Paradojas de la ingenuidad, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia
Ser radicalmente ingenuo es un problema. No serlo en absoluto, también. Supongo que no hemos llegado aún al extremo de considerar que si no se es mala persona se es ingenuo, aunque en ocasiones algo semejante podría desprenderse de ciertas valoraciones. No se trata de reivindicar la simpleza, ni de confundirla con la necesaria sencillez, ni menos aún de defender la incapacidad de hacerse cargo de una situación, de afrontar sus consecuencias o de prever lo que otros pueden llegar a hacer. Pero acabará siendo imprescindible asumir determinada ingenuidad, incluso reivindicarla, si las alternativas son las que corresponden a formas más o menos sofisticadas de granujería. La arrogancia del supuestamente astuto debería no olvidar la fuerza y el valor de esa ingenuidad.
Nose trata de pisar, ni de dejarse pisar, no es cuestión de amenazar ni de dejarse amenazar, si bien se oye hablar con demasiada frecuencia de objetivos que hay que lograr a cualquier precio, lo que vincularía la eficacia con la falta de escrúpulos. Si no se está dispuesto a todo, no se es interesante ni atractivo para lo que se persigue, que, según parece, ha de anteponerse a cualquier miramiento. De lo contrario, por lo visto, se es ingenuo. Y ello hasta el extremo de descalificar a alguien por lo que se estima que es andarse con demasiadas contemplaciones. Aquí irrumpe la paradoja. Si se es minucioso, si se tienen en cuenta los diferentes aspectos, si se piensa en los demás y en el alcance de cada acción o decisión, mira por dónde, se es ingenuo. Lo avispado consistiría en atajar, en ir directamente a la cuestión y en fijarse sólo en los resultados. El resto serían melifluas debilidades, propias, de nuevo, de un ingenuo.
No faltan, por otra parte, quienes una y otra vez previenen del peligro de las posiciones cuidadosas. Prevenir del cuidado, nueva paradoja. Si en una reunión o en un debate público alguien propone o defiende algo que no resulta inmediatamente rentable, es mirado con recelo y requerido para que se explique, mostrando las ventajas o el provecho de lo expuesto, en razón del beneficio como valor supremo. Y, por supuesto, los obsesos de la utilidad aderezan sus avisos con precauciones sobre lo que, en tono casi descalificador, denominan ideas. Defenderlas supondría la máxima expresión de ingenuidad, de falta de realismo.
La astucia sería el camino indicado, al servicio de la eficacia. No suponer que los demás están dispuestos a todo mostraría un candor propio de novatos. Sospechar sería lo sensato, lo prudente. Nada de confianzas ni de generosidades. Cada uno a lo suyo y frente al resto. Competir consistiría en combatir y, por supuesto, en vencer, para lo que valdrían todos los procedimientos, mecanismos y artimañas. Sin embargo, la ingenuidad propondría hacer compatible la competitividad con la colaboración y la solidaridad. Con alguien, no contra él. El desafío es necesario y hasta atractivo, pero si tratar de no arrollar es ingenuo, impropio de triunfadores, es cuestión de preconizar otro tipo de éxitos menos victoriosos. Desear ganar sin víctimas ni derrotados sería la paradójica voluntad del ingenuo, lo que no es incompatible, a su juicio, con poner todos los medios para lograrlo. No es cuestión de humillar, ni de apabullar, ni de aniquilar. Preferimos esta limpieza en el modo de ser y en la decidida voluntad de no claudicar ante el éxito fulminante. A algunos, tamaña inocencia les produce hasta rubor y, desde luego, les causa desconfianza. Alguien sensible, detallista, decoroso, capaz de permanente consideración genera susceptibilidad para los apremiados por lo fácil y rápido, pero no para quienes bien conocen que sólo con gente así se puede ir lejos.
Hay en la ingenuidad una indescriptible tendencia a esperar contra toda esperanza cuando parece haber pocas salidas, a no rendirse cuando las posibilidades son escasas, incluso inapreciables, a confiar cuando los demás sólo ven amenazas, a darlo todo aunque uno se quede solo, a proseguir cuando ya otros han cedido, a ser amable cuando no se es bien tratado. Ello no supone tanto un alma pánfila cuanto una permanente capacidad de ser bien pensante y bien intencionado. Intentar comprender no es querer justificarlo todo, pero esta ingenuidad permite hablar bien de los demás incluso en situaciones difíciles.
Se dirá que la ingenuidad es temible. Sin duda, aunque no está claro para qué y para quiénes. Desde luego las preguntas que provoca desconciertan y a menudo delatan, son un contratiempo para aquellos que buscan cómplices sin principios. La ingenuidad desafía lo que, tal vez enmascarada de experiencia y madurez, es en ocasiones pura malicia, resabiada y enquistada. Esta no es sólo penetración, sutileza y sagacidad, también es la maldad de quien recela de todo y tiene intenciones solapadas, propias de un indebidamente llamado listo. En tal caso, más vale reclamar algún candor, algún pudor, alguna inocencia, lo que no es incompatible ni con la contundencia, ni con la insistencia, ni con la firmeza. La ingenuidad es la que hace no claudicar, la que insta a proseguir y a inquirir. Lo paradójico de ella es que algo tiene que la hace peligrosa, pero no siempre para el ingenuo, sino para quien al encontrarse con él lo desconsidera.
ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.
El azar, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
Creo que el azar gobierna nuestras vidas de una forma mucho más importante de lo que pensamos, aunque la mayoría de la gente se resiste a aceptar esta idea.
Ello es porque, como decía Ludwig Wittgenstein, encajamos todo lo que perciben nuestros sentidos en un molde predeterminado por nuestro cerebro. Pero las cosas no suelen ser como parecen en muchas ocasiones.
El ser humano necesita explicar los fenómenos que no comprende y y, por ello, establecer pautas de comportamiento que suelen ser puramente ilusorias. Por ejemplo, un individuo invierte sus ahorros en la Bolsa y luego se arruina. Se casa con una mujer enamorado y se separa a los tres meses. Confía en el diagnóstico de un médico, que más tarde se demuestra que es erróneo.
En general, percibimos las cosas como creemos que son y no cómo realmente son cuando se trata de asuntos complejos, que afectan a nuestra vida. Ello también es extensible al mundo de lo físico: decimos que el cielo es azul, pero en realidad el color es una longitud de onda.
Casi todo lo que nos sucede en la vida es imprevisible. Hagamos el simple ejercicio de situarnos en nuestra niñez y luego en el presente. ¿Era predecible el desarrollo de nuestra existencia?
Se me dirá que este argumento es un sofisma porque el hombre es el resultado de su herencia genética, su familia, su educación y su entorno. Es cierto que todos estos factores son esenciales, pero también son puramente aleatorios. ¿Por qué, si no, dos hermanos pueden ser totalmente distintos?
El mismo accidente del MD-82 en Barajas está probablemente motivado por una sucesión de hechos azarosos que desembocaron en la catástrofe. La alteración de uno de los factores de esa secuencia habría podido evitar el fatal desenlace.
Desde niños, hemos sido educados en el principio de causalidad y en la idea de que todo lo que sucede a nuestro alrededor es explicable de forma racional. Desde Platón a Hegel y Marx, los filósofos han analizado los fenómenos individuales y sociales como el resultado de unas leyes universales.
Este determinismo histórico nos ha cegado sobre lo esencial: esa presencial del azar. La vida existe en la Tierra porque, según los científicos, se dieron unas circunstancias bioquímicas cuya repetición es altamente improbable. El azar jugó también un papel importante en la evolución genética, como muy bien demostró Jacques Monod.
Somos, en buena medida, un producto del azar y eso es lo que convierte en tremendamente vulnerable al ser humano. Pero es el azar también el que hace que la existencia humana sea una aventura singular e irrepetible. Tal vez nuestra conciencia sea también un producto del azar, lo que nos plantea serias dudas sobre el alcance de nuestro conocimiento.
Son reflexiones a las que he dado muchas vueltas y que posiblemente carezcan de sentido, como casi todo lo que hacemos.
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Inquietante verano de lejanías y tragedias, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
Pudiera ser que coincidieron en un mismo día la concesión de la medalla de oro al ciclista asturiano Samuel Fernández y el estallido de la guerra en Georgia? ¿Pudiera ser que la autoridad mediática decidió que agosto de 2008 transcurriese entre China y Georgia? ¿Cabría interpretar el verano de 2008 como un tiempo de lejanías y tragedias?
