La carcajada de Panurge, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
Tengo un amigo y una amiga que se dedican al negocio financiero a escala internacional. El uno, propietario de su propia firma de inversión y con clientes en todo el mundo, no olvidará nunca -y menos hoy, Día de los Inocentes- la media docena de ocasiones en que se reunió con Bernie Madoff. La otra, analista de una organización aparentemente no contaminada por el escándalo, no logra comprender cómo colegas íntegros y avezados cayeron en la trampa.
«Siempre me citaba a las ocho de la mañana en su despacho del edificio Lipstick», recuerda mi amigo. «Me recibía solo, delante de una taza de café. Bebía pequeños sorbos y comentaba serenamente la marcha de los mercados. Era amable pero distante. La última vez me contó que tenía todo su patrimonio invertido en la compañía y que con la crisis prefería ganar él un poco menos, pero mantener contentos a los clientes».
La noche en que le contaron que Madoff había sido detenido, tras confesar que su respetado fondo de inversión no era sino una farsa, rodeada de oropel pero basada en la más rudimentaria de las estafas, el corazón le dio un vuelco. Mi amigo nunca dejará de preguntarse cómo es posible que el nuevo timo del siglo alcanzara tales proporciones, pero su primera reacción -en sintonía con la mayor parte de los medios de comunicación, gobiernos e instituciones- fue culpar al regulador norteamericano. «La SEC tendrá que responder ante los tribunales, ya verás los pleitos que se avecinan».
Mi amiga no está de acuerdo en que ése sea el problema y menos aún la solución: «La ventaja de que ese tipo de fondos -los fondos de inversión libre o hedge funds- sean entidades poco reguladas y no tengan la obligación de presentar sus cuentas ni de reportar sus actividades diarias a ningún organismo es que así tienen la máxima flexibilidad para invertir», me dice en un correo electrónico bien argumentado. «Esa es una circunstancia que puede proporcionar grandes beneficios, pero que a la vez hace imprescindible que el potencial inversor dedique importantes recursos a entender bien los fundamentos del fondo en el que se plantea meter su dinero».
Para ella resulta inaudito que «fondos de fondos» como el Optimal del Santander, el Fairfield de Noel, Piedrahita y otros yernos o los demás que invirtieron dinero ajeno en Madoff no le sometieran a un proceso de due dilligence para «verificar que todo lo que el gestor dice que hace es cierto: eso abarca entender cómo se generan los beneficios, cómo se controla el riesgo o cuál es la estructura operativa».
También le parece increíble que ni siquiera contrastaran la trayectoria de Madoff con el código de «mejores prácticas» vigente en el sector de los hedge funds. Eso les habría llevado a conclusiones muy elementales como que su fondo no contaba ni con administradores ni con custodios independientes, que su auditor tenía tres empleados y a él como único cliente o que toda la información que enviaba a los inversores era un montón de boletas de transacciones bursátiles que en sí mismas no explicaban nada.
Algo similar decía el otro día Sebastián Mallaby en The Washington Post al alegar que Madoff «era un granuja que prácticamente telegrafiaba su falta de fiabilidad, contratando a una diminuta auditora desconocida y dando resultados mensuales que no fluctuaban nunca». Sin embargo la crème de la crème de las finanzas internacionales ha aparecido prendida de su anzuelo.
Mi amigo alega que, aunque ahora a todo el mundo le parece muy obvio lo ocurrido, la verdad es mucho más compleja, pues en los círculos financieros se daba por hecho que Madoff había dado con una fórmula para neutralizar la volatilidad de los mercados y se entendía como algo lógico que no la quisiera compartir con nadie. Tenía el secreto de la Coca-Cola o, si se quiere, el de los cultivadores de bulbos de tulipanes holandeses. El hecho de que, además de especializarse en la llamada «inversión alternativa», mantuviera una agencia de Bolsa convencional avalaba la teoría de que procesaba las órdenes de compra o venta que le llegaban antes de la apertura de los mercados y aplicaba a la resultante una especie de «logaritmo secreto».
Mi amigo llegó incluso a duplicar, a modo de mayor seguridad, la tarea de casar las boletas que reflejaban las supuestas operaciones de Madoff que afectaban a sus clientes. Pero, claro, eso no servía de nada pues uno de los requisitos clave para ser admitido como inversor por Madoff era aceptar que nadie sino él podía conocer el contenido de la que, según The Wall Street Journal, algunos ejecutivos de la propia compañía denominaban premonitoriamente como la «caja negra» de su modus operandi.
Ahora que el avión ya se ha estrellado y mientras los investigadores tratan -de momento con bastante poco éxito- de averiguar lo que hay en esa «caja negra», finalmente tal vez vacía, mi amigo admite que uno de los factores determinantes de la espiral de confianza ciega en la que él mismo se vio arrastrado fue el arraigo y prestigio de Madoff en la comunidad financiera judía. No se trata de reavivar ningún estereotipo -y menos de forma derogatoria-, pero yo creo que cuando ambos se sentaban con la taza de café de por medio eran dos maneras de entender la relación con el dinero, la de la cultura judía y la de la cultura católica, las que estaban frente a frente.
Para describir la primera, sólo citaré una obra de un autor tan poco sospechoso de antisemitismo como George Steiner, pescando en concreto en el capítulo de sus «libros no escritos», titulada Zion (My Unwritten Books, Weidenfeld and Nicolson, 2008). «La intimidad judía con el dinero ha sido en cierto modo visceral», sostiene Steiner. «Data de las múltiples prescripciones fiscales del Libro de Moisés. Probablemente como en ninguna otra mitología el dinero desempeña una parte canónica en los relatos sobre la buena fortuna o sobre la traición… La evolución del capitalismo moderno y la crítica que ha inspirado encuentran su contexto y adaptación natural en la comunidad judía. Parece movilizar viejas habilidades y predisposiciones. Los Rothschild han reemplazado a Shylock… Firmas como Goldman Sachs o Lehman Brothers -esto está escrito obviamente antes del crash- o alquimistas individuales como George Soros han sido jugadores decisivos en los mecanismos financieros del mundo occidental. El multinacionalismo ha reclutado los instintos peregrinos y cosmopolitas del judío… Por lo tanto hoy un porcentaje significativo de las finanzas globales está bajo control judío. Los talentos analíticos y metamatemáticos desplegados por los pensadores y científicos judíos han sido brillantemente desarrollados en los dominios, a la vez hiperracionales y demoníacos, del dinero».
Frente a ese presunto «despliegue de talento analítico y metamatemático» que dio paso a lo que otro judío ilustre como Alan Greenspan bautizaría como la «exuberancia irracional de los mercados», mi amigo y otros como él actuaban constreñidos por una ética pudorosa y en cierto modo timorata del lucro. En nuestra sociedad se habla con mucha más soltura de sexo -no digamos nada de los placeres de la mesa- que de dinero. La gente te cuenta que se ha llevado a una persona deseada a la cama, pero no que ha ganado dinero con una inversión afortunada. Incluso sobre quienes se dedican profesionalmente a las finanzas parecen pesar las sentencias evangélicas dedicadas al rico Epulón y al pobre Lázaro, al camello y al ojo de la aguja y a lo bienaventurados que son los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
A falta de ese pragmatismo calvinista, de esa ética protestante que finalmente permite a todo buen cristiano servir a dos señores -en la City se pone una vela a Dios y otra a Mammón-, la mayoría de nuestros ricos y sus plenipotenciarios se sienten mucho más cómodos cuando sus plusvalías se gestionan en silencio y detrás de un tupido velo que cuando se aventan en cualquier dominio público. Pocas iniciativas nos ocasionan tantos quebraderos de cabeza como el número anual del Magazine sobre las personas más ricas de España. Sólo los horteras del ladrillo quieren presumir de la parte legal de sus fortunas. No olvidemos que algunas de las primeras órdenes monásticas tenían entre sus votos la prohibición de tocar físicamente el dinero.
Nada mejor que esta disposición al sigilo y la reserva -que tu mano derecha no sepa cómo se enriquece la izquierda- para un tinglado como el de Madoff basado en la sacralización del secretismo. Al final mi amigo terminó promediando la confianza irracional que emanaba de aquella taza de café con su prudencia racional -incluso con su recelo a ganar demasiado- e invirtió en la «caja negra» sólo una muy pequeña parte del patrimonio confiado por sus clientes y, digamos, dos no tan pequeñas partes del suyo propio. Lo que le reconcome ahora no es, sin embargo, la cantidad sino la calidad del problema.
