Las chocantes medidas socialistas de un plan de choque contra la crisis, de Antonio Casado en El Confidencial
El vicepresidente Solbes, por boca de su número dos, David Vegara, dio ayer su brazo a torcer al reconocer que la previsión oficial del 3,1 % de crecimiento (2008) será revisada hasta quedar en torno al 2,5, aun por encima de los cálculos de otras instituciones, como el FMI (1,8 %). Mal fario para los trabajadores. Son tasas fronterizas con la destrucción de empleo y, por tanto, anuncian tensiones sociales en la Legislatura recién estrenada.
Primer intento de capear la tormenta en el último Consejo de Ministros. Más que medidas de choque contra la crisis económica parecen medidas chocantes en un Gobierno socialista. O tenido por socialista, incluso de los más radicales que se despachan en nuestro entorno. Pero uno se malicia que en el imaginario ideológico de Zapatero los españoles ya no son personas desigualmente tratadas por la sociedad o por la vida, según visión de la izquierda de siempre ante un mundo injusto, sino simples sujetos activos o pasivos de la economía nacional.
Consumidores, en todo caso. Con mayor o menor poder adquisitivo. Eso le da igual a Zapatero, aunque sea visto como un peligroso visionario de la izquierda y le ubiquen contra toda lógica en posiciones radicales. Yerran sus adversarios si se remiten a la izquierda clásica española, la que preconizaba el justo reparto de la izquierda y nos remonta a Pablo Iglesias, Jaime Vera, Dolores Ibárruri, Largo Caballero, etc.
Véase la motivación oficial del llamado plan de choque contra la crisis económica. Una “inyección” de algo más de 10.000 millones de euros “para estimular la economía”. Amén. Es lo ortodoxo, lo más que puede hacer el poder público en régimen de mercado sin ser tachado de intervencionista por Esperanza Aguirre. Lo que no aparece por ninguna parte es la vocación “socialista” de un Gobierno que pasa por representar a la izquierda radical, según sus detractores.
Una de las medidas consiste en costear la prolongación de sus hipotecas a todos los españoles afectados. Aunque fue pensada en campaña electoral sólo para las familias en “especiales dificultades”, que eso sí encaja en un discurso socialista, finalmente se hace extensiva a todas las familias “con independencia de su nivel de ingresos”. Otro tanto puede decirse de los 400 euros de deducción fiscal, o rebaja en el IRPF, de aplicación a todos los contribuyentes por igual. Algo con mucho sentido “social” entre quienes tienen problemas para llegar a fin de mes y ningún sentido entre quienes llegan sobrados.
Solbes, que no es militante socialista ni falta que le hace, tampoco oculta que las motivaciones del llamado plan de choque contra la crisis son más económicas que sociales. El vicepresidente segundo aclara que se trata de devolver 10.200 millones de euros a la sociedad para paliar la crisis de liquidez heredada de EEUU y, entre otras cosas, reanimar la inversión pública. Aparte de liberar capacidad inversora, el dinero devuelto por el Estado a la sociedad aumenta el poder de compra de los ciudadanos. O sea, el consumo, que junto a la inversión es el otro gran motor de la actividad económica. Es ortodoxo pero desmiente el supuesto izquierdismo de Zapatero.
Finalmente, las medidas llevan una contradicción en origen, pues algunas de ellas, como la devolución de los 400 euros o la supresión del impuesto de patrimonio, se pensaron desde la abundancia y ahora se presentan como remedio contra la escasez. Así puede el Gobierno recurrir a la propaganda de doble uso. Según convenga. Como aquellas gabardinas reversibles que se usaban de gabán o de impermeable para adaptarse a los caprichos del cielo (el meteorológico, se entiende).
Confuso discurso de ZP ante sus huestes parlamentarias, de Antonio Casado en El Confidencial
Son mensajes contradictorios y habrá que dar tiempo al tiempo para saber a qué carta quedarse. Me refiero al discurso de Zapatero ante sus huestes de diputados y senadores para la Legislatura. Por un lado, habló de “proyecto socialista”. Por otro, de gobernar para todos los ciudadanos y lograr acuerdos con todos los grupos políticos. Es difícil que sea verdad lo uno y lo otro al mismo tiempo.