Pekín, capital mediática. Georgia, escenario de un nuevo conflicto bélico. Todas las pantallas que en el mundo interactúan se hicieron reflejo de ello. Muchos de los que se titulan analistas de la política internacional, superándose a sí mismos a la hora de solemnizar de lo obvio, señalan que China es, para el mundo que vivimos, una incógnita. ¡Qué descansados deben quedarse tras decir esto! Más complicado lo tienen si lo que toca es pronunciarse sobre Georgia. Sabemos que en 1802 el emperador Alejandro la declaró provincia rusa. Tenemos constancia de que tras la I Guerra mundial su estatus cambió. Y es conocido que perteneció a la antigua Unión Soviética. ¿Y qué más? ¿Qué decir de todos aquellos atavismos que se quedaron agazapados durante décadas y décadas de comunismo y que emergieron con una carga de monstruosidad terrorífica? ¿Por qué, ya que de comunismo hablamos, no quiso recordarse aquel espeluznante episodio de los tanques rusos en Praga, que tuvo lugar también en un mes de agosto hace 40 años? Se conmemoró por todo lo alto el 40 aniversario del mayo francés, pero se silenció prácticamente el agosto checo. ¡Qué cosas! ¿Pudiera colegirse que la lectura de Kundera no es para el verano, al menos para el de 2008?
Pues ahora resulta que Rusia defiende la independencia de Osetia, el mismo país y los mismos dirigentes que no muestran tal amplitud de miras con respecto a los chechenos. Mientras que Bush, con galbana, se preocupa por los georgianos. La realidad, en su empeño por superar a la ficción, consigue demostrar que la capacidad de asombro es inagotable.
Juegos Olímpicos en Pekín. El conflicto tibetano como un olor de alcantarilla que convenía tapar. Pero, aparte de eso, ¿qué es lo que realmente sabemos de ese país? Seguimos recordando un tiempo que, hasta en España, hubo gentes que tuvieron a bien declararse maoístas. El muy renombrado Libro rojo de Mao continúa estando entre los más difícilmente digeribles de las lecturas sagradas de cierta izquierda, aunque no sabemos bien hasta dónde puede llegar el mérito de algunas traducciones.
¡Qué poco se ha querido reparar en el hecho de que los dos grandes focos de atención agosteños guardan relación con lo que fue el mundo comunista! Un mundo comunista, el ruso y el chino, que colisionaron entre sí, también por asuntos territoriales, es decir, de propiedad. Lo más ortodoxo y lo más exótico. Lo que queda de aquello. Los restos de un naufragio al que podemos llamar siglo XX.
Se habló también de una especie de vuelta a la llamada Guerra fría, precisamente en verano, justamente, cuando no existen esos dos grandes bloques enfrentados que se conocían como capitalismo y comunismo. De lo que no se dijo nada fue de la inoperancia de la ONU, que, esta vez más que nunca, estaba de vacaciones.
Verano de lejanías y tragedias. Imágenes tan contrapuestas como la emoción del ciclista asturiano en su momento de gloria, frente al dolor extremo de quienes sufrieron los bombardeos en el conflicto que tiene lugar en el Cáucaso.
Lo peor de todo es que, coincidiendo con el regreso, es decir, con la recta final del mes de agosto, la tragedia se ubicó al lado nuestro, en Barajas. Una información que no cesaba. Un desfile de políticos soltando las perogrulladas de rigor. Una catarata de comentarios que pretendían inducir a pensar que aquí todo el mundo es experto en asuntos de aviación. Y, para guinda, algunos reportajes televisados donde, una vez más, se formulaban las preguntas más estúpidas y afrentosas a la inteligencia que imaginarse cabe.
Inquietante verano de lejanías y tragedias. Medallas de oro, épica deportiva en China. Matanzas horripilantes en el conflicto caucásico. Tragedia en un aeropuerto.
Políticos que no están, que sólo comparecen para la foto. Historia que no quiere ser recordada. Comparecientes ubicuos y conspicuos que coincidieron para la foto en episodios jubilosos y en trances trágicos.
Y, al modo de un relato intercalado entre las lejanías deportivas y la guerra en el Cáucaso, el episodio de un hombre que agoniza por hacer de docente fuera del aula, por hacer de la decencia baluarte que no necesita ser exhibido.
Mismo país, idéntico lugar para una fatal coincidencia entre dos personajes abismalmente alejados, tan distantes como la civilización y la barbarie. El representante de la primera agoniza en un hospital; el lastimoso ejemplo de la segunda está entre rejas: un hombre que lleva la bestia y el monstruo dentro: el dinero y el desconocimiento, la osadía más agresiva del ignorante, el sujeto que tiene como única arma la violencia, pura y dura chatarra. De algo así, tan trágico y no menos ilustrativo, el discurso mediático hizo y está haciendo culebrón.
Inquietante verano de lejanías y tragedias. De olvidos. Y, como remate, crónicas de sucesos contadas al chabacano modo.
De Pekín a Seúl, la hora de la filosofía, de Víctor Gómez Pin en El País
Además de las formas de sociedad que comparten con los animales, los humanos tienen cosas como moneda, propiedad, gobierno y… congresos de filosofía”, decía con humor el pensador americano John Searle en la conferencia que clausuraba en Pekín en agosto del pasado año el Congreso Internacional de Filosofía de la Ciencia. Como es sabido, en la capital china, la filosofía deja este año paso a los fastos olímpicos, lo cual acentúa la reminiscencia griega. Mas, reemplazada en Pekín por el deporte, la filosofía no se ha ido muy lejos…, concretamente a Seúl, otra ciudad olímpica, donde ha tenido lugar el más genérico Congreso Mundial de Filosofía. Es la primera vez que se celebra en Asia este acontecimiento, cuya primera edición tuvo lugar en París en 1900. Excepcionalidad explícitamente señalada por el presidente del congreso, el danés Peter Kemp. La sede de la próxima edición será Atenas, lo cual algunos interpretarán como un retorno a casa. Retorno, en cualquier caso, tras haberse enriquecido en esta confrontación a la alteridad, y liberado quizás de algún prejuicio.
Es obligado preguntarse de dónde procede este interés por organizar congresos filosóficos en estos dos grandes países asiáticos. En Seúl, la repercusión local ha sido muy grande y cabe decir que constituyó el acontecimiento cultural del momento (la inauguración contó con la presencia del primer ministro).
No puedo dejar de señalar un penoso punto en común entre ambas celebraciones; a saber, la testimonial representación de la mayoría de los países asiáticos y muchos de la Europa no comunitaria y de América Latina. Pues, obviamente, no todos los continentes están homologados en lo referente al peso que en la educación se está en condiciones de otorgar a la filosofía.
El país extranjero con mayor representación ha sido Rusia. También fueron numerosos los participantes españoles (el profesor Tomás Calvo, de la Complutense, fue uno de los responsables de la organización). Caso quizás especial es el de la propia Corea, que ya el pasado año en Pekín tenía una representación muy amplia.
En todo caso, el enunciado mismo del Congreso de este año parece sugerir que en su guerra por la dignificación de la condición humana, la filosofía ha de hacer una pausa consagrada a meditar sobre sí misma: Rethinking Philosophy Today es, en efecto, el título general, que cabría enfatizar como volver a plantearse en nuestro tiempo qué es eso de filosofía. En tal sentido, repensar hoy la filosofía no incita a otra cosa que a seguir filosofando, seguir confrontándose a aquellos problemas que constituyen universales antropológicos. A decir verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido adecuado para que un encuentro de filósofos se fijara como meta el poner de nuevo sobre el tapete los problemas filosóficos.
A mi juicio, lo más relevante quizás ha sido la explícita consideración de temas vinculados a la relación Oriente-Occidente por lo que a la filosofía se refiere. Conviene al respecto precisar que la universalidad de la filosofía ha sido a veces puesta en tela de juicio precisamente en boca de los que a ella se dedican. La divergencia está viciada por un equívoco respecto a lo que hay que entender por el término mismo filosofía. Es difícil imaginar que en lugar alguno el hombre deje de preguntarse por el hombre, es decir, que no haya alguna forma de antropología filosófica. Y así para todas y cada una de las interrogaciones que han alimentado la historia de la filosofía. Los que enfatizan el lazo entre la filosofía y la ascendencia cultural grecolatina se verían sorprendidos al constatar el gran número de sesiones en que los problemas que atravesaron a Platón, Leibniz o Kant eran retomados con todo rigor por colegas asiáticos, en absoluto desarraigados de su cultura. Obviamente, ello no fue óbice para que hubiera múltiples sesiones sobre aspectos filosóficos de budismo o confucionismo, en las que, de hecho, se hallaron implicados muchos participantes europeos o americanos.
