Reggio’s Weblog

Gobierno y mercado, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

Es sabido que una de las máximas que definía la política económica a partir de los años de Thatcher y Reagan era aquella que decía : “El Gobierno es el problema, no la solución“. De ahí toda la ola de privatizaciones y de regulaciones que, con gobiernos de uno u otro signo, ha dominado la escena económica de los últimos casi treinta años.

No voy a entrar en una disputa para la cual no estoy capacitado: la de si esta filosofía económica liberal ha sido la causante de la actual crisis económica o bien, al contrario, la crisis es consecuencia de la filosofía intervencionista, en concreto de la mala gestión de los organismos reguladores aún existentes en Estados Unidos, sea la Reserva Federal o los organismos de garantía de crédito. Ahora bien, cualquier persona no experta es capaz, hoy por hoy, de constatar un hecho: que en estos aciagos y angustiosos días de septiembre y octubre, el Gobierno, los gobiernos, no han sido el problema, sino que han sido los instrumentos para llegar a una solución. Si esta solución surtirá los efectos deseados lo comprobaremos en las próximas semanas y meses. Pero, en todo caso, cualquiera de las partes implicadas, sean empresarios o sindicatos, banqueros o industriales, liberales o socialdemócratas, todos se han acogido al amparo de los poderes públicos, ciertamente con propuestas diferenciadas (no es lo mismo el plan Paulson que el plan Brown, y la ideología y los intereses se dejan notar en ambos), pero siempre, todos, han exigido la intervención del Estado. Parece que, en este caso, el mercado ha sido el problema y el Gobierno la solución, al revés de lo que decían Thatcher y Reagan.

De esta coyuntura, pero no creo que debamos extraer soluciones extremas, pasar de un lado al otro del péndulo: seguramente ni el mercado ni el Estado son o bien el problema o bien la solución. En cambio, quizás una combinación entre ambos sea probablemente una solución razonable. Echemos una mirada a la historia.

Los partidarios de que el Estado debe abstenerse de intervenir en economía critican probablemente al mercantilismo de las monarquías absolutas de los siglos XVII y XVIII, pero no hay duda de que en aquellos tiempos esta política económica alcanzó logros indudables, sólo hay que recordar las medidas llevadas a cabo por Colbert en Francia. Ciertamente, el libre comercio propugnado por los liberales del XIX y del XX dio un impulso espectacular al progreso económico, pero, a su vez, este crecimiento ocasionó traumáticas crisis económicas y provocó profundas desigualdades sociales que dieron lugar a inmensas bolsas de pobreza, a sangrientas guerras y a revoluciones.

Tras 1945, estos vaivenes parecieron alcanzar un punto de confluencia. El Estado social o Estado de bienestar intentó asumir los principios y valores que hasta entonces habían dividido a la sociedad entre unas irreconciliables derechas e izquierdas. En el Estado social se combinaron bajo formas políticas democráticas libre mercado e intervencionismo económico, derechos individuales y derechos sociales. Esta solución la alcanzaron sin un claro diseño previo personajes tan distintos como Roosevelt, Atlee, Keynes, Adenauer, De Gasperi, Monnet, Togliatti, Ergard, Nenni, De Gaulle o Galbraith. Era una rara mezcla de demócratas norteamericanos, laboristas y liberales ingleses, democristianos y socialdemócratas europeos y, aún, comunistas de la línea italiana, rara mezcla que sólo fue posible porque todos fueron pragmáticos en lugar de fundamentalistas. Cuando los conservadores Churchill y Eden sucedieron en el Reino Unido a los laboristas, no tocaron ni una coma de las políticas de nacionalización de la industria, aumento de los impuestos e implantación de una poderosa seguridad social, una auténtica revolución establecida por sus antecesores y profundamente contraria a su ideología: los conservadores ingleses fueron pragmáticos puros. La etapa del Estado social ha sido, quizá, la más beneficiosa de la historia, la que más progreso ha aportado a Occidente en libertad e igualdad y, a pesar de las reformas recientes, sigue vigente.

No obstante, el Estado social estaba pensado para los países occidentales. Fuera de esta área geográfica, la pobreza, las guerras y la inseguridad en buena parte siguen imperando. La globalización se ha intensificado en los últimos 20 años, es un dato incontestado de la realidad que nos rodea. Pues bien, la tarea actual es extender al conjunto de la humanidad las ventajas que el Estado social ya ha logrado en Occidente. No hay que buscar el inalcanzable “hombre nuevo” de los fundamentalistas de la izquierda que siempre resultan totalitarios, hay que construir una sociedad liberal y socialdemócrata a escala mundial, una sociedad en la que el mercado y la libre competencia internacional estén regulados por unos poderes públicos democráticos que logren una economía eficiente y, además, garanticen los derechos individuales y sociales. Para todo ello, ni Estado ni mercado deben constituir un problema, sino que la combinación entre ambos debe ser la solución. Tenemos políticos pragmáticos que pueden entender el alcance de lo que está sucediendo. Brown, Sarkozy, Merkel, Putin, Lula y el mismo Zapatero parecen tener esta condición. Obama, si gana las elecciones, como sería deseable, podría ser el presidente perfecto para la nueva etapa que su país y el mundo deben comenzar.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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La apertura catalana, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 16 octubre, 2008

NOTAS DE MADRID

Convergència i Unió está siendo, de nuevo, cortejada. El presidente del Gobierno llamó a Josep Antoni Duran Lleida antes de partir el domingo a París para asistir a la cumbre de los países de la eurozona. Le volvió a llamar para informarle de los acuerdos. Y le volvió a llamar el lunes para ponerle al corriente de los acuerdos del Consejo de Ministros. Y ayer le ofreció una mesa de negociación sobre ‘reformas estructurales’ similar a la que el Gobierno mantendrá con el Partido Popular.

Zapatero, astuto y gatuno, ha tratado estos días a Duran Lleida como un posible y deseado aliado preferente. Y ha reconocido el mérito de CiU de ser el primer grupo político que propuso (el mes de julio) la adopción de medidas de urgencia para inyectar liquidez en el sistema financiero. CiU fue la primera en hablar de la posible compra de activos bancarios: la fórmula catalana, esa expresión que tanto disgusta a algunos.

Zapatero no necesita los votos de CiU para aprobar el presupuesto de 2009, ya que le basta con el apoyo del Partido Nacionalista Vasco, del Bloque Nacionalista Galego, y la abstención de los dos diputados de la Unión del Pueblo Navarro. Los presupuestos saldrán adelante gracias a la antigua comunión carlista. Zapatero necesita a CiU para ganar estabilidad y solidez, para ensanchar la base parlamentaria del Gobierno, para empujar al Partido Popular a una nueva fase de aislamiento (con la consiguiente acentuación de sus contradicciones internas) y para reforzar su liderazgo ante la sociedad, un liderazgo que los últimos sondeos observan debilitado (demasiado ‘optimismo profesional’, que diría Felipe González).

Zapatero corteja a Convergència y no es del todo seguro que ésta se deje querer. Una cierta literatura política insiste en que CiU es un grupo muy apegado al poder, que no sabe vivir sin estar vinculado al poder. Es una apreciación discutible. No hay ninguna otra formación política en España que presente hoy las características de CiU: los convergentes mantienen casi intacta su base electoral pese a la extraordinaria disminución de sus posiciones de poder.

Conserva la alcaldía de Sant Cugat del Vallés (área metropolitana de Barcelona), la presidencia de la Diputación de Tarragona y varias decenas de pequeños municipios. Poca cosa más. CiU es hoy una fuerza política que vive del nervio de su propia tradición y de los deseos de continuidad de su base electoral. Y de la manifiesta incapacidad de sus adversarios (PSC y ERC, principalmente, aunque también el PP) para atraer al votante nacionalista moderado, o no tan moderado.

