Hoy he podido entrar en esta que fue mi página
Hoy, 12 de marzo, a través de una red wifi, he podido entrar en esta página que abandoné, cuando dejó de funcionar el pasado día 3 de marzo de 2009; en unos quince meses, hasta el día 2, había publicado 4.950 artículos, que generaron 365.800 visitas y originaron 1.o73 comentarios; otra base de datos que dejo en la red, como las dos anteriores, y la que empece a crear en el nuevo alojamiento.
Reggio’s Weblog se traslada a una nueva dirección
A partir de ahora, nos podrán encontrar en esta nueva dirección:
Reggio’s
Plácido no puede acceder al control de su propia página
WordPress.com está sufriendo un ataque DDOS que coincide con los problemas que está teniendo el administrador de esta página, que tiene inaccesible desde su puesto habitual la gestión de su propia página, a pesar de que ésta se puede acceder desde otros ordenadores. Sus amigos han introducido este mensaje para advertir a los usuarios y amigos de Plácido que la página está parada por ese motivo, sin perjuicio de que otros problemas, que hasta ahora no hemos podido resolver, hagan inaccesible el contenido de la misma en su propio ordenador.
Si alguien tiene alguna idea al respecto, que se ponga en contacto con Plácido en el la dirección de correo reggio@arrakis.es
El cuestionado jefe de los espías, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
A FONDO
En la tradicional copa de Navidad que se celebra en la sede del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), situada en la madrileña Cuesta de las Perdices, cerca del hipódromo, y que el pasado año tuvo lugar el 12 de diciembre, los corrillos de nuestros conspicuos espías fueron un hervidero de rumores. Y, en ciertos casos, de indisimulados deseos. «El año que viene será mejor que éste, porque espero que sea su último año», se le oyó comentar discretamente a uno de los altos responsables de la Casa.
No hacía falta dar nombres. Los que le escucharon sabían que se estaba refiriendo a Alberto Saiz, el director general del Centro, cuyo mandato, teóricamente, concluye el próximo 20 de abril.
En una institución cuyos mandos proceden mayoritariamente de las Fuerzas Armadas, en la que la disciplina, el respeto al orden jerárquico y la obediencia son norma, llama la atención la aversión, casi unánime, que ha generado la gestión de Saiz.
Un mes antes de la reunión navideña, el director del CNI había destituido al director técnico de Inteligencia, Agustín Cassinello, del que dependen las subdirecciones esenciales de nuestros servicios de información: Inteligencia Exterior, Contrainteligencia y Contraterrorismo.
Cassinello (hijo del teniente general y ex jefe de Información de la Guardia Civil) llevaba poco más de tres meses en el cargo, al que había accedido desde su relevante puesto en Londres.
Cassinello, un hombre con los nervios templados, perdió la paciencia cuando el 15 de noviembre de 2008 se echó a la cara la portada de ABC, donde se daba cuenta de su destitución por presuntos «fallos de información» en el ataque de un talibán suicida llevado a cabo el 9 de noviembre en Afganistán, que costó la vida al brigada Juan Andrés Suárez y al cabo Rubén Alonso.
Su respuesta, sin precedentes, fue fulminante. Mandó una carta al citado diario en la que calificaba de «errónea» la noticia y negaba que su destitución tuviera que ver con «ningún déficit de información».
Fuentes conocedoras del incidente apuntan a la dirección del CNI como responsable de la filtración al rotativo.
En realidad, Saiz le había pedido la dimisión a Cassinello en el mes de octubre. Es decir, al menos 15 días antes de que se produjera el atentado suicida. «Mañana quiero tu carta de dimisión en mi despacho», le dijo. Pero Cassinello se negó: «Si quieres que deje mi puesto, destitúyeme». Desde entonces no se dirigieron la palabra. El día 12 de noviembre se produjo el relevo. Raquel Gutiérrez ocupó su puesto.
El enfrentamiento con el director fue consecuencia de las diferencias entre Cassinello y el director técnico de Apoyo a la Inteligencia, Francisco Montes, en la gestión de la información en una operación tan importante como la detención de ‘Txeroki’, el pasado 17 de noviembre. Según las fuentes consultadas, Cassinello quería que los datos sobre el terrorista se transmitieran tanto a la Policía como a la Guardia Civil, mientras que Montes quería que la operación se compartiera en exclusiva con este último cuerpo.
La realidad es que nadie sabe con exactitud cuál ha sido la causa esgrimida por Saiz, ya que las resoluciones por las que se nombran o se separan de sus cargos a los directores técnicos son secretas.De hecho, según las fuentes, la ministra de Defensa, Carmen Chacón, se enteró por los periódicos de ese importante relevo. Y eso que el CNI depende de su ministerio.
Saiz llegó al CNI de la mano de José Bono, quien antes le había nombrado consejero de Industria y Empleo cuando era presidente de la Junta de Castilla-La Mancha.
Sin experiencia en asuntos de seguridad o información, el mejor (y algunos añaden que único) activo de Saiz para ocupar su puesto al frente del servicio de Inteligencia español era precisamente su afinidad con el ex ministro de Defensa.
Saiz no puede quejarse de falta de medios. El CNI, que ya fue reforzado en la etapa de Dezcallar, recibió, como consecuencia de los fallos detectados tras la masacre del 11-M, una fuerte inyección económica y de personal. La plantilla del CNI ha aumentado en 1.200 personas (casi un 50%) y su presupuesto para este año supone 255 millones de euros (42.500 millones de pesetas, de los que casi 3.000 millones se corresponden a fondos reservados).
El CNI ha cosechado indudables éxitos en la lucha contra ETA (ejemplo: arresto de Txeroki), así como en la detención de células islamistas. Sin embargo, durante la etapa Saiz, su dirección ha estado sometida a continuos y desestabilizadores cambios.
Durante su mandato, que comenzó en abril de 2004, Saiz ha relevado, en sucesivas etapas, a 31 altos cargos del CNI: 20 subdirectores y 11 directores técnicos. «No admite la más mínima crítica y ve fantasmas en todos lados», dice un agente del Centro.
Nunca se había producido tal movilidad de personas clave en el servicio de Inteligencia, donde el acceso a la información es reservado.
Desde que Saiz llegó al CNI ha habido tres responsables de la Secretaría General (María Dolores Vilanova, Esperanza Castellano y Elena Sánchez), cuatro directores técnicos de Inteligencia (Miguel Sánchez, Felipe Carrera, Agustín Cassinello y Raquel Gutiérrez) y cuatro directores técnicos de Recursos (Juan Luis Repiso, Myriam Serrano, Felipe Carrera y Antonio de Cea). En mayo de 2006, un Real Decreto modificó la estructura del Centro, creándose una tercera dirección técnica, la de Apoyo a la Inteligencia, al frente de la cual está Francisco Montes.
