Felipe crisóstomo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Preocupado por la crisis, pero confiando en las posibilidades del superávit acumulado, sostiene Felipe González que las autonomías deben esperar. Hay que priorizar, dice, las inversiones en infraestructuras, en vivienda protegida y en rehabilitación, como propone el Gobierno. La inversión pública es “generadora de actividad y recuperadora del empleo”. Mientras que, si el dinero se va a las autonomías, producirá un gasto improductivo. En manos del Gobierno, el dinero público cundirá, mientras que en manos autonómicas se volatilizará. El argumento pretende ser demoledor, pues enfatiza la responsabilidad del Gobierno, mientras que las autonomías aparecen como irresponsables en un momento grave. Habíamos olvidado la formidable capacidad que tiene Felipe (sin duda el mejor pico de oro de la democracia) para la falacia retórica. Ya cuando amenazó con dimitir ante sus marxistas compañeros y también cuando lo de la OTAN, la retórica felipista se construía sobre el mismo esquema: la emoción y el folklore ideológico son vuestros, pero la razón y la responsabilidad son mías. Sigue en las mismas: existen unos compromisos con las autonomías, cierto, pero “la única manera de afrontar la realidad es mirar de frente las necesidades de los ciudadanos”.
Analicemos las necesidades de los ciudadanos. De los votantes socialistas de la Catalunya metropolitana, por ejemplo, que deben compartir sus servicios de educación, sanidad y protección social con el millón largo de emigrantes que se han instalado en los últimos años en aquel entorno. Felipe ha estado pidiendo su voto allí con gran éxito. El gasto social es para ellos. No para una Catalunya genérica sino para unos ciudadanos de carne y hueso cuyo nivel de incomodidad puede llegar a ser insoportable. Es serio y responsable que a un socialdemócrata como González le preocupe activar la economía y reconvertir el empleo perdido, pero es chocante que un socialdemócrata sostenga que el gasto social no es una necesidad ciudadana, sino abstracta reclamación autonómica. En momentos de crisis debe pedirse a todo el mundo que se apriete el cinturón, naturalmente, pero estos temas deberían poderse discutir con luz y taquígrafos en una cámara federal. El sistema es casi federal, pero no dispone de mecanismos para la discusión. Aunque Miquel Iceta en su libro proclame una y otra vez el ideal federalista, no se observan ni tan siquiera avances de tortuga en tal dirección. El socialismo español trata a Montilla como a Pujol: he ahí un nuevo portador de egoísmo y abstracciones. Las dos líneas socialistas no avanzan en paralelo: el Govern de Montilla y el Gobierno de Zapatero chocarán fatalmente en un punto de esta discusión. Veremos quien tiene que retirarse cabizbajo. Si el PSC consigue un resultado aceptable, consolidará su posición. Pero si fracasa, el entero sistema catalán de partidos tocará fondo. Inmovilizado, sin capacidad de alternativa, eterno perdedor.
Lleida propone, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
El debate del Estatut
Los sindicalistas perdieron ayer su simbólico pulso contra los bañistas. “Llegan malos tiempos y vamos a pagarlos injustamente los trabajadores”, afirmaban los líderes. Pocos asalariados escuchaban. En general, perdieron su conciencia de clase hace años, al quedar divididos en mil fragmentos en función del rango, la preparación, la renta salarial, la precariedad o estabilidad, el sector o el volumen de su empresa, etcétera. Perdieron su conciencia también por aburguesamiento: hipoteca, acumulación de sueldos familiares, acceso a las catedrales del consumo. Los asalariados se han acostumbrado a luchar sólo cuando tienen problemas. En tiempos de bonanza personal, no les apetece la retórica sindical ni las apelaciones a la solidaridad obrera.
No es extraño que en las manifestaciones de ayer destacaran los emigrantes, el eslabón más débil, el más amenazado por el parón del ladrillo y el brusco frenazo económico. El resto parece haber olvidado a los heroicos sindicalistas que ganaron para la historia las ocho horas, las vacaciones, los derechos. Los asalariados de hoy, incluso aquellos que están en situación precaria y aquellos que, según el reciente estudio de la Fundació Bofill, están en riesgo claro de exclusión, quieren festejar la primavera como los burgueses: con el vino y las rosas del babilónico consumo. Hasta que el sistema aguante.
“No es justo que ahora los asalariados tengamos que pagar los platos rotos de la crisis”. No, no es justo. Ni será inteligente que el consumo decaiga a causa de la flaqueza salarial de los trabajadores. Pero los líderes sindicales deberían saber que con razones morales no se ganan batallas. En Madrid, Barcelona o Tarragona los sindicalistas repetían ayer su razonable reivindicación defensiva, aunque con escasa cobertura militante. ¿En todas las ciudades? No, en Lleida no. En Lleida los sindicatos han aprovechado el Primero de Mayo no para defenderse sino para proponer. Para visibilizar su alianza con la universidad, los payeses, los empresarios, los comerciantes, los naturalistas. Una alianza alrededor de las posibilidades de crecimiento del territorio leridano en el caso de que, como proponen, prospere la construcción del canal Segarra-Garrigues. Su propuesta de desarrollo implica la interconexión de los dos Noguera con el Segre, una forma ahorrativa y escrupulosa de regadío, la compatibilización de industria, agricultura, turismo y naturaleza. Por si fuera poco, aseguran el retorno al Ebro de los caudales necesarios para el Delta y proponen la solidaridad leridana con la sed de Barcelona a cambio de ayuda para el desarrollo de su plan. Ayer el sindicalismo leridano demostró que existe otra posibilidad de combate a favor de la prosperidad laboral en la incierta época presente. Más que defenderse, atacar con buenas ideas, tejiendo alianzas, construyendo horizontes.