Cualquiera diría que la base de lo ocurrido era que había una serie de potentados ansiosos de ser engañados -a modo expiatorio- y que profesionales honrados como él no fueron sino los médium de la credulidad autoinducida. Resulta difícil de imaginar, en cambio, que un individuo como Piedrahita que, después de haber suscitado todo tipo de recelos en el Reino Unido, aterrizó en España pisando fuerte y haciéndose el simpático con su superjet, su megabarco y su casoplón de Puerta de Hierro no estuviera por vía familiar en el ajo de la estafa. ¿Será capaz la Fiscalía Anticorrupción de separar el grano de la paja?
A mi amigo no le servirá de consuelo, pero en la comunidad judía lo ocurrido ha causado tanta consternación como si se tratase de una nueva destrucción del templo de Jerusalén. El rabino Salomón Carmy, presidente del departamento de Estudios Bíblicos de la Yeshiva University -seriamente damnificada por el colapso de Madoff-, ha evocado un pasaje del Génesis sobre la historia de Jacob muy elocuente de la escala de valores a la que me refería antes: «Los justos defienden su dinero más que su propio cuerpo. Si tu ganas dinero honradamente o si lo tienes como consecuencia del depósito de la confianza de otros en ti, debes ser muy cuidadoso».
Al margen de que no falta quien espera que de repente se abran los cielos y un rayo con el emblema del Mossad castigue al truhán de forma mucho más contundente de lo que podrían hacerlo los tribunales norteamericanos, la reciente noticia de que la Fundación Elie Wiesel ha perdido la práctica totalidad de sus fondos en el cenagal de la estafa no hace sino realzar la pregunta que el pasado domingo se hacía Frank Rich en The New York Times: «¿Quién podría haber imaginado la historia de un financiero judío que pulveriza millones de dólares dedicados a mantener viva la memoria del Holocausto? Dickens, Balzac, Trollope y, a esos efectos, hasta Mel Brooks se hubieran quedado atónitos».
Modestamente se me ocurre sugerir que sólo un resucitado Rabelais podría estar a la altura de ese reto. Y no tanto por las dosis de vitriolo que el gran humanista francés de comienzos del XVI escancia en sus obras al servicio de lo grotesco, sino sobre todo por su paternidad de un personaje cuya pauta y significado ya está sirviendo de útil ganzúa para abrir algunas puertas que son clave para la interpretación de la actual crisis. Me refiero al pícaro Panurge, compañero de fatigas del bondadoso gigante tragaldabas Pantagruel.
Si en su libro segundo -capítulo XVI- Rabelais presenta a Panurge explicando que «estaba sujeto de nacimiento a una enfermedad que por entonces llamaban falta de dineros… a pesar de lo cual conocía sesenta y tres maneras de remediarse en su necesidad, de las cuales la más común y honrosa era el latrocinio», es en su libro cuarto -capítulo VIII- cuando este pícaro escatológico, ingenioso y cruel que preludia a la vez a Falstaff y a Sancho alcanza su verdadero momento de gloria.
Todo sucede a bordo de una embarcación en la que Panurge compra un cordero del rebaño del comerciante Dingdong y, comoquiera que considera que el precio ha sido abusivo, da rienda suelta a su cólera arrojándolo bruscamente al mar. El resto del rebaño se apresura a seguir a su compañero y todos -ovejas, carneros, pastores y el propio Dingdong- se precipitan al agua y se van ahogando poco a poco, mientras un sádico e implacable Panurge disfruta de su venganza, impidiendo con el remo que nadie regrese a la barca, y filosofa sobre el instinto gregario que ya Aristóteles detectó en ciertas especies.
Desde entonces le mouton de Panurge es el desencadenante de cualquier moda y el «panurgismo», el efecto imitativo que la alimenta. Es el caso de la actual deflación en el que la parálisis económica se contagia con tal virulencia que ni siquiera los que tienen más dinero disponible gastan, consumen o invierten. He ahí la levadura del miedo que va inflando el círculo vicioso del efecto pobreza.
Pero hasta como quien dice antesdeayer el mimetismo había operado en sentido contrario. Puesto que el vecino lo hacía, había que hipotecarse; puesto que el amigo lo hacía, había que consumir más allá de los propios posibles; puesto que el compadre lo hacía, había que invertir a crédito en la Bolsa. Mi amiga explica muy bien en su correo electrónico lo que era un secreto a voces en su sector: «Según el manual nadie debería haber invertido en Madoff, pero como había muchos conocidos que ya lo habían hecho durante tanto tiempo y nunca había pasado nada, pues todos seguían invirtiendo». Era el «dónde va Vicente, pues donde va la gente» de los multimillonarios. Tú no eras nadie si Blahnik no te hacía unos manolos a medida, no estabas en la lista de invitados de las fiestas de Mustique y no te dejaban meter dinero en Madoff. Ese «reservado el derecho de admisión» era lo que fascinaba a los obsesionados con no ser menos que fulanito o menganita. Y Piedrahita les hacía pasar por taquilla. Hasta que se pinchó la burbuja y se hundió el soufflé.
Mi propio amigo piensa que las inversiones y plusvalías de Madoff fueron reales durante bastante tiempo y que sólo cuando sufrió un importante traspié -no se sabe si por el hundimiento de las punto com, por la crisis asiática o por qué otra vicisitud- decidió recurrir al viejo truco de la pirámide. «Yo creo que casi fue más una cuestión de amor propio que otra cosa. No quiso decirles a los de la sinagoga de la Quinta Avenida que había perdido su dinero y emprendió la huida hacia delante».
O sea que durante años fue metiendo a todos los corderitos en el barco y un buen día tiró el primero al mar, marcando el número del FBI. En Far from the madding crowd -Lejos del mundanal ruido- hay una escena similar cuando un perro irresponsable arrastra a todo el rebaño hasta el fondo de un acantilado y arruina al joven y entusiasta pastor Gabriel Oak. Su autor Thomas Hardy trataba de expresar así la crueldad y la injusticia inherentes a nuestro universo. Puedo imaginarme la carcajada de Panurge al oír hablar tanto estos días de la necesidad de regular los mercados y reformar el capitalismo. ¿El capitalismo? Mientras no reformemos la condición humana…
© Mundinteractivos, S.A.
Hacer tortilla sin romper los huevos, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo
LUCES LARGAS
A veces, evitar un fracaso, se considera un éxito. Es lo que ha pasado en la reciente Cumbre del Clima de Poznan que preparaba el Acuerdo de Naciones Unidas que sustituirá, a partir de 2012, al Convenio de Kyoto y que se deberá concluir a finales del próximo año en una nueva reunión de las partes en Copenhague. Se han producido pequeños, aunque importantes, avances en el compromiso de lucha contra un cambio climático cuyo adelanto ya está aquí en forma de 25 millones de refugiados a nivel mundial como consecuencia de sequías, inundaciones, tornados y otras catástrofes de magnitud y frecuencia desconocidas, identificables con factores medioambientales.
La Unión Europea ha mantenido en Poznan su decisión de alcanzar en 2020 una reducción de emisiones de efectos invernadero del 20%, incrementando el uso de energías renovables hasta un 20%.Mientras, países emergentes como China, México, India o Brasil se comprometían, por vez primera, a seguir contaminando, pero un poco menos, a cambio de recibir ayuda económica y tecnológica de los países desarrollados. Y todos, todos, esperan que Obama, con su compromiso nacional -el Green Deal ya lanzado- se sume al esfuerzo colectivo, venciendo reticencias de la anterior administración republicana, con demasiadas vinculaciones con el sector petrolífero.¿Dónde está pues la duda, la reserva, el resquemor?
En que la experiencia, las concesiones internas que se han hecho para alcanzar este acuerdo histórico y los ritmos fijados en el mismo plantean la duda razonable de que no llegaremos. De que, a pesar de todo, no seremos capaces de reducir las emisiones de CO2 con la suficiente rapidez y contundencia como para evitar algunos de los peores escenarios de amenaza para grandes zonas del planeta. Y, además, de que la inmensa mayoría de los países no tendrán recursos y capacidades suficientes para adaptarse convenientemente a esos devastadores efectos.
El amplio consenso existente entre los científicos ante el cambio climático no parece darse entre nuestros responsables políticos mundiales. Por ello, tendremos que negociar un Acuerdo poskioto sin haber cumplido los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero establecidos en Kioto. Y si esto es así, nos enfrentamos a tres de los principales problemas actuales de la humanidad: su incapacidad para articular respuestas eficientes para desafíos vitales de alcance global; en segundo lugar, una excesiva ponderación del corto plazo que reduce los incentivos para hacer esfuerzos ahora en busca de mayores beneficios (o menores costes) más tarde y, en tercer lugar, un aparentar que se hace algo, para transmitir confianza televisiva a los ciudadanos aunque, en realidad, lo que se hace luego sea mucho menos.