Zapatero no es un genio de la comunicación. Eso es cosa sabida. Sin embargo, al menos como oyente de sí mismo, debería reaccionar ante los mensajes contradictorios que, tal vez por desidia o falta de tiempo a la hora de manejar las notas de sus colaboradores, se cuelan en el discurso y le hacen perder claridad y coherencia interna. Tendría un pase si fuese un virtuoso modulando afirmaciones peleadas entre sí. Pero tampoco es el caso.
Con una sola excepción: la política antiterrorista. Ahí estuvo el presidente sobrado de precisión expositiva al hablar del “sufrimiento compartido” como imperativo político y moral del entendimiento “sincero y noble” entre los responsables de los pilares centrales del sistema, el izquierdo (PSOE) y el derecho (PP). El “fin absoluto de la violencia” como objetivo común contra el enemigo común. Es Rajoy quien debe huir de un paradigma verbal reñido con el sentido común: se trata de “derrotar” a ETA ¿En algún momento ha pensado el PP, aunque se harte de decirlo, que los socialistas no quieren la derrota de ETA?
En todo lo demás, Zapatero resulta confuso o se pone la venda antes de que le hagan la herida. Sólo a medias confirma la voluntad de entenderse con el PP en grandes asuntos de Estado, aireada por su flamante portavoz, José Antonio Alonso. Esa voluntad queda en entredicho cuando, por ejemplo, habla de las “actitudes fundamentalistas” con las que el PSOE tropezará en su benemérito esfuerzo para favorecer el diálogo y los acuerdos en temas “vitales” para el buen funcionamiento de las instituciones.
En otros pasajes de su intervención aparecen afirmaciones reñidas entre sí. Despacha en la misma tacada su idea de canalizar los acuerdos que España necesita para los próximos cuatro años y su intención de llevar adelante, con “autonomía”, el “proyecto político socialista”. Lo han votado los ciudadanos, por supuesto, pero si se trata de gobernar para todos, no solo para los votantes socialistas, según afirmó, la “autonomía” del proyecto socialista debe estar modulada por el condicionante superior de eventuales acuerdos con el principal partido de la oposición. Si no, que no se derroche tanto entusiasmo por esos acuerdos mientras se habla de poner en marcha el proyecto socialista “con rapidez”.
Se dirá que son propuestas compatibles. Correcto. Siempre que se explique bien. En todo caso, el discurso de ayer de Zapatero ante su gente deja abierta la duda: o se ha explicado fatal o no es sincera su oferta de entenderse con el PP en los grandes temas de Estado, en línea con las reiteradas ofertas de Rajoy en el mismo sentido.
Sombras en la radiografía electoral de Zapatero, de Antonio Casado en El Confidencial
El marianazo nos ha distraído estos días de una segunda lectura del balance electoral del PSOE. Tiempo de confirmar la primera. No es para tirar cohetes, como escribí ante los datos recién salidos del ordenador central del 9-M. Zapatero gana y sigue gobernando. Correcto. Pero no sale bien en la foto. Con todos los resortes del poder en su mano durante los últimos cuatro años, su cosecha en una segunda pasada por las urnas es bastante más pobre que la de sus predecesores, Suárez, González y Aznar, en la misma situación.
Sombras, pues, en la radiografía electoral de Rodríguez Zapatero, sobre la que debería reflexionar estos próximos días de vacaciones en Doñana. Buena tarea. No solo la de decidir qué hace con Blanco (¿ministro?) y Rubalcaba (¿presidente del Congreso?), sus dos grandes costaleros del poder, en qué ministerio coloca a Miguel Sebastián, si segrega o no Asuntos Sociales como un nuevo Ministerio, junto a Investigación y Desarrollo, que será de nueva planta con toda probabilidad, etc…
A lo que íbamos. La primera sombra, entre la aritmética y la valoración subjetiva de una coyuntura política, es la retribución electoral que el discurso medular de los dos grandes partidos ha merecido por parte de los ciudadanos. Aunque parezca una simplificación es un hecho, nos guste o no, que el buenismo de Zapatero no ha mejorado de forma significativa su cotización. En cambio, el catastrofismo de Rajoy, a la contra de lo que muchos esperábamos y deseábamos, ha sido muy bien retribuido en las urnas: 400.000 votos más en las alforjas del PP, que se dice pronto.