A vida o muerte, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
¿Cómo será la etapa que hemos empezado? Dependerá del alcance de la crisis económica, factor determinante, de cuyo siniestro avance da noticia Hacienda: en pocos meses el célebre superávit -orgullo de las cuentas españolas ante Europa- se ha recortado a la mitad. De momento, los partidos se readaptan al nuevo escenario. Muchos están en crisis, pero el combate más espectacular se libra en el PP, en fase cainita. De la curiosa (por elíptica) esgrima verbal de estos días se desprende que el primer asalto lo ha ganado Rajoy, gracias a su dominio del aparato. Aguirre, sin embargo, se ha defendido con salero. Ha emergido del embate sin apenas un rasguño. En España, el líder que controla partido es inexpugnable, sí, pero, ¡atención!, si los fracasos electorales se suceden, la seguridad de los empleos públicos de los militantes queda amenazada. En tal circunstancia, la rebelión a bordo es inevitable. El vencedor del primer asalto de la batalla interna del PP es Rajoy, pero el aristocratismo populista de Aguirre (más que su retórico, liberalismo) ha cristalizado estos días. Sea cual sea el resultado del congreso, sobre Rajoy penderá a partir de ahora una invisible espada de Damocles.
No tiene importancia menor la derivada mediática de la pugna entre Rajoy y Aguirre. Optan y pugnan por Espe los medios de comunicación que han iluminado la senda del PP desde los tiempos del acoso y derribo de aquel Felipe en decadencia por la corrupción y los GAL, Pedro J. Ramírez y Federico J. Losantos no eran cheerleaders que voceaban las consignas de los líderes del PP. Eran los verdaderos guías: los ideólogos de este PP que expresa con rudeza, con indomable agresividad, la eclosión del capitalismo popular en aquellas zonas de España (Madrid incluida) en las que pocas décadas atrás reinaba una discreta clase funcionarial, una pequeña burguesía huérfana de altos sueños y una galdosiana (es decir: digna) pobreza. Los que han dado voz e ideología a las nuevas, emergentes y enriquecidas clases medias españolas son los periodistas que ahora combaten por Aguirre. Sabemos que su concepto de la lucha es radical. Conmigo o contra mí. Su elemental, primaria apelación al liberalismo tiene algo de pedestre y carpetovetónico. Pero precisamente por eso es tan sugestiva. El duelo será a ultranza. O vencen o serán fulminados. Mientras el PSOE (y no digamos ya este catalanismo doliente, soñoliento y lunático) flota como un corcho sobre la liquidez de la sociedad posmoderna, el combate entre los diversos actores políticos y periodísticos de la derecha tiene un regusto a siglo XIX, a duelo romántico, a choque animal. El espectáculo será tremendo y formidable. Alguien morirá en la plaza y su cadáver se convertirá en materia legendaria. Aparentemente, la lucha es entre actores políticos. No. Los guías que iluminaron el camino de Aznar están en el campo de batalla. Y luchan por su supervivencia.
Sin aliados, en perfecta, impotente soledad, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Sería un error pensar que las ministras De la Vega y Espinosa han liberado Catalunya del laberinto del agua. De tal laberinto, Catalunya solamente saldrá, si sale, por su propio pie. Pues por nuestro propio pie nos metimos en él. Todo empezó cuando el PP propuso el trasvase del Ebro. En aquel momento, la izquierda y el independentismo catalanes usaron con fines partidistas la instintiva respuesta de la gente del Delta. Se instrumentalizó la irritada sensación de expolio y agravio de aquella comarca para clavar la puya a un pujolismo agotado, y para levantar la enésima muralla contra Aznar.
Escribí, y lo repito, que hay que reconocer el error de la instrumentalización del legítimo, pero discutible, sentimiento del Ebro para contribuir ahora a dar una respuesta razonable al conflicto general del agua (conflicto que, en el previsible contexto de frecuentes sequías, no terminará con la solución de emergencia decidida por el nuevo Gobierno de Zapatero). Reconocer el error; y pedir excusas por ello. El reconocimiento de la culpa no concede automáticamente la credibilidad perdida: ni en las relaciones personales, ni en las sociales. Pero es imprescindible para reconstruir los lazos, para reanudar el relato.
Reanudar el relato es lo que necesita la política catalana en general. Pues, de momento, sólo el Gobierno central está en condiciones de hacer algo. Desde el punto de vista práctico. Y también desde el argumental. En efecto, dos solidísimas mujeres del nuevo gobierno pronunciaron las mejores palabras que se han oído estos días. Elena Espinosa explicó con claridad meridiana que se adoptaron soluciones similares para abastecer de agua a Valencia, Alicante y Murcia. Y se remontó a los noventa para recordar que también se llevaron a cabo iniciativas parecidas para llevar agua a Bilbao y a Benidorm. Por su parte, la vicepresidenta De la Vega tuvo el coraje de sobreponerse a la presión emocional de Valencia, su territorio electoral, para afirmar con formidable claridad: “Es lamentable que se intente humillar a los barceloneses con algo que otros ya tienen”. Tales frases, pronunciadas desde Catalunya tendrían poco valor: se escucharían como argumento de parte. Pero en boca de estas dos ministras sólo pueden ser discutidas con demagogia. Una demagogia, fundada en el resentimiento, que ahora prende en las comunidades valenciana y murciana, como antes prendió en la catalana.
La crisis del agua ha puesto en evidencia la soledad y la impotencia de la Catalunya actual. Soledad, porque incluso Aragón, el aliado circunstancial, se desentiende de la sequía que afecta a los pantanos catalanes (y basta leer los periódicos regionales en diagonal para comprobar que, en el resto de España, prende con gran facilidad el contento por nuestras penalidades, así como la idea de que la solución del Gobierno es ofensiva para otros territorios).
Impotencia porque, dividida interiormente e incapaz de salir de su propio laberinto, la política catalana está pagando hoy los impuestos de una ideología fantasiosa. Una ideología que ha calentado los cascos internos, pero que no consigue ni uno solo de los proyectos que pretendió. Se ilusionaba en el aislamiento mental, pero no contaba (no cuenta) con fundamentos reales para navegar a su aire. Hoy es fácil percibir que el no al trasvase del Ebro fue el canto del cisne de aquella Catalunya ensimismada. Como explicó el geógrafo y novelista Josep Vicent Boira en estas páginas, no se trataba de tragar con el faraónico trasvase, pero estudiar, por ejemplo, el minitrasvase Xerta-Càlig-Castellón habría permitido cultivar la buena vecindad y trabajar de manera fehaciente por recuperar los vínculos perdidos con Valencia, en teoría tan añorados.