Afirmar o negar la universalidad de la filosofía es casi una cuestión de optimismo o pesimismo antropológico. La reivindicación de la filosofía seguiría vigente aun en el caso en que la globalización del libre mercado llegara a ser compatible con la reducción de las abismales diferencias económicas entre países y entre ciudadanos de cada país (perspectiva utópica donde las haya). Pues, como indicaba en este congreso la profesora turca Ioanna Kuçuradi, esta mayor equidad sólo supondría efectiva generalización de los derechos humanos si se acompañara de una educación general tendiente a desarrollar en cada individuo las facultades que le caracterizan como ser humano. Y aquí entra en juego la filosofía: educar a la humanidad a través de la filosofía equivaldría a posibilitar que se actualizara en cada uno de nosotros el conjunto de potencialidades que nos marcan como seres de razón; equivaldría simplemente a ayudarnos a realizar nuestra humanidad (la educación ha de fertilizar un órgano, no puede sustituirse a él, señalaba ya Platón).
Aristóteles pretendía que la disposición filosófica era propia de los hombres libres. Mas en tal caso, la neutralización de tal disposición en la inmensa mayoría de las personas constituye un índice de la ausencia de libertad efectiva.
En Seúl, Peter Kemp enfatizó la importancia del congreso en base a la convicción de que “los poderes tecnológicos, militares y económicos no poseen el monopolio del poder en el mundo”. A su juicio, la filosofía, dada su capacidad de “exponer falsedades e ilusiones” generadas por dichas fuerzas y proponer “un mundo mejor como morada de la humanidad”, podría erigirse en contrapoder, cuya misión sería, ni más ni menos, que “luchar para crear una ciudadanía mundial y establecer un nuevo orden mundial”.
La verdad es que, compartiendo con Kemp la concepción militante y casi redentora de la filosofía, soy menos optimista que él respecto a que la generalización del espíritu crítico y de la exigencia de lucidez que la filosofía supone pueda realizarse en base a competir con los poderes reconocidos como gestores del mundo. Por decirlo en términos muy clásicos (y poco de moda), quizás la acción transformadora de la sociedad sea condición de la realización de la filosofía y no al revés. Quizás sea útil recordar aquella tan desconsoladora como lúcida Miseria de la Filosofía, con la que Marx daba respuesta a la edificante y compasiva pero inoperante Filosofía de la Miseria de Proudhom.
Un último apunte: ni la concepción de la filosofía como derecho cultural de cada ser lingüístico, ni la constatación de la diversidad de culturas en las que la filosofía se despliega, dieron lugar a la reivindicación de una filosofía popular, o de una filosofía patriótica. La filosofía ha de servir a las personas (contribuyendo a esa educación integral a la que antes me refería) y ha de sostener a toda patria portadora de valores universales (la Francia de la Revolución, por ejemplo), pero sólo lo hará permaneciendo fiel a sí misma, es decir, siendo cabalmente filosofía.
Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Miedo a volar, de Martín Prieto en El Mundo
BAJO EL VOLCAN
Un comandante español de submarinos alistaba en la base naval de San Diego una unidad cedida por la US Navy y se sorprendía de que su preparadísimo y eficiente colega que hacía la entrega sólo fuera segundo comandante. Lo comentó al almirante de los sumergibles: «Usted sabe -le contestó- que en un submarino el primer error es el último. Este buen oficial está divorciado, con lo que ya ha cometido un importante error en su vida». Todas las Armadas del mundo son exasperantemente conservadoras hasta en su vida social, pero es cierto que, como en el Kursk, el primer error es letal. La aviación es el submarino del aire y una puerta mal cerrada supone la catástrofe.
A los fóbicos se les enseña que el avión no está suspendido milagrosamente en el vacío sino que navega en el fluido del aire igual que entre las aguas, y que, alcanzada su velocidad de crucero, no pesa. El teorema de Bernoulli, la teoría de Kutta-Joukowski y el principio de acción-reacción sustentan el mito de Icaro y el sueño de Leonardo Da Vinci. Obvio es repetir que el transporte aéreo es el más seguro del mundo, por eso sus desastres despiertan la imaginación y estupidizan a los responsables en tierra. Se ha repetido que los pilotos de Spanair tenían los brazos rotos de tirar de los mandos para elevarse, como si alguien pudiera hacerlo aun tirando de las Pirámides. Ni se sabe lo que es un avión ni se conoce la anatomía. Otrosí que el piloto fue obligado a despegar. Es el capitán del barco, es Dios a bordo, y se impone al armador, no al revés. Ningún comandante despega si no quiere o tiene dudas. Si en la pista de rodadura un pasajero organiza un escándalo se le desembarca; por una simple borrachera muchos aviones han variado su destino. Barajas acaba de dar una buena colección de leyendas urbanas.
Intolerable el secretismo cruel de Spanair que secuestró durante horas la simple lista del pasaje como si fuera un factor clave de la investigación. Los directivos de la compañía que han dado la cara para no decir nada son meros empleados distinguidos de la Scandinavian Airlines System (SAS), que han logrado que sus prestigiosas siglas apenas aparezcan en las informaciones sobre la tragedia como si no fueran los dueños del aparato siniestrado. La rueda de prensa de la ministra de Fomento fue digna de una «miembra» del Gobierno, balbuciendo ignorancias cuando bastaba restar los heridos del total de pasajeros para cuantificar los muertos. Volar es seguro; lo peligroso acaece siempre en tierra.
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Urtain, del mito a la tragedia, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
En verdad no los elegimos. Rara vez nuestra voluntad intervino para que su omnipresencia fuese insoslayable dentro del siempre desplegable y sorprendente repertorio de recuerdos. Muchos de los mitos que forman parte de nuestra educación sentimental no son más que imposiciones de las que no hemos podido o sabido desasirnos. A muchos de los que entonces entrábamos en la adolescencia, no nos importaba el boxeo, ni admirábamos a Urtain, y, sin embargo, no podíamos no enterarnos de lo que le acontecía en sus idas y venidas por los cuadriláteros. Estamos hablando de aquel boxeador que formó parte del cochambroso firmamento del tardofranquismo. La noticia es que la vida de este hombre se convierte en trama principal de una obra de teatro que estrenará el grupo «Animalario» el 25 de septiembre, cuyo autor es Juan Cavestany.
Tan pronto tuve conocimiento de este inminente estreno teatral, me llamó la atención que, al decir del autor del grupo que va a escenificar la representación, se trata de una tragedia griega. Que, llegado el momento, un mito se convierta en tragedia es algo sabido. Lo que ocurre es que, en el caso que nos ocupa, hay otros ingredientes llamativos. El reportero José María García publicó un libro que se tituló «Comedia Urtain», donde hablaba de una trayectoria pugilística llena de tongos. La desmitificación creó la comedia, bufa y grotesca, hasta que, andando el tiempo, un 21 de julio de 1992, cuatro días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el protagonista de esta trama se lanzaba al vacío desde un décimo piso en Madrid.
La educación sentimental, digo, y sus recovecos. Cuando supimos de aquel suicidio, no podemos decir que fue recibido por nosotros con indiferencia, sino que, de alguna forma, se acusó el mazazo de tener noticia del trágico fin de uno de los mitos de aquel tardofranquismo que coincidió con nuestra adolescencia.
¿No es cierto que casi todos nosotros, sin interesarnos gran cosa el boxeo a la mayoría, vimos por televisión aquel combate del que Urtain salió con la cara destrozada y perdió el título de campeón de Europa ante un tal Henry Cooper? ¿No es cierto que todos nos preguntábamos que podía haber de realidad y de montaje en aquella carrera fulgurante que los medios aireaban tanto y tanto?