Si la base de cálculo es el 14-M de 2004, el PSOE retrocede claramente en los principales indicadores de distancia relativa con el PP: porcentaje (se acorta en 1,5 puntos) y votos totales (PP suma unos 350.000 votos más que el PSOE). O bien empata: 16 escaños de diferencia, los mismos que hace cuatro años, si no se confirma el escaño número 154 (en Barcelona) para el PP, en cuyo caso el PSOE habría retrocedido también en ese indicador de la cuenta bilateral PSOE-PP.
En la radiografía también se aprecia una llamativa descompensación en la base electoral alumbrada en las urnas del 9-M. Demasiado escorada hacia Cataluña y el País Vasco, que es el hábitat del nacionalismo periférico frente a la idea de la soberanía nacional de caja única. Ese es pedestal del poder de Zapatero. Si no lo cuida, se cae. Es como si el ejercicio del poder cojease. Como si tuviera un pie firmemente asentado, el que pisa sobre la tierra del segregacionismo, y el otro en el aire, porque le falta un asiento igual de firme en el resto de España.
Y esa es otra de las sombras de la radiografía electoral de Zapatero. La que nos remite a la gobernabilidad del Estado. Todos conocemos cuales son las hipotecas. Y están ahí. Su naturaleza no es muy distinta de las que pesaron en la pasada Legislatura.
Rajoy cierra filas con el PP pero refuerza los planes de ZP, de Antonio Casado en El Confidencial
Le preguntan en la radio a José Blanco, número dos del PSOE, cual será la estrategia de Zapatero para la segunda vuelta del debate con Rajoy. “Las estrategias no se cuentan, se aplican”, responde. Pero si la base de cálculo es el debate de ida no será difícil descifrar las intenciones del presidente y su equipo. La base será la formada por estos tres elementos: encuestas, reacción interna del PP y reacción interna del PSOE.Las encuestas son abrumadoramente favorables a la causa del candidato socialista, al darle por ganador del debate del lunes. Trece de quince, si no he contado mal -incluida la de El Confidencial, una de las dos desfavorables-, a pesar del ataque de contrariedad de la parroquia del PP contra los mensajeros demoscópicos.
La reacción interna en el Partido Popular, de claro entusiasmo con la línea de acoso a Zapatero desplegada por el líder, es de cierre de filas. Atrás quedan las horas bajas por el fiasco de Pizarro en su duelo televisado con Solbes. Salir del bache era el objetivo y Rajoy acertó en el método. Entre el fair play y el discurso agresivo, eligió lo segundo. En ese sentido, salió airoso. Refuerza su liderazgo y logra que su gente alicaída vuelva a ponerse las pilas.
Pero, como vengo sosteniendo, no ha cambiado de sitio un solo voto. Con su apuesta por la derecha sin complejos, como le pedían los predicadores del alba, se achica el espacio, ahuyenta al votante de centro y moviliza a ese votante indeciso de la izquierda que detesta al PP pero que no se identifica con Zapatero. El ministro Rubalcaba no ha podido ser más expresivo: “Por suerte, Rajoy ha vuelto a mostrar su rostro más autoritario”.
La reacción interna del PSOE no ha sido la misma en la dirección que en las bases del partido. Por arriba, en línea con esa declaración de Rubalcaba, se agradece a Rajoy su valiosa colaboración en la estrategia electoral del equipo de Zapatero. Como reza la guía de campaña, filtrada hace unos días a los medios, se trata de añadir tensión y “ganar en contundencia”, de modo que se presente a Rajoy como “un líder autoritario” y el PP “aparezca asociado a la extrema derecha”. Estas consignas forman parte de la estrategia de la “tensión” desvelada ante el micrófono chivato de Gabilondo por el propio presidente Zapatero y elegida por su estado mayor como la más adecuada para movilizar al votante “exquisito” de la izquierda, como diría el colega Fernando Garea.