Imagínense lo que supone el relevo en cadena no sólo de los responsables de área, sino de los subdirectores que tienen a su cargo labores como la lucha contra ETA.
Las relaciones de Saiz, tras la salida de Bono de Defensa, fueron algo menos que frías con el anterior responsable del departamento, José Antonio Alonso. Aunque durante una época (la tregua de ETA) fueron muy fluidas con el titular de Interior, Pérez Rubalcaba.Con Chacón no hay química. De hecho, la ministra no asistió al acto conmemorativo, que se celebra todos los años en la sede del CNI, por los ocho muertos en el atentado del 30 de noviembre de 2003.
Su mejor apoyo, se comenta, es la vicepresidenta Fernández de la Vega, a quien le ha ayudado en los asuntos de inmigración.Saiz quiere seguir en el cargo y ha encargado un dictamen que avala sus deseos. Algunos miembros de la Casa, no partidarios, comentan: «Si la prensa le critica, eso le ayudará seguir en el cargo». Pero: ¿es Saiz la mejor opción para dirigir el CNI?
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
© Mundinteractivos, S.A.
Qué es lo que la mayoría del electorado de EE.UU. entiende por cambio, de Vicenç Navarro en Rebelión
Sistema
El día 4 de noviembre la población que participó en las elecciones presidenciales de EEUU votó por el cambio, apoyando la candidatura que más se identificó con la imagen del cambio. Y aunque tal candidato vencedor, el Sr. Barack Obama, subrayó la necesidad de cambio, nunca especificó en detalle lo que él quería decir al utilizar el término “cambio”. Más claro es, sin embargo, lo que la mayoría del electorado deseaba y entendía por cambio. Y una manera de saberlo fue a través de las encuestas a pie de urna en las que se preguntó a la población que votaba sus deseos y prioridades. Paso a hacer una lista, sin necesariamente definir una prioridad en este deseo.
La mayoría del electorado (el 74%) desea un cambio del sistema de financiación del proceso electoral, eliminando la enorme influencia de los grupos de poder económico y financiero en la vida política del país, influencia que se realiza a través de la financiación privada de las campañas electorales de los candidatos a los puestos elegidos de la democracia estadounidense. Tal influencia es la característica de su sistema electoral que determina una imagen de Washington como el maridaje entre la clase política por un lado y el mundo financiero y empresarial del país por el otro. Tal maridaje es enormemente impopular, como lo atestigua que todos los candidatos en las últimas elecciones presidenciales tuvieron que presentarse como anti-Washington para tener un mínimo de credibilidad política.. El candidato Obama es el que más se benefició de este sentir anti-Washington, ampliamente extendido entre la población, al haber sido Senador sólo durante dos años. El hecho de que fuera, sin embargo, el candidato que consiguió más dinero privado del mundo empresarial y financiero (y del 20% de renta superior del país) dificultará que pueda cambiar esta situación. En realidad, no ha hecho ninguna propuesta de anular la privatización del sistema electoral, la mayor causa de la baja calidad de la democracia estadounidense.
Otra demanda popular (68% de la población) es exigir del estado la garantía de que los ciudadanos estadounidenses tengan unos derechos universales (es decir, que abarquen a toda la población), tales como el derecho de acceso a los servicios sanitarios en tiempo de necesidad. El Presidente no ha incluido tal propuesta en su programa, aun cuando retóricamente habla de tal universalización. El estudio detallado de sus propuestas de reforma sanitaria no permite concluir que va a universalizar tal derecho.
La mayoría del electorado (64%) también pide que este aumento de los derechos sociales (que incluyen no sólo la universalización de los derechos de acceso a la sanidad, sino también la universalización del derecho al trabajo) incluya también el aumento de los derechos laborales, favoreciendo la aprobación de una ley que elimine las barreras que pone el empresariado para que la fuerza laboral se sindicalice. El candidato Obama prometió el apoyo a tal ley. El jefe de su gabinete, el Sr. Emanuel, preguntado por el diario liberal The Wall Street Journal si el Presidente Obama apoyaría tal Ley, no respondió, y ello a pesar de que se le preguntó repetidamente.
La mayoría del electorado (62%) también desea que haya un recorte muy acentuado del gasto público militar, transfiriendo tal gasto a las áreas sociales. EEUU gasta un trillón de dólares al año en gasto militar, lo cual significa el 57% de los gastos disponibles del gobierno federal (gasto disponible –discretionary funds- son los gastos que, como la Seguridad Social, no son predeterminados y fijos). Tal gasto es responsable de cinco millones de puestos de trabajo, un número que podría triplicarse si en lugar de gastarse en áreas militares se gastara en áreas sociales, tales como escuelas de infancia, servicios domiciliarios o servicios públicos de sanidad, que crean más empleo que los gastos militares. Es más, la inversión en tales servicios públicos favorece la integración de la mujer al mercado de trabajo, lo cual crea a su vez una demanda de nuevos puestos de trabajo al tener que producirse en el mercado aquellos servicios que realizaba antes la mujer como ama de casa (servicios como restaurantes, servicios de limpieza, lavandería y otros). El nuevo Presidente Obama no se ha comprometido a reducir el gasto militar. Se ha comprometido a modernizar la industria militar, pero no a reducir tal gasto. Por otra parte, se ha comprometido a aumentar sustancialmente el gasto público en aquellos servicios públicos como medida de estimular la economía, medida altamente popular (el 82% la favorece).
El 64% de la población favorece reformas fiscales progresistas que reviertan la regresividad fiscal introducida por la administración Bush. El candidato Obama tenía en su programa propuestas fiscales progresistas, incluida la eliminación de las ventajes fiscales (para el cinco por ciento de nivel de renta superior del país) aprobadas por la administración Bush. El nuevo Presidente Obama ha hecho declaraciones recientes indicando que pospondrá algunas de estas reformas.