En el interior de CiU coexisten en estos momentos dos líneas o visiones, casi coincidentes con los dos partidos que componen la coalición. La línea más pragmática, encabezada por Duran Lleida, da prioridad a la crisis económica y considera imprescindible defender con los máximos instrumentos de poder posibles los intereses de las pequeñas y medianas empresas catalanas, por cuyas manos pasan más del 20 por ciento de las exportaciones españolas.

Conectada con el pensamiento de Francesc Cambó (líder de la Lliga Regionalista en los años veinte), esta línea sigue creyendo que los catalanes tienen algo que decir y aportar a la gobernación española, sobre todo en tiempos de dificultad, de crisis y de posible desvanecimiento de esa mentalidad de ‘nuevo rico’ que ha imperado en España durante los últimos años. Si se diesen determinadas condiciones, Duran no dudaría en entrar a formar parte del Gobierno de España. Es la línea de Unió, pero no sólo de Unió.

La otra línea es la más nacionalista. Liderada por Artur Mas y alentada desde la sombra por Jordi Pujol, considera, sin renunciar a la política española, que la prioridad de CiU está en Catalunya y no en Madrid. Obsesivamente atenta a las contradicciones del gobierno tripartito catalán, esta corriente cree que el objetivo central de CiU debe ser la reconquista del Govern de la Generalitat y evitar la consolidación de Esquerra Republicana como partido nacionalista de amplio espectro. La crisis económica les ha pillado un poco de sorpresa y les disgusta tener que hablar de otras prioridades que no sean la fatídica tramitación del nuevo Estatut en el Tribunal Constitucional y la no menos fatídica negociación de la financiación autonómica. Es la línea de Convergència, aunque no de toda Convergència.

Con notable habilidad, Duran trabaja estos días para el reforzamiento de la línea pragmática. Y Mas fijará hoy su posición en Madrid. Sin conocer de antemano su discurso, una cosa se puede asegurar: Mas no es un talibán.

Seguramente densa, seguramente complicada, seguramente dubitativa, la apertura catalana parece estar en curso.

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Siempre negativa, nunca positiva, de Fernando Savater en El País

Posted in Cultura, Educación, Política, Religión by reggio on 16 octubre, 2008

A mediados del pasado año, en la revista Esprit, un especialista en el tema comentaba que “las personas que hoy se identifican como religiosas son menos creyentes que antes y los sin religión son menos ateos que antaño”. Es muy probable que este diagnóstico sea globalmente certero, aunque a mí -por deformación ideológica, sin duda- lo que más me llama la atención sea su segunda parte. En efecto, ya no quedan ateos como los de antes o “increyentes”, como se denomina a sí mismo Francisco Fernández Buey en un curioso artículo escrito junto al teólogo González Faus (¿Dios en Barajas?, EL PAÍS, 11-IX-08). En esa pieza escatológica se lamenta que los ideales ilustrados hayan desembocado en el relativismo posmoderno, dictamen papal ya conocido, y se recuerda que antaño, cuando se suponía que la muerte era paso a una vida mejor, accidentes trágicos como el de Spanair en Barajas causaban menos desolación. Supongo que por eso aún sigue siendo recomendable persignarse cuando el avión comienza a correr por la pista de despegue: por si fallan los alerones y hay que alcanzar el cielo por vía estrictamente sobrenatural…

Entre los nuevos increyentes (por no hablar de los creyentes “cultos”) la excepcional estatura intelectual de Benedicto XVI se ha convertido en un acrisolado dogma de fe. Su reciente visita oficial a Francia ha provocado rendidos ejercicios de admiración. El ex director de Le Monde, Jean-Marie Colombani, en su artículo La inteligencia política del Papa (EL PAÍS, 16-IX-08) no sólo elogia su habilidad diplomática -que después de todo responde a una larga tradición vaticana- sino que le proclama “un intelectual de altura que disertó sobre la diferencia entre la teología monástica y la teología escolástica ante un auditorio de personalidades del mundo intelectual y cultural reunidas en París, muchas de las cuales fueron incapaces de seguirle”. Hombre, francamente, dado que estamos, si no me equivoco, en el siglo XXI, cierta incapacidad para seguir con interés y aplicación disquisiciones como la mencionada puede no demostrar inferioridad especulativa sino salud mental. Por lo demás el resto de las afirmaciones papales en su jornada galicana, sosteniendo que “la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura” y que “una cultura meramente positivista (…) sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves” no pasan de ser proclamas obligadas y conocidas de su oficio, aliñadas de vez en cuando sin duda con cierta pedantería parroquial. De igual modo, y a mi entender, con mejor fundamento otros pueden afirmar que la re

-nuncia al soborno celestial es el comienzo del verdadero pensamiento moderno y que los humanistas recibieron su nombre precisamente cuando dejaron de ocuparse de la teología. Por no hablar de posteriores afirmaciones papales como las hechas en el sínodo de obispos sobre que las “naciones antes ricas en fe van perdiendo su identidad por culpa de la influencia nociva y destructiva de la cultura moderna”, o, respondiendo a la crisis económica, que “el dinero aparece y desaparece, pero Dios permanece” (supongo que por eso se muestra remiso a aparecer). Sin quitarle méritos a Benedicto XVI, en mi escala intelectual lo tengo decididamente más abajo que a Nietzsche, Freud, Bertrand Russell o Sartre, que mantenían sobre casi todo criterios diferentes a los suyos.

Sin embargo, para los laicos -creyentes o “increyentes”, tanto da- el verdadero problema no es el papa Ratzinger, que dice y hace aquello para lo que fue elegido, sino el presidente Sarkozy. Hace tiempo leí a un historiador que, hablando de los primeros cristianos, decía: “Esperaban la llegada inminente del Mesías y llegó la Iglesia”. Parafraseándole podríamos ahora afirmar que los partidarios del laicismo esperábamos desde mediados del pasado siglo la llegada de la auténtica libertad de conciencia institucional y lo que parece venir es la laicidad positiva. Aunque ese centauro ideológico no sea un invento del presidente francés, el bullicioso mandatario parece haberlo tomado en adopción. “Prescindir de las religiones es una locura, un ataque contra la cultura”, dijo ante el Papa, que asentía con la cabeza (y quizá sonreía para sus adentros, aunque menos que Carla Bruni). Pero… ¿qué es la “laicidad positiva”? Pues aquella fórmula institucional que respeta la libertad de creer o no creer (en dogmas religiosos, claro) porque ya no hay más remedio, pero considera que las creencias religiosas no sólo no son dañinas sino beneficiosas social y sobre todo moralmente. “La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia”, asegura triunfal Sarkozy. ¡Claro que no! Pero ¿quién le ha dicho que la espiritualidad hay que buscarla prioritariamente en la fe o la religión? Más aún: ¿quién le ha ocultado que la crítica de los dogmas y la denuncia de las iglesias proviene de quienes buscaron -y buscan- realmente una espiritualidad que no se pare en barras… ni en reclinatorios?