El tardofranquismo, digo. El 26 de julio de 1977, Umbral escribe un memorable artículo en «El País» sobre Urtain a resultas del anuncio de retirada por parte del boxeador que empieza con estas palabras: «Urtain era algo así como un altorrelieve musculado de la mitología del tardofranquismo». Y presten atención, por favor, al párrafo que sigue: «Urtain, Sísifo en camiseta, Sísifo con chapela, al que en lugar de Camus ha glosado Leguineche, con no menos mérito, subía y bajaba la piedra para nada, que es lo que hacemos todos: empuñar el propio destino, el propio éxito la propia biografía, la propia imagen y mantenernos en alto para nada». Y concluye el columnista de forma magistral: «Urtain, como el Régimen, ha sido fuerza pura para nada. Gran muchacho y gran deportista, a pesar de mi querido José María García, Urtain se había convertido involuntariamente en el coloso de Rodas del franquismo, y ahora que muere el franquismo muere el coloso».
Así pues, Urtain anunció su retirada del cuadrilátero un mes y unos días después de la celebración de las primeras elecciones democráticas en España tras la muerte del dictador. A partir de ahí, por lo que se vino publicando, su vida no hizo más que dar tumbos camino del infierno depresivo que lo impulsó al suicidio en julio de 1992.
La vida como una sucesión de puñetazos de ida y vuelta que noquean. De la inocencia idílica y paradisíaca del caserío al infierno de lo peor que tiene el llamado deporte del boxeo.
En septiembre, como ya hemos consignado, va a estrenarse una obra teatral que tiene como protagonista a un mito de los últimos años de una dictadura. A un mito que fue víctima y juguete roto de aquello que lo forjó. A un mito que compareció en la vida pública cuando muchos de nosotros nos adentrábamos en esa edad de las pasiones que es la adolescencia.
El rictus de un desgarro, el mohín de una historia amarga, que en la España de entonces no tenía cabida en el cine negro. Que tuvo que esperar para hacerse hueco en el género teatral.
No es exagerado sugerir que el personaje del que venimos hablando tiene una enorme carga simbólica si de lo que se trata es de conocer lo que sucedía en un tiempo y un país en el que estábamos muchos de nosotros en tanto adolescentes, con nuestra inevitable y también llevadera carga de asombro y confusión.
Y es que, sin que la voluntad mediase en ello, «nos dolió Urtain».
Tormenta en el Mar de Galilea, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Las dos agujas del reloj, la una al hombro de la otra, acaban de pasar bien tiesas el mediodía de este miércoles 20 de agosto cuando el vuelo 0762 de Iberia con destino a Palma de Mallorca despega de la T-4 como si fuera un moscardón alejándose del esqueleto varado de un diplodocus de diseño. Hace mucho calor en Madrid y la pista rodeada de tierra reseca se empequeñece como un surco más en medio de la aburrida telaraña de los trajines del verano. -Imagínate que ahora nos pasara algo, no lo quiera Dios. Pero si se cayera este avión, saldríamos en los periódicos y lo que la gente se preguntaría es que hacíamos aquí, tú y yo, sentados juntos. Porque todo tiene un sentido. Sabes que yo creo mucho en la Providencia…
Después de tantos años sin verle -ocho o diez por lo menos- acabo de encontrarme con José María Ruiz-Mateos, tan locuaz y zalamero como siempre. Va acompañado de uno de sus hijos y otro colaborador y resulta que su asiento es el contiguo al mío, pasillo de por medio, en la parte delantera de la cabina. A mi derecha se sienta un piloto fuera de servicio, de aire apacible y sienes canosas, que vuelve a su base de operaciones.
-Si pensabas leer, has tenido mala suerte porque no voy a desaprovechar esta oportunidad de charlar con uno de los mejores periodistas de… ¡¡Europa!! Además, durante este vuelo no tenemos por qué preocuparnos porque si le pasa algo a uno de los pilotos, aquí tenemos otro. ¿No es así?
El hombre canoso y apacible entra en el juego con la más comprensiva de las sonrisas.
-Claro que sí. Si un compañero se queda dormido o se desmaya, yo me siento en su lugar. No se preocupe, don José María que sé como llevar el aparato…
Le han estirado y barnizado el rostro como un pergamino reluciente y habla un poco más bajito que cuando llamaba «cobarde» a Boyer y le aplastaba tartas en la cara, pero a sus 77 años Ruiz-Mateos sigue siendo fiel a sí mismo. «Señorita, si usted se presentara a las Olimpiadas ganaría la medalla de oro… ¡¡de la belleza!!», le dice a una azafata pelirroja. Va literalmente embutido en un traje beige claro de botonadura cruzada, más ceñido de lo normal, con una corbata granate y un pañuelo blanco, reventando picudo sobre la barandilla del bolsillo.
-Llevo puesto el uniforme de empresario porque vamos a cerrar en un almuerzo la compra de dos hoteles. Once mil millones de pesetas, ¿sabes?, y en estas cosas es muy importante dar confianza con la buena presencia en el vestir.
Genio y figura. Durante la hora que dura el vuelo me pone al día del estado de su lucha por obtener una indemnización por la expropiación de Rumasa: «Todo depende del Gobierno, pero es de justicia», me dice. Y yo asiento porque realmente lo creo: aquello fue una merienda de negros y es aún una asignatura pendiente. También describe las cinco divisiones de la nueva Rumasa y concretamente me enseña el catálogo de sus empresas de alimentación: Cacaolat, Trapa, Elgorriaga, Clesa, Dhul…
-Caray, qué buenas marcas tienes.
-Y si vieras cuál es nuestra liquidez… No quiero decirlo para no dar envidia en medio de la crisis. ¡Si Luis Valls saliera de su tumba! Pero yo no soy rencoroso y todos los días rezo para que su banco vaya lo mejor posible. Todo lo que me ha ocurrido ha sido cosa de la Providencia…
Saca entonces de su maletín una cajita forrada de cuero azul, con muelle de joyería y una inscripción que dice «Fundación alcalde Zoilo Ruiz-Mateos. Rota (Cádiz)». Me la tiende cordialmente.
-La fundación en memoria de mi padre hace algunas cosas en plata y ya sabes que yo tengo una gran devoción por Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La puedes doblar y llevarla en el bolsillo o donde quieras.
Es un bello relieve de la Virgen con el Niño, muy agradable al tacto, de unos siete centímetros de alto, con dos medias rejas plegables a modo de librillo hasta formar una capilla en miniatura.
Le pregunto por su actual relación con el Opus y me dice que sigue admirando mucho al fundador -«Fue un santo y así lo ha reconocido la Iglesia»-, pero bastante menos a sus sucesores. Estamos tomando tierra en Son San Joan cuando me da más detalles sobre la compra de los dos hoteles.
-Les dimos una especie de ultimátum y cuando nos dijeron que viniéramos a comer, yo me di cuenta de que la cosa estaba hecha. Queda rematar, claro. Un hotel en Palma y otro en Las Palmas de Gran Canaria. Los propietarios venden los dos. Nos han citado aquí, pero además del de Palma, también nos venden el de Las Palmas. Once mil millones, ¿qué te parece?
Ruiz-Mateos felicita a los dos pilotos de la cabina por su perfecto aterrizaje y se despide del suplente innecesario y de la azafata olímpica. Miro mi reloj, es la una y cinco. En ese preciso instante el comandante Antonio García Luna está abortando en la misma pista de la que hemos despegado hace una hora su primer intento de poner en el aire el vuelo JK 5022 con destino a la capital de Gran Canaria. Antes de decirme adiós, Ruiz-Mateos vuelve a la carga con Rumasa y sus otras obsesiones:
-Comprendo que no es el mejor momento para las indemnizaciones, pero se pueden buscar fórmulas. El otro día me encontré con la vicepresidenta en un avión como éste y ella me escribió una carta muy cordial, diciéndome que le diera argumentos. ¡Fíjate, qué actitud tan positiva! También le regalé un tríptico de la Virgen y no sabes cómo me lo agradeció. Todo tiene su porqué. Como nuestro encuentro de hoy. Estoy seguro de que dará frutos. Pero imagínate que hubiéramos tenido un accidente y yo me hubiera quedado ahí, frito como un pajarito en el asiento de al lado del tuyo… Por eso cada día creo más en la Providencia.
Hora y media después me llaman del periódico y me cuentan lo ocurrido en Barajas. El MD-82 iba a Canarias, pero también había hecho el servicio a Baleares. La víspera yo había dicho en la Secretaría de Redacción: «No me saquéis un vuelo de Spainair, que con esto de la regulación de empleo y la huelga de celo, seguro que tienen retrasos». El azar y la necesidad. Si los vendedores de los dos hoteles hubieran convocado la reunión en la sede del segundo en lugar de en la del primero, Ruiz-Mateos habría tenido que viajar esta mañana a Las Palmas en vez de a Palma -muchos extranjeros se confunden- y habría contado con bastantes papeletas para estar en ese vuelo. De 172 pasajeros sólo han sobrevivido 19.
