Tropieza el justicialismo, de Enric Juliana en La Vanguardia
ANÁLISIS
El juez Baltasar Garzón ha fracasado en su intento de escarnecer treinta años de democracia haciendo resonar las trompetas del Juicio Final a la dictadura de Franco.
El objetivo de la altisonante causa general contra el régimen militar y nacionalcatólico -ayer archivada- era claro. Se trataba de presentar a los líderes políticos de la Transición, y a los que han venido después, como unos cobardes incapaces de ajustar cuentas con la tiranía. Con muy poco riesgo, ya que ninguno de los autores materiales del golpe de Estado del 18 de Julio de 1936 sigue con vida, se trataba de contraponer dos categorías, dos estaturas morales: el nervio de un juez sin fronteras frente a la necesaria imperfección de todo compromiso histórico. La eterna y obsesiva peregrinación española en pos de lo absoluto frente a la accidentalidad de la política democrática.
Esa es la clave del moderno justicialismo: el empequeñecimiento de la política en beneficio de una nueva alianza entre la judicatura y la opinión pública. Una mediática refundación de la antiquísima figura romana del tribuno de la plebe.El tribuno Antonio Di Pietro fue el primero. Puso en jaque a la República Italiana a principios de los años noventa -recién liberado Occidente de los riesgos y tensiones de la guerra fría con la URSS- y los resultados de la hazaña son hoy perfectamente descriptibles.
Como todo moralismo exacerbado, el justicialismo tiene gran capacidad de perforación social. Pero la historia de España, densa, trágica, compleja y contradictoria, aún es dura de roer. Su simplificación no es fácil. La política imperfecta ha triunfado esta vez y ello es buena noticia ante los tiempos ásperos que se avecinan.
¿Sabrá la política fabricar nuevos pactos que cierren mejor, y sin exclusión, todas las heridas de la memoria? No es fácil. De momento, en el Congreso los oportunismos se pelean por la placa de una monja llamada Maravillas.