Reggio’s Weblog

Un poco de simpatía para Mayo del 68, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Historia, Política by reggio on Mayo 12th, 2008

A FONDO

En la noche del 10 de mayo de 1968 un grupo de estudiantes cortó con barricadas unas cuantas calles del Barrio Latino de París.Nadie era consciente entonces de que estaba naciendo un mito que marcó a toda una generación y que aún hoy sigue siendo objeto de controversia política e intelectual.

Sarkozy ha instado a sus compatriotas a «acabar con la herencia del 68». Daniel Cohn-Bendit (el líder estudiantil por excelencia del Mayo francés, conocido entonces como Dany el Rojo) aconseja ahora «olvidar el 68» (su penúltimo libro se titula justamente así: Forget 68).

Sin embargo, el filósofo Alain Touraine, profesor hace 40 años de la Universidad de Nanterre y abogado de Dany el Rojo en plena refriega, defiende su vigencia en la entrevista de Rubén Amón publicada la semana pasada por El Cultural: «Mencionar tanto como hacemos el 68 demuestra que ocupa todavía un lugar y que recomienza a tener un sentido».

En general, a la luz de lo que se ha publicado estos días, los intelectuales de izquierda miran con cierta nostalgia o escepticismo aquellas manifestaciones de rebeldía, mientras que los de la derecha los critican por lo que supusieron de cuestionamiento de los valores tradicionales o los tratan con cierto desdén.

De lo que no hay duda es de que, al margen de las interpretaciones ideológicamente sesgadas, ocurrieron muchas cosas importantes durante aquel año.

Los jóvenes franceses, en un movimiento espontáneo que contó con el rechazo inicial del Partido Comunista, que lo consideraba una algarada pequeñoburguesa, alzaron su voz contra el autoritarismo.

Aunque hubo un intento de conexión entre la contestación estudiantil y el movimiento obrero (de hecho, los sindicatos convocaron una huelga general para pedir subidas salariales aprovechando el acoso al que estaba siendo sometido el Gobierno de De Gaulle), los estudiantes no pretendían hacer una revolución. O, al menos, no una revolución proletaria al estilo clásico.

Raymond Aron, sociólogo y conocido columnista de Le Figaro, se refirió a los protagonistas del Mayo francés como «niños de papá tocados por la gracia».

Fernando Vallespín (en un artículo publicado en la edición española de Foreign Policy) sitúa los acontecimiento de París en el contexto de La sociedad opulenta, el libro de Kenneth Galbraith, publicado justo 10 años antes.

Aunque la extrema izquierda, los trotskistas de Alain Krivine y los maoístas pretendieron capitalizar el levantamiento, nadie puede arrogarse el mérito de haber puesto en pie a una juventud que tenía mucho más claro lo que detestaba que hacia dónde quería ir. En lugar de tomar el Palacio de Invierno, o del Elíseo, los estudiantes se conformaron con ocupar el teatro Odeón, en un gesto más propio de un happening que de una insurrección de manual.

Durante aquellos días de batallas callejeras sin un solo muerto, los jóvenes se reivindicaron a sí mismos. Sus eslóganes no tenían la paternidad de ninguna sigla partidista: «Seamos realistas, pidamos lo imposible».

Aquello no fue ni la revolución de 1848 ni la Comuna de París de 1871. Marx no fue el referente ideológico, aunque las obras de algunos intelectuales marxistas, como Marcuse, Althusser o, naturalmente, Sartre, dieron soporte a sus aspiraciones.

El pálpito antiautoritario, mezclado con la liberación sexual, la reivindicación del papel de la mujer, la ruptura con las ataduras del pasado, la pérdida del miedo a cuestionar lo establecido, el pacifismo… todo ello conectó el Mayo francés con lo que estaba ocurriendo casi al mismo tiempo en otras partes del mundo.

En el 68 estaba en pleno auge el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. La Universidad californiana de Berkeley irradiaba la contestación contra la guerra de Vietnam y la segregación racial. El movimiento hippie surgió como una respuesta pacífica y antisistema a la muy conservadora y belicista sociedad americana.Todo ello bien condimentado con dosis de LSD (justo hace unos días murió su inventor, Albert Hoffman) y efluvios de marihuana.

Praga vivió en el verano del 68 una oleada de protestas, protagonizadas también por estudiantes, contra el sistema comunista y la sumisión de Checoslovaquia a la URSS, finalmente aplastadas por los tanques del Pacto de Varsovia el 20 de agosto.

En marzo del 68 se produjo la matanza de My Lai en Vietnam, contada con todo detalle por el periodista Seymour Hersh. Es el año de la fotografía en la que se ve al general survietnamita Nguyen Ngoc Loan pegándole un tiro en la cabeza a un militante del Vietcong con las manos atadas a la espalda en pleno centro de Saigón.Es el año del asesinato de Robert Kennedy. También es el año en el que mataron al líder negro Martin Luther King. Y, por supuesto, el año en el que el Ejército mexicano aniquiló a decenas de estudiantes al disolver a tiros una concentración en la plaza de las Tres Culturas.

Eran las aspiraciones de toda una generación enfrentada con sus ideales a la brutalidad de un sistema que empleaba como norma el lenguaje de la represión.

En España, naturalmente, mandaba Franco y los grises no se andaban con chiquitas a la hora de poner en vereda a los todavía escasos estudiantes que osaban a plantar cara al régimen.

Fue el año en el que Bob Dylan se convirtió en el poeta de la protesta global.

Fue, que nadie lo olvide, el año en el que los Rolling Stones grabaron el disco Beggars Blanquet, en el que se incluye su magistral Sympathy for the devil, inspirado en la novela de Mijail Bulgakov El maestro y Margarita, prohibido por Stalin y que no llegó a publicarse en Europa ¡hasta 1968! Los Stones reclamaban un poco de simpatía para el diablo en una sociedad que aceptaba con normalidad las barbaridades hechas cínicamente en nombre de Dios.

Unos meses después, ya en 1969, Dennis Hopper dirigió Easy Rider, road movie con música de The Byrds, The Band y Jimi Hendrix.Los tres jóvenes contraculturales (protagonizados por el propio Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson) terminarían siendo vapuleados por la intransigencia de la América profunda.

El sueño de Mayo del 68, como el de los moteros de Easy Rider, el de los jóvenes de Praga o el de los estudiantes mexicanos, se estrelló contra la cruda realidad.

Pero no fueron del todo derrotados, a pesar de la aplastante victoria de Charles De Gaulle, o de los tanques, o de los bombardeos con napalm en Vietnam.

Muchas de las cosas que se reivindicaron entonces ahora están asumidas con naturalidad por el sistema. Al fin y al cabo, ésa era la teoría de Marcuse en El hombre unidimensional.

Pone Eugenio Trías como ejemplo de la herencia de Mayo del 68 el hecho sin precedentes de que una mujer y un negro estén luchando en las primarias para lograr la candidatura demócrata a la Presidencia de Estados Unidos. La conquista de nuevos derechos, la tolerancia, la democracia en su sentido más participativo comenzaron a gestarse en las calles de París hace 40 años. Aquella rebeldía políticamente huérfana dejó una semilla saludable. Por más que Sartre afirmara que lo único que quedó del Mayo francés fue él mismo, una parte de sus aspiraciones se ha hecho realidad.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Rajoy, el líder cuestionado, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Mayo 5th, 2008

CRISIS EN EL PP

El presidente del PP se atrinchera en un reducido círculo de fieles mientras crece la sensación de que ha perdido autoridad y no será el candidato en 2012 pase lo que pase en el Congreso de junio

El martes 29 de abril Mariano Rajoy se enteró, minutos antes de las 10 de la mañana, de que Eduardo Zaplana, el portavoz del Grupo Popular durante la última legislatura, dejaba su escaño en el Congreso para integrarse en Telefónica como delegado para Europa. El medio era no sólo el más acorde con el negocio de su nueva compañía, sino que refleja la distancia que, desde hace unos meses, le separaba de su jefe: se lo comunicó mediante una breve y fría llamada de móvil. Rajoy no se explayó con su antaño fiel escudero: «Así que a Telefónica. Bueno, allí estarás bien, ¿no?»

El líder del PP se encaminaba a esa hora a la reunión del Grupo Parlamentario donde estaba previsto que se constituyera, así lo llamaron en Génova, el «gobierno en la sombra»; es decir, el cónclave donde se iba a oficializar el nombramiento de los responsables de las distintas áreas que tendrán que ejercer el control parlamentario sobre los ministerios del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero.

La cosa no podía empezar peor. Minutos después de recibir la llamada de Zaplana, los periódicos electrónicos ya tenían colgada la noticia en sus portadas. Los móviles de todo el mundo comenzaron a sonar casi al unísono: «¿Te has enterado? Zaplana se va a Telefónica».

Con un ambiente así, a ver quién era el guapo que vendía a los periodistas la idea del «gobierno en la sombra». De hecho, nadie la compró.

Para colmo, Manuel Pizarro protagonizó, poco después, un cruce de reproches con Rajoy en el Hemiciclo del Congreso de los Diputados, a la vista de todos, incluidos, claro, los fotógrafos de prensa, que dieron cuenta de la escena. Pizarro no parecía estar de acuerdo con que su partido apoyase el trasvase («conducción», en la terminología oficial) del Ebro a Barcelona. Tampoco aceptó las explicaciones de Rajoy para no haberle ofrecido lo que él consideraba acorde con sus méritos y el lugar que ocupó en la lista al Congreso por Madrid: el número dos; o sea, el equivalente, si se perdía el 9-M, al cargo de portavoz del Grupo. Por mucho que aprecie a Soraya Sáenz de Santamaría, Pizarro no cree que ésta tenga autoridad suficiente como para ser su jefa. «Llevo 25 años siendo mi propio jefe», le espetó a Rajoy junto a la tribuna de oradores de la Cámara. Hay días en los que es mejor no levantarse.

