Reggio’s Weblog

Libertad y selva, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Publicado en Derechos, Educación, Justicia, Literatura, Sociedad by reggio en Agosto 27th, 2008

José Luis Pérez Barroso, el marido de la alcaldesa de Esparreguera, ha fallecido como consecuencia del ataque que sufrió el día 17 por parte de tres menores en plena calle de esa localidad. El profesor y periodista Jesús Neira sigue en estado de coma en el hospital Puerta de Hierro como consecuencia de la paliza que le propinó un individuo en Majadahonda el 2 de agosto. La primera víctima, al parecer, había llamado la atención a los tres jóvenes por algo que estaban haciendo en aquel momento. La segunda se enfrentó valientemente a un tipo que estaba agrediendo a su pareja.

Se trata de dos casos graves y sobrecogedores. La moraleja inmediata es que dos ciudadanos han acabado pagando muy caro su alto sentido de la responsabilidad cívica frente a los violentos que viven y actúan según les dicta la sinrazón. El ejemplo admirable de estos dos hombres, solos con su coraje, pone en evidencia que algo básico está fallando diariamente en nuestras ciudades y pueblos. La libertad y la convivencia explotan cuando se acumulan situaciones de este tipo.

A pesar de formar parte de una civilización obsesionada con el control y con la eliminación de cualquier riesgo, cada vez tienen mayor relevancia los actos de violencia extrema, incluso mortal, que surgen gratuitamente en nuestro entorno. Todavía tenemos en la memoria a la mujer a la que quemaron cuando dormía en un cajero o a la chica ecuatoriana que fue agredida en un vagón de los Ferrocarrils. ¿Qué se puede hacer? No hablamos de casos aislados, sino de una tendencia que parece crecer muy rápido. Sabemos perfectamente cómo solucionan las dictaduras y los regímenes similares la ecuación libertad-ordenjusticia. Vivimos en un sistema democrático y ello nos obliga a un permanente autoexamen para que esta ecuación tan difícil no se resuelva nunca con menos libertad. Pero, como nos han enseñado algunos alcaldes de izquierda puestos a gobernar la complejidad más dura (pienso en Celestino Corbacho y otros), no hay libertad real sin un celoso cuidado de la seguridad ciudadana. Que permita vivir con tranquilidad a la inmensa mayoría de la gente que no puede pagarse esa vigilancia privada que sólo está al alcance de unos pocos. Siempre son los más débiles quienes reciben el impacto mayor de esta fractura.

Un espacio público donde la violencia y las actitudes destructivas no acusen una presión firme, inteligente y eficaz del poder democrático es un espacio roto y abocado al fracaso colectivo. Es un espacio que la selva y el miedo roban a los ciudadanos. Los dos casos que hoy son noticia deben invitar a nuestros gobernantes y legisladores a una reflexión urgente y sincera sobre las medidas policiales, legales y sociales que tenemos para afrontar unos fenómenos ante los que las viejas categorías de análisis ya no sirven. Es algo que debe ser prioritario, sin excusas.

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Una vuelta de página, de Jorge Edwards en El País

Publicado en Cultura, Literatura, Política by reggio en Agosto 23rd, 2008

Las imágenes del entierro solemne de Alexandr Solzhenitsin, con su ataúd descubierto, desbordante de flores, rodeado por el jefe de Estado de mano en el corazón, los grandes dignatarios eclesiásticos de la Rusia de hoy, la familia, los guardias militares uniformados, las banderas y los emblemas, son impresionantes para cualquiera, pero sobre todo para una persona de mi generación.

Yo me encontraba en Francia de recién estrenado tercer secretario de la Embajada chilena cuando se publicó en Occidente Un día en la vida de Iván Denisovitch. Esa novela, en aquellos días de comienzos de la década de los sesenta, fue una sorpresa extraordinaria: una indicación clara, cierta, de que detrás de la Cortina de Hierro, debajo de las capas de hielo del estalinismo en retroceso, había una vida que palpitaba, una humanidad que trataba de manifestarse. Ahora parece probable que sin la denuncia de los crímenes de Stalin, iniciada por Nikita Jruschov en 1957, y sin la primera apertura del propio Jruschov, sin lo que se llamó entonces el deshielo, esa obra de Solzhenitsin no habría podido salir nunca a la luz y leerse en todos los idiomas. Ese texto demostraba, con su veracidad, con su fuerza interna, con su honestidad indudable, que la gran tradición de la novela rusa del siglo XIX, la de Dostoievski y León Tolstói, la de Turgueniev y Antón Chéjov, no había desaparecido del todo.

Nadie creyó en el mundo literario europeo que Solzhenitsin alcanzara los niveles de Guerra y paz o de Crimen y castigo, es decir, los niveles más altos de la literatura de todos los tiempos, pero había un aire, una atmósfera, un clima emocional que eran reconocibles. Aunque fuera un personaje más modesto, más limitado, menos arrebatado, Iván Denisovitch pertenecía a la misma especie humana de un Raskolnikov, de un príncipe Mishkin, de un Pierre Bezujov. Las décadas del estalinismo, en buenas cuentas, no habían conseguido destruir las raíces de la espiritualidad rusa. De alguna manera, este fenómeno, esta comprobación esencial, anunciaban el inevitable cambio futuro. Se producía una situación mental paradójica: la vuelta del pasado, al menos en los terrenos del arte, anunciaba la aparición de tiempos enteramente nuevos.

Porque solíamos escuchar la voz de algunos poetas que habían conseguido sobrevivir o que habían aparecido de repente, no se sabía cómo, en las generaciones jóvenes -los Vozneziensky, los Evtuchenko-, pero daba la impresión de que la censura oficial, la represión generalizada, el imperio de las consignas, habían terminado con el género de la novela, género incorrecto, impertinente, provocativo por definición, para siempre. Y el insospechado relato de Alexandr Solzhenitsin, que llegaba desde el fondo de la vida cotidiana rusa, era una prueba impresionante, contundente, de lo contrario.

Me tocó asistir en Salzburgo, en la primavera de 1964, invitado por el editor y poeta Carlos Barral, a una encendida discusión acerca de los valores comparados de Nathalie Sarraute, de Jorge Luis Borges y del autor de Un día en la vida de Iván Denisovitch y de Pabellón de cancerosos, novela que ahora no sé si ya se anunciaba o si acababa de aparecer en las librerías occidentales.

Borges, el conservador, surgía en esos días como el gran renovador literario: la expresión más refinada, más original y a la vez más insólita de la nueva literatura latinoamericana. La francesa Nathalie Sarraute, a la cabeza del llamado nouveau roman, era la experimentación literaria encarnada, una etapa diferente de la gran vanguardia estética del siglo pasado. Solzhenitsin, en cambio, resultaba muy difícil de clasificar. Nadie podía negar su evidente interés político y hasta moral, pero su primera novela, en el ambiente crítico de aquellos días, parecía demasiado lineal, anacrónica, decimonónica.

No sé si los críticos de la reunión de Salzburgo, la gente como Roger Caillois o como Gabriel Ferrater, se equivocaban en sus juicios más bien severos acerca del novelista ruso. Quizá no erraban en las dimensiones narrativas, estéticas, puramente formales, pero creo que no prestaban la debida atención al aspecto más impuro, menos abstracto, menos exclusivamente verbal, que tiene y que siempre ha tenido la novela en comparación con la poesía. Alexandr Solzhenitsin, en efecto, era un novelista del siglo XIX extraviado en lo mejor del siglo XX.

