pero sí considero que hay pueblos con mala suerte: aquellos que siempre les ha tocado el lado malo de la historia. Paraguay podría considerarse un paradigma.

Ni siquiera de la diáspora de la inteligencia española, que sucedió a la guerra civil y que regó con éxito toda la América de habla hispana, el único país que no recibió nada, lo que se dice nada, fue Paraguay. Hasta la República Dominicana del asesino Leónidas Trujillo tuvo egregios emigrados españoles. En el Paraguay la única huella española notable y digna en el campo de la cultura lo constituyó una mujer, la tan ninguneada Josefina Pla, que había llegado al país antes de la guerra y gracias a su matrimonio con el artista paraguayo Julián de la Herrería. Para mayor sarcasmo, Franco envió como representante de la inteligencia hispana a uno de los golfos más notables de nuestra singular fauna cultural, Ernesto Giménez Caballero, un pirata verborreico que tuvo la fortuna de sobrevivir a todos los gobernantes a los que aduló del modo más lacayuno, desde Primo de Rivera padre, Primo de Rivera hijo, Azaña, Mussolini, Franco, Hitler, Franco de nuevo y muchas veces, Stroessner, y me olvido premeditadamente de un puñado.

La gran aportación española a la cultura paraguaya fue la de un personaje singular, apenas conocido en España hasta fechas muy recientes, que llegó a Paraguay el 24 de diciembre de 1904, tras una azarosa peripecia en Madrid que le llevó al destierro voluntario. En apenas cinco años se convertiría en la principal figura de las letras paraguayas -Roa Bastos dijo de él que había enseñado a escribir a los literatos paraguayos-. Me estoy refiriendo a Rafael Barrett (1876-1910), en mi opinión el escritor de artículos más importante de nuestra literatura, después de Larra. Yo descubrí a Barrett poco antes de descubrir Paraguay donde no había estado en mi vida y del que apenas había oído hablar más allá de las aventuras jesuíticas. Lo conté en una sabatina hace ahora cinco años. Y lo hice a propósito de una antología de artículos que acababa de aparecer en una modesta editorial -La Dinamo- con el brillante título A partir de ahora el combate será libre, con un prólogo voluntarioso de Santiago Alba Rico.

Ahí empecé una aventura que me llevó varios años y que habría de tener varias consecuencias. La primera, gozosa, un librito que publicó Anagrama el año pasado -Asombro y búsqueda de Rafael Barrett-que hasta el día de la fecha ha tenido esa acogida común que se reserva a los libros en España cuando uno tiene la reiterada costumbre de ir haciendo amigos en cada página que escribe. O lo que es lo mismo, sorprendido por algunos artículos entusiastas de personas a las que respeto, y también cachazudo ante el imperturbable y correoso mundo de los críticos de oficio, ese silencio rumoroso al que uno se acostumbra -”¡de Morán, en este suplemento, ni una línea!”, como afirmó la responsable cultural de un diario capitalino, liberal por supuesto. “No viene de un día”, como dirían en Catalunya si fuera posible traducir la expresión.

El intento más ambicioso aparecido en España sobre Barrett era obra de un licenciado adscrito hace años a la embajada española en Paraguay, Francisco Corral, que descubrió en Asunción al autor español. A él dedicaría su tesis doctoral, aparecida luego en forma de libro -El pensamiento cautivo de R. Barrett ¡ha escrito hasta al director de La Vanguardia, insultándome!- con la intención, imagino, de que nadie descubra el conjunto de perlas que yo describo de este pobre tipo, al que ni conozco ni tengo nada contra él, salvo denunciar su desfachatez de convertir a Rafael Barrett en lo que este más hubiera despreciado: ser pasto de funcionarios con trienios.

Pero esto es anécdota. Lo fundamental está en la singularidad de nuestra cultura y de nuestro manejo de la información. Ningún país de nuestra área tiene las lagunas que nosotros aún mantenemos. ¿Alguien se imagina la incorporación de Rafael Barrett a los manuales de nuestra literatura, o de nuestro periodismo, o de nuestra cultura general? ¿Sería posible mostrar que para nosotros es tan importante, o más, la información sobre Latinoamérica que la campaña electoral de EE. UU.? Ahí está la vinculación entre los dos fenómenos sobre los que merece la pena detenerse, Paraguay y Barrett. Porque van en el mismo lote. El desdén por lo real y la pasión por el espectáculo.

¿Y las gallinas? Nadie describió el instinto de propiedad del nuevo rico como Rafael Barrett en un brevísimo relato, prodigioso en su sencillez. Se titula Gallinas y es tan actual que podría considerarse una provocación. Somos consumidores de basura a precio de oro.

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La variada murga del 68, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Política by reggio on Abril 26th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Cuando toca un año con final en ocho y se acerca el mes de mayo, corresponde echar mano de la evocación. París, Barrio Latino, adoquines, y eslóganes muy ajados por el uso. Recuerdo que el primer aniversario ya me llamó la atención quizá porque siempre he sido sensible a la melancolía, pero tengo auténtico pavor a la nostalgia, esa hermana menor y golfa de los malos escritores y los timadores de la historia. La melancolía es un virus inquietante que suele prender en gente orgullosa y tímida, mientras que la nostalgia es tramposa y puta, trabaja por dinero y sirve igual a pobres que a ricos. Por eso mayo de 1968 debería incluirse en los test de inteligencia de cualquier profesional español mayor de cincuenta y cinco años. Pero no con una intención sana y noble, sino al contrario, como una pregunta irónica que consintiera al encuestado unos gramos de entusiasmo imaginario. Conozco a tres o cuatro profesores, españoles por supuesto, auténticos profesionales vivenciales de mayo del 68.No estuvieron en París por esas fechas pero gozan de la patente y llevan viviendo de ella desde noviembre de 1975, que murió Franco y empezamos a retocar los currículos. Los españoles que participaron en los movimientos del mayo parisino están censados. Y si hay alguna duda, deben consultar a José Luis (el asturiano de los títeres) o a Kiko Espresate (el cámara catalán que trabajaba para la ORTF).

He tenido la curiosidad de ir coleccionando los aniversarios españoles de mayo del 68 y puedo asegurarles que constituyen un notable acercamiento a la evolución o involución de la izquierda española posfranquista. El de 1978 fue soberbio. Después de tantos años conviviendo con el cólera se concedía el derecho a que cada cual manifestara sus sueños sin pagarle al psicoanalista. Fue un auténtico maremoto de recuerdos ficticios y de entusiasmos demorados. España entera estaba surcada de jóvenes sesentayochistas que habían iniciado un proceso irrepetible, parecido al que simbolizan los futbolistas cuando cuelgan las botas o los toreros al cortarse la coleta. A este gesto cansino y desolado se denominó desencanto.Coincidió con la liquidación por cierre del negocio de una pléyade de revistas teóricas y de grupos radicales cuya caracterización fundamental se centraba en el antiburocratismo yel antirrevisionismo.Buena parte de este personal, hasta entonces audaz y temerario, se hizo funcionario del Estado y vivió esta paradoja sin demasiados desgarrones, con naturalidad. En el primer aniversario español del mayo parisino latía aún la llama de la retórica revolucionaria, aunque fuera en forma de cerilla. ¡Ay, aquella Constitución que estaba alumbrándose entre pañales de consenso, cuánto desdén! Pero la verdad es que empezábamos a pensar en nuestro futuro independientemente del futuro de la humanidad; algo hasta entonces inaudito.

La de 1988 ya fue otra cosa. El PSOE llevaba gobernando casi seis años y entonces se llevaba la Ilustración. Todo dirigente de la izquierda recién amalgamada bebía de la Ilustración. Estaban formando al pueblo y eran los años felices de descubrirnos occidentales, europeos y atlantistas, eso sí, con un fondo de música de Mahler, el mítico adagietto. Los homenajes y recordatorios al mayo francés se abrieron de horizonte, y apareció como en un fresco histórico lo de Praga y la matanza de México, fundamentalmente. Empezábamos a globalizarnos sin saberlo. Pero aún se mantenía enhiesto el pabellón de la retórica revolucionaria. La traición del PSOE, se decía, no barrería nuestras creencias primigenias. La masa crítica, ya convertida en funcionarios del Estado de por vida, se esforzaba por imaginar alternativas. Los árboles de las oposiciones no impedían ver el bosque de la revolución. Lenin -me acuerdo muy bien, porque apareció citado como autoridad aún inmarcesible- no era más que otro ilustrado revolucionario. ¿Quién iba a imaginar que faltaba un año para que cayera el muro de Berlín y se viniera abajo el último telón de la farsa?

Cuando se festejaron los treinta años del 68, en España gobernaba José María Aznar, y un buen puñado de sus asesores y amigos y comilitones habían sido sesentayochistas de regadío. En 1998 los currículos ya habían sufrido tal transformación que nada parecía lo que había sido. Es verdad que el mundo, como muy bien decía La Internacional,había cambiado de base y los nada de ayer todo habían de ser. Y vaya si lo eran. Cohn-Bendit ejercía de parlamentario con unas concepciones dignas de un liberal británico, André Glucksmann no sólo había dejado de ser maoista, sino que interpretaba como una ofensa que alguien se lo recordara, Benny Lévy-Victor Pierre, el mítico líder de la izquierda francesa más radical, el de las hazañas bélicas de mesa camilla con Jean-Paul Sartre, había pasado de aprobar que un comando palestino liquidara a los deportistas israelíes durante los JJ. OO. de Munich a rabino fanático y ultrasionista.

Si esto era así para las vedettes del mayo parisino, qué decir de aquí, donde había una competencia de impostores y conversos. Siempre me he preguntado cómo debían de ser los encuentros de Aznar con aquellos talluditos representantes de la revolución, ahora empleados públicos. ¿Qué debía de pensar de ellos un hombre que había saltado de José Antonio Primo de Rivera, su fuente formadora en la primera transición, a Karl Popper? En definitiva, se trataba de competir, a ver quien exhibía un triple salto más espectacular.

Cuando alguien reflexione sobre las involuciones ideológicas españolas del 68 al 2008 probablemente no encuentre paralelos en ningún otro periodo histórico. Es verdad que Unamuno fue socialista un par de años y Ortega y Gasset un par de meses, pero mantuvieron cierta coherencia reflexiva que se podía seguir paso a paso, sin conversiones fulminantes ni excentricidades ideológicas.

Es muy difícil trazar el relato de nuestra inteligencia desde el 68 hasta el zapaterismo. Difícil y arriesgado, casi temerario. Porque a nosotros nos empieza a pasar algo que caracterizó los tiempos más duros del estalinismo, y lo estamos viviendo en un régimen democrático y con libertades básicas. Y es que nuestro pasado no cesa de cambiar.

