Reggio’s Weblog

Zapatero saca brillo a su izquierda de diseño, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Julio 7th, 2008

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El 37º Congreso del PSOE ha servido fundamentalmente para reforzar aún más la imagen de Zapatero.

Su victoria en las últimas elecciones generales disipó las dudas que, dentro de su propio partido, generaba su liderazgo.

Con los efluvios del triunfo aún frescos, Zapatero ha aprovechado su indiscutido protagonismo para inocular en el partido durante este autocomplaciente fin de semana su idea de la izquierda.

Curioso, ¿verdad? Mientras el PP proclama -¡otra vez!- su giro al centro, el PSOE reafirma con ostentación su ubicación ideológica. Y es que, la izquierda, al contrario que la derecha, se siente orgullosa de su pasado y de sus señas de identidad.

En su discurso del viernes, Zapatero proclamó: «Nosotros no necesitamos girar: somos de izquierda». Es decir, buenos.

Pero, claro, desde que Pablo Iglesias reivindicara la revolución social y la abolición de las clases, hace ya casi 130 años, hasta nuestros días, ha llovido mucho sobre los principios del socialismo.

Ser de izquierdas -según el PSOE- ha significado ser marxista, o no serlo; estar en contra de la OTAN, o estar a favor; y, ya más recientemente, subir o bajar los impuestos.

Por tanto, lo esencial para el PSOE es la marca. O sea, que sea lo que sea, se defina de izquierdas. Lo demás es secundario.

Zapatero, a diferencia de Felipe González, ha hecho de la ideología (no de la gestión) un arma inteligente contra sus oponentes en la medida en que ha sabido ponerles a la defensiva.

Por ejemplo, mientras en el PP redescubren las virtudes de la teoría de Hotelling (parecerse lo más posible a tu competidor es rentable), en el PSOE presumen de seguir la tendencia contraria: el valor está precisamente en la diferencia.

Una vez que la izquierda ha desechado definitivamente la revolución social, las nacionalizaciones, etcétera, es decir, una vez que el Partido Socialista ha asumido la economía de libre mercado y la competencia como motor de riqueza (Adam Smith en estado puro, frente a un anquilosado Karl Marx), la cuestión precisamente es buscar zonas de diferencia que den sentido a lo que debe entenderse en una sociedad moderna como «ser de izquierdas».

Como tampoco la democracia es ya un valor que pueda esgrimir la izquierda como propio, el auténtico yacimiento de valores para esa ideología está en lo que Zapatero llama «conquista de derechos».

La defensa de la mujer, de los homosexuales, el aborto, la eutanasia, la laicidad, el cambio climático… todo ello rociado, eso sí, con unas gotas de gasto social y ayuda al desarrollo.

¿Acaso no resultó tierno escuchar a Zapatero reivindicar el esfuerzo para la desaparición de los titulares de los periódicos que hablan de decenas de miles de niños que mueren de hambre en el mundo todos los días?

Bien, pero eso, no lo olvidemos, es la anécdota. Esa llamada a la solidaridad con los pobres es tan impostada, tan para que no se diga, que estaba insertada en el mismo discurso que Zapatero concluyó incitando a los delegados del congreso a «consumir».

Pero queda bien y eso siempre reconforta. Al fin y al cabo, uno está en un partido para cambiar las cosas. Les brindo aquí otra de las frases de diseño de Zapatero: «Cambiamos las cosas porque nosotros no cambiamos». ¡Para que luego digan que el congreso no ha merecido la pena!

Pero no nos desviemos de lo fundamental. Zapatero ha vuelto a poner en valor el tradicional anticlericalismo de la izquierda edulcorándolo como «laicismo».

De hecho, batallas como el aborto, las bodas de homosexuales o la eutanasia, tienen atado al PP de pies y manos precisamente porque ésas son cuestiones nucleares en los principios que defiende la Iglesia católica.

La desaparición de los crucifijos de los actos oficiales o iniciativas como la Educación para la Ciudadanía, dejan meridianamente claro que el PSOE de Zapatero, la nueva izquierda, tiene en su oposición a la jerarquía católica, uno de sus ejes diferenciadores, en una sociedad que, efectivamente, cada vez se distancia más de las tutelas de la Iglesia.

Admitamos que ese recurso, al margen de su efectismo, cohesiona a sus bases y sirve para que los socialistas sigan mirando como a retrógrados meapilas a los votantes del PP.

Pero, ¿cuál ha sido la respuesta de este cónclave laico a la por todo el mundo llamada crisis? ¿Qué mensajes se han lanzado al trabajador en paro, al mileurista que ya no puede pagar su hipoteca o a los miles de españoles que cada día tienen más dificultades para llenar la cesta de la compra?

¿Qué medidas han salido de este congreso super mega guay para reducir la dependencia energética de España? ¿Cuáles han sido las fórmulas para cuadrar el sudoku autonómico tras la ruptura del modelo de financiación que ha supuesto la aprobación del nuevo Estatuto de Cataluña? ¿Qué se ha dicho del problema del agua?…

Candoroso Caldera ya ha dado muestras de su capacidad para dirigir el «tanque de pensamiento» socialista al descubrir al verdadero responsable de la no llamada crisis: ¡George Bush! Claro, el mismo de la Guerra de Irak. ¡Acabáramos! Cuando llegue Obama a la Casa Blanca todo irá mejor.

Sin embargo, la elusión por el congreso de los problemas más acuciantes de los ciudadanos no ha sido completa. Tanto Zapatero como Blanco se afanaron en atacar a los promotores y firmantes del Manifiesto en defensa de la lengua.

¿Por qué? Sencillo: por imposición del PSC. Porque lo que está en cuestión es, ni más ni menos, que el modelo catalán de enseñanza, que consiste en que el catalán sea la única lengua vehicular en las escuelas.

El PSC, como es sabido, tiene mucha capacidad para imponer sus prioridades al PSOE. Ya lo hizo en el anterior congreso, en el que arrancó el compromiso para reformar el Estatuto. Y lo ha sido en esta ocasión promoviendo una enmienda en la que se vincula la igualdad de los ciudadanos en Cataluña con la enseñanza en catalán. Dicen que así no existe riesgo de fragmentación social. Más o menos lo que decía Franco cuando justificaba la falta de libertad: así se evitaba que se enfrentaran unos a otros.

El PSC, con sus 25 escaños (18 más que el PP), es la llave para la victoria socialista en las generales. Incluso más que Andalucía.

Por tanto, Montilla se lleva el gato al agua en un debate en el que, por mucho que se quiera forzar, va a ser difícil trazar una línea divisoria entre la derecha y la izquierda.

¿Cómo conciliar la defensa y la ampliación de derechos con la imposibilidad que tiene hoy en día un padre para llevar a su hijo a una escuela pública en Cataluña en la que la lengua vehicular sea el castellano? ¿Defendería lo mismo el PSOE si el PSC, en lugar de abrazar las tesis nacionalistas, defendiera el bilingüismo?

Zapatero clausuró ayer el 37º Congreso con un discurso en el que volvió a insistir en sus ataques a los defensores del Manifiesto insertando otra de sus frases hechas para titulares de prensa: «No está en condiciones de gobernar España quien no entienda su diversidad». Tampoco debería estarlo quien no entiende que, en un Estado democrático, los derechos individuales están por encima de los derechos de los pueblos o de las lenguas.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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Si tiene cuatro patas y ladra como un perro…, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Economía, Política by reggio en Junio 30th, 2008

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El Gobierno sigue sin reconocer que estamos en una situación de crisis económica. «Es opinable si hay crisis», dice el presidente en la entrevista que publicaba ayer El País. Aunque hay un cambio (ya no se dice rotundamente que no hay crisis), es un error no reconocer lo que está ocurriendo. Ya diremos por qué.

Algunos de los legos propagandistas del Gobierno confunden «crisis» con «recesión», situación que se produce cuando durante dos trimestres seguidos una economía no crece o reduce su PIB. «Como todavía estamos creciendo», concluyen, «no se puede hablar de crisis».

Desde el punto de vista ortodoxo, una crisis es un desplome de las principales variables económicas. Es decir, una caída del crecimiento, del empleo y de las expectativas de los consumidores y empresarios. El pasado miércoles, alguien tan poco sospechoso de alarmismo como Cándido Méndez, secretario general de la UGT, definió en Onda Cero la crisis como la «antesala de la recesión».

Me vale cualquiera de las dos definiciones. Ahora tenemos en España una caída brusca del crecimiento, que ha pasado en medio año del 3,8% a menos del 2%, en paralelo con una fuerte subida de los precios y de los tipos de interés. El paro está en aumento y hasta el ministro de Trabajo, el solvente Celestino Corbacho, ha reconocido que superaremos el 11%, lo que deja en mal lugar al presidente del Gobierno que, tras las elecciones del 9-M, se atrevió a afirmar que el peor dato de paro de esta legislatura sería mejor que el mejor dato de las dos legislaturas del PP (recordemos que la cifra más baja entonces fue del 10,6%). En la entrevista citada, Zapatero quiso maquillar su afirmación y habló de la media de la legislatura. El caso es que superaremos el 11%.

Además, hay que sumar a todo ello una fuerte caída de la Bolsa, que en este primer semestre ha perdido el 20% de su valor, batiendo su récord histórico de pérdidas.

Por no hablar de la fuerte subida del precio de la gasolina y el gasóleo y de la caída de los precios en el sector inmobiliario.

Estoy de acuerdo con Zapatero en que no es relevante el debate semántico sobre la definición más adecuada a la situación que estamos viviendo. Lo que está claro es que vivimos peor que hace unos meses y que vamos a vivir aún peor en los meses venideros.

Me parece más interesante que nos fijemos en cómo afecta esta situación a una familia media.

En estos momentos, el salario medio de los españoles es de 1.689 euros al mes. En el último año, el aumento de los tipos ha supuesto un encarecimiento medio de las hipotecas de casi 80 euros al mes (960 euros al año). Es decir, que sólo ese efecto ha supuesto una disminución de la renta de ese español medio del 5,6% en un año.

