Tempestad sobre Washington, de Pablo Sebastián en Estrella Digital
Tempestad sobre Washington es el título de una memorable película de Otto Preminger (con la impresionante actuación de Henry Fonda y Charles Laugthon) sobre luchas de poder en la capital de Estados Unidos, y también el enunciado que mejor puede definir el monumental espectáculo político, -que sin duda llegará al cine- al que asistimos estupefactos desde todos los rincones del mundo, por causa de la crisis del sistema financiero que emana del poderoso país. La que amenaza con el derrumbe en cadena de bancos y entidades financieras de las naciones de Occidente, que podría provocar un gigantesco tsunami económico y social sobre los pueblos más pobres y desfavorecidos del planeta, como lo han denunciado, esta misma semana en la Asamblea General de las Naciones Unidas, los líderes de los países que más van a sufrir.
Hay mucho en juego, incluido el prestigio y liderazgo del Imperio, y por eso y por un claro sentido de la responsabilidad los líderes de Washington, desde la presidencia de George W. Bush, hasta los dos grandes partidos del Congreso americano, así como sus líderes, hoy en plena campaña para las elecciones presidenciales del mes de noviembre, se han subido al puente de mando de esta poderosa y gran nación para buscar soluciones urgentes que permitan recuperar la estabilidad financiera y la confianza ciudadana, al tiempo que se colocan los cimientos para una estricta regulación del sistema financiero que hizo agua en su línea de flotación y se hunde de una manera irremediable, esperemos que en favor de un organigrama mejor y más seguro.
Al final, todos se han subido a la llamada operación rescate de la crisis del mundo financiero y de sus temibles consecuencias, y aunque está por ver si lo conseguirán, los primeros actores de esta superproducción política que nos llega de la capital americana se han volcado, sin pérdida de tiempo, en la búsqueda de un gran pacto político y de una solución o cortafuegos con el que pretenden, primero, frenar y, luego, intentar extinguir el incontrolado incendio.
Y todo ello en medio de una ardiente y decisiva campaña electoral que ha permitido, entre otras cosas, ver entrar a los primeros actores del drama, Obama y McCain, en la Casa Blanca para arropar al patético emperador Bush, que se despide de la presidencia con otro gran desastre ocurrido bajo sus mandatos, en los que se incluyen el ataque terrorista del 11-S, la mentirosa y fallida guerra de Iraq y, ahora, el crack del sistema financiero.
Pero no del sistema político y democrático americano, que sigue siendo más que ejemplar y que se acaba imponiendo, por encima de sus malos (Bush) y corruptos gobernantes (Nixon), al mismo tiempo que exhibe la capacidad de acción y la responsabilidad de sus instituciones. Y todo ello sin que la vertiginosa iniciativa de los primeros responsables políticos del escándalo financiero, el presidente Bush y sus directos colaboradores del Tesoro y la Reserva Federal, se pudieran saltar a la torera los controles democráticos del Congreso para que, al final, los fondos del Estado se hicieran cargo de las pérdidas de los especuladores y bancos de inversión, abandonando a los ciudadanos de a pie y contribuyentes americanos, sin que los culpables del desastre -el tinglado financiero de especulación sin control y ejecutivos, todos ellos hoy bajo la investigación del FBI- paguen como deben por sus errores y responsabilidades.
De ahí la importancia del acuerdo hallado en la Cámara y el Senado de Estados Unidos, entre republicanos y demócratas, para aprobar un plan de rescate de la crisis, controlado y vigilado por las comisiones del Congreso, lo que constituye un paso importante y esperanzador para buscar la salida de la crisis o, por lo menos y a corto plazo, un buen cobertizo para evitar grandes destrozos de esta tempestad sobre Washington que, todavía y por tiempo indeterminado, va a continuar, aunque esperemos que con menos intensidad.