Entre otros se lo recuerda Jean Baubérot, que es profesor emérito de historia y sociología de la laicidad en la Escuela Práctica de Altos Estudios (no, no es ateo sino protestante), en un libro interesante y divertido: La laicidad explicada al Sr. Sarkozy… y a quienes le escriben los discursos (ed. Albin Michel). Para Baubérot, la llamada “laicidad positiva” no es sino una forma de neoclericalismo, confesional pero no confeso. Y eso porque un Estado realmente laico no sólo no puede dejarse contaminar por ninguna religión, ni privilegiar ninguna de las existentes sobre las demás, sino que tampoco puede declarar preferible tener una religión a no tenerla. El lema que hoy trata de imponerse es: “crea en lo que quiera, pero tenga religión; siempre es mejor tener una religión que carecer de ella; a quien tiene religión no le sobra nada, mientras que a quien no tiene siempre le falta algo”. La tentación viene de antaño y ya fue entonces denunciada. A mediados del siglo XIX, el gran erudito y pensador liberal Wilhelm von Humboldt prevenía contra cualquier posición activa del Estado en materia religiosa, aunque no fuera más que apoyando los sentimientos religiosos en general: “siempre entraña hasta cierto punto la dirección y el encadenamiento de la libertad individual”. Tomo la cita de la imprescindible obra Difícil tolerancia (ed. Escolar y Mayo), de Yves-Charles Zarka, quien glosa así el pensamiento de Humboldt: “Toda acción del Estado en materia de religión, ya consista en dar protección a una religión determinada o a partidos religiosos o incluso a los sentimientos religiosos en general, transforma el Estado en una instancia más o menos opresiva. Evidentemente, la opresión es mayor en el caso de una religión determinada; pero incluso cuando pretende favorecer el sentimiento religioso en general, el Estado se interesa de hecho por una opinión determinada y se propone como meta asegurar la primacía de la creencia en Dios contra la incredulidad o el ateísmo”.

La laicidad (que en buen castellano se llama laicismo) no necesita apellidos que la desvirtúen: “laicidad positiva” pertenece a la misma escuela que “sindicatos verticales” o “democracia orgánica”. Pero su funcionamiento es siempre efectivamente negativo, porque rechaza cualquier injerencia de lo público en las creencias inverificables de cada cual… y de las creencias en las funciones públicas. Funciona en ambos sentidos: por ejemplo, el titular de EL PAÍS calificando al juez Dívar de “muy religioso” nos hizo respingar a bastantes por su clericalismo, aunque fuera del convento de enfrente. Pero algo más que respingos tuvimos que dar al ver al cardenal Rouco en la inauguración del año judicial o saber que sigue habiendo en el Ejército generales que son a la vez obispos… Lo único positivamente claro sobre la laicidad de nuestra democracia es su insuficiencia.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.

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Barcelona, capital euromediterránea, de Sami Naïr en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 16 octubre, 2008

Para estrechar lazos entre las dos riberas, hay que pasar de las palabras a los proyectos concretos. Por eficacia, coherencia política y valor simbólico, la capital catalana debe albergar la secretaría del proceso EuroMed

La crisis económica y financiera mundial tiene ya efectos devastadores en las sociedades desarrolladas (crisis del sistema bancario, recesión, desempleo…), y sus consecuencias serán más duras todavía en los países africanos y mediterráneos del sur. El 13 de julio de 2008, al mismo tiempo que la recesión norteamericana se dejaba sentir sobre el resto del mundo, se anunciaba en París, coincidiendo con el inicio de la Presidencia francesa de la UE, el nacimiento oficial del Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo. Dicho proyecto era el resultado de la voluntad, en principio francesa, pero más tarde asumida de manera conjunta por la UE, de inyectar un nuevo y vigoroso impulso al proceso iniciado en Barcelona en 1995.

Más allá del debate político y diplomático que suscitó en un principio su significado, la iniciativa francesa era necesaria por varias razones. En primer lugar, implicaba una toma de conciencia de la ralentización y el estancamiento del proyecto estratégico de Barcelona. Éste pretendía no solamente crear las condiciones para la puesta en marcha de una zona de libre comercio entre las dos riberas del Mediterráneo en el 2010, sino también desarrollar una cooperación estructural en los campos de la seguridad y de la paz, así como, last but not least, favorecer de manera significativa las relaciones entre las sociedades civiles de ambas riberas. La iniciativa francesa respondía también a la preocupación de que el Mediterráneo pasara a un segundo plano, en un momento en el que la UE se enfrentaba a los desafíos que conlleva su ampliación hacia el este. Más aún, Francia -al igual que España e Italia- era consciente de que había llegado el momento de pasar a una fase superior en las relaciones euromediterráneas, después de la creación de un espacio común de intercambios y de la conclusión de acuerdos de asociación con todos los países de la región de la ribera sur (salvo Libia y Siria).

La iniciativa francesa, sin duda debido a la confusión que generó cómo fue lanzada, fue recibida de varias maneras: con reticencia por ciertos países, con perplejidad por Bruselas, pero también con clarividencia y críticas positivas por algunos socios como España e Italia y algunos países árabes. En cualquier caso, ya está en la agenda política europea como una continuación del Proceso de Barcelona. Todos los países europeos y mediterráneos del sur han afirmado su voluntad de reorientar dicho proceso y profundizarlo.

¡Reorientar y profundizar! No es todavía posible definir de manera precisa el contenido exacto de estas palabras. Las propuestas avanzadas por la presidencia francesa están en fase de elaboración. Pero una cosa está clara: se seguirá trabajando dentro del marco estratégico establecido por el acuerdo de 1995.

Todos los participantes en la reunión de París se felicitaron por la excelencia del trabajo realizado desde 1995 por la ciudad de Barcelona. Efectivamente, esa ciudad se ha volcado en el proyecto y se ha convertido en un centro ineludible de las relaciones mediterráneas. Y ahora, después de que la copresidencia del Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo haya recaído en los presidentes Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak, Barcelona presenta su candidatura para acoger la secretaría del nuevo proceso. No está de más insistir en el significado de esta candidatura.

¿Por qué debe Barcelona, en nuestra opinión, acoger esta institución? Por muchas razones, que se pueden resumir en tres: eficacia, coherencia política de la UE, simbolismo.

Para empezar, eficacia: no insistiremos nunca lo suficiente en la oferta material que supone la candidatura de Barcelona. Infraestructuras ya existentes, disponibilidad del magnífico Palacio de Pedralbes, asunción de los gastos de instalación y mantenimiento por las autoridades locales, capacidad comercial y económica en el campo de las relaciones entre las dos riberas, experiencia en los contactos euro-árabes, banco de datos para las redes de cooperación en el Mediterráneo, etc. Es difícil encontrar, en el Mediterráneo, un lugar dotado de tantos atributos a la vez.

En segundo lugar, por coherencia política de la UE. Todas las candidaturas son, desde luego, legítimas. Pero no se puede obviar que hablamos de una opción estratégica: si de lo que se trata es de profundizar en los Acuerdos de 1995 (y no hay otra aproximación posible dado que la UE se ha decantado claramente por esta vía), es preciso valerse de la experiencia histórica que posee Barcelona para liderar tal reorientación. Su amplia experiencia euromediterránea le permite entrever algunos de los obstáculos que aparecerán en el futuro. Así que, como sede de la secretaría, la elección de Barcelona se presenta como un asunto de coherencia estratégica, puesto que implica la continuidad del proyecto de 1995 y su renovación al mismo tiempo.

