Reggio’s Weblog

Relevo en la Casa Blanca. El discurso de Barack H. Obama en el acto de investidura

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

“Debemos rehacer América”

Mis compatriotas: Aquí estoy ante vosotros, abrumado por la tarea que tenemos ante nosotros, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí y plenamente consciente de los sacrificios soportados por nuestros antepasados. Doy las gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y cooperación que ha demostrado a lo largo de esta transición.

Cuarenta y cuatro estadounidenses han jurado hasta ahora el cargo presidencial. Las palabras se han pronunciado tanto en tiempos de olas de prosperidad como de remansos de paz. Sin embargo, en ciertas ocasiones se ha prestado este juramento entre densos nubarrones y furiosas tormentas. En esos momentos, América ha seguido adelante no simplemente por la pericia o la visión de quienes desempeñaban la máxima responsabilidad del país, sino porque nosotros, el pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y leales a nuestros textos fundacionales.

Así ha sido y así debe ser en el caso de la presente generación de estadounidenses.

Todo el mundo comprende perfectamente que estamos inmersos en una crisis. Nuestra nación está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía está muy debilitada como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también a causa de nuestro fracaso colectivo a la hora de adoptar decisiones difíciles y de preparar el país para una nueva era. Se han perdido viviendas y empleos y muchas empresas han cerrado sus puertas. Nuestra asistencia sanitaria es demasiado costosa; nuestras escuelas registran excesivo fracaso escolar y cada día aporta mayores pruebas de que nuestros usos y hábitos energéticos refuerzan a nuestros adversarios y amenazan a nuestro planeta.

Tales son los indicadores de la crisis, según los datos y las estadísticas. Factor menos mesurable, pero no menos profundo, es el hecho de haberse minado la confianza a lo largo y ancho de nuestro propio país. Se trata de un persistente temor en el sentido de que la decadencia de América es inevitable, de modo que la próxima generación debe reducir sus expectativas.

Hoy os digo que los desafíos que afrontamos son auténticos, serios y numerosos. No se podrán afrontar fácilmente ni en breve plazo. Pero debes saber esto, América: se afrontarán.

En este día nos hemos reunido porque hemos preferido la esperanza al miedo, la unidad de propósitos al conflicto y la desavenencia.

En este día, queremos proclamar un punto final a nuestros intrascendentes motivos de queja y nuestras falsas promesas, a las recriminaciones y dogmas desgastados que durante demasiado tiempo han asfixiado nuestras políticas.

Seguimos siendo una nación joven, pero, en palabras de las Sagradas Escrituras, ha llegado la hora de dejar de lado las actitudes y comportamientos pueriles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu fuerte y tenaz, de optar por lo mejor de nuestra historia, de impulsar ese precioso don, esa noble idea transmitida de generación en generación: la promesa dada por Dios de que todos los seres humanos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de perseguir su pleno nivel de felicidad.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, comprendemos que no es nunca algo dado de antemano. Es menester conquistarla. Nuestro viaje no ha consistido nunca en tomar atajos o rebajar objetivos.

No ha sido una senda para pusilánimes ni para quienes prefieren el ocio al trabajo, ni tampoco para quienes persiguen únicamente los placeres de la riqueza y de la fama. Por el contrario, ha sido la senda de quienes arrostran riesgos, de las personas enérgicas y dinámicas, de quienes son emprendedores; algunos honrados y reconocidos por ello pero – con mayor frecuencia-hombres y mujeres de trabajo oscuro y carente de reconocimiento que nos han conducido a través de una dilatada y accidentada senda hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros, empaquetaron sus escasas pertenencias y atravesaron los océanos en busca de una vida mejor. Por nosotros, trabajaron duramente en fábricas y centros en condiciones de explotación y fueron figuras pioneras; soportaron el restallar del látigo y araron el duro suelo. Por nosotros, lucharon y murieron, en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.

Una y otra vez, estos hombres y mujeres lucharon, se sacrificaron y trabajaron hasta desollar sus manos a fin de que pudiéramos vivir una vida mejor. Consideraron a América una realidad superior a la suma de nuestras ambiciones individuales, mayor que todas las diferencias de nacimiento, riqueza o tendencia.

Tal es el viaje que hoy proseguimos. Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que en el inicio de esta crisis. Nuestras mentes no son menos creativas, nuestros bienes y servicios no son menos que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue incólume. Sin embargo, la hora de seguir caminos trillados, de proteger intereses de miras estrechas yde posponer decisiones desagradables indudablemente ha finalizado. A partir de este mismo momento debemos ponernos en pie, sobreponernos y reanudar la tarea de rehacer América.

Porque, allí donde dirijamos la vista, hay tarea que hacer. La situación de la economía requiere una actuación audaz y rápida, y actuaremos no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino también para echar nuevos cimientos para el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, redes eléctricas y líneas digitales que alimenten nuestro comercio y nos mantengan unidos. Situaremos a la ciencia en el lugar donde se merece y aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad de la sanidad y reducir su coste. Utilizaremos el sol, el viento y la tierra para alimentar nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para estar a la altura de las exigencias de una nueva era. Podemos hacer todo esto. Y lo haremos.

En este momento, hay voces que cuestionan la dimensión de nuestras ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar planes demasiado grandes. Su memoria es flaca. Porque han olvidado lo que este país ya ha hecho anteriormente; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se suma al interés común y la necesidad a la valentía.

Lo que no alcanzan a comprender los cínicos y falsos es que el terreno que pisan se ha movido bajo sus pies, que los razonamientos políticos viejos y anquilosados que nos han desgastado demasiado tiempo ya no sirven. La pregunta que hoy planteamos no es si nuestro gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino si funciona. Si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un salario decente, una atención sociosanitaria a su alcance yuna jubilación digna. Donde la respuesta sea sí, seguiremos avanzando y donde la respuesta sea no, los programas darán fin a su objetivo. Y quienes entre nosotros manejen dinero público deberán dar cuenta: para gastar con sensatez y cordura, para corregir malos hábitos, para efectuar nuestras operaciones y negocios con transparencia, porque sólo entonces podremos restablecer la confianza esencial entre un pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza para el bien o para el mal. Su poder de crear riqueza y expandir la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado a todos que, sin vigilancia, el mercado puede escapar al control; una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si sólo favorece a los ricos. El éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todos los que así lo deseen, no por caridad sino porque es la senda más segura hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, redactaron un proyecto de Constitución para garantizar el imperio de la ley y los derechos humanos, documento ampliado y transmitido durante generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo y no renunciaremos a ellos en aras del oportunismo o la conveniencia. Y así digo a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales hasta el pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persiguen un futuro de paz y dignidad y que estamos preparados para asumir una vez más el liderazgo.