La disparidad entre la magnitud de los desafíos y la limitada ambición de nuestras respuestas lo hemos visto, también, con la crisis financiera. Frente a problemas globales, resulta ridículo buscar únicamente soluciones nacionales. Si, por las razones que sean, preferimos seguir manteniendo el Estado-nación como referencia central de nuestra actuación política en lugar de avanzar hacia la constitución de un verdadero Gobierno mundial democrático deberíamos, por lo menos, establecer bien las reglas del juego cooperativo entre países para que nos permitan trabajar juntos en la resolución de problemas que ninguno puede resolver por sí solo. La existencia de la Unión Europea y el mantenimiento de Naciones Unidas abre esperanzas sobre este punto, aunque todavía estamos muy lejos de saber hacerlo con la suficiente eficacia como para estar a la altura de los retos que tenemos.
En este sentido, las excesivas concesiones internas a la industria europea, alargando el plazo de entrada en vigor de la propuesta de la Comisión para que paguen por los derechos de emisión, o a los nuevos socios comunitarios permitiéndoles mantener el uso exagerado del carbón, sin duda han sido necesarias para alcanzar un acuerdo. Pero le coloca a éste un gran peso en las alas de su credibilidad.
Resulta curioso cómo el tradicional principio de que el que contamina, paga no se quiere aplicar aquí. Ninguna empresa europea puede lanzar libremente vertidos tóxicos a un río y todas han adaptado ya sus procesos productivos a este hecho sin merma de competitividad.Sin embargo, ninguna quiere internalizar el coste de emitir dióxido de carbono, pagando por los derechos, a pesar del constatable efecto invernadero que provoca. Las referencias a la crisis económica o a los riesgos de deslocalización sólo pueden entenderse, ante un problema como éste, o bien como presión para trasladar el coste a otro, o bien, como prueba de que, en realidad, no se acaban de creer las previsiones científicas sobre las causas del cambio climático y sus terribles consecuencias.
Y aquí entra la mencionada preferencia por el presente sobre el futuro. Combatir, de verdad, con eficiencia e impacto adecuado, el cambio climático provocado por la acción del ser humano en los últimos 200 años exige introducir algunas modificaciones importantes en nuestro modelo productivo, tecnológico, de consumo e incluso de vida. Si de verdad queremos evitar que la temperatura del Planeta suba más de dos grados adicionales en las próximas décadas con efectos devastadores sobre el PIB y sobre la población mundial equivalentes a una gran guerra mundial, algunos esfuerzos tendremos que hacer ahora que aún estamos a tiempo.
Esfuerzos y sacrificios que deben de tener la intensidad suficiente como para producir el efecto que se desea. Sobre todo cuando, como es el caso, hacer menos invalida la eficacia de la acción respecto al objetivo perseguido. En asuntos donde la dosis y el tiempo son fundamentales, como los antibióticos, reducir la cantidad o alterar los plazos convierte en dudoso el tratamiento o nos lleva a escenarios distintos, con mayor incremento en la temperatura mundial y con sus correspondientes peores impactos sobre vidas y haciendas.
Estamos haciendo lo posible. Sin duda. Pero cuando necesitamos hacer lo necesario, hacer lo posible puede no ser suficiente para evitar que millones de personas pierdan sus vidas o sus hogares debido al cambio climático, mientras otros no han querido sufrir una pérdida económica menor. Todavía nos queda Copenhague.Pero sin romper huevos, no hay tortilla.
jordi.sevilla@diputado.congreso.es
© Mundinteractivos, S.A.
¿Acertarán los analistas en sus previsiones?, de Rafael Pampillón Olmedo en Mercados de El Mundo
EL DEBATE
Cada año por estas fechas algunos, que nos creemos más listos que el resto de los humanos, intentamos predecir el futuro, lo que no es fácil. Se puede hacer, pero las probabilidades de acertar son bajas. Y todavía son menores si el grado de incertidumbre y los riesgos son elevados.
Para el año 2009, las predicciones sobre el comportamiento de la economía mundial son muy pesimistas, pues el ritmo de crecimiento será bastante inferior al del año 2008. Este pesimismo viene confirmado, además, porque el final de este año coincide con una situación de fuerte desaceleración de la actividad económica mundial y la amenaza de deflación en algunos países ricos. Sin embargo, la recesión mundial que nos espera puede quedar suavizada si siguen bajando o se mantienen los precios del petróleo y de otras materias primas, no se producen ataques terroristas y se realiza una política económica adecuada.
¿Qué deberíamos esperar de la política económica para salir de esta crisis? En primer lugar, los bancos centrales deberían seguir bajando los tipos de interés y favoreciendo la concesión de crédito.En segundo lugar, los gobiernos deberían seguir realizando políticas fiscales bastante expansivas, consistentes en mayor gasto público y menores impuestos. Y, en tercer lugar, se debería evitar a toda costa el proteccionismo comercial y aumentar, en cambio el comercio internacional, ya que la apertura exterior es un factor decisivo para el crecimiento de la economía mundial y, por tanto, para la salida de la crisis.
Desgraciadamente, en este mes de diciembre, la Ronda de Doha, que pretendía liberalizar el comercio en productos agrícolas y reducir los aranceles en sectores industriales, ha fracasado, lo que significa que vuelven a aparecer las tentaciones proteccionistas que suelen ser muy fuertes en épocas de crisis y que tanto daño hacen a la economía mundial. De ahí que sea una muy mala noticia que en 2009 se prevea una contracción del comercio mundial.
¿Cuándo saldremos de esta crisis? La esperada recuperación de la economía mundial se producirá, probablemente en 2010, y vendrá marcada por el ritmo que dicte el comportamiento de Estados Unidos, América Latina y Asia. La estimación de crecimiento del PIB mundial para el año que viene es del 0%, muy inferior al 2,8% previsto para 2008. En este escenario tendrán un especial protagonismo las economías de Asia (sobre todo China, India y Corea del Sur), con un crecimiento, en el 2009, del 5,5%. América Latina crecerá un 2% frente al 4% del 2008. De igual modo, para el conjunto de países del Este de Europa, Rusia y Turquía se prevé un crecimiento del 1,2%, muy alejado del 4,8% de este año. En 2009, el conjunto de los países emergentes crecerá un 3%.
Desgraciadamente, durante 2009, la Eurozona seguirá yendo hacia atrás como los cangrejos (-1,5%). La recuperación de la economía europea pasa por reducir impuestos, aumentar el gasto público, bajar más los tipos de interés, establecer políticas de fomento de la competencia (sobre todo en los servicios), flexibilizar los mercados (especialmente el de trabajo), liberalizar los transportes aéreo y ferroviario, así como las comunicaciones y la energía, y mejorar las infraestructuras con el fin de impulsar un mercado europeo único. La Unión Europea tendrá que renunciar temporalmente a la disciplina fiscal ante una crisis económica que es de insuficiencia de demanda y que va a exigir déficit públicos superiores al 3%.
¿Se cumplirán estas predicciones? La experiencia nos advierte que los cambios más importantes nunca se prevén. Casi nadie supo prever el hundimiento de la Unión Soviética. Pocos eran los que creían en la reunificación de Alemania ¿Quién imaginaba que un día la República Federal Alemana absorbería pacíficamente a su rival del Este?
Ni siquiera la alerta generada por la crisis mexicana de 1994 y 1995 sirvió para poder predecir la crisis asiática. ¿Quién vaticinó en 1999 ó 2000 la ruptura de la paridad peso-dólar en Argentina? ¿Quién predijo el persistente marasmo de la economía japonesa? Sin embargo, año tras año (y van diecisiete) los gurús nos dicen que ya se ve la luz al final del túnel.
No es cierto, la economía japonesa continúa estancada y se espera que tenga una fuerte contracción (-2%) en 2009. ¿Quién sospechó que estallaría la burbuja puntocom y los atentados terroristas de 2001? ¿Quién previó la actual crisis de crédito y la recesión mundial que, desgraciadamente, atravesamos?