La subida de los productos básicos (según el criterio que utiliza Caixa Catalunya) supone prácticamente el doble de lo que representa el índice de precios al consumo (el famoso IPC). Es decir, que si el IPC, la inflación, ha subido un 5,1% en el último año, los productos básicos, los que más afectan al bolsillo de los consumidores, han subido en ese mismo periodo un 10%. Digamos entonces que esos dos efectos combinados (subida de tipos más inflación) han supuesto un recorte del poder adquisitivo del salario de ese español medio de casi un 16%.

Aceptemos que en el caso de ese español medio se haya producido una subida salarial del 4% (que está en la banda alta de los convenios firmados hasta ahora). Con dicha subida salarial incluida la resultante de los tres efectos (tipos+inflación-subida de salarios) supone un recorte en la renta de los salarios en el último año de un 12% aproximadamente.

Es decir, una disminución de 202 euros al mes para ese salario medio de 1.689 euros.

No está mal. Y eso dando por hecho que nuestro asalariado no se ha quedado en paro, que cada vez afecta a más españoles. Ni tampoco la pérdida de renta suplementaria que tendría si tuviera sus ahorros en Bolsa o hubiera comprado una vivienda en el momento álgido del boom inmobiliario.

Es decir, nuestro español medio ha perdido una renta mensual que equivale a lo que le ingresará Hacienda este mes producto de la devolución de los 400 euros. Medida que tenía como fin reactivar el consumo. Pues bien, para compensar al español medio por su pérdida de renta, Hacienda le tendría que haber devuelto 2.424 euros al año, que es la cantidad en la que se ha empobrecido nuestro recurrente asalariado.

Hablemos un momento de lo que significa esta situación (¿de crisis?) para la economía del país en su conjunto. La deuda de empresas y familias en España supone ahora unos 700.000 millones de euros. Eso significa el 70% del PIB nacional.

En el último año, los tipos han subido 2,5 puntos, lo que supone un coste financiero para el conjunto de esa deuda de 15.000 millones de euros.

Si a eso le sumamos los 25.000 millones de euros que ha supuesto la subida de los precios del petróleo, más otros 10.000 millones por el encarecimiento de otras materias primas, tenemos un coste total de unos 50.000 millones de euros. Es decir, del 5% del PIB nacional. Eso quiere decir que, en el último año, España se ha empobrecido un 5%, considerando sólo los efectos financieros y la subida de las materias primas.

¿Cómo habría que llamarle a esa situación?

El Gobierno sigue empeñado en hablar de «desaceleración» o de «situación muy complicada». ¿Pero por qué hablan de amor, cuando lo que quieren decir es sexo?

Lo importante, como decía, no es la definición de la situación, sino la situación en sí misma. Y la realidad es que nunca se había producido en la economía española durante el último cuarto de siglo un empeoramiento tan brusco y tan profundo como el que estamos viviendo ahora.

Pero, ¿por qué el Gobierno se empeña en negar la evidencia?

Apenas unos meses antes de las elecciones, el presidente Zapatero, despreciando a los que ya advertíamos sobre los nubarrones que nos amenazaban, dijo aquello de que «España está en la Champions League de la economía europea».

Zapatero le colgó a Solbes la medalla del milagro económico que hacía de España el país que crecía más y que generaba más empleo de la UE.

¿Qué es lo que ocurre ahora? Justo lo contrario. España es el país de la UE en el que las expectativas económicas se han deteriorado más rápidamente.

Es decir, siguiendo la lógica futbolística, hemos bajado a la Segunda División de la liga europea. ¿Podríamos, en buena lógica, pedir cuentas al bueno de Solbes?

Sería injusto. En una economía globalizada la situación sólo es en parte responsabilidad de los gobiernos.

Sin embargo, de lo que sí son responsables los gobiernos es de las medidas que adoptan o no para amortiguar situaciones adversas. Zapatero tiene que reconocer la realidad y, después, ser mucho más ambicioso de lo que ha sido en su último paquete económico. El Gobierno debe recortar mucho más el gasto público y rebajar más los impuestos si quiere que salgamos de la crisis. Zapatero tiene que llamar a las cosas por su nombre. Ya saben. Si tiene cuatro patas, rabo y ladra como un perro… es que es un perro.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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El reto de Rajoy al PP tendrá una respuesta, de Casimiro-García Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Mayo 26th, 2008

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El camino hacia el congreso de Valencia se ha convertido en un calvario para Rajoy. La semana pasada ha sido, si cabe, la peor desde el 9-M para la deteriorada imagen del líder popular.

San Gil y Ortega Lara son dos símbolos de la resistencia frente a ETA. La líder del PP vasco, de la que ahora se dice en Génova que «ha tenido valor pero pocas ideas», logró mantener un buen resultado en las últimas elecciones autonómicas, cuando se daba por hecho una importante caída del PP. No se entiende por qué, si tiene tan pocas luces, como dice Lassalle, Rajoy la propuso para elaborar la ponencia política; o, peor aún, por qué quiso que fuera de número dos por Madrid.

El adusto funcionario de prisiones, que aguantó encerrado 532 día en un zulo en el que, hasta el momento, ha sido el secuestro más largo de ETA, y que dio un ejemplo de fortaleza moral a todo el país, se ha marchado del PP sin hacer ruido. Le ha llevado a tomar esa decisión el compromiso personal que tenía con San Gil. Ante eso, no hay manera de luchar.

Algunos dicen que esas decisiones no tienen sustento ideológico, que no se puede dar trascendencia política a lo que sólo tiene que ver con los sentimientos.

La dirección del PP maneja el siguiente argumento, pretendidamente irrebatible: «Si en la ponencia política se recogieron todas las sugerencias de San Gil, entonces, ¿por qué se va?»

La cuestión de «falta de confianza», que ha esgrimido la presidenta del PP vasco para justificar la dimisión de sus cargos, se degrada desde el aparato hasta convertirla en una rabieta afectiva. «María necesitaba cariño», dicen en tono comprensivo.

Rajoy debería cambiar de asesores. Incluso dando por buenos (que no lo son) esos argumentos, el presidente del PP tendría que haberse empleado a fondo para evitar la dimisión de San Gil, cuyas consecuencias eran evidentes hasta para los más torpes.

Pero Rajoy la ha despachado de dos capotazos porque lo más importante para él ahora es consolidar el proceso de autoafirmación. En lugar de enfocar el congreso como una plataforma para lanzar al PP en pos de la victoria en 2012, lo ha convertido en un acto de autolegitimación. Por eso, desde el aparato, no da ninguna batalla política; por eso se cambiaron los párrafos de la ponencia política como si no importara decir una cosa o su contraria; por eso el líder del PP se empeña estos días en repetir cansinamente que él no ha cambiado. «No tengo ni una coma que cambiar a los discursos de los cuatro últimos años», insistió el sábado en Almería. Y lo volvió a repetir en la entrevista de ABC de ayer domingo.

La cuestión es como sigue. Rajoy dice que «hay que moverse». Pero cuando entra en harina, se va por las ramas. Como hizo el pasado viernes en su reunión televisada con un grupo de alcaldes del PP. «Las nuevas tecnologías, la sociedad de la información… Ya no competimos con el del pueblo de al lado, sino con el resto del mundo», dijo como si descubriera el Mediterráneo. ¡Ah, la globalización!: sirve lo mismo para un roto que para un descosido.

A veces nos toman por imbéciles. ¿Alguien cree de verdad que cuando Rajoy habla de «moverse» se refiere a adaptar el discurso del PP a las nuevas tecnologías?

El otro día le pregunté en 59 segundos a González Pons (al que considero sensato, inteligente y brillante) qué es lo que creía que había que cambiar en el PP y dijo que «prácticamente nada, tal vez la política de comunicación».

¿Hasta dónde piensan llegar con esas supercherías?

En privado, los defensores de la ignota línea que ha adoptado Rajoy repiten estos mensajes:

1º Hay que pasar página del aznarismo.

2º Rajoy tiene que actuar sin ataduras con el pasado y hacer su política y su equipo.

3º El partido no puede estar al albur de las presiones externas (léase de los medios de comunicación que más le apoyaron).

4º El PP tiene que ser capaz de pactar con los nacionalistas sin cambiar sus principios.

5º El PP es un partido de centro reformista que tiene que ganarse a una franja de votantes de centro izquierda que votan al PSOE.

Es decir, la forma de ganar al PSOE sería aproximarse lo más posible al PSOE. Ya me referí a ese asunto hace unos días, cuando dije que lo que pretende Arriola (el ideólogo jefe del neo PP amable) es aplicar el principio de Hotteling a la política: colocar la zapatería propia al lado de la del competidor para ganar más clientes. Parece que al asesor de Rajoy no le suena mal ese paralelismo.

Pues bien, si Rajoy piensa eso, que lo diga. Pero si es así, entonces no sólo tendrá que quitar algunas comas, sino párrafos enteros de los discursos que ha pronunciado en los últimos cuatro años.

Ser moderno no significa renunciar a la esencia de lo que representa el PP. Cuando se habla de un país de ciudadanos libres e iguales ante la ley; cuando se defiende la derrota del terrorismo o un modelo de Estado en el que los territorios no pueden estar por encima de las personas, no se es más carca que cuando, por ejemplo, se defiende que lo importante es ser catalán, vasco o valenciano.

Naturalmente que el PP debe aspirar a lograr una mayoría social. Pero eso tiene que hacerlo manteniendo sus principios de verdad, no sólo de boquilla.

Pongamos un ejemplo. José Manuel Soria, uno de los miembros de la ponencia política, se enfrentó a San Gil por su supuesta intransigencia ante los nacionalistas. «Hay que distinguir entre el nacionalismo autonomista y el soberanista», le dijo.