Busco un libro editado hace 12 años y lo encuentro en la estantería de las lecturas de verano. Se titula Against the Gods, es una «historia del riesgo» y lo compré porque me pareció muy apropiada la ilustración de la portada. Reproduce el sobrecogedor cuadro de Rembrandt Tormenta en el Mar de Galilea que muestra cómo las olas y el viento zarandean la barca en la que viajan Jesús y sus discípulos -la belleza convulsa-, de modo similarmente espantoso a lo que le ocurre a un avión cuando entra en un espacio de turbulencias entre los rayos de una tormenta.
El maestro de la luz divide la escena en dos ambientes. La mitad de los discípulos se entregan denodadamente en la proa, iluminada por el reflejo de la luna sobre el mar, a la tarea de tensar las jarcias y otros aparejos para dominar las velas y hacerse con el control de la embarcación. La otra mitad rodea a Jesús en la penumbra de la popa, ora instándole a actuar, ora aguardando pasivamente su decisión de imponer o no la calma sobre la naturaleza desbocada. Según el autor del libro, el economista Peter Bernstein, ahí está la frontera entre los tiempos antiguos en los que los griegos «se arrodillaban ante los vientos» invocando la misericordia de los dioses y la edad moderna en la que el hombre ha dejado de estar «pasivo ante la naturaleza» y ha pasado «a gestionar el riesgo» inherente al propio concepto de civilización y progreso.
Es imposible representar mejor esa «jornada» de la condición humana que transcurre entre el amanecer de la razón y el crepúsculo en el que aúlla lo incomprensible. Si los aviones se diseñan y construyen cumpliendo todos los requisitos para que no se caigan nunca, ¿por qué se ha tenido que caer éste? Leibnitz, precursor del racionalismo, nos dejó una reflexión tan certera como inquietante: «La naturaleza ha establecido pautas que marcan el desarrollo de los acontecimientos, pero sólo en la mayoría de los casos». Terribles palabras.
Cuando sucede lo imprevisto, camuflamos nuestra ignorancia diciendo algo tan anticientífico como que se trata de la excepción que confirma la regla. El problema no está en la excepción -una vez ocurrió que…-, sino en que sea parte indisociable de la regla. Arthur Rudolph, diseñador de los cohetes del proyecto Apolo, lo explicaba muy gráficamente: «Lo que tú quieres es una válvula completamente hermética y haces todo lo posible por desarrollarla. Pero lo que el mundo real te proporciona es una válvula que produce filtraciones y sólo te queda por determinar qué nivel de filtraciones estás dispuesto a tolerar». ¿Qué es, pues, el riesgo sino la impotencia y la falta de certeza ante la imperfección esencial de cualquier obra humana?
El cuadro de Rembrandt no sólo refleja esa divergencia entre quienes tratan de dominar la tormenta y quienes se dejan llevar por ella, sino también los distintos grados de respuesta emocional ante la sensación de peligro, pues en ambos grupos hay quienes tienen la angustia pintada en el rostro y quienes afrontan el desenlace con serenidad imperturbable. Cuando un avión da botes en pleno vuelo hay quienes empiezan a sudar y se aferran a la mano de su acompañante -¿tuvieron tiempo de hacerlo los pasajeros del vuelo JK 5022?, ¿llegaron a darse cuenta de que en cuestión de unos instantes la mayoría de ellos estarían muertos?- y quienes siguen durmiendo, leyendo o divagando relajadamente.
El hecho de que el máximo nivel de tensión suela corresponder a los más mayores y la inconsciencia ante el peligro se identifique con la juventud corrobora sin duda la llamada ley de Bernouilli -a menudo subtitulada por qué el Rey Midas era infeliz- según la cual «la utilidad resultante de un pequeño incremento en la riqueza es inversamente proporcional a la cantidad de bienes previamente poseídos». Para el anciano que sabe que su final está cercano el valor de cada día de vida es infinitamente superior al que le da el joven que cree que tiene por delante un caudal poco menos que ilimitado.
Ruiz-Mateos ha irrumpido este miércoles al mediodía a bordo de un vuelo que despegaba de la T-4 como lo hacían los mensajeros de los dioses en las tragedias griegas, recordando a los mortales que ellos tomarán a su debido tiempo las decisiones claves para regular su existencia. Al menos desde el Renacimiento -sin duda desde la Ilustración-, el pensamiento humano ha venido rebelándose contra tal determinismo. «Tú crees en un Dios que juega a los dados con nosotros y yo en la ley y el orden de un mundo que existe objetivamente», le decía Einstein a su colega Max Born.
A esa ley y ese orden, esencialmente «relativos», les llamamos unas veces civilización y otras, Estado de Derecho. Cuando, según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en Hawai puede terminar desencadenando un tremendo huracán en el Caribe, es obvio que estamos muy lejos de controlar todas las variables, pero nuestra obligación es mantener las jarcias tensas y los aparejos en perfecto estado de revista. Hacer nuestra parte, cumplir con el deber. La ética indolora, querido Zapatero, simplemente no existe. Chesterton decía que «la vida no es ilógica, pero sí es una trampa para lógicos porque mientras su exactitud es evidente, sus inexactitudes están escondidas y lo salvaje permanece al acecho».
Tratándose de navegación aérea, pocas veces hemos escuchado la voz de «lo salvaje» con tan dramática contundencia como cuando conocimos las últimas palabras del comandante del aparato de Avianca que se estrelló en Madrid en noviembre de 1983 matando a 191 personas: «¡Cállate, gringa!», le dijo a la grabación del sistema de navegación de su Boeing 747 cuando le advertía de que se estaba confundiendo y pretendía aterrizar donde no estaba la pista. ¿Ha sido esa misma la pauta de conducta irracional de unos directivos de Spanair sobrepasados por las pérdidas, la incapacidad de vender la compañía, la obsesión por reducir costos y recortar plantilla y el desdén por las advertencias del Sepla? ¿Han permitido los inspectores de Aviación Civil que se fueran deteriorando entre tanto los controles de seguridad, tal y como descubrimos a posteriori que había ocurrido con la quebrada Air Madrid?
La Virgen de plata de Ruiz-Mateos protege con su mano derecha extendida a la criatura que tiene en el regazo y la mira dulcemente. In hac lacrimarum valle. No se llama María Inmaculada, sino Amalia Filloy Segovia. Es la mujer que le dijo al bombero que la encontró entre los hierros calcinados del avión que no se ocupara de ella sino que salvara a su hijita de 11 años, malherida a su lado. Illos tuos misericordes oculos.
Ningún cristiano discutirá que la Sagrada Familia es aquella última que haya sido mutilada. La mirada de los niños huérfanos, del hermano separado de su hermana, la memoria de todas las vidas truncadas de las víctimas nos obliga a exigir que la investigación de la verdad y la depuración de responsabilidades -criminales también, claro- llegue hasta el último tornillo. Es cuanto podemos hacer para mantener encendido el fuego de Prometeo y ser dignos coespecímenes de todos los navegantes que han surcado los mares más procelosos, intentando dominar los aterradores vientos de la incertidumbre.
Sabemos que los aviones seguirán llegando puntualmente a sus destinos, que el pasaje saldrá sano y salvo por la boca de los finger y que la calma volverá al Mar de Galilea. ¿Pero es esto suficiente?
Sócrates empleaba la palabra eikos para referirse a lo «probable» y definía su significado como «lo que se parece a la verdad». Venga, pues, una versión autorizada de la realidad para dormir tranquilos. La exactitud evidente, desprovista de las inexactitudes escondidas. La copia maquillada de lo que finalmente somos cuando pliega sus alas la lechuza de Minerva. Verbigracia, la reproducción del cuadro de Rembrandt en la cubierta de mi libro…
Porque no debo seguir ocultando al lector ni un solo momento más que el original de esta emblemática apología de la salvación a través de la fe y las buenas obras fue robado el 18 de marzo de 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston por dos hombres disfrazados de policías y que, por increíble que parezca, habiendo mediado todo tipo de pesquisas y hasta cinco millones de dólares de recompensa, casi 20 años después ni el eficacísimo FBI ni la Divina Providencia, tan directamente concernida, han conseguido la restitución del lienzo al patrimonio de la humanidad al que pertenece.