Pero había otro aspecto digno de ser considerado: Sarraute era una delicada tejedora de lenguaje, una maestra indiscutible; Borges, un asombroso contador de historias, un filósofo desconcertante, un humorista, un bromista superior. Solzhenitsin, en cambio, admirado y vapuleado, aunque no fuera un novelista de la categoría de Dostoievski, era un auténtico personaje dostoievskiano, un Mishkin, un miembro de la familia Karamazov, una especie de pope iluminado y extraviado en las estepas y en las provincias de la vida soviética.

Desde una perspectiva exclusivamente formal, el formidable Archipiélago Gulag que vino más tarde es una aberración: mezcla de novela, investigación histórica, alegato, confesión, testimonio personal. Fue un libro excesivo, sin duda, pero a la vez absolutamente necesario en un siglo de excesos, de violencia desatada, de crueldades interminables. Muchos creen que su autor al final se equivocó y que terminó convertido en un santón, un integrista ruso más o menos sospechoso y hasta incómodo. El caso es que había propinado un mazazo feroz a algunos de los pilares ideológicos de su siglo, y el remezón, en definitiva, había sido saludable, redentor, incluso.

Recuerdo, ahora, a propósito de Solzhenitsin, una historia interesante de Pablo Neruda cuando era embajador en París durante el Gobierno de la Unidad Popular chilena. En su calidad de gran abanderado de la causa comunista en Occidente, el poeta sostenía que los golpes soviéticos en contra de sus disidentes se traducían en golpes equivalentes contra los intelectuales comunistas occidentales. Era un argumento equívoco, desequilibrado, por la sencilla razón de que los ataques occidentales no conducían al gulag o a la destrucción física.

Sea como sea, Leonid Bréznev, entonces jefe del Estado soviético, hizo un viaje oficial a Francia y le concedió una entrevista al poeta y embajador del Chile de Allende. “Pienso hablarle de Solzhenitsin y nosotros”, me aseguró Neruda. Lo acompañé en el automóvil nuestro y lo esperé en la antesala de la Embajada soviética en París. Poco después, cuando regresábamos a la Embajada chilena, situada al otro lado del edificio de los Inválidos, le pregunté si le había hablado a Bréznev, como había anunciado, del autor del Archipiélago Gulag. “Sí”, dijo Neruda, “le hablé”. ¿Y qué te respondió? “Absolutamente nada”, me dijo Neruda, “sin inmutarse: me escuchó con expresión de paciencia, y cuando terminé mi argumentación, cambió completamente de tema”.

Era imposible imaginar un silencio más elocuente, más terminante. En los años de Bréznev, Solzhenitsin, el sucesor de Dostoievski, había dejado de existir, y hasta fue privado de su nacionalidad y expulsado de su tierra. Nosotros también supimos de esas cosas, de esos destierros y esos silencios, en el tiempo que siguió. Y ahora me pregunto qué habría sucedido si Leonid Bréznev, el oscuro, el coleccionista de automóviles de lujo, el último de los secretarios generales a la antigua, hubiera sobrevivido y hubiera muerto en estos días. ¿Habría tenido los funerales de Estado, las banderas y las guardias militares del por él silenciado, ignorado, humillado Solzhenitsin? Supongo que no, y esto me lleva a reflexionar una vez más sobre el poder secreto, nunca entendido a tiempo, pero dominante en última instancia, de la literatura.

Jorge Edwards es escritor chileno.

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No supimos qué hacer con él, de Ignacio García de Leániz Caprile en El Mundo

Publicado en Cultura, Educación, Historia, Literatura, Memoria, Política by reggio en Agosto 20th, 2008

TRIBUNA LIBRE

El autor lamenta que no se haya reconocido toda la valía de Solzhenitsin, un escritor al que reivindica más allá de su capacidad para denunciar la cruda realidad del comunismo

Apenas su mujer -Lya-, sus hijos -Yermolai, Ignat y Stephan- y un círculo cada vez más reducido de amigos -muerto ya Rostropovich- preparaban para este diciembre su 90º cumpleaños. Lo iban a celebrar en su dacha de Troise-Lykovo, al oeste de Moscú, situada irónicamente entre las que ocuparon en tiempos más siniestros los camaradas Suslov y Chernenko, a quienes derrotaría con esa su pluma tan verdadera y de una determinación sobrehumana. Para el resto del mundo, hacía mucho que Solzhenitsin no vivía entre nosotros y lo habíamos metido en el desván de la Historia como una armadura ya vetusta, gloriosa en tiempos pero inservible para el siglo. Por eso, entre unos y otros andábamos sin saber muy bien qué hacer con él tras agradecerle, faltaría más, los servicios prestados, que eran muchos y ciertamente impagables. Y así, entre su silencio elocuente de los últimos años -él, que había sido con Primo Levi el gran vozarrón de este siglo XX que va del Lager al Gulag- y las sordinas que le veníamos aplicando, podíamos vivir sin sus palabras tan lacerantes.

Pero ahora la muerte nos obliga a volver la vista a su rostro estepario, incómodo como el de la Esfinge, y sostener su mirada vertida en unas obras que mucho nos cuestionan. Y es que odiaba tanto el totalitarismo de la Unión Soviética como denostaba el materialismo que asola Occidente y amenaza con el colapso de nuestra civilización: Solzhenitsin se encontraba exiliado del mundo. No por casualidad terminaba en 1971 su texto escrito para el Nobel con este proverbio ruso: «Una palabra de verdad pesa más que el mundo». En efecto, bastó un hombre como él, arropado por la sangre y el sufrimiento de millones de víctimas, y un libro aparecido clandestinamente en París para que se desplomaran al poco las murallas de la Unión Soviética, más livianas que su J’accuse demoledor. Tanto fue así que en un futuro los historiadores fijarán el comienzo del fin de la URSS no en la caída del Muro sino más bien en ese diciembre de 1973 donde los relatos de su Archipiélago Gulag abrieron a los ojos de Occidente -no a todos- la trágica realidad de aquella impostura o «gran isla de mentiras» que era ese inmenso piélago.

Pero ya mucho antes, en 1962, había acaecido un suceso difícilmente explicable cuanto más se medita: Tvardovsky, el providencial editor de Novy Mir, había hecho llegar a Krushev el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denisovich que Solzhenitsin había redactado en apenas 40 días, dos años antes. Y un personaje tan enigmático como Krushev, tras leerlo desvelado de un tirón, ordenó su publicación íntegra y que 23 copias fueran distribuidas inmediatamente entre los miembros del Politburó.

Pocas veces, si alguna, un libro pudo tener mayor impacto político en el mundo tanto soviético como occidental, mayor incluso que Archipiélago. Los sillares del estalinismo quedarían ya irreparables por esa jornada de calvario de Denisovich, que compendiaba el descensus ad inferos del propio Solzhenitsin por los campos de Butyrki, Novi Ierusalim, Marfino y Ekibastuz. El Iván Denisovich vino así a convertirse para el estalinismo en el juicio de Nuremberg que nunca tuvo y en el que Solzhenitsin haría la veces de fiscal, juez y víctima, como víctimas fueron aquellos héroes morales -tan decisivos para su itinerario espiritual- como Boris Gammerov, muerto a los 21 años, o Boris Kornfeld, cuyas últimas e impresionantes palabras fueron dirigidas al propio Solzhenitsin la noche antes de ser salvajemente asesinado. Era muy cierto que una palabra de verdad podía pesar más que el mundo.

