El Gobierno convierte el choque con la Iglesia en línea principal de su política, de Enric Juliana en La Vanguardia
LA CRÓNICA
“Hay obispos que se han extralimitado, pondré los puntos sobre las íes”, anunciaba José Luis Rodríguez Zapatero en un entrevista con el director de La Vanguardia publicada una semana antes de las últimas elecciones generales (2/ III/ 2008). Parecía un calentón y en realidad era profecía.
La reciente decisión del Gobierno de promover una nueva ley del aborto, que según fuentes socialistas podría liberalizar la interrupción voluntaria del embarazo dentro de las 21 primeras semanas de gestación, confirma que el PSOE desea el choque frontal con el Papa, con la curia romana, con la jerarquía española y con las principales movimientos católicos, mientras arrecia la crisis económica en España.
Para la Iglesia el aborto es una cuestión innegociable y constituye una de las principales preocupaciones de Benedicto XVI, empeñado en proponer a la ONU una suspensión temporal de todas las leyes del aborto, para así abrir una reflexión a escala planetaria. La campaña vaticana pro moratoria ha arrancado por Latinoamérica y está siendo muy intensa en Italia. La iniciativa del Gobierno Zapatero tiene, por tanto, una relevancia adicional dado el influjo español en América.
La modificación de la actual ley del aborto no figuraba en el programa electoral del PSOE. Una ligera mención al tema fue eliminada de los primeros borradores del texto. El asunto reapareció en los debates del 37.º congreso federal del PSOE, celebrado a principios de julio en Madrid.
El cónclave socialista decidió fomentar una reflexión al respecto, sin mayores concreciones.
La iniciativa gubernamental -gestada en agosto, a medida que la crisis arreciaba- pondrá a prueba los deseos de moderación del episcopado, expresados en el vivo debate de los últimos meses sobre la línea de la emisora católica Cope. El radiofonista Federico Jiménez Losantos, objeto de una fuerte crítica eclesial que dejó en minoría al cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela. reemprende mañana su programa bajo estricta vigilancia episcopal. En julio ya fue obligado a rectificar unos comentarios sobre el aborto que no se ajustaban a la línea de la Iglesia.
“En la Cope hay un antes y un después de los debates de junio. Los cambios serán lentos, pero se harán”, señalan fuentes conocedoras del proceso. El cardenal Rouco, presidente de la Conferencia Episcopal, se halla a la búsqueda de nuevas formas de gestión de la Cope y hay una ronda de consultas al respecto. El principal defensor de Jiménez Losantos ha vuelto a ser Alfonso Coronel de Palma, presidente del consejo de administración de la emisora, que ha subrayado los riesgos de un cambio brusco, dada la actual debilidad del mercado publicitario. En la Casa de la Iglesia (sede madrileña de la CEE) sigue pesando el recuerdo del diario católico Ya, que cerró en 1996 tras larga y dolorosa agonía.
Rouco Varela, entre tanto, se mantiene en silencio. El pasado 1 de agosto se entrevistó con el presidente del Gobierno en la Moncloa y no hubo entendimiento. Zapatero se negó a modificar el temario de la nueva asignatura de educación para la ciudadanía (la Iglesia no quiere que incluya cuestiones de orden moral) y se reafirmó en su propósito de aprobar una nueva ley de libertad religiosa que podría reducir la presencia del catolicismo en el espacio público. La iniciativa sobre el aborto -hoy tercer y principal foco de conflicto- Zapatero la meditaba como apertura siciliana del nuevo y azaroso curso.
En el ámbito socialista, la unanimidad no es rocosa. La pequeña corriente católica que lidera el vasco Carlos García de Andoain, actual asesor de la vicepresidencia del Gobierno en materia religiosa, se halla consternada, ya que no fue informada de la iniciativa que el pasado miércoles dio a conocer la ministra de Igualdad, Bibiana Aído. La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, responsable de las relaciones del Gobierno con la Iglesia, tutora de la joven ministra Aído y evidentemente informada de todo el proceso, parece querer salvar los puentes. De la Vega está gestionando discretamente la celebración de varias reuniones en los próximos meses con asociaciones y organizaciones católicas.
La ley que enfrentó a la Iglesia con la Segunda República, de Víctor Manuel Arbeloa en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Es natural que con tanta crisis económica, huelgas y cierres patronales, congresos de partidos, y, para colmo, el inicio de la Liga y la exposición de Zaragoza, casi nadie haya mencionado el 75º aniversario de una de las leyes más importantes, y más nefastas a la vez, de la Segunda República. Tampoco voy a reprochar el silencio a ciertos cultivadores de la memoria histórica (como si hubiera alguna memoria que histórica no fuese), empeñados como están en hacer de la Segunda República un modelo sin tacha y en hacer comenzar los desastres de la guerra sólo desde julio de 1936.
El caso es que el día 2 de junio de 1933 el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, en el último día válido para hacerlo y como a regañadientes, pero sin haber tenido nunca intención de vetarla, ratificó por fin la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, aprobada el 17 de mayo anterior por las Cortes constituyentes. Era una ley constitucional, exigida por el artículo 26 de la Carta Magna de 1931, y que se presentaba como la culminación del ideario republicano en relación con la religión y con la Iglesia.
Pero desde el abril triunfal de 1931 las cosas habían cambiado mucho. La quema de iglesias y conventos; la expulsión, por las bravas, de España de un obispo y un cardenal; los artículos sectarios de la Constitución; la disolución de la Compañía de Jesús; la supresión del presupuesto del clero; las leyes de la secularización de la enseñanza y los cementerios; las draconianas leyes de orden público; la frecuente suspensión y clausura de periódicos y centros políticos; las arbitrariedades de las fuerzas del orden, con muchos muertos y heridos; la charlatanería y la agresividad frecuente de las Cortes; la pequeña repercusión de la parcial reforma agraria; la frecuencia de los levantamientos anarquistas, motines, huelgas generales políticas…, habían enrarecido notablemente el clima social, y el Gobierno de Azaña, después de la matanza de Casas Viejas (Cádiz) sufría el hostigo del tiempo político adverso.
El Gobierno Azaña había extremado, en sentido laicista, el anteproyecto equilibrado de la Comisión Jurídica Asesora, creada dos años antes por el ministro de Justicia, Fernando de los Ríos. La comisión parlamentaria lo extremó todavía más .
El 9 de febrero de 1933 comenzó el debate en el pleno, a una con el asunto Casas Viejas. El orador católico más famoso del momento, miembro de la minoría agraria y ya presidente del recién creado partido político CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), fijó los términos de la oposición a todos y cada uno de los artículos y defendió la desobediencia, individual y colectiva, a la ley dentro de la legalidad, afrontando todas las consecuencias, incluso la renuncia al acta de diputado. Tras él hablarán otros agrarios y vasconavarros, como Aguirre, Pildain o Aizpún; catalanistas como Abadal o Carrasco; galleguistas como Otero Pedrayo; independientes como García Valdecasas; republicanos como Maura, García-Bravo Ferrer o Ayats. Para todos ellos el dictamen es injusto, antiliberal, antidemocrático, violento, rencoroso, inoportuno.