Para salir del laberinto del agua, parece claro que hay que buscar un hilo de Ariadna, un nuevo hilo argumental catalán. Que se debería empezar a tejer reconociendo el error del taxativo no a ceder una gota del Ebro. Error que exige pedir disculpas, agradecer la solución encontrada y poner lo mejor de nuestra parte para discutir sobre lo que, afectando a nuestro territorio, tiene relación con los vecinos. “Ibi semper est victoria, ubi concordia est” (la victoria aparece allí donde está la concordia), decía un latino menos bienintencionado de lo que parece. Sólo los muy fuertes pueden permitirse el lujo de la soledad.
O fuerza o astucia, recordaba Pla, pensando en la tradicional flaqueza catalana. Al menos la astucia. La astucia de reconstruir los puentes con Valencia y Aragón. Estas dos emergentes comunidades son, lejos de todo sueño ideológico, socios imprescindibles. Los necesitamos. No tal como fueron. Tal como son: con sus pruritos, prejuicios y manías. Con su pujanza. Los necesitamos para seguir aspirando a un papel económico de primera división.
Con Baudelaire, esperando a Aníbal, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
EL ESPECTADOR
Nada de lo que acontence en el Congreso, en estos primeros días de la legislatura, es muy revelador. Que Zapatero no haya obtenido la presidencia en la primera votación es novedoso, ciertamente, pues nos retrotrae a los años heroicos de la democracia española, cuando Adolfo Suárez tiró la toalla, acosado por el terrorismo, por los militares, por un PSOE inclemente, por agresivos enemigos interiores. Dimitido Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo intentó hacerse con la presidencia del Gobierno en la sesión del 20 de febrero de 1981 y, al no obtener la mayoría absoluta, lo intentaba de nuevo dos días más tarde, cuando el grotesco y energuménico Tejero asaltó del Congreso de los Diputados. Desde entonces, nunca un candidato a la presidencia había tenido que esperar a la segunda votación.
Parece obvio que Zapatero ha buscado expresamente tal impedimento. Lo que para Calvo Sotelo era evidencia de su extrema debilidad parlamentaria, es para Zapatero expresión de musculosa soledad. Negándose a negociar apoyos para salir a la primera, Zapatero está exhibiendo fortaleza. Aprovecha los focos y la liturgia de la primera sesión de investidura para evidenciar que suelta lastre, que abandona las vergonzantes alianzas que condicionaron su imagen en el periodo anterior. El futuro presidente tira las muletas al desván y muestra el lujo de sus manos libres.
Sin ser nada del otro jueves, la jugada tiene su miga. La transgresión es llamativa cuando se enfrenta a un tópico, a una norma tradicional. La democracia española nació tan frágil que ha sobrevalorado las mayorías absolutas y las unanimidades. Prescindiendo de la primera votación que exige mayoría absoluta, Zapatero hace suya la idea del poeta Baudelaire, según el cual la belleza nunca es perfecta y debe contener siempre algún grado de irregularidad o impureza. La belleza de los músculos políticos del actual Zapatero radicaría en su desprecio de lo absoluto, en su mayoría simple, pero libre. Una bella imperfección que contrastaría con el perfil de Rajoy, sombreado claramente por la fealdad, con la tigresa acechando en salón familiar. Esto es lo más relevante que acontece en estos primeros compases de la legislatura: jugadas de bridge en el hemiciclo, perfume de habanos en las negociaciones pospuestas, rumores de nuevos ministerios, poemas de Baudelaire, una novela de aventuras y tigres…
Pero a las puertas del Congreso, frente a los leones, está a Aníbal cabalgando los elefantes de la crisis. Será la crisis, y no la táctica parlamentaria, lo que determinará el curso de la legislatura que empieza. Contra los elefantes de la crisis se verá si la musculatura de Zapatero es de verdad o de mentira.
En la cresta de la ola hipocondríaca, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
El tono vital catalán está de nuevo dominado por la ansiedad: cuando no caen los túneles o se paran los trenes, nos quedamos sin agua. Enseguida nos da por hablar de decadencia o catástrofe catalana.
La psicología del catalán es como la avanzadilla del estado de ánimo hipocondríaco que agarrota a Occidente. Tal hipocondría tiene muchas causas, pero su inicio coincide con la aparición del SIDA (que empezó a cobrar impuestos de todos los viajes iniciados en mayo de 1968). Y se consolidó con la caída del Muro de Berlín, pues, a pesar de que, inicialmente, produjo una gran alegría y una apoteosis de libertad, enseguida puso en evidencia la imposibilidad de una alternativa al sistema capitalista: pronto se generalizó la idea de que las empresas y los países están obligados a competir sin descanso. Nuestro mundo hace suya la ética agónica del Lute: camina o revienta; y el dilema del condenado a las galeras: o remas o te hundes. Incluso cuando nos divertimos, en Occidente, el tono es trágico, sombreado por amenazas e inquietudes: Bailad, bailad, malditos. De la discoteca (o del estadio de fútbol o del restaurante) al ataúd.
Cuando los aviones comandados a distancia por Bin Laden destrozaron las torres de Manhattan, la hipocondría occidental ya no tuvo marcha atrás. Desde aquel momento, estamos convencidos, como los antiguos galos, de que el cielo va a caer sobre nuestras cabezas.
Nunca los lujos y el bienestar estuvieron al alcance de tanta gente y, a pesar de ello, nunca estamos tranquilos: sea por las partículas nucleares que se escapan de Ascó, sea por las dioxinas en la mozzarella, sea por la gripe de los pollos. En cada esquina se cuece una amenaza: ladrones del Este, terroristas del norte, islamistas fanáticos, carteristas de toda la vida. Los gastos de seguridad son enormes, nunca hubo tantos cuerpos de policía, pero el miedo es más fuerte. Estamos acorazados, pero no dejamos de temblar.