Predecir la evolución de determinadas variables económicas (cotizaciones bursátiles, crecimiento económico, tipos de interés, tasas de inflación, tipos de cambio), es una labor ardua y complicada.De ahí que esté generalmente admitido que adivinar el futuro de la economía es más un arte que una ciencia. Por tanto, por muy brillantes que sean las explicaciones que demos sobre lo que va a ocurrir en 2009, siempre será difícil acertar. Desgraciadamente, lo importante no se puede predecir y lo que se puede predecir no es importante.
Rafael Pampillón es catedrático de la Universidad CEU-San Pablo y profesor del IE Business School.
© Mundinteractivos, S.A.
Bajo el signo de la interinidad, de Santos Juliá en Domingo de El País
Lo más curioso del año político que ahora acaba ha sido quizá la rapidísima amortización del resultado de las elecciones que, aunque mentira parezca, tuvieron lugar el domingo, 9 de marzo, con un resultado que reforzó la posición relativa de los dos grandes partidos. No había llegado aún el verano cuando el Gobierno había dilapidado ya todo su capital y daba muestras de agotamiento; y no había transcurrido el otoño cuando la oposición vio resurgir a una facción de cobardes que maquinaban en la sombra, según denuncia de la flamante secretaria general. Un Gobierno cansado y dividido, una oposición incapaz de avanzar ni un milímetro en su nueva estrategia: éste es el paradójico resultado de unas elecciones en las que los dos grandes partidos de ámbito estatal ganaron votos sólo para perder al cabo de unos meses la confianza de sus electores, que ya no se creen nada de lo que se les dice.
¿Por qué? Tal vez porque nunca ha estado más lejos el lenguaje de los dirigentes de ambos partidos de la cruda realidad de los hechos. Sólo una muestra entre mil posibles: en enero de 2008, el presidente Zapatero auguraba la creación de 100.000 empleos gracias a una imaginativa deducción de 400 euros del IRPF que había hecho torcer el gesto a su ministro de Economía; en diciembre, la cifra de parados cabalga hacia los cuatro millones y la destrucción masiva de empleo vuelve a ser nota característica de la economía española en tiempos de recesión. La prensa extranjera ha llevado a sus primeras páginas la noticia: The party is over, titulaba hace unas semanas The Economist; La fête est finie, proclama la portada de Le Point, en sendos reportajes sobre España.
Sí, en España, la fiesta se ha acabado y, mientras la oposición gira sobre sí misma, el Gobierno no sabe qué poner en el lugar antes ocupado por la euforia. De momento se ha valido de una coartada: nadie, en el mundo, previó la profundidad de la crisis, ¿por qué habría de preverla el Gobierno español? Mezclando churras con merinas, el Gobierno se ha apresurado a disolver, al menos en el discurso, la recesión española en el maremágnum de la crisis mundial. Todo, menos reconocer que, entre nosotros, las crisis económicas tienen causas endógenas ya seculares -baja productividad, elevado endeudamiento, alta inflación- que provocan efectos devastadores en el empleo. Mientras se mantuvo la orgía constructora, con una elevación insostenible de precios y una rampante corrupción municipal, creció la euforia: éramos los mejor preparados para hacer frente a cualquier crisis. Cuando de la orgía sólo quedó la resaca, y el superávit se transmutó en déficit, el Gobierno pretendió ocultar la realidad bajo un manto de palabras vacías.
Con lo cual, la crisis económica se reduplicó en crisis de confianza: éste no es un Gobierno dotado de un propósito, un discurso ni una política para hacer frente a los problemas que se van amontonando al socaire de la recesión económica. Problemas de competencia en el área económica, desde luego, fruto de una vana táctica de compensación de poderes entre oficinas y ministerios; pero también problemas con la financiación de las comunidades autónomas, algunas en franca rebeldía; con la justicia, ante las amenazas de jueces levantiscos que han perdido la brújula; con el Tribunal Constitucional, incapaz de cumplir en sí mismo la renovación de miembros a la que las leyes y la misma Constitución obligan; con la Iglesia católica, lanzada a una nueva guerra de crucifijos que el Gobierno no ha sabido cortar a pesar de tener a su favor sentencias judiciales; y, en fin, y por no hacer interminable la lista, con el pasado, sin atreverse a lo único en lo que realmente es competente y a lo que está obligado: enterrar dignamente a los muertos.
Vive, si vivir es simplemente verlas venir, a la espera de una sacudida que no acaba de llegar: desde el día siguiente a las elecciones, éste es un Gobierno interino, con fecha de caducidad señalada por el propio presidente cuando dejó bien claro que no era un Gobierno para durar. Interinidad que la crisis económica hace más insoportable, como la situación de los enfermos terminales a los que no se acaba de desconectar los tubos que artificialmente les mantienen en vida. El presidente pospuso entonces la crisis de fondo a favor de una remodelación cosmética, dirigida a ocupar la primera plana de la prensa mundial, chicas y chicos perfectamente maquillados para la foto. Pero, terminada la fiesta y consumida la euforia, el rímel se ha corrido y los ojos del Gobierno miran a ninguna parte mientras la oposición se entretiene mirándose al ombligo.
Una vida sin burbujas, de Paul Krugman en Negocios de El País
Haga lo que haga el nuevo Gobierno, nos esperan varios meses o incluso un año de desbarajuste económico. Después las cosas deberían mejorar, a medida que empiece a coger impulso el plan de estímulo económico del presidente Obama (vale, me indican que el término políticamente correcto que se utiliza ahora es “plan de recuperación económica”). A finales del año próximo la economía debería empezar a estabilizarse y soy bastante optimista acerca de 2010.
¿Pero qué ocurrirá después? Ahora mismo todo el mundo habla de algo así como dos años de estímulos a la economía, que tiene sentido como horizonte de previsión. No obstante, demasiados de los comentarios sobre economía que he estado leyendo parecen dar por sentado que eso es en realidad todo lo que necesitamos, que una vez que el arrebato de gasto deficitario dé un vuelco a la economía todo volverá a ser como de costumbre.
Sin embargo, las cosas no deben volver de hecho a ser como eran antes de la crisis actual, y espero que la gente de Obama se percate de ello. La prosperidad de hace unos años, tal y como estaban las cosas -los beneficios eran estupendos, los salarios no tanto-, dependía de una burbuja inmobiliaria de enormes dimensiones que a su vez sustituía a una burbuja bursátil anterior. Y puesto que la burbuja inmobiliaria no va a volver, el gasto que sostenía la economía en los años anteriores a la crisis tampoco va a volver.
Para ser más concretos: el drástico desplome de la vivienda que estamos experimentando en la actualidad llegará a su fin antes o después, pero el descomunal boom inmobiliario de la era de Bush no se repetirá. Los consumidores recuperarán parte de la confianza tarde o temprano, pero no gastarán como hicieron entre 2005 y 2007, cuando mucha gente utilizaba su casa como cajero automático y la tasa de ahorro cayó prácticamente a cero.
Por tanto, ¿qué sustentará la economía si ni los cautelosos consumidores ni los humillados promotores inmobiliarios serán capaces de hacerlo?
Hace unos meses, un titular del periódico satírico The Onion, agudo como siempre, ofrecía una posible respuesta: “País asfixiado por la recesión busca nueva burbuja en la que invertir”. Podría surgir algo nuevo que animara el consumo privado, tal vez generando un boom en la inversión empresarial.
Pero para rellenar el hueco dejado por el retroceso del consumo y la vivienda, este boom tendría que ser gigantesco y elevar la inversión empresarial hasta niveles del PIB sin precedentes en nuestra historia. Ahora bien, aunque esto es una posibilidad, no parece ser algo con lo que se pueda contar.
Un camino más convincente hacia una recuperación sostenida sería un recorte drástico del déficit de la balanza comercial de Estados Unidos, que se disparó al mismo tiempo que se hinchaba la burbuja inmobiliaria. Vendiendo más a otros países y consumiendo más productos nacionales, podríamos alcanzar el pleno empleo sin necesidad de un boom del consumo o del gasto en inversión.
Pero probablemente pasará mucho tiempo antes de que el déficit comercial descienda lo bastante como para compensar el estallido de la burbuja inmobiliaria. Para empezar, tras varios años de bonanza, el crecimiento de las exportaciones se ha estancado, en parte por culpa de los inversores extranjeros que, llevados por el nerviosismo, han acudido rápidamente a refugiarse en valores que aún consideran seguros, elevando la cotización del dólar frente a otras divisas y haciendo que la producción estadounidense sea mucho menos competitiva en relación con los costes.