Los pocos miembros de la comisión que lo defienden, el radical-socialista Gomáriz, los socialistas Bugedo y Sapiña o el azañista Fernández Clérigo insisten en su constitucionalidad. Alguien va mucho más allá: Fernando Valera, diputado radical-socialista, masón, humanista, hombre religioso no católico, ve en la nueva ley, con excesivo optimismo, el principio de una nueva convivencia entre creyentes y no creyentes, entre fanáticos anticlericales y clericales, que traiga por fin la paz a España. El debate dura hasta el 17 de mayo. La votación final arroja 278 votos a favor y 50 en contra; a éstos últimos se añadirán después nueve diputados ausentes.
Si a los miembros y entidades que integraban las confesiones se les reconocía personalidad y competencia propias en su régimen interno, a sus cargos responsables se les exigía la nacionalidad española. El Estado se reservaba, además, el derecho de no reconocer a dichos cargos en su función por razón de peligro para el orden o la seguridad del Estado. Y si las confesiones podían ordenar libremente su régimen interior, todo se subordinaba de manera implacable a las leyes y soberanía estatales.
En cuanto al régimen de bienes, se declaraban propiedad pública los templos, casas rectorales con sus huertos, palacios episcopales, seminarios, monasterios y demás edificios del culto católico, aunque siguieran destinados al mismo fin religioso, salvo necesidad pública y previa ley especial, que era una verdadera espada de Damocles. Las confesiones sólo podrían adquirir y conservar bienes inmuebles y derechos reales únicamente en la cuantía necesaria para el servicio religioso; los que excedieran esa cuantía serían enajenados, igual que los bienes muebles que fueran origen de interés, renta o participación en beneficios. Excepto los templos, los demás edificios eran sometidos a tributación. Las Iglesias podrían fundar y dirigir establecimientos, inspeccionados por el Estado, para la enseñanza y formación sólo de sus ministros (de sus miembros, decía, en cambio, el anteproyecto).
La obsesión decimonónica de un firme control de las órdenes y congregaciones religiosas resume el amplio tercer apartado de la ley. De ahí un sinfín de certificaciones, relaciones, cuentas, inscripciones, inventarios, rendición de cuentas, libros de contabilidad… Y no sólo no podrían dedicarse a la enseñanza, sino que desde la comisión parlamentaria se les añadió la prohibición de crear o sostener colegios de enseñanza privada, ni directa ni indirectamente. Esa misma comisión quería que órdenes y congregaciones cesasen en sus actividades docentes a la promulgación de la ley. El pleno de la Cámara alargó el plazo hasta el 1 de octubre, y para la enseñanza primaria hasta el 31 de diciembre.
Todo el mundo católico, incluida la revista católica progresista Cruz y Raya, dirigida por José Bergamín, vio en la ley una clara violación de la justicia y de la libertad y un golpe fatal a la serenidad espiritual de España.
Los arzobispos españoles (metropolitanos) publicaron, con fecha 25 de mayo, una extensa Declaración, redactada mayormente por el equipo del cardenal Francisco Vidal y Barraquer, arzobispo de Tarragona, cabeza del episcopado español: un celoso y paciente hombre al servicio del Evangelio, de la Iglesia y de la Patria (española, por supuesto), amigo de todos, firme en la defensa de los principios y buscador infatigable de la concordia. El documento más sólido de cuantos se escribieron en el sexenio, es la reprobación, condena y rechazo de una «ley de agresiva excepción» contra la Iglesia, muestra de «odiosa tiranía», «sacrílega expoliación del patrimonio histórico y artístico eclesiástico». Anima a los católicos a que, «por todos los medios justos y honestos», procuren que sus efectos perjudiquen lo menos posible a los intereses de la Iglesia y de las almas.
El mismo día 3 de junio en que el texto de la ley aparecía en La Gaceta de Madrid, el papa Pío XI firmaba una breve y excepcional encíclica, Dilectissima nobis (Hispania), dolorida y solemne, contra toda la legislación antieclesial y antirreligiosa del nuevo régimen, con el que la Iglesia había sido tan benevolente, exhortando a los fieles a valerse de «todos los medios legítimos» para inducir a los legisladores a reformar «disposiciones tan hostiles a la Iglesia».
A fines de ese año solicitaron la inscripción en el registro abierto en el Ministerio de Justicia 4.707 casas: 3.927 de religiosas (60.683) y 780 de religiosos (14.236). Pero la sustitución de los colegios, de primera y segunda enseñanza, regidos por los religiosos fue retrasándose sine díe: una tercera parte de la enseñanza primaria oficial (351.937 alumnos, según el ministro, en versión insuficiente) y la equivalente a la enseñanza secundaria del Estado (25.000, según la misma fuente). Todos los ministros fracasaron en el empeño: De los Ríos, los Barnés, Pareja, Madariaga, Villalobos…
La ley acabó por apartar la voluntad de la inmensa mayoría de los católicos españoles y de todo el mundo de toda afección al régimen. Unió más aún a la oposición, ya muy crecida. Dividió todavía más al bloque republicano que trajo la República, ya a pique de desguace: parte del PSOE iniciaba su bolchevización y la Unión Republicana, de Martínez Barrio, preparaba su desgaje del Partido Radical. Fue un motivo más para que, poco más tarde, Alcalá Zamora se desprendiera de Azaña, que nunca se lo perdonó, y encargara el Gobierno a Lerroux. Y un motivo decisivo, en buena parte de España, para que la izquierda intolerante perdiera las elecciones en noviembre de ese año.
Y, por cierto, apenas si se cumplió del todo un solo artículo de la ley.
Víctor Manuel Arbeloa es escritor, ex presidente del Parlamento de Navarra y ex senador.
© Mundinteractivos, S.A.
Sobre la predestinación, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Mientras disfrutábamos hace unos días del magnífico paisaje de la Sierra del Guadarrama vista desde Cercedilla, la conversación con un grupo de amigos derivó hacia el tema de la predestinación.
Mi amiga Elena, de profundas convicciones católicas, sostenía que ella tenía el sentimiento de que Dios había intervenido de forma decisiva en su vida.
Yo argumenté que, si hay un Supremo Hacedor que influye en nuestra biografía, me cuesta trabajo entender por qué existe el mal en el mundo. ¿Interviene Dios también en nuestras desgracias?
La pregunta me la he vuelto a formular tras el terrible accidente de Barajas. ¿Estaban esas 154 personas predestinadas a morir en el siniestro? ¿Consintió Dios en la muerte de esos inocentes? ¿Se deriva algún bien moral de la catástrofe?
No tengo, por supuesto, respuesta a ninguna de estas preguntas, pero creo que es imposible conciliar la defensa del libre albedrío -tan apreciada por los escolásticos cristianos- con la idea de la predestinación divina.
Si Dios interviene en nuestras vidas, lo hace con todas las consecuencias y es, por tanto, responsable de lo que nos sucede. Y si no interviene, no podemos achacarle nada de lo que pasa.
Esta segunda hipótesis nos llevaría al escepticismo sobre la existencia de Dios o a una concepción deísta, similar a la de Hume y Voltaire, por la que el Ser Supremo se ha limitado a crear las leyes que rigen el Universo pero no interviene en los asuntos cotidianos de los hombres.
La hipótesis de este alejamiento o silencio de Dios me parece igualmente absurda porque si el Supremo Hacedor es infinitamente bueno no puede permanecer ajeno al sufrimiento de las personas y menos a los terribles genocidios que hemos conocido.
El argumento más sólido para desconfiar de la existencia de ese Gran Relojero es la proliferación de ese mal que produce infiernos como Darfur, donde siguen muriendo a diario cientos de personas de hambre bajo la pasividad de Occidente.
