Reggio’s Weblog

Tormenta en el Mar de Galilea, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in General by reggio on 24 agosto, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Las dos agujas del reloj, la una al hombro de la otra, acaban de pasar bien tiesas el mediodía de este miércoles 20 de agosto cuando el vuelo 0762 de Iberia con destino a Palma de Mallorca despega de la T-4 como si fuera un moscardón alejándose del esqueleto varado de un diplodocus de diseño. Hace mucho calor en Madrid y la pista rodeada de tierra reseca se empequeñece como un surco más en medio de la aburrida telaraña de los trajines del verano. -Imagínate que ahora nos pasara algo, no lo quiera Dios. Pero si se cayera este avión, saldríamos en los periódicos y lo que la gente se preguntaría es que hacíamos aquí, tú y yo, sentados juntos. Porque todo tiene un sentido. Sabes que yo creo mucho en la Providencia…

Después de tantos años sin verle -ocho o diez por lo menos- acabo de encontrarme con José María Ruiz-Mateos, tan locuaz y zalamero como siempre. Va acompañado de uno de sus hijos y otro colaborador y resulta que su asiento es el contiguo al mío, pasillo de por medio, en la parte delantera de la cabina. A mi derecha se sienta un piloto fuera de servicio, de aire apacible y sienes canosas, que vuelve a su base de operaciones.

-Si pensabas leer, has tenido mala suerte porque no voy a desaprovechar esta oportunidad de charlar con uno de los mejores periodistas de… ¡¡Europa!! Además, durante este vuelo no tenemos por qué preocuparnos porque si le pasa algo a uno de los pilotos, aquí tenemos otro. ¿No es así?

El hombre canoso y apacible entra en el juego con la más comprensiva de las sonrisas.

-Claro que sí. Si un compañero se queda dormido o se desmaya, yo me siento en su lugar. No se preocupe, don José María que sé como llevar el aparato…

Le han estirado y barnizado el rostro como un pergamino reluciente y habla un poco más bajito que cuando llamaba «cobarde» a Boyer y le aplastaba tartas en la cara, pero a sus 77 años Ruiz-Mateos sigue siendo fiel a sí mismo. «Señorita, si usted se presentara a las Olimpiadas ganaría la medalla de oro… ¡¡de la belleza!!», le dice a una azafata pelirroja. Va literalmente embutido en un traje beige claro de botonadura cruzada, más ceñido de lo normal, con una corbata granate y un pañuelo blanco, reventando picudo sobre la barandilla del bolsillo.

-Llevo puesto el uniforme de empresario porque vamos a cerrar en un almuerzo la compra de dos hoteles. Once mil millones de pesetas, ¿sabes?, y en estas cosas es muy importante dar confianza con la buena presencia en el vestir.

Genio y figura. Durante la hora que dura el vuelo me pone al día del estado de su lucha por obtener una indemnización por la expropiación de Rumasa: «Todo depende del Gobierno, pero es de justicia», me dice. Y yo asiento porque realmente lo creo: aquello fue una merienda de negros y es aún una asignatura pendiente. También describe las cinco divisiones de la nueva Rumasa y concretamente me enseña el catálogo de sus empresas de alimentación: Cacaolat, Trapa, Elgorriaga, Clesa, Dhul…

-Caray, qué buenas marcas tienes.

-Y si vieras cuál es nuestra liquidez… No quiero decirlo para no dar envidia en medio de la crisis. ¡Si Luis Valls saliera de su tumba! Pero yo no soy rencoroso y todos los días rezo para que su banco vaya lo mejor posible. Todo lo que me ha ocurrido ha sido cosa de la Providencia…

Saca entonces de su maletín una cajita forrada de cuero azul, con muelle de joyería y una inscripción que dice «Fundación alcalde Zoilo Ruiz-Mateos. Rota (Cádiz)». Me la tiende cordialmente.

-La fundación en memoria de mi padre hace algunas cosas en plata y ya sabes que yo tengo una gran devoción por Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La puedes doblar y llevarla en el bolsillo o donde quieras.

Es un bello relieve de la Virgen con el Niño, muy agradable al tacto, de unos siete centímetros de alto, con dos medias rejas plegables a modo de librillo hasta formar una capilla en miniatura.

Le pregunto por su actual relación con el Opus y me dice que sigue admirando mucho al fundador -«Fue un santo y así lo ha reconocido la Iglesia»-, pero bastante menos a sus sucesores. Estamos tomando tierra en Son San Joan cuando me da más detalles sobre la compra de los dos hoteles.

-Les dimos una especie de ultimátum y cuando nos dijeron que viniéramos a comer, yo me di cuenta de que la cosa estaba hecha. Queda rematar, claro. Un hotel en Palma y otro en Las Palmas de Gran Canaria. Los propietarios venden los dos. Nos han citado aquí, pero además del de Palma, también nos venden el de Las Palmas. Once mil millones, ¿qué te parece?