En cambio, los militantes socialistas hablan de la flojera de Zapatero por reaccionar con indolencia ante dos graves acusaciones de Rajoy contra su honorabilidad como presidente del Gobierno de la Nación y como persona. Una, por agredir a las víctimas del terrorismo. Otra, por mentir en relación respecto a tratos con ETA tras el atentado de la T-4. O sea, mentiroso y enemigo de las víctimas del terrorismo. Demasiado gruesas las dos pedradas. Y demasiado tibia la reacción del presidente ante una afrenta tan grave como ser colocado más cerca de los terroristas que de sus víctimas. La flojera de Zapatero en este punto explica que su papel en el debate fuese peor valorado entre sus seguidores de la izquierda que el de Rajoy entre los suyos de la derecha.
Esta noche, Solbes-Pizarro: algo más que un debate de teloneros, de Antonio Casado en El Confidencial
Esta noche, Solbes y Pizarro, Pizarro y Solbes, cara a cara en Antena 3. Mucho más que insignes teloneros de los debates anunciados del titular (Zapatero) con el aspirante (Rajoy) para los días 25 de febrero y 3 de marzo, en cuya trastienda -un día de estos alguien lo contará con detalle-, se han detectado extrañas maniobras, curiosas situaciones en la improbable frontera de lo político y lo periodístico, y no pocas mezquindades.Pero hoy lo que toca es celebrar el cruce del vicepresidente del Gobierno, Pedro Solbes, y el inesperado elefante blanco de la derecha, número dos de Rajoy en las listas del PP por Madrid. Distintos y distantes en la genética, la biografía y el estilo. Dos formas de conducir. Pizarro, deportivo, rápido y competitivo. Puede salirse en una curva. Solbes, tranquilo, solvente y premioso. Puede llegar más tarde pero garantiza la llegada.
El debate promete. No se lo pierdan. Un servidor de lo público frente a un triunfador en el mundo de los negocios.
Manuel Pizarro (Teruel,1951), hijo de un falangista utópico con aversión a la Monarquía, ex presidente de Endesa, que en su calidad de abogado del Estado colaboró con los socialistas en la expropiación de Rumasa (1983). Y Pedro Solbes (Alicante, 1942), doctor en Ciencias Políticas, cinco idiomas, que ocupó cargo de comisario europeo a propuesta de José María Aznar.
Aparte de los contenidos o la temperatura que pueda alcanzar, el debate de esta noche (22,00), moderado por Gloria Lomana, nos debe hacer ver que, cuando se actúa de buena fe y se confía en los profesionales, no es tan difícil cumplir con un derecho de los ciudadanos, que al tiempo es un deber de los candidatos a gestionar los intereses públicos.
Con ese derecho no pueden especular los partidos políticos, las cadenas de televisión, los entes corporativos ni nadie. No deben, por ser precisos. Pero mientras ese derecho no se regule por ley, mientras estos debates no se institucionalicen, para hacerlos previsibles y obligatorios, mediante reglas previamente pactadas y luego plasmadas en la correspondiente norma legal, lo más fácil es que vuelva a ocurrir lo mismo en la organización de los debates Zapatero-Rajoy. Me refiero al desmarque de las dos grandes cadenas privadas de televisión en la difusión de un acontecimiento político de primer orden.
Con cierta lógica, las dos cadenas mencionadas se han negado a ser convidadas de piedra en puesta en pie de un proyecto para el que ambas están muy bien pertrechadas de medios materiales y humanos. El debate de esta noche entre Solbes y Pizarro servirá, entre otras cosas, para demostrarlo. No es bueno convertirlas en postes de repetición. Con ninguna de las dos se ha contado. Y de ahí el desistimiento de ambas, así como el enrarecimiento del ambiente en los medios profesionales.