No creo que esos desgraciados estén predestinados a padecer una vida en condiciones insoportables, como tampoco creo que Dios elija a unos seres humanos para hacer el bien y sea tan cruel con otros. Ello me lleva a concluir que muchas de las cosas que nos suceden se producen por puro azar y que, por tanto, son tan imprevisibles como el accidente de Barajas.
Parafraseando a Mallarmé, una tirada de dados nunca abolirá el azar. Nuestra vida es, pues, pura incertidumbre. Y el destino, una manera de nombrar lo que no conocemos.
© Mundinteractivos, S.A.
Camino de Covadonga, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Hora de Asturias
Camino de septiembre cuando escribo estas líneas en la que es ya última semana de agosto. Camino, pues, del día de Asturias. Camino de la Virgen de Covadonga, de “la Santina”. Los fastos de 2008 ni siquiera han servido para buscar una fiesta cívica de Asturias, más allá de la devoción que cada cual sienta a título individual.
¿De qué han servido hasta ahora los fastos de 2008? ¿Lo que hasta ahora se vino organizando redundó acaso en un mejor conocimiento de la historia de la Universidad de Oviedo en estos 400 años? ¿Se hizo hincapié en la que fue su mejor época a últimos del XIX y principios del XX? ¿Se facilitó a la sociedad asturiana un más profundo conocimiento de lo que fue aquel 25 de mayo de 1808 como fecha que marca el inicio de la historia contemporánea en Asturias en la medida en que la ciudadanía fue convocada a protagonizar los acontecimientos?
¿De veras hemos estado a la altura de la importancia de las efemérides de 2008? Quisiera creer que estoy equivocado, pero me temo que las cosas se podrían haber hecho de otro modo para mayor gloria de los aniversarios que celebramos en el presente año.
¿No hubiera sido pertinente un Congreso sobre la figura histórica de Valdés-Salas, con sus correspondientes y ulteriores publicaciones? ¿No hubiera sido pertinente un debate acerca de la conveniencia de una fiesta civil para Asturias que no tendría, repito, que colisionar con las festividades religiosas que se vienen celebrando tradicionalmente en nuestra tierra?
Hace meses, me pregunté si 2008 era esto, si lo que estaba sucediendo y organizándose respondía a las expectativas planteadas. Pues bien, lo cierto es que, a medida que el tiempo avanza y que el año lleva camino de entrar en sus últimos meses, mi pesimismo va in crescendo.
Cuando el lector tenga en sus manos este artículo, quedarán muy pocos días para una nueva edición de el día de Asturias. No es de esperar que haya sorpresas, que los tópicos no se repitan, que los discursos oficiales incidan en lo que vienen diciendo año tras año. Acaso la única novedad sea la forma en que se aborde en los discursos la crisis económica que padecemos en España, así como el problema de la financiación estatal que, por lo que se viene diciendo, nos afectará y, de momento, no parece que positivamente.
Camino de Covadonga, camino del 8 de septiembre, en un año plagado de efemérides cuyo recordatorio y celebraciones no parece haber tenido el calado suficiente ni deseable.
Como las golondrinas becquerianas, las cosas seguirán tal como estaban, los debates están aún por llevarse a cabo. Asturias sigue sin pensar en sí misma, más allá de la política del día a día y de la retórica vacía. Más allá de las obras pendientes, y de las incógnitas aún sin despejar.
¿Por qué a esta tierra le cuesta tanto y tanto reflexionar sobre sí misma y afrontar problemas que, en el mejor de los casos, sólo pospone? ¿Por qué hay tanta reticencia en esta tierra a recordar, como diría Renan, las glorias y remordimientos de nuestro pasado, mirando, eso sí, hacia el porvenir? ¿Por qué?
Cisma confesional en los funerales oficiales que se realizarán por las víctimas de Barajas, de Daniel Forcada en El Confidencial
El eterno descanso de las víctimas de Barajas no pone de acuerdo a los familiares de los afectados. El sepelio católico que tendrá lugar el próximo 1 de septiembre no tendrá la etiqueta de funeral de Estado, pero reunirá en la catedral de la Almudena, entre otros, a la Casa Real, a representantes del Gobierno y al alcalde de Madrid, cuyo ayuntamiento es el encargado de organizar la ceremonia junto con el Arzobispado. En definitiva, un solo acto solemne para despedir con todos los honores a los 154 fallecidos, entre los que se encontraba Rubén Santana Mateo, un pastor evangélico de Tres Cantos, o varios hindúes. Oficiará por todos ellos el cardenal de Madrid, Antonio Rouco Varela.
A cada tragedia con resultado de muerte ha seguido siempre en España un funeral católico de Estado. Algo que, de seguir así el próximo lunes, supone “añadir al ya intenso dolor de la tragedia sufrida un menosprecio a los sentimientos de muchos de los ya fallecidos y de sus familiares”, según ha manifestado en un comunicado la Alianza Evangélica Española. “Si se perpetúa este acto religioso monoconfesional oficial para el conjunto de las víctimas supondría no sólo un monopolio religioso, sino aplastar la dignidad de muchos ciudadanos en un momento de máximo sufrimiento personal”, añaden.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se enfrenta a su primera prueba de fuego en su anunciado deseo de avanzar en la laicidad del Estado, definido como “aconfesional” por la Constitución española. El propio presidente no acudirá al sepelio al encontrarse ese mismo día en la cumbre de la UE convocada por Nicolás Sarkozy. Pero aunque el Ejecutivo aclare que no se trata de un funeral de Estado, resulta difícil diferenciar esta ceremonia de otras que hasta ahora sí lo han sido.
Así lo cree Victorino Mayoral, ex diputado socialista que lleva años abriendo camino dentro de su partido para avanzar en laicidad y acabar con las ceremonias religiosas de Estado. “Se debería haber hecho caso a la petición de otras confesiones y resolver el problema de otra manera para no dar la sensación de que hay una religión oficial en nuestro país”, explica. “Además, la Iglesia Católica mantiene, en su más alto nivel, un diálogo ecuménico y plural con otras confesiones, por lo que podría desarrollarse un acto multiconfesional. El fondo de la cuestión es que en un estado laico no debería haber ceremoniales religiosos de ningún tipo. El Gobierno no debería organizar un funeral de Estado, ni amparar la sensación de que hay una religión oficial”.
Un problema que se repite “vez tras vez”
El asunto no parece ser tema baladí para las víctimas no católicas de la tragedia de Barajas, que se sienten en inferioridad de condiciones al lado de la todopoderosa madre Iglesia. Mientras, los familiares de la única víctima evangélica despidieron el pasado viernes a Rubén Santana en un oficio religioso celebrado en el tanatorio de Tres Cantos al que no acudió ningún miembro del Gobierno. Tampoco fueron invitados: “No tenemos una relación tan fluida con La Moncloa como la puede tener la Iglesia Católica”, explica Pedro Tarquis, portavoz de la Alianza Evangélica. “Si el funeral de la Almudena sólo fuera para los católicos, me parecería correcto, o si las autoridades no asistieran, también. Pero el problema es que está situación se repite vez tras vez. Hasta cuando han muerto militares evangélicos se ha oficiado un funeral de Estado”, añade.