Bastaría con ir registrando los artículos conmemorativos de mayo del 68 en los sucesivos aniversarios, escritos por las mismas personas, para que un relato así se convirtiera en una provocación. Es más, si alguien se propusiera una crónica de cómo era España en mayo de 1968, incluido el hecho más resaltado ahora, el recital de Raimon en la facultad de Económicas de Madrid -de cómo se montó, de quiénes participaron, de qué consecuencias tuvo y de cómo reaccionaron las más variadas personas, muchas de las cuales figuran hoy como protagonistas de la vida social, política y cultural-, sencillamente no podría hacerlo. Muchos lo considerarían una ofensa a personas e instituciones. Bastaría con decirles que posiblemente lo más trascendental de aquellos días se redujo al nombramiento de un tipo simpático, que respondía al nombre de Adolfo Suárez, como gobernador civil de Segovia. Fue en los primeros días de junio y se estrenó inaugurando un restaurante que unos meses más tarde se desplomaría y causaría 52 muertos y 300 heridos; lo había construido un mafiosillo de tres al cuarto que se llamaba Jesús Gil y Gil.

El aniversario del mayo francés que corresponde a este 2008 tiene algo de fantasmagórico. Estoy seguro de que en el hipotético caso de que un joven cometiera la temeridad de leerse las cosas ya aparecidas, y las que con toda seguridad aparecerán, no entendería nada. Es verdad que pensábamos que se abría un ciclo nuevo y resultó que se cerraba uno viejo; creímos ser vanguardia y éramos epígonos.

Pero de todas las cosas de las que uno tiene que arrepentirse, quizá no sea esa una de ellas. Si hubiera que poner un epitafio digno para que la murga del 68 no siga ese proceso de mutación en lo contrario, bastaría con limitarnos a citar aquel verso del poema XX del Neruda enamorado. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

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La pedagogía social del miedo, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Derechos, Internacional, Justicia, Libertades, Política by reggio on Abril 19th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Paremos un momento el reloj de la costumbre y detengámonos a pensar en lo que estamos haciendo. Comencemos la secuencia. Acabo de llegar al aeropuerto y me coloco en la fila de facturación. He de pensar en el peso; me excedo o me quedo corto. No sé si el equipaje de mano me traerá problemas. ¿El frasco de la loción? Las maquinillas del afeitado ¿están permitidas? ¿Y la colonia? ¿Tiene el tamaño correcto? El agua mineral debo comprarla después de pasar los controles. ¡Los controles! Quítate la ropa -menos el pantalón y la camisa-, incluido el cinturón y probablemente -depende del día que tenga el segurata- también los zapatos. Y si aprecia un gesto esquivo, entonces te tocará los testículos, con guantes o con un cacharrillo que emite los sonidos de un perro de juguete. Pero te los toca, y el culo y todo tú entero, lo que le dé la gana, y no se te ocurra decirle que te parece una humillación, porque con toda probabilidad perderás el vuelo, y te hará saber de primera mano que allí tú eres un siervo, que debes estar callado, que por tu condición de esclavo de la modernidad más absoluta, es decir, viajar en avión, no tienes más remedio que aguantar y callar, y si quieres ejercer el derecho al onanismo -es decir, protestar- tienes unas hojitas de reclamaciones con las que sacarán brillo a los zapatos los empleados de la sección de atención al cliente.

Pero lo más alucinante aún no ha llegado, porque usted está pensando en que su equipaje de mano no le llame la atención al tipo que lo observa en la pantalla, y que la chica que le ha pedido que extienda los brazos para pasarle el aparatito por todo el cuerpo, y sin rechistar, no dé otros pitidos que aquellos que puedan explicarse. Llevo tirantes, tengo una prótesis metálica, me gusta llevar una cadenita de oro de mi mamá, en fin, las chorradas que cada cual se ha construido y que debe explicar con las manos extendidas. En general, digámoslo de una vez, usted no está inquieto por ninguna otra cosa que no sea pasar de una puta vez el control, quitarse de encima las bandejas, el tono imperioso del segurata…y al fin verse libre, ¡libre!, mientras se recoloca el reloj, va metiendo los utensilios más inverosímiles que no había detectado que eran de metal y asegurándose el cinturón como si saliera del baño… Pero respira tranquilo, ya está al otro lado de la barrera que separa los sospechosos de los normales. Si lo pensara un sólo momento no daría crédito a lo que se le ha ocurrido, pero es verdad; resulta que un segurata le ha concedido el crédito necesario para penetrar en el lugar de embarque.

Sí, sí, ya lo sé. Usted ha pagado una cantidad considerable para que le permitan viajar, pero el que le ha dado el auténtico visado de ciudadanía es un resto del naufragio de la vida, un segurata, parado hasta anteayer y al que han puesto un uniforme y unas instrucciones dignas de barracón de legionarios. Pero lo peor no ha llegado. Es posible que usted lo haya oído pero no se ha dado cuenta porque lo importante está en pasar la barrera, quedar en el lado de allá, donde uno es libre de caminar, ir a su puerta de embarque, e incluso permitirse comprar alguna cosa, si es que el establecimiento lo permite y previa muestra de la tarjeta de embarque. ¿Comunitario o extra-comunitario? O lo que es lo mismo, ¿con IVA o sin IVA? Me imagino que usted, como todo el mundo, se habrá preguntado de dónde sacarán la gente que trabaja en las tiendas que están en el lado bueno y libre del aeropuerto. ¿Ellos pasan los controles? Los vendedores de los aeropuertos son gentes especiales, de seguro, desdeñosas, como si ya lo hubieran visto todo y tú al fin y al cabo no fueras más que el cliente enésimo que trata de hacer una pregunta idiota. ¿Alguna asociación de consumidores ha controlado alguna vez las tiendas de los aeropuertos?

No es que estén libres de impuestos, es que están libres de todo.

Los aeropuertos, amigo mío, son el territorio emblemático del siglo XXI. Deberían promover excursiones de niños para que les enseñaran con todo detalle los aeropuertos. Si en el siglo XX lo habitual consistía en mostrar zoológicos y museos de ciencias naturales, yo propongo que se haga algo similar con los aeropuertos. En ellos está un condensado del siglo XXI. De sus miedos, de sus obsesiones. Pero insisto en que no ha llegado lo peor. No se habrá dado cuenta, porque estaba concentrado en el paso del control y las escenas patéticas o cómicas que lo rodean, como cuando se cruzaba la frontera de Berlín y estaban los vopos y todo el mundo ponía mala cara. Ahora no, ahora hasta los más hirsutos ejecutivos se vuelven del género lanar cuando el segurata de turno les dice con gesto imperativo, “vuelva a pasar y quítese todo lo que lleve de metal”. Como ganado, literalmente. Y ganado sumiso, porque lo hay salvaje, o eso nos contaban a los que íbamos a los museos de historia natural, ay, hace ya tantos años.

¿Y qué carajo es lo peor? Disculpe que se lo diga, porque probablemente no se ha dado cuenta. Lo más humillante para un ciudadano que se cree que el Estado vela por sus intereses se traduce en una voz susurrante e insistente que le repite, como una letanía: “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. Es decir, que un ejército de seguratas y policías no sirven para nada mientras la voz del Gran Hermano reitera por los altavoces con tono grave, “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. O lo que es lo mismo, no se crea que por estar en la zona de los que pueden ir por su propio pie hasta las puertas de embarque, está usted libre de un asalto, un robo, una celada. Vigile. El enemigo está a su lado. Mantenga sus bolsas agarradas, porque nadie podría evitar que se las robaran, y nosotros no tendríamos ninguna responsabilidad en su candor de inocente.

¡Mantente vigilante! Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué aceptamos esos ejércitos de seguridades privadas, si no son capaces de garantizar nada, ni siquiera tu propio dominio? Pues muy sencillo, quizá porque sirven para mantener el miedo y el miedo no sólo guarda la viña, además otorga una sensación de seguridad a quien lo sufre. Al delincuente, es obvio, le importa una higa. Le puedo garantizar que cualquier profesional de medio pelo puede pasar el arma que desee por cualquier sistema de seguridad industrial de los aeropuertos. Ningún servicio de espionaje se toma en serio los sistemas de seguridad de los aeropuertos. Sólo sirven para intimidar al personal y darle la impresión de miedo; ese elemento fundamental en la pedagogía social del siglo XXI. Y sobre todo, nada de gestos individuales. Si protestas, hazlo en grupo, porque si te crees eso de la dignidad del individuo, te chulearán y además perderás el vuelo (y el dinero).

Fíjense si el asunto será escandaloso, que la normativa según la cual usted puede o no llevar un champú, o un biberón de niño, es uno de los secretos mejor guardados por la Unión Europea siguiendo consignas de los departamentos antiterroristas de Estados Unidos. Pero es curioso, usted cuando pisa un aeropuerto, por su seguridad, ha de convertirse en sospechoso, pero las compañías aéreas aprovechan ese afán obsesivo por la seguridad frente al terror para hacer lo que les peta. La máxima autoridad del control aéreo norteamericano acaba de tomar la decisión de suspender 4.000 vuelos, digo bien 4.000 el pasado 7 de abril, porque la arrogancia del lobby aéreo se pasaba por el arco de triunfo cualquier seguridad de vuelo. O lo que es lo mismo, mientras los ciudadanos acumulan confianza sufriendo su miedo en los controles, las compañías se atreven con la seguridad de sus pasajeros.

¡Quién nos iba a decir que el sueño totalitario del Gran Hermano que nos habla por el altavoz, y nos exige vigilancia, y nos hace responsables de su incompetencia, no era un fenómeno de la economía centralizada y del Partido único, sino de la economía de mercado en su grado más alto de desarrollo! Por su inseguridad nos piden que seamos siervos. Y nosotros, siervos, aceptamos.

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Aquel tango no decía verdad, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Medios, Política by reggio on Abril 12th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Con este artículo cumplo veinte años de colaboraciones sabatinas en La Vanguardia. Algo impensable para mí e imagino que también para un puñado de lectores que salpicaron los primeros años de mi colaboración con biliosos anónimos que conservo como prueba incontestable de la miseria humana. Soy, lo confieso, recopilador de anónimos desde mi nada tierna adolescencia; el primero les llegó a mis padres cuando yo no había cumplido los veinte y mi pobre madre, que en gloria esté, se apresuró a quemarlo. Es el único que perdí. Desde entonces he tenido por norma no tratar con nadie capaz de mandar anónimos, porque son aspirantes a criminales atenuados por la cobardía. Gente vulgar y miserable, miedosa y gritona; he conocido a más de uno y confieso sin rubor que el coleccionista de anónimos tiene algo de entomólogo social.