La independencia de Kosovo y la equívoca posición española, de Antonio Casado en El Confidencial
A pesar de los esfuerzos del PSOE y del PP por evitarlo, Kosovo ya es asunto de política interior. Se podía haber evitado, pero Vladimir Putin soltó la liebre. El dirigente ruso, totalmente adverso a la independencia de la ya ex provincia serbia, mencionó el País Vasco como otro enclave europeo que podría apuntarse al precedente kosovar para reclamar su propio Estado. El balón de Putin lo remató veinticuatro horas después el Gobierno vasco: “Un ejemplo a seguir”, sentenció su portavoz, Miren Azcárate.Un sector de los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos -hablo con rigor, pues no todos quieren la independencia-, sueñan con convertir sus respectivos territorios en unidades de destino en lo universal. Lo sabemos. Por tanto, aprovecharán el paso del Pisuerga por Kosovo para volver a darnos la tabarra con el derecho de autodeterminación de los pueblos. Lógico. En cambio, no es lógico, ni previsible, ni razonable, que el propio Gobierno de la Nación les dé licencia para fantasear.
Ese es el efecto perverso de la contradictoria posición oficial de España que, recordamos, consiste en rechazar la independencia de Kosovo al tiempo que mantiene su oferta de colaborar en la formación del nuevo Estado. La lógica europea de nuestra política exterior nos sitúa junto a Francia, Alemania y el Reino Unido. En este caso, también junto al aliado norteamericano. Con todos ellos, bajo paraguas de la ONU, la UE y la OTAN, hemos venido formando un frente común en los Balcanes, cuyo último paso es apadrinar al nuevo Estado.
Ese es nuestro sitio, a mi juicio. Pero una mal entendida lógica nacional ha llevado a España a desmarcarse con los argumentos habitualmente utilizados para rebatir las fantasías de ciertos sectores del nacionalismo vasco y catalán. Fundamentalmente, uno: que la secesión, o la declaración unilateral de independencia, atenta contra la legalidad internacional. Es el pretexto esgrimido ayer por el ministro Moratinos ante sus colegas europeos para justificar la decisión española de no reconocer al nuevo Estado.
¿Qué es lo que tiene de malo esta posición? Pues que está dictada por el miedo al contagio y, por tanto, transmite debilidad. Sin embargo, hasta ahora ni el Gobierno socialista ni el PP -ay, la campaña-, se han tomado la molestia de explicar en serio que Kosovo no tiene absolutamente nada que ver con el País Vasco, Cataluña o Galicia. Años luz entre la pretensión secesionista en un país democrático y legítimamente constituido y este penoso resto del naufragio yugoeslavo, con una memoria de guerra civil tan reciente.
La inefable declaración europea de ayer, considerando sui géneris la independencia de Kosovo, a la luz de la legalidad internacional, no le ha servido a España para apearse de su posición adversa. Moratinos reiteró que España no reconocerá al nuevo Estado. Por temor a que cunda el ejemplo en nuestro país. O así al menos lo han entendido las opiniones públicas europeas, sobre todo a juzgar por la insistencia de Moratinos en lograr de la UE una declaración en la que se trate a Kosovo como una “excepción” del Derecho Internacional.
Y uno se pregunta humildemente: ¿No hubiera sido más coherente, y con menos coste político, apoyar la independencia de Kosovo y defender con convicción que el caso no guarda ni de lejos ningún parecido con el País Vasco o Cataluña?
El empleo se desploma en enero: mal de muchos, consuelo del PP, de Antonio Casado en El Confidencial
El paro se disparó en enero: más de 130.000 trabajadores se suman a las colas del INEM. Cifras desconocidas desde hace veinticuatro años. Mala noticia. Sobre todo por su carácter anticipatorio de un período de vacas flacas en todas partes. Pero mala noticia para todos. Y el mal de todos no puede ser el consuelo de nadie, ni siquiera del adversario político.Sin embargo, eso parece. Los malos datos económicos de los últimos tres meses, como consuelo electoral del PP. Es legítima, incluso obligada, su crítica a la política económica de Zapatero, aunque no hasta el punto de endosarle la responsabilidad de una crisis de causas ajenas a la política económica del Gobierno de España. No se trata de aplaudir ésta, de hacerle la ola a Pedro Solbes o mirar hacia otro lado. Ni mucho menos. Se trata de distinguir entre nuestros males y los ajenos, valorar los datos con cierta perspectiva y no crear más alarmas de las justas, pues todos nos jugamos mucho con el rumbo que acabe señalando la brújula de la economía mundial.