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Nacemos mediterráneos, de Eduardo Rodrigálvarez en El País del País Vasco
La cultura judeocristiana nos dejó, entre otras cosas -algunas buenas, hay que reconocerlo, aunque duela-, la dicotomía. Esa obligación de elegir entre el bien y el mal, entre lo blanco y lo negro, entre el sol y la lluvia (como si no existiera el viento, ni la niebla), entre las rubias y las morenas (no, ahí no se debe elegir, lo que Dios o Yahvé quiera o quieran, que ya me lio), entre el día y la noche. Y aquí es donde falla la cosa. Entre el día y la noche, no hay color. La gente ha elegido la noche, aunque no lo practique. La noche tiene el encanto de la oscuridad (lo prohibido, en esa cultura), la prolongación del día, la forma de soliviantar la jornada laboral, la dictadura del horario. La noche es libre, aunque durante el año esté condenada a ser el descanso que separa un día de otro, la jornada de reflexión entre un trabajo y otro. Pero hay resquicios. Las fiestas ciudadanas, populares, aldeanas, metropolitanas o cualesquiera, son algo más que una válvula de escape para la retahíla del estrés, la conciliación y esos lugares comunes (no falsos) de la sociedad de consumo, etcétera, etcétera, etcétera.
No seré yo el aguafiestas ni el pregonero de las fiestas de Bilbao, de San Sebastián, o de Vitoria, o de San Fermín. No caeré en la trampa judeocristiana, entre otras cosas porque no me apetece. Veinte años de fiestas populares en Bilbao han dejado, para mí, una conclusión radical: todos nacemos mediterráneos. La fiesta, pese o no a los concejales del ramo y a la coordinadora de comparsas (o lo que sea eso), es la gente. Se puede prescindir de los concejales, de las comparsas (¿o habría que decir txosneros?), pero nunca de la gente. Reconozco que este año sólo he estado dos días en Bilbao, pero la constante se mantiene. Ese aluvión de personal, lo he comprobado, es lo que más emociona a nuestros visitantes extranjeros, esa madrugada repleta como en Estambul (nunca caminarás sólo en esta magnífica ciudad), vociferante (como Nápoles), abigarrada (como Nueva York, una bilbainada nunca viene mal), estiradilla (como Londres o París), semioculta (como Praga) en el gentío.
Como se dice que los vascos nacemos donde nos da la gana, tengo la sensación de que decidimos nacer en el Mediterráneo. Que eso de la ciudad gris, laboriosa, anglófila, seria, discreta, de sastre y camisa a medida con iniciales. Que una cosa es la geosociopolítica y otra las entrañas, y resulta que por dentro nos corre la sangre alborotada. Bien, que no gritemos en exceso, que hagamos las patochadas justas, generalmente en función del nivel de gasolina que llevemos en el cuerpo, que no creamos en las comparsas (viendo la bajada del sábado anterior, yo, alcalde, hubiera promovido el decretazo de ilegalización por absentismo, aunque supongo que lo que se decidirá es suprimir la bajada y no las comparsas).
Hay muchas cosas que mejorar y/o suprimir en las fiestas de Bilbao (los programadores musicales no son precisamente de lo más fino), pero mientras la gente siga reeditando su espíritu mediterráneo, los fallos y los falladores (¡que no haya una errata aquí, por Dios!) estarán protegidos por la masa. Ya que tenemos que convivir con algunas comparsas obligatoriamente, con los aguafiestas de siempre, con algunos músicos de ocasión, con el eterno revival, disfrutemos de la gente. Si no hay sol, hay lluvia, si no hay día hay noche, si no hay niebla, hay viento, si no hay rubi@s hay moren@s, si no hay blancos hay negros. Es decir, hay gente con espíritu mediterráneo que invade la calle y abriga la calle con la misma ansiedad que un adolescente. Y además hoy torea El Cid. ¡Qué más quieren!
Carpe díem, de Ruth Toledano en El País de Madrid
Durante semanas, antes de llegar hasta aquí, contemplé en la pantalla sobre la que escribo el valle mediterráneo que ahora se extiende ante mi vista. Cada día, en algún momento quizás especialmente tedioso o estresado, me detenía a abrir una de las fotos con las que evocaba un futuro que anhelaba más cuanto más se acercaba. Pero esas vacaciones, deseadas y necesarias, empezaron teñidas de muerte.
Y, a mi izquierda, el olivo centenario, el más grande que hemos visto jamás, altísimo, con una complejidad de troncos que no sé si son ramas o al contrario. Y, junto a él, el algarrobo y la higuera, las chumberas, el aloe. Y, hasta donde alcanzan mis ojos, pinos, naranjos, alguna palmera. Decía Cortázar que no hay nada más aburrido que un paisaje, pero no es cierto. Cada nube que pasa, cada ráfaga de viento cambia su fisonomía. Cada llamada telefónica, cada nueva noticia: “Lo importante no es lo que se ve, sino el ver mismo; la mirada, no el ojo”, escribió José Ángel Valente, acaso ante un paisaje desértico. Y, sin embargo, los montes que me rodean se muestran en efecto inamovibles y parecen imperturbables.
Y siguen cayendo olivas al fondo de la piscina y en los rincones del jardín continúan acumulándose hojas de flores que simulan ser alas de insecto y viceversa. Y las hormigas, afanosas, obcecadas, cargadas de un peso mayor que su cuerpo, siguen abriendo rutas multitudinarias. Y las cigarras siguen haciendo sonar su mera presencia, mudas, somnolientas. Y se oye a lo lejos un perro, un gallo, un cuco. Y pasa al ras la libélula y sobrevuelan los cernícalos. Y se ha posado una tórtola. Y a esa salamanquesa le está creciendo la cola otra vez. Carpe díem, me digo. El abejorro Rodolfo hace notar su presencia. Duermen los grillos.
Abro el libro La cura Schopenhauer, del psiquiatra Irvin D. Yalom, autor también de El día que Nietzsche lloró, y casi me da la risa: “La vida es una cosa despreciable. He decidido pasarme la vida pensando en ello”, escribe el filósofo alemán. Desde la misantropía, la excentricidad de su genio y su, acaso edípica, misoginia, Schopenhauer nos recuerda que la muerte nos acecha de continuo y que ganará el juego en el que somos de antemano su presa; que la vida es una pompa de jabón que insistimos en hinchar al máximo “aun a sabiendas de que reventará”; que la felicidad es imposible y apenas podemos los humanos aspirar a “una vida heroica”; que esa vida, cuya “tremenda actividad produce un efecto cómico”, es ridícula; que el mundo es una fantasmagoría; que, además de en lo concreto, la existencia se desarrolla en una esfera de abstracción en la que cada uno de nosotros “es un mero espectador, un observador y nada más”; que, embaucados por la esperanza, todos bailamos en brazos de la muerte. Pero también que, cuando atisba la muerte, la mayoría se da cuenta de que ha vivido ad ínterim y “se sorprende de que eso que dejó pasar sin apreciarlo ni disfrutarlo era precisamente su vida”.
Carpe díem, me digo. Libros (”Sin libros yo me habría sumido hace tiempo en la desesperación”). Ideas (”El mayor placer de mi vida son los monumentos, las ideas”). Visión cósmica (la perspectiva sub species aeternitatis de Spinoza: ver el mundo desde la eternidad; o, como lo expresó Schopenhauer, “observar el mundo por el otro extremo del telescopio”).
Entonces suena el teléfono. Oigo las palabras Barajas, Spanair, Las Palmas, el motor en llamas de un avión, cuerpos calcinados, cincuenta muertos, ciento cincuenta. Y me lo tomo, con todos los respetos, como algo personal. Como algo que viene a cambiar la, en apariencia, quieta fisonomía del paisaje que se extiende ante mí, este valle mediterráneo de pinos y olivos y algarrobos que mi mirada vuelve abrasada meseta madrileña.
Me lo tomo como algo personal que viene a sumarse a este verano apocalíptico en el que ha muerto Leopoldo y Rafa se ha estrellado contra el asfalto y el caso Neira no es un caso sino el amigo de un amigo y el norte de Ibiza es el este de Madrid y esto no es el valle de Sant Vicent sino la ribera del Jarama, aunque siguen la cigarra y la hormiga y sigue Schopenhauer: “La mayor sabiduría consiste en hacer del disfrute del presente el objetivo supremo de la vida porque ésa es la única realidad, siendo todo lo demás territorio del pensamiento. Pero también podríamos llamarlo nuestra mayor locura, porque lo que existe sólo un momento y se desvanece como un sueño no puede ser merecedor de un esfuerzo serio”.