El malestar de Pizarro es ya un clamor en la clase política. Hace unos días, en un lugar tan discreto (según como se mire) como los lavabos de Génova, le comentó a Federico Trillo, que compartía con él ese momento de intimidad: «Yo no he venido a la política por dinero ni para figurar. He ganado mucho dinero y he tenido más relevancia de la que he querido. Pero Mariano no me puede tratar así».

Los problemas del 29 de abril no terminaron con el cruce de palabras en el Salón de Plenos del Congreso. En la reunión del Grupo Parlamentario, en la que no se preveían a priori dificultades para Rajoy, la diputada Ana Torme, próxima a Zaplana, rechazó públicamente el ofrecimiento para ocupar la portavocía adjunta de Seguridad Vial: «Ya fui portavoz». Buen argumento.

Ya rayando el mediodía, Zaplana recibió una llamada de uno de los diputados que formó parte de la dirección del Grupo Parlamentario en la anterior legislatura. «¿Por qué no nos vemos y tomamos algo? Llamo a unos cuantos amigos y te despedimos como dios manda». «Bueno, reserva en un sitio cerca del Congreso y comemos algo rápido, pero que sea pronto», respondió el ex portavoz, que se dirigía en ese momento a la Cámara para presentar su renuncia al escaño.

Su interlocutor reservó en el restaurante Paradis (un lugar frecuentado por políticos y periodistas).

Cuando Zaplana atendía la enésima llamada en su móvil, a las puertas del citado local, apareció el mismísimo Rajoy, acompañado por los diputados Esteban González Pons, Jorge Moragas y José María Lassalle, y de su jefa de prensa, Carmen Martínez Castro. Rajoy volvió a cruzar con él unas palabras de compromiso: «A partir de ahora tendrás que viajar mucho, me imagino».

Zaplana se quedó en la puerta del restaurante manteniendo una conversación telefónica. Rajoy se dirigió, escoltado por los antedichos, hacia el reservado del restaurante. Justo en la mesa que hay antes de llegar al mismo, estaban los diputados que se disponían a compartir mesa con Zaplana. Entre la decena de convocados, se encontraban Vicente Martínez Pujalte, Carlos Aragonés y la rebelde Ana Torme.

Al pasar junto a ellos, Rajoy no se dignó a saludarles. Al enemigo, ni agua.

Para rematar la aciaga jornada, en la votación sobre el trasvase, que se celebró esa misma tarde, y que el PP decidió apoyar, Luisa Fernanda Rudi, diputada por Zaragoza, se abstuvo, rompiendo así la disciplina del partido.

Un día duro, convendrán conmigo. ¿Qué debió de pensar Rajoy cuando, por fin, llegó a su casa ese maldito día 29?

LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE

Y, sin embargo, el líder del PP está peleando por los avales del XVI Congreso del partido como si en ello le fuera la vida.

«Se lo ha tomado como una cuestión personal. Quiere demostrar a todo el mundo que puede sacar adelante el Congreso. Es decir, que puede ganar por aplastante mayoría», afirma un diputado que le conoce bien.

Lo paradójico es que nos podemos encontrar ante un presidente del PP que consiga todos o casi todos los avales y que, al mismo tiempo, aparezca ante la opinión pública como el más cuestionado de la historia del PP desde los tiempos de Hernández Mancha.

En lugar de dar la sensación de que controla la situación, de que poco a poco va imponiendo su autoridad, Rajoy se refugia en un reducido núcleo de fieles.

El nuevo círculo íntimo del presidente lo componen ahora González Pons, Moragas y Lassalle (los que le acompañaron en la comida del Paradis) y, como no, el asesor externo Pedro Arriola.

Este minúsculo grupo, al que algunos diputados díscolos llaman «la banda de los cuatro», es el que realmente está en la pomada. Naturalmente, a ellos hay que añadir a Soraya Sáenz de Santamaría y a Carmen Martínez Castro, que, desde el Congreso y de cara a los medios, respectivamente, luchan a brazo partido y con enorme mérito por su parte por mantener a flote la credibilidad del líder del PP.

«Rajoy se está encerrando sobre sí mismo. Vive obsesionado con las conjuras en su contra y ve enemigos por todas partes. Su enfrentamiento con Esperanza Aguirre le ha hecho mucho daño. El cree que está haciendo lo mejor para el partido y que muy pocos saben agradecérselo», señala un alto funcionario de Génova.

Frente a la visión de los que opinan que lo único que quiere Rajoy es mantenerse en el machito, otros defienden su honestidad y capacidad de sacrificio. Un ex ministro y diputado apunta que, en la triste noche del 9-M, Rajoy estuvo a punto de tirar la toalla. «Muchos le animamos a seguir, le pedimos que siguiera y le mostramos nuestro apoyo».

En esa misma línea, un reputado consejero de una autonomía donde gobierna el PP sostiene que Rajoy sólo sigue en su puesto para evitar una guerra fratricida en el seno del partido. «A mí me confesó que, después del Congreso, lo que intentará es pactar el candidato con las personas que tienen peso real en el PP. De esa forma, el que sea cabeza de cartel para las elecciones de 2012 contará con el respaldo suficiente dentro del partido como para que nadie pueda cuestionarlo», señala.

UN CONGRESO PARA EL PACTO

Según esa tesis (mantenida por varias fuentes cercanas al líder del PP), Rajoy planteará el Congreso como un gran pacto. Ofrecerá vicesecretarías a los barones y figuras relevantes y propondrá un secretario general con un perfil bajo, una persona sin ambiciones y con dotes organizativas.

En esas vicesecretarías estarían figuras como Francisco Camps, Javier Arenas y, por supuesto, Alberto Ruíz-Gallardón. Ahora bien, ¿estará también Esperanza Aguirre? Esa es una cuestión fundamental. La cabeza le dice a Rajoy que lo mejor para el partido, e incluso para él mismo, sería ofrecerle a la presidenta de la Comunidad de Madrid un puesto en el nuevo núcleo de poder que salga del Congreso. Pero su corazón le dice que no, que Aguirre ha ido demasiado lejos. No sólo la hace responsable de haber activado la bomba de relojería de las primarias, sino que la culpa de haberle puesto en contra a los medios que pidieron el voto para el PP en las elecciones, como son EL MUNDO y la Cope.

Las dudas de Rajoy respecto a Aguirre se han evidenciado recientemente en un comportamiento errático. Las duras palabras que le dedicó, sin mencionarla, en su discurso de Elche, después fueron corregidas y se convirtieron en halagos. Su negativa a asistir al acto conmemorativo del bicentenario del Dos de Mayo en la Real Casa de Correos se trocó más tarde en una agradecida asistencia. Rajoy besó a la presidenta de la Comunidad de Madrid ante los fotógrafos y resaltó la unidad del partido frente al ruido mediático provocado por presuntas desavenencias.

Aguirre, que ha estado barajando su no asistencia al Congreso, probablemente, tras la exhibición de cariño del presidente del PP, se replantee su posición.

Cucamonas al margen, si Rajoy no resuelve bien la cuestión de Aguirre, salga lo que salga, el Congreso será un fracaso.

Otro asunto esencial para el futuro del líder del PP es cómo va a solventar el espinoso contencioso de Juan Costa. Como es sabido, el responsable del programa electoral del PP en las últimas elecciones, fichado con gran aparato mediático y arrancado de la empresa privada, donde ganaba un sueldo de un millón de euros al año, rechazó el ofrecimiento de ocupar la secretaria general del Grupo Popular. Rajoy se lo ofreció por teléfono una noche, cuando ya se había anunciado el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo. El castellonense rechazó amablemente la propuesta.

Costa (43 años), ex ministro, cabeza bien amueblada, hilo directo con Rodrigo Rato, es visto por muchos diputados de su quinta como un referente para el futuro inmediato. Su marginación en el reparto de cargos que se está diseñando en Génova de cara al Congreso podría agudizar la sensación de frustración que existe entre los diputados llamados a sí mismos «la generación perdida»: jóvenes con experiencia en el Congreso o en la Administración que han quedado laminados por Rajoy en el último reparto de poder.

SENSACION DE DESGOBIERNO

Lo más dramático para la imagen del presidente del PP es que, a medida que se acerca el Congreso, la sensación de descontrol en el PP es mayor. «Que Rudi o Torme se atrevan a desairar a Rajoy en un mismo día no sólo demuestra descontento, sino que evidencia falta de liderazgo, agranda la sensación de que cada uno puede hacer lo que quiera», dice uno de los diputados díscolos.

Realmente llama la atención el desparpajo con el que algunos de estos diputados airean en comidas con periodistas las desavenencias internas del partido, la falta de lealtad que exhiben cuando critican a Rajoy y luego solicitan a los presentes que sus comentarios sean considerados off the récord.

En el círculo más próximo a Rajoy se da un valor extraordinario al apoyo explícito a su candidatura de líderes con peso territorial como Camps, Valcárcel, Arenas, Feijóo, Sirera o Ruiz-Gallardón. «Frente a los rumores, los avales; frente a los jefecillos de medio pelo, el respaldo de las figuras más valoradas del partido», esgrimen como consignas en Génova.

Pero incluso los que más sinceramente opinan que Rajoy es el mejor candidato posible para ganar a Zapatero saben que el apoyo de los barones es coyuntural. Que cada uno tiene marcados sus propios tiempos. Todos se han lanzado a arroparle ahora porque no ganan nada apoyando a Esperanza Aguirre.

Un hombre clave en la reciente historia del PP, ya al margen de la política, define gráficamente la situación: «Con los líderes regionales del PP sucede lo mismo que con el alzamiento contra la República. Todos los generales apoyaban el golpe, lo que ocurre es que no se habían puesto de acuerdo en quien tenía que mandar. Hasta que llegó Franco y se fue cargando a los que aspiraban a dirigir la rebelión».

¿POR QUE NO YO?

Esperemos que la cosa no sea tan dramática y que el nuevo líder del PP, si es que surge, tenga poco o nada que ver con el dictador de El Ferrol.