Una última observación. La mayoría de estas posturas no coinciden con las posturas del establishment empresarial y financiero de Washington, que controla los medios de información y persuasión de aquel país. Ejemplo de este control es que Noam Chomsky, el intelectual estadounidense más leído en el mundo, y una de las escasas voces críticas de tal establishment (ver Navarro V., Entrevista a Noam Chomsky. La situación política de EE.UU. Anagrama. 2008), no aparece, por estar vetado, en los medios televisivos más importantes del país (NBC, BBC, CBS y CNN) o en las páginas del New York Times o del Washington Post ¿Cómo puede explicarse que en un país con un control tan elevado de los medios de información, la mayoría de la ciudadanía tenga posturas contrarias a las del establishment? La respuesta es que la población nunca repite miméticamente lo que el establishment político-mediático desea que piense. La información que le llega a la población desde “arriba” (desde los medios de información y persuasión) compite con la información que le llega de “abajo”, es decir, de su práctica y experiencia diaria que le llega en su cotidianeidad. Ello explica que si a la población en EEUU se le pide si considera que el sector público sirve a sus necesidades mejor que el sector privado, contestará que favorece al sector privado reproduciendo el mensaje que le llega constantemente de “arriba”. Pero si a la ciudadanía se le pregunta en términos que puede relacionarse a su experiencia cotidiana (como por ejemplo las pensiones de sus padres) y se le pide si prefiere la Seguridad Social a una compañía de seguros privada para atender a su pensión de jubilación, la mayoría responde (72% vs 32%) a favor del aseguramiento público. Es también interesante señalar que en EEUU nada menos que el 58% de la población responde afirmativamente a la pregunta “¿desearía usted vivir en una sociedad en que los recursos se distribuyeran según la necesidad de cada persona y se pagaran según los recursos que cada persona tuviera?”. Si la pregunta, sin embargo, se planteara de manera distinta, tal como si “preferiría vivir en una sociedad regida por principios socialistas”, el 89% respondería que no, resultado de la demonización del discurso y prácticas socialistas en aquel país.
Pero independientemente de la narrativa que se escoja, el hecho más importante a señalar es que hoy la mayoría de la población estadounidense desea cambios significativos en el sistema político-económico del país, cambios que son más progresistas que los que sostiene el establishment político-económico-mediático del país. Que el nuevo Presidente Obama responda a este deseo de cambio dependerá de la presión que la población realice para forzarlo.
El bombo, de Raúl del Pozo en El Mundo
EL RUIDO DE LA CALLE
Voy a comer patatas a la importancia al Comedor del Prado en un día helado como una losa. Veo las palomas sombrías en la estatua de Calderón y de Federico. En la Plaza de Santa Ana, entre la taleguilla de Manolete colgada del balcón del hotel Victoria y el Teatro Español, se forma una cola búlgara alrededor de la administración donde compró el décimo que llevaba en la mortaja Max Estrella. En estos días el Estado vende el condón para evitar el bombo y luego pule el mismo bombo.
Desde Babilonia sabemos que la virtud moral de la lotería es nula porque induce a la esperanza, hermana del sueño. Pero la suerte es una de nuestras costumbres bárbaras, un mangoneo organizado por el Estado, el peor garitero; se juega desde que Esquilache convenció al Rey Carlos III de que se celebraran rifas para sufragar obras públicas. Los otros ministros, bizcos y amigos de Voltaire, proponían vender las coronas de las vírgenes, las alhajas de los santos, los tesoros de la Iglesia para hacer universidades y caminos reales. Fue más tarde, en 1812 con la Pepa, cuando empezaron los bombos.
Los dueños de los casinos se quedan con el cero; los de la Lotería Nacional mangan, además del 30% de lo jugado, los premios de los décimos que no se venden. El Gobierno no puede prohibir la lotería, cosa tan peligrosa como prohibir los toros, pero sí podría hacer algo para que no estafen a los ilusos. Los ludópatas rehabilitados de Andalucía exigen que se retire el anuncio de la Lotería de Navidad. Los jugadores arrepentidos primero se autoexcluyen prohibiéndose en los casinos y en los bingos y, por fin, descubren quién es el gran garitero del tabaco, las tragaperras y los condones. A los ludópatas les ha peinado la dopamina del cerebro; como los viejos bandidos, han terminado al lado de los migueletes. Aquí el que no da el cante no mama; protestan contra el fastuoso anuncio del sorteo, que magnifica el humo de la suerte.
«Anímate». «Entra en juego». El Gordo ha sido lanzado este año como un candidato electoral. Al calvo le han dado puerta por inglés; también han eliminado el blanco y negro para que los primos no asocien la lotería con Franco. Llega la bruja en los días que los psiquiatras diagnostican la depresión de Navidad, cuadros de estrés, de melancolía, de ansiedad. Hasta Larra llegó a casa borracho porque odiaba la lotería y el número 24: luego se pegó un tiro, aunque esperó a febrero. Los ludópatas rehabilitados de Andalucía piden la retirada de un anuncio que fomenta el vicio en época de recesión. Los del Gordo están convencidos de que este año comprarán décimos hasta las piedras mientras Cervantes, enterrado entre 21 monjas en el Convento de las Trinitarias, burla en su sarcófago con las hermanas descalzas en este barrio de garitos donde los poetas de oro llevaban sotana por sotas.
© Mundinteractivos, S.A.
Aquel maldito 747 de Avianca (I), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Pasaban apenas cuatro minutos de la una de la mañana y era ya domingo. El informe meteorológico que recibió el Boeing 747, procedente de Frankfurt con escala en París, era de lo más normal. “Viento en calma. Visibilidad horizontal, ocho kilómetros. Nubes bajas a partir de los 300 metros, sin estar el cielo cubierto. Temperatura 11 º C”. Le faltaba bastante menos de un minuto para tomar tierra en Barajas. Sorprendentemente empezó a perder altura, de tal modo que a toda prisa las azafatas se sentaron en sus asientos, pero sin ningún aspaviento; convencidas, como todos, de que estaban ya entrando en pista. Primero fue un golpe, como si tocara tierra sin llegar a rodar por ella; luego otro, mucho más fuerte, y por fin una explosión.
Habían caído, despanzurrados primero y volcados después, en el Balcón de Mejorada.
Los primeros en ver la llamarada y oír el estruendo fueron los chavales de Mejorada del Campo -a tres kilómetros de la catástrofe- que volvían de la fiesta del sábado noche. Entonces lo normal en los chicos de los pueblos era no pasarse de la una de la madrugada, ¡qué tiempos! Porque estamos hablando de hace 25 años, exactamente del 27 de noviembre de 1983, cuando un avión de la compañía colombiana Avianca se estrelló en los últimos segundos antes de aterrizar. Sólo quedaron once supervivientes para contarlo, aunque sería mejor decir para recordarlo, porque de ellos cuatro eran niños, y uno aún no había cumplido los dos años.