Están de moda los deportes, pero los practicantes sufren; y los espectadores todavía más. Saborear las victorias está prohibido: hoy tu equipo preferido ha ganado, sí, ¿pero ganará mañana? El miedo a la derrota futura eclipsa toda satisfacción por la victoria presente. Las conquistas del mundo occidental son fabulosas: calefacción, sanidad, electricidad, velocidad, información, etcétera. Casi todas las maravillas están, en mayor o menor grado, a nuestro alcance. Pero el miedo a perderlas no deja disfrutarlas; y sus costes ambientales preocupan o amenazan. La hipocondría occidental es la forma moderna del viejo milenarismo. De la misma manera que el paciente hipocondríaco interpreta cualquier detalle anormal de su cuerpo (un dolor impreciso, un ganglio inflamado) como espantosa evidencia de una enfermedad mortal, cualquier variable económica (el desplome de la vivienda, la desaceleración) es percibida como alarmante anuncio de la reedición del crash de 1929. A medida que los gigantes orientales ensanchan, voraces, su inmensa corpulencia, Europa occidental se acobarda y, temerosa, llora no por los problemas de hoy: por la hecatombe de mañana. ¿Y qué decir de las constantes variaciones de la naturaleza? Son recibidas, con gran aparato histérico como anuncios del desastre final. Unos exigen penitencia, como los tremendistas predicadores medievales. Otros se lanzan al último dispendio, a la última borrachera, a la comilona fatal, como los monjes goliardos. El Apocalipsis está a la vuelta de la esquina: a beber o a llorar.
No en todas partes, el comportamiento hipocondríaco está tan arraigado como en Catalunya. Los países de tradición liberal, como Gran Bretaña, están acostumbrados a responder con coraje y esfuerzo individual a las situaciones adversas. Están ligeramente protegidos contra las respuestas histéricas, contra la desazón causada por los peligros y dificultades. En otros, como Alemania, existe una clase dirigente sólida, con capacidad de señalar con el dedo en medio de la niebla. A lo mejor, el dedo señala una dirección equivocada, pero al menos inspira confianza en las gentes, impide que la sociedad sea la presa de la depresión. Esto es, precisamente, lo que el enfermo de hipocondría busca cuando se acerca al médico: una respuesta clara que inspire confianza. En Francia domina el desconcierto, el lamento y la sensación de naufragio. Y se agarraron a un Sarkozy que parecía tener algunas ideas claras. Parecía.
Si en Catalunya estamos superando en histeria, desconcierto y depresión a nuestros idealizados franceses, es a causa de la inexistencia de una clase dirigente con capacidad de señalar un punto cardinal y convencernos de que en tal dirección está nuestra cura. Nuestros políticos son muy habilidosos luchando por el poder y agrupándose para repartírselo. Pero una vez conquistados los despachos, creen innecesario realizar un diagnóstico. Tratamientos sí proponen, pero son difíciles de entender: sus recetas son diversas y contradictorias y forman en conjunto un ilegible cóctel de medicamentos. No sabemos si señalan un punto, no sabemos hacia qué dirección nos conducen. Huérfanos de liderazgo claro, faltos de un médico clarividente y expeditivo no es extraño que estemos en permanente zozobra, cabalgando en la cresta de la ola hiponcondríaca.
Agua: de la necesidad a la virtud, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Parece imposible que el Govern d´Entesa sea tan ingenuo, a estas alturas de la película. ¿Creyeron realmente los consellers Baltasar y Saura y el president Montilla, políticos bregados en mil batallas, que la propuesta de trasvasar agua del Segre al Llobregat sería contemplada angélicamente por los políticos de las comunidades que se sienten agraviadas por el no catalán al trasvase del Ebro? Baltasar les ha servido en bandeja la copa de la venganza. Ya se levanta el polvo de la indignación nacional catalana: “¡Deslealtad!”, afirma Saura, después de escuchar el rotundo no de la vicepresidenta. ¿Acaso no recuerda Saura que Teresa F. de la Vega encabezó la candidatura valenciana? ¿Puede decir sí a un trasvase catalán - aunque se trate de un trasvase desesperado, pequeño y provisional- aquella que defendió ante sus propios votantes el no del delta catalán al trasvase valenciano?
Ya sé que no es lo mismo. Las bocas que necesitan imperiosamente el agua no equivalen a los proyectos inmobiliarios, turísticos y agrarios que necesitaban el trasvase del Ebro para prosperar. Pero los catalanes nos permitimos, en aquellos años de falsa discusión sobre el Ebro, dar lecciones a valencianos, murcianos y almerienses sobre economía, sobre desarrollo, sobre cultura del agua. “No al agua para el derroche”. “No al agua para las obras faraónicas”, dijimos, como si estuviéramos limpios del pecado del derroche. Pero la vida da muchas vueltas. ¿Puede extrañar que los perjudicados de aquel entonces se levanten ahora para beberse, en frío y en vaso largo, el agua de la venganza? (La España de las autonomías es un laberinto para Catalunya: cada día está más claro, y más claro se verá con la financiación catalana, que va a discutirse en la diabólica coyuntura de una crisis. Todo el mundo ha copiado el sistema de la queja y el agravio. El lobo feroz ya no es el Estado. Cada agravio catalán encuentra el rebote de otros múltiples agravios.)
Baltasar es un hombre risueño y preparado, alejado de cualquier dogmatismo, con gran experiencia en la gestión. Apenados por tener que afearle sus errores de estos días (su sigilo ocultista, su obsesión por buscar un nombre falso al trasvase), algunos comentaristas han buscado una explicación psicológica. “Es que, con la solución del Segre, Baltasar está defendiendo una política contraria a sus ideas”, decía un tertuliano el otro día. No es eso. Alguien que ha pasado del comunismo al ecologismo está curado de espantos ideológicos: Baltasar sabe mirar a la realidad cara a cara. Sucede que tiene sentido de culpa, que es otra historia. O vergüenza. Por lo del Ebro. Un error del que participó toda la izquierda.