Recordad que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas alianzas y firmes convicciones. Comprendieron que nuestro poder por sí solo no puede protegernos ni nos autoriza a hacer lo que nos plazca. Por el contrario, sabían que nuestro poder crece gracias a su uso prudente, que nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las cualidades atemperantes de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este patrimonio. Guiados de nuevo por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen aún un mayor esfuerzo e incluso una mayor cooperación y entendimiento entre las naciones. Empezaremos por entregar Iraq a su pueblo, de manera responsable, y por forjar una paz de difícil logro en Afganistán. Junto con viejos amigos y antiguos enemigos, trabajaremos sin descanso para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro de un planeta en proceso de calentamiento. No nos disculparemos por nuestro estilo de vida ni titubearemos en su defensa, y en el caso de quienes pretenden alcanzar su fines mediante el fomento del terror y las matanzas de inocentes, diremos que nuestro espíritu es más fuerte e inquebrantable; no perviviréis más que nosotros y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia, a modo de un mosaico, es fortaleza y no debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y de no creyentes. Estamos conformados por todas las lenguas y culturas y procedemos de todos los rincones de esta Tierra y, como hemos probado el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y hemos resurgido aún más fuertes y más unidos de este negro capítulo, no podemos dejar de creer que los viejos odios se desvanecerán algún día, que las líneas divisorias entre tribus y clanes se disolverán en plazo no dilatado, que mientras el mundo empequeñezca, nuestra común humanidad revelará su faz y que América debe desempeñar su papel en el anuncio de una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia delante basado en el interés y respeto mutuos. A los líderes en distintas partes del mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar a Occidente de los males de sus sociedades: sabed que vuestros pueblos os juzgarán por lo que que podáis construir, no por lo que destruís.

A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y el acallamiento de la disidencia: sabed que os halláis en el lado equivocado de la historia, pero que os tenderemos una mano si estáis dispuestos a aflojar vuestro puño.

A los pueblos de las naciones más pobres: prometemos colaborar con vosotros para que vuestras tierras y granjas prosperen, regadas por aguas limpias; dar de comer a los cuerpos desnutridos y alimentar espíritus hambrientos. Y a aquellas naciones que, como la nuestra, gozan de relativa abundancia, decimos que no nos podemos permitir por más tiempo la indiferencia ante el sufrimiento más allá de nuestras fronteras ni podemos agotar los recursos del mundo sin considerar las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado y debemos cambiar con él.

Al observar la senda que se abre ante nosotros, recordamos con humilde agradecimiento a los americanos valientes que, en este mismo momento, patrullan desiertos lejanos y montañas distantes. Tienen ahora algo que decirnos, como los héroes caídos que yacen en el cementerio nacional de Arlington nos susurran al oído a través de los tiempos. Les rendimos homenaje no sólo porque son los guardianes de nuestra libertad, sino también porque encarnan el espíritu de servicio; una voluntad de hallar sentido en algo superior a ellos mismos. Sin embargo, es precisamente en este momento – un momento que caracterizará una generación-cuando este espíritu debe instalarse en todos nosotros.

Por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, en última instancia esta nación depende de la fe y la decisión del pueblo americano. Es en la deferencia al acoger a un extraño cuando se rompen los diques y en la abnegación de los trabajadores que prefieren reducir sus horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo: es lo que nos permite superar nuestros momentos más sombríos. Es la valentía del bombero al subir una escalera llena de humo pero también la voluntad del progenitor al cuidar a un niño lo que al final decide nuestra suerte.

Nuestros desafíos pueden ser inéditos. Los instrumentos con que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito – trabajo duro, honradez, valentía y juego limpio, tolerancia y curiosidad, lealtad y patriotismo-,todas esas cosas son antiguas. Son cosas auténticas. Han sido la fuerza silenciosa del progreso a través de nuestra historia. Lo que se exige es el regreso a estas verdades. Se nos exige una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento por parte de cada americano de que tenemos obligaciones para con nosotros, nuestra nación y el mundo; obligaciones que no admitimos a regañadientes, sino que acogemos con alegría, firmes en el conocimiento de que no hay nada tan gratificante para el espíritu, tan representativo de nuestro carácter, que entregarlo todo en una tarea difícil.

Este es el precio y la promesa de la ciudadanía. Esta es la fuente de nuestra confianza, saber que Dios nos llama a configurar un destino incierto.

Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de todas las confesiones pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica avenida, por lo que un hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, tal vez no habría sido servido en un restaurante ahora está ante vosotros para prestar el juramento más sagrado.

Por tanto, señalemos este día haciendo memoria de quiénes somos y de lo largo que ha sido el camino recorrido. En el año del nacimiento de América, en el más frío de los meses, un puñado de patriotas se congregaba en torno a hogueras, a las orillas de un río helado. La capital se había abandonado. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En el momento en que el desenlace de nuestra revolución era más incierto, el padre de nuestra nación mandó que se leyeran al pueblo estas palabras: “Que se diga al mundo del futuro que en lo más crudo del invierno, cuando nada salvo la esperanza y la virtud podían sobrevivir, la ciudad y el país, alarmados ante un peligro común, salieron a afrontarlo”.

América, ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas y aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos a dejar que acabara este viaje, que no volvimos atrás ni vacilamos, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios sobre nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.

Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

Traducción: José Mª. Puig de la Bellacasa

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Cambiar con el mundo, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

Barack Obama rechaza el legado de Bush y “la falsa elección” entre seguridad e ideales estadounidenses

El rito de la toma de posesión del presidente se confunde con el origen mismo de Estados Unidos. Fue el primer presidente, George Washington, quien puso la primera piedra de lo que ahora es tradición. La Constitución sólo aportaba el texto del juramento que debía prestar el nuevo presidente: “Juro (o prometo) solemnemente cumplir fielmente las funciones de presidente de Estados Unidos y, en la medida de mis fuerzas, salvaguardar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos”. Pero Washington añadió por su cuenta un “¡que Dios me ayude!”, al tiempo que se dirigía a los miembros del Congreso. Ese discurso se ha convertido en tradición.

Barack Obama juró ayer salvaguardar, proteger y defender una Constitución que, originalmente, contempló al hombre negro como tres quintas partes de una persona. La ceremonia de ayer fue así un momento histórico, en el que el primer presidente afroamericano rechazó el legado de su predecesor y culminó, con su discurso, un ejercicio de diplomacia pública que parece recuperar el poder blando que Bush dilapidó.

Las comparaciones entre Obama y Kennedy fueron constantes en la campaña electoral. No fue un recurso periodístico, como demuestran las grandes expectativas que el presidente ha despertado globalmente. Y las comparaciones seguirán. El 20 de enero de 1961, Kennedy pronunció su célebre frase “No os preguntéis, queridos compatriotas, qué es lo que vuestro país puede hacer por vosotros, sino lo que vosotros podéis hacer por vuestro país”. Ayer, Obama lo dijo de otro modo al anunciar, con la economía en crisis, “una nueva era de responsabilidad” personal “para empezar otra vez la tarea de rehacer América”.