El Arzobispado se excusa argumentando que es un acto organizado únicamente por ellos, como las misas que estos días se están celebrando en diferentes parroquias de la capital. Pero Pedro Tarquis cree que “de facto y a nivel extraoficial” se trata de un funeral de Estado. “Se alega que España es mayoritariamente católica y que por eso debe ser así, pero la igualdad no es algo que se mida por un criterio cuantitativo, sino cualitativo. Tras el 11-S en Nueva York se realizó una ceremonia pluriconfesional con representantes de todas las confesiones de las víctimas. Y pasó lo mismo tras el atentado de Casablanca, pese a que Marruecos sea un país musulmán. España, en este sentido, va mucho más retrasada que otros países”, explica.
El PSOE dio marcha atrás en su último Congreso
El partido Socialista estuvo a punto de aprobar, en su último Congreso de julio, la supresión de los funerales de Estado. Fue propuesto en una polémica enmienda avalada por la dirección, pero que Zapatero paró en seco en el último momento. Argumentó entonces que las familias afectadas prefieren que sus seres queridos sean despedidos con solemnes actos religiosos. Y, como añadió después Ramón Jaúregui, secretario general del grupo socialista en el Congreso, porque “la laicidad no tiene constituida una liturgia alternativa”. “Argumentos poco válidos”, según Victorino Mayoral, quien cree que el problema es que los representantes políticos avanzan mucho más lentamente que la sociedad: “Se trata de ir poniendo en marcha el contenido aconfesional de la Constitución”, concluye.
De momento, y a la espera de conocer más detalles, los únicos actos oficiales de carácter ecuménico o “multiculutural” previstos son los que podría desarrollar el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canarias, tal y como anunció la semana pasada su alcalde, Jerónimo Saavedra. Será, en todo caso, un acto que se desarrollará sin perjuicio del funeral que tendrá lugar en la catedral de Las Palmas el día 30 y al que asistirán también miembros de la Familia Real y del Gobierno socialista.
Inquisidores, de José Ignacio González Faus en La Vanguardia
Hace dos meses hablé de una posible vinculación intrínseca entre monoteísmo y violencia. El mes pasado sugerí una derivación de ese peligro al tema tan actual de los “dioses patrios”. Hoy quisiera volver a la vertiente expresamente religiosa del asunto: el peligro de un nexo entre monoteísmo y violencia ayuda a comprender ese rasgo tan típico de todas las verdades absolutas que es la presencia de inquisidores en su seno, y que las degrada en vez de salvarlas.
Como el tema ha vuelto a la actualidad, intentaré un rápido aguafuerte de la psicología del inquisidor.
1. Por extraño que parezca, el inquisidor suele pecar de falta de fe. Por eso necesita la seguridad ambiental como un analgésico contra su poca fe.
Y aunque enmascare su inseguridad aludiendo a la protección de los pequeños, o a otros fines nobles, en realidad es a sí mismo a quien busca proteger. “La intolerancia es la angustia de no tener razón”, decía el físico Sajarov. Y, en plan más cristiano, uno de los grandes teólogos del siglo XX escribió: “La fe es el abandono de nuestra propia seguridad, y la disposición para hallar seguridad sólo en el más allá invisible de Dios”; mientras que la poca fe “hace sucumbir a los hombres en su ansia de seguridad”. A mí al menos me ha enseñado la vida que no me he liberado verdaderamente de los propios defectos, las propias manías o los propios pecados, hasta que dejan de irritarme cuando los veo en otros.
2. El inquisidor enmascara la mala conciencia por su falta de fe diciéndose que actúa “en defensa de Dios”. Eso nos acerca a otro rasgo suyo: esa defensa de Dios acaba haciéndole sentirse indispensable, e importante para la institución: muchos inquisidores dan la sensación de querer hacer carrera con su intolerancia. Esta es una acusación dura, aunque la misma estructura de la Iglesia parece favorecerla. Por eso, para no acusar a nadie de hoy, valga la anécdota de fray Diego López de Zúñiga, obsesionado por acusar a Erasmo de arriano: estando en Roma, se enteró de que un autor inglés había publicado un opúsculo en su misma línea. Y escribió al amigo que le había remitido ese opúsculo, lamentando “que alguien se hubiese adelantado a echar garrocha a ese toro tan bravo antes que yo; porque quisiera mucho aquella gloria”… Sin comentarios.
3. Sucede entonces que mientras, para el cristianismo primero, “la gloria de Dios es la vida del hombre” (san Ireneo) para el inquisidor la gloria de Dios es su propio encumbramiento. Así se producen anécdotas como la del arzobispo Carranza: cuando, tras varios años de cárcel, se demostró su inocencia, los inquisidores reaccionaron diciendo: “Vale más que sufra un solo hombre que el que padezca desdoro tan santo tribunal”… Si hay lo que alguien llamó una “historia criminal del cristianismo” esta sería una de sus páginas más negras. Y esta página no se ha pasado todavía.
4. Esto hace que el inquisidor prefiera anteponer la verdad de la fuerza a la fuerza de la verdad. Así se vuelve profundamente anticristiano en su obsesión por defender la fe: porque, para el cristianismo, verdad y amor coinciden como testifica con frecuencia el Nuevo Testamento. Por eso la verdad cristiana no tiene otra fuerza que la del amor que es una fuerza débil: la oferta de sí misma. Las denuncias impacientes, los insultos y cartas irritadas, los puñetazos sobre la mesa y la satisfacción mal disimulada cuando “cae alguna pieza”, suelen poner de relieve esa inversión de lo más cristiano.
Personalmente, creo que hay otros modos de defender la verdad cristiana que acaban siendo más eficaces; sólo que impiden todo recurso al poder personal y al protagonismo travestido de responsabilidad: pueden incluso llevar al patíbulo al defensor de la verdad, como le pasó a aquél que los cristianos confiesan como “La Verdad” con mayúsculas. Veinte siglos de distancia nos permiten hoy colegir quién defendió mejor la verdad de Dios: si Jesús o sus inquisidores, sacerdotales y letrados.
5. Finalmente, se tiene a veces la sensación de que en el temperamento de muchos inquisidores ejerce un papel negativo el celibato sacerdotal, que muchos de ellos profesan. Con el celibato pasa como con el colesterol: hay un colesterol bueno (del que no solemos ni hablar) y un colesterol malo, que es el que nos preocupa porque se deja sentir más. Con el celibato pasa lo mismo: hay un celibato bueno porque enseña a querer mejor sin hacerse notar; y otro malo, que ocupa más espacio en los medios. Pues no hace falta haber leído a Freud para percibir que a la abstinencia sexual sólo le caben dos caminos: la sublimación auténtica, en el mejor sentido del término, o la represión (el colesterol malo). Y a veces se encuentra uno con temperamentos que sólo parecen poder satisfacerse descargando anatemas. Hay que ver qué satisfechos se quedan. Y eso ocurre no sólo respecto del Dios verdadero sino de todos los pequeños dioses que pueblan nuestras vidas.
Sobre el racismo en las aulas, de Juan Goytisolo en El País
Imaginemos un plató de televisión -no hace falta mucha imaginación para ello, lo podemos ver a diario-, en el que, con el tirón del título ¿Qué piensas de tus vecinos?, la persona invitada, consciente de su visibilidad mediática, responde a las preguntas del presentador:
“¿Te llevas bien con ellos?”.
“En general, sí”.
“¡Ah! y ¿sólo en general? ¿Alguno te fastidia en particular?”.
“Tanto como fastidiar… a veces, sí”.
“Cuenta, cuenta”.
“Bueno, con esa gente ya se sabe”.
“¿Vienen de afuera?”.
“Sí”.
“¿Qué les reprochas? ¿El ruido, la promiscuidad?”.