Justo al día siguiente de que San Gil anunciara públicamente su abandono de la ponencia política, Paulino Rivero, presidente del Gobierno de las islas y dirigente de Coalición Canaria (CC), declaró que no había que «tener miedo» a hacer de Canarias un Estado libre asociado. Rivero, que acaricia la idea de establecer consulados en algunos países africanos, argumentó, frente a las críticas del PSOE (el PP no dijo nada), que si Canarias no mejora su autogobierno con más competencias se «alimentará un sentimiento de frustración respecto a otros territorios del Estado» (¿verdad que eso les suena?). Como ustedes saben, el PP gobierna en Canarias en coalición con CC.

La semana pasada, Soria (presidente del Cabildo de Tenerife) instó a Esperanza Aguirre a explicar qué es lo que está haciendo mal la dirección del PP. Pues bien, querido José Manuel, no hace falta ir muy lejos. El PP no puede gobernar en coalición con un partido que defiende que Canarias debe ser un Estado libre asociado con España, como tampoco podría hacerlo con un PNV que propugna un plan de segregación, o con una CiU que tiene entre sus prioridades plantear la autodeterminación de Cataluña.

Porque, si es así, el PP habrá renunciado a tener un proyecto político para toda España. ¿Pretende eso la dirección de Génova?

Hasta ahora, el argumento más sólido de Rajoy frente a sus críticos era que nadie dentro del PP ha presentado alternativas. Yo le pediría que leyera el artículo que hoy publica en EL MUNDO Gabriel Elorriaga y que estuviera atento a los acontecimientos.

Rajoy ya no peleará con fantasmas. En el congreso de Valencia habrá una alternativa. Todo apunta a Juan Costa, responsable del programa electoral en las últimas elecciones. ¿Se atreverán a decir que Fraga es el centro y Costa el ala dura del PP?

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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María, muchos seguimos estando contigo, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Mayo 22nd, 2008

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María no es lo que se entiende comúnmente como un político. No planifica sus movimientos. Sus críticos dicen que «carece de estrategia». María salió corriendo detras de Txapote después de que el etarra asesinara a Gregorio Ordóñez de un tiro en la cabeza justo enfrente de ella. No lo pensó. Hizo lo que cualquiera con sangre en las venas hubiera hecho, aunque después tuviera que frenarse en seco para preguntarse: «¿Pero qué estoy haciendo?».

Por eso, María es un símbolo. Es alguien que lucha en el País Vasco contra el terror, por la libertad, no porque persiga un cargo o para que su partido gobierne. No. Ella quiere que algún día todo el mundo pueda pasear sin escolta por las calles de San Sebastián sin temor a que alguien le pueda matar simplemente por no ser nacionalista.

María llegó ayer a Madrid tocada, desanimada. Pero tenía la esperanza de que su conversación con Rajoy le devolviera la ilusión. No hubo caso. El presidente del PP, frío aunque amable en las formas, no le dio opción. Cuando ella le mostró su disposición a marcharse, es decir, a no presentar su candidatura a la reelección como presidenta del PP vasco en el congreso que se celebrará el próximo mes de julio y a dejar su escaño en el Parlamento de Vitoria, Rajoy se limitó a recomendarle: «Piénsatelo».

María se siente abandonada. No sólo porque durante la elaboración de la ponencia política tuviera que pelear cada párrafo con el asesor ejecutivo del presidente, José María Lassalle, sino porque desde la dirección del partido no se la ha respaldado cuando más falta le hacía.

Desde el aparato se ha fomentado la división. Las abstenciones del pasado lunes en la Junta Directiva Regional del PP vasco le han dolido porque significan la visualización de una falta de confianza que la debilita, que le quita fuerzas para seguir dando la cara.

En el partido se apuesta sin disimulo por Alfonso Alonso, ex alcalde de Vitoria y hombre del equipo de Sáenz de Santamaría en el Congreso de los Diputados.

Probablemente, si María hubiera hecho sus movimientos con más tiento, con más cálculo, las cosas le hubieran ido mejor en el partido. No olvidemos que Rajoy le llegó a ofrecer ser la número dos de la lista al Congreso y ella lo rechazó porque tenía un compromiso con los militantes vascos.

El drama, para el PP, dándoles todo el valor que tienen a los afiliados y dirigentes de Euskadi que no están de acuerdo con ella, es que se haya perdido la capacidad para evitar que alguien tan importante como María acabe por tirar la toalla.

Rajoy, que aspira con toda la legitimidad a ser de nuevo el presidente del PP, debería reflexionar sobre ello. Para mucha gente de la calle, militantes y votantes de toda España, María es la cara de la resistencia frente al terror.

Lo que ha llevado al PP a tener más de 10 millones de votantes y a ser un partido con opciones serias de gobernar en España es que los ciudadanos han identificado sus siglas con la lucha por la libertad y contra el terrorismo en el País Vasco. Eso y no otra cosa es María.

Ayer, cuando entró en el taxi para ir al aeropuerto de vuelta a casa tras la reunión con Rajoy, el conductor volvió la cabeza y se limitó a decirle: «María, estoy contigo».

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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Arriola y el principio de Hotelling, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Mayo 13th, 2008

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Se equivocan los que reducen la crisis del PP a una simple pugna de poder. Lo relevante es que, además de las personas, que también son esenciales porque el liderazgo no lo ejercen los principios, sino quien los defiende, hay un debate sobre la política que debe aplicar el partido.

La decisión de María San Gil -a la que Rajoy ofreció ir de número dos de la lista por Madrid antes del fichaje de Pizarro- de no avalar con su firma la ponencia política que se presentará al próximo congreso es, por supuesto, un varapalo para Rajoy. Pero, además, es una carga de profundidad contra el revisionismo que pretende aplicar el aparato de Génova a la estrategia del PP. Eso sí, todo ello envuelto con el presunto aval de la eficacia electoral, según el argumentario del asesor áulico Arriola.

La negativa de San Gil es una enmienda a la totalidad. Es rebelarse contra la renuncia a los principios que supone dar vía libre a los barones regionales para que pacten en función de sus intereses particulares con los partidos nacionalistas.

Ese giro copernicano a la política de defensa de un solo y único mensaje para toda España (lo que hacía del PP un partido radicalmente diferente al PSOE y lo que, al mismo tiempo, le daba autoridad moral para reclamar la mayoría social) no es algo que se haya cocinado ahora, tras la derrota del 9-M.

La claudicación, fruto de la debilidad de Rajoy, comenzó a fraguarse cuando el PP aceptó avalar el nuevo Estatuto valenciano pactado con el PSOE, que ha servido para dar lustre a Camps (que no tuvo empacho en bautizar con su nombre la cláusula que garantizaba la equiparación de su texto con el Estatuto de Cataluña) y, al mismo tiempo, para quitar argumentos a su partido cuando cuestionaba la constitucionalidad de la norma aprobada por el tripartito.

Después, a ese carro oportunista se sumó el PP de Arenas, que suscribió la tesis de que Andalucía también era una nación, aunque a su modo.

Al margen de que sea éticamente cuestionable defender cualquier cosa con el solo argumento de su eficacia electoral, todavía está por demostrar que el afeitado de los principios dé buenos resultados en las urnas.

Arriola quiere aplicar a la política el principio de la mínima diferenciación, que hizo famoso al economista norteamericano Harold Hotelling. En resumen, los dos partidos que luchan por hacerse con el centro político deben terminar por hacer propuestas que se parezcan lo más posible, al igual que dos zapaterías en una misma calle (ése era uno de los ejemplos que ponía Hotelling) terminan por situarse una al lado de la otra para maximizar sus beneficios.

Me temo que ese principio no sea aplicable a la política, y muy especialmente si se refiere al posicionamiento del PP respecto a algunos partidos nacionalistas que buscan la segregación de España.

Además, lo que subyace del último episodio de la tortuosa historia de desgaste de Rajoy es algo que tiene difícil solución. Para San Gil lo que le ha hecho dar el paso no es lo que diga la ponencia (al final, parece que Rajoy ha convencido a Lassalle para que el texto recoja las propuestas de la líder del PP del País Vasco), sino la poca confianza que le inspira la nueva dirección del partido. Y, en la política, la confianza lo es todo.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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Un poco de simpatía para Mayo del 68, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Historia, Política by reggio en Mayo 12th, 2008

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En la noche del 10 de mayo de 1968 un grupo de estudiantes cortó con barricadas unas cuantas calles del Barrio Latino de París.Nadie era consciente entonces de que estaba naciendo un mito que marcó a toda una generación y que aún hoy sigue siendo objeto de controversia política e intelectual.

Sarkozy ha instado a sus compatriotas a «acabar con la herencia del 68». Daniel Cohn-Bendit (el líder estudiantil por excelencia del Mayo francés, conocido entonces como Dany el Rojo) aconseja ahora «olvidar el 68» (su penúltimo libro se titula justamente así: Forget 68).

Sin embargo, el filósofo Alain Touraine, profesor hace 40 años de la Universidad de Nanterre y abogado de Dany el Rojo en plena refriega, defiende su vigencia en la entrevista de Rubén Amón publicada la semana pasada por El Cultural: «Mencionar tanto como hacemos el 68 demuestra que ocupa todavía un lugar y que recomienza a tener un sentido».

En general, a la luz de lo que se ha publicado estos días, los intelectuales de izquierda miran con cierta nostalgia o escepticismo aquellas manifestaciones de rebeldía, mientras que los de la derecha los critican por lo que supusieron de cuestionamiento de los valores tradicionales o los tratan con cierto desdén.

De lo que no hay duda es de que, al margen de las interpretaciones ideológicamente sesgadas, ocurrieron muchas cosas importantes durante aquel año.

Los jóvenes franceses, en un movimiento espontáneo que contó con el rechazo inicial del Partido Comunista, que lo consideraba una algarada pequeñoburguesa, alzaron su voz contra el autoritarismo.

Aunque hubo un intento de conexión entre la contestación estudiantil y el movimiento obrero (de hecho, los sindicatos convocaron una huelga general para pedir subidas salariales aprovechando el acoso al que estaba siendo sometido el Gobierno de De Gaulle), los estudiantes no pretendían hacer una revolución. O, al menos, no una revolución proletaria al estilo clásico.