Las reivindicaciones del delta del Ebro eran y son justas. Muy justas. Pero discutibles. No pudo y no quiso discutirse nada. El clima emocional lo impidió. Cabalgando sobre la gran emoción, las izquierdas catalanas encontraron en la batalla del Delta la gran oportunidad de apuntillar al pujolismo y de empezar a construir el gran muro de contención contra el aznarismo. Como el grandioso “no a la guerra” y como el “no al PP” que se repite en cada elección, el “no al trasvase del Ebro” resume las características de la política catalana. Sabemos negar muy bien, con gran aparato sonoro. Pero cuando tratamos de construir un sí, el fantasma del no cobra sus préstamos. Y los cobra muy caros. En España, Catalunya no tiene aliados. Aragón dijo “no al trasvase” porque pretende para sí toda el agua del Ebro (no hace falta que construya Las Vegas de los Monegros para que podamos hablar de despilfarro: regar inmensas extensiones de maíz, en plena canícula feroz y en tierras antaño desérticas, será beneficioso económicamente, será desarrollo, pero nunca podrá considerarse expresión de la nueva cultura del agua).Aragón quería lo suyo y lo tiene. Valencia y Murcia no lo tienen y están que trinan. El fantasma del no cobra sus préstamos: del embrollo sólo puede salirse reconociendo el error de no aceptar, al menos, la discusión sobre la posibilidad de repartir agua para todos.
No será fácil convertir el caso del Segre en un nuevo agravio a Catalunya. Ni siquiera en un nuevo ataque al tripartito. Primero, porque la conurbación barcelonesa no va ducharse con banderas: exigirá respuestas, no soflamas. Y segundo, porque en las tierras de Lleida este trasvase amenaza con amargar un momento muy dulce. El Manifest de Vallbona-Compromís per Lleida, que está convocando grandes adhesiones en los últimos tiempos, no es un movimiento defensivo e irredentista al estilo del Delta. Al contrario: es un movimiento civil que une a gente del campo, de la empresa y de la universidad para impulsar el desarrollo de la región leridana alrededor, precisamente, de otra manera de entender el agua y el territorio. Este movimiento, sensato, lúcido y razonable, sólo contribuirá a hacer posible desde el Segre la demanda de agua de Barcelona si el Govern accede a situarlo en un contexto general. Desde Lleida creen que es posible hacer de la necesidad de agua virtud territorial. Ellos ven el canal Segarra-Garrigues como la nueva línea costera que podría compensar la superpoblada franja mediterránea y contribuir a reequilibrar demográfica y económicamente el país. He ahí una respuesta interesante. Válida para Lleida, para Catalunya (y para Valencia o Aragón: para España). Hablemos del agua, dicen. Pero no solamente de agua: hablemos del territorio. De cómo crecer sin despilfarrar. De cómo ser solidarios sin agotar los recursos. De cómo solucionar una emergencia no confirmando las irracionalidades del presente, sino poniendo las bases de un futuro más equilibrado y racional.
Danza de la muerte en el baile electoral, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
ELECCIONES
Isaías Carrasco era un ciudadano corriente. Con problemas, aspiraciones, sueños y dificultades. Como todos, tenía razones para quejarse de los políticos con mayúsculas. Pero en lugar de criticar, dio un paso adelante. Allí donde los asesinos cuentan con la comprensión de cierta ciudadanía infectada por las ratas del odio, tuvo Isaías el coraje y el empuje moral de comprometerse: por puro civismo, por estricta militancia democrática. Desde el primer momento, supo Isaías que su compromiso era una llave que abría dos puertas: la puerta de la dignidad personal y la puerta de cierta incomprensión social. Por esta puerta se coló la muerte. Despertamos del sueño electoral para descubrir que las ratas siguen ahí.
ETA está acorralada policial y políticamente.
Por si fuera poco, recibió una opa hostil por parte del terrorismo islamista. El nuevo terrorismo de proyección global es un monstruo tan ominoso que eclipsa al terrorismo de raíz local. Los nuevos terroristas no sólo matan a gran escala, sino que acostumbran a morir en sus ataques: el terror suicida es imbatible. ¿Cómo pueden competir unas ratas de alcantarilla en Mondragón o en el casco viejo de Bilbao contra esos locos islámicos que mueren matando en cualquier parte del mundo, creyendo de veras que en el paraíso les esperan unas apetitosas vírgenes dispuestas a concederles todos los placeres? A pesar de esta opa, los etarras se resisten a entregar las armas. No sólo porque en la vida real, sin bombas o pistolas, serían menos que nada. Sino porque el juego político (¡y periodístico!) que permite la existencia de ETA es formidable.
ETA es una mina de oro. Es muy difícil prescindir de los negocios que permiten su existencia. Cuando la víctima está de cuerpo presente, todo el mundo (empezando por el lehendakari) exhibe la pena y usa las palabras más duras del diccionario. Y es que con los muertos no se juega. Demasiado tarde lo comprobaron algunos en las elecciones del 2004. Pero cuando los muertos están ya enterrados, nadie sabe reprimir la posibilidad de calcular beneficios a propósito de ETA. En estos últimos cuatro años, mientras el PP ofrecía las víctimas (AVT) al altar de la patria, el PSOE aspiraba a sacar beneficios de la paz. El PNV, por su parte, nunca ha resistido la tentación de sacar ventajas políticas de las pistolas. Ahí están todos, ahora, compungidos ante el cadáver de Isaías. Si ETA cree que, matando, es posible condicionar las elecciones, es porque todos le han dado un papel en estos últimos cuatro años. “Quien esté libre de culpa…”. ETA está agónica. Está casi derrotada. Pero todos los partidos la invitaron al baile. Es abominable, sí, ¿pero es extraño que regrese ahora con su macabra danza de la muerte?