El inicio de mi colaboración con La Vanguardia no tuvo nada de especial, ni de singular.

El director de entonces, Juan Tapia, me lo propuso de la manera más natural, nada rebuscada, que es como más de uno ha pensado alguna vez. “¿Por qué no haces un artículo semanal para nosotros? ¿Puedes empezar esta semana?”.

Si la memoria no me falla, y no es coquetería sino que no tengo a mano el dietario de entonces, ocurrió durante una cena en Barcelona tras la presentación de un libro -Testamento vasco- donde intervinieron, ahora que lo pienso, tres difuntos a los que estimé.

Antonio Senillosa, Ibáñez Escofet y Manolo Vázquez Montalbán. Yo venía de una experiencia periodística traumática en Bilbao -la dirección de La Gaceta del Norte- que me había dejado la conciencia baldada y la economía exhausta.

Considero los veinte años en La Vanguardia el periodo periodístico más fecundo de mi vida y soy consciente, lo digo como elogio a quien corresponda y sin rubor alguno, de que lo escrito hasta la fecha no hubiera podido hacerlo, probablemente, en ningún otro diario de España. Sería capaz de explicarlo con algunos pelos y muchas señales, pero voy a lo que voy y no quiero detenerme en ese pantanoso e insospechado territorio que es el tener que personalizar sobre empresas y proyectos mediáticos de la competencia. Y en especial sobre la diferencia entre verlas desde fuera y contemplarlas desde dentro. Baste decir que en España sería imposible otorgar premios similares a los Pulitzer, que acaban de concederse, como cada año, en Estados Unidos. Falta ese consenso básico de profesionalidad que limita la querencia al comedero y el autobombo al que estamos atados por una tradición que prosperó desde 1939. Es difícil encontrar un gremio tan heredero del viejo régimen y tan impermeable a la revisión del pasado como el periodístico. Acaba de estallar en Alemania un escándalo de considerables proporciones al descubrirse que uno de los directores del Berliner Zeitung,Thomas Leinkauf, trabajó como confidente de la policía política durante dos años. ¿Alguien imagina que alguien pudiera sorprenderse de una cosa semejante entre nosotros? ¿Qué ocurrió con nuestros archivos? ¿Nadie se lo ha preguntado nunca a Rodolfo Martín Villa?

Y eso es a lo que voy, a preguntarme no sólo cuánto hemos cambiado nosotros en los últimos veinte años -algo evidente ligado a lo que hemos aprendido y hasta a aquello en lo que nos hemos equivocado-, sino sobre todo en qué ha cambiado el mundo periodístico, la información, nuestras ambiciones profesionales. En veinte años, en lo que va de 1988 hasta acá, el periodismo en España ha dado un giro, del que lo único que puedo asegurar es que me siento ajeno. No sé si mi generación, pero al menos yo estoy muy lejos de considerar que las nuevas tecnologías hayan introducido variantes saludables en el mundo de la información. Nunca hemos tenido herramientas tan útiles y maleables como internet, y al tiempo nunca me he sentido más lejano de ellas como instrumento social o cultural. Pertenezco a una generación que consideró que la letra impresa era la forma idónea para la manifestación de la libertad de expresión, y me mantengo fiel a esa idea. Quizá eso signifique que algunos de nosotros seamos apenas los epígonos, espurios y residuales herederos de la Ilustración y la Revolución Francesa. Pero qué le vamos a hacer, es demasiado tarde para cambiar, y además no veo ninguna razón de peso para hacerlo.

Cuando yo empecé mi colaboración sabatina en La Vanguardia gobernaba España el PSOE de Felipe González, y en todo el oasis catalán, según parece con poca agua y mucho camello, imperaba el president Pujol, que se hacía las entrevistas a sí mismo, entre otra sarta de genialidades. En la primavera de 1988 estaban tan perfectamente asentados los planteamientos políticos, que nada hacía pensar que González dejara de gobernar algún día, ni que Jordi Pujol se jubilaría si es que alguna vez se cansaba del mando, cosa difícil de imaginar. Pero la pregunta clave en esa temeraria comparación entre el ayer y el hoy no es política, sino ciudadana: ¿somos más libres que en 1988? Los recursos para manifestar la disidencia, que es la medida básica de la libertad, ¿son ahora mayores que entonces? Nuestros medios de comunicación ¿son más autónomos del poder? La pregunta está abierta y hay que atarse los machos para responderla, porque si los límites a la libertad de expresión fueran hoy mayores que ayer, estaríamos entrando en un periodo inquietante. Parecemos más ricos, más sofisticados, más soberbios, pero tenemos el techo de cristal. Cuanto más inseguros, menos libres. Un detalle: nunca se ha hablado tanto de independencia y nunca las muestras de dependencia han sido más evidentes, empezando por los independentistas de regadío. La diferencia entre realidad y discurso es tan llamativa que nos obliga a plantearnos los debates, ya sean políticos o culturales o económicos, como diferentes formas del espectáculo. Quienes trabajamos en el mundo de la comunicación tenemos el dudoso privilegio de ver las cosas desde la tramoya; asistimos al espectáculo desde dentro, y eso es una experiencia para estómagos fuertes. Yo siempre había pensado que si estábamos entre los tramoyistas era para poder contarlo y no para hacer de palmeros. Pues no, la dialéctica del espectáculo se reduce a hacernos cómplices y no testigos. Desde el momento en que es más importante el diseño que la palabra, estamos condenados a dibujar la realidad. Y cuando la palabra sirve para dibujar ni siquiera hacemos literatura, en el periodismo se traduce en humo. Me temo que hayamos franqueado la etapa de aquel pintor que vendía enlatada, y a buen precio, mierda de artista. Lo digo sin acritud, sencillamente como quien observa la trayectoria de la prensa en los últimos veinte años: me temo que con el diseño estamos vendiendo mierda de artista, con la gastronomía más mierda de artista y con la cultura mediática muchísima más mierda de artista. De seguir así y en unos pocos años, de tanta mierda de artista puesta a la venta, los medios de comunicación escritos no serán otra cosa que grandes folletos publicitarios exquisitamente diseñados.Lo jodido de periodos históricos como este es que a algunos nos pilla mayores y apenas si veremos la resaca que vendrá después, porque cuando uno cubre la realidad tras la audacia de un envoltorio, no la elimina, la tapa. Pero acabará saliendo y entonces entenderemos que estamos jugando con la información de idéntico modo a como otros hicieron con las hipotecas de alto riesgo. ¿Qué importa la realidad si la gente se traga el espectáculo por lo bien diseñado que está?

Resumiendo. Estoy hasta los cojones de los diseñadores analfabetos, de los arquitectos fantasmas, de los cocineros minimalistas, de los gastrónomos gorrones. Lo que viene a demostrar que aquel tango de marras en el que tanto creímos y que nos aseguraba que “veinte años no es nada”, ese tango que compuso Gardel y que cantó como nadie Roberto Goyeneche, el Polaco, no decía verdad. Veinte años son la hostia.

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Las otras muertes de un guionista, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Cultura by reggio on Abril 5th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

De todas las cosas perversas que uno puede hacer con la pluma, incluida la de clavársela al editor a la altura del corazón, la más despreciable, humillante, vergonzosa y mal pagada es la de guionista. No se puede ni siquiera comparar con un negro -dícese del que escribe un libro para que lo firme otro, con mayor nombre-. Un negro es un caballero de la pluma, respetado y solicitado; porque es el único capaz de consumar milagros a precios razonables, y sin darse importancia. La consideración real de un guionista en el mundo de las letras es similar a la del chapero en el sexo. Por eso tiene tan especial interés la figura de Rafael Azcona. Las encendidas loas al guionista muerto me producen la misma sensación que escuchar al juez de Sevilla, Rafael Tirado, lamentándose por el descuido que permitió al pederasta Del Valle hacer de las suyas con la niña Mari Luz. Fíjense si será similar la historia que, tanto en un caso como en otro, nadie empieza por el principio, que es la mejor manera de enterarse de las cosas. El juez Tirado, sexto magistrado de la familia, fue uno de los colaboradores necesarios para llevar a la cárcel, y sin descuido alguno, a aquel delincuente de pacotilla que respondía al nombre de Juan Guerra, hermano del vicepresidente del gobierno a la sazón.

Rafael Azcona Fernández había nacido en La Rioja, posiblemente el único lugar de España donde ser nacionalista -de lo que sea, incluido el fútbol, las artes marciales o las cosechas de vino- es una anomalía que debe ser medicada. Veinteañero, como hicieron generaciones enteras de españoles, marchó a Madrid para hacer fortuna si fuera posible en el mundo de las letras. Y lo consiguió gracias a un comandante, al que no conozco pero del que nunca hasta la fecha he oído hablar mal, lo que en España merecería una condecoración del estilo de la Jarretera, selectísima. Me estoy refiriendo a Antonio Mingote, humorista eterno en el periódico más malhumorado de España, el ABC.Y entró en La Codorniz.

El franquismo, eso que suelo denominar tiempos del cólera, generó un ramal especial de la memoria; la invención verosímil, la fabulación real. No es que nos hayamos inventado el pasado, sino que hemos imaginado un pasado orgulloso sobre una realidad humillante. Y así ocurre que usted oye hablar del papel liberal que jugaron los falangistas. Incluso un logrero académico se inventó, y con éxito, la falange liberal, y otro alumno suyo, jugando aún más a la contradicción en los términos, fabuló sobre la oposición silenciosa -”y pensar que mi abuela se murió sin saber que ella formaba parte de la oposición silenciosa”, me decía con sarcasmo fallero un político valenciano-. Esto es válido para la legendaria publicación de humor La Codorniz.¿Quién no escuchó alguna vez narrar el parte meteorológico de La Codorniz anunciando que viene del este no sé qué de malo y de gallego, en referencia a Francisco Franco? Nunca, en su larga existencia, La Codorniz hizo la más mínima referencia al Caudillo, ni por activa ni por pasiva, y es lógico. Hubiera supuesto el cierre fulminante de la publicación. Para mayor inri, los directivos y principales colaboradores de La Codorniz habían ganado la guerra. Pero es curioso cómo la leyenda de una Codorniz temeraria y antifranquista fue y aún sigue siendo conversación de veteranos.

Sin embargo, sí cabe decir que, fuera de la política, impensable bajo la dictadura, era de una virulencia social que hoy posiblemente no podría existir. La brearían a querellas. Los jueces de la democracia se ensañarían con ella. Veamos, por ejemplo, al jovencísimo Rafa Azcona. Él se inventó un personaje que le llevaría al éxito, al modesto éxito de los años cincuenta. “El repelente niño Vicente”. Si alguien osara hoy retratar y contar la historia de un chaval así, tendría a las asociaciones de padres en contra, a los de protección de la Infancia, al Ministerio de Educación, al defensor del Menor… Si yo, por ejemplo, escribo “no hay cojo bueno”, se me echa encima una asociación de minusválidos. Si afirmo que fulano ejerce de autista, ya estoy leyendo la carta del presidente de los autistas de Catalunya reprochándome tal y cual cosa, e invitándome a visitar su asociación.