“El griterío que arman, no te dejan ni dormir”.
“Claro, sus fiestas”.
“Se lían a gritos hasta en la escalera”.
“Tienen muchos críos, ¿verdad?”.
“Más de la cuenta”.
Etcétera.
Trasladémonos ahora a un centro escolar en el que los alumnos de secundaria son invitados a marcar una crucecita indicativa de su apreciación positiva o negativa en una decena de casillas en las que se lee: Gitanos, Marroquíes, Judíos, Europeos del Este, Africanos, Asiáticos, Latinoamericanos, Estadounidenses…, y pongámonos en la piel de una muchacha o de un joven que, en el brete de valorar a una comunidad que tal vez desconocen, darán una respuesta basada, no ya en la experiencia propia de las aulas, sino en los prejuicios de la opinión ajena: “Esa gente no es como nosotros”, “Tiene costumbres extrañas”, “Viene de forma ilegal”… Cuanto han oído en casa, en la calle o en el metro se concreta de golpe ante la casilla en blanco.
Escribo esto a propósito del reciente estudio llevado a cabo, con las mejores intenciones del mundo, por el Observatorio de Convivencia Escolar, organismo dependiente del Ministerio de Educación, sobre el racismo y los prejuicios étnicos existentes en las aulas de toda España, y cuyas conclusiones han sido para muchos, mas no para mí, “un jarro de agua fría”.
Dejando de lado la conveniencia de tales encuestas -asunto sobre el que vuelvo luego-, sus resultados no constituyen ninguna novedad, ya que repiten los que figuraban en la realizada en la pasada década en el ámbito de la Comunidad de Madrid.
Muy poco glorioso palmarés de los prejuicios del estudiantado coincidía casi con el actual. En el primer puesto de la clasificación discriminatoria se hallaban los gitanos. En el segundo, los magrebíes; en el cuarto (¡frótense los ojos de asombro!), los judíos. Venían a continuación los iberoamericanos y africanos… El tercer lugar -cuya casilla fue borrada en la actual encuesta- correspondía (¡frotémonos de nuevo los ojos!) a los catalanes: ¡una singular manifestación de convivencia interpeninsular que nada tenía que ver por aquellas fechas con el Estatut ni con las competencias económicas reclamadas por la Generalitat!
Entendemos muy bien, por razones de elemental corrección política, que los encuestadores del Foro de Convivencia Escolar se abstuvieran de incluir la casilla correspondiente a los catalanes.
Pero entendemos menos bien algunos puntos de la encuesta y, sobre todo, su divulgación. Pues, ¿es útil escarbar en los sentimientos y pulsiones más bajos del ser humano respecto a las diferencias raciales, éticas, religiosas o sociales? La denuncia de los acosadores, tanto en las aulas como fuera de ellas, y la defensa de los acosados son un deber primordial: nos concierne a todos.
Pero preguntas de la índole “¿Te gustaría trabajar o compartir estudios con un gitano, un magrebí o un judío?” ¿ayudan a combatir la discriminación? No estoy convencido de ello. Ya que si la convivencia en las aulas con algunas de las comunidades gitanas en la encuesta puede plantear problemas que la política educativa del Estado debe resolver con la energía y serenidad que se imponen, ¿cuántos alumnos frecuentan a compañeros judíos y se inquietan ante la idea de trabajar codo a codo con ellos? Su número es insignificante: se trata de judíos mentales.
Y, sin embargo, el 56,5% del alumnado se muestra reacio a convivir con quienes sólo conoce de oídas. ¿No será entonces, me pregunto, la propia encuesta y la casilla vacía, las que activan dicho rechazo? Las estadísticas pueden ser útiles a condición de que se manejen con prudencia.
Si la bestia del racismo anida potencialmente en el ser humano, no contribuyamos a despertarla con el noble propósito de combatirla con los instrumentos que nos procuran las ciencias de la información.
El contenido de muchos espectáculos televisivos volcados en la exposición nauseabunda de lo privado en la esfera pública es un elocuente indicativo del peligro que acecha al planteamiento y la difusión de algunas encuestas que, al interpretar la realidad, consciente o inconscientemente, la deforman o alteran.
Juan Goytisolo es escritor.
El crítico que hay en mí, de David Torres en El Mundo
A DIESTRA Y SINIESTRA
Random House ha reculado y ha decidido no publicar un libro sobre la esposa de Mahoma, por lo que pudiera pasar. Se entiende la decisión de la editorial, teniendo en cuenta los últimos altercados por un quítame allá esos garabatos mahometanos y por la amenaza de muerte que sigue pesando sobre Salman Rushdie, un escritor de la cabeza a los pies, sí, pero para los kamikazes islamistas nada más que una versión del Busca a Wally con mira telescópica y puerta al paraíso.
La editorial ha decidido guardar la ropa. Quizá tendría que haberse echado a nadar, a pesar de los tiburones que iban a saltarle al paso. La autora del manuscrito nonato, Sherry Jones, se lamenta porque había escrito el libro con todo el respeto, pensando en tender un puente con el islam. Hay que felicitar el coraje de la escritora y lamentar la tibieza de la editorial, que ha cortado por lo sano antes incluso de que empezara la infección.
Hay muchas formas de censura, pero si el miedo es la peor, el miedo a ofender resulta aún más efectivo y ridículo. En nuestros tiempos existe una versión monitorizada que se instala directamente dentro del chip del escritor: se llama corrección política. Funciona como esas salsas que se espolvorean sobre la comida para que los alimentos pierdan sus picos de sabor característico y adquieran un uniforme, agradable y acomodaticio gusto a salsa. El cocinero, antes de servir sus textos, antes de cocinarlos, antes de pensarlos siquiera, reparte una generosa ración de salsa políticamente correcta, no vaya a ser que los lectores prueben una brizna de lo que realmente quería decir y salgan del restaurante airados, con la lengua quemada y la intención de no volver nunca más.
Desde el principio de los tiempos ha existido la cofradía de los quemadores de libros. Desde la Biblioteca de Alejandría chamuscada por César a las pilas de libros que ardieron en el Berlín de Hitler, el fuego ha sido el principal instrumento de crítica radical. Libro que molestaba, opinión que incordiaba, a la parrilla. Ahora, con la decadencia de la era Gutenberg y la proliferación de las nuevas tecnologías, las cerillas se han quedado anticuadas. Es mucho mejor abortar un libro que quemarlo: mucho más higiénico y ecológico. El lector sensible no sufre y el medioambiente tampoco.
Sólo algunos críticos de la vieja escuela, de los que se inclinan orando a La Meca, abogan por los métodos radicales de análisis literario tradicional. Como hizo el Vaticano con Giordano Bruno, ellos prefieren destruir al libro y al amanuense de una sola tacada.
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Eutanasia, Iglesia, libertad, de Salvador Pániker en El País
Al doctor Luis Montes
No creo que la aprobación de una ley de eutanasia voluntaria, similar a las que ya rigen en Holanda, Bélgica o Luxemburgo, hiciera perder las próximas elecciones generales al Partido Socialista. Al contrario. Un 80% de los españoles, según una reciente encuesta de Metroscopia, está a favor del derecho a la eutanasia activa para los enfermos incurables. Lo cual significa que si todos los partidos políticos permitieran que sus diputados votaran en este tema con libertad de conciencia, la mayoría sería aplastante.