En política exterior, Obama repudió el legado de Bush y rechazó “la falsa elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”. La política exterior estadounidense puede interpretarse históricamente de tres maneras opuestas. Una ve a Estados Unidos como un país con una fuerte inclinación por la diplomacia de las cañoneras o del dólar; esta visión no la aceptará nunca Bush, pero es exactamente la que ha proyectado, pese al envoltorio idealista, para buena parte del mundo. Otra visión es la que pretende que Estados Unidos no sea ni un extraño campeón ético en un mundo de egoístas, ni un país con una avaricia superior a la media, sino un país normal que quiere aumentar su poder; esta es la política que los realistas quieren que abrace Obama. Y la tercera interpretación sólo ve a Estados Unidos como un actor moral; es decir, como un Estado que se mueve no por sus intereses nacionales, sino por principios. Obama echó mano ayer del idealismo americano, pero no desechó el realismo. “El mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él”, dijo. George W. Bush pretendió cambiar el mundo unilateralmente y por las bravas.

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El problema de Obama son sus conciudadanos, de George F. Will en El Mundo

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

TRIBUNA

OBAMA, 44º PRESIDENTE DE EEUU

LOS DESAFIOS

El discurso inaugural del presidente insinúa que Estados Unidos debe abandonar su inmadurez como nación

Dudando de que a su editor le gustara el manuscrito de Los Miserables, Victor Hugo le envió una nota concisa: «?». Su editor respondió igual de concisamente: «!». Esa fue la respuesta de la nación al discurso de investidura de Barack Obama, aunque -o quizá porque- uno de sus temas, delicadamente insinuado, fue que los estadounidenses no sólo tienen un problema, ellos son un problema.

«Ha llegado el momento», decía enfáticamente, «de dejar de lado los actos de inmadurez». Actos, probablemente, como la indisciplina pandémica que ha dado lugar a una nación de hogares tan endeudados como el Gobierno al que los hogares exigen con insistencia más bienes y servicios de los que están dispuestos a pagar. «Seguimos siendo», dijo el presidente, «una nación joven». Lo cual, incluso si fuera cierto, no sería excusa para el comportamiento infantil.Y no es verdad. Estados Unidos, como entidad política, es mayor que Alemania o Italia, entre muchos otros.

Las primeras palabras de Obama -«Estoy aquí hoy sobrecogido por la tarea que nos aguarda»- reprodujeron el primer párrafo del primer discurso inaugural. George Washington, aunque fue elegido de manera unánime por los electores presidenciales, confesaba «inquietudes» y adoptaba el tono del sirviente «invitado» a desempeñar deberes agobiantes: «La magnitud y la dificultad de la empresa a la que la voz de mi país me ha llamado [...] no podían sino desbordar de desánimo a alguien que (habiendo heredado de la naturaleza talentos inferiores y falto de práctica en los deberes de la administración civil) tendría que ser peculiarmente consciente de sus propias deficiencias».

La Presidencia que asombraba a Washington -o eso dice- era la plantilla sobre la que poder dejar cualquier impresión que deseara.Pero debido a su indiscutible superioridad, y a causa de que muchos estadounidenses consideraban el poder Ejecutivo una tentación soberana a los abusos monárquicos, Washington, que podría compararse con un rey, era humilde casi histriónicamente.

El primer presidente era el jefe de una rama, no aún la dominante, de un Gobierno Federal que cabía en unos cuantos edificios del extremo sur del Manhattan agreste o boscoso en su mayor parte.En 1801, Jefferson decía en su discurso que «el cálculo del buen gobierno» no requiere gran cosa: ser «sabio y frugal», «impedir que los hombres se agredan entre sí», «liberarlos por lo demás de regular sus propios destinos» y «no quitar de la boca al obrero el pan que se ha ganado». El Gobierno Federal se había largado a una aldea del río Potomac, que, aunque poco impresionante, estaba a la altura de sus modestas competencias.

Ahora, sin embargo, el omnipresente Gobierno Federal desempeña tareas -desde la gestión de la economía hasta inspirar a la ciudadanía- que no se consideraron competencias suyas hasta mucho después de 1789. Hoy, cuando muchos estadounidenses parecen anhelar en la presidencia una presencia cuasi real del tipo que evitaba Washington, los discursos inaugurales suenan a confianza regia.

La confianza preternatural de Obama está pensada para ser contagiosa.Su Presidencia arranca como sesión de psicoterapia para una nación que sufre una crisis de confianza. Pero ni la nación ni el Gobierno que la representan con precisión están pensados para el consenso.Y él no podrá achacar al puesto sus frustraciones porque, más que ningún otro de sus predecesores a excepción del primero, el presidente número 44 estrena su cargo con el alcance de sus poderes apenas limitado por la Ley, y aún menos por la opinión pública.

El poder sin precedentes de Obama se deriva de los sorprendentes sucesos de los cuatro últimos meses que han vuelto irreconocible la línea que separa el sector público del privado. Ni la opinión pública tan alarmada como está en la actualidad, ni el Congreso tal como está constituido, ni la Constitución como se interpreta actualmente constituyen obstáculo a su potestad ejecutiva, hasta la fecha impensable, sobre la distribución de grandes porciones de la riqueza de la nación.

Accede al poder justo cuando el retroceso del Estado se ha visto súbitamente invertido. La retirada comenzó hace 30 años, cuando Margaret Thatcher llegó a primera ministra de Reino Unido; se aceleró 20 meses más tarde cuando Ronald Reagan fue investido; y se acentuó un año después, cuando las adversas fuerzas del mercado obligaban al presidente francés François Mitterrand a abandonar el socialismo en una nación receptiva a él.

Obama, cuya trompeta nunca toca retirada, exageró la escala de nuestras dificultades con su comparación entre ellas y las que encaró la nación durante el invierno de 1776-77. Aun así, la lírica del tradicionalismo cultural con la que finalizó -el apóstol del «cambio del que puedes estar seguro» animando a la nación a creer en los valores «de siempre»- reforzó su temática de responsabilidad, emplazando a la nación a abandonar la inmadurez.

George F. Will es analista de The Washington Post.

© Mundinteractivos, S.A.

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El doble valor del presagio, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

NUEVA ERA EN LA CASA BLANCA: La opinión

Para Barack Obama, la gran corazonada es al mismo tiempo tanto una carga formidable como una oportunidad espléndida. Estamos padeciendo unas ventas al por menor, unas cotizaciones de Bolsa y una producción que están por debajo de lo que sería una depresión.Los norteamericanos se han dejado llevar (o se han visto arrastrados) a un estado colectivo de desesperación y desconcierto. No tienen ni idea de lo que les aguarda en el futuro y se preguntan si hay alguien que la tiene. Los norteamericanos han perdido esa sensación de control del futuro que tenían y, si Obama es capaz de devolvérsela, habrá recorrido un largo trecho en el camino de la recuperación económica y de la seguridad de disfrutar de un mandato presidencial satisfactorio.

No es la situación de la economía en el momento actual lo que preocupa principalmente a la gente. Es mala, pero eso no quiere decir que no tenga precedentes. A pesar de las recientes subidas, la tasa de desempleo del 7,2% en diciembre, sigue por debajo del nivel máximo del desempleo alcanzado por término medio en los 10 períodos de recesión registrados hasta ahora desde el término de la Segunda Guerra Mundial, que se sitúa en el 7,6%.Lo que desconcierta a la gente es esa idea inquietante de que nos encaminamos hacia una situación desconocida, amenazadora y duradera. El desempleo, del que se pronostica que alcanzará el 9% o más, va a seguir siendo elevado. Y los aumentos de ingresos serán mínimos o inexistentes.