No es este, precisamente, el discurso del PP, que achaca las últimas cifras a la marginación de la economía en estos cuatro años de Legislatura. Eso decía ayer Rajoy, que “la economía ha sido la gran abandonada del Gobierno”. Se arriesga a un recuento de las iniciativas del PP en estos cuatro años de vida parlamentaria, no solo en el último mes de la Legislatura ¿Cuántas dedicadas a la situación económica y cuántas, por ejemplo, dedicadas al terrorismo o las historias para no dormir del 11-M?
En un agradable encuentro particular, explicaba ayer tarde el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, que el grueso de los parados del mes de enero afecta a sectores poco productivos y no vitales en el funcionamiento de la economía. En la mayoría de los casos, precisa, “no se trata de despidos sino de contratos temporales que no son renovados”. Afectan sobre todo a personal sin cualificación y, por ello, con bajos salarios.
Tampoco vamos a rasgarnos las vestiduras por la tendencia del ministro a matizar los malísimos datos de enero. Está en su papel. Pero sus precisiones sobre la naturaleza de estos nuevos parados no pueden ocultar el drama de esas 130.000 nuevas familias que pasan a depender del sistema de protección social y que se unen a una creciente masa de españoles con problemas para llegar a fin de mes.
Esa es la tecla electoral que conviene a Rajoy, la de la cesta de la compra. No tanto para recrearse en los síntomas del “drama”, sino para convencer a los españoles de que el PP podría hacerlo mejor. Las últimas encuestas, efectivamente, reflejan una creciente preocupación general por la situación económica. Sin embargo, a la hora de decidir quién lo haría mejor en ese terreno, la gente, aunque por poca diferencia, sigue prefiriendo al actual presidente del Gobierno. Ese es el sesgo que debería intentar alterar el PP, pero no en base a convencernos de que estamos en vísperas del juicio final.
Malas noticias para el PP en la última oleada de sondeos electorales, de Antonio Casado en El Confidencial
No pintan bien las cosas para el PP en las encuestas más recientes, pero cada uno es libre de engañarse a su modo. Tanto el partido de Rajoy como el PSOE registran una subida similar respecto al 14-M de 2004. Zapatero no puede tirar cohetes por tan pobre balance, pero en el aquí y ahora eso significa que, por primera vez en mucho tiempo, la ventaja del PSOE no solo desborda los límites del ‘empate técnico’ (2-3 puntos) sino que supone una ligera subida respecto a la ventaja obtenida en las últimas elecciones generales (4,8 puntos). Algo casi inédito desde el retorno de las tropas de Iraq.
Según el sociólogo José Luis de Zárraga, que acaba de dirigir una encuesta con muestra superior a las 4.000 entrevistas en 468 municipios (’Publiscopio’), el hecho de que los dos partidos hayan subido en torno a un punto significa que la mejoría del PSOE “no se produce a costa del PP sino con las intenciones de voto de los nuevos electores y las transferencias de IU y partidos nacionalistas”.
La exclusión de Gallardón y la irrupción de Aznar en la campaña aparecen como causantes de este ocasional despegue del PSOE, a la espera de ver si se consolida ante la aparición de nuevos elementos en la precampaña. Por ejemplo, el impulso del Gobierno para paralizar los planes electorales de los amigos de ETA o la extravagante y mal comunicada iniciativa socialista de devolver 400 euros a cada contribuyente del IRPF.
Ninguno de esos dos novísimos sucesos políticos estaba vivo cuando se hicieron los trabajos de campo de los sondeos publicados en los últimos tres días. Sí estaban, en cambio, los efectos del caso Gallardón -alejamiento del centro, división interna y poca fe en el triunfo de Rajoy- y la reaparición del discurso malencarado de un Aznar que tiende a tapar al candidato del PP a la Moncloa. El índice de rechazo al PP, bastante más alto que el del PSOE, es un dato que aparece al alza después de la exclusión de Gallardón de las listas.