Ruiz-Mateos felicita a los dos pilotos de la cabina por su perfecto aterrizaje y se despide del suplente innecesario y de la azafata olímpica. Miro mi reloj, es la una y cinco. En ese preciso instante el comandante Antonio García Luna está abortando en la misma pista de la que hemos despegado hace una hora su primer intento de poner en el aire el vuelo JK 5022 con destino a la capital de Gran Canaria. Antes de decirme adiós, Ruiz-Mateos vuelve a la carga con Rumasa y sus otras obsesiones:

-Comprendo que no es el mejor momento para las indemnizaciones, pero se pueden buscar fórmulas. El otro día me encontré con la vicepresidenta en un avión como éste y ella me escribió una carta muy cordial, diciéndome que le diera argumentos. ¡Fíjate, qué actitud tan positiva! También le regalé un tríptico de la Virgen y no sabes cómo me lo agradeció. Todo tiene su porqué. Como nuestro encuentro de hoy. Estoy seguro de que dará frutos. Pero imagínate que hubiéramos tenido un accidente y yo me hubiera quedado ahí, frito como un pajarito en el asiento de al lado del tuyo… Por eso cada día creo más en la Providencia.

Hora y media después me llaman del periódico y me cuentan lo ocurrido en Barajas. El MD-82 iba a Canarias, pero también había hecho el servicio a Baleares. La víspera yo había dicho en la Secretaría de Redacción: «No me saquéis un vuelo de Spainair, que con esto de la regulación de empleo y la huelga de celo, seguro que tienen retrasos». El azar y la necesidad. Si los vendedores de los dos hoteles hubieran convocado la reunión en la sede del segundo en lugar de en la del primero, Ruiz-Mateos habría tenido que viajar esta mañana a Las Palmas en vez de a Palma -muchos extranjeros se confunden- y habría contado con bastantes papeletas para estar en ese vuelo. De 172 pasajeros sólo han sobrevivido 19.

Busco un libro editado hace 12 años y lo encuentro en la estantería de las lecturas de verano. Se titula Against the Gods, es una «historia del riesgo» y lo compré porque me pareció muy apropiada la ilustración de la portada. Reproduce el sobrecogedor cuadro de Rembrandt Tormenta en el Mar de Galilea que muestra cómo las olas y el viento zarandean la barca en la que viajan Jesús y sus discípulos -la belleza convulsa-, de modo similarmente espantoso a lo que le ocurre a un avión cuando entra en un espacio de turbulencias entre los rayos de una tormenta.

El maestro de la luz divide la escena en dos ambientes. La mitad de los discípulos se entregan denodadamente en la proa, iluminada por el reflejo de la luna sobre el mar, a la tarea de tensar las jarcias y otros aparejos para dominar las velas y hacerse con el control de la embarcación. La otra mitad rodea a Jesús en la penumbra de la popa, ora instándole a actuar, ora aguardando pasivamente su decisión de imponer o no la calma sobre la naturaleza desbocada. Según el autor del libro, el economista Peter Bernstein, ahí está la frontera entre los tiempos antiguos en los que los griegos «se arrodillaban ante los vientos» invocando la misericordia de los dioses y la edad moderna en la que el hombre ha dejado de estar «pasivo ante la naturaleza» y ha pasado «a gestionar el riesgo» inherente al propio concepto de civilización y progreso.

Es imposible representar mejor esa «jornada» de la condición humana que transcurre entre el amanecer de la razón y el crepúsculo en el que aúlla lo incomprensible. Si los aviones se diseñan y construyen cumpliendo todos los requisitos para que no se caigan nunca, ¿por qué se ha tenido que caer éste? Leibnitz, precursor del racionalismo, nos dejó una reflexión tan certera como inquietante: «La naturaleza ha establecido pautas que marcan el desarrollo de los acontecimientos, pero sólo en la mayoría de los casos». Terribles palabras.

Cuando sucede lo imprevisto, camuflamos nuestra ignorancia diciendo algo tan anticientífico como que se trata de la excepción que confirma la regla. El problema no está en la excepción -una vez ocurrió que…-, sino en que sea parte indisociable de la regla. Arthur Rudolph, diseñador de los cohetes del proyecto Apolo, lo explicaba muy gráficamente: «Lo que tú quieres es una válvula completamente hermética y haces todo lo posible por desarrollarla. Pero lo que el mundo real te proporciona es una válvula que produce filtraciones y sólo te queda por determinar qué nivel de filtraciones estás dispuesto a tolerar». ¿Qué es, pues, el riesgo sino la impotencia y la falta de certeza ante la imperfección esencial de cualquier obra humana?

El cuadro de Rembrandt no sólo refleja esa divergencia entre quienes tratan de dominar la tormenta y quienes se dejan llevar por ella, sino también los distintos grados de respuesta emocional ante la sensación de peligro, pues en ambos grupos hay quienes tienen la angustia pintada en el rostro y quienes afrontan el desenlace con serenidad imperturbable. Cuando un avión da botes en pleno vuelo hay quienes empiezan a sudar y se aferran a la mano de su acompañante -¿tuvieron tiempo de hacerlo los pasajeros del vuelo JK 5022?, ¿llegaron a darse cuenta de que en cuestión de unos instantes la mayoría de ellos estarían muertos?- y quienes siguen durmiendo, leyendo o divagando relajadamente.