Precisamente este fantasma es lo que explica las razones por las que se utiliza con tanta profusión la palabra depresión, incluso aunque estamos aún lejos de las colas de reparto de pan de los años 30.

El pesimismo se extiende sin distinción de clases ni tendencias políticas. Un sondeo realizado el pasado mes de diciembre por el Pew Research Center preguntaba si las condiciones económicas serían peores dentro de un año. Entre quienes perciben ingresos inferiores a los 30.000 dólares [aproximadamente 22.500 euros al cambio actual], el 51% pensaba que sí; entre aquellos cuyos ingresos superaban los 100.000 dólares [alrededor de 75.000 euros], el porcentaje era prácticamente idéntico, del 53%. Otra de las preguntas era si el desempleo aumentaría al año siguiente; [a lo que contestó afirmativamente] el 57% de los votantes del Partido Demócrata, el 64% de los independientes y el 66% de los votantes del Partido Republicano.

Este desaliento tan democrático obedece a numerosas causas. A medida que más y más norteamericanos invertían en Bolsa, más y más de ellos quedaban expuestos a las violentas oscilaciones psicológicas y financieras del mercado. El desplome del precio de las viviendas ha hecho más pobres a trabajadores que cuentan con un puesto de trabajo seguro. Por supuesto, los despidos se han vuelto más democráticos. En otros tiempos, los que tenían que aguantar la gran mayoría de los despidos eran los empleados jóvenes y los obreros manuales; ahora, prácticamente cualquiera, desde directivos hasta banqueros de inversiones, pasando por periodistas o científicos, corre peligro de que lo echen. La edad aporta poca seguridad. En diciembre, casi una tercera parte de los desempleados tenía 45 años o más.

Lo que peor llevan los norteamericanos de clase media es la evolución caprichosa de la economía. Todo el mundo quiere orden, previsión y seguridad. Quieren creer que las virtudes individuales del estudio, el trabajo duro y la preparación se verán recompensadas en el mercado del trabajo. Hasta en los buenos tiempos se suelen ver frustradas estas ambiciones, pero es que en la economía de hoy la desconexión entre las ambiciones y la realidad se ha vuelto aún mayor. Los reveses y las pérdidas de fortuna parecen cada vez más divorciadas del esfuerzo personal. Nuestro sistema de valores parece asediado por todas partes.

La penosa situación económica actual es una oportunidad política.La popularidad de Ronald Reagan subió vertiginosamente al creerse que había sido él quien había restablecido el orden económico; que el país había retomado el control de su futuro. Estas consideraciones contrarrestaron la severidad de la recesión y su resaca.

Si Obama es capaz de superar esta sensación de impotencia, acumulará sin género de dudas un gran capital político. No será necesario que haya una situación boyante; basta con que la economía registre un crecimiento sostenido para convencer a la mayor parte de la gente de que la situación se puede controlar y de que no hemos retrocedido a una nueva Edad Media.

Obama se enfrenta a una recesión global provocada por unas fuerzas oscuras que escapan a la comprensión general. El esfuerzo para contrarrestarlas e impedir nuevos daños a la economía es un experimento no bien definido y a una escala imponente. Si fracasa, el peso que ha recaído sobre Obama puede acabar con él.

Robert J. Samuelson. The Washington Post Writers Group.

© Mundinteractivos, S.A.

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Los límites del optimismo, de Javier Pradera en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 21 enero, 2009

Tres días antes de que Joaquín Almunia diese cuenta de las previsiones de Bruselas sobre la marcha de la economía comunitaria, el vicepresidente Solbes informaba de las actualizaciones introducidas por el Gobierno en el Programa de Estabilidad 2008-2011. El espejismo del círculo virtuoso de desarrollo económico a salvo de crisis cíclicas forjado por tres lustros de crecimiento ininterrumpido, creación de empleo y mejora de las cuentas públicas se ha evaporado en el arenal depresivo. El vigor y la amplitud de la actual recesión aconsejan una prolongada cura de humildad (si no de arrepentimiento) a los economistas que castigan a la opinión pública con su jerga oscurecedora y extravían a los políticos con su arrogancia omnisapiente. El terremoto que sacudió el sistema crediticio americano en agosto de 2007 y alcanzó dimensiones dramáticas en el mundo entero a partir del otoño de 2008 ha visto agravados sus efectos en España a causa del sector inmobiliario; iniciado en los primeros años del mandato de Aznar, el boom de la construcción residencial prosiguió durante la primera legislatura de Zapatero. Las advertencias sobre las peligrosas implicaciones de ese monocultivo del ladrillo fueron despreciadas olímpicamente: el consejo de no cambiar de caballo mientras se cruza un torrente olvidó la posibilidad de que montura y jinete pudieran ser arrastrados por las aguas turbulentas de la crisis. El endeudamiento exterior para hacer frente a las inversiones inmobiliarias ha debilitado igualmente las defensas de la economía española frente a la recesión.

El cuadro macroeconómico actualizado por el Consejo de Ministros el pasado viernes adelanta que en 2009 el PIB sufrirá una caída del 1,6%, la tasa de paro escalará hasta el 15,9% (desde el 11,1% de diciembre de 2008 y el 8% de septiembre de 2007) y el déficit público se elevará al 5,8% (frente al 3,4% registrado en el actual ejercicio y los superávit de años anteriores). Aunque las perspectivas para 2010 y 2011 ofrezcan una mejoría comparativa de los indicadores, el mantenimiento del paro en niveles ligeramente por debajo del 16% y la acumulación de los déficits anuales ponen de relieve que las consecuencias de la crisis tardarían en ser absorbidas.

La asunción de esas previsiones para el próximo trienio parece indicar que el Gobierno ha comprendido finalmente que la negación verbal de la existencia de realidades desagradables es un conjuro ineficaz para hacerlas desaparecer. En las economías de mercado de un mundo globalizado, el talante optimista del poder político no crea puestos de trabajo duraderos. Las previsiones serán fiables o suscitarán desconfianza (por las fuentes utilizadas, la metodología aplicada y la cualificación de los investigadores) y resultarán acertadas o erróneas (sólo el tiempo lo dirá) en función de su correspondencia con los hechos: en cualquier caso, pertenecen al ámbito del conocimiento y no pueden ser sustituidas por los buenos deseos. La conciliación propuesta por Gramsci entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, o la paradoja defendida por Scott Fitzgerald sobre la necesidad de seguir actuando a partir de ideas contradictorias, podrían servir de pauta a las relaciones entre las antipáticas previsiones formuladas a palo seco por los economistas y los planes proyectados por los políticos para frenar o invertir su cumplimiento.