Raymond Aron, sociólogo y conocido columnista de Le Figaro, se refirió a los protagonistas del Mayo francés como «niños de papá tocados por la gracia».

Fernando Vallespín (en un artículo publicado en la edición española de Foreign Policy) sitúa los acontecimiento de París en el contexto de La sociedad opulenta, el libro de Kenneth Galbraith, publicado justo 10 años antes.

Aunque la extrema izquierda, los trotskistas de Alain Krivine y los maoístas pretendieron capitalizar el levantamiento, nadie puede arrogarse el mérito de haber puesto en pie a una juventud que tenía mucho más claro lo que detestaba que hacia dónde quería ir. En lugar de tomar el Palacio de Invierno, o del Elíseo, los estudiantes se conformaron con ocupar el teatro Odeón, en un gesto más propio de un happening que de una insurrección de manual.

Durante aquellos días de batallas callejeras sin un solo muerto, los jóvenes se reivindicaron a sí mismos. Sus eslóganes no tenían la paternidad de ninguna sigla partidista: «Seamos realistas, pidamos lo imposible».

Aquello no fue ni la revolución de 1848 ni la Comuna de París de 1871. Marx no fue el referente ideológico, aunque las obras de algunos intelectuales marxistas, como Marcuse, Althusser o, naturalmente, Sartre, dieron soporte a sus aspiraciones.

El pálpito antiautoritario, mezclado con la liberación sexual, la reivindicación del papel de la mujer, la ruptura con las ataduras del pasado, la pérdida del miedo a cuestionar lo establecido, el pacifismo… todo ello conectó el Mayo francés con lo que estaba ocurriendo casi al mismo tiempo en otras partes del mundo.

En el 68 estaba en pleno auge el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. La Universidad californiana de Berkeley irradiaba la contestación contra la guerra de Vietnam y la segregación racial. El movimiento hippie surgió como una respuesta pacífica y antisistema a la muy conservadora y belicista sociedad americana.Todo ello bien condimentado con dosis de LSD (justo hace unos días murió su inventor, Albert Hoffman) y efluvios de marihuana.

Praga vivió en el verano del 68 una oleada de protestas, protagonizadas también por estudiantes, contra el sistema comunista y la sumisión de Checoslovaquia a la URSS, finalmente aplastadas por los tanques del Pacto de Varsovia el 20 de agosto.

En marzo del 68 se produjo la matanza de My Lai en Vietnam, contada con todo detalle por el periodista Seymour Hersh. Es el año de la fotografía en la que se ve al general survietnamita Nguyen Ngoc Loan pegándole un tiro en la cabeza a un militante del Vietcong con las manos atadas a la espalda en pleno centro de Saigón.Es el año del asesinato de Robert Kennedy. También es el año en el que mataron al líder negro Martin Luther King. Y, por supuesto, el año en el que el Ejército mexicano aniquiló a decenas de estudiantes al disolver a tiros una concentración en la plaza de las Tres Culturas.

Eran las aspiraciones de toda una generación enfrentada con sus ideales a la brutalidad de un sistema que empleaba como norma el lenguaje de la represión.

En España, naturalmente, mandaba Franco y los grises no se andaban con chiquitas a la hora de poner en vereda a los todavía escasos estudiantes que osaban a plantar cara al régimen.

Fue el año en el que Bob Dylan se convirtió en el poeta de la protesta global.

Fue, que nadie lo olvide, el año en el que los Rolling Stones grabaron el disco Beggars Blanquet, en el que se incluye su magistral Sympathy for the devil, inspirado en la novela de Mijail Bulgakov El maestro y Margarita, prohibido por Stalin y que no llegó a publicarse en Europa ¡hasta 1968! Los Stones reclamaban un poco de simpatía para el diablo en una sociedad que aceptaba con normalidad las barbaridades hechas cínicamente en nombre de Dios.

Unos meses después, ya en 1969, Dennis Hopper dirigió Easy Rider, road movie con música de The Byrds, The Band y Jimi Hendrix.Los tres jóvenes contraculturales (protagonizados por el propio Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson) terminarían siendo vapuleados por la intransigencia de la América profunda.

El sueño de Mayo del 68, como el de los moteros de Easy Rider, el de los jóvenes de Praga o el de los estudiantes mexicanos, se estrelló contra la cruda realidad.

Pero no fueron del todo derrotados, a pesar de la aplastante victoria de Charles De Gaulle, o de los tanques, o de los bombardeos con napalm en Vietnam.

Muchas de las cosas que se reivindicaron entonces ahora están asumidas con naturalidad por el sistema. Al fin y al cabo, ésa era la teoría de Marcuse en El hombre unidimensional.

Pone Eugenio Trías como ejemplo de la herencia de Mayo del 68 el hecho sin precedentes de que una mujer y un negro estén luchando en las primarias para lograr la candidatura demócrata a la Presidencia de Estados Unidos. La conquista de nuevos derechos, la tolerancia, la democracia en su sentido más participativo comenzaron a gestarse en las calles de París hace 40 años. Aquella rebeldía políticamente huérfana dejó una semilla saludable. Por más que Sartre afirmara que lo único que quedó del Mayo francés fue él mismo, una parte de sus aspiraciones se ha hecho realidad.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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Rajoy, el líder cuestionado, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Mayo 5th, 2008

CRISIS EN EL PP

El presidente del PP se atrinchera en un reducido círculo de fieles mientras crece la sensación de que ha perdido autoridad y no será el candidato en 2012 pase lo que pase en el Congreso de junio

El martes 29 de abril Mariano Rajoy se enteró, minutos antes de las 10 de la mañana, de que Eduardo Zaplana, el portavoz del Grupo Popular durante la última legislatura, dejaba su escaño en el Congreso para integrarse en Telefónica como delegado para Europa. El medio era no sólo el más acorde con el negocio de su nueva compañía, sino que refleja la distancia que, desde hace unos meses, le separaba de su jefe: se lo comunicó mediante una breve y fría llamada de móvil. Rajoy no se explayó con su antaño fiel escudero: «Así que a Telefónica. Bueno, allí estarás bien, ¿no?»

El líder del PP se encaminaba a esa hora a la reunión del Grupo Parlamentario donde estaba previsto que se constituyera, así lo llamaron en Génova, el «gobierno en la sombra»; es decir, el cónclave donde se iba a oficializar el nombramiento de los responsables de las distintas áreas que tendrán que ejercer el control parlamentario sobre los ministerios del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero.

La cosa no podía empezar peor. Minutos después de recibir la llamada de Zaplana, los periódicos electrónicos ya tenían colgada la noticia en sus portadas. Los móviles de todo el mundo comenzaron a sonar casi al unísono: «¿Te has enterado? Zaplana se va a Telefónica».

Con un ambiente así, a ver quién era el guapo que vendía a los periodistas la idea del «gobierno en la sombra». De hecho, nadie la compró.

Para colmo, Manuel Pizarro protagonizó, poco después, un cruce de reproches con Rajoy en el Hemiciclo del Congreso de los Diputados, a la vista de todos, incluidos, claro, los fotógrafos de prensa, que dieron cuenta de la escena. Pizarro no parecía estar de acuerdo con que su partido apoyase el trasvase («conducción», en la terminología oficial) del Ebro a Barcelona. Tampoco aceptó las explicaciones de Rajoy para no haberle ofrecido lo que él consideraba acorde con sus méritos y el lugar que ocupó en la lista al Congreso por Madrid: el número dos; o sea, el equivalente, si se perdía el 9-M, al cargo de portavoz del Grupo. Por mucho que aprecie a Soraya Sáenz de Santamaría, Pizarro no cree que ésta tenga autoridad suficiente como para ser su jefa. «Llevo 25 años siendo mi propio jefe», le espetó a Rajoy junto a la tribuna de oradores de la Cámara. Hay días en los que es mejor no levantarse.

El malestar de Pizarro es ya un clamor en la clase política. Hace unos días, en un lugar tan discreto (según como se mire) como los lavabos de Génova, le comentó a Federico Trillo, que compartía con él ese momento de intimidad: «Yo no he venido a la política por dinero ni para figurar. He ganado mucho dinero y he tenido más relevancia de la que he querido. Pero Mariano no me puede tratar así».

Los problemas del 29 de abril no terminaron con el cruce de palabras en el Salón de Plenos del Congreso. En la reunión del Grupo Parlamentario, en la que no se preveían a priori dificultades para Rajoy, la diputada Ana Torme, próxima a Zaplana, rechazó públicamente el ofrecimiento para ocupar la portavocía adjunta de Seguridad Vial: «Ya fui portavoz». Buen argumento.

Ya rayando el mediodía, Zaplana recibió una llamada de uno de los diputados que formó parte de la dirección del Grupo Parlamentario en la anterior legislatura. «¿Por qué no nos vemos y tomamos algo? Llamo a unos cuantos amigos y te despedimos como dios manda». «Bueno, reserva en un sitio cerca del Congreso y comemos algo rápido, pero que sea pronto», respondió el ex portavoz, que se dirigía en ese momento a la Cámara para presentar su renuncia al escaño.

Su interlocutor reservó en el restaurante Paradis (un lugar frecuentado por políticos y periodistas).

Cuando Zaplana atendía la enésima llamada en su móvil, a las puertas del citado local, apareció el mismísimo Rajoy, acompañado por los diputados Esteban González Pons, Jorge Moragas y José María Lassalle, y de su jefa de prensa, Carmen Martínez Castro. Rajoy volvió a cruzar con él unas palabras de compromiso: «A partir de ahora tendrás que viajar mucho, me imagino».

Zaplana se quedó en la puerta del restaurante manteniendo una conversación telefónica. Rajoy se dirigió, escoltado por los antedichos, hacia el reservado del restaurante. Justo en la mesa que hay antes de llegar al mismo, estaban los diputados que se disponían a compartir mesa con Zaplana. Entre la decena de convocados, se encontraban Vicente Martínez Pujalte, Carlos Aragonés y la rebelde Ana Torme.

Al pasar junto a ellos, Rajoy no se dignó a saludarles. Al enemigo, ni agua.