Claro que tales osadías le costaron abandonar forzosamente su querida Rusia emprendiendo otro largo exilio y aparecer repentinamente con su grave voz y su verdad insobornable en este Occidente nuestro. Y, a qué engañarse, en esta Europa ilustrada y de la Ostpolitik no supimos muy bien qué hacer con un profeta tal, venido del frío, apasionado como Tolstoi y espiritual como Dostoiesvki. Entre nosotros, la intelligentsia de izquierdas -siempre tan dada a liberalidades- no le perdonó su visita a España en 1976 y Benet, erigido en gran pope, se lamentaba textualmente en el número de Cuadernos para el diálogo de marzo de ese mismo año de que «los campos de concentración no estuvieran mejor custodiados» y que «las autoridades soviéticas no se sacudieran mejor semejante peste».

Todo muy dialogante a lo que se ve y que explica muchas connivencias muy siniestras y en qué manos estábamos y cómo se las gastaban. Al final convinimos entre todos en buscarle refugio en la remota aldea de Cavendish, en los bosques de Vermont, con la esperanza de que, Atlántico por medio, no hiciera mucho ruido y que Estados Unidos se hiciera cargo de tal engorro. Pero desde allí, y en sus viajes europeos, continuó escribiendo y hablando urbi et orbi, diciendo verdades bien incordiantes, no sólo sobre la Unión Soviética sino también sobre este Occidente que empezaba a conocer a fondo. Solzhenitsin, como antes Casandra, había dejado ya de importarnos.

Mientras, él comprobaba perplejo que la adoración por la técnica -tecnolatría la denominó muy acertadamente- no era una mera patología soviética, sino que empapaba toda nuestra sociedad occidental bajo el mito del progreso perpetuo, sin quedar resquicio para la vida del espíritu y mucho menos para Dios. Y así, este ethos [modo de ser] nuestro languidecía bajo otros dos males que sin acudir a Heidegger veía igualmente en nuestro tiempo: la prisa y el ruido. Por eso se preguntaba melancólicamente desde su ensimismamiento: «¿Cómo proteger el derecho de nuestros oídos al silencio y el de nuestros ojos a la visión interior?». No encontró otra respuesta que propugnar que un redescubrimiento del hombre y la naturaleza en línea con lo que su amigo el economista Schumacher -converso como él- esbozaba esos mismos años en Lo pequeño es hermoso: o acudíamos a la vieja virtud de la frónesis [sabiduría práctica] e introducíamos la noción de respeto hacia nuestro entorno o realmente la humanidad iba a verse en una encrucijada fatal. Para que no nos aguara la fiesta, no le hicimos ni aquí ni en Moscú el menor caso y Solzhenitsin se calló: estaba ya de un tiempo a esta parte en aquellas regiones que Rilke daba en llamar «la alta mar del espíritu», en soledad amena.

Pero, aun con todo, no nos será fácil soslayar la mirada de este gigante de ultimidades y honduras muy serias vertidas en libros capaces de derribar regímenes y remover corazones. Como si sus páginas nos susurraran y dieran aviso de un Deus possibilis más allá de la gran riada del Gulag y de la enfermedad del espíritu que ahoga a Occidente, sin cuya lectura nuestra alma quedaría mutilada y el mundo más incomprensible. Tal vez por todo eso al despedir sus restos nos vengan aquellas exactas palabras que Shakespeare hizo decir a Antonio en otro tiempo y lugar: «Tan excelente fue su vida y coincidieron en él tantas virtudes que la Naturaleza bien puede proclamar al mundo entero: ‘Este era un hombre’». Uno no encuentra epitafio mejor para el hombre que fue Solzhenitsin.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Factor Humano en la Empresa.

© Mundinteractivos, S.A.

Lecturas fronterizas a orillas del verano, de J. Ernesto Ayala-Dip en El País

Publicado en Cultura, Literatura by reggio en Agosto 16th, 2008

En el estío se rompen fronteras humanas e intelectuales. En materia de libros es recomendable y excitante practicar la promiscuidad de autores y géneros. Lo mejor es dejarse guiar por el instinto

En el prólogo a un soberbio libro (Breviario mediterráneo, del crítico e historiador croata Pedrag Matvejevic), a Claudio Magris se le escapó una pequeña jerarquización bibliográfica. Elogiando el texto de Matvejevic, un relato entre una exhaustiva catalogación marítima y la prosa casi inventiva, Magris escribe: “Es probable que hoy sea éste el género más vivo y fecundo de la literatura, al menos de la narrativa, mucho más vivo y poético que las novelas que cuentan si al señor X le va bien o no con la señora Y”. No deja de ser sorprendente la afirmación del intelectual triestino. Al hilo de esa declaración de intenciones, jugosa y fructífera, como todas las suyas, me acordé de Madame Bovary, de Guerra y Paz. Y sobre todo, no dejé de evocar con nostalgia la antigua lectura de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Por citar sólo algunos de los lugares sagrados del gran arte de la ficción donde se nos cuenta todo lo bien y todo lo mal que a los señores X les va con las señoras Y. El sesgo clasificatorio de Magris, no obstante, en detrimento de la novela, no esconde una luminosa defensa de otros modelos narrativos (como el libro del croata, que él con tanta razón y razonamientos defiende), y estoy seguro de que también otros tipos de prosas, incluidas desde luego las que puede albergar un buen tratado de gastronomía o una introducción al rock contemporáneo. El pronunciamiento del autor de El Danubio, y sin ánimo de ponerme más trascendente, no hace más que invitarnos a reflexionar sobre el paisaje actual de la lectura en nuestro país. Que es saludablemente ecléctico, transversal y democrático.

Estimulantes polémicas aparte, el verano impone varios rituales. Uno de ellos es el de las lecturas llamadas tópicamente veraniegas. Aquí se mezclan los libros que no han podido ser leídos durante el año con los otros considerados sólo aptos para la canícula. Las montañitas librescas de las mesas de noche se trasladan a la segunda residencia, enriquecidas ahora con nuevos aportes bibliográficos. En estas listas es donde descubrimos la transversalidad lectora de los españoles. Un paseo por las principales librerías de las grandes ciudades indica rápidamente gustos variados. Y hasta sorprendentes, porque en una misma pila convivan generosamente autores y géneros tan distintos y hasta opuestos. Creo que va siendo hora de romper algunos tópicos. Uno de ellos es el de los lectores estancos, irreconciliables. Los que sólo, por ejemplo, leen a Carlos Ruiz Zafón y los que sólo leen a Paul Auster. (Hace pocos días, el centrocampista de la selección española de fútbol, Andrés Iniesta, declaraba que terminada de leer la última novela de David Trueba, se prestaba a iniciar la del autor de La sombra del viento). A propósito de esta cuestión, bastante menos espinosa que lo que muchos quisieran, pude comprobar en un hotel de Estocolmo, no hace más de un año, coincidiendo con unos turistas españoles, cómo durante una amable charla de sobremesa me confesaron sus gustos literarios: en sus preferencias compartían mantel en la misma mesa lectora un millonario best seller americano con las últimas novelas de Javier Cercas, Enrique Vila-Matas y Auster. En un momento dado, me rogaron una valoración. Creo que estaban más interesados en conocer mi juicio sobre el best seller que lo que pudiera opinar sobre los autores citados (tal vez porque todavía mantenían vivos unos inconscientes remordimientos por hacer coincidir en sus preferencias libros tan divergentes, y también porque de alguna manera daban por sobreentendida mi inclinación por un autor o autores en contra del aludido best seller). Les mentí diciéndoles que el millonario autor estaba bien. Y eso sólo porque descifré en sus miradas que habían disfrutado con esas lecturas. Indistintas, mestizas y confluyentes en el placer. Es lo que yo llamaría el auténtico placer burgués de la lectura. El placer maduro de las afinidades literarias fronterizas, que es al final el que contagia la elegancia estética y ensancha el gusto. En la misma línea, recuerdo una experiencia académica con un alumno (de curso preparatorio para el examen de acceso a la Universidad para mayores de 25 años). Un día me comentó su afición por las novelas de Stephen King. Su mirada parecía preguntarse si yo compartiría su elección. Le comenté que había leído algunas (y esta vez no mentí), y que me habían introducido en unos procedimientos narrativos para despertar la zozobra humana que me habían interesado sobremanera. Luego se mostró dispuesto a aceptar alguna sugerencia mía. No dudé ni un instante. Le conminé a leer El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. A los pocos días me comentó la experiencia. Me dijo que le había gustado muchísimo. Y lo que más me sorprendió fue cuando acotó que lo que más le había conmovido era el consejo que el padre del narrador le da a su hijo a las pocas páginas del comienzo del libro: “Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha disfrutado de las facilidades que tú has tenido”. Me sorprendió el comentario porque denotaba a un lector sensible. Pero sobre todo porque su observación coincidía con la de la escritora y ensayista norteamericana Siri Hustvedt en la misma dirección, a propósito de un artículo suyo sobre la novela de Fitzgerald.