Murieron 183 personas. El aparato iba a la mitad de su carga, en la idea de llenarlo en Madrid, dirección Bogotá con escala en Caracas. En cierta medida el avión desempeñaba una especie de pequeña Arca de Noé de la humanidad. 40 colombianos, incluido el personal de vuelo. 23 italianos y otros tantos suecos. ¿Y qué hacían tantos suecos en un vuelo a Colombia? Media docena de familias nórdicas se dirigían, entusiasmadas y ansiosas, a recoger a sus hijos adoptados. También iban 12 alemanes, 8 franceses, media docena de británicos, cuatro españoles, tres israelíes. Y venezolanos, chilenos, noruegos, uruguayos. En fin, un peruano y un mexicano. De seguro que me olvido alguno que ya nadie va a reclamar.
Entonces estábamos a finales de 1983, con Felipe González presidiendo desde hacía un año, y con cierta perplejidad en el ambiente; como si todo fuera nuevo o estuviera por estrenar. La prensa se esforzaba por contar el máximo posible, y la mejor televisión de España era TVE, porque no había otra. Tampoco las informaciones aparecían enmascaradas bajo siglas, ni los abogados mafiosos se dedicaban a sacar dinero a los medios de comunicación, ni los medios de comunicación les hacían mucho caso a los mafiosos. O para ser más precisos; entonces había mafiosos y medios de comunicación, pero llevaban vidas paralelas; aún no se habían encontrado. Posiblemente gracias a eso sabemos cosas sorprendentes hoy, por ejemplo, que la venezolana Carmen Navas, de 31 años, salió por su propio pie del aparato en llamas y caminó hasta una carretera repitiendo, como una salmodia, tres palabras “siete-cuatro-siete”, “sietecuatro-siete”, “siete-cuatro-siete”, hasta que la encontraron unos vecinos de Mejorada y la llevaron a los servicios de socorro. Que tardaron, como casi siempre.
Los primeros en llegar fueron los del pueblo y contemplaron un lugar tan peculiar como el Balcón de Mejorada convertido en eso que suele denominarse panorama dantesco (nunca he entendido por qué se achacan al pobre Dante los restos de todas las catástrofes). Pero lo peor vino luego, y es que durante toda la mañana del domingo los vecinos de Mejorada pasearon por la zona como si se tratara de una romería, creando enormes dificultades a los equipos de salvamento.
Además de una babel de lenguas, aquel avión iba cargado de vida, como pasa siempre, y de talento, como ocurre en ciertas ocasiones. De los españoles fallecieron dos oftalmólogos de nota, Francisco Moreno Casanova y López Bartola. El primero jefe en el Clínico de Madrid. Venían de un congreso en Teherán y les pilló el accidente en la cima de su carrera. Del prestigio de Moreno Casanova baste decir que a su entierro en Aranjuez asistieron cuatro mil personas.
Cuando se celebró el funeral institucional, con presencia de buena parte del Gobierno socialista, hubo una dama conservadora que tuvo el arrojo, no sólo de abordar al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, sino también de dar su nombre -Candelas del Valle, amiga personal del difunto oftalmólogo Moreno Casanova- que le increpó, recriminándole que tratándose de un ateo asistiera a aquella ceremonia religiosa. A lo que aquel ministro, al que asaetearon con chistes sobre su torpeza, pero al que nadie que le conociera podía decir que fuera tonto sino sobrado de soberbia y un ápice de vanidad, le respondió con tino: “Tenemos perfecto derecho a mostrar nuestra solidaridad humana”.
En ese accidente falleció Rosa Sabater, pianista al parecer excepcional, a la que lamentablemente no conocí. Había tenido su año de gloria; le habían concedido la Creu de Sant Jordi, había formado un trío en Barcelona y se había despedido de esta ciudad el 7 de octubre interpretando nada menos que el Tercer concierto de Beethoven. Pertenecía a una familia vinculada a la música, su padre, Josep Sabater, un conocido director de orquesta, y su madre, Margarita Parera, profesora de canto. Sin embargo no logró una estabilidad profesional hasta que se instaló en la ciudad alemana de Friburgo. Cuando vuelvo a leer las notas necrológicas me provoca irritación, o quizá rubor, recordar la del director entonces del conservatorio de Barcelona, Marçal Gols, que confesaba que “Rosa Sabater no pudo realizarse como artista entre nosotros y tuvo que emigrar a Friburgo”. Y ni una palabra más. No hubiera venido mal como homenaje a la concertista explicar el porqué. (El mismo día de la pasada semana que Alfred Brendel se despidió de nosotros en el Palau, los amigos de Rosa Sabater le rindieron un homenaje del que ningún medio de comunicación dio cuenta, que yo sepa, y que encabezaban sus dos huérfanos del trío, Marçal Cervera y Gonçal Comellas.)
La memoria cultural es quizá lo único que nos convierte en herederos de algo que merece la pena y que nos distancia de la tribu. El resto es subvención y escenografía. Por eso necesitaba este larguísimo exordio introductorio para llegar a donde quería. En el vuelo de Avianca murieron también dos pintores colombianos, Jairo Téllez y Tiberio Vanegas, y probablemente más gente de mérito que lamentablemente desconozco. Pero ahí viajaban cuatro intelectuales latinoamericanos que merecen por sí solos no un artículo, ni una serie, sino un catálogo mayor del recuerdo. Porque eran grandes y estaban en el momento crítico de su vida, cuando se echa el resto o se amilanan.
Rosa Sabater murió con 54 años. También cincuentones eran los que viajaban en los asientos 39, 40 y 41. Manuel Scorza, 55 años, peruano, un escritor que tras la aparición de su Redoble por Rancas (1970) nos convirtió en apasionados de su modo de contar historias. Ángel Rama, 53 años, uruguayo, el crítico que nos ayudó a interpretar de otra manera la literatura latinoamericana. A su lado, su segunda esposa, Marta Traba, 53 años, argentinocolombiana, la más brillante de las tratadistas del arte en América Latina, poeta incipiente y novelista de mérito.
Desconozco en qué asiento viajaba Jorge Ibargüengoitia, 55 años, mexicano, un escritor completo, para el teatro, el cine, la novela y el periodismo. La editorial Seix Barral se propuso lanzarle al estrellato peninsular, porque era muy bueno y tenía como agente a Carmen Balcells. Le programaron una colección dedicada a su obra. Publicaron su genial novela Las ruinas que ves, en el 2005, y ni llegaron a vender cien ejemplares, ni aparecieron reseñas en los diarios; abandonaron la colección. Son los muertos literarios de Mejorada del Campo.