Según los manuales, lo que ocurre en torno a las caras más conocidas, o más populares, como el caso del alcalde de Madrid, moviliza más intenciones de voto que un mitin, una oferta electoral, un apasionado debate político o un guirigay televisado de tertulianos al uso. La foto de Aznar colocando la bandera nacional en un Ayuntamiento vasco, que tuvo fuerte impacto mediático, o su verbo denigratorio contra el Gobierno, sirven para enardecer y reafirmar a sus votantes, alistados a la causa electoral del PP con un alto índice de fidelidad, mayor que el del PSOE, pero no añade ni un voto más. Más bien ahuyenta a esa cuarta parte de indecisos que a estas fechas dudan entre votar al PSOE o al PP.
Otro lugar común entre expertos: cuando no hay contradicción en las respuestas a las preguntas “¿Quién quiere usted que gane?” y “¿Quien cree usted que va a ganar?”, se está anunciando al partido ganador. Hoy por hoy, la coincidencia es claramente favorable al PSOE. Son datos, no opiniones. No arremetan ustedes contra el mensajero.
La inseguridad del PSOE y el efecto Gallardón entran en campaña, de Antonio Casado en El Confidencial
En el caldo de cerebro de los habituales seguidores de la precampaña electoral aparecen dos nuevos elementos. De un lado, los últimos sondeos reflejan el previsible castigo al PP por el caso Gallardón, en torno a los 2 puntos. Del otro, la extravagante oferta socialista de 400 euros a los contribuyentes españoles (IRPF) se interpreta como signo inequívoco de inseguridad ante las urnas del 9-M por parte del partido en el poder.
Junto a esos dos elementos nuevos, y contradictorios entre sí, se consolida un tercero, no tan nuevo, ya presente en casi todas las manifestaciones preelectorales de los dos grandes competidores: la situación económica, entendida sobre todo a escala familiar, o sea, la cesta de la compra, o lo que servidor ha venido llamando el ‘ruido de cacerolas’. Las últimas cifras conocidas de inflación y paro, registradas en diciembre han disparado las alarmas ante un período de vacas flacas, según reflejan las caídas en los índices de confianza del consumidor. Y eso juega contra la causa electoral de Zapatero.
Si con todo esto acudimos a los expertos -sólo primeras figuras en prospectiva electoral, de acreditado prestigio-, nos encontraremos con un lugar común: “La situación está tan abierta que se puede inclinar hacia un lado o hacia el otro en el tramo final de la campaña”, en palabras de uno de ellos que resumen un estado de opinión generalizado entre los directores de los distintos institutos de sondeos. Se remiten a la persistencia de una diferencia casi inalterable de 2-3 puntos, que no desborda los límites del llamado ‘empate técnico’.
Cierto. No desborda la valoración general de ‘empate técnico’ pero en todos los casos la diferencia es favorable al PSOE. Sin embargo, también es una constante en todos los sondeos el grado de compromiso de los electores (’fidelidad de voto’), mucho más alto en el caso del PP. Eso nos remite al síndrome de la ‘izquierda volátil’ y el miedo de los socialistas a que su electorado no imite al electorado del PP en capacidad de movilización.
De ahí la importancia de la participación en estas elecciones, aunque no hay acuerdo a la hora de situar el umbral a partir del cual el PSOE tendería a despegarse del PP en las urnas del 9-M. Esa barrera estaría en un porcentaje de participación del 68% al 70 %, según los expertos. Por debajo, aumentarían considerablemente las posibilidades del PP. Por encima de esos valores, el ganador sería el PSOE.
Unanimidad, en cambio, respecto a la importancia de los debates televisados en la suerte electoral de los dos grandes partidos. Empezando por el mismo hecho de aceptarlos o no, al margen de quien luego sea percibido como ganador por los telespectadores. “Pero no aceptar un debate tiene incluso mayor coste que aceptarlo y luego perderlo”, dice el más veterano de los especialistas españoles en materia de encuestas electorales.