Si cuento todo esto es porque ello ejemplifica el lector abierto. Y ese invisible y revelador punto de encuentro que se suele establecer entre los libros y las personas, al margen de elitismos estéticos y unidimensionales. Y que lo que realmente importa, a la postre, es esa especie de atracción fatal indiscriminada que la lectura ejerce sobre muchas personas. Ante ello, casi es irrelevante establecer categorías apriorísticas en materia de lecturas. Siempre me quedó la impresión de que ambos, los turistas españoles de Estocolmo y el chico del preparatorio, se prosternaban no tanto ante un fetiche de una u otra procedencia literaria determinada como ante el mismo acto de leer (que también, sin duda, puede ser otro fetiche de la sociedad del consumo, pero que hay antes otros infinitamente más narcóticos para la mente humana, y es el único que puede despertar en las gentes la curiosidad por otras vidas, otros caracteres, otras circunstancias nunca antes imaginadas).

Y para acabar con este tema. ¿Y si algunos libros no fueran superiores a otros, si algunos géneros (como el policiaco, el de espionaje, el de viajes o aventuras, que, por cierto, tanto se consume en las vacaciones estivales, o el ensayo político o los libros de autoayuda) tampoco lo fueran? ¿Y si sólo fueran superiores en sí mismos, ante sí mismos? Al final estamos hablando del lenguaje. El que Paul Valéry nos enseñó que lo hizo casi todo, “entre otras cosas, el espíritu”.

El verano puede ser una buena estación para romper fronteras. Humanas e intelectuales. Esa buena y excitante promiscuidad de autores y excelencias estéticas. El tiempo libre, que cada vez es más elástico y caprichoso, en verano adquiere una mundanidad gratificante e incontrolable. La misma que afecta al montoncito de libros que nos llevamos con nosotros a la playa o a la sierra. El concepto de integridad estética en verano relaja su perímetro de tolerancia habitual (que ya dije que es democrático, y hasta agregaría que tentadoramente errático). Ahora que se avecina el fin de la prosperidad, del humo especulativo, con sus consecuencias de pobreza material y espiritual, no vendría mal un poco de reflexión sobre cómo usamos nuestro tiempo libre. ¿Y si lo usáramos como en el verano? Leyendo y comentando con los amigos nuestras felicidades y desilusiones lectoras. Algún día tendremos que traer la playa y la sierra a nuestros hogares durante el resto del año. Incrementar la heterogeneidad de nuestra mesa de noche. La novela, el cuento, la poesía, la narrativa toda, como insinuaba Magris, el ensayo, el best seller (español, norteamericano, danés o sueco). He leído estos días una novela policiaca de la escritora noruega (y ex ministra de Justicia) Anne Holt. Sólo cuando la terminé, descubrí que estaba encabezada con una cita de Walter Benjamin. ¿Hubiera aprobado el filósofo su participación en un libro de detectives? Lo que importa ahora es que una autora de género (si quieren, de género veraniego) ha encontrado en la excelencia del pensamiento filosófico del siglo XX las palabras sabias, como afirma en su epílogo, que inspiraron la trama y la sustancia humana de su novela. Esa bendita porosidad de las palabras sin dueño.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

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El profeta junto a los comisarios, de Nina L. Khrushcheva en Clarín

Publicado en Literatura, Política by reggio en Agosto 16th, 2008

Dicen que nadie es profeta en su tierra. Sin embargo, Moscú acaba de presenciar un espectáculo extraordinario: Alexander Solyenitzin -el escritor disidente y alguna vez exiliado, autor de Archipiélago gulag y Un día en la vida de Iván Denisovich- recibió el equivalente a un funeral de Estado en el que el primer ministro Vladimir Putin hizo las veces de principal deudo.

Hasta en la muerte, por lo que parece, Alexander Solyenitzin sigue siendo una fuerza a tener en cuenta. ¿Pero seguirá siéndolo en relación con la perspectiva liberadora de sus obras? Lamentablemente, en Rusia siempre se usa el arte para reforzar el narcisismo del poder. En la Rusia actual, que se supone libre y democrática, sin embargo, se idealiza a Solyenitzin por su nacionalismo y su mesianismo ortodoxo, por su desprecio por la presunta decadencia de Occidente. La antigua iconografía soviética se desmoronó por completo. Sin embargo, el Kremlin entiende que hace falta algo en momentos en que Rusia se adapta a su nueva autocracia alimentada a petróleo. Para la actual mentalidad rusa es un triste legado que sea el Solyenitzin antimodernista el que se recuerde, no el Solyenitzin enemigo de la mendacidad y la barbarie soviéticas.

Hoy se considera que su escritura refuerza el Estado, no la libertad individual. Putin se comprometió a resucitar la fibra moral de los rusos, su gloria y el respeto internacional. Una lección de la revolución de 1989 en Europa del Este es el valor de que figuras verdaderamente democráticas encabezaran el abandono del comunismo. La tragedia de Solyenitzin es que, si bien desempeñó un papel muy importante en la liberación de Rusia del totalitarismo, no tenía nada que decirles a los rusos comunes tras la liberación y lo único que hacía era castigarlos. Sin embargo, tal vez un día los rusos podamos abandonar nuestros falsos sueños, y cuando llegue ese día el Solyenitzin que nunca se rindió ni se corrompió, estará de vuelta entre nosotros. Pero es ahora cuando más lo necesitamos, ya que, parafraseando El paraíso perdido de Milton en lo referente a la iluminación del infierno: “Solyenitzin no es la luz, sino la oscuridad visible”.

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu

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Gamoneda y los meneos políticos, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Publicado en Cultura, Literatura by reggio en Agosto 13th, 2008

“Me jode ser meneado por la derecha española”. Así reza (con perdón) el titular de una entrevista reciente que le hizo un diario madrileño al poeta Antonio Gamoneda.