Escenas bárbaras, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
En el Parlament de Catalunya, un día antes de empezar la campaña, se produjeron unas escenas difíciles de adjetivar. ¿Sombrías, depresivas, miserables? Ya usamos estos adjetivos para describir la aciaga tarde del 3%, en la que la institución tocó fondo (un fondo del que ya nunca ha salido, y menos en la hipócrita o cándida jornada de la aprobación de un Estatut que todos sabían imposible y todos esperaban negociar en Madrid por la cuenta que les traía).Si la escandalosa jornada del 3% provocó una gran conmoción, lo que sucedió en el Parlament la semana pasada apenas ha causado estupor. ¿Quizás porque no se habló de comisiones o de túneles hundidos (cosas tangibles, de enorme repercusión social, que irritan a la gente y atraen a la desencantada opinión pública)? Quizás. Pero lo cierto es que los intestinos de la política catalana se exhibieron obscenamente: ambición, holgazanería, fantasía y crueldad.
Sucede que los intestinos de la política ya sólo interesan como pretexto de sátira. Suscitan atención sólo después de que los humoristas del Polònia hayan cocinado los episodios más risibles. Y lo que se deduce de las escenas del otro día es muy serio. Observándolas, este cronista tuvo la sensación de contemplar una agonía. Un país sin autoridad moral, con sus grupos dirigentes morbosamente enfrentados. Un país que regresa al siglo XVII, disgregándose en fracciones y bandos.
Escena primera. CiU y ERC, salvando sus diferencias, han consensuado una moción a favor de la independencia de Kosovo. Llega la hora de empezar el pleno y faltan once diputados de CiU y uno de ERC. Aprovechando tales ausencias, el resto de los grupos se niegan a aceptar la discusión. La escena contiene dos de los principales defectos del catalanismo actual: la huida hacia la nada retórica y la falta de profesionalidad (que ya la visita estival de Manuel Pizarro puso en evidencia: ¡ni un solo portavoz había estudiado los números!). Si atendemos a la hora en que debían los fallones estar en sus puestos, es obvio deducir que no consiguieron despegarse de las sábanas.
La pereza o la falta de tensión profesional se sumaron, pues, a la falta de talento político. Y eso que, días antes, el nacionalismo español se había retratado en solitario, por una vez sin la tonta complicidad antagónica del catalán. En efecto, los partidos y los medios de comunicación madrileños se habían retratado en pose serbia ante el pleito de Kosovo, mientras que medios y políticos barceloneses manifestaban inicialmente un prudente sentido de la distancia. ¿Por qué CiU decidió de nuevo adorar al fetiche de la Quimera y, saltando por encima del principal charco de sangre que se ha producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, intentó que el Parlament expresara la solidaridad y el reconocimiento de un Estado que va a fundarse sobre leyes prerromanas de tipo mafioso y sobre el contrabando de armas y drogas? ¿Por qué? ¿Para competir de nuevo con ERC por la posesión del córner nacional, alejándose en plenas elecciones del amplísimo centro que labró Pujol y que Duran Lleida pugna por seguir cultivando?
Tal como han ido las cosas en los Balcanes, la independencia de Kosovo era inevitable, pero sólo desde el desprecio de la realidad puede presentarse en el hemiciclo catalán como digno de celebración. Cuando la falta de inteligencia se mezcla con el fiasco de las sábanas pegadas, el resultado es un monumento a la farsa.
Escena segunda. A causa de las declaraciones de Pere Macias (CDC), que aprovechó la enfermedad de Duran para exhibir sus limitaciones, Artur Mas se ve obligado a hacerse el harakiri en el Parlament. Le ataca primero Joan Ridao (ERC), que exhibe estampa de buena y razonable persona, pero que, perdiendo los papeles o mostrando su verdadero rostro, actúa como un vulgar jabalí. Ridao rompe las cartas parlamentarias y, en lugar de preguntar al president Montilla (como en esta sesión corresponde), ataca al opositor, el cual se muestra como un líder, no ya vencido, sino descompuesto. La escena es de circo romano. Los tres partidos gubernamentales exhiben una obscena crueldad al usar su mayoría para destrozar, como fieras salvajes, al jefe opositor (atacado por sorpresa en una sesión para la que no cuenta con mecanismos parlamentarios de defensa). En lugar de negarse a responder al improcedente ataque, Artur Mas opta por crucificarse. Para acallar las críticas de sus adversarios, promete solemne y patéticamente que nunca usará los mecanismos que el reglamento le concede para intentar un cambio de Govern.
Qué escena más bárbara. Un hombre atrapado en su propio laberinto depresivo y unas fieras regodeándose en su debilidad. Y despiadada: Ridao llega a acosar físicamente al hundido Mas. Seguidamente, aprovechando que la sesión de control le concede la última palabra, Montilla lo remata.
Qué escena más descarnada: por si quedaba una sola duda, está claro que el pleito entre las dos ramas del nacionalismo es cainita. No hay espacio para dos en la finca nacionalista. Se reía levemente, el severo Montilla. Sus ojos brillaban con el fulgor del que sabe que la silenciosa táctica empieza a dar sus frutos. Divide et impera:los nacionalistas se pelearán hasta desangrarse. Y el miedo a los excesos del PP hará el resto.
Operación Triunfo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Nada mejor que un apretado sprint electoral para esta política que se ofrece en el mercado de las emociones en competencia con el fútbol y los reality show.Sin duda, el ir y venir de las encuestas entre el empate técnico y el despegue de José Luis Rodríguez Zapatero añade suspense y dramatismo a la próxima convocatoria electoral del 9 de marzo.
El suspense es un enérgico abono para los sentimientos. Y el dramatismo, la principal fábrica de emociones. Según sugiere la encuesta del Instituto Noxa para La Vanguardia,la alarma y el temor estarían ya dando sus frutos entre los votantes de Rodríguez Zapatero más apáticos o indolentes. Y entre los decepcionados por su inconsistencia ideológica. Y entre los engañados por su mirada azul y circunfleja. Indolentes y críticos, perezosos, puristas y desencantados habrían visto las orejas al lobo y estarían ya movilizándose.