Ahora bien, tanto el Gobierno español como las autoridades catalanas deberán demostrar que no quieren la secretaría por el mero hecho de tenerla. Y trabajando en el marco conceptual de 1995, deberán aportar un plus. Barcelona puede ayudar a reorientar el contenido de los acuerdos de 1995 teniendo en cuenta, entre otros, los siguientes retos: 1) rechazar la marginalización del sur a la hora de ampliar hacia el este: es necesario multiplicar las relaciones institucionales (hermanamientos, cooperación descentralizada, etc.); 2) crear un cuadro de reflexión y de propuestas para una gran política de cooperación económica entre las dos riberas, particularmente en los sectores industriales y de las pequeñas y medianas empresas; 3) ayudar a cambiar la mirada europea sobre las migraciones destacando el aspecto positivo de las mismas. Es preciso abogar por una gran política de codesarrollo ligada a las migraciones, especialmente mediante proyectos de inversión en las regiones con un fuerte potencial migratorio en los países del sur para estabilizar allí las poblaciones. Para ello, es necesario potenciar la reflexión sobre la movilidad de las personas entre las dos riberas, proponer estrategias flexibles de control de las fronteras y de gestión ordenada de los flujos migratorios (somos conscientes de que este punto es una demanda constante de los Gobiernos de los países del sur); 4) contribuir, finalmente, a acercar a las sociedades civiles: este reto, que es la asignatura pendiente de 1995, debe ser afrontado de manera imperativa. Es que no todo puede reducirse a la organización de reuniones rituales entre los actores socioculturales de las dos riberas. El encuentro de las sociedades civiles no puede limitarse a la organización de coloquios -que por muy interesantes que sean, también son fácilmente olvidables. Hace falta, sobre todo, favorecer proyectos comunes entre las poblaciones de los dos lados mediterráneos para conocerse mejor y afrontar conjuntamente los desafíos del futuro (intercambios de estudiantes, interuniversitarios, formaciones culturales, intercambios entre las Administraciones, voluntariados para el desarrollo, etc.). También la secretaría podrá beneficiarse de apoyos importantes por parte de las comunidades ya involucradas en el proyecto mediterráneo: Junta de Andalucía, Comunidad Valenciana…

¡Hay tantas cosas que se pueden hacer para acercar conciencias y enriquecer las mentes! Es aquí donde se encuentra el punto neurálgico de la batalla contra todos aquellos que pretenden alejar y oponer, en nombre de un eurocentrismo dominador o de un integrismo fanático, a los pueblos del Mediterráneo.

Finalmente, valor simbólico: más allá de su vinculación con el proceso inaugurado en 1995, Barcelona encarna también, por la presencia de una fuerte población inmigrante árabo-musulmana, la viva imagen de las grandes ciudades mediterráneas de hoy día. Al igual que Marsella o Nápoles, es una ciudad profundamente mestiza y que se acepta como tal. Simboliza una cultura de intercambios que permite a mujeres y hombres venidos de todas las partes del mundo asociarse, vivir juntos, mezclarse y tejer así esa unión de mediterráneos con la cual han soñado desde siempre los mejores espíritus.

Eficacia, coherencia estratégica, simbolismo humano y cultural. He aquí las razones a favor de que la secretaría de la política mediterránea se ubique en Barcelona. Y, por encima todo, no debemos perder de vista el objetivo final de todo el proceso: crear un espacio mediterráneo de paz y solidaridad.

Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas.

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El poder total, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 16 octubre, 2008

ASUNTOS INTERNOS

La política española fluye con la misma facilidad que las cotizaciones de la Bolsa. En 24 horas pasa de mínimos históricos a máximos ídem. Zapatero, ese político que, según opinión de Rajoy, no servía ni para concejal de un pueblo pequeño, ya no es sólo el presidente del Gobierno. Ahora también ejerce de vicepresidente primero y segundo, de gobernador del Banco de España, de salvador del sistema financiero, de líder europeo y, a poco que nos descuidemos, se convertirá en el jefe de su propia oposición.

Y todo en tiempo récord. Hace 20 días estaba bajo mínimos y ahora sólo hay que mirarle a la cara para saber lo que es un hombre satisfecho. De no reconocer la crisis ha pasado a tomar medidas extraordinarias que nunca se habían tomado. Su quietud -«no tengo medidas nuevas que anunciar», dijo hace un mes- ha devenido en una hiperactividad estresante. Sus adversarios decían que no pintaba nada en Europa ni en el mundo. Y ahora véanle haciendo pandilla con los grandes del continente, con los que se reúne un día sí y otro también. Además -cosa de la que se siente especialmente orgulloso-, ha sido el único dirigente citado en los debates entre Obama y McCain. «¿Te imaginas que hubiera sido Aznar? Todo el mundo estaría alabando sus hechuras de líder», dicen en La Moncloa.

Por primera vez, todos los medios -que otrora fueron su principal foco de resistencia- respaldan una decisión suya. Prensa, radio y televisión han apoyado su plan para blindar el sistema financiero con los avales del Estado. Incluso han subrayado -qué cosas- su responsabilidad y seriedad como jefe del Gobierno. Todos los días se pellizca para saber si es verdad. ¿Quién se va a creer que Zapatero el rojo se haya convertido en el presidente de los banqueros? Nadie, y si lo dice el PP menos aún. Como la izquierda no es ni siquiera un holograma, por ese lado no hay problema.

Así pues, no es de extrañar que la entrevista que anunció que mantendría en La Moncloa con Rajoy le pareciera un auténtico «coñazo». Porque la había anunciado, que si no, a buena hora pierde una tarde entera hablando con el jefe de la oposición. Acogido en el seno de los grandes -Sarkozy, Brown, Merkel, hasta Obama-, ¿quién es Rajoy? Si además el pobre no gana para disgustos últimamente… Por eso Zapatero se permitió el lujo de poner a caldo al PP unas horas antes del encuentro y de mirar al cielo en las fotos mientras saludaba a su invitado. Sabía perfectamente que el líder del PP no podía hacer otra cosa que apoyar el plan.

Desde que salió de La Moncloa, a Rajoy no dejan de pitarle los oídos por los comentarios de ciertos sectores del PP. Resumiendo, otra vez se lo ha llevado al huerto. En cierto modo, así es. Se han confirmado los temores de los más críticos. Zapatero ha nombrado a Mariano ministro de la Oposición. Ahora bien, ¿cuál era la alternativa? Ninguna. Bastante tiene el hombre con taponar las vías de agua interna, dormirse pensando en el Nikkei, levantarse soñando con el Dow Jones y en mitad de la noche tener una pesadilla con Miguel Sanz.

© Mundinteractivos, S.A.

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El PP, un toro afeitado, de David Gistau en El Mundo

Posted in Política by reggio on 16 octubre, 2008

BARRA BRAVA EN EL CONGRESO

Voltaire decía que, como el Quijote, inventaba pasiones para ejercitarse. De igual forma, a Mariano Rajoy no le quedó ayer más remedio que inventar asuntos, el del paro, el de la precariedad de las familias, para poder ejercitarse como líder de la oposición después de que la reunión en Moncloa le dejara definitivamente achicados los espacios de control y desgaste. De existencia parlamentaria en una garita crítica. Es cierto que, de no acudir a la discusión sobre el plan con una actitud conciliadora, el PP se habría arriesgado a quedar como un insensato partido de catapultas alineadas extramuros. Pero no lo es menos que, con el pretexto de la responsabilidad y el chantaje del nihilismo antipatriota, Zetapé ha ido dejándolo afeitado de cornamenta y de argumento. Tanto es así, que en cuanto ayer brotaron algunas protestas de jabalí parlamentario desde los escaños populares, Zetapé, no sin cierto choteo, les recordó la condición auxiliar que asumieron la víspera y que prolonga la impresión de estar en libertad condicional que neutraliza al PP desde el arranque de la legislatura: «Señores, que estamos en plan de entendimiento…». Así que chitón.

Más allá de la carta de los parados y las familias, que como González Pons reconoció en el pasillo constituye el frente de oposición que les queda, abandonados, pactados o reducidos a coñazo los restantes, Rajoy sólo justificó el madrugón obligando a Zetapé a prometer en sede parlamentaria que se establecerá un control para que el plan no sirva sólo para tapar boquetes bancarios, sino también para insuflar energía a las pymes y a las economías domésticas mediante la revitalización de los préstamos. Rajoy desconfía de los griegos incluso cuando traen regalos. Y bueno. No está claro que al PP vaya a funcionarle este reparto de papeles según el cual ellos aparecen como protectores de la clase media y el PSOE como cómplice de la codicia de los tiburones capitalistas, que hasta aumenta la factura del gas por crueldad. Ayer mismo, Zetapé trató de amortiguar este golpe enumerando sus políticas sociales y replicando que la salvación del sistema financiero alcanza incluso a sus eslabones más bajos. En cualquier caso, sorprende que en una época tan convulsa y mal gestionada a golpe de ocurrencias por el Gobierno, el PP se las haya arreglado para ir quedándose sin asideros de oposición. Ocurre como con las muñecas rusas: el PP ha ido abriéndolas y desechándolas, y la que le queda es tan pequeña que ya no contiene nada en su interior, salvo el vacío argumental y la renuncia a todo de quien se da mus.