¿Qué es lo que viene aconteciendo con la presencia en la vida pública de este poeta desde que se le concedió el Premio Cervantes en 2006? Pues que, con todo el descaro y sin apenas reparo, se puso énfasis en la vecindad entre Gamoneda y el presidente del Gobierno. Sin embargo, se pasa por alto la relevante relación entre la capital leonesa y la poesía, entre otras cosas, porque fue en la ciudad en donde reside Gamoneda donde se creó la revista Espadaña de la mano de Antonio González de Lama, un cura, lector de Bergson y de Maritain. Porque hay poetas leoneses como Eugenio de Nora, muy vinculados a la referida publicación poética. Porque el burgalés Victoriano Crémer tuvo un protagonismo indudable en la vida poética leonesa y española a través de la misma revista.

Meneos políticos. O Gamoneda les sirve como arma arrojadiza contra el presidente del Gobierno, o, de lo contrario, hay que vituperarlo. Que su obra haya alcanzado la excelencia literaria, o que, antes bien, no pase de discreta, no quiere ser tenido en cuenta.

Ahora bien, como el propio interesado declara, desde el ámbito del que procedió tan insidiosa afirmación, no hubo el más mínimo inconveniente en considerarlo figura insigne desde el momento en que se adhirió al manifiesto savaterino en defensa de la lengua común en determinados territorios, y, tan pronto se desdijo y retiró su firma, las acusaciones contra él cobraron mayor virulencia.

¿Para esto les sirve la poesía a muchos de quienes la ponen sobre el tapete del debate público? Se trata, en efecto, de “meneos políticos” de muy mal gusto,

Uno no puede no preguntarse si, con todo, esto que está ocurriendo no despertará la curiosidad del público lector para adentrarse en la obra poética de Gamoneda, frente al deplorable espectáculo de cuya existencia se nos obliga a enterarnos al margen de nuestra voluntad por los imperativos que marca el mundo mediático.

En una ciudad periférica y, a la vez, estrechamente vinculada a la poesía, se desarrolla la obra de este poeta que pertenece a la llamada Generación de medio siglo, o niños de la guerra, la misma de Ángel González, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez y Valente, entre otros. ¿Estamos hablando de un caso aislado, o nos encontramos ante un poeta que comparte los principales rasgos de su generación, ello al margen de las limitaciones y matices que el propio método generacional plantea?

Gamoneda y el ruido y la furia de los meneos políticos que quisieron convertir al poeta y su obra en una especie de proyectil contra el que supuestamente fue uno de sus grandes mentores a la hora de recibir uno de los principales galardones oficiales.

Tan poco edificante utilización debería propiciar otro debate que solapase el que se está produciendo, un debate que debería contribuir al análisis y valoración de una obra poética a la que tan poco se atendió desde que su nombre consiguió celebridad más allá del ámbito propiamente literario. Una celebridad que colisiona con el aislamiento que toda obra poética necesita, máxime si se trata de un poeta periférico no sólo en lo meramente geográfico en el caso que nos ocupa.

Solzenitsin, la verdad, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Publicado en Cultura, Educación, Literatura, Política by reggio en Agosto 6th, 2008

Se ha muerto Alexander Solzenitsin, autor del monumental Archipiélago Gulag,testimonio definitivo sobre el terror que sustentó la desaparecida URSS y ese experimento social y político que llamaron “socialismo real”. La obra de Solzenitsin demuestra que un tipo que tenga memoria y que además lo registre todo detalladamente es tremendamente poderoso a la hora de mover conciencias, incluso frente a un poder tiránico que - nunca hay que olvidarlo- gozó de amplias simpatías y complicidades en Occidente. La fuerza de las páginas de Solzenitsin no nace tanto de ciertas convicciones filosóficas o religiosas del prisionero/ literato como de algo que está más allá y más acá de estas: la verdad. La verdad sobre la persecución y destrucción de millones de hombres concretos para moldear un “hombre nuevo”. Solzenitsin tenía la verdad de su lado y ello le dio fuerzas para soportar todas las mentiras y todas las calumnias que vertieron sobre él. Para los que ya hemos pasado el sarampión posmoderno, la verdad no es algo puramente sujeto a la deconstrucción de los discursos. La verdad es la materia que coloca a cada uno en su sitio.

El autor de Archipiélago Gulag pasó por España en 1974. Le entrevistó José María Iñigo en la única tele de la época y fue un acontecimiento sonado, tanto que, a los dos días, volvieron a emitir el programa. Al parecer, Franco quería verlo y disfrutar de las palabras del Nobel, que - nadie es perfecto- cometió el enorme error de comparar la dictadura de la que él había sido víctima con la España franquista. Solzenitsin vino a decir que había muchas más libertades en Madrid que en Moscú, un ejercicio absurdo que dejó en segundo plano su impecable denuncia del régimen soviético y disgustó a la oposición democrática, además de dar munición gratis a quienes acusaban al escritor de ser un reaccionario a sueldo de la CIA, un enemigo de la clase obrera y un divulgador de patrañas sin fundamento. En alguna revista aperturista de la época, incluso se llegó a ironizar sobre la conveniencia de que existieran campos de concentración para personajes como Solzenitsin. Lo curioso del caso es que muchos de los que se indignaron con las palabras de Solzenitsin sobre España eran, a su vez, adictos felices a esa geometría de moral variable que permitía estar contra la dictadura de Franco y, a la vez, apoyar las dictaduras de Brezhnev, Ceausescu, Mao, Castro y demás. El jorobado nunca se ve su propia chepa.

Con la perspectiva que da la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de la URSS, sabemos que Archipiélago Gulag contenía y contiene una verdad extrema que debía ser contada. Como la de los libros de Shalamov, Razgon, Ginzburg o Grossman. Y quienes, entre nosotros, negaron lo que explican estos autores deberían hacer hoy algo más que pedir perdón por el caso Comorera. Mucho más.

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Bajo el bosque de abedules, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

Publicado en Cultura, Educación, Literatura, Política by reggio en Agosto 6th, 2008

TIEMPO RECOBRADO

Alexander Solzhenitsin, condecorado por su valor como oficial del Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial, fue condenado a 11 años de prisión y destierro por un comentario jocoso en una carta sobre el «bigotudo» Stalin. Osip Mandelstam había muerto en un campo de concentración en Siberia por un poema en el que comparaba al dictador con un oso mugriento.

Solzhenitsin tuvo más suerte y sobrevivió para transmitirnos cerca de 250 testimonios de la represión estalinista que él había recopilado durante la guerra, sus ocho años de estancia en la cárcel y su posterior confinamiento en Kazajistán. Son casos con nombres propios, que surgen de la tumba para contarnos con la voz del escritor ruso la tragedia de una época de infamia y horror.

Puedo imaginarme a Solzhenitsin en su cabaña de Rodzhdetsvona, una casita de madera sin calefacción y luz eléctrica, situada en medio de un bosque de abedules, contando con su letra menuda y apretada tanto sufrimiento. Los folios que salían de su pluma eran cuidadosamente ocultados en un arcón bajo tierra para evitar que el KGB se los incautara, como así sucedió tras torturar a una de sus amigas y colaboradoras, que posteriormente se ahorcó.

Lo que no sabían los servicios secretos soviéticos es que una copia de Archipiélago Gulag estaba ya en París, a punto de salir a la luz. Igual le había sucedido a Boris Pasternak con su inmortal Doctor Zhivago -tal vez la mejor novela del siglo XX-, rescatada por Feltrinelli y publicada en Italia a finales de los años 50, a partir de una versión en francés.

Solzhenitsin, como Pasternak, Mandelstam, Bulgakov, Ajmatova, Platonov, Babel, Tsvetayeva y una larga lista de escritores, representa el triunfo de la voluntad individual frente a un sistema concebido para aniquilar cualquier atisbo de crítica o creación. Todos ellos fueron aplastados por la maquinaria soviética: sufrieron cárcel, persecución y la mayoría acabó sus días en Siberia, en el suicidio o ambas cosas, como la citada Tsvetayeva, la gran poetisa del amor y uno de los valores literarios que la posteridad pondrá en su lugar.