Especuladores, de Alfredo Abián en La Vanguardia
Hay quienes buscan inciertas responsabilidades penales sin respetar siquiera los desgarros emocionales. La temeridad especulativa es un conocido agente intoxicador con denominación de origen que es incapaz de sentarse a escuchar el silencio de la muerte. Cuando los mercaderes de la literatura fantástica topan con un cadáver, jamás contemplan la posibilidad de un deceso natural. Sólo caben cuatro opciones: ha sido víctima de un loco asesino, de una conspiración criminal, de una negligencia homicida y, en el menos escabroso de los casos, se trata de un suicida. Los accidentes son sucesos menores en los que sólo creen los ingenuos insensatos. Ningún roedor de la verdad revelada caerá en esa trampa. Hay que exprimir los restos de las víctimas antes de que sean amortajadas y, si hace falta, husmear en sus familias llorosas. Las rigurosas inspecciones técnicas y policiales pueden durar meses. Demasiado tiempo para los espíritus depredadores, que deben apostar con firmeza por una teoría aeronáutica.
Da igual que sea infundada o que el tiempo demuestre que es incierta. A fin de cuentas, si acaba pareciéndose remotamente a la realidad, podrán apuntarse un éxito profético. No como los mediocres, que se dedican a investigar en un muestrario donde todos los horrores y errores son posibles. Por fortuna para la humanidad, estos misioneros perversos de la información no han existido siempre. De lo contrario se habría acabado la aventura espacial porque los más de 20.000 empleados de la NASA estarían encarcelados. Su presunto crimen que investigar es muy simple: permitieron que murieran 17 astronautas en la cápsula Apollo I y en los transbordadores Challenger y Columbia, que, como pueden suponer, jamás pasaron inspección técnica alguna.
Qué podemos hacer después de la tragedia, de María Jesús Alava Reyes en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Quién de nosotros no se siente aún impactado ante el suceso trágico vivido el miércoles en el aeropuerto de Barajas? Hemos sido testigos, directos o indirectos, del dolor más terrible que experimenta el ser humano: el dolor de la impotencia. Todos nos sentimos conmocionados ante la muerte de 153 personas llenas de vida y de alegría, que buscaban el inicio de sus vacaciones, la vuelta a sus hogares, o cumplir sencillamente con su trabajo, en el caso de la tripulación.
La visión de la tragedia que han vivido las víctimas, las escenas de desgarro y dolor infinito de los familiares, el sobrecogimiento de las personas que han colaborado en las tareas de rescate… Todo ello nos produce un estado de shock emocional, que en muchos casos da lugar al llamado shock postraumático.
Aparecen una serie de síntomas y nos invaden las imágenes y los pensamientos sobre lo sucedido. A partir de ahí puede darse la evitación, que es una especie de anestesia emocional, o la hipervigilancia, que nos lleva a un estado de alerta permanente donde podemos experimentar sobresaltos continuos, irritabilidad, ataques de ira, dificultades para descansar, ansiedad…
¿Pero quiénes lo padecen? El shock postraumático lo tienen muchos de los que han sufrido en primera persona la tragedia, pero también su entorno más cercano y parte de la población que ha vivido de forma traumática el evento. Igualmente, puede darse en los equipos que han ayudado a las víctimas y los familiares. El nivel de afectación de las personas dependerá de cómo lo vivan y de la estabilidad o fragilidad emocional que tengan. Con frecuencia hay personas que sienten indefensión. Piensan que a cualquiera le podía haber sucedido, y eso genera vulnerabilidad, que puede desembocar en crisis de angustia, ansiedad, miedos, fobias…
En los afectados o en sus familiares suelen darse una serie de fases. La primera es la conocida como fase de shock o incredulidad: quieren pensar que ese drama no ha existido. Posteriormente, el afectado se pregunta por qué le ha tocado a él. Y en tercer y último lugar, aparecen las reacciones emocionales: angustia, pena, tristeza, rabia, etcétera. El tratamiento más aceptado en estos casos es una combinación de psicoterapia cognitivo-conductual y fármacos que actúan sobre la serotonina.
¿Cómo podemos ayudar a las víctimas y a sus familiares? Primeramente, escuchándoles. No debemos preguntarles continuamente sobre lo que sucedió, para que no vuelvan a revivir la tragedia. Lo que necesitan es contar con todo nuestro apoyo, cercanía, afecto y comprensión. Es preciso acompañarles durante esas primeras semanas en las que están tan perdidos. No menos importante es esforzarnos por quitarles todo sentimiento de culpa que puedan tener. Intentar que estén ocupados siempre resulta útil: que lleven su cabeza a otro sitio, a vivencias que de nuevo les devuelvan la esperanza. En este sentido, hay que ayudarles a que vuelvan a sus actividades cotidianas cuanto antes, pues estas constituirán una excelente terapia ocupacional.
Y en última instancia, hay que seguir prestándoles apoyo psicológico y tratamiento profesional especializado hasta que superen todas las secuelas.
Dicho todo esto, hay que tener en cuenta que en este accidente viajaban muchos niños. Desgraciadamente, muy pocos salvaron su vida, pero tanto los que han conseguido sobrevivir, como aquellos que han perdido a sus padres o familiares cercanos, necesitan toda nuestra ayuda. ¿Cómo les afecta esta tragedia a los niños?
Con frecuencia aparecen en ellos muchos miedos. Surge la preocupación por la muerte, tienen dificultades para dormirse, aumentan los terrores nocturnos, se agudizan los síntomas físicos -les duele todo-, se muestran irritables, les cuesta concentrarse, actúan como si fuesen más pequeños…
Algunas pautas pueden sernos de mucha utilidad para ayudar a los niños. Así, si han perdido a un familiar o a un ser querido, será la persona más cercana a él quien se lo comunique. Lo hará dándoles seguridad, afecto, diciéndoles lo que va a pasar a continuación. Para ellos es esencial saber qué cambios van a experimentar en su vida, quién se va a ocupar de ellos, si van a seguir en su misma casa o en su mismo colegio.
Necesitarán sentirse queridos y, sobre todo, tener la seguridad de que no se quedarán solos. Les resulta vital saber que siempre habrá una persona que sustituya a su familiar muerto, que les cuidará y les querrá como lo hacían su mamá y su papá.
Ha de tenerse cuidado para no facilitarles demasiados detalles de los hechos. Dejaremos que sean ellos, con sus preguntas y sus respuestas, los que nos indiquen el camino. No decirles más allá de lo que pueden asumir en ese momento. Este es uno de los principales errores que los adultos cometemos, pues queremos que interioricen rápidamente todo lo que ha ocurrido, y ellos necesitan seguir su propio proceso.
Siempre que sea posible, hay que procurar que sigan en sus colegios, con sus mismos amigos, sus mismas costumbres, rutinas, etc. Recordemos que a los niños les producen mucha inseguridad los cambios.
Por ello hemos de mostrarnos pacientes ante sus manifestaciones. Necesitan sacar todo su dolor fuera, para poderlo canalizar. Estaremos muy atentos a los niños que apenas exteriorizan sus sentimientos. En esos casos intentaremos mostrarnos muy cercanos, pues son los que peor lo están pasando. También les viene muy bien la presencia de otros niños, a los que puedan decir lo que no se atreven a expresar a los adultos.
A pesar de no haber perdido a ningún familiar o amigo, habrá personas a las que les cueste volver a la normalidad. ¿Qué pueden hacer estas personas que sienten miedo o están impactadas después de la tragedia?
Desgraciadamente, todas las semanas hay accidentes de tráfico, y eso produce un efecto de desensibilización. Por el contrario, un accidente aéreo se produce cada mucho tiempo -hacía 25 años que no tenía lugar una tragedia parecida en España-, y ello conlleva un impacto mayor. No estamos preparados para asimilar una tragedia de estas características.