Ser novelista, o poeta o ensayista o periodista, es algo voluntario. Guionista, en la época de Azcona, y en la mía, te lo proponían. Él había escrito novelitas, una especie de cuentos largos, y uno de ellos cayó en manos de un vendedor de máquinas italianas que estaba en España y al que gustaba el cine, Marco Ferreri. Así nació esa obra maestra del humor vitriólico que fue El pisito. La gloria a Azcona no le llegó nunca, salvo en sus últimos años que tuvo algo parecido a un reconocimiento -en el 82 le felicitó el Ministerio de Cultura y algo más tarde le nombraron riojano excelso al mismo tiempo que al filósofo Gustavo Bueno-, pero al menos pudo vivir de su trabajo. Porque un guionista es el más pringao de los escribientes y el menos autorizado a tomar decisiones. Cuando los guionistas de Hollywood mantuvieron su huelga durante 100 días, recuerdo la perplejidad y el silencio de los guionistas españoles. ¡Pero qué momento memorable fue aquel, cuando quedó al descubierto la falacia del espectáculo: las estrellas eran analfabetas funcionales, cuya única inteligencia era visual; se reducía a leer un teleprompter!

Los libros de Azcona no se vendieron nunca. Ni siquiera los críticos los consideraban material digno de ser reseñado como literatura. Sin risa y sin gloria pasaron: Cuando el toro se llama Felipe (ninguna alusión a Felipe González, porque es de 1954), o Los muertos no se tocan, nene o las Memorias de un señor bajito.Todas han sido reeditadas recientemente por una humilde editorial riojana -Pepitas de Calabaza-. Yo les recomiendo una joya, que otra singular editorial acaba de editar -la coruñesa Del Viento- con tres narraciones, a cual más arrebatadora. Pobre, Paralítico y Muerto. En ese librito está condensado, en el más alto grado, el estilo de Azcona, su capacidad para crear una situación y un paisaje tan sólo con el diálogo. No hay ambiente, como si de eso se ocupara el lector. Le basta con unas figuras que se mueven y que hablan para construir un mundo que algunos les ha dado por situar en torno al franquismo primerizo, pero que en mi opinión trasciende de él y se convierte en universal. En un agudo artículo publicado en La Vanguardia, Jordi Juan hacía un somero listado de disparates catalanes que parecen inspirados en Azcona, o servidos en bandeja para una película subvencionada por la Generalitat, El disparate nacional. El humor es el mejor bálsamo para las estupideces colectivas, por eso los políticos más egregios carecen de sentido del humor.

Azcona fue un hombre consecuente. Si el guionista es el desaparecido de los filmes, él se hizo un anónimo en vida; fuera de sus amigos del cine y de las tertulias madrileñas, apenas si se dejó ver hasta hacerse muy mayor, cuando le daba ya igual casi todo, y de casi todo estaba de vuelta. Era alérgico a la estupidez y eso le hizo misántropo, como no podía ser de otra manera. Sobre su pluma se construyeron las mejores películas de la cinematografía española. Nadie como él vivió la miseria humana e intelectual de ese cine español.

Nadie se lo va a contar, pero al tándem Berlanga-Azcona se debe la insólita singularidad de algunas películas, sin parangón en el mundo. Son filmes sin música, para no pagar al compositor. Una disposición del primer franquismo, y que se suele atribuir al popular músico Moreno Torroba -antiguo presidente de la Sociedad General de Autores-, instituyó la teoría de las dos mitades, que no sé si aún sigue en vigor, y por la cual la música tenía el mismo valor que el guión e iban a dos mitades de los ingresos por exhibición. Si quitabas la música, el guión, que iba firmado siempre a cuatro manos, es decir, por el director y el guionista propiamente dicho, suponía el doble de caja.

El cine, como industria, es un territorio de cuatreros. Por eso Rafa Azcona solía poner a sus palabras un toque de sordina sarcástica: “Yo, como Conrad Hilton -el de los hoteles-, en la vida sólo estoy seguro de una cosa: mejor que la cortina de la ducha quede dentro que fuera de la bañera. Todo lo demás es opinable”.

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Sicilia como parábola (y 5), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en General by reggio on Marzo 29th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Con la edad se me ha exacerbado el desprecio hacia los signos identitarios. Lo que no es folklore -y lo digo en el mejor sentido de la palabra, el de cultura popular-, o es barbarie o no vale un carajo. En los interminables trayectos en autobús entre Siracusa, Catania y Palermo, me daba por pensar en el valor de los gestos sicilianos, que usurpó la mafia convirtiéndolos en signos identitarios difícilmente comprensibles para los foráneos. La realidad ha ido confirmando la leyenda según la cual la palabra sirve para ocultar las intenciones pero un movimiento de manos, un modo de mirar, una leve inclinación de la cabeza…, llevan certificado de veracidad. Si la singularidad de la diferencia estuviera ahí, su valor sería similar al de los viejos pastores, que les bastaba con un silbido para que el rebaño entendiera.

La raíz identitaria conserva un sustento tribal. En términos de Atapuerca, hemos bajado muy recientemente de los árboles y nos quedan muchas reminiscencias del pasado. Esa adoración mafiosa a los santos locales apenas si enmascara un pasado pagano. Religión y muerte, inseparables. Cuando me enteré de que el legendario capo Calogero Vizzini tenía dos hermanos sacerdotes, un tío obispo y otro arcipreste, y que todos constituían una familia unida y modélica en su reparto de papeles, entendí por qué fueron tan fundamentales en la historia de Sicilia tras el desembarco aliado de 1943.

Me lo contó el principal mafiólogo de Sicilia, Umberto Santino. Posiblemente nadie sepa tanto de la mafia y le haya dedicado tantas horas a su estudio y escritura como Santino. Un tipo insufrible, con un toque de soberbia que se manifiesta en su desdén hacia el oyente. Como un cura de aldea que puede estar hablando el tiempo que juzgue necesario para tu conversión, sin que tenga el detalle de ofrecerte ni un vaso de agua. Y al final, como si fueran estampitas, te vende los libros que él mismo ha escrito. Escuchándole entendí por primera vez el artículo brutal que Leonardo Sciacia publicó en el Corriere della Sera criticando a los jueces antimafia y que logró conmocionar a Italia entera. Pero Sciascia no tenía razón, como tampoco la tengo yo haciendo ironías sobre el impasible Umberto Santino, porque unos años más tarde del artículo de marras los jueces antimafia, Falcone y Borsellino, fueron asesinados. Y cualquier sicario palermitano podría considerar que ese mafiólogo apellidado Santino, que dirige el Centro de Documentación Giuseppe Impastato de Palermo, está de más en este mundo. Cuando alguien se juega la vida en defensa de la justicia o de la verdad, tan parecidas, debemos cubrir lo secundario bajo una capa de benevolencia. Leonardo Sciascia, el crítico, murió en la cama, y los criticados por soberbios, avasalladores y egocéntricos, Falcone y Borsellino, en atentados mafiosos. La muerte, a menudo, coloca a cada uno en su sitio, por más que sea demasiado tarde.

Lo más cruel del arte es que acaba arrogándose la razón. La matanza de Gernika es un cuadro de Picasso. Las figuras de Modigliani son mujeres que uno encuentra por la calle. Los paisajes reales imitan a Van Gogh. El arte se adelanta al tiempo y acaba convertido en realidad. Lampedusa y su Gatopardo tenían razón, y era necesario -para algunos- que todo cambiara para que todo siguiera igual. La aparición estelar, nunca mejor dicho, de Silvio Berlusconi en la política italiana ha significado en términos mafiosos un cambio radical, y en términos sociales la continuidad de lo existente. A menudo olvidamos que Berlusconi nace a la vida política como socio de Bettino Craxi y del Partido Socialista italiano. Craxi dio paso a Berlusconi y Berlusconi protegió a la nueva apertura siciliana del ajedrez político, los hermanos gemelos Alberto y Marcelo dell´Utri, de Palermo, cultos, uno de ellos coleccionista experto en libros antiguos, vinculados a la masonería -la masonería, de antiguo, siempre tuvo una tentación mafiosa; mafiosa y católica al tiempo, cosa que no debería sorprendernos a los españoles tras la peripecia de Mario Conde, masón público galardonado por el Papa de Roma-. Su último hombre en la isla, Totó Cuffaro, presidente de la autonomía siciliana, hubo de dimitir tras la condena a cinco años de cárcel por colaboración mafiosa.

Para los mafiólogos Sicilia se ha italianizado, Dell´Utri vive en Florencia, lo cual es válido también al revés: la Italia berlusconiana, que probablemente ganará las próximas elecciones del 13 de abril, se ha sicilianizado. Sicilia es el rojo de la pintura de Renato Gutusso y las fotos en blanco y negro de Letizia Battaglia. La militancia comunista de Renato Guttuso no facilitó su conocimiento entre nosotros. Que yo recuerde influyó en las escasas huestes de la pintura militante y antifranquista, más entre catalanes y valencianos, si hacemos excepción de José Ortega, tan olvidado hoy pero cuya obra, especialmente en su interesantísima última etapa, debe mucho a Guttuso. Pues bien, el tema es el siguiente. Ese rojo de Guttuso, que por cierto cantó Pasolini en un brillante poema - ambién lo hicieron, Neruda y Alberti, en espantosos versos- y esas fotos de Letizia Battaglia, ¿son universales o se limitan al mundo local? O lo que es lo mismo, ¿el fenómeno mafioso es estrictamente siciliano?

Un político corrupto, susceptible por tanto de colaborar con el entramado mafioso, tendría por principio las elecciones perdidas. Pues no, la ciudadanía en pleno derecho de sus voluntades le puede votar e incluso promoverle a las más altas magistraturas del Estado. Fue el caso reciente del siciliano Totó Cuffaro, pero tenemos un puñado de historias locales, en Catalunya y fuera de ella. Podría poner ejemplos de corruptos, alcaldes o diputados, que quizá por eso mismo han sido votados por sus conciudadanos. Eso no es otra cosa que el lado universalizador del comportamiento mafioso.