Mientras los jerifaltes del PP cruzan apuestas sobre lo que ocurrirá en el Congreso de junio, Rajoy se ensimisma con las últimas teorías elaboradas por Arriola (al que sus enemigos llaman el Rasputín de Génova), que le garantizan un éxito seguro a cuatro años vista y que demuestran que la causa de la derrota de marzo fue que el partido dio una imagen demasiado intransigente.

Si el PP es menos duro con el Estatuto de Cataluña y acepta una revisión del Estatuto vasco, siempre, se añade, dentro de la Constitución, las posibilidades de subir en esas dos comunidades aumentarían de forma significativa y, como consecuencia, podría ser factible el triunfo en toda España.

A todo esto, Aznar guarda un calculado silencio. Rajoy fue su apuesta, pero, según dicen los que le tratan, a día de hoy está dolidamente arrepentido. Por el momento, seguirá callado. Pero hablará si la situación sigue deteriorándose.

¿Y Rato? A todo el mundo le dice que su apuesta por la política es agua pasada. Cada día que pasa le llega una nueva oferta del sector privado. ¿Es que sólo le interesa ganar dinero? No, Rato sigue al minuto lo que ocurre en el partido del que sigue siendo militante. Piensa que la situación de deterioro sólo beneficia al PSOE y que la crisis debería resolverse cuanto antes para retomar las tareas de oposición, que es lo que la militancia y el votante están deseando. Aunque no se ve encabezando ninguna alternativa a Rajoy, sus fieles, que los tiene, no descartan que en uno o dos años pueda llegar a ser lo que no pudo ser en 2004.

Entretanto, la pregunta que se hacen la mayoría de los compromisarios es la siguiente: ¿Quiere Rajoy de verdad ser el candidato del PP para las elecciones de 2012, o bien sólo aspira a ganar el Congreso para organizar una sucesión pacífica en la cúpula del PP?

Hace unos días, el líder del PP llamó a su despacho a Carlos Aragonés, una de las personas que más influyó para que Aznar le designara candidato. Ultimamente, sus relaciones no han sido lo que se dice buenas. Rajoy le reprochó al de Valladolid que fuera tan crítico con él en la actual situación. Al final de la charla, el presidente del PP le inquirió: «¿Qué tienen los otros candidatos que yo no tenga? ¿Por qué ellos y no yo?».

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Una oferta que ningún diputado raso rechazaría, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 30th, 2008

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Ha sido una gestión rápida, casi instantánea. Tras un encuentro casual en un restaurante de Madrid hace un par de semanas, el pasado viernes César Alierta y Eduardo Zaplana desayunaron en la sede de Telefónica. El presidente de la compañía tenía ya diseñada la oferta. Una oferta difícil de rechazar. El portavoz del PP en el Congreso durante la anterior legislatura pasa de ser «diputado raso» a convertirse en embajador plenipotenciario para Europa de la mayor empresa española.

Zaplana se lo transmitió ayer a Rajoy y, en pocos minutos, la noticia se convirtió en la comidilla política del día. Esperanza Aguirre lo consideró un mal síntoma, porque supone la retirada de la primera línea de un hombre valioso; José Blanco estuvo elegante y le deseó suerte (él sabe que en la política a veces toca abrazo y a veces bocadillo), y Alfonso Guerra, un tanto demagógico, dijo que el alicantino busca ahora en la empresa privada la relevancia que ha perdido en su partido; y dinero, claro.

La marcha de Zaplana es, hasta cierto punto, lógica. Sus últimos cuatro años yo no se los deseo ni a mi peor enemigo. Y todo para quedar, al final, amortizado. La política es una trituradora.

Pero, ¿por qué Telefónica? Aunque la gestión ha sido de Alierta y sólo de Alierta, muy pocos conocen tan bien a Zaplana como Javier de Paz (que se incorporó al consejo de la compañía el pasado mes de diciembre junto a Manuel Pizarro). De Paz y Zaplana han hecho de puente, en ocasiones muy determinantes, entre el presidente del Gobierno y Rajoy en una legislatura marcada por los desencuentros.

Un dato. Fue Zaplana el que, a través de De Paz, informó a Zapatero de que había ganado las elecciones en la noche del 14 de marzo de 2004.

La clave De Paz es importante porque significa que este movimiento cuenta con la luz verde de Moncloa.

Zaplana lo ha sido todo en política: concejal de Benidorm, presidente de la Comunidad Valenciana, ministro de Trabajo, ministro portavoz,… Nunca ha rehuido la pelea, y le ha tocado desempeñar un papel muy difícil y, en muchas ocasiones, desagradable en estos últimos cuatros. Seguramente, sin su empeño el PP hubiera dado carpetazo a la investigación sobre el 11-M.

Algunos le han criticado por su excesivo afán de protagonismo y porque no ha sabido, dicen, engranar con eficacia el Grupo Parlamentario (que, ¡vaya tropa!). Su enfrentamiento con su sucesor al frente de la Generalitat, Francisco Camps, ha alcanzado cotas difíciles de imaginar. La situación llegó a ser insostinible. Hasta el punto de que, a mitad de legislatura, Zaplana le ofreció la dimisión a Rajoy, que se la rechazó de plano.

Con todo, y a pesar de haber sido machacado por algunos medios de comunicación, es uno de los líderes más apreciados del centro derecha. Tras el 9-M, Rajoy le ofreció una portavocía, pero él ya había decidido retirarse. Sigue siendo buen amigo de Aznar.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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El PNV busca una salida para Ibarretxe, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 28th, 2008

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El nacionalismo vasco vuelve a sacar del baúl su alma moderada. Iñigo Urkullu, el líder del PNV que surgió de la defenestración del muy moderado Josu Jon Imaz, cara de buen chico de Bilbao, con pinta de no haber roto un plato en su vida y suaves modos, anda por Madrid susurrando una música que gusta, sobre todo viniendo de un líder jeltzale: «Hay que pararle los pies a Ibarretxe».

El lehendakari ha ido perdiendo apoyos aceleradamente. Su irredentismo étnico ya no hace gracia a casi nadie. Su reciente encuentro con el Dalai Lama, en el que comparó a España con China y al Tíbet, claro, con Euskal Herria, dos pueblos oprimidos y pacíficos, ha provocado, incluso en la muy patriota sociedad vasca, hilaridad. Ibarretxe ni siquiera fue original en el establecimiento de ese paralelismo esencial entre las aspiraciones soberanistas tibetanas y vascas. Carod ya advirtió de las concomitancias entre las ansias de independencia de los monjes del Tíbet y los deseos de liberarse de la opresión de España de los republicanos con barretina. A estas alturas, el Dalai Lama debe estar preguntándose por qué extrañas circunstancias se pudieron celebrar aquí unos JJOO sin que hubiera derramamientos de sangre.

El tinglado de Lizarra, ideado por Xabier Arzalluz como una forma de revitalización del nacionalismo adormilado por Ajuria Enea, encumbró a Ibarretxe como gran líder nacionalista.

De tal modo, que sus compañeros aceptaron de buen grado que se bautizase como Plan Ibarretxe lo que no era sino el Pacto de Lizarra institucionalizado por el Parlamento vasco (con el voto favorable del brazo político de ETA).

Derrotado por abrumadora mayoría en el Congreso de los Diputados en enero de 2005, el Plan Ibarretxe volvió a Euskadi por donde había venido y dejó al lehendakari huérfano de un proyecto político con el que ilusionar a los vascos y vascas.

Desoyendo la sensata voz de Imaz, Ibarretxe volvió a reinventarse su propio plan, pero esta vez atreviéndose a poner fecha a sus ensoñaciones.

El 28 de septiembre desveló en el Parlamento de Vitoria su nueva apuesta soberanista, que resumimos brevemente para los desmemoriados. Previa autorización de la cámara vasca (en la que el tripartito PNV-EA-EB suma 32 escaños de un total de 75), el lehendakari se comprometió a convocar un referéndum el 25 de octubre de 2008, hubiera o no un acuerdo previo con el Gobierno español, sobre el derecho a decidir del pueblo vasco.

Dijo Ibarretxe que, para llevarlo a cabo, no era necesario que ETA dejase de matar, ya que «la violencia no puede impedir la iniciativa política».

Imaz difería en ese punto, lo que le llevó a dejar de ser burukide para marcharse a la Kennedy School de Boston, donde ahora trabaja en un estudio sobre la acción de los gobiernos en el desarrollo de las nuevas tecnologías. A todas luces, ha salido ganando.

Sigamos con Ibarretxe. El lehendakari, que se autojustificó diciendo que su proyecto tenía por objeto «cumplir la palabra dada», dejó a los parlamentarios atónitos cuando reveló que, una vez celebrada la consulta (la del próximo 25 de octubre), ETA «estaría obligada por decisión popular» a poner fin a la violencia.

Luego, auguró, se convocaría otro referéndum en 2010, el de verdad, el «resolutivo», o sea, la repanocha. Todo ello aderezado con dos mesas (siempre dos mesas, ¡ah!, esa irrefrenable atracción vasca por la gastronomía); una política, con la izquierda abertzale como invitada especial; y otra, «técnica», a la que asistirían, por un lado, negociadores en representación del Gobierno de España y, por otro, los chicos de la capucha y la pistola.

Al terminar su iluminado discurso, Patxi López, que no se caracteriza precisamente por su imaginación, acusó al lehendakari de vivir «en los mundos de Yupi». Hay una tendencia casi enfermiza a situar al líder vasco fuera del mundo real. Entre la gente de la izquierda abertzale, según pudimos comprobar por los mensajes de móvil que le enviaba el portavoz de Batasuna, Petrikorena, a las bien mandadas Nekanes, Ibarretxe es conocido como Spock, en referencia al protagonista de la afamada serie de ciencia ficción La conquista del espacio (luego llevada al cine como Star Trek), humanoide caracterizado por sus afiladas orejas y anguladas cejas.

Hasta para los burukides de ahora (o sea, los de Bilbao, porque los de Guipúzcoa, Egibar o así, son otra cosa), Ibarretxe, simplemente, ha «perdido el norte», que no es sino la forma fina de decir que está como una regadera.