Para rematar la aciaga jornada, en la votación sobre el trasvase, que se celebró esa misma tarde, y que el PP decidió apoyar, Luisa Fernanda Rudi, diputada por Zaragoza, se abstuvo, rompiendo así la disciplina del partido.

Un día duro, convendrán conmigo. ¿Qué debió de pensar Rajoy cuando, por fin, llegó a su casa ese maldito día 29?

LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE

Y, sin embargo, el líder del PP está peleando por los avales del XVI Congreso del partido como si en ello le fuera la vida.

«Se lo ha tomado como una cuestión personal. Quiere demostrar a todo el mundo que puede sacar adelante el Congreso. Es decir, que puede ganar por aplastante mayoría», afirma un diputado que le conoce bien.

Lo paradójico es que nos podemos encontrar ante un presidente del PP que consiga todos o casi todos los avales y que, al mismo tiempo, aparezca ante la opinión pública como el más cuestionado de la historia del PP desde los tiempos de Hernández Mancha.

En lugar de dar la sensación de que controla la situación, de que poco a poco va imponiendo su autoridad, Rajoy se refugia en un reducido núcleo de fieles.

El nuevo círculo íntimo del presidente lo componen ahora González Pons, Moragas y Lassalle (los que le acompañaron en la comida del Paradis) y, como no, el asesor externo Pedro Arriola.

Este minúsculo grupo, al que algunos diputados díscolos llaman «la banda de los cuatro», es el que realmente está en la pomada. Naturalmente, a ellos hay que añadir a Soraya Sáenz de Santamaría y a Carmen Martínez Castro, que, desde el Congreso y de cara a los medios, respectivamente, luchan a brazo partido y con enorme mérito por su parte por mantener a flote la credibilidad del líder del PP.

«Rajoy se está encerrando sobre sí mismo. Vive obsesionado con las conjuras en su contra y ve enemigos por todas partes. Su enfrentamiento con Esperanza Aguirre le ha hecho mucho daño. El cree que está haciendo lo mejor para el partido y que muy pocos saben agradecérselo», señala un alto funcionario de Génova.

Frente a la visión de los que opinan que lo único que quiere Rajoy es mantenerse en el machito, otros defienden su honestidad y capacidad de sacrificio. Un ex ministro y diputado apunta que, en la triste noche del 9-M, Rajoy estuvo a punto de tirar la toalla. «Muchos le animamos a seguir, le pedimos que siguiera y le mostramos nuestro apoyo».

En esa misma línea, un reputado consejero de una autonomía donde gobierna el PP sostiene que Rajoy sólo sigue en su puesto para evitar una guerra fratricida en el seno del partido. «A mí me confesó que, después del Congreso, lo que intentará es pactar el candidato con las personas que tienen peso real en el PP. De esa forma, el que sea cabeza de cartel para las elecciones de 2012 contará con el respaldo suficiente dentro del partido como para que nadie pueda cuestionarlo», señala.

UN CONGRESO PARA EL PACTO

Según esa tesis (mantenida por varias fuentes cercanas al líder del PP), Rajoy planteará el Congreso como un gran pacto. Ofrecerá vicesecretarías a los barones y figuras relevantes y propondrá un secretario general con un perfil bajo, una persona sin ambiciones y con dotes organizativas.

En esas vicesecretarías estarían figuras como Francisco Camps, Javier Arenas y, por supuesto, Alberto Ruíz-Gallardón. Ahora bien, ¿estará también Esperanza Aguirre? Esa es una cuestión fundamental. La cabeza le dice a Rajoy que lo mejor para el partido, e incluso para él mismo, sería ofrecerle a la presidenta de la Comunidad de Madrid un puesto en el nuevo núcleo de poder que salga del Congreso. Pero su corazón le dice que no, que Aguirre ha ido demasiado lejos. No sólo la hace responsable de haber activado la bomba de relojería de las primarias, sino que la culpa de haberle puesto en contra a los medios que pidieron el voto para el PP en las elecciones, como son EL MUNDO y la Cope.

Las dudas de Rajoy respecto a Aguirre se han evidenciado recientemente en un comportamiento errático. Las duras palabras que le dedicó, sin mencionarla, en su discurso de Elche, después fueron corregidas y se convirtieron en halagos. Su negativa a asistir al acto conmemorativo del bicentenario del Dos de Mayo en la Real Casa de Correos se trocó más tarde en una agradecida asistencia. Rajoy besó a la presidenta de la Comunidad de Madrid ante los fotógrafos y resaltó la unidad del partido frente al ruido mediático provocado por presuntas desavenencias.

Aguirre, que ha estado barajando su no asistencia al Congreso, probablemente, tras la exhibición de cariño del presidente del PP, se replantee su posición.

Cucamonas al margen, si Rajoy no resuelve bien la cuestión de Aguirre, salga lo que salga, el Congreso será un fracaso.

Otro asunto esencial para el futuro del líder del PP es cómo va a solventar el espinoso contencioso de Juan Costa. Como es sabido, el responsable del programa electoral del PP en las últimas elecciones, fichado con gran aparato mediático y arrancado de la empresa privada, donde ganaba un sueldo de un millón de euros al año, rechazó el ofrecimiento de ocupar la secretaria general del Grupo Popular. Rajoy se lo ofreció por teléfono una noche, cuando ya se había anunciado el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo. El castellonense rechazó amablemente la propuesta.

Costa (43 años), ex ministro, cabeza bien amueblada, hilo directo con Rodrigo Rato, es visto por muchos diputados de su quinta como un referente para el futuro inmediato. Su marginación en el reparto de cargos que se está diseñando en Génova de cara al Congreso podría agudizar la sensación de frustración que existe entre los diputados llamados a sí mismos «la generación perdida»: jóvenes con experiencia en el Congreso o en la Administración que han quedado laminados por Rajoy en el último reparto de poder.

SENSACION DE DESGOBIERNO

Lo más dramático para la imagen del presidente del PP es que, a medida que se acerca el Congreso, la sensación de descontrol en el PP es mayor. «Que Rudi o Torme se atrevan a desairar a Rajoy en un mismo día no sólo demuestra descontento, sino que evidencia falta de liderazgo, agranda la sensación de que cada uno puede hacer lo que quiera», dice uno de los diputados díscolos.

Realmente llama la atención el desparpajo con el que algunos de estos diputados airean en comidas con periodistas las desavenencias internas del partido, la falta de lealtad que exhiben cuando critican a Rajoy y luego solicitan a los presentes que sus comentarios sean considerados off the récord.

En el círculo más próximo a Rajoy se da un valor extraordinario al apoyo explícito a su candidatura de líderes con peso territorial como Camps, Valcárcel, Arenas, Feijóo, Sirera o Ruiz-Gallardón. «Frente a los rumores, los avales; frente a los jefecillos de medio pelo, el respaldo de las figuras más valoradas del partido», esgrimen como consignas en Génova.

Pero incluso los que más sinceramente opinan que Rajoy es el mejor candidato posible para ganar a Zapatero saben que el apoyo de los barones es coyuntural. Que cada uno tiene marcados sus propios tiempos. Todos se han lanzado a arroparle ahora porque no ganan nada apoyando a Esperanza Aguirre.

Un hombre clave en la reciente historia del PP, ya al margen de la política, define gráficamente la situación: «Con los líderes regionales del PP sucede lo mismo que con el alzamiento contra la República. Todos los generales apoyaban el golpe, lo que ocurre es que no se habían puesto de acuerdo en quien tenía que mandar. Hasta que llegó Franco y se fue cargando a los que aspiraban a dirigir la rebelión».

¿POR QUE NO YO?

Esperemos que la cosa no sea tan dramática y que el nuevo líder del PP, si es que surge, tenga poco o nada que ver con el dictador de El Ferrol.

Mientras los jerifaltes del PP cruzan apuestas sobre lo que ocurrirá en el Congreso de junio, Rajoy se ensimisma con las últimas teorías elaboradas por Arriola (al que sus enemigos llaman el Rasputín de Génova), que le garantizan un éxito seguro a cuatro años vista y que demuestran que la causa de la derrota de marzo fue que el partido dio una imagen demasiado intransigente.

Si el PP es menos duro con el Estatuto de Cataluña y acepta una revisión del Estatuto vasco, siempre, se añade, dentro de la Constitución, las posibilidades de subir en esas dos comunidades aumentarían de forma significativa y, como consecuencia, podría ser factible el triunfo en toda España.

A todo esto, Aznar guarda un calculado silencio. Rajoy fue su apuesta, pero, según dicen los que le tratan, a día de hoy está dolidamente arrepentido. Por el momento, seguirá callado. Pero hablará si la situación sigue deteriorándose.

¿Y Rato? A todo el mundo le dice que su apuesta por la política es agua pasada. Cada día que pasa le llega una nueva oferta del sector privado. ¿Es que sólo le interesa ganar dinero? No, Rato sigue al minuto lo que ocurre en el partido del que sigue siendo militante. Piensa que la situación de deterioro sólo beneficia al PSOE y que la crisis debería resolverse cuanto antes para retomar las tareas de oposición, que es lo que la militancia y el votante están deseando. Aunque no se ve encabezando ninguna alternativa a Rajoy, sus fieles, que los tiene, no descartan que en uno o dos años pueda llegar a ser lo que no pudo ser en 2004.

Entretanto, la pregunta que se hacen la mayoría de los compromisarios es la siguiente: ¿Quiere Rajoy de verdad ser el candidato del PP para las elecciones de 2012, o bien sólo aspira a ganar el Congreso para organizar una sucesión pacífica en la cúpula del PP?

Hace unos días, el líder del PP llamó a su despacho a Carlos Aragonés, una de las personas que más influyó para que Aznar le designara candidato. Ultimamente, sus relaciones no han sido lo que se dice buenas. Rajoy le reprochó al de Valladolid que fuera tan crítico con él en la actual situación. Al final de la charla, el presidente del PP le inquirió: «¿Qué tienen los otros candidatos que yo no tenga? ¿Por qué ellos y no yo?».