Además, aunque el dólar cayera de nuevo, ¿de dónde surgirá la capacidad para aumentar repentinamente las exportaciones y la producción de artículos capaces de competir con las importaciones? A pesar del incremento en el comercio de servicios, la mayoría del comercio internacional sigue siendo de bienes, sobre todo bienes manufacturados; además, el sector manufacturero estadounidense, tras años de olvido en favor de los sectores inmobiliario y financiero, tiene mucho que hacer para ponerse al día.
En cualquier caso, el resto del mundo puede que no esté listo para lidiar con un déficit comercial estadounidense drásticamente menor. Como señalaba recientemente mi colega Tom Friedman, gran parte de la economía china en concreto está concebida en torno a las exportaciones a EE UU, y sufrirá mucho si tiene que amoldarse a otras ocupaciones.
En pocas palabras, alcanzar el punto en que nuestra economía prospere sin ayudas fiscales puede ser un proceso largo y difícil, y como he comentado anteriormente, espero que el equipo de Obama se percate de ello.
En estos momentos, con la economía en caída libre y con todo el mundo atemorizado ante la Gran Depresión versión 2.0, quienes se oponen a una intervención federal de calado están pasando apuros para recabar apoyos. John Boehner, el líder republicano en la Cámara de Representantes, se ha visto obligado a utilizar su página web para buscar “economistas estadounidenses acreditados” dispuestos a añadir su nombre a una lista de “escépticos respecto a utilizar el gasto como estímulo”.
Pero una vez que la economía remonte sensiblemente, la nueva Administración se verá bastante presionada para echarse a un lado y quitarle las muletas a la economía. Y si el Gobierno cede a esa presión demasiado pronto, la consecuencia podría ser una repetición del error que Franklin Delano Roosevelt cometió en 1937, el año en que rebajó drásticamente el gasto, subió los impuestos y contribuyó a hundir a EE UU en una grave recesión.
La cuestión es que puede que lleve mucho más tiempo del que la gente se piensa el que la economía estadounidense esté lista para vivir sin burbujas. Y hasta entonces, la economía va a necesitar mucha ayuda del Gobierno. -
(c) New York Times News Service, 2008.
Paul Krugman es columnista del diario The New York Times.
Traducción de News Clips.
2008, un final de ciclo amargo, de Ángel Laborda en Negocios de El País
Dicen los psicólogos que el hombre tiende a recordar los buenos momentos de su vida y a olvidar los malos. Si esto es así, el año que termina será rápidamente borrado de nuestra memoria, aunque mejor sería no olvidarlo para evitar excesos y conductas no sostenibles en el tiempo que a la larga desembocan en ajustes dolorosos como el actual. No es momento de dar sermones, pero si los dirigentes políticos y monetarios del planeta se hubiesen afanado en frenar y controlar tales excesos en los últimos años sólo la mitad de lo que están haciendo ahora en evitar la recesión, ésta no hubiera adquirido la gravedad y extensión que estamos padeciendo.
Al hacer un balance del año en términos de crecimiento, alguien podrá aducir que, al fin y al cabo, el año no ha sido tan malo: el PIB real aún ha crecido en torno al 1,2% en media anual. Ahora bien, para valorar esta cifra, que ya de por sí queda muy por debajo de la de 2007 (3,7%) y del crecimiento tendencial de la economía española en los últimos 25 años, hay que compararla con la que esperábamos inicialmente. En este sentido, el consenso del panel de Funcas estuvo dando previsiones de crecimiento del PIB para 2008 superiores al 3% durante toda la primera mitad de 2007, y al final de ese año aún esperaba un 2,8%. Mayor diferencia aún entre previsiones y resultados se observa en la demanda interna, tanto en el consumo de los hogares como -sobre todo- en la inversión productiva de las empresas. Una vez más, los analistas, cautos y bienintencionados, pensamos que el ajuste se iba a producir de forma ordenada y progresiva (aterrizaje suave), algo que no ocurre casi nunca. Como excusas, podemos aducir que muchos Gobiernos ni siquiera pensaban en ningún aterrizaje, que pocas veces antes se habían producido la restricción crediticia y los desórdenes monetario-financieros de ahora y que los modelos econométricos nos han servido de muy poco. Mayor deterioro que el PIB ha sufrido el empleo, cuya tasa de variación media anual puede estimarse en -0,4%, lo que significa que la productividad por ocupado ha repuntado notablemente. Justo cuando menos falta hacía, aunque este aumento de la productividad es muy discutible y puede deberse a una sobreestimación del crecimiento del PIB. De hecho, la productividad por ocupado está cayendo en la mayoría de los países de nuestro entorno.
Pero la forma de comprender mejor el deterioro de la economía en este año es ver la pendiente de su recorrido a lo largo del mismo. En el cuarto trimestre de 2007, el PIB crecía a una tasa interanual del 3,3% y un año más tarde puede estar cayendo en torno a medio punto porcentual. En cuanto al empleo, las tasas han pasado del 2,2% al -2,5%, respectivamente. El número de ocupados se habrá reducido en unas 500.000 personas entre el cuarto trimestre del pasado año y el actual. Si a esta pérdida de empleo le añadimos el aumento de la población activa en 600.000 personas, tenemos que a lo largo del año el paro ha aumentado en 1.100.000 personas, superando los tres millones.
En términos nominales, puede estimarse el crecimiento medio anual del PIB en torno al 4,5%. Las rentas del trabajo, a pesar de la disminución del número de asalariados, habrán aumentado unas décimas por encima de esta tasa, lo que significa que la porción de la tarta que les ha correspondido ha sido un poco más grande que la del año anterior. Ello se debe enteramente al crecimiento, superior al 5%, de la remuneración por asalariado, un punto y medio más que el año anterior. Este aumento, que supera en unos dos puntos porcentuales la media de la zona euro y agrava la pérdida de competitividad acumulada en los últimos años, se debe al efecto de las cláusulas de salvaguardia, a las indemnizaciones por despido y otros costes no salariales y al hecho de que la destrucción de empleo afecta más a sectores con salarios bajos, lo que aumenta matemáticamente el salario medio de los trabajadores que mantienen su empleo. El avance de las rentas del trabajo no ha sido, sin embargo, a costa del excedente empresarial -ya que éste aún ha ganado más porción del PIB que aquéllas-, sino a costa de las rentas del sector público (impuestos sobre los productos), que se han reducido fuertemente, en buena medida por el aumento de la evasión fiscal.
En el ámbito de la inflación, el año puede dividirse en dos periodos completamente distintos. Hasta julio continuó la tendencia al alza iniciada en el otoño de 2007 bajo la presión de los precios del petróleo y materias primas agrícolas, con una tasa interanual del IPC en ese mes en el 5,3%, la más alta desde 1992. A partir de agosto, sin embargo, se ha producido una rápida desinflación, explicada por los mismos factores anteriores, pero a la inversa, de tal forma que se espera cerrar diciembre por debajo del 2%. La tasa media anual se ha situado en el 4,1%. Esta intensa reducción de la inflación y la bajada de los tipos de interés son las dos herencias positivas más importantes que 2008 deja a 2009.
Además de estas herencias, hay otra muy importante. El patrón de demanda de la economía española (y de la norteamericana) no era sostenible y había que ajustarlo. Eso pasa por ahorrar más y reducir el asfixiante nivel de deuda, lo que significa ajustar a la baja los niveles de consumo, inversión e importaciones y al alza las exportaciones. Eso duele y provoca recesión, pero, no sé si voluntariamente u obligados por la crisis financiera, los hogares y empresas españolas lo están haciendo muy rápidamente. La medicina es amarga, pero dará resultados.
Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas).
‘Gomorra’, ‘Il Divo’ y otras lecciones italianas, de Enric Juliana en La Vanguardia
CUADERNO DE MADRID
Recomendación, viva recomendación, para despedir un año que nos ha prometido futuros muy imperfectos: ir a ver Il Divo y Gomorra antes de que suenen las doce campanadas. Una detrás de otra, sin respiro. Ración doble de nuevo realismo italiano.
Quizá sea mejor empezar con Gomorra. Por varios motivos: es veraz, es muy contemporánea, evita la política politizada y no se atreve a dibujar un gran fresco de Nápoles, en plan Bertolucci. No abusa de los tres grandes rasgos de la cultura italiana antes de internet: estética, retórica e historicismo. Y perfora como un cañón el mito de la mafia. Los camorristas napolitanos se cargan a Don Vito Corleone. Los jóvenes Matteo Garrone y Roberto Saviano (el director de la película y el valiente autor del relato original) cogen por la solapa a Francis Ford Coppola y le gritan: ¡la mafia no es una particularidad antropológica, la mafia es el infierno! Coppola fabricó una obra maestra con El Padrino, pero regaló una boina con visera a la Cosa Nostra (coppola se llama precisamente la gorra siciliana tradicional).