El hecho de que el máximo nivel de tensión suela corresponder a los más mayores y la inconsciencia ante el peligro se identifique con la juventud corrobora sin duda la llamada ley de Bernouilli -a menudo subtitulada por qué el Rey Midas era infeliz- según la cual «la utilidad resultante de un pequeño incremento en la riqueza es inversamente proporcional a la cantidad de bienes previamente poseídos». Para el anciano que sabe que su final está cercano el valor de cada día de vida es infinitamente superior al que le da el joven que cree que tiene por delante un caudal poco menos que ilimitado.

Ruiz-Mateos ha irrumpido este miércoles al mediodía a bordo de un vuelo que despegaba de la T-4 como lo hacían los mensajeros de los dioses en las tragedias griegas, recordando a los mortales que ellos tomarán a su debido tiempo las decisiones claves para regular su existencia. Al menos desde el Renacimiento -sin duda desde la Ilustración-, el pensamiento humano ha venido rebelándose contra tal determinismo. «Tú crees en un Dios que juega a los dados con nosotros y yo en la ley y el orden de un mundo que existe objetivamente», le decía Einstein a su colega Max Born.

A esa ley y ese orden, esencialmente «relativos», les llamamos unas veces civilización y otras, Estado de Derecho. Cuando, según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en Hawai puede terminar desencadenando un tremendo huracán en el Caribe, es obvio que estamos muy lejos de controlar todas las variables, pero nuestra obligación es mantener las jarcias tensas y los aparejos en perfecto estado de revista. Hacer nuestra parte, cumplir con el deber. La ética indolora, querido Zapatero, simplemente no existe. Chesterton decía que «la vida no es ilógica, pero sí es una trampa para lógicos porque mientras su exactitud es evidente, sus inexactitudes están escondidas y lo salvaje permanece al acecho».

Tratándose de navegación aérea, pocas veces hemos escuchado la voz de «lo salvaje» con tan dramática contundencia como cuando conocimos las últimas palabras del comandante del aparato de Avianca que se estrelló en Madrid en noviembre de 1983 matando a 191 personas: «¡Cállate, gringa!», le dijo a la grabación del sistema de navegación de su Boeing 747 cuando le advertía de que se estaba confundiendo y pretendía aterrizar donde no estaba la pista. ¿Ha sido esa misma la pauta de conducta irracional de unos directivos de Spanair sobrepasados por las pérdidas, la incapacidad de vender la compañía, la obsesión por reducir costos y recortar plantilla y el desdén por las advertencias del Sepla? ¿Han permitido los inspectores de Aviación Civil que se fueran deteriorando entre tanto los controles de seguridad, tal y como descubrimos a posteriori que había ocurrido con la quebrada Air Madrid?

La Virgen de plata de Ruiz-Mateos protege con su mano derecha extendida a la criatura que tiene en el regazo y la mira dulcemente. In hac lacrimarum valle. No se llama María Inmaculada, sino Amalia Filloy Segovia. Es la mujer que le dijo al bombero que la encontró entre los hierros calcinados del avión que no se ocupara de ella sino que salvara a su hijita de 11 años, malherida a su lado. Illos tuos misericordes oculos.

Ningún cristiano discutirá que la Sagrada Familia es aquella última que haya sido mutilada. La mirada de los niños huérfanos, del hermano separado de su hermana, la memoria de todas las vidas truncadas de las víctimas nos obliga a exigir que la investigación de la verdad y la depuración de responsabilidades -criminales también, claro- llegue hasta el último tornillo. Es cuanto podemos hacer para mantener encendido el fuego de Prometeo y ser dignos coespecímenes de todos los navegantes que han surcado los mares más procelosos, intentando dominar los aterradores vientos de la incertidumbre.

Sabemos que los aviones seguirán llegando puntualmente a sus destinos, que el pasaje saldrá sano y salvo por la boca de los finger y que la calma volverá al Mar de Galilea. ¿Pero es esto suficiente?

Sócrates empleaba la palabra eikos para referirse a lo «probable» y definía su significado como «lo que se parece a la verdad». Venga, pues, una versión autorizada de la realidad para dormir tranquilos. La exactitud evidente, desprovista de las inexactitudes escondidas. La copia maquillada de lo que finalmente somos cuando pliega sus alas la lechuza de Minerva. Verbigracia, la reproducción del cuadro de Rembrandt en la cubierta de mi libro…

Porque no debo seguir ocultando al lector ni un solo momento más que el original de esta emblemática apología de la salvación a través de la fe y las buenas obras fue robado el 18 de marzo de 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston por dos hombres disfrazados de policías y que, por increíble que parezca, habiendo mediado todo tipo de pesquisas y hasta cinco millones de dólares de recompensa, casi 20 años después ni el eficacísimo FBI ni la Divina Providencia, tan directamente concernida, han conseguido la restitución del lienzo al patrimonio de la humanidad al que pertenece.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

About these ads
Tagged with:

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: