Las cunetas de nuestra memoria, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Ahora que se acerca el invierno, se lleva el cinismo con manga larga. Esta temporada de la moda otoño-invierno me tiene en desazón completa. Como por deformación profesional uno tiende al masoquismo, no acabo de encontrar la fórmula periodística idónea para hablar de la memoria. Me he resistido a hacerlo desde hace ya muchas semanas, pero es inevitable cuando uno abre los diarios todas las mañanas -excluyo, por alérgico, las tertulias radiotelevisivas; hozadero de gorrinos y pasto preferencial para ciudadanos perezosos- y se encuentra con leyes sobre la memoria histórica y su aplicación, en sus infinitas variantes, de las que escojo una que me es especialmente dolorosa: las cunetas y los fusilamientos a la vera del camino.
Eso que nosotros hemos definido con una de las metáforas más brutales de la historia. Durante muchos años, en España, la palabra paseo no indicaba como en Heidelberg un camino propenso a la filosofía, ni como en París o Berlín que evoca grandes avenidas con tilos y hojarasca. Ni siquiera como en Niza, el llamado de los Ingleses, que contagió todo el norte de España y parte del Mediterráneo llenándolo de tamarindos. Ni tampoco aquellos plátanos que daban profundidad a las entradas de los pueblos, hoy sajados sin remisión porque constituían un peligro para los conductores borrachos. España es sin duda el único lugar del mundo donde pasear a alguien significaba liquidarle.
¿Qué está ocurriendo en este país para que ahora, setenta años después de la derrota y el crimen y la cruzada y el imperio, aparezcan los nietos reivindicando el inapelable derecho de la tribu a enterrar a sus muertos? ¿Qué está pasando para que agudos juristas institucionales, de mi edad o mayores, abran “diligencias judiciales para averiguar la verdad” de nuestra posguerra incivil? Incluso se alcanza la voluta del esperpento al leer que “las familias de los desaparecidos de la guerra (civil, se entiende) piden una disculpa del Estado”. No entiendo nada, lo reconozco. Y quizá lo diga por esa coquetería que otorga la ignorancia, según la cual si no lo entiendo no lo juzgo. Y la verdad es que en el fondo quizá lo tenga muy claro, y sea cierta capacidad de indignación ante la impostura la que me lleva a distanciarme, y a demorar lo más posible un artículo que no me gusta escribir, y que hago con tanta irritación como desgana, pero que no puedo evitar porque uno está aquí para eso. Para ver ese pase de modelos otoño-invierno que inevitablemente trae un a modo de cinismo, con manga larga.
He contemplado con estupor a dos damas jóvenes en un informativo de la televisión pidiendo justicia para su abuelo que murió posiblemente envenenado junto a muchos otros en una cárcel andaluza y que fue enterrado en los pasillos que rodean la tumba de Manolete, porque lo dijo su abuela que lo vio todo escondida detrás de los matojos. Ahí es nada, Manolete que murió en Linares y el terrible año del 47. ¿Quién les puede reprochar a estas nietas haber salido ahora del chiquero para afrontar un pasado del que probablemente no sepan casi nada? Esta rebelión de los nietos tiene un alcance largo, bastante más largo de lo que damos a entender en nuestros manidos análisis. Porque la primera pregunta que aparece es ¿dónde estaban los padres de esos nietos, dónde los hijos de esos abuelos? Las primeras elecciones democráticas se celebraron el 15 de junio de 1977, y el Partido Socialista consiguió una mayoría absoluta para gobernar a placer en octubre de 1982. ¿Nadie levantó el dedo para preguntar? Me acuerdo de que en abril de aquel 77 exultante, meses antes de la convocatoria a las urnas, algunos sacamos historias terribles que ahora parecen descubrimientos flamantes. Las trece rosas asesinadas en Madrid, donde tan importante papel desempeñó el superpolicía Roberto Conesa, un criminal cargadito de medallas al mérito policial, al que cantaron loas los ministros del Interior, entre los cuales recuerdo muy bien a Rodolfo Martín Villa, actual presidente o algo así del grupo mediático más importante de España. Y el policía Urraca, que acaban de descubrir en Catalunya porque ejerció de torturador del president Companys, del que hay un centón de textos desde 1981, gracias a los archivos del PNV, que algunos pudimos consultar en el mismo local parisino donde el siniestro Urraca -¡cuántas veces los apellidos ayudan a conocer a las personas!- trabajó como responsable de los servicios franquistas en la Francia colaboracionista de Vichy.
Lo terrible de estas historias recién descubiertas por los nietos es que dejen en patético lugar a sus padres. ¿Desde 1977 hasta hoy y no hicieron nada? O lo hicieron y no llegaron a nada. Pero de seguro que votaron al PSOE en octubre de 1982, y que lo hicieron también por ese último rescoldo de la memoria humillada. ¿Y qué? ¿No pasó nada? ¿No les hicieron caso? A lo mejor ni lo intentaron, porque la memoria en ocasiones es la más humillante de las referencias. Recuerdo el insólito y valiente caso de Hilda Farfante, aquella mujer ya mayor que pudo hacerles a sus padres, vilmente asesinados por los franquistas, el homenaje que se merecían como dobles maestros que habían sido; en su profesión y en la vida. Sucedió en diciembre del 2001 y aún me acongojo al recordarlo. Me hubiera gustado estar allí para escuchar ese desgarrón en forma de grito con que la hija homenajeó a sus padres. No sólo tenía sentido sino también todo lo demás; dignidad, voluntad y decencia.
Todos los años, en una fecha que era suya pero que se escapa a mi memoria, mi madre me llevaba al cementerio católico de San Pedro de los Arcos, en Oviedo, un lugar precioso con unas vistas espléndidas junto al Naranco, que también sirvió a nuestra agreste infancia. Lo he contado ya alguna vez, pero resulta obligado repetirlo. Tras cumplir con el ritual de oficio en el camposanto de los buenos, mi madre me enviaba a la casa del párroco, vecina a la iglesia, para que me dejara la llave del cementerio civil. Era de esas grandes y pesadas, y servía para abrir una verja herrumbrosa a la que se entraba con notable dificultad por el abandono total en el que llevaba desde siempre. Recuerdo muy bien aquel cementerio, con inscripciones para mí crípticas. Mi madre no decía absolutamente nada. Los niños entonces no preguntábamos; nos habían escarmentado después de un par de experiencias. Con un gesto de la mano, mi madre me indicaba que fuera echando el ramo de flores por entre los pasillos de las tumbas, al buen tuntún. Se tenía la creencia de que allí habían sido enterrados los fusilados en las primeras tandas de republicanos; entre ellos Guillermo Suárez Menéndez, de 18 años.
Ahora sobre aquel terreno que fue cementerio hay un colegio público. ¿Qué sentido tendría buscar sus restos? ¿Para enterrarlos en sagrado? Sería un sarcasmo, ofensivo en primer lugar para los muertos, que cayeron a golpes de fusil y de hisopo, porque los condenó tanto el Régimen como la Iglesia, inseparables por más que hoy hagan esfuerzos por ocultarlo. Todo el mundo está en su derecho de enterrar a los suyos. Es tan viejo y tan cruel como la historia de Antígona. Pero han pasado setenta años y Antígona era la hermana y lo conocía vivo y quería verlo enterrado. Pero nosotros ¿qué hacemos con los huesos? ¿Acaso pensamos que esos son sus restos? Sus restos están en nosotros y no hay urna funeraria que los atesore mejor.
Por eso entiendo tan bien la actitud de los descendientes de García Lorca y su prevención ante el circo que se prepara. Sabremos si fueron tres balas o cuatro, si le dieron en el culo o en la cabeza. ¿Y qué? ¿Añade algo al crimen? ¿Acaso sabremos más sobre sus asesinos? La paradoja está ahí. De un lado nos permiten extraer los restos ya fosilizados de nuestros muertos, pero no podremos dar ni un paso hacia la denuncia de sus ejecutores. Lo sabe muy bien Garzón, que aspira a decir la última palabra sobre la Guerra Civil y la posguerra y la represión del franquismo. Somos gente peculiar, por decirlo con palabras benignas; confiamos en un fantasma exhibicionista, de los que se jactan de ver amanecer sin reseñar el precio para algo tan obvio como defender la memoria. Entre la memoria de Garzón y la de los míos, media un abismo; la decencia.
Muy fuerte lo de este artículo. Morán vuelve por sus fueros destilando sus bilis contra todo cristo. Si no reclamaron porque no reclamaron, y si reclaman porque reclaman. En su papel de Gran Inquisidor, ha decretado que ya es tarde y la emprende contra quienes pretenden algo tan sencillo y tan justo como localizar los restos de sus antepasados y honrarlos como merecen. Esto a Morán le parece abominable; ¡que retorcido ejercicio de cinismo el suyo (no ya de manga larga, sino hasta de gabardina y bufanda) intentar volver la acusación contra los padres de los demandantes!
¿No puede entender este señor que esas personas vivieron cuarenta años de miedo? ¿no puede entender que el terror que los atenazó durante cuarenta años grabó a fuego en sus mentes el único deseo de olvidar todo aquello y, sobre todo, de ser olvidados para poder vivir en paz, o para poder simplemente vivir?
Si pedirle honestidad es demasiado, al menos… ¡un poquito de respeto!
Desde una posición intransigente e inquisitorial, supuestamente radical, este señor cada vez se va identificando más con las posiciones dogmáticas de la derecha; será verdad que los extremos confluyen.
Así, no me sorprende que intente también desacreditar al juez Garzón. Pero mucho me temo, Sr. Morán, que en ese abismo con que cierra su artículo, la decencia está precisamente del lado de los Garzón. Es decir del lado de las acciones concretas en favor de la justicia y no del lado de los escritos insidiosos que intentan enmascarar posiciones absolutamente reaccionarias.