Lo explicaré mejor con una anécdota personal. En abril del 2005, la casualidad quiso que me hallase en Palermo el día en que fue detenido Bernardo Provenzano, el jefe mafioso que consiguió vivir clandestinamente durante más de treinta años. La captura se produjo en las afueras de Corleone y allí me encaminé. (“El tipo me ha pedido que le lleve a Corleone a toda prisa…, pero creo que no sabe nada”, dijo en un momento dado el taxista, atendiendo, en dialecto, una llamada del teléfono móvil). Topé, como era de prever, con un denso silencio. La famosa omertà. La misma omertà de los pueblos vascos cuando ETA dispara. A las dos de la tarde, en el bar de la plaza principal de Corleone los parroquianos escuchaban el telediario regional como si estuviesen en el oficio de Viernes Santo. Muchas miradas y ni una sola palabra. Las paredes del establecimiento estaban forradas con imágenes de El Padrino.
Gomorra perfora el mito, rasga el dulce satén de la campiña siciliana (aquí un olivo, aquí una puesta de sol, aquí el mar a lo lejos, aquí un tipo con la escopeta recortada) y recuerda, sin una sola concesión a las retóricas de la política, que mafia es opresión.
Para política, Il Divo. La película de Paolo Sorrentino narra la vida del senador Giulio Andreotti mediante una excelente caricaturización del personaje. Es un Polonia en serio. La interpretación es tan buena, tan intensa, tan agobiante en su perfección, que mitifica definitivamente a Andreotti, en vez de despedazarlo. Porque, a estas alturas, Andreotti es ya invencible. Es un mito alimentado de noche, como Nosferatu, por la pasión de quienes le han combatido durante años creyendo, obsesivamente, que era la encarnación del Mal.
Tratado personalmente, el más longevo y temible de los políticos italianos, el hombre que tuvo que vender su colección de sellos para pagarse la defensa en el juicio por colusión con la mafia (del que fue absuelto por falta de pruebas), no se muestra tan sombrío. Enigmático e inquietante, sí.
En una ocasión le pregunté en Roma qué quería decir con su famosa frase sobre el poder que desgasta a quien no lo tiene (il potere logora chi non c´è l´ha). “Mire -respondió-, creo que fui mal interpretado. Yo quería decir que el político debe entender a la gente. En eso consiste su poder. El político que no comprende a la gente, irremediablemente se desgasta”. Para entender a Andreotti, si es que ello es posible, hay que tener presente un dato. Un dato muy importante: durante la guerra fría, Italia fue el único país democrático de todo el arco mediterráneo, desde Gibraltar hasta el Bósforo. La única democracia en un mar de dictaduras.
Doble sesión sobre Italia, el más genuino laboratorio social de Europa, del que siempre hay que aprender. Doble sesión para acabar de bajar los humos hispánicos. ¿En qué sentido? Estando mal, notoriamente mal, los italianos siguen siendo capaces de construir un discurso universal sobre sí mismos. Aún saben ser protagonistas del mundo.
En Enero hay que estar en El Mercado, de Walter Scherk en Dinero de La Vanguardia
A mediados del siglo XVI, un boticario francés llamado Michel de Nostradamus publicó su famoso libro de profecías, en el que preveía todo tipo de desastres, incluidas plagas, terremotos, guerras, sequías y similares. No acertó casi nada (al menos no las fechas de los acontecimiento), pero eso no ha evitado que su tradición haya sido seguida por varios personajes modernos, mayoritariamente norteamericanos: uno es King Hubbert, el geólogo que predijo el llamado peak oil momento que está muy próximo por no decir que ya estamos en él-);otro es Al Gore, el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos que tras perder contra George W. Bush se dedicó a predecir un desastre ecológico de grandes magnitudes a causa de las emisiones de CO ; y recientemente 2 se ha unido al grupo el último gurú de los desastres: David Walker, el hasta hace unos meses Comptroller General de Estados Unidos, oficio que consiste en ratificar las cuentas nacionales del país más rico del mundo, según el cual el Tesoro (léase gobierno) de Estados Unidos está yéndose directamente a la quiebra.
La información, pública, se puede ver en http:// www. iousathemovie. com/ (en donde hay un vídeo muy recomendable y didáctico de 30 minutos en inglés). El resumen de su tesis es que los Estados Unidos gastan demasiado, especialmente en seguridad social y medicina pública (Medicare), lo cual va camino de llevar al país a la quiebra en unos veinte años.
La conclusión: el nivel de prestaciones sociales y gasto público se tienen que recortar drásticamente. Si eso es así, Obama lo tiene crudo: su plan de rescate a la economía se basa precisamente en inyectar dinero público vía inversión en infraestructuras y otras ayudas, todo ello financiado con deuda, aumentando la ya excesiva estatalización de la economía. Como que las cuentas no lo permiten, a medio plazo (¿dos años? ¿cinco años?) el gasto público se deberá reducir, lo cual no sólo no añadirá, sino que drenará crecimiento económico. Es decir, que la política de Obama es pan para hoy y hambre para mañana.
Para mayor inri, igual que Estados Unidos están haciendo los demás gobiernos, España incluido, con sectores públicos deficitarios, aplicando una receta que bien puede funcionar a corto, pero difícilmente a largo. También es cierto que a largo plazo quizás gobiernen otros, por lo que con un poco de suerte los que están ahora no tendrán que cargar con el muerto. Pero la buena parte de las empresas cotizadas sí que estarán aquí a medio plazo. Y para entonces, una vez perdido el actual balón de oxígeno del gasto público, ganarán poco o ningún dinero, y la bolsa carecerá de catalizadores que la lleven hacia arriba con fuerza. Es por eso que, una vez más, lo suyo parece ser invertir poco en bolsa. ENAGÁS. Dentro de este pobre panorama, seguimos pensando que las empresas reguladas tipo utilities y similares pueden ser atractivas. Es el caso de Enagás, la transportadora de gas española, que tiene una prima hermana italiana, SNAM retegas, también cotizada y una opción de inversión aceptable. Si bien ambas tienen riesgo regulatorio (que el gobierno les vaya modificando a la baja la remuneración de sus activos vía recortes en la tarifa regulada), éste no es muy grande, y por ello se consideran inversiones aceptablemente seguras.
La rentabilidad que pueden ofrecer a largo plazo es debatible (ya que depende de las hipótesis que se utilicen cuando se calculan los flujos que recibirán) pero puede rondar el 10% o incluso algo más, del cual un4% largo está pagado directamente en dividendos, siendo el resto de la rentabilidad esperada fruto del crecimiento de los mismos. Además, sus resultados no suben y bajan con la economía o el gas transportado o la actividad gasista, sino que son fruto de remunerar los activos en que ha invertido, por lo cual son poco sensibles al enfriamiento económico. La consecuencia es que se trata de una de las pocas apuestas atractivas en el actual mercado, ya sea al actual precio, de unos 14 euros, pero sobre todo si vuelve a caer hasta la zona de los 12 euros que tocó el pasado octubre, en la cual el atractivo es elevado.
VALORES PEQUEÑOS
Para los más aventureros, cabe otra inversión, ésta a corto plazo (horizonte finales de enero / principios de febrero). Se trata de aprovechar el llamado efecto enero, por el cual los valores pequeños suben con fuerza en el primer mes del año, especialmente después de un año de bajas rentabilidades como ha sido el 2008. La posición es fácil de instrumentar comprando un ETF (Exchange traded fund,o sea fondo cotizado en bolsa, como un fondo de inversión pero que se compra como una acción normal y corriente) que esté invertido en valores pequeños. En particular, el iShares Russell Microcap Index, que cotiza en Estados Unidos (su ticker o símbolo abreviado en bolsa es IWC), que está representado por más de mil valores pequeños, gestionado y administrado por Barclays (ver más información en http:// us. ishares. com/ product_ info/ fund/ overview/ IWC. htm).
Desde luego, comprar el valor para tenerlo un mes es una operación oportunista y especulativa (si bien basada en cierta estadística que muestra que tiene sentido, dentro del riesgo asumido), pero es probable que buena parte de lo que se pueda ganar en el 2009 (si es que hay algo ganar) se gane en enero, por lo que estar fuera del mercado en dicho mes sería una pena para los que no hayan perdido la esperanza.