Le quieren convencer de que no convoque la consulta prometida. Los inquilinos de Sabin Etxea atesoran, además de las esencias del ser vasco, un incuestionable olfato político, que ha llevado a su partido a permanecer en el poder desde hace treinta años.

Los números cantan. En las elecciones generales de 2004, el PNV logró 420.980 votos, que sumados a los 80.905 de EA y a los 102.342 obtenidos por la EB de Madrazo, daban al tripartido un total de 604.227 votos. En esos mismos comicios, el PSE recibió 339.751 votos y el PP 235.785. Es decir, que la suma de ambos quedaba ligeramente por debajo del tripartito, con un total de 575.536 votos.

Las autonómicas de 2005 y las municipales de 2007 le fueron mal al PNV y a sus socios. El resultado del bloque gobernante en el País Vasco fue aún más decepcionante en las generales del 9-M. El PNV logró sólo 303.246 votos, mientras que EA y EB superaban por los pelos los 50.000 votos cada uno. En total, 403.490 vascos respaldaron a los tres partidos del gobierno. El 9-M, el PSE tuvo 425.567 votos (más que la suma del tripartito) y el PP, 206.702. Es decir, que PSE y PP juntos suponen 632.264 votos, ¡casi 230.000 más de lo que suman los tres socios de gobierno!

Si el lehendakari sigue en sus trece, el PNV puede verse ante la siguiente situación. Primero, necesitaría los votos del PCTV para sacar adelante la consulta en el Parlamento Vasco. Y luego, si la lleva a cabo, se verá ante la circunstancia inaudita de tener que enfrentarse a una decisión en contra del Tribunal Constitucional, ante el que recurrirá el Gobierno español.

Si Ibarretxe sustituye la consulta por unas elecciones anticipadas, el PNV y sus socios podrían verse ante la más que segura eventualidad de una derrota (la ausencia del brazo político de ETA en los comicios no le garantiza a los nacionalistas la absorción de sus votantes).

Por ello, los nuevos burukides, que, en teoría, son el resultado de un pacto entre las dos almas del nacionalismo alcanzado tras la salida de Imaz, tratan como sea de quitarle de la cabeza a Ibarretxe la idea de llevar adelante la consulta y de convocar elecciones anticipadas en otoño.

El discurso de José Luis Bilbao, diputado general de Vizcaya y hombre de confianza de Urkullu, abogando por el abandono del segundo plan Ibarretxe y por un acercamiento al PSE, expresa con claridad la orientación del Euskadi Buru Batzar de cara a los próximos meses. El problema, dicen sus miembros en privado, es que el lehendakari teme por su futuro penal y necesita la protección que le da el ser presidente del gobierno vasco. De nuevo, el PNV cree que el Gobierno puede ordenar a los jueces lo que deben hacer. De nuevo, el PNV cambia su alma para que nada cambie.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Chacón o el ‘macguffin’ de Zapatero, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 21st, 2008

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Zapatero consiguió su propósito. La imagen de Carme Chacón pasando revista a las tropas en su toma de posesión fue portada de todos los periódicos españoles y dio la vuelta al mundo.

El nombramiento de una mujer al frente de Defensa era el colofón mediático a uno de los grandes pilares sobre los que el presidente ha construido su Gobierno.

La medida ha despertado la simpatía de la mayoría de las mujeres y ha generado una polémica política y, sobre todo, periodística que, a medida que desgrana sus argumentos, beneficia más a Zapatero.

No sé si, conscientemente o no, Zapatero ha hecho de Chacón su particular macguffin político. El término macguffin fue inventado por Alfred Hitchcock para definir un recurso efectista que consistía en atraer la atención del espectador hacia un elemento secundario para despistarle. El maestro del suspense lo utilizó en muchas de sus películas. El macguffin más conocido de su filmografía fue el inexistente espía George Kaplan en Con la muerte en los talones, historia protagonizada por un siempre magistral y ya maduro Cary Grant.

En puridad, al margen de que el objetivo del presidente haya sido más bien espúreo, el nombramiento de Chacón es impecable. ¡Una mujer en Defensa! ¿Y qué tiene de malo? ¡Una mujer embarazada al mando de los ejércitos! ¿Acaso las mujeres no ejercen cualquier profesión mientras están embarazadas? ¿Cuál es el problema?

El macguffin de Zapatero ha tenido la virtud de desatar un debate público que revela la pervivencia del machismo en muchos de nuestros comportamientos. Los que cuestionan la idoneidad de Chacón para ser ministra de Defensa por ser mujer y estar embarazada no sólo están atacando una decisión políticamente correcta, sino que están poniendo de manifiesto una concepción anticuada y retrógrada sobre el papel de la mujer en la sociedad.

Si se circunscribe el debate sólo al caso Chacón, Zapatero siempre llevará las de ganar.

A Carme Chacón habrá que juzgarla por su gestión, como a cualquier ministro. Conociéndola, seguro que se esfuerza mucho más que si fuera un hombre, aunque sólo sea por demostrar que ella no ocupa ese puesto sólo por el hecho de ser mujer. Como muestra de ello, su viaje relámpago a Afganistán para visitar a las tropas españolas (¡y eso con un embarazo de siete meses!).

El problema no es Chacón, sino el objetivo pedagógico que Zapatero ha pretendido trasladar a la sociedad con su Gobierno. Predicar con el ejemplo, por regla general, es bueno. Pero hacer del Gobierno un escaparate ideológico, convertir las carteras ministeriales en referente de una política de cuotas y, además, tener la osadía de crear un Ministerio de Igualdad es revelador de la concepción conductista de la política que tiene el presidente. No elige a los mejores para cumplir una función específica, sino que decide quién la cumplirá en virtud de un criterio de género previamente establecido que debe dar como resultado final una mujer más que el número total de hombres.

Lo criticable de Zapatero no es si Chacón es o no idónea para su cargo, sino esa concepción de la política en la que la propaganda, la imagen, priva sobre todo.

Esperanza Aguirre, con un olfato que para sí quisieran muchos dirigentes del PP, no cayó en la trampa y valoró la incorporación de mujeres al Gobierno como «una de las mejores cosas que ha hecho Zapatero. «Este es el siglo de las mujeres», remachó.

Para que quede claro. Lo malo del presidente del Gobierno no es que haya nombrado a nueve mujeres ministras. Si lo hacen bien, la decisión habrá sido un acierto y habrá que aplaudirla. Lo cuestionable es que Zapatero venda como un éxito en sí mismo el hecho de nombrar a nueve mujeres ministras.

En esa idea de la política como ingeniería para modificar conductas es donde radica el peligro del nuevo Ministerio de Igualdad.

¿Cuál será su contenido? Se dice que, en principio, se ocupará fundamentalmente de las políticas sobre violencia de género. El Gobierno, hasta ahora, ha fracasado en ese asunto. Las cifras de maltrato y de víctimas causadas por el comportamiento machista son cada día más alarmantes. Hay una ley consensuada por todos los partidos que ha supuesto un endurecimiento de penas para sus infractores. Parece que el fallo no radica tanto en la norma como en los medios habilitados para aplicarla. Es decir, que faltan más policías, más psicólogos, métodos más sofisticados de aviso, etcétera. Y también, más ayudas económicas para que las maltratadas puedan abandonar sus hogares.

Cualquier propuesta que vaya dirigida a mitigar esa lacra será bienvenida por la inmensa mayoría de la sociedad.

Lo preocupante es que el Ministerio de Igualdad quiera hacer honor a su nombre y pretenda imponer la filosofía que ha inspirado a Zapatero para conformar su Gobierno en el ámbito privado. Es decir, que se tenga la tentación de regular por sexos quiénes deben ocupar los puestos directivos, por ejemplo. De hecho, la Ley de Igualdad ya contempla un trato discriminatorio para las empresas que no cumplan las cuotas establecidas en sus consejos de administración.

Según los datos que Eurostat hizo públicos este año en la víspera del Día de la Mujer, en 2006, en España el 31,8% de los puestos de responsabilidad en las empresas los ocupaban mujeres (la media de la UE es el 32,6%). El porcentaje es todavía bajo, pero lo importante es la tendencia. Por ejemplo, según la misma fuente, en la Administración Pública las mujeres ocupaban en 2006 el 33% de los puestos de nivel superior. Sin embargo, en 1999 ese porcentaje era tan sólo del 17%.

Es decir, que en siete años el número de mujeres con los máximos niveles en la Administración se ha duplicado.

La igualdad de oportunidades y no las políticas de discriminación positiva es lo que explica ese fenómeno. En muchas facultades ya estudian más mujeres que hombres. En la Administración -que, por norma, no discrimina a sus funcionarios por sexos-, en no mucho tiempo habrá más mujeres que hombres ocupando los máximos niveles.

Si el Gobierno quiere aplicar una política que fomente de verdad la igualdad, tendría que hacer mucha más incidencia en las medidas que impidan la discriminación y dejar en segundo plano las ordenanzas que imponen la discriminación a la inversa. Por ejemplo, debería ocuparse (con la colaboración de empresarios y sindicatos) de impedir que las mujeres, a trabajo igual, cobren menos que los hombres. La tasa de ocupación femenina (55%) es mucho más baja que la masculina (73,2%). La inversión pública en guarderías gratuitas o de bajo coste hará mucho más en favor de la igualdad de la mujer que toda la propaganda oficial (incluidas fotos con ministras en la escalinata de Moncloa).

Nos queda mucho camino por recorrer. Pero resistirse a la evidencia es tan ridículo como inútil. En las sociedades abiertas y democráticas, en las que se juzga a las personas por lo que valen y no por su origen, raza o religión, las mujeres no deben tener ningún impedimento para ocupar los puestos de máxima responsabilidad. Parafraseando a Bono, un mundo con más mujeres al mando sería bastante mejor que éste.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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El aparato se alía con el Rasputín de Génova, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 14th, 2008

A FONDO

El poder teme la competencia, pero la democracia representa justamente el contraste de ideas. Por eso, en los sistemas democráticos el poder nunca puede ser absoluto.