Por si las previsiones del Gobierno anunciadas por Solbes no hubiesen sido ya una medicina difícil de tragar para quienes confunden el principio de realidad con el pesimismo, la comparecencia anteayer de Joaquín Almunia en Bruselas habrá consternado a los que identifican las falsas ilusiones con el optimismo. Según las previsiones de la Comisión Europea, la economía española retrocederá en 2009 un 2%, la tasa de paro llegará al 16,1% y el déficit público alcanzará el 6,2% del PIB, indicadores todos ellos situados por encima de los avanzados por Solbes. La recuperación europea “gradual y modesta” tendrá en España ritmos más lentos que la media comunitaria: el ajuste de la construcción explica en buena parte ese desfase.

Esos cuadros macroeconómicos tal vez sean considerados erróneos por quienes permanecen fieles al espíritu de los iniciales diagnósticos gubernamentales sobre el carácter pasajero de la crisis comenzada en la segunda mitad de 2007. O quizás les parezcan insuficientemente sombríos a los que pronostican desde 2004 el final apocalíptico del mandato de Zapatero. Pero el optimismo y el pesimismo no son los términos más adecuados para describir esas encontradas posturas: los optimistas que actúan únicamente porque piensan que van a ganar están muy próximos a los pesimistas que anuncian el fin del mundo cuando pierden la esperanza de seguir mangoneándolo.

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Doctor Aznar, de Justo Serna en El País de la Comunidad Valenciana

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

Entre los articulistas se dice que cuando no se sabe de qué hablar se escribe sobre la televisión. Quizá ocurra algo semejante con José María Aznar. Lo pienso, pero inmediatamente me corrijo. Aznar siempre es una percha de actualidad, siempre nos da motivo: el CEU-Cardenal Herrera acaba de concederle el grado de Doctor Honoris Causa, algo que en cierto sentido repara al ex presidente, que se ha quedado sin la distinción que George W. Bush ha repartido a otros mandatarios.

Es normal que las instituciones universitarias, públicas o privadas, invistan con ese grado a gobernantes e intelectuales ilustres. Es una manera de reconocer los méritos extraordinarios de que son portadores. Pero hay que argumentar bien y hay que documentarlos mejor. ¿Cuáles son los valores que Aznar encarnaría a juicio de esta universidad privada? Varios son los méritos que se mencionan. Entre ellos, se le concede el doctorado por su defensa de las raíces cristianas de Europa, de la institución familiar o de las víctimas del terrorismo. Así, en conjunto. He leído las palabras literales de Aznar con que las autoridades académicas prueban esos méritos y la verdad es que son un florilegio mejorable.

Que si hay que enfrentarse al “relativismo moral radical que lleva a redefinir instituciones básicas en nuestra cultura, como la de la familia o la del matrimonio”, dice el ex presidente. ¿Conocen ustedes a alguien cercano que esté en contra de la familia, así, en abstracto? ¿Conocen a alguien que repudie el matrimonio por profesar el relativismo? Si lo encuentran, por favor, consérvenlo como curiosidad o como pieza única. ¿Y con la cuestión del terrorismo? Las autoridades académicas reproducen algún pasaje de un discurso que Aznar dictó en Rótterdam en 2006. “El terrorismo siempre es terrorismo”, concluía el ex presidente. Ah, ¿qué es eso? ¿Una tautología? Inmediatamente los responsables del CEU añaden otro párrafo, en este caso unas palabras dichas en la inauguración de un curso de FAES. “Tenemos que trabajar juntos sin esperar a que la amenaza crezca aún más fuerte”. Ah, vaya, no había reparado en ese diagnóstico, doctor Aznar.

Pero el mérito peor documentado es esa defensa de las raíces cristianas de Europa y de los principios del humanismo cristiano, insisten. Citan algunas palabras del ex presidente en las que reafirma dichos orígenes. No entiendo muy bien qué quiere decir. ¿Quiere decir que nuestra idea de persona y nuestro concepto de la civilización proceden de un sustrato común, el del cristianismo? ¿Y quién niega tal cosa? Rechazar dicha evidencia sería tozudez inculta. Un demérito, vaya. Pero no es eso lo que se discute. En realidad, dicho valor, así reconocido, tiene truco. Lo que se quiere es que tal referencia al pasado figure en los textos legales europeos. Pero entonces, si se trata de tomar la historia como espejo del presente, ¿por qué no regresamos al fondo común del Continente? No me refiero a la Atlántida, sino a la latinidad: a aquella Roma que conquistó el mundo… sólo en defensa propia. A ello podría replicarnos Aznar con un nuevo diagnóstico: el cristianismo es algo presente y en peligro; en cambio, Roma pertenece a un tiempo absolutamente pretérito y ya muerto. ¿Pretérito? No seamos cicateros. Propongo que reafirmemos abiertamente y en pie de igualdad lo que, por ejemplo, adeudamos al Imperio. ¿A qué Imperio? ¿Al pasado o al actual? Por favor, la duda ofende.

http://justoserna.wordpress.com/

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Perplejidad civil, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Libertades, Medios, Política by reggio on 21 enero, 2009

El ojo del Tigre

La partitocracia ha reenplazado a la democracia con la misma sutileza con que la sociedad civil fue anulada por la militancia partidista. Esta inexplicable simplificación de la pluralidad ideológica –y política- representada, al menos, por la teoría de la democracia de las libertades sociales, es sustituida inmediatamente por el imperio de los intereses partidistas que emanan, es estos momentos, de las dos únicas organizaciones políticas mayoritarias que acaparan el protagonismo de la compleja vida nacional: el PS(O)E y el PP.

Así nace el bipartidismo. Un dualismo excluyente, que es más político que ideológico, cuyos protagonistas se identifican entre sí por su afán de acaparar el control del poder, aunque desde perspectivas doctrinales supuestamente diferentes. El bipartidismo es, en realidad, una nueva versión de aquel monolitismo ideológico que, hasta hace apenas treinta años, se conoció como Movimiento Nacional…

Esos dos gremios de poder han absorbido la funcionalidad del Estado. Ambos partidos se han incrustado, como lapas, en la vida institucional del país. Lo han engullido sin contemplaciones; con lo cual, han conseguido debilitar el poder tradicional que representa el Estado. En estos momentos, todo lo que se mueve lo hace con permiso de los dos únicos grupos políticos que representan los intereses partidistas, que trepan como la hiedra por las paredes. Los dos lo hacen espoleados por la misma vocación monopolista, que no les deja ni dormir tranquilos…

Han vaciado al Estado de sus poderes tradicionales. Cada vez que alguien propone que esos dos partidos dominantes deben actuar unidos –dicen que para defender la democracia-, medio país se pone a tiritar de miedo ante la posibilidad de que resucite aquel fantasmal partido único, que durante casi medio siglo nos uniformó –ideológica y políticamente- a los españoles.

A los ciudadanos de esta supuesta democracia los han desvalijado de sus derechos civiles, que eran los que fundamentaban su condición de tales, para asumirlos gratuitamente los partidos y ejercerlos en su nombre, A partir de ahí, el ciudadano sólo disfruta de una única ventaja: puede elegir libremente el partido en el que quiera militar o al que desee donarle su voto. Este es el primer síntoma de poder partitocrático, que sistematiza sus funciones públicas, y que les restringe a los ciudadanos sus derechos cívico-democráticos. Con lo cual dejan de serlo (ciudadanos) para convertirse en súbditos.