¿Qué tiene que ver la protección de los datos con que se nos niegue el derecho a la información sobre el sueldo de los parientes de Ana Rosa?, de Juan Vega en su Blog
Un funcionario público de la administración autonómica asturiana apretó la tecla equivocada, y envió por tierra mar y aire un correo electrónico, en el que se difundían los salarios de los jefes de prensa y gabinete del gobierno del Principado, entre los que destacan nombres conocidos por toda la sociedad, por su parentesco con los más encumbrados personajes. Los sueldos son muy elevados, por lo general. Se trata de gente nombrada “a dedo”. En numerosas ocasiones se han divulgado, en Asturias, los sueldos de altos funcionarios “de carrera”, por ejemplo, de funcionarios del Ayuntamiento de Oviedo. Eso sí, hablamos de un Ayuntamiento regido por el Partido Popular. ¿Por qué se pueden divulgar los sueldos de los altos funcionarios del Ayuntamiento de Oviedo -es un ejemplo-, y en cambio los medios se dejan amedrentar por el gobierno del Principado? ¿Será una cuestión de capacidad financiera?
La legislación que hace al caso del e-mail enviado por error por este alto responsable de la administración asturiana, no es nada extraño ni raro, sino que se trata de un conjunto de disposiciones, en las que aparte de crearse la Agencia de Protección de Datos, organismo administrativo que cuenta con la potestad de imponer sanciones asombrosas en el ejercicio de su cometido, tiene como principal misión, al menos desde el punto de vista de su concreto material legal, de sus disposiciones, impedir que los ciudadanos sean agredidos en su intimidad, mediante la revelación de “la ideología, afiliación sindical, religión, creencias, origen racial o étnico, o vida sexual” de cada quien.
Sin embrgo, da la sensación de que esta ley se utiliza con otros fines. Lo que contiene el documento enviado por error a una cifra indeterminada, pero en cualquier caso muy amplia, de ciudadanos de la comunidad autónoma Principado de Asturias, no es nada relativo a la ideología, la afiliación sindical, la religión, las creencias, el origen racial o la vida sexual de nadie, sino a sus retribuciones, cosa de la que nada se dice de manera concreta en la Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal, aunque todo hace suponer que las retribuciones de los funcionarios públicos, por lo general, no son secretas.
Pero es que en este caso no hablamos de funcionarios normales, sino “eventuales” -aunque entre ellos haya alguno que tenga ese carácter añadido a su condición de funcionario de oposición-, es decir, lo que antes se denominaba “funcionarios de empleo”, lo que equivale a decir que son personas encargadas de gestionar los intereses de un determinado gobierno, de un concreto partido político, nombrados “a dedo” para cumplir con su digna misión de ejecutar las directrices del ejecutivo. En definitiva, se trata de eso que en la calle se conoce como “funcionarios políticos”.
Las reacciones de la prensa asturiana ante la divulgación de estos datos entre una significativa e influyente parte de la ciudadanía, no dejan lugar a dudas, y debe reseñarse la prudentísima reacción del diario La Nueva España, que hace notar, eso sí, que “los trabajadores del Principado estuvieron toda la tarde sin correo electrónico. La lista circuló de mano en mano y fue redistribuida en fotocopias. Se convirtió en la comidilla de la jornada e hizo que algunos empleados se sintieran agraviados. Aparte de los 63 eventuales, los departamentos de prensa y el gabinete de cada Consejería cuentan con funcionarios asignados”. Pero lo que llama poderosamente la atención de cualquiera, es la argumentación esgrimida desde El Comercio para no divulgar detalles de los contenidos de la lista: “El Gobierno regional, tras tener conocimiento del despiste, consultó con sus servicios jurídicos a fin de garantizar la confidencialidad de unos datos que considera de índole privada. El envío contenía no sólo los sueldos brutos anuales y las categorías profesionales, sino incluso los números de los documentos nacionales de identidad“.
Y aquí es donde se nos aparece con toda claridad el lamentable estado de nuestras libertades y la clamorosa emasculación de nuestro sentido crítico, pues lo cierto es que entre el amplio grupo de personas cuyos salarios han sido revelados -pues de eso se trata, y no de otra cosa- se encuentran numerosos parientes y amigos de los más conocidos personajes del poder gobernante, entre quienes destacan, con los más altos salarios, sin ir más lejos, parientes directos de los propios miembros del gobierno, de cuya contratación la sociedad asturiana no tiene ni la menor idea.
¿Es razonable que se nos oculten estos datos, apelando a una ley en la que no se dice nada que tenga que ver con lo que El Comercio dice que dice, y que ha sido elaborada y aprobada para proteger la orientación sexual, la religión y otras circunstancias íntimas? Apelar a la Ley de Protección de Datos, para ocultar la lista de funcionarios políticos del gobierno de Asturias, no es más que un burdo pretexto para negar una información a la ciudadanía, cuyo “derecho a la información” está constitucionalmente muy por encima de unos datos que, en si mismos no están protegidos. ¿Qué tiene que ver el hecho de que no se pueda divulgar el DNI de los funcionarios políticos, con que a los asturianos se nos niegue el derecho a conocer el sueldo que cobran lo parientes directos de Ana Rosa Migoya?
Lección de historia con lobos, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Hay que saber mucho cine para poder hacer un documental como El abogado del terror. Hay que saber mucha historia para tener el talento de contarla sin perderse. Hay que tener una cultura inagotable para ser capaz de mezclar en una sala de montaje un material que le deje al espectador literalmente traspuesto, y sin que se utilice en ningún momento voz en off, el habitual comentario rotundo que convierte la inmensa mayoría de los documentales en sucedáneos del National Geographic. Hay que poseer el bagaje cinematográfico de Barbet Schroeder para construir una auténtica obra maestra del cine sobre lobos. Lobos de dos patas, criminales de la Revolución y del Estado, indisolublemente unidos por algo tan evidente como el modo de hacer, el modo de vivir, el modo de matar, el modo de justificar el crimen.
Llevo dos semanas dándole vueltas a este documental espeluznante y esclarecedor, que no sólo recomiendo sino que debería convertirse en un tema de debate para varias generaciones -empezando por la mía- que vivieron la dialéctica salvaje de salvar la humanidad y esclavizarla. Esa argamasa que ha constituido el tejido de nuestros sueños más ambiciosos y más crueles, porque con esa pasta que embadurnábamos nuestros deseos figuraba el amor -para qué negarlo- pero también la brutalidad, esa antesala del crimen.