Obligado Rajoy al buen tono, la función de poli malo volvió a asumirla Soraya Sáenz en su derbi por entregas contra Fernández de la Vega. Intentó diagnosticar la muerte de los motivos para creer que vertebraron la campaña socialista, ahondando en la cadena de montaje de parados en que se ha convertido la economía española. En su respuesta, De la Vega estuvo retórica pero vibrante: usó el espantajo cavernario de «la derecha de siempre» para recordar al PP cuál es la marca de la vergüenza que están dispuestos a seguir marcándoles con hierro en la frente a poco que se pongan revoltosos y no «en plan de entendimiento». Mientras se retiraba, De la Vega saludó los aplausos de su bancada con un ademán ingrávido y mucho juego de pestañas, como una folclórica que no estuviera sino esperando una petición de bis para regresar al escenario.

© Mundinteractivos, S.A.

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Pánico de banqueros, chantaje a ciudadanos, de Juan Manuel Moreno-Luque en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

No es noticia el pánico financiero, el de los banqueros, que ya ha provocado quince crisis en los Estados Unidos desde septiembre de 1902. Paradójicamente, la economía financiera, ciencia arrogante donde las haya, naufraga, con unos cuantos premios Nobel a sus espaldas, a la hora de explicar este fenómeno y debe ser salvada por la psicología de masas y por la sociología cuantitativa, de las que se pueden extraer algunas distinciones: una cosa es el pánico de los banqueros y otra el espanto de los ciudadanos, sin voz ni voto en los mercados de capitales de nuestro tiempo, millones de ciudadanos sometidos al chantaje de un ramillete de señores que han conseguido de la casta política europea que sus intereses sean apoyados con más de 2 billones de euros de dinero público, además de la promesa de que podrán manipular a su conveniencia la contabilidad desentendiéndose del juicio de los mercados.

Mientras los banqueros españoles ignoraban la crisis y anunciaban espectaculares beneficios, el ahorro popular iba, en términos de riesgo, de mal en peor. Desde julio de 2007 hasta julio de 2008, los activos gestionados en los fondos de inversión (que no son pasivos bancarios) se han visto reducidos en más de 60.000 millones de euros, habiéndose traspasado cantidades masivas a pasivos bancarios -destinados a financiar esos planes de crecimiento que tantos disgustos causan cuando estallan las burbujas- y, sobre todo, a depósitos remunerados, para aplacar las graves tensiones de liquidez que padecen nuestros bancos.

El que se aumentara, por cierto con dinero público, la cantidad garantizada de los depósitos era indispensable e inevitable, porque el riesgo de contagio del pánico de los banqueros a los ciudadanos era y es sencillamente inasumible. Lo que no está nada claro, sino más bien oscuro, es la “ayuda” de hasta 50.000 millones de euros y el aval por importe de hasta 100.000 millones de euros (para 2008) de los ciudadanos a los préstamos entre banqueros que proclaman su fortaleza como colectivo, a pesar de que no se fían unos de otros. Todo ello es, tal y como se nos está contando, un disparate.

La confianza de los ciudadanos en la banca española no está justificada. Bastaría con que se analizara su contribución al bienestar financiero de los ciudadanos en lo que va de siglo. En un contexto de fuerte inflación, la erosión, vía comisiones, de los ahorros confiados a los fondos de inversión supera los 24.000 millones de euros, el 50% de los raquíticos rendimientos nominales, por no hablar del destrozo que se está causando a nuestros ahorros en los fondos de pensiones, o de la contribución de los banqueros a la burbuja inmobiliaria que ha convertido a España en el país con más componente de vivienda especulativa del mundo desarrollado y cuyo estallido, pendiente de cuantificar, tiene contra las cuerdas a la economía y a los propios ciudadanos, o de la destrucción de la riqueza financiera que ha provocado la brutal caída del precio de sus acciones, por más que en el país de los ciegos el tuerto sea el rey. Piénsese que, según un estudio de Fernández y Bermejo (2008), la destrucción de valor de los dos primeros bancos del país superó los 30.000 millones de euros durante el primer semestre del presente año.

No se llamen a engaño. Lo único que tenemos garantizado son los depósitos bancarios hasta el límite establecido, pero no tiene sentido alguno, en mi opinión, descartar que estemos en el epicentro de la crisis y con todas las papeletas para tener un acusado protagonismo en ella. De momento, y con la amenaza de males mayores, se están tomando medidas que dudo mucho hayan llegado a tiempo para restaurar el sistema de los banqueros, y menos aún que vayan a contribuir al bienestar de los ciudadanos. La cuestión es sencilla: se ha dado carta blanca a los banqueros para que, a nuestra costa, arreglen lo que sólo ellos han destrozado.

¿Tendría algún sentido que, al final, fuéramos los ciudadanos españoles los que avaláramos o financiáramos al Banco Santander -al que ya financiamos la compra de Banesto-, supuesto buque insignia de la solidez del sistema bancario español, los 503 millones de euros que ha de pagar por las oficinas y los depósitos de la sociedad hipotecaria Bradford & Bingley, los 1.574 millones que ha pagado o va a pagar por la compra de la entidad hipotecaria británica Alliance & Leicester, los 1.250 millones que requiere su recapitalización, los 1.400 millones que ha de pagar por la compra del Sovereign -en la que ha contabilizado ya unas minusvalías de 2.000 millones-, las minusvalías por su participación en Fortis o en Antovenetta, o las eventuales pérdidas por disminución del valor del fondo de comercio del Abbey National, teniendo en cuenta la que está cayendo en las islas británicas?

En junio de 2007 salimos al paso de la ocurrencia de invertir en renta variable, bajo gestión privada, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social. Hagan cuentas de lo que hubiera pasado si tal barbaridad, que por fortuna no se produjo, se hubiera hecho efectiva.

Juan Manuel Moreno-Luque es abogado y autor de diversos libros sobre los mercados de capitales contemporáneos.

¿Al rescate de algunas cajas de ahorro?, de José Oneto en Estrella Digital

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

El presidente del Gobierno ha confesado ante el Parlamento que es probable que se produzcan fusiones en el sistema financiero español, como consecuencia de la crisis financiera, al tiempo que crecen las especulaciones sobre cambios en la organización y composición de las cajas de ahorro.

Pedro Solbes, vicepresidente del Gobierno, preguntado por los periodistas, no ha querido hacer ningún tipo de ampliación al globo sonda lanzado por el presidente en el Congreso de los Diputados cuando más fuertes son los rumores de dificultades en una decena de cajas de ahorro y se ignora si Solbes conocía el anuncio que iba a hacer Zapatero en la sesión de control semanal en el Congreso de los Diputados.

Es verdad que, hace una semana, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, tradicionalmente parco en declaraciones, admitía la semana pasada que, hasta cierto punto, es inevitable un proceso de reestructuración en el sector financiero español, ya sea con fusiones o con otras fórmulas.

Precisamente hace unos días el vicepresidente dijo estar preocupado por el “espectacular aumento” de los impagos en nuestro país, ya que entre el mes de abril del año pasado y abril de este año la cifra se había más que duplicado: de 12.000 millones de euros a 25.600 millones según el Banco de España.