La sociedad asturiana es una de las víctimas de esa defenestración de la democracia pluralista. En esta antigua provincia no sólo se ha perdido poder económico, sino también la posibilidad de que los asturianos puedan hacer valer sus derechos civiles y las razones de su preocupación por la carencia de fuerzas para hacer valer sus derechos en defensa de sus libertades.

Los partidos políticos no representan la voluntad popular, sino exclusivamente a sus propios intereses gremiales. La Junta General del Principado no representa a los asturianos, sino a los partidos que la componen. Lo mismo sucede con el Parlamento español. Aquí ya no hay ciudadanos, sino afiliados y electores.

Pero conviene distinguir también entre la militancia de base –la tropa- y el liderazgo en las alturas –la élite- …No es lo mismo ser dirigente del partido que simple parlamentario. Con lo cual, uno se da cuenta de que es más correcto hablar de grupocracia que de partitocracia. Aquí alguien maneja este divertido guiñol político moviendo los hilos con exquisita habilidad orgánica.

Para intentar entender lo que ocurre en esta diminuta autonomía, hay que empezar por desentrañar el mecanismo político que hace que funcione tal como está funcionando ahora: incomprensiblemente. En donde el sujeto privado, que es el que ni milita en un partido ni, seguramente, vota porque ha caído en el foso del desencanto político, no tiene un papel asignado en el guiñol. O sea, no es protagonista, ni extra; es, simplemente, un espectador a la fuerza. Para el poder instituido, esa clase de individuos no existe, sólo estorba.

En esta vieja región, el déficit de opinión pública –precisamente, la que alimentan y espolean los medios de comunicación- es tremendo. Lleva el camino de quedar reducida a la voz uniforme –y que uniforma- de un solo periódico, de una sola radio y de una simple televisión. Los asturianos están retrocediendo a los tiempos de la Prensa del Movimiento y al NO-DO.

¿De que pluralismo democrático nos hablan quienes –por motivos clarísimos- se empeñan en contribuir a simplificar radicalmente las fuentes mediáticas de opinión e información, hasta dejarlas reducidas a un simple chorrito, que adorna pero no sirve…?

La perplejidad civil que provocan estos excesos de poder –político y económico- es tremenda. No sólo por lo que significa como merma de la libertad de prensa, sino también –y sobre todo- porque coarta, impide e, incluso suprime la libertad de los lectores para elegir el medio que más les convenza. Esta libertad –la del lector- es una de las principales libertades civiles que incluyen las democracias éticas en sus programas.

Ante la situación que se vive, se podría decir que, en Asturias, el franquismo sociológico goza de muy buena salud.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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España, la 44 de 44, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía by reggio on 21 enero, 2009

Quienes frecuenten a Andrew Garthwaite, estratega global de Credit Suisse, convendrán conmigo en que no tiene a España entre sus naciones favoritas para invertir. De forma extraordinariamente consistente en el tiempo, ha venido señalando los desequilibrios estructurales del modelo económico patrio y ha anticipado gran parte de las desgracias estadísticas que ahora pueblan nuestros cuadros macro. Su prédica ha sido, durante todo este tiempo, voz que clama en el desierto, preparad el camino a la depresión. Propios y ajenos le han considerado, con toda certeza, enemigo para el negocio interior, por una parte, y ariete de la envidia foránea al milagro español, por otra. Tanto unos como otros han preferido disfrutar del poco bollo que quedaba mientras que nuestra piel de toro, herida por el puyazo de la falta de productividad, las banderillas de la dependencia energética y financiera exterior y el estoque del paro, se iba directa a un hoyo que va a exigir que todos arrimemos mucho el hombro para sacarla del coma en que se encuentra.

En su último Informe de Coyuntura, Flexibility wins, Garthwaite va un paso más allá al afirmar que España es, en términos puramente microeconómicos o empresariales, la nación menos capacitada para capear una coyuntura como la que actualmente está afectando a muchas de las principales economías del mundo. Y, ya se sabe, todo lo circunstancial que no se resuelve en tiempo y forma tiende a adoptar, con el paso del tiempo, signos de estructuralidad. La comparativa, que se extiende a 44 países, entre los que se encuentran la mayoría de las regiones desarrolladas o en vías de desarrollo, parte de una presunción inicial que servidor apuntaba ayer al final de su Valor Añadido, en una sorprendente coincidencia con lo publicado igualmente por Krugman en NYT. Dejémonos de milongas, viene a decir: en un entorno de caída de beneficios, que a su juicio se produce cuando el crecimiento económico se sitúa por debajo del 1,5-2%, la única forma de revitalizarlos, ceteris paribus, es mediante políticas adecuadas de recorte de costes. Toda vez que él estima que nos encontramos en la mayor desaceleración mundial desde 1945, su conclusión es clara: hay que apostar por firmas radicadas en lugares donde exista la suficiente flexibilidad como para adaptarse rápidamente a las nuevas circunstancias de caída de las ventas y contracción de los márgenes, consecuencia de la falta de ahorro, el exceso de endeudamiento y la sobrecapacidad productiva acumulada estos últimos años.

El autor cita hasta cinco factores que son los que, en su opinión, determinan la mayor o menor capacidad de ajuste de una economía, y por ende de las compañías que integran su tejido societario: desregulación del mercado laboral que permite reducir empleo de forma ágil y barata; proporción de costes fijos en la estructura de la cuenta de resultados de las compañías y apalancamiento operativo; participación del sector público en la economía y eficiencia en la asignación de recursos con especial atención al empleo en la administración; flexibilidad de tipo de cambio y, por último, proactividad y alcance de la política monetaria. Las fuentes son de lo más variado y van desde análisis internos de la casa a datos suministrados por la OCDE, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional que, en el caso de Europa, son tomados para el conjunto de la región por lo que a los dos últimos factores se refiere. Pues bien, en una ponderación por elementos de 30%, 15%, 15%, 20% y 20%, respectivamente, tachán, tachán, mientras que Estados Unidos se lleva la medalla de oro a la flexibilidad empresarial, España ocupa el farolillo rojo. Las servidumbres políticas, la pasividad de la patronal y la cerrazón sindical han logrado que obtengamos el dudoso mérito de ser el país que, a juicio del estratega de Credit Suisse, menos resortes para llevar a cabo los ajustes macro y micro que nuestro país necesita.

El informe llega en un momento especialmente inoportuno, toda vez que coincide con las nuevas estimaciones de crecimiento, desempleo y déficit del Gobierno y con la bajada del rating soberano por parte de una de las principales agencias de calificación. Sin embargo, y de ahí que me haga eco de él, su contenido no debe caer en el saco roto del hastío informativo. Fundamentalmente porque aporta matices nuevos a ese diagnóstico que, por primera vez en mucho tiempo, ha dejado de ser secreto de sumario en aras del interés político para asomarse al balcón de la conciencia colectiva. Y en la medida en que tal identificación de los males que afectan a nuestra economía se concrete y enriquezca, sí: el verbo no está mal empleado, seremos más capaces de aprender qué errores no queremos volver a cometer y qué rumbo debemos tomar precisamente para evitarlos. No cataloguen este artículo como un jarro de agua fría, uno más, en medio de la ducha de decepciones que diariamente nos acompaña, sino como un intento más de mostrar dónde estamos: donde nunca más queremos estar. Ahora un poquito de voluntad política, un bastante de esfuerzo colectivo y un mucho de determinación nos esperan. Adelante.