Walter Scherk. Strategic Investment Advisors. Socio director de Strategic Investment Advirsors. Ingeniero Industrial (UPC) y MBA (Universidad de Harvard).
Innovación y crecimiento, de Jordi Canals en La Vanguardia
TRIBUNA
La emergencia de empresas españolas que se han convertido en referentes internacionales, como BBVA, Inditex, Indra, Mango, Santander o Telefónica, entre otras, ha sido uno de los hitos más relevantes de la economía española durante los últimos años. Esta experiencia nos ofrece unas reflexiones de interés. La primera es que la fuerte expansión internacional de estas empresas comenzó durante o inmediatamente después de la última gran crisis de los años 1992-94.
La segunda es que la mejora de su capacidad de competir internacionalmente no ha sido el resultado de una mayor inversión en tecnología o una asignación de recursos adicionales a la investigación – siempre convenientes-,como parece estar ahora de moda. Aquellas empresas muestran que su éxito se ha fundamentado en una capacidad de definir un modelo de negocio innovador, creando nuevos modos de servir a los clientes, con un equipo humano competente, comprometido y una excelente gestión.
Amar Bhidé (Columbia University) ha publicado recientemente un libro titulado The venturesome economy.Su tesis es que el crecimiento económico de los países no procede de la inversión en tecnología, sino, principalmente, de su capacidad de innovar. Bhidé argumenta que en la mayoría de los grandes éxitos empresariales en EE. UU. durante las últimas décadas como Amazon, Google o Apple, la tecnología ha sido importante, pero la capacidad de innovación yde trasladar un proyecto innovador al mundo real lo ha sido aún más. De hecho, Apple, con su enorme experiencia tecnológica, estuvo a punto de quebrar a mitad de los años noventa del siglo pasado. Sólo la capacidad de gestión e innovación que Steve Jobs aportó a la empresa la ayudaron a salir de la crisis y encadenar una innovación tras otra durante los últimos años.
Estas son reflexiones pertinentes para las empresas en una crisis, cuando los recursos para invertir resultan escasos. La innovación requiere tener equipos motivados, prestar mayor atención a las necesidades de los clientes, fomentar la voluntad de emprender y la actitud de mejora de los procesos y productos, y plantear nuevos proyectos. Por tanto, todas las empresas están en condiciones de innovar, aunque no todas estén en condiciones de invertir en investigación. La innovación es creatividad, frescura, apuesta de futuro y deseos de mejora. La innovación exige replantearse modos de acercarse al cliente, fabricar, distribuir o vender.
La innovación también es una noticia positiva para los gobiernos. En España seguimos hablando de cifras globales de investigación. Esto es bueno y conviene seguir mejorando. Sin embargo, desde el punto de vista de la productividad y el crecimiento a largo plazo, la innovación empresarial tiene un enorme impacto, tal como muestran aquellas empresas. El impulso de la investigación resulta más notorio: se puede financiar, subsidiar, impulsar con deducciones fiscales y ayudas directas sin demasiados problemas, aunque desconozcamos sus efectos. Impulsar la innovación, en cambio, es un proceso complejo, que tiene más elementos intangibles que tangibles. Pero algunos países o regiones – Finlandia, Dinamarca o Baviera-han ejecutado políticas con experiencias muy positivas: el impulso de la difusión y uso de las tecnologías de la información, la conexión de las universidades con las empresas e inversores o las políticas de apoyo explícito a innovadores y emprendedores, en financiación y deducciones fiscales selectivas.
En momentos de crisis es necesario pensar en ajustes y predicar austeridad. Sin embargo, debemos hablar más de innovación y de cómo servir mejor a clientes actuales o potenciales. Es más barato, resulta positivo, ilusiona a todos y, además, acabará teniendo a largo plazo un efecto mayor y mejor.
Jordi Canals. Profesor del Iese.
Sobre el mensaje regio, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
Loa a los años de paz y prosperidad vividos desde la Constitución a esta parte. Parece que los nacionalistas se quejan por el discurso regio, pues no hubo un mensaje explícito de reconocimiento de hechos diferenciales y diferenciados. El nuevo líder de IU, por su parte, pone de relieve la lejanía de los problemas, así como la falta de compromiso. Y, como estaba en el guión, los dos grandes partidos del régimen se muestran encantados con el mensaje navideño del Monarca. Para mostrar su conformidad con las palabras del Rey, aluden a expresiones como «arrimar el hombro» o «tirar del carro». Desde luego, ni al jefe del Estado le pierde su facilidad por la oratoria, ni tampoco los partidos mayoritarios demuestran sentir debilidad por los grandes discursos. (Entre paréntesis: ¿cabría recordar aquí y ahora que la prueba más inequívoca de la decadencia de Roma fue el deterioro que sufrió el latín en aquellos tiempos?)
Lo que más me llama la atención es que, en pleno debate sobre la financiación de las autonomías, metidos de lleno en una polémica resultante de no haber hecho una política de vertebración territorial, ni siquiera se haya apuntado en el discurso regio la conveniencia de mínimos retoques encaminados a la resolución de esa papeleta. Y es que, a estas alturas, tras haberse cumplido 30 años de vigencia de la actual Constitución, entre las muchas cosas que podrían decirse del llamado Estado autonómico, es que las comunidades gobernadas por PSOE y PP vienen a ser una suerte de virreinatos con respecto a sus centros de poder y decisión, mientras que aquellas otras donde lo preponderante son las fuerzas nacionalistas la impresión que da, desde lejos, es que se trata poco menos que de reinos taifas. Para unos, se rompe España. Para otros, sus aspiraciones se frustran. Y, en el medio, están aquellas otras autonomías donde hay coalición entre el PSOE y partidos nacionalistas, que, sobre el papel, serían las más llevaderas, siempre que para las siguientes elecciones la ciudadanía implicada les renueve su confianza. Es una contradicción poder compaginar un criterio de financiación para todo el Estado que no colisione con las exigencias autonómicas de turno.
En cualquier caso, es preocupante que desde el discurso regio ni siquiera se apunte otro pacto constitucional encaminado a resolver el llamado problema territorial. Su necesidad es palmaria a poco que profundicemos en las polémicas políticas de cada día.
Otro asunto abordado por el Monarca, tópicos aparte de buenos deseos contra la crisis, fue la enseñanza o, como quiere llamarse, la educación. Estando sobre la mesa los resultados del llamado «Informe PISA», habiendo constancia pública del deterioro que se sufre en las aulas de Primaria y, sobre todo, de Secundaria, uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que, tampoco en este campo, se haya ni siquiera insinuado la necesidad de cambios o reformas. Y ello por no hablar del descontento, más o menos discutible, entre los estudiantes universitarios por lo de Bolonia. ¿Se puede tener confianza en una sociedad cuyo sistema educativo arroja unos resultados tan alarmantes?
Se diría que, a juzgar por el discurso navideño del Rey, estaríamos en el mejor de los mundos posibles, si no fuera por la crisis económica internacional y por el terrorismo. En cuanto a lo primero, es indudable que no sólo se puede combatir desde el ámbito del propio país. Y, en cuanto a lo segundo, es una obviedad que hace falta la unidad de los demócratas para hacerle frente. En todo caso, hablamos de lo esperado, sin previsión de señalar caminos para descubrir Mediterráneo alguno.
Estuvo en su papel al mostrar sus condolencias, tanto a las familias de las víctimas del terrorismo como a las que perdieron seres queridos en misiones militares, como sucedió recientemente. Lo que habría que preguntarse es si es destacable, o digno de encomio, que esté en su papel en asuntos como éstos.
Y, siguiendo con mensajes solidarios, bien está que se acuerde de quienes sufren el drama del paro. Empero, puede que no sobrase un mensaje de apuesta por los más desprotegidos económicamente. Los parados no necesitan pésames, sino voluntades de políticas que los saquen de su drama.
Más de un columnista se ha preguntado, también esta vez, por el margen de maniobra que tiene la institución monárquica en sus discursos, es decir, qué hay en ellos propio y qué hay en ellos que obedece a las directrices del Gobierno de turno.
En cualquier caso, aunque el Monarca no esté muy sobrado de recursos expresivos, alguien podría asesorarle acerca de cómo plantear sugerencias, insinuaciones e inquietudes que pudieran ser captadas por una ciudadanía que, en realidad, está muy acostumbrada a los tópicos que, además, están muy alejados de los compromisos necesarios y verdaderos.
«Tirar del carro», «arrimar el hombro», seguro que unos más que otros. Y, sin palabras, con la foto, el «¡oé, oé, oé!» del triunfo de la Eurocopa.