Por otra parte, las tasas de impago de las hipotecas están aumentando a un ritmo superior al resto de Europa y con un mayor coste para las familias españolas, ya que éstas tienen que dedicar el 46,2% de sus ingresos brutos al pago de la hipoteca.

Gran parte de estas hipotecas han sido concedidas por las cajas de ahorro, especialmente en las zonas del mayor esplendor inmobiliario, que son las que tienen el mayor grado de morosidad y peor calificación por las agencias de rating.

Precisamente el Financial Times, en una separata especial dedicada a cómo invertir en España, señala que aunque el sistema financiero español es sólido por el control que sobre el mismo ha venido ejerciendo el Banco de España desde la década de los ochenta, tanto los banqueros comerciales como de inversiones opinan que es inevitable que algunas cajas de ahorro menos fuertes y algunos bancos comerciales sean fusionados si la crisis se profundiza.

“El proceso de nacionalización se hace más difícil -añade el analista del periódico británico- debido a la importancia política de las cajas de ahorro, ya que son instituciones locales y regionales aunque, el menos, los planes de rescate serán rápidamente implementados porque las cajas de ahorro no cotizan en Bolsa.”

En estos momentos están en proceso de desaparición cuatro entidades financieras locales: Banco de Castilla, Banco de Galicia, Banco de Vasconia y Banca Balear, que serán absorbidas por el Banco Popular, una entidad que últimamente ha tenido una disminución de su capital de fondos de protección.

Respecto a las cajas de ahorro, está en marcha un proceso de fusión de la BBK y La Kutxa, sin que se sepa, todavía, cuál será el futuro de Caja Vital, al tiempo que en Castilla y León hay posibilidades de una fusión de Caja Duero con Caja España, proceso similar al que se puede vivir en la Comunidad Valenciana con Bancaja y la CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo), dos cajas que han fomentado el boom inmobiliario en toda la región y que están encontrando, desde hace meses, serias dificultades.

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La deslealtad de la banca, de Íñigo Coello de Portugal en Expansión

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

Los mercados tienen una regla común en todas partes: la buena fe. Es un concepto difuso pero el alma de toda interacción humana. Esta regla es tan obligatoria en los mercados que la ley reputa desleal todo comportamiento que resulte objetivamente contrario a sus exigencias.

La buena fe de un proveedor le obliga a no aprovecharse de quienes dependen de él económicamente: clientes o proveedores que no dispongan de alternativa equivalente para el ejercicio de su actividad.

Creo que las entidades de crédito han sido desleales con el sector inmobiliario y que esa es la causa de su propia pena. Bancos y cajas primero cebaron el mercado. En el año 2004 se formalizaron en España 1.505.427 hipotecas, por un importe total de 235.850 millones de euros.

En el año 2005 se formalizaron 1.669.751 hipotecas, por un importe de 290.410 millones de euros. En el año 2006 se formalizaron 1.596.366 hipotecas, por un importe de 328.757 millones de euros. En las “antiguas pesetas”, 54,7 billones de pesetas de créditos hipotecarios sólo en 2006. El saldo vivo del crédito hipotecario creció en tasas interanuales superiores al 15% hasta diciembre de 2007 y llegó en julio de 2008 a 1.058.628 millones de euros.

No importó que en 2007 el precio medio de las hipotecas por vivienda fueran 148.833 euros: la subida de precios, promovida por las entidades de crédito, que daban tanta facilidad para la compra con recursos ajenos, permitía créditos a cualquiera, a 40 años de plazo, aunque el inmueble fuera caro y el tipo de interés fuera a subir, porque, gracias al exceso de crédito, los precios del activo financiado se revalorizaban cada día. El boom inmobiliario no lo han hecho los promotores con capital propio sino con dosis de deuda bancaria del 80% en cada promoción.

Cierre del grifo

Luego, de repente, se cerró el grifo. Cada uno pensará lo que quiera, pero mi opinión es que se explotó la dependencia económica de los clientes –primero los promotores, luego también de sus compradores–, los cuales no disponían de alternativa financiera para el ejercicio de su actividad. Y les pilló a todos en medio sin previo aviso. Esto es, me parece, desleal.

Las innumerables tasaciones que pululan por ahí y que ya no valen nada, aunque sean del mes pasado, deberían haber hecho explícita una cláusula que en todas era tácita: esto vale tanto, “salvo que la banca cierre el grifo”.

En los procesos de competencia desleal se invierte la carga de la prueba: es el demandado quien tiene que probar que actuó con buena fe. Esto no es un pleito, sino un problema económico nacional pero, aplicando las leyes del mercado, a la banca corresponde probar que no fue ella la que abandonó a los promotores con la cerilla ardiendo en la mano y dejó al mercado inmobiliario sin referencias de precio, porque ha obligado de repente a replantear la financiación de todo un sector imponiendo el cambio brusco de financiación con deuda a financiación con capital y eso lo modifica todo. No sólo se ha dejado colgados a los promotores sino también a los compradores finales.

En un mercado donde la clave del negocio de promoción está en la subrogación en la deuda bancaria, tiene particular dificultad la justificación de que no se está discriminando a los consumidores, una vez que se ha acreditado que de repente se han quedado sin crédito hasta los compradores de VPO, que ahora ni tienen con qué comprar ni pueden recuperar su señal, a pesar de que fueron incitados por los propios bancos a comprar a precios desaforados (por el exceso y facilidad de crédito), con tipos en continua alza y a plazos financieros que limitan con lo equitativo.

Crisis de supervisión

Debajo de esta actitud de las entidades financieras hay una crisis de supervisión y liderazgo de las autoridades económicas y reguladoras. Nadie se inmutó cuando las inmobiliarias se hundieron en bolsa. Ahora la banca, que las dejó caer, prueba su propia medicina.

La diferencia es que los reguladores y supervisores corren alarmados, sólo porque lo hace toda Europa, a protegernos de un peligro que no existe. En España no hay ninguna crisis bancaria de que alarmarse. La crisis es sólo bursátil.

Las bolsas de todo el mundo se han hundido porque la gente no se fía de las valoraciones inmobiliarias, imposibles de financiar con capital propio en vez de con deuda ajena, pero la solvencia de nuestros bancos es total. En España los bancos y cajas no corren el más mínimo peligro. Quienes lo corren son los inversores en bolsa.

Pero a esos ¿por qué hay que salvarlos? ¿No invertían con riesgo? La cotización bursátil de los bancos era en 2003 aún más baja que hoy –porque todo el mundo se llevaba el dinero al ladrillo– y a nadie se le ocurrió decir que los bancos no eran solventes. Si los bancos valen cada día menos en bolsa, ese precio lo tienen que pagar los inversores, aunque sean el subyacente de sus planes de pensiones, no los contribuyentes.

Si en el interbancario tampoco hay confianza (porque no se quiere prestar a los que están apalancados en promoción inmobiliaria) el remedio es el mismo: desde el momento en que se garantice la continuidad general del sector inmobiliario, que ha levantado la economía española durante años y que genera muchos empleos, la desconfianza recíproca entre entidades desaparecerá.

Lo necesario es un nuevo modelo de crecimiento que vuelva a tener en cuenta el sector inmobiliario, no que lo deseche. Se trata de reformar, no de destruir.

El pánico de la bolsa no se puede convertir en el pánico de la economía. Si, según el FMI, España en 2009 tendrá crecimiento negativo, será precisamente por la falta de actividad del sector inmobiliario y de las pymes.

El “cierre de grifo” ya ha pasado a las pymes y, me temo, la actitud de las entidades privadas de crédito puede ser mucho más peligrosa aún: puede resultar mucho peor que el problema de financiación pase también a las eléctricas.