Gracias, eso ye cierto. ¡Así fuera también para otres persones, conocímoslo…! Como recordamos el pasado de muchos y muchas que solo ahora salen con cuentiquines. Nada más, señor Morán
Figurones; marutes y aprovochaos húlos tola vida. Y pa desgracia de toos, tovía anden demasiaos dellos sueltos pela nuesa geografía. La custión ye apuntase a algo que “suene”. Lo de menos son los sentimientos y los porqués de les coses. ¡¡¡Bravo señor Morán!!!.
[...] por allí. A tenor de su Sabatina Intempestiva que ayer publicó La Vanguardia y que tituló Las cunetas de la memoria. Estoy de acuerdo con Morán en que estando por medio el juez Garzón sólo se pueden esperar cosas [...]
Conmovedor artículo de un escritor extraordinario. Hace muchos años que leo sus Sabatinas, señor Morán. Por supuesto no siempre estoy de acuerdo con usted, pero suele llegar al fondo de la cosas y a emocionar mostrando la verdad desnuda. Entiendo que no se ceba en la generación de sus padres sino en el miedo y la manipulación y en el cinismo en el que se basa nuestra supuesta democracia. Cuánta razón tiene acerca de Garzón : el gran perseguidor de sátrapas australes que dejó morir en la cama, con más de cien años!- a Serrano Suñer y a tantos asesinos. El paladín de la justicia que no reconoce la ley del punto final de otros pueblos y acepta la que aquí se decidió con el vergonzoso agravante de darla por ratificada en el referendum de la constitución, como si de un “pack” se tratara : constitución, monarquía y pelillos a la mar, tres en uno”, más barato que en Andorra. Es cierto : llevamos sus cenizas en el corazón y el fin de la Republica se llevó las nuestras. Moltes gràcies!
Lo dicho en mi primer comentario se hace hoy evidente. Ahi lo tiene quien lo dudara: Fraga, Aguirre, el ala más facha del PP y hasta la Falange, unen sus voces en el mismo coro que Gregorio Morán para atacar la decisión de Baltasar Garzón y negar el derecho a hacer justicia y a condenar, aunque sea moralmente, a un regimen asesino.
Morán defiende las posiciones de la derecha más reaccionaria bajo el disfraz sibililno de criticar a la izquierda por poco izquierdista. El retorcido cinismo de rebotar la culpa hacia los hijos que no denunciaron por miedo, no es más que un burdo juego de manos con el que Morán intenta encubrir su postura profundamente reaccionaria. Fraga por lo menos lo dice claro y sin tapujos.
Hoy escribe una editorial de El País: “El linchamiento público de que ya está siendo objeto Garzón da idea del déficit democrático que sufre España”. En ese linchamiento a Garzón, participa Morán de la mano de toda la ultraderecha… ¡por algo será!
¡Enternecedora la furia con que algún poli súmase al juez avergonzado porque hace ya tres lustros formó parte del Gobierno (como Secretario de Estado para Interior) y desde cuatro antes venía impartiendo justicia sin haber hecho -en ningún caso- ese ajuste de cuentas que ahora, cuando hasta el centenario Serrano Súñer murió, considera por fin inexcusable… aunque vulnérese la legalidad por la que cobra y a la que jura servir!
Cuando algunas poquísimas personas nos enfrentamos con Franco pero en su vida ( y testimonios de las condenas por el TOP hay) ni el Juan Luis Cebrián que hoy desde ‘El País’ pontifica (lo mismo que por entonces abrasábanos como Director del ‘Informativo’ desde la TV única del franquista Arias Navarro) ni todos estos aguerridos polis que tras los gobernantes de turno acosan cualquier razón disidente, salieron a defender a nadie que se opusiera contra el régimen asesino. ¡Ahora osan mentar linchamientos quienes tuvieron buen cuidado de no ‘despejar la X’ del GAL por no molestar al que tan bien les remuneró con carguitos…!
Tampoco se procesó a ningún Bush&Aznar cuando hubimos quienes les denunciamos por bombardear Belgrado con la OTAN de Solana y atacar al Irak (pero un Supremo nos dijo que de nada valía porque no podíase encausar a Presidente de Gobierno mientras no lo pidieran una cantidad de diputados que ZP tenía pero no quiso utilizar)… ¡Y, ahora ya sí, ‘alanceando morito muerto’ en la más pura tradición del cinismo carpetovetónico y truculento propio de tradicionalismos ibéricos, se les rompe la boca de gritar contra los ya cesados o, incluso, difuntos!
¡Bravo, valientes y progresistas justicieros! Lo malo es que hay quienes ya os tenemos demasiado visto, en una demasiado larga vida para tragar vuestra reconstrucción de la memoria histórica selectiva… Y nunca conseguireis otra cosa que remover las miserias de impostura, de modo que con tanto enredo hasta los más jóvenes lleguen a conocer mejor de donde se fragua la superchería.