Estamos hablando de las buenas intenciones de un asesinato, o de dos, o de una clase social, o de varias, hasta llegar al ridículo de no saber si defendimos la transformación de la sociedad o fuimos esos cándidos personajes, tan implacables como secundarios, que aparecen en las obras de Shakespeare, casi para hacer reír en los momentos en que la tensión teatral resulta insoportable.
El filme El abogado del terror, de Barbet Schroeder, que se acaba de estrenar en España y que volará pronto de las carteleras -un cine y una sesión en Barcelona, un cine y dos sesiones en Madrid- porque las gentes que dicen saber de esto y viven de ello consideran que ese es cine para gente muy especial, que apenas da un duro para que les hagan la corte publicitaria. En la historia del cine, más aún que en la historia de la literatura, lo mejor lo saca el tiempo y lo redime del fracaso ante críticos y espectadores. Fíjense que si digo “se estrena en España”, debo preguntar luego: ¿dónde se estrenan las películas en España? ¿En Madrid y Barcelona? Me consta que la inmensa mayoría de las ciudades españolas ya no tiene cines, fuera de esos galpones para ganado familiar de fin de semana, junto a los abrevaderos del consumo de masas. El cine convierte en casi imposible la artesanía y la empresa familiar. Pero de vez en cuando aparece algo así y hay que precipitarse en el elogio y el entusiasmo porque no se trata de esos ejercicios de fin de carrera -esa abrumadora pesadez de los jóvenes cinéfilos- y estamos ante algo grande y realizado con los limitados medios de un género tan manido y difícil como el documental.
El protagonista principal del filme de Schroeder es un gran abogado parisino -Jacques Vergès- que en España no sonará mucho porque nunca, que yo sepa, tuvo relación alguna con nadie de aquí y hasta me temo que no debió pisar este país nunca, como no fuera alguna sala de aeropuerto. Sin embargo se le publicó apenas muerto Franco, cuando salían del armario los radicales irredentos; aún conservo la edición de Anagrama del año 76 de La estrategia judicial de los procesos políticos,donde se puede leer la sentencia que abre el libro: “El aparato estatal formado por el ejército, la policía y la justicia es el instrumento mediante el cual una clase oprime a otra”. Firmado, Mao Tse Tung. El mundo de Vergès no era precisamente el nuestro. Hijo de un francés de la isla Reunión y de una vietnamita, discreto sólo de estatura, ojillos vivos enmarcados en aquellas gafas redondas que pretendían definir una concepción del mundo. Osado y soberbio hasta la fatuidad, siempre se sintió un producto exquisito y colonial que debía mostrar al país más autocomplaciente del mundo -Francia inventó el “chovinismo”- que eran tan viles, desalmados, explotadores e imperialistas como cualquier otra sociedad occidental con intereses coloniales.
La trayectoria de este letrado imaginativo e implacable empieza con el terrorismo independentista argelino, al que defenderá en un juicio que se habría de convertir en leyenda de ese mundo tan cargado de mitos y escaso de futuros. Incluso acabará casándose con una leyenda del mundo árabe, la terrorista Djamila Bouried, condenada a muerte por el Estado francés, a la que Vergès, en su condición de abogado y gran manejador de los medios, conseguirá salvar la vida. Djamila Bouried y su odisea, no más sangrienta y criminal que la de Menahem Begin, en el otro lado de la barricada, que llegaría a primer ministro del Estado de Israel e incluso a premio Nobel de la Paz. Se podría decir que en casi todos los vericuetos terroristas de los movimientos palestinos de los años sesenta y setenta, tienen como letrado, intermediario y cómplice a Jacques Vergès. Y luego con Mao Tse Tung en China y Pol Pot en Camboya, y la colección de tiranos árabes supuestamente socialistas. Allí donde había un combate contra el sionismo estaba Vergès, que se llegó a convertir al islam y dejó de comer cerdo y otras golosinas, pero por poco tiempo. Luego siguió con los restos internacionales de la Baader Meinhof, y con ese espécimen singularísimo del género lobo, Ilich Ramírez Sánchez, venezolano, más conocido como Carlos; su relato, sus descripciones, su atropellada manera de hablar un francés utilitario como una “9 Largo”, en conversación telefónica desde la prisión donde cumple la perpetua, dejan al espectador en un estado de perplejidad absoluto, como si de pronto uno escuchara la voz de un Conde Drácula real, arrogante, locuaz y deslenguado. No es la banalidad del mal, de la que hablaba Hanna Arendt, sino la presunción del killer. Probablemente esa sería la manera de enfocar el asesinato político de aquel Netchaev, hoy tan olvidado y sin embargo tan presente; fue el primero que construyó una ética del terrorista como lobo sanguinario y filantrópico.
Ninguna actriz sería capaz de hacer tan naturalmente el papel que interpreta la antigua terrorista alemana Magdalena Kopp, contando su propia vida y su experiencia amorosa y frustrada con Jacques Vergès. Es un momento cenital, en el que realidad y representación convergen y dan un resultado inhumano de puro sencillo. Cualquiera al oírla podría pensar que estamos ante una historia de gentes comunes, asaeteadas por la vida, cuando de lo que se trata es de genéricos de la especie lobo, dispuestos a matar por una idea, la primera que les viene a la cabeza; después de tantos años pensando que sólo eran capaces de morir por ella. Una diferencia notable, la de ser capaz de morir, a considerar que es imprescindible matar. Cualitativa, que decían los dialécticos. Y siempre ahí está Vergès con su puro habano a medio fumar, como si moviera la batuta de un jefe de orquesta corrigiendo las deficiencias de los músicos del foso.
Y como traca final, el gran sarcasmo. Defender a un criminal en su grado superlativo. Klaus Barbie, la hiena de Lyon, el hombre que torturó y asesinó a hombres, mujeres y niños en la Francia ocupada. Como en una exhibición del túnel de los horrores van apareciendo unos tipos amables, hasta simpáticos, buenos narradores de sus propias mentiras, que cuentan con la mayor normalidad cómo hicieron o mandaron hacer tal o cual cosa, sin perder el ritmo ni alterarse. Como buenos representantes del género lobo. Y nos están contando una historia con la sencillez de una lección de alta política, como aquellos profesionales de la antropología que son capaces de desvelar todos los secretos de una mansión a partir de una detallada relación de lo que va en la bolsa de la basura. No cabe la simplificación. No es un trepador social, tampoco un revolucionario, ni un vulgar cómplice del terror. Es mucho más, es un abogado que demuestra que la ley es un trampa construida por los poderosos, que en ocasiones se les enreda en las patas del lobo y les hace temblar. No de vergüenza, como podría ser el caso, sino de miedo, quizá de complicidad.