Aunque nada está muy claro. El suspense en el tramo final también refuerza los ánimos de la parroquia del líder del PP, Mariano Rajoy. Como sucede con el ciclista que ha estado resistiendo el ritmo del líder durante toda la escalada, pegado a su rueda y aguantando todos sus cambios de ritmo, ahora el votante del PP se cree con fuerzas para intentar, con agonístico golpe de pedal, el asalto a la cima. Incluso aquellos que consideran a Mariano Rajoy un pálido reflejo del cesarista José María Aznar, están viendo recompensada su pétrea fidelidad: llegan al sprint volando sobre un viejo refrán: “Querer es poder”. Viendo como el Partido Popular pisa los talones del PSOE, el votante de izquierdas se pregunta, asustado: “¿Ganará la derecha?”. Y la única respuesta que está en condiciones de articular es muy vieja, pero también muy emotiva: “No, no pasarán”.
De la misma manera que incluso el telespectador más escéptico puede ser atrapado por la expectación que suscita un concurso televisivo del que todo el mundo habla; y de la misma manera que puede llegar a sentirse concernido por la emoción de una final copera incluso aquel tipo que no sabe que Ronaldo y Ronaldinho son dos jugadores distintos; de la misma manera, el apretado sprint de la campaña contribuye a convertir la política - generalmente irritante- en un poderoso cebo de audiencias, en un magnífico sucedáneo de Operación Triunfo. En eso se ha convertido la política. En una especie de Liga, Tour o show televisivo que suscita interés y atrae al público, no en virtud de lo que representa o propone, sino gracias a las expectativas y a los procesos de identificación que suscita el competitivo juego electoral. Un juego que atrae audiencias, no ciudadanos. Que suscita pasiones instintivas, no reflexivos votos civiles. El suspense electoral fomenta un interés por la política que la ideología y los programas nunca despertarán.
Los caminos de la adhesión a un club de fútbol son racionalmente inescrutables. Sentir una pasión ilimitada por una camiseta que defienden futbolistas vendidos al mejor postor es raro. Es raro que, cuando pierde tu equipo, te sientas deprimido o de un humor de perros. Es raro, pero es humanísimo: responde a sentimientos de carácter tribal, originados en la infancia y cultivados en situaciones de desbordada emoción colectiva que facilitan la desconexión mental y la liberación de los instintos. Pues bien, la identidad política tiende a confundirse con el sentimiento instintivo y tribal del fútbol. De la misma manera que los celestiales regates de la estrella contraria producen rabia o resentimiento, pero nunca la tentación de cambiar de equipo, el votante incluso cuando está profundamente irritado con el juego de su equipo, se mantiene sordo a los argumentos del político rival.
La lucha política está llena de rarezas que aceptamos instintivamente, pues, si las analizáramos desde un punto de vista racional, llevarían a risa o a llanto. Votar, por ejemplo, consiste en desear el triunfo democrático de unos partidos que funcionan antidemocráticamente. Apropiándose de unas siglas mediante el control de los aparatos, unos pocos personajes deciden, no solamente sobre listas y programas, sino sobre la tendencia. Lo de la tendencia es fundamental para entender la irracionalidad del proceso.
A causa del extremismo de los dirigentes políticos (o de su ligereza, tremendismo, incompetencia o frivolidad), muchos ciudadanos se sienten muy molestos o engañados. Sienten que les han ensuciado algo propio e íntimo: su ideología, aquella a la que tienden por familiaridad, tradición, origen social o nacional. Y, sin embargo, en el momento de la verdad, en lugar de castigar a los dirigentes que han ofendido su sensibilidad ideológica, los premian. Y tragan todos los sapos que no les gustaban. Y votan al líder que tanto les ha desagradado, irritado u ofendido.
Algo parecido consiguen los futbolistas más cantamañanas. Cuando está en juego el título, el forofo deja todas sus ofensas en el bolsillo y apoya a rabiar a los jugadores que más le han desagradado durante toda la temporada. ¿Cómo consiguen los políticos tal milagro? Cultivando la ambición negativa. Demonizando al rival. El otro día citábamos a Churchill. Volvamos a su irónica retranca: “El éxito - decía- es ir de derrota en derrota sin perder el ánimo”. Sin perder el ánimo de destrozar al contrario, hay que añadir hoy.
Desfachatez, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Con el paso del tiempo, nuestra democracia enseña cada vez con mayor descaro sus perfiles más sórdidos. Empezó a perder el carisma hace años. En la época de la fratricida UCD, se hablaba ya de “desencanto”. Más se perdió, después, por culpa del infecto pozo de los GAL y la corrupción socialista, con su Roldán y su culto al “pelotazo”. Completó la faena la falta de escrúpulos del PP, el cual, para hacerse con el poder, cabalgó sobre una ola periodística que llegó incluso a poner en riesgo la seguridad del Estado (Perote, héroe de portadas). Todas estas formas de desfachatez han envejecido a nuestra democracia, cuyos protagonistas actuales muestran orgullosos su rostro canalla o verbenero. Esta semana, sin ir más lejos, hemos tenido que aguantar dos tristes dentelladas a los valores democráticos básicos. Una de ellas protagonizada por el Parlament, que, desde el infausto plenario del 3%, no cesa de ofrecer espectáculos de baja estofa.
La moción contra las obras del AVE por el centro de Barcelona deja al Parlament desnudo. Los mismos que ponían el grito en el cielo porque sus resoluciones no eran aceptadas en Madrid, ahora votan sabiendo que en nada afectarán al Govern del que forman parte. Desnudo de toda honorabilidad. CiU coloca una trampa, ERC reconoce caer en ella y el PSC afirma no darse por enterado. De lo que no parece darse por enterada la clase política catalana es del cansancio que sus tejemanejes producen. ¿Hasta cuándo seguirán abusando de la paciencia de los ciudadanos? Catalunya está en un momento crucial de su historia. Desde el punto de vista estructural, Catalunya está en lento proceso de provincianización, pero ahí están nuestros diputados: jugando como niños.