En todas las organizaciones, y los partidos políticos lo son, las cúpulas directivas manejan los resortes internos que les garantizan su permanencia y dificultan la toma del poder por parte de elementos no controlados. A los encargados de realizar esa labor defensiva se les suele llamar aparatchik, porque no ha habido ninguna organización como el Partido Comunista de la URSS en la época de Stalin que haya desarrollado, hasta límites tan macabros como efectivos, un modelo similar para laminar todo tipo de oposición al poder establecido.

Ya no se dan ejemplares como Laurenti Beria, para cuya entronización es necesario un microclima como el que generó la dictadura soviética en los años 30. Pero eso no quiere decir que los sistemas de poder no generen, incluso en las democracias, sus propios mecanismos de autodefensa.

En los años 80 se decía en el mundillo financiero que nadie preparaba mejor una junta de accionistas que Luis Blázquez, el director general del Banco Central que creció a la sombra del incombustible Alfonso Escámez. No sabían los Albertos a lo que se enfrentaban cuando, envalentonados por los petrodólares de KIO y la persuasión política de Enrique Sarasola, blandieron su 12,5% del capital del banco para hacerse con la mayoría de los puestos en el consejo de administración. Allí estaba Blázquez, manejando los hilos de la red de sucursales, el aparato del banco, para garantizarle al presidente una cómoda reelección a pesar de la potencia de fuego de los que pretendían tomarlo al asalto.

¿Qué le ocurrió al bienintencionado José Angel Sánchez Asiaín cuando lanzó su OPA bendecida por Solchaga y Rubio sobre Banesto? Allí estaba Rafael Pérez Escolar para organizar la resistencia de las bases contra el «ataque de los vascos». De aquella guerra salió vencedor Mario Conde, una especie de Rodríguez Zapatero con el que nadie contaba y al que, de rebote, la OPA del Banco de Bilbao le situó en la presidencia de Banesto.

Cuando el Partido Socialista, perdidas las elecciones de 1996 frente a Aznar y tras la marcha de Felipe González, organizó las primarias, también el aparato actuó en defensa del candidato oficial Joaquín Almunia.

Gracias a la denuncia del militante socialista Manuel Aguilar supimos hasta qué punto el aparato se posicionó en defensa de su candidato: «Sobre las 12.30 de la mañana [del día en que se celebraron las primarias] me llamó Gaspar Zarrías [a la sazón consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía]. Me preguntó que cuántos sobres con la candidatura de Almunia habíamos metido. Le dije que 22. Me contestó que teníamos que llegar a 100, que Borrell tenía que perder en Jaén, que la presidenta de la mesa y yo tendríamos un puesto de trabajo; que siguiéramos metiendo sobres y que tuviéramos cuidado que no nos cogiesen».

Almunia ganó en Jaén y a Manuel Aguilar no le llegaron a coger, pero la promesa de trabajo no se cumplió satisfactoriamente y el afectado terminó denunciando públicamente el pucherazo.

Zarrías es el arquetipo del aparatchik. El mismo llegó a votar con los pies y con las manos cuando era senador para cubrir la inasistencia a un pleno de algunos de sus compañeros. La democracia, en su esquema de valores, es sólo un medio para conseguir un fin. A Manuel Aguilar le dijo, para convencerle de llevar a cabo su fraudulenta acción, que lo que le pedía era «por el bien del partido».

Miguel Sebastián me contó en una ocasión que, cuando presentó su candidatura a la Alcaldía de Madrid, unos amigos suyos, con sus correspondientes avales, acudieron a una de las agrupaciones del PSOE de Madrid para afiliarse. Quedaron en llamarles. Cuando, tras pasar un tiempo razonable, reclamaron sus carnés, un funcionario bien aleccionado les preguntó: «Pero ustedes, ¿para qué quieren afiliarse?».

No crean que estoy dando vueltas para crear el clímax propicio para hablar de lo que ocurre ahora en el PP. No. Lo que sucede es que lo que está pasando en el PP ni es nuevo, ni es fruto de ninguna enfermedad particular desarrollada por un germen maligno en una de las plantas nobles del edificio de la calle Génova. Es tan viejo y tan pueril como la vida misma.

La salida en tromba de los llamados barones del partido, léase Camps, Valcárcel o Ruiz-Gallardón, en defensa de Rajoy y, de paso, contra la, hasta ahora, sólo posibilidad de que Esperanza Aguirre presente su propia candidatura en el congreso del mes de junio, tiene, como primer fin, acogotar a la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Los argumentos que se utilizan, en público y en privado, son tan débiles como poco originales. La unidad, la ruptura del partido, el recuerdo de lo que sucedió en UCD, la necesidad de hacer frente a las presiones mediáticas, la conveniencia de una legislatura menos crispada,.. bla, bla, bla.

El único que ha dicho cosas sensatas en las últimas horas ha sido Alvarez Cascos, que fue en su día el jefe del aparato del PP. Ha reclamado algo evidente: son los militantes los que tienen que decidir en el congreso y hay que llamar derrotas a las derrotas.

Porque uno de los sustentos argumentales del aparato para defender su posición es que los resultados del 9-M fueron buenos. O sea, que perder por poco no es malo.

El viernes, en El País, el catedrático Gabriel Tortella hablaba de la «derrota pírrica» del PP: «…Estas elecciones, al haber tenido tantas atenuantes, han dejado la dirección del partido en la peor situación posible: su presidente, dos veces perdedor, se aferra al cargo alegando que la victoria fue honrosa y quizás arguyendo que ‘a la tercera va la vencida’».

El responsable de esta curiosa teoría de que los resultados del 9-M no fueron malos para el PP es el moderno Rasputín de Génova, Pedro Arriola.

El asesor áulico, cuyos variados y especializados servicios le cuestan al PP una suculenta factura, se ha incrustado en el inner circle de Rajoy hasta tal punto que es él quien le aconseja a través de su teléfono móvil cómo tiene que conducir sus debates en el Congreso de los Diputados.

El líder del PP haría mal en interpretar lo que está ocurriendo como un simple problema de ambición por parte de Aguirre, aderezado por el run run de los diputados descontentos con los nuevos nombramientos.

Desde Ruiz-Gallardón a Camps, lo que esperan los barones es el mejor momento para plantear su propia alternativa.

Y todos tienen tanto derecho como Rajoy o Aguirre a plantearla. Si el debate es abierto, el líder que resulte elegido saldrá reforzado. Los perdedores deben comprometerse a cerrar filas con el vencedor. Así se fortalecerá el partido. Rajoy dio una muestra de deportividad al señalar el sábado que no verá «como un enemigo» al que le dispute el liderazgo.

Pero, para que todos estén en igualdad de condiciones, todos deberían tener las mismas opciones, lo que hoy impiden los estatutos. «Pedir que los estatutos se cambien ahora es oportunismo», dicen en el aparato. No. Las normas se cambian cuando la necesidad lo reclama. La efectividad de los sistemas de incendio no se comprueba de verdad hasta que un edificio está en llamas. El PP corre el peligro de salir ardiendo.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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Gobierno ‘zapaterista’, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 13th, 2008

EL NUEVO GABINETE: El análisis

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«¿Te imaginas a una mujer catalana, socialista y con bombo pasando revista a las tropas? Eso sí que es un cambio. Sobre todo, para un país que hace 27 años sufrió un golpe de Estado».

Estas palabras pronunciadas por una persona cercana al presidente del Gobierno resumen mejor que muchos sesudos análisis lo que ha pretendido Rodríguez Zapatero al nombrar ministra de Defensa a Carme Chacón.

Esa era la gran sorpresa que tenía preparada y que, desde hace algunos días, venía susurrando a sus colaboradores. Chacón podría haber sido ministra de Interior si Rubalcaba hubiera decidido abandonar el Ejecutivo, pero, finalmente, el presidente logró convencerle.

En el nombramiento de Chacón da algunas claves para comprobar hasta qué punto éste es un Gobierno de corte plenamente zapaterista.

El presidente no sólo premia al PSC por los resultados en Cataluña (que él le adjudica al PSOE y a sí mismo). Chacón, además de ser mujer y catalana, ha demostrado capacidad de gestión y forma parte de su entorno más querido y afín (el verano pasado se casó con Miguel Barroso, hombre cuya opinión sigue tiene peso en las decisiones de Moncloa).

Además, Chacón da la imagen rompedora que el presidente necesitaba para un Gobierno más bien continuista. Si hay una institución con fama de machista, ésa es el Ejército. Pues bien, ahí tenéis, una mujer que ha hecho bandera de la igualdad de derechos.

La mujer es un eje central de este Gobierno (las mujeres dieron el triunfo al PSOE el 9-M). No sólo por el nombramiento de Chacón, sino porque es la primera vez en España que hay más mujeres que hombres en un Gabinete y porque también es la primera vez que se crea un Ministerio de Igualdad (al frente del cual, cómo no, también hay una mujer, la andaluza Bibiana Aído).

La segunda clave de relevancia es el peso de la tecnología. El hombre que está detrás de esta orientación básica es Miguel Sebastián (nuevo ministro de Industria), que tendrá bajo su responsabilidad la gestión sobre las materias relacionadas con la energía (justo cuando el sector eléctrico se encuentra en plena efervescencia). Sebastián, uno de los amigos de verdad de Zapatero, ha sido el gran impulsor del Ministerio de Innovación y ha sido también el primero en sugerir el nombre de Cristina Garmendia para esa nueva cartera. Garmendia formaba parte del observatorio de I+D de Moncloa, es licenciada en Biología, máster en el IESE y miembro de la Ejecutiva de la CEOE a propuesta de su presidente, Gerardo Díaz Ferrán.

Beatriz Corredor, que ha sustituido a Chacón en Vivienda, es registradora de la propiedad y formó parte de la lista al Ayuntamiento de Madrid que encabezaba Sebastián. Otro dato que pone de relieve la influencia que ha tenido el anterior responsable de la Oficina Económica de Moncloa en la conformación de este Gobierno.