No sé si se trata de una herencia siciliana, pero al menos sí una referencia al lugar donde este tipo de comportamientos eran norma y ley de la costumbre. Nosotros no tenemos, al menos de momento, un brazo armado mafioso que se dedique a allanar los objetivos. Pero seamos sinceros; no lo necesitan. ¿Para qué? ¿En qué sentido se puede decir que nosotros constituimos un frente de rechazo a la corrupción política y económica? Hemos sonreído de medio lado ante el trágala de los Albertos. Por menos que eso cayó el gobierno de Lerroux y su cándido estraperlo durante la República. Podríamos incluso llamar a Letizia Battaglia para que fotografiara a la viuda de Benjamín Olalla, asesinado (¿o se dice homicidiado?) en un paso de cebra por un tipo al que se conoce por Farruquito, a quien se concedieron antes, durante y después del juicio todo tipo de privilegios, y que ahora visita la cárcel sólo por las noches. Por no citar al innombrable letrado Piqué Vidal, maestro del foro, y sus andanzas carcelarias, que harían las delicias de Quevedo, por lo ridículas. No me canso de repetirlo, y lo haré mientras pueda: imagínense si seremos condescendientes con el delito que cualquier asesino pasa en nuestros medios de comunicación como anónimo, apenas el nombre de pila y unas siglas. Algo que no ocurre en Sicilia, ni en ningún otro lugar de Europa.

Creo que la imagen más fidedigna de ese mundo en el que todo ha cambiado para seguir siendo igual la tuve en la ciudad siciliana de Catania. Un negro africano sostenía un hilo de pescar sobre una alcantarilla, vecina a la plaza del Duomo. Sospeché que debía buscar algún anillo perdido, o un billete, o algo así. Cuando al día siguiente vi a otro africano con idéntico hilo echado sobre otra alcantarilla, no pude resistir la tentación y pregunté a qué se debía aquella singular pesca. “Muy sencillo, me dijeron. Están tratando de pescar anguilas para luego venderlas en algún restaurante de postín”. Entendí que todo debe cambiar para que todo siga igual.

(En el anterior artículo se coló un deshecho sin hache, ¡y en un verso de Salvatore Quasimodo! Les pido disculpas).

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Belleza y muerte en Sicilia (4), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en General by reggio on Marzo 22nd, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

De todas las obviedades que nos malenseñaron, la más escandalosa quizá sea la de Grecia, la civilización helénica. Se hizo necesario viajar para darnos cuenta de que la cultura griega era tanto más isleña que continental, y que recorriendo la Grecia moderna estaban más visibles las tradiciones del imperio bizantino, de la Iglesia de Oriente, con sus ritos y sus pompas, que la propia idea helenística. La primera gran sorpresa del visitante que cae en Sicilia sin complejos y sin guías es que estamos bajo el bucle de acanto de la cultura helenística. El filósofo Gorgias nació aquí, Arquímedes también, y Teócrito, y otros. Y si fuera posible distinguir entre la fealdad de la Gela de hoy descubriríamos que a esa ciudad se retiró Esquilo para morir, porque había perdido el favor del público helénico, desbancado por Sófocles.

Basta con ir a Segesta. El templo de Segesta merece por sí solo una visita a Sicilia. Por muy sencillo que sea el visitante le provocará una reflexión sobre cómo nace, crece y sobrevive la belleza entre los eriales de la barbarie. Debió de ser durante siglos pastizal de cabras y meadero de ovejas, y ahí está, impávido, con su majestuosa planta rectangular y sus 36 columnas excelsas, tan trabajadas por el tiempo que tienen la piel picada de viruela; arrugas de la edad, tan intimidantes y orgullosas como las de un abuelo que hubiera aguantado en pie después de haber visto pasar 25 siglos de historia. ¡Y qué historia! Se murió el río que acompañaba el idilio entre arte y naturaleza, talaron los bosques que rodeaban la gloria, espantaron los rebaños y robaron las piedras para mansiones de notables, pero ahí está, perfecto en su desamparo. Un templo desnudo de todo lo que no sea esencial: la proporción exacta de la belleza. Un acicate para la reflexión que no sería capaz de provocar ningún otro templo o catedral. Templos como este no necesitan instalar dioses para llegar a la trascendencia; se bastan a sí mismos. Los dioses son ellos, con su perfección y su atmósfera. Al fin y a la postre, ¿qué es un dios, sino alguien que otorga dones accesibles a los humanos?

Así es la belleza de Sicilia. Pero basta dejarse caer hacia el mar para recuperar el pálpito de la barbarie. En apenas unos kilómetros saltamos de la reflexión trascendente sobre la belleza a la conversación sobre lo definitivo, la muerte. No hace falta esfuerzo alguno, simplemente echarse hacia la costa y entrar en el primer puerto, Castellammare del Golfo. No se exige ningún ejercicio espiritual para ese salto entre trascendencias. En Castellammare del Golfo estamos en una fábrica de muerte. De aquí salieron grandes capos de la Cosa Nostra. Y cuesta creerlo, porque en este pueblo pequeño arropado a un puerto aún más pequeño, nadie en su sano juicio se detendría para nada de no ser por un par de restaurantes con terraza acristalada, volada sobre el muelle, donde no es difícil detectar que se maneja dinero, o más exactamente sangre y dinero, mucho dinero. Aquí, en cualquiera de las tabernas del puerto puede usted degustar uno de los platos más insólitos de la cocina siciliana, el cuscús de pescado.

Aseguran que uno de los enigmas para la policía de Estados Unidos consistía en situar Castellammare del Golfo. Sospechaban que debía tratarse de una gran ciudad de gente ingeniosa e implacable, a tenor de su influencia en la vida norteamericana. Familias importantes de la mafia procedían de Castellammare del Golfo, una mierda de pueblo que, como tantos en la Sicilia contemporánea, hay que contemplar en la distancia porque patear sus calles decepciona. Unos miles de habitantes y mucha pobreza, modestas actividades pesqueras y notables movimientos portuarios de irregulares mercancías. Aquí echaron los dientes los Bonnano. La irresistible ascensión de aquel chico, Giuseppe Bonnano, que salió de Castellammare y se convirtió en el rey de Brooklyn, el famoso Joe Bananas,y lo hizo sin llegar jamás a hablar inglés. ¿Qué sería de la ciudad norteamericana de Buffalo sin su casino y sin su dueño, Stefano Magaddino? ¿Y el famoso boss Salvatore Maranzano? Leyendas sangrientas de Castellammare del Golfo.

La belleza y la muerte, vecinas. No creo que haya otro lugar mejor para instalar un gran monumento a la muerte que Portopalo.

Es el punto más meridional de Sicilia, con un puerto destartalado y algunos viejos barcos disfrazados de bajeles piratas. No es fácil visitar Portopalo a menos que te lleven y por más que te pregunten “¿qué coño se le ha perdido a usted en Portopalo?”. A lo máximo que se llega con cierta facilidad es a la vecina Pachino, paso casi obligado, hacia ese fin del mundo que se llama Portopalo. Pachino dicen que es buen lugar para cultivar tomates. Nadie cuenta que allí nació Vitaliano Brancati. Así es Sicilia, te acercas a un barandal de basura sobre un fondo de muro histórico y te aseguran que en esa casa creció Elio Vittorini, o rodó una película Giuseppe Tornatore, que era de Bagheria, o tenía unos almendros Pirandello, o cultivaba limones la familia del filósofo Giovanni Gentile, el fascista laico que disputaba la hegemonía a Benedetto Croce. Pedanterías que se me ocurrieron cuando cruzaba la vulgar Pachino donde nació Brancati, un siciliano de manual, que escribió una novela de lectura fascinante, El bello Antonio (Seix Barral, 1983; descatalogado), y un libro brillante y primerizo, utilísimo para entender algo de Catania y los cataneses, Don Juan en Sicilia (Quaderns Crema, 1994; descatalogado).

En Portopalo ocurrió una de esas historias que retratan una sociedad, una época y una concepción del mundo. La noche de Navidad de 1996 zozobró un barco cargado de emigrantes. Murieron ahogadas 283 personas, entre indios, pakistaníes y tamiles. Posiblemente la mayor catástrofe en aguas del Mediterráneo. Pero lo curioso es que no se enteró nadie; o más exactamente nadie se dio por enterado. Los pescadores de Portopalo estuvieron durante semanas sacando sus redes cargadas de cadáveres, enteros o troceados, que echaban de nuevo en alta mar. Tuvieron buen cuidado de no dar parte a los carabineros porque los jueces habrían confiscado las barcas y se hubiera decretado un moratoria pesquera; es decir, el paro. Silencio. Lo mismo ocurrió, aunque por diferentes motivos, con las autoridades y con los medios de comunicación. Todos, sin demasiado esfuerzo, se propusieron no darse por enterados hasta que un periodista sardo, Giovanni Mario Bellu, escribió su estremecedor libro I fantasmi di Portopalo (Mondadori, Milano. 2004).

Para contrastar, puede elegir bellezas. Hacia un lado Noto. Solicite que le dejen en la vía principal, es ancha, borbónica, emparedada de grandes edificios también borbónicos y eclesiales. Las escaleras de las iglesias conventuales de Noto, de su catedral barroca, parecen escenarios para un auto sacramental de Calderón. Si va hacia el otro lado, tiene Modica, la patria del poeta Quasimodo, premio Nobel en 1959, ciudad tan curiosa que puede escoger entre la de arriba y la de abajo. Ya está en condiciones de dirigirse hacia Ragusa, pero recomiéndele al conductor que vaya despacio, no porque pueda despeñarse, que en eso están los dioses mafiosos que se ocupan de las obras públicas, sino porque llegará a una curva, y allí, como en un milagro de la naturaleza, verá Ragusa incrustada en la pared de la montaña, esculpida en blancos grisáceos y sepias encanecidos. Si puede hacerse trampas a sí mismo, esa actividad tan siciliana, debería decirle al conductor que usted se tapará los ojos para que él dé marcha atrás, y repetir la aparición de Ragusa hasta que su retina la fije a buril sobre su mente. Pocas veces la impresión de un hallazgo, tal plenamente insólito en su belleza, le dejará una evocación tan duradera.

Nunca olvidaré la aparición de Ragusa y aquellos versos de Quasimodo “para el hermano muerto”, donde se refiere a la “herencia de ensueños deshechos… donde cada cosa es más fuerte que el hombre”.

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Sobre la invención de la mafia (3), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en General by reggio on Marzo 15th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Sólo los simples y los turistas creen que la mafia es un fenómeno popular arraigado en los sicilianos humildes y orgullosos. En un cuento brevísimo, titulado Filología, sitúa irónicamente Leonardo Sciascia a dos mafiosos discutiendo como dos filólogos sobre la palabra mafia,antes de enfrentarse a los jueces. Desgraciado país donde se denomina hombres de honor a los más deshonestos de los hombres. “La mafia -escribe John Dickie en su Historia de la mafia siciliana- no nació de la pobreza y la desolación, sino del poder y la riqueza”. Eso es lo que llevó a ocultar la palabra mafia hasta convertirla en una invención. En el clásico de la literatura siciliana Los virreyes (1894), de Federico De Roberto, aparece la palabra mafia una sola vez y en la página 618 de un libro que alcanza las 642.