Ninguna de las citas que aparece en este artículo es superficial o retórica porque todos y cada uno de esos escritores apostaron su vida y la perdieron para transmitirnos ese infinito horror que hoy nos parece tan distante pero que sigue tan cercano en el tiempo. Su espíritu pervive en ese bosque de abedules en el que se inspiraba Solzhenitsin y que simboliza lo mejor de todos nosotros.

© Mundinteractivos, S.A.

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Solzhenitsin y la «intelligentsia» hispana, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Publicado en Cultura, Educación, Literatura, Política by reggio en Agosto 6th, 2008

Fue un 20 de marzo de 1976, justo cuatro meses después de la muerte del dictador. Presidía el Gobierno Arias Navarro. Fraga hacía de gran estrella mediática en la prensa europea. Areilza intentaba convencer al mundo de que el cambio en España iba en serio. Los conflictos sociales estaban a la orden del día. Los clamores en las calles se sucedían. El llamado búnker no dejaba de rugir sus recordatorios y avisos. España convulsa y confusa. España agitada, llena de esperanzas y no exenta de miedos. No sólo se asomaba el destape en el cine y en determinadas revistas, también en política. ¡Tantas y tantas eclosiones de quienes se declaraban demócratas con pedigrí y, sin embargo, habían guardado silencio, cuando no incurrido en complicidades, durante la dictadura! Las siglas, de partidos y sindicatos, eran una especie de diluvio. La política, con mayor o menor información y claridad, lo acaparaba todo. Un país adicto a la conversación política, tras cuatro décadas de silencios obligados y de fracasos conspirativos contra el régimen.

Y entonces llegó Solzhenitsin. Aquel escritor ruso, con aspecto decimonónico, comparecía en el programa «Directísimo» que conducía José María Iñigo. No pudo ser más claro al decir que la España de entonces gozaba de unas libertades impensables en Rusia, empezando por la presencia en los quioscos de los principales diarios europeos. No pudo ser más contundente al hablar del estalinismo en particular y del sistema soviético en general.

La memoria no puede traicionarme. El literato ruso nacido en 1918 no pudo no recordar lo que para él y para la juventud del mundo de entonces significó aquella República española amenazada tras el estallido de la Guerra Civil. Sin embargo, al mirar hacia el futuro, aquel hombre parecía temer que aquellos primeros balbuceos de democracia en España no acabasen bien. Parecía la más elocuente imagen del título de uno de los más conocidos libros de Erich Fromm, es decir, de «El miedo a la libertad».

Pero lo más inolvidable de aquella entrevista fueron las reacciones ulteriores que hubo por parte de algunos de los más conspicuos representantes de la «intelligentsia» hispana. Se escribieron auténticas atrocidades contra el escritor ruso y no hubo ni una sola crítica al sistema soviético, ni siquiera al estalinismo.

No perdamos de vista que en 1976, cuando el eurocomunismo estaba ya en el discurso político, la flor y nata de la intelectualidad española no parecía haberse enterado de los horrores del estalinismo. Iban y estaban por detrás de los líderes políticos. ¡Caramba con la intelectualidad, caramba con su lucidez, con su capacidad de adelantarse, con análisis claros, a los hechos! Y lo más curioso de todo era que los que arremetieron con mayor virulencia contra el Nobel ruso se las habían apañado para vivir en España durante el franquismo. ¡Con qué maestría habían sabido ocultarse algunos prosoviéticos del llamado exilio interior, cuando se daba el caso de que anticomunistas viscerales como Madariaga no regresaron a España hasta después de la muerte de Franco! ¡Qué extraño era aquello!

¿Cómo era, Dios mío, cómo era posible tamaña ceguera? Primero, no haberse enterado del estalinismo y sus crímenes, luego de lo acontecido en Hungría y Checoslovaquia, y, sin embargo, haber sobrevivido en la España de Franco. Lo que Orwell había denunciado antes acerca del totalitarismo soviético no llegó a nuestros intelectuales más preclaros.

Aquello no era lógico para nadie y menos aún para un adolescente que no podía ser ajeno a la pasión política que se vivía entonces. No hubo más remedio que esperar, no muchos años para comprobar la asombrosa capacidad de adaptación de algunos de aquellos al primer felipismo, porque, si los datos no me engañan, entre los más furibundos detractores de Solzhenitsin estuvo alguien que, andando el tiempo, se adhirió al sí a la OTAN preconizado por González. ¡Admirable coherencia, vive el cielo! Solzhenitsin y la «intelligentsia» hispana. La reacción a las declaraciones televisivas de aquel hombre hacían presagiar que las anheladas libertades que tanto se insinuaban no significarían, al menos de inmediato, la recuperación de una intelectualidad lúcida e independiente.

¿Sería inapropiado pensar que el llamado desencanto se asomó por vez primera al ver una intelectualidad cuyo discurso no sólo iba por detrás de la clase política, sino que además era ciego, sordo y maniqueo?

Pues, mire usted, puede que sí, puede que aquello fuese ya un atisbo.

Lectores de Ángel González, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Publicado en Asturias, Cultura, Educación, Literatura, Sociedad by reggio en Agosto 1st, 2008

Podría hablarse de dos minorías muy significadas y selectas en nuestra heroica y muy novelada ciudad. La primera estaría compuesta por todas aquellas personas que no recibieron en las calles de Oviedo abrazos de don Antonio Masip. La segunda, y más reciente, la de los lectores de Ángel González que, sin embargo, no tomaron copas con él en la noche vetustense. No puedo no preguntarme si algunos se consideran copartícipes de la gloria del poeta por tal motivo, porque, a juzgar por ciertas actitudes, pudiera llegar a pensarse que algo de eso hay. Y, sin embargo, no logro explicarme que, habiendo sido el poeta profesor de nuestra Universidad, por muy poco tiempo, eso sí, apenas existan testimonios de los que tuvieron la suerte de asistir a sus clases. Nada descartable sería pensar que esa experiencia les pudo haber aportado a estos últimos no menor satisfacción y aprendizaje que a los compañeros de farras. Pero el hecho es ése. Se airean las copas en interminables noches y se silencian las clases recibidas. ¡Oh, la bohemia!

Por otro lado, no seré yo quien me pronuncie, tras haber leído atentamente los artículos que publicó en este periódico don Ignacio Quintana, acerca de cuál sería la ubicación más idónea para la sede de una especie de Fundación que llevase el nombre del poeta. Mejor será que decidan los expertos a partir de la disponibilidad de espacios.

En el palacio del conde de Toreno, la proximidad de los escenarios regentianos darían mucho de sí, por no hablar de la vecindad que allí tendría con los muchísimos títulos que tratan de Asturias. En el Fontán, la cercanía de don Ramón también tendría un interés enorme. En cualquier caso, la figura de Ángel González merece, sin duda, tener parada y fonda en la ciudad que lo vio nacer y que tan magníficos poemas le inspiró. A tal efecto, sólo cabe esperar que se tome la decisión más adecuada.

Dicho esto, yo me atrevería a abundar en lo pesadísimo que está resultando que, desde la muerte del poeta, cada vez que se le nombra, más que de su obra, de lo que se habla es de sus amigos, mentores y recitadores, que llegan a casi todo, incluso a recordarnos algunos supuestos enemigos que tuvo en los últimos tiempos.