Conviene insistir en algo muy obvio: la eutanasia voluntaria es un derecho humano, un derecho humano de la primera generación de derechos humanos, un derecho de libertad. Es un derecho, no un deber. Pero ya se sabe que el Gobierno socialista no quiere multiplicar sus frentes de batalla con la Iglesia católica. Y ahí es donde pueden ser útiles algunas consideraciones. En primer lugar, conviene recordar que buena parte de los católicos está a favor del derecho a la eutanasia y en contra de las consignas del Vaticano. Como en tantas otras cuestiones (piénsese en el tema del control de la natalidad, sin ir más lejos). En segundo lugar, cabe preguntar: ¿por qué la Iglesia católica -al menos la oficial- se opone tan ferozmente a la eutanasia? La respuesta parece clara: porque si se generaliza la práctica de la eutanasia voluntaria, si se desdramatiza el acto de morir, la Iglesia pierde poder. La Iglesia siempre ha fomentado una teología del terror a la muerte, reservándose para ella el control de las postrimerías. En consecuencia, la Iglesia tolera mal la secularización desdramatizada del morir que supone la eutanasia. (Probablemente, los hombres de la Iglesia “proyectan” su propio terror a la muerte y tratan de exorcizar su ansiedad -y en el fondo su increencia- aferrándose fanáticamente a la doctrina oficial. Las verdades absolutas “protegen”).
Añadamos, de pasada, que la Iglesia siempre ha sido prisionera de su pretendido monopolio teológico de la verdad, lo cual la ha conducido a inmiscuirse en cuestiones que no le competen. Así, por ejemplo, ya san Ambrosio, en el siglo IV, se oponía a los preceptos de la medicina por ser contrarios a la “ciencia celestial” y al poder de la plegaria. Lo mismo pensaba, siglos más tarde, el arrebatado san Bernardo de Claraval. Y hasta el siglo XVI estuvo condenada por la autoridad eclesiástica la disección de cadáveres y el estudio de la anatomía. Y ya a finales del siglo XVIII, el magisterio de las iglesias cristianas se opuso a la vacuna antivariólica porque entendía que la viruela era un castigo divino, y el hombre no debía sustraerse a ese castigo. (Con la misma lógica se prohibió desviar elcurso de los ríos porque ello significaba “corregir la obra de Dios”). Y en el XIX las mismas iglesias se opusieron a la utilización de la anestesia en los partos. Y actualmente se oponen a la investigación con células madre, a la planificación familiar, al uso del preservativo para combatir el sida, etcétera.
Y no olvidemos, claro está, que hasta hace cuatro días la Iglesia condenaba la libertad de conciencia, la libertad de enseñanza, la libertad de reunión, la democracia, el socialismo, el sindicalismo, el liberalismo y los derechos humanos. Lo de la lucha contra la eutanasia no es, por tanto, más que un nuevo episodio dentro de esta costumbre milenaria que tiene la Iglesia de intentar conservar su poder inmiscuyéndose en asuntos que no le incumben.
En España, la Ley General de Sanidad de 1986 (siendo ministro Ernest Lluch) reconoce ya los “derechos del enfermo” y preconiza la práctica del “consentimiento informado”. (Esta normativa fue actualizada en noviembre de 2002 con una Ley de Autonomía del Paciente). Por otra parte, desde noviembre de l995, tenemos un nuevo Código Penal en el que de hecho se despenaliza la eutanasia pasiva y se rebajan sustancialmente las penas a quienes ayuden a morir a otra persona, por la petición expresa de ésta, en el caso de que la víctima sufriera una enfermedad grave que condujera necesariamente a su muerte, o que produjera “graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar” (artículo 143).
Ahora bien, una nueva ley debería contemplar no sólo la despenalización de la eutanasia pasiva sino la de la activa. Y no sólo el caso de los enfermos terminales, sino también el de los crónicos. Recordemos que el más célebre y lúcido caso de defensa del derecho a la eutanasia fue en España el de un enfermo crónico y no terminal. Me refiero al tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, de cuyo suicidio (médicamente no asistido) se cumplieron hace poco 10 años.
Ello es que la Ley de Autonomía del Paciente, conducida hasta su límite, aboca al derecho de cada persona a decidir libre y racionalmente cuando quiere terminar con su vida, se encuentre o no en situación de enfermedad terminal. No es un tema nuevo. Ya el viejo emperador Marco Aurelio escribió que “una de las funciones más nobles de la razón es la de saber cuándo ha llegado el momento de abandonar este mundo”. Y Montaigne: “Cuanto más voluntaria la muerte, más bella”. También en la famosa Utopía de Tomás Moro -un hombre, no se olvide, canonizado por la Iglesia católica- había un lugar para la eutanasia.
El caso es que conviene entender de una vez -en contra de las voces demagógicas que plantean la cuestión en blanco y negro- que, en las situaciones de eutanasia activa, la alternativa no es entre vida y muerte, sino entre dos clases de muerte: una rápida y dulce, y otra lenta y degradante. Por otra parte, allí donde hay transparencia informativa -casos de Bélgica y Holanda- es donde menos abusos se producen. No hay ninguna evidencia de que en Holanda hayan aumentado las eutanasias involuntarias; más bien al contrario. (De hecho, en Holanda está completamente protegida la vida: hay penas de hasta 12 años de cárcel para quien practique la eutanasia sin el consentimiento del enfermo). Lo que sí existe en Holanda es una total transparencia informativa y muchísimos más controles legales que en otros países -donde sí es habitual la eutanasia clandestina-.
Por todo lo expuesto, a uno le parece laudable que en el último congreso del PSOE se haya aprobado al fin un texto titulado Derecho a una muerte digna, en el que, aparte de recomendar los cuidados paliativos (bienvenidos sean), se propugna un debate sobre la regulación legal del “derecho de los pacientes afectados por determinadas enfermedades terminales o invalidantes a obtener ayuda para poner fin a su vida”. (Subrayo lo de invalidantes porque deja la puerta abierta a los casos, antes mencionados, de enfermos crónicos). En fin, está claro, a mi juicio, que la sociedad española está madura para una ley de eutanasia voluntaria, y que la propia Iglesia católica no perdería nada reconsiderando sus presupuestos teológicos. La Iglesia debería comprender que oponerse a la eutanasia voluntaria equivale a estar en contra de la libertad y en favor de la tortura.
Salvador Pániker es filósofo y presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente.
Rouco, un hombre de poder en Moncloa, de José Antonio Zarzalejos en Estrella Digital
La entrevista del cardenal de Madrid con el presidente del Gobierno, hoy en la Moncloa, tiene un valor simbólico especial. Porque acaece cuando desde el PSOE y el Gobierno se prometen medidas de corte laicista, y normativas que incidirán en la actual despenalización del aborto —para facilitarlo— y en lo que se denomina eutanasia, estando las espadas en alto respecto de la asignatura de Educación para la Ciudadanía que una parte de la jerarquía eclesiástica —y Rouco Varela desde luego— quiere evitar mediante la objeción de conciencia de los padres. Y por supuesto, media entre ambos interlocutores la COPE, o mejor dicho, Federico Jiménez y sus conmilitones que depredan la radio de los obispos, al parecer, con el beneplácito de muchos de ellos, y específicamente con el visto bueno del presidente de la Conferencia Episcopal, que parece ser uno de sus más decididos valedores.