Además, se asocia el accidente aéreo a imposibilidad de reacción por nuestra parte. El pasajero nada puede hacer por evitar la catástrofe y esa indefensión genera un miedo irracional. Para las personas que en estos momentos se plantean dejar de volar, es aconsejable que vuelvan cuanto antes a sus costumbres cotidianas: que cojan el avión, el tren, el metro, su transporte habitual. Que no cambien los planes que tenían hechos. Es importante que traten de centrarse en sus trabajos o tareas, para distraerse y no dejarse invadir por pensamientos irracionales, que les generan miedos.
Si ven que pasan las semanas y siguen con los síntomas de ansiedad o miedos, deben pedir ayuda, pues todos los estudios nos indican que la mitad de los casos se resuelven espontáneamente en el transcurso de los tres primeros meses. Sea como fuere, es importante no volver a ver imágenes de lo sucedido, en la medida de lo posible. Un acontecimiento traumático ya es de por sí bastante duro para que prolonguemos sus efectos y suframos inútilmente.
Cuanto antes nos recuperemos, antes lo superaremos. Es importante que aprendamos de todas las experiencias que vivimos, pero no para hundirnos ante la adversidad ni para tirar la toalla, sino para recuperar cuanto antes la seguridad, la serenidad, la confianza y las ganas de vivir.
María Jesús Alava Reyes es psicóloga y directora del Grupo Alava Reyes Consultores. Entre otros títulos, ha escrito la obra La inutilidad del sufrimiento.
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La Constitución olvidada, de Santiago Muñoz Machado en El País
Ha pasado el mes de julio sin el menor recuerdo público a que hace 200 años se promulgó la Constitución de Bayona. Parece generalizada la opinión de que tal aniversario no merece celebraciones de ninguna clase. A la postre, como siempre se ha dicho, aquélla fue una Constitución afrancesada o, más exactamente, impuesta desde el extranjero, efímera y no influyente en el constitucionalismo sucesivo. Las exposiciones y festejos organizados para recordar los episodios nacionales de 1808 o se han olvidado de la Constitución promulgada el 6 de julio de aquel año, o se limitan a mencionarla como una anécdota sin mérito ni trascendencia. Las celebraciones se han concentrado en ensalzar el patriotismo de los españoles, sobre todo de los madrileños, al levantarse contra los franceses. Las reformas que Napoleón o José I intentaron aplicar a las petrificadas e ineficientes instituciones del Antiguo Régimen, apenas si han merecido una mínima consideración. A nadie inquieta inventar la idea de que, en verdad, Bayona nunca existió.
Reflexiono sobre ello en Harvard, donde paso las últimas semanas del curso, y envidio, al pensar sobre nuestra historia constitucional, el trato intelectual que han dado los norteamericanos a la suya. Es abrumadora la bibliografía que puede consultarse en la Widener o en la biblioteca de la Law School, pero también la que está hoy mismo puesta a la venta en The Coop, a diez pasos del Yard universitario. Podrá decirse que ellos son muchos más que nosotros y que, además, nunca hicieron nada más que una Constitución, pero tampoco es menos cierto que hasta que el profesor Artola ha decidido editar, en una colección de nueve volúmenes (Iustel, Madrid, 2008), la historia de nuestras propias Constituciones, no teníamos ninguna manera fácil de consultar los documentos parlamentarios, conocer las crónicas periodísticas, estudiar los debates y las tensiones políticas y sociales que cada uno de nuestros textos constitucionales produjo en su época. Empieza por Bayona, por cierto, dicha colección.
Reconocer su posición en la historia a la Constitución de Bayona no implica desplazar la Constitución de 1812, a la que siempre corresponderá el mérito de haber sido la primera norma suprema elaborada en España por los representantes del pueblo soberano. De modo que puede seguir adelante el afinado de las fanfarrias que van a usarse dentro de pocos años para recordarlo. Pero quitemos, al tiempo, a la de 1808 los estigmas y la parte injusta de su mala fama, y subrayemos que tuvo algunos efectos sobre el constitucionalismo ulterior. Señalaré tres que me parecen destacables.El primero de ellos es que movilizó el sentimiento constitucionalista, la apetencia y la necesidad de contar con un texto constitucional, como ya se había establecido en Francia y Estados Unidos. Desde que Napoleón tomó las riendas del Gobierno de España, expresó su deseo de introducir reformas administrativas para modernizar las instituciones. Pero, como revela su correspondencia con Murat, no tenía intención de promulgar una Constitución. Su formulación tuvo mucho que ver con el empeño de algunos ilustrados reformistas que apoyaban la renovación institucional que podía ejecutarse de la mano de los franceses. En la España de 1808 hubo quienes entendieron que la mejor forma de ser patriota era defender las reformas institucionales que el país tanto necesitaba. De modo que en el bando de los afrancesados, por esta razón, pueden encontrarse patriotas tan respetables y convencidos como los que militaron en el campo de los rebeldes. También, naturalmente, hubo entre ellos traidores sin paliativos, entregados a su propia conveniencia personal y a la del invasor. Pero no es posible extender esta descalificación a todos. La Constitución que Napoleón aceptó finalmente redactar para España no habría de ser objeto de elaboración unilateral por el Corso, como las Cartas otorgadas de Holanda, Nápoles y Westfalia, sino hecha con la participación de los españoles. A este respecto, el 19 de mayo de 1808 se convocó una Asamblea en Bayona. La componían 150 vocales designados por estamentos e instituciones tradicionales. El 15 de junio se constituyó en Bayona esta Asamblea de Notables. Contribuyó a la fijación del texto final, revisando las propuestas napoleónicas, por más que haya que dar la razón a Argüelles cuando subrayó que aquellos compromisarios no tenían poder para modificar nada sustancial y que las reformas de la versión inicial propuesta por Napoleón no podían “compensar la pérdida de la independencia nacional, que era el precio al que se las vendía aquel usurpador”.
La agitación política y social que generó el proceso de elección de los notables, la participación en la Asamblea o la oposición a hacerlo, las críticas y los debates, ayudaron a despertar en España el espíritu constituyente que se alargaría hasta Cádiz.
La segunda aportación de Bayona está íntimamente ligada a la anterior y consistió, justamente, en la generación de un movimiento constitucional alternativo. Frente a una Constitución afrancesada e impuesta por Napoleón, los patriotas españoles, en guerra con los franceses, pensaron en la Constitución propiamente española, elaborada a partir de la decisión soberana del pueblo. El proceso constituyente gaditano empezó siendo, en un país en guerra, el germen de la contra-Constitución, la elaboración de una norma nacional hecha al margen de toda imposición extranjera. De la situación de guerra con los franceses no tenía por qué florecer Constitución alguna, y Fernando, el monarca legítimo, a quien defendían los patriotas con su sangre, vergonzosamente sometido al Emperador y fiel al absolutismo de estricta observancia, tampoco tenía la intención de impulsar ningún proceso constituyente.
La tercera experiencia que estimuló Bayona fue la idea de Constitución histórica. La norma suprema, según esta concepción, tiene la misión de pulir y reformar el Estado, organizar el poder y garantizar los derechos de los individuos, pero sobre la base de las instituciones históricas porque, según creían los mayores intelectuales y políticos de la época, con Jovellanos a la cabeza, la mejor Constitución posible es la que recuperara las tradiciones españolas, difuminadas por el ejercicio abusivo del poder monárquico y los privilegios estamentales.
La idea de Constitución histórica estuvo presente en la Asamblea de Bayona. Una de las pretensiones constantes de sus más destacados miembros fue la de que el texto napoleónico se atuviera a la tradición española y respaldara sus instituciones históricas. Esta apelación a la Constitución histórica sería luego muy usada en los debates de la Constitución de Cádiz y quedó reflejada con magnífico lenguaje en su Discurso Preliminar. “Nada ofrece la Constitución en proyecto que no se halle consignado del modo más auténtico y solemne en los diferentes cuerpos de la legislación española…”.
Poco más puede decirse de la Constitución de Bayona. Pero basta con que le sea reconocida la influencia a que aludo. Ni siquiera llegó a ponerse en vigor por completo. Pero así de débil y deficiente fue la primera Constitución para España. No puede negarse su naturaleza constitucional por su debilitada eficacia; muchos de los textos constitucionales del siglo XIX incurrieron en el mismo problema. Tampoco puede excluirse de la Historia por su naturaleza de Carta otorgada. A ningún historiador o constitucionalista francés se le ha ocurrido hacerlo respecto de sus Cartas de 1814 y 1830.
Fue efímera y poco ejemplar, pero con la Constitución de Bayona empieza la historia constitucional de España.
Santiago Muñoz Machado es catedrático de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.