La primera ocasión en que la mafia, como organización criminal, se convierte en protagonista literaria de Sicilia será en fecha tan tardía como 1961; una breve narración de Sciascia, El día del búho, que para más inri lleva un epílogo donde pide disculpas por si alguien se da por aludido. ¡No había corrido sangre, ni víctimas, ni mafiosos, ni corrupción, ni muerte antes de 1961! Y luego dicen que la literatura va por delante de la vida.

1961 es también el año de un filme extraordinario en su sencillez trágica, Salvatore Giuliano,de Francesco Rossi. Ahí está, en esa película coral, la mejor introducción a la mafia contemporánea, la que resucita con la llegada del ejército norteamericano a las costas de Sicilia en 1943.

La mafia siciliana se hizo independentista. Las mafias son siempre grandes defensoras del derecho a decidir de los pueblos que controlan; cuanto menos Estado, mejor, ellos hacen de banqueros anarquistas. (Las primeras introducciones mafiosas en Estados Unidos, al filo del siglo XX, son de tendencia ácrata, como la Mano Negra, de Piddu Morello). Y desde la llegada de los norteamericanos (1943) hasta las primeras elecciones al Parlamento autónomo de Sicilia (abril de 1947), la mafia es independentista. La izquierda no; la izquierda, mientras fue izquierda y defendía los derechos de la gente que trabajaba, fue internacionalista siempre. Toda la historia de la mafia contemporánea empezó ahí, en esas vísperas del 47, cuando la izquierda siciliana promueve la ocupación de tierras y la asunción del rigor del Estado, en un país donde la ley la ejercían legiones de abogados a sueldo del único postor. Y resulta que la izquierda arrasa en las elecciones del 47 y es entonces cuando la mafia pacta con la democracia cristiana, la que domina Roma y el Estado. Se despiden del independentismo, señuelo idiota para los tiempos que corrían, y se plantean cómo liquidar a la izquierda socialcomunista que amenaza con cambiar las reglas del juego. Ahí entra el bandido generoso, Salvatore Giuliano, que se aviene a la primera operación terrorista de posguerra, Portella della Ginestra.

Salvatore Giuliano pasa del independentismo radical -tan radical, que propone la incorporación de Sicilia como estado asociado de Estados Unidos; lo que, tratándose de un pastor avispado pero semianalfabeto, nos da la pista de los intereses de quienes le movían- a pactar con la mafia de Sicilia y la democracia cristiana de Roma. Su misión se reduce a meter miedo a un campesinado siciliano que parecía haberse quitado de encima siglos de opresión. Y entonces se produce la matanza de Portella della Ginestra. Días después de la victoria electoral de los socialcomunistas, el Primero de Mayo de 1947 se celebra en la campa de Portella della Ginestra; mítines, música y romería. Estaba mitineando el zapatero Schiró, secretario local socialista de San Giuseppe Jato -el pueblo donde años más tarde tendrá su cuartel general clandestino el capo di capi Totó Riina-, y la gente esperando para ponerse a almorzar, cuando empezó la matanza; como quien caza conejos con armas largas y ametralladoras de peso. Cuarenta víctimas entre heridos y muertos, dos de ellos niños. Pero lo cierto es que la izquierda no volvió a ganar ni una sola elección después de aquello. Se asumió que quien tiene el arma ejerce el poder, la ley y la administración de la justicia. El ministro del Interior a la sazón, el democristiano Mario Scelba, se sorprendía de lo ocurrido y aseguraba que “la mafia es una invención socialcomunista”. Años más tarde, cuando el poder mafioso controlaba la isla, el cardenal Ruffini, máxima autoridad eclesial en Sicilia, solía decir muy serio que la única mafia que conocía era una marca de detergente.

Lo que vino luego no es más que la aplicación del esquema, así de sencillo. La democracia cristiana italiana pacta con la mafia siciliana como garantía para que la izquierda no vuelva a ganar nunca. Y así sucedió. La única gran victoria electoral, democrática y antimafiosa, fue la de un hijo rebelde de la democracia cristiana palermitana, Leoluca Orlando, en 1985, y acabó como el rosario de la aurora. El poder siguió impune e inmune. El imperio del miedo lo cubrió todo y los resquicios de libertad, de denuncia, se pagaron al máximo precio de la vida. Ahí está el listado de periodistas asesinados. El primero, Mauro di Mauro; su cadáver no apareció nunca, y como ocurre siempre, la mafia tejió mil historias para sugerir algún asunto íntimo. Todo crimen mafioso se cubre con faldas, cuernos, celos o pasiones inconfesas. Es lo que a la gente le gusta creer; los culebrones suplantan a la vida, porque son más vistosos y comprometen menos. Después de Mauro di Mauro en 1970, cayeron muchos, abandonados de todo menos de su dignidad. Bastaría con citar dos casos impresionantes, el de Giuseppe Fava, el periodista y escritor de Catania, y el de Peppino Impastato, del que llegó a hacerse una película premiada en el festival de Venecia que nosotros no vimos nunca, I cento passi, de Ferrara; la historia de un hijo de mafioso al que le volaron en pedazos por tener el valor de ridiculizar a los capos desde su Radio Aut. La mafia, como el poder, necesita reírse de vez en cuando, pero no tiene sentido del humor; por eso contrata a los humoristas para sus fiestas.

Luego vino Giovanni Falcone, un palermitano, orgulloso de sí mismo, audaz y hasta temerario. Él y Borsellino, otro juez de diferente cuña, conservador y monárquico, de esos personajes que también ha dado Sicilia; íntegros y desmedidos, fueron auténticos hombres de honor en su sentido genuino. Falcone y Borsellino llegaron donde nadie jamás había conseguido llegar. A poner entre rejas a centenares de mafiosos, y juzgarlos y promover la serie de renegados, de confidentes profesionales, de mafiosos del más alto nivel convertidos en contadores de historias de sangre y miseria; los secretos de la mafia narrados por ellos mismos. Nadie se puede creer que puedas meter a dos niños en un bidón de sosa cáustica y disolverlos. La imaginación tiene límites, es necesario que quien lo ha hecho se demore en los detalles, para que entiendas que el ser humano, quiero decir, el animal erecto y con dos patas, puede sonreír mientras lo cuenta. El maxiproceso que condenó a 338 mafiosos en 1987 fue una conmoción para el mundo de la Cosa Nostra, del capo al más vil cobrador del pizzo (impuesto). Cuando el Tribunal de Casación, equivalente a nuestro Tribunal Supremo, ratificó las penas en 1992, entró en funcionamiento el aparato militar. Toda organización mafiosa, sea siciliana, vasca o albanesa, tiene siempre dos ramas que trabajan en paralelo. La política y la militar. La vía política había fracasado y se trataba de demostrar al mundo político, a su propio aparato incluido, que tal condena de la mafia no podía sentar un precedente. Los responsables debían morir.

En un lapso de tres semanas asesinaron a los jueces Falcone y Borsellino, a sus acompañantes y a sus escoltas. Sin piedad y sin rubor, como se hacen estas cosas. Inmediatamente después pusieron explosivos en museos e iglesias de Roma, Florencia y Milán. La mafia daba muestra de su fuerza y el Estado italiano de su debilidad. Y la partida quedó en tablas. Cuando se reta a la ciudadanía o al Estado y alguien pronuncia la palabra tablas es que permanece el statu quo. Es decir, que asumes la derrota.

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La próstata de Bernardo Provenzano (2), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en General by reggio on Marzo 8th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Para averiguar la trascendencia de una próstata mafiosa es menester un viaje tortuoso. Empezar, apenas se aterriza en Sicilia, enfilando la autovía que lleva a Palermo. En el lateral de entrada encontrará una especie de monolito alado que recuerda una voladura histórica. Es el lugar donde asesinaron, el 23 de mayo de 1992, con suficiente explosivo como para mover una montaña, al juez antimafia Giovanni Falcone, a su esposa y a tres guardaespaldas honorables. Si va usted en taxi le sugiero que pregunte, por más que le harán repetir la pregunta un par de veces como si no le hubieran entendido. Cuando el taxista le responda indicándole el lugar del atentado, ese es el momento en que tiene que insistir para conseguir la respuesta del millón: “¿Y dónde estaba Brusca?”. Porque esta historia, sin Giovanni Brusca, sería imposible. (Guardo diferentes retratos de Brusca, uno de los ejecutores más crueles de la historia de la mafia; hoy convertido en un renegado colaborador de la justicia, pero ayer capaz de disolver en ácido a los parientes de sus adversarios, niños incluidos.) El taxista, impávido, le señalará, con un gesto de distanciamiento, hacia un pequeño edificio de una sola planta recientemente encalado, una especie de depósito donde Brusca, el jefe de sicarios, recibió la señal a partir de la cual los coches del juez Falcone y sus policías acababan de pasar la última curva e iban hacia el cadalso. Y pulsó el mando a distancia.

El mando a distancia. Esa es la razón por la que saltamos de la autovía que lleva a Palermo desde el aeropuerto, hasta Mesina, en el extremo oriental de Sicilia, pero conviene detenerse 30 kilómetros antes, en una población de nombre para nosotros llamativo, Barcellona Pozzo di Gotto. Lo de Barcellona le viene, aseguran, de los catalanes del siglo XVI, y Pozzo di Gotto, de una aldehuela; se juntaron y quedó Barcellona Pozzo di Gotto, una población que cuando tenía 60.000 habitantes, tal que ayer, gozaba de singularidades tan propias como disponer de cien iglesias y seiscientos abogados. Sicilia es uno de los lugares donde menos se respeta la ley pero la paradoja la convierte en un auténtico hormiguero de letrados. Y es que buena parte de ellos están para eso, para garantizar legalmente la vulneración de la ley. La fina ironía siciliana, poco dada al sarcasmo pero muy aguda, concede a Barcellona Pozzo di Gotto tres historias llamativas. La del heladero que ganó un concurso mundial de helados que se celebra en Las Vegas, Estados Unidos; conseguir que una señorita de la ciudad alcanzara el estrellato de Miss Italia, cosa imposible sin la mafia; y, sobre todo, entrar en el cómputo del lugar más discreto y notable de Cosa Nostra cuando se supo que el mando a distancia que manejó Brusca y que voló a Falcone y a los suyos, procedía de la ciudad.