El resultado del pulso entre el vicepresidente económico, Pedro Solbes, y el nuevo ministro de Industria, que ya produjo sonoros encontronazos en la anterior legislatura, será una de las grandes cuestiones a dilucidar en la que acaba de comenzar.

La salida de Jesús Caldera, cantada desde hace unos días, no significa que el anterior ministro de Trabajo vaya a perder peso político, aunque a él lo que le hubiera gustado habría sido ocupar una vicepresidencia de corte social. Después de darle muchas vueltas, Zapatero le ha encomendado la tarea de crear la FAES del PSOE. Es decir, una gran fundación que elabore las ideas sobre las que el Partido Socialista diseñará su programa político. Caldera podría ser, en un futuro no muy lejano, nuevo secretario de Organización del PSOE, una vez que José Blanco pase a ocupar otras tareas, probablemente en un próximo Gobierno.

La continuidad de Magdalena Alvarez en Fomento es quizás la otra gran sorpresa de este Gobierno. Alvarez no sólo es la ministra con menor índice de popularidad, sino que en estos cuatro años tampoco ha sabido ganarse el apoyo de sus colegas y ha perdido el que tenía de muchos de sus colaboradores. Se dice que el empeño de Manuel Chaves en que siguiera en el Gobierno (en ésa u otra cartera) no tiene tanto que ver con el mantenimiento del peso andaluz en el Ejecutivo como con el temor a que, de no continuar, hubiese reclamado su vuelta a la Junta.

A Fernández Bermejo le había prometido mantenerle en el Gobierno si ganaba el PSOE. A pesar de su acelerado desgaste, Zapatero ha decidido quemarle en esta primera etapa. Todo hace pensar que este Ejecutivo no llegará a 2012.

Elena Espinosa ha sido premiada en su gestión con un ministerio que incluye uno de los grandes retos de la legislatura: medio ambiente. La incorporación de Celestino Corbacho a Trabajo es un reconocimiento a su labor en el PSC y un guiño a su facción más españolista.

Queda ahora por ver cómo se articularán las nuevas funciones que asumirá María Teresa Fernández de la Vega en su reforzado cargo de vicepresidenta política. Por de pronto, ya ha comenzado a ocuparse de la negociación sobre el problema del agua en Cataluña.

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Falta de autoestima, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 9th, 2008

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Rajoy no lo tenía nada fácil ayer. Acudió al Congreso de los Diputados con los ecos del discurso pronunciado por Esperanza Aguirre zumbándole en los oídos. Es decir, con su liderazgo cuestionado.

De hecho, la expectación política y mediática no estuvo centrada en el discurso de investidura del presidente en funciones, sino en el tono, en la actitud y en la capacidad de reacción del líder de la oposición.

Zapatero, por su parte, acudió al envite relajado, con la autoestima reforzada no sólo por la victoria del 9-M, sino porque era consciente de que su máximo oponente llegaba a la cita un tanto tocado.

Como es costumbre en él, nos mostró un panorama tan irreal como idílico. Zapatero parece que siempre camina a 100 metros de la realidad. Para el presidente, la situación económica no genera grandes preocupaciones. Las dificultades sólo se perciben, en su opinión, en un «horizonte transitorio». De hecho, a pesar del menor crecimiento, del aumento de la inflación y de los tipos de interés y del incremento del paro, el líder del PSOE se comprometió a mantener las políticas sociales y a rebajar algunos impuestos.

Las medidas que apuntó para hacer frente a la «desaceleración» (devolución de 400 euros, más obra pública, viviendas sociales, ampliación en el pago de hipotecas, etcétera) parecen meros edulcorantes ante la que ya se califica como la peor crisis de los últimos 50 años.

Rajoy le contestó con un discurso de altura en el apartado económico y dio la impresión de que podía salir airoso de este complicado trance.

Especialmente atinado estuvo en la cuestión del agua, donde arrinconó al presidente en sus propias contradicciones, que han llevado a una situación inaudita: los que se opusieron al trasvase del Ebro ahora lo defienden para apagar la sed de Barcelona.

Sin embargo, Rajoy desaprovechó una gran ocasión para pedirle a Zapatero concreción en sus planes sobre el terrorismo y sobre su modelo de Estado.

El presidente, que se mostró dispuesto a «corregir y a mejorar» su política antiterrorista, no dio detalles sobre el marco en el que piensa establecer el gran pacto de Estado que propugna. Por ejemplo: ¿Se descarta completamente la negociación con ETA hasta su derrota? ¿Es compatible ese acuerdo con el referéndum que Ibarretxe piensa convocar en octubre? ¿Se va a exigir a los partidos que quieran firmarlo que apoyen también la Ley de Partidos?

En fin, Rajoy, incomprensiblemente, no puso en un brete a Zapatero en esos asuntos. ¿Por qué? ¿Acaso tiene ya un convenio con el presidente para alejar del debate la política antiterrorista? ¿O es que no está en la mejor disposición psicológica para el combate?

En resumen, el presidente fue ayer más agresivo que el líder de la oposición. Hasta el punto de que Rajoy le tuvo que frenar: «¡No se altere!».

¿Será éste el tono de la legislatura que ahora comienza?

Cuanto antes se resuelva la situación interna del PP, mejor. De aquí al congreso de junio, a Rajoy le esperan días difíciles. Pero a un político nadie le regala el liderazgo. Es una prueba que debe superar. En su caso, con un retraso de varios años.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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La renovación significa más Rajoy que nunca, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Abril 1st, 2008

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A finales de 2005, en una de las escasas conversaciones que ha mantenido con él en los últimos cuatro años, Rajoy le aseguró al entonces director gerente del FMI, Rodrigo Rato, que lo fundamental para ganar a Zapatero no era el equipo, sino la política, los principios.

Ayer, en el análisis que el líder del PP esbozó sobre el resultado de las pasadas elecciones, no hizo ninguna mención a los principios, a las ideas, sino que se centró en el equipo y en las personas.

La radiografía que mostró Rajoy de lo que ha ocurrido para que Zapatero haya vuelto a ganar, e incluso haya aumentado sus escaños, es sólo parcialmente correcta. El PP le ha arañado un importate número de votos al PSOE, que, a su vez, ha compensado esa pérdida comiéndose un porcentaje apreciable del apoyo electoral de partidos como IU y ERC. Eso es cierto. Pero han ocurrido otras cosas. El PP ha caído en algunos de sus feudos tradicionales como Galicia y Baleares; ha perdido apoyo en el País Vasco, y ha logrado un pobre resultado en Cataluña. Además, el PP sigue siendo menos atractivo que el PSOE para los jóvenes y las mujeres.

Aceptemos que Zaplana no haya sido el más eficaz portavoz parlamentario. Probablemente, Acebes (cuyo cargo no será renovado en el próximo Congreso a celebrar en Valencia) tampoco haya sido el hombre ideal para dirigir el partido en una legislatura como la que acaba de concluir. Pero seguro que ellos no son la única causa «del recelo» que levanta el PP y que hace que una parte de la sociedad se «refugie en el PSOE».

Rajoy, en su balance, se autoexculpó de la derrota. Blandiendo como argumento su buena fe, dijo que él no se presentaría de nuevo si creyese que su persona ha sido la causa de la victoria del PSOE.

Es como decir que él no levanta el recelo en la sociedad que sí despiertan Zaplana y Acebes. Siguiendo ese razonamiento, se podría decir que una vez que ya no estén en la primera línea del partido, el PSOE ya no podrá utilizar su argucia de llamar derecha extrema al PP porque no tendría credibilidad.

Desde esa perspectiva, la elección de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo Parlamentario ha sido tan significativa como el nombramiento de Alonso por parte de Zapatero. Rajoy opta por una persona de su total confianza («Nombraré a mi equipo»). Sáenz de Santamaría tiene una sólida formación jurídica y grandes cualidades como parlamentaria. Da un perfil técnico para una legislatura que Rajoy quiere orientar hacia los grandes pactos de Estado.

Es un primer paso, pero muy significativo, en la marianización del PP. En lugar de pactar con los barones (léase Aguirre y Camps), Rajoy apuesta por personas de su círculo más íntimo.

Si el diagnóstico del líder del PP fuera el correcto (en definitiva, que se trata exclusivamente de cambiar algunas caras y de trabajar más en algunas zonas), la terapia propuesta sería la adecuada. Pero, de cara al próximo Congreso, los dirigentes del partido tienen que plantearse algunas cuestiones:

1º ¿Cuáles son las ideas fuerza con las que se piensa ilusionar a los votantes para ganar al PSOE?

2º ¿Se puede lograr la derrota de Zapatero con un equipo que no incorpore a los pesos pesados del partido?

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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El ‘felipismo’ ha muerto. ¡Viva el ‘zapaterismo’!, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Marzo 31st, 2008

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Nada más ganar el PSOE las elecciones del 14 de marzo de 2004, Rodríguez Zapatero cumplió una promesa que le había hecho al secretario general de la UGT, Cándido Méndez. El líder socialista se había comprometido con el sindicalista a que, si se producía el triunfo del PSOE, irían los dos, el lunes 15 por la mañana, al cementerio de La Almudena de Madrid para visitar la tumba de Pablo Iglesias.

Un amigo que le acompañó a la discreta cita le preguntó al futuro presidente si había podido dormir la noche anterior, a lo que éste le respondió con un convincente «sí». Pero Zapatero, de camino al cementerio, parecía circunspecto. «¿Te preocupa algo?», le interrogó su acompañante. «No», respondió, esbozando una malévola sonrisa: «Estoy pensando en la cantidad de compañeros que ahora se estarán preguntando si voy a contar o no con ellos».

Ese es uno de los componentes de la llamada erótica del poder. Saber lo que otros no saben, jugar con la incógnita, ser consciente de que uno puede colmar o frustrar muchas aspiraciones.

La semana pasada, con los rumores sobre futuros ministrables cruzando de un lado a otro como puñales envenenados, Trinidad Jiménez, una de las personas que suena siempre para casi todo (por méritos propios), confesaba: «Nadie sabe nada. Sólo lo sabe José Luis. Guardará el secreto hasta el último momento. Ya lo hizo cuando llevó a cabo la última remodelación del Gobierno. Algunos se enteraron una hora antes de que iban a ser ministros. Eso al presidente le encanta».