En mi opinión, si en España las entidades financieras privadas siguen cerrando el grifo, porque no se fían de la capacidad de sus clientes para devolver los créditos a los precios que ellas mismas han generado, para solucionar el problema lo que hay que hacer es financiar a las empresas para promover y a las familias para comprar. Lo que hay que hacer es replantear el mercado inmobiliario y de pymes, generando una alternativa pública de financiación.

Si los bancos son desleales al mercado, y lo destrozan, no hay que salvarlos, sino poner por obra la obligada subsidiariedad del Estado en el crédito. Si no hay crédito privado, será necesario resucitar la banca oficial: un nuevo banco hipotecario y un nuevo banco para la pyme.

No basta con las subvenciones del ICO. Se trata de deuda, no de subvención. El dinero de todos ha de ser para salvar nuestro PIB, no para salvar la cotización de unos pocos que, como tienen nuestro dinero depositado, pueden permitirse el lujo de ser causantes de problemas.

Sin mañana, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

En lo público se acentúa, cada vez más, la tendencia vital, propia de la juventud y característica común de las sociedades salientes de una guerra, a vivir el presente día a día, como si éste no fuera efímero enlace del pasado al futuro. Los jefes de la UE nos han mostrado lo arraigada que está, en la clase gobernante, su indeclinable propensión a no pensar las consecuencias de sus decisiones, hasta después de tomarlas. El Presidente francés lo decía con claridad cartesiana: primero salvemos a los bancos, después ya veremos lo que se hace para que la economía especulativa no prevalezca sobre la productiva. Contra toda lógica, el sentido del común, que no es el prudente sentido común, comparte esta vulgar sabiduría.

La positiva reacción de las bolsas a las medidas adoptadas por los Estados para dar liquidez inmediata a los bancos de la UE continental –que dicho sea de paso no son de signo nacionalizador como las de UK y EEUU-, está ya siendo considerada, por gobiernos, estamentos financieros y medios de comunicación, como una corroboración científica de la hipótesis sobre la causa especulativa -eficiente y suficiente- de la crisis, y la adecuación de la terapia aplicada. Un tipo de optimismo tan repentino, excretado catárticamente con el pánico generado por el anterior pesimismo, que no está justificado.

Las bolsas no son campos de verificación directa del estado de la economía productiva. Por su propio juego institucional, pronosticador del futuro de las sociedades cotizadas, las bolsas sólo son termómetros de medir los grados de fiebre especulativa de los inversores sobre las grandes empresas. Mas del 80% del PIB no está en lo cotizable. Las bolsas han subido con la misma intensidad de sus bajadas, porque confían más en un Estado avalista y financiero del crédito, que en un mercado libre para las finanzas. Y las ingentes cantidades de dinero público inyectadas a la banca privada, al parchear los efectos inmediatos, sin resolver las causas profundas de la crisis, harán más difícil, por no decir imposible, que el problema financiero se resuelva, a causa de tres nuevos factores que antes de la crisis no existían. La falta de urgencias para afrontarlo. La alteración que produce el dinero inyectado, por razones de coyuntura, en la estructura del sistema. Y, el factor más determinante, la casi irresistible potencia de la inercia política y la imperiosa rutina del Estado, para convertir en definitivo lo provisional, el expediente en fórmula, lo coyuntural en estructural.

florilegio

“Quienes reciben una inesperada ayuda del Estado, por sus abusos contra la sociedad, descubren en el acto que esa era la razón histórica de sus delitos.”

Terrorismo financiero y crimen organizado, de José Steinsleger en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 16 octubre, 2008

Las crisis del capitalismo no brotan de la nada. Desde la primera gran crisis, cuando el bulbo de tulipán holandés saltó de 200 florines a seis mil por unidad (1634), quedó claro que el saqueo planificado es la “función social” del capitalismo. De ahí, su odio al pensamiento crítico que lo impugna. Las crisis son el gran negocio del gran capital. Sin crisis no hay capitalismo.

“Mano invisible del mercado”. Adam Smith, padrino de la economía clásica liberal, jamás usó esta expresión. La inventaron los economistas de Chicago. Por esto, la crisis actual devino en autoprofecía cumplida y tramada en la pitagórica Wall Street, reciclado oráculo de Delfos donde “todo es número”. Y la nube de pedos de la “filosofía posmoderna” contribuyó a este desastre.

Derivada de la voz krino (juzgar, distinguir), los antiguos griegos empleaban la palabra “crisis” para indicar “combate”, “lucha”, “esfuerzo”. La palabra “crítica” viene de “crisis”, y equivale a “cambio” o “mudanza”. Por extensión, “… situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese”. O bien: “… momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes”.

“Crisis” es sinónimo de “carestía y escasez”. Y en la clínica médica denota “neurosis”. Neurosis: “conjunto de enfermedades cuyos síntomas indican un trastorno del sistema nervioso, sin que el examen anatómico descubra lesiones en dicho sistema”.

A eso iba. ¿No que podíamos dormir tranquilos porque el peso estaba “sano y fuerte”? Pero hace un mes, cuando el dólar se cotizó por debajo de los diez pesos, me dije: ¡hay que comprar! Comparemos esta especulación casera, con la “sabiduría” de los gánsters de Lehman Brothers, que habrían retirado 400 mil millones de dólares en activos para enviarlos a bancos de Israel, antes de que su matriz de Nueva York se declarara en quiebra (Bajo la Lupa, La Jornada, 12/10/08).

¿Quiénes recogieron con pala dólares a 10 pesos para revenderlos a 14 y más? Alguien les avisó. ¿El gordo o el flaco que conducen la economía “nacional”? Que un grupo de empresas “desataron la especulación para agenciarse utilidades”. ¡Avaricia! ¡Insensibilidad! ¡Codicia! ¡Especulación! ¡Ausencia de ética y moral! Los gatos del sistema se indignan. ¿Qué esperaban?

“Cien millones de pobres más”, según Robert Zoellick. El presidente del Banco Mundial observó que la crisis fue causada… por “el hombre”. Bueno. Con un millón más que se dediquen al narcotráfico, las acciones de las empresas de “seguridad” subirán como levadura. Y los palafreneros de la OEA, Naciones Unidas y jefes de “seguridad” de América Latina, han tenido la osadía de manifestar que el “crimen organizado mata más que la pobreza y el sida”. Hijos de puta.

Quizá tenga razón Sarah Palin, primera flautista de Alaska: Bin Laden es el culpable del desmadre financiero. Sin embargo, es posible que el crimen organizado haya convenido en advertir a los ilusos seguidores de Obama, quién manda en el global market. ¿O creían que la banda del innombrable y Dick Cheney se retiraría así nomás, sin dejar un recuerdo más brutal que la misteriosa caída de las Torres Gemelas?

Ninguna de estas observaciones interesan a quienes exigen la devolución de su dinero en contante y sonante. Es comprensible. Pero ellos aceptaron las reglas del crimen organizado: compraron papeles a ropavejeros expertos en las artes del timo financiero y formados en centros de “excelencia académica” donde aprendieron que “el dinero produce dinero”.

Mi abuelo materno levantó durante 40 años una fábrica de bolsas de arpillera. Cuando sus hijos propusieron venderla, les dijo: “no entiendo la economía moderna… ¿no es el trabajo lo que produce el dinero?” El abuelo murió, los hijos vendieron, pusieron el dinero “a trabajar” y acabaron en la miseria. La hiperinflación programada los devoró.

En cambio, los trabajadores a destajo y los asalariados no pueden elegir. Por ley, el crimen organizado arroja sus fondos de retiro al casino del crimen organizado, eufemísticamente llamado “mercado”. ¿Desaparece el dinero con las crisis? No, no desaparece. El dinero se lo chupa la plutocracia que vive en el vértice más estrecho de la pirámide social, librando batallas antropófagas.