En alguna ocasión ya he escrito que a Rodríguez Zapatero le va bien la COPE actual porque deteriora la imagen y la credibilidad de la Iglesia en España e introduce serias contradicciones en la derecha política. ¿Por qué habría Rodríguez Zapatero de reclamar al cardenal que evite al injuriador y difamador —según recientes sentencias que le han condenado tanto por injuria como por difamación— cuando presta servicios tan caros al PSOE y propio Gobierno? Si el presidente hubiera querido, Jiménez y su entorno no estarían en la radio de los obispos, cuyos dineros —los de la Iglesia— recauda el Estado que, además, la subvenciona para que alcance la suficiencia financiera que no logra conseguir con las aportaciones —menguantes— de los católicos. Con el tiempo se verá que los mejores servicios que ha prestado Jiménez habrán sido a la izquierda y no a la Iglesia y, mucho menos, a la derecha democrática española.
Pero también el cardenal de Madrid es beneficiario de los despropósitos de Jiménez: la desmesura del radiofonista le confiere al prelado un estatuto de poder social y político que sin el turolense no tendría. Por el despacho arzobispal de la calle San Justo de Madrid pasan líderes políticos, empresarios y profesionales interesando del señor cardenal que Jiménez deje de zaherirles, atacarles e insultarles. Y el teléfono del cardenal registra llamadas petitorias: desde S. M. el Rey, que recrimina a don Antonio María Rouco Varela que desde la emisora de los obispos se reclame su abdicación y se zahiera al Príncipe de Asturias y su esposa, hasta de Rajoy, que reclama un poco de moderación y respeto. El arzobispo de Madrid siempre responde de la misma manera: “haré lo que pueda”; “ese asunto es responsabilidad del Consejo de la COPE” y “rezaré para que se convierta (Jiménez)”. Esto que relato no es una fabulación: me consta y, en alguna ocasión, de manera personal y directa.
Rodríguez Zapatero y Rouco Varela saben perfectamente que esta situación está ya agonizando y que Jiménez ha dado de sí cuanto podía. El radiofonista será arrojado a la cuneta cuando su utilidad para unos y para otros —él siempre ha sido un conseguidor de logros apetecidos por ajenos que han utilizado su visceralidad y obcecación— sea puramente marginal. Comienza a serlo y muy pronto Jiménez será el objeto de transacción para sentar un modelo de relación entre la jerarquía y el Gobierno acorde con los aires de esta nueva legislatura, una vez que el PP se ha apeado del 11-M y la extravagancia y el Gobierno, con la crisis a cuestas, haya cesado, de momento, de perpetrar desaguisados, dividir a la sociedad española y cargarse los valores que cohesionaban la convivencia nacional.
Pero aún queda tiempo para que el esquema de relación Iglesia-Estado se normalice, entre otras razones porque Rouco Varela quiere vender cara la cabeza de Jiménez. El cardenal de Madrid es un canonista especializado en las relaciones entre la Iglesia y el Estado en el siglo XVI (fue su tesis doctoral elaborada en Múnich) y sostiene —ahí están todos sus escritos al respecto— unos criterios según los cuales la Iglesia debe disponer de un estatuto de poder real en la sociedad y en el entramado político. Rouco Varela es un cardenal que se niega a aceptar la reformulación necesaria de la forma de estar de la Iglesia en la sociedad contemporánea. Y para resistir emplea desde un Jiménez en la COPE —en detrimento del ideario de la cadena, hasta el punto de consentir el insulto de “masón” espetado por locutor al Nuncio de S.S. el Papa en España o la agresión institucional a la Corona o el menosprecio al cardenal de Barcelona— hasta el “ejército” de los “kikos” (los neocatecumenales), que son los que le movilizan la archidiócesis cuando lo considera oportuno, todo ello en detrimento de cualificados profesionales católicos en el ámbito de la radio o de institutos religiosos como la Compañía de Jesús o el Opus Dei, instancias de las que recela por su autonomía e independencia de criterio.
Rouco Varela, además, es un hombre ambicioso porque, aunque condicionado por achaques de salud, dio un sibilina batalla para descabalgar de la presidencia de la Conferencia Episcopal al pastoral y moderado titular de la diócesis de Bilbao —Ricardo Blázquez— y encaramarse de nuevo él en el sillón de mando que consiguió por un voto de diferencia después de proponer a dos nuevos obispos —uno de ellos su actual auxiliar, Martínez Camino— que fueron los que le dieron la victoria sobre el prelado de la capital de Vizcaya. Así es el arzobispo-cardenal de Madrid: un hombre de poder y para el poder. Y esas sus características explican la postración de la Iglesia en España, que refleja en una revista —Alfa y Omega, distribuida cada jueves con ABC— en la que sonroja contemplar el “culto” a la personalidad que se rinde al prelado gallego como si la jerarquía se quintaesenciase en su persona y en su criterio. Y Cañizares, primado de España y arzobispo-cardenal de Toledo, otrora aliado de Rouco, se ha dado perfecta cuenta de todo esto que relato sin ápice alguno de especulación.
Pues bien: con este hombre de la Iglesia, con su poder y con su capacidad política e intelectual, habrá de vérselas hoy el presidente del Gobierno, que sabe muy bien con quién está jugando la partida. Mientras tanto, Rajoy, al fondo, permitiendo —por acción y por omisión— que el prelado en cierta medida le suplante.
¿Qué piensan los árabes sobre el Mediterráneo?, de Pedro Martínez Montávez en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
El proyecto del presidente francés, Nicolas Sarkozy, finalmente denominado Unión por el Mediterráneo, ha dado un nuevo protagonismo a la cosa mediterránea, adquiriendo ésta un renovado revuelo. Francia trata de recobrar con ello gran parte del liderazgo y del esplendor que habían ido disminuyendo a lo largo de varias décadas.En realidad, el plan viene a sustituir al maltrecho y devaluado Proyecto euromediterráneo -mal llamado así- de Barcelona, casi agónico por inoperante. La propuesta del jefe de Estado galo parece renovadora, pero no lo es tanto, y sigue amparándose y justificándose en buena medida en la vieja empresa colonial que, según sus propias palabras, «no fue tanto un ensueño de conquista como un ensueño de civilización». Es decir, vuelve a reproducirse, a comienzos del siglo XXI, la utopía colonial -más bien la añagaza- que «conjuga eternamente dominación y civilización», como acaba de escribir Catherine Coquio.
Objetivo principal y central del proyecto es la colaboración y coparticipación con el Otro árabo-islámico al máximo nivel en todos los órdenes. Pero está pasando como siempre. Por una parte, está siendo comentado y analizado casi exclusivamente desde perspectivas y con dimensiones políticas, olvidándose o marginándose por entero otras tan importantes y sustanciales como aquéllas, y en especial las culturales, no las de superficie, sino las de fondo. Por otra parte, y en absoluta coherencia con lo que acabo de afirmar, parece interesar muy poco precisamente ir conociendo cómo conciben, ven y sienten los árabes el Mediterráneo, qué piensan de él, cómo lo expresan.
Esta gran carencia de inquietudes y de conocimientos por nuestra parte aumenta y se hace especialmente grave en lo que se refiere a lo que los árabes expresan en su propia lengua -material que sigue siendo abrumadoramente mayoritario y representativo- y no el que se vehicula en lenguas europeas occidentales, con preferencia en francés y en inglés, que también hay que tener en cuenta, pero que sigue siendo reducido y bastante menos representativo. En este hecho del vehículo lingüístico de expresión, como en tantas otras cosas, se mezclan diversos elementos identitarios que es necesario conocer y valorar pertinentemente, para determinar su grado de influencia, pero que no son ahora objeto de mi atención. En este artículo abordaré muy resumidamente algunas de esas cuestiones culturales de fondo, básicas, esenciales. En mi opinión, esta clase de cuestiones y de aspectos son aún más necesarios en una época como la nuestra, en la que lo básico, esencial y de fondo es habitualmente desdeñado u olvidado, y hasta tildado de tradicional, conservador, insignificante y anacrónico.