Si Zapatero, ya en 2004, era absolutamente consciente de su poder, ¡imagínense ahora! Señoras y señores, acaba de comenzar en la vida política española una nueva etapa: El zapaterismo.

Hasta ahora, lo único cierto, más allá de las quinielas más o menos bien intencionadas, es que el presidente ha elegido como portavoz del Grupo Socialista en el Congreso a su amigo José Antonio Alonso. Y eso es una señal muy importante.

Claro que Alonso tiene virtudes. Seguro que es uno de los hombres que puede hacer mejor la tarea para la que se le ha elegido (en primer lugar, pactar la renovación del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional). Nadie puede negarle el reconocimiento a su callada labor en Interior y Defensa. Pero esas cualidades necesarias no hubieran sido suficientes si Alonso, Toño, no fuera, sobre todo, un hombre absolutamente fiel a Zapatero.

Ese va a ser el tono del Gobierno: la fidelidad.

Sabemos que María Teresa Fernández de la Vega no sólo seguirá siendo la vicepresidenta política, sino que el presidente quiere que gane aún más peso en el nuevo Gabinete. La vice ha conectado bien con Zapatero durante la primera legislatura. Es una persona de su confianza, aunque sin llegar a alcanzar la relación de intimidad que sí que mantiene con Alonso.

Sabemos también que Solbes seguirá siendo vicepresidente económico. Zapatero se fía de él. Aunque, a partir de ahora, va a tener que enfrentarse a una situación nueva: caída del crecimiento, inflación y aumento del paro.

Solbes es una herramienta útil para Zapatero. Le quita presión del lado del mundo del dinero y le da respetabilidad a su Gabinete. «Aunque le cuesta tomar decisiones», dice un socialista que le conoce bien, «es un artista manejando la caja del Estado. Ha conformado un equipo sólido (el dúo Taguas, Ocaña) de su cuerda y que sigue sus instrucciones al pie de la letra».

Para muestra de esa habilidad como cajero, un botón. El secretario de Estado de Hacienda anunció la semana pasada una reducción del superávit de la Administración central en los dos primeros meses del año del 27%. Se trata de dar un mensaje claro: defensores a ultranza del gasto público como remedio a la crisis, ¡abstenerse!

Una de las batallas más interesantes que nos deparará el nuevo Ejecutivo es ésa. La que se producirá entre el prudente Solbes y los partidarios de combatir la crisis con un giro social más pronunciado (léase Caldera). Será también bonita la que provoque el resultado de la combinación de mentalidades del ministro de Economía y de Miguel Sebastián, que, a buen seguro, formará parte del Gobierno en esta nueva etapa aún más zapaterista que la anterior.

Solbes, como ya hizo hace cuatro años, juega a hacerse querer. Dice que sólo estará dos años más. Ya veremos.

Uno de los asuntos clave, aún por determinar, es si habrá una tercera vicepresidencia y, naturalmente y más significativo todavía, quién la ocupará. Es decir, quién será la estrella ascendente en esta segunda legislatura.

Bien. Hablemos de Rubalcaba. Nadie duda de que el ministro del Interior en funciones se ganó el puesto a pulso desde la portavocía del Grupo Socialista. Y que su gestión en ese complicado Ministerio, sobre todo tras la ruptura de las negociaciones con ETA, ha merecido un notable.

Pero, ¿seguirá Rubalcaba en el Gobierno? Fue él mismo quien desató todo tipo de especulaciones cuando dijo en una emisora de radio que había «abierto un periodo de reflexión» sobre su continuidad. Alegó problemas personales que, en este caso, no son una mera excusa, sino que se corresponden con una cruda y dramática realidad familiar.

Ahora bien, ¿es sólo esa situación la que provoca sus atormentadas reflexiones? Rubalcaba es un político de los pies a la cabeza y, como tal, una persona ambiciosa. Muy ambiciosa.

El titular de Interior persigue desde hace ya tiempo una vicepresidencia en el Gobierno. Ya lo intentó cuando trató de patrocinar a María Teresa Fernández de la Vega como candidata socialista a la Alcaldía de Madrid. A pesar de que hizo todo lo posible por enfrentarla a Alberto Ruiz-Gallardón, la jugada no le salió bien.

Sin embargo, ahora piensa que se ha ganado con creces el puesto que le situaría claramente en la primera división del Ejecutivo.

Para su desgracia, Rubalcaba tiene varios inconvenientes. El primero de ellos es que pertenece a otra etapa. Ha sido, por así decirlo, un nexo entre el felipismo y el zapaterismo. Y él lo sabe. ¡Qué mal le sentó ese titular del diario progubernamental Público en el que se aludía a Alonso como «el Rubalcaba de Zapatero». Sabiendo la influencia que La Moncloa y José Blanco tienen en ese rotativo, el ministro en funciones interpretó perfectamente el mensaje. Si Alonso era el Rubalcaba de Zapatero, ¿qué diantres había sido él cuando ejerció como portavoz socialista?

¿Acaso no quiere Zapatero que continúe? Por supuesto que sí, pero no a cambio de darle tanto poder como a Fernández de la Vega. Su velada amenaza de dejar la primera línea (aunque manteniendo su acta de diputado por Cádiz) no es más que el último intento para tratar de ablandar el corazón de hielo del presidente.

No es el momento de hacer el epitafio del felipismo, pero que a nadie le quepa duda de que Zapatero quiere marcar su propia impronta en el gobierno de España y en la trayectoria del Partido Socialista. Si en la primera legislatura -lograda, como la Secretaría General, contra pronóstico- mantuvo necesarios lazos con el pasado, ahora no tiene ninguna necesidad de ello. González, prepárate para el partido de homenaje.

Ciudadanos: el zapaterismo utópico ha dado paso al zapaterismo científico.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Zapatero y el ‘plan de choque’ sin dolor, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Economía, Política by reggio on Marzo 24th, 2008

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Estaba en Italia cuando me enteré: Zapatero ultima un plan de choque para paliar la desaceleración económica. El Gobierno se anticipa a la crisis, sentenciaba el ingenuamente propagandístico titular de El País. «O sea, que la cosa ahora va en serio», pensé. Y eso ¡nada más comenzar las vacaciones de Semana Santa!

A Miguel Arias Cañete casi le expulsan del país por reclamar un «plan brutal» contra la crisis en plena campaña electoral y ahora resulta que la diferencia en el remedio a la crisis por parte del Gobierno es simplemente una cuestión de matiz: el plan no será «brutal», sino de «choque».

En fin, no miremos al pasado. La nostalgia no conduce a nada bueno.

La primera cuestión que debería explicarnos el Gobierno en funciones (me imagino que la aprobación de las propuestas se aplazará hasta que esté constituido el nuevo Ejecutivo) es ante qué nos encontramos.

Recapitulemos. Hasta bien entrado el año, el Gobierno ni siquiera reconocía que España se vería afectada por la desaceleración. De hecho, Solbes sacó pecho cuando el Banco de España anunció que el PIB había crecido a un ritmo del 3,5% en el último trimestre de 2007.

Después, ya en el último debate electoral con Rajoy, Rodríguez Zapatero reconoció que la desaceleración que se estaba produciendo en Estados Unidos podía afectar a España, pero que no era necesario adoptar medidas extraordinarias.

Ahora, en esta tercera fase (y transcurridas apenas unas semanas desde la primera) se habla abiertamente de plan de choque.

Insisto: ¿Ante qué nos encontramos? Lo importante, ahora que ya no hay elecciones en puertas, es no hacernos trampas en el solitario; no engañarnos a nosotros mismos y no engañar a los ciudadanos.

La realidad. Según la OCDE, la economía de Estados Unidos podría entrar en recesión en los dos primeros trimestres de este año. Sin embargo, durante el último semestre de 2008 la economía norteamericana se recuperará hasta alcanzar un crecimiento medio del 1,4%.

¿Qué ocurrirá en España? Según la OCDE, el PIB crecerá en España este año a una media del 2,5% (ocho décimas por debajo de lo previsto en el Presupuesto del Estado).

Ahora bien, la tendencia en España va a ser justo la inversa que en Estados Unidos. Si la media de aumento del PIB va a ser del 2,5% y hemos comenzado el año con un crecimiento cercano al 4%, eso significa que 2008 terminará con un PIB más cerca del 1% que del 2%.

Eso, en España, es una crisis económica como la copa de un pino. No hablemos de recesión. No estamos, al menos este año, ante una perspectiva de crecimiento cero o negativo. Pero estamos ante una situación que no vivíamos desde principios de la década de los 90; con una diferencia sustancial, sobre cuyo origen los expertos no se ponen de acuerdo: el inesperado aumento del paro. La cuestión es simple: si la economía española genera desempleo con crecimientos por encima del 3%, ¿qué ocurrirá cuando el PIB se desplome hasta tasas del 1%?

Pero sigamos por la senda del mundo real. Según fuentes solventes, la crisis financiera internacional supondrá una reducción en el valor de los activos de 800.000 millones de dólares. De esas minusvalías, la mitad afectará a los balances bancarios.

Es decir, no estamos ante un fuerte catarro, sino ante un cáncer que algunos doctores tan reputados como el ex presidente de la FED Alan Greenspan no dudan en calificar como una de las situaciones más graves desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo está combatiendo la enfermedad Estados Unidos? Con recortes sin precedentes en los tipos de interés (ahora están al 2,25%, la mitad que en Europa) e inyecciones constantes de liquidez al sistema financiero. Por el momento, esas medidas tan sólo suponen efímeros parches.

La debacle de Bear Stearns y la brutal caída de beneficios de Salomon o Lehman Brothers son la continuación de una serie de malas noticias que comenzaron con el reconocimiento del contagio por parte de Citibank.

Todo apunta a que, en los próximos meses, en Estados Unidos se seguirá produciendo una corrección a la baja de los precios del sector inmobiliario, una caída continuada de la Bolsa y un sensible aumento del paro.