La segunda dentellada la protagonizó el PP en Algeciras. Mientras Mariano Rajoy consideraba “ilógica” la enseñanza de las lenguas peninsulares en Andalucía, sus compañeros de partido acogieron la referencia a dichas lenguas con “risitas, miraditas y abucheos”. Lo recordaba ayer el historiador Francesc Fontbona en una carta a este diario. Al afirmar Rajoy que lo prioritario es estudiar “nuestro idioma y el inglés”, situaba de nuevo al catalán fuera de “lo nuestro” (y de lo útil). Ningún intelectual ni periodista español, de esos que se rasgan las vestiduras al menor signo de falta de exquisitez para con el castellano en Catalunya va a indignarse. No lo harán. Cuando discutimos de todas estas cosas usamos palabras altisonantes: ciudadanía, por ejemplo. Pero cada vez queda más claro, más obvio, que en la idea de ciudadanía dominante en España equivale a uniformidad, homogeneidad. En ella no cabe lo ajeno. Ni cabemos nosotros: los que no queremos renunciar ni a una lengua ni a otra. El ingrediente principal de toda democracia es el respeto a las minorías. Pero en España se juega a disparar contra ellas. Todavía no con descaro, pero ya con risitas, miraditas y abucheos.
Churchill, el jugador y los obispos, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Cuando se está atravesando un infierno, conviene no detenerse. Lo recomendaba Churchill, con su habitual mezcla de retranca y lucidez (olorosa de whisky, naturalmente). Desconocemos a estas alturas si las llamas que han prendido en la economía mundial alcanzarán la dimensión de un metafórico infierno. Pero el impacto psicológico del incendio desatado es ya evidente. Se masca el pánico a pasar aceleradamente del tiempo de las burbujas doradas al de los cinturones apretados. La casualidad, siempre tan caprichosa, ha dispuesto que la campaña electoral tenga lugar en tal angustiosa expectación.
Es fácil imaginar cómo habríamos encarado este trimestre electoral si las perspectivas económicas no estuvieran amenazadas por el azufre trágico. Pero el miedo al infierno económico lo ha transmutado todo. Tirios y troyanos se dirigen al campo de batalla como si la pasada legislatura no hubiera existido. Los temas que mayor tinta han suscitado en estos últimos años parecen completamente agotados. De la ficción sobre el 11-M nadie se acuerda. Son material de derribo las tremendas abolladuras que la confección del Estatut ha dejado en todos los vehículos políticos. Y la negociación con ETA ya sólo parece preocupar al tremendista obispo portavoz de la Conferencia Episcopal. Los temas clásicos del enfrentamiento PP-PSOE están más que respirados: ETA puede dar, ciertamente, más de una fúnebre sorpresa, pero todo el mundo da por supuesto (desde el excitado Sarkozy hasta el elector español menos atento, pasando por el inescrutable Rubalcaba) que más sorpresas van a recibir los inexpertos y resabiados terroristas encuadrados a toda prisa en las células asesinas.
Tampoco puede dar más rendimiento electoral el cultivo de la flor negra del anticatalanismo, tan sobreexplotada. Ni la exprimida fruta roja de la irritación catalana, en cuya capacidad de movilización no confían ni los independentistas. Estos cultivos ideológicos sólo apetecen a los adictos: la cosa se ha liado tanto que, a estas alturas, es difícil saber, como en la historia del huevo y la gallina, qué parte de la culpa en el enfrentamiento sentimental entre Catalunyay España corresponde a las frivolidades de la política catalana y qué parte corresponde a la tendencia del españolismo a explotar la tradición del prejuicio anticatalán, del que ya Quevedo dejó constancia. Muy distinto sería preguntar, sin prejuicios de partida, si España está pidiendo a Catalunya que acepte sin rechistar la provincianización económica. Pero esta pregunta sólo puede hacerse en situación de cierto sosiego, no en campaña electoral.
En fin, que por desgaste de los viejos temas y por el incendio que se ha desatado en la economía global, la campaña se presenta más igualada y reñida de lo esperado. El infierno de la economía enseña su azufre y las bolsas bajan enloquecidas. Acompañado del flamante espadachín Manuel Pizarro (Sarkozy de Teruel y temible tiburón de las finanzas), Rajoy recorre los caminos de España predicando el fin de los buenos tiempos. “¡Por culpa de Zapatero se acaban los años de vino y rosas!”. Y el presidente Zapatero, en lugar de atravesar este infierno a toda prisa, como recomendaba Churchill, se detiene asustado. Y se saca una extravagancia de la chistera presidencial: “Si venzo, os regalo 400 euros”.
La promesa provoca un formidable revuelo. “Compra de votos”, “retorno del caciquismo”, “infantilización del votante”, “perversión de la socialdemocracia”, RAÚL se afirma y no sólo desde las huestes de la derecha. Más fríos, algunos observadores se limitan a explicar el objetivo publicitario de la extravagancia: distraer al personal del efecto Pizarro: “A la manera de Dalí, se trata de que no se hable más de Pizarro, sino de Zapatero, aunque sea mal”. Pero al margen de lo que opinasen Dalí o Churchill, al votante raso no se le escapa que la medida, buena o mala, expresa fundamentalmente nerviosismo. “Zapatero está aterrorizado y sale por peteneras”. Los 400 euros son el gesto que delata al jugador de póquer. Si, al estudiar las cartas, el jugador hurga en la oreja o se mesa los cabellos, todo el mundo deduce que su baraja es mala.
Deteniéndose en el infierno de una crisis económica apenas esbozada, practicando la extravagancia y revelando la fragilidad de sus nervios, Zapatero no está precisamente suscitando confianza. Y si se pone nervioso tan fácilmente, ¿aguantará el rumbo de España cuando el incendio económico arrecie? Dándole vueltas a esta pregunta estaba el personal que tiene que ir a votar en marzo, cuando unos piadosos personajes han entrado en el infierno para salvar a Zapatero de sus dudas. Son los obispos, encabezados por un jesuita que parece sufrir de úlcera. Obispos dispuestos a centrar el debate electoral, no en las propuestas del Benedicto XVI (que no se defienden en la arena política), sino en la nostalgia del nacionalcatolicismo. Y ahí está de nuevo Zapatero, sonriente. Encantado de que unos piadosos publicistas (a quienes, por cierto, no paga) sitúen la campaña lejos de la economía, en el más fácil de los escenarios ideológicos: el del viejo anticlericalismo. Un escenario que permite despreocuparse por completo de la fatigosa necesidad de argumentar.