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En cierto modo, volver a empezar, de Enrique Badía en Estrella Digital

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 21 enero, 2009

Cualquiera animado por un deseo de originalidad se habrá topado con una falta de adjetivos para calificar el primer día de Barack Obama como 44º presidente de Estados Unidos. No se recuerdan referentes próximos para buena parte de las circunstancias que han rodeado este relevo al frente de la Casa Blanca: crisis económica profunda, de alcance mundial, y el país sumido en dos guerras de acusado deterioro e incierto desenlace, en Iraq y Afganistán. Tampoco hay precedentes en grado de expectativas y, en consecuencia, expectación.

Bastante se ha enfatizado ya sobre los riesgos asociados a ese cúmulo de expectativas suscitado desde noviembre hasta ayer. El tiempo dirá si el alcance del cambio presumido se acerca o no a lo esperado, pero los peligros propios de la impaciencia estuvieron de alguna manera jalonando los escasos veinte minutos de su primer discurso en las afueras del Capitolio, entremezclando la magnitud de los problemas y los propósitos de ir abordando uno tras otro los retos que su cuatrienio tiene por delante, pidiendo tiempo, esfuerzo compartido y participación.

Seguramente era inevitable situar la crisis económica como eje central. Está sin duda en el ánimo esencial de los estadounidenses y el presidente Obama eligió la apelación a una recuperación de los viejos valores, los fundamentos esenciales de la sociedad y la filosofía de los padres fundadores como receta de fondo para encarar los problemas y perseguir su superación.

Quizá más de uno haya recibido con cierta sorpresa esa suerte de apuesta por volver a empezar. Desde que la profundidad de la crisis se hizo patente, ha sido abundante la búsqueda de referencias que, a modo de antecedente, sirvieran para interpretar lo que está pasando, determinar cómo salir del lío y sobre todo cuánto puede durar.

El antecedente más socorrido ha sido sin duda 1929, aunque sin ir mucho más allá en lo que históricamente parece admitido que acabó desembocando la Gran Depresión. Pero hay que admitir que el paralelismo presenta no pocas lagunas: cuesta asimilar dos crisis tan separadas en escenario y contexto. Simplificadamente, no hay más remedio que tomar en consideración, entre otras muchas cosas, algo tan diferenciador como la intercomunicación en tiempo real que posibilitan las nuevas tecnologías y en particular internet.

Probablemente, la conexión popular de las palabras del nuevo mandatario haya que buscarla en su expresada convicción de que ha sido el abandono de los grandes valores y principios la causa esencial de lo actual. No en vano, el grueso de la sociedad asiste escandalizado al espectáculo de quiebras latentes, salvadas o eludidas a base de verter fondos presupuestarios, desde el recuerdo de la ostentación prepotente de quienes hoy reclaman auxilio estatal, prácticamente en paralelo a la percepción de un multimillonario bonus como recompensa a su gestión.

Decirlo es, sin duda, más fácil que corregirlo, pero todo es empezar. Si algo parece claro a estas alturas es que lo actuado hasta hoy frente a la crisis ha servido apenas para salir del paso y evitar derrumbes, pero van a hacer falta propuestas y acciones audaces para sentar las bases de una verdadera superación. ¿Será volver a las esencias la fórmula para salir de ésta? Lo sea o no, una mayoría espera que Obama la encuentre, más pronto que tarde. El tiempo dirá.

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Después de las palabras llega la hora de los hechos, del Editorial en Gara

Posted in Internacional, Política by reggio on 21 enero, 2009

En su discurso de investidura, dirigido no sólo a sus connacionales, sino a todo el mundo, con mención expresa «al mundo musulmán», y escuchado dentro y fuera de las fronteras de EEUU por más ciudadanos que ningún otro presidente hasta ahora, Barack Obama volvió a dejar patente su disposición al cambio, y más clara aún su distancia respecto de George W. Bush. Ese desmarque del nuevo presidente se corresponde con la gran distancia entre la mínima popularidad con que su antecesor abandona del cargo y las grandes expectativas que la elección de Obama creó. Quizá el indicador del rumbo del Gobierno de Barack Obama sea precisamente esa distancia respecto de Bush, una referencia ineludible debido a sus nefastos mandatos, que han conllevado un enorme retroceso en materia de derechos y libertades a nivel mundial.

El reto de Obama en materia económica y de justicia social no es menor, y la situación de grave crisis en la que accede a la Casa Blanca lo agranda, si bien ésta fue motivo para exponer su deseo de estar vigilante para que la prosperidad no lo sea únicamente para quienes más tienen. La reforma sanitaria prometida puede ser un indicador de las prioridades del nuevo gobierno en cuanto a política interior se refiere.

En lo concerniente a la política exterior, además del discurso de ayer, en el que dejó clara su intención de rectificar en lo referente a decisiones unilaterales -algo que la ONU agradecerá por los bochornos que puede evitarle-, además de las promesas de retirada de Irak y de cerrar el centro de reclusión de Guantánamo, son conocidos algunos síntomas que podrían marcar su práctica. El significativo silencio ante la masacre israelí en Gaza -difícilmente explicable y en cualquier caso no justificable con el argumento de que aún no era presidente, toda vez que esa circunstancia no había sido óbice para pronunciarse sobre otras cuestiones como la crisis financiera-, las anunciadas intenciones respecto a las relaciones con Israel -que apuntan más a la continuidad que a un cambio de rumbo- o el mantenimiento de Robert Gates como secretario de Defensa dan cabida al escepticismo. Su postura ante el conflicto en Afganistán, extensible a Pakistán, tampoco resulta demasiado esperanzadora.

De momento el principal cambio ha sido de orden simbólico, sin obviar su importancia. Una persona de raza negra preside el país más poderoso de la tierra y habla otro lenguaje que el de Bush. Sin embargo, tras las palabras, es la hora de los hechos.