¿Y Europa? Mientras la FED trata de evitar males mayores rebajando el precio del dinero, el Banco Central Europeo mantiene los tipos con la vista puesta sólo en la inflación. Europa se conforma con crecimientos por debajo del 2%, asumiendo la pérdida de competitividad de su economía gracias a la fortaleza impostada del euro frente al dólar.

¿Es eso bueno para España? Algunos analistas aplauden a Trichet por su perseverancia y le agradecen que la sobrevaloración de la moneda esté suponiendo un estimable ahorro en el precio del crudo. Pero esa visión es tan errónea como corta de miras.

Lo que nos espera en España a medio plazo es una reducción importante del consumo privado. El efecto riqueza, afectado por el parón del sector inmobiliario, y el aumento del paro van a dejar a nuestra economía sin su principal motor de crecimiento.

¿Qué es lo que podría compensar esa caída de la demanda interna?

Por un lado, poner en marcha planes para aumentar la inversión pública (lo que tendrá consecuencias en el déficit público). Pero lo saludable, desde el sector privado, sería un aumento de las exportaciones para neutralizar la contribución negativa del sector exterior a nuestro crecimiento.

Pues bien, en la actual coyuntura el peor escenario es el de un euro fuerte.

Algunos expertos, animados por el optimismo que tradicionalmente se respira en Moncloa, han visto en los últimos aumentos de la inversión en bienes de equipo la respuesta a parte de nuestros males.

Sin embargo, en el sector del crédito lo peor está por llegar. El grifo se ha cerrado y tardará mucho en abrirse. A la rigidez del Banco Central Europeo (que no parece que tenga en mente recortar los tipos) se une la desconfianza que existe en los mercados. Para crecer, España necesita financiación exterior. El endurecimiento de las condiciones ya lo están notando las entidades financieras. Caída del consumo, aumento del paro y restricción crediticia conforman el triángulo de las Bermudas que se llevará por delante más de una década de crecimiento por encima de la media de la UE, acompañado de fuerte creación de empleo.

Si el Gobierno reconoce que ésa es la realidad a la que nos enfrentamos, entonces ya habremos ganado algo.

Pero, si eso es así, no bastará, como apuntaba el artículo de El País, con la devolución de 400 euros, el alargamiento de los plazos de las hipotecas, el observatorio de precios o el aumento de la inversión en obra pública y vivienda de protección oficial. Todas esas medidas ya fueron anunciadas durante la campaña electoral. Es decir, cuando todavía se decía que no hacía falta ningún plan de choque.

Para afrontar lo que se nos viene encima, hacen falta algo más que aspirinas. Los planes de choque sin dolor no existen. Ni siquiera en la imaginación del doctor Montes.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

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No se confunda: juzgue en clave de poder, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Publicado en Política by reggio on Marzo 17th, 2008

A FONDO

La política es el ejercicio del poder. Josep Pla, en El advenimiento de la república, le atribuye a Azaña la siguiente afirmación: «Yo no sé si soy un estadista. Lo que es cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar». No se puede ser más claro y más sincero al mismo tiempo.

Algunos sesudos analistas han cuestionado la insustancia, la futilidad de Zapatero. Otros han resaltado la falta de atractivo, el escaso carisma de Rajoy.

Pueden empezar a sacarles defectos a los dos y encontrarán muchos. Pero ambos se parecen en una cosa: son hombres de poder. Y, como tales, se han encargado de que sus organizaciones les perciban como la mejor alternativa para alcanzarlo.

La caricatura que a veces se ha hecho desde el PP de la figura del presidente del Gobierno sólo demuestra falta de conocimiento. En lo esencial, Zapatero ha logrado su propósito. La clave de su victoria ha estado en convencer a la izquierda de que el PP era la «derecha extrema». Los votantes de IU y de ERC han acudido al amparo de su protector como refugio ante un peligro que los populares no han sabido o no han podido conjurar como ficticio.

Así es el poder. ¡A ver quién le tose ahora a Zapatero con 169 escaños!

Decíamos hace unos días que, a pesar de que las urnas configuran una bipolarización que obligaría, al menos en teoría, al PSOE a buscar pactos de Estado con el PP, el presidente tendría la tentación de continuar haciendo lo que ha hecho hasta ahora porque le ha dado buen resultado. Galbraith, en La sociedad opulenta, lo expresa de esta forma: «Hay pocas cosas tan inalterables como la adicción de los grupos políticos a las ideas con las que una vez alcanzaron el poder».

Zapatero hará lo mejor para España siempre y cuando ello redunde en beneficio de su partido. Es decir, sólo en el caso de que le ayude a volver a ganar las elecciones de nuevo. Que nadie se engañe a este respecto. Si lo pactos con el PP pueden acarrear la resurrección de IU y ERC, entonces no los hará, ya que su ruina electoral es la garantía de que el PSOE seguirá gobernando.

¿Y Rajoy? Si pensaban ustedes que no iba a hablar del PP y las consecuencias de la derrota del 9-M, se equivocan.

Empecemos por la caricatura. Prebostes del PSOE y, por increíble que parezca, incluso algunos que se suponen expertos en el PP, siguen viendo en Rajoy a ese amable registrador de la propiedad metido a político por accidente que, en el fondo, no ve llegada la hora de recuperar su plaza de Santa Pola para poder comer gambas de aperitivo acompañado de su amada Viri.

Es difícil saber si Mariano, de joven, cuando preparaba sus oposiciones, era ya un político en ciernes. Pero ahora es un auténtico profesional de la política. De eso no tengan la menor duda.

Rajoy dijo durante la campaña que estaba «disfrutando». Y los escépticos apostillaron: «¡Qué va a decir!». Pero no. Disfrutó y mucho.

Rajoy dijo también en múltiples entrevistas que, si perdía las elecciones, seguiría al frente del partido. Y, de nuevo, los marianoescépticos argumentaron: «No puede decir otra cosa, porque, si dice lo contrario, alentaría una guerra de sucesión».

A pesar de ser gallego, Rajoy ha sido claro como el agua clara. Y en su trayectoria hay una constante: ha querido ser el candidato del PP y quiere seguir siéndolo.

Lo que ocurre es que, a veces, nos ofuscamos con nuestros propios prejuicios.

¿Qué ocurrió en la ya famosa noche del 15 de enero cuando el presidente del PP citó en Génova a Alberto Ruiz-Gallardón y a Esperanza Aguirre? Si Rajoy hubiera tenido en la cabeza abandonar el PP si perdía las elecciones, probablemente les hubiera permitido a los dos figurar en las listas del PP al Congreso. Si ganaba, no habría problema sucesorio e incluso podría haberles nombrado ministros a los dos. Si perdía y se marchaba, al menos dos candidatos a su sucesión tendrían ya escaño en el Congreso y podrían competir por el liderazgo del PP con la garantía de ser diputados.

Al dejarles fuera, Rajoy jugaba sobre seguro. Si ganaba podría mimarles con algún cargo. Si perdía, ambos tendrían el lastre de no estar en el Congreso.

¿Es acaso reprochable? No conozco a ningún político que haya llegado muy lejos sólo besando a niños.

Rajoy ha hecho sus cuentas y piensa no sólo ganar el Congreso del PP del mes de junio, sino incluso ganar las elecciones de 2012.

Para ello, era primordial cerrar la guerra sucesoria, lo que sólo podía hacerse si él daba el primer paso. ¿Se imaginan lo que hubiera sucedido si Rajoy deja en el aire la decisión sobre su futuro? ¿Qué hubiera pasado si, vencido por las presiones, hubiera dicho que se marchaba para facilitar la renovación?

En estos momentos, el PP sería pasto de una guerra sin cuartel entre las distintas familias. El PSOE tendría garantizados muchos meses sin oposición.

Es el instinto de conservación de las organizaciones el que ha jugado a favor de Rajoy. La pregunta para cualquier diputado, alcalde, concejal o secretario de organización es muy sencilla: ¿quién de los actuales nombres que podrían ocupar la Presidencia del PP garantiza mejor el statu quo? Sin duda, Rajoy.

Los números también son un buen argumento para los partidarios de cambiarlo todo para que nada cambie. El PP ha logrado 10.160.000 votos y 154 escaños. El crecimiento en más de 400.000 votos respecto a los resultados obtenidos en 2004 ha venido del centro, es decir, del PSOE. Los populares han crecido en los barrios obreros de las grandes ciudades. Incluso en Cataluña han logrado buenos resultados en poblaciones que antes eran feudos del PSC.

En el escaso tiempo (mascletà mediante) que ha tenido el presidente del PP antes de marcharse de vacaciones, ha espulgado esos números y ha hecho la siguiente reflexión: «Si le robamos tan sólo otros 400.000 votos al PSOE, ganamos las próximas elecciones».

Eso es así y, además, Rajoy tiene toda la legitimidad para presentarse como alternativa en su congreso. Si alguien quiere pelear por el cargo, que lo haga, a pesar de la advertencia de Aguirre.

Ahora bien, si Rajoy se impone (algo sobre lo que a mí ahora mismo no me cabe ninguna duda) tiene que asumir una renovación de arriba abajo de su equipo. Es decir, tiene que dar la sensación de que puede ilusionar y, sobre todo, de que, a partir de ahora, mirará más hacia los jóvenes.

Sería un grave error que su nuevo equipo fuera el resultado de un pacto entre los barones que han logrado brillantes resultados en sus circunscripciones. Eso daría una clara sensación de debilidad.

Rajoy tiene que pensar más hacia el exterior que hacia el interior. Tiene que abrir las ventanas de Génova y decirle a los electores que, esta vez sí, el PP puede derrotar a Zapatero.

Atención al equipo y a los mensajes. Si nadie (excepto bastantes votantes despistados de IU y de ERC) se ha creído que el PP era la derecha extrema, tampoco casi nadie se ha creído que el PSOE rompía España.

Hacer oposición dura, que es lo que hay que hacer a partir de ahora, no quiere decir que haya que anunciar el Apocalipsis cada cuatro días.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

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