Aquí nació Attilio Manca, protagonista principal, aunque demorado, de nuestra historia. Un muchacho de familia asentada, padres profesores, que se dedicó a la medicina y que se convirtió con veintitantos años en un cirujano urólogo excepcional, por su formación, sus conocimientos y su edad. Estudió en Roma y París, y se instaló en la romana Viterbo. Un siciliano egregio que gustaba de volver a casa con frecuencia; hacia la madre, los amigos y las viejas amistades. Para quienes le trataron fue un tipo de excepción, culto, sensible, atractivo, soltero sin demasiadas ganas de dejar de serlo. Pero la vida es un sorteo y como a casi nadie le toca nada que no sea volver a jugar, los amigos de Attilio Manca, como media Barcellona Pozzo di Gotto, viven colaborando con la mafia. Y la mafia en la época que le tocó vivir a Attilio Manca, tenía un nombre. Bernardo Provenzano.

Hasta su reciente detención, en abril del 2006, Provenzano llevaba viviendo en clandestinidad 43 años. Culturalmente, sabemos que su fundamental fuente de saber era la Biblia; por lo demás, se trataba de un semianalfabeto, capo mafioso, responsable de innumerables crímenes y de todos los tráficos posibles; tráfico de droga, extorsiones y las dos actividades que más fondos reportan a la mafia: las obras públicas y la sanidad. La profesión médica es una fuente hasta ahora inagotable de fondos y colaboraciones mafiosas. (La historia de jefes mafiosos, y al tiempo médicos ejercientes, es amplia en Sicilia.) Pero ya fuera porque desconfiara del ilustre gremio del juramento hipocrático, ya fuera porque prefería las clínicas francesas, Provenzano se hizo operar en Aubagne, cerca de Marsella, población famosa por dos instituciones muy francesas y muy del espectáculo, la Legión y Marcel Pagnol. Gracias a la familia mafiosa que se ocupó del asunto, ahora convertida en colaboradora de la justicia, sabemos casi todo de la enfermedad de Provenzano. La próstata, la maldita próstata.

Esa era la especialidad de Attilio Manca y por más que haya múltiples sospechas y ninguna prueba, debió de ser requerido por alguno de sus amigos de la adolescencia, que incluía parientes cuya colaboración con la mafia está probada. Se tiene constancia de que, coincidiendo con el internamiento clínico del capo Bernardo Provenzano en la clínica La Casamance, Attilio Manca telefoneó a su madre, nervioso, excitadísimo, con toda probabilidad consciente de que debía hacer algo, supervisar quizá la intervención quirúrgica, que le podía costar la vida. Nadie tiene de paciente a un jefe mafioso que no pueda garantizar la fidelidad o la muerte. Lo cierto es que desde aquellas fechas fatídicas, Attilio Manca, que no era más que un cirujano con mucho futuro y escaso presente, se convirtió en un tipo esquivo y críptico en sus frases de doble sentido. Lo encontraron una mañana, en su apartamento de Viterbo, muerto por sobredosis de heroína, y con la evidencia de que la casa había pasado antes por un concienzudo limpiado de armarios y pertenencias. Sólo cometieron un error sustancial. El pinchazo de caballo estaba en el brazo izquierdo, y Attilio era zurdo.

En principio sus padres asumieron la catástrofe con esa resignación de quien no entiende nada pero sabe lo suficiente del destino como para conocer su condición de ciego, pero luego, conforme descubrieron algunos detalles, iniciaron una campaña, que aún prosigue, para saber la verdad sobre el homicidio de su hijo. Y entonces ocurrió algo muy significativo en Barcellona Pozzo di Gotto, y es que mientras había que dar el pésame por un hijo drogadicto, todo el mundo se mostraba amable y comprensivo, pero cuando el fantasma de la mafia apareció en el horizonte todo cambió y los amigos solidarios desaparecieron, por más que aparecieran otros, y las autoridades se mostraron esquivas y los jueces temerosos y nada diligentes. Empezó el aislamiento y las amenazas.

Y aquella ciudad modesta, con una burguesía pródiga en bienes, concentró la atención de muchos que hasta entonces no le habían prestado la suficiente importancia. La muerte de Attilio Manca echó sobre ellos una mirada que siempre había pasado de largo, y descubrió que era uno de los centros más importantes de la Sicilia mafiosa y que la discreción que compartía con el capo di capi Bernardo Provenzano podía consentir esa acumulación sorprendente de capitales, sin producción alguna y con grandes excedentes monetarios. Y todo lo que había empezado por el mando a distancia que había manejado Brusca y que se tradujo en el asesinato del juez Falcone y sus acompañantes, había sido decidido por Provenzano, quién sabe si en la propia Barcellona Pozzo di Gotto. La desasosegante historia del cirujano Attilio Manca y de su muerte, y muchas cosas más, están contadas con algunos pelos y muchas señales en un libro estremecedor que acaba de aparecer en castellano, El enigma siciliano de Attilio Manca (Editorial Cahoba), obra de un gran conocedor de Sicilia y de la mafia, el catalán de Barcelona sin Pozzo di Gotto Joan Queralt. Allí puede leerse esta reflexión de brutal actualidad: “No es fácil ser pariente de una víctima de la mafia, porque el coraje conduce a la soledad”.

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Viaje tardío a las dos Sicilias (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en General by reggio on Marzo 1st, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Este sí que es un país para viejos. Sicilia. Son viejas las tierras, las gentes, las costumbres, las muertes, las escrituras. También los monumentos, y hasta los niños. Lo más nuevo y luminoso en Sicilia es lo que queda por nacer. Y lo que está ahí desde hace mucho tiempo. Por eso recomiendo ir muy joven. Cuanto más joven se viaje a Sicilia, mejor. Los países buenos para viejos deben contemplarse con otra mirada. La gente mayor tiene una tendencia biológica a la complicidad y el acomodamiento; basta que les faciliten los transportes y que los camareros los llamen por su nombre de pila.

¿Por qué creen ustedes que Goethe dijo que aquí había empezado todo? Porque tenía 37 años cuando llegó a Palermo el lunes 2 de abril de 1787, y a esa gozosa edad uno puede hablarle de tú al pasado. No es imprescindible ser Goethe, pero conviene ser joven.

Cuando descubrí que Sicilia era otra asignatura pendiente, ya habían cerrado el plazo de matrículas por razones de edad. Se me permitía, eso sí, asistir a los cursos, como oyente, una fórmula antigua que no sé yo si aún se mantiene oficialmente y si tiene algún valor. Las enseñanzas viejas exigen oídos jóvenes. Fíjense sino en la gran literatura siciliana. Un festival.

Es imposible encontrar otro lugar donde haya tanto en tan poco espacio. Pero todo es espléndidamente viejo. ¿Qué es El Gatopardo de Lampedusa sino una demoledora visión derrotista de la vida? ¿De la siciliana? ¿Acaso hay otras?, preguntaría el príncipe de Salina. Mucha gente cree haber leído esa novela, triste como una balada para derrotados, simplemente por el hecho de haber visto la película de Visconti. Fuera del argumento, no hay nada entre ambas. Visconti era un aristócrata tronado que se preparaba para seguir siéndolo en la nueva clase emergente del proletariado ilustrado por el Partido Comunista Italiano. Bastaría leer su breve intercambio de cartas con Palmiro Togliatti, el legendario líder del PCI, para captar la complicidad entre ambos comentando algo tan aparentemente banal como la duración del baile palaciego y el vals entre Burt Lancaster y Claudia Cardinale. La novela de Lampedusa no deja resquicio al optimismo, ni siquiera el autor tiene la posibilidad de seducir a Alain Delon, como hizo inútilmente el viejo maricón que era Visconti. Giuseppe de Lampedusa era impotente, sin más, y había logrado un matrimonio blanco con una hermosa dama, algo fondona, pero exótica y culta, y con algún numerario para sumar a las menguadas rentas familiares. ¡Qué viejo es el príncipe de Salina lampedusiano!

No es extraño que los editores de los años cincuenta rechazaran el manuscrito sobre la vieja Sicilia de Lampedusa. Sólo un raro como Giorgio Bassani, boloñés, formado en la cálida y vieja burguesía de Ferrara, podía apreciar la esplendidez de ese texto que rezuma moho palermitano. Se le reprocha a otro grande de la literatura italiana, siciliano militante, Elio Vittorini, que su neorrealismo no le permitiera apoyar la edición de El Gatopardo. Una frivolidad. En Vittorini está parte de la mejor literatura italiana de posguerra, más brillante, en mi opinión, que Pavese y con mejor sentido de la narración; una prosa rica, por más pegada al terreno que estuviera. El problema es otro, no apto para diletantes, porque en el tema se iba la vida. La Sicilia de El Gatopardo, que nos emociona, nos conmueve, nos hace pensar, nos envejece, era un disparo por la espalda a las gentes como Vittorini, primero, y Sciascia y Bufalino luego, y hasta para el creador del chulo aburrido de El bello Antonio, de Brancati, profesor de instituto en Catalnissetta, el culo del mundo de no ser porque tenía de alumno a Leonardo Sciascia. Un magistral disparo por la espalda, irrepetible en su diana perfecta. Y lo sabía, vaya si lo sabía el amable y distante Lampedusa. Lo dijo sin decirlo, a la manera siciliana, ese modo que describía el gran Verga, un siciliano forzado, que los sufría en cada línea. Se desesperaba Verga, el gran autor de Los Malavoglia, que tradujo en España por Los Malasangre Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña. Contaba Verga que las clases aristocráticas sicilianas, las de Catania que eran las que mejor conocía, constituían una tortura para un escritor: “Nunca dicen lo que quieren decir, y si lo dicen es de una manera diferente; si están arruinados, afirmarán que les duele la cabeza. Pero ellos no podrán decir que les duele la cabeza, sino que tienen migrañas”. ¡Migrañas! La larga evolución del retorcimiento semántico desde la ruina económica a la jaqueca.

Bien, pues eso lo resumía sin apenas darse cuenta Lampedusa ante una novela trascendental de la literatura siciliana, Los Virreyes, de Federico De Roberto -hay traducción española de este monumento gracias a Mario Muchnick; quizá esté hoy descatalogado, como casi todo-, la crónica de los Uzeda, señores de Sicilia, desde los Borbones a la monarquía parlamentaria, pasando por Garibaldi. ¿Saben cómo la resumió ese canallita de palabra afilada, que parecía no matar una mosca, en Sicilia, donde las moscas debe ser el único animal protegido? “Es la crónica de unos señores, contada por el criado”. Entiendan entonces que se dieran por aludidos todos aquellos sicilianos que sentían en su cogote el aliento fétido de esa alta burguesía palermitana, de raíz española, que fotografió con la precisión de un buril Letizia Battaglia, la fotógrafa de la mafia aristocrática del sarao y del crimen.