Yo, si fuera monárquico, me preocuparía.
Denuncia penal ante la Fiscalía de Asturias por el cierre fraudulento de Naval Gijón, de Miguel Ángel Llana en Rebelión
La Corriente Sindical de Izquierda, CSI, presentó un escrito ante la Fiscalía de Asturias denunciado las irregularidades que precedieron a la Asamblea de trabajadores del 04-12-2008 celebrada en el Astillero y a los acuerdos previos en los que se pactó en secreto la liquidación y el cierre definitivo del Astillero previa prejubilación y despido de sus trabajadores.
La denuncia afecta, además de a las organizaciones y entidades mencionadas, a sus representantes y se ampara en los art. 315 y 318 del Código Penal que recogen como delito el impedir o limitar el derecho al ejercicio de la libertad sindical. Los encausados en la denuncia criminal son el Administrador del Astillero, García Sanz, la empresa pública Pymar (Pequeños y Medianos Astilleros en Reconversión); el dirigente de CCOO, Máximo García; el dirigente de UGT, Eduardo Donaire; el Consejero de Industria, Graciano Torre y el Director General de Trabajo, Antonio González.
La CSI señala en el escrito que al menos desde el año 2000 el sindicato ha sido excluido de todas las negociaciones que afectaban al futuro y a la viabilidad del Astillero. Ya en dos ocasiones anteriores el Tribunal Superior de Justicia de Asturias dictó sentencias condenatorias por causas similares, como son la discriminación sindical y el atentado al ejercicio de la libertad sindical en perjuicio de los derechos sindicales y vulnerando el derecho constitucional que los ampara expresamente.
Cada uno de los tres sindicatos que integran el Comité de Empresa (CCOO, UGT y CSI) disponen de tres representantes, es decir, que cualquier acuerdo o negociación podía haberse llevado adelante con o sin el acuerdo de la CSI. Esta es la clave y el fondo de la denuncia como fácilmente se puede intuir.
En este conflicto se dan dos hechos muy significativos y que seguramente explican por sí solos la actitud delictiva -ya han sido condenados en dos ocasiones por el TSJA- tanto de las respectivas federaciones de los dos sindicatos CCOO y UGT y sus dirigentes, como de los representantes de la Administración, bien a través de Pymar como empresa pública o bien de la Consejería de Industria. Por una parte, en primer lugar, la ocultación sistemática de todos los datos y de las cuentas por parte del Astillero en el que se incluye e implica precisamente a Pymar y a la Consejería de Industria junto con la necesaria complicidad CCOO y UGT porque sin la colaboración de estos dos sindicatos no hubiera sido posible este acuerdo.
Y, por otro lado, el hecho de que las negociaciones siempre hayan sido “secretas” sin que se pueda lleguar a conocer las alternativas o los debates, si es que los ha habido. Sólo cuando los acuerdos ya han sido tomados se presentan ante la Asamblea de los trabajadores del Astillero, e incluso, después de haber sido publicados, previamente, en la prensa local.
¿Para qué la Asamblea si las decisiones no sólo han sido ya tomadas, sino que incluso, ya se han publicado en la prensa? Pero esto no era suficiente, requería necesariamente la exclusión y la desinformación de la CSI porque como manifiesta en la propia denuncia la CSI no estaba de acuerdo ni con el procedimiento ni con el cierre del Astillero y lo que ello implicaba para muchos trabajadores a cambio de nada conocido.
Sin información y sin debate las decisiones derivadas de cualquier votación están viciadas y obedecen más al dictado de los que hayan organizado los acuerdos “secretos” que al interés de los trabajadores afectados. El argumento fundamental del escrito de la denuncia presentada en la Fiscalía se basa en que las decisiones tomadas fueron especialmente graves porque afectaron a la prejubilación, al despido de trabajadores y al cierre definitivo del Astillero. Para ello, a los denunciados, les fue necesario excluir de cualquier negociación a la CSI y ocultar la documentación, que de ningún modo debía llegar a manos de este sindicato porque preveían que, con toda seguridad, se iba a oponer a la “solución” de la liquidación y al cierre.
Muchas pueden ser las causas y los intereses que han motivado esta política de exclusión sindical, pero de todos los motivos posibles, el más inmediato, sin duda alguna, es el de la recalificación urbanística de las dársenas y de las gradas, primero de Naval Gijón y seguidamente de Juliana. La trama se explica por sí misma y para convencerse basta con ver qué hay ahora alrededor de estos dos astilleros y, si añadimos que la Playa de Vías -el proyecto estrella del urbanismo municipal- está al lado de estos astilleros que ocupan miles de metros cuadrados al lado del mar.
En el 2004 Pymar, sociedad pública, que ya controlaba el Astillero, solicitó al Ayuntamiento de Gijón la recalifiación de sus terrenos, es decir, convertir suelo privilegiadamente industrial en solares para viviendas y “negocios”. Conviene añadir que la ubicación de Naval Gijón, lo mismo que Juliana, es única para construir barcos. Cualquier otra actividad o industria puede tener múltiples localizaciones, pero un astillero no, ni siquiera vale cualquier costa. Y, aún hay que añadir que determinados equipamientos ya están construidos y no requieren nuevas inversiones. Naval Gijón tiene un dique de 180 metros de eslora y 40 metros de manga, seguramente el mayor de Europa, pero esto parece no importar y tampoco su especulativo destino.
Aparte de que la construcción naval nunca estuvo más bollante que ahora, en ningún caso ni los diques ni las gradas, y su entorno, debieran destruirse -como han hecho con los astilleros ya cerrados y su entorno- por la sencilla razón de que es el único sitio en donde se puede construir y reparar barcos.
Pero la cuestión y el fondo del conflicto es que nunca barco alguno dio tantos dividendos como una recalificación aunque, eso sí, ninguna recalificación dio ningún puesto de trabajo, sólo “negocio” y la ruina de la mayoría que ahora han convenido en denominar como crisis.
El cierre de los astilleros, supone la renuncia definitiva a la construcción y reparación naval a cambio de una nueva escalada expeculativa, de una nueva burbuja inmobiliaria y de la supresión de miles de puestos de trabajo.
Nota
*El 23-12-2008 el Secretario General de la CSI, Samuel Fernández, presentó la dununcia ante la Fiscalía de Asturias. Ver el escrito pinchando aquí.
*El 09-12-2008 la CSI recurrió el Expediente de Regulación de Empleo, ERE, de Naval Gijón por el que se cierró el astillero pero, en 24 horas, la Dirección de Trabajo (El Gobierno de Asturias) validó el ERE. Ver artículo y escrito pinchando aqui.
Un SMI que condena a la pobreza, del Editorial en Gara
La subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) aprobada ayer por el Gobierno español supone que miles de trabajadores del Estado, hombres y mujeres, sobre todo mujeres, cobrarán 624 euros mensuales, por lo que difícilmente habrán acogido la noticia de tan insignificante incremento con alborozo, pues en modo alguno se puede siquiera sugerir que supondrá el más mínimo alivio en sus economías.
Esos 624 euros hasta los que se ha incrementado el SMI están muy lejos de los 800 que el Gobierno de Rodríguez Zapatero prometió para el final de legislatura, por lo que ese salario anuncia el incumplimiento de esa promesa electoral. En cualquier caso, esa cantidad se encuentra aún más lejana del umbral de la pobreza, situado por la plataforma contra la exclusión social Elkartzen en 1.030 euros para el año 2008. Es decir, el salario mínimo continúa muy por debajo del necesario para atender las necesidades básicas, ahora además en situación de crisis, a la que precisamente las economías más precarias son más sensibles. Y conviene recordar que satisfacer esas necesidades es un derecho de toda persona. Sin embargo, los gobiernos con sus políticas económicas dan a entender, especialmente en situaciones como la actual, que los derechos de ciertos sectores de la población no merecen el esfuerzo económico que dedican a reflotar un sistema responsable de tanta precariedad. Así, esta subida del SMI deja en evidencia, una vez más, las medidas del Gobierno español para afrontar la crisis: mientras da facilidades fiscales a las rentas del capital, a los trabajadores, en este caso a quienes tanto en crisis como en tiempos de «bonanza» no pueden cubrir sus necesidades más elementales, les aplica la contención salarial.
No conviene perder de vista, por último, la dependencia que los trabajadores de Euskal Herria tienen de ésta y cualquier otra decisión del Gobierno español en materia laboral. El día a día demuestra que el marco laboral, al igual que el político y jurídico, tiene una importancia que va más allá de lo simbólico.
leave a comment