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Una oferta que ningún diputado raso rechazaría, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 30th, 2008

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Ha sido una gestión rápida, casi instantánea. Tras un encuentro casual en un restaurante de Madrid hace un par de semanas, el pasado viernes César Alierta y Eduardo Zaplana desayunaron en la sede de Telefónica. El presidente de la compañía tenía ya diseñada la oferta. Una oferta difícil de rechazar. El portavoz del PP en el Congreso durante la anterior legislatura pasa de ser «diputado raso» a convertirse en embajador plenipotenciario para Europa de la mayor empresa española.

Zaplana se lo transmitió ayer a Rajoy y, en pocos minutos, la noticia se convirtió en la comidilla política del día. Esperanza Aguirre lo consideró un mal síntoma, porque supone la retirada de la primera línea de un hombre valioso; José Blanco estuvo elegante y le deseó suerte (él sabe que en la política a veces toca abrazo y a veces bocadillo), y Alfonso Guerra, un tanto demagógico, dijo que el alicantino busca ahora en la empresa privada la relevancia que ha perdido en su partido; y dinero, claro.

La marcha de Zaplana es, hasta cierto punto, lógica. Sus últimos cuatro años yo no se los deseo ni a mi peor enemigo. Y todo para quedar, al final, amortizado. La política es una trituradora.

Pero, ¿por qué Telefónica? Aunque la gestión ha sido de Alierta y sólo de Alierta, muy pocos conocen tan bien a Zaplana como Javier de Paz (que se incorporó al consejo de la compañía el pasado mes de diciembre junto a Manuel Pizarro). De Paz y Zaplana han hecho de puente, en ocasiones muy determinantes, entre el presidente del Gobierno y Rajoy en una legislatura marcada por los desencuentros.

Un dato. Fue Zaplana el que, a través de De Paz, informó a Zapatero de que había ganado las elecciones en la noche del 14 de marzo de 2004.

La clave De Paz es importante porque significa que este movimiento cuenta con la luz verde de Moncloa.

Zaplana lo ha sido todo en política: concejal de Benidorm, presidente de la Comunidad Valenciana, ministro de Trabajo, ministro portavoz,… Nunca ha rehuido la pelea, y le ha tocado desempeñar un papel muy difícil y, en muchas ocasiones, desagradable en estos últimos cuatros. Seguramente, sin su empeño el PP hubiera dado carpetazo a la investigación sobre el 11-M.

Algunos le han criticado por su excesivo afán de protagonismo y porque no ha sabido, dicen, engranar con eficacia el Grupo Parlamentario (que, ¡vaya tropa!). Su enfrentamiento con su sucesor al frente de la Generalitat, Francisco Camps, ha alcanzado cotas difíciles de imaginar. La situación llegó a ser insostinible. Hasta el punto de que, a mitad de legislatura, Zaplana le ofreció la dimisión a Rajoy, que se la rechazó de plano.

Con todo, y a pesar de haber sido machacado por algunos medios de comunicación, es uno de los líderes más apreciados del centro derecha. Tras el 9-M, Rajoy le ofreció una portavocía, pero él ya había decidido retirarse. Sigue siendo buen amigo de Aznar.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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El PNV busca una salida para Ibarretxe, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 28th, 2008

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El nacionalismo vasco vuelve a sacar del baúl su alma moderada. Iñigo Urkullu, el líder del PNV que surgió de la defenestración del muy moderado Josu Jon Imaz, cara de buen chico de Bilbao, con pinta de no haber roto un plato en su vida y suaves modos, anda por Madrid susurrando una música que gusta, sobre todo viniendo de un líder jeltzale: «Hay que pararle los pies a Ibarretxe».

El lehendakari ha ido perdiendo apoyos aceleradamente. Su irredentismo étnico ya no hace gracia a casi nadie. Su reciente encuentro con el Dalai Lama, en el que comparó a España con China y al Tíbet, claro, con Euskal Herria, dos pueblos oprimidos y pacíficos, ha provocado, incluso en la muy patriota sociedad vasca, hilaridad. Ibarretxe ni siquiera fue original en el establecimiento de ese paralelismo esencial entre las aspiraciones soberanistas tibetanas y vascas. Carod ya advirtió de las concomitancias entre las ansias de independencia de los monjes del Tíbet y los deseos de liberarse de la opresión de España de los republicanos con barretina. A estas alturas, el Dalai Lama debe estar preguntándose por qué extrañas circunstancias se pudieron celebrar aquí unos JJOO sin que hubiera derramamientos de sangre.

El tinglado de Lizarra, ideado por Xabier Arzalluz como una forma de revitalización del nacionalismo adormilado por Ajuria Enea, encumbró a Ibarretxe como gran líder nacionalista.

De tal modo, que sus compañeros aceptaron de buen grado que se bautizase como Plan Ibarretxe lo que no era sino el Pacto de Lizarra institucionalizado por el Parlamento vasco (con el voto favorable del brazo político de ETA).

Derrotado por abrumadora mayoría en el Congreso de los Diputados en enero de 2005, el Plan Ibarretxe volvió a Euskadi por donde había venido y dejó al lehendakari huérfano de un proyecto político con el que ilusionar a los vascos y vascas.

Desoyendo la sensata voz de Imaz, Ibarretxe volvió a reinventarse su propio plan, pero esta vez atreviéndose a poner fecha a sus ensoñaciones.

El 28 de septiembre desveló en el Parlamento de Vitoria su nueva apuesta soberanista, que resumimos brevemente para los desmemoriados. Previa autorización de la cámara vasca (en la que el tripartito PNV-EA-EB suma 32 escaños de un total de 75), el lehendakari se comprometió a convocar un referéndum el 25 de octubre de 2008, hubiera o no un acuerdo previo con el Gobierno español, sobre el derecho a decidir del pueblo vasco.

Dijo Ibarretxe que, para llevarlo a cabo, no era necesario que ETA dejase de matar, ya que «la violencia no puede impedir la iniciativa política».

Imaz difería en ese punto, lo que le llevó a dejar de ser burukide para marcharse a la Kennedy School de Boston, donde ahora trabaja en un estudio sobre la acción de los gobiernos en el desarrollo de las nuevas tecnologías. A todas luces, ha salido ganando.

Sigamos con Ibarretxe. El lehendakari, que se autojustificó diciendo que su proyecto tenía por objeto «cumplir la palabra dada», dejó a los parlamentarios atónitos cuando reveló que, una vez celebrada la consulta (la del próximo 25 de octubre), ETA «estaría obligada por decisión popular» a poner fin a la violencia.

Luego, auguró, se convocaría otro referéndum en 2010, el de verdad, el «resolutivo», o sea, la repanocha. Todo ello aderezado con dos mesas (siempre dos mesas, ¡ah!, esa irrefrenable atracción vasca por la gastronomía); una política, con la izquierda abertzale como invitada especial; y otra, «técnica», a la que asistirían, por un lado, negociadores en representación del Gobierno de España y, por otro, los chicos de la capucha y la pistola.

Al terminar su iluminado discurso, Patxi López, que no se caracteriza precisamente por su imaginación, acusó al lehendakari de vivir «en los mundos de Yupi». Hay una tendencia casi enfermiza a situar al líder vasco fuera del mundo real. Entre la gente de la izquierda abertzale, según pudimos comprobar por los mensajes de móvil que le enviaba el portavoz de Batasuna, Petrikorena, a las bien mandadas Nekanes, Ibarretxe es conocido como Spock, en referencia al protagonista de la afamada serie de ciencia ficción La conquista del espacio (luego llevada al cine como Star Trek), humanoide caracterizado por sus afiladas orejas y anguladas cejas.

Hasta para los burukides de ahora (o sea, los de Bilbao, porque los de Guipúzcoa, Egibar o así, son otra cosa), Ibarretxe, simplemente, ha «perdido el norte», que no es sino la forma fina de decir que está como una regadera.

Le quieren convencer de que no convoque la consulta prometida. Los inquilinos de Sabin Etxea atesoran, además de las esencias del ser vasco, un incuestionable olfato político, que ha llevado a su partido a permanecer en el poder desde hace treinta años.

Los números cantan. En las elecciones generales de 2004, el PNV logró 420.980 votos, que sumados a los 80.905 de EA y a los 102.342 obtenidos por la EB de Madrazo, daban al tripartido un total de 604.227 votos. En esos mismos comicios, el PSE recibió 339.751 votos y el PP 235.785. Es decir, que la suma de ambos quedaba ligeramente por debajo del tripartito, con un total de 575.536 votos.

Las autonómicas de 2005 y las municipales de 2007 le fueron mal al PNV y a sus socios. El resultado del bloque gobernante en el País Vasco fue aún más decepcionante en las generales del 9-M. El PNV logró sólo 303.246 votos, mientras que EA y EB superaban por los pelos los 50.000 votos cada uno. En total, 403.490 vascos respaldaron a los tres partidos del gobierno. El 9-M, el PSE tuvo 425.567 votos (más que la suma del tripartito) y el PP, 206.702. Es decir, que PSE y PP juntos suponen 632.264 votos, ¡casi 230.000 más de lo que suman los tres socios de gobierno!

Si el lehendakari sigue en sus trece, el PNV puede verse ante la siguiente situación. Primero, necesitaría los votos del PCTV para sacar adelante la consulta en el Parlamento Vasco. Y luego, si la lleva a cabo, se verá ante la circunstancia inaudita de tener que enfrentarse a una decisión en contra del Tribunal Constitucional, ante el que recurrirá el Gobierno español.

Si Ibarretxe sustituye la consulta por unas elecciones anticipadas, el PNV y sus socios podrían verse ante la más que segura eventualidad de una derrota (la ausencia del brazo político de ETA en los comicios no le garantiza a los nacionalistas la absorción de sus votantes).

Por ello, los nuevos burukides, que, en teoría, son el resultado de un pacto entre las dos almas del nacionalismo alcanzado tras la salida de Imaz, tratan como sea de quitarle de la cabeza a Ibarretxe la idea de llevar adelante la consulta y de convocar elecciones anticipadas en otoño.