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Obama, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Internacional, Política by reggio on 21 enero, 2009

A Martin Luther King lo mataron. Cuarenta mil policías velan en Washington para que hoy no le suceda lo mismo a Barack Obama. No le sucederá, digo, como si estuviera en mi mano el poder de conjurar las peores desgracias. Sería como matar dos veces el mismo sueño. Talvez todos seamos creyentes de esta nueva fe política que irrumpió en Estados Unidos como un tsunami benévolo que se va a llevar todo por delante separando el trigo de la paja y la paja del grano, talvez sigamos creyendo en milagros, en algo que venga de fuera para salvarnos en el último instante, entre otras cosas, de ese otro tsunami que está arrasando el mundo. Camus decía que si alguien quiere ser reconocido basta con que diga quien es. No soy tan optimista, pues, en mi opinión, la mayor dificultad está precisamente en la indagación de quienes somos, en los modos y en los medios para alcanzarlo. Sin embargo, ya sea por simple casualidad, ya sea a caso hecho, Obama, en sus múltiples discursos y entrevistas, ha dicho tanto de sí mismo, con tanta convicción y aparente sinceridad, que a todos ya nos parece que lo conocemos íntimamente y desde siempre. El presidente de Estados Unidos que hoy toma posesión resolverá o intentará resolver los tremendos problemas que le esperan, talvez acierte, talvez no, y algo de sus insuficiencias, que ciertamente las tendrá, se las tendremos que perdonar, porque errar es propio del hombre como por experiencia hemos aprendido a nuestra costa. Lo que no le perdonaríamos jamás es que llegara a negar, deturpar o falsear una sola de las palabras que ha pronunciado o escrito. Podrá no conseguir establecer la paz en Oriente Próximo, por ejemplo, pero no le permitiremos que cubra el fracaso, si tal se produce, con un discurso engañoso. Lo sabemos todo de discursos engañosos, señor presidente, mire bien donde se mete.

Esta entrada fué posteada el Enero 20, 2009 a las 12:03 am.

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Ya sabemos lo que Obama no pondrá en su agenda, de Paul Kennedy en Clarín

Posted in Internacional, Política by reggio on 21 enero, 2009

DEBATE

Sus votantes en EE.UU. y el mundo depositan demasiadas expectativas en el presidente que asume hoy. Hay regiones enteras a las que no tendrá tiempo ni de echar una mirada.

Ya se hizo evidente que el equipo de Obama, por más inteligente, experimentado y maravilloso que pueda ser, de ninguna manera puede cubrir todas las expectativas que depositan los estadounidenses entusiasmados pero nerviosos, y las multitudes igualmente nerviosas y esperanzadas de otros países.

El presidente que asume hoy, que suena audaz y optimista en sus discursos, pero al mismo tiempo cauteloso, reflexivo y grave, tiene el temple de un gran líder. Al mismo tiempo, sin embargo, debe hacer frente a una extraordinaria lista de problemas y desafíos. Barack Obama también debe saber que tiene que priorizar: no puede ser todo para todos; no puede satisfacer todos los deseos; no puede abordar todos los problemas del planeta. Si no se concentra, está perdido.

Hay dos áreas que exigen la atención inmediata y sostenida del gobierno de Obama. Tiene que dedicar una buena cuota de sus energías a rescatar y recuperar la economía estadounidense, así como sus redes interconectadas de comercio y finanzas globales. Pero Washington no puede concentrarse sólo en temas económicos, ya que también debe prestar mucha atención a la política global. Nuestro nuevo presidente tendrá que caminar con Adam Smith y John Maynard Keynes en una mano y con Carl von Clausewitz en la otra.

Pero, ¿qué temas podrían quedar relegados a un segundo término y cuáles se verían desplazados hacia la periferia? La lista es larga, pero vamos a limitarnos a las siguientes cuatro áreas que, por más que revisten gran interés para sus protagonistas, no tienen muchas probabilidades de llegar a la cima de la agenda de Obama. ¡Qué bueno sería que estuviera equivocado!

En primer lugar, América latina. Siempre me asombró la poca atención que los Estados Unidos le prestan al resto del hemisferio occidental, sobre todo a nuestro vecino del sur, México, pero también a países de la importancia de Brasil y Argentina. Las visitas que hice a los tres países en los últimos años sugieren que hay un anhelo generalizado de una relación respetuosa y equilibrada con su primo del norte. ¿Pero Washington les prestará mucha atención aparte de una o dos visitas presidenciales simbólicas? Lo dudo. Damos a América latina por descontada, y sería notable que Obama pudiera romper con esa línea de pensamiento.

En segundo lugar, África. Suena ridículo, lo sé. Toda la retórica de la campaña del nuevo presidente sugiere que el destino del continente en el que se encuentran sus raíces familiares es muy caro a su corazón. Puede ser, pero qué puede hacer el nuevo gobierno por ayudar a África es una verdadera incógnita. La mejor ayuda, y la más inmediata, sería generar un abrupto aumento de los precios de las materias primas del mundo -café, maní, caucho, petróleo, madera, fosfato- que revirtiera sus menguantes exportaciones, les proporcionara divisas fuertes y empleos. Pero la actual depresión mundial hace que eso resulte improbable y, dado que importan tantos de esos productos, los Estados Unidos prefieren que los precios de las materias primas bajen.

En tercer término, la reforma de los sistemas de las Naciones Unidas y Bretton Woods. En fin, buena suerte. Cualquiera puede darse cuenta de que las estructuras políticas y de seguridad, así como las económicas y financieras, de 1944 y 1945 resultan del todo anticuadas en este siglo. En realidad, lo más probable es que ya fueran anticuadas en 1980. Un sistema de seguridad global en el que sólo cinco de los 192 países tienen poder de veto y el privilegio de ser miembros permanentes (como por ejemplo en el Consejo de Seguridad de la ONU) y tres de esos cinco están en un proceso de relativa declinación a largo plazo -Gran Bretaña, Francia y, admitámoslo, la Rusia de Putin- es un completo absurdo. Dado que los cinco miembros permanentes no renunciarán a sus poderes, lo menos que pueden hacer es permitir que India y Brasil se sienten a su mesa. Sin embargo, eso no puede formar parte de las prioridades del nuevo Washington, así como tampoco ningún cambio significativo del equilibrio de poder del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

En cuarto lugar, Europa, la UE, las relaciones transatlánticas en general. Esta conclusión puede provocar reacciones en Berlín, Roma, Londres y París (¿qué cosa no genera reacciones en París?), pero sospecho que la admiración paneuropea por Obama -¿recuerdan los 200.000 seguidores que se dieron cita en la Puerta de Brandemburgo?- no derivará en una identificación recíproca de Europa como el faro de la estrategia y la política exterior de los Estados Unidos. Europa está bien como está. No es un problema, como China, Rusia, Oriente Medio, Irán. Es cada vez de menor ayuda en el plano militar y en el estratégico. Sin duda es importante en términos de coordinación económica, pero eso es algo que Nueva York maneja mejor que Washington. Para decirlo en términos simples, la extraordinaria estima que Europa siente por Obama no encontrará una actitud recíproca del otro lado, si bien sin duda vamos a escuchar muchos discursos bonitos sobre una relación perdurable y sólida en los próximos años. Como sea, el nuevo presidente tiene temas más importantes en los que pensar.

Los gurúes, entonces, están en lo cierto. Rescatar la economía estadounidense y preservar el orden geopolítico tienen que ser las dos prioridades principales del nuevo gobierno de Obama. El resto, incluso temas tan importantes como África, América latina, Europa y la ONU, está por debajo. Los maravillosos diplomáticos cínicos franceses de una época anterior lo habrían reconocido. Después de todo, ¿cuál era su frase predilecta? Gouverner, c’est choisir. “Gobernar es elegir.” Siempre lo fue.

Paul Kennedy. HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE YALE.

Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2009.

Traducción de Joaquín Ibarburu.

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