Ellos se perderían nuestra sapiencia, de Víctor de la Serna en El Mundo
LA POLEMICA NACIONAL: ¿EXCLUSION DE ESPAÑA DE LA CUMBRE ECONOMICA?
Parece que España, potencia económica con un fuerte sector financiero, sólo podría estar de rebote, quizá invitada por Lula, en la cumbre de Washington que intenta reformar la economía de mercado.
Las causas y las consecuencias de que no se haya invitado aún al Gobierno español han provocado el proverbial torrente de juicios en la prensa. José Luis Rodríguez Zapatero, presidente absentista en política exterior que además se ha permitido ofender a buena parte de sus aliados, está en el ojo del huracán. De hecho, los medios más afines fueron los que en gran medida le colocaron entre la espada y la pared: Zapatero exige estar en la cumbre anticrisis, titulaba el miércoles Público; Zapatero lanza un órdago para ir a la cumbre económica mundial, trompeteaba El País. Pues se lo han visto, ese órdago. Ese mismo día Estados Unidos anunciaba que España no estaba entre los invitados…
Justamente El País ahondaba en las consecuencias negativas de esa no invitación a la vez que dudaba de su causa: «Si fuera cierto, como subrayan algunos medios, que España estará ausente por la mala relación personal entre Zapatero y Bush a propósito de la Guerra de Irak, habrá que decir que es una razón inaceptable y que los socios europeos, empezando por Sarkozy, no pueden lavarse las manos. (…) Lo que se juega no es el éxito o fracaso de Zapatero, sino el remiendo de una injusticia histórica y la entera coherencia de la iniciativa». Pero otro diario próximo al poder, El Periódico, no escurría en su propio editorial el bulto de la responsabilidad del presidente: «Sería una simplificación achacar a ese factor personal la eventual ausencia de España en la cumbre. El Gobierno de Zapatero, en parte por el escaso despliegue del presidente en las tareas diplomáticas, no ha sabido tejer una red sólida de complicidades internacionales. (…) La salida en tromba del presidente al señalar ante la prensa, convocada de forma urgente, que iba a dar la batalla por estar en Washington fue un error que puede pasarle factura interna y externa si su apuesta es perdedora».
Enfrente, claro, las críticas son mucho más acerbas. En ABC escribe José María Carrascal: «Zapatero está solo. Y está solo porque su Alianza de Civilizaciones no es más que una reedición apolillada del neutralismo de Tito, Nehru, Ben Bella, cuando Yugoslavia ya no existe, Argelia combate el fundamentalismo, India es uno de los mayores aliados de Estados Unidos. Mientras Zapatero se aferra al antinorteamericanismo visceral de la izquierda española, con aliados como Cuba, Venezuela, Irán, ¿qué hace un hombre como éste en una reunión para refundar el capitalismo?, han debido de decirse sus anfitriones». Y Hermann Tertsch, también en ABC, encontraba un símil noctámbulo: «Nada hay más patético que un personaje, sobrio o no, intentando convencer al portero de la discoteca que precisamente él es bienvenido y necesario en la fiesta». Por su parte, en La Razón, Aleix Vidal Quadras resumía: «Nuestro pobre ZP es muy hábil para ganar elecciones en casa a base de trucos de malabarista, pero no es un producto exportable».
El efecto del esnobeo sobre el propio Zapatero atraía la atención de Eduardo San Martín en ABC: «Como para perdérselo: plantar cara al Imperio primero y enmendar el capitalismo después, y todo en menos de un lustro. Un presidente para la Historia. Ni en sus sueños de joven promesa socialista, cuando su partido aún deambulaba por la trocha marxista, podría haberse imaginado a sí mismo en semejante papel: paladín del asalto a la fortaleza liberal y del golpe de gracia a la hegemonía americana en el mundo. Pero Bush, el anfitrión, no está por la labor. Prefiere amigos sinceros».
Pero ya saben lo de ¡que inventen ellos! que decía una despechada España a través de don Miguel de Unamuno. ¡Ellos se lo pierden!, explica ahora el insustituible Manuel Saco, en Público, siempre el más fiel y balsámico aliado de La Moncloa: «La reunión para estudiar nuevas técnicas para apagar el fuego está convocada por el pirómano jefe, el más incendiario, torpe, inútil y dañino que haya sufrido el Imperio en toda su historia, al que su forma infantil de entender la política le va a impedir conocer de primera mano el testimonio del representante del único país que ha demostrado tener la receta para controlar las entidades financieras que desataron la crisis». Ahí queda eso. La zorra y las uvas.
Y es que siempre nos quedará Público… Y, quizá, Lula.
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Paradojas de la ingenuidad, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia
Ser radicalmente ingenuo es un problema. No serlo en absoluto, también. Supongo que no hemos llegado aún al extremo de considerar que si no se es mala persona se es ingenuo, aunque en ocasiones algo semejante podría desprenderse de ciertas valoraciones. No se trata de reivindicar la simpleza, ni de confundirla con la necesaria sencillez, ni menos aún de defender la incapacidad de hacerse cargo de una situación, de afrontar sus consecuencias o de prever lo que otros pueden llegar a hacer. Pero acabará siendo imprescindible asumir determinada ingenuidad, incluso reivindicarla, si las alternativas son las que corresponden a formas más o menos sofisticadas de granujería. La arrogancia del supuestamente astuto debería no olvidar la fuerza y el valor de esa ingenuidad.
Nose trata de pisar, ni de dejarse pisar, no es cuestión de amenazar ni de dejarse amenazar, si bien se oye hablar con demasiada frecuencia de objetivos que hay que lograr a cualquier precio, lo que vincularía la eficacia con la falta de escrúpulos. Si no se está dispuesto a todo, no se es interesante ni atractivo para lo que se persigue, que, según parece, ha de anteponerse a cualquier miramiento. De lo contrario, por lo visto, se es ingenuo. Y ello hasta el extremo de descalificar a alguien por lo que se estima que es andarse con demasiadas contemplaciones. Aquí irrumpe la paradoja. Si se es minucioso, si se tienen en cuenta los diferentes aspectos, si se piensa en los demás y en el alcance de cada acción o decisión, mira por dónde, se es ingenuo. Lo avispado consistiría en atajar, en ir directamente a la cuestión y en fijarse sólo en los resultados. El resto serían melifluas debilidades, propias, de nuevo, de un ingenuo.