El discurso de José Luis Bilbao, diputado general de Vizcaya y hombre de confianza de Urkullu, abogando por el abandono del segundo plan Ibarretxe y por un acercamiento al PSE, expresa con claridad la orientación del Euskadi Buru Batzar de cara a los próximos meses. El problema, dicen sus miembros en privado, es que el lehendakari teme por su futuro penal y necesita la protección que le da el ser presidente del gobierno vasco. De nuevo, el PNV cree que el Gobierno puede ordenar a los jueces lo que deben hacer. De nuevo, el PNV cambia su alma para que nada cambie.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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Chacón o el ‘macguffin’ de Zapatero, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 21st, 2008

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Zapatero consiguió su propósito. La imagen de Carme Chacón pasando revista a las tropas en su toma de posesión fue portada de todos los periódicos españoles y dio la vuelta al mundo.

El nombramiento de una mujer al frente de Defensa era el colofón mediático a uno de los grandes pilares sobre los que el presidente ha construido su Gobierno.

La medida ha despertado la simpatía de la mayoría de las mujeres y ha generado una polémica política y, sobre todo, periodística que, a medida que desgrana sus argumentos, beneficia más a Zapatero.

No sé si, conscientemente o no, Zapatero ha hecho de Chacón su particular macguffin político. El término macguffin fue inventado por Alfred Hitchcock para definir un recurso efectista que consistía en atraer la atención del espectador hacia un elemento secundario para despistarle. El maestro del suspense lo utilizó en muchas de sus películas. El macguffin más conocido de su filmografía fue el inexistente espía George Kaplan en Con la muerte en los talones, historia protagonizada por un siempre magistral y ya maduro Cary Grant.

En puridad, al margen de que el objetivo del presidente haya sido más bien espúreo, el nombramiento de Chacón es impecable. ¡Una mujer en Defensa! ¿Y qué tiene de malo? ¡Una mujer embarazada al mando de los ejércitos! ¿Acaso las mujeres no ejercen cualquier profesión mientras están embarazadas? ¿Cuál es el problema?

El macguffin de Zapatero ha tenido la virtud de desatar un debate público que revela la pervivencia del machismo en muchos de nuestros comportamientos. Los que cuestionan la idoneidad de Chacón para ser ministra de Defensa por ser mujer y estar embarazada no sólo están atacando una decisión políticamente correcta, sino que están poniendo de manifiesto una concepción anticuada y retrógrada sobre el papel de la mujer en la sociedad.

Si se circunscribe el debate sólo al caso Chacón, Zapatero siempre llevará las de ganar.

A Carme Chacón habrá que juzgarla por su gestión, como a cualquier ministro. Conociéndola, seguro que se esfuerza mucho más que si fuera un hombre, aunque sólo sea por demostrar que ella no ocupa ese puesto sólo por el hecho de ser mujer. Como muestra de ello, su viaje relámpago a Afganistán para visitar a las tropas españolas (¡y eso con un embarazo de siete meses!).

El problema no es Chacón, sino el objetivo pedagógico que Zapatero ha pretendido trasladar a la sociedad con su Gobierno. Predicar con el ejemplo, por regla general, es bueno. Pero hacer del Gobierno un escaparate ideológico, convertir las carteras ministeriales en referente de una política de cuotas y, además, tener la osadía de crear un Ministerio de Igualdad es revelador de la concepción conductista de la política que tiene el presidente. No elige a los mejores para cumplir una función específica, sino que decide quién la cumplirá en virtud de un criterio de género previamente establecido que debe dar como resultado final una mujer más que el número total de hombres.

Lo criticable de Zapatero no es si Chacón es o no idónea para su cargo, sino esa concepción de la política en la que la propaganda, la imagen, priva sobre todo.

Esperanza Aguirre, con un olfato que para sí quisieran muchos dirigentes del PP, no cayó en la trampa y valoró la incorporación de mujeres al Gobierno como «una de las mejores cosas que ha hecho Zapatero. «Este es el siglo de las mujeres», remachó.

Para que quede claro. Lo malo del presidente del Gobierno no es que haya nombrado a nueve mujeres ministras. Si lo hacen bien, la decisión habrá sido un acierto y habrá que aplaudirla. Lo cuestionable es que Zapatero venda como un éxito en sí mismo el hecho de nombrar a nueve mujeres ministras.

En esa idea de la política como ingeniería para modificar conductas es donde radica el peligro del nuevo Ministerio de Igualdad.

¿Cuál será su contenido? Se dice que, en principio, se ocupará fundamentalmente de las políticas sobre violencia de género. El Gobierno, hasta ahora, ha fracasado en ese asunto. Las cifras de maltrato y de víctimas causadas por el comportamiento machista son cada día más alarmantes. Hay una ley consensuada por todos los partidos que ha supuesto un endurecimiento de penas para sus infractores. Parece que el fallo no radica tanto en la norma como en los medios habilitados para aplicarla. Es decir, que faltan más policías, más psicólogos, métodos más sofisticados de aviso, etcétera. Y también, más ayudas económicas para que las maltratadas puedan abandonar sus hogares.

Cualquier propuesta que vaya dirigida a mitigar esa lacra será bienvenida por la inmensa mayoría de la sociedad.

Lo preocupante es que el Ministerio de Igualdad quiera hacer honor a su nombre y pretenda imponer la filosofía que ha inspirado a Zapatero para conformar su Gobierno en el ámbito privado. Es decir, que se tenga la tentación de regular por sexos quiénes deben ocupar los puestos directivos, por ejemplo. De hecho, la Ley de Igualdad ya contempla un trato discriminatorio para las empresas que no cumplan las cuotas establecidas en sus consejos de administración.

Según los datos que Eurostat hizo públicos este año en la víspera del Día de la Mujer, en 2006, en España el 31,8% de los puestos de responsabilidad en las empresas los ocupaban mujeres (la media de la UE es el 32,6%). El porcentaje es todavía bajo, pero lo importante es la tendencia. Por ejemplo, según la misma fuente, en la Administración Pública las mujeres ocupaban en 2006 el 33% de los puestos de nivel superior. Sin embargo, en 1999 ese porcentaje era tan sólo del 17%.

Es decir, que en siete años el número de mujeres con los máximos niveles en la Administración se ha duplicado.

La igualdad de oportunidades y no las políticas de discriminación positiva es lo que explica ese fenómeno. En muchas facultades ya estudian más mujeres que hombres. En la Administración -que, por norma, no discrimina a sus funcionarios por sexos-, en no mucho tiempo habrá más mujeres que hombres ocupando los máximos niveles.

Si el Gobierno quiere aplicar una política que fomente de verdad la igualdad, tendría que hacer mucha más incidencia en las medidas que impidan la discriminación y dejar en segundo plano las ordenanzas que imponen la discriminación a la inversa. Por ejemplo, debería ocuparse (con la colaboración de empresarios y sindicatos) de impedir que las mujeres, a trabajo igual, cobren menos que los hombres. La tasa de ocupación femenina (55%) es mucho más baja que la masculina (73,2%). La inversión pública en guarderías gratuitas o de bajo coste hará mucho más en favor de la igualdad de la mujer que toda la propaganda oficial (incluidas fotos con ministras en la escalinata de Moncloa).

Nos queda mucho camino por recorrer. Pero resistirse a la evidencia es tan ridículo como inútil. En las sociedades abiertas y democráticas, en las que se juzga a las personas por lo que valen y no por su origen, raza o religión, las mujeres no deben tener ningún impedimento para ocupar los puestos de máxima responsabilidad. Parafraseando a Bono, un mundo con más mujeres al mando sería bastante mejor que éste.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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El aparato se alía con el Rasputín de Génova, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 14th, 2008

A FONDO

El poder teme la competencia, pero la democracia representa justamente el contraste de ideas. Por eso, en los sistemas democráticos el poder nunca puede ser absoluto.

En todas las organizaciones, y los partidos políticos lo son, las cúpulas directivas manejan los resortes internos que les garantizan su permanencia y dificultan la toma del poder por parte de elementos no controlados. A los encargados de realizar esa labor defensiva se les suele llamar aparatchik, porque no ha habido ninguna organización como el Partido Comunista de la URSS en la época de Stalin que haya desarrollado, hasta límites tan macabros como efectivos, un modelo similar para laminar todo tipo de oposición al poder establecido.

Ya no se dan ejemplares como Laurenti Beria, para cuya entronización es necesario un microclima como el que generó la dictadura soviética en los años 30. Pero eso no quiere decir que los sistemas de poder no generen, incluso en las democracias, sus propios mecanismos de autodefensa.

En los años 80 se decía en el mundillo financiero que nadie preparaba mejor una junta de accionistas que Luis Blázquez, el director general del Banco Central que creció a la sombra del incombustible Alfonso Escámez. No sabían los Albertos a lo que se enfrentaban cuando, envalentonados por los petrodólares de KIO y la persuasión política de Enrique Sarasola, blandieron su 12,5% del capital del banco para hacerse con la mayoría de los puestos en el consejo de administración. Allí estaba Blázquez, manejando los hilos de la red de sucursales, el aparato del banco, para garantizarle al presidente una cómoda reelección a pesar de la potencia de fuego de los que pretendían tomarlo al asalto.

¿Qué le ocurrió al bienintencionado José Angel Sánchez Asiaín cuando lanzó su OPA bendecida por Solchaga y Rubio sobre Banesto? Allí estaba Rafael Pérez Escolar para organizar la resistencia de las bases contra el «ataque de los vascos». De aquella guerra salió vencedor Mario Conde, una especie de Rodríguez Zapatero con el que nadie contaba y al que, de rebote, la OPA del Banco de Bilbao le situó en la presidencia de Banesto.

Cuando el Partido Socialista, perdidas las elecciones de 1996 frente a Aznar y tras la marcha de Felipe González, organizó las primarias, también el aparato actuó en defensa del candidato oficial Joaquín Almunia.