Asturias, y, con ella, todo el universo literario, no puede ni debe prescindir de Ángel González. Eso es indudable. Pero acaso no sería no pertinente rogar que se nos permita acceder a su obra sin tantos intermediarios de una supuesta «gauche divine» llariega. Pero acaso sería reivindicable que algunos políticos no pretendiesen ocupar lugares que no les corresponden. Permítanme, a este respecto, decir la perogrullada que sigue: si hay dirigentes políticos que declaran haber sido grandes amigos del poeta, eso no les convierte en coautores de su obra, ni tampoco en críticos literarios ni en teóricos de la literatura. El presidente de todas las Asturias seguro que sabe que no es Dámaso Alonso.

La poesía de Ángel González aborda dolores e injusticias, sinsabores y miserias que pueden y acaso deben ser leídas más allá de un contexto inmediato en que fueron escritas. Y, en todo caso, más allá de decidir una sede para su Fundación, más allá del fomento del estudio de su obra, más allá de acercar su poesía a todos aquellos que quieran disfrutarla, conviene dejar el espacio libre entre el poeta y su público lector.

No fueron sus compañeros de copas quienes lo convirtieron en gran poeta. No fueron los dirigentes políticos, tan dados algunos de ellos, a escribir prólogos a obras maestras los que hicieron grande la poesía de Ángel González.

¿Sería mucho pedir que no se invadiese un espacio que no corresponde más que al poeta y a sus lectores? ¿Sería mucho pedir que nos permitan leer y releer a Ángel González sin necesidad de que acudan aquí a cantarnos y a contarnos unas excelencias a las que podemos acceder sin determinados intermediarios? ¿Sería mucho pedir que se dejase de jugar a una pantomima de «gauche divine» que, como tengo escrito, es tan regentiana y tan provinciana como la mayoría de los personajes clarinianos?

¿Nos obligarán a considerar seriamente la conveniencia de crear esa asociación de lectores de Ángel González que no hemos tomado copas con él, asociación que tendría como primer objetivo librarnos de aquellos que no se resignan a dejar expedito el camino entre el poeta y sus lectores?

En torno a Soria: entre el circo y el ladrillo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Publicado en Cultura, Economía, Educación, Historia, Literatura, Memoria by reggio en Julio 30th, 2008

Machado la inmortalizó y la universalizó. Hoy, con una población envejecida y el consiguiente bajón demográfico, Soria y su provincia se encuentran no sólo entre plomizos cerros, sino también, y sobre todo, cercadas entre el circo y el ladrillo. Soria, pionera en la televisión digital terrestre, en la tecnología punta del medio de comunicación más influyente. Y, al mismo tiempo, ¡ay!, sufre el cerco del ladrillo. Según parece, en las proximidades de un asentamiento celtíbero se pretende llevar a cabo un proyecto cuya denominación, «Ciudad del Medio Ambiente», es sarcástica y grotesca. Se trata de una extensión que equivaldría a 62 campos de fútbol en la que se planea construir 800 viviendas, un hotel, oficinas, una escuela de equitación y un parque industrial. Tan deslumbrante propuesta tiene la paternidad del Gobierno autonómico, presidido por el PP. Pero el otro gran partido, el PSOE, que gobierna el Ayuntamiento soriano, también aporta su granito de arena con otro disparatado proyecto que tiene como objetivos un polígono industrial y una depuradora. Semejante barbaridad dista tan sólo 400 metros del enclave en el que Escipión avistaba a los numantinos, en la margen izquierda del río Duero. ¡Qué maravilla!

Curados de espantos, cuando hasta la televisión nos ofrece imágenes de talas de bosques protegidos. Curados de espantos, viendo al «glamouroso» Pocero de Seseña leer discursos grandiosos con su insultante chabacanería a cuestas. Curados de espantos, teniendo noticia de lo que vino sucediendo en Marbella y Estepona, por citar sólo dos ejemplos, ahora le toca a Soria.

Para hacer frente a la despoblación y al envejecimiento, a los políticos de turno no se les ocurre una idea mejor que desvirtuar parajes donde la historia se dio cita. Para poner guinda a su estomagante y mohoso pastel deciden obsequiar a los sorianos haciéndolos pioneros de la llamada televisión digital terrestre. ¡Toma circo!

Antes de que algunos entusiastas de la tecnología punta y de algún que otro pesebre se rasguen sus virtuales vestiduras, incurriré en lo obvio. Nada tengo en contra de la televisión que viene. Pero, lamentándolo mucho, no creo que sea para dar saltos que la telebasura se pueda ver con mayor calidad de imagen. Tiempo hubo en que un reportero deportivo hizo de gran profeta vaticinando que, con la llegada de las televisiones privadas, el medio mejoraría. Los resultados ahí están.

Entre el circo y el ladrillo. La población soriana podrá ver y oír mejor los culebrones, los debates basura en donde la intimidad se prostituye, las voces y los ecos de los vendedores de secretos de alcoba de gentes sin más mérito en la mayoría de las ocasiones que su cercanía a una farándula que cada vez está más denigrada. Podrá disfrutar con eso, al tiempo que la piqueta amenaza aquellos lugares que la historia decidió consignar.

El ministro Sebastián estuvo hace pocos días en Soria como principal artífice de la buena nueva. ¡Fantástico! Mientras, continuarán el envejecimiento y la despoblación.

Entre las muchas cosas intolerables que están ocurriendo, resulta alarmante ver cómo las administraciones públicas actúan en más de un caso como lacayos y esbirros de intereses que son lesivos contra todo aquello que nos ha hecho en gran parte tal como somos, es decir, contra la voluntad de una geografía y contra la geografía de una voluntad que dejó entre nosotros unos vestigios que, a poco que se repare en ello, son instrumentos de futuro en tanto significan un legado que se conservó a lo largo de la historia y que da cuenta de nosotros mismos.

Circo, mucho circo, a una población envejecida, a un entorno rural que tiene menos derechos que otros. Y, lo que es peor aún, expolio, imperdonable expolio a lugares que atestiguan nuestra historia.

Cada vez que me acerco a Soria acuden a mí, como la bienvenida más hermosa, los versos de Machado que hablan de los plomizos cerros y del Duero trazando su curva de ballesta. Cada vez que visito la ciudad me acerco al olmo que inspiró su memorable poema. Ruinas y decadencia de Castilla que tan buena literatura inspiraron. Vivencias de Machado en la ciudad castellana donde transcurrió tan importante parte de su vida.

Del cerco al circo. De los plomizos cerros a asentamientos del ladrillo más especulador.

Lo que sucede en torno a Soria no son ni siquiera las ruinas de la inteligencia, parodiando a Gil de Biedma. Son las ruinas de una política que tiene como principal instrumento la piqueta que destruye la historia. Son las ruinas de una política que tiene en la televisión basura su principal adormidera.

Son el circo y el ladrillo, sobre todo, en aquellos lugares donde la población envejece. Son los «okupas» a los que rara vez se desaloja. Y, encima, unos hablan en nombre del progreso, mientras que los otros se declaran conservadores.

Como al ballestero del conocido romance: «Dele (deles) Dios mal galardón».