No faltan, por otra parte, quienes una y otra vez previenen del peligro de las posiciones cuidadosas. Prevenir del cuidado, nueva paradoja. Si en una reunión o en un debate público alguien propone o defiende algo que no resulta inmediatamente rentable, es mirado con recelo y requerido para que se explique, mostrando las ventajas o el provecho de lo expuesto, en razón del beneficio como valor supremo. Y, por supuesto, los obsesos de la utilidad aderezan sus avisos con precauciones sobre lo que, en tono casi descalificador, denominan ideas. Defenderlas supondría la máxima expresión de ingenuidad, de falta de realismo.
La astucia sería el camino indicado, al servicio de la eficacia. No suponer que los demás están dispuestos a todo mostraría un candor propio de novatos. Sospechar sería lo sensato, lo prudente. Nada de confianzas ni de generosidades. Cada uno a lo suyo y frente al resto. Competir consistiría en combatir y, por supuesto, en vencer, para lo que valdrían todos los procedimientos, mecanismos y artimañas. Sin embargo, la ingenuidad propondría hacer compatible la competitividad con la colaboración y la solidaridad. Con alguien, no contra él. El desafío es necesario y hasta atractivo, pero si tratar de no arrollar es ingenuo, impropio de triunfadores, es cuestión de preconizar otro tipo de éxitos menos victoriosos. Desear ganar sin víctimas ni derrotados sería la paradójica voluntad del ingenuo, lo que no es incompatible, a su juicio, con poner todos los medios para lograrlo. No es cuestión de humillar, ni de apabullar, ni de aniquilar. Preferimos esta limpieza en el modo de ser y en la decidida voluntad de no claudicar ante el éxito fulminante. A algunos, tamaña inocencia les produce hasta rubor y, desde luego, les causa desconfianza. Alguien sensible, detallista, decoroso, capaz de permanente consideración genera susceptibilidad para los apremiados por lo fácil y rápido, pero no para quienes bien conocen que sólo con gente así se puede ir lejos.
Hay en la ingenuidad una indescriptible tendencia a esperar contra toda esperanza cuando parece haber pocas salidas, a no rendirse cuando las posibilidades son escasas, incluso inapreciables, a confiar cuando los demás sólo ven amenazas, a darlo todo aunque uno se quede solo, a proseguir cuando ya otros han cedido, a ser amable cuando no se es bien tratado. Ello no supone tanto un alma pánfila cuanto una permanente capacidad de ser bien pensante y bien intencionado. Intentar comprender no es querer justificarlo todo, pero esta ingenuidad permite hablar bien de los demás incluso en situaciones difíciles.
Se dirá que la ingenuidad es temible. Sin duda, aunque no está claro para qué y para quiénes. Desde luego las preguntas que provoca desconciertan y a menudo delatan, son un contratiempo para aquellos que buscan cómplices sin principios. La ingenuidad desafía lo que, tal vez enmascarada de experiencia y madurez, es en ocasiones pura malicia, resabiada y enquistada. Esta no es sólo penetración, sutileza y sagacidad, también es la maldad de quien recela de todo y tiene intenciones solapadas, propias de un indebidamente llamado listo. En tal caso, más vale reclamar algún candor, algún pudor, alguna inocencia, lo que no es incompatible ni con la contundencia, ni con la insistencia, ni con la firmeza. La ingenuidad es la que hace no claudicar, la que insta a proseguir y a inquirir. Lo paradójico de ella es que algo tiene que la hace peligrosa, pero no siempre para el ingenuo, sino para quien al encontrarse con él lo desconsidera.
ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.
El azar, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Creo que el azar gobierna nuestras vidas de una forma mucho más importante de lo que pensamos, aunque la mayoría de la gente se resiste a aceptar esta idea.
Ello es porque, como decía Ludwig Wittgenstein, encajamos todo lo que perciben nuestros sentidos en un molde predeterminado por nuestro cerebro. Pero las cosas no suelen ser como parecen en muchas ocasiones.
El ser humano necesita explicar los fenómenos que no comprende y y, por ello, establecer pautas de comportamiento que suelen ser puramente ilusorias. Por ejemplo, un individuo invierte sus ahorros en la Bolsa y luego se arruina. Se casa con una mujer enamorado y se separa a los tres meses. Confía en el diagnóstico de un médico, que más tarde se demuestra que es erróneo.
En general, percibimos las cosas como creemos que son y no cómo realmente son cuando se trata de asuntos complejos, que afectan a nuestra vida. Ello también es extensible al mundo de lo físico: decimos que el cielo es azul, pero en realidad el color es una longitud de onda.
Casi todo lo que nos sucede en la vida es imprevisible. Hagamos el simple ejercicio de situarnos en nuestra niñez y luego en el presente. ¿Era predecible el desarrollo de nuestra existencia?
Se me dirá que este argumento es un sofisma porque el hombre es el resultado de su herencia genética, su familia, su educación y su entorno. Es cierto que todos estos factores son esenciales, pero también son puramente aleatorios. ¿Por qué, si no, dos hermanos pueden ser totalmente distintos?
El mismo accidente del MD-82 en Barajas está probablemente motivado por una sucesión de hechos azarosos que desembocaron en la catástrofe. La alteración de uno de los factores de esa secuencia habría podido evitar el fatal desenlace.
Desde niños, hemos sido educados en el principio de causalidad y en la idea de que todo lo que sucede a nuestro alrededor es explicable de forma racional. Desde Platón a Hegel y Marx, los filósofos han analizado los fenómenos individuales y sociales como el resultado de unas leyes universales.
Este determinismo histórico nos ha cegado sobre lo esencial: esa presencial del azar. La vida existe en la Tierra porque, según los científicos, se dieron unas circunstancias bioquímicas cuya repetición es altamente improbable. El azar jugó también un papel importante en la evolución genética, como muy bien demostró Jacques Monod.
Somos, en buena medida, un producto del azar y eso es lo que convierte en tremendamente vulnerable al ser humano. Pero es el azar también el que hace que la existencia humana sea una aventura singular e irrepetible. Tal vez nuestra conciencia sea también un producto del azar, lo que nos plantea serias dudas sobre el alcance de nuestro conocimiento.
Son reflexiones a las que he dado muchas vueltas y que posiblemente carezcan de sentido, como casi todo lo que hacemos.
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