El rico imaginario occidental, rehén sin embargo con frencuencia del tópico inamovible y de la foto fija, tiene confinados a los árabes en un solo y único espacio, que consideramos es el suyo: el desierto; los despojamos o expropiamos de cualquier otro, el mar, por ejemplo. Es cierto que el Islam árabe surgió en medio desértico (por cierto, urbanizado), pero llegó al mar muy pronto, entre otras razones, porque no le caía lejos. Mejor dicho, a los mares. No se puede entender ni explicar la expansión y la historia árabe-islámicas sin situarlas también en el mar, no sólo en un ámbito comparativamente reducido, como el del Mediterráneo -el mayor mar continental, pero nada más que eso-, sino en el mucho más vasto del océano: ante todo, el Indico, y después y en menor medida, en el Atlántico. Los árabes han tenido también desde siempre sus mediterráneos propios, menores, regionales, pero tan conformadores como aquél: el Mar Rojo, por ejemplo, o el Golfo habitual e insuficientemente llamado Pérsico, y que en propiedad debería llamarse Pérsico-arábigo o Arábigo-pérsico. En realidad pasa igual con el Indico. El mar, pues, es elemento inseparable de la existencia árabe. Casi nunca recordamos que uno de los grandes símbolos y mitos de las literaturas islámicas, y muy en especial de la árabe, es precisamente un navegante: Simbad. Otro, no menos significativa e ilustrativamente, es una mujer: Sherezada. Desposeer a los árabes del mar es desnaturalizarlos.
A pesar del gran desgaste semántico al que están sometidos inevitablemente los nombres, éstos conservan una porción de significado. ¿Cómo denominan los árabes al Mediterráneo? En época medieval no tuvieron un nombre único, global, general, sino varios parciales, territoriales, de extensión imprecisa. Así existieron, por ejemplo, al-Bahr al-Rumi (el Mar Romano, literalmente, y propiamente Bizantino), al-Bahr al-Suri y al-Bahr al-Shami (el Mar Sirio, con sus respectivos matices) y Bahr al-Magrib (el Mar del Magreb, propiamente del Occidente).
La denominación al-Bahr al Abyad al Mutawassit (el Mar Blanco Mediterráneo) o más reducida al-Mutawassit fue imponiéndose a lo largo de épocas posteriores y es en realidad, desde hace tiempo, la corriente y de hecho única. Es muy posible que esta doble calificación tenga orígenes distintos, procedente de la lengua turca, a través de los otomanos -que fueron también un gran imperio marítimo- la primera, y europea-occidental la segunda. Queda claro que los árabes no tuvieron nunca la altiva pretensión de denominar al Mediterráneo Mare Nostrum, aunque se enseñorearan de varias partes de él a lo largo de siglos y establecieran también en él sus talasocracias.
Se argüirá que todo esto está bien, pero que pertenece a un pasado remotísimo, oscuro e inoperante, que es vaporoso y no tiene ya ningún significado ni valor. Bien, vengamos a época contemporánea y proporcionemos algunas muestras reducidísimas, especialmente significativas, espigadas entre la inmensa producción de la creatividad árabe, en sus literaturas y pensamientos.
El Mediterráneo, como parte de la Europa occidental, ha sido reflejo y manifestación de ésta, del Occidente dicotómico, ambivalente, escindido, contradictorio. A través del Mediterráneo, en gran medida, los árabes han recibido al Occidente civilizado y al bárbaro, al Occidente de la solidaridad y al del expolio, al Occidente portador del Evangelio y del cañón, al Occidente defensor a ultranza de los grandes principios morales y al vulnerador sistemático de estos grandes principios, al Occidente de la emigración y de la expatriación. El Mediterráneo es el foso o es el puente, como sostiene Bichara Khader. Yubrán Jalil Yubrán afirmaba que Europa «es cuna del arte y de la técnica, y cueva del ladrón engañador experto en cosas valiosas». Sensación similar tuvo Amín al-Rihani, que quería que «a los hijos de Siria les protegieran no los cañones y los acorazados, sino los rectos principios, el puro saber y el nacionalismo desnudo de toda consideración religiosa».
La discusión se mantiene hasta ahora mismo: aparece en la polémica que mantuvieron a finales de los años 50 el magrebí Ahmad Táleb, quien temía que «el Mediterráneo se volviera el escudo que encubriera un nuevo imperialismo», y el próximo-oriental René Habachi, que subrayaba constantemente los vínculos profundos existentes entre el pensamiento griego antiguo y el pensamiento árabe-islámico medieval. Es en esencia el mismo debate que entablaron el egipcio Taha Husayn -quizá el mediterraneísta más preclaro que tiene el pensamiento árabe contemporáneo, junto al grandísimo escritor Tawfiq al-Hakim, también egipcio- y uno de los principales padres o forjadores intelectuales del panarabismo, el inter-árabe-islámico Sati al-Husari.
Es la polémica que ha vuelto a reproducirse y a alcanzar nuevas cumbres en los últimos años, en el gozne del siglo XX y del siglo XXI, los de las tentativas neocoloniales, con patrón máximo diferente: EEUU. El Mediterráneo es uno de los grandes ejes de las geniales interpretaciones de Gamal Hmadán, «el geógrafo de los historiadores y el historiador de los geógrafos».
Ese Mediterráneo bifronte, ambivalente y contradictorio en sí mismo, nutricio y vomitivo a un tiempo, fascinador y repugnante, alienta en buena medida la reflexión sobre la democracia del gran novelista árabe, apátrida, Abderrahmán Munif, empapa la obra de Kateb Yacine, precioso recipiente representativo de todo el legado antropológico norteafricano, de Assia Djebbar, y es también telón de fondo en la producción alejandrina de Naguib Mahfuz y de Eduard al-Jarrat.
El Mediterráneo es también gran símbolo corporal femenino. El tunecino Ali al-Duayi, frente a los Dardanelos, estaba indeciso entre la rubia Europa y Asia la morena. Esa corporeidad femenina es quizá especialmente perceptible entre los poetas. No por azar, el primer verso de un muy joven Nizar Qabbani le surgió navegando de Siria a Italia, y tan mediterránea es en él la visión del cuerpo de la amada, que atesora «toda la soberbia tradición y toda la asombrosa modernidad, que tiene algo del fundamentalismo de al-Mutanabbi, algo de las luminosidades de Rimbaud, y algo de las alucinaciones de Dalí», como las reivindicaciones exactas y los poderosos vientos que agitan y vertebran uno de sus últimos poemas, significativamente titulado El último andalusí.
El Mediterráneo es cada vez más inseparable de la audaz imaginería visionaria de Adonís, y pilar sustancial de la denuncia y la esperanza, del estiramiento del pasado hasta el futuro, en la obra de los poetas palestinos Samih al-Qásem y Mahmud Darwish.
Para dialogar y colaborar en el Mediterráneo, es absolutamente urgente y necesario empezar a saber qué piensan los árabes sobre él, desde hace siglos, y no sólo como motivo político. Algo de eso, muy poco, es lo que he querido indicar aquí.
Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.
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