Vittorini cumple cien años, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Cultura, Literatura by reggio en Julio 26th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El miércoles pasado, 23 de julio, fue su aniversario. Había nacido en 1908 dentro de una familia pobre y abundante. En las biografías aparece siempre que el suceso ocurrió en la siciliana Siracusa, pero habría que precisar que fue en Ortigia, esa arrebatadora península unida a la urbe siracusana por un puente. Yo vi la sencilla lápida que recuerda su memoria en una fachada a punto de derribo en una casa humilde y abandonada. Y en verdad que fue grande Elio Vittorini, como escritor y como hombre, y que su influencia en la cultura italiana fue tan notable como ausente estuvo de la nuestra. Su biografía abarca un periodo trágico de Italia, el que va de la dictadura de Mussolini, pasa por las singularidades que tuvo la Segunda Guerra Mundial en Italia -donde se superpuso una guerra civil y otra de liberación nacional-, hasta llegar a la ocupación norteamericana, la caída de la monarquía y la peculiar república que la siguió, asentada en dos pilares hoy barridos por la historia: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. Cuando murió Vittorini en 1966, sin haber llegado a cumplir los 58 años, el mundo parecía consolidado en dos bloques y pocos como él habían tenido la fuerza y el talento de marcar sus distancias, señalando el terreno de juego autónomo de la literatura, del arte y del pensamiento crítico.

No creo que entre nosotros haya muchos recordatorios de Elio Vittorini, para mí una de las figuras más interesantes y fecundas de la literatura italiana del siglo XX. Por varias razones. La primera y fundamental, porque su obra suponía una ruptura inasimilable en nuestra España franquista, donde sólo se llegó a traducir, y con los pies, por no decir partes peores, su Conversación en Sicilia, que ni siquiera se tituló así hasta que apareció, sesenta y dos años después de su publicación italiana, la primera edición castellana digna de ser leída (Gadir, 2004). Otra razón está en una curiosa anomalía, y es que mientras el cine italiano iba a ejercer sobre el español una fecunda influencia después de la llegada a España de Marco Ferreri (El pisito, 1959), auténtico introductor, promotor y adaptador del popular cine italiano en castellano, la literatura italiana de posguerra no tuvo la misma suerte. De la vieja literatura del fascismo al posfascismo, la que representaban figuras tan contrapuestas como Giovanni Papini y Curzio Malaparte -auténticos éxitos de público y crítica en el encogido mercado español de la época-, se pasó a un goteo de autores que no creo influyeran mucho en la nueva generación de escritores que surge en los primeros años sesenta y cuyas figuras más representativas serán Martín Santos y Juan Benet. Incluso en la pintura, la influencia italiana se notará en algunos pintores españoles de ese periodo, pero en la literatura apenas si se percibe, fuera de Carmen Martín Gaite. No digo que no hubiera imitaciones de autores como Vasco Patrolini y sus pobres amantes, o incluso de Alberto Moravia y su romana, pero sería una crueldad citarlos por sus nombres y sus obras porque son prosa muerta.

Lo que hace de Vittorini una figura excepcional para nosotros es tanto su aspecto de creador literario como el de promotor cultural. Por más que me esfuerzo en buscar a alguien similar en nuestro mundo intelectual, no encuentro a ninguno que haya desempeñado un papel de organizador de debates, de creador de revistas emblemáticas de la cultura de posguerra como fueron Il Politecnico (1945-1947) y Il Menabò (el facsímil, 1959-1966), esta última más literaria que la primera y de la que saldrían sólo diez números, el último dedicado al propio Vittorini, recién fallecido, por su codirector y amigo Italo Calvino. Las obvias peculiaridades del régimen de Franco durante cuarenta años, que se dice pronto, no consentían algo similar a una revista literaria independiente y crítica, menos aún de debate. Lo más parecido serían aquellos semanarios todo a cien, como Triunfo o Destino, y los mensuales Cuadernos para el Diálogo o Índice; modestas charcas en el erial.

En la personalidad de Vittorini hay más. Está su capacidad de zahorí de la literatura, capaz de detectar en la modestia de un manuscrito a escritores que luego devendrían inmensos, como es el caso de Italo Calvino, traducido y con gran éxito en España, y el menos conocido pero magnífico Beppe Fenoglio, al que animo a leer como si se tratara de un clásico; su relato Un asunto privado, que publicó en España una modesta editorial (Barataria), es el libro que cualquier escritor hubiera querido firmar. Rechazó sin embargo a Lampedusa y su Gatopardo, un error sin duda que cabría achacar a lo que significaba para la memoria de un siciliano pobre ese relato melancólico, en prosa no exenta de retórica y con reminiscencias del siglo XVIII. Curiosa paradoja, porque hoy sabemos que ambos consideraban a Stendhal su maestro; único bagaje compartido. Lampedusa no había trabajado en su vida, ni había amado a mujer ni perro, superviviente de una clase agostada que alcanzó la magnificencia en una novela de inolvidable belleza. Vittorini nació de un padre guardagujas y una madre analfabeta, había empezado a estudiar a trompazos con la vida, y se había escapado de esa Sicilia muerta de los Lampedusa gracias a la única ventaja de ser hijo de ferroviario -los viajes en tren gratuitos-. Tenía eso que hizo grandes a los grandes narradores norteamericanos que admiraba: conocer la vida y saber contarla. Aprendió inglés a partir del primer libro que había leído en su vida, Robinson Crusoe, y acabó siendo un notable traductor que se carteaba con Hemingway, el escritor por el que sintió mayor estima humana y literaria, hasta que descubrió su decadencia al leer Al otro lado del río y entre los árboles (1950). Entonces le quedó Faulkner, su otro dios literario tutelar en su lucha contra lo que él denominaba el provincianismo de la literatura italiana.

De su obra, además de la Conversación en Sicilia se puede degustar en castellano una preciosa edición de su primerísima obra literaria y periodística, una brillante crónica de viaje, Cerdeña como una infancia (Minúscula). Pero sus grandes libros no están. En librerías de viejo aún se pueden conseguir las voluntariosas versiones que editó Losada en Argentina; Hombres o no ser hombres o no serlo en una inquietante pregunta ¿Hombres o no? Y sobre todo el magnífico relato El Simplón guiña el ojo al Frejus (Buenos Aires, 1953), que bien merecería ser al fin editado en España, porque las razones que lo hicieron imposible, la dictadura, se acabaron hace ya mucho tiempo sin que nadie se haya acordado de tan larga ausencia. Una ausencia que en parte será colmada pronto con la publicación de uno de los libros más incitadores de debate y reflexión, su Diario en público, que lleva por subtítulo Autobiografía de un militante de la cultura. Casi cuatrocientas páginas que publicará la temeraria editorial Gadir y que constituyen eso tan admirable e insólito de un acontecimiento cultural, independientemente del ninguneo a que lo sometan como es costumbre los variados suplementos del ramo. Un libro denso que se inicia con un texto tan vivo que aun escrito en octubre de 1929 sigue ahí: En busca de maestros. Y que se cierra con unas reflexiones sobre la condición del intelectual entre el compromiso y la independencia, cuya audacia y rigor lo pusieron a los pies de los caballos de la crítica militante.

Unas páginas que palpitan, escritas en 1951, donde un hombre es capaz de explicar, desde la izquierda, que las llamadas libertades formales no son mentiras sino una conquista que se traduce en el derecho a cambiar de residencia, o de oficio, o a hablar alto y claro sin arriesgar la vida ante el Estado. ¡Cuántas estupideces hemos dicho y cuántas hemos oído sobre las llamadas libertades formales, antes de que descubriéramos que éramos muy cándidos y bastante ignorantes! Por eso produce placer el poder anunciar que Elio Vittorini ha cumplido cien años y que sigue siendo una fuente de salud intelectual y literaria.

La próxima sabatina aparecerá el primer sábado de septiembre.

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