Las dos Sicilias. No aquellas que decían los reyes y nobles españoles para referirse al reino, que sumaba también Nápoles, y definían con grandilocuente pereza De las Dos Sicilias, sino las dos Sicilias reales, vivas, contrarias, volcánicas. No creo que haya otro lugar del planeta donde haya tal cantidad de magníficos escritores -si fuera sólo de escritores, sin adjetivar, yo propondría Catalunya- que cubren toda la gama, distintos e imposibles de amalgamar. Aquí, que somos tan dados a la taxonomía generacional, los catedráticos de universidad tendrían que trabajar mucho, porque lo gregario alivia y lo individual excita. Cada siciliano es una isla, escribió Sciascia. La Sicilia creadora y la Sicilia atávica, la del talento y la del asesinato. La de la belleza y la de la sangre. Todos los reclutas de la identidad están obligados a visitar Sicilia, la única literatura que conozco que tiene el secreto del prodigio, la mezcla alquimística de escribir desde lo suyo hacia todo lo demás; con dos premios Nobel tan dispares y sicilianos como Pirandello y Salvatore Quasimodo. Dos Sicilias que viven encontradas, desgarradas también. Por eso he decidido empezar por la literatura, porque todo está en la literatura y lo que no está es quizá porque no merezca la pena.

Dos Sicilias. Me reconozco apasionado de Pirandello. Su lectura enladrilló mi adolescencia hasta el punto de que hay personajes que aún pienso si los leí en él o eran de la familia buscando aún al autor. Entre los sueños de mi vida estuvo preparar una versión de los Seis personajes… que probablemente no tendré oportunidad de hacer nunca y que quedará ahí como otra invención pirandelliana. Pero voy a otra cosa. Fue ahora, preparando y asimilando este viaje tardío a las dos Sicilias, cuando gracias a Andrea Camilleri, otro siciliano, me enteré de que el maestro Pirandello se había casado en 1894 con una mujer a la que apenas conocía -”en mes y medio me han dejado ver a la prometida dos veces”-. Un matrimonio pactado, por dinero, entre don Stefano Pirandello y don Calogero Portolano, padres de los cónyuges. En él, el más internacional de los dramaturgos, estaban las dos Sicilias, la de la creación y la atávica.

Gesualdo Bufalino, un tipo raro que llegó tarde a todo, incluida la literatura, en la que alcanzó el magisterio casi póstumo, dejó escrito: “Es cierto que la Sicilia son muchas y que nunca acabaré de contarlas todas”. Murió sin terminar de numerarlas, en un accidente de automóvil. Como conductor también era tardío.

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El derecho político al desprecio, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Política by reggio on Febrero 23rd, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Llevamos treinta años votando y hoy, recién inaugurado el festival del idiota -las campañas electorales parecen pensadas para retrasados mentales-, me gustaría hacerles una pregunta personal, íntima, sin exigencia de respuesta rápida. ¿Cuándo fue la última vez que usted votó a favor de algo? Aclaro que no estoy preguntando cuándo votó por última vez, sino cuándo votó en positivo. ¿Acaso fue la primera vez que metió la papeleta en las urnas, mientras le temblaban las manos, mitad por emoción mitad por inexperiencia, como me ocurrió a mí mismo?

Aquel 15 de junio del 77 ¿fue la primera y última vez que usted votó en conciencia por lo que quería, por lo que le ilusionaba, en fin por todo aquello que se le había acumulado en la vida y que tenía la intención de expresarlo metiendo una papeleta por la ranura de una caja de plástico transparente?

¿O sucedió luego, en el esperanzado octubre de 1982, cuando los socialistas barrieron con el club del misal y la cursilería en el que se había convertido la UCD de Landelino Lavilla? ¿No se acuerdan ustedes de aquella imagen buñuelesca de Landelino bailando con su señora, en plena campaña electoral? Antes, cuando lo recordaba, lloraba de risa, ahora, si la evoco, siento vergüenza ajena.

¿Cuándo votamos a favor por última vez? En esencia hubo un momento en que la gente, en España, dejó de votar a favor para votar en contra.

¿Cuántas elecciones se lleva votando a unos para que no ganen los otros? Desde hace mucho tiempo, demasiado para los treinta años de experiencia democrática. Las elecciones en España, no sólo las generales sino las autonómicas, se han convertido en auténticos ejercicios colectivos de vudú. Se mete la papeleta en la urna para castigar al adversario. La invención del Partido Popular como gravoso peligro para la convivencia, por ejemplo, ha tenido notable éxito en el País Vasco y Catalunya; es al tiempo que un hallazgo mediático, un lujo para cualquiera de los otros partidos nacionalistas, tan conservadores o más que el propio Partido Popular. Por ejemplo, tengo yo serias dudas sobre quién es más conservador, si Mariano Rajoy o Duran Lleida; me bastaría contrastar los lemas de campaña sobre la emigración de uno y otro, para encontrarme con gemelos univitelinos.

Yo no podría votar por Zapatero, sencillamente porque me avergüenza. Yo siempre pensé que la política era un asunto serio para gente curtida y voluntariosa. El combate Hillary-Obama, por ejemplo. Un personal que se lo curra, que tiene a los medios de comunicación mirándoles el dobladillo de la ropa interior, donde cometer un error no se permite impunemente. Es verdad que la democracia norteamericana puede dar productos caducados, auténticos desechos de tienta, pero eso le pasa a cualquiera en un momento torpe de la historia. No soy un experto en política norteamericana, pero si a alguien en algún lugar de nuestro entorno se le ocurriera la genialidad etílica del dedito en forma de garfio sobre la ceja izquierda, lo más probable es que le nombraran ejecutivo en los casinos de Las Vegas.

A mí con Zapatero, lo confieso, me ocurre como con Maragall o el lehendakari Ibarretxe. No entiendo cómo unos personajes así han llegado a ser considerados referentes de algo. No creo que nadie haya descrito este tipo de individuo con la minuciosidad con que lo hizo un buen conocedor del paño, y notable impostor, que fue Jercy Kosinski en su magistral relato En el jardín; sirvió para el filme inquietante que protagonizaba Peter Sellers, ¡Bienvenido, Mr. Chance! No es nada personal, es una cuestión de Estado. Esa gente la considero un peligro. Yo aún estoy esperando, perplejo y desolado, una explicación sobre un montón de cosas que se ha ido dejando caer esa especie de Trío de los Panchos, llenos de ideas de bombero; con permiso del benemérito cuerpo. La llamada y caducada negociación con ETA no es agua pasada, sino una prueba de irresponsabilidad, en la que me la bufa lo que pueda pensar el Partido Popular; otros genios que se fueron a Suiza a charlar, hasta que se dieron cuenta de que les estaban tomando el pelo. Porque el problema capital de la clase política española respecto a ETA, y en esa clase incluyo a partidos veteranos como el PNV y a gregarios de menor cuantía como Carod-Rovira, está en determinar el tiempo que tardan en detectar que les están tomando el pelo, un pelo carísimo en sangre y alternativas.

Yo no puedo votar a Zapatero, porque no soy artista, ni me gusta la poesía de Benedetti -¡manda cojones sacar ahora a Benedetti del armario!-. Zapatero tiene un aroma a Artur Mas, todo huele a retórica, no se cree una puta palabra de todo lo que dice, o se lo cree mientras lo dice, pero ni un minuto más. Hoy juran, mañana van al notario, al otro día hacen declaraciones volcánicas que si alguien se las tomara en serio darían un vuelco al país. Tampoco puedo votar a Rajoy ni al PP, no sólo por trayectoria sino porque me basta verle en ese calvario, crucificado entre dos delincuentes políticos como Acebes y Zaplana -un delincuente político es aquel tipo que después de haber burlado todas las leyes de la decencia, no ha encontrado aún el juez social que le encause por estafa ciudadana-, junto a un espécimen como Pizarro, cuya única preocupación en su vida, hasta el día de hoy, ha sido forrarse.

Y ahí estamos, discutiendo contra quién se debe votar. El macizo de la raza hispana duda de Rajoy -¡ay esos gallegos indecisos, si volviera Aznar, el sin dudas!-, pero votará contra Zapatero. Los votantes zapateriles -¡cuánto dinero se ha distribuido entre la inteligencia hispana; sólo Esquerra Republicana alcanzó tan altas cotas en el aplec de Frankfurt!- dudan del fuste de ese chico, al que le falta un hervor, pero votarán contra el PP. ¿Y el mundo fantástico del tripartito catalán, qué hará? Los muchachos y muchachas de Esquerra, unidos sobre todo por el erario público, se decidirán contra la gran meada española, última aportación del fino teórico Carod-Rovira el caganer, famoso por su arrojo. Iniciativa per Catalunya i els Verds, en su aspiración por convertirse en un club vacacional, rutes a peu i en bicicleta, se paseará en vehículo ecológico. Cada vez que contemplo el aspecto de seminarista rebotado de ese chico de la bicicleta, me viene a la memoria lo que fue el PSUC en este país y me cuesta creerlo.

Opciones. Puede usted votar contra Rajoy, puede usted votar contra Zapatero, puede usted votar algo del tripartito y darle una patada a Mas en el culo de Duran Lleida. Puede usted votar contra todos un poco y seguir siendo constitucional. Incluso regalarle el voto a Llamazares, un médico en cuyas manos no pondría mi salud ni loco. Si vota en blanco, ya sabe que es la opción defendida por dos talentos estratégicos de larga trayectoria, Maragall y Barrera. Yo le sugiero algo muy sencillo y sin ningún futuro. El efecto le durará apenas una noche, la que sigue a los resultados electorales. No vaya a votar. Ni siquiera se mueva.

Castígueles con su desprecio. Le puedo asegurar que como ciudadano no va a variar en nada su vida si gana uno o gana otro, todo lo más sufrirá viendo la cara de Zaplana, no muy diferente de la de Blanco, o al revés, y como ninguno conseguirá la mayoría absoluta, podrá gozar de una escena memorable: cómo, al día siguiente del voto, todos se mostrarán dialogantes, integradores y comprensivos con sus adversarios. España se está haciendo italiana. La casta, hay quien la llama la costra, domina la situación y usted ha de asumir que, además de tocarle sus partes íntimas durante los días que quedan hasta el próximo 9, además, digo, creerán que le gusta. Porque si no protesta, se entiende que es porque le place. Por eso, el desprecio debería ir tomando carácter de derecho político. Nos faltan aún formas de manifestarlo, pero esta ocasión viene como regalada, porque nada es tan obvio como explicar que los intereses que unen a Zapatero con Rajoy, y a Carod con Acebes, son un vínculo mucho más poderoso que sus obligaciones con nosotros.

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