Gracias a la denuncia del militante socialista Manuel Aguilar supimos hasta qué punto el aparato se posicionó en defensa de su candidato: «Sobre las 12.30 de la mañana [del día en que se celebraron las primarias] me llamó Gaspar Zarrías [a la sazón consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía]. Me preguntó que cuántos sobres con la candidatura de Almunia habíamos metido. Le dije que 22. Me contestó que teníamos que llegar a 100, que Borrell tenía que perder en Jaén, que la presidenta de la mesa y yo tendríamos un puesto de trabajo; que siguiéramos metiendo sobres y que tuviéramos cuidado que no nos cogiesen».

Almunia ganó en Jaén y a Manuel Aguilar no le llegaron a coger, pero la promesa de trabajo no se cumplió satisfactoriamente y el afectado terminó denunciando públicamente el pucherazo.

Zarrías es el arquetipo del aparatchik. El mismo llegó a votar con los pies y con las manos cuando era senador para cubrir la inasistencia a un pleno de algunos de sus compañeros. La democracia, en su esquema de valores, es sólo un medio para conseguir un fin. A Manuel Aguilar le dijo, para convencerle de llevar a cabo su fraudulenta acción, que lo que le pedía era «por el bien del partido».

Miguel Sebastián me contó en una ocasión que, cuando presentó su candidatura a la Alcaldía de Madrid, unos amigos suyos, con sus correspondientes avales, acudieron a una de las agrupaciones del PSOE de Madrid para afiliarse. Quedaron en llamarles. Cuando, tras pasar un tiempo razonable, reclamaron sus carnés, un funcionario bien aleccionado les preguntó: «Pero ustedes, ¿para qué quieren afiliarse?».

No crean que estoy dando vueltas para crear el clímax propicio para hablar de lo que ocurre ahora en el PP. No. Lo que sucede es que lo que está pasando en el PP ni es nuevo, ni es fruto de ninguna enfermedad particular desarrollada por un germen maligno en una de las plantas nobles del edificio de la calle Génova. Es tan viejo y tan pueril como la vida misma.

La salida en tromba de los llamados barones del partido, léase Camps, Valcárcel o Ruiz-Gallardón, en defensa de Rajoy y, de paso, contra la, hasta ahora, sólo posibilidad de que Esperanza Aguirre presente su propia candidatura en el congreso del mes de junio, tiene, como primer fin, acogotar a la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Los argumentos que se utilizan, en público y en privado, son tan débiles como poco originales. La unidad, la ruptura del partido, el recuerdo de lo que sucedió en UCD, la necesidad de hacer frente a las presiones mediáticas, la conveniencia de una legislatura menos crispada,.. bla, bla, bla.

El único que ha dicho cosas sensatas en las últimas horas ha sido Alvarez Cascos, que fue en su día el jefe del aparato del PP. Ha reclamado algo evidente: son los militantes los que tienen que decidir en el congreso y hay que llamar derrotas a las derrotas.

Porque uno de los sustentos argumentales del aparato para defender su posición es que los resultados del 9-M fueron buenos. O sea, que perder por poco no es malo.

El viernes, en El País, el catedrático Gabriel Tortella hablaba de la «derrota pírrica» del PP: «…Estas elecciones, al haber tenido tantas atenuantes, han dejado la dirección del partido en la peor situación posible: su presidente, dos veces perdedor, se aferra al cargo alegando que la victoria fue honrosa y quizás arguyendo que ‘a la tercera va la vencida’».

El responsable de esta curiosa teoría de que los resultados del 9-M no fueron malos para el PP es el moderno Rasputín de Génova, Pedro Arriola.

El asesor áulico, cuyos variados y especializados servicios le cuestan al PP una suculenta factura, se ha incrustado en el inner circle de Rajoy hasta tal punto que es él quien le aconseja a través de su teléfono móvil cómo tiene que conducir sus debates en el Congreso de los Diputados.

El líder del PP haría mal en interpretar lo que está ocurriendo como un simple problema de ambición por parte de Aguirre, aderezado por el run run de los diputados descontentos con los nuevos nombramientos.

Desde Ruiz-Gallardón a Camps, lo que esperan los barones es el mejor momento para plantear su propia alternativa.

Y todos tienen tanto derecho como Rajoy o Aguirre a plantearla. Si el debate es abierto, el líder que resulte elegido saldrá reforzado. Los perdedores deben comprometerse a cerrar filas con el vencedor. Así se fortalecerá el partido. Rajoy dio una muestra de deportividad al señalar el sábado que no verá «como un enemigo» al que le dispute el liderazgo.

Pero, para que todos estén en igualdad de condiciones, todos deberían tener las mismas opciones, lo que hoy impiden los estatutos. «Pedir que los estatutos se cambien ahora es oportunismo», dicen en el aparato. No. Las normas se cambian cuando la necesidad lo reclama. La efectividad de los sistemas de incendio no se comprueba de verdad hasta que un edificio está en llamas. El PP corre el peligro de salir ardiendo.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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Gobierno ‘zapaterista’, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 13th, 2008

EL NUEVO GABINETE: El análisis

A FONDO

«¿Te imaginas a una mujer catalana, socialista y con bombo pasando revista a las tropas? Eso sí que es un cambio. Sobre todo, para un país que hace 27 años sufrió un golpe de Estado».

Estas palabras pronunciadas por una persona cercana al presidente del Gobierno resumen mejor que muchos sesudos análisis lo que ha pretendido Rodríguez Zapatero al nombrar ministra de Defensa a Carme Chacón.

Esa era la gran sorpresa que tenía preparada y que, desde hace algunos días, venía susurrando a sus colaboradores. Chacón podría haber sido ministra de Interior si Rubalcaba hubiera decidido abandonar el Ejecutivo, pero, finalmente, el presidente logró convencerle.

En el nombramiento de Chacón da algunas claves para comprobar hasta qué punto éste es un Gobierno de corte plenamente zapaterista.

El presidente no sólo premia al PSC por los resultados en Cataluña (que él le adjudica al PSOE y a sí mismo). Chacón, además de ser mujer y catalana, ha demostrado capacidad de gestión y forma parte de su entorno más querido y afín (el verano pasado se casó con Miguel Barroso, hombre cuya opinión sigue tiene peso en las decisiones de Moncloa).

Además, Chacón da la imagen rompedora que el presidente necesitaba para un Gobierno más bien continuista. Si hay una institución con fama de machista, ésa es el Ejército. Pues bien, ahí tenéis, una mujer que ha hecho bandera de la igualdad de derechos.

La mujer es un eje central de este Gobierno (las mujeres dieron el triunfo al PSOE el 9-M). No sólo por el nombramiento de Chacón, sino porque es la primera vez en España que hay más mujeres que hombres en un Gabinete y porque también es la primera vez que se crea un Ministerio de Igualdad (al frente del cual, cómo no, también hay una mujer, la andaluza Bibiana Aído).

La segunda clave de relevancia es el peso de la tecnología. El hombre que está detrás de esta orientación básica es Miguel Sebastián (nuevo ministro de Industria), que tendrá bajo su responsabilidad la gestión sobre las materias relacionadas con la energía (justo cuando el sector eléctrico se encuentra en plena efervescencia). Sebastián, uno de los amigos de verdad de Zapatero, ha sido el gran impulsor del Ministerio de Innovación y ha sido también el primero en sugerir el nombre de Cristina Garmendia para esa nueva cartera. Garmendia formaba parte del observatorio de I+D de Moncloa, es licenciada en Biología, máster en el IESE y miembro de la Ejecutiva de la CEOE a propuesta de su presidente, Gerardo Díaz Ferrán.

Beatriz Corredor, que ha sustituido a Chacón en Vivienda, es registradora de la propiedad y formó parte de la lista al Ayuntamiento de Madrid que encabezaba Sebastián. Otro dato que pone de relieve la influencia que ha tenido el anterior responsable de la Oficina Económica de Moncloa en la conformación de este Gobierno.

El resultado del pulso entre el vicepresidente económico, Pedro Solbes, y el nuevo ministro de Industria, que ya produjo sonoros encontronazos en la anterior legislatura, será una de las grandes cuestiones a dilucidar en la que acaba de comenzar.

La salida de Jesús Caldera, cantada desde hace unos días, no significa que el anterior ministro de Trabajo vaya a perder peso político, aunque a él lo que le hubiera gustado habría sido ocupar una vicepresidencia de corte social. Después de darle muchas vueltas, Zapatero le ha encomendado la tarea de crear la FAES del PSOE. Es decir, una gran fundación que elabore las ideas sobre las que el Partido Socialista diseñará su programa político. Caldera podría ser, en un futuro no muy lejano, nuevo secretario de Organización del PSOE, una vez que José Blanco pase a ocupar otras tareas, probablemente en un próximo Gobierno.

La continuidad de Magdalena Alvarez en Fomento es quizás la otra gran sorpresa de este Gobierno. Alvarez no sólo es la ministra con menor índice de popularidad, sino que en estos cuatro años tampoco ha sabido ganarse el apoyo de sus colegas y ha perdido el que tenía de muchos de sus colaboradores. Se dice que el empeño de Manuel Chaves en que siguiera en el Gobierno (en ésa u otra cartera) no tiene tanto que ver con el mantenimiento del peso andaluz en el Ejecutivo como con el temor a que, de no continuar, hubiese reclamado su vuelta a la Junta.

A Fernández Bermejo le había prometido mantenerle en el Gobierno si ganaba el PSOE. A pesar de su acelerado desgaste, Zapatero ha decidido quemarle en esta primera etapa. Todo hace pensar que este Ejecutivo no llegará a 2012.

Elena Espinosa ha sido premiada en su gestión con un ministerio que incluye uno de los grandes retos de la legislatura: medio ambiente. La incorporación de Celestino Corbacho a Trabajo es un reconocimiento a su labor en el PSC y un guiño a su facción más españolista.

Queda ahora por ver cómo se articularán las nuevas funciones que asumirá María Teresa Fernández de la Vega en su reforzado cargo de vicepresidenta política. Por de pronto, ya ha comenzado a ocuparse de la negociación sobre el problema del agua en Cataluña.

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