No obstante, el capitalismo siempre encuentra una salida. ¿Qué tal un ataque nuclear de la “comunidad internacional” en algún “oscuro lugar del mundo” (Bush dixit) para “estabilizar” el imperio? Hitler decidió ir a la guerra cuando el kilo de pan costaba una carretilla llena de marcos devaluados, y Roosevelt cuando fracasó el New Deal. Sólo se salvó la ex Unión Soviética y no viene a cuento recordar a qué costo humano, económico, ideológico y político.

Cuidado con creer que los yanquis, negociantes tenaces, serán buenos perdedores en las movedizas arenas del capitalismo globalizado. Así es que lo peor está por venir, y lo mejor en el porvenir. Pero hay que ponerse las pilas: 1) apagar el televisor; 2) separar la paja del trigo; 3) ponerle punto final al terrorismo financiero, única y auténtica causa del crimen organizado.

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Dramaturgia y paz, de Alfonso Sastre en Gara

Posted in Derechos, Política by reggio on 16 octubre, 2008

PARA PACEM (IV).- En la cuarta parte de su análisis sobre Euskal Herria y el conflicto político que afronta, el autor se adentra en las posibilidades de un acuerdo entre las partes a través de una «mesa para la paz». En su reflexión se fija en la figura de los «expertos en conflictos» y él mismo pone distintos ejemplos de figuras que a lo largo de la historia han servido de intermediarios para alcanzar acuerdos en diferentes ámbitos. Como aportación personal, propone al dramaturgo -al gran dramaturgo- como un individuo especialmente capacitado para esta labor por las características propias de su labor intelectual.

Muchas veces he dicho -a mi edad la mayor parte de las cosas que se dicen se han dicho ya muchas veces-, y nunca en broma, que a quienes escribimos dramas se nos debería reservar al menos una silla en torno a las mesas de negociación que se abren para la resolución de los grandes conflictos, y sobre todo a las que se celebran con el magno objetivo de conseguir la paz en aquellos que han desembocado, ya en guerras entre Estados de la índole que sean, ya en guerrillas populares contra Estados opresores: guerrillas armadas a veces con bombas caseras frente a grandes policías y ejércitos dotados de los mayores adelantos para producir la muerte. (En cuanto a las bombas caseras, con frecuencia empiezan matando a quien las emplea de una manera que podría llamarse «suicidio patriótico», o bien, «patriotismo suicida», que son, en fin, signos de una gran desesperación en cuanto a la eficacia del uso de la palabra en el planteamiento de las reivindicaciones justas de muchos pueblos).

Naturalmente que nunca me he referido a cualquier escritor teatral como merecedor de tales honores, sino que siempre he pensado en aquéllos que había en el teatro cuando aún existían «los grandes autores», y he pensado al hablar así nada menos que en Ibsen, Chejov, Bernard Shaw, Pirandello, O’Neill, O’Casey, Toller, Lenormand, Sartre, y hasta en más recientes como Bernhard y, claro está, yo mismo (es también broma, pero sí es cierto que quien esto escribe es un vestigio, entre otros pocos, de aquella «grandeza» intelectual y poética que hubo algunas veces en los escenarios: «grandeza» a la que ha sucedido la dramaturgia como taller de guiones al servicio de cualquier propósito de los grupos «teatreros»).

En cuanto a las «mesas para la paz», por volver a este importante tema, parece que ha nacido una «especie de especialidad» que sería la de los «expertos en conflictos». Y si es así, ¿en qué consiste, me pregunto, esa «expertise»? Por lo que he leído, esos «expertos» parten generalmente de unas bases acertadas: las de que un conflicto no puede ser resuelto, primero, si no ha sido previamente bien planteado, y, segundo, si no se da una cierta «imparcialidad» en las conversaciones. Yo estimo que hay antecesores en este tipo de trabajo, y que habría que buscarlos en figuras como las siguientes, históricamente visibles para cualquier no ya estudioso sino simple lector de Historia:

1.- Era aquel «tercero» a quien se acudía por «las partes» en litigio para que interviniera, a petición de ellas, en «la discordia» en cuestión.

2.- Era aquel «hombre bueno», así llamado, al que se convocaba para que pusiera una cierta «cordura» en los conflictos; quiere decirse, una cierta «objetividad» en lo que era, sobre todo, un enfrentamiento entre posiciones hipersubjetivas.

3.- Era «el noruego», que no es sino una variante de las figuras anteriores, y que puede ser llamado así (atribuyéndole esa nacionalidad) en recuerdo de un noruego real que intervino en unas conversaciones de paz históricas. (Por cierto que se puede suponer que aquel noruego ha muerto a estas alturas, y, ay, es cierto que el conflicto que se trataba de resolver continúa hoy produciendo intensos sufrimientos, ¿y hasta cuándo será?).

4.- Era también -ahora en el plano de lo imaginario: de la literatura- Sancho Panza, como un modelo de ese «buen sentido» necesario para que las grandes pasiones no impidan mirar y ver algunos datos necesarios para que la solución de no sólo los grandes sino también los pequeños conflictos encuentre una puerta de salida. ¿Sancho Panza? Sí. Reléanse, si ya fueron leídos, los pasajes del «Quijote» en los que el famoso escudero, nombrado por los Duques gobernador de una fantástica «ínsula», dicta sabias sentencias ante los conflictos que se le plantean.

5.- Y, en fin, podrían ser, y aquí llego a mi propia ocurrencia, los dramaturgos. Es, digo, mi ocurrencia, o acaso mi idea, y a mí me toca explicarla. ¿Qué quiero decir con ella? Muy sencillo: que los dramaturgos -como he aclarado: los grandes dramaturgos- son verdaderos expertos en conflictos, y que pueden poner esas experiencias al servicio, por ejemplo, de la paz, si es que alguna vez son invitados a ello. Pero yo quiero aclarar un poco el sentido de esta idea, empezando por desvanecer la imagen de que los dramaturgos han de ser neutrales en el campo de las ideas y de que, si acaso, sería esa presunta neutralidad lo que tendrían que poner ellos al servicio de, en este caso, la paz.

La función de las ideas en el trabajo de los dramaturgos ha sido objeto de debate desde los antiguos tiempos de la «Poética» de Aristóteles. Éste ponía las ideas en tercer lugar, al enumerar así los seis componentes de una obra dramática: La fábula, los caracteres, las ideas, el lenguaje, el escenario y la música.

Sobre la función de las ideas en la creación de una obra de teatro, ha habido opiniones muy diferentes, desde la que afirma que ellas son la fuente de los dramas, y que éstos deben estar al servicio del pensamiento (teatro de tesis), a la opuesta: la de que las ideas deben de ser desechadas del teatro. Yo estoy tan lejos de lo uno como de lo otro; y es desde esta posición desde la que apuesto por la posibilidad de que los dramaturgos intervengan en los grandes conflictos, sin tener en cuenta la ideología de los escritores a quienes se convocara, dado que éstos -si son «grandes»- tendrán sus ideas pero las pondrán entre paréntesis cuando acepten sentarse en esa peligrosa silla, frente a la mesa de negociaciones.

Porque así es: que los dramaturgos, incluso los menos «grandes», ponemos nuestras propias ideas entre paréntesis cuando nos enfrentamos a los conflictos que tratamos en nuestros dramas; y que, así, sin perder de vista nuestro propio superobjetivo (Stanislavski) y, con él, nuestra implicación personal en los temas (pues no somos neutrales), no condenamos a ninguno de los interlocutores y dotamos a todos ellos de la misma libertad de expresión , lo que -eso es cierto- nos pone en el trance de sufrir los efectos de una presunta o cierta ambigüedad. Esta es precisamente nuestra carta y por eso reclamo esa silla, en la que yo, desde luego, no me atrevería a sentarme.

Alfonso Sastre, escritor.

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